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Frentes Avanzados de la Historia

CIUDADANAS DE VALLADOLID EN LA SEGUNDA REPÚBLICA (Resumen)

CIUDADANAS DE VALLADOLID EN LA SEGUNDA REPÚBLICA (Resumen)

María Teresa Díez Martín 

Universidad Nacional de Educación a Distancia.UNED/ España

 

Este es un resumen, probablemente demasiado conciso y a la espera de una revisión, de un trabajo más extenso y significativo que bajo el mismo título recibió el Premio de Investigación Elisa Pérez Vera de la UNED, el 8 de marzo de 2002.

 

 

Mi agradecimiento a todas las personas que compartieron su memoria conmigo haciendo posible esta investigación. Un recuerdo especial, y emocionado, para Pilar Barajas Fernández, Isaías García Clemente y Julia Pérez Cabello, fallecidos recientemente. Tristes pérdidas que hacen doblemente valiosos sus testimonios. Las demás voces de esta historia fueron la de Manuela González Maestro, Marina Zarzuelo García, María de la Encarnación Rodríguez de Castro y Leonor González Cabeza. Decisiva ha sido la ayuda de Julio Fernández Barajas, hijo de Pilar Barajas, quien fue el  portavoz de su madre a la vez que de su propia historia. También, gracias a Pilar de la Torre Montiel del PSOE de Valladolid, hija de otra republicana y socialista de aquella valiente generación de mujeres, que me prestó su desinteresada colaboración.

 

 

Siguiendo lo que ya supone cierta tradición siempre que se aborda un tema de historia de las mujeres y de género, no está demás comenzar con aquella proclama testimonial, tantas veces oída, que afirma la necesidad de visibilizar a las mujeres en la historia. Aunque, es cierto que desde hace ya algo más de tres décadas la confluencia de las avanzadas historiográficas y el impulso de los movimientos sociales, especialmente el feminista, ha conseguido desvelar a las mujeres como sujeto histórico trastocando sin remedio la visión androcéntrica tradicional de la Historia. Como también es constatable que la exploración de los discursos desde el análisis de género ha situado en una dimensión propiamente histórica las claves de la subordinación de las mujeres.  Y todo ello asentado en un marco académico cada vez más amplio, pues se puede decir que hoy lo extraño en el ámbito occidental  es una  universidad que no cuente con una cátedra, posgrado, seminario o programas dedicados a este campo de estudios.  Sin duda, en conjunto, los hallazgos para el conocimiento histórico son destacables, y a la vista está una sólida producción científica que hace ya innecesario el dedicar página alguna a justificar la necesidad de una historia de las mujeres y de género, como hasta no hace mucho tiempo ha sido habitual.  Sin embargo, en gran medida, son logros reducidos  a su campo de especialización, que no terminan de integrase con plena autoridad en el conjunto de la producción histórica que como mucho recoge, y salvo excepciones que siempre las hay, ecos políticamente correctos. Los avances y aportes ya pocas veces se niegan, simplemente se ignoran. En definitiva, procede decir, aun desde un marco de significado diferente, que todavía quedan frenos por abatir para una total visibilización de las mujeres en la Historia

 

Valga lo dicho no sólo como el derecho al pataleo, sino también como un cuadro de las referencias historiográficas que han informado esta investigación; que en lo  esencial se propone desde una posible historia sociocultural de género/s, femenino aquí.  Podría decirse, por aquello del gusto a las etiquetas,  que la dirección seguida es la de una renovada historia política que trata de analizar las relaciones de significado entre el discurso político sobre y para las mujeres, las representaciones y las prácticas de género. Significaciones que construyen el sujeto ciudadana. Un plano del análisis que no excluye, sino muy al contrario, el estudio de las culturas políticas femeninas y feministas, generacionales y locales en este trabajo.

Estos son los puntos de referencia para la presentación de un trabajo del que, a la espera de su versión definitiva,  se esbozan unos cuantos párrafos en los que se destacan las prácticas de la militancia femenina que irrumpen en la vida social vallisoletana, transgrediendo el sistema tradicional. Ya que, sin duda,  la conciencia política de las mujeres y su proyección social es el primer factor, activo y consciente, a tener en cuenta en la construcción del sujeto ciudadana. Un sujeto de importancia que, por primera vez en la historia de España, se empodera con la consecución del voto, o mujeres de pleno derecho político, ciudadanas. Por supuesto, y como es sabido, el derecho formal de la igualdad política distó mucho de extenderse a otras esferas de la vida de las mujeres y no logró subvertir, en lo fundamental, el sistema de subordinación femenina, pero marcó un hito que se añadió como referente colectivo de las izquierdas, el feminismo y el  progresismo republicano. Referente, el sujeto ciudadana, que informó la decidida intervención de las mujeres, combatientes o en la retaguardia, en la guerra civil, y que en la  oscuridad de la  dictadura franquista fue para muchas un tesoro de dignidad a guardar, como la mejor herencia para las generaciones futuras de mujeres y hombres.

Semejante potencial fue objeto de una atención especial en el contexto de la política republicana. Los diferentes gobiernos, la Iglesia, partidos, sindicatos y movimientos sociales de diversa índole estuvieron interesados en instrumentalizar a estas recién nacidas a la ciudadanía política. El escenario político de Valladolid no fue una excepción. Con todo, la percepción de aquel momento por las protagonistas, su testimonio, constituye el necesario contrapunto a la historización "desde arriba" y aporta las claves de la construcción del sujeto ciudadana. Sirva lo expuesto como una sumaria presentación del tema, pues, por el momento y como se ha indicado, la investigación se encuentra en fase de revisión y ampliación, contando ahora con otros aportes documentales que no estaban disponibles en 2002.

 


Se han utilizado tanto fuentes impresas como orales. Entre las primeras han sido fundamentales los diarios El Norte de Castilla y el Diario Regional, junto al semanario socialista Adelante y el falangista Arriba. Sobre la filiación ideológica de los dos diarios, brindan una precisa caracterización las consideraciones de Checa Godoy: " Diario Regional será órgano a caballo entre e integrismo y de la CEDA y el Norte de Castilla, más influyente, oscilará entre el conservadurismo independiente y una cierta simpatía hacia el radicalismo, pero en cualquier caso fieramente enfrentado a la izquierda"
[2]. La oposición a estas posturas sería uno de los fines del socialista Adelante, erigido en el mejor defensor de la política municipal republicano-socialista. La misma que El Norte de Castilla y Diario Regional silencian o critican. También, el semanario socialista abanderó la lucha anticlerical, siendo el acicate continuo de la línea confesional-católica del Diario .Regional.

La prensa, pues, muestra la escena política local y nacional conformada en espacio creador de los discursos de género. Así, la derecha católica y conservadora sublimaba el destino natural de la mujer como esposa, madre, piedra angular de la familia y espejo de las virtudes cristianas. De la misma forma reivindicó la prensa fascista la condición femenina y, además, enfatizaba su subordinación al destino guerrero de los varones, en una perfecta apología sacrificial de inmolación y culto al dolor[3].

La lucha por la igualdad de los sexos fue la tarea que se marcaron las izquierdas republicanas. Impulso que amparó los objetivos del feminismo liberal, y que encontró su portavoz en El Norte de Castilla. Por último, la difusión del ideario feminista de clase ocupó continuamente las páginas socialistas de Adelante, en una doble tarea de propaganda y educación política.

Las fuentes orales se han manifestado como un instrumento primordial, y han aportado los factores de interpretación sobre la memoria histórica individual y colectiva. Las entrevistas grabadas han permitido conservar unos valiosos testimonios humanos, y han dado a esta investigadora una lección de historia viva. Vaya por delante mi agradecimiento a las mujeres y hombres que, con entusiasmo y generosamente, han contribuido con sus recuerdos a este estudio.

 

 

Mutualidad Maternal. Memoria histórica de la Casa Social Católica, 1915- 1938

 

 

La presencia femenina: población, trabajo e instrucción 

 

Los aspectos poblacionales de Valladolid durante los años de la segunda República siguieron la pauta nacional del modelo demográfico de nuevo régimen, que se aprecia durante el decenio de los años treinta más acusado en la ciudad que el campo. Se constata así, una mayor población femenina sobre la de varones debido al menor índice de mortandad, superior esperanza de vida y tasa de supervivencia.

Se acusa, igualmente, un descenso de las tasas de nupcialidad y natalidad condicionadas en gran medida por la crisis económica, e indicadoras de prácticas anticonceptivas voluntarias que sugieren un cambio en la mentalidad femenina. Por otra parte, el retraso en la edad de los matrimonios provocó un aumento de solteras y la mayor demanda de trabajo remunerado. Necesidad que se impuso también a las casadas y viudas ante el aumento del desempleo masculino.

Valladolid, como capital regional, fue un centro de acogida de la emigración rural, y principalmente la de los núcleos urbanos periféricos, población migrante que en una alta proporción fue femenina, contrastando con la preferencia masculina por la emigración a la periferia peninsular y extranacional. El importante contingente de mujeres que acogía la ciudad se dedicaba, en su mayoría, a las labores domésticas y ocupaciones derivadas de la reproducción. Una minoría de ellas se contabilizan entre las activas, de éstas los índices más altos corresponden al servicio doméstico y trabajos relacionados con las tareas tradicionalmente adjudicadas a las mujeres. Porcentualmente, la ocupación en el sector secundario se muestra muy pequeña respecto al total de activos, y es la rama del textil el sector que más trabajadoras agrupaba. Fue, no obstante, un colectivo escaso en relación con las concentraciones industriales de primera línea peninsulares, pero el más alto en el ámbito regional. Pues, Valladolid durante las tres primeras décadas del siglo XX fue una provincia dinámica cuya capital se encontraba en proceso de industrialización, de tal forma que se constituyó en foco de atracción de los recursos periféricos regionales.

La alta proporción del analfabetismo femenino es otra de las características a destacar, como sinónimo de una triste realidad nacional. Situación que experimentaría una mejoría notable en los años republicanos, por los programas gubernamentales que propiciaron la extensión de la educación en general, y la corriente ideológica que incentivaba la incorporación activa de las mujeres a la vida social a través de múltiples proyectos culturales, institucionales o alentados por las formaciones políticas. Estas últimas desarrollaron sus actividades en Valladolid a través de la Casa del Pueblo y la Casa Social Católica. Todas estas iniciativas se situaron en el centro de la polémica nacional sobre la educación e instrucción de las mujeres, y que en sus diversos matices refleja la prensa local[4].

Aún acusando la crisis económica, el período republicano significó una mejora apreciable en el nivel de vida de la población vallisoletana[5]. A la que contribuyó, de forma decisiva, una normativa laboral más progresista con los derechos de los trabajadores, que fue intención preferente de los gobiernos republicanos-socialistas. Las obreras se beneficiaron de las ventajas generales y algunas que les afectaban singularmente, como las prestaciones de los seguros públicos a la maternidad y sus servicios asociados. Disposiciones gubernamentales que, aún estando lejos de una efectiva implantación por múltiples causas[6], comprometieron al Ayuntamiento de Valladolid en algunos de sus fines, entre los que destaca la promoción del "Instituto de Maternología y Puericultura"[7], primera institución en su género promovida por una municipalidad.

Complementariamente, y con semejantes fines asistenciales, las Mutualidades fomentadas por las agrupaciones políticas ofrecieron una cobertura importante, y acogieron a un número elevado de mutualistas. Organizaciones que, como efectivo instrumento de propaganda política, se dirigieron directamente a las mujeres, desde los diferentes presupuestos ideológicos que representaban en la ciudad la Mutualidad Obrera[8], vinculada a la Casa del Pueblo, y la Mutualidad Maternal ligada a la Casa Social Católica[9].

Sin embargo, y a pesar de estas condiciones favorables, la situación de las mujeres trabajadoras en Valladolid como en el resto del país no experimentó avances sustanciales, porque la Legislación Laboral, en lo que a ellas les afectaba, contenía disposiciones discriminatorias que legalizaron una explotación sin atenuantes y a más bajo salario que la  que afectaba a los varones. Panorama más gravoso aún porque las cuasiasalariadas trabajadoras estaban obligadas a la prolongación  de sus jornadas fuera de los tajos con el trabajo casero y familiar[10].  . Esta situación no fue, en general , un objeto específico en las reivindicaciones obreras del sindicalismo del momento, y la igualdad de los sexos en los derechos laborales se defendió, más testimonialmente que de hecho, en el marco programático de  la clase obrera. A considerar  quedan, pues, los discursos sobre el trabajo femenino bajo los parámetros  de  las fuerzas político-sindicales de la ciudad, donde, aparte los movimientos anarquistas y comunistas minoritarios, se imponía el discurso igualitario socialista junto al del reformismo social de tintes cristiano-caritativos del movimiento sindical católico vallisoletano en el que las mujeres podían aspirar a ser rescatadas del castigo del trabajo asalariado para ocuparse de sus labores "naturales"[11].  

 

Adelante.  25 de diciembre de 1932.  Número, 65

 

 

 

La práctica ciudadana de las vallisoletanas.

 

Cuando el cuerpo legislativo del proyecto democrático republicano-socialista estableció formalmente la igualdad de los sexos, posibilitó la plena participación política de las mujeres. Es ésta una afirmación que se debe subrayar, independientemente de las inevitables contradicciones o de los límites ideológicos que la mentalidad tradicional impuso a la práctica total de la ciudadanía femenina. Porque, en cualquier medida que se considere, supuso la transgresión de los valores sociales conservadores. Una percepción, si cabe, más acusada en la mentalidad provinciana de la sociedad vallisoletana que entra de lleno en un exacerbado debate, mediatizado por las coordenadas ideológicas y políticas de un discurso polarizado entre la derecha católica agrarista y la izquierda socialista. Dualidad aún más relevante ante la mínima organización de fuerzas radicales como la comunista, la anarquista o un feminismo de vanguardia.

Son factores que aparecen como decisivos a la hora de rentabilizar los votos femeninos, o de contener lo que fue un nuevo poder en manos de las mujeres. Así, la consecución del sufragio femenino como derecho político por excelencia, logró movilizar múltiples recursos políticos. En este sentido, se recogen los discursos de la política electoral, que desvelan, en un rápido bosquejo, claves decisivas para la interpretación del período en la ciudad: el inicial miedo al voto de la mujer tanto de la izquierda como de la derecha[12], los discursos de Gil Robles poniendo en píe de guerra a un ejército femenino integrista-católico[13], el efectivo activismo político de la Liga Anticomunista Femenina abanderada de la lucha contra el marxismo y la masonería[14], o las ultramontanas arengas de Falange Española que anunciaban a la nueva mujer española[15]; en contraste, se registra el discurso radical de los partidos republicanos, que tienen en la Unión Republicana Femenina liderada por Clara Campoamor[16] su foro feminista, o la decidida defensa de la izquierda obrera socialista por el voto y los derechos de la mujer[17].

Si la relevancia de la práctica electoral de las mujeres alcanzó a todas las esferas de la vida ciudadana, quizás mayor significación adquirió la militancia política. Con independencia del número o los porcentajes de las afiliadas, la incidencia fue claramente cualitativa en el área social y cultural. Una importancia que asumieron todas las formaciones políticas, que crearon y apoyaron el desarrollo de sus ramas femeninas.

La izquierda obrera lideró el feminismo socialista organizado en el Grupo Femenino Socialista[18], que señalaba una intención de ruptura con la mentalidad tradicional de y sobre la mujer, y una sincera batalla por la emancipación femenina, sin embargo, subordinada a los intereses del partido que eran los de la revolución social. Es precisamente el ímpetu revolucionario el que explica la mayor iniciativa y responsabilidad organizativa en los temas de las mujeres de la Juventud Socialista. Por otra parte, parece que faltó, o fue muy débil, entre la familia socialista vallisoletana el asentamiento de corrientes coincidentes con propuestas feministas más avanzadas dentro del PSOE, como la que representó Margarita Nelkel.

En el movimiento de derechas, que aglutinó con ventaja a la mayor parte de mujeres organizadas, el protagonismo perteneció a la Liga Anticomunista Femenina dirigida desde el integrismo agrario y el obispado. La Liga se integraría en la órbita de la CEDA, bajo cuyo impulso una parte de la organización se constituyó en Acción Popular Femenina. La recuperación de Acción Católica a partir de 1934, reforzó las filas de la derecha femenina con Acción Católica Femenina y Juventud Femenina de Acción Católica.

En una caracterización común de las fuerzas conservadoras resalta su dependencia de un ideario patriarcal cerrado, el que se asumió como parte característica de su cultura política contraria a cualquier libertad de las mujeres, sin ambigüedades. No obstante, y entrando en contradicción con la usual ausencia de las mujeres en los espacios públicos, la alianza de la derecha y la Iglesia promocionó la movilización femenina de forma masiva en apoyo de sus intereses. Lo cual, suponía el ejercicio activo de sus derechos de ciudadanas, aun contando con el efectivo control partidista y espiritual. El peso decisivo de la militancia femenina conservadora en el devenir político del período republicano es un hecho que hay que destacar, y sobre el que aún faltan estudios locales de entidad como ocurre en el caso de Valladolid.

Sobre lo anteriormente expuesto, se puede deducir que tanto en el bloque ideológico de la derecha como en el de la izquierda se impuso una general prioridad partidista sobre las reivindicaciones propias de las mujeres. Y aun considerando las diferencias entre los dos bloques, hay que contemplar esta actuación como un condicionante que limitó el acceso de las mujeres a los puestos de poder dentro de los organismos institucionales, movimientos sociales o políticos. De hecho, en Valladolid tal presencia es prácticamente anecdótica.

Para finalizar, interesa constatar que la práctica de la ciudadanía femenina, en cualquiera de sus dimensiones, o nivel geográfico, fue una escuela de aprendizaje para las mujeres y la sociedad en general. Y un proyecto desgraciadamente truncado por el levantamiento militar franquista. En cualquier caso, constituyó una experiencia imprescindible para el proyecto democrático de la segunda República.

 

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APÉNDICE/  selección de hemeroteca

  

 

 

 

 

En un acto de agitación de FE  celebrado en el Teatro Calderón, el 16 de enero de 1936, ya en precampaña de las elecciones de febrero del mismo año, Rosario Pereda pronunciaba uno de sus discursos más inspirados dirigido a las mujeres falangistas. Anunciaba en él la dirigente del SEU y de la Sección Femenina a la vanguardia tradicionalista femenina  llamada a  ejemplarizar y disciplinar a las mujeres en la "nueva España de Franco" :

 

 

(...) Falange Española de las JONS, (...) ha tenido un gesto nuevo; este de querer oir junto a sus voces directoras a la mujer de España, que acertó desde un principio a sentir con emoción auténtica cuanto la Falange es, cuanto simbolizáis vosotros, camisas obscuras de heroísmo, calientes de sangre, en anhelo puro de salvar a España, rehaciendo su unidad y su grandeza para hacerla libres otra vez. Y porque todas vosotras con vuestro estilo de milicia, intentáis esto y consiguiéndolo vais día tras día(...) y es aquí, entre vuestra hombría, en este ambiente de lucha y de lucha cierta contra todo lo que nos envilece y nos deforma, es aquí, digo, donde nuestra debilidad de mujeres, valientes sólo ante al amor y el sacrificio, encuentra verdaderamente motivado un serio quehacer(...) porque sólo en nuestras filas no se nos utiliza con miras a las elecciones; porque sin adularnos ni deformar nuestra misión exponiéndonos al ridículo de ser diputadas, por ejemplo, nos asignáis, integro un cambio, un papel de acción educativa que es en verdad nuestro papel de mujeres y de españolas. Como a Isabel nos queréis junto a vosotros, en la pelea para infundiros ánimo y sonreiros mientras reedificáis santa fe en estas horas históricas que teñís de rojo vuestra camisa oscura (Gran ovación)
Reproducción facsímil del semanario de la Falange Arriba, 16 de enero de 1936

 

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 NOTAS 

 


[1] El grueso de la investigación se ha centrado en la ciudad de Valladolid, aunque se aporta una visión general del conjunto provincial.

 [2] CHECA GODOY, A. (1989) Prensa y partidos políticos durante la II República en Valladolid. Salamanca: Universidad de Salamanca.

[3] Consideraciones que corroboran ampliamente las fuentes consultadas, y que coinciden con las reflexiones de GALLEGO MÉNDEZ, M. T. (1983) Mujer, falange y franquismo. Madrid: Síntesis.

 [4] Abunda el recelo sobre la instrucción de la mujer, y así se expresa lo legítimo de la educación intelectual cuando obliga la penosa necesidad de ganarse la vida, tal y como escribe Graciela Madero desde El Norte de Castilla, 15- III- 1936; o se insiste en la necesidad de apartar a las mujeres del peligroso camino del intelecto que las lleva descuidar sus deberes naturales. Buen ejemplo de ello es el artículo que publica el Diario Regional el 10- I- 1936, en el que anuncia la apertura de la “Escuela Hogar” en Valladolid.

[5] Es ésta una de las principales conclusiones expresadas por PRADO MOURA, A. de (1985) El movimiento obrero en Valladolid durante la II República. Valladolid: Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura

[6] Memoria de la Caja de Previsión Social de Valladolid- Palencia en el ejercicio de 1932. Archivo Histórico Provincial de Valladolid. Signatura U-75-1917

 [7] El Norte de Castilla. 8- II- 1933 y Adelante 23- IV- 1933, pág. 1

[8] Información al respecto en PALOMARES IBÁÑEZ. J.M. (1988) El Socialismo en Castilla. Partido y Sindicato en Valladolid durante el primer tercio del siglo XX. Valladolid: Universidad de Valladolid. Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca

[9] Memoria Histórica de la Casa Social Católica. 1915-1938. (1939). Valladolid. Archivo Histórico Provincial de Valladolid- V- 9/157

[10] Sobre esta cuestión es obligatorio citar el minucioso trabajo de NÚÑEZ PÉREZ, M.G. (1989) Trabajadoras en la Segunda República. Madrid: Centro de Publicaciones del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social.

[11] La primera en afiliados y poder político fue la socialista, conjuntamente PSOE-UGT, en segundo lugar se situaron las formaciones católicas. Sin embargo, es presumible que los sindicatos y organizaciones católicas, sumados a las organizaciones de la derecha, tuvieran entre sus filas a un mayor número de mujeres.

[12] Como ejemplo el artículo de Carmen de Burgos" Colombine" en El Norte de Castilla 24- VI- 1931, o el de Francisco de Cossio en el mismo diario 20- X- 1933.

[13] Al respecto véase: "Discurso de Gil Robles en el Teatro Calderón", El Norte de Castilla 13- I- 1932

[14] El Diario Regional ofreció numerosas noticias de las actividades y evolución de esta organización. También, de sumo interés es la información de Adelante, que dirigió una campaña de ataques contra la Liga especialmente beligerantes durante los períodos electorales.

[15] Una magnífica muestra es el discurso de Rosario Pereda en el Teatro Calderón de Valladolid, organizado por Falange Española el 16 de enero de 1936: Arriba. Reproducción facsímil.

[16] Dejó Clara Campoamor constancia de su coherencia personal en el acto celebrado en el Ateneo de Valladolid, y organizado por la Unión Republicana Femenina de la ciudad: El Norte de Castilla. 7- I- 1933

[17] Adelante mantuvo una continuada llamada a las mujeres, en un discurso que combinaba la propaganda electoral con la labor educadora. Se insistió en la deuda moral de la mujer con la República y el socialismo que las hizo ciudadanas de derecho.

[18] Las puntuales informaciones de Adelante sobre el Grupo Femenino Socialista y la Juventud Socialista, han permitido un excelente seguimiento de sus actividades, completadas y contrastadas con los testimonios de antiguas militantes.

Es obligado citar como referencia esencial la investigación realizada por Sonsoles Gómez Carbonero en su tesis doctoral Cultura ciudadana y socialización política en la República. Actitudes y comportamientos de los vallisoletanos, 1995. Trabajo que, teorizado sobre el concepto de cultura política, traza el mapa de la actividad política de las mujeres en el Valladolid de la II República.  Disponible el texto completo en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

 


 

Fuentes documentales 

Archivo Histórico Nacional de la Guerra Civil, Salamanca.

Archivo Histórico Provincial, Valladolid.

Biblioteca Universitaria Reina Sofía, Universidad de Valladolid.

Archivo de la Real Chancillería de Valladolid

Prensa periódica y partidista: El Norte de Castilla, Diario Regional, Adelante y  Arriba.

Fuentes orales

Entrevistas varias

 


 


FOTOGRAFÍA DE PORTADA

 

 

 

1932 - Grupo de la Juventud Socialista y miembros del Grupo Femenino Socialista de Valladolid, en una visita al Monasterio del Escorial con motivo de unos cursillos.

De pie, tercera por la izquierda, Pilar Barajas Fernández, una de las mujeres que nos ha prestado su recuerdo. Sentadas en la primera fila, dos de las jóvenes socialistas citadas en este trabajo que fueron víctimas de la barbarie franquista: primera por la izquierda María Ayllón, fusilada en 1937; tercera por la izquierda Vicenta Bermejo, fusilada en 1936. 

El original de esta fotografía pertenece a Julio Fernández Barajas, hijo de Pilar Barajas Fernández, quien ha autorizado su reproducción en esta investigación y en este blog. Se recuerda expresamente la obligatoriedad, según la ley de la propiedad intelectual, de citar su procedencia y la prohibición de su reproducción con fines lucrativos.

 


 

Este resumen fue publicado en: adistancia, Revista de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, Vol. 20, nº 1 ( octubre 2002), (pp.101-107).

 


 

LA AUTORA

Es licenciada en Geografía e Historia por la UNED. En la actualidad realiza su tesis doctoral sobre Colonialismo y Género y ha obtenido el Diploma de Estudios Avanzados (DEA) con el mismo tema, en la misma universidad y bajo la dirección de la doctora Marina Alfonso Mola.


DISTINCIONES

-- 2002, 8 de marzo. Premio Elisa Pérez Vera de investigación, U.N.E.D, por el trabajo Ciudadanas de Valladolid en la II República

 -- 2007, 19 de septiembre. Mención especial en el concurso de investigación “Otras Miradas”. Convocado por el Ayuntamiento de Palencia, por el trabajo Señoras brigadieras, coronelas, capitanas…Colonialismo y género en el siglo XVIII.

 

ACTIVIDADES

 -- Desde 2005, dirección y Edición de la Revista digital Frentes Avanzados de la Historia

 -- Desde 2005, colaboradora del Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL

 -- Desde 2009, colaboradora de la revista Hojas de Warmi, Investigación para el feminismo la cooperación y solidaridad con América Latina. Ed. Seminario Interdisciplinar Mujeres y Sociedad, SIMS / Universitat de Barcelona, UB 

 

PUBLICACIONES

 -- Artículo: “Ciudadanas de Valladolid en la II República”, en adistancia, Revista de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED, Volumen 20, nº 1, octubre 2002, págs. 101-107; [en línea] FAH, Resumen: 

 -- Artículo: “Perspectivas historiográficas. Mujeres indígenas en la sociedad colonial hispanoamericana”, en Tiempo y Forma, Revista de Historia Moderna, UNED, nº 17 (2004), págs. 215- 253. En Sara Beatriz Guardia (Ed.) Escritura de la historia de las mujeres en América Latina. El retorno de las diosas, Ed. Minerva, Lima, 2005, págs. 155-200;  e-espacio digital UNED   / En FAH    

 -- Artículo: “Representaciones y prácticas de género en la proyección del colectivo social de la oficialidad militar. Una estrategia de la política colonial en el siglo XVIII”; Revista digital Destiempos, año 3, nº 14, México, D.F. (mayo-junio 2008)    

 -- Artículo: “Viajeras al servicio de su majestad en el siglo XVIII. Un discurso colonialista en las prácticas de género” y prólogo en Sara Beatriz Guardia (ed.) Viajeras entre dos mundos, Ed. CEMHAL, 2011, págs. 123-140;  Artículo En  FAH     / Presentación del libro en FAH / Libro completo pdf en CEMHAL

 -- Compilación y presentación, Dossier: “Reflexiones para el Debate sobre los géneros desde las dos orillas atlánticas”, Hojas de Warmi, nº 16, 2011, SIMS, UB, [en línea] SIMS

 


 

Enlaces de interés a los grupos de trabajo que investigan en torno a la Memoria Histórica de Valladolid

Verdad y Justicia 

Memoria Histórica de Valladolid

 

¿En qué puedo ayudarte?

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Soy licenciada en Geografía e Historia, con especialidad en Historia Moderna y DEA de doctorado en Historia de América colonial. Experta en paleografía.

Tengo amplia experiencia profesional en asesoría e investigación histórica y genealógica: acreditaciones de hidalguía, investigaciones del origen sefardí, transcripciones paleográficas de manuscritos; así como en el procesamiento de texto e imágenes, maquetación de documentos y creación de bases de datos anexos a la investigación.

Dependiendo de las necesidades de la investigación, trabajo coordinada con un grupo de especialistas en diversas áreas integrados en el Colectivo Pandora


Disponibilidad  para todos los  archivos civiles, eclesiásticos, hemerotecas o bibliotecas de toda EspañaDisponibilidad inmediata para los Archivos de LA REAL CHANCILLERÍA DE VALLADOLID, REAL CHANCILLERÍA DE GRANADA, GENERAL DE SIMANCAS, HISTÓRICO NACIONAL y demás de Madrid. Así como para los ARCHIVOS DIOCESANOS y ARCHIVOS HISTÓRICOS PROVINCIALES DEL NORTE DE ESPAÑA (Castilla y León, Castila La Mancha, La Rioja, Galicia, Asturias, Santander y Madrid).  En este sitio figuran estudios histórico-genealógicos, aportados por colaboradores particulares y asesorados por el grupo académico editor; en la sección de "HistoGenealogía". Otros trabajos de interés para la investigación histórica, genealógica y archivística en  "Fuentes para la Historia". Recursos para la investigación en "Enlaces: Investigación Genealógica".

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Mayte Díez Martín
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Ich bin Magister in Geographie und Geschichte, spezialisiert in Kolonialgeschichte Lateinamerikas.

Habe ausgiebige Erfahrung in wissenschaftliche Untersuchungsarbeiten, Dokumentation- und Genealogischesuchen, sowie in informatische Text-, Bilder und Audio Bearbeitungen.

Bin jederzeit verfügbar für Arbeiten in den "Real Chancillería de Granada", Real Chancilleria- und Simancasarchiven in Valladolid, und unter vereinbarung auch in andere Archiven und Biblioteken.

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LAS PUERTAS AL MUNDO: FAENAS MARÍTIMAS NOVOHISPANAS EN LAS CRÓNICAS DE VIAJEROS

LAS PUERTAS AL MUNDO: FAENAS MARÍTIMAS NOVOHISPANAS EN LAS CRÓNICAS DE VIAJEROS

Guadalupe Pinzón Ríos
UNAM/ México 
  

 

En la historia de México el mar y sus costas han jugado un papel importante en la vinculación de este territorio con el resto del mundo. Hombres, mercancías, conocimientos, enfermedades y hasta guerras ingresaron a tierras americanas través de sus playas a partir del periodo colonial. Son abundantes los estudios que se refieren a transacciones comerciales transoceánicas, pero los trabajos relativos a faenas marítimas y costeras de la Nueva España no lo son.[1]

Los temas marítimos y navieros generalmente han sido estudiados de manera parcial y como complemento de la historia nacional; los trabajos que llegan a referirse a ellos, llegan a relacionar a los litorales con aspectos que afectaron al interior del territorio como el comercio, las epidemias, los movimientos migratorios o las invasiones.[2] También se ha estudiado mucho la historia social de los grandes comerciantes marítimos, pero poco se ha hecho por los temas que se refieren a los trabajadores de los puertos como los marineros, estibadores, grumetes, calafates, herreros, etc.[3]

Para conocer la vida laboral en los puertos novohispanos son útiles las narraciones hechas por algunos viajeros que transitaron por el reino. Ya fuera con fines religiosos, exploratorios, científicos, administrativos, accidentales o culturales, las crónicas de viajeros recrean y describen la vida que se llevaba en esos lugares y muestran las transformaciones sufridas a lo largo del periodo colonial. Su visión, ajena al lugar visitado, les permitió hacer críticas de los puertos y describir sus condiciones sociales, sanitarias, laborales y hasta defensivas.

Por lo anterior, este ensayo pretende echar un rápido vistazo a la vida laboral de los puertos novohispanos a través de algunas crónicas de viaje que se refieren a los hombres, a sus trabajos, a las condiciones físicas de las costas que afectaron su desarrollo poblacional, urbano y laboral, así como algunas propuestas para acrecentar las faenas marítimas de la Nueva España. Con ello se intenta apreciar cómo estas detalladas narraciones son útiles fuentes históricas e importantes herramientas de trabajo que, en este caso, permitirán un acercamiento a la vida portuaria de ese reino.

Antes que nada hay que entender que las actividades marítimas formaron parte importante de la vida laboral y económica de la sociedad colonial, a pesar de que no tuvieron un desarrollo tan marcado o conocido como la agricultura, la minería o la ganadería. Todos los trabajos realizados en las costas novohispanas afectaron de alguna manera al interior del territorio ya que fueron una extensión de las labores, de la vida y de las necesidades del resto la sociedad y economía colonial y no algo ajeno a ellas. Así podría hablarse del ingreso de una buena cantidad de mercancías, de alguna mortífera epidemia o de malvados piratas, todo lo cual provocó reacciones al interior de la Nueva España.

Las actividades marítimas y portuarias nunca dejaron de realizarse. Durante todo el año había empleados trabajando, sólo que en unos periodos con mayor dinamismo que en otros. Los puertos tuvieron poblaciones permanentes que, aunque fuesen minúsculas, mantuvieron las actividades marítimas en constante movimiento.[4] Los trabajadores, tanto de mar como de tierra, participaron en la reparación de bajeles, navegación de cabotaje, atención de embarcaciones de azogue o de registro extraordinario, defensa portuaria en caso de ataques y, principalmente, en la preparación de los puertos para las grandes transacciones comerciales.[5] Había empleados cuyas funciones se relacionaban más con las cuestiones náuticas y otros con las faenas costeras, ambas muy ligadas entre sí.

Muchos hombres de mar llegaron a los puertos de la Nueva España en las tripulaciones de las flotas, de la nao de China, o de embarcaciones provenientes del reino del Perú. Algunos sólo estaban de paso por periodos cortos, aunque un buen número de ellos permaneció en los puertos novohispanos indefinidamente, ya fuera por retrasos comerciales, reparación a sus embarcaciones o enfermedades. Muchos de esos nautas ya no regresaron a sus lugares de origen y se integraron a las sociedades y faenas portuarias de la Nueva España. La presencia de los hombres de mar afectó a las poblaciones costeras de muy diversas formas. Por un lado, podían activar el comercio local; por otro, podían crear disturbios.

El personal marítimo contó con una muy mala reputación. Se les tenía en tal mal concepto que todavía para inicios del siglo XVIII se hablaba de las tripulaciones que estaban en tierras americanas de manera muy despectiva. Esto puede ser percibido en la narración del navegante francés Jean de Monségur hecha entre 1707 y 1708:

 

Sus tripulaciones están formadas de malos marinos, soberbios y vanos por naturaleza, y además nada disciplinados. No se ve entre ellos ni orden ni subordinación, de modo que no puede imaginarse, a menos de haberlo experimentado, lo arrogantes, ignorantes y difíciles de gobernar que son, tanto para la guerra como para la misma navegación.[6]

 

Entre los hombres de mar hubo muchas deserciones. Las autoridades novohispanas procuraron atrapar a quienes huían para reintegrarlos al servicio, el cual continuamente necesitaba de trabajadores que sustituyeran a aquellos que llegaban enfermos, a los que morían en las naves o al desembarcar. Esta situación fue casi permanente. Todavía en el siglo XVIII era un problema común; así lo demuestra la descripción hecha por el capitán de la flota de 1776 Antonio de Ulloa:

 

Me ha parecido muy bien la providencia de vuestra merced para los Partidos, encargando el arresto y conducción de los desertores, y es factible que se cojan muchos (...) conociendo por la traza los que son marineros, no pueden engañarle. (...) Esta gente nunca sobra, porque entre muertos, enfermos que no pueden seguir y desertores, siempre faltan algunos.[7]

 

El intercambio de hombres de mar entre puertos americanos fue constante. Algunos eran contratados en Veracruz para laborar en establecimientos del Pacífico. En Acapulco también hubo algunos navegantes centroamericanos y otros tantos asiáticos que hicieron de ese puerto su hogar, integrándose a sus actividades.[8] A pesar del traslado de hombres, la escasez de mano de obra náutica fue constante, principalmente en las navegaciones transpacíficas, lo que obligó a las autoridades novohispanas a echar mano de población indígena y negra a fin de completar las tripulaciones, algo que pronto fue prohibido[9] pero que para el siglo XVIII volvió a ser práctica común.[10]

El reducido personal costero impidió que las labores portuarias se realizaran debidamente; a la larga los pobladores americanos aprendieron los oficios marítimos y se integraron a dichas faenas. En ocasiones los trabajadores formados en costas coloniales sirvieron para completar tripulaciones de naves que transitaban por puertos novohispanos y cuyos hombres enfermaban, morían o desertaban. A veces, ese personal no contaba con la experiencia necesaria para navegar, pero aún así era útil a las tripulaciones incompletas.[11] Así pasó en las embarcaciones comandadas por Alejandro Malaspina, cuyo segundo al mando, José Bustamante, así lo declaró (1791):

 

Se ha completado la tripulación de las faltas que ha tenido desde Panamá con indios filipinos quedados aquí de las naos y alguno otro natural de aquí. No ha sido posible aumentar el número según me prevenía don Alexandro Malaspina, y sólo resta el recurso de poderlo verificar en San Blas.[12]

 

Los trabajadores de las costas también fueron importantes para las faenas marítimas. Los pobladores (negros, castas y unos cuantos blancos) adaptados a las condiciones físicas de éstas, residían de manera permanente en los puertos y desempeñaron las tareas necesarias para complementar las labores marítimas. Los oficios terrestres fueron fácilmente aprendidos por los pobladores novohispanos, los cuales participaron cada vez de manera más activa en las faenas portuarias. Para el siglo XVIII algunos de estos oficios ya eran propios de las poblaciones costeras, como se lee en la narración de Antonio de Ulloa:

 

...los carpinteros los hay en el país, como quiso a vuestra merced de oficio. Y estos son siempre mejores que los europeos, por estar naturalizados con los climas, en donde se ve. Que poco o mucho siempre enferman y no son tanto de trabajo como los patricios.[13]

 

El desarrollo portuario novohispano se vio frenado, entre muchos otros motivos, por las condiciones físicas y climáticas de las costas.[14] Jaime Olveda explicó que en la Nueva España se dio un proceso inverso al de poblaciones mediterráneas; mientras que en la mayoría de ellas los hombres marcharon al mar y fundaron sociedades costeras, en el territorio novohispano la propensión fue hacia el altiplano.[15] Esto en parte se debió a que en las costas de la Nueva España proliferaron enfermedades que dificultaron los asentamientos humanos, frenaron el crecimiento demográfico, entorpecieron los trabajos del lugar y rezagaron su desarrollo.

En los puertos novohispanos los índices de mortalidad eran elevados. Por ejemplo, en dichos lugares se redujo o desapareció la población indígena, la cual poco a poco fue sustituida por negros y castas.[16] También muchos de los trabajadores que estaban de paso morían en el lugar. Por ejemplo, Roberto Tompson explica cómo esa situación se presentó en Veracruz desde el siglo XVI:

 

...muchos marineros y oficiales de los buques morían de las enfermedades que allí reinan, en especial los que no estaban aclimatados no conocían el peligro, sino que andaban al sol en medio día, y comían sin moderación las frutas del país; mucho más si recién llegados se daban a las mujeres, de donde les venían fiebres agudas, de que muy pocos escapaban.[17]

 

La mortandad en puertos coloniales fue un serio problema que se reflejó sobre todo en la población infantil, lo cual frenó el crecimiento demográfico. Algunos viajeros del siglo XVI, como el franciscano Antonio de Ciudad Real describieron esta situación:

 

La cibdad de Veracruz (...) es tierra muy calurosa y enferma y donde reinan los mosquitos y aun los negros (...), críanse en aquella cibdad pocos niños y éstos y los grandes andan de ordinario enfermos y descoloridos, dellos y de los que vienen de España mueren allí, especialmente cuando llegan las flotas.[18]

 

El número de muertes en zonas portuarias no varió demasiado durante el periodo colonial; para inicios del siglo XIX Alejandro de Humboldt describió las duras condiciones físicas de las costas novohispanas, así como de la mortandad en ellas:

 

La mortandad del pueblo es más considerable entre los niños y los jóvenes, sobre todo en las regiones cuyo clima es a un mismo tiempo muy caliente y muy húmedo. Las fiebres intermitentes reinan en toda la costa (...). En estas regiones cálidas y húmedas es tan grande la mortandad que apenas se percibe el aumento de población (...)[19]

 

 

Puerto de Acapulco con la Real Fuerza de San Diego. 1730   (Fuente:  http://www.armada15001900.net/p6ima3.jpeg)

 

Acapulco también vio mermada su población autóctona debido a epidemias. Para el siglo XVII se le considera un establecimiento no indígena; su comunidad permanente estaba integrada por negros, mulatos, filipinos y algunos blancos. El número de personas aumentaba al arribar la nao de China o naves del Perú,[20] pero la población permanente continuó siendo escasa. El viajero italiano Francesco Gemelli, quien llegó a Acapulco en 1697, describió muy bien este puerto:

 

No habitan en ellos más que negros y mulatos (los nacidos de negros y blancas) y muy raramente se ve algún nativo del lugar, de rostro aceitunado. Los comerciantes españoles, terminado el negocio y la feria que se hace por las naos de China y por los navíos del Perú (que suelen venir cargados de cacao), se retiran a otros lugares, y parten también los oficiales reales y el castellano, por causa del aire malo, y así queda la ciudad despoblada.[21]

 

Las condiciones físicas y poblacionales del resto de los puertos coloniales no fueron mejores. El inglés Juan Chilton, en el siglo XVI, describió a Huatulco como un pequeño establecimiento habitado por 3 o 4 españoles acompañados de unos cuantos negros. También se refirió a La Navidad como el lugar por donde arribaba la nao de China, pero en ningún momento mencionó una población permanente.[22] Ambos establecimientos fueron abandonados por las autoridades virreinales en favor de Acapulco. Ninguno desarrolló grandes asentamientos humanos, aunque sí se conservaron ciertas actividades portuarias en ellos, principalmente relacionadas con el contrabando. Por ejemplo, Jean de Monségur explicó que a pesar de que el comercio entre Perú y la Nueva España quedó prohibido:

 

(...) esto no impide que, mediante negociación secreta, se pasen con seguridad, libre y decididamente, todas las mercancías que son tan estimadas en el Perú como en México. Cada año no dejan de llegar a las costas de México algunas naves del Perú, en espera del Galeón de Manila (...)[23]

 

Había además poblaciones, cercanas al mar, que vinculaban sus actividades económicas a la navegación costera dedicada a la pesca.[24] Esto proporcionó a sus pobladores cierta experiencia marítima que se hizo evidente en el siglo XVIII, cuando algunos de ellos comenzaron a participar activamente en las labores portuarias de la Nueva España.

Las condiciones físicas de las zonas costeras también afectaron la urbanización y el desarrollo de los puertos y de las poblaciones aledañas. Esto, aunque no frenó del todo las faenas marítimas, deja ver el rezago en el que se encontraban los establecimientos portuarios. Hay narraciones que describen esa situación, como la de Tomas Gage, quien en el siglo XVII (1625) describió a Veracruz como una ciudad edificada en madera, como si fuese un lugar recién establecido y no uno de los principales puertos novohispanos:

 

No paramos mucho la consideración en los edificios, porque todos son de madera, tanto las iglesias y los conventos como las casas particulares. Las paredes de las casas del vecino más rico son de tablas, y esto y la violencia de los vientos del norte han sido causa de que la ciudad se haya reducido a cenizas en diversas ocasiones.[25]

 

Para el siglo XVIII podría decirse que Veracruz fue el único puerto que logró cierto crecimiento. Su desarrollo se debió a su vinculación con el interior del territorio colonial y se reflejó en el aumento de sus habitantes y de su urbanización,[26] a pesar de que ésta última no era tan impresionante como podría esperarse de un puerto de su importancia. Así lo describió Antonio de Ulloa:

 

Los edificios no tienen cosa de suntuosidad, ni de hermosura exterior, siendo en esta parte como en las ciudades pobres donde no hay proporciones de un comercio crecido y lucrativo como el de ahí. Hay bastantes casas grandes, dispuestas más bien para recibir a los cargadores de España (...). Mucho número de casas son bajas y otras, aunque tenga alto, son de mala vista, con particularidad las que vive la gente pobre que son humildes (...). De pocos años a esta parte están empedradas las calles, antes eran terreras y muy descuidadas.[27]

 

La urbanización de Acapulco fue mucho menor que la de Veracruz. A fines del siglo XVII Gemelli explicó que en dicho puerto ni siquiera había mesones en dónde hospedarse; justificó la ausencia de edificios altos como consecuencia de los fuertes terremotos que azotaban la región.[28] La falta de urbanización de Acapulco no afectó sus actividades económicas ni laborales; el mismo Gemeli explicó que el comercio era tan redituable que cuando estaba la nao de China los precios se elevaban, millones de pesos circulaban por el lugar, y todo aquel que trabajara en el puerto (temporal o permanentemente) obtenía ganancias considerables.[29]

La poca urbanización de las zonas costeras parece haber sido una situación permanente. Ni siquiera un puerto fundado en el siglo XVIII pudo desarrollar su infraestructura. Así fue el caso de San Blas, que debido a sus duras condiciones físicas, tal vez más difíciles que las de otros puertos novohispanos, no logró ser ni poblado ni urbanizado como había planeado José de Gálvez. Algunas narraciones de la época, como la de José Bustamante, describen las condiciones de este sitio:

 

La población reducida a una porción de chozas o rancherías cubiertas de paja, tiene todo aquel aspecto pobre y miserable que ofrece un clima malsano habitado solo por la necesidad. Algunas casas de particulares y uno u otro edificio del rey están hechos con alguna solidez, pero son estrechas y mal repartidas. El terreno de las calles desigual y pedregoso hace el tránsito muy incómodo.[30]

 

 

Acapulco. Expedición Malaspina (Fuente: http://www.artehistoria.jcyl.es)

 

Un aspecto en el que las costas novohispanas sí tuvieron gran desarrollo fue en el crecimiento de la población de mosquitos. Viajeros que llegaban a los puertos coloniales, como Tomas Gage, se quejaban amargamente de que estos insectos los devoraban de día y de noche, y que ni siquiera los pabellones con los que contaban lograban protegerlos de sus ataques.[31] Los mosquitos, además de provocar diversas enfermedades, también dificultaron el cumplimiento de las labores portuarias. Los trabajadores pasaban la mitad de sus jornadas espantando o matando a esos insectos, lo cual retrasaba el cumplimiento de sus obligaciones. José Bustamante describe ese problema en San Blas:

 

Si este es un inconveniente tan poco agradable para habitar en la población y el arsenal, puede inferirse cuan más molesto debe ser a los operarios en ese sitio donde el terreno bajo y menos ventilado contribuye a que se multiplique la causa y trayendo atraso conocido en las obras que allí se ejecutan.[32] 

 

Las duras condiciones ambientales de las costas novohispanas obligaron a las autoridades a buscar remedios para el retraso de las faenas portuarias, aunque poco se pensó en el desarrollo de esos establecimientos. Además de la atención brindada a los enfermos en los hospitales, se pretendió mejorar la sanidad en las costas. Juan Chilton mencionó desde el siglo XVI que en Veracruz se acostumbraba pasear todas las mañanas dos mil cabezas de ganado mayor para que disiparan los malos vapores de la tierra, solución que probablemente no fue bastante efectiva.[33] Posteriormente Humbolt dejó ver que las condiciones ambientales de los puertos habían variado poco, que los problemas sanitarios continuaron por mucho tiempo e incluso se aventuró a hacer sugerencias para remediar esas condiciones en Veracruz:

 

(...) no es menos cierto que la insalubridad del aire de Veracruz disminuirá sensiblemente, si se consiguiese secar los pantanos que rodean la ciudad; si se proporcionase agua potable a los habitantes; si se alejase de ellos los hospitales y cementerios; si se hiciesen frecuentes fumigaciones de ácido muriático oxigenado en las salas de los enfermos, en las iglesias y sobre todo a bordo de los barcos; en fin, si se derrumbasen las murallas de la ciudad, que tienen a la población apiñada en un corto recinto e impiden la circulación del aire, sin evitar por eso el comercio de contrabando.[34]

 

Respecto a las costas del Pacífico, Humbolt consideró que su rezago era grande y propuso una serie de medidas para su desarrollo; sus consejos dejan ver que la situación de esas costas todavía era mala, que no estaban siendo aprovechadas como deberían, que todavía estaban poco pobladas, que faltaba mayor vinculación con las actividades económicas del interior y que de activarlas podrían generar importantes ganancias a la Corona hispana:

 

Fácil sería probar que si el reino de México tuviese un gobierno sabio, si abriese sus puertos a todas las naciones amigas, si se recibiese colonos chinos y malayos para poblar sus costas occidentales, desde Acapulco hasta Colima, si aumentase los plantíos de algodón, café y caña de azúcar; en fin, se estableciese justo equilibrio entre los trabajos de la agricultura, el beneficio de las minas y su industria manufacturera, podría por sí solo y en pocos años dar al gobierno español una utilidad líquida doble de la que le da en el día toda la América Española.[35]

 

En general podría decirse que las crónicas de viajeros permiten conocer a detalle las descripciones de la vida portuaria, de las personas que ahí residían y de los trabajos que en esos lugares se realizaban. Sin importar su intencionalidad o contexto, muchas de esas crónicas coinciden en sus descripciones de los establecimientos costeros novohispanos. Pueden encontrarse además narraciones que se refieren a los temores que generaban la llegada de naves enemigas o de cuerpos de náufragos, de epidemias y de hospitales. También son descritas las rogaciones realizadas para mejorar las condiciones de los puertos o lograr exitosas travesías, al igual que impresiones sobre la mala defensa marítima del reino, etc. Las crónicas representan una importante fuente de información que recrea la vida de los puertos, de su gente y de sus faenas, aspectos importantes si se recuerda que las costas fueron durante mucho tiempo los puntos de entrada y salida de la Nueva España, es decir, las puertas que comunicaron a este territorio con el resto del mundo.

 

 

NOTAS

 

[1] Existe vasta bibliografía sobre las transacciones comerciales que por Veracruz se realizaban. Entre las obras más conocidas, y sólo por mencionar algunas, se encuentran la de Clarence Haring, Comercio y Navegación entre España y las Indias, México, Fondo de Cultura Económica, 1979; Luis Chávez Orozco, El contrabando y el comercio exterior en la Nueva España, México, Publicaciones del Banco Nacional de Comercio Exterior, 1967; Peggy Liss, Los imperios trasatlánticos, México, Fondo de Cultura Económica, 1989; Guillermo Tardiff, Historia general del comercio exterior mexicano, 1503-1847 (2 vols.), México, Gráfica Panamericana, 1868; entre muchas otras. También sobre Acapulco existe amplia bibliografía. Algunas de las obras que se pueden nombrar son las de Martha de Jarmy, La expansión española hacia América y el océano Pacífico (2 vols.), México, Fontamara, 1988 o Carmen Yuste, El comercio de la Nueva España con Filipinas 1590-1785, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Departamento de Investigaciones Históricas, 1984. También pueden revisarse las múltiples obras de Salvador Bernabeu como El Pacífico Ilustrado: del lago español a las largas expediciones, Madrid, Mapfre, 1992, o La aventura de lo imposible: expediciones marítimas españolas, Barcelona, LUNWERG, 2000.

[2] Idea en la que coinciden Carlos Bosh y Ernesto de la Torre. Carlos Bosh, “Hombres de mar y hombres de tierra en la historia de México” en España y Nueva España: sus relaciones transmarítimas, México, Universidad Iberoamericana, Instituto Nacional de Bellas Artes, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1991, p. 9 y 23. Ernesto de la Torre, prólogo de la obra de Marcial Gutiérrez, San Blas y las Californias: estudio histórico del puerto, México, editorial Jus, 1956, p. vii.

[3] Fernanda García de los Arcos, “El comercio Manila-Acapulco: un intento de estado de la cuestión” en Comercio marítimo: nuevas interpretaciones y últimas fuentes (coord. Carmen Yuste), México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1997, p. 179.

[4] Las prueba de la vida rica que se llevó en las costas coloniales está plasmada en trabajos que describen la vivacidad de los pobladores y de su comunicación entre los puertos que existió a lo largo del periodo colonial, como el de Antonio García de León, El mar de los deseos. El caribe hispano musical. Historia y contrapunto, México, Siglo XXI editores, 2002.

[5] Matilde Souto, “La transformación del puerto de Veracruz en el siglo XVIII: de sitio de tránsito a sede mercantil” en El comercio exterior de México 1713-1850 (coord. Matilde Souto y Carmen Yuste), México, Instituto Mora, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad Veracruzana, 2000, p. 113.

[6] Jean de Monségur fue un navegante francés que consiguió una patente de capitán para las embarcaciones del rey español. Viajó a la Nueva España en 1708 y permaneció en México un año. Ver Las nuevas memorias del capitán Jean de Monségur, México, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1994, p. 191.

[7] Antonio de Ulloa fue un importante navegante español. Fue capitán de la última flota que arribó a suelo americano en 1776. Viajó a la ciudad de México para encontrarse con el virrey Antonio María de Bucareli, del cual era amigo. Durante su viaje hizo algunas narraciones de los lugares visitados. En Veracruz coordinó muchas de las faenas portuarias. Ver Francisco de Solano, Antonio de Ulloa y la Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1987, p. 176 y 201.

[8] Fernanda García de los Arcos habla de los asiáticos en Forzados y reclutas: los criollos novohispanos en Asia, 1756-1808, México, Potrerillos editores S.A. de C.V., 1996, p. 173; mientras que Woodrow Borah se refiere a los navegantes centroamericanos en Comercio y navegación entre México y Perú en el siglo XVI, México, Instituto Nacional de Comercio Exterior, 1975.

[9] Borah, op. cit., p. 137.

[10] Esta situación puede apreciarse en las costas neogallegas. Por ejemplo en el puerto de San Blas las autoridades echaron mano de población indígenas y de miembros de castas; su trabajo fue útil tanto en las faenas marítimas como en las portuarias. Ver AGN, Marina, volumen 49, fojas 278-281 y AGN, Marina, volumen 53, fojas 130-131v.

[11] Virginia González, Malaspina en Acapulco, España, Turner libros, 1989, p. 77.

[12] Alejandro de Malaspina dirigió un viaje científico y de exploración que pasó por algunas de costas americanas de cara al Pacífico. En 1791 sus embarcaciones pararon en Acapulco, San Blas y Nutka. Ver María Dolores Higuera, La expedición Malaspina. Diario general del viaje corbeta Atrevida por José Bustamante y Guerra (tomo IX), Madrid, Ministerio de Defensa, Museo Naval, 1987, p. 203.

[13] Francisco de Solano, op. cit., p. 203-204.

[14] Entre los diferentes motivos por los que los puertos novohispanos fueron despoblados pueden mencionarse las políticas monopólicas que mantuvieron las autoridades reales y coloniales respecto a las transacciones comerciales transoceánicas. También influyeron las medidas defensivas establecidas en los puertos luego de los ataques perpetrados por los ingleses Drake y Cavendish en el siglo XVI. Lourdes de Ita explica cómo se ordenó que para evitar que los puertos fuesen atacados, se tomó la determinación de despoblarlos. Ver Viajero isabelinos en la Nueva España., México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 196-197. Las autoridades coloniales pudieron abandonar los establecimientos costeros, pero la gente de poblaciones cercanas continuaron vinculando sus actividades económicas con el mar y sus costas.

[15] Jaime Olveda, Conquista y colonización de la costa neogallega, México, Tesis doctoral de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, 1996, p. 196.

[16] Antonio García de León, “Contrabando y comercio de rescate en el Veracruz del siglo XVII” en Comercio marítimo..., p. 21 y 25.

[17] Roberto Tompson fue un navegante inglés que, luego de la batalla de San Juan de Ulúa en 1568 en la que se enfrentaron naves de John Hawkins y la flota española (en la que venía el virrey Martín Enríquez), fue abandonado en este reino junto con varios de sus compañeros; posteriormente fueron capturados y sometidos a juicios inquisitoriales. Tompson y sus compañeros permanecieron algunos años en la Nueva España. Ver Joaquín García Icazbalceta, Relación de varios viajeros ingleses en la ciudad de México y otros lugares de la Nueva España siglo XVI, Madrid, Porrúa, 1963, p. 26. Lourdes de Ita, op. cit., explica detalladamente la presencia de estos ingleses.

[18] Antonio de Ciudad Real fue un franciscano que acompañó al Comisario General Franciscano, fray Alonso Ponce, que visitó las provincias de esa orden entre 1584 y 1589. Los detalles de este viaje vienen al inicio de la obra. Ver Tratado curioso y docto de las grandezas de la Nueva España (2 vols.), México, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1993, p. 117.

[19] Alejandro de Humboldt, Ensayo político del Reino de  la Nueva España, México, Porrúa, 1991, p. 41.

[20] Peter Gerhard, Geografía histórica de la Nueva España, 1519-1821, México, Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México, 2000, p. 40-41. Sin embargo, hay que considerar que los contactos con Perú fueron suspendidos en 1631 y las navegaciones entre virreinatos se hacían para llevar mercurio de Huancavelica o de forma ilegal.

[21] Giovanni Francesco Gemelli, viajero italiano que llegó por el puerto de Acapulco en 1697 y partió de la Nueva España por el puerto de Veracruz. Viaje a la Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1983, p. 8.

[22] Chilton también fue compañero de Tompson. Joaquín García Icazbalceta, op. cit., p. 38.

[23] Jean de Monségur, op, cit., p. 219.

[24] Antonio de Ciudad Real, op. cit., se refiere a Xalisco y Acaponeta p. 112-117, mientras que Alonso de la Mota y Escobar se refiere a Chiametla, Autlán y Acaponeta en Descripción geográfica de los reynos de Nueva Galicia, Nueva Vizcaya y Nuevo León, México, ed. Robledo, 1940, p. 42-43,

[25] Tomas Gage, Nuevo reconocimiento de las Indias Occidentales, México, SEP80/Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 88.

[26] Carmen Blázquez, “Distribución espacial e identificación de comerciantes y mercaderes en el puerto de Veracruz a través del padrón militar de Revillagigedo” en Población y estructura urbana en México, siglos XVIII y XIX (coord. Carmen Blázquez), México, Universidad Veracruzana, 1996, p. 173.

[27] Francisco Solano, op. cit., p. 15-16.

[28] Giovanni F. Gemelli, op. cit., p. 12.

[29] Ibíd., p. 8-9.

[30] María Dolores Higuera, op. cit., p. 213.

[31] Tomas Gage, op. cit., p. 101.

[32] Ibíd., p. 213.

[33] Joaquín García Icazbalceta, op. cit., p. 34.

[34] Alejandro de Humboldt, op. cit., p. 356 

[35] Ibíd., p. 551.



ARTÍCULO PUBLICADO EN: Ita Rubio, Lourdes de y Gerardo Sánchez Díaz (coords.), A través del espejo. Viajes, viajeros y la construcción de la alteridad en América Latina, México, Instituto de Investigaciones Históricas/Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2005, pp. 139-152.



FOTOGRAFÍA DE PORTADA: Plaza de Veracruz y castillo de San Juan de Ulua. 1763. AGI. http://www.armada15001900.net/p6ima3.jpeg



 

LA AUTORA

 

Guadalupe Pinzón es doctora en Historia, investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México y profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de esta universidad.
 

 


 

 

Otras publicaciones de la autora en línea: Enlaces y referencias completos en Dialnet


"Una descripción de las costas del Pacífico novohispano del siglo XVIII"
A Description of the Pacific Shoreline of New Spain in the 18th Century
Estudios de historia novohispana, nº. 39, 2008 , pags. 157-182

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Resumen:
          

            En este trabajo se muestra y analiza un documento anónimo del siglo XVIII, resguardado en el Museo Naval de Madrid, en el que se describen las costas de Pacífico novohispano, así como de la derrota seguida para llegar a Manila. En él se hace referencia a indicios naturales que facilitaran la ubicación de los puertos desde el mar, así como diversas características como lugares donde hacer aguada, conseguir alimento o donde hubiera poblaciones que fueran útiles a las travesías. Como este documento fue fechado en Perú en 1764, cuando las navegaciones entre virreinatos americanos estaba prohibida, su revisión sirve de pretexto para replantearse el tipo de vínculos marítimos existentes entre Perú, Nueva España y Filipinas durante la primera mitad del siglo XVIII, así como de las informaciones que se tenían respecto a las rutas náuticas y litorales coloniales. Por ello, se hace una revisión del tipo de vínculos existentes entre dichos territorios a lo largo del periodo colonial, del conocimiento que se tenía de los litorales americanos de cara al Pacífico y, lo más importante, se formulan preguntas sobre las navegaciones legales e ilegales que pudieron existir en esos mares hasta mediados del setecientos.


 

"Defensa del pacífico novohispano ante la presencia de George Anson"
Defense of the Pacific coasts of New Spain from George Anson
Estudios de historia novohispana, nº. 38, 2008 , pags. 63-86

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Resumen:


            En este trabajo se intenta explicar la reacción defensiva que existió en las costas novohispanas de cara al Pacífico ante el peligro que la presencia de George Anson significó para el virreinato. Dicha situación evidenció lo poco protegidos que estaban los litorales coloniales y obligó a tomar una serie de medidas que, a corto plazo, corrigieran esa situación. Los sistemas defensivos que se generaron echaron mano de las fuerzas y los recursos de las localidades cercanas a las costas, algo que posteriormente sería practicado con regularidad ante las frecuentes guerras en las que España se vio inmersa.

 


 

 

"En pos de los nuevos botines, expediciones inglesas en el pacífico novohispano (1680-1763)"
Estudios de historia novohispana, nº. 44, enero-junio 2011

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Resumen

 

En este trabajo se abordan las navegaciones inglesas a lo largo del Pacífico novohispano durante la primera parte del siglo XVIII, principalmente a partir de los diarios de viaje de los expedicionarios británicos. Lo anterior evidencia el conocimiento que éstos tenían del territorio americano y la manera en la que los intereses ingleses se expandieron hacia el Pacífico. Dicho cambio forma parte de un proceso marítimo mercantil en el que distintas potencias europeas y territorios coloniales se vieron inmersos y en el que los mercados americanos fueron de gran interés para las coronas europeas, por lo que buscaban expander sus redes mercantiles por el Mar del Sur. Prueba de ello son las expediciones inglesas que incursionaron en este océano. Cada viaje abordado representa un momento determinado en las políticas navales británicas.




 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS HOMBRES DE DIOS: APROXIMACIÓN A UN ESTUDIO DE LA MASCULINIDAD EN NUEVA ESPAÑA

LOS HOMBRES DE DIOS: APROXIMACIÓN A UN ESTUDIO DE LA MASCULINIDAD EN NUEVA ESPAÑA

  

Asunción Lavrin

 Arizona State University, U.S.A.

 

 

  

 

 

 

   

 

Abordar el tema de la masculinidad después de muchos años de estudiar la experiencia femenina en el período colonial y principios del siglo XX es, para mí, un reto intelectual al que me acerco con curiosidad y respeto al mismo tiempo. No tenemos muchos “modelos” que nos guíen en la historiografía colonial ya que los pocos estudios que han abordado hasta ahora el tema, se han interesado en indagar sobre la naturaleza de la homosexualidad y su represión[1]. Así que estamos en terrenos poco explorados que demandan echar cimientos con vistas a la información que nos brindan las fuentes.

He escogido la masculinidad representada por los hombres que pertenecieron a las tres órdenes mendicantes que evangelizaron Nueva España, agustinos, dominicos y franciscanos, por sentirme cómoda dentro del ámbito de la iglesia. Mis estudios sobre las “esposas de Cristo” en Nueva España, casi me han empujado a indagar la cara masculina de quienes se dedicaron a servir a Dios. Desde luego que la masculinidad de hombres que se salieron “del siglo” tiene sus peculiaridades, pero parto de la premisa que aún siendo religiosos, no dejaron de ser hombres, y que precisamente su vocación religiosa les confiere características de masculinidad que resultan provocadoras en su expresión. Mi propuesta de estudio tiene tres temas: la masculinidad santa o sea la representación del ideal del hombre dedicado a Dios. Parte de esa “representación” es la renuncia al sexo: o sea que es una masculinidad presuntamente asexuada. Sin embargo, la información histórica nos ofrece otra realidad muy distinta. La sexualidad no se podía borrar con la toma de hábitos, y por lo tanto, el segundo aspecto en esta propuesta es el estudio de la sexualidad manifiesta de los hombres de Dios. Otro aspecto clave de la representación del hombre santo es su distanciamiento de los intereses que motivaban al hombre común y corriente. De nuevo la información histórica nos presenta a hombres constantemente involucrados en la lucha por el poder. En consecuencia, el tercer aspecto del estudio de la masculinidad sería el de las formas de ejercer el poder. Podría argüirse que la lucha por el poder es la clave de toda historia. Y así es. De hecho se puede afirmar que la lucha por el poder entre las diversas ramas de la iglesia es una necesidad metodológica si se desea conocer esa historia. Dada la riqueza de ejemplos de lo que fue ese constante enfrentamiento de órdenes religiosas entre sí; o de órdenes religiosas con la iglesia episcopal, o con las autoridades reales, esta tercera sección del trabajo se debe reducir a ilustrar esa lucha con sólo algunos ejemplos que nos permitan establecer la validez de la propuesta.

 

 

LOS HOMBRES SANTOS

 

La tradición de Vitae o Vidas que representaban los modelos de perfección cristiana se estableció muy temprano en los primeros siglos después de Cristo y continuó a través de la Edad Media europea[2]. Las vidas se proponían contar las virtudes de los hombres y mujeres que, dedicados a la propagación de la nueva fé, poseían virtudes superiores a los demás, y que servirían de inspiración a generaciones venideras. Para el tiempo de la conquista del nuevo mundo existía una considerable tradición narrativa sobre hombres y mujeres, mayormente biográfica que serviría de modelos al desarrollo de ese género en Hispanoamérica y aún la América portuguesa. Las primeras biografías ejemplares comienzan a aparecer en “las Indias” a finales del siglo XVI. Fue cuando las órdenes mendicantes se dieron cuenta de que por falta de memoria escrita, la historia de quienes llevaron a cabo la obra de evangelización y enraizamiento del catolicismo, se podría perder. Así en 1573, el franciscano Jerónimo de Mendieta (d. 1604) recibió la órden de escribir una crónica de su orden, que terminó en 1585. fray Agustín Dávila Padilla (1562-1601) terminó la primera crónica dominica en 1596. [3] fray Juan de Grijalva publicó una crónica de la orden de San Agustín en 1624[4]. Otras varias se publicaron en el siglo XVII. Es en estas historias que aparecieron las primeras “vidas” de los miembros de las órdenes; las biografías personales no aparecen sino hasta mediados del siglo XVII. Otra fuente de información biográfica fueron los sermones fúnebres, género que dejó numerosos ejemplares a través de dos siglos y medio. En estas fuentes he buscado la representación emblemática del modelo de masculinidad “santa.”

Asumimos que “representación” es una creación cultural que intenta proyectar una imagen deseable de un sujeto, un evento o una cultura. La representación no coincide con la realidad, pero persuade a otros de que es en sí, la suma de características específicas y deseables de la realidad. Es una proyección imaginaria pero necesaria para aglutinar voluntades y crear una “mitología” social que sirva de emblema a un grupo o una sociedad. La representación sirve para dirigir la memoria en cierta dirección y hacia objetivos prefijados. La creación de un fraile observante y ejemplar fue un elemento esencial en la construcción de la memoria histórica de cada órden en busca de la aprobación social de su comportamiento y la reafirmación de su identidad como ente corporativo. También fue una herramienta pedagógica para sus propios miembros, un medio de propaganda para consumo de la Corona y de la feligresía e importante y un argumento más para ilegitimizar la conquista y la conversión de los indígenas al cristianismo.

Con pocas excepciones, las crónicas de las órdenes se escribieron entre el final del siglo XVI y mediados del XVIII, cuando el entusiasmo por ese tipo de escritura parece haberse apagado., a excepción de las crónicas de áreas alejadas de la capital virreinal, donde aún se llevaba a cabo un proceso de “conquista espiritual,” como en la frontera norte[5].

Aunque la mayoría de los cronistas buscaron información verídica y corroboración de hechos usando documentos conventuales e historia oral, sus trabajos son una mezcla de realidad y hagiografía. Para evitar el riesgo real de “hacer santos” en una época tan inclinada a la exageración y la credulidad, Urbano VIII prohibió en 1625 que ningún autor hiciera reclamos de revelaciones, milagros o visiones sin la aprobación explícita de las autoridades religiosas. Todas las crónicas y biografías serían revisadas por varios “lectores” con autoridad para disputar o vetar la información contenida en el manuscrito antes de su impresión El autor tenía que declarar que no pretendía establecer la santidad de nadie y se atenía en todo al juicio de la iglesia católica.

