


Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2005.

Javier García Algarra
El objetivo de este trabajo es estudiar la intervención de la Dirección General de Regiones Devastadas (en adelante, DGRD) en el municipio de Brunete, tras su completa destrucción durante la guerra civil. Pese al intenso crecimiento de este pueblo en los últimos años, se ha respetado en buena medida la reconstrucción llevada a cabo durante los años cuarenta, al contrario de lo que sucede en otras poblaciones próximas como Villanueva de la Cañada, Las Rozas o Majadahonda. Brunete también presenta la ventaja de haber sido una intervención mimada por la DGRD debido a su valor simbólico, por lo que puede tomarse como prototipo de la arquitectura de reconstrucción.
Introducción
En el verano de 1937, el ejército republicano lanzó una ofensiva a gran escala en el noroeste de Madrid para aliviar la desesperada situación de la guerra en el frente norte. Esta operación, que comenzó el 6 de Julio y duró hasta el día 26 de ese mes se conoce como batalla de Brunete, por haber sido esta localidad el centro de los encarnizados combates que causaron treinta y cinco mil muertes.
El pueblo de Brunete fue muy castigado, tan sólo la iglesia, de entre los edificios significativos, permació en pie. La devastación fue también enorme en otras localidades cercanas como Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo o Quijorna.
Para el bando franquista, Brunete se convirtió en un activo propagandístico, como símbolo de la capacidad de resistencia. Franco no dudó en pagar un altísimo precio en vidas humanas para recobrar una población cuyo valor estratégico era muy limitado. Esta misma actitud, que se reprodujo, por ejemplo, en Belchite o Teruel, obedecía a una estrategia calculada de consolidación como líder indiscutible. En consecuencia, la reconstrucción de Brunete tras finalizar la guerra, tuvo mucho más de operación política e ideológica que de recuperación de la situación previa al conflicto.
Ideología de la reconstrucción
Hasta la posguerra los arquitectos

Claudia Rosas Lauro
Pontificia Universidad Católica del Perú
“La mujer tiene siempre la forma del sueño que la contiene”.
Juan José Arriola
El discurso ilustrado imagina a la mujer, sueña cómo debe ser, la inventa desde una mirada masculina. Una mirada de hombres de élite, de hombres de cultura que creen tener el poder de crear a la mujer a la imagen y semejanza de su ideal femenino. Médicos, filósofos y demás hombres de ciencia y letras hablan de ella todo el tiempo, incansable y arduamente. La mujer es centro de un encarnizado debate en que se trata de dilucidar su naturaleza misteriosa y normar su rol en la sociedad. Ellos se dirigen, principalmente, a sus esposas y a sus hijas. La mujer de los ilustrados peruanos no es un ser abstracto, adquiere una forma particular, pues se concreta en el estereotipo de la mujer de élite, de la criolla limeña. En este sentido, su discurso expresa el proceso de construcción de una identidad propia manifestada en un nacionalismo criollo consolidado en las postrimerías del período colonial. Se trataba, entonces, de una representación criolla de la mujer[1].
El artículo explora las diversas facetas que adopta la mujer en el discurso ilustrado, que hace de la prensa el medio para ejercer su función pedagógica y docente. Los ilustrados peruanos realmente estaban educando al bello sexo a través de los periódicos. A lo largo de sus páginas podemos percibir los elementos que componen la imagen de mujer que se buscaba proyectar a la sociedad. Un primer aspecto de esta representación es la misteriosa y temible sexualidad femenina, que debía ser regulada mediante el honor y el recato. La belleza y la seducción son vistas como formas de poder que se expresaban en usos y costumbres femeninas como la vestimenta y la cosmética. Otro elemento central en la configuración de la imagen femenina es el matrimonio, que nos permite incursionar en temas como el amor y la fidelidad conyugal.

Marina Alfonso Mola / Carlos Martínez Shaw
Universidad Nacional de Educación a Distancia.UNED/España
A través del estudio de las proclamaciones de Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, las corridas de toros aparecen en el Quito del siglo XVIII como un ingrediente imprescindible de las fiestas reales y como una diversión profundamente arraigada entre el conjunto de la población. Las corridas parecen pervivir bajo la modalidad del viejo juego caballeresco, con el ritual muy formalizado y el espacio bien definido, sin que haga su aparición la figura del torero profesional, pero sin que pueda descartarse alguna suerte de toreo a pie y algunos otros juegos más populares, modalidades sobre las que las fuentes guardan silencio.
The study of the royal proclamations of Philip V, Louis I, Ferdinand VI, Charles III and Charles IV shows bullfighting in Quito in the XVIIIth century as an essential ingredient of royal feasts and an amusement deeply rooted in the population as a whole. The corridas (bullfights) seem to survive under the form of the old aristocratic game, with a very formalized ritual and a well defined room and without the participation of any professional torero (bullfighter). But we cannot discard some sort of on-foot bullfighting and some other more popular games, forms that are not mentioned by sources.
A nuestros amigos de Quito.
Es bien sabido que en la España del Antiguo Régimen las fiestas reales llevaban normalmente aparejadas corridas de toros. Durante la época de los Austrias, la lidia consistió en un toreo a la jineta practicado por las clases privilegiadas que se celebraba en espacios habilitados en el ámbito urbano y que constituía un espectáculo en el que los grupos populares actuaban como meros espectadores o servidores. El siglo XVIII fue un periodo de transición en que la fiesta caballeresca dio paso a otro tipo de espectáculo, con una mayor participación de las clases populares en el encierro y en la propia lidia, que, tras un momento de desconcierto caracterizado por el "desord
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