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Frentes Avanzados de la Historia

INTIMIDADES

INTIMIDADES

Asunción lavrin 

Arizona State University, Tempe, Arizona

 

 Para Thomas Calvo y el Festschrift organizado en homenaje al Prof. Jean Pierre Berthe./ Asunción Lavrin    1993

 

 

 

 

 La dificultad de adentrarse en la vida privada y las experiencias íntimas de quienes vivieron hace varios siglos es uno de los obstáculos más difíciles de vencer en la reconstrucción histórica no sólo en la Nueva España, sino en toda la América hispana. La escasez de cartas y autobiografías que recojan las vivencias personales hacen la tarea más ardua, especialmente si se desea recoger la mentalidad de la gente común.  El analfabetismo fue cosa corriente en la mayoría de la población, pero aún personas que sabían escribir, dejaban poco más que su firma en documentos legales, y aún menos frecuentemente un testimonio directo sobre sus pensamientos, opiniones, o emociones.

 El rescate de la experiencia íntima y personal del hombre o la mujer común sería casi imposible de lograrse sin la existencia de múltiples instituciones de control social, a través de cuyas investigaciones legales se obtuvieron numerosos testimonios de la vida diaria.  La documentación forense abre las puertas a un mundo de personas demandadas y obligadas a hablar sobre sí mismas y sobre otras para obtener evidencia o corroborar acusaciones.  Es a través de estos testimonios que se pueden recrear situaciones en las cuales se transparenta la emoción personal, o donde se encuentran los gestos y las actividades que la simbolizaron.  La más reciente historiografía novohispana se ha enriquecido con la visión de un complejo mundo de relaciones interpersonales pacientemente extraídas de pleitos sobre propiedades, de reclamos sobre derechos de testamentaría, de juicios levantados ante las autoridades eclesiásticas, de investigaciones inquisitoriales sobre la firmeza de la fe, y otros ejemplos de literatura histórico-legal.1 

La crítica que se ha hecho a este tipo de fuentes es la de ser mediatizada.  Los testimonios legales se hacen a través de un notario, un abogado, o un juez eclesiástico, y la escritura sintetiza las palabras del sujeto histórico.  O, de otro modo, un documento como un testamento refleja una voluntad pero envuelta en el ropaje requerido por la ley y la religión.  Se pueden hacer ciertas objeciones a este argumento, pero careciendo de espacio para ello, se debe reconocer que en muchas ocasiones hay tanto monólogo como diálogo en los careos, las confesiones y las acusaciones, que nos acercan tanto como pueden a la voz del testigo.  Aún careciendo de un sujeto cuya voz se escuche directamente, estas fuentes ni anularon ni traicionaron la realidad que tuvieron la obligación de reflejar.  Simplemente la enmarcaron dentro de una fórmula cuyas claves es la responsabilidad del historiador descifrar.

En este trabajo deseo explorar la posibilidad de allegarnos a uno de los ámbitos más cerrados por el paso del tiempo y por el modo mismo de percibirlo y expresarlo contemporáneamente.  Se trata del ámbito de la intimidad entre dos personas de sexo opuesto, sea para expresar su afinidad mutua o para ocultarla de otros por una variedad de motivos personales o sociales.  Por intimidad entiendo una relación emotiva compartida entre adultos y expresada en gestos, palabras y acciones.  Esta intimidad es frecuentemente --aunque no exclusivamente-- de carácter sexual y su existencia tuvo significado para otros que no la compartieron, pero que pudieron interpretarla a través del lenguaje simbólico o real expresado por los sujetos que la vivieron.   El valor emotivo y el significado social adscrito a la expresión de intimidad tiene que ser común a todos los miembros de la comunidad para que pueda ser usado como un testimonio para investigar o corroborar una relación personal.  Por ejemplo, un enlace de manos entre dos amantes es un gesto de intimidad cuyo significado puede ser leído igualmente por los testigos como por los sujetos mismos. ¿Cuales fueron los gestos, las expresiones simbólicas de intimidad, las situaciones que hablaron de la misma a los habitantes de la Nueva España?. A través del estudio de casos sometidos al escrutinio de los juzgados eclesiásticos, nos llegan testimonios ricos en sutileza y formas de percibir la conducta, que a ojos de de los testigos llevaban un mensaje cuyo significado es crucial para entender los valores de esa sociedad respecto a la intimidad.

Esta documentación colonial ofrece una variada gama de intimidades a las cuales no hubiéramos poder tenido acceso si la rigurosa privacidad dentro de la cual se suponían desarrollar, no hubiera sido sometida a la fuerte presión de instituciones e individuos a cargo de mantener la moralidad social.  La revelación de la intimidad fue voluntaria o forzada, denunciada o auto-confesada.  En la mayor parte de los casos, la intención original de los actores fue la de mantener sus experiencias íntimas en secreto, pero un desborde emocional les hizo cometer errores que revelaron la relación a otros, o los llevó a exponerla intencionalmente cuando circunstancias imprevistas rompieron la armonía sobre la que se fundaban.  La investigación eclesiástica expone ante la sociedad formas de intimidad consideradas "aberrantes" pero muy comunes, para que sirvieran de ejemplo moralizante. Casi siempre la revelación fue enmarcada dentro de la intolerancia de un acto que se percibió como subversivo a la moralidad pública o privada.

Un catálogo de intimidades reflejadas en los archivos coloniales sería posiblemente muy largo dada la naturaleza casuística de toda experiencia personal.  Sin embargo, para lograr cierto orden interno deseo revisar varios "tipos" de intimidades.  Uso aquí casos específicos encontrados en fuentes documentales pero que representan estereotipos de muchos otros, similares en su naturaleza y significado.  Social y étnicamente, las formas de intimidad que se detallan en este trabajo fueron experimentadas por todas las capas sociales y grupos raciales, aunque sólo algunos estén representados en los ejemplos escogidos.

 

 

LA VIRGINIDAD FEMENINA COMO COSA PÚBLICA

 

La virginidad física de una mujer llegó a ser asunto público al evaluarse y discutirse ampliamente en toda clase de documentos.  Esta situación toma forma al entenderse la honra pública y privada de una mujer y su familia como la preservación de la virginidad antes del matrimonio.  El despliegue de testimonios sobre la condición física íntima de una mujer se encuentra en las cartas dotales, en las cuales se establecía el valor de las mercancías y objetos de uso diario que la mujer aportaba al matrimonio.  Usualmente estas cartas expresaban la decisión del hombre de entrar al estado matrimonial y conceder arras (un regalo en efectivo del hombre a su prometida) por "su virginidad y limpieza."  O sea, que entre los aportes de la mujer a su futuro marido, una de los objetos que merecía especial atención era la entereza física que garantizaba al hombre su absoluta y exclusiva posesión sexual.  Tal posesión se proclama legalmente para conocimiento de la comunidad.  Elocuentemente, a la mujer virgen se le llama siempre "doncella" mientras que a las que han perdido esa calidad se las llama "solteras,” fraseología que se extiende a los testamentos.

La virginidad se vuelve objeto de una transacción jurídica-social en los innumerables reclamos que su pérdida origina en las mujeres que litigan por la restauración de su honor, en los hombres que se auto-acusan de haber privado a la mujer de su virginidad y aceptan el casamiento como trueque moral para restituir el honor de la mujer, y en aquellos que son acusados de haber desflorado y, por ende, desvalorizado a sus víctimas.  La virginidad se exhibe, se quita, se roba, se cobra y se paga en público.  No existe inhibición o privacidad alguna al respecto.  Hombres y mujeres de todas las esferas sociales y en todo tiempo se refieren constantemente a la virginidad, que pierde su misterio para convertirse en uno de los asuntos más traído de la literatura forense.  Refiriéndose a María Teresa, española e hija legítima, su amante de varios meses, Juan García refuta en 1721 el haberle quitado su virginidad, "porque yo la tuve como mujer del uso, no doncella, y con tanto desorden que fue el motivo de que la largare, por saber que la manejaban tres...”2. La vulgar manera de referirse al uso de una mujer por varios hombres no fue cosa fuera de lo común en la escritura de la época.  Por otra parte, vale apuntarse el uso de la palabra "gozar" refiriéndose al acto sexual, palabra que se aplica a situaciones en las cuales hay un disfrute de algo, y común en los documentos del siglo XVII.  Josefa de los Reyes declara en 1664 haberse entregado a Juan de Aguirre, "y le hice dueño de mi honra, gozándome, lo cual ha continuado entrando en mi casa...".3

La pérdida de virginidad hecha voz pública implicaba la pérdida de la honra personal y familiar para quienes se atribuían cierta posición social.  "Estar en fama de doncella" era tan importante como serlo, situación que movió a muchas mujeres a ocultar sus embarazos o sus hijos para mantener la reputación de vírgenes y no sufrir el entredicho de la comunidad.4 Sin embargo, la pérdida de virginidad fue asunto personalísimo e íntimo que sólo se corroboró físicamente en algunos casos de investigación de estupro o violación forzada.  Si la mujer no exhibía embarazo o un hijo, el testimonio oral era la única otra base sobre la que se decidían estos casos. Tanto las mujeres como los hombres involucrados en los numerosos casos de reparo de honor tuvieron pocas inhibiciones para establecer abiertamente la pérdida del objeto de tanto cuidado obsesionante.  El epicentro de la intimidad expuesta es la virginidad, y su objetivo principal es la restauración del "honor."  Una vez iniciado el proceso de hacer pública la falta de virginidad, el mismo tiene que seguir siendo necesariamente público. El honor es cosa pública, ya que depende en parte, de la opinión de otros y su restauración siempre tiene un fin social.