A pesar de estas salvaguardas, los autores barrocos de los siglos XVII insertaron toda clase de maravillas y milagros en la escritura, protegidos por su declaración previa, y los “censores” cumplían con su deber y aprobaban obras en las cuales podían ocurrir los incidentes más imaginativos y los hechos más super-humanos personificados por los beatíficos porta-estandartes de un nuevo reino cristiano en el nuevo mundo. Es dentro de este marco referencial que debemos estudiar la construcción del hombre santo, y también recordando que las crónicas y las vidas reflejaban la creencia que Dios había asignado a las órdenes mendicantes la oportunidad de cambiar el destino de la humanidad. Aún así se sobre-entendía que los hombres de Dios no eran perfectos. El hombre santo, reclamaba fray Jerónimo de Mendieta, no tenía que ser un paragón de virtudes, pero era un hombre con una misión, a quien Dios probaba con tentaciones y flaquezas[6]. El siervo de Dios se acercaba más a su perfección cuanto más ardua era su tarea en luchar contra cualquier tentación para mantener el espíritu de su orden y sus votos de obediencia, castidad, y pobreza. Era precisamente la lucha contra estos obstáculos lo que ponía al fraile en el camino de perfección y la que lo hacía memorable.

Las cualidades que ostentaban esos siervos del Señor, presentados por sus biógrafos, destilaban la esencia de una hombría dedicada al servicio de Dios. Algunas de estas virtudes eran muy semejantes a la de los seglares, pero los hombres dedicados a Dios no perseguían –hipotéticamente en estos recuadros– la gloria o la ambición personal dentro de su ambiente socio-político. La esencia de la observancia, para el fraile que aspiraba a seguir el modelo de perfección, era obedecer las reglas de su orden. Nunca debería creer que había logrado la perfección. El amor y la caridad (básicamente una misma cualidad) eran las virtudes básicas que se ejercían con los hermanos en religión ante todo, y con el resto de la humanidad. El objetivo del hombre santo era la imitación de Cristo, un concepto muy popular en el siglo XVI, y que se predicaban lo mismo para los seglares como para los miembros de las religiones. Centrándose en la humanidad de Cristo y sintiendo sus sufrimientos se llegaría a ser más como El.

La vida del perfecto mendicante tendría que establecer un balance entre lo espiritual y lo temporal. Una vida espiritual perdida en contemplación excesiva, oraciones y visiones, podría semejarse peligrosamente a una vida femenina, especialmente a las hermanas en religión. Los frailes no hacían voto de enclaustración y por lo tanto tenían el deber de involucrase en actividades que hablarían del servicio a Dios en un mundo lleno de las hostilidades. En palabras de Mendieta. “Durante el día Dios te pide que te ocupes de asuntos de su servicio; por la noche puedes alabar la gloria de Dios.” [7] La afectividad, una característica de la espiritualidad femenina, fue mucho menos enfatizada en los elogios de frailes, que, al contrario, se centraban en la sociabilidad de un hombre al servicio de Dios en el mundo y cuyo propósito era recordarle a esa sociedad, cuales eran las verdaderas miras de la vida humana. Aprender cual era el buen gobierno de su órden y defender sus intereses, era parte de sus deberes, pero siempre respetando las jerarquías de la religión. Los hermanos legos, por ejemplo, eran elogiados por su humildad y la simplicidad con que cumplían sus obligaciones y nunca por otras aspiraciones intelectuales o espirituales que pertenecían a los profesos en más altos grados[8].

El martirio era un aspecto especial de la vida perfecta, pero no necesariamente su objetivo. El martirio que algunos sufrieron servía para recordar a los miembros de las órdenes que ese había sido un aspecto ejemplar de los fundadores de la religión, pero no un requerimiento para quienes volvían a imitar su ejemplo en otro tiempo y otro continente. Jerónimo de Mendieta opinaba que la vida diaria podía ser un martirio, y todos los que servían a Dios eran mártires, aunque aquellos que ofrecían su vida tenían más derecho a recibir ese apelativo[9]. El martirio fue alcanzado en el norte árido y en la empresa de cristianización global que comienza en el siglo XVI, cuando cobró relevancia en el lejano Oriente[10]. Los jesuitas, franciscanos y agustinos que llegaron a las Filipinas, China y Japón pusieron el martirio muy de relieve en el catálogo de virtudes de sus miembros. El franciscano fray Martín de Valencia, uno de los originales “doce” que llegaron a Nueva España en 1526, había deseado ir a Africa a predicar entre los musulmanes. Igualmente ese había sido el deseo de Teresa de Ávila en su niñez. Después de su llegada a Mexico, fray Martín contó haber tenido un sueño en el cual vio a dos mujeres tratar de cruzar un río. Una era fea y tuvo mucho trabajo en lograr cruzarlo. La otra era hermosa y no tuvo problema alguno en vadear la corriente. fray Martín interpretó ese sueño como sigue: la mujer fea era Nueva España y su gente, que si bien alcanzaban la conversión al llegar al otro lado del río lo hacían con mucho trabajo. La mujer bella, era una nueva tierra en la cual sus habitantes se convertirían voluntariamente y alcanzarían la perfección. Era China, donde el fruto de la cristiandad sería abundante[11].

Aún así, el martirio no era alcanzable ni siquiera deseable entre los objetivos de las religiones. Las crónicas y las vidas hacen evidente que la perfección era una mezcla de virtudes que representaba a todos los miembros de la comunidad –una colección muy variable de aptitudes. La moderación se podía combinar con la castidad para recomendar los especiales esfuerzos que debían hacerse para resistir el llamado de la carne. La fe y la esperanza eran las fuerzas que movían aquellos que dejaban sus conventos para ganar más almas. El amor de hermanos se expresaba en muchos con su deseo de aprender las lenguas indígenas que le permitían predicar y confesar. Y así, cada “modelo” podía personificar las posibilidades de una perfección que era intrínsecamente plástica.

Veamos un ejemplo de fraile modelo, recordado por Mendieta, usando no una figura cimera, sino un oscuro fraile, fray Fernando de Leiva. Profesó en Burgos y vino a Nueva España a mediados del siglo XVI. Mendieta subraya su estricta observancia de la Regla, y su voluntad de castigo corporal para mantener a raya sus pasiones. Leiva no pudo servir en la tarea de evangelización, porque no pudo aprender las lenguas indígenas, pero su caridad hacia los indios se dice haber sido constante, dándoles de comer a diario y reprimiendo a cualquier español que los abusara. Su humildad se expresaba en su hábito viejo y remendado, la tabla que usaba como almohada y el silencio que mantenía en el convento. [12] 

Casi doscientos años después, el sermón panegírico que enmarcó las virtudes de fray Antonio Gomón, un franciscano descalzo que murió en 1736, exaltaba su educación, su habilidad en reprimir su orgullo mientras servía en cargos administrativos en la Orden, su obediencia ejemplar, y el estoico sufrimiento de la enfermedad que lo llevó a la tumba[13]. La biografía de fray, Antonio Margil, que murió en 1726 y llegó a alcanzar renombre durante su vida de evangelizador en Nueva España y Guatemala, lo retrata como un “superhombre” capaz de llevar a cabo proezas como cubrir distancias increíbles en sus caminatas nocturnas. Era compasivo con todos, un humilde servidor del Señor y sus hermanos en religión, y constantemente envuelto en una lucha intensa contra el pecado y la idolatría, no sólo entre los indios, sino entre el populacho novohispano[14].

Otras virtudes elogiadas como propias de los hombres santos eran el ayuno, el caminar descalzo por largas distancias, la adopción de una vida eremítica, la enseñaza de música y artesanías a los indios, y en mucho menor escala: las visiones que hablaban de una vida espiritual intensa. Algunos de los milagros recordados no eran portentosos, sino más bien prácticos y hasta “caseros.” Por ejemplo, la provisión de comidas cuando la alacena del convento estaba vacía, o hacer llover en tiempos de sequía. De otro modo, la santidad se presumía por el aroma que emanaba de los cuerpos tras su muerte, o la ausencia de corrupción por meses o años. La aparente falta de interés en crear una hagiografía milagrosa de los fundadores de las religiones, fue explicada por Mendieta como una expresión de Dios, quien no deseaba que Nueva España fuera una tierra de milagros. La vida impecable de los fundadores sería suficiente para complacer a Dios, quien también deseaba que los misioneros impartieran una doctrina sólida a sus catecúmenos y que sus vidas fueran ejemplares, no milagrosas, para que nunca fueran tenidos como dioses por los indios. Este era un consejo muy pertinente en una tierra donde el politeísmo era la base de las religiones indígenas. Tampoco Dios quería que los nuevos predicadores de su fe cayeran el error de pensar que eran tan santos como los primeros apóstoles[15].

En general, los modelos de masculinidad dependían de un cuerpo capaz de sufrimientos físicos, ya fueran auto-infligidos en prácticas ascéticas, o el producto de los incidentes y accidentes de la vida. Aún aquellos que sufrían enfermedades o impedimentos los podían controlar con su voluntad. Igualmente, los deseos sexuales debían ser controlados, aunque les costara muchas batallas. El cuerpo se atemperaría con el servicio a Dios y a la humanidad. [16] Los modelos de masculinidad eran pues, una mezcla de dinamismo y piedad, de dedicación a la observancia de la regla y amor a Dios, de servicio a sus hermanos de religión y a los indígenas. En mis estudios de modelos de perfección femenina entre las monjas, he encontrado algunas de estas “virtudes masculinas,” como el estoicismo durante las enfermedades, el castigo corporal como medio de purificación, el rigor en la observancia de las reglas. No creo que se pueda hablar de un modelo andrógino de virtudes compartidas por hombres y mujeres, aunque si es importante señalar que hay virtudes femeninas compartidas por los hombres y virtudes masculinas elogiadas en las mujeres. Sin embargo, debido a su enclaustración, las mujeres dependían mucho más de la afectividad de su fé y de sus relaciones con sus confesores o directores espirituales. Tenían más visones y escribían más sobre las mismas. En el discurso elaborado por los hombres sobre las mujeres religiosas, esas características se veían como peculiares de ese sexo. Quizás por esta razón no fueron necesarias para construir modelos de masculinidad, ya que ambos sexos tenían que ser diferentes, como había sido la voluntad de Dios

 

 

El Fraile No Santo y el Deseo Sexual

 

El retrato del hombre santo fue una construcción intelectual. Las biografías doraron los modelos humanos y eliminaron los detalles que pudieran revelar debilidades humanas. Al nivel personal, muchos frailes estaban muy lejos de ser los modelos pintados en las historias de las órdenes. Las dos fuerzas más destructivas en la construcción, real o imaginada, de un fraile perfecto, fueron: el deseo sexual y el deseo por el poder. Veamos entonces, la realidad no santa de aquellos cuyas debilidades han sido recogidas por el más implacable de todos los tribunales eclesiásticos: La Inquisición. Aunque no fue el único tribunal a cargo de justicia eclesiástica, el Santo Oficio fue donde se airearon muchos de los casos de masculinidad sexuada[17].

Establecida en Nueva España en 1571, la Inquisición comienza a examinar la vida y comportamiento de los frailes y clérigos en detalle, para la década siguiente. El gran número de frailes que llegaron a la Inquisición corrobora que el celibato y la castidad fueron retos que muchos no pudieron sostener. No en balde aquellos que morían en presumida virginidad, eran enterrados con una palma en las manos. Hay más de 2,000 casos de intemperancia sexual eclesiástica recogidos en el Archivo General de la Nación, que son aquellos cuyas actividades fueron denunciadas. Muchos no llegaron jamás al Santo Oficio o se dirimieron en otros tribunales. Romper y hollar el voto de castidad era un pecado capital expresado como “solicitación.” La solicitación se definía como la expresión de deseos sexuales en el confesionario. La confesión era parte del sacramento de la penitencia que todos los católicos debían ejercitar al menos una vez al año, y fue uno de los pilares de la Contrarreforma. El pecador que confesaba y se arrepentía sinceramente recobraba la gracia de Dios.

Para llegar a ser confesor, un hombre debía ser mayor de 40 año, que entones se consideraba una edad madura, y haber sido nombrado por las autoridades episcopales, para ese fin, tras demostrar conocimiento del proceso de confesión. Pero ninguna forma de entrenamiento preparaba a aquellos que no tenían una verdadera vocación para resistir el llamado de la carne. El fraile no-santo que abandonaba su deber como padre espiritual e incitaba a sus “hijas de confesión” a pecar, fue una plaga para las autoridades eclesiásticas[18].La Inquisición trató –aunque no con mucho éxito– de mantener ojo avizor con estos transgresores. No hubo momento alguno entre finales del siglo XVI y finales del XVIII en que no se registraran casos, y aunque no hay estudios cuantitativos de los tres siglos no cabe duda que nunca faltaron candidatos para las investigaciones del Santo Oficio[19]. Los solicitantes podían ser denunciados por miembros de su órden o de otra órden; por otros confesores, por los padres o esposos de las solicitadas y por las propias víctimas. En este último caso, la denuncia podía ser espontánea o inducida por un confesor a quien la mujer había consultado al respecto. La mayoría de las solicitaciones ocurrían en el confesionario, cuyo espacio íntimo –a veces un mero cubículo– ponía a la confesante de rodillas y en relativa cercanía al confesor. El acto de confesión establecía una jerarquía física que reflejaba la espiritual. Técnicamente, la iglesia consideraba “solicitación” a un acoso de naturaleza sexual que tomaba lugar después de hacer el signo de la cruz, acción que comenzaba la confesión. Esta definición estableció que, en algunos casos, la solicitación no se considerara como tal, pues el acoso había tomado lugar antes de que la confesante iniciara el sacramento con el gesto que era la señal del inicio del proceso. La disparidad de jerarquías y autoridades en el acto de solicitación propiciaba el abuso. El confesor era un “padre” que de accedo con la definición de la época “estaba en lugar de Dios” y que en vez de asumir el papel protagónico de tan alta responsabilidad, expresaba su sexualidad en un momento en el cual la mujer estaba completamente a su disposición, confesando sus presuntas debilidades y en una posición espiritual y moralmente vulnerable.

Las solicitaciones comenzaban verbalmente, pero iban frecuentemente acompañadas de avances corporales, como tomar las manos o tocar partes del cuerpo de la confesante, actos insinuantes de una sexualidad fuera de control. La intención del confesor era la de dar a conocer su deseo a la confesante y sondear la voluntad de ella a acceder a sus requiebros y, posiblemente, arreglar un encuentro en un lugar más propicio, sorprendentemente, a veces la propia celda del confesor. Inevitablemente, algunas jóvenes fueron convencidas a acceder a una cita furtiva. Estos encuentros podían resultar en atentados frustrados de relaciones sexuales, en formas seudo-sádicas de expresión sexual, como azotes a la dama, o aún en violaciones[20]. No podemos asumir, sin embargo que todas las mujeres fueran inocentes. Indudablemente algunas fueron voluntariamente, quizás acicateadas por la curiosidad de saber como sería un encuentro con un monje. El meticuloso e impersonal proceso de investigación de la Inquisición nos permite separar a las víctimas de las cooperadoras. En 1614 la viuda Juana Ramos, residente en un pequeño pueblo de la provincia de Michoacán, declaró que diez años atrás había establecido una relación voluntaria con el franciscano fray Juan Gutiérrez, antes de que su marido muriera. La relación se volvió “escandalosa” pues parece que todo el pueblo estaba enterado. En su viudez, el franciscano la visitaba frecuentemente y ella cocinaba para él. Al mismo tiempo, fray Juan seguía siendo el confesor de Juana, a quien regularmente absolvía de su pecado dándole a ingerir una hostia no consagrada durante la comunión[21].

En los pequeños pueblos de provincia las mujeres iban a confesarse anualmente alrededor de Semana Santa, y ésta era la oportunidad que aprovechaban los solicitantes para ejercitar sus artes. Las mujeres objeto de solicitaciones eran generalmente jóvenes pero también las viudas y las mujeres de dudosa virtud entraban en el círculo de las solicitadas. Una revisión de mis casos muestra que en los últimos años del siglo XVI las mujeres indias fueron el centro de la atención de muchos frailes que administraban pueblos de indios, mientras que ya entrado el siglo XVII parece haber una reorientación hacia las mujeres mestizas o blancas. Quizás este cambio haya sido resultado de cambios demográficos que dieron a los frailes una selección más variada de mujeres, especialmente dado los estragos causados por las epidemias entre la población indígena. Aunque estas hipótesis requieren mayor fundamentación, no cabe duda que las indígenas figuran en mucho menos número de solicitaciones en un muestreo de las secciones centrales de Mexico para los siglos XVII y XVIII. Este último ha sido estudiado con detenimiento por González Marmolejo, que confirma la inclinación hacia no-indias en el siglo XVIII. Por otra parte, la situación para Yucatán difiere. Allí, John Chuchiak ha documentado ampliamente las solicitaciones entre la población maya-yucateca. [22] La edad de los solicitantes es raramente declarada, pero algunas de las descripciones que se incluían en los legajos insinúan que los solicitantes eran hombres entre los 30 y 50 años, algunos de los cuales peinaban canas cuando incurrieron en la trasgresión. [23] 

Algunos ejemplos de solicitación servir para ilustrar la naturaleza del comportamiento del religioso sexuado. En 1598, fray Alonso de Formicedo comenzó a llorar cuando una indígena que se confesaba con él le contó el acoso sexual a que había sido sometida por uno de sus hermanos en religión. fray Alonso le aseguró a la mujer que no todos ellos eran iguales, y según su propio informe al santo Oficio sobre este caso, tomó cartas en el asunto, confrontando al otro fraile y rogándole que reformara su comportamiento por amor a la orden franciscana. Y, sin embargo, un año más tarde, Formicedo aparece acusado de solicitación[24]. Sospecho que la acusación fue fabricada por algún enemigo personal, situación infrecuente pero posible, y que la Inquisición tenía que tener en cuenta. A mediados del siglo XVIII, en la región minera de Zacatecas, el dominicano fray Francisco de Cuadra solicitó a Javiera Silva Portillo, mujer blanca y casada. Le ofreció su amor eterno y pagar el alquiler de la casa. No sabemos cual fue la respuesta de Javiera, pero fray Francisco visitó su casa un poco más tarde el mismo día, y le volvió a recordar su oferta veinte días después. Sabemos de fray Francisco porque otras mujeres se resolvieron a testificar sobre su aparente inclinación a las solicitaciones múltiples. Algunas de ella entraron en detalles sobre lo que ocurría en el confesionario, y declararon que fray Francisco les hacía preguntas sobre sus deseos sexuales, las formas específicas de como sentían urgencias en la carne, y aún sobre si tenían curiosidad sobre su cuerpo y tocaban sus partes con propósitos eróticos. [25] Es obvio que no toda solicitación perseguía un objetivo abiertamente sexual, sino una titilante provocación erótica con ribetes de voyerismo psicológico.

El caso de fray Buenaventura Pérez, denunciado en 1758 por un número de novicias conventuales y sus sirvientas, expone cómo momentos de eroticismo visual parecían satisfacer las urgencias sexuales de los solicitantes. fray Buenaventura pedía a sus hijas espirituales que le enseñaran los pechos como un acto penitencial, cuyo mérito residía en llevarlo a cabo mientras más le costara sufrir a la confesante. Alegaba que Cristo había expuesto su pecho por todos, y ellas debían devolver el sacrificio ante él. Algunas resistieron, pero otras obedecieron, alegando que lo que les pidiera su padre espiritual tenía que ser correcto, y no se preocupaban por sus consecuencias morales, ya que el padre sabía lo que hacía[26]. Quizás no es arriesgado especular por que estas mujeres sucumbieron a la tentación espuria de la atención de un “padre.” Eran jóvenes y reclusas en un mundo donde la atención de un hombre era en sí, una aventura.

La forma más transgresora de solicitación fue aquella dirigida a las monjas, las esposas de Cristo. Solicitar a una esposa de Cristo era traicionar a Dios mismo, pero la osadía de tal comportamiento no parece haber impresionado a quienes lo cometieron, que realmente no son muchos. De ellos sólo dos resultaron en relaciones sexuales. En la última década del siglo XVI, una monja del convento dominico de Santa Catarina de Sena y un fraile agustino entablaron relaciones sexuales en un caso que al fin se juzgó por la Inquisición, que estuvo tan interesada en investigar las posibles ramificaciones de alumbradismo como en la relación sexual. El agustino se hizo sospechoso cuando comenzó a hablar de las cualidades visionarias de su amante, quizás para prolongar la posibilidad de seguirse encontrando con ella. El segundo caso, un siglo después, ocurrió con una monja en el convento de Jesús María, uno de los más aristocráticos de Mexico, y otro fraile agustino emparentado con la élite dominante dentro de la orden. En este caso, las relaciones resultaron en embarazo y una niña, cuyo destino se desconoce. En ambos casos las monjas fueron encarceladas de por vida dentro del convento, y los frailes expulsado de Nueva España[27].  

El resultado de estas y otras pesquisas sobre solicitación nos informan sobre la actitud ambivalente de la iglesia sobre la trasgresión sexual de sus miembros. Hubo varias opciones de resolución. Una de ellas fue el abandono de la causa. La denuncia de un agustino cortejando una mujer de mala reputación en 1637, llegó finalmente al registro inquisitorial en 1669. [28] En otras instancias las denuncias meticulosamente registradas carecen de documentación que indiquen el curso de la investigación. Sin embargo, en aquellos casos que llevan el proceso a su término, los veredictos contienen las más acerbas condenaciones, describiendo al culpable como vicioso, escandaloso, lobo engañador de almas a su cargo, traidor a su ministerio, su orden y su religión. El solicitante era encerrado en la cárcel inquisitorial durante el período de investigación, pero cuando el veredicto lo hallaba culpable, el mismo no implicó la expulsión de la orden o la iglesia. Los castigos usuales fueron: 1. La anulación del permiso de confesar mujeres 2. Exilio por varios años del convento en una jurisdicción alejada 3. Encierro en el convento por un año. 4. Privación de voz y voto en la comunidad por un año[29]. Las órdenes usualmente representaban a sus miembros ante el Santo Oficio pidiendo remisión del castigo o, por lo menos, la oportunidad de hacerse cargo del mismo con el sigilo más prudente. Si la solicitación no era en el confesionario (la forma más culpable por romper un sacramento y la única a cargo de la Inquisición) la causa era enviada a otras autoridades eclesiásticas para su resolución. Los frailes se podían proteger los unos a los otros pidiéndoles a la ofendida y sus familiares que cejaran en sus intentos, o simplemente ocultando la conducta de las “ovejas descarriadas.” La mediación y la falta de efectividad en el castigo caracterizan la historia de la solicitación.

Los inquisidores estuvieron muy conscientes de la tentación carnal y estaban preparados a examinar los casos intensa mente. El proceso permanecía anónimo y secreto, ya que su propósito no era crear un cuerpo de prescripciones para un desenmascaramiento público de los culpables. Tampoco estaba orientado a hallar modos de controlar el deseo sexual a nivel personal. El proceso inquisitorial era un ejercicio casuístico orientado a resolver las circunstancias específicas de cada caso, en cada ocasión, y separa a los culpables o comprometidos. Pero no podía eliminar la naturaleza sexuada de sus miembros, aunque se reconocía que el voto de castidad no garantizaba una conducta ejemplar. Así el deseo sexual siguió agazapándose y expresándose en los confesionarios.

 

 

El Deseo del Poder

 

Quizás el deseo de poder es uno de los resortes más comunes detrás de todos los eventos históricos, y en Nueva España la lucha por el poder entre los hombres de Dios fue multifacética y complejísima. Esta lucha envolvió a órdenes contra órdenes, órdenes contra el episcopado y la Corona, y criollos contra gachupines dentro de cada órden. Dado el amplio espectro de comportamientos me concretaré a ilustrar dos formas de estas apasionadas luchas por el poder: el de los regulares y la iglesia secular, y más brevemente, el de los peninsulares o gachupines y los criollos por el control de las elecciones dentro de cada claustro.

Cuando las órdenes mendicantes llegaron a Nueva España en las décadas de 1520 y 1530, la tarea evangelizadora les fue asignada por una excepcional decisión papal. En Europa las órdenes no estaban a cargo de esta tarea, pero el nuevo mundo parecía ofrecer una ocasión sui generis para renovar las premisas de la primitiva cristiandad, cuya memoria era ya bastante remota. Además, parecía que el fin del tiempo y la llegada del reino de Dios estaban quizás más cercanos de lo que se esperaba y había que acelerar la incorporación de esas almas antes del juicio final. Aunque esta visión no era la de todos los cristianos, ni tampoco la de aquellos que pasaron al nuevo mundo, el final de la reconquista de la península de los musulmanes significó para muchos de sus habitantes la decisión de Dios de hablar a la humanidad con la voz del Catolicismo. Un proceso de conversión obligatoria de los musulmanes que quedaron en la península estaba ocurriendo dentro de España y la apertura de los nuevos territorios no podía indicar otra cosa que la voluntad del creador.

Carlos V envió un grupo de hombres inspirados por una visión casi utópica de su destino a cristianizar a los indígenas de Nueva España, donde se ensayaría un proceso después repetido en otros lugares del continente. Pero cuando Felipe II ascendió al trono en 1556 sus objetivos eran los de restablecer el modelo español en el cual la Corona y la iglesia episcopal serían los principales entes de gobierno en el imperio. Nombró obispos y arzobispos con amplias facultades y jurisdicciones para que establecieran la supremacía de la iglesia secular sobre las órdenes. Para 1580, después de 30 años de monopolio virtual del proceso de evangelización por los regulares, la hegemonía de éstos comenzó a desmoronarse lentamente. Este proceso no terminaría sino hasta mediados del siglo XVIII y aún entonces, los regulares siguieron conservando su autoridad en zonas lejanas y poco pobladas del imperio. La fecha decisiva para la terminación de la hegemonía regular fue 1749, año en que Fernando VI autorizó a los obispos y arzobispos a tomar posesión de todas las parroquias gobernadas por los regulares y trasferirlas ipso facto al clero secular.

Así, entre 1580 y 1749, el clero secular y las órdenes mendicantes mantuvieron una lucha por el poder que implicaba el control de los cuerpos y las almas de los indígenas. Esta lucha estuvo caracterizada por toda clase de actividades de dudosa ejemplaridad religiosa en las cuales estos hombres se enfrentaron unos a otros con una animosidad inusitada, pero que yo caracterizo como una forma de expresar “su masculinidad.” La Corona misma era partidaria en esta lucha porque también el rey estaba empeñado en rescatar su propia autoridad y patronato real sobre las actividades de la iglesia, irrespectivamente de que rama de la iglesia se tratara. Sin embargo la Corona no llegó a expresar este deseo de recobrar su autoridad claramente sino hasta las últimas décadas del siglo XVII y aun más, durante el siglo XVIII.

Uno de los episodios más prolongados y aún pintorescos de este conflicto entre la autoridad episcopal y las órdenes fue el creado por el obispo de Puebla, Juan de Palafox y Mendoza con la Compañía de Jesús. Pero por no haber incluir a los jesuitas dentro de mi estudio, me eximo de analizarla. Pero Palafox que fue, brevemente, Virrey de Nueva España en 1642 durante su tenencia obispal también involucró a los franciscanos en su deseo de reducir la autoridad de los regulares[30]. En 1640 Palafox sacó a los franciscanos de 34 doctrinas, dejándoles sólo siete que, de acuerdo con las alegaciones de la órden, estaban en las áreas más pobres del obispado.  Los agustinos y dominicos también perdieron doctrinas, pero en menor número. El objetivo palafoxiano fue el de reducir el poder de los franciscanos, que habían ocupado el área de Puebla desde 1603. [31] En 1641 la orden franciscana comenzó una litigación jurídica contra el obispo, contando con el apoyo de la Audiencia. Se trataba de una lucha entre hombres que tomó ribetes muy personales. Una vez que fueron expulsados de sus doctrinas, los franciscanos enviaron sus representares a la corte con lo que la iglesia episcopal dio en llamar cuentos “siniestros y fingidas dudas”[32] El sucesor de Palafox, el obispo Diego Osorio y Escobar, se empeñó en demostrar las pobre administración de almas y fondos de la orden, y envió visitadores para comprobar irrefutablemente ambos cargos y la decadencia moral de la orden. El abuso de los tributos que imponían a los indígenas por ofrecer sus servicios espirituales fue un punto álgido en la investigación. También acusó a los regulares de no hablar las lenguas regionales y, por ende, no poder evangelizar adecuadamente. Este asunto de la lenguas indígenas fue uno de los argumentos que las iglesias metropolitanas continuaron usando en su lucha contra los regulares hasta el final de la contienda secularizante, ya que la comprensión de los sacramentos era esencial para la salvación de sus almas.

En 1659 la Corona ordenó al obispo de Puebla que visitara a los franciscanos y los examinara en lenguas. Como todos los franciscanos, excepto uno, se resistieron a obedecer la orden real, el obispo procedió a expulsarlos de sus parroquias y reemplazarlos con clérigos seculares. El obispo también colectó una serie de testimonios en las doctrinas de indios, en las cuales tanto indígenas como españoles testificaban sobre la “rapacidad” de los franciscanos en extorsionar servicios y tributos de sus doctrinas. Los franciscanos fueron acusados de mantener obrajes en sus conventos, todos a cargo de mano de obra indígena. Los frailes ni siquiera usaban sus hábitos: usaban ropa secular, se desplazaban a caballo y algunos mantenían relaciones con mujeres públicamente. Sabiendo lo que sabemos sobre frailes y sus fragilidades el obispo no puede haber sido sorprendido por esta información. En su informe al rey, el obispo también envió noticias sobre las transgresiones morales de dominicos y agustinos, Entre estos últimos se destaca la historia de uno que había encerrado a una joven india en su casa, de la cual ella se escapó por una ventana. Enfurecido, el fraile llamó a la madre a la iglesia, donde le propinó una paliza. Las dos mujeres se fugaron del pueblo[33]. No hay que fiarse de que todos los cargos fueran ciertos, pues en estas contiendas se buscaban testigos favorables, y es precisamente este proceso el que vicia la presunción de vidas perfectas de los hombres de Dios.

La larga lista de cargos y contra-cargos y la s declaraciones de los testigos nos hablan de una complejísima historia de rivalidades entre seculares y regulares que se puede ampliar ad infinitum si incluyéramos otras provincias eclesiásticas. El concepto que formó la base de este enfrentamiento entre obispos y regulares fue el de “desacato “a la autoridad episcopal, base de la lucha por el poder bajo la pretensión de orden social y beneficencia para los indios. El obispo Osorio argüía que los franciscanos estaban en desacato de la autoridad real, del Concilio de Trento de su propia orden y de su autoridad. Esta letanía de jerarquías legitimaba su postura. Entre estos hombres de Dios, era esencial que cada quien y cada grupo comprendiera cuales eran las fuentes de su poder y delante de quien debían inclinar la cerviz. El mantenimiento de jerarquía era la forma más eficaz y directa de establecer su propia identidad contra otras fuentes rivales de autoridad. Esta argumentación los consumía en una búsqueda de los medios de como establecer y asegurar su sentido del honor personal y corporativo, y los deponía a luchar para restañar las heridas en sus propios “egos” y crear otras en los de sus “enemigos.”

El guante lanzado por el obispo de Puebla necesitaba una respuesta. En 1666 el Comisario General de la orden franciscana, frayay Hernando de la Rúa, llega a la Nueva España, poseído de una rígida actitud peninsular de que la situación de su orden necesitaba ser corregida. Estaba dispuesto a entablar una lucha contra el obispo Osorio. Reabrió el caso reclamando las doctrinas confiscadas y siguiendo la iniciativa de su cabeza, los franciscanos se reapropiaron de un coro de indígenas usando el muy masculino proceder de una batalla a puñetazos en la villa de Topoyanco. Este tipo de incidentes –el uso de la fuerza de manos– fue bastante común en la resolución de problemas dentro de los conventos de frailes, incidentes que no podemos pormenorizar aquí, pero que fueron parte de la cultura de resolución de conflictos que fue parte de la expresión de masculinidad en esos tiempos[34]. La confrontación de La Rúa con el obispo de Puebla se extendió al arzobispo de Mexico y el obispo de Nueva Vizcaya, en todos los casos instigando a los franciscanos a desobedecer cualquier orden episcopal que los desposeyera de sus doctrinas, y apoyando a los dominicos y agustinos en causas similares. [35] 

En estos conflictos la Corona favorecía al arzobispo y las autoridades seculares tratando de fortalecer sus derechos de patronazgo, mientras que el Virrey y las autoridades locales debilitaban la política real favoreciendo a las órdenes. Por ejemplo, después de la orden de expulsión de los franciscanos dada por Palafox, los mismos retuvieron muchos de sus edificios por el apoyo ofrecido por los virreyes Duque de Escalona y Conde de Salvatierra Y así la historia se alargó por décadas. Hubo intermedios de mutuo entendimiento y cooperación, como la cesión voluntaria de las doctrinas dominicas en el istmo de Tehuantepec en 1712[36]. Otras veces la autoridad episcopal evadió fricciones, como cuando el arzobispo José Lanciego y Eguilaz (1717-1728) decidió que los frailes podrían permaneces en sus doctrinas en el arzobispado porque los clérigos seculares no llenaban sus requerimientos en cuanto a eficiencia en la administración de las parroquias indias. Notó que aunque los indios podían hablar el castellano, preferían confesarse y hablar a “sus superiores” en su propia lengua, y que los frailes manejaban las lenguas mejor que los seculares[37].

 Así, la transferencia final fue demorada hasta mediados del siglo XVIII, cuando la monarquía borbónica, alentada por sus ministros, decidió reiniciar el proceso de crear una iglesia aliada y al servicio de sus intereses, respetando la independencia de la autoridad espiritual de los ministros de Dios. La confrontación que comenzó en el siglo XVI terminó oficialmente con el pase de las cédulas de 1749 y 1753, que establecía que todas las parroquias a cargo de los regulares pasaran a manos de clérigos seculares. Esta orden fue llevada a cabo vigorosamente, con una pujanza atlética y viril por parte de las autoridades seculares y con la colaboración entusiasta de obispos y arzobispos. Esta orden fue el ensayo de otro acto de aserción de autoridad y poder: la expulsión de los jesuitas en 1767.  El arzobispo de Mexico en 1749, Manuel Rubio y Salinas, no se tomó el trabajo de notificar con anticipación a los mendicantes aún es posesión de sus doctrinas. Simplemente envió pelotones de soldados para tomar iglesias y conventos bajo órdenes estrictas de que los frailes abandonaran los edificios en 24 horas, llevando consigo sólo sus posesiones personales, y dejando intactos todo el menaje de las iglesias y claustros, que servirían, de entonces en adelante, a sus futuros ocupantes: el clero secular.

Los regulares elevaron voces angustiadas, pero, dado el carácter terminante de la orden real, la resistencia fue mínima. Apelaron al virrey Guemez de Orcasitas, Conde de Revillagigedo, un hombre poco amistoso y convencido de la equidad de la corona. También enviaron cartas al Consejo de Indias y a Fernando VI, urgiéndolos a comprender la magnitud del desastre que podía implicar una secularización tan rápida. Faltarían las confesiones para los indios por la ineptitud lingüística de los nuevos pastores. Además, la calamidad sería personal. ¿A dónde irían los frailes expulsados de sus doctrinas? ¿Con que se mantendrían?[38] Los franciscanos de Michoacán invocaron la sangre que sus mártires habían perdido por la causa de Cristo y el rey. Aquellos hombres santos y perfectos del pasado fueron resucitados para defender a sus hermanos de religión, que sufrían una situación completamente inimaginable doscientos años atrás. Pero ningún argumento logró su objetivo. La orden real prevaleció. [39] 

La secularización fue testigo de algunas demostraciones de protesta contra los soldados a cargo de ejecutarla. En Cupulac, una doctrina agustina, el capitán a cargo de su ejecución tuvo que sacar a relucir sus armas de fuego. Esta fue una de las pocas doctrinas en las cuales un fraile tuvo la iniciativa de organizar un protesta entre los indios del lugar, o, como fue descrito en un informe, atentó “la seducción” de los mismos, metáfora de carácter sexual muy apropiada para describir a un elemento feminizado, el indígena, disputado por dos facciones de hombres contendiendo por su posesión. En pago de su incitación, el fraile fue enviado prisionero a Veracruz con órdenes de ser deportado a España.

El virrey Revillagigedo no solo prestó oídos sordos a las súplicas de los regulares, sino que escribió largos y detallados informes a la corona en apoyo de la secularización, en los cuales invitaba a los frailes a retornar “a la santidad de su destino,” una frase que parecía haber sido prestada de alguna “vida ejemplar” del siglo XVII. En su proceder demostró total falta de interés por la suerte de los regulares, pero una obvia complacencia en el ejercicio de su autoridad sobre el destino de los regulares. Así, bajo el manto de la disciplina, el orden, la obediencia y el respecto, los obispos y arzobispos, con la ayuda del virrey, procedieron a poner las cédulas en efecto, usando el código de honor personal y espiritualidad de las órdenes. Y para remachar la situación, el rey prohibió cualquier demanda ante las autoridades seculares que se opusiera a la orden de secularización. El absolutismo real del siglo XVIII puso punto final a este proceso con una elocuente expresión de dominio masculino sobre sus contrincantes. En el mismo, la comunidad indígena, “el cuerpo” disputado por las facciones, ganó una relevancia que parecía haber sido olvidada por mucho tiempo. Los edictos reales reconocían los esfuerzos y el trabajo que los indios habían puesto en la construcción de enormes y extravagantes templos en el pasado y decidía que no se les podía seguir pidiendo más. De entonces en adelante, dijo el rey, esos edificios serían “suyos” –de los indígenas para disfrutarlos bajo la guía de “sus verdaderos pastores.” El golpe a las órdenes no podía haber sido más duro, porque envolvía acusaciones de falta de respeto a sus propias Reglas y la explotación de la mano de obra indígena. En una carta al rey, el virrey llamó a los frailes “los piojos de los pobres indios.” Esta manipulación de los sujetos indígenas por las órdenes, la iglesia, el virrey y aún la corona misma, debe estudiarse más profundamente como expresión de un juego de poder entre hombres en el cual se le pretendía dar un boleto de entrada a un nuevo elemento étnico

Muy brevemente insinuaré el otro tópico que se presta a la indagación de como se jugaban los roles masculinos dentro de las órdenes mendicantes. Si retornamos a la bien conocida práctica de la alternativa creo encontraremos una rica veta de posibilidades. El plan para elegir priores y consejeros entre gachupines y criollos trató de contener un creciente sentimiento de alteridad entre los criollos y de defensa de “su” identidad entre los peninsulares. Pero, en el fondo, fue también otra manifestación de una lucha por el poder. Estaban en juego no sólo el gobierno de cada comunidad sino el de la provincia de la orden religiosa. Con un número de conventos dentro de cada provincia, cada provincia se atenía a un Prior y su Consejo de cuatro religiosos elegidos en capítulos trienales. Estos puestos estuvieron en manos de peninsulares hasta comienzos del siglo diecisiete, cuando la configuración demográfica de casi todas las órdenes comenzó a cambiar. Un número creciente de criollos ingresó a las órdenes religiosas, mientras que muchos peninsulares pasaban a las Filipinas. Algunas órdenes como la Carmelita trataron de mantener la primacía de los gachupines restringiendo el número de admisiones criollas. Otras, como la agustina, pronto se vieron colmadas de criollos.

En la orden agustina, que tomo como ejemplo, para 1627 el número de criollos, 402, contrastaba con los 43 peninsulares que se localizaron en la provincia de Mexico. La inevitable guerra entre ambas facciones se puso en evidencia con formas de violencia personal y “orgullo étnico,” que no se circunscribía a esa provincia, ni a esa orden. Tomemos las palabras de un dominico de la provincia de Chiapas de Guatemala, en carta dirigida al rey. Alrededor de 1646,  frayay Raimundo de Peramato, esgrime la pluma en acida diatriba contra los criollos. [40] Furioso contra el rey el vaticano por haber aceptado la alternativa expresa que el buen gobierno de la Provincia dominicana sólo puede alcanzarse bajo el mando de los peninsulares. En el oficio de Provincial, en cuyo buen gobierno y religioso celo consistía la conservación de virtud y buen ejemplo, debía caer en sujetos de prendas y méritos de religión y prudencia. En éstos excedían “los religiosos que han pasado de España, como personas que se crían en mayor obediencia, en más rigor, estudios, y que pasaron con tanto celo a mejorarlos en tan loable empleo, como es la administración de las almas de tantos Indios reducidos a nuestra Santa Fe, y reducir otros muchos, que aún no lo están, como consta de información auténtica.” Dadas las circunstancias, hasta entonces no habían habido religiosos criollos en el dicho oficio, “porque aunque sea tolerable haya algunos priores criollos, como los hay, no lo será, sean Provinciales, habiéndose de conservar la dicha provincia en la religión y observancia que hoy tiene.” En su opinión los factores que conspiraban contra los criollos eran de carácter y crianza.

“Los criollos nacidos en ellas, es gente sumamente flaca, de poco vigor para la virtud, y rigor que profesa el estado religioso, de menos fondo y gravedad, dados mucho al ocio. Y muy inclinados a tener regalo y comodidades temporales, sin que les cueste trabajo, ni diligencia mucha; y porque esto, a quienes no tienen muy preferentes las obligaciones de su instituto, les es fácil en las religiones que tienen a su cargo doctrinas de Indios. Nada desean más los deudos y padres que ver sus hijos en dichas religiones, y según se experimenta, no parece ser otro el motivo con que los más toman el hábito en ellas.”

¿Cómo podía confiarse en gentes con esas cualidades y que profesaban sin convicción?

 La riqueza y utilidad de las Indias consistía en que continuamente pasaran de España personas que descubran y beneficien minas, asistan a las granjerías de ganado, comercio, tratos y contratos, etc. “por ser rarísimo el criollo que asiste a nada de esto, ni sea para ello...” Si les faltase el pasar españoles, la Indias serían la más desventurada y pobre tierra del mundo[41]. Esa auto-percepción de superioridad mantuvo a los gachupines en actitud de constante defensiva dentro de las órdenes, atizando las más increíbles luchas por el poder dentro de las mismas. Dentro de la orden agustina apareció un poderoso grupo de criollos hacia 1630 que crearon un sistema de dominación bajo la dirección de un llamado “monarca.” [42] Esta fue la respuesta de los criollos cuando tuvieron la oportunidad de capturar el poder, aunque hubo “monarcas” peninsulares. En cualquier caso, el trasfondo fue el deseo de poder. El “monarca” usualmente provenía de una familia criolla de distinción, se reelegía frecuentemente y jugaba el papel de patrón distribuyendo regalos y prebendas, no sólo entre miembros de su órden sino entre las autoridades reales. La actuación del “monarca” no tuvo nada de ejemplar; usualmente era la antítesis del modelo de perfección religiosa pintado en las crónicas y sermones fúnebres. El monarca silenciaba a sus enemigos enviándolos a localidades remotas, y distribuía oficios en subastas abiertas entre sus colaboradores durante las elecciones trienales. El ascetismo, la oración, la renuncia de los placeres del mundo, no eran tópicos de ninguna vigencia en este mercado de poder personal, uno de cuyos objetivos era la eliminación total de los gachupines en los asuntos de la órden.

En el tercer cuarto del siglo XVII llegó a la Nueva España un pequeño grupo de agustinos peninsulares (con algunos canarios) que reforzaron la pequeña cuadrilla residente en la capital. Entre sus propósitos estaba, los de restaurar la alternativa y hacer obedecer las órdenes reales en cuanto a la misma. La petulancia de la facción criolla era tal que en 1666 el provincial frayay Hernando de Sosa, criollo y monarca de turno, decidió ignorar la real orden de restaurar la alternativa. En esta decisión contaba con el apoyo del virrey la Audiencia, que a posteriori, decidió que desde 1660 la alternativa se había legítimamente suspendido por falta de peninsulares[43]. Con mucho esfuerzo de parte de los peninsulares y apoyo real y del Vaticano, la alternativa fue restaurada en 1670 con sólo once peninsulares en disposición de acceder a puestos de gobierno, contra los 90 criollos con ese derecho. Contando con el apoyo de un visitador real, el sistema funcionó por once años más, pero entre 1681 y 1705, el poderoso, Diego Velázquez de la Cadena, miembro de una familia con títulos de nobleza, restauró el poder del monarca en su persona. Para la elección de 1684, compró 92 de 101 votos, y en 1687 “vendió” el puesto de provincial por 10,000 pesos a un individuo cuyas manipulaciones entre los agustinos eran bien conocidas en la ciudad. La única oposición a estos hombres la encarnó un gachupín reformista, fray José Sicardo, que defendió su causa con una pasión obsesionada. Irónicamente, fue uno de los más ardientes defensores de la beatificación de un agustino criollo y mártir del Japón, fray Bartolomé Gutiérrez, de quien escribió una biografía. Se podía escribir hagiografía en medio de luchas que hablaban más de pasiones humanas que angélicas[44]. Sicardo fue descrito como un hombre de “disposición ardiente’ y tuvo que dejar la provincia en 1684 bajo acusaciones de apostasía y excomunión fabricadas por sus hermanos en religión. Aunque se lograron algunas leves mejoras en este sistema bajo el patronato del estricto arzobispo Francisco Aguiar y Seijas, que permitió que 45 peninsulares estuvieran ya en Mexico para 1700, el sistema de monarquía continuó en el siglo XVIII. Y esta no fue su única mácula. A la corrupción política se añadían representaciones teatrales dentro de los conventos y fiestas de cumpleaños para los monarcas, en las cuales se presentaban los bastardos de algunos frailes sin empacho alguno. La provincia agustina de Michoacán también estuvo profundamente afectada por desordenes similares, y a principios del siglo XVII, entre los dominicos de Puebla, las elecciones había degenerado en luchas abiertas en la que algunos padres pedían votos para sus facciones, como declaró un testigo: “Que le consta de cierta ciencia que Juan de Gorozpe había pedido votos y pretendido captarlos con agasajos y amenazas y que sabe haber ofrecido a cierto religioso cuyo nombre esta pronto a decir quinientos pesos por votarle a su favor en una elección ...” [45] Una de las razones de acciones descritas como “sediciosas’ era el deseo de uno de los cabecillas que se les diera Vicario de “la nación española.” En los disturbios que siguieron durante la primera década del siglo XVIII, padres “arrebatados y calientes” se trasladaron a Mexico para argüir contra las elecciones y los electos para el convento de Puebla. Quienes trataban de poner algún orden y paz en la provincia recurrían a metáforas en la cuales la orden era representada como femenina madre sufriente que, sin embargo recibiría amorosa a los facciosos, mientras que los frailes locales eran aquellos prohijados en el vientre de la provincia. Moldes de masculinidad y feminidad son alternados en esta representación de la lucha por el poder en la cual la provincia es siempre la madre que todos respetaban en teoría, y que como la virgen María extendía su amor a los hijos que no hacían otra cosa que comportarse como retoños difíciles de sufrir, a despecho de sus sotanas.

Y aquí pongo punto no final, sino suspensivo a esta aproximación al tema. Hasta ahora se va percibiendo un mundo muy complejo en el cual alternan representaciones de masculinidad con realidades que nada tenían que ver con esos arquetipos que servía de inspiración para mantener una fé intelectual en la supervivencia de un modo de vida –la religión–que era uno de las pocas opciones que tenían los hombres de entonces. Los frailes no podían escapar su configuración biológica., como tampoco los elementos culturales que los inclinaban a adoptar ciertos valores como el honor en la jerarquía y nacimiento. Examinando el lenguaje de las numerosas apelaciones y contra-apelaciones, se detectan valores escondidos en el mismo que son nuestra clave para ir deshaciendo la madeja de este imaginario masculino. Por ejemplo, no se puede “injuriar” la alternativa, porque era una práctica aprobada por el Papa y a la que los frailes que se creen sus defensores le conceden una naturaleza honrosa, porque sólo la honra se puede injuriar. El concepto de que existe una honra religiosa, unívoca e irrevocable que se expresa en la conducta, ya está vigente en los primeros historiadores y tiñe la enunciación de argumentos en todos los documentos oficiales[46]. En Puebla, los dominicos “díscolos,” en rebeldía contra sus superiores, “han quebrantado todos los reparos de la modestia y han sacudido el yugo de la obediencia; han faltado a todas las leyes de la observancia...” y al descargar sus acusaciones contra su superior “se ceban en su honra y denigran su buena fama hasta llegar a imputarle falsamente del torpísimo vicio de ebrio.”[47] Existe el desacato a los preceptos morales de la religión y a los de la observancia conventual, pero los conceptos culturales que conforman el juicio sobre la conducta personal permanecen para definir lo que es justo o recto. ¿Qué es lo que define la esencia o esencias de la masculinidad entre los regulares? Por el momento hay que reconocer que existían ciertas formas de crear vínculos entre los miembros de esas comunidades que refuerzan su hombría en común, que los definían como “hermanos” dentro de una familia virtual, la Orden. Hasta el tercer cuarto del siglo XVI, el número de frailes es relativamente pequeño, y la dispersión de los mismos en conventos que siguen multiplicándose en una vasta región, obliga a mantener una estrecha vinculación entre ellos. Pero con la llegada del siglo XVII comienza una superabundancia de religiosos que va minando el espíritu de orgullo en su comunidad que definitivamente tuvieron los fundadores, y van introduciendo toda clase de corruptelas, en especial las sexuales y las de deseo de poder y dominación entre sí, sin mencionar el afán de riquezas y comodidad que comienza a atizar la rivalidad entre las órdenes. Añádase la política real que introduce la rivalidad con los seculares y se van aumentando los factores que sacarían a relucir conductas eminentemente seculares y masculinas. En la escritura de las historias de las órdenes y la creación de arquetipos de hombría santa, hay posiblemente, un deseo de reafirmación de comportamientos e ideales que se hacen más difíciles a diario, pero que sirven para afianzar el vínculo espiritual que era necesario para la perpetuación de las órdenes y su servicio dentro del cuerpo de la iglesia[48] 

Los elementos que cementaron una cultura masculina dentro de las órdenes son complejos, pero podemos iniciar su recuento con la asunción de misoginismo implícita en el celibato pero idealizada en metáforas femeninas como la madre iglesia y el culto espiritual de la Virgen María. A pesar de repetidas caídas, la reafirmación de la virginidad masculina es una reafirmación de la capacidad de los hombres de Dios de controlar su propia identidad biológica, esfuerzo esencialmente viril en ese contradictorio concepto. También se puede ver un cultivo de la hombría en el deseo de martirio o sacrifico personal exaltado en las biografías de los fundadores, quienes en la sumisión a los deberes de la Regla prueban como para ser varón en religión, era necesario predicar continuamente, caminar sin cansancio, vivir con lo mínimo y sufrir lo máximo. Aún a finales del siglo XVII, la hagiografía refuerza ese modelo. La biografía de fray Antonio Margil de Jesús, predicador franciscano en olor de santidad, elogia en su vida ver renovadas “las huellas de los primitivos varones apostólicos, que con desnuda planta transitaron lo ásperos caminos de estos vastísimos reynos”[49] Seguir en la búsqueda de esas complicadas huellas culturales es nuestra tarea para el futuro.

 

NOTAS


[1]. Pete Sigal, Ed, Male Homosexuality in Colonial Latin America (Chicago: The University of Chicago Press, 2003); Federico Garza Carvajal, Federico: Butterflies Will Burn. Prosecuting Sodomites in early Modern Spain and Mexico (Austin: University of Texas Press, 2003).

[2].Caroline White, Early Christian Lives. London: Penguin Books, 1998; Thomas J. Heffernan, Sacred Biography. Saints and Their Biographers in the Middle Ages (New York: Oxford University Press, 1988); Sandro Stica, editor, Saints. Studies in Hagiography. (Binghamton, N.Y.: Medieval ad Renaissance Texts and Studies, 1996); Isabelle Poutrin, Le Voile et la plume. Autobiographie et sainteté dans L’Espagne moderne. Madrid: Casa de Velázquez, 1995.

[3]. Agustín Dávila Padilla, Historia de la fundación y discurso de la Provincia de Santiago de Mexico, de la Orden de Predicadores, 2a edición, 1625. En William Agustin Mahan, Padre Island, Treasure Kingdom of the World. Waco: Texan Press, 1967. Para una visión general de la historiografía de la iglesia en Hispanoamérica, ver, Asunción Lavrin, "Misión de la Historia e Historiografía de la Iglesia en el Período Colonial Americano," Historiografía y Bibliografía Americanista, Suplemento de Anuario de Estudios Americanos (Sevilla) Vol. XLVI, No. 2 (1989), pp. 11-54.

[4]. Juan de Grijalva, Crónica de la Orden de N. P. S. Agustín en las provincias de la Nueva España, en quatro edades desde el año de 1533 hasta el de 1592. Por el P. M. F. Ioan de Grijalva, prior del convento de N. P. S. Augustin de Mexico. Mexico, en el religiosissimo convento de S. Augustin, y Imprenta de Ioan Ruyz, 1624.

[5]. Antonio Rubial García, La santidad controvertida. Mexico: Fondo de Cultura Económica/UNAM 1999. Rubial subraya la importancia de la producción hagiográfica en la beatificación del franciscano fray Antonio de Jesús Margil. Ver, pp. 287-297.

[6]. Fray Gerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana, Tomo II, Madrid: Biblioteca de Autores Españoles, 1973, p. 130.

[7]. Ibid., p. 141.

[8]. Fray. Baltasar de Medina, Chronica de la santa Provincia de San Diego de Mexico de Religiosos Descalzos de N.S.P.S Francisco en la Nueva España. Vidas de Ilustres y Venerables Varones que la han edificado con excelentes virtudes (Mexico: Juan de Ribera, 1682), passim.

[9]. Fray. Jerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica, p. 227.

[10]. Ibid., pp., 228-250.

[11]. Ibid., pp. 143-44.

[12]. Ibid., pp. 204-05.

[13]. Fray. Francisco de Abreu, Panegírico Funeral. Honras que la Santa Provincia de N.P. S. Francisco celebró a su venerado y más digno padre. fray Antonio Gamón, Lector que fue de Philosophia y Theología, dos veces definidor, Vicario y Ministro Provincia. (Mexico: Joseph Bernardo de Hogal, 1736); Baltasar de Medina, Chronica de la Santa Provincia de San Diego de Mexico, de religiosos descalzos de N.P.S. S Francisco en la Nueva España. Vidas de ilustres y venerables varones que la han edificado con excelentes virtudes (Mexico: Juan de Ribera, 1682) Los dieguinos rechazaban los milagros aunque aún así, reclamaron algunos entre sus miembros. Prefirieron evocar las habilidades de sus miembros de dedicarse la las letras y los estudios, y su humildad y obediencia. Igualmente elogiaban la castidad y la devoción a la oración

[14]. Isidro Félix de Espinosa, El peregrino septentrional: Atlante delineada en la ejemplarisima vida del venerable padre fray Antonio Margil de Jesús (Mexico: Joseph Bernardo Hogal, 1737)

[15]. Mendieta, Historia eclesiástica, p. 130.

[16]. Fray Alonso Franco. Segunda Parte de la Historia de la Provincia de Santiago de Mexico, Orden de Predicadores en la Nueva España (Mexico: Imprenta del Museo Nacional, 1900).

[17]. Jorge E. Traslosheros, Iglesia, justicia y sociedad en la Nueva España. La Audiencia del Arzobispado de Mexico, 1528-1668. (Mexico: Editorial Porrúa, Universidad Iberoamericana, 2004).

[18]. Para la solicitación en España, ver, Stephen Haliczer, Sexuality in the Confesional: A Sacrament Profaned (Oxford: Oxford University Press, 1996.

[19]. Los más recientes estudios sobre solicitación en Mexico son los de Jorge René González Marmolejo. Ver, “El delito de solicitación en el obispado de Puebla durante el siglo XVIII. Tesis. Escuela Nacional de Antropología e Historia, Mexico, 1982, “Correspondencia amorosa de clérigos del siglo XVIII: El caso de José Ignacio Troncoso y María de Paula de la Santísima Trinidad,” En Amor y desamor en Nueva España (Mexico: UNAM, 199?), y Sexo y confesión. La Iglesia y la penitencia en los siglos XVIII y XIX en la Nueva España (Conaculta-INAH/ Plaza y Valdés, editores, 2002).

[20]. AGN, Inquisición, 544, exp. 27 (1701) fol. 518-37. En este caso la confesante fue tocada ad turpia antes de la confesión. Tras la confesión ella declaró haber sido “convencida” de ir con el fraile a su celda, donde el mismo la besó, pero cuando ella comenzó a gritar, el fraile la echó de la misma.

[21]. AGN, Mexico, Inquisición, Vol. 295, (1615) 105-115v. He estudiado 12 casos de este legajo, muestra de los que se informaron para 1615. En esta etapa preliminar de mi investigación he buscado ejemplos significativos de casos entre 1580 y 1800, sin tratar de establecer una cuantificación metódica, que será llevada a cabo en el futuro.

[22]. John Chuchiak, “The Secrets Behind the Screen. Solicitantes in the Colonial Diocesis of Yucatan and the Sexual Conquest of the Yucatec Maya, 1570-1700.” De próxima publicación en Susan Schroeder y Stafford Poole, C.M., editores, Mexico’s Transformative Church: Colonial Piety. Progroms and Politics (Newark, Delaware: Scholarly Resources, 2005). Este volumen se publicara en 2007 pero con diferente titulo, Religion in New Spain.

[23]. A modo de ejemplos cito algunos de los volúmenes de Inquisición que he consultado, dejando sentado que mi muestreo es más amplio. Vol. 748, exp. 2; Vol. 1303, exp. 6. fol. 49; Vol. 244, fol. 154-154v; Vol. 244, fol. 33-54v 37; Vol. 485, exp. 29 fol. 285-86; Vol. 458, Exp. 28, fol. 283-284; Vol. 366 exp. 30, fol. 357-357 v; Vol. 767, exp. 9, fol. 214-35; Vol. 520, exp. 42, fol. 59v-61; Vol. 1159, exp. 15, fol. 323-328; Vol. 122, que cubre todos los casos de 1580; University of Texas, Ms collection, Nettie Lee Benson Library G 164 El Señor Inquisidor Fiscal del Santo Oficio de Mexico vs. Manuel Martínez religioso del orden de San Francisco de esta provincia del Santo Evangelio, por solicitante, 1732.

[24]. AGI, Inquisición, Vol. 244, fol. 254-54v and 33-54v.

[25]. AGN, Inquisición, Vol. 759, exp. 5.

[26]. AGN, Inquisición, Vol. 1957bis. (1758) fol. 366-84. Era el confesor de varias monjas y seculares del convento de Santa Clara y San Juan de la Penitencia. fray Buenaventura pertenecía a la orden dieguina de los franciscanos.

[27]. AGI, Mexico, 316 (1693); Antonio Rubial García, “Un caso raro. La vida y desgracias de Sor Antonia de San Joseph, monja profesa en Jesús María,” en Manuel Ramos Medina, coord. El Monacato Femenino en el Imperio Español: Monasterios, beaterios, recogimientos y colegios. Mexico: Condumex, 1995, pp.351-57; Antonio de Robles, Diario de sucesos notables, 3 Vol. (Mexico: Editorial Porrúa, 1972), 2:19, 140; AGN, Inquisición, Vol. 186, passim.

[28]. AGN, Inquisición, Vol. 384 (1637).

[29]. Este fue el castigo aplicado al franciscano Joseph de Oliva, a mediados de 1690. Ver, AGN, Inquisición, Vol. 527, fol. 28-67 (1692)

[30]. AGI, Audiencia de Mexico, 348, 719, 722, 815, 1936, 260, 721; Antonio Rubial García, “La mitra y la cogulla: La secularización palafoxiana y su impacto en el siglo XVII”, 239-272

[31]. Genaro García, Don Juan de Palafox y Mendoza (Mexico: Vda. De C. Bouret, 1906); Christiana de la Cruz Arteaga, El obispo Palafox y Mendoza (Madrid: Ateneo, 1960).

[32]. Biblioteca Nacional de Madrid, Sala Cervantes, Manuscritos. Ms 3048 Memoriales del estado eclesiástico del obispado de la Puebla de los Ángeles sobre diferencias ocurridas con los franciscanos doctrineros, fol. 231-34. Sin fecha. Toda la información sobre este caso esta sacada de esta fuente.

[33]. El obispo anotaba que la orden franciscana había renunciado a sus doctrinas en el Consejo General de Toledo en 1654. En ese año, la orden había declarado que el gobierno de esas parroquias era perjudicial para la disciplina interior y el deseable estado de pureza del estado religioso.

[34]. Antonio Rubial, “Votos pactados. Las prácticas políticas entre los mendicantes novohispanos,” Estudios de Historia Novohispana, Vol. 26 (enero-Junio 2002), pp. 51-83. Los ataques físicos personales fueron bastante comunes. Palos, puños, y armas blancas no fueron ajenas a la dirimición de elecciones en todas las órdenes mendicantes.

[35]. Manifiesto a la Reyna Señora en su Real Consejo de las Indias… en que se hace notorio el continuo y estraño movimiento que ha padecido y padece el Nuevo Mundo, y Provincias de la Nueva España el día que tomo posesión de el Oficio de comisario General de la Seraphica Familia de estos Reynos frayay Hernando de la Rua (Mexico 1671) Impreso sin paginación o imprenta: AGI, Audiencia de Mexico, Leg. 348.

[36]. AGI Mexico, 2712. Testimonio del compromiso y convenio hecho entre los religiosos de la Provincia de San Hipólito del Valle de Oaxaca del Orden de predicadores en la administración de sus curatos, 1752. Recordaba el acuerdo de 1712.

[37]. AGI Mexico, 2712 Cartas sobre secularización de doctrinas 1750s.

[38]. AGI, Mexico, 2712. Cartas.

[39]. AGI, Mexico 2712, El Procurador de la Provincia de Michoacán, de la Orden de San Fran cisco. Firmado al margen por fr. Diego Ortiz de Osada, Enero 31, 1753.

[40]. Biblioteca Nacional de Madrid, Sala Cervantes de Manuscritos. Ms 3048, Papeles Varios, 218v-221 “Contra criollos.” Antonio Rubial estima que las pugnas causadas por la alternativa eran más por el poder que por defender la base étnica, pues había criollos que se aliaban a los peninsulares y viceversa. Ver, Antonio Rubial, “Votos pactados. Las prácticas políticas entre los mendicantes novohispanos. Aunque estoy de acuerdo con la premisa de que el deseo de poder era la clave de las “prácticas políticas” de los mendicantes, soy de opinión que la identidad peninsular y la criolla estaban muy íntimamente ligadas a la alternativa, a pesar de que algunos se pasaran a las filas de los otros por conveniencia, Cuando le pareció oportuno, la Corona siguió enviando peninsulares aún en el siglo XVIII para mantener una línea de representación puramente hispana, lo que indica, a mi juicio, que ser peninsular contaba para algo en este controvertido proceso.

[41]. Biblioteca Nacional de Madrid, Sala Cervantes de Manuscritos, Ibid.

[42]. Antonio Rubial, Una monarquía criolla. La Provincia agustina en el siglo XVII (Mexico: CONACULTA, 1990).

[43]. AGI, Audiencia de Mexico, Leg. 348, 706.

[44]. Antonio Rubial, La santidad controvertida, 147-152 AGI, Audiencia de México, Leg. 708.

[45]. AGI, Audiencia de Mexico, Leg. 1033; Henry A. Monday Collection, Library of Congress. En la colección de microfilm de la Universidad Estatal de Arizona, Película 9366, Rollo 14 Provincia Dominicana de San Miguel y los Santos Ángeles.

[46]. Así lo sugiere Francisco Solano sobre Jerónimo de Mendieta. Ver fray Jerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana 2 Vols. (Biblioteca de Autores Españoles, Madrid: Atlas, 1973), p. xxv.

[47]. Ibid ante.

[48]. Francisco Solano, apunta como en sus últimos años, Mendieta, posiblemente proyecta su inconformidad con el tono político de su provincia franciscana y su deseo de volver a una vida más observante, propiciada por su alumno fray Juan Bautista Viseo, proyecto que lo inclina a una vida eremítica y la creación de la memoria ideal del religioso misionero de sus inicios. Ver, comentarios introductores de Francisco Solano, en fray Jerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, p. xxxvii.

[49]. Isidro Félix de Espinosa. El Peregrino Septentrional, Atlante delineado de la ejemplarisima vida del venerable Padre Antonio Margil de Jesús (Mexico: Joseph Bernardo de Hogal), 1737, p. 117.

 

 

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Datos de publicación: 

Asunción Lavrin, “Los hombres de Dios. Aproximación a un estudio de la masculinidad en Nueva España”. Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, 31 (2004). 283-309.

FOTOGRAFÍA DE PORTADA: 

Composición propia: Santiago Matamoros/ Padre Eusebio Francisco Kino, en Gabriel Rodríguez Pérez, EL NORTE DE NUEVA ESPAÑA EN TIEMPOS DE CARLOS III,

http://personal.telefonica.terra.es/web/ihycm/revista/91/rodriguez.html


 


 

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MUJERES, FEMINISMO Y CAMBIO SOCIAL, en Argentina, Chile y Uruguay 1890-1940

"De su puño y letra: epístolas conventuales", en M. Ramos Medina (coord.), El monacato femenino en el Imperio español. Memoria del III Congreso Internacional sobre monjas, beaterios, recogimientos y colegios. Centro de Estudios de Historia de México Condumex. México, 1995. Documento PDF

 "Espiritualidad en el claustro novohispano del siglo XVIII". América colonial American Review, 1466-1802, Vol. 4, Nº  2, 1995, págs 155-180. Documento PDF

"Creating bonds respecting differences among feminists" , Latino(a) Research Review,5:`1 (Spring 2002), 37-50. Documento PDF 

"Spanish American Women, 1790-1850: The Challenge or Remenbering",Hispanic Research Journal: Iberian and Latin American Studies, Vol. 7, Nº 1, 2006 , págs. 71-84 (ISSN  1468-2737).  Documento PDF

"Cambiando actitudes sobre el rol de la mujer: experiencia de los países del Cono Sur a principios de siglo" en European Review of Latin American and Caribbean Studies 62, june 1997, págs. 71-92. Documento PDF

 

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Monjas y Beatas: La escritura femenina en la espiritualidad barroca novohispana, Siglos XVII XVIII. Co-editor with Rosalva Loreto López. (México: Archivo General de la Nación / Universidad de las Américas, 2002) [en línea] Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2006 Reseña: Pilar Gonzalbo Aizpuru, EHN 27,jul-dic- (2002),pp. 243-256  

Women, Feminism and Social Change in the Southern Cone, 1890-1940 (Lincoln: University of Nebraska Press, 1995). Available in paperback, 1998. Reseña: María Teresa Fernández, Espiral, sep-dic, año/vol.XI, nº 031, Univ. de Guadalajara, México (2004) pp.335-338

 

A la escritura desde un mundo oculto: espiritualidad y anonimidad en el convento de San Juan de la Penitencia,@ Estudios de Historia Novohispana , Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Vol. 22, (2000) pp. 49-75 [en línea] El Colegio de México, Fuentes y documentos para la historia de México  

 

"Female Religious," in Louisa Schell Hoberman and Susan Migden Socolow, Cities and Society in Colonial Latin America (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1986), 165- 195. 10. [en línea] "Religiosas", en Ciudades y sociedad en Latinoamerica colonial, Louisa Schell Hoberman y Susan Miggen Socolow, comp. (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1992) pp. 175-213, en El género en historia, Anne Pérotin-Dumon    

 

 


 

 

 

 

 

FIESTAS EN HONOR DE UN REY LEJANO. LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE V EN AMÉRICA

FIESTAS EN HONOR DE UN REY LEJANO. LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE V EN AMÉRICA

Marina Alfonso Mola

Universidad Nacional de Educación a Distancia.UNED/España

 

 

            En estos últimos años del fin del milenio ha arraigado con fuerza la moda de centrar cada año las corrientes de investigación en la celebración de los centenarios ya sea para conmemorar el descubrimiento de América o la pérdida del imperio de Ultramar, el desastre de la Invencible, la emancipación de las Provincias Unidas, la muerte o el nacimiento de un monarca (Felipe II, Carlos V), de un pintor (Velázquez), de un literato (Calderón) ... Y así, en este año 2000, no me he podido mantener al margen de la intoxicación de esta fiebre de fechas míticas y con motivo de la instauración de la dinastía de los Borbones me he dejado seducir por la figura de Felipe V, de modo que al ser invitada a participar en un Congreso que expandía sus horizontes hasta América no tuve dudas para elegir la temática, que debía girar en torno a las celebraciones festivas por la entronización del nuevo monarca, de modo que pudiese plantear el poder de la representación y la representación del poder del rey distante en la América virreinal a través de las fiestas de proclamación llevadas a cabo en algunos de los principales núcleos urbanos de los reinos de Indias, así como las semejanzas con el cortejo, ritual y programa iconográfico de los festejos organizados en los otros reinos de la Monarquía hispánica sin olvidar los rasgos distintivos americanos[1].

            Si bien la oportunidad del tema se justificaría por la sola conmemoración de la efemérides, una rápida ojeada a la bibliografía sobre esta cuestión muestra, primero, que es una parcela de la historia por la que se ha manifestado un interés relativamente reciente y que hay muy pocos trabajos que se centren específicamente en las proclamaciones reales[2] y aún menos en las que tuvieron lugar en la otra orilla del Atlántico. Y, segundo, que son los especialistas en la historia del arte y de la literatura los que lideran los estudios sobre la fiesta barroca[3], las arquitecturas efímeras[4] y la literatura emblemática[5].

            En efecto, aunque existen alusiones a las aclamaciones reales entre las fiestas coloniales[6], parece como si la muerte ejerciera más fascinación que la vida, de manera que las honras fúnebres han sido más estudiadas[7] que las proclamaciones reales, las cuales han quedado relegadas a un segundo plano[8], tal vez porque generan menos arquitectura efímera y los pioneros en el estudio de estos temas proceden del ámbito de la historia del arte o quizás porque las aclamaciones reales quedaran oscurecidas por las entradas de los virreyes ("espejos del remitente"[9] rey lejano), sufriendo la competencia de los ostentosos cortejos virreinales a lo largo del camino denominado de los virreyes[10] entre Veracruz y ciudad de México o entre El Callao y Lima, donde en un alarde de esplendidez los notables peruleros gustaban de empedrar las calles con barras de plata para el paso de la comitiva virreinal[11].