En 1721, Juan García, de la jurisdicción de Santiago Ocotlán, fue acusado por una tal María Teresa, española sin apellido conocido, de haber violado su virginidad. En su defensa, declaró Juan haber tenido relaciones sólo "tres ocasiones consecutivas en que tuvo sólo un acto en cada uno de ellos" habiendo hallado a María Teresa "sin tal integridad" y "corrupta" expresando que la susodicha era mujer liviana en cuya casa traficaban toda clase de hombres.5  El abogado toma la palabra en este caso --uso no muy común-- para moralizar sobre las mujeres de baja esfera que pretenden hacer pagar a hijos de familia por deudas no contraídas.  María Teresa debía conformarse y tratar de buscar otros medios de "virtud y honestidad con que puede ocuparse en trabajo personal y no por otros medios estafar a quien le pareciese." Probar la virginidad o la paternidad fue siempre asunto difícil para una mujer, ya que al "caer" en una relación sexual perdía su gran ventaja inicia --la doncellez-- y el respeto social que su virginidad le confería, y el hombre aprovechaba la situación para obligar a la víctima a "probar" su virginidad, cosa completamente imposible físicamente y cuya demostración tenía que valerse de evidencias circunstanciales.

En 1701 Antonio Samudio Jinete, vecino de Acámbaro en Michoacán, declara que su hija doncella Casilda, quien vivía en casa de su hermano "loable y honestamente," fue sonsacada por el cura beneficiado del partido de Santa Clara, quien en "vilipendio y desdoro de su crédito y deshonor de su hija" y del "pundonor y crédito de su parentela," "hombres honrados de nobleza y punto," la sustrajo de su casa en forma de rapto y la tuvo viviendo con él por un tiempo.6  Pedía justicia repitiendo la importancia del honor de su hija, la reparación de su crédito y el sosiego de la parentela, y exigía se le diera dote según la calidad de la niña para que entre en un monasterio, por temor que sus parientes, como nobles, ejecutaran "en ella ejemplar castigo."  En otro documento insinuó temer por su vida.  La satisfacción del honor público de su hija lleva al padre a declarar el deshonor porque era "rapiña", expresión que iguala la acción del presbítero a la de un ave de caza.  El abuso de la confianza de la casa de un amigo era ultrajante para el patriarca colonial. En su respuesta, el presbítero arguyó no haber violado a la muchacha y que era público y de facto que había hecho similares diligencias de buscar hospedaje para otras mujeres de buenas casas. Pero en su contra estaban los hechos de haberle cambiado el nombre y haber gestionado una casa para la joven.  El padre no aceptaba el hecho de que su hija no fuera doncella mientras vivió en su casa. "A lo menos estaba en esta opinión" por su recogimiento.  La extracción, aun con consentimiento, era prueba irrefutable de la pérdida de su honor y de la violación, tanto como el estar en su casa le daban opinión de ser doncella. Ninguna de las dos situaciones necesitaba, en su estima, de corroboración.  Su forma de entender la realidad era inferencial y era compartida por el resto de la sociedad.

Que sepamos, los casos de asesinato de una parienta por honor fueron infrecuentes en México, pero quizás sea por la falta de estudio de estos testimonios. En 1756, Julián Navarro, analfabeto y residente en el puesto de Santa Catarina de Charcas (Michoacán), pequeña comunidad rural, había tratado de matrimonio a María Tepa Luque, española, residente en una estancia, hija legítima, y su parienta en tercero y cuarto grado. Esta situación requería dispensa eclesiástica.  Todas estas atribuciones explican la situación en que se encontró Julián, cuando en vista de las posibles largas gestiones que la parentela demandaba, “extrajo" a su pretensa de casa de sus padres y violó su virginidad. "La misma noche que la saqué," cuenta Julián, el padre de María "se arrojó a su casa en solicitud mía, y no hallandome en ella le prendió fuego, y dio de cuchilladas a quantos encontró en hizo todos los estragos que quiso."  El casamiento no tuvo efecto y Julián declaró no tener "seguridad de mi vida, ni aún la de mi pretensa, a quien, no habrá quien la quiera por mujer, por este acaecimiento."  Pedía a las autoridades eclesiásticas le dieran pronta dispensa, para reparar el error y el deshonor7.  El rapto físico seguido de relaciones íntimas fueron utilizadas por parejas para resolver el problema de las dispensas.  Para lograr ese fin tenían que confesar públicamente su intimidad sexual.  Por otra parte, un padre celoso de la honra e su hija, debía hacer amenaza patente de buscar la muerte de quien le robó su honor usando cuanto gesto de violencia le fuera permitido.  La intención criminal, fuera llevada a cabo o no, era necesaria para forzar al ladrón de la honra, pero también para no sufrir merma ni como familia ni como hombre.  Aceptar blandamente el rapto de una hija hubiera invitado a comentarios negativos en un pequeño círculo social como el que se presenta en este ejemplo.

 

 

LA RELACION EXTRAMARITAL

 

Las relaciones extramaritales de un hombre casado podían o no verse como un deshonor, pero nunca fueron deshonor sexual para el hombre, especialmente cuando se llevaban a cabo con una mujer de rango social o étnico inferior.  Por otra parte, la relación extramarital creó situaciones angustiosas y conflictivas en la familia del hombre que sólo se pueden apreciar en aquellos casos en que todos los miembros de la familia participan. Un hogar en bancarrota por la relación extramarital quedó minuciosamente expuesto en el caso de Juan de Dueñas García, vecino de San Luis Potosí.  Entre los años 1696 y 1698 encontramos a los principales actores en este sonado caso frente a las autoridades eclesiásticas de Michoacán: Juan de Dueñas García, maestro de cirugía y, al parecer, mercader en los reales de plata del norte de Nueva España; su mujer Josefa de Cuellar, sus hijas María, Francisca, Andrea--ya difunta en 1698--su hijo Manuel de Dueñas y el presunto amante de su hija María, Manuel Cabral.  En el centro del escenario, se encuentra la esclava mulata Francisca de Dueñas, cuya venta a espaldas de Juan, inició la complicada trama de esta historia.8

Juan de Dueñas, cuya edad se cita por él como de 66 años, y por sus hijas y otros como de 80 años, era un hombre "mayor" aún asumiendo su propio testimonio.  Su mujer declaró ser de 48 años, notablemente más joven que su marido.  De sus hijos, sólo la edad de Manuel se da como de 18 años.  La evidencia interna nos lleva a asumir que las hijas eran mayores que Manuel, lo cual apunta a un matrimonio entre primavera y otoño en el caso de Juan y Francisca, quien declaró haber vivido matrimonialmente con Juan por 30 años. Todos "españoles", la situación social de la familia parece definirse como de media capa, ni con la elite provincial ni entre los blancos pobres.  Francisca manejaba una tienda de mercancías mientras Juan viajaba en busca de las mismas y, al parecer, ejerciendo sus conocimientos de “cirugía. El nudo de la trama se ató alrededor de la venta de la esclava Francisca a insistencia de la esposa de Juan, y usando la mediación de las autoridades eclesiásticas.  Josefa de Cuellar y sus hijas testificaron que la esclava y Juan mantenían una escandalosa relación sexual que absorbía la atención del último hasta el punto de negarle la atención necesaria a su familia.  El adulterio o amancebamiento con escándalo público entre dos elementos sociales tan distantes fue suficiente razón para que las autoridades eclesiásticas sacaran a la esclava de la casa y la pusiera a depósito en casa de un vecino, quien fue encomendado a venderla en Parral. 

Enterado de la acción Juan inicia un proceso legal para tratar de recobrar la esclava, decide otorgarle carta de libertad, y se enfrasca en vengar lo que consideraba traición de su familia.  Acusa al capitán Manuel Cabral de haber violado a su hija María, haber concebido hijos ilegítimos con ella, y haber vulnerado su honor familiar.  Este es un caso muy rico en matices sociales y personales, y con el propósito de analizar la intimidad hogareña subvertida, me detendré sólo en varios aspectos del mismo.  En 1694 Juan Dueñas, desde el real de minas de Guadalcazar, se comunicó con Matías de Chávez sobre las sospechas que albergaba de que Josefa le traicionaba con Cabral.  Investigando el asunto directamente, Chávez confirió con Josefa y la esclava Francisca.  Ambas le aseguraron que la entrada y salida franca de que gozaba Cabral en el hogar de Dueñas se debía a su trato matrimonial con María.  La esclava añadió que Cabral era "un pícaro" que no intentaba matrimonio y añadió la noticia de que María estaba preñada con "la barriga muy grande."  Chávez, observando a María caminar y sentarse dentro de la casa, corroboró su estado y lo comunicó a Juan Dueñas.  La relación entre Cabral y María Dueñas también era bien conocida por María de la Concepción, mulata libre que tenía tratos con la familia por más de veinte años, y quien intimó que la relación entre Cabral y María  era de varios años.  De hecho, María de la Concepción, parte del cerco íntimo de sirvientes y amos, fue la persona a quien se le encargó el cuidado del primer hijo de la unión entre Cabral y María Dueñas. "Como a camarada y persona de secreto " se le dio "un niño recién nacido al cual nombraron Juan Manuel, y declaró dicha Doña Josefa que era hijo de su hija Mariquita." El niño fue llevado a casa de la declarante, donde estuvo varios días, hasta que fue reclamado una noche por Juan Cabral, acompañado de Nicolasa de Latoya, su cocinera, a quien se le entregó y con quien se encuentra.9 

El secreto de la relación de amancebamiento en el hogar Dueñas no era tal para un círculo de personas ligadas a la familia.  De hecho, varios de ellos, incluso el acusado Cabral, declararon que Juan de Dueñas había usado a su hija para pedirle dinero y que Cabral le había otorgado a Juan cien pesos en una oportunidad y proveído con mercancías para sus negocios en otras.  Los testigos no hicieron juicio moral sobre la situación, excepto la mulata María Concepción, que declaró que un embarazo no muy secreto y un hijo natural no eran nada criticable, añadiendo que en la entrada de Cabral a casa de Dueñas "no había acción indecente."  La cohabitación voluntaria de una pareja no implicaba desdoro moral en opinión de una mujer socialmente inferior a la elite racial novohispana.  Ella es índice de una situación que resultó en altas tasas de nacimientos fuera de matrimonio en el siglo XVII para las castas, pero que también fue práctica de la elite cuando le convino. La declaración de María Concepción refleja la tolerancia de una situación cotidiana.

Manuel Cabral, en deposición de Abril de 1698 siguió ampliando los detalles del hogar de Juan Dueñas.  Cabral era de origen portugués (Lisboa) y residente en San Luis Potosí por 17 años. Su amistad y vecindad con Dueñas le permitió entrada en su casa, donde "engendró amores" con Doña María, habiendo logrado "gozarla" por 6 años sin promesa de casamiento, sino por "la unión de las dos voluntades," de acuerdo con sus palabras. De hecho, habían tenido tres hijos sin reclamo alguno ni de María ni de su padre.  Esta declaración fue corroborada por María de Dueñas. ¿Cual fue la verdadera razón para el inicio de un litigio por Dueñas que reveló el escándalo interior de la familia?  Fue la mulata Francisca, por quien Juan había perdido la cabeza, y a cuenta de quien amenazó de muerte a su esposa e hizo pública la relación de su hija.

Los detalles de como se leyeron estas complejas relaciones ilícitas en la sociedad novohispana vienen como hilos sueltos en esta apretada madeja.  La unión física del amo y la esclava fue testimoniada por una de sus hijas y aseverada por las otras dos.  En la memoria de las hijas, un día cuya fecha no podían recordar --¿olvido por voluntad?-- una de ellas pasó por el corral de su casa donde vio a su padre y la esclava "en la torpeza de aquel acto" o en palabras de la otra " su padre sobre y encima de la dicha mulata ejecutando sus actos torpes e indecentes."  Admirada quedó, según el testimonio, "de que un hombre de tanta edad que podía estar rezando estuviera en tan inicuos ejercicios sin temor de Dios." 

La falta de privacidad a que obligaban las relaciones ilícitas se encuentran no sólo en este caso, sino en muchos otros consultados, en los cuales testigos oculares corroboraban la unión sexual ejecutada en lugares accesibles a la curiosidad ajena. Por otra parte, la edad de Juan lo ponía bajo entredicho, pues es patente que después de cierta edad la actividad sexual masculina, especialmente ilícita, no era objeto de empatía ni fuera ni dentro del hogar.  Esto no obvia el hecho de que como parte del proceso, Juan acusara a su mujer de no desear "hacer vida maridable" (léase relaciones sexuales) con él, aseveración negada por la misma.  Se infiere que dentro del matrimonio no se esperaba existiera coto a la sexualidad irrespectivo de la edad, pero que un viejo haciendo el amor a una esclava era objeto de censura, si no de ridículo.

Los celos crecieron alrededor de las relaciones entre amo y esclava.  La esclava celaba a Juan cuando dormía con su mujer, interrumpiendo a la pareja para pedir cigarros por la ventana, por ejemplo.  Juan pretendió celar a su mujer durante las visitas de Cabral a su hija, aunque ésta fue posiblemente una excusa para cubrir su propia relación extramarital. Las hijas y mujer de Juan obviamente resentían las atenciones que recibía la esclava y el hecho de que Juan no le permitía que las sirviera, expresando celos de la relación ilícita que les robaba la presencia de su padre y el trabajo de la esclava. 

En 1700, en San Juan Tzitácuaro, el juez eclesiástico del obispado de Valladolid, detalla la relación entre la negra esclava Juana de la Cruz y el amo mercader Francisco Ortuño.  En este caso la intimidad también se hizo pública y el hogar del mercader fue revelado en su profunda escisión íntima.10 “La amistad ilícita" entre Ortuño y Juana era "pública y notoria," atestiguando un mercader amigo algunas de la intimidades intercambiadas.  Las mismas era pequeñas "finezas" llevadas a cabo "a escondidas de su mujer," como el ordenar Francisco a su amigo dar a la esclava una libra de turrón (dos pesos) y una piña de regalo.  El secreto y el regalo eran parte de la intimidad, pero como en el caso anterior, otras personas forzosamente participaron en la relación como cómplices o amistades.  La esclava, por ejemplo, comunicó a dos mujeres del pueblo que Ortuño no era su amo, sino "su amigo," obviamente una exhibición de orgullo personal y social para ella. 

Los amantes, como en el caso de Dueñas, fueron sorprendidos durante las relaciones sexuales.  En este caso por la propia mujer de Francisco, quien una noche los encontró "detrás de su cocina con la dicha Juana de la Cruz en acto deshonesto."  Una vez que comenzó este juicio, otros testigos de vista declararon haber visto a los amantes acostados juntos.  Al fin, la mujer legítima se decidió a escribir al alcalde mayor del pueblo para que interviniera en el caso.  El litigio legal, sin embargo, fue comenzado por el mulato libre Pascual, hijo de la esclava Juana, quien reclamaba que Ortuño había prometido la libertad a su madre.  Ambos madre e hijo murieron antes de la resolución de este caso.

Los casos de Dueñas y Ortuño descubren las intimidad entre amo y esclava en un plano muy personal, en el cual la subyugación física ya no es un mero abuso físico y de poder de género y raza por el hombre, sino una relación en la cual el amo se revela esclavizado por su pasión, y la mujer esclava se adueña del círculo familiar y subvierte el orden social y étnico.  La intimidad de la vida cotidiana descubre una nueva cara de la situación que pone un toque humano a relaciones que usualmente se han descrito exclusivamente como opresivas y brutales.

 

 

RELACIONES "INCESTUOSAS"

 

Al leguaje simbólico de los actos que son leídos por la comunidad debe unirse otro elemento de gran importancia en la lectura de la intimidad y la revelación de la privacidad: la voz pública. Fuera la intimidad descubierta voluntariamente o por desliz, la transmisión oral de la situación de intimidad es rápida y al apropiarse el público de la misma se convierte en testimonio y propiedad de todos.  La mayoría de los casos "criminales" llevados ante los jueces eclesiásticos se basaron en testimonios en los que "la voz pública" o "la voz y fama" de una situación de intimidad, valida el testimonio de los testigos e incrimina a los acusados. Como herramienta legal, la voz pública era un importante elemento corroborativo admitido por todos.

En un caso de presunto "incesto" veamos como la evidencia circunstancial unida a ciertas formas de comportamiento sobre-entendidas como reveladoras de la intimidad, llegaron a constituirse en evidencia aceptable para una decisión jurídica.  En 1782 la Audiencia de Guadalajara dio orden de exilio a Don Juan de la Brena, gaditano radicado en México, para que se trasladara a las minas y haciendas de su padre y no regresara a la ciudad sin licencia.11  Este exilio legal resultó de la averiguación de una acusación de incesto con su hermana Felipa.  Varios testigos dieron detalles de la supuesta relación, nunca cabalmente comprobada, pero válidas para los oidores.

¿Cuales fueron los mensajes simbólicos de intimidad que dieron los hermanos?  Un minero en solicitud de azogues vio a Juan dormir en la misma recámara de Doña Felipa. El testigo nunca los vio en la misma cama, pero las mismas estaban en rincones opuestos de la pieza sin que mediase cosa alguna que impidiese la vista de una a otra.  Se rompía aquí la modestia que se suponía existiera entre dos personas del sexo opuesto en el área íntima de dormir.  El testigo declaró haberlos visto entrar a la recámara a la hora de la siesta, nunca en la noche, pero "oyó decir" a dos criadas que la pareja había estado acostada junta de noche.  Por mayor evidencia, este testigo los vio dar muestra de contacto físico que, se presume, sólo se daba entre casados:  salir al corredor a tomar el fresco de noche "sempre recostados uno sobre otro sin recatarse, " peinar la hermana a Juan, mostrar enojo si los observaban, y haber dicho Juan palabras muy obscenas en presencia de su hermana.  El que un hombre dijera palabras fuertes frente a una mujer se traducía como prueba de una familiaridad que quitaba la inhibición de expresión que una relación más distante hubiera requerido. Así como desnudarse físicamente es permisible en el matrimonio, desnudarse de inhibiciones respecto a expresar palabras groseras fue indicativo de intimidad.  El retozo o juego corporal entre dos adultos también se interpretaba de modo sexual, asimismo como que una mujer peinara o ayudara a lavar a un hombre.  Estas experiencias se repiten casi textualmente en otro caso investigado en Guadalajara en 1779.12

Otro testigo declaró que los hermanos pasaban largos ratos juntos en la recámara, "a pesar de los calores," y una vez los encontró "acostados los dos en la cama de la hermana, vestidos" añadiendo que jugaban "como niños de diez años" y que en una ocasión estando Felipa peinando a su hermano, "lo besó." Este testigo, que había viajado con Juan desde España, dio detalles sobre su afición al juego y a mujeres perdidas, y de ser de mal hablar y mentiroso. El compartimiento de la cama para la siesta--aunque vestidos--fue atestiguado por un tercer hombre, quien relató la inquietud que esta acción causaba en un amigo de su difunto padre.  Mediaba el problema de resolver las últimas disposiciones del mismo, estando estos tres testigos envueltos en un proceso que, por inferencias en los testimonios, parece haber causado descontento entre los herederos y los ejecutores. El que la presencia de estos hombres extraños a la familia, especialmente durante una adjudicación testamentaria,  causara incomodo a los dos hermanos no fue tomado en cuenta por los oidores, que prestaron más atención a un desliz verbal de Juan, quien expresó en alta voz el deseo de que marcharan "esos demonios" para poder volver a poner su cama en la recámara de la hermana.  De nada valió el testimonio de una sirvienta que dijo dormían los hermanos en recámaras separadas en la noche, aunque confirmó que Juan había llevado una vida disoluta en España, habiendo dicho que dejaba hijo en mujer casada, y usaba ocasionalmente un leguaje rudo. 