            El ámbito analizado incluye los virreinatos de Nueva España y del Perú, ya que hasta 1739 (bajo el propio Felipe V) no se crea el virreinato de Nueva Granada y se ha de esperar a 1776 (con Carlos III) para que se instituya el del Río de la Plata, desgajados ambos del amplio territorio del peruano. Dada la extensión de ambos macroterritorios y la práctica de organizar festejos en todos los núcleos urbanos que se preciaran, ya que la epifanía del poder mayestático era una ocasión para mostrar la fidelidad a la Corona al tiempo que la importancia de la ciudad y sus regidores, la proliferación de los relatos festivos con motivo de la proclamación de Felipe V es de magnitud similar a la del territorio en el que se redactaron. De ahí que se haya optado por dejar para un estudio más extenso las numerosas relaciones que se conservan manuscritas en el Archivo General de Indias[12] y se hayan seleccionado para su análisis y comentario algunas de las crónicas festivas impresas menos conocidas o más relevantes dado el carácter de las poblaciones que las generaron[13].

            Finalmente, para completar la introducción sólo queda decir que las proclamaciones reales son, junto con las honras fúnebres a la muerte del soberano, las jornadas y las entradas reales, ocasiones paradigmáticas para exteriorizar los símbolos del poder y la respuesta social y que, si bien tienen su epicentro en la Corte, desde ella se irradian como las ondas sísmicas y se reproducen con mayor o menor intensidad en todos los reinos de la Monarquía, implicando en diversos grados a todos los estamentos de la sociedad[14]. Como bien resalta Juan Antonio Sánchez Belén[15], cada sociedad establece unos sistemas de comunicación para trasmitir sus patrones ideológicos en un tiempo y en un marco físico concretos, siendo necesaria la creación de una serie de escenarios adecuados para que se lleve a cabo tal comunicación, según la definición clásica de Goffman[16]. Y lo que es más, siguiendo a Fogel, la transmisión de ideas e información durante la Edad Moderna se encuentra mediatizada por la precariedad de medios técnicos para su divulgación, siendo las vías orales y visuales los vehículos informativos principales, adquiriendo la escenografía del espectáculo una enorme importancia para la proyección del mensaje que se desea difundir: la legitimidad de la realeza tras el refrendo popular, ya que era el pueblo, representado en la multitud congregada, quien proclamaba al soberano[17].

            En efecto, el monarca, que heredaba el trono en virtud de las tradicionales leyes sucesorias, recibía el solemne reconocimiento público en el acto de la proclamación y, a modo de rito iniciático, el rey era invocado para hacerlo presente, con todo su poder y majestad, en medio de su pueblo[18]. El alférez mayor lanzaba (con ligeras variantes) el triple grito de "Castilla y las Indias por el rey católico don Felipe, Quinto de este nombre, Nuestro Señor, que Dios guarde muchos años", propuesta a la que se respondía por tres veces “todos a una voz: viva, viva, viva, desde la ínfima plebe hasta lo regio de los tribunales”[19].

            Era toda una ceremonia pautada, un espectáculo que recurría a mecanismos alegóricos, los cuales servían para reconocer más que para conocer por primera vez la coherencia de un reino. La forma de entender la comunidad (rey/reino) se expresaba por medio de los símbolos de la propia fiesta, cuyos protagonistas eran el retrato del soberano y el pendón real (emblemas de la monarquía que representaban ante los súbditos el papel de la majestad) y la muchedumbre de espectadores (emblemas vivientes del cuerpo de la monarquía). La misma condición efímera de la fiesta era capaz de dejar un recuerdo indeleble en la memoria de los espectadores, puesto que el aparato escénico y gestual materializaba ideas y tópicos ya conocidos, un referente previo que se entreveraba con las percepciones físicas que se dirigían a estimular los cinco sentidos[20] a través del ruido, el fuego, el olor, el color, los confites, las monedas ... En suma, una catarsis colectiva, que el asistente al evento grababa en su mente, ajustando en su realidad lo que ya existía en su imaginación y de cuyo recuerdo viviría en las jornadas anodinas de su cotidianeidad[21].

            Si en los reinos metropolitanos de la Monarquía Hispánica es importante y magnificente el acto de la proclamación real, en los virreinatos americanos lo es aún más, ya que se trata de la exaltación solemne al trono del "rey ausente", pues en Indias no hay Cortes que juren el compromiso recíproco de lealtad y acatamiento de leyes y fueros, de modo que la imagen del rey sólo se percibe a través del retrato que preside el estrado, que obviamente, no existiendo la posibilidad de ver al soberano en persona y aclamarlo durante el desfile en pompa, previo al ceremonial de la jura, manifiesta de forma plástica y material el poder de la monarquía absoluta[22].

            Tras la muerte de Carlos II, y la consiguiente apertura del testamento regio con la designación de don Felipe, duque de Anjou, como sucesor a la corona, doña Mariana de Neoburgo y la Junta de Regencia se encargaron de despachar sendas reales cédulas comunicando respectivamente el óbito del soberano y el programa para las exequias[23], así como la entronización del nuevo monarca y las instrucciones para la ceremonia de proclamación (R.C. de 27 de noviembre de 1700) a los reinos, señoríos, ciudades con voto en Cortes y demás con corregimiento. Aunque en Madrid se había procecido a la aclamación real tres días antes de que se despacharan rumbo a América las órdenes para "levantar pendones en nombre del rey", a Nueva España no llegó la comunicación oficial de la muerte del Austria y la exaltación al trono del Borbón (a bordo de un buque empavesado de negro) hasta el 6 de marzo de 1701[24]. Y aún se demoró más, hasta el 14 de junio, la llegada de la noticia a Portobelo, de donde se transmitió a Lima de forma extraoficial más rápidamente que por la vía ordinaria, hasta el punto de recibir el virrey, conde de la Monclova, la noticia oficial el 9 de octubre, cinco días después de haberse proclamado con toda solemnidad el ascenso al trono del nuevo monarca (5 de octubre del mismo año de 1701). Si estas fechas parecen desfasadas con respecto a los mismos eventos celebrados en la metrópoli, más tardías aún fueron las celebraciones llevadas a cabo en Cuzco, donde la entronización se solemnizó el 8 de enero de 1702.

            Las fiestas en honor de Felipe V tuvieron lugar en la capital del virreinato novohispano el 4 de abril[25]. Aunque el virrey, conde de Moctezuma, era sospechoso de habsburguismo, antes de presentar su dimisión no dejó de cumplir estrictamente con los deberes de su cargo, por lo que, tras serle comunicado el contenido de las reales cédulas, conmemoró la muerte de Carlos II y no dudó en organizar en la capital novohispana la proclamación, jura y acatamiento del nuevo monarca con todo el boato pertinente en estos casos, como asimismo lo hicieron la mayor parte de los centros urbanos del virreinato, que se apresuraron a emular a la capital celebrando sus proclamaciones particulares (sobre todo Puebla de los Ángeles -la rica capital comercial beneficiaria del tránsito de las mercancías del Galeón del Manila-, que la realizó el 9 de abril). La dilación entre la llegada de la noticia y su puesta en práctica se debió (en ambos virreinatos) al deseo de realizar la proclamación con toda la pompa que la ocasión requería, ya que pese a lo efímero del evento, "cada cual estudiaba el modo de salir más lucido y de ocultar su gala, porque otro no la compitiese, y fue ardiendo en todos la emulación noble"[26], aprovechando así las élites la oportunidad de mostrar su prestigio y su poder, pese a las disposiciones de austeridad de la reina viuda, que restaron cierta vistosidad a las fiestas en honor del Borbón[27]. Y es que el objetivo de estas festividades era la élite criolla, aunque los demás grupos sociales eran instados a participar de forma corporativa[28], de tal modo que, las fiestas se realizaron siguiendo los modelos europeos, pero sin renunciar a la capacidad integradora de los elementos propios de la estructura social colonial (desfile de caciques y de cofradías de negros, aunque no hay constancia explícita de la participación de este colectivo en la jura del primer Borbón).

            La consulta a la ciclópea obra de José Toribio Medina[29] muestra que, tanto en los grandes centros virreinales como en otras áreas ultramarinas de entidad (Filipinas o Guatemala), durante el reinado de Felipe V se imprimieron numerosos opúsculos y sermones de campanillas con motivo de diversas victorias militares[30], así como otras muchas obritas, aparte de las dedicadas a las exequias por Carlos II, haciéndose eco de las efemérides más variadas[31]: onomásticas[32], cumpleaños, embarazos y felices partos de las reinas, nacimiento del príncipe de Asturias[33] y de los infantes, matrimonio[34], ascenso al trono y muerte de Luis I, muerte de María Luisa Gabriela de Saboya, así como del Delfín y Luis XIV, padre y abuelo respectivamente del rey. No obstante, menudean las proclamaciones de Felipe V impresas, manteniéndose manuscritas la mayoría, con la excepción de los grandes núcleos urbanos (Ciudad de México, Lima, Puebla, Texcoco, Guadalajara y Cuzco), que son precisamente las recogidas por Medina en su ingente obra, aparte de una mención a una posible impresión en Yucatán[35]. Aunque este escueto número de relaciones, que es el que ha servido de base para este trabajo, puede verse ampliado si la suerte favorece a los investigadores y se encuentran nuevos ejemplares en los archivos y bibliotecas. En todo caso, se pueden utilizar para tener una visión más completa las relaciones manuscritas ya mencionadas, conservadas en los archivos locales y en el General de Indias.

            Esta ausencia de impresos pudo deberse a la circunstancia especial que conllevaba el cambio de dinastía y a las simpatías de ciertos sectores por el candidato austríaco[36], aunque no hay constancia de que hubiese una oposición austracista abierta en el territorio hispanoamericano ni en los momentos cercanos al conocimiento de la designación del Borbón ni más tarde, durante la guerra de Sucesión. De ahí que me muestre bastante reticente a aceptar la proclamación del archiduque Carlos en Caracas, máxime cuando la lectura atenta a la obra de referencia sobre el particular, debida a Analola Borges, es vaga e imprecisa incluso a la hora de dar una fecha en la que se produjera la cabalgata y alzamiento de pendones[37]. Nos sorprende que habiendo publicado ella misma la proclamación de Felipe V en Caracas[38] no percibiera la diferencia entre ambos documentos. Incluso tratándose en el caso de Carlos (III) de un acto de oposición y en el de Felipe V de un trámite oficial, las proclamaciones tienen unas pautas fijas que no existen en la supuesta jura del candidato habsburgués, ya que se limita a una algarada y tremolar de pendones sin más entidad, aunque es cierto que holandeses e ingleses desde sus bases insulares hicieron una agresiva campaña en pro del Habsburgo.

            También difiero de las consideraciones efectuadas por la musicóloga norteamericana Louise K. Stein[39] en la introducción al libreto de la ópera La púrpura de la rosa[40], que se estrenó (con motivo del cumpleaños real, 19 de diciembre) tan sólo dos meses después de la jura limeña del primer Borbón, en una representación patrocinada por el propio virrey, hecho muy a tener en cuenta a la hora de admitir que la filiación austracista de Monclova le llevó a prohibir la impresión de la jura. Si bien la omisión del nombre del autor en la relación de la proclamación limeña[41] (igual que en la Loa), así como de la alusión a las arquitecturas efímeras, pinturas, esculturas, retratos, alegorías, emblemas, jeroglíficos, empresas, divisas y epigramas[42], que acompañan a toda cabalgata, es un hecho que pudiera ir en la línea de L. K. Stein, la confesión de "amante lealtad" del virrey en el primer párrafo, asumiendo todo el protagonismo, incluso dejando al alférez real en un obvio segundo plano (sólo aparece en el cuerpo del texto, no en la presentación), además del comportamiento del virrey y de su primogénito, no dejan lugar a dudas sobre la magnificencia con que se realizó este acto oficial de reconocimiento de soberanía y de dinastía[43].

            En cualquier caso, podría estar de acuerdo en que, si bien la propia publicación del opúsculo con los actos llevados a cabo contradice la prohibición, las circunstancias de ausencia de engalanamiento especial de la ciudad (en oposición a los detallados ornatos que luce la catedral) o la permanencia del retrato real en la sala de audiencias sin ser mostrado al público o la inexistencia de un ejemplar de la relación en la Biblioteca Nacional de Lima (donde sí existe la del Cuzco), son detalles todos ellos anómicos (según se desprende de las relaciones novohispanas) que pudieran estar relacionados con las tendencias filoaustríacas de Monclova y no ser un simple olvido del anónimo autor. De hecho, la narración de la proclamación en San Francisco de Quito, capital de la Audiencia, muestra también una gran austeridad, que pudo deberse a su posición secundaria dentro del virreinato pero también al hecho de seguir las pautas de Lima[44]. Sin embargo, mientras que el virrey Moctezuma fue sustituido pronto (en el mismo año de 1701 hizo su entrada triunfal Francisco Fernández de la Cueva y Enríquez, duque de Alburquerque), Monclova, pese a su prolongada estancia en tierras americanas (desde 1685), no fue relevado de su cargo hasta 1707 por Manuel Oms de Santa Pau, marqués de Castelldosrius (el mismo que había comunicado al duque de Anjou su designación como rey de España en presencia de Luis XIV). No se sentiría la Corona muy amenazada por la posible deslealtad del virrey del Perú.

 

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            La ceremonia de proclamación, que inauguraba cada nuevo reinado, gozaba en la Corona de Castilla de una gran tradición. De origen militar, pues derivaba de la exaltación por el ejército de un nuevo rey, había evolucionado hasta adquirir un carácter cívico, siendo la ciudad la encargada de organizarla y patrocinarla. Vestigio de aquel origen es el papel principal representado por el alférez mayor (siempre de nobleza titulada) de cada municipio, que es el encargado de oficiar la ceremonia junto con el cabildo municipal en pleno, encabezado por el corregidor decano. Era, pues, una fiesta oficial, pero con una dimensión popular fundamental, ya que en última instancia era el pueblo congregado quien proclamaba al soberano. Una vez consolidado el asentamiento de los españoles en el Nuevo Mundo se importó el ceremonial castellano de la proclamación en el ámbito americano. Del mismo modo que en la metrópoli, en ambos virreinatos la aclamación y jura no se limitaba a las capitales, sino que se producían manifestaciones similares en los grandes centros urbanos. Así ocurrió en la jura de Felipe V, al igual que había sucedido en las de los soberanos que le habían precedido.

            El proceso de la proclamación de don Felipe siempre se inició siguiendo las pautas tradicionales, que imponían la convocatoria de varias sesiones. En líneas generales, el protocolo se desarrollaba siempre de la misma manera. Tras recibirse los reales despachos y carta del secretario del Consejo de Indias con la noticia dirigida a los presidentes y oidores de las reales audiencias, en las capitales virreinales eran convocados el corregidor y los capitulares por el contador mayor del Tribunal y Real Audiencia de Cuentas a una sesión plenaria del cabildo en la que se les comunicaba el contenido de las cédulas, mientras que en el resto de las ciudades era el procurador general el encargado de transmitir al cabildo reunido en pleno la noticia que le había sido entregada por el presidente de la Real Audiencia. Recibida la notificación, los representantes de las ciudades acordaban hacer los regocijos públicos pertinentes, encargaban al procurador general que comunicase a la Real Audiencia que les había sido participada la real orden (que "estaban prontos a ejecutar") y que se pusiese en conocimiento de los alféreces reales la decisión de proceder a la proclamación real. En sesiones posteriores, tanto el cabildo municipal como otras instituciones ciudadanas (Audiencia y cabildo catedralicio) designaban comisarios especiales para organizar las fiestas y administrar el presupuesto necesario tanto para preparar el recorrido del cortejo y exornar las plazas donde debía tener lugar la aclamación, como para adquirir la lujosa vestimenta que debían lucir corporativamente en el desfile[45]. Tampoco se olvidaban los munícipes de convidar a participar en el lucimiento de la cabalgata tanto a los comerciantes más destacados como al pueblo, para lo cual unos días antes de la función dos alcaldes ordinarios y dos regidores diputados salían por las calles acostumbradas a pregonar en todas las esquinas ("al son de tímpanos, atambores, clarines y demás músicos instrumentos") la fecha del desfile y la colaboración que se esperaba de los vecinos para contribuir al adecentamiento y adorno de las calles e iluminar sus viviendas por las noches durante el tiempo de los festejos.

            Pese a resultar, en general, austeras las fiestas en honor del primer Borbón si se comparan con las anteriores y posteriores, las relaciones estudiadas de la jura de Felipe V muestran de forma unánime que no se escatimaron gastos para costear los fuegos artificiales y los hachones de cera de Venecia, erigir los tablados recubiertos de ricas alfombras turcas, levantar las arquitecturas efímeras y los arcos de triunfo (aunque fueron escasos), componer los versos, jeroglíficos y acrósticos, adornar las fachadas de las casas con vistosas colgaduras y tapetes de seda y las azoteas con banderolas y gallardetes, ataviar a los criados con lujosas libreas, organizar la cabalgata incluidos los carros de los "salvajes" y las danzas y bailes de los indígenas[46], así como encargar los cuadros con la imagen del rey. Todas las ciudades resplandecieron entre alegres repiques de campanas en las iglesias y periódicas salvas. Los vecinos de todas ellas se dispusieron a contemplar la comitiva por el largo itinerario previsto (veinticuatro cuadras en la capital limeña) desde los balcones, galerías, ventanas y tejados. Las calles se poblaron de un gran gentío, que, atraído por la curiosidad, acudió desde las comarcas vecinas y desde los pueblos más distantes y no quedó defraudado, pues la vistosidad fue extraordinariamente colorista en joyas, galas, plumas, flores y frutos ("que bien parecía la selva, los Campos Elíseos o los pensiles de Chipre", como señalaba el cronista poblano).

            Como los hitos fundamentales de la ceremonia son muy parecidos en todos los núcleos urbanos estudiados, vamos a seguir las pautas de la jura correspondiente a la capital de Nueva España. Comenzó ésta con la reunión en el Ayuntamiento del corregidor, los alcaldes ordinarios, el maestre de campo del reino, el correo mayor, los regidores y muchos caballeros. Desde allí arrancó el desfile abierto por los ministriles, timbales, tambores, tímpanos, chirimías, dulzainas, trompetas y clarines, vestidos de lana encarnada con encajes de plata sobre azul. Seguían los ministros de vara de la Audiencia, los tenientes de alguacil mayor de la ciudad, los dos maceros almotacenes, los escuadrones de infantería, la caballería unida al Ayuntamiento, marchando luego los militares con graduación y la nobleza (todos ellos jinetes sobre corceles enjaezados con vistosos encintados y estribos de oro y plata).

            Se dirigieron a la casa del Alférez Real, que salió a incorporarse a la comitiva, que le acompañó a las Casas Reales, marchando el Alférez al lado derecho del primer alcalde. Los capitulares subieron entonces a su sala de juntas, donde previamente se había colocado el pendón real entre cuatro reyes de armas vestidos con coletos de ante ornamentados con cordoncillos de plata, siendo el resto de su atuendo de plata y oro.

            Se dispusieron entonces el Alférez a la derecha y el corregidor a la izquierda del pendón y volvió a formarse el anterior cortejo para encaminarse al Palacio y subir al salón en que se encontraba el virrey congregado con la Audiencia, los ministros del Tribunal de Cuentas y los oficiales reales. Todos juntos bajaron al tablado de antemano dispuesto delante del Palacio[47]. La tribuna principal de la ciudad de México tenía treinta varas de largo por quince de ancho, estando la mitad cubierta en previsión de posibles inclemencias meteorológicas (más modesta fue la de Lima, ya que las cuatro erigidas tenían las mismas proporciones, ocho varas de largo por seis de ancho y tres y media de alto). En ella, “el retrato de Su Majestad se puso aparte en lo alto, hacia los balcones de Palacio, con el mayor adorno, primor y riqueza que se pudo, donde se hizo el acatamiento debido"[48].

            Al palco subieron los secretarios del ayuntamiento, los cuatro reyes de armas, el regidor decano, el corregidor, el alférez y el virrey. Los maceros se situaron en las gradas. Tras el protocolario saludo de cortesía, consistente en descubrirse y volverse a cubrir, puestos todos de pie y destocados, el rey de armas más antiguo demandó la atención de los presentes con las palabras de ritual: "¡Silencio, Silencio, Silencio; Oid, Oid, Oid!". A continuación el virrey, poniendo la mano en el pendón real que tenía el alférez real, dijo con voz alta y clara: "Castilla, Nueva España; Castilla, Nueva España; Castilla, Nueva España por el Católico Rey D. Phelipe Quinto, nuestro señor, rey de Castilla y de León, que Dios guarde muchos y felices años", respondiendo todos: "Amén, amén, amén, viva, viva, viva". Luego el virrey entregó el estandarte al alférez real, el cual, enarbolando el pendón proclamó de nuevo la adhesión de la ciudad (acción que se repitió por tres veces, ubicándose el alférez en el centro del estrado, luego a la derecha y finalmente en el flanco de la izquierda), tras lo cual se hicieron salvas de arcabucería, se voltearon las campanas de la catedral (repique que fue coreado por los demás campanarios), se echaron al aire los sombreros, desde los balcones (por señoras y monjas) fueron arrojadas flores, pastillas de boca y de olor, así como (gracias a la munificencia de las autoridades) se echaron divisas y monedas[49] acuñadas para la ocasión con la efigie del nuevo rey[50]. La algarabía y confusión entre el pueblo (europeo e indígena, convocado por los nobles caciques) fue notable en su afán de recoger los reales de plata que se les ofrecían con liberalidad como llovidos del cielo[51].

            Concluidos los actos de rigor, las autoridades se sentaron y vieron desfilar las compañías de comercio, que no se deslucieron pese a la lluvia[52]. Después los representantes de la ciudad se despidieron del virrey, hicieron acatamiento al retrato del monarca y, montando a caballo, marcharon a repetir la proclamación, con idéntica ceremonia en las dos plazas del trazado urbano en las que se habían dispuesto tablados para la ocasión. El fin de fiesta en el virreinato de Nueva España se completó con la acción de gracias en la catedral, donde se entonó un Te Deum ("pasando del teatro de sus plazas al ara de su templo")[53].

            Esta descripción, a grandes rasgos (con detalle se puede ver en el apéndice documental, en que se recogen extractos de las proclamaciones de Lima y Texcoco), muestra bien a las claras que el diseño de las celebraciones en honor de Felipe V fue una tarea que requirió una gran inversión de trabajo y recursos para construir todo el aparato de la puesta en escena, ya que la posibilidad de mostrar el espectáculo era motivo de honra para la ciudad y sus habitantes. Además de los tablados para los espectadores y el estrado como escenario de la representación, se engalanaron las fachadas, se alumbraron azoteas y balconadas, se adecentó la pavimentación, se limpiaron y adornaron las calles por donde pasó el cortejo, lo cual supuso un dispendio para las familias propietarias de las viviendas, que en algunos casos solventaron parte de la inversión en los gastos suntuarios alquilando los balcones[54]. Es fácil imaginarse que la misma actividad constructiva y la fiebre de los preparativos fue un espectáculo para el pueblo y que serían multitud los curiosos que inspeccionaron la erección de los tablados y otros exornos construidos para el evento.

            Si en las proclamaciones anteriores a Felipe V la ceremonia no había sido una simple apariencia, sino un elemento sustancial en la sociedad virreinal que se encargaba de hacer presente al rey entre su pueblo al mismo tiempo que se ponía de relieve el poder mayestático de quien estaba por encima de sus súbditos, gracias a la dimensión sacralizada de una monarquía de derecho divino[55], la trascendencia de la jura del Borbón (y de la imagen del rey, aunque ésta sea ideal), a través de los gestos y rituales consuetudinarios, se revaloriza al tratarse de la instauración de una nueva dinastía[56]. En efecto, en el caso de Felipe V hay un componente particular, ya que el nuevo soberano encarna el paso de la dinastía de los Austrias a la de los Borbones. Por ello, en primer lugar, se pone gran énfasis en señalar la continuidad dinástica (fenómeno común al esfuerzo realizado en la propia metrópoli durante los primeros tiempos del reinado) popularizándose, por ejemplo, a través de las décimas compuestas para la jura la conjunción de la sangre española y francesa en la persona del Delfín, padre del monarca ("una Rosa de Castilla, unida a una Flor de Lis, produjo un Lirio en París", reza uno de los poemas). De más enjundia simbólica es la glosa que precede a la relación tetzcucana (APÉNDICE III), que une a su belleza e ingenio la incardinación dinástica de Austrias y Borbones en la persona de don Felipe, que aparece vinculado metafóricamente a la flor de lis como estrella de la mañana de la nueva dinastía, así como al león, símbolo de los Borbones y al mismo tiempo del león coronado de Castilla-León, del mismo modo que la carta astral del rey con ascendientes en Leo y Aries[57]sirve para aludir a la legitimidad a lucir el Toisón (vellocino de cordero como la representación del signo zodiacal), de estirpe borgoñona, que pasa a los Austrias a través de Felipe el Hermoso y a don Felipe a través de su abuela, María Teresa de Austria. Imagen que se vuelve a retomar en las páginas siguientes de la introducción a la proclamación en sí, jugando en este caso con el cordero asimilado a Carlos II y el león al propio don Felipe (“... En su Regio Gobierno / Carlos Segundo fue Cordero tierno / y Rey León coronado / Philippo Quinto Heroyco fue aclamado. / Siendo por eminencia / de la Imperial Austriaca descendencia ...”).

            Poca originalidad muestran las relaciones de la jura de Felipe V a la hora de elegir sus símbolos, ya sea por el recurso a la obvia flor de lis (“flor de las estrellas, estrella de las flores” como descendiente del gran Clodoveo), como a los ya empleados con los Austrias, así el emblema 117 de Juan Kyeihing como rey al que veneran dos mundos y sustenta su trono en el empíreo asentando sus pies entre las nubes, la caracterización como “luminar mayor de dos esferas” (que tanto pueden referirse a España y las Indias como a los dos virreinatos americanos) y, sobre todo, a la referencia al sol (“vayan a gozar del mejor Sol las luces, que como Rey Grande esparce”), uniendo la simbología del Rey Sol, abuelo del homenajeado, a la metáfora solar también empleada por los Austrias en alusión a la universalidad benéfica del sol que ilumina y alimenta la vida en todos los lugares del planeta, de la misma manera que el buen príncipe vela por el bienestar y la salvación de sus súbditos en los diferentes hemisferios de sus dominios.

            Abundando en esta línea, prosigamos con los símbolos. Como es bien sabido, para estas actividades festivas en torno a la proclamación del monarca, los practicantes de la alta cultura ponían sus conocimientos del bagaje histórico, mitológico y clásico al alcance de los elementos plebeyos o iletrados para constituir universos de referencias políticas comunes. Sin embargo, en las representaciones iconográficas y en la literatura emblemática, a través de las que se plasman los diversos roles que un monarca debe encarnar, los artistas encargados de llevar a cabo la escenografía para la proclamación del primer Borbón anduvieron escasos de ideas[58], tal vez por lo sorprendente de su ascenso al trono.

            Si el opúsculo correspondiente a Lima resulta particularmente parco por las razones analizadas, el de Texcoco es el más rico de todos. Así, en esta proclamación aparece Felipe V caracterizado como "imperial águila tetzcucana", rasgo a destacar, ya que el emblema mexicano es el águila sobre el nopal, aunque el autor se extiende en explicar la importancia de este símbolo tanto desde el punto de vista clásico recurriendo a Plinio y al águila imperial romana, metáfora de los imperios, como desde la óptica pragmática del comercio de la Carrera de Indias, jugando con la ambivalencia de la imagen aquilina para caracterizar al rey, al tiempo que la traspone a la propia ciudad, permitiéndole su vuelo hacer el tornaviaje para en el cielo metropolitano penetrarse de la magnificencia del monarca[59]. Tampoco se olvida de hacer un parangón entre el ordinal que le corresponde y el valor del quinto real, tan interiorizado en una sociedad colonial productora de grandes remesas metálicas[60]. En las licencias para la impresión, los censores tampoco se quedan cortos a la hora de comparar a don Felipe con los héroes clásicos, aunque no sea más que un cliché al que se recurre con harta frecuencia[61].

            Como uno de los objetivos primordiales de la proclamación era manifestar la aceptación por parte de los súbditos de la continuidad de la monarquía y garantizar la adhesión al nuevo soberano, la distancia existente entre ambos continentes era un factor determinante en la elaboración de la imagen real oficial y a ello contribuía la fiesta barroca convirtiéndose en un aparato para generar y explicitar la cohesión política imperial en las regiones más remotas. Y aquí surge uno de los elementos originales de la jura de Felipe V en América. Por un lado, hay una respuesta unánime de aceptación de la persona del rey y acatamiento de la nueva dinastía y, por otro, hay dificultades para plasmar la imagen, aunque sea ideal, del nuevo monarca. Al ser el heredero legítimo un candidato no previsto (el archiduque Carlos tenía más visos entre un amplio grupo de la nobleza española de alzarse con la Corona), el caso de don Felipe se convierte en una excepción, ya que su retrato no preside siempre el estrado en la Plaza Mayor donde ha de ser aclamado, sino que en Lima[62] se sabe de la existencia del cuadro, pero permanece oculto (aunque en lugar de honor), como si fuera la imagen de una divinidad mistérica, que sólo se manifiesta a unos pocos privilegiados, quizás debido a una causa bien sencilla[63], el desconocimiento de la fisonomía real. Y es que las distancias que separaban el Viejo y el Nuevo Mundo se solían cubrir con la imaginación de los artistas locales que hacían unos retratos idealizados sobre los clichés del parecido de familia y la adecuación a la edad y a los comentarios que habían circulado sobre el heredero, ya procedieran de aristócratas que habían conocido al Príncipe de Asturias personalmente ya de meros trasmisores de las señas de identidad del retratado haciéndose eco de las percepciones de los que sí le habían visto. En cualquier caso, el desconocimiento de los rasgos físicos no arredró a los jalicenses, que mostraron al monarca en la plaza de Guadalajara, representado de cuerpo entero, vestido de brocado, posando para un lienzo que con su efigie pintaba la diosa Palas.

            El despliegue artístico y festivo que acompañaba y decoraba el fenómeno completaba la apoteosis del ritual del encuentro entre el rey y su pueblo, aunque fuera simbólico y efímero. De la importancia que se concedía al momento en que entraban en comunicación poder y sociedad es una buena prueba el esfuerzo realizado en cada una de las ciudades en las que tenía efecto la proclamación por los más reputados arquitectos, pintores, escultores, vates y eruditos de la época, que contribuían a crear un espacio nuevo, distinto, digno escenario para la representación (arcos de triunfo, decoraciones de fachadas, adornos múltiples mediante símbolos y alegorías extraídos de la mitología, de la geografía, de la historia sagrada y profana, especialmente del mundo clásico), a través del cual se ponían de manifiesto principios, ideales, deseos y esperanzas. Ahora bien, pese a la ampulosidad de las relaciones escritas, se ha de convenir que los festejos y la escenografía desplegada para la jura de Felipe V fueron mucho menos aparatosos y más austeros que los organizados para sus antecesores, volviéndose a la suntuosidad acostumbrada sólo con sus sucesores. En el recorte de presupuestos hasta se suprimieron las habituales corridas de toros. No todas las relaciones aluden a la participación del comercio en la organización de los carros triunfales y mojigangas, actos paralelos a la ceremonia en sí de la proclamación, ni tampoco se hacen eco (con la excepción de Texcoco) de otra práctica común, la de dar la libertad a los presos con motivo de la aclamación y es bien seguro que no se omitió la amnistía entre el programa de los festejos.

            Del mismo modo que ocurre con la simbología, pese al carácter integrador de todos los sectores sociales que presentaban las ceremonias de proclamación, en las fiestas de Felipe V se puede observar una menor presencia de los elementos autóctonos americanos en comparación con otras celebraciones anteriores. Por ejemplo, en la jura de lealtad a Felipe IV en México (1623), las autoridades indígenas hicieron el juramento en náhuatl como parte de una política deliberada de comprometer al conglomerado indígena con la estructura de poder existente[64]. Del mismo modo, en la aclamación limeña de Carlos II (1666) se colocó a los pies del trono que debía recibir el retrato del rey la representación de un inca y una coya en actitud de ofrecer una corona imperial y otra de laurel al nuevo soberano[65]. Pues bien, este importante elemento, que los cronistas de estos acontecimientos solían destacar como prueba irrefutable de la lealtad de los reinos americanos a la Corona, sólo aparece en la relación de Tetzcuco[66]. En primer lugar figuraba el carro de los "salvajes", que iniciaba el desfile, integrado por más de una treintena de indios desnudos y representando el triunfo de la cruz sobre las costumbres idólatras; en segundo término, el grupo de chichimecos, que ejecutaba danzas y bailes al son de los instrumentos autóctonos, ataviados a la propia usanza y, aunque se incluían los personajes de su propia tradición, desde Moctezuma coronado de rosas al rey tetzcucano Netzahualcoyotzin con los siete reyes que sometió a su distrito, la asimilación cultural de los Gigantones también está presente; y tercero, el cortejo de los "naturales", cuya marcha era abierta por su propio conjunto de músicos provistos de los instrumentos coloniales empleados en los desfiles. Entre los denominados naturales hay que destacar dos grupos según su status. Uno, el de los indios gobernadores, nobles caciques, todos jinetes sobre caballos de raza enjaezados a la española, armados de bellas pistolas, tocados con sombreros (como cualquier hidalgo español, aunque incluyeran plumas en los mismos) y ataviados con las prendas autóctonas (tilma o capa, manta, calzón, armador o jubón, almilla o jubón ajustado, primavera de seda floreada), pero confeccionadas con ricos paños, cambrais, tafetanes, rasos, sedas bordadas de la China y guarniciones de oro y plata. El otro, el de los setenta elegidos para representar a la comunidad, que aunque tampoco iban a pie desfilaron a lomos de "humildes jumentos enramados" y que como símbolo de bravura domeñada llevaban las cabezas ceñidas de coronas de rosas.

            Otros dos rasgos son dignos de destacarse. Primero, el abarrocado cronista, al describir las danzas de los indios, dice: "Va el Netzahualcoyotzin Tetzcucano / con otros siete Reyes, que brioso / rindió por armas a su Imperio Indiano, / hoy sujeto a Philippo más glorioso". Versos que no dejan lugar a dudas sobre la intención de Isla, natural de Texcoco, de subrayar el sometimiento de los naturales a la soberanía del monarca ausente. Y segundo, cuando versifica explicando el sentido del jeroglífico compuesto para la ocasión, describe el significado de dos imágenes en las que está presente la inserción del Nuevo Mundo bajo la órbita de la monarquía hispana y el inicio de la Nueva España tras la conquista de Hernán Cortés en tiempos de Carlos V, jugando, como en otros lugares con el ordinal del homenajeado:

 

"Sobre florido matiz / el Magno Carlos Francés / a un lado está en un telliz /

Regio a Philippo esta ves / dándole la flor de Lis.

Carlos V a quien se humilla / primero este Nuevo Mundo, / en imperial dosel brilla / dando al Quinto sin

Segundo / una Rosa de Castilla.

El Cid, cuyo pecho encierra / todo el valor castellano / y aquel que a galana guerra /

de todo el Imperio Indiano / Cortés le ofrece la tierra.

Los demás no ofuscan calmas / porque diestros los pinceles / les sustituyen las almas, / con que a Philippo,

laureles / rendidos, le traen en palmas".

 

            Pese a lo rebuscado de las imágenes, el cronista quiere dejar constancia de la legitimidad, no sólo de la continuidad dinástica, sino de la soberanía sobre el virreinato novohispano, al hacer a Felipe V heredero de las tierras puestas bajo el amparo del emperador Carlos, y al recurrir una vez más a la idea de que el rey de los dos mundos no necesita de un "segundo" monarca para gobernar sobre las Indias, bastándose el sólo para regir los destinos de todos sus reinos.

 

            A la vista de los datos documentales manejados, se puede concluir que las ceremonias de aclamación de Felipe V en América no difirieron sustancialmente de las realizadas en los reinos europeos en cuanto a escenario y participación de las élites civiles, militares y religiosas, así como del pueblo. Los estereotipos se respetan en sus más mínimos detalles, aunque se asimilan (sin alterar sus principios fundamentales) los elementos propios de la estructura social colonial. Por otra parte, dentro del propio ámbito americano, los elementos autóctonos son menos evidentes en las capitales de los virreinatos (Lima y México) que en las grandes ciudades de los mismos. Tal vez porque el sector criollo está más presente en las segundas y en torno a la corte virreinal se pone mayor énfasis en perpetuar y remarcar los esquemas de la metrópoli.

            En suma, aunque existen unas similitudes palpables entre las analizadas y las ya estudiadas, las proclamaciones del primer Borbón en Indias muestran ciertas peculiaridades. En efecto, no fueron tan brillantes como era habitual o porque los dirigentes fueran austracistas o porque influyera el recorte de gastos aconsejado por doña Mariana o porque la sorpresa del cambio de dinastía dejara a los artistas locales faltos de ideas para identificar al nuevo monarca. Con todo, se cumplió con la obligación de jurar al rey y pese a la mayor austeridad observada se pudo asistir al espectáculo de la epifanía de la realeza, exponente de que los ecos de la trompeta de la Fama habían cruzado el océano para legitimar en el Nuevo Mundo el ascenso al trono de Felipe V, tal y como refrendan estos versos tetzcucanos:

 

"A la voz, que festiva / clama, Phelipe Quinto viva, viva.

Desde su Regio Oriente, / a donde raya Sol más excelente,

apresurando el paso, / hasta el Americano nuevo Ocaso,

la vocinglera fama / repitiendo la voz su nombre aclama,

de tanta Magestad Regia grandeza / heroicos timbres de cantar no cesa

Llegó pues a la Indiana / ardiente esfera, donde yace ufana ..."

 

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                                                                  APÉNDICES

 

                                                                           I

 

- Biblioteca de la Nación de México: Gabriel Mendieta Rebollo, Sumptuoso, Festivo Real Aparato, en que explica su lealtad la siempre Noble, Ilustre Imperial y Regia ciudad de México, Metrópoli de la América y Corte de su Nueva España. En la aclamación del Muy Alto, Muy Poderoso, Muy Soberano Príncipe D. Philipo Quinto su catholico Dueño, Rey de las Españas, Emperador de las Indias (que Dios guarde, quanto la Christiandad ha menester). Executada lunes 4 de abril del año de 1701. Por D. Miguel de la Cueba Luna y Arellano, Alférez Mayor de turno anual de México. Assistida de su Rl. Audiencia y Tribunales. Autorizada por el Exmo Sr. D. José Sarmiento Valladares, Caballero de la orden de Santiago, Conde de Moctezuma y de Tula, Vizconde de Ylocan, Señor de Monte-Rozano y de la Pessa, Alguacil Mayor propietario de la Inquisición mexicana, Virrey, Gobernador y Capitán General de la Nueva España y Presidente de su Rl. Audiencia. Escribiala D. ____, hijo de esta Imperial Ciudad de México y Escribano Mayor de su Ayuntamiento. Impreso en México en la imprenta de Juan Joseph Guillena Carrascoso. Año de 1701 [portada orlada, 69 páginas con algunos versos en el cuerpo del texto].

 

- Biblioteca Nacional de Madrid, R-5751: Anónimo, Solemne proclamación y cabalgata real, que el día 5 de octubre de este año de 1701 hizo la muy Noble y Leal ciudad de los Reyes de Lima, levantando Pendones por el Rey Catholico D. Felipe V de este nombre (que Dios guarde) fervorizada del zelo fiel y amante Lealtad del Excelentísimo Señor D. Melchor Portocarrero Conde de la Monclova, Virrey del Perú, &c., con licencia en Lima, por Joseph de Contreras, impresor real. Año de 1701. [portada ornamentada con escudo, 38 páginas de texto sin ilustraciones ni versos].

 

- Noticia de la Real acclamación, que debió hazer e hizo la muy noble y muy leal Ciudad de los Angeles en la Jura de la Cesarea y Catholica Magestad del Señor D. Philipo V, Rey de ambas Españas, el día nuebe y diez de Abril de este año de 1701, siendo Alférez Mayor el Señor D. Bartolomé Antonio Joseph Ortíz de Casqueta, Cavallero del Orden de Santiago, Marqués de Altamira [13 hojas sin foliar y adornos tipográficos]. Texto publicado por José Toribio Medina en Adiciones a la Imprenta de la Puebla de los Ángeles, 1640-1821, Santiago de Chile, 1908, t. III, pp. 91-97 [Reprint series of J. T. Medina’s bibliographical works, Amsterdam, 1965].

 

- Biblioteca Palafoxiana (Puebla de los Ángeles): José Francisco de Isla, Buelos de la Imperial Águila Tetzcucana, a las radiantes Luces de el Luminar mayor, de dos Espheras, Nuestro Ínclito Monarca, el Catholico Rey N. Sr. D. Phelippe Quinto (que Dios guarde), cuia siempre Augusta Real Magestad aclamó jubilosa la Americana Ciudad de Tetzcuco el día 26 de Junio de este año de 1701, siendo Alférez Real en ella el Capp. Don Andrés de Bengoechea y Anduaga, Alcalde, que fue, de la Santa Hermandad, por los Hijosdalgo de la villa de Oñate, su Patria, en la Noble Provincia de Guipuscua, en la Cantabria. Descrivelos [con una pluma de sobredicha Águila, de su Patrio nido] ___, impreso en México con licencia por los Herederos de la Viuda de Bernardo Calderón. Año de 1701 [51 páginas, escudo de armas de la ciudad, versos, sonetos y laberintos acrósticos en el cuerpo del texto].

 

- Biblioteca Medina, 4197: Miguel de Amesqua, Ramillete compuesto de las más hermosas fragantes flores, que en varias y diversas estaciones de tiempos llevó la antiguedad en sus más floridos Héroes, y en nuestro tiempo en el Parayso de España, y en los huertos de las Indias se juntaron en las rosas de Castilla y flores de lis, que forman la amenísima persona y floridísima Magestad del suavisimo Señor Rey de Europa y Emperador de la América D. Philipo Quinto (que Dios guarde) a quien con Real aparato y sumptuosa pompa el lunes 25 de Julio de este año de 1701, aclamó por Rey en nombre de todo este Reyno, Don Juan Baptista Panduro nuevamente electo por Alférez Real con asistencia de la Real Audiencia y cabildos ecclesiastico y secular y autorizado del muy ilustre Sr. Dor. D. Alonso de Cevallos y Villagutierre del Orden de Alcántara, del Consejo de S. M., Fiscal que fue del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisisción de Nueva España, Gobernador actual de este Reyno de la Nueva Galicia y Presidente de la Real Audiencia que en él reside. Sacada a la luz por el Capitán D. ____, Thesorero de la Santa Cruzada, quien por sí y en nombre de esta ciudad de Guadalaxara la dedica y consagra como a su dueño y Señor A la Sacra y Real Magestad del Rey nuestro Señor. Con licencia en México, impreso por los Herederos de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, en la puente de Palacio. Año de 1701 [5 páginas con la dedicatoria encabezada por el escudo de armas reales entre viñetas perpendiculares más 43 hojas de texto con algunas poesías intercaladas].

 

- Biblioteca Nacional de Lima: Pedro José Bermúdez, Relación de la Cavalgata Real y Solemne Aclamación, que el día 8 de Enero de este año de 1702 hizo la muy Noble y Leal Ciudad del Cuzco, celebrando la Jura del Catholico Rey D. Felipe V, de este nombre, Nuestro Señor, Monarca de las Españas y Emperador de las Indias. Por D. D. P. I. B. Con licencia del Real Gobierno. En Lima por Joseph de Contreras, impresor real. Año de 1702 [29 hojas sin versos ni orlas].

 

 

 

                                                                          II

 

                                                    Ciudad de los Reyes de Lima

 

 

            "El general alborozo y aceptación común, con que esta nobilísima Corte de Lima ha celebrado, (como felicidad la más deseada de estos Reinos) la dichosa nueva de haber sucedido como legítimo Dueño, en los dilatados dominios de la Monarquía Española Nuestro Católico Rey y Señor D. Felipo Quinto (que Dios prospere) se declaró en las demostraciones más finas de su lealtad y amor, previniendo costosísimas galas para hacer más esclarecido el día feliz, en se había de celebrar el público solemne acto de su Real aclamación. Y hallándose el Excelentísimo Señor Virrey con noticia anticipada de haber llegado a Panamá (en aviso de España, que llegó a Portobelo a 14 de Junio de este Año) Cédula de 27 de Noviembre del Año pasado de 1700, en que se mandaba a aquella Real Audiencia que se alzasen Pendones por el Rey D. Felipo V, Nuestro Señor; y que esta Real aclamación se había ejecutado en la Corte de Madrid el día 24 del mismo mes de Noviembre; determinó su Exc. con consulta general de los Tribunales, que el día Miércoles cinco de Octubre se celebrase en esta Ciudad el solemne acto de la Real Aclamación, para cuyo efecto ordenó al Alférez Real de esta Ciudad, D. Pedro Lascano Centeno, avisase, (como lo hizo el día 20 de Setiembre) a todos los Títulos y Caballeros de esta Corte, para que correspondiendo al especial reconocimiento de su fe, llenasen todo el garbo de su nobleza en el desempeño de su obligación. No se esperó llegase a Lima el Aviso de España con el Real Orden para las solemnidades de la Aclamación Real, que en puntos de fineza y buena ley, tiene más de obsequio el culto que se anticipa [...] Buscáronse para la cabalgata y paseo generosos caballos, de airoso movimiento, de los muchos que engendra Chile y remite a Lima, sin tener que envidiar a los del Betis; a quinientos y más ducados se compraron algunos [...] previniéronse ricos jaeces, curiosos encintados de hermosa lacería y variedad de colores, estribos de plata y oro; para el crecido número de Lacayos [...] libreas de preciosas telas, terciopelos escarlatas con franjas de oro y plata o de encajes nevados, tan costosas como se debe discurrir de este Reino, donde los géneros se venden a precios tan subidos que lo que en Europa valiera dos ducados aquí se vende por doce y aun por diez y seis. Por cuya razón se deja creer que en otras partes pudieron en semejante función salir los caballeros más ricos; pero no más costosos que en Lima. [...]

            Cada cual estudiaba el modo de salir más lucido y de ocultar su gala, porque otro no se la compitiese. Fue ardiendo en todos la emulación noble. [...] En el ínterin que toda la Ciudad trabajaba en los esmeros de su mayor adorno, se iban levantando en la Plaza Mayor, Plazuela de la Merced, Plaza de la Señora Santa Ana y Plazuela de la Inquisición, cuatro tablados de firme de ocho varas de largo, seis de ancho y tres y medio de alto, en que se había de celebrar la función, con sus escalas tendidas y dilatadas pera subir sin embarazo, guarnecidas a los lados con sus barandas de balaustres y alfombrado el alto con ricos tapetes  [...] .

            Desde el mediodía de cuatro de Octubre comenzaron los alegres repiques de todas las Iglesias [...] ; la noche se transformó en claro día, con los muchos artificiales fuegos que de varia invención se quemaron en la Plaza Mayor, así esta noche como las dos siguientes, coronados los balcones y galerías de Palacio,  casa Arzobispal, corredores de Cabildo y demás ámbito de la Plaza de hachas de blanca cera, las Torres de la Catedral y demás Iglesias de lucidas luminarias; y toda la ciudad parecía una hoguera sin humo y una imagen de Troya, que se abrazaba en llamas hermosas [...].

            El día quinto, se consagró la mañana en pública solemne acción de gracias a Dios Nuestro Señor, asistiendo su Exc. con los Señores de la Real Audiencia, Tribunal Mayor de Cuentas, el Cabildo y Ayuntamiento de la Ciudad con otros muchos caballeros en la Iglesia Catedral, donde el Exmo. e Ilmo. Sr. Arzobispo [...] salió acompañado de su ilustrísimo cabildo a recibir con los plácemes a su Exc. y a darle el agua bendita en la puerta de la Iglesia, donde al entrar todos juntos, entonó la música con la armonía de varios instrumentos y a dos órganos el Te Deum laudamus, en reconocimiento agradecido  a la Majestad Divina, por el gran beneficio que ha concedido a los Reinos de la Monarquía en darnos un Rey Católico [...]. Había ordenado su Exc. que en la Catedral se dispusiese otro Altar, separado del mayor, donde se colocaron con la mayor decencia tres sagrados bultos, del Apóstol Santiago en medio, como patrón especial de nuestra España, San Hermenegildo martir a la mano derecha; y a la izquierda a San Fernando, como Reyes nuestros, para que como patrones se interpusiesen con Dios por la prosperidad de la salud y felicidad continua de los aciertos de Nuestro Católico Rey y Señor D. Felipe V. A cuyo glorioso fin se dedicó la Misa solemne que cantó el Señor Deán [...]. Concluida tan sagrada y debida función, volvieron los Tribunales con su Exc. a Palacio.

            Ya las calles por donde había de pasar el acompañamiento habían amanecido aseadas y limpias y adornadas de vistosas colgaduras y tapetes de seda de vario alegre matiz. Los balcones, galerías, ventanas y tejados se iban poblando de innumerable gentío, previniéndose todos de lugar, porque (según se había mandado) no había de haber carrozas ni calesas en las calles y plazas, por donde había de encaminarse la Real Pompa [...]. Veinte y cuatro cuadras había de discurrir el paseo, y en todas pareció multiplicada la ciudad, pues fue igual en todas el concurso y apremio de la gente, que atraida de la curiosidad acudió de las comarcas vecinas y de pueblos más distantes. A las dos de la tarde comenzaron a entrar en Palacio las Señoras a hacer cortejo y asistencia a la Exma. Sra. Virreina, que las había convidado a su galería, que señorea la Plaza Mayor, para vitorear a Nuestro Rey [...].

            Comenzó a entrar en la Plaza Mayor una de las Compañías del número del Batallón de esta Ciudad [...] con más de cien infantes, armados con mosquetes y arcabuces [...]. Seguíale segunda Compañía del Comercio de esta ciudad, también con más de cien infantes, a quienes su ministerio les facilitó el caudal y la elección de la gala para su lucimiento [...]. Marcharon las dos Compañías dando vuelta a los cuatro ángulos o costados de la plaza, haciendo alegres repetidas salvas a galerías y balcones. Seguían después más de veinte trompetas o clarines, de los Capitanes del número de esta Ciudad y sus contornos, del Comisario General y del Teniente General de la Caballería y del General de Mar y Tierra, el señor don Antonio José Portocarrero, primogénito de su Exc. [aquí sigue un listado de todos los militares con graduación con plaza en Lima]. Este cuerpo de caballeria fue el alma de la hermosura, bizarría y gala que ostentaron los militares [...] No salieron más militares por no embarazar el número de los Cortesanos. Seguíalos la compañía de caballos de la guardia de su Exc., con cien hombres vestidos de gala. [...]

            A este tiempo, plantados ya los militares, pasó de las casas de Cabildo, la Ciudad en forma con sus nobles Capitulares puestos a caballo con las galas y riquezas, que en general se han dicho, llevando en medio los dos Alcaldes Ordinarios al Alférez Real, don Pedro Lascano Centeno, con el Real Pendón, que de nuevo se hizo (como en iguales ocasiones se acostumbra) de tela rica encarnada con flores de oro, a dos haces, cordones y flocadura correspondiente y bordados de realce dos escudos de las armas de la Ciudad,  y había estado con la mayor autoridad y decencia en la Sala Capitular y se encaminaron al Palacio [...] .  Precedían veinticuatro instrumentos de atavales, chirimías y trompetas, vestidos de raso a flores de oro con varias listas de hermosos matices, forrados los sombreros de la misma tela [...]. Seguían los diferentes Ministros y Oficiales del Ayuntamiento. [...] A quien seguía la nobleza ilustre de los caballeros de esta Ciudad, procediendo de dos en dos, vestidos de rasos de Florencia a flores, cabos de color en traje de corte. [...]

            Tanta gala a un tiempo, tanta riqueza junta fue mucho golpe de luz, que deslumbraba la vista más perspicaz. A este cuerpo de la Nobleza seguía en forma el Cabildo justicia mayor y Regimiento de esta Ciudad de los Reyes, a que precedían dos clarines de su Exc. vestidos de fina grana con guarniciones y alamares de oro. Iba inmediato el teniente de Alguacil Mayor, a quien seguían los dos maceros con ropones y gorras de damasco carmesí y sobre raso azul celeste bordados los escudos de armas de la Ciudad, que traían a los pechos y espaldas, con las dos mazas de plata en las manos; iba después el teniente de Escribano de Cabildo y le sucedían los Capitulares por este orden [...] . Señores de la Real Audiencia [...] . Aquí seguían los cuatro Reyes de Armas, de negro con cabos de oro y plata, con las cotas o gramallas de damasco carmesí con las armas reales de Castilla y León y las columnas del Plus Ultra, que las trarían en los pechos, espaldas y a los lados. Iban los cuatro en fila.

            Coronaba tan regio, noble, militar, cortesano acompañamiento el Exmo. Sr. D. Melchor Portocarrero Lasso de la Vega, conde de la Monclova, virrey del Perú, inspirando fervor de lealtad amante a toda la Ciudad, y vertiendo por los ojos el alborozo del corazón, ostentando en las galantes divisas de venera y joya al pecho, guarnición de espada, cintillo y hebillas, la más brillante copia de finísimos diamantes y los esplendores de su fineza y amor, como en la exquisita gala del vestido y cabos y en los ricos jaeces del caballo, ser apasionado galán de la adoración de su Rey. Sacó 25 lacayos con libreas de escarlata guarnecidas con franjones de oro, y le iba guarneciendo la persona su guarda de alabarderos, vestidos de paño de Londres, color canela con franjas y botones de oro, que a uno y otro lado se tendían por todo el espacio que ocupaban los Regios Tribunales. Venía acompañado del Oidor de esta Real Audiencia, a su mano derecha y a la izquierda, del Alférez Real con el Real Pendón. [...] Seguía a su Exc. su nobilísima familia, correspondiendo en aseos, galas y joyas al lucimiento mayor. [...]. Cerraba el acompañamiento y cabalgata Real, la compañía de los Gentiles hombres Lanzas [...]. A lo último, el coche de la persona de su Exc. y los coches de cámara, con los cocheros y lacayos, que iban a los tirantes con la alegre rica librea de escarlata.

            Fue dando vuelta, esta hermosa pompa en contorno de la Plaza, así por ser el principal Teatro de la función, como por pasar por el balcón donde asistía la Exma. Sra. Virreina, con la señora doña Josefa Portocarrero, su hija, asistidas de todas las señoras de la Ciudad. Y lograr también el balcón donde asistió el Exmo. Sr. Arzobispo y merecer su santa bendición [...]. Se dirigió el acompañamiento a rodear el tablado (que estaba en frente de la galería de Palacio). A donde llegando el virrey y desmontando del caballo, subió el primero las escalas a dominar el Teatro, con el señor Oidor decano, el Alférez Real, que llevaba el Real Pendón, los dos Alcaldes ordinarios, el Alguacil mayor de la Ciudad, los cuatro Heraldos o Reyes de Amas, el Caballerizo de su Exc. para asistirle, el teniente de Escribano mayor, para dar fe y testimonio del solemne acto, quedándose a los dos lados de las gradas los dos maceros de la Ciudad. De los Reyes de Armas dos ocuparon el un lado, y dos el otro del tablado, donde el concurso tenía puestos los ojos y atenciones. Entonces, el Rey de Armas señalado, que estaba a mano derecha, dijo y repitió tres veces en alta y sonora voz: Silencio. Silencio. Silencio. Oid. Oid. Oid. Calló al punto la multitud, quedando el innumerable gentío de la plaza en una suspensión admirable. Y su Exc., quitándose el sombrero (a cuya demostración se destocaron todos) y poniendo la mano en el Real Pendón, que tenía el Alférez Real, dijo en altas, claras e inteligibles voces: Castilla y las Indias, Castilla y las Indias, Castilla y las Indias por el Rey Católico D. Felipo V de este nombre, Nuestro Señor, que Dios guarde. Levantando a un tiempo el Real Pendón con el Alférez Real. Aquí se desató el profundo silencio de antes en vítores y aclamaciones, repitiendo todos a una voz Viva, viva, viva desde la ínfima Plebe hasta lo regio de los Tribunales y dosel, donde estaba la Exma. Sra. Virreina, que se levantó en pie con las demás señoras, al tiempo de hacer la aclamación su Excelencia, sacando pañuelos y divisas, correspondiendo al señor Virrey, que con el pañuelo en la mano y el ardor de la voz, volviéndose a todas partes, encendía el alborozo de toda la Ciudad, para que vitoreasen el nombre augusto de su Rey [...]. Al mismo tiempo hicieron salva las Compañías de Infantería y batieron las banderas, sonó el alegrísimo repique de la Catedral, a quien siguieron todas las Iglesias y Capillas de Lima. El  Exmo. Sr. Arzobispo arrojó desde sus balcones al Pueblo muchas monedas de plata, galantería, que a su imitación hizo también el venerable Deán y Cabildo. Arrojábanse por el aire los sombreros y de los balcones flores y divisas. [...]

            Concluida tan festiva función en la Plaza, comenzaron a desfilar las Compañías de Infantería por la calle de los Mercaderes, con todo el acompañamiento, a la Plazuela de la Merced, donde se había erigido el segundo Tablado y se repitió aquí la Aclamación [...] . De este sitio salió por la calle que llaman de los Guitarreros [...] . Desde aquí se logró más bien la hermosa galante comitiva, porque tiró siete cuadras seguidas subiendo a la plazuela de la Sra. Santa Ana; y al pasar por la calle del Monasterio de la Concepción, de sus altas cercas, quisieron las Religiosas pagar la curiosidad de sus ojos con la liberalidad de sus manos, arrojando sobre el acompañamiento muchas flores, rosas, claveles, azahar, narcisos y jazmines, con gran suma de pastillas de boca y de sahumerio amasado con ámbar. Cortesía que se vio también en los más balcones de la Ciudad, que regaron de flores las calles. [...] La real aclamación se reiteró con el mismo aplauso y regocijadas demostraciones del innumerable gentío[...] . Ya el acompañamiento había llegado a la Plazuela de la Inquisición, donde el tabalado tenía la cara a las casas de los señores Inquisidores, que desde su balcón asistieron en forma de Tribunal [...] . Aquí cuarta vez se repitió con las mismas ceremonias la real proclamación, encendiéndose el pueblo en leales afectos y aplausos reconocidos a su Rey. Los señores del Santo Tribunal contribuyeron al general regocijo arrojando cantidades de plata al crecido concurso. [...]

            Fueron entrando los caballeros, militares, cortesanos y tribunales con su Exc. a Palacio, donde estaba en el primer patio tendida la Compañía de Infantería del presidio de El Callao con ochenta soldados vestidos de gala. [...]  De Palacio volvió a salir el Cabildo y Regimieto con el Alférez Real, que llevaba el Pendón Real para colocarle en la galería de la Sala de Cabildo debajo de un riquísimo dosel de terciopelo carmesí, con las armas reales de Castilla y León, bordadas de oro de realce y puestas a los dos lados las dos mazas de plata sobre almohadas carmesíes.

            Subió luego su Exc. a la galería de la Plaza, en que había asistido a la función su excelentísima consorte, donde al verle le vitoreó el pueblo [...] . Creció más el aplauso cuando vieron que su Exc. comenzó a arrojar fuentes de patacones al crecido concurso y fue tanta la confusión y aprieto (mientras duró tiempo de un cuarto de hora) el esparcir las monedas que se ahogaba la gente. Para este día había mandado su Exc. acuñar nueva moneda corriente de plata con el augusto nombre de N. Rey y Señor Felipo V y la repartió a las principales personas, de suerte que desde este día se ve en los patacones del Perú esta inscripción Philippus V Dei gratia Hispaniarum et Indiarum rex. Anno 1701. A muchos señores togados, contadores y caballeros, que se quedaron en Palacio aquella noche a hacer cortejo y estado a su Exc. y repetirle los plácemes merecidos, los convidó a los fuegos de ingeniosa inventiva, que se quemaron en la Plaza y después los agasajó a todos con fuentes de dulces, bebidas heladas y chocolates, cumplimiento que también hizo la señora virreina con las señoras que la habían asistido. Dijo que todos conservasen la gala de sus vestidos los ocho días que había de estar en público en la galería de Cabildo el Real Pendón, donde se estuvieron tocando instrumentos músicos y de noche alumbrándole muchas hachas de blanca cera. [...]

            Había su Exc. hecho sacar un bellísimo retrato del rey N. Señor de varias estampas y lienzos que pudo la actividad de su celo recojer y en su mismo gabinete por asistir personalmente al pintor en la dirección de las líneas, le hizo copiar muy al vivo y ha salido muy agraciado y hermoso. Y el mismo día de su aclamación lo colocó debajo de dosel en el salón en que da audiencia, para que todos desde luego conociesen y adorasen a su rey  [...]  ".

 

 

                                                                         III

 

                                                                     Texcoco

 

GLOSA ALUSIVA A EL ASUNTO, que discurre la Flor de Lis, Estrella del Signo de Aries y León, en que con benigno influjo entra Sol el Rey Nuestro Señor, que ilustra Esferas dos Mundos.

 

                                               1. Es la Flor de Liz Estrella

                                               2. Del Signo de Aries y León

                                               3. A la luz de dos Esferas

                                               4. Es Phelippe Quinto, Sol.

 

 

                        Del franco Celeste Polo,                      En el Castellano Cielo

                        al Hispano Firmamento                       se mira el León coronado

                        pasa con Real lucimiento                     y está el Aries abrazado

                        Philippo, mejor Apolo                         acá en el Indiano suelo.

                        en su Zenit por Sol, sólo                      Mas con ardiente desvelo

                        brillantes rayos destrella,                    sus influencias, las ligeras

                        es en su alborada bella,                       del Sol atrazan carreras

                        florida Aurora temprana                     abraza uno y otro mundo,

                        su luz y de la mañana                          porque basta sin segundo

                        1. Es la Flor de Lis Estrella.               3. A la luz de dos Esferas.

                        Difundiendo resplandores,                  Brillando Rey en Oriente

                        Signos los Reinos visita,                     esparce lucidos rayos,

                        que benigno solicita                            y sus vuelos sin desmayos

                        darles influjos mayores.                      alza el Ave de Occidente.

                        Mira insignias superiores                   Mas es Águila valiente,

                        de España, en Regio blasón                que echa amante Girasol

                        un León Castilla y Toisón                  sigue su Febeo arrebol,

                        que es Aries Cordero tierno                y de hito en hito le mira,

                        y Titán rige el gobierno,                     que por las luces que gira,

                        2. Del Signo de Aries y León.            4. Es Phelippo Quinto, Sol.

 

 

                                       Del teatro que puso en su casa el Alférez Real

 

 

            [...] De su morada en la calle, el sitio anchuroso tuvo, de una plazuela, [...] para que en ella cupiese un teatro arrimado al muro de la casa [...] a doce varas de espacio y nueve en alto redujo el arte, todo el primor que en la Aritmética cupo. Cinco arcos en proporción formaban los medios puntos que en cinco basas, columnas cinco, le servían [...]. Vistosa tapicería de Nápoles, en dibujos de Ofir y Ceilán mintieron de Flora imperio caduco. Porque formando pensiles, la copia de Amaltea trajo los Abriles y los Mayos sin competencia por suyos. Y porque no les faltasen de cristal los acueductos, ministró en nevados lazos la sayasa y a los surcos. Los márgenes guarneciendo formaba arroyos cerúleos, ya en plumajes desatada y ya aprisionada en nudos. Corredores, pasamanos, pilares, arcos y el rumbo del pavimento, regó de nieve en escarceos puros. Sirviéndole de azucenas, ostentó clavel purpúreo, tirio flamante dosel majestuoso, que allí estuvo. A éste el carmesí damasco le dio en flecos de oro anuncios radiantes que iluminó Sol Philippo en su trasunto. Con un cordero en el pecho, coronado un León sañudo servía a sus reales plantas, de trono este Nuevo Mundo. De Zeusis mejor copiado así, le veneró el vulgo pasando a el original, desde el retrato el discurso. Un bufete y un cojín con igual telliz, compuso el pedestal para el Real Pendón, signo de su triunfo. Sobre turquesas alfombras, sillerías y cojines hubo en fondo amarillo, flores de azul, encarnado y fusco. En dos candiles de plata pendían antorchas, presumo serían llamas de una fe, que ardía leal, sin consumo [...].

 

 

 

                                                 Adorno de las calles y Plaza Real

 

 

            Sonó campana tocada en vísperas, a que acuda el concurso a la aclamada fiesta, que por campanuda daba grande campanada. Regocijos generales, dando muestras de su ley prevenían fiestas tales que por ser de nuestro Rey, eran todas fiestas Reales. Poniendo medios sin tasa para este fin prevenida los Reales aplausos traza cada casa, que atendida es muy liberal, no escasa. [...] faroles a todas luces muchas velas navegaban [...] las luminarias por puertas. No quedó en tanto sosiego, la noche allá en su retrete retirada, porque luego la seguía, como un cohete, el alquitrán hecho un fuego. Y así con violencias raras de su ardimiento despojos, los aires miden, cual jaras, las bombardas a manojos y con los cohetes a varas. El Castillo prevenillo el Real Alférez, cuidado sería, que para batillo, como fuerte se había armado [...] A las claras alboradas de Febo nada se esconde, y a su luz, las desveladas guardas, sin mirar de donde vieron las casas colgadas. En cinco cuadras se espacia entre todas sin igual [...] la calle Real [...] De colgaduras estanco parecía en su ejercicio y al cuidado manifranco ni el más pequeño edificio esta vez se quedó en blanco. Con acertados primores, la curiosidad más rara admiraba en las labores, que aun a la tela más cara le hicieron salir colores. Banderas bien igualadas, por azoteas asomaron, que en el viento enarboladas gala a N. Rey cantaron a banderas desplegadas. Volando al aire bellezas de gallardetes al Alba, demostraron con finezas, que querían hacer la salva de tafetanes con piezas. Con amorosos anhelos los doseles igualaban, tapices, cortinas, velos, sobrecamas, que colgaban con primor [...].

            A la plaza hemos llegado y encontrado hemos venido que con primor en el lado izquierdo, bien prevenido el Sitial han entablado. De tapicería no falto, todo el centro se cubría y si al Pavimento exalto la vista, tapiz sería, que no se pasó por alto. Rojo y amarillo aunado, color que lo matizó dejó Sitial separado, el damasco lo vistió y se puso colorado. En triángulo sin igual, pórticos tres descubrió trono, al Parlamento Real, que por tal se recibió y se declaró por tal. Con armonía vistosa de ramilletes y flores hacían una selva hermosa, vestidos los corredores donde cada flor se roza. Aquí sillas, que propicia seda en flores han bordado, dan señas en que se indicia que este primor en estrado se ha sacado, por justicia. Pasando muy corto espacio con las puertas al Oriente en esmeros no reacio se ve un pórtico eminente colgado como un palacio. Aquí el cuidado se estanca atendiendo un corredor, que forma una sotabanca a N. Rey y Señor, que hacia la puerta franca. En retrato la Real Casa, que puso sitial de flores naturales, dando traza para entreteger labores, sacó su imagen a Plaza. Aquí en el lienzo sucinto verás, si a su nombre acudes leyendo FELIPE QUINTO de sus heroicas virtudes el Retrato que te pinto.

 

                     Laberinto acróstico, alusivo a las Virtudes de N. Soberano Monarca

 

                                   Firme               Fiel                  Felize           Firmamento

                                   Emperador        Eroyco              Es                Entendido

                                   Luz                  Liberal              Latino          Luzimiento

                                   Inclito              Inestimable        Igual            Instruido

                                   Piadoso            Padre                 Pasmo          Poderoso

                                   En                    Eloquente         Egregio         Engrandecido

 

                                   Quinto            Querido            Querdo          Quantioso

                                   Varon              Venigno            Visto             Venerado

                                   Invicto             Ilustre              Insigne           Ingenioso

                                   Noble               Nivel               Nunca            Notado

                                   Todo               Tierno              Tutor             Terrortemido

                                   Oportuno         Orizonte            Oy                Observado

 

 

                                                    De la Compañía del Batallón

 

 

            [...] Domingo de Perea iguala la jineta al parecer, que en su mano la bengala. Color de perla no acaso nevada moda la fragua, de oro y verde chupa, [...] Saltando al aire ligeros penachos en la celada de un nácar aprisionada eran de cristal plumeros, así pimpollo galante, eran de la Compañía, que como airoso la guía, echaba paso adelante. Las esferas penetraba la militar armonía, cuanto el pífano tañía, a la caja le tocaba. Causando su gala asombro, garboso venía don Juan de Morales, capitán, que metió a la pica el hombro. De paño color de cielo y de plata guarnecido, ricamente en el vestido mostró amoroso su celo. Noble a su pecho decoro dio encarnada con recato una chupa de brocato guarnecida como un oro. El sombrero su agudeza con plumas y picos tres, enjoyado a lo francés, puso sobre su cabeza.