La evidencia circunstancial primó en este caso porque para la  mentalidad del siglo dieciocho estos gestos no podía sino expresar una relación sexual. Bajo esta evidencia circunstancial se obligó al hermano separarse de su hermana porque la sociedad no aceptaba signos de intimidad física sino entre amantes, y dos hermanos amantes incurrían en incesto.  Felipe y Juana pueden haber necesitado de una compañía más íntima que la común entre hermanos por el hecho de haber quedado huérfanos, pero la mala reputación de Felipe como hombre de acciones censurables, lo condenó a priori.

La falta de privacidad y la lectura pública de acciones personales también contribuyó a la causa contra Bernardino Rangel, de México, mestizo casado y acusado de "comercio torpe y carnal" con su hijastra Francisca Paula.13  Acusado por el juez eclesiástico, los inevitables testigos dijeron haberlos visto en acceso carnal en varias ocasiones y verlos "dormir juntos tapandose con una propia ropa."  La expresión verbal sugiere que esa comunidad en el uso de ropa de cama simbolizaba el uso común de los cuerpos. Aparentemente, dormir a vista de cualquiera fue cosa común, ya que testigos en otros casos también declararon hallar a los culpables durmiendo juntos en una cama cuando visitaban por alguna otra razón.14  Debe tenerse en cuenta el plan físico de las casas coloniales, especialmente las de gente humilde.  Los pequeños ranchos, jacales, o las habitaciones urbanas donde vivían la mayoría de la gente constaban de una pieza o dos, donde se llevaban a cabo todos los actos de la vida diaria.  Aún en casas acomodadas, las habitaciones alrededor de un patio común y sin pasillos o paredes interiores, se hacían accesibles a la mirada de cualquier intruso o curioso tan pronto se abría la puerta de la misma, o al pasar de una habitación a otra.

Andrea Rosenda Navarro, envuelta en una relación íntima con un hombre que también la tuvo con su hija, declaró que todos dormían en un jacal en el cual se acostaban cada uno en un rincón, pero que  "a medianoche se rodaba Estrada con la confesante."  El acusado dio otra versión del trío amoroso. Según él, poco después de hospedarse en casa de las mujeres se enamoró de la hija, a quien falsamente le dio palabra de casamiento para lograrla físicamente. "De noche,  sin embargo de dormir la Juliana (hija) con su madre, cuando esta se dormía se iba quedo el confesante para donde estaba Juliana, y en cuanto tenía acto se retiraba para su lugar."  Esta intimidad sexual en un solo lecho fue después revisada cuando se dijo que la cama de la hija estaba junto a la de la madre.  Fuera una cama o dos, la cercanía de los actores sugiere que la intimidad "del acto" fuera difícil de ignorarse por la madre.  El relato lleva a mayores detalles al narrar Estrada su resentimiento al llegar al jacal el padre de una criatura hija de Juliana y presumir la reunión de la pareja.  En ese estado de ánimo dijo haber caído bajo la influencia de la madre, Andrea Rosenda, quien lo provocó e indujo a una relación sexual. "En diversas noches cuando el confesante dormía le recordaba el calor de Andrea Rosenda, introduciendo sus piernas con las suyas."  A pesar de haber huido de ese contacto "se iba la Rosenda a su cama, y sin embargo de haberse resistido... considerandose flaco y tentado del demonio" tuvo accesos carnales con la madre, sin que esto fuera óbice para tratar a Juliana, con quien siguió su amistad.  El calor de la piel en el recuerdo y la sugerente caricia de las piernas dan al historiador cierta medida de lo erótico en la experiencia de un hombre y dos mujeres con la más mínima educación y que a pesar de su pobreza y de la falta de un vocabulario adecuado trasmiten confiablemente la experiencia de la seducción en el auto legal.

 

 

LA INTIMIDAD CONYUGAL Y EL ABUSO FISICO

 

Fue cosa común en la realidad de los siglos XVII y XVIII que en la intimidad del hogar el hombre ejerciera un dominio sobre la familia que frecuentemente se expresaba en el abuso corporal de la mujer.  Siendo el abuso físico con riesgo de la vida una de las causas lícitas de separación matrimonial, existen numerosos casos corroborantes de esa realidad. Se pudiera pensar que el abuso físico sería común entre los miembros de la clase baja colonial, donde el hombre podía desahogar su sentimiento de inferioridad económica o social en la persona sobre cuyo cuerpo ejercía dominio, su mujer.  La falta de inhibición social llevó a muchas mujeres pobres a denunciar el abuso físico de su marido.  Los historiadores han asumido que la categoría social de una familia que se consideraba por encima de la gente "vulgar" o "común" les llevó a ocultar sus problemas personales.  Sin embargo, escándalos hubo que permitieron conocer las intimidades y los errores cometidos por personas socialmente por encima de la gente común.  Para disipar la ilusión de que sólo los pobres apaleaban a sus mujeres, citaré el caso de Doña Micaela de Pineda contra su marido Simón Guerrero, ambos vecinos de Irapuato en 1686. 15 Doña Micaela, prestigiada por su apelativo social, llevó su caso el juez eclesiástico buscando un "divorcio" que le permitiera separarse de su marido. Para apoyar su petición revela la intimidad conyugal de un esposo que no solo le negaba lo suficiente para alimentarse y vestirse sino que la vapuleaba sistemática y sádicamente.  Así declara que al regresar a su casa tras quejarse al vicario de la falta de sostén económico, Simón "me desnudó, y ató a un palo, y me azotó a abofeteó toda la noche." Con su conducta, Simón rompió un juramento que había hecho de no repetir el tratamiento, y la tuvo "toda la noche amarrada a un palo con injurias de palabra y obra," de las cuales su cuerpo guardaba aún la evidencia.  La intimidad conyugal se había hecho pública pues Simón "no pocas veces" la dejó "en la calle sin piedad."   Micaela reclamaba que la conducta de Simón se basaba en una sospecha de infidelidad, cuya raíz histérica se reveló en las acusaciones de Simón de que los supuestos amantes de Micaela escapaban de la casa en forma de perros, o se escondían debajo de la cama.

El abuso corporal nunca tardó en ser conocido por los vecinos ya que debió ser acompañado de expresiones de ira o de dolor. En el caso de doña Micaela, la reacción del vecindario fue la de proteger a la peticionaria, cuyas razones para exponer públicamente las intimidades de su alcoba se basaban en la deshonra de su persona y la falta de libertad y violencia del albedrío “que pide el matrimonio," o sea, el respeto de la dignidad personal que debía regir la pareja.  No por esto encontró apoyo en el teniente eclesiástico, quien trató de persuadirla para que retornara a su esposo a pesar de la desaprobación social de la conducta de Simón.  Es importante notar que el reclamo legal envuelve el concepto de honra personal y el respeto personal dentro de la relación matrimonial. La denigración física sobresee la sujeción que la mujer debía al marido porque la misma ha sido abusada.  El complejo concepto de lo que se entendía por honor personal revela aquí uno de sus matices.  La mujer de categoría social no debía permitir el maltrato de su persona ya que el concepto de honor comprendió el respeto del cuerpo mismo.16

 Estas descripciones también nos dan cuenta de como maltrataban los maridos a sus mujeres.  Bofetadas, golpes con las manos con palos o espadas, amenazas con cuchillos, tijeras y armas de fuego, arrastre por los cabellos, ataduras a árboles o postes seguidas de golpes por todo el cuerpo, son varias modalidades encontradas.  María Ruiz, vecina de Salamanca, confiesa en Mayo de 1701 una serie de incidentes de maltrato físico incitados por los celos de su marido, y de que no pudieron librarla las intercesiones de los hermanos del mismo a su favor.  Como evidencia, mostró "las señales que me ha hecho, como es una partida y descalabradura en la cabeza, los dedos de la mano cortados, la garganta rosada y arañada por quererme ahogar, todo el cuerpo sembrado y llagado de azotes, y no contento con esto me echó de su casa desnuda diciéndome me saliese de su compañia o me acabaría de matar. . ." 17 La intimidad desgarrante de la "mala vida" matrimonial nos revela aspectos sádicos en los hombres y la aceptación del maltrato físico por las mujeres hasta que se traspasaban las fronteras de lo permisible y se entraba en el área de "riesgo de la vida."  Pero hasta que se llega a esa situación, la vida maridable dentro del hogar fue para muchas mujeres una serie de sumisiones femeninas frente al abuso del poder físico por el hombre.

 

 

OTRAS INTIMIDADES SEXUALES

 

Los argumentos legales no rehuyen discutir asuntos íntimos cuando se trata de evadir un compromiso matrimonial.  Así intimidades de la vida sexual que de otro modo no hubiera jamás salido de la alcoba de los amantes, se registran en los juicios eclesiásticos como evidencia para beneficio de los autos. Uno de los casos más notables en cuanto a la vividez del relato y narrativa que linda con el diálogo, fue el testimonio de Juan de Cárdenas, vecino de San Luis Potosí, en un juicio que se le llevaba en 1721, por violación de virginidad con embarazo de Doña Josefa Monasterios, parienta de mercaderes y de buena posición social.18  Cárdenas era un gachupín, cajero en una tienda del comercio de San Luis, de 27 años, buen mozo según su propia declaración, y al parecer sin inhibiciones algunas respecto a detallar sus aventuras sexuales. En su defensa recuerda el diálogo de sus conversaciones con Doña Josefa con gran precisión.  Doña Josefa no fue careada y no hay corroboración o negación del testimonio de Juan.  Fuera o no el incidente tal y como se narró, el interés nace de una recreación de circunstancias que pueden haber reflejado lo que actualmente pasó entre hombre y mujer durante las cortas e intempestivas relaciones que mediaron entre las parejas que se presentan a reclamar débitos morales basados en relaciones sexuales.

Juan conoció a Josefa de modo accidental al tropezar con una piedra frente a su casa y comenzar a intercambiar palabras, que fueron seguidas dos días después por una petición de parte de él de poderse encontrar en un lugar más privado.  Se hicieron cita para la noche. Josefa le permitió la entrada a su casa, acompañada de unas criadas pero "temblando de miedo."  Imperturbable, Juan entró "y haviendose quitado el capote se sentó sobre él, tendiendolo en el suelo; se sentó en compañía de la dicha María Josefa" y su acompañante. Inmediatamente comienza el intercambio físico, "haviendo comenzado el dicho Don juan a tener tocamientos de manos [y] ósculos, correspondiendoles en los mismos la dicha Doña Josefa."  Esta le acusa de ser falsas sus demostraciones, ya que "los gachupines no querrán pobres, sino mujeres con mucho dote y buenas mozas.."  A esta incitación verbal y étnica, sale en defensa Don Juan halagando su vanidad de mujer respondiendo "que no se persuadiera a tal cosa porque ella era buena moza y de buena sangre y que no solo los gachupines, sino el mismo rey si pasaba destas partes la merecía."

Habiendo instado a las compañeras a que se marchasen y los dejaran solos, las dos chaperonas se negaron.  Prosiguió Don Juan su conquista en compañía, comenzando "a abrazarse y besarse y darse lenguas uno a otro y forcejeando con ella [Josefa] el dicho Don Juan haciendo diligencias si podrá copular con ella; por diligencias que hizo no pudo porque la niña no dava lugar en el modo que dicho Don Juan pretendía y estar las dichas Ignacia y Marcela palpando a las niña para ver el modo de como estavan por estar el dicho Don Juan y la dicha Doña Josefa medio recostados, arrimados a la pared y abrasados."  Viendo que no podía conseguir lo que pretendía volvió a instar a la compañía que se fuera, pero al negarse, preguntó Don Juan a una de las criadas "que le va en eso y le respondió la dicha Ignacia si me vá por que es niña y doncella y cualquier cosa que le suceda lo pagaré yo que me echaran de la casa, y viendo el dicho que empezaron todos a reirse por haverse levantado la dicha Ignacia a orinar en el dicho aposento y viendo el escándalo que se seguía de  ... las risas, cogió su capote, la abrazó, la besó y aún forcejeando por ver si podía conseguir su deseo le levantó las naguas y por estar parados y para conseguir su deseo y parecerle más conveniente ... por estar todos parados y a oscuras y viendo que se resistía la dicha Doña Josefa diciendoles que estaban allí aquellas criadas, entonces se despidió..."

La forma directa de la narrativa (cierta o no en sus detalles) revela que la falta de privacidad no inhibió sexualmente al pretendiente, que tenía una sola idea fija en su cabeza y careciendo de todo escrúpulo ante la falta de soledad, confiaba en que la oscuridad cubriera sus acciones.  Las chaperonas muestran gran flexibilidad en su conducta, ejemplos de alcahuetas que dan cierta rienda a sus protegidas para que disfruten de un encuentro, con tal de que no lleguen a perder lo más privado, que sería lo más público tras la pérdida.  Después de varios días vuelve a encontrarse la pareja a instancias de Doña Josefa, quien al parecer aunque carente de experiencia no estaba escasa de deseos de relaciones íntimas.  Cuando se encuentran de nuevo Juan y Josefa en la tienda del primero, le explica la causa de ciertas ambiguas respuestas que había dado a sus recados y explica como se arriesgaba al tenerla en su tienda por haberlo amenazado su "amo" o patrón de que no recibiera mujeres.  Comienza entonces a llorar Doña Josefa, arrepentida de haberle causado tantos contratiempos a Don Juan.  "Lastimado de verla llorar comenzó a halagarla y a hacerle caricias y besándola y abrazándola le dijo: ven acá mi alma no te apesadumbres y por eso que aquí estoy para servirte y diciéndole estas razones se pararon los dos diciéndole el dicho Don Juan: ven acá acuéstate aquí en la cama; a que ella respondió: no me acuesto, ¿para qué quiere usted que acueste? Respondió el dicho D. Juan: para que estés más descansada y viendo que no quiso acostarse le fue levantando las faldas parados los dos, arrimándola a la cama y allí versando uno con otro llego a ponerle entre sus piernas las partes verendas y llegandole con ellas a la superficie del vaso próximo sin penetrarle; por los movimientos de uno y otro teniendo polución extra vas y haviéndolo consumado esta polución se sosegó el dicho Don Juan y se fue despidiendo la niña abrazándose y besándose uno y otros..."

Varios días después "descuidado ya de sus amores" según su propia cínica confesión, regresan la criada y Doña Josefa y vuelve de nuevo Doña Josefa a visitar a Don Juan, quien repitió la escena con besos y abrazos " y a decirse algunas ternuras como mi alma, mi vida, que te quiero, que te estimo, diciéndole el dicho Don Juan: es cierto mi alma que si como yo te quiero tu me quisieras acabaramos de cumplir nuestro deseo y gozarnos, a que respondió ella diciendo: antes si Usted es el que no me quiere a mi, yo si quiero a Ud ... y entonces el dicho Don Juan la fue parando y llevándola hacia la cama por ver si podría acostarla y no pudiendo le levanto las faldas y parados los dos el dicho Don Juan llegó a la parte cum membro y forcejeando por copular, ya dudoso si penetra y si no penetra, estando en esto la niña se metió las faldas de la camisa entre las piernas y entonces dicho Don Juan se las quitó y volviendo a forcejear de la misma manera que antes de lo cual le resultó polución estando en dicha contienda y haviéndose sosegado con esto advirtió haberse lastimado el membrum y hallarse en su camisa sangre que dijo tenia y hallo despues de una hora con abundancia en dicha camisa y calzones habiendo precedido antes el decirle el dicho Don Juan que por que no se quería dejar gozar, respondió la dicha que por que era mucho dolor el de una doncella, a que le dijo: pues ya sabe Usted que es mucho dolor el de una doncella? y respondiendo ella: no lo sé pero se deja entender y con esto se despidió besándose y abarazandose entrambos sin referir al dicho si llevaba sangre o no, si iba dolorida o perdida o no perdida..."  Dieciséis días después le visitó un bachiller, teniente de cura y lo acusó de haber perdido a Doña Josefa, que parecía estar embarazada. Don Juan negó haberle dado palabra de casamiento, y se enfrascó en un juicio por el pago de 1,000 pesos de dote para Doña Josefa.

Esta detallada narración tuvo por objeto de demostrar que Don Juan no fue culpable de estupro y que no estuvo seguro si perdió o no Doña Josefa su virginidad, y exculparse de la acusación.  Al contrario, para el lector, revela la premeditación de su intención, que fue conseguir relaciones sexuales, aprovechándose del obvio deseo de Doña Josefa. Llama la atención el uso de algunas frases de ternor que se esperan como parte de un cortejo de brevísima duración y que son las pocas que se encuentran también en cartas contemporáneas.  La mujer se presenta como consciente de su deseo pero temerosa de sus consecuencias. Esta minuciosa descripción de un acoso sexual no es común, pero revela que la intimidad se podía exponer en todos sus detalles y carnalidades a pesar de las hipocresías sociales. También sugiere este caso, como otros consultados, que las citas amorosas eran cortas en elegancias y que las parejas se embarcaban en relaciones íntimas sin muchos preámbulos.