            Cabeados de encarnado, igualmente guarnecidos cuatro pajes van vestidos de paño fino azulado [...] ostentando en las acciones, dos milicianos Dragones, llevaba en su compañía [...] El uno y el otro en todo para lucir se acomoda, con francés sombrero y moda [...] De la vanguardia que ostenta en las galas primaveras, igualando las hileras iban infantes cincuenta [...] Aquí el Alférez [...] sobre chupa a que no escondo en encarnado desvelo de la plata, terciopelo raso, descubría su fondo. En el sombrero le daban a la española, donaire cándidas plumas, que al aire de su bizarría volaban. Abanderado y tambor y dos pajes guarnecidos de verde y blanco vestidos les dio campo a su color. Guarnecida la Bandera, los cabos a la española [...] a encarnadas chupas clavos pasados de joya dieron. En la retroguardia aunados, diestros infantes ligeros, aunque en todo tan enteros pasaban lista Soldados [...] que de solo un parto a la luz sacó cien infantes [...] Tantas salvas, acertados hacen en Reales recuerdos, que aun los hombres más cuerdos parecían atronados. En la Plaza Real en frente del regio dosel paro y la vanguardia partió el sargento diligente. Sacó el Alférez preciso, y fue doblando la gente, que en escuadrón de gran frente un cuadro de terreno hizo. Así cuidadoso vela esperando la ocasión de la Regia aclamación, y se queda en centinela.

 

 

                                                       Del Carro de los Salvajes

 

 

            Vaya en esdrújulos porque de preámbulo sirvió este célebre trono enigmático. Yacen los débiles del monte Paramos en llano término, alto un cerro áspero. A este por último Texcotzinco animos, dieron idólatras, nombre en sus cánticos. Encima una Águila al Sol contándolos le bebía trémulos rayos en cálculos. Aquí sin réplica sus deseos Tántalos dándole víctimas, tenían oráculos. Mas hoy, católicos, aquel escándalo quitando rígidos le mueven rápido. De ramos de árboles, que no fantástico, le hicieron físico, cubierto de álamos. Una cruz ínclita fue coronándolo de la Fe epílogo, a la Águila tartago. En huecos lóbregos traía animándolos, los siervos tímidos, con su mismo hábito. También recíprocos los leones cálidos y otro sin número de Lobos plácidos. Tenía esta máquina pintados pájaros y otras volátiles aves, cercándolo. Dentro dos jóvenes mostró a lo mágico, que si no Céfalos, servían de sátiros. Con vuelo súbito de fuertes cáñamos, con grave júbilo venían tirándolo. Treinta sin máscara Indios que pálidos de Heno vestiánse salvajes bárbaros. Desnudos veíanlos, mas sin obstáculo, los cuerpos míseros, los pechos cándidos. Aqueste prólogo, echando bártulos fueron leyéndolo párrafo a párrafo.

 

 

                                                    Danzas y Bailes de los Indios

 

 

            Rayados Chichimecos van en suma, con carcaj, arco y flecha por delante, siguénlos con copil, máscara y pluma, manta y monarca, Tocotin galante. Va con su antiguo imperio Moctezuma, de rosas coronándose contraste y al gentilicio modo, en invenciones corpulentos, bailando Gigantones. Va el Netzahualcoyotzin Tetzcucano, con otros siete reyes, que brioso rindió por armas a su imperio indiano, hoy sujeto a Philippo más glorioso; cada cual su macana lleva en mano, del ronco Teponastle al son gozoso, Ayacatztle y Sonaja sus mudanzas vistosas, siguen otras muchas danzas.

 

 

                                    Acompañamiento de la Ciudad por los Naturales

 

 

            Gobernador y alcaldes ordinarios componen la Ciudad, seis regidores, cuatro alcaldes al Pueblo necesarios, alguaciles (también cuatro) mayores, de Cabildo escribano, jueces varios de afuera seis, con seis gobernadores, de adonde salieron con adorno iguales en número, setenta Naturales.

            Con acorde compás en armonía de clarines, trompetas y timbales, con jubilosas muestras de alegría, las chirimías tocaban y atabales, guiando algunos la Indiana Compañía con pífanos, tambores y metales en humildes jumentos enramados y los dueños de rosas coronados. Con calzón ancho, tilma de labores blancas debajo, encima trajo puestas, don Sebastián Francisco, de colores ropas de raso limpio todas estas, mas don Juan de la Cruz con los primores de encarnado y azul galas compuestas con plumas de color en los sombreros los dos en dos tordillos bien ligeros. Sobre azul tafetán, de tela anteada la manta, don Francisco de Santiago lleva, la almilla azul tela pasada, musco y plata, el calzón en blanco lagoz. Don Francisco Sebastián, bordada tilma sacó de blanco y el refajo rozado con dos plumas de colores, en castaños, con sillas de labores. Vestido de costosa primavera hoy don Gregorio de San Pedro vino, tilma blanca y calzón, mas el de afuera guarneció filigrana en paño fino, jaez, almortiga, silla y anquera bordada a un rucio bruto le previno de seda blanca y negra y enfundadas milanesas pistolas dos cargadas. Don Andrés Nicolás Herrera, haciendo de brocado, vestido tan costoso, sobre blanco, azul y plata, atiendo que hizo peso a la gala lo juicioso, de la manta en el nudo va luciendo joya igual al cintillo de oro hermoso, silla jineta azul, jaez de colores en un bayo, que ostenta sus primores. Don Juan Francisco en tela de la China, verde y rojo el color, con milanesa guarnición de oro y plata peregrina, la indiana gala viste con limpieza, con encajes la manta blanca fina trae debajo, va en la ligereza de un caballo retinto, que leonada carga la silla de correa bordada. Don Nicolás Flores de Miranda viene y su hijo don Andrés, que un tiempo fueron jueces gobernadores y conviene que ocupen el lugar que antes tuvieron a la española usanza, les previene la gala el paño fino, que vistieron en zahonado y castaño, que ensillados con aderezos van los dos bordados. Don Antonio Muñoz de Cambrai llava manta y calzón, encima de colores la primavera rica viste nueva y el armador de tela azul en flores de Inglaterra en paño le releva, calzón la filigrana con primores en tordillo de brazos enjaezado, silla borada y lo demás dorado. Con silla de colores, le hace gala a un oscuro, en la frente un plumaje color nácar, azul y anteado iguala, sobrepuestos de rico blanco encaje: cacique noble don Gabriel de Ayala, tilma, armador, calzón viste ropaje, gobernador actual es (descendiente de reyes), un pendón lleva eminente.

 

 

                                 Acompañamiento del Estandarte Real por los Vecinos

 

 

            Ya sonoro metal rompe los vientos, de clarineros dos a la destreza, verdes y blancos fondos, sus alientos visten de paño verde en la fineza, en dos nevados brutos van [...]. De los vecinos leales, que llamados fueron, los dieciseis son elegidos, todos de negro salen imitados cortesanos primores en vestidos [..., todos jinetes en enjaezados corceles, se describen pormenorizadamente las galas de cada uno y de sus pajes].

            Almotacenes dos con ejercicio de reyes de armas salen sin iguales de carmesí vestidos y el oficio ostentan en gravadas tarjas reales; de la imperial ciudad ser el indicio dan en mazas coronas imperiales, vienen en dos castaños aliñados con ricos aderezos encarnados [...].

            El Pegaso corrido [...] aquel, en que el Real Alférez viene. ¡Con qué brio!, ¡qué gala!, ¡qué donaire! huella ligero no la tierra, el aire. A la brida ensillado de verde tela está clavo pasado de oro a flores lucida, y de los mismos flecos guarnecida, a que le dio el cuidado, freno, estribera, hebillas de oro ahumado y el jaez sobre espumilla, pajizas verdes flores de bandilla y en la frente a los vientos arboladas un penacho de plumas encarnadas [...]. De teleton vestido por de color de Príncipe escogido, costosamente brilla a la española gala de golilla que sobrepone hermosa realzada de Milán franja curiosa a que dio peregrina la hechura de fino oro y plata fina, que igualmente a labores le reparte en guarniciones diestramente el arte. De tela milanesa que sobre blanco realza con belleza al armador ha dado el ojal y botón apresillado con su sevillaneta que al oro bello todo se sujeta mostrando en el esmero, que le sobra aun en materia tal, primor a la obra. Al desgaire la capa al brazo asida, casi nada tapa, y en nevado decoro los cabos le releva plata y oro, es la joya una rosa y de diamantes flor de lis costosa, que sobre noble pecho pone ufano el signo de Philippo soberano. El cintillo no escaso de esmeraldas, ajusta con un lazo que da al sombrero francos vuelos al aire con penachos blancos, las limpias acertadas botas de rodillera trae calzadas las vueltas y follajes de cambrai y a pitiflor encajes, doradas las espuelas son de el nevado mar no remos, velas, y un espadín aseado sobre plata también lleva dorado con armas de Castilla y de León muestra cogido el Real Pendón en mano diestra. De encarnado vestidos con las franjas de plata guarnecidos por pajes, seis esclavos le sirven con azules, ricos cabos [...]

            En el sitial  propicia, aguardándole está la Real Justicia, que seria se previene en don Juan Méndez, que el gobierno tiene, de azul color vestido, y de luciente plata guarnecido el limpio pecho ocupa el carmesí brocado de la chupa; y a los pajes, libreas viste cabeadas sobre azul, de unas fajas encarnadas.

            Con acompañamiento de nobleza el Pendón recibe atento, estruendosa armonía, haciendo en salva real la Compañía, y al teatro de las luces firmamento, sube el Alférez Real al parlamento.

            Por el León y Cordero, Philippo heroico dio la voz primero, que en su nombre es enviado, Juan, alcalde mayor, y le ha tocado. Silencio repetido tres veces un rey de armas ha pedido y otras tantas Oid, clama en alta voz el otro; el Pueblo llama, cesó el murmureo, cuando el Alférez Real enarbolando el Real Pendón prolijo en repetidas voces dijo: Castilla, Nueva España, Castilla, Nueva España, Castilla, Nueva España: Tetzcuco, Tetzcuco, Tetzcuco, por el Rey N. Señor DON PHELIPE QUINTO. Aquí con voz reflexiva el concurso repite Viva, Viva, Viva, y en muestras generales de regocijo le hacen Salvas Reales, le abate la bandera, prevenido el Alférez, que le espera, claman en escuadrones, lenguas de fuego a bocas de cañones y el metal de las voces de las campanas, rompe aires veloces, y con el mismo intento el eco de la voz repite el viento el Alférez Real, fauces desata en monedas, que son lenguas de plata.

            La cárcel, que cerrada tenía dentro la voz aprisionada, arroja por la boca en nombre de Philippo, a quien invoca la gente, que aclamándole saliera libre y sin costas por la puerta fuera.

            El gobernador cuerdo por los indios le aclama con acuerdo y con sus principales caciques tira al aire en plata reales y viendo que tan breve sobre la tierra el aire plata llueve; con una nube fragua la aclamación, que tiene lengua el agua, y de cristal las gotas mueve balas con que festiva remojó las galas. Mas el gozo no aguado vuelve el apaluso ya sobre mojado, haciendo aclamaciones en el primer sitial y los pendones colocados se miran y por salva otra vez la plata tiran [...] marcha al templo soberano, a donde tiene aprisco el humanado serafín Francisco, que con angelicales voces Te Deum Laudamus, cantan leales y para santos fines. Misa de gracias diestros serafines, conque la fiesta, aquí la voz perdida, dando gracias a Dios deja concluida [...].

 

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IV

 

                                                          Puebla de los Ángeles

 

 

            "Quejosa y con razón quedara nuestra república si la región del olvido sepultara la Real acclamación que hizo el año de 1701 a la Cathólica y Cesarea Magestad de N. Señor Philipo V (que Dios guarde) pues haviendo recevido la Cédula de su Magestad de la Señora Reyna y Governadores, combocó el Sr. D. Juan Joseph de Veytia Linaje, Caballero del Orden de Santiago, Contador mayor del Tribunal y Real Audiencia de quentas de esta Nueva España a los Regidores desta Ciudad que juntos el día veinte y siete de Marzo en la capitular sala de la Real Cédula se le hizo notoria al Señor D. Bartholomé Antonio Joseph Ortíz de Casqueta, Cavallero del Orden de Santiago, Marqués de Altamira, Alférez mayor de esta Ciudad, a cuyo exercicio pertenece privativamente la función, [y] respondió estaba promta a hazer luego función tan grave sin admitir, como no admitió, la ayuda de costa que le ofrecía la Ciudad.

            Y designó Comissarios del mismo concurso de sus Capitulares. Fueron los primeros los dos Alcaldes Ordinarios, General D. García Fernández de Córdova Coronel y Benavides, Cavallero del Orden de Calatraba, el Dr. D. Diego de la Veguilla Chávez y Sandoval, Abogado de la Real Audiencia de México y dos Regidores, que lo fueron, D. Miguel Vázquez Mellado y D. Joseph de Urosa y Bárcena, a cuya diligencia se encomendó el combite de los Cavalleros no dexando la providencia desta Ciudad de nombrar otros dos Comissarios del cuerpo del mismo Cavildo, que lo fueron los Regidores D. Domingo de Ladeheza Verástegui y D. Antonio de Ribas y Servantes para que su cuydado desfogase el efecto que se precia tener a su Señor y Rey esta muy leal Ciudad en las imbenciones de fuegos.

            En consecución de lo dispuesto el día siete de Abril los dos Alcaldes Ordinarios, y los dos Regidores Diputados salieron por las calles acostumbradas, y al son de tímpanos, atambores, clarines y demás músicos instrumentos que se acostumbran en pregones Reales, notificaron en todas las esquinas el que el día nuebe y diez de Abril adornasen las calles con tapices y banderolas, y entrambas noches ocupassen las calles con luminarias y ensendiessen hachas en los balcones.

            Amaneció más temprano que nunca el día Sábado, porque aun antes que saliesse la Aurora ya havía dispertado a sus vezinos con la diversidad de acordes instrumentos que se oían con agradable concorde disonancia por todas las calles y azoteas. Entróse el Sol por la casa del Señor Marqués, que estuvo abierta desde antes del Alva, dando franca entrada todos estos tres días a diversidad de personas que venían a mirar y admirar lo bien compuesto de sus piezas. Túvose por milagro que el Sol no se parara a ver lo bien compuesto que estaba la casa por defuera con los gallardetes y banderolas, tapices y colgaduras, que llenaron sus azoteas, puertas y balcones; mas juzgó la discreción que el haver proseguido en su carrera la luz fue por entrarse en las salas del Señor Marqués pues siendo tantas las piezas que componen aquella gran casa, que es de las mayores que tiene esta Ciudad entre sus primorosos edificios, estaban todas ricamente aderesadas con tapices y colgaduras, sin que desde la escalera hasta la última sala diessen las telas ricas que encubrían las paredes lugar a otra cosa que a la admiración que ponderava las colgaduras, que alabava las finas alfombras que se estendieron por los corredores y por las salas y las piezas pendían llenas de cera de Venecia, tan costosa como inucitada. Mas donde se parara el Sol y se espantó la curiosidad fue en la principal sala, no por la espejería que como a todas las demás le adornaba, sino porque en ella estaba colocado el sitial de damasco carmesí con fluecos de oro fino levantado tres gradas en alto a quien le servía de alfombra una colgadura del riquíssimo brocato de oro y terciopelo, que fue presea estimada de nuestro Señor Philipo IIII (que Dios aya). En el medio del trono estaba una silla de tercipelo carmesí con clavos y remates de oro fino, superior a ésta el Retrato a el vivo de nuestro Philipo V (que Dios guarde) a su lado siniestro el Pendón Real con que esta muy noble Ciudad hizo las acclamaciones y juras del Señor Emperador Carlos V y demás Reyes succesores.

            Llegó el feliz día que debe señalar con piedra blanca la Puebla, en sus azoteas y balcones, ventanas y portales, tablados y lonjas, no se encontraba aun muy temprano lugar, aunque a fuerza de reales lo quisiesse contrastar el interés, pues aun el largo espacio de la plaza (que es ancha y hermosa), le ocupó de tal suerte la plebe que ni el rigor de los ministros pudo desalojarlos de sus puestos, en cuyo medio se levantó un tablado de cinco baras en alto, diez de longitud y de latitud ocho, con gradas hermosas y barandas todas de oro y azul retocadas, superior a este otro en segundo asenso de bara de alto y dos de ancho, en cuyo medio se obstentaba un sitial magestuoso carmesí con fluecos de oro fino en él colgada la efigie de nuestro Señor Philipo V debajo de cortina, cuyo pavimento desde lo inferior del tablado hasta el asiento del trono se advertía alfombrado con coladuras de seda quanto pudo buscar la curiosidad y exagerar la estimación. En el superior asiento a los lados del trono magestuoso se encontraban veinte y cuatro sillas de fondo carmesí y clavasón dorada. Y quando divertida la multitud en ponderar con sus confusos rumores tanta Magestad, magnificencia tanta, les llevaron los ojos y las atenciones las compañías de el vatallón que empezaron a entrar con tanta diversidad de galas, con tanta hermosura de plumas, con tanta variedad de colores, que tendidas en la plaza, juzgó el menos advertido que o havía ídose en espíritu a los Pensiles de Chipre, o se havían pasado a la plaza de la Puebla las hermosuras de los Eliseos campos, y con razón, porque en una multitud de más de seiscientos hombres que entraron de marcha, ni huvo gala que no fuesse rica, ni persona que no fuera bizarra. Alabando estaban lo galante de la soldadesca y lleno de las compañías, quando las chirimías y tambores, tímpanos y clarines, dulzaynas y otros instrumentos dieron a entender que ya salían de Palacio, para ir por el Real Pendón, los Cavalleros y la muy noble Ciudad, debajo de sus Maceros, que llegó en forma a la casa del Señor Marqués de Altamira, y entrando en la principal sala destocada toda, hizo profunda reverencia al Retrato de la Magestad Cathólica, de cuyo sitial cogió el Señor Marqués, Alférez mayor, el Pendón Real, que puso al lado derecho del Señor Alcalde mayor, montando a caballo empezaron a caminar para la plaza en esta forma:

            Ivan los ministriles y atambores vestidos con gualdrapas de el mismo género, flueco de oro y plata, seguíanse los Maceros con la misma gala, y Reyes de armas con vestiduras de terciopelo encarnado, sobrebordadas las armas de nuestro Cathólico Monarcha y las de esta Ciudad nobilíssima. Seguíanle las güellas sesenta y dos Cavalleros vestidos de negro con joyas al pecho, cadenas al cuello, cintillos y penachos en los sombreros, jaeses y aderezos de diversas telas y realzadas de sedas, todos con lacayos en copioso número cuya vizarría y gala no sólo competía, sino que excedía mucho a la de los Señores y Caballeros. En el lugar último, al lado dercho del Señor Alcalde Mayor, que iva vestido de terciopelo labrado con una venera de diamantes pendiente, cintillo y joya de la misma preciosidad en el sombrero.

            Ocupaba su diestro lado el Señor Marqués de Altamira, Alférez mayor, llevando en la mano el Pendón Real, vestido de tela encarnada color de fuego, lleno todo de encajes lenseados, capa de gorgorán forrada toda en la misma tela, mangas de la tela misma con los encajes llenas todas de diamantes hermosos, la bota de rodillera con cañones de los mismos encajes y espuela dorada. Y quando guzgaron que no havía más que ver, ni que esperar, dieron los ojos en un golpe de brillos que despedían ocho lazos de diamantes que el principal de ellos cogía todo el pecho corriendo con disminución su fábrica hasta llegar a la cintura, en donde quedaba pendiente la venera. A esta bizarría, a esta gala, a esta magestad, a esta pompa, assistían veinte lacayos vestidos de paños de Inglaterra verde de primera suerte con forro y franjas de terciopelo verde y amarillo con fluecos de seda de los mismos colores, chupas de tela encarnada, espadines dorados y penachos de pluma fina. De esta manera caminaba el Señor Marqués llevando por detrás un forlón, tiro largo de cuatro brutos. Era la fábrica del forlón vestida de tercipelo verde amarillo por dentro y por fuera, con fluecos de seda de los mismos colores, maderas, clavasón y herramientas doradas. Le acompañaba la estufa del Señor Alcalde mayor con cuatro vidrieras, forrada de terciopelo encarnado y blanco, con un valiente tiro que sólo competía consigo propio. Y si [a] sus huellas seguía tanta riqueza, sus personas se llevaban los ojos de los que más distantes les iban contemplando los movimientos; hasta que llegando el passeo al tablado, desmontaron todos los de brutos y subiendo a lo alto, el Regimiento ocupando las sillas que estaban en el segundo asenso colocando debajo del sitial el Señor Marqués el Real Pendón, sentado a la diestra del dicho Señor Alcalde mayor y sentada de la misma manera toda la Ciudad, mandó el Señor Marqués a los Reyes de Armas que assistían en las esquinas del inferior tablado dixesen al pueblo en voz alta: Oyd, Oyd, Oyd, Silencio, Silencio, Silencio y por tres vezes dicho, bajó al medio del tablado inferior e hizo la primera acclamación de modo que la percibió todo el pueblo exaltando el Pendón Real dixo en esta forma: Castilla y Nueva España, por el Rey nuestro D. Phelipe V de este nombre, que Dios guarde muchos años. A voces tan deseadas de los nobles y plebeyos, repondió el pueblo con rumor festivo: Viva, Viva, Viva, e hizo eco la infantería con carga cerrada abatiendo las banderas. A cuyo movimiento soltó la Catedral sus esquilas, dando un solemne repique que duró toda la tarde. Pasó al lado diestro del tablado el Señor Marqués, a donde hizo en la misma forma la acclamación, exaltando el Pendón Real. De allí fue al lado siniestro, donde hizo la tercera acclamación y exaltación del Pendón Real del mismo modo, correspondiéndole la vocería del pueblo y la infantería con sus armas. Subióse al trono, donde colocando el Pendón Real en signo de posesión debajo del sitial, cogió su aiento y entonces se empezó a demostrar más gallardo, pues quando el pueblo estaba acclamando a su Príncipe soberano, y ponderando la circunstancia de ser la primera jura que Señor de Título hazía en este Reyno. Entonces se levantó de una silla que ocupaba en el tablado bajo D. Joseph Nicolás Antonio de Cazqueta, primogénito y heredero de el Señor Marqués de Altamira, que en el passeo salió tan galán como bizarro, cortándole el vestido el terciopelo negro con encajes lenceados, mangas de tela azul con los mismos encajes, joya de esmeraldas en el pecho, cadena de oro al cuello, cintillo de esmeraldas y joya en el sombrero, cavallo obscuro, silla de tela azul con fluecos de plata, jaéz de ricas ligas de colores y encajes blancos. Acompañabánle seis lacayos vestidos de paño de Inglaterra verde de primera fuerte con forros y franjas de terciopelo verde y amarillo, fluecos de los mismos colores, chupas de tela encarnada, espadines dorados y penachos de pluma fina. A quien administrándole una fuente de plata curiosamente sincelada, en cuyo fondo estaban gravadas las armas del Señor Marqués con más de ocho marcos de plata de peso, un gentilhombre le ofreció en ella diversidad de monedas que importarían más de quinientos pesos, que tirándolas al pueblo causó el rumor de la muchedumbre que cuando estaba más ofuscada en coger la moneda, vido que no sólo a ella se estendía la magnificencia quando la daba, sino que tirando también la fuente, se echó el resto a la bizarría. Esto se miraba y se hazía en el un lado del tablado, quando en el otro (por orden de dicho Señor Marqués de Altamira) estaba en el exercicio propio D. Juan Gómez Vasconcelos y Luna, primogénito del Señor Marqués de Monserrate, que salió en dicho passeo vestido de rico terciopelo con guarnición de oro y plata, mangas de tela encarnada con su guarnición misma, joya de diamantes en el sombrero, cavallo tordillo, silla de tela encarnada con flecos de oro y plata, jaéz de listonería y franxas de oro que de la misma manera que el otro primogénito del Señor Marqués de Altamira ministrándole un gentil hombre la fuente, esparció al pueblo otra cantidad de quinientos pesos, mostrando también en tirar la fuente la liberalidad y Real ánimo del Señor Marqués de Altamira, a cuya acción alborotado el pueblo y alegre con el interés de las monedas y fuentes ricas, en confusos ecos daba unas vezes a nuestro Rey y Señor acclamaciones y otras a la magnificencia de el Señor Marqués los victores. Y no era menos digna de nota la buena disposición del Señor Marqués de Altamira en haver escogido los Primogénitos de dos casas tituladas para que esparciessen las monedas. Cesó el rumor, y no el júbilo, pues montando a caballo los galanes Cavalleros del Passeo: el Señor Alcalde mayor y el Señor Marqués de Altamira en la misma forma que havían entrado en la plaza, salieron por las calles acostumbradas, en cuyas esquinas todas repitió la lealtad del Señor Marqués la acclamación y exaltación del Pendón Real. Entraron de buelta en la plaza desmontando los salió a recibir con Cruz alta el Cavildo Ecclesiástico y Cleresía [y] entrando en la Iglesia entonó el Te deum laudamus la música. [Termina la Noticia con un Soneto]"

 

 

NOTAS

 



[1] Como es de bien nacidos ser agradecidos, he de comenzar mostrando mi deuda con el profesor Tomás Calvo, que tras un grato encuentro en tierras michoacanas tuvo la gentileza de poner en mis manos parte de los documentos que sustentan este trabajo. Mi gratitud por su generosa ayuda.

    [2] C. Martínez Barbeito, "Las Reales proclamaciones en La Coruña durante el siglo XVIII", Revista del Instituto José Cornide de Estudios Coruñeses, I nº 1 (1965), pp. 11-63;J. Villena, "La muerte de Felipe II y la proclamación de Felipe III: repercusiones en Málaga", Jábega, nº 50 (1985); J. Marina, "La proclamación de Carlos III en Granada", Chronica Nova nº 16 (1988), pp. 233-241; M.A. Pérez Samper, "Fiestas reales en la Cataluña de Carlos III", Pedralbes, VIII, 8/II (1988), pp. 561-576, "El rey y la Corte. Poder y ceremonia. Un ejemplo: el acceso al trono de Carlos III", Actas del Congreso Internacional sobre "Carlos III y la Ilustración". El Rey y la Monarquía, vol. I, Madrid, 1989, pp. 551-568 y "El poder del símbolo y el símbolo del poder. Fiestas reales en Madrid al advenimiento al trono de Carlos III", Coloquio Internacional Carlos III y su siglo, t. II, Madrid, 1990, pp. 377-393; M.P. Monteagudo Robledo, "Fiesta oficial e ideología del poder monárquico en la proclamación de Luis I en Valencia", en C. Cremades y L.C. Álvarez (ed.), Mentalidad e ideología en el Antiguo Régimen, Murcia, 1993, pp. 329-337 y "La fiesta y el control político en la proclamación de Carlos III en Valencia", VI encuentro de la Ilustración al Romanticismo. Juego, Fiesta y Transgresión 1750-1850, Cádiz, 1995, pp. 319-328; B. Lores, "Las fiestas de proclamación del rey Fernando VI en Peñíscola (1746)", IV Jornadas de Artes y Tradiciones Populares del Maestrazgo, 1994, pp. 23-43; J. A. Sánchez Belén, "Proclamación del monarca en la provincia de Álava durante el siglo XVII", Espacio, Tiempo y Forma, serie IV/10 (1997), pp. 173-200; y A. Bethencourt Masieu, "Fiestas reales en el Setecientos en Canarias. Identidades, evolución y peculiaridades", Espacio ..., pp. 263-293 (especialmente se refiere a la proclamación de Carlos III, que compara con los festejos realizados años antes en la isla por el nacimiento del Príncipe de Asturias don Luis).

    [3] Entre otros, A. Bonet Correa, "La fiesta barroca como práctica del poder", Diwan, nº 5-6 (1979), pp. 53-85 y Fiesta, poder y arquitectura. Aproximaciones al barroco español, Madrid, 1990; F. Coluccio, Fiestas y costumbres de Latinoamérica, Buenos Aires, 1985; L.C. Álvarez Santaló, "Mensaje festivo y estética desgarrada: la dura pedagogía de la celebración barroca", Espacio, Tiempo y Forma, IV/10 (1997), pp. 13-31 (centrado en el escenario religioso).

    [4] A. Bonet, "La última arquitectura efímera del Antiguo Régimen", en Los ornatos públicos de Madrid en la Coronación de Carlos IV, Barcelona 1983; C. Valbert, La iconografía simbólica en el arte barroco de Latinoamérica, La Paz, 1987; F. Moreno, Las celebraciones públicas cordobesas y sus decoraciones, Córdoba, 1988, pp. 21-25; Esther Galindo, "La real proclamación de Carlos III en Barcelona: aspectos plásticos, Pedralbes, 8/II (1988), pp. 577-585; A.J. Morales, "El Consulado de Cádiz y la proclamación de Carlos III", en El Arte en tiempos de Carlos III, 1989, pp. 161-167; M.D. Aguilar, "Málaga: imagen de de la ciudad en la proclamación de Carlos IV", en El arte en las cortes europeas del siglo XVIII, Madrid, 1989, pp. 12-22; V. Mínguez Cornelles, Art i arquitectura efímera en la València del segle XVIII, Valencia, 1990; V. Soto Caba, "Fiesta y ciudad en las noticias sobre la proclamación de Carlos IV", Espacio, Tiempo y Forma, VII/3 (1990), pp. 259-272, y El Barroco efímero, Madrid, 1993; M. Llorens y M.A. Catalá, "Un monumento efímero exponente del ideal de la monarquía del Despotismo Ilustrado: el de las fiestas de proclamación de Carlos III en Valencia", Traza y Baza, nº 8, pp. 28-35; R. Escalera, La imagen de la sociedad barroca andaluza. Estudio simbólico de las decoraciones efímeras en la fiesta altoandaluza. Siglos XVII y XVIII, Málaga, 1994, pp. 46-53; M.P. Monteagudo Robledo, El espectáculo del poder. Fiestas reales en la Valencia Moderna, Valencia, 1995, pp. 53-96; A. Martínez Medina, "La vivienda aristocrática, escenario de la fiesta. Festejos realizados por los Condes-Duques de Benavente con motivo de la exaltación al trono de Carlos IV, 19 de enero de 1789", VI encuentro de la Ilustración al Romanticismo. Juego, Fiesta y Transgresión 1750-1850, Cádiz, 1995, pp. 309-317; A. Gallardo Peña, "Fiestas de exaltación al trono y cuadros de Carlos IV en La Laguna", Anuario de Estudios Atlánticos, 41 (1995), pp. 271-285 y "Fiestas de exaltación al trono y cuadros de Carlos III en La Laguna", Revista de El Museo Canario, LI (1996), pp. 271-273.

    [5] J.A. Maravall, "La literatura de emblemas en el contexto de la sociedad barroca", en Teatro y literatura en la sociedad barroca, Madrid, 1972, pp. 149-188; A. Sánchez Pérez, La literatura emblemática española (siglos XVI y XVII), Madrid, 1977; S. Sebastián, "Origen y difusión de la emblemática en España e Hispanoamérica", Goya, nº 187-88 (1985), pp. 2-7; J.M. González de Zárate, Emblemas Regio-políticos de Juan de Solórzano, Madrid, 1987; P. Pedraza, "La muerte rococó. Arte efímero y emblemática en exequias reales en Nueva España", conferencia pronunciada en Sevilla el 6 de octubre de 1988 en el ámbito de la U.I.M.P.; P.F. Campa, Emblemata Hispanica. An Annotated Bibliography of Spanish Emblem Literature to the Year 1700, Durham-Londres, 1990; I.V. Pérez Guillén, "El Viejo y el Nuevo Mundo: derivaciones al dualismo moral en la emblemática hispana", Boletín del Museo e Instituto ’Camón Aznar’, nº XLVIII-IL (1992), pp. 229-285; J.M. Díez Borque, "Literatura y artes visuales. Verso e imagen" en el Catálogo de la exposición Verso e imagen. Del Barroco al Sigo de las Luces, Madrid, 1993, pp. 251-257; en el mismo catálogo, J.M. Matilla, "Propaganda y artificio. La poesía efímera al servicio de la Monarquía"; R. de la Flor Fernando, Emblemas: lectura de la imagen simbólica, Madrid, 1995; A. Lorente Medina, La prosa de Sigüenza y Góngora y la formación de la conciencia criolla mexicana, Madrid, 1996 (especialmente pp. 11-45); y V. Mínguez Cornelles, Emblemática y cultura simbólica en la Valencia barroca, Castellón, 1997.

    [6] T. Gisbert, "La fiesta y la alegoría en el Virreinato peruano", en A. Bonet Correa (ed.), El arte efímero en el mundo hispánico, México, 1983, pp. 147-181; J.M. Díez Borque (comp.), Teatro y fiesta en el Barroco. España e Iberoamérica, Barcelona, 1986; R. Ramos Sosa, Arte festivo en Lima virreinal, Sevilla, 1992; A. López Cantos, Juegos, fiestas y diversiones en la América Española, Madrid, 1992; P. Gonzalbo Aizpuru, "Las fiestas novohispanas: espectáculo y ejemplo", Mexican Studies, vol. 9, nº 1 (1993), pp. 19-45; I. Cruz de Amenábar, La fiesta: metamorfosis de lo cotidiano, Santiago de Chile, 1995; y R.M. Acosta de Arias Schreiber, Fiestas coloniales urbanas (Lima-Cuzco-Potosí), Lima, 1997.

    [7] Omito la extensa bibliografía referente a la metrópoli, bastante bien conocida y me limito a los trabajos que tienen por marco el ámbito virreinal: S. Sebastián, El programa simbólico del túmulo de Carlos V en México, México, 1977, "Los jeroglíficos del catafalco mexicano de Fernando VI", Arte funerario, vol. I, México, 1987, pp. 231-236 y "Arte funerario y astrología: la pira de Luis I", Ars Longa, nº 2 (1991), pp. 113-126; A. Allo Manero, "Iconografía funeraria de las Exequias de Felipe IV en España e Hispanoamérica", Cuadernos de Investigación. Historia (UR), vol. VII (1981), pp. 73-96, y "Aportación al estudio de las exequias reales en Hispanoamérica. La influencia sevillana en algunos túmulos limeños y mexicanos", Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte (UAM), vol. I (1989), pp. 121-137; H. Berlín y J. Luján Muñoz, Los túmulos funerarios en Guatemala, Guatemala, 1983; J.M. Morales Flojea, "Los túmulos funerarios de Carlos III y la imagen del rey en Hispanoamérica y Filipinas", Boletín de Arte (UM), nº 9 (1988); y "los programas iconográficos en el arte funerario mexicano", Cuadernos de Arte e Iconografía. Actas del I coloquio de Iconografía. II, nº 4, Madrid, 1989, pp. 43-53; V. Mínguez Cornelles, "La muerte del príncipe: reales exequias de los últimos Austrias en México", Cuadernos de arte colonial, nº 6 (1990), pp. 5-32; "El fénix y la perpetuación de la realeza: el catafalco de Carlos II en la catedral de Lima en 1701", Millars. Espai i Història, nº XIV (1991), pp. 139-152; M.J. Mejías Álvarez, "Muerte regia en cuatro ciudades peruanas del barroco", Anuario de Estudios Americanos, vol. XLIX (1992), pp. 189-205; y M. Chocano Mena, "Poder y trascendencia: la muerte del rey desde la perspectiva novohispana (ss. XVI-XVII)", Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, vol. 36 (1999), pp. 83-104.

    [8] Aparte de las directamente vinculadas a la exaltación de Felipe V, que tendrán un tratamiento sustantivo, son varios los autores que se han ocupado de las proclamaciones tanto de los Austrias como de los Borbones: R. Ramos Sosa, Arte festivo ... (la referencia a las juras de Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II, en pp. 73-88); J.M. Morales, Cultura simbólica y arte efímero en Nueva España, Sevilla, 1991, pp. 57-94 (Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, ya que, como se dirá más adelante, lo que toma por jura de Felipe V no es tal proclamación); G. Tovar de Teresa, "Arquitectura efímera y fiestas reales: la Jura de Carlos IV en la ciudad de México en 1789", Boletín del Museo e Instituto "Camón Aznar", nº XLVIII-IL (1992), pp. 353-377; V. Mínguez Cornelles, Los reyes distantes. Imágenes del poder en el México virreinal, Castellón, 1995 (su cita será recurrente a lo largo de este trabajo, ya que es uno de los pocos historiadores del arte que tratan en profundidad el tema de las aclamaciones reales en el ámbito novohispano), "El rey sanador: meteorología y medicina en los jeroglíficos de la jura de Fernando VI", en el Catálogo de la exposición Juegos de agudeza e ingenio: la pintura emblemática en la Nueva España, México, 1994, y "Reyes absolutos y ciudades leales. Las proclamaciones de Fernando VI en la Nueva España", Tiempos de América, nº 2 (1998), pp. 19-33. Pese a ser una obra de carácter general, son de gran interés las referencias de M. Chocano Mena, La América colonial (1492-1763). Cultura y vida cotidiana, Madrid, 2000 (especialmente pp. 141-145).

    [9] V. Mínguez Cornelles, Los reyes ..., p. 32.

    [10] No obstante, la consulta a la bibliografía muestra que las entradas virreinales tampoco han merecido mucha atención por parte de los estudiosos contemporáneos. Aparte de los literarios y conocidos opúsculos redactados (por encargo) por Carlos Sigüenza y Góngora, sor Juana Inés de la Cruz y un extenso ramillete de egregias plumas locales, son escasas las evocaciones a las entradas virreinales entre los estudios contemporáneos, cf. J.I. Rubio Mañé, El virreinato, México, 1983, t. I, cap. IX, pp. 115-197 ("Viaje de los Virreyes de Nueva España a su destino, llegada y recepción"); J.M. Morales Folguera, Cultura ..., pp. 97-153 (pese a su pretensión, no es un estudio exhaustivo); V. Mínguez Cornelles, Los reyes ..., pp. 31-45; A. Lorente Medina, La prosa ..., pp. 11-16; y M. Chocano Mena, La América ..., pp. 145-147.

    [11] M.A. Durán Montero, Lima en el siglo XVII, arquitectura, urbanismo y vida cotidiana, Sevilla, 1994 (la referencia en pp. 224-227).

    [12] Los fondos relativos a las juras conservados en este archivo obedecen a la práctica de las autoridades (virreyes, gobernadores, capitanes generales y regidores) de comunicar a la metrópoli que se había cumplido el trámite de proclamar solemnemente la aceptación del nuevo monarca, comenzando con fórmulas que reflejan de forma inequívoca el tenor del documento: "En cumplimiento de la real orden de Vuestra Majestad y la Junta, en que se sirve prevenirme la aceptación del Rey Nuestro Señor [...] expedí inmediatamente los despachos universal sucesor en estos dominios, levantando pendones y aclamando a Su Majestad, con cuya noticia todos sus vasallos en este reino lo celebraron con tan común general aplauso ...". O usando otras más escuetas: "En cumplimiento de mi obligación doy cuenta a V.M. de haberse celebrado en esta ciudad la aclamación del Real nombre de V.M. ...". Esta documentación ha servido de base a dos estudios sobre la proclamación de Felipe V en Indias: A. Borges "Fiesta en Caracas (octubre 1701)", Revista de Historia. Facultad de Humanidades nº 11 (abril 1962), pp. 13-26; y L. Navarro García, "El cambio de dinastía en Nueva España", Anuario de Estudios Americanos", t. XXXVI (1979), pp. 111-168 (la proclamación en pp. 112-118).

    [13] El detalle de las crónicas impresas empleadas en este artículo en APÉNDICE I. Pese a no ser muchas, es imposible aportar un estracto de cada una de ellas, de ahí que se haya optado por ofrecer en los APÉNDICES II y III lo más relevante de las correspondientes a Lima y Texcoco, sirviendo el resto para establecer las líneas generales.

    [14] Cf. M.A. Pérez Samper, "El rey ...", p. 567.

    [15] J.A. Sánchez Belén, "Proclamación ...", p. 179.

    [16] E. Goffman, Relaciones en público, Madrid, 1979.

    [17] M. Fogel, Les céremonies de l’information dans la France du XVI au XVIIIe siècle, Mesnil-sur-l’Estrée, 1989.

    [18] M.A. Pérez Samper, "El poder ...", p. 378.

    [19] Esta fórmula es la empleada sistemáticamente en el virreinato peruano. En las urbes del novohispano se produce una ligerísima diferencia, como se verá un poco más adelante. Por otra parte, la invocación a Castilla se realiza en todo el ámbito de la Monarquía Hispánica, hasta el punto de que en el reino de Aragón, tras los decretos de Nueva Planta se aclamó a Luis I y a los siguientes Borbones en nombre de Castilla.

    [20] Lo que R. Maruri Villanueva, "Contribución al análisis de las fiestas barrocas en la periferia. La celebración en Santander del nacimiento de Luis I", en Homenaje a Antonio de Béthencourt Massieu, Las Palmas de Gran Canaria, 1995, t. II, pp. 437-462, llama "el juego de los sentidos y el sentido del juego" (p. 446).

    [21] Cf. F. Bouza Álvarez, "El rey, a escena. Mirada y lectura de la fiesta en la génesis del efímero moderno", en Espacio, Tiempo y Forma, IV/10 (1997), pp. 33-52 (p. 44).

    [22] Cf. J.M. Morán Turina, La alegoría y el mito: la imagen del Rey en el cambio de dinastía (1700-1750), Madrid, 1982 (las referencias a la importancia del retrato del monarca ausente en p. 13); y F. Bouza Álvarez, "El rey ..." , p. 51.

    [23] Reales Cédulas fechadas en Madrid, 13 noviembre 1700, en las que se "previene la moderación que se ha de observar en lutos" y se manda que los dispendios que generen los "lutos que usen los Ministros sean por cuenta de ellos, sin gasto para la Real Caja".

    [24] Cf. L. Navarro García, "El cambio ...", p. 114.

    [25] El encargado de redactar la crónica festiva de la capital del virreinato fue un discípulo de Carlos Sigüenza y Góngora, Gabriel Mendieta Rebollo, Sumptuoso, Festivo Real Aparato, en que explica su lealtad la siempre Noble, Ilustre, Imperial y Regia ciudad de México, Metrópoli de la América y Corte de su Nueva España.... La ampulosidad de la redacción del título es un claro exponente del utilitarismo propagandístico de las ciudades a través de los textos de las crónicas impresas. Y, aunque no fuese responsable directo el virrey de los términos en que se alude a la majestad del Borbón, los epítetos empleados no dejan traslucir el posible austracismo de la máxima autoridad de Nueva España.

    [26] BNM, R-5751. Solemne proclamación ...

    [27] Ello fue debido al recorte de los excesivos gastos en lutos y proclamaciones que hay que ver en la línea de la cédula emitida aún en vida del último Austria, 22 marzo 1693, y no exclusivamente como una actitud de rencor de la reina viuda hacia un marido que no le dio hijos y un heredero de la Corona que no era precisamente su candidato.

    [28] V. Mínguez, Los reyes ..., pp. 18-24.

    [29] J.T. Medina, La imprenta en Manila, Santiago de Chile, 1896 (ed. facsímil, Amsterdam, 1965); Biblioteca hispano-chilena (1523-1817), t. II, Santiago de Chile, 1898 (ed. fac., Amsterdam, 1965); Biblioteca hispanoamericana (1493-1810), t. IV, Santiago de Chile, 1901 (ed. fac., Santiago de Chile, 1961); La imprenta en Lima, 1584-1824, t. II, Santiago de Chile, 1904 (ed. fac., Amsterdam, 1965); La imprenta en México, 1539-1821, t. III, Santiago de Chile, 1908; La imprenta en Guatemala, 1660-1821, t. II, Santiago de Chile, 1910 (ed. fac., Guatemala, 1960) e Historia de la Imprenta de los antiguos dominios españoles de América y Oceanía, 2 vols., Santiago de Chile, 1958 (Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina).

    [30] Entre otras, las obras dedicadas a la doble victoria de Brihuega y Villaviciosa de Tajuña sufragadas por la Catedral y la Universidad de México, Valladolid de Michoacán, Guadalupe, Querétaro, Guadalajara, Oaxaca, Zelaya, Durango o San Luis Potosí. La intervención en Ceuta (1721) o el combate contra la armada inglesa (1743), destacando la bellísima narración efectuada por Bernardino Salvatierra Garnica, natural de México, Descripción de las fiestas y corridas de toros con que celebró México la reconquista de Orán por las armas católicas de Felipe V, impresa por Herederos de Miguel Ribera, año de 1732 (evento que también recogió la Gaceta de México, nº 61, diciembre, 1732).

    [31] En contrapeso a las fiestas organizadas para las juras o las conmemoraciones de las victorias militares, los nacimientos, bautizos, matrimonios y hasta las exequias servían para humanizar la imagen de la monarquía distante, imprimiéndole a los ojos de los súbditos americanos un carácter casi familiar, con un ciclo vital compartido.

    [32] Es de destacar el opúsculo de Manuel Zumaya, La Partenope. Ópera que se representó en el Palacio Real de México en celebridad de los días del Sr. Felipe V, impreso en México por Miguel de Ribera, año 1711. El estreno de esta ópera se ha de insertar en el programa festivo que se realizó con motivo de la celebración del décimo aniversario del ascenso al trono del primer Borbón y que se hizo coincidir con el día de su santo, actos que han llevado a José Miguel Morales Folguera a confundir la celebración con la proclamación de Felipe V en su obra El rey ..., pp. 63-64, diciendo textualmente: "La primera de las coronaciones celebradas en México en el siglo XVIII, de la que tenemos noticia, fue la de Felipe V, la cual tuvo lugar en el año 1711, al cumplirse la primera década de su reinado. Los actos se organizaron a raíz de una orden proveniente de la Metrópoli, que imponía la celebración de la victoria del rey sobre sus enemigos. En México fueron promovidos por el Cabildo Catedralicio [...]". Nunca puede ser promovida una proclamación por una entidad diferente al cabildo metropolitano y al alférez real, que son los encargados de invitar, entre otros, al cabildo eclesiástico a participar en los festejos organizados por la ciudad. Además, la palabra coronación, refiriéndose a los reyes de España, está mal empleada, ya que ninguno de ellos se ciñe la corona real en recuerdo de Cristo y su corona de espinas. La jura ya se había realizado en 1701.

    [33] Es interesante un artículo sobre este tema, elaborado sobre la base de una relación manuscrita: L. Navarro García, "Fiestas en Bogotá en 1708 por el nacimiento del Príncipe de Asturias", en Estudios de Historia Social y Económica de América, nº 2 (1986), pp. 199-216.

    [34] La imagen de la monarquía en Hispanoamérica a través de la prensa es el objeto de un bien documentado artículo de D. González Cruz, "Las bodas de la realeza y sus celebraciones festivas en España y América durante el siglo XVIII", en Espacio, Tiempo y Forma, IV/10 (1997), pp. 227-261.

    [35] Medina dice: "Nunca hemos visto este opúsculo [Relación de las fiestas que se hicieron en la provincia de Yucatán en la jura de Felipe V, México, por José Bernardo de Hogal] pero su existencia consta de lo que dice el escribano que anotó los trabajos tipográficos de Hogal ’Imprimió las Fiestas ... en 1725’" (La imprenta en México, t. VIII, p. 333).

    [36] Para los soterrados movimientos conspiratorios filoaustríacos que se habían advertido en algunas regiones de América, cf. L. Navarro García, Conspiración en México durante el gobierno del virrey Alburquerque, Valladolid, 1982.

    [37] A. Borges, La Casa de Austria en Venezuela durante la guerra de Sucesión Española (1702-1715), Salzburgo-Tenerife, 1963. La alusión más concreta a lo largo del texto es "la jura del Archiduque en septiembre de 1702" (p. 112). No más explícito es el artículo de la misma autora, "Los aliados del Archiduque Carlos en la América virreinal", en Anuario de Estudios Americanos, t. XXVII (1970), pp. 321-370.

    [38] A. Borges, “Fiesta ...”.

    [39] L.K. Stein, "The ’Blood of the rose’ and Opera’s Arrival in Lima", CD La púrpura de la rosa. The first opera in the New World, estudio introductorio realizado por los profesores A. Lawrence-King y L. K. Stein para Deutsche Harmonia Mundi, 1999, pp. 9-15. En la primera página dice textualmente: "... He was proclaimed Philip V  of Spain in Madrid on 24 November 1700, and in Lima in October of 1701. Though official accounts of his coronation and the local celebrations in his honor were published far and wide in the Hispanic lands, none has survived from Lima. It appears that the Count of Monclova suppressed any official description or relación of the festivities he was charged with organizing. The anonymous text of the opera’s 1701 Loa proclaims ’Viva, Felipo, viva!’ to voice Lima’s acclamation of the first Bourbon king of Spain, in spite of the fact that the War of the Spanish Succession still raged. The Count of Monclova was slow to react to the good news of Philip V’s proclamation in Madrid, perhaps because the French had always been his enemies. He had, after all, devoted his life to the Spanish Hapsburg monarchy".

    [40] Biblioteca Nacional del Perú, MS-1701: Representación música, fiesta con que celebró el año décimo octavo y primero de su reinado de el Rey nuestro Señor Don Phelipe Quinto, El Excelentísimo Señor Conde de la Monclova Virrey, Governador y Capitán General de los Reynos de el Perú, Tierra Firme y Chile & Compuesta en Música por Don Thomás Torrejón de Velasco, Maestro de Capilla de la Santa Iglesia Metropolitana de la Ciudad de los Reyes, Año de 1701, sobre libreto en verso del prestigioso don Pedro Calderón de la Barca. Todos estos datos proceden del documentado estudio que acompaña la edición del CD aludido.

    [41] BNM, R-5751.

    [42] Instrumentos de codificación iconográfica para introducir la imagen del rey en la vida pública americana. Cf. V. Mínguez Cornelles, Los reyes ..., pp. 16-17.

    [43] Ver APÉNDICE II.

    [44] Archivo Metropolitano de Historia de Quito. Sección Secretaría General. Serie Actas del Consejo, 1699-1704, ff. 82-93v. La real orden se recibió oficialmente el 10 de septiembre de 1701 y el alzado de pendones se realizó el 9 de octubre. En la reunión preparatoria del cabildo (20 de septiembre) se menciona expresamente que se esperará a tener noticias de cómo se ha realizado en la capital virreinal para seguir sus pautas y emularla en ostentación ("Propúsose  en este Cabildo [...] se festeje dicha coronación en la mejor forma que se pueda, como son poniendo luminarias por tres noches sucesivas con castillo de fuegos y se convide a los mercaderes el que hagan máscara u otro festejo y que se represente una comedia que don Julio de Morillo tiene hecha para este efecto; y respecto de lo que insta cumplir con esta obligación de levantar el Estandarte por Su Majestad, que Dios guarde, y que si la lealtad de esta Ciudad quisiera pasar a hacer las mayores demostraciones de su deseo, era preciso dilatar esta función por mucho tiempo respecto de las prevenciones que se pudieran hacer para ellas; acordaron los dichos señores Alcaldes y dieron sus votos para todo lo referido y para que en su mayor celebración se aguarde la noticia de lo que se hiciere y ejecutare en la ciudad de Lima"). No obstante, la tardía fecha de celebración hizo volver los ojos hacia Santa Fe de Bogotá y Cartagena de Indias.

    [45] El municipio es el que sufraga la mayor parte de los gastos (confección del pendón real, adecentamiento de calles, tablados, vestimentas de los regidores, los 24 asientos en la casa del alférez, etc.). La Audiencia corre con los gastos de las vestimentas de los oidores. El cabildo eclesiástico sólo paga los gastos propios de la celebración en la Iglesia (altares efímeros, capilla, ornamentos catedralicios) y es invitado por el cabildo municipal a participar en la fiesta civil, como los ciudadanos propietarios de las viviendas por las que pasa el cortejo, que han de afrontar los gastos del ornato de su propia parcela urbana. El alférez real recibía una ayuda de costas de la ciudad para los gastos extras propios de su casa (instalación del pendón antes de la cabalgata, libreas del servicio, atuendo personal, etc.).

    [46] Su paralelo en las islas Canarias: "los guanches de ambos sexos que vestidos de pieles bailaban el canario", en A. Béthencourt Massieu, "Fiestas reales ...", p. 290.

    [47] En el caso de Lima el virrey se sumó al cortejo a caballo con una escolta de cien hombres y veinticinco lacayos.

   [48]En el resto de las ciudades con relación impresa de la ceremonia, ésta tuvo lugar en la Plaza Mayor, ante el estrado donde se encontraba bajo dosel un sitial carmesí con el retrato de S.M. (con algunas excepciones) y el pendón real.

    [49] En Puebla se lanzaron al público asistente hasta las bandejas de plata labrada donde se habían depositado las monedas.

    [50] En los patacones del Perú y en los reales de México figuraba la inscripción “Philippus V Dei gratia Hispaniarum et Indiarum rex. Anno 1701”. Algunos ejemplares se pueden ver en el Museo Arqueológico de Madrid.

    [51] Similar actuación, con ligeras variantes, se recoge en el Cuzco: "Los señores del Venerable Cabildo Eclesiástico (que asistían con los prelados de las Religiones a la solemnidad) esparcieron considerable cantidad de monedas sobre aquel desmedido concurso; a cuya imitación repitieron igual galantería las señoras, lloviendo desde los balcones preciosas tempestades de flores y pastillas olorosas, acompañadas con monedas de plata".

   [52]La lluvia hizo acto de presencia durante el evento en la capital novohispana y en Texcoco.

   [53]Por el contrario, en el virreinato peruano la fiesta religiosa fue la de apertura de todo el ceremonial.

    [54] J.T. Medina, Noticia ..., "Llegó el feliz día que debe señalar con piedra blanca la Puebla, en sus azoteas y balcones, ventanas y portales, tablados y lonjas, no se encontraba aun muy temprano lugar, aunque a fuerza de reales lo quisiese contratar el interés", p. 93.

    [55] M.A. Pérez Samper, "El rey ...", p. 551.

    [56] Cf. J.M. Morán Turina, La alegoría ... .

  [57]Amén de la alusión en la Introducción al león de Judá y al cordero bíblico, que pone de manifiesto la elección divina para ser el rey de los súbditos hispanos, “que los reyes son de Dios retrato”.

    [58] Son pocos los elementos de juicio con los que contamos, pero puede servir como ejemplo el laberinto acróstico del APÉNDICE III, en el que se recogen una serie de virtudes tópicas y generales que se le suponen a la majestad y que se gradúan según las necesidades de adecuarse a las iniciales que corresponden a Felipe Quinto. Con todo no se olvida de hacer mención a la dualidad de padre y señor (fiel, padre, querido, venerado, tutor, tierno / emperador, ínclito, poderoso, egregio, engrandecido, insigne, noble), al caudillo militar (firme, heroico, invicto, pasmo, terrortemido), al buen gobernante (entendido, instruido, elocuente, cuerdo, benigno, ingenioso, noble, oportuno), al rey piadoso y generoso (liberal, cuantioso), siguiendo el esquema señalado por M.A. Pérez Samper, “El rey ...”, pp. 564-566.

    [59] "... para que los abatidos, humildes vuelos de esta Águila a su benigno inluxo caminen viento en Popa de el Mar, pasando al Cielo Hispano, a considerar del mayor Luminar la grandeza...". Y es que no hay que olvidar que la obrita está dedicada al Sr. capitán D. Miguel Vélez de la Rea, caballero de la orden de Santiago y diputado mayor del comercio de la Flota de España.

    [60] ... de rayos cinco una Estrella, / que es la flor de Lis hermosa. / De España y Francia gloriosa / unión cifrando distinta / con un Quinto Real se quinta ...”

    [61] El primero dice: "... no me detengo por eso en sus merecidos elogios, y porque para expresar sus generosas prendas, era menester hacer mejorar de objeto a Dídimo con Meliseo, a Plutarco con Sila, a Vegecio con Alejandro, a Séneca con Hipólito, a Veroaldo con Sexto Pompeyo y a Apiano con Ludovico Esforza, porque en solo nuestro Philippo hallo recopiladas todas las hazañas que estos grandes historiadores admiraron en tan aventajados varones".

El segundo, haciendo referencia a la juventud del monarca: "... porque en la tierna edad de Su Majestad respetamos anticipada la virilidad y prudencia para el gobierno de su reinado, que fue lo que alabó en el hijo de Eneas, Virgilio..." y "... Ovidio en la aclamación de Tiberio parece nos copió el grande valor de Su Majestad acaudillando fuertes alumnos de Marte, aun casi antes que dejase los arrullos de la cuna"

    [62] Y eso que el conde de la Monclova había "hecho sacar un bellísimo retrato del rey Nuestro Señor de varias estampas y lienzos que pudo la actividad de su celo recoger [...] le hizo copiar muy al vivo y ha salido muy agraciado y hermoso. Y el mismo día de su aclamación lo colocó debajo de dosel en el salón en que da audiencia, para que todos desde luego conociesen y adorasen a su rey" (BNM, R-5751).

    [63] Tal y como Tomás Calvo anota al margen de los documentos que gentilmente puso a mi disposición: "Así no es más que a partir del último párrafo que sabemos que hubo un retrato en el curso de la ceremonia, retrato semiescondido porque permaneció en la sala de audiencias pero no accesible al gran público, tal vez por miedo de no haber respetado el parecido ya que el cambio de la dinastía abocaba al fallo en la interpretación de los rasgos".

    [64] M. Chocano, La América ..., p. 142.

    [65] J. de Mugaburu, Diario de Lima, 1640-1694, Lima, 1917 (reedición con prólogo de C.A. Romero, Lima, 1936), en p. 81 ofrece la descripción de la jura de lealtad a Carlos II, que a grandes rasgos, con la excepción de lo mencionado, se atiene al patrón seguido en la del primer Borbón. Por ser la inmediata anterior, sería conveniente hacer un resumen para comprobar las similitudes. El acto tuvo lugar en la plaza de armas donde se colocó un trono. Varias compañías de caballería de españoles y dos escuadrones de indios se situaron en la plaza. Al ingresar el retrato real para ser colocado en el trono, la concurrencia prorrumpió en vivas al rey y la artillería disparó una salva. El alférez real presentó el Real Estandarte a la autoridad máxima del virreinato, que por muerte del virrey era el oidor más antiguo. El rey de armas exclamó: "Oíd, oíd, oíd", después de lo cual el presidente repitió tres veces: "Castilla, León y Perú por el rey nuestro señor don Carlos II, que viva muchos años!", mientras el pendón se inclinaba tres veces, a lo que siguieron los vivas de los capitanes y escuadrones y del pueblo congregado. Estas exclamaciones se repitieron una vez más y fueron seguidas por salvas de artillería y reverentes saludos al retrato del rey y a su estandarte. Después de este acto todos los participantes se dirigieron a la catedral, donde se entonó un Te Deum Laudamus.

    [66] Actual Texcoco de Mora, uno de los tres grandes centros de la confederación azteca, junto a Tenochtitlan y Tlacopan, y uno de los centros culturales más importantes del valle de México. Era una de las ciudades (como Puebla) que tenía el privilegio de salir a recibir a los virreyes en el itinerario de Veracruz a México, ataviadas las comunidades indígenas "a lo antiguo" bajo la dirección de todos los gobernadores indios de la provincia. En la proclamación son siete los gobernadores que desfilan en representación de los siete distritos de su jurisdicción, además de dos anteriores jueces-gobernadores (padre e hijo) a los que correspondía un lugar de privilegio en la cabalgata en atención a su antiguo cargo, y un cacique noble "descendiente de reyes".

 

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ARTÍCULO PUBLICADO EN:

Bethencourt Massieu, Antonio de (ed).: Felipe V y el Atlántico. III centenario del advenimiento de los Borbones. XIV coloquio de historia canario-americana, Ed. del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2002.

FOTOGRAFÍA DE PORTADA

José Vázquez, Túmulo del Rey Carlos III, estampa calcográfica, 1789, Lima, colección privada

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LA AUTORA

Curriculum abreviado

MARINA ALFONSO MOLA (Baeza, 1953)

Profesora Titular de Historia Moderna y de Historia de la América Colo­nial de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Madrid).

Doctora en Historia de América por la Universidad de Sevilla en la modalidad Doctorado Europeo con la Tesis: La flota gaditana del Libre Comercio, 1778-1828 ("Premio Nacional del Mar" 1998).

Becaria de investigación y docencia de las Universidades de Sevilla y Barcelona. Ha realizado estan­cias en centros de investigación extranje­ros: British Library (Lon­dres), Public Record Office (Kew Gardens), Natio­nal Mari­time Museum (Green­wich), Archives Nationales y Archi­ves du Ministè­re des Affai­res Etrangères (París), Archi­ves de la Marine (Château de Vincennes), Archivo Nacional y Archivo Metropolitano de Quito (Ecuador). Ha participado en Proyectos de Investigación de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos (C.S.I­.C., Sevilla), Universi­dad de Barcelo­na y U.N.E.D. (Madrid).

Profesora invitada en la Ecole des Hautes Etudes en Scien­ces Socia­les (París), en el Séminaire d’Histoire et Antropologie Histori­que de l’Amérique Latine (París), en la Maison de la Recherche d’Amérique Latine de la Université Toulouse-Le Mirail, en la Universidad de Mar del Plata, la Universidad Nacional de Rosario y la Universidad Nacional de Salta (Argentina), en la P.U.C.E. (Ecuador), así como en los encuentros organizados por la Universität Hamburg para los especialistas en History of the Atlantic System y por la Maison des Pays Ibériques de Bordeaux para los expertos en Guerre et économie dans le monde atlantique, respectivamente.

Comisaria de varias exposicio­nes: Schittering van Spanje, 1598-1648. Van Cervantes tot Velaz­quez (Amsterdam, 1998); Arte y Saber. La cultura en tiempos de Felipe III y Felipe IV (Valladolid, 1999), Esplen­dores de España. De El Greco a Velázquez (Río de Janeiro, 2000), El galeón de Manila (Sevi­lla, 2000, México DF, 2001), Oriente en Palacio. Tesoros de arte asiático en las colecciones reales españolas (Madrid, 2003) y La fascinaciò de l’Orient. Tresors asiàtics de les coleccions reials espanyoles (Barcelona, 2003).

Autora, entre otros libros, de Baeza (1753) según las Respues­tas Generales del Catastro de Ensenada (Madrid, 1991), Nuevas culturas. América, África, Oceanía, ss. XV-XIX (Barcelona, 1998), Europa y los nuevos mundos en los siglos XV-XVIII (Madrid, 1999), La Ilustración (2000) y Felipe V (2001) y de casi medio centenar de ar­tículos sobre la marina mercante colonial publi­cados en revis­tas y actas de congresos (Leipzig, Köln, Liver­pool, París, Burdeos, Mar del Plata, Addis Abeba, Sevilla, Madrid, Barcelona, Cádiz, etc.) , de entre los se pueden desta­ca­r entre los más recientes:

“Los astilleros de la América colonial”, Historia General de América Latina III – 1. Consolidación del orden colonial, París, 2000. “The Spanish Colonial Fleet (1492-1828)”, en H. Pietchmann (Hrsg.), Atlantic History. History of the Atlantic System, 1540-1830, Göttingen, 2002. “Fiestas en honor de un rey lejano. La proclamación de Felipe V en América”, Felipe V y el Atlántico, Las Palmas, 2002. “Fiestas reales y toros en el Quito del siglo XVIII”, en A. García-Baquero y P. Romero de Solís (eds.), Fiestas de toros y sociedad, Sevilla, 2003. “La era de la plata española en Extremo Oriente”, en L. Cabrero (ed.), España y el Pacífico. Legazpi, Madrid, 2004.“El comercio marítimo de Cádiz, 1797-1805”, en A. Guimerá, A. Ramos y G. Butrón (coords.), Trafalgar y el mundo atlántico, Madrid, 2004. “Maritime Historiography in Ancien Régime Mediterranean Spain”, Research in Maritime History. Nº 28. New Directions in Mediterranean Maritime History, St. Johns, Newfoundland (Canadá), 2004. “1828. El fin del Libre Comercio”, en C. Martínez Shaw y J.M. Oliva (eds.), El sistema atlántico español (siglos XVII-XIX), Madrid, 2005.

Directora del curso de Postgrado: Especialista Universitario en “La América virreinal: del encuentro de culturas a la identidad criolla” (UNED). Profesora del Curso de Postgrado Especialista en Estudios Latinoamericanos (Universidad Nacional Autónoma de México, UNED, Consejo Superior de Investigaciones Científicas).

Miembro del Centro de Estudios de Historia Moderna "Pierre Vilar", de la Asociación de Historiadores Latinoamericanis­tas Europeos (A.H.I.L.A.), de la Asociación Española de Americanistas y de la Society for Spanish and Portuguese Historical Studies (SHP). Académica de Número de la REAL ACADEMIA ESPAÑOLA DE LA MAR Socia de Número de la SOCIEDAD VEJERIEGA DE AMIGOS DEL PAÍS y de la ASAMBLEA AMISTOSA LITERARIA. Miembro del Consejo Asesor de la Revista de Historia de El Puerto. Coordinadora de la revista Espacio, Tiempo y Forma. Serie IV. Colaboradora habitual de las revistas de divulgación histórico-artística La Aventura de la Historia, Descubrir el Arte, Historia16, Clío y Andalucía en la Historia.

 

 

 

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ARTÍCULO PUBLICADO EN:

Bethencourt Massieu, Antonio de (ed).: Felipe V y el Atlántico. III centenario del advenimiento de los Borbones. XIV coloquio de historia canario-americana, Ed. del Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2002

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LA AUTORA

 

Curriculum abreviado

 

MARINA ALFONSO MOLA (Baeza, 1953)

 

Profesora Titular de Historia Moderna y de Historia de la América Colo­nial de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Madrid).

 

Doctora en Historia de América por la Universidad de Sevilla en la modalidad Doctorado Europeo con la Tesis: La flota gaditana del Libre Comercio, 1778-1828 ("Premio Nacional del Mar" 1998).

 

Becaria de investigación y docencia de las Universidades de Sevilla y Barcelona. Ha realizado estan­cias en centros de investigación extranje­ros: British Library (Lon­dres), Public Record Office (Kew Gardens), Natio­nal Mari­time Museum (Green­wich), Archives Nationales y Archi­ves du Ministè­re des Affai­res Etrangères (París), Archi­ves de la Marine (Château de Vincennes), Archivo Nacional y Archivo Metropolitano de Quito (Ecuador). Ha participado en Proyectos de Investigación de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos (C.S.I­.C., Sevilla), Universi­dad de Barcelo­na y U.N.E.D. (Madrid).

 

Profesora invitada en la Ecole des Hautes Etudes en Scien­ces Socia­les (París), en el Séminaire d’Histoire et Antropologie Histori­que de l’Amérique Latine (París), en la Maison de la Recherche d’Amérique Latine de la Université Toulouse-Le Mirail, en la Universidad de Mar del Plata, la Universidad Nacional de Rosario y la Universidad Nacional de Salta (Argentina), en la P.U.C.E. (Ecuador), así como en los encuentros organizados por la Universität Hamburg para los especialistas en History of the Atlantic System y por la Maison des Pays Ibériques de Bordeaux para los expertos en Guerre et économie dans le monde atlantique, respectivamente.

 

Comisaria de varias exposicio­nes: Schittering van Spanje, 1598-1648. Van Cervantes tot Velaz­quez (Amsterdam, 1998); Arte y Saber. La cultura en tiempos de Felipe III y Felipe IV (Valladolid, 1999), Esplen­dores de España. De El Greco a Velázquez (Río de Janeiro, 2000), El galeón de Manila (Sevi­lla, 2000, México DF, 2001), Oriente en Palacio. Tesoros de arte asiático en las colecciones reales españolas (Madrid, 2003) y La fascinaciò de l’Orient. Tresors asiàtics de les coleccions reials espanyoles (Barcelona, 2003).

 

Autora, entre otros libros, de Baeza (1753) según las Respues­tas Generales del Catastro de Ensenada (Madrid, 1991), Nuevas culturas. América, África, Oceanía, ss. XV-XIX (Barcelona, 1998), Europa y los nuevos mundos en los siglos XV-XVIII (Madrid, 1999), La Ilustración (2000) y Felipe V (2001) y de casi medio centenar de ar­tículos sobre la marina mercante colonial publi­cados en revis­tas y actas de congresos (Leipzig, Köln, Liver­pool, París, Burdeos, Mar del Plata, Addis Abeba, Sevilla, Madrid, Barcelona, Cádiz, etc.) , de entre los se pueden desta­ca­r entre los más recientes:

 

“Los astilleros de la América colonial”, Historia General de América Latina III – 1. Consolidación del orden colonial, París, 2000. “The Spanish Colonial Fleet (1492-1828)”, en H. Pietchmann (Hrsg.), Atlantic History. History of the Atlantic System, 1540-1830, Göttingen, 2002. “Fiestas en honor de un rey lejano. La proclamación de Felipe V en América”, Felipe V y el Atlántico, Las Palmas, 2002. “Fiestas reales y toros en el Quito del siglo XVIII”, en A. García-Baquero y P. Romero de Solís (eds.), Fiestas de toros y sociedad, Sevilla, 2003. “La era de la plata española en Extremo Oriente”, en L. Cabrero (ed.), España y el Pacífico. Legazpi, Madrid, 2004.“El comercio marítimo de Cádiz, 1797-1805”, en A. Guimerá, A. Ramos y G. Butrón (coords.), Trafalgar y el mundo atlántico, Madrid, 2004. “Maritime Historiography in Ancien Régime Mediterranean Spain”, Research in Maritime History. Nº 28. New Directions in Mediterranean Maritime History, St. Johns, Newfoundland (Canadá), 2004. “1828. El fin del Libre Comercio”, en C. Martínez Shaw y J.M. Oliva (eds.), El sistema atlántico español (siglos XVII-XIX), Madrid, 2005.

 

Directora del curso de Postgrado: Especialista Universitario en “La América virreinal: del encuentro de culturas a la identidad criolla” (UNED). Profesora del Curso de Postgrado Especialista en Estudios Latinoamericanos (Universidad Nacional Autónoma de México, UNED, Consejo Superior de Investigaciones Científicas).