Otro diálogo testimonial revela la sexualidad femenina y el mutuo tender de redes para lograr una relación íntima cuyas consecuencias muchos hombres no supieron o no quisieron prever.  Don Juan Rincón, vecino de Guaniqueo se vio envuelto en un juicio por palabra de casamiento con Luisa Lazcano de Tarimbaro, yendo a parar a la cárcel en Valladolid. 19  De visita en casa de Luisa, entró en conversación con la misma, que zalameramente le preguntó por que no se casaba. Juan respondió que aún no había llegado "la hora de Dios" aunque había pedido a muchas mujeres, y comentó que no había quien lo quisiere y que solamente hurtando a una mujer podría casarse, y que esta sería Luisa. Alegaba Juan que había hecho ese comentario con la esperanza de que Luisa lo dejara hablar con otras personas.  Entendiendo la burla, Luisa le preguntó su razón para burlarse, lo cual Juan negó.  Toma entonces la iniciativa Luisa, "diciéndole que en siendo nochecito le esperaze en un mesquite que está frontero de su casa."  Juan fue a la cita, y habiendo esperado un rato y casi a tiempo de volverse, "llegó la susodicha y le dijo que se apease [del caballo] y que la tapase por que no la viesen que venía blanqueando porque había salido en cuerpo en pechos de camisa.  Haviéndose apeado el declarante la tapó con su capa y empezaron a platicar diciéndole la susodicha que la querría sacar y tirar por allá y que le respondió que no era su intención esa; y que le dijo:  Usted lo vea bien que soy pobre, a que le respondió que ya lo tenía visto, que tambien era pobre. Y que llegando al acto se le resisitía la susodicha, por que le dijo el declarante, por que se resistía y a que había salido, y entonces le dijo que era doncella y que temía el pasar trabajos por el declarante, dando entender que era doncella. Y que hallando el declarante no serlo le dijo que como decía era doncella, no siéndolo, a que respondió que si era, que como quería negarlo el declarante que le había quitado su virginidad, a lo que respondio que no lo quisiere hacer simple, que quien era él que había hecho aquel daño, a que le volvió a replicar el declarante que no había tal porque no la había hallado doncella, y con esto se fue a su casa y el declarante a la suya..."

La cita, de clara intención sexual, termina con una riña sobre la virginidad.   Nótese que al aparecer Luisa en ropas menores en la noche, asumía el hombre que había venido para algo que, efectivamente, tuvo lugar. Amenazado por su hermana de que le pondría reclamo, Juan habló con Luisa, quien le aseguró "que no hiciese caso de su hermana, que era una loca; que ella no demandaba nada; que a Dios se lo dejara, pues lo había hecho por su gusto." Después parece haber cambiado de opinión, y comienza un litigio contra Juan, reclamando que Juan le había dado dos anillos y palabra de casamiento.  Pudo haber verdad en ambas declaraciones, ya que el motivo de este juicio fue el deseo expresado por Juan de casar con la hermana de Luisa.  Las autoridades eclesiásticas no hubieran aprobado esta unión, debido al "incesto" con una hermana, pero este punto no se dirimió durante el juicio. Despecho y miedo al entrampamiento se traslucen en este caso.  La mención del acto sexual es casi casual, mientras que la discusión sobre la virginidad toma lugar central, siendo el único fundamento legal sobre el cual podía la mujer pedir y obtener recompensa.  En ambos casos, es crucial notar que el testimonio fue presentado en paráfrasis de diálogo, con la memoria de la comunicación oral entre los actores vertida en la documentación en forma tal que la mediación del escribano y el abogado casi desaparece.  El recuerdo de lo que sucedió era muy importante para tanto para Juan de Cárdenas como para Juan Rincón, que pretendían demostrar que no existía compromiso de su parte para con sus respectivas acusadoras. Esta forma de transcribir el recuerdo y el testimonio nos acerca al sujeto histórico de un modo más efectivo que en las transcripciones más corrientes, que siguen una forma narrativa guiada por el escribano o el abogado. Estos dos casos son excepcionales en ese sentido.

 

 

LAS CARTAS DE AMOR

 

Partiendo de la premisa de que la escritura no fue patrimonio de la gente de pueblo, pedir a las fuentes históricas testimonio de sentimiento amoroso es poner a prueba nuestra suerte en encontrar algo que resulta casi tan precioso como una perla negra. Sin embargo, entre tanto papel archivado y tanto husmear de la autoridad eclesiástica en la vida íntima colonial, se han encontrado buenas muestras, si no muchas, del género epistolar amoroso. Las cartas fueron incluidas en procesos judiciales contra maridos o mujeres adúlteras, o por padres ofendidos, como testimonio irrefutable de la relación.  Las epístolas nos llevan más allá de la lectura de gestos y acciones simbólicas al hablar directamente por el sujeto histórico.  En la escritura amorosa hay que tomar en cuenta que si quien escribe es persona educada, la misma se viste de las convenciones de expresión aprendidas a través de lecturas.  Este formulario amoroso es interesante en sí como muestra del arte de expresión sentimental de su tiempo.

Además de la casi siempre pésima ortografía, las cartas existentes son casi todas de hombres a sus damas, expresando completo absorbimiento en la persona de la amada. Si bien las expresiones suenan a clichés se observan algunas formas populares de cariño, como llamar a la amada "madrecita," "dueño," o "negrita," o firmarse "tu negro", curioso uso de estos apelativos que han sobrevivido en el hablar mexicano.  En 1810 Doña María Josefa Lira acusó a su marido Manuel Cervantes de "comunicación adulterina" con María Gertrudis Hernández, mejor conocida como "La Guatalata."20  A modo de testimonio ofreció Doña María cartas que quitaban a la relación "el velo de la honestidad," pero que la señora no dudó en descorrer para exponer a su marido y lograr sus fines.  Las cartas intercambiadas entre María y Manuel eran sólo parte del testimonio.  Todos los testigos llamados a dar parte sobre el caso aseguraron que la relación era pública en el vecindario y que había durado tres años. El hijo mayor de Cervantes, quien se infiere no era un muchacho, se queja del "extremo apasionado" en que vive su padre con desprecio de sus hijos y su mujer, situación que ya hemos visto anteriormente. La esposa legítima pedía se le quitara la tienda que administraba su marido y se le diera a sus dos hijos, petición que demuestra que su objetivo era salvaguardar la posición económica de la familia, ya que se rumoraba que Cervantes estaba sacando hacienda de la tienda para proveer a su amante que había "aumentado sus cortos intereses y se trata con mucha decencia," en palabras de un testigo.

Y bien, este hombre en su pasión de estío avanzado escribe a su "Guatalata," María  Gertrudis:

Mi muy estimada madrecita de todo mi aprecio: Recibí la que me escribiste el domingo, aunque no con mucho gusto de ver las cosas que me dices no mereciéndolas... Y de lo que me dices que me volverás lo que te he dado, yo no te he dado casi nada. Si yo algún día llegara a tener algo ninguna persona fuera dueño de ellos más de tu y no es otro mi anhelo, pues ya sabes que estoy entre enemigos, pues no hallo a quien volver mis ojos. Me considero como la pluma en el aire. Y así Dios me a de sacar de hache." "Dios Nuestro Señor guarde tu vida m. a tu negro que te ama y ver desea a quien tu sabes."

 

Un poema dirigido a la misma expresa:

"Hermoso imposible mío

 Pensarás que no te adoro

 Pero te tengo en el alma

Y así guárdame decoro."

 

Para un tendero, no está mal como ejemplo de un esfuerzo por elevarse sobre lo común en la confesión de amor.  Nótese la frase "guárdame el decoro," que puede entenderse como guardar la fidelidad y comportarse honorablemente.  Por el contrario, la respuesta de La Guatalata, escrito en mano aceptable se refiere a "un mal de la barriga," le urge a que guarde silencio y deja una misteriosa amenaza de que ha de pedirle al cura "que los mortifique a sus hijos de Ud y por mi casa andan echandome chifletes y yo le he dar una puñalada. Y N. Dios Guarde, ... su servidora Maria Hernandez."  A pesar de la velada amenaza La Guatalata fue entrada en un depósito y eventualmente se le ordenó mudarse de residencia "para que no vuelva a perturbar la paz del matrimonio de Don Manuel Cervantes."  El referido, olvidando quizás su pasión y obedeciendo las reglas eclesiásticas y sociales, retornó a su esposa.

Bartolomé de Acosta, preso en Ecatepec por haber robado a una mujer, escribe a finales del siglo XVIII desde su cautiverio:21

 

En la cárcel del olvido

me tiene preso una damani ella espero ni me mueraen la cárcel poco amigo

Con esa no digo más,

pues me retrato contigo

seguiré yo vuestros pasos

asta que me vea contigo

 

Como está no digamos

de este corazón herido

que está esperando la muerte

pues te lo envío partido

Alla va mi corazón

partido en cuatro pedazos

pero va con condición

que ha de morir en tus brazos

 

Corazones partidos y muertes en brazos de la amante presumen cierta educación y un vocabulario de carácter romántico que sorprende pero que sugiere que en las provincias de Nueva España hubo quien sabía rimar amores a tono con la cultura popular.

Dos cartas amorosas sirvieron a Marcos de la Mora, padre de Gertrudis de la Mora y vecino de Michoacán, para atestiguar una ambigua relación entre su hija y el franciscano fray Juan Salazar del convento de Querétaro.22 Caso complejísimo que fue elevado al virrey Félix Berenguer Marquina, la acusación de rapto de su hija hecha por el padre, fue negada oficialmente por el fraile, quien alegó tratar de proteger a Gertrudis de su propio padre. Según el fraile, Marcos de la Mora empujaba a su hija hacia una relación fuera de matrimonio con otro sujeto. Sin embargo, las cartas contenidas en este juicio parecen desmentir la defensa del fraile y atestiguar si no una relación amorosa del mismo con la joven, a quien en dos ocasiones llevó consigo y trató de ocultar en varios lugares, al menos un estado de enamoramiento quizás no consumado.  La declaración de Gertrudis, firmada por su puño, negaba toda acusación de relaciones entre ambos, y declaraba "ser de estado virgen, de diez y nueve años de edad." La reiteración pública de virginidad (cierta o no) obedecía a la necesidad de refutar la acusación de su propio padre de que había estado en relaciones con el fraile.

Fray Juan de Salazar se muestra escritor de algún talento, con facilidad para expresar su admiración por Gertrudis y para envolverla en la red de su voluntad, a la que la muchacha parece haberse sometido completamente.

"Dueño mío mui querido: Reciví tu papelito con el gusto que ya tu puedes conciderar. No puedo negar bien mío que tu sola eres la muger más formal, y fina que e conocido, y que me as dado gusto en quanto he querido.  No tengo que decirte más que eres mi único amor, que siempre te tendré en mi alma colocada, que soi y seré tullo, y que si no fuese a tí sola, a ninguna otra miraran mis ojos con atención.  Si tu eres fina, ya verás si yo lo soy. Aunque tu ballas con tus padres, y yo me valla de aquí, no por eso se a de acabar mi amor. Veremos como se ponen las cosas pues si tu no me olvidas, yo solo muerto te dejaré. Ay dulce dueño, no sabes tu bien lo mucho que te amo.

Para que entres a las Rosas [escuela para niñas] no tienes que hacer diligencia, pues yo te aprontaré el dinero de los gastos. Lo que quiero es que tengas gusto y ningún diablo te incomode. Tu no dejes de avisarme de todo lo que pase. Adios, vello cielo."

Fray Diego había prometido ayudar a Gertrudis a entrar en el Colegio de las Rosas para librarla del hostigamiento de su familia. En otra carta se expresa como sigue:

"Querido triste dueño: Recibí tu papelito. Mucho consuelo he tenido con lo que me dices. Permita el cielo que ese empeño venza quantos imposibles se atraviesen. Tu no dejes de estar suplicando. Vallas a donde fueres ve sin cuidado. El caso es no ir con tus tatas aunque sea como dices de criada en las monjas, no te de pesar pues ya te tengo dicho que no te he de desamparar. Tus trabajos duraran mientras yo salgo, pues he de buscar quantos arbitrios me sean posible para que tu seas servida, y tú a ninguno sirvas viviendo yo. Bien sabes lo mucho que te quiero, y que todo mi cuidado eres tú sola. Si soy fino en quererte ya lo has visto. No creas que en mi amor aiga mudanza. Tu sola dulce prenda, eres y serás siempre el dueño único de mi corazón.

Escríveme qualquier novedad que tengas, y si tanta es nuestra desgracia, que no valgan empeños, y que te entreguen, onde quiera que estés me avisas. Le escrives a Manuel que él, si yo no estoy aquí me dará luego noticia. No me asusté de tu enfermedad; antes hube mucho gusto y ahora he tenido pena de ver que fue mentira. Yo sigo malo de los ojos aunque me incomoden no es cosa de mayor cuidado, y ciertamente no mirándote a tí para nada quiero ojos, Si vello cielo. Solo para verte a tí los quiero. Ojalá, y pronto te vean, Adios madre. No te olvides de quien tanto te ama y siempre será tullo."

Frente a estas irrefutables palabras de pretendido o real amor la negación de interés alguno en Gertrudis se evapora. fray Salazar, acusado por un testigo de haber tenido relaciones con varias mujeres, se muestra buen maestro en el arte de crear un ambiente de intimidad y emoción en su esquela.  La respuesta de Gertrudis, escrita en mala letra y sin puntuaciones, revela una confianza extraordinaria en su "padrecito" y odio hacia "un maldito viejo" no identificado, pero carece de las educadas expresiones de su enamorado. Pocas mujeres hubieran sabido usar el arte de expresar amor, carente como fueron de lecturas en las que aprender a escribir literariamente.

"Querido padrecito: Yo estoy mui mala de una pierna aunque me quiera llevar mi señor padre afuera no es posible ni a Río Verde voy más que me maten y a D. Mariana vá a desempeñarnos que sea de criada me entre en las monjas y yo quiero más que sea de criada como no buelba a Río Verde a ver aquel maldito viejo. Padrecito encomiéndame a Dios no me desampare en lástima de mi que después de Dios no tengo otro amparo no tengo con que pagarte lo que has hecho po mí. Dios te lo pagará y yo siempre te agradeceré y te daré gusto en vivir en el convento como quieres padrecito estoy muy mala. Adios tu hermanita que ver desea."

El único signo de confianza es el tuteo familiar y el diminutivo en la apelación "padrecito."  Es difícil inferir una intimidad sexual, y más bien se apunta una dependencia emocional entre una joven mujer rebelde en busca de apoyo moral y el fraile, aún jugando el ambiguo papel de padre.  Si hubo alguna relación física entre ambos, queda oculta entre los floreos de la escritura amorosa del hombre y la contrita sumisión de la mujer.

El caso de fray Diego fue bien común. Bien conocida es la situación de los clérigos envueltos en aventuras amatorias poco propias de su estado, que dieron pábulo a historiadores anticlericales a solazarse en la crítica de la fibra moral de la iglesia.23  Revelados algunos aspectos íntimos de estas situaciones se nos presentan los frailes o clérigos simplemente como hombres, sujetos a las mismas pasiones y flaquezas de la carne que los demás de su sexo, y desnudos de autoridad moral o espiritual.  Doña Juana Hurtado de Mendoza, autoconfesó un "adulterio" con fray Nicolás Macías, relación de la cual trataba desesperadamente de salir en 1686.24  Pero fray Nicolás persistía en actuar como cualquier amante deseperanzado. "Llevado de celos" según confesión de doña Juana, "por haber visto entrar en mi casa un hombre soltero" siembra cizaña con el marido, atenta maltratar de obra con ella y envía "recados indecentes" con su criada.  Doña Juan pide al obispo de Michoacán, Juan Ortega y Montañés, tome acción para sacar al clérigo de la villa de modo que pueda ella retornar a disfrutar de buenas relaciones con su marido, enmendar su yerros y recobrar su honra. Las autoridades franciscanas deseando guardar sigilo piden se mantenga el caso en secreto y prometen tomar acción contra el apasionado fraile.

El tono de la carta de fray Diego de Salazar es elevado si se compara con la divertida y picaresca esquela de un amante cuyo recuerdo de la amada se concentra en el placer sexual del que ya ha disfrutado. La antinomia de la carta cortés es la carta soez, de la cual es muestra la que sigue, así como un retrato íntimo de un amante que no teme revelar a su dama la naturaleza física de su atracción.

"Luzero bellisimo de mis ojos: Oy, mi bien, me amaneciste para desterrar de este oprimido corazón las funestas sombras q[ue] en un abismo de confusión me tenían sepultado. Quien hubiera sido poderoso para hacerte tantos amores quantas las ansias sumas de mi corazón anhelaban. Quien huviera podito darte unas jodiditas, ¡Ay, ay! unas afondaditas. ¡Ay dulce dueño! unas fornicaditas, unas chingaditas, echándome ensima toda la barriguita y dado el empeinito, que levantando tu mi culito, se uniera tanto mi papito con su carajito, que ni un pelo pudiera cabe entre uno y otro.

Esto, mi bien, es más para executado que pensado, porq[ue] solo pensarlo causa terribles ansias sin alivio.  Solo lo que me detenido en escribirte, todo derretido tarde en ir el mozo, Ad[io]s mi bien."25

La búsqueda de la intimidad en la historia nos puede llevar a la mejor comprensión del sistema de valores imperantes en cierto período, superando los preceptos normativos que nos ofrecen las nociones pedagógicas de los tratados teológicos o educacionales. No es lo mismo leer un confesionario, que tomarle el pulso a la realidad viva reflejada en los testimonios legales.  Ambos tipos de fuente se complementan en cuanto al confesionario nos da la norma de la iglesia y la percepción teológica del pecado, mientras que estos juicios por transgresiones llevadas a cabo, nos dan la certeza de como se transgredía el canon, por que razones, y a través de que medios.  Los comentarios y la paráfrasis de las conversaciones que se transparentan en las declaraciones nos llevan directamente a la fuente emocional de quienes quizás no hubieran podido articular las experiencias de su vida interior si no hubieran actuado en contra de los cánones sociales y religiosos. 

La obsesión con la conducta sexual en el período colonial debe contarse entre los rasgos más significativos de ese período.  Tras el choque de la conquista y la transición a un sistema normativo europeo, el legado represivo y normativo de Trento tiene especial interés en el mundo social americano, donde desde el siglo XVI se comenzó a desarrollar una sociedad muy diferente a la europea, y cuyas conductas sexuales se resisten a asimilar los cánones morales dictados en Roma y en Madrid.  Las formas de resistencia y acomodo se han trazado de manera muy general, pero merecen que se profundice en su estudio,  para poderse comparar con las españolas y analizar hasta que punto la vivencia americana transformó la visión de la vida personal, hasta que punto se incorporan elementos indígenas, y si lo que prevalece desde el siglo XVII en adelante es una nueva forma de comprender las relaciones personales, o un constante acercamiento hacia el patrón europeo.

El concepto del honor, por ejemplo, parece enraizado en Nueva España en la elite social, pero también se encuentra en las peticiones de hombres y mujeres de casta e indígenas.  Rodeados de altas tasas de ilegitimidad, pero también de numerosas vías de rectificación y asimilación a la ortodoxia de los cánones, hombres y mujeres de todas las clases étnicas y sociales, tuvieron que aprender y re-aprender a través del tiempo, cuales eran las formas aceptables de comportamiento.  La política de iglesia y estado respecto a la normativa social también cambiaron. El diálogo entre estado, iglesia, e individuo se encuentra en los testimonios de la vida diaria, de los cuales aquí se ha explorado solo una pequeña muestra. Pero en ellas encontramos señales de valores universales sobre el comportamiento social y sexual colonial: la constante preocupación por la virginidad y el honor familiar y personal; la tensión entre el pecar, el aparentar, y el confesar, que se basa en el mensaje de la religión y la conducta de los eclesiásticos; la importancia de la opinión ajena, "la voz pública," en la formación de opiniones sobre la conducta personal. También se encuentran esos atisbos del pasado sin los cuales la historia sería muy árida: el intercambio emotivo, sea carnal o espiritual, que sostiene y enriquece nuestra vida.  Todos los cuales nos invitan a seguir adentrándonos en este ámbito tan promisorio.  