 

Miembro del Centro de Estudios de Historia Moderna "Pierre Vilar", de la Asociación de Historiadores Latinoamericanis­tas Europeos (A.H.I.L.A.), de la Asociación Española de Americanistas y de la Society for Spanish and Portuguese Historical Studies (SHP). Académica de Número de la REAL ACADEMIA ESPAÑOLA DE LA MAR Socia de Número de la SOCIEDAD VEJERIEGA DE AMIGOS DEL PAÍS y de la ASAMBLEA AMISTOSA LITERARIA. Miembro del Consejo Asesor de la Revista de Historia de El Puerto. Coordinadora de la revista Espacio, Tiempo y Forma. Serie IV. Colaboradora habitual de las revistas de divulgación histórico-artística La Aventura de la Historia, Descubrir el Arte, Historia16, Clío y Andalucía en la Historia.

 

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PERSPECTIVAS HISTORIOGRÁFICAS: MUJERES INDIAS EN LA SOCIEDAD COLONIAL HISPANOAMERICANA

PERSPECTIVAS HISTORIOGRÁFICAS: MUJERES INDIAS EN LA SOCIEDAD COLONIAL HISPANOAMERICANA

Mª Teresa Díez Martín [1]

Universidad Nacional de Educación a Distancia. UNED/España

 

 

 

El presente trabajo de reflexión historiográfica se concluyó en 2003, y fue  presentado en el marco de una propuesta compilatoria de CEMHAL[2] sobre la escritura de la historia de las mujeres en América Latina[3].  Una colaboración animada, entonces  como ahora, por el convencimiento de que los proyectos con proyección internacional y multidisciplinar son un motor para el avance de los Estudios de las Mujeres y los de Género, que ya, sin remedio, han de plantearse bajo una vocación globalizadora.

Nuestro estudio se ha ordenado siguiendo las diferentes escuelas historiográficas que identifican el siglo XX y los principios del XXI[4], pero dando prioridad a la obra investigadora que sobre las mujeres se desenvuelve dentro de los frentes avanzados de la historia, ya tengan como referencia las innovaciones de tradición moderna que dominaron el panorama historiográfico durante las décadas de los setenta y ochenta, o el complejo actual de las tendencias postmodernas. Un contexto al que, recíprocamente, los Estudios de las Mujeres y los de Género vienen contribuyendo decisivamente en su conformación renovadora. Además, se ha contemplado con especial atención la incidencia del hispanismo y el indigenismo, como corrientes de pensamiento esenciales en la historiografía americanista e implicadas, con desigual intensidad y carácter en Hispanoamérica, en la construcción de las identidades nacionales, una cuestión central que articula una parte importante de la interpretación histórica.

Desde estas perspectivas partimos para elaborar el mapa de las investigaciones sobre las mujeres indias en el período colonial, en un conjunto historiográfico sólo explicable en la medida que se atiende a las interrelaciones multidisciplinarias, y a la sistematización de las corrientes teóricas y de método que le afectan. En definitiva, es la práctica historiográfica concebida esencialmente como un instrumento de trabajo y reflexión.

Los límites obligados[5] de todo estudio han exigido destacar una bibliografía que dirige preferentemente su atención hacia las culturas indígenas más evolucionadas del período colonial: la azteca, maya e inca; aunque se ha tratado de recoger las referencias de otras áreas y culturas periféricas. Con ello somos conscientes de que dejamos pendiente un análisis más detallado de importantes líneas investigadoras, como las que se ordenan alrededor del concepto de frontera, que han renovado la visión de espacios y sociedades coloniales escasamente definidas hasta no hace mucho. Abordar esta tarea es un proyecto para futuros trabajos que se pretenden bajo la visión del ámbito iberoamericano.

Estamos ante una producción que, desde su despegue en los años setenta, registró el mayor ascenso durante la década de los noventa, impulso que mucho debió a los renovados espacios de investigación propuestos por la postmodernidad. Así, se ha manejado una bibliografía que, desde diferentes disciplinas, se presenta en general diversificación temática, teórica y de enfoques metodológicos. En ella, de las realizaciones históricas muy pocas se plantean globalmente para el período colonial, o como análisis comparativo de las sociedades hispanoamericanas; la mayoría son monografías preferentemente regionales, manteniéndose una alta cantidad de microhistorias y estudios de caso. Y en consecuencia, se impone el ensayo corto presentado en compilaciones o revistas científicas, cuyo aumento en un sin fin de publicaciones propicia lo que a todas luces constituye una dispersión excesiva. Situación que dificulta la consulta y plantea como una necesidad constante el trabajo de síntesis, que no es frecuente.

Por otra parte, se advierte el menor volumen de investigaciones históricas frente a las realizaciones sociológicas, antropológicas y etnohistóricas, algunas de cuyas formulaciones han resultado decisivas en la transformación historiográfica del período colonial, y que vienen definiendo áreas primordiales de los estudios que nos ocupan. También, se observa el peso creciente de  la lingüística y la semiótica, que son hoy  pieza angular en los nuevos horizontes abiertos por los estudios de lo discursivo, ya sean los planteados desde el  análisis textual o el de las representaciones icónicas. Son éstos los campos de una historia cultural en auge, la  que  ha desplazado  la otrora hegemonía de lo social impulsada desde la nueva historia que plantearan la Escuela de los Annales y el materialismo histórico.  

Se subraya, por tanto, la polarización del debate actual entre la historia social y la cultural, en el cual inciden decisivamente la práctica y las teorías de la historia de las mujeres y de género. Simplificando, mucho, se puede decir que en Europa se ha privilegiando el enfoque de lo social frente al giro lingüístico que define el espacio de la deconstrucción y construcción del discurso de género. Un frente que bajo la influencia estadounidense se impone, con peso, en la investigación hispanoamericana[6] y ha avanzado decisivamente en la producción europea. Pero, además, otras líneas y matices de las investigaciones nacionales responden a la controversia entre modernidad y postmodernidad, singularizando con ello el espacio historiográfico internacional. No obstante el panorama ecléctico, se va afianzando una postura común que preconiza el enfoque sociocultural. Un ajuste problemático, sin duda, más teorizado que resuelto en una práctica que  divide los espacios del análisis discursivo y el de las prácticas históricas, de lo que resulta un divorcio evidente entre los estudios de género y los de las mujeres a pesar de su inevitable convivencia. Hace ya tiempo, y como en su momento sintetizó Lola G. Luna, que el reto está en profundizar en el  discurso de género como el potente instrumeno de análisis que se ha revelado, aunque integrando los indispensables hallazgos que desde la modernidad, léase historia social, fueron aportados a la historia de las mujeress[7]. Es más, y teorizando este enunciado, no renunciar a ciertos marcos generales de interpretación política,economica y social asegura un freno a la descontextualización histórica de los sujetos mujeres y los discursos de género que, de la mano de los posmodernismos, se interpreta, por más de una voz, como una avanzada desmovilizadora de  aquellos frentes que ligaron en la historia el feminismo y la reivindicación social. Es, en fin, una parte importante del debate que anima determinadas líneas, escasas todo hay que decirlo, de una renovada historia política que trata de desenvolverse en el horizonte posestructuralista, y en el que parece caber con bastante propiedad el género a través de la teórica de la construcción social.

Tales debates actuales no dejan de ser la manifestación de la madurez de un campo de estudios que cuenta ya con  algo más de tres décadas de andadura.  Su evolución general, de sobra conocida, se puede esbozar partiendo del objetivo marcado en las primeras producciones, el cual  planteaba descubrir las claves de la subordinación de las mujeres a través de la experiencia histórica, a la vez que levantaba bandera de la visibilización de las mujeres como sujeto histórico. Fueron presupuestos estos renovados por la exploración de las identidades de género desde las diferencias de clase, étnicas o desde las representaciones raciales y por las nuevas dimensiones que abrió la conceptualización del género como categoría de análisis[8].Sobre estas líneas maestras, la historiografía de las mujeres Iberoamericanas[9] atiende a su propia especificidad en tanto que se resuelve en el marco colonialista y pluricultural.

Las dificultades que planteaba definir una Historia de las Mujeres propiamente hispanoamericanas fue una problemática abordada, principalmente en los años ochenta, desde las actitudes críticas del feminismo académico[10], cuyo proceso de definición contiene una primera etapa en la que las mujeres indígenas, y las negras,  fueron mínimamente consideradas en las investigaciones históricas. Omisión plenamente remediada durante la década de los noventa, cuando la Historia de las Mujeres se incorpora a otros espacios ideológicos como los que abrían las reivindicaciones neoindigenistas e indianistas, y por la misma extensión teórica del feminismo hacia las propuestas postmodernas[11] del multiculturalismo y los enunciados postcoloniales. Se advierte con todo lo dicho una necesaria identificación, aún pendiente de hacer con profundidad, que se aborde desde un estudio comparado de las diversas escuelas historiográficas, estadounidenses, europeas e iberoamericanas comprometidas en la investigación de las mujeres y de género[12]. Y aunque éste es un objetivo que sobrepasa el de nuestro estudio, hemos tratado de subrayar, en la medida de lo posible, estas influencias como referencia de futuras reflexiones.

Indudablemente, se alude en esta síntesis a procesos dialécticos que han generado, y generan, importantes tensiones. Pues, al contexto general historiográfico se suman otras cuestiones específicas: las divergencias conceptuales entre historia de mujeres o de género, a menudo resuelta en coexistencia; o las que se derivan de la experiencia de una historia contributiva y los objetivos de otra interpretativa; u otros desacuerdos largamente  sostenidos  que  enfrentan algunos presupuestos feministas con la práctica histórica[13]. Y el tema capital de la aún no resuelta normalización de la historia de las mujeres y la de género en una posible historia integrada.

Tensiones que, así mismo, señalan al trabajo interdisciplinar y las necesarias reformulaciones que su ejercicio está requiriendo. Ya que, si ciertamente los enfoques múltiples han enriquecido y revalorizado la disciplina histórica, no lo es menos que ésta acusa cierta seducción por metodologías impropias que lejos de ser asimiladas o fundidas en su propia práctica han llegado, en ocasiones, a sustituirla. Un efecto, en buena parte, derivado de acríticas y coyunturales adhesiones al relativismo postmoderno. En este sentido, nos encontramos ante una parte de trabajos que reclamándose históricos son más bien dignas etnografías, estudios psicológicos o análisis literarios. Entonces, nos atrevemos a plantear, la cuestión a resolver estaría en continuar ampliando el marco de las nuevas interpretaciones sin perder la jerarquía de lo histórico.  Una proposición que, lejos de pretender cualquier definición de esa jerarquía, trata de ser un acicate para la reflexión abierta en torno al necesario consenso sobre los nuevos paradigmas de la historia.

 Un deseable equilibrio aún por conseguir en diferentes prácticas comunes, entre las que necesariamente hay que referirse a la de la etnohistoria por su peso en nuestra temática. Puesto que si la interacción entre historia y antropología ha aportado unos referentes indispensables, no por ello se ha establecido un diálogo fácil. De hecho, son dos disciplinas con espacios conceptuales y metodológicos diferentes, que se vienen distanciando cuando una parte de la antropología, incluida la feminista, insiste en delimitar un campo propio de actuación interesado en las pervivencias de las culturas prehispánicas[14]; un objeto de estudio que choca, a menudo, con la esencia de la temporalidad histórica[15].  En conclusión, se plantea con estas observaciones la importancia de definir límites y connivencias, lo que no deja de ser una propuesta para la formulación actual de la misma Historia.

Otras dinámicas más externas han de ser tenidas en cuenta en la valoración historiográfica. Así, los incentivos políticos y disposición de medios propiciados por algunos eventos internacionales, que promocionaron durante la última década del siglo pasado un aumento de las investigaciones. Las que a su vez se hicieron eco de las controversias históricas suscitadas por celebraciones tales como la del V Centenario del Descubrimiento; o recogieron estímulos de capital importancia para las reivindicaciones indígenas y de las mujeres: Los Encuentros Continentales de la Campaña 500 años de resistencia indígena, negra y popular, la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing, y los Encuentros Continentales de Mujeres Indígenas que se iniciaban en 1995, entre los más decisivos. En otro orden de acontecimientos, hay que considerar los desafíos discursivos abiertos por la insurrección de Chiapas, junto a la dialéctica de la globalización en la que actualmente vivimos como propulsores de nuevas líneas de estudios.

Éste es el sucinto perfil de un curso político e histórico difícil a la vez que estimulante, y un plano de referencia incuestionable para los Estudios de las Mujeres y de Género, que informa sobre una parte de las aportaciones realizadas desde las comunidades académicas hispanoamericanas. Una historiografía que, aún con lentitud, se va singularizado en su desarrollo frente a la omnipresencia de la investigación anglosajona y europea, a las que está superponiendo un vitalismo crítico realmente renovador que en muchos aspectos abre perspectivas nuevas. Sin embargo, es un cuerpo de investigaciones obviado, generalmente, en los predominantes estudios historiográficos estadounidenses. Situación que ha determinado nuestro propósito de exponer la relevancia de este repertorio, a la vez que hemos entendido como ineludible el facilitar la identificación de las todavía insuficientes traducciones al castellano de la bibliografía en inglés.

En un rápido bosquejo, podemos marcar los inicios de la producción hispanoamericana durante la década de los setenta, en una línea de trabajos fuera de los cauces académicos, o en paralelo a los inicios de ellos, que fueron incentivados por un movimiento feminista amparado por las ONGs y los planes de cooperación internacional. Estudios y planteamientos desarrollados bajo un espíritu militante, ligados, inevitablemente, a la necesidad social de contestación ante la aguda crisis económica y de regímenes dictatoriales que asolaron Iberoamérica. No fue hasta los años ochenta cuando comenzaron a regularizarse los programas universitarios que incluyeron los Estudios de Género y de las Mujeres, estimulados por una nueva generación investigadora abierta a la innovación histórica. Si las universidades pioneras fueron las de México y Brasil, a finales de la década le siguen los programas de la Universidad puertorriqueña, y los de Argentina. Ya durante los noventa, las iniciativas corresponden a Perú, Chile y Bolivia, habiéndose ampliado en la actualidad a la mayor parte de las universidades iberoamericanas[16]. El saldo de esta actividad es un trabajo sostenido de investigación interdisciplinar que valida a autores y autoras destacadas.

Por último, y en la medida que hemos apuntado a un balance de la historiografía en castellano, observamos cómo la aún pequeña aportación española refleja, no obstante, el interés creciente hacia la historia de las mujeres iberoamericanas, a la que se contribuye con trabajos de calidad desde la década de los noventa. Presencia que viene a remediar el anterior vacío en la investigación, más acusado en la vertiente indigenista colonial, tratada escasamente por la antropología y en proporción anecdótica por la historia. El mismo cuadro que todavía en 1989 exponía la antropóloga Pilar Alberti en  Revista de Indias[17], señalando, hasta esa fecha, tan sólo la aparición de siete artículos referidos a la mujer indígena americana durante los cincuenta años de la revista. Probablemente, tan pobres resultados tenían mucho que ver con las apreciaciones de José Alcina Franch[18], cuando, en el mismo volumen, caracterizaba un americanismo español de marcado carácter historicista y documentalista, cerrado a la realidad americana y a la historicidad de lo indígena que aportaba la antropología. Opiniones que no hacían sino ratificar la condición general de una historiografía nacional alejada de las corrientes internacionales de innovación histórica, o elaborada desde su lectura incompleta[19].  Afortunadamente, las líneas críticas presentes desde los años ochenta en España, empujaron durante los noventa una renovación historiográfica que sustentó el mayor calado de los estudios sobre las mujeres durante el período colonial hispanoamericano.

 


I.  MUJERES INDIAS EN NUEVA ESPAÑA

 

Acomodó el positivismo una interpretación lineal de los indígenas que pasaba de la épica beligerante de la conquista al discurso de la evangelización y aculturación colonial. Escuela historiográfica, llamada a una larga persistencia en los estudios americanistas, que en México recibía la influencia del academicismo autóctono enciclopedista, cuya filosofía política implicada en la construcción nacional había articulado las premisas del indigenismo liberal. Coordenadas bajo las que se fraguaba la utopía indigenista, con todo lo que paradójicamente recogía el positivismo del liberal romanticismo. Utopía que, aún con todas las diferencias que se quieran contemplar, conformó un fenómeno común hispanoamericano, el cual enunció la simbólica idealizada de lo indio intemporal: la del indio arqueológico[20]. Un discurso que se incorporó a la reivindicación de la herencia indígena precolombina como elemento legitimador de las identidades nacionales. En este contexto la experiencia histórica de las mujeres indias quedaba reducida, inevitablemente, a los arquetipos del imaginario nacional que, así mismo, recogía otras elaboraciones del hispanismo, ya fuera el conservador o el liberal.

El ideario indigenista liberal, retomado en México por el pensamiento de José Vasconcelos[21], sería impulsado por la Revolución mexicana e institucionalizado desde la antropología aplicada por Manuel Gamio. Un proceso en el que la historia mexicana fue recreada por el poder con mucho de ideario folclórico, y dio cobertura a la proyección del mito de la Malinche, el que se construía con algunas de las imágenes tipo más persistentes de la mujer india; iconos culturales polivalentes que desde la Ilustración se debaten entre significados positivos o negativos. Esto es, símbolo materno de la realidad interétnica de la nación y puente entre culturas, o alegoría de la claudicación ante el conquistador: la Malinche traidora a su pueblo.  Una dinámica que, además, señala la singular historificación del mito[22] en América, o viceversa, la historicidad de doña Marina es fagocitada por el mito. En cualquiera de sus interpretaciones es tal figura un elemento esencial de la reflexión nacional, la que continúa hasta el presente insistiendo en explicarse la sustancia de la mexicanidad

Los influjos positivistas, que alimentaban la biográfica de las mujeres excepcionales: “espejo de varones sobresalientes”[23], también inspiraron un buen número de retratos de la Malinche. Obtenidos, comúnmente, de la lectura de Bernal Díaz del Castillo, y que a menudo derivaron en narraciones prácticamente noveladas; una lista de títulos que abunda en la tragedia y el romance de la conquista[24]. Imperio del arquetipo que tampoco cambiaron, entre finales del siglo XIX y primera parte del XX, las perspectivas históricas de las primeras generaciones de feministas mexicanas. Sus producciones ligadas al pensamiento del indigenismo nacionalista no pasaron de una reivindicación poética de la figura de doña Marina, así la que Carmen Ramos Escandón recoge de Adela Formoso de Obregón Santacilia: “Por el amor de un pueblo, la mujer marcó el signo de una conquista en la que Cortés se llevó la gloria”[25]. Tal y como advierte la misma autora, la escasa investigación sobre la relación de aquellas corrientes feministas con el indigenismo limita otras apreciaciones sobre las indias que superen la figura de la Malinche.

 


Esta reducción de la mujer india colonial al monotema malinchista fue la que evaluó Asunción Lavrin en 1978, cuando señalaba que entre la Malinche y Sor Juana Inés de la Cruz existía un vacío historiográfico[26]. Un hueco que desde entonces se ha ido cubriendo, pero no en detrimento de la abrumadora presencia de doña Marina. Figura confirmada por la historiografía del siglo XX como mito fundacional mexicano que significa la identidad mestiza: los hijos de la chingada, en la obligada cita a las fundamentales reflexiones de Octavio Paz. Madre de una prole despreciada y abandonada por el padre, el varón ausente. Resumen de la traición y sumisión ante la violación del conquistador, en lo que se ha pretendido como núcleo de la esencia femenina hispanoamericana. Pero, también, la Malinche dignificada por la pluma de Carlos Fuentes, que en la clave del drama teatral la erige en salvadora de los pueblos indios oprimidos por el Imperio Azteca, redentora de la nación por la realidad nueva del mestizaje.

 

Frentes avanzados de la Historia

Fuera del campo de la simbólica arquetípica las indias, y todas las mujeres hasta el momento de la renovación historiográfica en la década de los setenta, habían ocupado escasas páginas[27], y éstas se decantaban por las pertenecientes a los niveles sociales privilegiados y emparentadas con los conquistadores. Los mismos planos que, mediatizados por las fuentes institucionales, había explorado la obra pionera de la historiadora Josefina Muriel desde los años cuarenta. La autora comenzaba en 1941 una investigación sobre las monjas indias que completaría en 1963 con la publicación de Las indias caciques del Corpus Christi. Tema al cual le había dedicado un espacio en su trabajo general sobre las religiosas novohispanas editado en 1946[28].

Otro conocimiento histórico de las mujeres coloniales sólo fue posible a partir de la ruptura crítica con la historiografía tradicional y los pilares metodológicos sobre los que se asentaba, tal y como planteara la revisión de la historia francesa: nuevas fuentes[29] y el encuentro con los sujetos históricos que fundamentaban la teórica feminista de la historia. Era el marco historiográfico que posibilitaba la historia de las mujeres, cuyos inicios en Iberoamérica han quedado ligados a la publicación, en 1978, de la compilación de Asunción Lavrin: Las mujeres latinoamericanas. Perspectivas históricas[30], obra en la que se reunían las investigaciones punteras de la década, entre las que no faltaban las dedicadas a las indias coloniales.

Fueron unas primeras investigaciones movilizadas en torno a una intensa crítica historiográfica e ideológica, en la que confluían por una parte las corrientes europeas de la historia social y de las mentalidades, cuando aceptada mayoritariamente la primera se remarcaba su carácter militante y de compromiso con las renovadas filosofías marxistas; y por otra las nuevas líneas de la historia económica irradiada desde los Estados Unidos. Hasta bien avanzados los años ochenta, imperó la autoridad del discurso científico, del materialismo histórico y del estructuralismo, a la vez que se afianzaban las propuestas de Foucault; era el momento de la teoría de la dependencia y la feminista.  En los Estudios de las Mujeres la identificación entre propiedad privada y patriarcado como causa de la subordinación y opresión de las mujeres[31], señalaba la orientación preferente hacia los análisis económico-sociales, a la vez que el feminismo radical estadounidense teorizaba una comunidad femenina hermanada solidariamente por sus intereses de sexo en oposición al patriarcado

Más adelante, la crítica de la postmodernidad a los paradigmas históricos encontró las categorías de análisis de aquella etapa escasamente receptivas a las diferencias étnicas y de raza, lo que de hecho había sido un límite a la investigación histórica sobre las indias coloniales. Tarea que, mayoritariamente, ocupó hasta los años noventa a la antropología social y cultural anglosajona comprometida con el feminismo radical. Menores fueron las contribuciones antropológicas y etnohistóricas hispanoamericanas, que incorporaban más lentamente a la tradición indigenista las nuevas corrientes de la historia cultural y de la antropología feminista[32]. Ya durante la década de los noventa se puede hablar de un aumento en las investigaciones y del carácter singular de la producción mexicana.

De importancia, en este contexto historiográfico mexicano, fue la influencia de la Escuela de los Annales, encauzada desde 1978 a través del Seminario de historia de las mentalidades y la religión en el México colonial[33], un proyecto impulsado por la dirección fundamental de Solange Alberro, Serge Gruzinski y Sergio Ortega. Las teorías y métodos innovadores que promovió el Seminario desde sus comienzos avanzaron temas primordiales de género y del mundo indígena colonial. Paralelamente, y bajo el mismo espíritu, se ponía en marcha la historia social de la educación planteada por Dorothy Tanck y Pilar Gonzalbo Aizpuru[34]. Nuevos modos de historiar, con los que Pilar Gonzalbo, desde una mirada general a las mujeres coloniales, incorporaba a las indias y mestizas.

Procede distinguir a estas autoras como integrantes de la primera generación de académicas feministas, o que reflejaban su influencia, cuya producción durante los años ochenta marcó el ritmo de la renovación historiográfica de género. Desde la que se proporcionaban las claves de la visión histórica de las indígenas novohispanas, pero aún con un horizonte limitado. En cualquier caso, fue una generación que dejó trabajos señeros para la Historia de las Mujeres y de Género, como es el de Julia Tuñón: Mujeres en México. Una historia olvidada[35]. Historia de tiempo largo, que mostraba las posibilidades de las nuevas fuentes dentro de una práctica metodológica rigurosa. La autora parte de las categorías del mestizaje, a través de la simbólica de la Malinche, para establecer el análisis sobre las jerarquías de género, étnicas y de clase en Nueva España

Ya durante la última década del siglo XX, hay que resaltar la relevancia de los estudios globales y de síntesis que respondían al progresivo aumento de la historiografía dedicada a las mujeres, y que cumplían con la indispensable tarea de recoger los avances en la investigación. Pautas que definen la publicación de Marcela Tostado en 1991: El álbum de la mujer. Antología ilustrada de las mexicanas[36]; u otras aportaciones como las de Josefina Muriel en Las mujeres de Hispanoamérica. Época colonial[37], una perspectiva iberoamericana fundamentada en la documentación tradicional, que contiene precisas referencias sobre las mujeres indias.

Sin embargo, específicamente, el estado de la cuestión lo proporcionaba en 1992 una síntesis apoyada en la bibliografía hispanoamericana del momento, realizada con motivo del “2º Encuentro Continental de la Campaña 500 años de resistencia indígena, negra y popular”: Mujeres indígenas de ayer y hoy. Aportes para la discusión desde una perspectiva de género[38], de Teresita Hernández y Clara Murguialday. Más reciente es la publicación de Marysa Navarro y otras, Women in Latin America and the Caribbean[39], estudio comparativo de las mujeres indias en las principales sociedades coloniales iberoamericanas. Y también actual es The women of colonial Latin America[40], de Susan Socolow, texto de carácter más divulgativo que académico, pero que presenta un panorama preciso de las diferencias entre indias, blancas, negras y castas dentro del espacio colonial del mestizaje.

 

Dominación colonial, dominación de género: las resistencias

 En conjunto, los estudios más diferenciados sobre las indígenas atendieron a una línea común que identificó dominación y resistencia colonial con las de género. Si bien, distinguiéndose una primera etapa en la que se destaca el carácter de la explotación colonial de las mujeres y su adaptación al sistema, además de la denuncia que las dignificaba como víctimas. Líneas de investigación en las que una rígida revisión postcolonialista señalaría algunas afirmaciones como tópicos, y deudoras de un discurso anticolonial oscilante entre la versión de la acomodación y la de la resistencia idealizada de los indígenas[41]. En este segundo tiempo, ya en la década de los noventa, se ampliaba el campo conceptual de las resistencias, que incluía desde las pasivas hasta los pleitos con la administración, pasando por otras formas de actividades sociales públicas o privadas. Oposición que explicada desde factores culturales anticolonialistas y de género, principalmente por el americanismo estadounidense, pretende sustituir la interpretación socioeconómica que se viene considerando un marco demasiado estrecho. Son nuevas concepciones contestadas por una parte de la crítica histórica, aquélla que aduce una tendencia a la abstracción de una realidad compleja cuando se prescinde del análisis socioeconómico, además de observar la insistencia en la idealización de la resistencia indígena y de género.

Como ya se ha señalado, a la antropología social se le deben los más tempranos estudios sobre mujeres indias coloniales. Eran los de Ann Pescatello[42], o los de June Nash y Eleanor Burke Leacok[43] que introducían, en la década de los setenta, el enfoque feminista de la economía política. El análisis de J.Nash examinaba el impacto de la conquista en las mujeres centroamericanas, afirmaba un patriarcado prehispánico consolidado durante el proceso colonizador, y abría el debate en torno a la producción y reproducción social.

También trabajo inicial era en 1980 el de Iris Blanco[44], que consideraba el origen social como factor determinante en las consecuencias de la conquista y colonización para las mujeres aztecas; estratificación social y sistema patriarcal colonial que, en opinión de la autora, reproducían los prehispánicos. Las repercusiones sociales de la conquista sobre las mujeres mayas eran estudiadas en 1982 por Inga Clendinnen[45], en un ensayo apoyado en la revisión crítica de las crónicas, escritos misionales y literatura indígena, texto que concluía con la afirmación de la pérdida para las mujeres de un estado social precolombino más privilegiado.

Otros argumentos, ya avanzados los ochenta, incorporarían los elementos culturales de la resistencia, así los de la historiadora Stephanie Wood[46], a los cuales se añadieron los estudios mexicas de Susan Kellogg[47] sobre los mecanismos de imposición colonial: legales, religiosos, o políticos que degradaron los sistemas igualitarios de género prehispánicos

Tal y como se apunta, compartían estos estudios un interés común en el análisis de los efectos de la conquista sobre los sistemas de género indígenas, aunque desde interpretaciones enfrentadas[48]: las que defienden un patriarcado prehispánico y su coincidencia con el hispánico, lo que se traduce en la subordinación femenina durante los dos períodos; y aquéllas otras que proponen sistemas de género igualitarios basados en la complementariedad sexual del trabajo, antes y después de la conquista. Principio de reciprocidad cuyos espejos son las cosmovisiones indígenas, y que, por extensión, se correspondería con un estado de no subordinación a los varones durante el tiempo de la colonia; diferentes grados de igualdad han sido interpretados dependiendo de las diversas lecturas en la investigación.

La  discusión sobre el tema quedaba abierta desde que en los años cincuenta se formulara la tesis de las relaciones no jerárquicas entre sexos de las culturas prehispánicas, deducida esencialmente por la antropología  del estudio de las cosmogonías y cosmovisiones contenidas en los códices, crónicas coloniales, y de las contribuciones  arqueológicas. Una interpretación de las relaciones de género que se vio impulsada por las decisivas aportaciones de la visión de los vencidos[49], y la promoción de la literatura en lenguas indígenas, esencialmente del náhualt[50]. Decisiva en el desarrollo de esta hipótesis fue la intervención del marxismo y del funcional-estructuralismo.

A grandes rasgos se puede trazar un esquema de las posturas sobre la cuestión[51]. Así, entre los más conocidos estudiosos, Miguel León –Portilla partiendo de la posición no subordinada de la mujer azteca hace una lectura de su preeminencia social[52]. Los postulados sobre la complementariedad precolombina desvalorizada por la cultura patriarcal hispana, son defendidos en México por Noemí Quezada[53], pionera de los estudios culturales de género. Lo que también mantienen las ya nombradas antropólogas Inga Clendinnen y Susan Kellogg, y desarrollan en Indian Women of Early Mexico[54]; compilación que, al margen de otros valores, tipifica la adhesión a las tesis igualitarias de un significado grupo de investigadores estadounidenses[55]. La teoría contraria, es afirmada por June Nash o Julia Tuñón Pablos[56], y así mismo aseverada en La mujer azteca[57] obra publicada en 1988 por Rodríguez-Shadow, donde la autora argumentaba una condición social de dominio masculino para las aztecas prehispánicas[58]. La misma antropóloga, junto a Robert D. Shadow[59], presentaba unos años después dos artículos en los que validaba su interpretación para el período colonial, apoyándose en las crónicas y literatura de los siglos XVI y XVII

La polémica, muy presente y con plena incidencia en los análisis históricos, recoge otras elaboraciones que contribuyen a su complejidad, como el cuestionamiento que hace una parte del feminismo sobre el concepto de la complementariedad, cuando argumenta que la óptica de la equidad de sexos establece los papeles tradicionales de las mujeres como naturales, obviando las tensiones de género y, por tanto, perpetuando la visión androcéntrica. A ello se pueden sumar las objeciones a ciertas interpretaciones unilaterales o enfáticas de la visión de los vencidos, opiniones revisionistas que, de hecho, niegan veracidad a algunas de las conclusiones sobre el período prehispánico o colonial[60].

La exploración de los sistemas de género como parte del análisis de lo social, se estableció en directa relación con el estudio de las estructuras de producción y de la división sexual del trabajo; fundamentos de la investigación sobre la condición socioeconómica de las mujeres indígenas. En general, y respecto a la bibliografía citada, abundan los datos sobre el trabajo y el papel de las indias en la economía de la familia rural[61], o su aportación desde la producción doméstica y comercialización a la economía colonial.  Otros estudios de género centrados en los espacios urbanos han informado del empleo doméstico, actividades comerciales o de la ocupación en las manufacturas urbanas[62]. Pero, se puede decir que es mínima la aportación de la historia al tema en concreto, y no se ha producido ninguna obra de perspectivas temporales o comparativas amplias del período colonial[63].

Si nos referimos a investigaciones específicas, así la del trabajo textil femenino, obligadamente hay que citar el ensayo de Margaret Villanueva[64] y su análisis de la producción de las mujeres indias como elemento de negociación tributaria: una de las claves de la economía colonial. Desde un planteamiento histórico de largo plazo, Carmen Ramos Escandón[65] estudia en una reciente publicación el trabajo preindustrial urbano en los obrajes.  La autora centra las escasas referencias bibliográficas sobre el tema, y trata de determinar el proceso seguido por la actividad artesanal del textil, cuando pasó de estar controlada tradicionalmente por las mujeres indias a ser una ocupación propia de varones en las primeras instalaciones industriales.

Por otra parte, la mayoría de esta bibliografía que venimos citando se ocupa de las culturas del centro y norte mesoamericano, y en menor proporción del Yucatán. Por ello, distinguimos una investigación temprana sobre las mujeres mayas en la mirada antropológica de June Nahs[66], a la que se sumó el ensayo de Beatriz Castilla y Alejandra García[67]: "El Yucatán colonial: mujeres, telares, y paties", o las aportaciones de Inga Clendinnen[68]. De mayor envergadura fueron las aportaciones en 1984 de Nancy M. Farris[69], en La sociedad maya bajo el dominio colonial, una etnografía histórica en la intención de la autora, que incluye en el marco social el enfoque de género. A través del cual se visibiliza el trabajo de  las mujeres, y su papel esencial en la  preservación y transmisión de los valores culturales indígenas, mantenidos en contra de las imposiciones coloniales y sus excesos: el trabajo obligado, el concubinato o la prostitución. En los años noventa, trabajos como el de María Espejo-Ponce Hunt y   Matthew  Restall[70] reflejaban nuevas calidades culturales en los estudios de lo social.

Volviendo al conjunto, apreciamos en esa última década del siglo XX el peso de los enfoques renovados, que, no obstante, recogían los beneficios de las contribuciones documentales y reformulaciones teóricas anteriores,  de manifiesto en trabajos como el de Deborah E. Kanter en Ethnohistory 42[71] o en el ya citado de Indian Women of Early Mexico[72]. Textos los de esta compilación que, entre otros aspectos, muestran diferentes perspectivas sobre la condición social y económica de las mujeres indígenas mesoamericanas, dentro de una línea común que destaca la participación activa de las mujeres en las sociedades coloniales. El conjunto expone una rica variedad de fuentes: testamentos[73], censos, registros bautismales y otros documentos, que desvelan las relaciones entre posición social y económica.  Así, se analiza el poder de las cacicas, a las mujeres propietarias de tierras y casas, a las tributarias, a las comerciantes de los mercados locales, o el papel del trabajo doméstico. Aspectos que ocupan los ensayos de Stephanie Kellogg Susan Wood, de Louise M. Burkhart, Ronald Spores, María Espejo-Ponce Hunt con Matthew Restall, Susan M. Deeds[74]

En directa relación con el mundo del trabajo se plantea la temática de las migraciones, una investigación que bajo la visión de la historia social trastocó el cuadro estático de las sociedades coloniales. La dinámica migratoria cuenta actualmente con excelentes estudios, que son la referencia para las aún incompletas indagaciones sobre la migración femenina y de las indígenas. Los precedentes más destacados como el de Juan Javier Pescador[75] o Luis Miguel Glave en Perú, a quien veremos más adelante, son recogidos en una actual síntesis, de 2001, por Susan Migden Socolow[76]: “Women and Migration in Colonial Latin America”, a la que añade las conclusiones de sus propias investigaciones. El texto destaca las transformaciones de vida e identidad en las migrantes, los cambios en las sociedades de acogida y en las de origen, y los efectos de la emigración masculina sobre las mujeres rurales. Además, un claro esquema da cuenta de las modalidades del trabajo urbano. Termina recalcando la autora, unos finales del siglo XVIII en los que las grandes ciudades hispanoamericanas arrojaban un saldo a favor de la población femenina, constantemente reforzado por la migración de las mujeres indias y mestizas.

Como venimos observando, una investigación continuada a lo largo de casi tres décadas ha transformado el cuadro precedente sobre los papeles sociales de las indígenas, insistiéndose actualmente en el carácter activo de su participación en las sociedades coloniales. Sin embargo, la dimensión del activismo político, o simplemente de su presencia en movimientos de sublevación, no cuenta con demasiados estudios. Fue William B. Taylor[77] en 1979, el que en un trabajo pionero puso de manifiesto la implicación de las mujeres indias en las rebeliones indígenas norteñas. Lo que ratificaba en 1995 Steve J. Stern[78], que, además, ponía en evidencia otros niveles de acción política y respuestas de resistencia, dentro de una importante actividad pública de las indias.

También, los autores de Indian Women of Early Mexico[79], han dejado diversas visiones sobre las indias  y su vida pública, algunas ya comentadas respecto al plano socioeconómico,  a las cuales se pueden añadir en su relación con los entramados de poder y política la de Robert Haskett[80]. Y desde la perspectiva de la economía moral el trabajo de Kevin Gosner[81], autor que historia el activismo rebelde de las mujeres mayas en el contexto de la sublevación de los Tzeltales del siglo XVIII. Un ensayo que patentiza la influencia espiritual y la contribución de las indias mayas al discurso de la justicia social. Fuera de esta compilación, la rebelión maya y la figura emblemática de María de la Candelaria ha sido recreada por Juan Pedro Viqueira[82], cuya rentabilización de las formas literarias apoyando las fuentes históricas es destacable.

 

La conquista espiritual: respuestas y transgresiones

 

El estudio de las instituciones virreinales y su cuerpo jurídico, civil y eclesiástico, como campo propio de la historia tradicional, fue también el primero en ser abordado por la historia de las mujeres. Ya que el conocimiento de su situación legal, de la normativa sobre dotes, heredades o de los códigos matrimoniales[83] eran condiciones indispensables para las investigaciones posteriores. Igual sentido tenía entender las estructuras religiosas y civiles que regularon la vida social de las mujeres a través de instituciones como los conventos, recogimientos, beaterios, colegios, hospitales, etc. Temas que, a pesar de su predicamento, todavía han dejado espacios sin cubrir en algunos de sus tramos y áreas coloniales, destacando con ventaja la bibliografía dedicada a Nueva España.

El temprano interés por la vida conventual femenina, se apoyó en la existencia de un sólido cuerpo historiográfico dedicado a la historia de la Iglesia hispanoamericana. Dentro del cual, el tema de las religiosas se presentó siempre en posición secundaria respecto a la jerarquía monástica masculina, y bajo el enfoque de un hispanismo tradicional especialmente ultramontano[84]: esencia de la Hispanidad católica que equipara civilización con evangelización.

 Este marco ideológico sólo fue superado por la investigación crítica de los Estudios de las Mujeres, en cuya producción la específica sobre el monacato femenino indígena es mínima. Ausencia comprensible si consideramos la exclusión de las indias de la vida religiosa durante la mayor parte del período colonial. Pero no ausentes en los espacios conventuales, pues en ellos tuvieron una presencia considerable: indias en situación semi-religiosa de hermanas serviciales o donadas, como sirvientas o educandas. Todas como parte de los sugerentes universos femeninos que fueron los conventos coloniales.

Como ya hemos señalado, fue la investigación pionera de la historiadora mexicana Josefina Muriel la que dio la salida a la historia de las monjas indias en Las indias caciques del Corpus Christi[85], donde la autora a través de la crónica colectiva del convento, escrita presumiblemente por una religiosa india, describe la ejemplar vida espiritual de aquellas hijas de caciques; símbolo de la victoria evangelizadora. Necesariamente, tal eje argumental es cuestionado por otros/as investigadoras, que han destacado en Muriel una postura acrítica hacia la historia de las mujeres, y una metodología tradicional, que dirige inevitablemente el estudio a las instituciones y élites coloniales. Sin embargo, se esté en contra o a favor de las interpretaciones de la historiadora, lo cierto es que los estudios actuales no pueden prescindir de sus aportaciones u otras en la misma línea.

La renovación de mayor calado sobre esta cuestión se inicia durante la década de los años sesenta, cuando a partir de los estudios de Asunción Lavrin sobre el tema se perfilaba el contexto económico, social y cultura de la experiencia religiosa femenina. Bajo esas influencias, en 1978, elaboraba la hermana Ann Miriam Gallagher su ensayo sobre las monjas del Corpus Christi[86].  Investigación enfocada desde el análisis del origen social de las monjas, que profundiza en el exclusivismo racial de las indias clarisas y establece las relaciones de poder, de prestigio y económicas entre la clase alta indígena y la de los españoles[87].

 Del proceso que posibilitó en el siglo XVIII la toma de hábitos por las indias, se ocupa una ponencia de Mª Justina Sarabia Viejo, que en 1992 centraba el tema en solitario durante el I Congreso Internacional del Monacato Femenino. La misma autora retoma la cuestión en otro artículo posterior, que dedica a la Concepción y el Corpus Christi ilustrando la polémica fundacional de los conventos para indias nobles[88]. El segundo congreso dedicado al monacato femenino, de nuevo, recogió un solo trabajo sobre el tema presentado por Luisa Zahino Peñaflor[89]. Más reciente es la aportación de Ascensión Baeza Martín[90], en la que investiga los conflictos étnicos a que dio lugar la especial normativa del Corpus Christi, y los intereses que se movieron por el control del convento. Desde otra perspectiva, son de gran interés los estudios que viene realizando Elisa Sampson Vera Tudela[91] apoyados en el análisis textual, y que observan las implicaciones culturales de los modelos de las monjas indias, especialmente las del Corpus Christi en la sociedad indígena. Tampoco se puede dejar de destacar la siempre renovadora mirada de Asunción Lavrin[92]  sobre el tema conventual, y la sugerente línea que explora desde la significación de los nuevos espacios abiertos a las indias en la vida monástica.

El modelo protector, de guarda y amparo, de los conventos femeninos, legitimado por la actitud social y la legislación proteccionista, fue el que siguieron otras instituciones coloniales para mujeres: beaterios, orfanatos, recogimientos, colegios y escuelas, y en otra medida los hospitales. Establecimientos presididos por cierta ambigüedad entre sus funciones educacionales, protectoras, de reclusión forzada o de castigo. Un campo temático de importancia en el que no se pueden citar investigaciones diferenciadas respecto a nuestro tema, pero sí trabajos como los de Muriel y Gonzalbo[93] que contienen referencias indispensables para establecer la relación de las indias con estas instituciones.

Por otra parte, la historia de la educación a través del estudio de las instituciones femeninas, de la organización de las sociedades de indios o de las reformas ilustradas, ha conseguido importante logros que, sin embargo, no han cubierto la aún pendiente profundización sobre la educación e instrucción de las mujeres indias. A pesar de ello, hay investigaciones esenciales para la comprensión del tema que prestan atención a la particularidad de las indias coloniales, como los de Pilar Gonzalbo Aizpuru[94], o los proyectados por Dorothy Tranck[95].

Las categorías culturales implicadas en algunas de estas investigaciones venían a subrayar el fructífero campo abierto por la perspectiva de género en el análisis de los discursos. El trabajo personal y la labor compiladora de Asunción Lavrin de nuevo marcaban, a finales de los ochenta, el contexto historiográfico que se había ido gestando en: Sexualidad y matrimonio en la América hispánica: siglos XVI-XVIII[96], donde se planteaba la visibilización de los códigos culturales configuradores de los valores sociales de género. Valores morales que definieron los conceptos de la sexualidad, del honor, del matrimonio o la familia como factores determinantes de las identidades femeninas coloniales.

En esta compilación la participación de Gruzinski[97], como ya apuntamos anteriormente, era la muestra de las continuadas contribuciones de la historia de las mentalidades mexicana, de manifiesto especialmente en algunas de las publicaciones de los Simposios de la Historia de las Mentalidades[98]. En cualquier caso claves de lo social, también de manifiesto en otras líneas de trabajo como la de Gonzalbo Aizpuru, autora que durante los años noventa articulaba las aportaciones al tema de la mujer y familia indígena, a través de la eficaz coordinación de la serie de compilaciones sobre la historia de la familia colonial[99], labor a la que añadía su investigación propia. Un tema en el que hay que considerar las nuevas direcciones apuntadas por la demografía histórica, donde destacan los nombres de Robert McCaa[100], Pedro Carrasco[101], Sarah Cline[102] y Elsa Malvido[103].

En la publicación dirigida por Asunción Lavrin, La sexualidad..., la misma historiadora[104] y Gruzinski[105] destacaban la importancia del discurso evangelizador en la conquista espiritual de las Indias y la acción de sus códigos morales sobre las mujeres indígenas. Las reglas del poder en definitiva, dictadas para el control de la sexualidad indígena, especialmente la de las mujeres. Fueron las normas de la virginidad, la castidad o el ayuntamiento sin lujuria, inscritas en la mentalidad indígena por el mecanismo de la autoculpabilidad[106] en el confesionario. Moral cristiana estudiada a través de los Manuales de Confesión, que han sido han sido examinados entre otros muchos por Juan Pedro Viqueira[107].

Estas son referencias indispensables dentro de una abundante bibliografía que relaciona religión y valores sexuales de género[108], y que paralelamente pone en evidencia el éxito del discurso cristiano distanciado de las actitudes sexuales y valores sociales reales. De hecho, es la transgresión la que tipifica la normalidad de la convivencia social colonial, tal y como documentaba Asunción Lavrin[109] en los muchos ejemplos de las uniones libres, de bigamia, de la general ilegitimidad o de la habitual utilización de los hechizos amorosos.

En definitiva, el devenir cotidiano en contradicción con las normas religiosas, inobservancia que también arrastró a una parte de los valedores del discurso: clérigos y monjes, cuya manifiesta actividad sexual se mostraba en absoluto edificante bajo la consideración de la Inquisición, institución que juzgó, por ejemplo, los frecuentes casos de solicitación en el confesionario, buena cantidad de los cuales tuvieron por victimas a las indias. Se plasma en estas breves líneas un panorama social que suscita la inmediata cuestión que resume el título de la compilación dirigida por Sergio Ortega: Porqué no se cumplía la Ley de Dios en la Sociedad Novohispana, interesante muestra del amplio conjunto que se ocupa de esta temática[110], y dentro del cual acentuamos la referencia de una investigación muy reciente: “Pervertiendo” el orden del santo matrimonio. Bígamas en México: S. XVI–XVII, de Estrella Figueras Vallés[111]. Un extenso trabajo en el que se articulan con maestría los planos de la actuación institucional frente a la subversión del buen orden colonial, y el hilo rector de la realidad social que son los imaginarios sociales. Prácticas y representaciones que analiza la autora en continua contradicción intercultural, la que determino la vida de las mujeres novohispanas y marcó el especial protagonismo de las indígenas. 

Otros autores son destacables en esta materia, como Ramón A. Gutiérrez[112], Sarah Cline[113] o Rebecca Overmyer[114] y su análisis dialéctico de la ideología religiosa. Así mismo, es obligada la cita de Louise M. Burkhart[115] y su prolongada investigación del diálogo entre la moral cristiana y el mundo nahua, que viene cuestionando la utilización unilateral y acrítica de los textos en náhualt para poner el acento en el contradiscurso cristiano que contienen. Y desde otro enfoque, Noemí Quezada[116] y las interpretaciones de la sexualidad antes y después de la conquista. Argumenta la autora sobre la unidad que componen amor y erotismo en la sociedad mexica, con lo que subraya su separación bajo la cultura patriarcal española. Pues, neutralizado el amor por la idealización cristiana occidental se convierte el erotismo en la dimensión propia del pecado, espacio natural de la magia y la hechicería femeninas.

Recursos sobrenaturales para la inseguridad económica y sentimental femenina, según interpreta Noemí Quezada. Mujeres, todas, que enfrentan el ideal de la vida conyugal a una convivencia cotidiana regida por las imposiciones patriarcales. La subordinación al varón, la doble moral frente al matrimonio como derecho masculino y la subestimación de las mujeres por un machismo omnipresente, enmarcan el conflicto de las relaciones entre hombres y mujeres que estalla en violencia habitual. La misma sobre la que se extiende La historia secreta del género de Steve J. Stern[117],  investigación densa de valiosos aportes documentales, en la que el autor se plantea visibilizar las relaciones de poder que descubre el  análisis de género, y la dialéctica que éste establece con  la cultura política.

Frente a la violencia masculina sortilegios para amansar hombres. Magia, hechicerías, idolatrías, curanderismo, como parte de una línea temática que ha venido a definir en los Estudios de las Mujeres un campo propio sobre la transgresión social, y de las estrategias de resistencia de género e indígenas. Prácticas antinormativas analizadas en su relación con las estructuras de poder, que contrariamente a la historiografía andina en la novohispana se refieren escasamente al marco jurídico especial de las idolatrías o hechicerías indígenas, debido en lo principal a la insuficiencia de fuentes. Por ello, ha sido indispensable la investigación desde la documentación inquisitorial que, a pesar de recoger la presencia de hombres y mujeres indígenas como sujetos jurídicos secundarios, ofrece la posibilidad del estudio sobre las mentalidades y prácticas sociales de las indias. Mujeres que fabrican magia amorosa, hechicerías protectoras u otras dañinas, compartiendo, también, los imaginarios híbridos que componen las culturas coloniales. En este plano de la investigación además de Noemí Quezada se destaca Ruth Behar, la que hace un agudo análisis de la mentalidad mágica colonial y sus referentes: los del simbolismo subversivo femenino, el del ideario occidental sobre el poder mágico de las mujeres indias, o el significado que la autora subraya para las redes interétnicas femeninas de la brujería sexual[118].

 

Del discurso colonial al útero malinche de la nación

Parte de la producción interdisciplinaria que venimos citando, de forma creciente, utiliza el análisis intertextual del discurso literario y el científico, ya sea éste histórico, antropológico u otros. Unas prácticas metodológicas definidas en sus líneas esenciales desde el área de los Estudios Literarios Coloniales, cuya investigación viene revitalizando desde la década de los ochenta la interpretación sobre lo colonial. Aportaciones que son dependientes de la teórica postcolonial y de la deconstrucción textual contemporánea, impulsadas por la academia estadounidense y la inglesa.

Si obligada es la referencia en este campo a Walter Mignolo o Rolena Adorno, entre los más destacados autores que han contribuido a caracterizar el espacio común del discurso histórico y el narrativo, que tiene como eje el análisis de las crónicas y otras literaturas coloniales; también es imprescindible la mención a los que incorporan las reflexiones decisivas de la visión de género: Sara Castro Klaren o Jean Franco.  En lo que a nuestro tema interesa  seleccionamos trabajos señeros para los Estudios de las Mujeres y de Género como los de Raquel Chang-Rodríguez y Regina Harrison[119], o los de Asunción Lavrin y Nina M. Scott, de sobra conocidos, que citamos contenidos en la edición clave de Cevallos-Candau[120] para no alargar la ya de por sí extensa lista bibliográfica.

 Otras muestras de esta línea pueden señalarse en estudios donde se pretende que la historia de las mujeres indias no sea secundaria, así el texto de Virginia M. Bouvier[121], donde se investiga a las mujeres en la conquista y colonización de California. Aquel espacio de frontera donde españolas e indias fueron sujetos activos en el mantenimiento del orden colonial y las resistencias a él.

El mismo contexto histórico-literario enmarca La figura femenina en los narradores testigos de la conquista, de Blanca López de Mariscal[122]. Un texto que partiendo del discurso narrativo, y un acercamiento al iconográfico, subraya el histórico. Rescatar del olvido el papel activo de las indias durante la conquista, es la intención de la autora. Contribuyendo con ello a socavar la asentada imagen de las indígenas como víctimas pasivas del conflicto. Las vemos a través de la visión de los testigos narradores que son realmente los descubiertos: mentalidad y cultura hispana en la imagen que compusieron de las mujeres americanas y en las relaciones de género que plantearon.

Ricardo Herren[123], que también retoma la voz de los cronistas, propone la historia narrativa para ilustrar el espacio cultural de los conquistadores y su comportamiento sexual con las indias recién descubiertas. Pierre Ragón[124] ensaya la construcción y transformación cultural, en un interesante texto que explora las crónicas laicas para mostrar el discurso europeo sobre la sexualidad de los indios que llegó a América, y la composición del  imaginario que de vuelta se propagó en Europa. Además, estudios como los de Blanca López y Pierre Ragón son una muestra de otras muchas incursiones en el imaginario del mito: donde habitan las amazonas, las sirenas, o las sociedades de mujeres en islas imposibles[125]. Es el trasfondo de las mentalidades de cronistas y conquistadores, claves occidentales resignificadas en América, sobre las que aún queda mucho por decir desde los Estudios de Género.

Respecto a la lectura analítica de las representaciones icónicas, y aunque recurrir a las imágenes de los códices indígenas o a las de las crónicas es una forma común en los estudios coloniales, nos falta información en este terreno que podamos vincular a los análisis de género. Sin embargo, sí podemos apuntar, por su interés, el planteamiento metodológico de la historiadora Stephanie Wood[126], en artículo que se estructura en torno a la interpretación de los manuscritos pictográficos de la colección Aubin Goupil.

Para terminar esta primera parte queremos volver a la figura de la Malinche con la que comenzamos. Ya que constituye un buen expositor de otras dinámicas de la historia cultural reciente, aquéllas que se implican en la construcción simbólica del género, en este caso vinculadas a la construcción de la identidad femenina mexicana como parte de la nacional. Pues, son las últimas tendencias las que han logrado interrelacionar la investigación sobre los mitos, las cosmogonías y la psicología nacional, abriendo con ello la vía a la historicidad de los universos simbólicos: los que se van incorporando al análisis histórico.

Las ambivalentes imágenes de la Malinche se desenvuelven en el campo de lo discursivo con mucho de calidad transhistórica, en el concepto acuñado por el estructuralismo. Son las que definen desde la antropología a la Eva-Malinche[127] en palabras de Sonia Montecino, y a la "madre y puta, traidora y útero simbólico de la nación mexicana" en la conocida frase de Fernanda Núñez Becerra[128]. Malinchismo que enuncia la inferioridad indígena y mestiza, y fundamenta la femenina. Son las consecuencias del trauma de la conquista, coartada del exacerbado machismo hispanoamericano[129].

Se estudia, así, el malinchismo como arquetipo de lo femenino o metáfora del mestizaje, pero también como imaginario colectivo multifacético que se entrecruza con otros arquetipos[130], ya sea el binomio Malinche-Virgen tratado por Julia Tuñón Pablos[131], el del marianismo-machismo[132], las soldaderas, o la fusión con la Llorona analizada profusamente por una larga lista de autores[133]. Gradaciones exploradas ampliamente desde Chile por Sonia Montecino[134], investigadora de vanguardia que examina las identidades simbólicas del género apoyándose en una afortunada asociación entre antropología y lenguaje; lo que algún comentarista ha llamado la nueva antropología literaria chilena. Obra, la de Montecino, inscrita en los nuevos espacios de estudio que han venido conformando un significado conjunto de investigaciones hispanoamericanas, como las de Milagros Palma, Norma Fuller o Norman Palma[135].

Otras perspectivas interrogan también a la simbólica de la identidad colectiva, así,  Cristina González Hernández[136] destaca en una publicación reciente la construcción del malinchismo como elemento explicativo de las diferentes etapas de la historia mexicana hasta la actualidad. La etnoantropología, por su parte, viene definiendo  lo que ya son hitos del pensamiento cultural, así en la obra de Fernanda Núñez Becerra[137]. Autora que dibuja la universalidad del mito, despojando a Marina de sus señas históricas para diluirlas en la identidad colectiva: una mujer que "resume a todas las mujeres".

Finalmente, es referencia imprescindible la recapitulación de las diferentes dimensiones del malinchismo en el ensayo múltiple coordinado por Margo Glantz[138], donde la Malinche es reivindicada desde la mirada de la interpretación histórica, la antropológica y la literaria. Entre los excelentes estudios de esta compilación destacamos, por la significación que ha alcanzado, el ensayo de Sandra Messinger Cypess[139], como ejemplo del conjunto de investigaciones de esta autora que propone un estudio social de género desde el análisis de la dramaturgia y la literatura. Así, la deconstrucción de los mitos patriarcales acentúa el de la Malinche, punto de referencia de la reacción contra la traición de la Chingada interpretada por Octavio Paz que reclama otra tradición interpretada por la crítica feminista: una Malinche epicentro del viejo y el nuevo mundo, dueña del privilegio masculino del discurso intercultural a través del dominio del lenguaje.

Subrayar en este punto los estudios sobre la producción teatral malinchista, es plantear las reciprocidades entre el discurso dramático, el filosófico y el histórico,  lo que significa una dinámica constante del diálogo intelectual mexicano. Sabina Berman y la conmoción que levantó con su  Águila o Sol en 1985, la reivindicación de Carlos Fuentes, o la lectura postmoderna de La Malinche de Víctor Hugo Rascón Banda en 1998, son entre otros los nombres de una polémica que llenó el siglo XX, como muy acertadamente expone Alessandra Luiselli (2003) en un ensayo muy actual.

 

II.   MUJERES INDIAS EN EL VIRREINATO DEL PERÚ

 Si México utilizó la reconstrucción idealizada de su pasado azteca como elemento legitimador del proceso independentista, en Perú el discurso de la utopía étnica fue ambiguo. Prevaleciendo la valoración negativa de lo indio, o al menos la no-exaltación, instrumentalizada por unas élites peninsulares y criollas que pretendían la continuidad con España, y percibían el ideario andino como una amenaza a sus privilegios económicos y sociales. Indudablemente, acusaban la presión de las rebeliones indígenas del siglo XVIII que se sustentaron en la utopía andina[140], la que según algunos autores se constituyó en marco de un proyecto nacionalista indio[141].

Aquél era el imaginario del paraíso perdido inca, que se había ido gestado desde el siglo XVII, bajo la justificación histórica que proporcionara Garcilaso de la Vega el Inca en sus Comentarios Reales[142]. Una idealización subversiva para el orden colonial, que el siglo ilustrado recogía de la tradición andina en clave de drama teatral: el Ollantay[143]. Representación  de la simbólica intemporal del Tawantinsuyo que contenía el arquetipo idealizado de la mujer india, personificado en  Cusi Coyllur e Hima-Sumac, incas nobles y heroicas.  

La respuesta de la intelectualidad criolla a la amenaza indígena fue una cuidadosa elaboración del pasado. Se recreó, entonces,  la grandeza de los testimonios arqueológicos, desconectando su historia de la legitimación del poder inca que reivindicó Túpac Amaru II. De esta forma, rechazada la seña de identidad nacional del movimiento tupamarista por un nacionalismo criollo de marcado carácter segregacionista, también se excluyó del reconocimiento histórico a las heroínas indias de la sublevación,  y a la figura principal de  Micaela Bastidas Puyucahua. Así, comenzaba el  periplo de Micaela como icono invisible de la historia peruana[144].

De hecho, desde finales del siglo XVIII, a la divulgación del activismo político femenino indígena opuso la prensa un ideal de mujer india sumisa, registro discursivo analizado por Claudia Rosas Lauro[145]. Y ciertamente, durante el siglo XIX, la historicidad de aquellas indias, mujeres y rebeldes, quedó ocultada por la retórica patriótica del nacionalismo que se elaboraba en clave masculina. Valores nacionales subrayados por el proyecto de la gran Historia Nacional, la que promoviera el positivismo decimonónico teñido de romanticismo[146]. Fueron las líneas comunes que centraron el discurso de los arquetipos de cartón piedra del Imperio Inca. Referentes ideales que negaban a los indios e indias reales, tal y como lo expresa Cecilia Méndez en un ensayo de afortunado título: Incas sí, Indios no[147].

En este contexto político e historiográfico se cimentaba la contradictoria lectura de la mujer india, fluctuante entre la negatividad de lo indígena y el idealismo intemporal. Éste como discurso simbólico e ideológico que presentaba a “la india” como paradigma del eterno femenino, en sustitución  de los contenidos históricos que pudieran definir el papel e identidad de las colectividades femeninas en las sociedades indígenas. Composiciones representativas a las que también contribuyeron las primeras feministas del siglo XIX a través de una literatura de adscripción proindigenista; eran las mujeres ilustradas en el título de Francesca Denegri[148].

Ideario que, por ejemplo, se manifestaba en la obra sobresaliente de la autora de Aves sin nido, Clorinda Matto de Turner[149]. Y que recrea en su  melodrama musical Hima-Sumac de épica patriótica y mítica aristocrática. En él la princesa peruana, presentada débil y pasiva, es escogida en desmérito de la figura histórica a la que sustituye: Micaela Bastidas, para la que hubiera cabido esperar bajo la pluma de Matto su encumbramiento a gran heroína de la historia peruana. Una observación tomada del  análisis de Mary Berg[150], autora que  advierte sobre la necesidad de profundizar en la obra de Turner y del resto de aquella generación de pioneras feministas; lo cual subrayamos en los matices que le faltan al tema, ocultos por una insuficiente investigación que relacione  los primeros feminismos, el indigenismo y el nacionalismo[151].

Las primeras décadas del siglo XX, configuraron el marco temporal donde se articuló la corriente indigenista que representaban Mariátegui, José María Arguedas y Luis E. Valcárcel. Era el momento en el que Mariátegui[152] expresaba su pensamiento de un socialismo nacionalista, que invocaba al  comunismo incaico latente como herencia del pasado prehispánico; y  Valcárcel, precursor de la etnohistoria y el mayor impulsor de la Antropología Aplicada en Perú, escribía su conocida sentencia: “el proletariado indígena espera su Lenin”[153]. Un clima intelectual  que arroparía la creación de Amaruta, portavoz de una vanguardia  que  recogía la voz de  la brillante generación femenina de los años veinte[154].

 Se movían, pues, nuevas y trascendentes ideas, las que, no obstante, continuarían cultivando la imagen irreal de la mujer inca moldeada por el discurso de género patriarcal: de abnegación, sumisión y depósito de los altos valores morales de la raza. Virtudes preservadas en la  pureza sexual de las indias, tal y como sublimó  la  inflamada prosa de Valcárcel[155] en  la doncella Kori Ojllo, asesinada defendiendo su castidad frente al conquistador. Son éstas algunas de las apreciaciones de  Maruja Barrig, en el análisis del pensamiento  indigenista que aborda en El mundo al revés. Imágenes de la mujer indígena[156]

Fuera de las  elaboraciones indigenistas el positivismo hispanista ofrecía dispersas y escasas referencias históricas de las mujeres: las generadas a través de la biográfica de las grandes mujeres americanas. Categoría cuyos criterios limitaban la experiencia histórica de las indias coloniales a la consideración esporádica  de Micaela Bastidas[157]. Visión restringida en la que abundó una escasa bibliografía peruana de corte tradicional en los años sesenta y setenta[158]. Son textos que recogieron el  eco de la promoción gubernamental nacionalista de un indigenismo arcaico, y de la gesta independentista que destacaba las precursoras sublevaciones del siglo XVIII. Los resultados fueron trabajos escasamente críticos respecto a la historia de las mujeres en general y de las indígenas en particular. Así, se interpretó a las heroínas indias a través de Micaela Bastidas, dentro del discurso de la epopeya patriota habitado por el arquetipo de valientes y broncíneos indígenas.

 

Las nuevas tendencias historiográficas

Como revulsivo político, la intelectualidad progresista de los setenta levantaba con la bandera del neoindigenismo una búsqueda de las auténticas raíces indígenas, objetivo que inspirara el cuerpo ideológico de las renovadoras propuestas que inauguraba la, etnohistoria andina[159]. Disciplina ésta, que a finales de los ochenta fue, según sus detractores[160], el sustento académico del esencialismo andino. Por otra parte, eran  innovaciones deudoras de una visión de los vencidos[161] que, a diferencia de la relativa tensión interpretada hasta aquel momento en las fuentes mesoamericanas, subrayaba en Perú el enfrentamiento y separación de indios y españoles[162]. Entonces, se ponía en marcha  un proceso dialéctico provocado por la llegada de las tendencias historiográficas más avanzadas al espacio cultural hispanoamericano, esto es en síntesis: el renovado materialismo histórico, la escuela de los Annales y la nueva historia económica estadounidense[163].

Son las referencias de una pujante historia  social de interpretación marxista, que analizó  las rebeliones indígenas como procesos de resistencia colectiva dentro de la dinámica de las revoluciones sociales. Clima ideológico que, sin duda, alentó otra épica de las heroínas revolucionarias[164], como la que publicó en 1972 Juan José Vega: Micaela Bastidas y las heroínas tupamaristas[165].

 

Constituyeron estas publicaciones los precedentes de la primera eclosión de los estudios históricos sobre las mujeres peruanas en la década de los ochenta. Así, las reflexiones en 1985 de León G Campbell[166], autor que observaba la intervención de indias del común en la rebelión tupamarista,  y deducía de ello un mayor grado de participación y libertad femeninas en las sociedades indígenas respecto a los otros grupos coloniales; o las señeras investigaciones del historiador francés Bernard Lavallè[167]. Y a destacar, la producción académica peruana que, además  del ya citado Juan José Vega[168],  tuvo pioneros como el ecléctico historiador Pablo Macera[169], María Rostworowski[170], María Emma Mannarelli[171], y desde las mentalidades de la familia Alberto Flores Galindo y Magdalena Chocano[172]. Completaban el panorama las investigaciones estadounidenses, a las que nos referimos más adelante.

Al interés del momento por la historia de las mujeres contribuía el del feminismo peruano, que  comenzaba a remediar con nuevas  propuestas  la anterior ausencia de las mujeres andinas en sus contenidos programáticos. Aunque, la conjunción académico-feminista no produjo una investigación tan amplia como la mexicana. Pues, aparte de las síntesis comparadas hispano o iberoaméricanas[173], solamente  apareció un estudio en 1985 que se pueda llamar general de la historia de las mujeres peruanas: Mujeres peruanas. El otro lado de la historia[174], de la periodista y escritora  Sara Beatriz Guardia, elaborado bajo una perspectiva comprometida con el feminismo de izquierda y de solidaridad con lo indígena. En aquel momento, este trabajo visibilizaba una experiencia histórica negada a las mujeres, que significaba la de las indígenas prehispánicas y coloniales. Micaela Bastidas y las caudillas de la rebelión tupamarista ocuparon en la publicación un lugar destacado,  interés por el tema que ha llevado a su autora a otro ensayo más detallado sobre la heroína india[175]. El texto  de Mujeres peruanas, en su  quinta edición actual, continúa siendo la única síntesis de tiempo largo en el Perú, y singular por la constante actualización de contenido que su autora viene realizando en las sucesivas impresiones.

La militancia política de las indias del siglo XVIII continúa teniendo un indudable atractivo que, no obstante, ocupa trabajos muy puntuales[176], entre los que destacan  algunos nuevos enfoques que apuntan a un estudio de las culturas políticas coloniales. Es el caso de: Mujeres en rebelión: la presencia femenina en las rebeliones de Charcas del siglo XVIII[177]. Texto boliviano que, apoyado en una sólida base documental,  estudia tanto a las líderes como a las sublevadas de pueblo llano en el Alto Perú virreinal. Proponiendo una tradición indígena de participación social y política de las mujeres que explica su actuación en las rebeliones. Tradición heredada del período prehispánico, según indican las autoras, y extraña a las mujeres criollas y peninsulares. En este texto, el enfoque de género pone al descubierto las interacciones sociales que sustentaron la rebelión. Así mismo, destacan estas historiadoras la “ceguera de género” en prácticamente la totalidad de los estudios dedicados a la cuestión. Una argumentación que se puede subrayar respecto a la temática general de los levantamientos indígenas en el Perú virreinal.

 

 Identidades de género coloniales

 Otras dimensiones de la resistencia fueron expuestas, a partir de los años setenta, principalmente desde el área de la antropología social y cultural, y a través de los análisis de la condición socioeconómica de las indias y su participación en la economía colonial. Una temática en la que los estudios son mayoría respecto a los de otros grupos de mujeres coloniales, y en la cual el conjunto atiende a los macrotemas de la dominación colonial, la de género y a las estrategias de resistencia.

La base común de la investigación ha sido la división sexual del trabajo y su papel en las estructuras familiares y de parentesco. Con preferencia los temas estudiados vienen siendo: el empleo doméstico[178],  el trabajo en el comercio urbano[179], la producción doméstica de textiles[180] y las relaciones  jerárquicas de poder económico-social  En este marco, se ha problematizado la respuesta de las indígenas ante la presión colonial: “acomodación o resistencia”[181], cuestión  que suscita, inmediatamente, la indagación sobre el desarraigo o la  continuidad cultural en las migrantes urbanas e indias rurales. También se polemiza sobre la complementariedad sexual, concepto utilizado como un baremo que mide el grado de la transculturación y de subordinación femenina. Son preguntas a la investigación que coinciden en el objetivo de definir las identidades femeninas indígenas.

En 1978, la estadounidense Elinor Burkett[182] planteaba  la conocida interpretación de la acomodación de las indias a la sociedad colonial, promocionadas social y económicamente en la vida urbana por delante de los varones indios. Se señalaba con ello una relativa independencia de las mujeres, y su papel  integrador de las dos culturas que subrayaba una nueva identidad. Una tesis que Frank Salomon  ratificaría en 1988, a partir del estudio de los  testamentos de las indias de Quito[183]. Las opiniones críticas señalaron en la interpretación de E. Burkett la  subestimación de los costos sociales para las indias.

A la postura contraria respondía en los años ochenta el análisis de Irene Silverblatt, en su investigación sobre  las indias  rurales: Luna, sol y brujas. Género y clases en los Andes prehispánicos y coloniales[184]. Ensayo deudor de la teórica del feminismo radical estadounidense,  y que marcaba un hito en la interpretación del género y sus relaciones con las jerarquías de poder y estructuras económicas coloniales. El trabajo de la antropóloga  enfatizó la mayor explotación económica de las mujeres indias respecto a los hombres, a la que se sumaba la humillación y explotación sexual. Siendo tal situación de opresión  un detonante para la resistencia consciente al  poder español, rebeldía que se sustentaba en el  mantenimiento y transmisión de su cultura espiritual y se hacía activa con la huida a las punas. Es la imagen de las víctimas, pero también la del poderío femenino de la resistencia. Una fuerza moral que, según Silverblatt, hacía de las mujeres indias los sujetos colonizados más idóneos para preservar las culturas originales indígenas de la desestructuración forzada por la conquista hispana.

En el mismo año de la publicación de Irene Silverblatt veía la luz el trabajo fundamental de Luis Miguel Glave: “Mujer indígena, trabajo doméstico, y cambio social en el Virreinato peruano del siglo XVII”[185],  una investigación apoyada en el estudio del padrón de la ciudad de La Paz. Éste es un texto esencial para la situar a las indias dentro de la temática de las migraciones y su significación en la economía colonial[186], cuyo análisis evidencia la sociedad estructurada por España de subordinación: indígena y de género. Las emigrantes indias, que eran la mayor parte de la población indígena de la ciudad, son mostradas por Glave dedicadas a cubrir todas las necesidades de los servicios domésticos. El cuadro resultante es el de unas condiciones de  general explotación y abusos de las indias; trabajadoras voluntarias y forzadas, reproductoras indispensables para el desarrollo  colonial; niñas y mujeres desarraigadas de sus ayllus, sin origen conocido: son las María Sisa en la negación extrema de un nombre propio.

Si L. M. Glave y, desde otra óptica, Elinor Burkett, destacan la ruptura de las indias con sus sociedades originales y la formación de nuevas identidades urbanas, las investigaciones sobre Bolivia de Brooke Larson[187] y de Ann Zulawski[188],  junto a las de Irene Silverblatt, distinguen la continuidad cultural y la resistencia. Argumenta Zulawski una yuxtaposición de sistemas sociales de complementariedad andina y patriarcado hispano, que ligaba a las indias y a su trabajo  a las estructuras familiares indígenas. Refutaba con ello la autora, en los años noventa, la relativa independencia económica que sugerían Frank Salomon o Burket, y proponía múltiples respuestas a la complejidad social en la colonia. En este sentido enmendaba el cuadro desolador que proponía L.M. Glave, señalando situaciones más ventajosas para las indias como las ocupaciones comerciales urbanas.  Y cuestionaba, además, la  sublimación de la explotación y sufrimiento de las mujeres que hiciera  Irene Silverblatt frente a la de los hombres o la infancia.

Hay que destacar a Larson y Zulawski en sus trabajos de finales de los años ochenta, cuando recogían las propuestas de la antropología cultural y  la visión marxista estadounidense en un intento de superar los estrechos cauces del estructuralismo. En este sentido se desarrollaron sus estudios de economía regional: una interacción de la perspectiva de clase, étnica y de género. Su postura, destacando el peso decisivo del trabajo indígena en las estructuras económicas coloniales, alineaba a las autoras en la corriente  crítica a la teoría de la dependencia.

Posteriores ensayos ampliaron estos campos de reflexión, en una dirección principal de exposición de los mecanismos de construcción de las identidades de género coloniales. Y a los muchos ejemplos, que veremos más adelante relacionados por áreas de estudio o temáticas extensas, se sumaron otros que aportan los matices de lo discursivo a cuestiones más tradicionales. Por ejemplo,  la lectura de la incidencia del discurso dominante en la división sexual del trabajo que hace  Karen B. Graubart[189],  o las transformaciones de las mentalidades y prácticas sociales de las indias en la élite colonial  investigadas por Ximena Medinaceli[190].  

El planeamiento de la continuidad cultural es también, necesariamente, el de la complementariedad  sexual: “una de las vacas sagradas de los estudios andinos” en palabras de Denise Arnold[191].  Sobre la cuestión, y a lo ya dicho en la primera parte de esta exposición,  hay que añadir en los estudios sobre el Perú colonial el mayor consenso en torno a las tesis de los sistemas de género igualitarios andinos, antes y después de la conquista[192]. Incluso, la difundida argumentación antropológica que, en 1976, hiciera Billie Jean Isbell en  La otra mitad esencial[193] sobre las estructuras complementarias prehispánicas, estaba llamada a prevalecer por encima de  la revisión que la propia autora haría en la década de los noventa[194], en la cual señalaba categorías de representación andróginas. Una interpretación ésta que  aún respetando el funcionalismo de la complementariedad,  rechaza la anterior hipótesis que situaba el núcleo de su acción natural entre los cónyuges, pues se advierte contaminada la imagen de la pareja inca por  la ideología de género europea.

Otras reflexiones revisionistas de la complementariedad andina fueron adquirieron peso ya avanzados los años noventa. Entre las que destacan aquéllas que partieron de las contradicciones que el esquema igualitario planteaba al estudio sociológico y antropológico de las sociedades contemporáneas: un enfoque afectado de "culturismo extremo" en palabras de Norma Fuller[195], y producto cultural idealizado en la consideración de Maruja Barrig[196].

  Para los fundamentos de la hipótesis de la complementariedad, también, han sido esenciales las investigaciones de María Rostworowski[197] que  insiste en estructuras prehispánicas igualitarias de género, cuyo correlato es la cosmovisión dual andina. Tanto los estudios de esta autora como los de Billie Jean Isbell han influido en una abundante analítica que se plantea la definición de la estructura socio-económica sustentadora de las relaciones igualitarias entre sexos. Estructura que, mayoritariamente, ha sido inscrita dentro del orden de reciprocidad andina. En esta línea, resulto decisivo para la interpretación del  período colonial el citado trabajo realizado por Irene Silverblatt[198] en 1987. Un análisis el de este texto que sugería  un sistema de igualdad de género, derivado de la valoración equivalente del trabajo de los dos sexos en las sociedades campesinas pre-incas. Situación que la autora entendía ya subvertida en la fase final del dominio Inca, y degradada hasta la total subordinación de las mujeres durante el gobierno hispano, cuando legislación y régimen tributario minaron los principios de la descendencia paralela, que afectaba directamente a la herencia de las mujeres y su tenencia de la tierra.

A esta breve semblanza nos parece adecuado añadir, entre las abundantes consideraciones sobre el tema, la referencia a las importantes aportaciones teóricas de la socióloga  Silvia Rivera Cusicanqui[199]. Valga como ejemplo el  artículo que citamos, centrado en la evolución de las relaciones de género dentro de la sociedad aymara.

En otro plano de la interpretación, María Rostworowski argumentó un poder político paralelo al orden mitológico dual.  Poder social compartido, que la etnohistoriadora encontró vigente en los pleitos por la herencia femenina, una documentación utilizada para su investigación sobre los territorios coloniales de la costa septentrional peruana. Curacas y sucesiones. Costa norte, es el título de este estudio en el que se avanzaba el concepto de  la jefatura  étnica  femenina[200], significando de esta  forma el poder que detentaban las “capullanas” en sus curacazgos[201].

A pesar de su interés manifiesto, en el  tema de las jefaturas femeninas coloniales no abundan nuevas aportaciones. Por ello es de destacar la línea de investigación que mantiene Estela Cristina Salles[202] que,  a partir de una primera reflexión sobre fuentes documentales del siglo XVIII en Omasuyos,  ha publicado un reciente ensayo que refleja el estado de la cuestión: "La herencia femenina andina prehispánica y su transformación en el mundo colonial". Expone la historiadora que los derechos de la descendencia paralela no se explican desde categorías económicas, y replicando a Silverblatt observa que “el problema patrimonial era inexistente en el mundo andino: no existía la noción del derecho de propiedad”[203]. Lo que se transmite es la “herencia del poder”, y es ésta la que otorga entidad propia a la historicidad de las capullanas durante el período colonial. Ciertamente, una prolongada pervivencia  la de este sistema sucesorio, cuya  génesis  sitúa la autora en el tiempo anterior a la hegemonía inca, y al cual se superpuso el ordenamiento legislativo español. Así, “la herencia del poder” en conflicto con la “herencia patrimonial”  hispana fue perdiendo su legitimidad, que era la de los derechos políticos de las mujeres indias.  En opinión de E.C. Salles, el mantenimiento de tal orden de sucesión si no se puede afirmar con certeza que indique relaciones simétricas de género,  al menos sí muestra  una situación de no-sometimiento de las mujeres andinas. En cualquier caso, apunta la autora lo imprescindible que resulta considerar  las diferentes ópticas culturales de europeos e indígenas americanos para una correcta interpretación.

Otras referencias sobre esta temática conforman un conjunto de investigaciones dispersas y escasas, entre ellas citamos los artículos de  Juan José Vega, Oswaldo Fernández Villegas y  el conjunto de Glady A. Varela y Luz M. Font.[204]

 

Ya no ay uírgenes como en tiempo de los Yngas[205]

Hasta aquí, distinguimos un mayoritario consenso en la interpretación que señala estructuras igualitarias de género en las sociedades prehispánicas, devaluadas  bajo el sistema económico y de dominación hispana[206]. Entendida, por tanto, la dinámica colonial como el factor externo diluyente de la cultura indígena que afectó en todos los órdenes a las sociedades andinas, y, según algunos autores, especialmente  a las mujeres indias. Puesto que ellas acusaron la desestructuración de las instituciones andinas doblemente, en su condición de dominadas por el poder español y en la de mujeres. Las indias ante las leyes patriarcales españolas quedaron en una situación de extrema vulnerabilidad,  perdieron el reconocimiento social que mantenían en sus culturas originales, a la vez que sus derechos económicos y políticos. Una indefensión a la que se añadía la explotación despiadada de su trabajo, y el  abuso sexual generalizado  que perpetuaron  los  varones españoles.

En estos términos se expresa Irene Silverblatt siguiendo la Nueva crónica y el buen gobierno de Felipe Guaman Poma de Ayala.  La autora identifica  dominio inca y español con el sistema patriarcal, este último responsable de la destrucción de los valores morales prehispánicos. Aquéllos que para las mujeres fueron los de la virtud y castidad, en unas sociedades que ignoraban la prostitución femenina antes de la llegada de los españoles. Esta argumentación cuenta con una amplia aceptación, y la encontramos repetidamente en múltiples estudios de diversas disciplinas. Como ejemplo, y desde el campo de la historia, la interpretación reiterada de  Juan José Vega[207] en un artículo donde rechaza las noticias sobre la prostitución incaica que  daba Garcilaso de la Vega, el Inca, en sus Comentarios reales de los incas, concluyendo el autor con la aseveración de que el ejercicio de la prostitución por las indias es un producto de la introducción de la propiedad privada y la economía monetaria por los españoles. El mismo tema tratado por Ward Stavig[208], quien no rechaza la versión de Garcilaso de la Vega, destaca durante el período virreinal las diferencias entre la prostitución urbana y la rural, la implicación en tal práctica de varones indios y no indios, la situación de parias que pudieron sufrir las prostitutas indias censuradas por sus comunidades y la ambigüedad entre la condición de concubina o prostituta[209]. 

El argumento de la contaminación cultural ampara otras reflexiones, así las que exponen  como a mayor  grado de aculturación y mestizaje correspondió mayor subordinación de género, de la que es inseparable la violencia masculina.[210].  En parecidos términos lo indica Irene Silverblatt[211], subrayando a Guaman Poma en su denuncia de que alcoholismo y violencia son una perversión europea  ajena al mundo prehispánico; o en todo caso, según Armas Asin[212], aun existiendo el maltrato sexual en las sociedades andinas con los españoles se hizo sistemático. En conjunto se advierte del  peso que en la investigación histórica tiene esta interpretación, que se ha constituido en referente común cultural y político. Es el mismo espacio que revisa el análisis crítico de  Maruja Barrig[213], autora que cuestiona estas concepciones desde los requerimientos del presente, y a través de la deconstrucción histórica de los discursos clarifica las implicaciones ideológicas en la composición de un persistente pensamiento de idealización andina.

Ya fuera la violencia social y de género un fenómeno exógeno a las culturas prehispánicas o no,  su visibilización fue un logro de la historia de las mentalidades, interesada en las nuevas perspectivas que ofrecía el estudio de la familia, el de las relaciones sexuales, o el de los discursos sociales de género. Posibilidades planteadas en 1984 por Alberto Flores Galindo y Magdalena Chocano[214],  y poco después desarrolladas en varios de sus aspectos por Bernard Lavallè desde 1986[215]. La colección  de los sucesivos trabajos que el historiador dedicó al tema fue publicada en Amor y opresión en los Andes coloniales[216]. En estos ensayos, el sólido cuerpo documental de los expedientes de divorcio y nulidad informa de una realidad social recorrida por el  desamor  y la violencia cotidiana. La visión de género del autor y su atención a los sujetos históricos indígenas hacen de esta obra una referencia imprescindible.

Otros enfoques de los estudios culturales van completando el cuadro de los valores morales y de género en las sociedades indígenas. Compartiendo, todos ellos, la  exploración del discurso de la dominación. Así, dentro de las fundamentales investigaciones que venimos  citando al respecto, no se puede dejar de destacar  el ensayo de Ward Stavig en Amor y violencia sexual: Valores indígenas en la sociedad colonial[217], trabajo sobre el Cuzco que analiza los encuentros y conflictos entre las culturas de conquistadores y conquistados: mentalidades coloniales y  matrimonio, la homosexualidad,  o la violencia sobre las mujeres.

Además, al margen de las adhesiones  o las críticas a sus hipótesis, hay que referirse al buen  trabajo de Irene Silverblatt y sus logros, que han establecido buena parte de las complejas relaciones entre cultura, género e historia del período colonial. Conexiones desveladas cuando examina los valores de la familia indígena y mestiza en el siglo XVII[218]. En el ensayo que citamos, el análisis de género descubre en  los escritos evangelizadores y las crónicas los códigos del discurso, o lo que es igual: el armazón del control social y de género. Apreciable investigación la de la antropóloga en este tema, en el que los estudios referidos al sur  americano  son escasos en comparación con los dedicados al México virreinal. Un breve comentario sobre el estado de la cuestión hace Mariángeles Mingarro en uno de los pocos exámenes recientes sobre mujer y familia en Nueva Granada[219], en el que la referencia clave es el trabajo antropológico de Virginia Gutiérrez de Pineda[220],  único estudio sistemático de la familia  en Colombia.

Por otra parte, muchas investigaciones esenciales en el estudio del género, que recogen diferentes facetas de la mentalidad social sobre  el matrimonio, la ilegitimidad o el honor[221], estructuradas desde perspectivas generales no ofrecen apreciaciones diferenciadas sobre la sociedad indígena o sus mujeres. Aunque algunos sugerentes ensayos se destacan, en la medida que apuntan a otros niveles de análisis escasamente tratados como el de las relaciones interraciales o las de sociabilidad, temas que para  finales del período colonial ha tratado Margarita Zegarra[222]. Otro plano de investigación novedoso es el de la infancia, cuyas posibilidades desde el análisis de género se encarga de demostrar  María Enma Mannarelli[223].

 Un elevado número de estos estudios sitúan el foco analítico sobre el discurso religioso, cuya decodificación viene evidenciando no solamente la dinámica de la identidad de género, sino la intención de deculturación  y de control de la sociedad indígena que tuvo la empresa misionera. En definitiva, orden social al servicio de la economía colonial. Son versiones que apoyan a la necesaria revisión de la evangelización americana,  a la cual se ha contribuido decisivamente desde una parte de los Estudios de las Mujeres y de Género.

En este sentido, es importante  la exploración de las claves del dominio de la sexualidad femenina indígena, u otras que  descubren la doble moral católica.  Estos son los términos que desde la intertextualidad literaria y antropológica plantea el trabajo de Regina Harrison[224], en un análisis de los Manuales de Confesión de  revelador título: "The Theology of Concupiscence…”; o el de Ana Sánchez[225], que desde  los procesos inquisitoriales examina los delitos de solicitación y otros abusos de la clerecía. Fernando Armas Asin[226], también se ha ocupado del  mismo tema, buscando su implicación en la construcción de las nuevas identidades de género. Sin olvidar algún artículo  más específico de Irene Silverblatt, en lo que es una temática constante de su trabajo[227].

Manuales, catecismos, o expedientes, pero también los escritos de los clérigos o las crónicas de laicos son fuentes primordiales para la indagación de las mentalidades, en el doble proceso  de la elaboración y transmisión de las representaciones sobre las mujeres  indias. Así, las imágenes de feroz misoginia del cura doctrinero Bartolomé Álvarez, anti-indigenista y machista en palabras de Mª del Carmen Martín Rubio[228]. Y bajo la visión histórica de Pilar Pérez Cantó[229], la mirada más templada de Pedro de Cieza de León revela los pilares de la cultura patriarcal hispana con la que interpreta a  las mujeres prehispánicas.

Mención especial merece la investigación en torno a la Nueva crónica y buen gobierno de Guaman Poma, peruano universal y referente de la herencia andina que se ha erigido en icono de la cultura nacional. Si en el campo interdisciplinar la utilización del texto de Guaman Poma como fuente primaria es amplia y recurrente, en la historiografía de género es pieza angular de varios debates de importancia desde la interpretación que hiciera Irene Silverblatt, de la que ya hemos hablado. No obstante la resonancia del tema, y que una de las objeciones a la lectura de Silverblatt sobre dicha crónica ha sido la utilización acrítica del discurso de Guaman Poma, no abundan los trabajos de análisis intertextual sobre el cronista referidos a las mujeres.

Bajo estas observaciones, podemos destacar el  estudio de Alejandra Osorio[230]. La autora centra su análisis en el discurso de Guaman Poma, significando la construcción por el cronista de una utopía incaica desde los presupuestos de la cultura europea y la moral católica. La magnificación de la pureza y el orden social inca componen la imagen de la castidad de sus mujeres, la que una vez pervertida por los conquistadores pone de  relieve la inmoralidad  de la dominación española. El discurso católico sobre las mujeres eleva la culpa que Guamán Poma pretende para las indias colonizadas: de vírgenes a amancebadas y muy grandes putas, en expresión repetida del autor; cómplices de una corrupción cuyo fruto es el mestizaje. Mezcla étnica y racial  aborrecida por el cronista, y a la cual culpa de la destrucción del orden superior de las sociedades prehispánicas. Era la realidad en la que Guaman Poma vivía, sentida como un mundo al revés.

Dentro del  campo de los Estudios Literarios  Coloniales[231], el manuscrito de Guaman Poma[232] mantiene la posición de honor que le ha dado una investigación[233] destacada, y decisiva para el estudio tanto de la crónica como del cronista. Estudios a los que contribuye el análisis de género realizado por  Raquel Chang Rodríguez, autora que, apoyada en una línea importante de trabajos sobre la Nueva crónica,  realiza una interesante lectura de las coyas incaicas en el manuscrito[234]. Otros ensayos de Chang Rodríguez,  llenos de ricas sugerencias, amplían su estudio sobre las representaciones de las mujeres indias en las crónicas, por ejemplo, cuando nos expone el pensamiento de Fray Martín de Murúa[235], o se dedica a la literatura del Ciego de la Merced en su relación con la pintura colonial, trazando las líneas discursivas del mestizaje aristocrático[236]. Otra investigadora, Diana Miloslavich Tupac[237], se plantea la observación de la mujer indígena desde la simbólica del matrimonio y de las historias de amor, en las obras épicas de Juan de Miramontes y Miguel Cabello de Valboa. 

Del espacio de la subjetividad amorosa, examinado desde el análisis común de la literatura y la etnohistoria, puede ser buen ejemplo el estudio de Luis Millones[238] y Mary Pratt, Amor brujo[239]. Texto que utiliza el análisis psicológico, y menos el histórico, en la interpretación de las  representaciones icónicas de las tablas de  Sarhua y los dibujos de Guamán Poma, para mostrar la cultura sexual y las relaciones amorosas indígenas. Esta exploración de las representaciones iconográficas, apunta a un terreno de la investigación interdisciplinaria  aún por desarrollar en todas sus posibilidades en los Estudios de las Mujeres. Por ello, son valiosas algunas aportaciones recientes como la que presenta desde España  Rocío de la Nogal[240], en un artículo que visibiliza la historicidad de las indias en la obra gráfica de Martínez  Compañón.

 

 Las brujas andinas

Transgresiones sociales, mentalidades mágicas, sexo, religión y poder colonial, resistencia de género e indígena. Estos son los términos de otros nexos de la historia colonial a los que ya nos referimos en la primera parte de esta exposición, y una temática  que ha abierto nuevas vías de interpretación en el terreno de las prácticas sociales, las mentalidades y las identidades femeninas. Los inestimables resultados obtenidos en lo que al conocimiento de las mujeres indias se refiere, se han visto beneficiados por la disponibilidad documental de causas idolátricas y por los avanzados estudios sobre  la extirpación de idolatrías, uno de los grandes temas historiográficos del Perú. 

Fue  Irene Silverblatt, en su ensayo de 1987[241], la  que abordó el estudio de las prácticas mágico-religiosas de las mujeres andinas interpretándolas como formas de resistencia cultural anticolonialistas. Actuaciones, según la autora, que  revalorizaron el papel social de las mujeres como guardianas y transmisoras culturales. La represión efectuada bajo el mecanismo institucional puesto en marcha por las Visitas de Idolatrías fue, en la lectura coincidente de la etnohistoriadora y  Pierre Duviols[242], un proyecto para la destrucción de las religiones andinas. Campaña que entendieron paralela a la caza de brujas europea.

Estas interpretaciones son destacadas por Alejandra Osorio[243] para  cuestionarlas, a partir de las conclusiones de su investigación sobre los juicios de idolatrías a las indias de los sectores populares de Lima en el siglo XVII. Al énfasis en la permanencia de las culturas prehispánicas, opone Osorio la importancia de la transculturación y de  la dinámica del mestizaje cultural como sustento de hechicerías y curanderías, utilizadas como controladores de la propia sexualidad de las mujeres, y configuradoras de una red solidaria femenina  interétnica[244]. Por otra parte, al móvil de la persecución religiosa  añade la historiadora, junto a  Ana Sánchez[245], el factor determinante del proyecto político de cultura oficial normalizadora que impulsó el Concilio de Trento. 

Con todo, el aporte de mayor difusión ha sido el trabajo sobre "Las brujas andinas" de Alicia Poderti. Aporte de valía en cuanto a su incursión en el discurso que resitúa el tema en una esfera de interpretación de notable interés para futuras reflexiones. (Por acaecer la publicación de este trabajo al filo del cierre del presente artículo no se incluyó su referencia, pero ahora, en 2011, sería inexcusable no remediar tal omisión,  máxime contando con la ventaja de su publicación en la Red. La cita completa en el apartado de bibliografía: Poderti)

Ciertamente, el espacio andino durante los dos primeros siglos de la colonia ha sido el foco de esta temática,  y estudios posteriores completaron esta visión para el siglo XVIII. Así, Tucumán[246],en el  dieciocho y siglo  anterior, es el escenario para los procesos por brujerías y hechicerías contra indias y negras  que ha sido analizado por Carlos Garcés[247] en un trabajo referido a este espacio andino argentino. Para otras  investigaciones centradas en  Atacama y Ecuador,  recogemos la cita  de Adolfo Luis González[248], en un artículo donde analiza un juicio de brujería en Santiago del Estero, fechado en 1761.

 La temática, también, ha sido examinada a fondo por Judith Farberman[249] en dos ensayos, en los que resalta los discursos   de género en la respuesta social y expone un imaginario mágico popular de contenido hispano-indígena, que revela mentalidades y actuaciones judiciales alejadas de los modelos andinos de las extirpaciones y de la caza de brujas europea.  En la medida que se  subraya no el enjuiciamiento invidual sino el de los colectivos de brujas, construidos estos, entoncés, con los elementos  de una cultura mestiza, híbrida, desvelada a través de los sumarios de hechizos imposibles, pactos con el diablo y  el aquelarre que llamaron la salamanca.

Por último, en lo que a las instituciones femeninas se refiere, las investigaciones sobre el Perú virreinal han sido menores que las dedicadas a la colonia novohispana, y no conocemos ninguna diferenciada sobre las indígenas. No obstante, un conjunto de  buenos trabajos enfocados desde categorías del mestizaje es la mejor guía para destacar el  segundo plano en el que se documenta a las mujeres indias. Así, Kathyn Bums[250] observa el papel jugado por conventos como el de Santa Clara de Cuzco en  la economía espiritual. Economía estructurada sobre una red de relaciones jerárquicas que favoreció la hispanización de la élite indígena y mestiza cuzqueña, proceso en el cual fue esencial la acogida de las hijas de la aquellas aristocracias.

Nancy E van Deusen[251], que ha desarrollado una interesante línea de exploración sobre las mentalidades y los recogimientos, también señala visiones parciales de las indias. Fragmentos de información que para el recogimiento de Santiago de Chile proporciona Patricia Peña[252]. Apuntes, en cualquier caso, de lo que a todas luces es una investigación pendiente sobre aquellas instituciones de acogida: “…casas donde las indias solteras pudieran recogerse por las noches a fin de evitar amacebamientos, y deshoneftidades...”; como rezaba el mandato de la Recopilación de Leyes de Indias, de 1680, y citado por Patricia Peña en su artículo.

 

NOTAS

[1] Con la colaboración de Celia Parcero Torre.

[2] Centro de Estudios la Mujer en la Historia América Latina, dirigido por Sara Beatriz Guardia. Es obligado en esta primera nota que conste nuestro agradecimiento a la directora de CEMHAL que nos dedicó paciencia, confianza y sugerencias indispensables para este estudio. Agradecimiento que hacemos extensivo a la decisiva ayuda y apoyo de Blanca López de Mariscal,  Marina Alfonso Mola y Margarita Alvárez Martín. También a las generosa respuesta que recibimos de Justina Sarabia Viejo y Carmen Lloret Miserachs, así como a la contribución de José Manuel Simón Sánchez, traductor de los textos en inglés.

[3] M. T. Díez Martín, “Perspectivas historiográficas: mujeres indias en la sociedad colonial hispanoamericana” en Sara Beatriz Guardia (Ed.) Escritura de la historia de las mujeres en América Latina. El retorno de las diosas, Ed. Minerva, Lima, 2005. En España fue publicado el mismo artículo en Tiempo y Forma, Revista de Historia Moderna, UNED, nº 17 (2004), pp. 215- 253.

[4] .- Para el contexto historiográfico general ha sido esencial: Marina Alfonso Mola, La América virreinal: del encuentro de culturas a la identidad criolla, Guía Didáctica, Servicio Publicaciones UNED, Madrid. 2002.

[5] .- Una limitación  menos voluntaria es la escasa disponibilidad de  bibliografía especializada  en los fondos editoriales españoles, un déficit que, inexplicablemente, se repite en  las bibliotecas universitarias.

[6] .- Sobre estas cuestiones un artículo muy claro es el de Isabel Morant Deusa, “Mujeres e Historia: Innovaciones y confrontaciones”, en C. Barros (ed.), Historia a Debate, Vol. III, A Coruña, 2000, pp. 293-304.

[7].- Lola Luna, “La historia feminista del género y la cuestión del sujeto”, BA, nº 52 (2002), pp. 105-122. El mismo artículo [en línea], Mujeres en Red,  < http://www.mujeresenred.net/f-lola_luna-sujeto.html > [ Consulta: 12-12-2002].

[8] .- Es una cita obligada la del muy conocido, y ya emblemático, artículo que en 1986*  publicara Joan W. Scott  en inglés:  “ El Género. Una categoría útil para el análisis histórico”, en J. Amelang  y M. Nash (eds.), Historia y Género: Las mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea,  Alfons el Magnánim, Valencia, 1990, pp. 23-56.

*De aquí en adelante, se señalará entre paréntesis con asterisco la fecha de la edición original en inglés, tanto de libros como de artículos. Las primeras ediciones en castellano se marcarán entre corchetes con asterisco. Las ediciones en otros idiomas se especificarán expresamente.

[9] .-  Sobre historiografía, género y su desarrollo en Iberoamérica, es particularmente útil el trabajo de Anne Pérotin-Dumon, El género en historia [en línea], Santiago de Chile, 2000, University of London. Institute of Latin American Studies. [Consulta: 15-2- 2002].    

[10]..- Véase la reflexión que al respecto hacía a finales de los años ochenta Julia TuÑÓn Pablos, “La problemática para reconstruir la historia de la mujer en México”, en P. Galeana de Valadés (comp.), Seminario sobre la participación de la mujer en la vida nacional, UNAM, México, 1989, pp. 71-79. Y en el mismo sentido, pero en un texto más reciente, se expresa  Sonia Montecino, Palabra dicha. Escritos sobre el género, identidades y mestizaje [en línea] [194 pp.], 1997, Facultad de Ciencias Sociales. Univ. de Chile,, [Consulta:  3-8-2002]

[11] .- Al menos hacia la parte más importante de esas propuestas que incidieron en la investigación, y al margen de las controversias entre modernidad/ postmodernidad  en Iberoamérica,  que la necesaria síntesis de esta exposición obligan a obviar.

[12] .- El trabajo historiográfico de Sueann Caulfield, aborda con precisión  las mutuas influencias entre las escuelas historiográficas estadounidenses e iberoamericanas, “The History of Gender in the Historiography of Latin America”, HAHR,  81:3-4 ( 2001), pp. 449-490. Otros aspectos de la historiografía estadounidense en Virginia M. Bouvier,  "Los alcances de la historiografía: La mujer y conquista de América", en  Juan Andreo y Sara Beatriz Guardia (eds.), Historia de las mujeres en América Latina,  CEMHAL, Univ. de Murcia-Fundación Séneca, Murcia,  2002,  pp. 111-133.

[13].- Unas interesantes reflexiones al respecto en Gisela Bock: “La historia de las mujeres y la historia del género: aspectos de un debate internacional” [en línea], en Historia Social, nº 9 (1991), pp. 55-78, Web Cholonautas, [Consulta: 3-3-2002]. Otras destacables consideraciones son las de Mª Victoria López- Cordón Cortezo,  “Problemas teóricos y modelos prácticos de la integración académica de la historia de las mujeres”, en Los estudios sobre la mujer: De la investigación a la docencia. Actas de las VIII jornadas de investigación interdisciplinaria, Instituto Universitario de Estudios de la Mujer, UAM, Madrid 1991, pp. 549- 571.

[14] .- Por otra parte, un legítimo objetivo de la antropología que aún hoy se encuentra reforzado, en buena parte,  por la influencia  del estructuralismo y del marxismo, escuelas que potenciaron la articulación de un pasado indígena magnificado  en su estatismo intemporal.

[15] .- Al respecto de esta reflexión abunda en un claro artículo Jacques Poloni-Simard, “Historia de los indios en los Andes, los indígenas en la historiografía andina: Análisis y propuestas” [en línea], Anuario del IEHS (Tandil-Argentine), nº 15 (2000), pp. 87-100, Nuevo Mundo. Mundos Nuevos.CERMA, < http://www.ehess.fr/cerma/Revue/bac.html > [ Consulta: 10-10 -2002]. En un tono más agrio se expresa Henrique Urbano,  “Historia y etnohistoria andinas”, en RA, , nº 17 (jul. 1991), pp. 123-163.

[16] .- Sobre esta evolución y su valoración en diferentes países: Gloria Bonder (ed.), Estudios de la mujer en América Latina [en línea], Colección Interamer, nº 66, OEA, Website de AICD, [Consulta: 5-5-2002];  Loreto Rebolledo,  “Balance del Desarrollo de los Estudios e Investigaciones sobre Mujer y Género en la Universidad” [en línea], EXCERPTA, nº 2, Colección de Ciencias Sociales, Univ. de Chile, (abr.1996), Web Cholonautas, [Consulta: 5-5-2002].  

[17] .- Pilar Alberti Manzanares,  “ La mujer indígena americana”, en RI, Vol. IL,  nº 187 (1989), pp. 683-690.

[18] .- José Alcina Franch,   “Los estudios antropológicos en la Revista de Indias”, en RI,  Vol. IL,  nº 187 (1989),   pp. 627-642.

[19].- Sobre la evolución de la historiografía española viene realizando sendos balances Carlos BARROS: “Historia de las mentalidades. Posibilidades actuales” [en línea], Problemas actuales de la historia. Terceras Jornadas de Estudios Históricos, Salamanca, Universidad, 1993, pp. 49-67, y “La historia que queremos” [en línea], Revista de Historia Jerónimo Zurita, nº 71 (1995), pp. 309-345, Web Carlos Barros, < http://www.cbarros.com>    [Consulta:  2-1-2002].

[20] .- Entre la multitud de reflexiones sobre el indigenismo americano sugerimos la consulta de un  texto reciente: Miguel León-Portilla (coord.), Motivos de la antropología americanista. Indagaciones en la diferencia, FCE,  México, 2001. Los ensayos de esta obra  colectiva son, en general, válidos para una revisión actualizada de las particularidades de la antropología  y el indigenismo americano, sus relaciones con el poder político,  sus aspectos  históricos, y la referencia de la antropología social feminista a través del artículo de June Nash  incluido en esta edición y que comentamos más adelante: “Dialéctica del género y proceso laboral en la América de la preconquista, la colonial y la contemporánea”,  pp. 199-232.

[21] .- Por una cuestión de espacio se han omitido las citas de  obras suficientemente conocidas y de fácil localización,  como es el caso, entre otros, de la obra de José Vasconcelos, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mariátegui, Foucault, o la de los cronistas coloniales.

[22].- Sobre la capacidad de historificación del mito véase Gregorio Recondo, Identidad Integración y Creación Cultural en América Latina, Belgrano, Buenos Aires, 1997.

[23].- Carmen  RAMOS ESCANDÓN, “Quinientos años de olvido: historiografía e historia de la mujer en México”, en Secuencia, nº 36 (Sept- dic. 1996),  pp. 121-149.

[24].- Algunos de estos títulos son de por sí descriptivos de su contenido: Federico Gómez de Orozco,  Doña Marina: la dama de la conquista,   Xochitl,  México,  1942; Felipe González Ruiz, Doña Marina: la india que amó a Hernán Cortés,  Morata,   Madrid, 1944; Mariano Somonte G, Doña Marina, La Malinche, México, 1964.

[25] .-  C.  RAMOS ESCANDÓN, “Quinientos años de olvido..., ( la referencia en p. 131).

[26].- Asunción LAVRIN, “Investigación sobre la mujer de la colonia en México”, en A. Lavrin (comp.), Las mujeres latinoamericanas. Perspectivas históricas, FCE, México, 1985 (*1978), pp. 33-73 (la referencia en p. 33).

[27] .-  Las referencias se dispersaban en obras como la de Richard Konetzke desde el enfoque del mestizaje, o las del padre de la etnohistoria mexicana Charles Gibson. Perspectivas más renovadoras fueron las de M. León Portilla, o las de James Lockhart, cuando historiaba por primera vez a las indias del común en los primeros pasos de historia social: El mundo hispanoperuano, 1532-1560, FCE, México, 1982 (*1968)

[28].- Josefina MURIEL: “El convento de Corpus Christi de México. Institución para indias Caciques”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, II, 7 (México, 1941); Las indias caciques del Corpus Christi, Instituto de Historia, Series Históricas, nº 6, UNAM, México,  1963; y Conventos de monjas en la Nueva España,  Santiago, México, 1946. Véanse los comentarios sobre la misma autora  más adelante, en el apartado sobre las instituciones.

[29] .- En lo que Le Golff llamó la revolución de los documentos: Jacques Le Goff, El orden de la memoria. El tiempo como imaginario, Paidós (Paidós Básica 51),  Barcelona-Buenos Aires, 1991 (1ª edición en italiano 1977).

[30].- A. LAVRIN (comp.), Las mujeres...,

[31] .- Ejemplos significativos de los análisis marxistas renovados son las obras de Luis Vitale, Historia y sociología de la mujer latinoamericana,  Fontanamara, Barcelona, 1981, y La mitad Invisible de la Historia. El protagonismo social de la mujer latinoamericana [en línea], Sudamericana/Planeta, Buenos Aires, 1987, Biblioteca Digital de la Universidad de Chile  [Consulta: 5-10-2002] 

[32].- Elsa  Muñiz, “La antropología feminista en México” [en línea] Memoria, nº 168, CEMOS (Febr. 2003), Memoria [Consulta: 5-5-2002] 

[33] .- Por  una cuestión de espacio no citaremos aquí la fundamental serie bibliográfica de este Seminario, por otra parte de sobra conocida. No obstante, más adelante se especifican algunos de sus títulos requeridos por las diferentes  temáticas que tratamos.

[34] .- Una línea temática desarrollada en la década de los ochenta por Pilar Gonzalbo AIZPURU, Las mujeres en Nueva España; educación y vida cotidiana, ECM, México, 1987, y “Tradición y cultura en la educación femenina del siglo XVI”, en C. Ramos Escandón, (comp.), Presencia y transparencia: La mujer en la historia de México, ECM, México, 1987, pp. 33-60. Valgan estas referencias concretas para nuestro tema como una aviso de la amplia investigación que esta autora ha dedicado a la educación   indígena colonial.

[35].- J. Tuñón Pablos, Mujeres en México. Una historia olvidada, Planeta, México, 1987. Otro texto importante del momento es el de C. Ramos Escandón, (comp.), Presencia..., además de P. Gonzalbo Aizpuru, en esta obra colectiva la temática sobre las mujeres prehispánicas y coloniales fue tratada por: María de J. Rodríguez -Shadow, y S. Alberro.

[36] .- Marcela Tostado Gutiérrez, El álbum de la mujer. Antología ilustrada de las mexicanas “Volumen II. Época colonial”, INAH, México, 1991

[37].- J. MURIEL, Las mujeres de Hispanoamérica. Época colonial, Mafre, Madrid, 1992.

[38] .- Teresita Hernández y Clara Murguialday,  Mujeres indígenas de ayer y hoy. Aportes para la discusión desde una perspectiva de género,  Talasa,  Madrid, 1992.

[39] .-  Marysa Navarro, Virginia Sánchez Korrol y Kecia Ali, Women in Latin America and the Caribbean: Restoring Women to History, Indiana Univ. Press, Bloomington, 1999.

[40] .- Susan M. Socolow, The women of colonial Latin America, Cambridge Univ. Press, Cambridge-New York, 2000. En este libro es apreciable la completa relación bibliográfica.

[41] .- Patricia Seed, “Colonial and postcolonial discourse”, en LARR, nº 26:3 (1991), pp. 181-200.

[42] .- Ann Pescatello (ed), Female and Male in Latin America,  Univ. of Pittsburg Press, Pittsburg, 1973, y también como editora en Power and Pawn: The Female in Iberian Families, Society and Culture, Greenwich Press, Westport. 1976.

[43] .- Eleanor Burke Leacock,  “Montagnais women and the Jesuit program for colonization”, en M. Etienne y E. B. Leacok (eds.), Women and Colonization: Anthropological Perspectives, Book Praeger Publishers, New Cork, 1980, pp. 25-42. En esta misma compilación publicaba J. Nash la versión original en inglés de un artículo traducido al castellano bajo el título de: “Mujeres Aztecas: la transición de status a clase en el Imperio y la Colonia”, en V. Stolcke (ed), Mujeres invadidas (Colección Cuadernos inacabados nº 12), HORAS y HORAS, Madrid, 1993, pp. 11-28. También J. NASH con el mismo esquema analítico: “Estudios de género en Latinoamérica”, en Mesoamérica, nº 23 (Jun.1992), pp.1-22; Bajo la mirada de los antepasados: creencias y comportamientos en una comunidad maya, Instituto Indigenista  Interamericano,  México, 1975 (*1970); “The aztecs and the ideology of male dominance”, en Signs: Journal of women in culture and society, 4: 2 (1978), pp. 349-362.

[44] .- Iris Blanco, “Mujer en los albores de la conquista de Mexico” [en línea], en Aztlán, Vol. 11, nº 2 (1980), pp. 249-270, Social Sciences at UCLA,  [ Consulta: 8-7-2002].

[45] .- Inga Clendinnen, “Las mujeres mayas yucatecas y la conquista española: rol y ritual en la reconstrucción histórica” (*1982), en V. Stolcke,  Mujeres invadidas..., pp.93-118, y  Aztecs an interpretation, Cambridge Univ. Press, Cambridge, 1991. 

[46] .- Stephanie Wood, “Rural Nahua Women under Spanish Colonization: The Late-Colonial Toluca Valley”, en Mesoamerican and Chicano Art, Culture, and Identity, Willamette Journal of the Liberal Arts, Supplemental Series 6 (1994), pp. 78-103, y “Sexual Violation in the Conquest of the Americas”, en Merril D. Smith (ed.), Sex and Sexuality in Early Americ, New York University Press, New York, 1998, pp. 9-34.

[47] .-  Entre otros importantes trabajos de Susan Kellogg, citamos: “Aztec women in early colonial courts: Structure and Strategy in a Legal Context,”, en R. Spores y R. Hassig (eds.), 5 Centuries of Law and Politics in Central Mexico, Vanderbilt Univ. Publications in Anthropology, Nashville, 1984, pp. 25-38, y Law and the transformation of Aztec culture, 1500-1700, Univ. of Oklahoma Press, Norman, 1995.

[48] .- Diferencias que tienen como referente el  macrodebate antropológico y de la teórica feminista sobre las categorías biológicas universales.

[49] .- M. León- Portilla, Visión de los vencidos: relaciones indígenas de la conquista, UNAM, México, 1998 [*1959].

[50] .- Véase, a modo de resumen, sobre la evolución de los estudios lingüísticos en la historia social la introducción de J. Lockhart, en Los nahuas después de la conquista, FCE,  México, 1999 (*1992)

[51] .- Una ampliación de la polémica y de los investigadores/as implicadas en ella puede consultarse en el capítulo primero del libro de M. J. RODRÍGUEZ- Shadow, La mujer azteca, UAEM, México, 2000 [*1988].

[52] .- Por otra parte, esta línea interpretativa, que se contempla en el estudio de todas las sociedades prehispánicas,  justifica las teorías del matriarcado.

[53].- Noemí Quezada: Amor y magia amorosa entre los aztecas: supervivencias en el México colonial, IIA-UNAM, México, 1975; “Sexualidad y magia en la mujer novohispana: siglo XVIII”, Anales de Antropología, nº 26, 1989, pp. 261-295; Sexualidad, amor y erotismo. México Prehispánico y México Colonial, Plaza y Valdés, UNAM, México, 1996.

[54] .- Susan Schoeder,  S. Wood y Robert Haskett (eds.), Indian Women of Early Mexico, Univ. of Oklahoma Press, Norman- London, 1997.

[55] .- Un comentario sobre estos ensayos y que recoge la polémica es el de M. J. Rodríguez- Shadow, en Mesoamérica, nº 38 (Dic.1999), pp. 179-184.

[56] .- También, en 1990 y 1992 corroboraban el patriarcado azteca  los trabajos  de Carmen Lloret Miserach, en una de las escasas aportaciones al tema que se hicieron en España a comienzos de los años noventa, La mujer en el mundo azteca, Cuadernos de Investigación Histórica, nº 13,  Seminario Cisneros, Madrid, 1990, y “Estudio comparativo de las sociedades española y mexicana a principios del siglo XVI, a través de la mujer” IX Congreso Internacional de Historia de América (AHILA), AHILA, Sevilla, 1992.

[57].- M. J. Rodríguez Shadow, La mujer azteca....,. 

[58] .- Un comentario crítico sobre este trabajo realizado por S. Kellogg en Mesoamérica, nº 39 (jun. 2000), pp.472-473.

[59] .- M. J. Rodríguez-Shadow y Robert D. ShAdow, “Las mujeres aztecas y las españolas en los siglos XVI y XVII: análisis comparativo de la literatura social”, CLAHR,, 5:1 (1996),  pp. 21-46,  y  “Las mujeres en la sociedad azteca y española en las crónicas y la literatura de los siglos XVI y XVII”, en Antropología, INAH, 45:3-12  (1997), pp.3-12.

[60] .- Al respecto, es ilustrativa la  revisión historiográfica de Sergio Raúl Arroyo García,  “Entre mentes y corazones. El papel de algunos estudios sobre mito y cosmogonía en la historia y la antropología mexicanas (1987-1993)”, en K. Kohut y S. V. Rose (eds.), Pensamiento europeo y cultura colonial,  (teci),  Vervuert- Iberoamericana, Frankfurt-Madrid, 1997, pp. 280-293.

[61] .- A los que se pueden añadir Sarah Cline, The Book of Tributes. Early Sixteenth-Century Nahuatl Censures from Morelos, Univ. of California-LASC Press, Los Angeles, 1993. La dimensión religiosa del trabajo femenino tratada por Louise M. Burkhart,  “Mujeres mexicas en el frente del hogar: trabajo doméstico y religión en el México azteca” Mesoamerica, XXIII (1992), pp. 23-54. Otras aportaciones y  una completa relación bibliográfica en Steve J. Stern, La historia secreta del género. Mujeres, hombres y poder en México en las postrimerías del periodo colonial, FCE, México, 1999 (*1995).

[62] .- Silvia Marina ArromLas mujeres en la ciudad de México. 1790-1856, Siglo XXI, España, 1988 (*1985).

[63] .- Un intento de síntesis comparada, de paupérrima traducción al castellano,  realizado por J. NASH, en  M. León Portilla, Motivos…Y una síntesis teórico-marxista del conjunto en  L. Vitale, Historia y sociología...

[64] .- Margaret Villanueva,  “From Calpixqui to Corregidor: Appropriation of women’s cotton textile production in Early Colonial Mexico”, en  LAP, 12,  nº 1 (1985), pp. 17-40.

[65] .- C. RAMOS ESCANDÓN, “La diferencia del género en el trabajo textil mexicano en la época colonial”, en BA, nº50  (2000), pp. 243-265.

[66] .- J. Nash, Bajo

[67] .- Beatriz Castilla RAMOS y Alejandra García Quintanilla, “El Yucatán colonial: mujeres, telares, y paties”  en Revista de la Univ. de Yucatán, 23:133 (ene.-febr.1981), pp. 146-163.

[68] .- I. Clendinnen,. "Las mujeres mayas...

[69].-  Nancy  M. Farris, La sociedad maya bajo el dominio colonial, Alianza Editorial, Madrid, 1992 (*1984).

[70] .-  María Espejo-Ponce Hunt y Matthew Restall, “Work, marriage, and status: maya women of colonial Yucatan”, en S. Schoeder et al, Indian…, pp. 231-253,  y M. Restall, “He Wished it in Vain. Subordination and Resistance among maya women in Post-Conquest Yucatan”, en K. Gosner y D. E. Kanter (eds), en Ethnohistory, (Special Issue: Women, Power, and Resistance in Colonial  Mesoamerica), 42:4 (1995), pp. 577-594.

[71].- D. E. Kanter,  “Native female land tenure and its decline Mexico, 1750-1900”, Ethnohistory  42…, pp. 607-616.

[72] .- S. Schoeder et al, Indian…

[73].- Otra muestra de diferentes propuestas metodológicas en la utilización de los testamentos como fuentes históricas es la compilación de S. Kellogg, y Matthew Restall (eds.), Dead Giveaways: Indigenous Testaments of Colonial Mesoamérica and the Andes, Univ. of Utah Press, Salt Lake City, 1998. Destacamos en esta obra el artículo de S. Kellogg, “Indigenous Testaments of Early-Colonial Mexico City Testifying to Gender Differences”, pp. 37-58, un estudio sobre las últimas voluntades de dos mujeres nahuas. 

[74] .- Los trabajos de estos autores en S. Schoeder et al, Indian…,: S. Kellogg, “From parallel and equivalent to separate but unequal: tenochca mexica women, 1500-1700”, pp. 123-143; S. Wood, “Matters of life at death: Nahuatl testaments of rural women 1589-1801”, pp. 165-182; Ronald. Spores. “Mixteca cacicas: status, wealth, and the political accommodation of native elite women in early colonial”, pp. 185-197; M. Espejo-Ponce Hunt y M. Restall, “Work… ; Susan Deeds, “Double Jeopardy: Indian women in Jesuit Mission of Nueva Vizcaya”,  pp. 255-272; y  L. M. Burkhar,  “Mexica...

[75] .- Juan Javier  Pescador, “Vanishing Woman: Female Migration and Ethnic Identity in Late-Colonial Mexico City,” Ethnohistory, 42:4 (1995), pp.617-626.

[76].- S. M.  Socolow, “Women and Migration in Colonial Latin America”  [en línea], en, M. Anore Horton (ed.), New Perspectives on Women and Migration in Colonial Latin America, PLAS, Cuadernos, nº 4 (2001), pp. 1-20, Princeton University, [Consulta: 5-5-2002]

[77] .- William B. TAYLOR, Embriaguez homicidio y rebelión en las poblaciones coloniales, FCE, México, 1987 (*1979). La obra de Taylor es igualmente el punto de partida de una línea de investigación que propone S. Wood, “Gender and town guardianship in Mesoamerica directions for future research”, Journal de la Société des Américanistes, 84:2 (1998), pp. 243-276. La autora, pretende indagar si las expresiones públicas de violencia y el temple contestatario de las mujeres indígenas obedecían a patrones culturales prehispánicos, aquellos que otorgaban a las mujeres el papel de protectoras de sus comunidades. 

[78] .- S.J. Stern, La historia secreta...

[79] .- S. Schoeder et al, Indian …

[80] .- Robert HasketT, “ Activist or  adulteress?. The life and struggle of doña Josefa María of Tepoztlan”, en S. Schoeder et al, Indian ..., pp. 145-163.

[81].- Kevin Gosner, “ Women  rebellion, and the moral economy of maya peasants in Colonial Mexico”, en S. Schoeder et al, Indian…, pp. 217-230. Los trabajos sobre las mujeres mayas de K. Gosner remiten  a las propuestas de su obra fundamental: Soldiers of the Virgin: The Moral Economy of a Colonial Maya Rebellion,  Univ. of Arizona Press, Tucson, 1992.  También, de interés para nuestro tema es el siguiente artículo del mismo autor:   “Women in the Tzeltal Revolt:  Reflections on Gender and the maya moral economy”, Tercer Congreso Internacional de Mayistas (Memoria 1995),  UNAM-Univ. de Quintana Roo, México, 2002,  pp. 788-798. 

[82] .- Juan Pedro Viqueira Albán,. María de la Candelaria: india natural de Cancuc,  FCE, México, 1993

[83].- Sobre estos temas son imprescindibles: Daisy Ripodas Ardanaz, El matrimonio en Indias. Realidad social y regulación jurídica, FECID, Buenos Aires, 1977, y S. M. Arrom, Las mujeres... Los trabajos de S. Kellogg, específicamente centrados en las mujeres indias, son una referencia precisa en lo que se refiere a la incidencia de las leyes coloniales en las estructuras mexicas de la propiedad y herencia desde la perspectiva de género. Y sobre el significado de las disposiciones racistas en la normativa sobre el matrimonio y la legitimidad se ha expresado Verena. Stolcke, “Mujeres invadidas. La sangre de la conquista de América”, en V. Stolcke, Mujeres invadidas…, pp. 29-45. Por último, las indispensables aportaciones de A. Lavrin entre las que destacamos: A. LAVRIN y Edith Couturier, “Dowries and Wills: A View of Women’s Socioeconomic Role in Colonial Guadalajara and Puebla, 1640-1790”, en HAHR, 59:2 (1979), pp. 280-304, y A. Lavrin (ed), Sexuality and marriage in colonial Latin America, Univ.of Nebraska Press, Lincoln,1989 Aunque esta primera versión en inglés es la que hemos utilizado, citamos, por su importancia, la edición en castellano: Sexualidad y matrimonio en la América hispánica: siglos XVI-XVIII, Conaculta-Grijalbo, México, 1991.

[84].- Resaltamos la adjetivación con la intención de distinguir una filosofía del hispanismo más reciente que apuesta por un dialogo intercultural, crítico con las posturas esencialistas e impulsor de un espacio de identidad común.

[85].-  J. MURIEL, Las indias caciques...

[86].- Ann Miriam Gallagher, “Las monjas indígenas del Monasterio del Corpus Christi de la Ciudad de México”, en A. Lavrin (comp.), Las mujeres latinoamericanas…, pp. 177-201.

[87] .- El texto es el extracto de una tesis de doctorado más amplia, fundamentada para el Corpus Christi en las fuentes documentales del archivo del mismo convento, vetado a las investigaciones laicas: The Family Background of the Nuns two Monasteries in Colonial México: Santa Clara de Querétaro and Corpus Christi of Mexico City (1724- 1822), Catholic Univ. of America, 1972.

[88] .- Justina  Sarabia Viejo, “Monacato femenino y problemática indígena en la Nueva España”, en I Congreso Internacional El monacato femenino en España, América y Portugal 1492-1992,  Univ. de León, León, 1993,  pp. 173-185, y  “La Concepción y Corpus Christi: Raza y vida conventual femenina en México, siglo XVIII”, en Manifestaciones religiosas en el mundo colonial americano, T. II: Mujeres, instituciones y culto a María, UIA-INAH-CONDUMEX, México, 1994,  pp. 15-27.

[89] .- Luisa Zahino Peñaflor, “La fundación del convento para indias cacicas de Nuestra Señora de los Ángeles de Oxaca”, en Memoria del II Congreso Internacional El Monacato Femenino en el Imperio Español (Monasterios, beaterios, recogimientos y colegios),  Condumex,  México, 1995, pp. 331-337

[90] .- Ascensión Baeza Martín, “Rechazo a la admisión de tres Criollas en el convento de monjas indígenas del Corpus Christi de México en 1742”,  en IX Congreso Internacional de Historia de América, (AEA) Junta de Extremadura, Mérida,  2002, pp. 235-245.

[91] .- Elisa Sampson Vera Tudela, “Fashioning a Cacique nun: From Saints´Liver to Indian Lives in the Spanish Americas” [en línea], en Gender&History, Vol.9,  nº 2 (Ag. 1997),  pp. 171-200, Univ. of Notre Dame [ Consulta: 15-11-2002], y Colonial Angels: Narratives of Gender and Spirituality in Mexico, 1580-1750,  Univ. of Texas, Austin, 1999. Otra aportación desde el campo de los Estudios literarios es el artículo de Mariselle Meléndez, “El perfil económico de la identidad racial en los Apuntes de las indias caciques del Convento de Corpus Christi”, RCLL, 23:46 (1997), p. 115-133.  

[92] .- A. LAVRIN, “Indian Bridges of Christ: Creating New Spaces for Indigenous Women in New Spain”, en Mexican Studies, 15: 2 (1999), p 225-260.

[93] .- J. MURIEL, Los recogimientos de mujeres: respuesta a una problemática social novohispana, UNAM, México, 1974; y P. Gonzalbo Aizpuru, “Reffugium Virginum. Beneficencia y educación en los colegios y conventos novohispanos”,  en Memoria II Congr .Inter. El monacato ..., pp. 429-441.

[94] .- P. Gonzalbo Aizpuru, “ Tradición..., y Las mujeres en Nueva España... Otra visión, no coincidente con la de P. Gonzalbo Aizpuru respecto a los valores de la enseñanza femenina colonial, es la de J. MURIEL, La sociedad novohispana y sus colegios de niñas, UNAM, México, 1995.

[95] .- Dorothy  Tranck de Estrada, Pueblos de Indios y educación en el México colonial, 1750-1821, Colmes- CEH, México, 2000. De la misma autora en prensa al cierre de este trabajo: “ Escuelas, colegios y conventos para niñas y mujeres indígenas en el siglo XVIII”, en Arredondo, Adelina (ed.), La educación femenina en México.

[96] .- A. LAVRIN (ed), Sexuality... Algunos artículos de esta compilación [en línea] A. Pérotin-Dumon, El género... Otros dos títulos son  fundamentales: P. Seed, Amar, honrar y obedecer en el México colonial. Conflictos en torno a la elección matrimonial, 1574-1821,  Alianza, México, 1991 (*1988), y, Jonson Lyman y Sonya Lipsett-Rivera, The faces of Honor: Sex, Shame, and Violence in Colonial Latin America,  Univ. of New Mexico Press,  Albuquerque, 1998.

[97] .- Serge Gruzinski, “Individualization and acculturation: Confession among the Nahuas of Mexico from the sixteenth to the eighteenth century” en A. Lavrin (ed), Sexuality..., pp. 96-117.

[98] .- Familia, Matrimonio y Sexualidad en Nueva España Memoria del I Simposio de Historia de las Mentalidades, FCE, México, 1982; Familia y poder en Nueva España. Memoria del III Simposio de Historia de las Mentalidades,  INAH, México, 1991.

[99] P. Gonzalbo AIZPURU: (coord.), Familias novohispanas siglos XVI al XIX,, ECM, México, 1991; P. Gonzalbo AIZPURU y Cecilia Rabell Romero (coord.), Familia y vida privada en la Historia de Iberoamérica, ECM- UAM, México, 1996; y Familia y orden colonial, México, ECM, México, 1998.

[100] .- Para una exposición metodológica sobre familias y género en México, con una completa bibliografía ver Robert McCaa, “Families and Gender in Mexico: a Methodological Critique and Research Challenge for the End of the Millennium “  [en línea] Univ. of Minnesota, Department of History, [Consulta: 4-4-2002].

[101] .- Pedro Carrasco, “Indian-Spanish Marriages in the First Century of the Colony”, en S. Schoeder et al, Indian…,  pp. 87-104.

[102] .- Una selección bibliográfica de  P. Carrasco y S. Cline se recoge en  el citado ensayo de McCaa.

[103] .- Entre otros muchos trabajos sobre la familia realizados por Elsa Malvido, citamos el siguiente: “El abandono de los hijos: una forma de control del tamaño de la familia y del trabajo indígena, Tula, 1683-1830”, HM. 29, nº 4 (1980), pp.521-561.

[104] .- A. LAVRIN, “Sexuality in colonial Mexico:A Church dilemma”, en A. Lavrin (ed), Sexuality...,  pp.47-95.

[105].- S. Gruzinski, en A. Lavrin (ed), Sexuality..., entre otros muchos ensayos de Gruzinski referidos al tema: “Matrimonio y sexualidad en México y Texcoco en los albores de la conquista o la pluralidad de los discursos”, en S. Alberro (ed.), La Actividad del Santo Oficio de la Inquisición en Nueva España, 1571-1700, INAH, México, 1981, pp. 19-74.

[106] .- Del pecado asumido a la autoinculpación en el tribunal inquisitorial, un tema explorado por Jorge Klor de Alva, “Colonizing Souls: The Failure of the Indian Inquisition and the Rise of Penitential Discipline”, en M. E. Perry y A. J. Cruz (eds.), Cultural Encounters. The Impact of the Inquisition in Spain and the New World, Univ. of California Press, Berkeley, 1991, pp. 3-22.

[107] .- J. P. Viqueira albán, “Matrimonio y sexualidad en los confesionarios en lenguas indígenas”, en Cuicuilco, nº 12, IV época, (1984), pp.27-37; Jorge René González Marmolejo, Sexo y Confesión, INAH-Plaza y Valdés, México, 2002; Martine Azoulai, en ALL, Vol. 13, (1983) y CHELA, nº 2 (1987); y desde el análisis literario, Colleen Ebacher, “No me veo en su discurso: El confesionario colonial y la construcción de la sexualidad femenina”, en G. Ilarregui (ed) Femenino plural: la locura, la enfermedad, el cuerpo en las escritoras hispanoamericanas. Ensayos contra el margen, Alexandria VA :Los signos del tiempo, Virginia, 2000.

[108] .- Para una caracterización del contexto historiográfico sobre la sexualidad, son útiles los trabajos de: Lourdes Villafuerte, “Los estudios del seminario de historia de las mentalidades sobre la sexualidad”, y Carmen Castañeda, “Historia de la sexualidad. Investigaciones del período colonial”, en I. Szasz y S. Lerner (comp), Sexualidades en México. Algunas aproximaciones desde la perspectiva de las ciencias sociales, ECM, México, 1998. El discurso religioso-literario de la sexualidad y el matrimonio dirigido a las mujeres mayas ha sido tratado por Wilbert Pinto y Landy Santana, “La mujer maya del XIX, según el cristal..., en L. .A. Ramírez Carrillo (ed), Género y Cambio Social en Yucatán. (Tratados y Memorias de Investigación UCS 2), Univ. Autónoma de Yucatán, Mérida, 1995, pp. 169-182.

[109] .- A. LAVRIN, “Sexuality in colonial...

[110] .- S.Ortega Noriega (comp), De la santidad a la perversión, o porqué no se cumplía la Ley de Dios en la sociedad novohispana,  Grijalbo, México, 1985

[111] Estrella Figueras Vallés, “Pervertiendo” el orden del santo matrimonio. Bígamas en México: s. XVI-XVII,[en línea][436 p.], Publicacions UB, Barcelona, 2003, Les publicacions de la Universitat de Barcelona, Tesis doctorales en Red [Consulta: 15- XI-2003]

[112] .- Ramón A Gutiérrez, Cuando Jesús llegó, las madres del maíz se fueron: matrimonio, sexualidad y poder en Nuevo México, 1500-1846,  FCE, México, 1993 (*1991), y “Honor, Ideology, Marriage Negotiation and Class-Gender Domination in New Mexico 1690-1846”, en LAP, Vol. 12 (1985), pp. 81-104.

[113] .- S. Cline, “The Spiritual Conquest Reexamined: Baptism and Christian Marriage in Early Sixteenth-Century Mexico”, en HAHR, Vol. 73, (1993), pp. 453-480.

[114] .- Rebecca Overmyer-Velázquez, “Christian Morality Revealed in New Spain: The Inimical Woman in Book Ten of the Florentine Codex” [en línea]  en Journal of Women´s History, Vol. 10, nº 2 (1998), pp. 9-37, Journals, Indiana Univ. Press,       [Consulta: 8-IX-2002]

[115] .- L. M. Burkhart, “ Gender in Nahuatl Texts of the Early Colonial Period: Native Tradition and the Dialogue with Christianity” [en línea],  en C. F. Klein (ed.), Gender in Pre-hispanic America, Dumbarton Oaks-Harvard Univ, Washington, D.C, 2001a, pp.87-107, Dumbarton Oaks Electronic Texts, [Consulta: 8-IX-2002]. En este mismo trabajo se recoge la bibliografía de la autora sobre el tema.  Destacamos por su interés otra publicación de L. M. Burkhart, en la que analiza la construcción del ideario mariano y su funcionalidad como instrumento de poder sobre las colectividades indígenas coloniales: Before Guadalupe: The Virgen Mary in Early Colonial Nahuatl (IMS Monograph Series, nº 13), Univ. of Texas Press, Austin,  2001b.

[116] .- N. Quezada, Amor...

[117] .- S.J. SternLa historia secreta... Más apreciaciones sobre el tema en W. B. TAYLOR, Embriaguez…, en  Seminario de Historia de las mentalidades. Amor y desamor. Vivencias de parejas en la sociedad novohispana, Conaculta -INAH. México, 1999, [2ª edición]. Otras aportaciones en Felipe Castro Gutiérrez, “Condición femenina y violencia conyugal entre los purépecheas durante la época colonial”, Mexican Studies/Estudios Mexicanos, 14:4 (1998), pp. 5-21. Y J.J. Pescador, “Del dicho al hecho: uxoricidios en el México central, 1769-1820”, en P. Gonzalbo Aizpura y C. Rabell Romero (eds.), Familia y vida privada en la historia de Iberoamérica, ECM- UNAM, México DF, 1996, pp. 373-386.

[118] .-  Ruth Behar, “Sex and Sin, Witchcraft and the Devil in Late-Colonial Mexico”, America Etnologist, 14,  nº 1 (1987), pp. 34-54, de la misma autora  “Brujería sexual, colonialismo y poderes de las mujeres: su reflejo en los Archivos de la Inquisición Mexicana” (*1989), en V. Stolcke,   Mujeres invadidas..., pp. 171-199. Esenciales para el  tema de mujer e Inquisición novohispana son las investigaciones de S. Alberro, y N. Quezada.

[119] .-  Ver a R. Chang-Rodríguez y R. Harrison en la segunda parte. 

[120] .- Francisco Javier Cevallos-Candau, Jeffrey A. Cole, Nina M. Scott y Nicomedes Suárez-Arauz (eds.), Coded Encounters. Writing, Gender, and Ethnicity in Colonial Latin America, University of Massachusetts Press, Amherst, 1994.

[121] .- V. M. Bouvier, Women and the Conquest of California, 1542-1840: Codes of Silence,  Univ. of Arizona Press, Tucson,  2001.

[122] .- Blanca López de MariscalLa figura femenina en los narradores testigos de la conquista,  ECM, México, 1997.  Entre otras lecturas de género sobre los  cronistas citamos la de Teresa Piossek PrebischMujeres en las crónicas de la conquista. En Bernal Díaz del Castillo y Garcilaso de la Vega,  San Miguel de Tucumán,  1997. 

[123] .- Ricardo HerrenLa conquista erótica de las Indias,  Planeta, Barcelona, 1991.

[124] .- Aunque no referido en exclusiva a las mujeres, aporta sobre éstas consideraciones de importancia Pierre Ragón, Les amours Indiennes ou l´imaginaire du conquistador, Armand Colin, París, 1992.

[125].- Entre otros muchos: Jean-Pierre SAnchez, Le Mythe des Amazones du Nouveau Monde.Monde, Pamplona, Universidad de Navarra (coll. Acta Colombina), Pamplona, 1991. La cultura clásica y sus mitos, en los cronistas del sur americano, son temas que han sido tratados en varias ocasiones por Franklin Pease García Irigoyen.

[126] .- S. Wood,  “Gender and town…

[127].- S. Montecino, Palabra dicha… Con el malinchismo entramos de lleno en las dimensiones discursivas del mestizaje, categoría que junto a la del género son esenciales en el análisis de la autora, de la que entre otros trabajos seleccionamos por su interés: “Identidades de género en América Latina: mestizajes, sacrificios y simultaneidades”, Debate Feminista, nº14 (Oct.1996), pp. 187-200.

[128].- Fernanda Núñez Becerra, La Malinche: de la historia al mito,  INAH, México, 1996.

[129].- Véase al respecto la reflexión de  Norma Fuller,  cuando advierte sobre el efecto reduccionista de explicar el machismo por el trauma de la conquista,  una interpretación que sólo define parcialmente la actual identidad masculina hispanoamericana en “Reflexiones sobre el machismo en el Perú” [en línea],   Presentado en  la Conferencia Regional: La equidad de género en América Latina y el Caribe. Desafíos desde las identidades masculinas, Santiago de Chile, 8-10 jun. 1998, EuroPRO-Fem,  > [Consulta: 3-8-2002]

[130] .- Véase la  precisa bibliografía, mayoritariamente anglosajona, que sobre estas dimensiones arquetípicas reseña  S.J. SternLa historia secreta...

[131].-  J. TuÑÓN PablosMujeres en México...

[132].-  Milagros Palma, “El malinchismo o el lado femenino de la sociedad mestiza”, en M. Palma (coord.), Simbólica de la feminidad. La mujer en el imaginario mítico-religioso de las sociedades indias y mestizas, Abya-yala (Colección 500 años, nº 23), Ecuador, 1990, pp. 13-38; y N. Fuller. “En torno a la polaridad marianismo-machismo”, en Anuario de Hojas de Warmi, nº 7 (1996,  pp. 11- 18.

[133].- Como muestra señalamos los siguientes trabajos: Cristina González Hernández, “Tonantzin-Guadalupe y la Malinche-llorona: algunas reflexiones en torno a los dos símbolos principales de la cultura mexicana”, en Actas de VII Congreso Internacional de la Asociación Española de Semiótica. Mitos. Volumen II. Zaragoza. 1996; M. Palma, La Mujer es puro Cuento. Simbólica mítico-religiosa de la feminidad aborigen y mestiza, Abya-yala, Ecuador, 1996; y Olga Raquel Herrera Uribe, “La Llorona: una muestra de lo colectivo popular mexicano” [en línea], Revista Presencia Latinoamericana  (nov. 2001)  [ Consulta: 3-8-2002]

[134].- S. MONTECINO, Palabra...

[135].- Además de las obras citadas de M. Palma y N. Fuller como muestra de la más extensa producción de estas autoras, sugerimos un interesante  trabajo de Norman Palma “Disgresiones sobre el Goce y el Sufrimiento en el Horizonte Etológico del Macho”, en M. Palma, Simbólica..., pp. 121-130.

[136].- C. González Hernández, Doña Marina, la Malinche y la formación de la identidad mexicana,  Encuentro, Madrid 2002.

[137] .- F. Núñez Becerra, La Malinche

[138].- Margo Glanz (coord.), La Malinche, sus padres y sus hijos, UNAM, México, 1995 [*1994].

[139].- Sandra. Messinger CypessLa Malinche in Mexican literature: from history to myth,, Univ.  of  Texas Press, Austin, 1991; “Revisión de la figura de la Malinche en la Dramaturgia mexicana”, en M. Glanz, La Malinche..., ,pp. 179-196; “Historia y leyenda de la única mujer importante durante la conquista de México”, en M. M. Jaramillo y B. Osorio (comp.) Las desobedientes: Mujeres de nuestra América,  Panamericana, Santa Fe de Bogotá, 1997,  pp. 3-24.

[140] .- El papel primordial de la utopía en las rebeliones es uno de los puntos  cuestionado desde posturas “desmitificadoras” que critican el esencialismo andino. La  polémica se puede seguir a través de dos artículos: H. Urbano,  “Historia y etnohistoria andinas…,  y  Manuel Burga,  “Historia y Antropología en el Perú (1980-1998): tradición,  modernidad, diversidad y nación” [en línea], Primer Congreso Internacional de Peruanistas  en el Extranjero. 1999, Harvard Univ, [Consulta: 6-5-2002] 

[141] .- Según algunos autores: Karen SpaldingDe Indio a campesino: cambios en la estructura social del Perú colonial,  IEP, Lima, 1974; John Howland Rowe,  “El movimiento nacional inca del siglo XVIII”,  Revista Universitaria. Univ. Nacional del Cuzco, 43:107, (2. Semestre 1954), pp. 17-47.

[142] .- Los  citados trabajos de  K. Spalding y J.H.  Rowe se pueden completar con: Alberto Flores Galindo, Buscando un inca: identidad y utopía en los Andes, Instituto de Apoyo Agrario, Lima, 1987; M. Burga, Nacimiento de una utopía: muerte y resurrección de los incas, IAA, Lima, 1988; y Maruja Barrig, El mundo al revés. Imágenes de la mujer indígena [en línea], CLACSO-Asdi, Buenos Aires, 2001. Web FLACSO, < http://www.clacso.org/wwwclacso/espanol/html/libros/barrig/barrig.html > [ Consulta: 8-5-2002].

[143] .- Julio Calvo Pérez, Ollantay, edición crítica de la obra anónima quechua, CERA/BC, Cuzco, 1998.

[144] .- Es el sugerente título de una ponencia presentada por Renata Fernández de la Universidad de Kentucky, de la cual, lamentablemente, sólo tenemos esta referencia.

[145] .- Claudia Rosas Lauro, “ Jaque a la Dama. La imagen de la mujer en la prensa limeña de fines del siglo XVIII”, en M. Zegarra Flórez (coord.), Mujeres y género en la historia del Perú, CENDOC-Mujer, Perú, 1999, pp. 143-171.

[146] .- Es obvia la necesidad de ampliar el estudio y los enfoques del discurso histórico positivista sobre las mujeres indígenas, a ello pueden contribuir líneas de investigación como la de María Isabel Paredes Vera, “Las primeras limeñas. Una visión de la imagen peruana por Marcos Jiménez de la Espada” [CD], en VIII Congreso Internacional de Historia de América (AEA), XIII Coloquio de Historia Canario-Americana, Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria,  2002, pp. 1515-1531.

[147] .- Cecilia Méndez, Incas sí, Indios no: apuntes para el estudio del nacionalismo criollo en el Perú 1680-1809,  IEP, Lima, 2000.

[148] .- Francesca Denegri, El Abanico y la Cigarrera: La primera generación de mujeres  ilustradas en el Perú 1860-1895,  Flora Tristán, IEP, Lima, 1996, y  una caracterización general en S.B. Guardia, Mujeres peruanas. El otro lado de la historia,  Minerva, Lima, 2002 [*1985].

[149] .- Clorinda Matto de Turner, Aves sin nido,  Solar/Hachete, Buenos Aires, l968 [*1889], e Hima-Sumac. Drama en tres actos y en prosa., Servicio de Publicaciones del Teatro Universitario, Lima, 1959 [*1890].

[150] .- Trabajo el de esta autora de importantes sugerencias: Mary Berg, “Presencia y ausencia de Clorinda Matto de Turner en el panorama literario y editorial peruano” [en línea] en I. Arellano y J. A. Mazzotti (eds.), Edición e interpretación de textos andinos,  Univ. de Navarra-Iberoamericana, Madrid, 2000, pp. 211-229, Loyola College in  Maryland: Thomas Ward, Mujeres Ilustradas del Perú, [ Consulta: 1-2-2002], y “Pasión y nación en Hima-Sumac de Clorinda Matto de Turner” [en línea], Primer Congreso Internacional de Peruanistas  en el Extranjero, 1999, Harvard Univ,   [Consulta: 6-5-2002] 

[151] .- Igual observación era hecha por C. RAMOS ESCANDÓN para México, en “Quinientos años...

[152].- Pensamiento el de Mariátegui indispensable en cualquier dimensión de la historia del Perú, que sirve de referencia tanto para la utopía indigenista como para la teología de la liberación, el feminismo u otros movimientos reivindicativos, incluso se ha vinculado a Sendero Luminoso. 

[153] .- Luis E. Valcárcel, Tempestad en los Andes, Universo, Lima, 1972 [*1927]

[154] .- Entre las que destacó Dora  Mayer de Zulen, o Rebeca Carrión Cachot cuya visión proindigenista caracterizó una de las  primeras aproximaciones a las mujeres prehispánicas: “La mujer y el niño en el antiguo Perú: notas arqueológicas”, en Inca, 1:2, Lima (1923), cita recogida de S.B. Guardia, Mujeres peruanas...

[155] .- L. E. Valcárcel, Tempestad…, y en otra  interpretación M. Barrig, El mundo…

[156].- M. Barrig, El mundo…, y también la construcción de las categorías raciales desde el discurso indigenista, y con perspectiva de género, es parte de la línea de investigación de  Marisol De la Cadena, La decencia y el respeto. Raza y etnicidad entre los intelectuales y las mestizas cuzqueñas (Documentos de Trabajo), IEP, Lima, 1997. Desde el análisis literario se acerca a estas cuestiones Patricia Oliat, “Temidos y despreciados: Estereotipos de los hombres y mujeres de las clases populares en la literatura limeña del Siglo XIX”, en M. Barrig, y N. Henríquez (comp.), Otras pieles: Género, Historia y cultura, PUCP, Lima, 1995.

[157].- Micaela Bastidas fue incluida en la relación de heroínas de Francisco A. LoayzaMártires y Heroínas, Los Pequeños Grandes Libros de Historia Americana, Lima, 1945. Anterior, y dentro de una visión tradicional, fue el primer y valioso intento de una historia de las mujeres peruanas que realizó Elvira García y García, La mujer peruana a través de la historia, Imprenta Americana, T. II, Lima, 1924.

[158].- Judith Prieto de Zerraga, Así hicieron las mujeres del Perú Lima, 1965, y Rubén Chauca Arriaran, Micaela Bastidas, Universo, Lima, 1980.

[159].- Alrededor de los años setenta se fraguaba la nueva etnohistoria andina en torno a los peruanos M. Rostworowski, W. Espinosa y F. Pease, que recogían las influencias de los investigadores pioneros: J. H. Rowe,  J. V. Murra y R.T. Zuidema.

[160].- Ver H. Urbano, y M. Burga, 

[161].- Nathan Wachtel,  La visión de los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española (1530-1570), Alianza Univ,  Madrid, 1976 ( 1ª edición en francés, 1971), y la  ya citada obra de M. León -Portilla, Visión….

[162] .- Es la interpretación de N. Wachtel, en la que abunda una interesante reflexión de Juan Ossio, “¿Existen las poblaciones indígenas andinas del Perú?”, en J. Alcina Franch (comp.), Indianismo e indigenismo, Alianza, Madrid, 1990

[163].-  Véase el contexto de la renovación historiográfica peruana en una precisa síntesis de Luis Miguel Glave, “Notas sobre la historiografía andina contemporánea”, en Historias, nº 38, INAH (Abr.-Sept. 1997), pp. 111-135.

[164].- “Las heroínas revolucionarias” es el título del breve capítulo que el historiador incluyó en su libro Túpac Amaru, Inca S.A, Lima, 1969.

[165].- Juan José Vega, Micaela Bastidas y las heroínas tupamaristas, Univ. Nacional de Educación La Cantuta, Lima, 1972. Tema que retomaría en  Túpac Amaru y sus compañeros, Municipalidad de Cusco, T. II, Cusco. 1995. Véanse más adelante  otras citas del  mismo  autor. 

[166] .- Leon G. Campbell, “Women and the great rebellion in Peru”, The Americas. (AAFH/TAM),  42:2  Oct. 1985),  pp. 163-196

[167] .- Bernard Lavallè, “Divorcio y nulidad de matrimonio en Lima (1650-1700). (La desavenencia conyugal como indicador social)”, en RA, nº 8 (dic.1986), pp. 427-464; [en línea] A. Pérotin-Dumon, El género... Véase más adelante a B. Lavallè.

[168] .- Y algún otro autor como Luis Martín, que trató a las mujeres mestizas en Las hijas de los conquistadores. Mujeres del Virreinato del Perú, Casiopea, Barcelona, 2000 (*1983). Posterior es la referencia a la aristocracia mestiza en  María Rostworowski de Diez Canseco, Doña Francisca Pizarro. Una ilustre mestiza (1534- 1598), IEP, Lima, Perú, 1989. 

[169] .- Pablo Macera, “Sexo y coloniaje”, Trabajos de Historia, Vol. 3, Instituto Nacional de Cultura, Lima, 1977, pp. 297-346.

[170] .- M. Rostworowski, La mujer en la época prehispánica, Documento de Trabajo 17, IEP, 1988. Del libro de S.B. Guardia, Mujeres peruanas…, recojo la referencia de M. Rostworowski y Pablo Macera en su intervención dentro del Primer Seminario Nacional de Mujer e Historia en el Perú, realizado en 1984, y de los trabajos que presentaron bajo el título: “La mujer en la historia del Perú” (referencia en p. 223).

[171] .- María Emma Mannarelli,  “Inquisición y mujeres: las hechiceras en el Perú durante el siglo XVII”, en RA, Año 3, nº 5 ( jul. 1985), pp. 141-156.

[172] .- A. Flores Galindo y Magdalena Chocano, “Las Cargas del Sacramento”, en RA,  nº 4 (dic. 1984), pp. 403-462

[173] .- Véanse al respecto, en las obras de síntesis citadas en la primera parte, los textos de J. MURIEL, T. Hernández, y M. Navarro que incluyen a las indias del Perú. A continuación otras referencias importantes para la historia de las mujeres coloniales del sur americano: Ermila Troconis de Veracoechea, Indias, esclavas y mantuanas, Academia Nacional de la Historia, (Colección Trópicos, nº 25), Caracas, 1990. Un punto de vista tradicional y aportación documental indispensable en Imelda Cano Roldan, La mujer en el Reyno de Chile, Ilustre Municipalidad de Santiago, Santiago de Chile, 1980. Las mujeres guaraníes y la vida doméstica de las campesinas a través de Marilyn Godoy, La conquista amorosa en tiempos de Irala [en línea] [138 pp.], BASE-IS, Asunción– Paraguay (2º Ed.), 1995, Web FLACSO,  [Consulta: 4-4-2002]. Y Magdala Velásquez Toro, Las mujeres en la historia de Colombia, Consejería Presidencial para la Política Social, Presidencia de la República de Colombia, T.I, Norma, Santa Fe de Bogotá, 1995.

[174].- S. B. Guardia, Mujeres peruanas…

[175].- S. B. Guardia, “Micaela Bastidas y la insurrección de 1780”, en S. B. Guardia. Voces y cantos de las mujeres, Punto & Línea, Lima, 1999.  

[176] .- A los ya citados se puede añadir el artículo de Alicia Poderti, “Mujeres en rebelión: Estrategias de resistencia femenina en la sublevación de Túpac Amaru”, en América Latina: ¿Y las mujeres qué?, Red Haina. Instituto Iberoamericano. Univ. de Gotembürgo. Alemania. 1998. Y los trabajos de M. Meléndez: “La dimensión discursiva del miedo y la economía del poder en las cartas y autos de Micaela Bastidas, 1780-1781”,  en DIECIOCHO (Hispanic Enlightenment),  21:2, 1998,  pp.181-193; “La ejecución como espectáculo público: Micaela Bastidas y la insurrección de Túpac Amaru, 1780-81” [CD], en La literatura Iberoamericana en el 2000. Balances, perspectivas y prospectivas, Univ. de Salamanca, Salamanca, , 2003, pp. 767-772.

[177].- Silvia Arze, Magdalena Cajías y Ximena Medinaceli, Mujeres en rebelión: la presencia femenina en las rebeliones de Charcas del siglo XVIII, Ministerio de Desarrollo Humano, La Paz,  1997. Varios capítulos de este texto [en línea], en A. Pérotin-Dumon, El género...

[178] -   Ver más adelante L.M. Glave y E. Burkett.

[179] .- Ann L. Zulawski, “Mujeres indígenas y la economía de mercado en la Bolivia Colonial”, en V. Stolcke,  Mujeres invadidas…, pp. 67-91,  prácticamente el mismo texto en ingles, en LARR, 25:2 (1990), pp. 93-113, la misma autora y sobre el mismo tema They Eat From Their Labor: Work  and Social Change in Colonial Bolivia, Univ. of Pittsburgh Press, Pittsburgh, 1995. También: Martín Minchom, “La economía subterránea y el mercado urbano: pulperos, “indias gateras, y “recatonas” del Quito Colonial”,  en  Memorias del Primer Simposio Europeo sobre Antropología del Ecuador, Bonn-Quito, 1985, pp. 175-188; Christiana Borchart de Moreno, “La imbecilidad y el coraje. La participación femenina en la economía colonial (Quito, 1780-1830)”, en RCHA, nº 17 (1991), pp. 167-182; y Jacques Poloni, “Mujeres indígenas y economía urbana: el caso de Cuenca durante la colonia”, en A.C. Defossez, D.Fassin y M. Viveros, Mujeres de los Andes: condiciones de vida y salud, IFEA, T. 65, 1992, pp. 201-221.

[180].- Brooke Larson,  “La producción doméstica y el trabajo femenino indígena en la formación de una economía mercantil colonial”, en  Historia Boliviana, III:2 (1983), pp. 173-188;  Chantal Caillavet, “La artesanía textil en la época colonial: el rol de la producción domestica en el norte de la Audiencia de Quito”, en  Cultura. Revista del Banco Central del Ecuador,  8:24b (1986), pp. 521-530; y Karen B. Graubart, “El tejer y las identidades de género en el Perú en los inicios de la colonia”,  en   BIRA,  nº  24 (1997), pp. 145-165.

[181] .-  Véase P. Seed,  “Colonial…

[182].- Elinor Burkett, “Las mujeres indígenas y la sociedad Blanca: El caso del Perú del siglo XVI”, en A. Lavrin (comp.), Las mujeres…, pp. 121-152, de la misma autora  “In Dubious Sisterhood: Class and Sex in Spanish Colonial South America”, en LAP (1977), pp. 18-26.

[183] .- Frak SalomOn, “Indian women of early colonial Quito as seen through their testaments”, The Americas (AAFH/TAM), 44:3 (1988), pp. 325-341.

[184] .- Irene SILVERBLATT, Luna, Sol y Brujas. Género y clases en los Andes prehispánicos y coloniales, CBC, Cuzco, 1990, (*1987). Otros trabajos anteriores de la misma autora: “Principios de organización femenina en el Tawantinsuyu”, en Revista del Museo Nacional, nº 42, Lima  (1976),  pp. 299-340;  “Andean Women in the Inca Empire.”, en Feminist Studies, (1978), pp. 36-61; y “Andean Women under Spanish rule”, en M. Etienne y  E. B. Leacock (eds.), Women…, pp. 149-185.

[185] .- L.M. Glave, “Mujer indígena, trabajo doméstico, y cambio social en el Virreinato peruano del siglo XVII: La ciudad de la Paz y el sur andino en 1684” [en línea]  Bulletin de l´Institut Français de etudes andines, nº 16: 3-4 (1987), pp.39-69, Web IFEA, [Consulta: 3-9-2002].

 [186] .- Sobre migraciones ver, también, A. L. Zulawski, “Mujeres indígenas…, y They Eat… Otras referencias al tema en la primera parte.

[187].-  B. Larson, “La producción doméstica …

[188].- A. L. Zulawski,   “Mujeres indígenas…, y They Eat…

[189] .- K. B. Graubart, “El tejer...,

[190].- Ximena  Medinaceli, De indias a doñas : mujeres de la élite indígena en Cochabamba, siglos XVI-XVII, Ministerio de Desarrollo Humano, La Paz, 1997. De la misma autora un interesante artículo, “Nombres disidentes: mujeres aymaras en Sacaca, siglo XVII”,  Estudios Bolivianos, nº1, (1995),  p. 321-342.

[191].- Denise Arnold (comp.),  Más allá del Silencio: Las fronteras de género en los Andes, T. I,  CIASE/ ILCA, La Paz, 1997. Recomendamos el estupendo  resumen comentado de este libro realizado por Susan Paulson, “Las fronteras de género y las fronteras conceptuales en los estudios andinos”, [en línea] [11 pp.] RA, n° 32 (dic. 1998) Revista Andina,   [Consulta: 2-2-2002]

[192].-  Además de los ya comentados son de interés J. Ossio, “ La estructura social de la comunidad campesina”, en J. Mejía Baca (ed) Historia general del Perú, Juan Mejía Baca, Lima, 1980, y Daisy Nuñez del Prado,  “La reciprocidad como Etnos de la cultura andina” en ALL,  nº  4  (1972),  pp. 135-155.

[193].- Billie Jean Isbell, “La otra mitad esencial: un estudio de complementariedad sexual andina”, en Estudios Andinos, nº 5 (1976), pp. 37-56. 

[194].- B. J. Isbell,  “De inmaduro a duro: Lo simbólico femenino y los esquemas andinos de género”,  en D.Arnold,  Más alla del Silencio..., pp. 253-300.  Otros autores  en esta compilación  expresaron sus posturas críticas a la teoría de la complementariedad andina.

[195].- N. Fuller,  “Los estudios de género en el ámbito sudamericano”,  [en línea] Encuentro Nacional de Sociólogos preparatorio al XXIII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología- ALAS,  2000, Arequipa,  Asociación Latinoamericana de Sociología. ALAS,  [Consulta: 15-8-2002].

[196].- M. BARRIG,  El mundo...

[197].- M. Rostworowski: Estructuras andinas del poder ideología religiosa y política,  IEP, Lima,  1983;  La mujer en el Perú prehispánico,  IEP, Lima, 1995;  y  “Visión Andina Prehispánica de los géneros”, en  M. Barrig,  y N. Henríquez (comp.),  Otras pieles...

[198] .- I. SILVERBLATT, Luna, sol…

[199] Silvia RIVERA CUSICANQUI, “Diferencias, complementariedad y lucha anticolonial. Enseñanzas de la historia andina”, en I. Siu Bermúdez, W. Dierckxsens  y L. Guzmán, Antología latinoamericana y del Caribe: mujer y género, T. 1, UCA, Managua, 1999, pp. 403-420.

[200] .- Términos destacados por Estela Cristina Salles en el trabajo que comentamos a continuación.

[201]  .- M. Rostworowski: Curacas y sucesiones. Costa norte,  Minerva, Lima, 1961; “El repartimiento de doña Beatriz Coya, en el valle de Yucay”, en Historia y Cultura,  nº  4 (1970),  pp. 153-267; y  Estructuras andinas...

[202].- Estela Cristina Salles, “Mujeres cacicas en Omasuyos a fines del siglo XVIII. Una cuestión de legitimidad”, en Espacios de Género, T. I,  Centro Rosarino Interdisciplinario sobre las Mujeres, Facultad de Humanidades y Artes,  UNR. Rosario, 1995, y la misma autora junto a Héctor Omar  Noejovich Ch.,  “La herencia femenina andina prehispánica y su transformación en el mundo colonial” [en línea] [22 pp.]  Ponencia presentada en Economic History Congress, IEHA, 25 jul., Buenos Aires, 2002, EH.net/Economic History Services, [Consulta:  7-9-2002].

[203] E.C. SALLES, “ La herencia..., ( la referencia en p. 18)

[204].- J. J. VEGA,”Las capullanas”, en  J. J. Vega, Los Tallanes,  La Cantuta, Lima, 1988, pp. 18-24; Oswaldo Fernández Villegas, “Las capullanas: mujeres curacas de Piura siglos XVI-XVII”, Boletín de Lima, nº 66 (1989), pp.43-50; y Glady A. Varela y Luz M. Font,.  “Cacicas ricas y laboriosas en la frontera chileno-argentina” Dimensión Histórica de Chile, nº 13-14  ( 1997-1998),  pp. 47-62.  Más brevemente trata la cuestión Fernando Armas Asin, “ Religión, género y construcción de una sexualidad en los Andes (siglos XVI y XVII) Un acercamiento provisional”, en RI, nº 223 (2001), pp. 673-700. Y citamos, aunque no ha sido posible consultalo, el trabajo de  Karen B. Graubart, “Cacicas and the invention of political tradition in the Andes”,  Actas del Primer Congreso Internacional de Peruanistas en el Extranjero,  Harvard University, 29  abr.-1 may. 1999.

[205] .- Felipe. Guaman Poma de Ayala, Nueva crónica y buen gobierno, Edición de Joh V. Murra, Rolena Adorno y Jorge L. Urioste, Historia 16, Serie: Crónicas de América 29,  Madrid, 1987,  pág. 936: 86 [875]).

[206] .- B. Larson, “ La producción …; A.L. Zulawski, “Mujeres indígenas…; They Eat… ; y S. J. Stern, Los pueblos indígenas del Perú y el desafío de la conquista española. Huamanga hasta 1640, Alianza Editorial, Madrid, 1986 (*1982)

[207] .- J. J. Vega, La poligamia española en el Perú: siglo XVI, La Cantuta, Lima, 1968, y “La prostitución en el incario”, en J. Andreo, y S. B. Guardia,  Historia de las mujeres…, pp. 45-53.

[208] .- Ward Stavig, Amor y Violencia Sexual: Valores Indígenas en la Sociedad Colonial, IEP, Lima, 1996, cap. V, (*1995). También E. Burkett se ha referido al tema en varios de sus trabajos.

[209] Para una reflexión sobre este tema apuntamos, de acuerdo con la cita de  W. Stavig, el libro de L. MARTÍN,  Las hijas de los conquistadores..., cap. VI.

[210] .- La  misma argumentación se ha mantenido para las sociedades novohispanas: S.J. Stern,  La historia secreta...,  y  W. B .TAYLOR,  Embriaguez...

[211] .- I. SILVERBLATT, Luna, Sol…

[212] .-  F. Armas Asin, “ Religión....

[213] .-  M. Barrig,  El mundo al revés...

[214] .- A. Flores Galindo y M. Chocano, “Las Cargas..., también,  respecto a estos temas véanse las citas de: A. Lavrin, P. Seed, J. Lyman, y S. Lipsett-Rivera.

[215] .- B. Lavallè,  “Divorcio y nulidad…

[216] .- B. Lavallè, Amor y Opresión en los Andes coloniales,  IEP, Lima, 1999. En lo que a nuestro trabajo interesa destacamos la primera parte de esta recopilación, y especialmente el ensayo: “Amor, amores y desamor en el sur peruano(1750-1800)”  [*1996], pp. 85-112.

[217] .- W. Stavig: Amor…, y  “ Living in Offense of Our Lord: Indigenous Sexual Values and Marital Life in the Colonial Crucible”, en  HAHR, Vol. 75:4  (1995), pp. 597-622.

[218] .- I. SILVERBLATT, “ Family Values in Seventeenth-Century Peru”, [en línea], en E. Hill-Boone y T. Cummins (eds.), Native Traditions in the Postconquest World, Dumbarton Oaks-Harvard Univ, Washington, D.C, 1998, pp. 63-89. Dumbarton Oaks Electronic Texts, [Consulta: 12- 9-2002]

[219].- Mariángeles Mingarro Arnandis, “Familia y mujer en Tunja ( Nueva Granada) en el siglo XVIII”, en IX Congreso... (AEA), pp. 247-252.

[220] .- Virginia Gutiérrez de Pineda, La familia en Colombia,T I, Univ. Nacional de Colombia, Bogotá, 1963, y Familia y cultura en Colombia,  Tercer Mundo-Univ. Nacional de Colombia, Bogotá, 1968. Valga la cita de estos estudios como referencia de otras publicaciones posteriores de la misma autora, y sobre el mismo tema.

[221] .- M. E. Mannarelli, Pecados públicos: la ilegitimidad en Lima, siglo XVII, Flora Tristán, Lima, 1993 [en línea], Cap. IV [27 pp.], en A. Pérotin-Dumon, El género ... También, ver A. LAVRIN (ed), Sexuality...

[222] .- Margarita. Zegarra Flórez,  “El honesto velo de nuestro sexo. Sociabilidad y género en las mujeres de los sectores populares, en la Lima del 800”, en M. Zegarra Flórez (coord.), Mujeres y género…, pp. pp.183-204. Otra visión a través de las uniones interétnicas la proporciona Jesús A. Cosamalón Aguilar, “Amistades peligrosas: matrimonios indígenas y espacios de convivencia interracial (Lima 1795-1820), en S. O’Phelan Godoy (comp.), El Perú en el siglo XVIII. La era borbónica, Instituto Riva-Agüero, Lima, 1999, pp. 345-368.

[223] .- M. E. Mannarelli, “La infancia y la configuración de los vínculos en el Perú. Un enfoque histórico” [en línea], en Políticas Públicas e Infancia en el Perú. Save the Children – UK. Lima, 2002, Niños del Peru.Publicaciones. [Consulta:2-2-2003] 

[224] .- Regina. Harrison: “The Theology of Concupiscence: Spanish-Quechua Confessional Manuals in the Andes”, en F. J. Cevallos-Candua, et al, Coded Encounters…,  pp. 135-150, y True Confessions: Quechua and Spanish Cultural Encounters in the Viceroyalty of Peru, LASC, nº 5, Univ. of Maryland, USA, 1992.

[225] .- Ana Sánchez, “Pecados secretos, públicas virtudes: El acoso sexual en el confesionario”, RA, nº 27 (jul. 1996), pp. 121-147.

[226] .- Fernando ArMas Asin, “ Religión...

[227] .- I. Silverblatt, Honor, Sex and Civilizing Missions in The Making of Seventeenth-Century Peru, LASC, nº 7, Univ. of Maryland, USA, 1989-90.

[228] .- Mª del Carmen Martín Rubio, “La mujer indígena andina, según un Memorial inédito dirigido a Felipe II en 1588 por Bartolomé Álvarez” [CD], VIII Congreso Internacional de Historia de América (AEA), XIII Coloquio de Historia Canario-Americana, Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2002, pp.1506- 1514

[229] .- Pilar Pérez Cantó, “Las crónicas bajo otra mirada: las mujeres indígenas en Cierza de León”, en IX Congreso (AEA)..., pp.153-172

[230] .- Alejandra Osorio,  “Seducción y conquista: Una lectura de Guamán Poma”,  en ALL. Año XXII, nº  35/36 (1990), pp. 293-327.

[231] .- Ver comentario sobre los Estudios Literarios Coloniales en la primera parte.

[232] .- Otros trabajos de interés, además de los comentados, sobre la crónica de Guaman Poma son los de R. Harrison, “Guaman Poma, la construcción de la memoria incaica y la estética corporal”, en Martín Lienhard (coord.), La memoria popular y sus transformaciones, Vervuert- Iberoamericana, Madrid,  2000,  pp. 237-249,  y Philomena Gebran, “La mujer inca en la crónica de Guaman Poma de Ayala”, en J. Andreo y S.B. Guardia, Historia...., pp. 57-68.

[233] .- Entre los más destacados investigadores están: Rolena Adorno, John V. Murra , Juan Ossio, Nathan Wachel , Frankin Pease, y Mercedes López- Baralt. Un completo catálogo bibliográfico sobre Guaman Poma y su manuscrito, que incluye a estos autores, en: Proyecto Ensayo Hispánico, [Consulta: 2-3-2002].

[234] .- Raquel CHANG RODRÍGUEZ, “Iconos inestables: el caso de la coya Chuquillanto en “Primer Nueva Corónica y Buen Gobierno (1615)”, en A. Pellicani y F. Cantù (eds), Guamán Poma y Blas Valera: tradición andina e historia colonial, Instituto Italo-latinoamericano, Roma, 2001, pp. 293-312.

[235] .- R. CHANG RODRÍGUEZ,  “Las coyas incaicas y la complementariedad andina” (c.1616) de Martín de Murúa” [en línea], en Studi Ispanici, 1999, pp.11-27, El Website de Guaman Poma, [Consulta: 3-3- 2002].

[236] .- R. CHANG RODRÍGUEZ, “Historia, pintura y literatura, en una loa de Perú Virreinal” [en línea], en Ines Azar (ed.),  El puente de las palabras: Homenaje a David Lagmanovich, Colección Interamer, nº  50, IV, OEA, 1994, Website de AICD [Consulta: 3-3- 2002].

[237] .- Diana Miloslavich Tupac, “ El personaje de Curicuillor/ Curicoyllor. En Miscelánea Antártica y Armas Antárticas”, en J. Andreo, y S.B. Guardia,  Historia …, pp. 69-85.

[238] .- Luis Millones, Virgilio Galgo y Anne Marie Dussault, “Reflexiones en torno al romance en la Sociedad indígena: Seis relatos de amor”, en RCLL, nº14 (1981), pp. 7-28.

[239] .-  L. Millones y Mary Pratt,  Amor brujo. Imagen y cultura del amor en los Andes,  IEP,  Lima,  1989.

[240] .- Rocío de la Nogal Fernández e Itziar Lado, “ La vida cotidiana de las mujeres coloniales a través de la crónica de Jaime Baltasar Martínez Compañón” en E. Martín Acosta, C. Parcero Torre y A. Sagarra Gamazo (comp.), Metodológia y nuevas líneas de investigación de la historia de América, Univ. de Burgos/AEA, Burgos, 2001, pp.247-258.

[241] .- I. SILVERBLATT, Luna, Sol…

[242] .- Pierre Duviols, Cultura andina y represión:  procesos y visitas de idolatrías, hechicerías, Cajatambo, siglo XVII,  CERA/ BC, Cuzco, 1986

[243] .- A. Osorio,  “Hechicerías y curanderías en la Lima del siglo XVII. Formas femeninas de control y acción social”, en M. Zegarra Flórez (coord.), Mujeres y género…,pp. 59-75.

[244] .- Conclusiones, que como destaca la autora, coinciden con las interpretaciones de M. E. Mannarelli y R. Behar  para el conjunto popular femenino implicado en estas prácticas: M.E. Mannarelli,   “Inquisición y mujeres..., de la misma autora  Hechiceras, beatas y Expósitas. Mujeres y poder inquisitorial en Lima, Congreso de la República del Perú, Lima, 1998; y R. Behar, “Brujería sexual...

[245].- A. Sánchez,  Amancebados, hechiceros y rebeldes (Chancay, siglo XVII),  CERA/ BC, Cuzco, 1992.

[246] .- Desde una perspectiva amplia de los discursos, el espacio colonial colombiano ha sido examinado por Jaime Humberto BorJa GÓMEZ,  “Sexualidad y cultura femenina en la Colonia. Prostitutas, hechicera, sodomitas y otras transgresoras”, en Las mujeres en la historia de Colombia, T. III, Presidencia de la República y Norma, Santa Fe de Bogotá, 1996.

[247] .- Carlos GarcésBrujas y adivinos en Tucumán (siglos XVII- XVIII),  Univ. Nacional de Jujuy, San Salvador de Jujuy,  1997.

[248] .- Adolfo Luis González Rodríguez, “Juicio por hechicería en Santiago del Estero, 1761. El caso de las indias Lorenza y Pancha”,  en Temas Americanistas,  nº  14 (1998),  pp. 25-31, [*1996].

[249] .- Judith Farberman, “Hechicería, cultura folclórica y justicia capitular. El proceso de Tuama (Santiago del Estero), 1761” [en línea] [32 pp.], Revista Andes, nº 11 (2000), pp. 237-266, Educar. Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, Argentina,   [Consulta: 2-2-2003], y “La fama de la hechicera. La buena reputación femenina en un proceso criminal del siglo XVIII”, en F Gil Lozano, V. Pita y M. G. Ini, Historia de las mujeres en la Argentina. Colonia y siglo XIX.”, T. I,  Taurus, Buenos Aires, 2000,  pp. 27-47.

[250].- Kathryn Burns: “Conventos, criollos y la economía espiritual del Cuzco, siglo XVI”, en Memoria II Congr .Inter. .El monacato …, pp. 311-318, Colonial Habits Convents and the Spiritual Economy of Cuzco, Peru, Duke University Press, 1999.

[251].-  Nancy E. van Deusen, “La casa de Divorciadas, la casa de la Magdalena y la política de recogimiento en Lima, 1580-1660”,  en Memoria II Congr.Inter. El monacato ...,  pp. 395-406, y “Los primeros recogimientos para doncellas mestizas en Lima y Cuzco, 1550-1580”, en ALL, Año XXII, nº 35/36  (1990), pp. 249-291.

[252] .- Patricia Peña González, “La Casa de Recogidas de Santiago, un hospital de almas” [en línea], Anales de la Universidad de Chile. Muerte y cultura Sexta Serie, nº 6, 1997, Univ. de Chile, [Consulta: 15-1-2003].


 

ABREVIATURAS

 

AA/IIA: Anales de Antropología. Instituto de Investigaciones Antropológicas. UNAM. 

AAFH/TAM: The Americas. Academy of American Franciscan History. 

AEA: Asociación Española de Americanistas.

AHILA: Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos.  

AICD: Agencia Interamericana para la Cooperación y el Desarrollo. 

ALL: Allpanchis. Instituto de la Pastoral Andina.

BA: Boletín Americanista.

BIRA: Boletín del Instituto Riva-Agüero. PUCP.

CBC: Centro Bartolomé de las Casas.

CEMOS: Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista.

CENDOC: Centro Documentacion sobre la Mujer.

CERA/ BC Centro de Estudios Rurales Andinos. Bartolomé de Las Casas.

CLACSO: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales

CLAHR: Colonial Latin American Historical Review.

CONACULTA: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

CHELA: Cuadernos para la Historia de la Evangelización en América Latina.

EA/ LASC: Estudios Andinos. Latin America Studies Center.

ECM: El Colegio de México.

FCE: Fondo de Cultura Económica.

H/ INAH: Historias. Instituto Nacional de Antropología e Historia. México.

HAHR: Hispanic American Historical Review.

HM: Historia Mexicana.

IAA: Instituto de Apoyo Agrario.

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Zegarra Flórez, Margarita, El honesto velo de nuestro sexo. Sociabilidad y género en las mujeres de los sectores populares, en la Lima del 800, en M. Zegarra Flórez, (coord.), Mujeres y género en la historia del Perú, CENDOC-Mujer, Perú, 1999, pp. pp.183-204.

Zulawski, Ann.L., They Eat From Their Labor: Work and Social Change in Colonial Bolivia, Univ. of Pittsburgh Press, Pittsburgh, 1995.

------------- “Mujeres indígenas y la economía de mercado en la Bolivia Colonial, en V. Stolcke (ed), Mujeres invadidas (Colección Cuadernos inacabados nº 12), HORAS y HORAS, Madrid, 1993, pp. 67-91.

 


 

 Una versión reducida de este artículo ha sido publicada en Tiempo y Forma, Revista de Historia Moderna, UNED, nº 17 (2004), pp. 215- 253, y en Sara Beatriz Guardia (Ed.) Escritura de la historia de las mujeres en América Latina. El retorno de las diosas, Ed. Minerva, Lima, 2005. (Enlaces a continuación)

 



 

 

LA AUTORA

Es licenciada en Geografía e Historia por la UNED. En la actualidad realiza su tesis doctoral sobre Colonialismo y Género y ha obtenido el Diploma de Estudios Avanzados (DEA) con el mismo tema, en la misma universidad y bajo la dirección de la doctora Marina Alfonso Mola.

DISTINCIONES

-- 2002, 8 de marzo. Premio Elisa Pérez Vera de investigación, U.N.E.D, por el trabajo Ciudadanas de Valladolid en la II República

-- 2007, 19 de septiembre. Mención especial en el concurso de investigación “Otras Miradas”. Convocado por el Ayuntamiento de Palencia, por el trabajo Señoras brigadieras, coronelas, capitanas…Colonialismo y género en el siglo XVIII.

 

ACTIVIDADES

 -- Desde 2005, dirección y edición de la revista digital Frentes Avanzados de la Historia

-- Desde 2005, colaboradora del Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL

 ― Desde 2009, colaboradora de la revista Hojas de Warmi, Investigación para el feminismo la cooperación y solidaridad con América Latina. Ed. Seminario Interdisciplinar Mujeres y Sociedad, SIMS/ Universitat de Barcelona, UB.

PUBLICACIONES

-- Artículo: “Ciudadanas de Valladolid en la II República”, en adistancia, Revista de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED, Volumen 20, nº 1, octubre 2002, págs. 101-107; [en línea] FAH, Resumen: 

-- Artículo: “Perspectivas historiográficas. Mujeres indígenas en la sociedad colonial hispanoamericana”, en Tiempo y Forma, Revista de Historia Moderna, UNED, nº 17 (2004), págs. 215- 253. En Sara Beatriz Guardia (Ed.) Escritura de la historia de las mujeres en América Latina. El retorno de las diosas, Ed. Minerva, Lima, 2005, págs. 155-200;  e-espacio digital UNED   / En FAH    

-- Artículo: “Representaciones y prácticas de género en la proyección del colectivo social de la oficialidad militar. Una estrategia de la política colonial en el siglo XVIII”; Revista digital Destiempos, año 3, nº 14, México, D.F. (mayo-junio 2008)    

-- Artículo: “Viajeras al servicio de su majestad en el siglo XVIII. Un discurso colonialista de género en el siglo XVIII” y prólogo en Sara Beatriz Guardia (ed.) Viajeras entre dos mundos, Ed. CEMHAL, 2011, págs. 123-140;  Artículo En  FAH     / Presentación del libro en FAH / Libro completo pdf en CEMHAL

-- Compilación y presentación, Dossier: “Reflexiones para el Debate sobre los géneros desde las dos orillas atlánticas”, Hojas de Warmi, nº 16, 2011, SIMS, UB, [en línea] SIMS  

 



 



 


 

 

 

 

 

JUSTICIA Y PIEDAD EN LA ESPAÑA MODERNA. COMPORTAMIENTOS RELIGIOSOS DE LA REAL CHANCILLERÍA DE VALLADOLID

JUSTICIA Y PIEDAD EN LA ESPAÑA MODERNA. COMPORTAMIENTOS RELIGIOSOS DE LA REAL CHANCILLERÍA DE VALLADOLID

Lourdes Amigo Vázquez
Universidad de Valladolid/España

 


En el Acuerdo General celebrado el 20 de abril de 1671, por el Presidente y oidores de la Real Chancillería de Valladolid, fue preciso dar un auto respecto a lo sucedido cuatro días antes[1]. La tarde del 16, día de Santo Toribio, la ciudad había sido azotada por una terrible tempestad. Poco después de concluido el Acuerdo

...se oyó el último trueno, que fue tremendísimo, y, a un tiempo, se entró, en la sala donde asisten los días de Acuerdo los relatores y escribanos de cámara, una zentella o rayo y maltrató a tres relatores y un scribano de cámara; y, al mismo tiempo, en la sala donde están los papeles del rexistro, se bio un resplandor; y, en ambas las dichas salas, pasado lo referido, quedó un muy mal olor como de azufre. Y, ansimismo, a el dicho tiempo, se vio como entró, por la puerta de la galería que mira al corredor de fuera, un globo de fuego, de que se vio el resplandor en la sala del Acuerdo, y, en el aposento donde asiste la barrendera de Chancillería, teniendo en dicho aposento dos criaturas pequeñas y estando tamvién con dicha barrendera una muger que ayudaba en su ministerio, se entró dicha zentella en dicho aposento, de que resultó quedar la dicha muxer que ayudava a la barrendera muerta sin herida alguna.

Demasiadas señales prodigiosas, en opinión de los ministros regios. Era necesario honrar al santo, “por haver librado a los dichos señores de tan gran peligro y de que no ubiesen subzedido muchas más desgracias, por la mucha xente que avía en los corredores y patio y otras partes de la Casa Real de Chancillería”. Además, se señala otra causa para guardar su fiesta: la posibilidad de que en otro tiempo se hubiese celebrado, cuando Valladolid pertenecía al obispado de Palencia de donde era natural Santo Toribio[2]. ¿No sería una llamada de atención desde el cielo por haberse descuidado su devoción?[3] En consecuencia, el 16 de abril se convirtió en fiesta de corte[4].

El episodio de 1671 nos sirve para ilustrar una de las ideas que desarrollaremos en las páginas siguientes. Los soberbios magistrados que componían el Tribunal Superior de Justicia castellano compartían con el resto de sus vecinos no sólo su honda religiosidad, también las mismas creencias “milagreras”, cercanas a la magia y a la superstición, motivadas por la falta de fronteras que en aquellos tiempos existía entre lo natural y lo sobrenatural. Pero la piedad de la Chancillería, que circunscribiremos a sus ministros superiores[5], tenía más amplias connotaciones. Máximo representante del poder monárquico en Valladolid, su participación en las devociones propias de la institución, pero sobre todo en las ciudadanas, como pudieran ser el Corpus o las exequias regias, reforzaban el prestigio del Tribunal y de su rey en sociedades definidas por lo sacro y la jerarquía, por los principios del Absolutismo y la Contrarreforma[6].

Este estudio, que tiene por objeto la religiosidad colectiva, claramente se encuadraría en la Historia de las Mentalidades o Cultural en su sentido más amplio. Trataremos de ampliar este enfoque con la Nueva Historia Política e Institucional[7], en cuanto a la conformación de la imagen de una institución a través de sus prácticas piadosas. Una interesante perspectiva para adentrarnos en las formas de representación del poder, dado el papel de lo sagrado en la época Moderna.

Nos detendremos en el Seiscientos[8], el siglo en que se inicia el declive de la Chancillería vallisoletana[9], para comprobar como su ritual religioso, con importantes y perdurables mutaciones, va a ser uno de los instrumentos claves para apuntalar su poder.


UNA SOCIEDAD SACRALIZADA: LA CHANCILLERÍA TAMBIÉN

Pocas afirmaciones resultan tan evidentes cuando nos acercamos al Antiguo Régimen como la sacralización de las mentalidades, la interpretación de la realidad según “el modelo ideológico del catolicismo”[10]. Por tanto, como señala Teófanes Egido

... no hay espacio, ni momento, ni actividad del talante que sea, ni persona ni colectividad, libres del acoso o exentos de la protección de lo sobrenatural. No cabe la autonomía de lo terreno, y poco importan los agentes físicos o naturales en una existencia subordinada al más allá...[11].

Una religiosidad calificada en numerosas ocasiones de “popular”. Como hemos visto en el establecimiento de la fiesta de Santo Toribio, la Chancillería no escapa a la confusión entre elementos sagrados y profanos, tampoco al carácter ritualista y con frecuencia festivo que definían a las prácticas religiosas “populares” del Barroco. En 1621, ante la noticia del grave estado de salud de Felipe III, el Tribunal rápidamente pone en marcha todos sus recursos para lograr la mejoría del monarca. Indudablemente, se trataba de “métodos” religiosos, pues las fuerzas sobrenaturales, el Bien y el Mal, “habitaban” y regían lo terreno. La Chancillería envía recado a los conventos de la ciudad para que celebren rogativas y procesiones por la salud del rey, les distribuye mil misas y acuerda hacer una procesión general a la patrona de Valladolid, Nuestra Señora de San Lorenzo[12]. En esta ocasión, las preces fueron desoídas por el Todopoderoso, sus motivos tendría. De distinto signo fue el nacimiento del príncipe Carlos (II), en noviembre de 1661, recibido como una muestra del amor de Dios hacia la monarquía hispánica y sus súbditos, “el pueblo elegido”. Los miembros de la Audiencia acudirán, con el Cabildo y el Ayuntamiento, a darle gracias en procesión general a San Lorenzo, además de tener luminarias, cohetes y chirimías delante de su edificio y asistir a una fiesta de toros en la Plaza Mayor[13].

Como ha puesto de relieve Teófanes Egido[14], pero también otros autores, como Antonio Domínguez Ortiz[15] y, muy especialmente, José Luis Sanchez Lora

...esos caracteres llamados populares dan el tono de la religiosidad general del s. XVII, religiosidad compartida por todos los estamentos sociales, culturales y religiosos; y que, lejos de ser manifestaciones “populares”, fueron, además, compartidas y enseñadas por la jerarquía eclesiástica.[16]

El término de religiosidad popular resulta, pues, bastante ambiguo y equívoco, propio de la Antropología, de la que la Historia de las Mentalidades toma métodos y conceptos, pero no todos parecen aplicables a la época Moderna.

La Chancillería participará en las manifestaciones colectivas de aquella extremada piedad barroca y dispondrá de sus propias devociones y prácticas rituales, mas su propio funcionamiento interno estará empapado de trascendencia[17].

Si todo dependía de la divinidad, era de esperar que la justicia también se le encomendase. No en vano, el carácter sagrado de la realeza contribuía a sancionar su facultad para administrar justicia[18] y sólo a Dios el monarca debía rendir cuentas, al igual que sus ministros[19], a lo que podemos añadir el hecho de que hasta el XVIII abundaran en la Chancillería vallisoletana los presidentes prelados u ordenados durante el ejercicio de su cargo[20]. De esta forma, los magistrados, antes de bajar a sus salas respectivas para tratar los pleitos, se reunían a escuchar misa, una práctica habitual en las demás instituciones de la Corona[21]. Para este menester, se contaba con la capilla del Acuerdo y su capellán. Tampoco se descuidaba el alma de los oficiales del Tribunal y de los litigantes, existiendo la capilla del Patio. Asimismo, para asistir a los presos había una tercera capilla, la de la cárcel[22]. El nombramiento de estos tres clérigos será una de las primeras obligaciones del Presidente tras tomar posesión de su cargo. La influencia de las cuestiones espirituales en la cotidianidad de la Chancillería queda plasmada por la asistencia del capellán del Acuerdo, sirviendo al Presidente, junto con su mayordomo, el portero más antiguo y el secretario del Acuerdo, en todos los actos públicos a los que concurría la Audiencia[23].

El ciclo litúrgico, que ritmaba el tiempo de aquellas gentes, ofrecía numerosos días de precepto, que ineludiblemente detenían la actividad del Tribunal, a los que se sumaban las fiestas de corte. Sírvanos de ejemplo 1643, cuando, a raíz del decreto de reducción de fiestas de Urbano VIII, en el Libro del Acuerdo se anotan las que guarda la Chancillería. El número resulta abrumador y no dejará de crecer a lo largo del siglo: 29 fiestas de corte y 38 de precepto[24]. Los días de descanso se veían ampliados por las vacaciones, a su vez, con una motivación sacra: las de Navidad eran desde su víspera hasta Reyes y las de la Pascua de Flores, entre la víspera de Ramos y el domingo de Cuasimodo; estas dos celebraciones también suponían aguinaldos para los oficiales[25] y la Navidad, asimismo, venía acompañada de las felicitaciones protocolarias por parte de la Ciudad, la Universidad y el Cabildo catedralicio al Presidente. El trabajo en la Chancillería era afectado por otras obligaciones sacras. La asistencia a los sermones de Cuaresma hacía que se acortase la Audiencia una hora. El lunes de Carnestolendas sus tres horas quedaban reducidas a la mitad por el Jubileo de las 40 horas de la Compañía de Jesús, al igual que el 2 de agosto por el Jubileo de la Porciúncula.

Por último, las fiestas de iglesia servían para disponer algunas actividades del Tribunal, más allá de los días de descanso, como las visitas generales de cárceles –de Chancillería y Ciudad- las vísperas de las tres pascuas, en las que tampoco se celebraba Audiencia.

Pasemos, a continuación, a analizar las múltiples formas como se manifestaba, fuera de los muros de la Chancillería, la piedad de los magistrados, haciendo hincapié en sus otras significaciones amén de las propiamente religiosas.


PRACTICAS DEVOCIONALES PROPIAS DE LA CHANCILLERÍA

El 28 de marzo de 1644, segundo día de Pascua de Resurrección, los miembros de la Audiencia asistieron, como era costumbre, a la catedral[26]. Fr. Alonso Hurtado, de la orden de San Bernardo, al comenzar su predicación, no dirigió la venia en primer lugar a la Audiencia, que ocupaba la capilla mayor, sino que la realizó entre el Tribunal y el Cabildo catedralicio, sentado en el coro. La intervención de este último en tal descortesía era clara, ya que el segundo día de Navidad, nada más terminar su sermón el provincial de la compañía, dos canónigos le habían reprendido duramente por hacer primero la venia a la Audiencia y en el transcurso de su oratoria haberle vuelto el rostro en más ocasiones que al Cabildo. Los magistrados consideraron este gesto como una agresión hacia su dignidad.

...adonde su magestad asiste y el Acuerdo, que le representa con tanta ynmediación que despacha en su nombre y con su real sello, a nadie se debía ni podía hacer cortesía, sólo al Acuerdo y, lo que no podía ser dubitable, en primer lugar al Acuerdo, por su preheminencia real; y quando lo dicho cesara y las comunidades que asistían en la dicha yglesia fueran yguales, cuya suposición contenía absurdo por asistir el Acuerdo en la capilla mayor y lugar mas preheminente y ser huésped en aquella yglesia, se le devía la benia y cortesía en primer lugar, como se avía hecho otras bezes...

El argumento era el habitualmente esgrimido. Como ministros superiores del rey, pues la justicia era el “más alto de los oficios temporales”[27], lo representaban en su ausencia. Gozaban de honores regios, en especial su Presidente, uno de los cargos más preeminentes de la España del Antiguo Régimen, por encima de los miembros de la Inquisición, del Cabildo y su obispo y del corregidor y regidores de la Ciudad.

Ambas instituciones acudirán al Consejo Real, donde se dará la razón a la Chancillería, pero sólo a medias. La venia y cortesía del predicador sería primero para el Tribunal, salvo en las ocasiones en que acudiese el obispo con el Cabildo, pues entonces debía realizarse entre ambas comunidades[28]. La Audiencia era la institución más poderosa, pero, en ocasiones, cuando entraba en conflicto con el máximo representante del poder espiritual en Valladolid, se ponía en duda su superioridad.

El fervor religioso no era lo único que iba a mover a la Audiencia a asistir a los actos litúrgicos. La sociedad moderna se hallaba vertebrada por “actores colectivos”[29], cuya estricta ordenación jerárquica había de ser sancionada. Mostrar y consolidar la reputación y, por tanto, el poder de una institución o grupo social, era una de las principales posibilidades que ofrecían las ceremonias, en su mayoría religiosas[30]; los conflictos entre las distintas instancias de poder serán, así, un ingrediente más de las celebraciones[31]. Este corporativismo llegará hasta el extremo con la Chancillería. Como máximos representantes del rey y símbolo de una de sus facultades definidoras, la justicia, a sus jueces se les exigirá una conducta profesional y social intachable[32] y la pérdida de su individualidad a favor de la imagen de la institución. Las órdenes se suceden, prohibiendo a sus integrantes y mujeres asistir con demasiada frecuencia a funciones de iglesia, concurrir a visitas privadas, a bodas, bautizos y entierros o al patio de comedias[33]. La Audiencia era la que debía verse en público, no sus ministros.

El fortalecimiento de la imagen de una institución era factible a través de la exaltada religiosidad contrarreformista, caracterizada por la “vulgarización del culto”[34] y su manipulación por el poder. Se ponía el énfasis en la exteriorización colectiva de la piedad, a través del ritual y la fiesta eminentemente emocionales, capaces de cautivar los sentidos pero en una dirección muy precisa[35]. El ceremonial litúrgico se constituía, pues, en un espectáculo del poder político y espiritual –Monarquía e Iglesia-, solidariamente unidos, y, sobre todo, de sus máximos representantes a nivel local[36], sus organizadores y principales protagonistas en muchas ocasiones[37]. Estas ceremonias eran el escenario idóneo para hacer ostentación de una autoridad que, además, se enriquecía con la acentuación de su dimensión piadosa, incluso sagrada, tan importante en aquella sociedad teñida de trascendencia[38]. Asimismo, eran una forma de cohesión, de identidad, de los individuos que tenían la exclusividad de tomar parte, como subraya E. Durkheim para las sociedades primitivas[39]. La participación en un mismo ritual religioso, en la fiesta en general, reforzaba la idea de grupo, en las fiestas corporativas, pero también de comunidad, en las urbanas, amortiguando las tensiones inherentes a una sociedad regida por la desigualdad[40].

Las funciones religiosas propias del Tribunal cumplían ambos cometidos[41]. Estrechaban los vínculos entre sus miembros, en su mayoría forasteros y con una estancia transitoria en Valladolid[42], y los diferenciaban y resaltaban de los demás que sólo podían asistir como observadores. Únicamente a los miembros de la Chancillería de Granada, de otras Audiencias y Consejos se les ofrecía el privilegio de participar, como invitados, cuando venían a Valladolid. No sólo durante el desarrollo de los oficios litúrgicos se resaltaban estas realidades, ocupando “la capilla mayor ... sentando su señoría en su silla, con su sitial y almoadas”[43]. Ver pasar por las calles la solemne e infrecuente comitiva, anunciada por los alguaciles, con los ministros vestidos con sus togas, a caballo o en coches[44], perfectamente ordenados de forma ascendente hasta concluir en su Presidente, ya debía de despertar la admiración entre los moradores de la ciudad del Pisuerga.

Sus misas de tabla se celebraban en la catedral. Tenían lugar en las Candelas y el segundo día de Pascua de Navidad, Resurrección y Pentecostés. Fechas en las que también se organizaba una comida comunitaria, como en el Corpus[45]. A finales de siglo, en lugar del almuerzo se establecerá una propina monetaria, al “Presidente zien rs. de plata y a los señores del Acuerdo y ... demás ministros y al pagador y secretario del Acuerdo ... zinquenta rs. de vellón ... y al capellán del Acuerdo, mayordomo de su señoría, portero de cámara más antiguo ... doce rs”[46]. En ocasiones extraordinarias, la Audiencia iba asimismo a la iglesia mayor, por acontecimientos religiosos mandados celebrar por la monarquía, como fueron la Purificación de Nuestra Señora (1662) y la beatificación de Santo Toribio Mogrobejo (1680)[47]. Pero otros dos lugares sagrados se convertirán, a partir del XVII, en los más característicos y definidores de la institución: la parroquia de San Lorenzo y el convento de las franciscas descalzas.

Nuestra Señora de San Lorenzo era la patrona oficiosa, la protectora espiritual de los vallisoletanos[48]. A ella recurrirá la colectividad en momentos de crisis y alegrías, a través de procesiones generales de rogativa y acciones de gracias, y a nivel institucional sobre todo lo hará la Ciudad, pero también la Chancillería o la Universidad. El impulso que esta Virgen tuvo durante los breves años de estancia de la Corte a principios del Seiscientos, especialmente por la reina Margarita, nos ayudan a explicar tanto su patronato[49], como que la Audiencia se encomiende a la protección de una imagen identificada con la Corona. Devoción y poder estaban ineludiblemente unidos.

En escasas ocasiones la Chancillería organiza por sí misma rogativas o acciones de gracias, pero siempre serán por acontecimientos regios y a Nuestra Señora de San Lorenzo (Cuadro 1). En el Setecientos, los conflictos con el Cabildo en las procesiones generales a San Lorenzo harán que tienda a la celebración de estas ceremonias de forma corporativa en el convento de San Benito y, sobre todo, en las franciscas descalzas, ambos de patronato regio. Se reducirán, pues, las muestras de fervor del Tribunal hacia la Virgen, pero serán en parte compensadas por la devoción particular del Presidente. Tras hacer su entrada en la ciudad iba a visitarla. También acudía a su templo los días de San Juan, San Pedro y la Magdalena, antes de ir a la parroquia respectiva y del paseo público en el prado de la Magdalena, y el 4 de octubre, cuando salía al paseo de la feria de San Miguel. Estas asistencias parece que no se producían en el XVII, al menos no las tenemos documentadas, excepto para la entrada del Presidente en 1697[50]





La inclinación de la Audiencia hacia el convento de las franciscas descalzas reales va a ser debido igualmente a la devoción que hacia esta comunidad mostró Margarita de Austria, así como a su vecindad a las Casas Reales de Chancillería. Cuando la Corte se instala en Valladolid, se estaba construyendo el nuevo monasterio de la orden y serán los monarcas quienes se harán cargo de su edificación y patronato[51]. La Chancillería ejercerá, como delegada de la Corona, su patronato, más aún, la mayoría de sus rentas reales eran pagadas por el Tribunal, concretamente 1.000 ducados anuales sobre las vacantes en plazas de ministros[52], y a su iglesia asistirá a los sermones de Cuaresma, los miércoles y sábados. En el XVIII, se intensificará la vinculación al convento con la celebración de rogativas y gracias y, desde 1705, el Presidente llevará la llave del monumento el Jueves Santo, el signo más claro de patronazgo[53].

El convento de Sancti Spiritus también formaba parte del universo devocional de la Chancillería. La víspera de Pentecostés, después de la visita general de la cárcel de la Ciudad, el Presidente, acompañado de los oidores, alcaldes del crimen y del corregidor y su teniente, daban una vuelta alrededor de su edificio. La costumbre cambiará, así, en 1646, “se apearon y entraron en la yglesia del ... y su señoría, el señor don Pedro Carrillo de Acuña, Presidente, se arrodilló ... y los demás señores ... y hicieron orazión y, entretanto, las monxas cantaron un billancico” [54]; y desde entonces se dará al convento un doblón de a dos para la cera[55].

Empero, la piedad no sólo quedaba patente con la participación en las ceremonias litúrgicas. La caridad era considerada la acción más meritoria para ganarse el cielo. Según las ordenanzas de la Chancillería, debían ser los pobres los más beneficiados por la actividad del Tribunal, existiendo abogados y procuradores específicos para asistirles de forma gratuita. Pero el socorro a los presos pobres fue sobre todo desarrollado por la hermandad de los abogados[56]. De forma más puntual, la Chancillería mostraba su caridad hacia los conventos e iglesias, ayudando a sus obras, así, en 1626, ofrecerá 2.000 ducados de limosna a la iglesia mayor[57]; también daba algunos cientos de ducados para la celebración de fiestas religiosas extraordinarias que contaban con su participación, como la canonización de San Francisco de Borja (1671), o a las que no asistía, como la de San Pedro de Alcántara (1669)[58].


HACIA LA SALVACIÓN. EL APARATO FUNERARIO DE LOS MINISTROS DE LA CHANCILLERÍA VALLISOLETANA

El 3 de septiembre de 1616, después de una larga enfermedad, moría el Presidente de la Chancillería, Baltasar de Lorenzana, con los últimos sacramentos recibidos y el testamento hecho[59]. Había tenido una “buena muerte”. Comenzaba el ritual funerario, buscando “la compra de la salvación”, tan obsesiva para unos individuos cuya existencia estaba subordinada al más allá, pero con el que también era necesario marcar las diferencias socioeconómicas terrenas[60]. El fallecimiento del Presidente tenía que distinguirse de sus convecinos, subrayando la dignidad de su cargo y de la institución que representaba[61]. Los aspectos más públicos del ceremonial alcanzarán una gran solemnidad. Su muerte fue anunciada a toda la ciudad a través del toque del reloj del Tribunal. En la Chancillería, la que fuera su residencia, se dispuso el velatorio, “se puso el cuerpo en la sala del Acuerdo, en un ataúd en alto sobre dos bufetes y el suelo de la sala se cubrió de paños negros y sobre el ataúd un paño de terciopelo negro”; allí asistieron religiosos de todas las órdenes “y dixeron sus vigilias y responsos con toda solemnidad”; y también “se dixeron en la capilla del Acuerdo todas las misas que se pudieron decir y salieron todas ellas con responso y sobre el cuerpo”. Fue sepultado en el monasterio del Abrojo, fundado por el hijo de la ciudad fr. Pedro Regalado, canonizado en 1746, donde destacarían el suntuoso túmulo y el enlutado de paredes y bancos. Especialmente, resultó un espectáculo luctuoso poco menos que sobrecogedor la imponente comitiva fúnebre, que en esta ocasión fue a caballo y sólo acompañó al difunto hasta la Puerta de la Pestilencia, por enterrarse fuera de la ciudad.


Delante, los alguaciles de la Audiencia, solicitadores, procuradores, escrivanos de provincia, rezeptores de segundo numero, rezeptores de primer numero, escrivanos de hijosdalgo, scrivanos de Vizcaya, escrivanos del crimen, escrivanos de cámara, relatores, abogados, receptores de penas de cámara y gastos de justicia, el de penas de cámara a la mano derecha, chanciller y registro y archivero, chanciller en medio, registro a la mano derecha y archivero a la izquierda; luego salió el cuerpo en la litera, en que yban delante doce frayles franciscos, a cavallo, con achas encendidas, y detrás los criados e pajes del señor Presidente bestidos de luto, a cavallo, con achas encendidas; y detrás yban los señores oydores y alcaldes y demás ministros de ropa en la forma acostumbrada.

La solidaridad ante la muerte, sobre todo en términos corporativos, unida a las necesidades de prestigio de la institución y la Corona, hacían que la Chancillería también asistiese a las exequias del resto de magistrados y familiares más cercanos. La pompa de estos funerales era menos solemne que en la muerte del Presidente y la concurrencia limitada a sus ministros. Así sucedió al morir el doctor Pichardo el 16 de enero de 1631. La Audiencia fue a casa del difunto, bajando su cuerpo los oidores más modernos y entregándoselo a los hermanos de la capacha. La procesión, abierta por la cruz de la parroquia, se dirigió a pie hacia el convento de los clérigos menores donde fue enterrado[62]. En esta ocasión no hubo dolorido, pero de asistir, como en el entierro de Petronila de Vallejo, mujer de un oidor (1622), se le reservaba un lugar privilegiado, a la izquierda del Presidente[63].

A medida que avanza el siglo XVII, el ritual fúnebre sufrirá un empobrecimiento, perdiendo gran parte de su carácter público. La relativa pobreza de sus ministros, con salarios muy inferiores a su posición social que no permitían asumir tales gastos funerarios[64], pudo motivar la transformación. En la década de los treinta, comenzaron a ser frecuentes los enterramientos celebrados sin pompa. Los difuntos serán llevados a la iglesia en secreto y al anochecer. Los magistrados, como particulares, seguirán asistiendo al depósito del cadáver, yendo a la casa del difunto al velatorio y bajando su cuerpo hasta el coche aquellos más modernos que ostentaban su mismo cargo, quienes también lo introducían en la iglesia y lo llevaban, después de los oficios, a su lugar de enterramiento. Igualmente, como particulares, concurrirían a la misa de cuerpo presente y a las honras.

La reducción del aparato funerario hacía perder a la Audiencia uno de sus espectáculos corporativos más significativos en una sociedad que tenía sus vistas en lo ultraterreno. En marzo de 1641, en la muerte del oidor Francisco de Amaya, pese a ser en secreto, la Audiencia había asistido a la misa de cuerpo presente, saliendo en coches desde las Casas Reales de Chancillería hacia la parroquia de San Miguel[65]. En noviembre, cuando se produce el óbito del alcalde del hijosdalgo Pedro de Vergara, el Real Acuerdo determina


...que los dichos señores Presidente y oidores y demás ministros, en forma de Audiencia, fuesen a la dicha misa de cuerpo presente y que adelante se hiciese lo mismo en los casos que se ofreciesen desta calidad; así, por ser causa tan piadosa onrar a los difuntos, como porque esta onra se les devía hacer una vez, ya en el entierro, ya en la misa o onras, además de que la misa de cuerpo presente era lo mismo que si fuera entierro; y porque no era justo que, porque el difunto no se enterrase con ponpa, como de ordinario sucedía por no tener con qué pagar los grandes gastos que en los entierros públicos se hacen, se le dexase de onrar, antes por eso mismo se debia hacer con mas piedad[66].

Sólo cuando se enterraban en algún convento extramuros no se irá a ningún acto fúnebre en forma de Audiencia, pues el Presidente no asistía a tales funciones[67].

El oidor Francisco de Rojas Oñate, enterrado en el convento de los mercedarios calzados en 1651, fue el último ministro en disponer de un entierro público en el XVII[68]. Ni siquiera este ceremonial se mantendría para los presidentes, aunque seguirán disponiendo, como sus familiares más próximos, de un velatorio solemne en Chancillería[69]. Lo habitual sería asistir en forma de Audiencia a la misa de cuerpo presente. Desde 1667, con la muerte de María Ponce de León, consorte del Presidente, se cambiará esta práctica por la concurrencia al día de las honras[70].

A finales de siglo, la Real Pragmática sobre lutos volverá a restar magnificencia a los funerales de los miembros de la Chancillería vallisoletana. En las exequias de Micaela Gobeo, esposa de un oidor, acaecido en mayo de 1692, se aplicó por primera vez, provocando una drástica reducción en el aparato del túmulo, en su tamaño y luces, y que las paredes, suelos y bancos de la iglesia y de la casa de la difunta se viesen desnudos de paños negros[71]. Será la última mutación de un ceremonial que quedará estrictamente reglamentado por el auto del Acuerdo del 25 de septiembre de 1705[72].

Nos hemos detenido en el ritual funerario, pero el lugar de enterramiento también ofrece referencias acerca de las actitudes ante la muerte (Cuadro 2). La posición social de los ministros de Chancillería, unido a su escasa integración en la ciudad, como consecuencia del aislamiento que exigía su cargo y ser en su mayoría vecinos eventuales, harán que se entierren fundamentalmente en conventos. Pocos, y en su mayoría en la primera mitad del siglo (31,6% sobre el total entonces), elegirán para su descanso eterno la parroquia en la que habían vivido, siempre en los barrios próximos a la Chancillería. Destacan los enterramientos en los conventos más populares, San Francisco y San Pablo, junto con el de San Ignacio, sobre todo en la segunda mitad del XVII (24,5% sobre el total de conventos), reflejando la estrecha relación de los jesuitas con la Administración. Pero el más solicitado será el de los carmelitas descalzos, adonde muy a menudo iban los ministros a escuchar los oficios, por ser extramuros y relativamente próximo a la Chancillería, dadas las prohibiciones regias sobre su asistencia a las iglesias como particulares.

Las exequias de los magistrados, como el resto de las ceremonias religiosas corporativas de la Chancillería, eran un lugar apropiado para hacer exhibición de su religiosidad y también de su prestigio. Pero, sin duda, la institución de justicia tenía en las fiestas religiosas urbanas el marco ideal para su publicística.




VALLADOLID, INCLUÍDA LA CHANCILLERÍA, SE AUNA EN SU FERVOR RELIGIOSO[73]

Los festejos por la canonización de Santo Tomás de Villanueva, quien fuera arzobispo de Valencia, provocaron no pocos disgustos al convento de San Agustín[74]. El motivo fue la negativa del Acuerdo a concurrir a las funciones religiosas. En dos ocasiones el prior le solicitaría su asistencia a la procesión general y a un día del octavario en su convento, pues en su celebración “se an exmerado todas las ciudades, villas y lugares destos reinos, en especial sus magestades en su Corte y a su exenplo los Reales y Supremos Consejos della”; además de recordarle la vinculación de este santo con Valladolid, “por aver sido dos veces prior deste convento y aver predicado continuamente en esta ciudad con raros prodijios y milagros”. Por un auto del 5 de marzo de 1663, el Acuerdo rechazaba la invitación, ofreciendo a los frailes 300 ducados para ayuda a los gastos de la fiesta. El convento acudirá al monarca y su Consejo Real, pero darán la razón al Tribunal de Justicia.

El conflicto de 1663 ponía de manifiesto varios aspectos. En primer lugar, la Chancillería decidía a qué ceremonias eminentemente religiosas se hallaba presente. No sucedía lo mismo con las funciones reales, en las que estaba plenamente reglamentada su asistencia, excepto en las proclamaciones que correspondían a la Ciudad. Participaba, por tanto, en todos los actos litúrgicos que se desarrollaban en el marco de las fiestas políticas: exequias, rogativas, acciones de gracias, así como en los autos de fe.

A numerosas fiestas propiamente religiosas de carácter ciudadano[75] asistía la Audiencia. Eran las de mayor trascendencia, pero tampoco todas, como sí hacían el Regimiento y el Cabildo[76]; influía la relación que guardasen con la Corona y quienes eran sus organizadores, yendo sólo cuando eran dispuestas por las grandes instituciones, por la Ciudad, el Cabildo y conventos poderosos. Cuando en 1622 fueron canonizados entre otros Santa Teresa y San Ignacio, se pusieron luminarias en la Chancillería y en las casas de sus ministros, quienes también asistieron a la procesión general[77]. Asimismo, la Audiencia estuvo presente, en 1668, en la representación de los autos sacramentales y la procesión general por la consagración de la nueva catedral[78]. En 1671, a las fiestas por la canonización de San Fernando, con eminentes repercusiones políticas, contribuyó con el toque del reloj, luminarias, chirimías y cohetes en la plazuela de Chancillería, así como con luminarias en las casas de los magistrados y su concurrencia a la procesión general y a un día del octavario en la catedral[79]. También participaba en la mayoría de las rogativas generales organizadas por necesidades locales: agua, peste…Pero no asistió, por ejemplo, al entierro de Marina de Escobar (1633), aunque los ministros como particulares irán a sus honras con el beneplácito del Consejo de Castilla[80], a la canonización de San Luis Beltrán y Santa Rosa de Santa María (1671)[81] o a las magníficas fiestas por la colocación del Cristo de la cofradía penitencial de la Cruz (1681). Respecto a las funciones ordinarias religiosas, la Audiencia sólo se hallará en la fiesta urbana por excelencia, el Corpus, aunque su Presidente, acompañado de dos oidores, un alcalde del crimen y un fiscal, también salía a andar las estaciones de penitencia el Jueves Santo[82].

La participación selectiva del Tribunal era un motivo de reputación para la celebración y sus organizadores, al disfrutar de tan ilustres invitados. Los repetidos intentos de San Agustín para lograr su presencia, en 1663, ilustran este hecho.

Estas ceremonias también se constituían en un escenario de prestigio para la propia Chancillería y, por ende, para la administración de justicia y la monarquía. El Tribunal seguía una política de semiocultación que magnificaba su imagen, tanto por su invisibilidad característica como por las escasas ocasiones en que de forma calculada se exhibía[83]. Como hemos indicado, las funciones religiosas de carácter urbano favorecían la cohesión social pero subrayando el poder y la jerarquía, bendecidos por la divinidad. La Audiencia tendrá el lugar preeminente, cerrando las procesiones, detrás del Cabildo y la Ciudad, y ocupando el sitio más destacado en las iglesias, con una imagen casi mayestática, sobre todo su Presidente; incluso, en los autos de fe, el Santo Oficio deberá compartir protagonismo con ella. Asimismo, dispondrá de cierta intervención en la disposición de las celebraciones. Empero, las posibilidades de fortalecer la autoridad y la posición social en los rituales religiosos, en la fiesta en general, hacía que a menudo se convirtiesen en un campo de batalla entre los poderes urbanos, pese al estricto protocolo en su organización y desarrollo[84]. Como instancia superior en Valladolid, la Chancillería será protagonista en muchas de estas disputas[85].

La asistencia conjunta de los dos poderes políticos participantes en la mayoría de los actos públicos, la Ciudad y la Chancillería, va a tener una estricta etiqueta durante el Seiscientos. Su definitiva codificación había comenzado a finales de la centuria anterior. En 1588, una Real Cédula ponía fin a la pugna sobre el lugar en las procesiones y comitivas, ordenando “que concurriendo esa Audiencia y la dicha Villa dure y se prosiga esa dicha Audiencia hasta el alguazil mayor della”, sin que fuese ningún oficial del Tribunal[86]. El otro problema, que se resolverá en las exequias por Felipe II (1598), era el asiento en las ceremonias fúnebres, que enfrentaba a la Audiencia con la Inquisición y el Regimiento. Por Cédula Real, el inquisidor más antiguo se situaría después del oidor decano, en caso de no asistir ningún Grande, y los otros dos irían interpolados con los oidores[87]. A su vez, la demanda ya vieja del Regimiento de tener para sí el lado de la Epístola, frente a lo que había sido lo común, los magistrados en ambos y el Ayuntamiento detrás, tuvo una solución intermedia a instancias del Acuerdo: primero los magistrados “y acabada la Audiencia, se sentaron consecutivamente por el un coro y el otro el señor corregidor y alférez mayor y demás caballeros regidores desta Ciudad”[88].

A principios del XVII se regulará el último aspecto, la disposición en la capilla mayor de la catedral y de la iglesia de San Lorenzo cuando asistían a las procesiones generales, en que no se sentaban. El enfrentamiento se había iniciado en 1612, en una rogativa por agua, ante el agravio que la Audiencia había hecho a la Ciudad, “en echarla de la capilla mayor de la yglesia catredal ... e que no entrase, yendo la procesión de la Birgen de San Lorenço, en la capilla desa yglesia, siendo contra la costumbre ynmemorial que esta Ciudad tiene en semexantes actos”[89]. El conflicto se resolvería por vía de concordia dos años después, situándose desde entonces la Chancillería en el lado del Evangelio y los miembros del Ayuntamiento en el de la Epístola[90].

A finales de siglo, cuando se incremente el protagonismo de la catedral en las funciones religiosas urbanas, habrá otro ajuste en el protocolo, pero en absoluto traumático. Las acciones de gracias ya no se celebrarán con procesión general sino con misa en la catedral, que también tendrá lugar al día siguiente de las procesiones de rogativa, provocando que la Ciudad y el Acuerdo comiencen a asistir juntos a misa en numerosas ocasiones. Hasta entonces era habitual que fuesen por separado, sólo asistiendo unidos a las honras regias. La misa por el casamiento de Carlos II (1679) será la primera ocasión, ocupando ambas comunidades el mismo lugar que en las exequias[91].

Mayores consecuencias tendrá el enfrentamiento que mantenga la Chancillería con el Cabildo, en el marco de las procesiones generales a San Lorenzo, que no se resolverá hasta finales del Setecientos. Será uno de los agentes de la reducción de las procesiones generales y del aumento de las funciones en la catedral; a su vez, la Chancillería tenderá a no participar en las procesiones de rogativa, ni en las misas de gracias en la catedral y a celebrarlas en las franciscas descalzas. El conflicto estará motivado porque en estas procesiones la Audiencia no acompañaba a la comitiva de vuelta desde San Lorenzo a la iglesia mayor, sintiéndose el Cabildo ofendido en su autoridad y prestigio[92].

La Chancillería nunca había regresado a la catedral, salvo cuando a ésta se llevaba la Virgen, sobre todo en las rogativas por agua. Pero desde 1648, en la acción de gracias por la victoria en Nápoles de Juan José de Austria, comenzará a hacerlo[93], lo que motivará que una vez que se torne a la costumbre surja el enfrentamiento. Sucede en 1664, en la rogativa por agua en que se vuelve a Nuestra Señora de San Lorenzo a su templo, tal como se recoge en las actas del Cabildo


... asistió (el Acuerdo) a la procesión, pero, en llegando a San Lorenço, tenían sus coches prebenidos y se metieron en ellos y no bolbieron con la procesión, de que el Cabildo, Ciudad y todo el pueblo sintió mui mal; y el pueblo habló con arto arrojo notando que el Acuerdo dexase la procesión, viniendo en ella más de quinientos sacerdotes, los estandartes, cruces y imáxenes de Christo de todas las parroquias; y empeçó a aber tanto alboroto que apenas se podía disponer ni proseguir la procesión, quexándose todos deste desaire que se hacía a la iglesia y muestras de sentimiento de aber echo el conbite... [94]

En la década de los noventa, la disputa se irá intensificando hasta estallar en 1694, al decidir el Cabildo no volver a convidar a la Audiencia mientras se mantuviese tal desagravio. Desde entonces, el Acuerdo sólo concurrirá a las rogativas regias dispuestas en los momentos más críticos, en la enfermedad de los monarcas, al dejarse patente el Santísimo en la catedral que le obligaba a regresar, pese a que el Consejo dará la razón al Cabildo ya en 1705. A finales de siglo, el Tribunal retorna a las rogativas políticas, pero los canónigos de nuevo habrán tenido que ceder: la procesión no se detiene en San Lorenzo y vuelve a la catedral a celebrar la misa de rogativa.

Sin embargo, el papel de la Audiencia en las fiestas urbanas no se limitaba a su presencia en los actos. En 1671, cuando se produce el conflicto entre Cabildo y Ciudad en las fiestas de San Fernando y ésta se niega a concurrir al octavario y decide alterar el programa festivo, el Real Acuerdo se lo impedirá[95]. No organiza[96], pero, dada su autoridad, ordena celebrar, aún cuando las otras instituciones ya hubieran comenzado su disposición, y supervisa todas las funciones monárquicas, en sus aspectos religiosos y profanos. Esta vigilancia, sobre todo con la Ciudad, estaba también motivada porque la Audiencia intervenía por derecho propio en sus asuntos, originando no pocos conflictos de jurisdicción[97]. A su vez, los alcaldes del crimen supervisarán la Semana Santa, presidiendo todas las procesiones, junto con el alguacil mayor y el corregidor, y velarán por el mantenimiento del orden público en la festividad del Santísimo[98].

El Corpus será la función religiosa donde la intromisión de la Chancillería en aspectos de gobierno municipal se hará más evidente[99]. En 1638, una Real Cédula zanjaba los numerosos conflictos que llevaban produciéndose en su organización y desarrollo desde tiempo atrás por este motivo. El desencadenante había sido la caída, en 1631, de parte del tablado donde las autoridades veían los autos sacramentales, utilizada como excusa para incrementar esta interferencia, que fue desaprobada por la Corona[100].

En conclusión, nuestra hipótesis de trabajo quedaría ampliamente argumentada. El ambiente sacralizado del Antiguo Régimen impulsaba a la Chancillería a unos comportamientos religiosos que, de forma más o menos consciente, eran un precioso instrumento de propaganda de la propia institución y de la monarquía, de la que era delegada. La religiosidad barroca, estrechamente unida al ritual y la fiesta, se constituía en un marco privilegiado para manifestar al resto de la sociedad un poder que remarcaba, además, su imagen piadosa, incluso sagrada.

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NOTAS


[1] A(rchivo) R(eal) CH(ancillería) V(alladolid), (Secretaría del Acuerdo), Libros del Acuerdo, nº 12, 20-IV-1671, ff. 46v.-47v.

[2] Ese día se celebraba procesión general en Valladolid a la que asistían el Cabildo y la Ciudad, además de las cofradías y parroquias, el clero regular y secular. Figura en las fiestas de tabla del Regimiento: A(rchivo) M(unicipal) V(alladolid), Cajas Históricas, Caja 49, Expediente 3, nº de catálogo 35.

[3] Vid. W. A. CHRISTIAN Jr., Religiosidad local en la España de Felipe II, Madrid, 1991, pp. 50-59, alude a la creencia generalizada de que los santos tenían una faceta menos benéfica, reclamando devociones incumplidas.

[4] Excepto Santo Toribio, las fiestas de corte eran mandadas guardar por el rey, a instancia de las distintas órdenes religiosas, y provocaban el cierre de los Consejos, Chancillerías y Audiencias.

[5] Eran los ministros togados: Presidente, oidores, alcaldes del crimen, juez mayor de Vizcaya, alcaldes de hijosdalgo y fiscales; a los que se unían el alguacil mayor y el pagador. Para una aproximación a la historia del Tribunal, remitimos a las siguientes obras: M. A. VARONA, La Chancillería de Valladolid en el reinado de los Reyes Católicos, Valladolid, 1981; M. de la S. MARTÍN POSTIGO, Historia del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Valladolid, 1979; Los presidentes de la Real Chancillería de Valladolid, Valladolid, 1982; M. de la S. MARTÍN POSTIGO y C. DOMÍNGUEZ RODRÍGUEZ, La Sala de los Hijosdalgo de la Real Chancillería de Valladolid, Valladolid, 1990; R. L. KAGAN, Pleitos y pleiteantes en Castilla, Salamanca, 1991; C. DOMÍNGUEZ RODRÍGUEZ, Los alcaldes de lo criminal en la Chancillería castellana, Valladolid, 1993; Los oidores de las Salas de lo Civil de la Chancillería de Valladolid, Valladolid, 1997. Para su homóloga en Granada: A. A. RUÍZ RODRÍGUEZ, La Real Chancillería de Granada en el siglo XVI, Granada, 1987; P. GAN JIMÉNEZ, La Real Chancillería de Granada (1505-1834), Granada, 1988; I. GÓMEZ GONZÁLEZ, La Justicia en almoneda: la venta de oficios en la Chancillería de Granada, Granada, 2000; de esta última autora estamos esperando la publicación de su tesis doctoral, centrada en la Chancillería granadina, y que fue defendida en la Universidad de Granada en diciembre de 2001.

[6] Aunque no existen estudios específicos acerca de las ceremonias religiosas de la Chancillería, sobre los diferentes medios utilizados por la institución para fortalecer su imagen, entre ellos sus apariciones en público, vid. I. GÓMEZ GONZÁLEZ, “La visualización de la justicia en el Antiguo Régimen. El ejemplo de la Chancillería de Granada”, en Hispania, 199 (1998) pp. 559-574. Para Valladolid, aporta algunos datos en cuanto al ceremonial público, M. de la S. MARTÍN POSTIGO, Los presidentes..., op. cit.

[7] Sobre la renovación de la Historia Política, que tiende a lo social: X. GIL PUJOL, “La historia política de la Edad Moderna europea, hoy: Progresos y minimalismo”, en C. BARROS (ed.), Historia a debate, tomo III, Santiago de Compostela, 1995, pp. 195-208. Sobre su puesta en práctica, en el terreno de las instituciones, podemos citar, por su reciente aparición: J. L. CASTELLANO, J. P. DEDIEU y M. V. LÓPEZ-CORDÓN (eds.), La pluma, la mitra y la espada. Estudios de historia institucional en la Edad Moderna, Madrid, 2000; en cuanto a los instrumentos utilizados para la representación del poder, de los que destacamos la fiesta: A. GONZÁLEZ ENCISO y J. M. USUNÁRIZ GARAYOA (dirs.), Imagen del rey, imagen de los reinos, Navarra, 1999, centrado en las ceremonias regias.

[8] No incluimos los años de estancia de la Corte en Valladolid, 1601-1606, por trasladarse la Chancillería primero a Medina del Campo y después a Burgos.

[9] Vid. R. L. KAGAN, Pleitos y pleiteantes..., op. cit., pp. 202-222.

[10] Cfr. L. CARLOS ÁLVAREZ SANTALÓ, “La religiosidad barroca: la violencia devastadora del modelo ideológico”, en Gremios, hermandades y cofradías. Actas de los VII Encuentros de Historia y Arqueología, vol. II, San Fernando, 1992, pp. 77-90.

[11] “La religiosidad de los españoles (siglo XVIII)”, en Coloquio Internacional Carlos III y su siglo, tomo I, Madrid, 1988, p. 774. Entre la numerosa bibliografía sobre religiosidad colectiva en la Época Moderna, podemos citar, además: J. CARO BAROJA, Las formas complejas de la vida religiosa, Madrid, 1978; T. EGIDO, “La religiosidad colectiva de los vallisoletanos”, en VV.AA., Valladolid en el siglo XVIII, tomo V de la Historia de Valladolid, Valladolid, 1984; A. PEÑAFIEL RAMÓN, Mentalidad y religiosidad popular murciana en la primera mitad del siglo XVIII, Murcia, 1988; C. ÁLVAREZ SANTALÓ, M. J. BUXÓ y S. RODRÍGUEZ BECERRA (coords.), La religiosidad popular, 3 vols., Barcelona, 1989; W. A. CHRISTIAN Jr., Religiosidad local..., op. cit.; L. C. ÁLVAREZ SANTALÓ y C. M. CREMADES GRIÑÁN (eds.), Mentalidad e ideología en el Antiguo Régimen, II Reunión científica de la Asociación Española de Historia Moderna, vol. II, Murcia, 1993; E. SERRANO MARTÍN (ed.), Muerte, religiosidad y cultura popular, siglos XIII-XVIII, Zaragoza, 1994.

[12] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 7, 1621, ff. 240v-241r.

[13] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 11, 12-XI-1661, ff. 269r.-306r.

[14] Vid. nota 10, en sus obras elude utilizar el término “popular”, sustituyéndolo por “colectiva”.

[15] “Iglesia institucional y religiosad popular en la España barroca”, en P. CÓRDOBA Y J. P. ETIENVRE (eds.), La fiesta, la ceremonia y el rito, Granada, 1990, pp. 11-20, pone de manifiesto las múltiples conexiones entre ambos tipos de religiosidad, indicando que su diferencia no es de raíz social sino mental.

[16] “Claves mágicas de la religiosidad barroca”, en C. ÁLVAREZ SANTALÓ, M. J. BUXÓ y S. RODRÍGUEZ BECERRA (coords.), La religiosidad..., op. cit., vol. II, p. 125. También en “ Religiosidad popular: un concepto equívoco”, en E. SERRANO MARTÍN (ed.), Muerte, religiosidad..., op. cit., pp. 65-79.

[17] Para lo que vamos a tratar a continuación han sido fundamentales dos obras, a su vez útiles para el resto de este estudio: M. CANESI ACEBEDO, Historia de Valladolid (1750), vol. II, Valladolid, 1996 (ed. facsímil), pp. 261-268 (“De las fiestas de precepto y Corte que guarda la Real Chancillería y esta Ciudad”) y M. FERNÁNDEZ DE AYALA AULESTIA, Práctica y formulario de la Chancillería de Valladolid, Valladolid, 1667, ff. 51r.-54v. y 63r. (capítulos sobre ceremonias públicas de la Audiencia y fiestas de corte y precepto).

[18] Vid. J. M. NIETO SORIA, Fundamentos ideológicos del poder real en Castilla (siglos XIII-XVI), Madrid, 1988, pp. 109-166.

[19] J. L. CASTELLANO, “El rey, la Corona y los ministros”, en J. L. CASTELLANO, J. P. DEDIEU y M. V. LÓPEZ-CORDÓN (eds.), La pluma..., op. cit., pp. 36-37.

[20] M de la S. MARTÍN POSTIGO, Los presidentes..., op. cit., pp. 19-20.

[21] Por ejemplo, en las Cortes castellanas, cuando comenzaba la “legislatura” se repartían mil misas entre los distintos conventos y también se recurría a ellas antes de votar las cuestiones fundamentales. T. EGIDO, “Religiosidad “popular” y cortes tradicionales de Castilla”, en C. ÁLVAREZ SANTALÓ, M. J. BUXÓ y S. RODRÍGUEZ BECERRA (coords.), La religiosidad..., op. cit., vol. II, pp. 98-99.

[22] En la Chancillería granadina también existían estas tres capillas, si bien la de los jueces estaba servida por dos capellanes, A. A. RUIZ RODRÍGUEZ, La Real Chancillería..., op. cit. pp. 217-218 y 250-251.

[23] En los actos públicos, en la documentación de la Chancillería del XVII, se denomina Audiencia a sus ministros superiores. Si bien en la documentación de las otras instituciones se les llama Acuerdo.

[24] Fiestas de precepto y corte* en 1643. Enero: La Circuncisión, La Epifanía, San Antón*, San Sebastián*, San Ildefonso*; Febrero: Candelas, San Blas*, San Matías; Marzo: El Ángel de la Guarda*, San José, San Benito*, La Anunciación; Abril: San Marcos*; Mayo: Santos Felipe y Santiago; Santa Cruz, La aparición de San Miguel*; Junio: San Bernabé Apóstol*, San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo; Julio: La Visitación de la Virgen*, Santa María Magdalena*, Santiago Apóstol, Santa Ana; Agosto: Santo Domingo*, Nuestra Señora de las Nieves*, La Transfiguración del Señor*, San Lorenzo, La Asunción de María, San Roque*, San Bartolomé; Septiembre: San Antolín*, La Natividad de Nuestra Señora; San Mateo, Santos Cosme y Damián*, San Miguel; Octubre: San Francisco*, Santa Teresa de Jesús*, San Lucas*; Santos Simón y Judas; Noviembre: Todos los Santos, Difuntos*, San Martín*, Santa Catalina*, San Andrés; Diciembre: La Concepción*, Santa Lucía*, Nuestra Señora de la O*; Santo Tomás Apóstol, Navidad, San Esteban, San Juan Evangelista, Los Santos Inocentes, San Silvestre. Fiestas móviles: Martes de Carnaval*, Miércoles de Ceniza*, La Bendición de los Ramos, Pascua de Resurrección, lunes y martes siguientes, Domingo de Cuasimodo, La Ascensión del Señor, Pentecostés, lunes y martes siguientes, Día de Holgazanes (4º día de Pentecostés)*, Santísima Trinidad, Corpus. A.R.CH.V, Libros del Acuerdo, nº 9, 1643, ff. 205r.-207r.

[25] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 5, 24-I-1600, f. 339r.

[26] Este conflicto en A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 9, 28-III-1644, ff. 236v.-237v.

[27] A. SALGADO CORREA, Libro nombrado regimento de jueces, Sevilla, 1556, p. VIII, citado por R. L. KAGAN, Pleitos y pleiteantes..., op. cit., p. 176.

[28] A.R.CH.V., (Secretaría General), Cédulas y Pragmáticas, Caja 6, Expediente 89. Madrid, 20-XII-1644.

[29] Vid. F.-X. GUERRA, “Hacia una nueva historia política. Actores sociales y actores políticos”, en Anuario del IEHS, IV (1989) pp. 243-264, acuña el término de “actores colectivos sociales”; en “El renacer de la historia política: razones y propuestas”, en J. ANDRÉS-GALLEGO, New History, Nouvelle Histoire: hacia una Nueva Historia, Madrid, 1993, pp. 221-245, habla de “actores colectivos reales”.

[30] Ya fueran ceremonias propiamente religiosas o celebradas en el marco de fiestas políticas. En el caso de la Chancillería, de carácter corporativo, además de las religiosas, sólo asistía a las visitas generales de cárceles y los besamanos reales; de carácter urbano -al excluir las funciones religiosas de fiestas reales-, a las entradas de los presidentes y las fiestas en la Plaza Mayor, en su mayoría toros y cañas, a veces en el marco de fiestas extraordinarias tanto monárquicas como religiosas.

[31] Estos conflictos no sólo se producían en las ceremonias urbanas, donde participaban las distintas instituciones, también en las religiosas de carácter corporativo, ya que indefectiblemente había otra instancia de poder: el clero que regía el lugar sagrado donde se celebraban.

[32] Vid. R. L. KAGAN, Pleitos y pleiteantes..., op. cit., pp. 173-177.

[33] Las órdenes se reiteran, síntoma de que no se cumplen con la rigidez necesaria, sobre todo en cuanto a las visitas a particulares. Citemos algunas. Cédula Real prohibiendo a los ministros visitar a personas particulares y asistir a entierros, bodas y bautizos. Madrid 10-VI-1631 (A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 7, 23-VI-1631, ff. 645v.-646v.). Cédula Real por la que la prohibición anterior se amplia a sus mujeres. Madrid, 11-VIII-1631 (Ibidem, 25-VIII-1631, ff. 651v.-652r.). Carta del presidente de Castilla exigiendo a los ministros moderación en su asistencia a fiestas de iglesia y a sus mujeres en las visitas a otras señoras. Madrid, 2-VII-1654 (Ibidem, nº 10, 7-IX-1654, ff. 280r.-280v.). Carta del Consejo prohibiendo ir al patio de comedias. Madrid, 7-III-1670 (Ibidem, nº 11, 20-III-1670, ff. 593r.-593v.).

[34] Cfr. J. L. BOUZA ÁLVAREZ, Religiosidad contrarreformista y cultura simbólica del Barroco, Madrid, 1999, p. 42.

[35] En palabras de Álvarez Santaló, quien lo calificará de “espectáculo religioso barroco”, se trataba de “la fiesta barroca por antonomasia y, probablemente, el conjunto estructurado más eficaz que se haya puesto en práctica para conseguir la transferencia de modelos del mundo desde sus detentadores dirigentes hacia la clientela masiva”. L. C. ÁLVAREZ SANTALÓ, “El espectáculo religioso barroco”, en Manuscrits, 13 (1995) pp. 158-159.

[36] Son los poderes urbanos, las instituciones más importantes que articulaban la ciudad moderna, aunque algunas desbordan el calificativo de “urbana”. En Valladolid: Chancillería, Inquisición, Ciudad, Cabildo catedralicio, obispo, Universidad y Colegio de Santa Cruz.

[37] Vid. J. A. MARAVALL, La cultura del Barroco, Barcelona, 1986 (4ª ed.). Su interpretación de dicha cultura, como medio de difusión ideológica y de adhesión extrarracional, ha sido aplicada a la fiesta en general, incluida la religiosa, sobre todo desde la historia del arte, vid. M. J. CUESTA GARCÍA DE LEONARDO, Fiesta y arquitectura efímera en la Granada del siglo XVIII, Granada, 1995. Otros autores, si bien rechazando o eludiendo el estudio de la fiesta desde una perspectiva únicamente psicológica, sí aceptan el ser un medio de representación del poder: R. J. LÓPEZ, Ceremonia y poder a finales del Antiguo Régimen, Santiago de Compostela, 1995; M. J. DEL RÍO BARREDO, Madrid, Urbs Regia. La capital ceremonial de la Monarquía Católica, Madrid, 2000, centrada en la monarquía.

[38] Sobre la imagen religiosa y sagrada de la monarquía que se resalta en sus ceremonias litúrgicas: M. J. DEL RÍO BARREDO, Madrid. Urbs..., op. cit.; para la Edad Media, J. M. NIETO SORIA, Ceremonias de la Realeza. Propaganda y legitimación en la Castilla Trastámara, Madrid, 1993, pp. 83-96.

[39] Les formes élémentaires de la vie religieuse, París, 1968, 5ª ed., pp. 593-638.

[40] La fiesta y el rito como formas de cohesión social a distintos niveles ha sido tratado sobre todo por antropólogos (J. PITT-RIVERS, “La identidad local a través de la fiesta”, en Revista de Occidente, 38-39 (1984) pp. 17-35; P. GÓMEZ GARCÍA, “Hipótesis sobre la estructura y función de las fiestas”, en P. CÓRDOBA Y J. P. ETIENVRE (eds.), La fiesta..., op. cit., pp. 51-62) y sociólogos (E. GIL CALVO, Estado de fiesta, Madrid, 1991); entre los historiadores, destaca E. MUIR, Fiesta y rito en la Europa Moderna, Madrid, 2001. En cuanto a la utilización por el poder de esta catarsis colectiva para el mantenimiento del orden social en el Antiguo Régimen, vid. A. BONET CORREA, Fiesta, poder y arquitectura. Aproximaciones al barroco español, Madrid, 1990.

[41] Funciones religiosas corporativas que se ofrecen en todas las demás instituciones vertebradoras del Valladolid moderno, desde las cofradías y los gremios (M. GARCÍA FERNÁNDEZ, “Los gremios”, en Cuadernos Vallisoletanos, nº 26, Valladolid, 1987, pp. 22-24), hasta las más altas instancias, como la Universidad (M. TORREMOCHA HERNÁNDEZ, “Universidad de Valladolid: Fiestas académicas y fiestas reales en el Setecientos”, en Cuadernos de Investigación Histórica, 15 (1994) pp. 206-212) o la Ciudad (M. CANESI ACEBEDO, Historia de..., op. cit., vol. II, pp. 261-268).

[42] Procedentes fundamentalmente de los seis colegios mayores y, por tanto, del Norte de España, la Chancillería se caracterizaba por su movilidad, era un peldaño más en la carrera administrativa, por este motivo escasean las muertes de jueces. P. MOLAS RIVALTA, “La Chancillería de Valladolid en el siglo XVIII. Apunte sociológico”, en Cuadernos de Investigación Histórica, 3 (1979) pp. 239-241 y 246.

[43] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 13, 1678, f. 539 (asistencia a las Candelas en la catedral).

[44] Hasta la década de los treinta iban a caballo, desde entonces en coches de dos en dos.

[45] Se menciona esta comida para el segundo día de Pentecostés de 1615. A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 7, 15-VI-1615, f. 97v.

[46] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 12, 23-III-1673, ff. 254v.-255v. Estas cantidades son las mismas que en el Corpus, donde la propina se estableció en 1634 (Ibidem, nº 8, 8-VI-1634, f. 59v.), lo que hace suponer que el almuerzo de las misas de tabla hubiese desaparecido bastante antes de 1673.

[47] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 11, 12-II-1662, f. 364r.; Ibidem, nº 13, 26-IX-1680, ff. 778r.-778v.

[48] Vid. L. AMIGO VÁZQUEZ, “Una patrona para Valladolid. Devoción y poder en torno a Nuestra Señora de San Lorenzo durante el Setecientos”, en Investigaciones Históricas, 22 (2002) (en prensa).

[49] A fines del XVI, ya se recurría a esta imagen para necesidades locales (A.M.V., Actas, nº 22, 22-V-1598, f. 518v), pero parece que no tenía el monopolio en las políticas: así, en 1575, la rogativa por la salud del príncipe Fernando se dirige el convento de San Pablo (A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 4, 1575, ff. 66r.-67r.).

[50] Se recoge esta asistencia de forma circunstancial al describirse la visita al Colegio de Santa Cruz, como colegial que era (A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 15, 25-XI-1697, f. 199v.). Puede que la parquedad de noticias en los Libros del Acuerdo del XVII, sobre todo en acontecimientos ordinarios, sea la causa de que no figuren tales visitas. Pero tampoco las anota Aulestia, aunque recoge que “el presidente por sí solo en el día de S. Juan, San Pedro, la Magdalena, y otros accidentes de dar gracias, o hazer alguna rogativa que se ofrece, suele salir en público para ir a los templos”, ¿en alguna ocasión sería a San Lorenzo? (M. FERNÁNDEZ DE AYALA AULESTIA, Práctica y formulario..., op. cit. f. 52r.)

[51] J. J. MARTÍN GONZÁLEZ y J. URREA FERNÁNDEZ, Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid (catedral, parroquias, cofradías y santuarios), en Catálogo Monumental de la provincia de Valladolid, tomo XIV, parte primera, Valladolid, 1985, pp. 92-93.

[52] Cédula Real de 1630, por la que se le concede al convento 1.000 ducados anuales en las vacantes de oidores y alcaldes (A.R.CH.V, Libros del Acuerdo, nº 7, 24-I-1630, ff. 586r.-586v.); la de 1634 lo amplia a todas las plazas de la Audiencia (Ibidem, nº 8, 7-VIII-1634, ff. 63v.-64r.); la de 1641 incluye también al Presidente (Ibidem, nº 9, 29-VII-1641, ff. 90v.-91r.).

[53] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 16, 3-IV-1705, ff. 160r.-160v.

[54] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 9, 19-V-1646, ff. 328v.-329r.

[55] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 15, 6-VI-1699, f. 329v.

[56] M. TORREMOCHA HERNÁNDEZ, “Las actividades benéfico-asistenciales del Colegio de Abogados de Valladolid en el Antiguo Régimen”, en Investigaciones Históricas, 16 (1996) pp. 61-75.

[57] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 7, 26-X-1626, ff. 446v.-447r.

[58] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 12, 27-VIII-1671, ff. 95r.-95v.; Ibidem, nº 11, 9-IX-1669, ff. 554v.-556v.

[59] Se recoge su muerte y funeral en A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 7, 1616, ff. 121v.-122r.

[60] Vid. M. GARCÍA FERNÁNDEZ, Los castellanos y la muerte, Valladolid, 1996. El título de la tercera parte ya es ilustrativo de esta doble vertiente de la “fiesta” de la muerte: “El ritual funerario. Seguridades para el más allá. Notoriedad en el más acá”.

[61] Sólo las exequias de los obispos y de algún noble vallisoletano se podían asemejar a las del Presidente de la Chancillería y, cómo no, los funerales regios que los superaban con creces. Idem, pp. 59-65.

[62] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 7, 1631, f. 635r.

[63] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 7, 1622, ff. 296r.

[64] Sin tener en cuenta propinas y otras ventajas económicas de las que disfrutaban, sus sueldos anuales en 1604 eran los siguientes. Presidente: 750.000 mrs.; oidor: 300.000; alcalde del crimen: 250.000; juez mayor de Vizcaya: 175.000; alcalde de hijosdalgo: 225.000; fiscal: 300.000 mrs. M. de la S. MARTÍN POSTIGO, Los presidentes..., op. cit., pp. 27-28.

[65] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 9, 1641, ff. 67r.-67v.

[66] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 9, 1641, ff. 94r.-94v.

[67] Así sucedió en la muerte de Juana Ramirez, mujer de un oidor, acaecida en septiembre de 1671. A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 12, 1671, ff. 98v.-99r.

[68] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 10, 1651, 95v.-96v.

[69] Vid. la muerte del Presidente en 1653. A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 10, 1653, ff. 226r.-228v.

[70] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 11, 1667, ff. 424v.-426r.

[71] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 14, 1692, f. 437v.

[72] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 16, 25-IX-1705, ff. 179r.-182r.

[73] Nos vamos a detener únicamente en los aspectos religiosos de estas fiestas, no en las celebraciones profanas que a menudo les acompañaban, sobre todo toros y cañas.

[74] El expediente figura en A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 11, 1663, ff. 223r.-226r.

[75] Eran las de más amplia repercusión urbana y en las que tendían a participar la Ciudad y el Cabildo de la catedral: fundamentalmente, Corpus, traslados de imágenes y canonizaciones.

[76] Por ejemplo, en el caso de Santo Tomás de Villanueva (1663), el Regimiento asistirá a la función de iglesia del primer día en la catedral, a la procesión general y a un día del octavario en su convento (A.M.V., Actas, nº 61, 11-IV-1663, ff. 111v.-113v., Ibidem, 15-VII-1663, f. 168v.); el Cabildo organizará la procesión y, aunque no era la costumbre, asistirá con la Ciudad al convento (A(rchivo) C(atedralicio) V(alladolid), Libros del Secreto, 17-III-1663, f. 679v., Ibidem, 15-VI-1663, f. 685r.). En cambio, el Colegio de Santa Cruz, la Universidad y la Inquisición no asistían a las funciones públicas, salvo a los Autos de Fe y fiestas en la Plaza Mayor y en el caso de la Inquisición tambien a las honras regias.

[77] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 7, 4-VII-1622, f. 286r. y Siguientes

[78] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 11, 1668, ff. 483v.-484v.

[79] Vid. L. AMIGO VÁZQUEZ, “La apoteosis de la Monarquía Católica Hispánica. Fiestas por la canonización de San Fernando en Valladolid (1671)”, comunicación defendida en la VIIª Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna, celebrada en Ciudad Real en 3-6 de junio de 2002, en la Sección “La declinación de la Monarquía Hispánica en el siglo XVII”.

[80] A.R.CH., Cédulas y Pragmáticas, Caja 6, Expediente 38. Madrid, 13-VI-1633. Carta del presidente del Consejo, en respuesta a la enviada por la Chancillería sobre qué hacer en las honras.

[81] Aunque se reservó la propina de la segunda de las tres luminarias que se dieron en la fiesta de San Fernando como limosna para esta fiesta, la de San Francisco de Borja y para otros conventos. A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 12, 1671, ff. 71v.-72r.

[82] Se recoge esta asistencia por primera vez para 1705, pero se habla de que era una costumbre. A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 16, 9-IV-1705, ff. 160v.-161r.

[83] La invisibilidad e inaccesibilidad fueron componentes fundamentales del poder real en la España de los Austrias, vid. A. FEROS, El Duque de Lerma, Madrid, 2002, pp. 145-173 (capítulo 4 “El poder del rey”).

[84] Concede gran importancia a estos conflictos R. J. LÓPEZ, Ceremonia y poder..., op. cit., pp. 47-76.

[85] Para Granada vid. A. A. RUIZ RODRÍGUEZ, La Real Chancillería..., op. cit., pp. 40-41 y 54-56, figuran problemas con el Capitán General e Inquisición sobre el lugar en la Capilla Real; P. GAN GIMÉNEZ, “En torno al Corpus granadino del siglo XVII”, en Chronica Nova, 17 (1989) pp. 91-130, en cuanto al problema secular motivado por llevar el arzobispo silla en esta procesión.

[86] A.R.CH.V., Cédulas y Pragmáticas, Caja 4, Expediente 71. Madrid, 28-III-1588.

[87] Figura en la descripción de las honras. A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 5, 1598, f. 291r.

[88] A.M.V., Actas, nº 22, 1598, f. 727r. (honras.) El expediente en Ibidem, ff. 685v.-694r.

[89] A.M.V., Actas, nº 37, 21-V-1612, f. 239v.

[90] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 7, 1614, ff. 70v.-71r. (Concordia).

[91] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 13, 1679, ff. 696v.-699r.

[92] Más pormenorizadamente en L. AMIGO VÁZQUEZ, “Devoción y poder...”, art. cit.

[93] A.R.CH.V., Libros del Acuerdo, nº 9, 1648, ff. 444r.-444v.

[94] A.C.V., Libros del Secreto, 11-V-1664, f. 697.

[95] El Cabildo había convidado a la Ciudad a todo el octavario en la catedral indicando que la Audiencia estaba conforme en asistir con ella el primer día. Pero no era así y el Regimiento se ensaña con el Cabildo. Vid. L. AMIGO VÁZQUEZ, “La apoteosis...”, art. cit.

[96] La excepción sería en las honras regias, donde, a través de los alcaldes del crimen, pregona los lutos (haciendo el primer pregón antes que la Ciudad) y convida para las funciones en la catedral a la Inquisición y nobleza.

[97] Vid. I. GÓMEZ GONZÁLEZ, “La Chancillería de Granada y el Gobierno Municipal”, en Chronica Nova, 24 (1997) pp. 103-120. También sucedía en Valladolid, A. GUTIÉRREZ ALONSO, Estudios sobre la decadencia de Castilla. La ciudad de Valladolid en el siglo XVII, Valladolid, 1989, p. 330.

[98] M. FERNÁNDEZ DE AYALA AULESTIA, Práctica y formulario..., op. cit., f. 51v. y 52r.

[99] El papel de la Ciudad también era muy importante en rogativas por necesidades locales y honras regias.

[100] A.R.CH.V., Cédulas y Pragmáticas, Caja 6, Expediente 54. Madrid, 19-IV-1638.

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Artículo publicado en Hispaia Sacra, vol., LV, nº 111 (2003), PP. 85-107

Imagen de portada: Grabado, Tribunal de la Real Chancillería de Valladolid

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A FIGURA DE SALOMÃO USQUE: A FACE OCULTA DO HUMANISMO JUDAICO-PORTUGUÊS

A FIGURA DE SALOMÃO USQUE: A FACE OCULTA DO HUMANISMO JUDAICO-PORTUGUÊS

António Andrade

Universidade de Aveiro/ Portugal

 

Palavras-chave:

Salomão Usque, Duarte Gomes, Petrarca, Humanismo judaico-português, Estudos sefarditas

Resumo:

Salomão Usque foi, desde sempre, uma figura bastante enigmática e controversa, cuja análise tem suscitado aos investigadores muitas dúvidas e poucas certezas. Por detrás deste homem invulgar, cujo percurso foi semelhante ao de tantos outros judeus portugueses, esconde-se uma das figuras mais destacadas do Humanismo português de Quinhentos, conhecida sob o nome de Duarte Gomes: poeta e mercador, médico e financeiro, professor e diplomata foram algumas das principais actividades que exerceu com igual distinção tanto na terra que o viu nascer como naquelas para onde se viu obrigado a partir.

Ficou a dever-se a Vasco Graça Moura a recente publicação de uma primorosa tradução em verso – a primeira integralmente plasmada na língua de Camões – das Rimas de Petrarca. No entanto, o reputado poeta e crítico literário nosso contemporâneo não foi o primeiro português a cometer o feito de apresentar uma tradução em verso da referida obra de Petrarca.

 

 

Salomão Usque publicou, em 1567, nos prelos venezianos de Niccolò Bevilacqua, a primeira tradução para língua castelhana de parte do Canzoniere de Petrarca. A obra em causa tem gravado o seguinte título:

«De los Sonetos, Canciones, Mandriales y Sextinas del gran Poeta y Orador Francisco Petrarca, traduzidos de Toscano por Salusque Lusitano [Salomon Usque Hebreo]. Parte primera. Con breves Sumarios, ò Argumentos en todos los Sonetos y Canciones que declaran la intencion del autor. Compuestos por el mismo. Con dos Tablas, una Castellana y la otra Toscana y Castellana. Con privilegios. En Venecia. En casa de Nicolao Beuilaqua, MDLXVII».

 

 

Reprodução parcial da página de abertura da tradução castelhana do Canzoniere de Petrarca, dada à estampa em Veneza, em 1567

 

Os exemplares existentes deste livro denotam uma única mas significativa diferença entre si: uns apresentam no frontispício o nome do tradutor como «Salusque Lusitano», enquanto outros indicam «Salomon Usque Hebreo»[1]. Tem sido, por isso, relativamente consensual atribuir a esta misteriosa figura a condição de cristão-novo português.

Salomão Usque foi, desde sempre, uma figura bastante enigmática e controversa, cuja análise tem suscitado aos investigadores muitas dúvidas e poucas certezas. Os problemas agudizam-se, quando se procura identificar com precisão o autor da tradução castelhana da primeira parte do Canzoniere de Petrarca ou equacionar as eventuais relações entre os três célebres cristãos-novos portugueses que ostentam o mesmo apelido: Abraão, Samuel e Salomão Usque.

Alguns estudiosos tendem a identificar Salomão Usque com o mercador Duarte Gomes, agente comercial da inteira confiança da famosa D. Grácia Nasci, que ficou conhecida entre os cristãos-novos como ‘A Senhora’[2]. Outros, pelo contrário, entendem que Salomão Usque corresponde ao nome verdadeiro de um indivíduo, não se tratando apenas de um simples pseudónimo literário[3].

A este respeito, impõe-se assinalar neste momento a publicação no ano transacto de um importante trabalho intitulado Gli ebrei, i marrani e la figura di Salamon Usque, da autoria de Gabriella Zavan, que tem o mérito de tratar, com inegável clareza e profundidade, as várias questões que envolvem a figura de Salomão Usque e que têm atraído o interesse de cada vez mais estudiosos.

Esta autora procura traçar a biografia possível do enigmático tradutor de Petrarca, embora constate não ter sido encontrado, até ao momento, qualquer vestígio da existência de Salomão Usque nos locais onde ele supostamente terá vivido. Na verdade, Zavan põe em evidência a situação distinta em que se encontra cada uma das figuras: enquanto as únicas referências disponíveis sobre a vida de Salomão Usque se depreendem apenas da sua obra literária, ao invés, sobre Duarte Gomes «annovera un gran numero di episodi e di particolari che ci permettono di seguire, almeno fino a un certo punto, le varie tappe della sua esistenza e di ricostruirne la personalità.» (Zavan 2004: 79).

No entanto, embora tenha efectuado a mais completa análise alguma vez feita sobre estas duas supostas figuras, a investigadora italiana opta, de forma assumida, por não tomar uma posição definida sobre a polémica questão central da identificação entre Salomão Usque-Duarte Gomes, que continua a ser, nas suas palavras, «un enigma tuttora aperto».

Não obstante os notáveis avanços na investigação, as sombras teimam em continuar a ocultar a verdadeira face do judeu português que se esconde por detrás dos pseudónimos «Salomon Usque Hebreo» e «Salusque Lusitano».

Assumimos, desde já, a nossa firme convicção de que Salomão Usque e Duarte Gomes são a mesma pessoa, sendo nosso objectivo declarado neste trabalho demonstrá-lo à luz, quer de elementos já conhecidos, quer de outros que traremos de novo à colação.

A tese da identificação entre Salomão Usque e Duarte Gomes assentou, desde sempre, numa prova de indesmentível importância. Referimo-nos, em concreto, ao testemunho directo de Amato Lusitano, o ilustre médico natural de Castelo Branco, que numa das suas famosas Curationes traça um retrato minucioso do seu compatriota Duarte Gomes, a quem assistiu de uma febre terçã na cidade de Ancona:

Duarte Gomes Lusitano, um varão de respeito, douto e poeta não vulgar, o qual, para traduzir com sucesso para a língua castelhana os versos hendecassílabos e as canções de Petrarca escritos em língua italiana, [usa de] de um modo tão adequado, conveniente e ajustado aos seus próprios ritmos que suscita a admiração de todos; aos 45 anos, chega ele de Veneza, onde se dedica a variados e importantes negócios comerciais, a Ancona onde, tendo sido convidado por amigos, como é hábito, para opíparos e lautos banquetes, caiu doente com uma dupla terçã.[4]

Não se pode ficar indiferente perante as palavras claras de Amato, que é bastante explícito na descrição das múltiplas aptidões de Duarte Gomes, sobretudo enquanto exímio tradutor da poesia de Petrarca. No dizer do célebre médico, o mercador português, além de ser um homem respeitável e douto, suscitava a admiração de todos com as suas traduções perfeitas da poesia do vate de Arezzo, que denotavam ser possuidor de uma apurada sensibilidade poética. Não se pode também deixar de notar que Duarte Gomes traduz da língua italiana para a castelhana à semelhança do seu suposto conterrâneo Salomão Usque.

As palavras de Amato adquirem ainda mais importância pelo facto de ele partilhar, quer com Duarte Gomes, quer com Salomão Usque, a dupla condição de hebreus e lusitanus. Além disso, como se verá, o médico albicastrense há muito que conhecia Duarte Gomes, já que ambos tinham sido colegas no Estudo de Salamanca.

No entanto, Amato Lusitano não é a única testemunha contemporânea das qualidades excepcionais de Duarte Gomes como tradutor de Petrarca. De facto, o humanista italiano Girolamo Ruscelli, no longo texto introdutório com que dedica ao mercador português o seu tratado Del modo de comporre in versi nella lingua italiana, tece rasgados elogios às suas qualidades excepcionais como poeta e, em particular, como exímio tradutor de Petrarca para a língua castelhana, afirmando que «fra molti dotti e rarissimi componimenti suoi, ella habbia fatto il Petrarca nostro in lingua Castigliana, che à qui non sapesse la verità dell’istoria si farebbe dubbioso in quale di queste due nobilissime lingue Italiana, ò Spagnola il Petrarca l’avesse scritto»[5].

Amato e Ruscelli, duas figuras das relações próximas de Duarte Gomes, apresentam-nos assim dois depoimentos coincidentes, irrefutáveis e inequívocos de que este era um exímio tradutor de Petrarca para a língua castelhana.

(Temporalmente falta una imagen. Se solucionará lo más rápido posible.)

Não se estranha, por isso, que tenha havido desde tempos recuados uma tendência notória, por parte dos investigadores, para presumir que Salomon Usque Hebreo ou Salusque Lusitano era um pseudónimo literário atrás do qual se escondia o rosto de Duarte Gomes[6]. Ambos eram judeus, eram portugueses, tinham amigos comuns, estavam estabelecidos em Veneza e, como se não bastasse, ambos traduziam Petrarca para a língua castelhana de forma igualmente brilhante e talentosa.

Entre os membros da Nação Portuguesa, estabelecidos por esta época em Veneza, Ferrara ou Ancona, haveria, por certo, alguns indivíduos com uma formação humanística do mais alto nível, capazes de empreender a difícil e exigente tradução da obra de Petrarca, tarefa que o próprio Salomão Usque, na sua dedicatória da tradução ao príncipe Alessandre Farnese, considera ser «Opera in verità da molti ricercata, da pochi intrapresa, e da nessuno finora portata a termine.» (fl. a2r).

Mas será que de entre o grupo de judeus portugueses que poderiam reunir as condições necessárias para o fazer, um grupo já por si bastante restrito, será provável, perguntamos nós, que existam dois indivíduos capazes não só de traduzir um texto poético difícil, nunca até então traduzido para castelhano, mas também de o fazer com a arte e o engenho que os testemunhos reconhecem a Duarte Gomes e que a tradução impressa de Salomão Usque evidencia? Forçoso se torna admitir, em nossa opinião, que as probabilidades da ocorrência de uma conjugação tão favorável não podem ser muito elevadas.

Acresce também que nunca se encontrou até à presente data, nem em versão impressa nem manuscrita, tradução alguma de Petrarca para língua castelhana, atribuída ou de alguma forma atribuível a Duarte Gomes. Tudo leva a crer, portanto, que os dois nomes, Duarte Gomes e Salomão Usque, correspondem, afinal, a uma única pessoa.

Assumida que está a identificação das duas figuras, convém agora procurar compreender como foi possível ao mercador lusitano traduzir, da forma como o fez, o Canzoniere de Petrarca para a língua castelhana.

Duarte Gomes não era apenas um simples agente comercial da inteira confiança de D. Grácia Nasci, de quem era também médico particular. Não restam dúvidas de que este cristão-novo português, ao serviço dos Mendes-Benveniste, era um indivíduo excepcional com uma cultura e uma formação humanísticas do mais alto nível. Trata-se de alguém, como se verá, que ergueu bem alto o seu nome junto dos círculos mais restritos do poder e da cultura, durante os anos da década de trinta em que viveu em Lisboa.

Duarte Gomes nasce precisamente na cosmopolita e populosa capital do reino, no ano de 1510, no seio de uma família de cristãos-novos de alta categoria social[7]. Nos verdes anos da sua juventude, tal como era hábito entre os descendentes das famílias socialmente mais elevadas, assistiu, muito provavelmente, às lições de algum mestre conceituado de latinidades, que lhe terá ministrado os rudimentos necessários no domínio das línguas e literaturas clássicas e da gramática, para mais tarde prosseguir, sem dificuldade, os estudos universitários.

Nas primeiras décadas de Quinhentos, os jovens portugueses que continuavam os seus estudos, faziam-no, em geral, na Universidade então estabelecida em Lisboa, ainda que muitos partissem para frequentar universidades estrangeiras, por vezes com o alto patrocínio do próprio monarca português. Entre as instituições estrangeiras, a consagrada Universidade de Salamanca era aquela que colhia a preferência de um maior número de alunos oriundo de terras lusitanas (Serrão 1962).

Entre os escolares portugueses contavam-se inúmeros cristãos-novos que prosseguiam os seus estudos, ainda muito jovens, na cidade do Tormes. Para muitos deles, cursar medicina constituía um dos objectivos prioritários e dava, no fundo, continuidade à já antiga e reconhecida tradição judaica no estudo e no exercício da arte de Galeno. Foi precisamente este o percurso que Duarte Gomes trilhou nos vários anos em que frequentou o Estudo de Salamanca. Disso não subsistem dúvidas, já que é possível documentar todo o percurso deste jovem promissor. Dá-se a coincidência extraordinária de termos à nossa disposição, por um lado, os registos existentes no Arquivo da Universidade de Salamanca e, por outro, uma transcrição integral dos próprios diplomas académicos que foram passados a Duarte Gomes como prova dos seus bacharelatos em Artes e em Medicina. Esta situação verdadeiramente excepcional fica a dever-se ao facto de Duarte Gomes ter apresentado os seus diplomas ao Tribunal do S. Uffizio di Venezia no decorrer do processo de que foi alvo em 1568, o qual contém uma transcrição fiel e certificada dos mesmos, realizada a partir dos documentos originais (Ioly Zorattini 1982: 74-76).

É assim possível saber que Duarte Gomes obteve o grau de bacharel em Artes e Filosofia, no dia 10 de Março de 1529, «sub disciplina reverendi Pedri Margallio». Pedro Margalho, célebre teólogo lusitano, leccionou durante vários anos na Universidade de Salamanca e coube-lhe a ele avaliar o mérito do jovem candidato a bacharel, que à data contava apenas dezoito anos (Serrão 1962: 170-177). Uma vez que eram necessários três anos de estudos para alcançar o grau de bacharel em Artes, é lícito supor que este terá principiado os seus estudos em Salamanca, com apenas quinze anos de idade, no início de 1526.

O jovem aluno reunia então os requisitos necessários para prosseguir os seus estudos em Medicina, que iniciou logo de seguida. Cerca de quatro anos volvidos, no preciso dia 24 de Abril de 1532, prestava as provas conducentes ao bacharelato em medicina perante o também português Doutor Agostinho Lopes, uma das figuras marcantes da Universidade de Salamanca (Serrão 1962: 223-225).

Duarte Gomes faz um percurso exemplar na Universidade de Salamanca ao longo dos cerca de sete anos de formação em que se bacharelou sucessivamente em Artes e em Medicina. Na verdade, os estudos do poeta-mercador em Salamanca não constituem novidade desde que Ioly Zorattini transcreveu e publicou o processo inquisitorial movido ao mercador português, o qual inclui a cópia certificada dos documentos comprovativos dos graus obtidos.

 

Laura e Petrarca, miniatura dal Canzoniere
Fuente: www2.polito.it/.../Petrarca/Petrarca.html

 

No entanto, a importância dos estudos do tradutor de Petrarca só é verdadeiramente perceptível se tivermos em conta o papel crucial que o Estudo de Salamanca desempenhou na formação da fina-flor do Humanismo português. À cidade do Tormes acorreram cerca de oitocentos estudantes portugueses apenas durante a primeira metade de Quinhentos num movimento que se acentuou bastante a partir de meados da década de vinte. Os cristãos-novos constituíram sempre um grupo relativamente numeroso entre estes escolares salmantinos, e não restam dúvidas de que a geração onde se inclui Duarte Gomes veio a contribuir de modo decisivo para a consolidação e renovação do movimento humanista português.

De facto, Duarte Gomes integra um grupo excepcional de escolares portugueses de ascendência hebraica, cujo percurso académico é, em grande medida, comum tanto nas matérias cursadas, como no período em que decorreram os estudos. Falamos de alguns dos nomes mais reputados do Humanismo português em várias áreas do saber, que constituíam, no fundo, os descendentes directos de destacadas famílias judaico-portuguesas ainda a viver em Portugal.

Como já referimos, os estudos de Duarte Gomes em Salamanca decorreram entre os anos de 1526 e 1532. Durante os primeiros anos da sua permanência no Estudo, cruzou-se com os seus ilustres compatriotas cristãos-novos Pedro Nunes e Jerónimo Cardoso, que se encontravam a terminar os seus cursos. Não muito antes, também Garcia de Orta tinha sido aluno em Salamanca.

Mais importante, porém, se torna assinalar a existência de um grupo de notáveis escolares portugueses, todos eles de origem hebraica, a cursar medicina juntamente com Duarte Gomes. Trata-se, de facto, de uma geração de ouro com um percurso quase coincidente na cidade do Tormes. Neste grupo se inscrevem vários humanistas notáveis como Amato Lusitano, António Luís, Diogo Pires, Luís Nunes de Santarém ou Tomás Rodrigues da Veiga, que adquirem em conjunto uma formação a todos os títulos excepcional, como os seus percursos individuais quer em Portugal quer na diáspora o podem, sem dúvida, comprovar.

Antes do regresso à sua cidade natal, Duarte Gomes encaminhou-se para Medina del Campo, onde afirma ter estudado também. Não se demorou, porém, muito tempo na famosa praça comercial castelhana, já que em Dezembro de 1533, ou seja, no ano seguinte àquele em que obtivera o bacharelato em Medicina em Salamanca, o vamos encontrar de novo em Lisboa.

No decurso do processo que lhe foi instaurado em 1555 pelo S. Uffizio di Venezia, ao ser interrogado sobre a sua profissão, ele respondeu: «Adesso esercito la mercantia, ma non l’ho esercitata sempre perchè per avanti ho studiato in lettere humanis et artibus et philosophia et medicina et etiam aliquid in sacra theologia et studiai a Medina, doppo ho letto publicamente in Ulisbona con salario regio»[8]. Esta declaração constitui uma síntese esclarecedora dos estudos efectuados por Duarte Gomes ao longo da sua existência. Ficamos assim a saber que também se dedicou ao estudo da teologia em Salamanca e que, após a sua breve passagem por Medina del Campo, foi professor em Lisboa «con salario regio».

Curiosamente, os investigadores não têm conseguido comprovar de forma documental a actividade docente que Duarte Gomes diz ter exercido na cidade de Lisboa[9]. Ioly Zorattini, a quem devemos a publicação integral dos dois processos inquisitoriais venezianos instaurados ao cristão-novo português, afirma ter efectuado, sem qualquer sucesso, pesquisas no Arquivo Nacional da Torre do Tombo, no sentido de documentar esta prática docente (Ioly Zorattini 1980: 230, nota 15).

Na verdade, a documentação comprovativa do percurso académico lisboeta, não só de Duarte Gomes como de vários dos seus antigos colegas de Salamanca, existe de facto, mas encontra-se à guarda do Arquivo da Universidade de Coimbra. Referimo-nos em concreto aos dois códices originais conhecidos pelo nome de Livros da Universidade de Lisboa[10], que contêm o registo manuscrito de variados actos académicos, cuja leitura permite traçar um retrato fidedigno da vida da Universidade de Lisboa desde 1506 até 1537, data em que foi transferida em definitivo para Coimbra, por ordem de D. João III.

Ora, tanto Duarte Gomes como os seus colegas salmantinos, a que já nos referimos, regressaram ao seu país, após a conclusão dos estudos. Uma parte significativa destes jovens vai envidar todos os esforços no sentido de ingressar no corpo docente da Universidade de Lisboa. Esse era, sem dúvida, o objectivo central de muitos dos recém-chegados e vários foram os que viram os seus intentos coroados de sucesso. Os antigos colegas reencontram-se assim na capital do reino, onde travam uma dura competição por um lugar efectivo no Estudo Geral de Lisboa: Duarte Gomes, António Luís, Luís Nunes de Santarém, Manuel Reinel e Manuel Lindo são intervenientes directos nesta disputada corrida ao ingresso na carreira docente.

Formados em Salamanca, estes jovens trouxeram consigo as tendências humanistas de que estavam imbuídos e contribuíram decisivamente para a renovação e qualificação do ensino praticado na Universidade de Lisboa.

António Luís, Duarte Gomes e Manuel Reinel iniciam sem demora o processo de obtenção da licenciatura em medicina que era a etapa seguinte na sua carreira académica, após o bacharelato de Salamanca. Num curto espaço de tempo, cumpridas as necessárias formalidades, os três obtêm a licenciatura em Medicina pela Universidade de Lisboa.

No dia 31 de Janeiro de 1534, celebra-se o termo do marcar dos pontos e auto do exame privado em Medicina efectuado pelo bacharel Duarte Gomes, que lhe havia de valer o grau de licenciado[11]. Entre as várias testemunhas do acto conta-se o ainda bacharel Luís Nunes.

Anunciava-se então para breve um disputadíssimo concurso, cuja abertura estava prevista para as férias de Verão. Em cumprimento da vontade de D. João III, o Conselho da Universidade, reunido no dia 12 de Agosto de 1534, resolve pôr a concurso a cadeira de Artes, que havia pertencido ao famoso médico e botânico Garcia de Orta. Pela respectiva ordem de inscrição, encontramos entre os oponentes a este concurso o bacharel Manuel Dias, o licenciado António Luís, o licenciado Manuel Reinel, o licenciado Manuel Lindo, o licenciado Duarte Gomes e, por último, o licenciado Jerónimo Fernandes[12].

No dia 9 de Novembro de 1534, realiza-se finalmente a eleição do vencedor «da cadeyra dartes que vagou pella ausentia do Licenciado orta»[13]. Dos dezoito votos contados, Duarte Gomes recolheu nove, Manuel Lindo seis, Manuel Reinel dois e Manuel Dias apenas um. António Luís, por seu turno, não teve nenhum voto. Termina desta forma o renhido concurso com a eleição e tomada de posse do vitorioso Duarte Gomes por um período de três anos, a contar desde a data da abertura da vaga.

Algum tempo antes da eleição de Duarte Gomes, no dia 1 de Outubro de 1534, tivera lugar a abertura oficial do ano lectivo, com a habitual e solene oração de sapiência proferida em língua latina pelo humanista André de Resende (1956).

Ora, um dos momentos mais altos da carreira académica de Duarte Gomes ocorreu um ano depois, no dia 1 de Outubro de 1535, quando foi convidado para proferir publicamente a oração de sapiência na abertura desse ano lectivo (Ferreira 1937: 815, 858 e 879). Tratava-se dum acto da maior solenidade que decorria na presença das mais importantes autoridades, no qual era costume o orador fazer o elogio das disciplinas ministradas no Estudo Geral. Não era forçoso que a figura designada para apresentar a oração latina fosse um docente universitário. Para o efeito, eram convidadas, por vezes, individualidades de grande talento, mesmo que não possuíssem qualquer vínculo à instituição.

Assim aconteceu em 1534 com a oração proferida por André de Resende, e de novo, em 1536, quando coube a Jerónimo Cardoso, que também foi estudante em Salamanca, a apresentação da mesma oração (Cardoso 1965). Nem um nem outro foram alguma vez docentes do Estudo Geral de Lisboa: ambos foram convidados pelo seu reconhecido mérito. A escolha de Duarte Gomes para apresentar a oração de sapiência, numa altura em que contava apenas vinte e cinco anos, constitui, pois, uma das consagrações máximas a que alguém podia aspirar tanto na carreira académica como fora dela e apenas estava ao alcance de um grupo bastante restrito[14]. As orações de sapiência de André de Resende (1534), Duarte Gomes (1535) e Jerónimo Cardoso (1536) são, aliás, as últimas a serem proferidas no Estudo Geral de Lisboa, já que o ano lectivo de 1536-1537 ficaria marcado pela transferência definitiva da Universidade para Coimbra.

Duarte Gomes também foi obrigado a mudar não apenas de cidade mas de país. Para trás deixou, em viagem sem regresso, as margens do Tejo rumo a Antuérpia. Não é hora, porém, de lhe seguir o rasto, pelo que nos resta concluir em breves palavras este trabalho[15].

Por detrás deste homem invulgar, cujo percurso foi semelhante ao de tantos outros judeus portugueses, esconde-se uma das figuras mais destacadas do humanismo português de Quinhentos: poeta e mercador, médico e financeiro, professor e diplomata foram algumas das principais actividades que exerceu com igual distinção quer na terra que o viu nascer quer naquelas para onde se viu obrigado a partir.

Curiosamente, os pseudónimos que durante tanto tempo ocultaram a sua verdadeira identidade, «Salomon Usque Hebreo» e «Salusque Lusitano», são os mesmos que revelam esta dupla condição de judeu e português, uma relação difícil mas profunda e dolorosamente sentida tanto por ele como pelos milhares de homens e mulheres que se viram obrigados a abandonar uma terra que também era a sua.

Apesar de tudo, Duarte Gomes, à semelhança dos seus conterrâneos da Nação Portuguesa de Ancona, Ferrara ou Veneza, nunca deixou de assumir, onde quer que fosse, a sua condição de português com dignidade e orgulho.

De Lisboa a Veneza, foi longo e penoso o caminho percorrido por esta personalidade excepcional, que merece, sem sombra de dúvida, um lugar de destaque na história do humanismo judaico-português.

Referências

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2003 The woman who defied Kings. The life and times of Doña Gracia Nasi - Jewish leader during the Renaissance. St. Paul: Paragon House.

Cardoso, Jerónimo

1965 Oração de sapiência proferida em louvor de todas as disciplinas. Reprodução fac-similada da edição de 1550. Tradução de Miguel Pinto de Meneses. Introdução de Justino Mendes de Almeida. Lisboa: Instituto de Alta Cultura.

Dias, José Sebastião da Silva

A política cultural da época de D. João III. Coimbra: Universidade de Coimbra, 2 vols.

Ferreira, Francisco Leitão

Noticias Chronologicas da Universidade de Coimbra [...]. Primeira parte [...]. Segunda edição, organizada por Joaquim de Carvalho. Coimbra: Por ordem da Universidade de Coimbra.

Ioly Zorattini, Pier C. (a cura di)

1980 Processi del S. Uffizio di Venezia contro Ebrei e Giudaizzanti (1548-1560). Firenze: Leo S. Olschki.

Ioly Zorattini, Pier C. (a cura di)

1982 Processi del S. Uffizio di Venezia contro Ebrei e Giudaizzanti (1561-1570). Firenze: Leo S. Olschki.

Leoni, Aron di Leone

2005 The Hebrew Portuguese Nations in Antwerp and London at the time of Charles V and Henry VIII. New documents and interpretations. New Jersey: Ktav.

Petrarca, Francesco

As Rimas [org. e trad. de] Vasco Graça Moura. Lisboa: Bertrand.

Resende, André de

Oração de sapiência (Oratio pro rostris). Tradução de Miguel Pinto de Meneses; introdução e notas de A. Moreira de Sá. Lisboa: Instituto de Alta Cultura.

Roth, Cecil

1943-1944 ‘Salusque Lusitano’, an essay in disentanglement. The Jewish Quarterly Review, n.s., 34: 65-85.

Salomon, Herman Prins

Deux études portugaises * Two portuguese studies. Braga: Barbosa & Xavier.

Salomon, Herman Prins – Leoni, Aron di Leone

1998 Mendes, Benveniste, De Luna, Nasci: the state of the art. The Jewish Quarterly Review 88, n.os 3-4: 135-211.

Serrão, Joaquim Veríssimo

Portugueses no Estudo de Salamanca (1200-1550). Lisboa: Imprensa de Coimbra.

Zavan, Gabriella

2004 Gli ebrei, i marrani e la figura di Salomon Usque [prefazione di Aron di Leone Leoni]. Treviso: Santi Quaranta.

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NOTAS


[1] A Biblioteca Nacional de Lisboa guarda um exemplar da variante «Salomon Usque Hebreo» (Res. 2444 V).

[2] Entre a vastíssima bibliografia existente sobre a família dos Mendes-Benveniste, referem-se apenas dois importantes trabalhos publicados recentemente por H. P. SALOMON – A. di Leone LEONI (1998) e A. A. BROOKS (2003).

[3] Aproveitamos a oportunidade para fazer referência à nossa recensão crítica ao estudo de G. Zavan, acabada de publicar em Zakhor – Rivista di Storia degli Ebrei d’Italia 8 (2005), 228-232.

[4] AMATO LUSITANO, Amati Lusitani medici praestantissimi curationum medicinalium, centuriae duae, quinta et sexta. Lugduni, apud Gulielmum Rouillium, 1580, p. 85 [centuria V, curatio XIX]:

Eduardus Gomez Lusitanus, uir grauis, doctus et poeta non uulgaris, ut qui Petrarchae numeros hendecasyllabos et cantiunculas Hetrusca lingua scriptas feliciter in linguam Hispanicam uertat, ita cordate, apposite et suis numeris consone, ut omnibus admirationi sit. Hic anno aetatis suae 45 ex Venetiis ubi uaria et ingentia mercium negocia exercet, Anconam uenit, ubi ab amicis (ut fieri solet) ad opipara et lauta conuiuia inuitatus, in duplicem tertianam lapsus est.

[5] Girolamo RUSCELLI, Del modo di comporre in versi nella lingua italiana, trattato di Girolamo Ruscelli, Nel quale va compreso vn pieno & ordinatissimo Rimario. Nuouamente mandato in luce. Venetia, appresso Gio. Battista Sessa et Melchior Sessa fratelli, [1558], fl. a5v. Para uma análise minuciosa da longa dedicatória de Ruscelli a Gomes, cf. G. ZAVAN (2004: 88-91).

[6] Antes da publicação do artigo de C. ROTH (1944), a generalidade dos investigadores, quase sempre com base no testemunho de Amato, deu mais ou menos por adquirida a identificação entre Salomão Usque e Duarte Gomes, sem contudo ter aprofundado muito a questão. Para uma análise pormenorizada do avanço da investigação com as contribuições de N. Antonio, H. Graetz e M. Kaiserling, cf. G. ZAVAN (2004: 67-71). H. P. SALOMON (1991: 63-66) foi o primeiro investigador, de que temos conhecimento, a vir a público refutar a tese de Roth de que Salomão Usque e Duarte Gomes eram pessoas distintas, apesar de não ter apresentado argumentos decisivos no sentido de justificar a sua posição.

[7] Aproveitamos o ensejo para dar conta da publicação recente de um importante estudo intitulado The Hebrew Portuguese Nations in Antwerp and London at the time of Charles V and Henry VIII. New documents and interpretations, da autoria do consagrado investigador A. di Leone Leoni, a quem muito agradecemos a preciosa ajuda e incentivo na realização deste trabalho. O livro traz a público, como pudemos verificar de antemão, graças à gentileza do autor, novíssimos elementos, alicerçados num vasto corpus documental, não só sobre a família e as actividades de Duarte Gomes, como de muitos outros membros destacados da Nação Portuguesa.

[8] Cf. Archivio di Stato di Venezia, Santo Uffizio, Processi, busta 159, fl. 245v [declarações de 1 de Agosto de 1555]; cf. P. C. IOLY ZORATTINI (1980: 230).

[9] Em geral, os investigadores limitam-se a fazer uma simples referência ao excerto do processo acima transcrito para darem conta da prática lectiva de Duarte Gomes na cidade de Lisboa. Cf. A. A. BROOKS (2003: 381); G. ZAVAN (2004: 80).

[10] Devemos ao investigador A. Moreira de Sá a publicação monumental da documentação de difícil leitura constante dos Livros da Universidade de Lisboa: A. de Moreira de SÁ (ed.), Auctarium Chartularii Universitatis Portugalensis. Documentos coligidos e publicados por A. Moreira de Sá. Volume I (1506-1516) [Volume II (1516-1529); Volume III (1530-1537)]. Lisboa, Instituto de Alta Cultura, 1973-1979. Para uma descrição pormenorizada dos Livros da Universidade de Lisboa, cf. Auctarium, vol. I, pp. VIII-IX.

[11] Cf. Auctarium, vol. III, p. 204. No processo inquisitorial de Veneza, de 1568, encontra-se uma cópia do diploma de licenciatura passado a Duarte Gomes. Cf. Archivio di Stato di Venezia, Santo Uffizio, Processi, busta 159, fl. 12r-v; P. C. IOLY ZORATTINI (1982: 76-78).

[12] Cf. Auctarium, vol. III, pp. 227-228, «Conselho onde foi resolvido pôr por vaga a cadeira de Artes e lista de opoentes».

[13] Cf. Auctarium, vol. III, pp. 239-240, «Eleição do licenciado Duarte Gomes para a cadeira de Artes».

[14] Não tinha razão J. S. da Silva DIAS (1969: 572), quando esgrimia o suposto abatimento do Estudo como causa da transferência da Universidade para Coimbra: «A corporação preteriu, aliás, [Garcia de] Orta e [António] Luís em mais de um concurso, dando o seu voto a candidatos – um Duarte Gomes, um Luís Nunes – cuja fama só chegou até nós na vasa dos atropelos académicos.». De facto, as palavras de Silva Dias deixam de ter sentido à luz do que se conhece actualmente sobre a figura de Duarte Gomes, cuja vitória no concurso de 1534 não nos parece ter deslustrado, de forma alguma, a imagem do seu colega e amigo António Luís.

[15] Esta comunicação apresenta os primeiros frutos de uma investigação ainda em curso sobre a figura de Salomão Usque-Duarte Gomes, cujo resultado final tencionamos publicar em breve sob a forma de uma monografia.

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EL AUTOR

António Manuel Lopes Andrade, docente da Universidade de Aveiro, onde se doutorou em Literatura Latina, tem vindo a desenvolver a sua investigação nas áreas do Humanismo Renascentista Português, da Literatura Novilatina e da História dos Judeus Portugueses. Entre os seus trabalhos mais recentes, destacam-se a dissertação de doutoramento, intitulada O Cato Minor de Diogo Pires e a poesia didáctica do século XVI, e o presente artigo, A figura de Salomão Usque: a face oculta do humanismo judaico-português


Antonio Manuel Lopes Andrade, profesor de la Universidad de Aveiro, donde se doctoró en Literatura Latina, ha desarrollado su investigación en las áreas del Humanismo Renacentista Portugués, de la Literatura Neolatina y de la Historia de los Judíos Portugueses. Entre sus trabajos más recientes cabe destacar su tesis doctoral, bajo el título de O Cato Minor de Diogo Pires e a poesia didáctica do século XVI, y el presente artículo, A figura de Salomão Usque: a face oculta do humanismo judaico-português.


Curriculum, Página pessoal: http://www.dlc.ua.pt/classicos/Andrade.htm

e-mail: aandrade@dlc.ua.pt

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IMAGEN de portada:

Gravura que ilustra a última página da primeira tradução castelhana do Canzoniere de Petrarca, dada à estampa em Veneza, em 1567

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