  NOTAS


1. Los numerosos trabajos producidos por el Seminario de Mentalidades en México son ejemplo de estos nuevos rumbos. Véase, a modo de ejemplo, y sin agotar la producción, Familia y sexualidad en Nueva España (México: Fondo de Cultura Económica, 1982); Solange Alberro, Inquisiton et societé au Mexique, 1571-1700 (México: Centre d’Etudes Mexicaines at Centraméricaines, 1988); Simposio de Historia de las Mentalidades (Mexico: UNAM, 1983); Sergio Ortega. ed., De la santidad a la perversión (Mexico: Editorial Grijalbo, 1985); Carmen Castañeda, Violación, estupro y sexualidad: Nueva Galicia, 1790- 1821 (Guadalajara: Editorial Hexágono, 1989); María Agueda Méndez, Ilusas y alumbradas ¿Discurso místico o erótico? Caravelle 52 (1989): 5-15; Edelmira Ramírez, coord. María Rita Vargas, María Lucía Celis: Beatas embaucadoras de la colonia (Mexico: UNAM, 1988); Asunción Lavrin, ed. Sexuality and Marriage in Colonial Latin America (Lincoln: University of Nebraska tlinePress, 1989); Pierre Ragon, Les Indiens de la Decouverte: Evangelisation, mariage et sexualité (Paris: Editions L’Harttman, 1992) y Les Amours Indiens ou l’Imaginaire du Conquistador (Paris: Armand Colin, 1992); El placer de pecar y el afán de normar Seminario de Historia de las Mentalidades (Mexico: Editorial Joaquín Mortiz, S.A. y otros, 1988). 

2. Sociedad Genealógica de Utah, Archivo Histórico del antiguo Obispado de Michoacan, Sección 5, Legajo 770, rollo 763238 (1721). De aquí en adelante, SGU AHAOM. Esta fuente consiste en los documentos microfilmados y depositados en Salt Lake City. Han sido clasificado en secciones, legajos y el número final se refiere al rollo de película. No existe otro tipo de guía, y los casos contenidos en cada legajo no están numerados, pero no son difíciles de localizar. 

3. SGU AHAOM, Sección 2, Legajo 35, Rollo 704998, Celaya, 1664. 

4. Ann Twinam, "Honor, Sexuality, and Illegitimacy in Colonial Spanish america," en Asunción Lavrin, ed. Sexuality, 118-155; Susan Socolow, "Acceptable Partners: Marriage Choice in Colonial Argentina, 1778-1810," en Lavrin, Sexuality, 209-252; Carmen Castañeda, Violación y estupro, passim.

5. SGU, AHAOM, Sección 5, Legajo 770, Rollo 763238, (1721). El temor masculino a acusaciones de falsa paternidad se refleja en las leyes aún vigentes en el siglo XX en Hispanoamérica, donde los Códigos Civiles prohibían la investigación de la paternidad. 

6. AGU, AHAOM, Sección 1, Legajo 20, Rollo 778785, (1701). 

7. SGU, AHAOM, Sección 5, Legajo 254, Rollo 753975, (1756). 

8. SGU, AHAOM, Sección 2, Legajo 101, Rollo 755456, (1698) Este proceso continuó en años posteriores a los aquí mencionados. 

9. Ver, Thomas Calvo, "The Warmth of the Hearth: Seventeenth-Century Guadalajara Families," en Lavrin, Sexuality, 287-312. Calvo ofrece detalles sobre el nacimiento de niños fuera de matrimonio en Guadalajara durante el siglo XVII.  Ver también, Cecilia Rabell, "Matrimonio y raza en una parroquia rural: San Luis de la Paz, Guanajuato, 1715-1810," Historia Mexicana 42:1 (Julio-Septiembre 1992): 3-44, para nuevos datos sobre la ilegitimidad.

11. Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, Archivo de la Real Audiencia, 113-5, 1214 (1782).

12. Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, Archivo de la Real Audiencia, Criminales, (1779). Este caso se detalla más abajo. En un pasaje se describe a José Santos, el acusado por incesto con madre e hija "teniendo manoseos con Juliana delante de Rosenda, peinandolo, y labandolo, y aún retozando..."

13. AGN, Bienes Nacionales, Legajo 292, Expediente 11 (1790).

14. Véase el caso contra Ignacio Ramírez, mulato libre, por conocimiento carnal con madre e hija. AGN, Bienes nacionales, Vol. 1056, exp. 1 (1777).

15. SGU, AHAOM, Sección 1, Legajo 18, Rollo 778780 (1686).

16. El abuso físico, llamado "la mala vida" fue una de las causas más comunes de disensión matrimonial. Véase, Richard Boyer, "Women, La Mala Vida, and the Politics of Marriage," en Lavrin, Sexualidad, 252-286. Véase otro ejemplos en SGU, AHAOM, Sección 2, Legajo 88, Rollo 757264 (1697) Doña Juana de Herrera de la Villa de San Felipe contra Don Francisco de Sotomayor, su marido, quien la apaleó tras una riña y la mandó desnudar instándole a que saliera de la casa en esas condición.

17. AGU, AHAOM, Sección 5, Legajo 770, Rollo 763238 (1715); Legajo 174, Rollo 768731 (1744). Golpes con una escopeta habiéndole hecho pedazos la cara, fueron reportados por un indio testigo del maltrato infligido por Nicolás Ortiz a su esposa Antonia de la Cruz, de Copandaro, Valladolid. Ver, SGU, AHAOM, Sección 1, Legajo 18, Rollo 778780 (1687).

18. UGS, AHAOM,  Sección 5, Legajo 770, Rollo 763238 (1723).

19. SGU, AHAOM, Sección 5, Legajo 772, Rollo 763247 (1704).

20. AGN, Criminales, Vol. 215, fol. 109-39v. (1804).

21. AGN, Criminales, Vol. 8, exp. 10, fols. 138-48.

22. GSU, AHAOM, Sección 11, Legajo 1, Rollo 793803 (1780).

23. Ver, por ejemplo, María Agueda Méndez y otros, eds. Catálogos de textos marginados novohipanos. Inquisición: siglos XVIII y XIX (Mexico: Archivo General de la Nación: El Colegio de Mexico, 1992), 96, 98 103, 104 para ejemplos de amores "desordenados" entre  frailes y mujeres seculares. El ramo Inquisición del Arhcivo General de la Nación conserva numerosos casos de religiosos "solicitantes."

24. SGU, AHAOM, Sección 1, Legajo 18, Rollo 77870, León, Autos Secretos (1686).

25. Texto publicado en Boletín Editorial de El Colegio de Mexico 44 (Julio-Agosto 1992): 14,

y sacado de AGN, Inquisición, Vol. 928, exp. 1, fol 38 r. Censura de algunas cartas amorosas de José Joaquín de Jesús María Martínez (1782).

ASUNCION LAVRIN      1993

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Publicado como: "Intimidades" in Alain Musset and Thomas Calvo, eds. Des Indes Occidentales a L’Amerique Latine 2 Vols. (Paris: CEMCA/Ens Editions/IHEAL, 1997), Vol. 1, 195-218.

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Imagen de portada: Pablo Picaso, "Nu couche avec Picasso assis a ses pieds," 1902-1903. Copyright Succession Picasso 2001




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Los hombres de Díos. Aproximación a un estudio de la masculinidad en Nueva España

MUJERES, FEMINISMO Y CAMBIO SOCIAL, en Argentina, Chile y Uruguay 1890-1940

"De su puño y letra: epístolas conventuales", en M. Ramos Medina (coord.), El monacato femenino en el Imperio español. Memoria del III Congreso Internacional sobre monjas, beaterios, recogimientos y colegios. Centro de Estudios de Historia de México Condumex. México, 1995. Documento PDF

 "Espiritualidad en el claustro novohispano del siglo XVIII". América colonial American Review, 1466-1802, Vol. 4, Nº  2, 1995, págs 155-180. Documento PDF

"Creating bonds respecting differences among feminists" , Latino(a) Research Review,5:`1 (Spring 2002), 37-50. Documento PDF 

"Spanish American Women, 1790-1850: The Challenge or Remenbering",Hispanic Research Journal: Iberian and Latin American Studies, Vol. 7, Nº 1, 2006 , págs. 71-84 (ISSN  1468-2737).  Documento PDF

"Cambiando actitudes sobre el rol de la mujer: experiencia de los países del Cono Sur a principios de siglo" en European Review of Latin American and Caribbean Studies 62, june 1997, págs. 71-92. Documento PDF



LA HISTORIA FEMINISTA DEL GÉNERO Y LA CUESTIÓN DEL SUJETO

LA HISTORIA FEMINISTA DEL GÉNERO Y LA CUESTIÓN DEL SUJETO

Lola G. Luna
Universidad de Barcelona

 

Capítulo 1 del libro El sujeto sufragista, feminismo y feminidad en Colombia, 1930-1957 , Ed. La Manzana de la Discordia, Centro de Estudios de Género, Universidad del valle, Cali, 2004

 

1. La historia feminista del género y el postestructuralismo[1]

 En la investigación feminista se están adoptando posturas eclécticas para no renunciar a los beneficios que la modernidad ha traído a las mujeres (visibilización como sujeto y cierta igualdad legal) y las posibilidades que ofrece la postmodernidad, o más concretamente las teorías postestructuralistas, para la interpretación del género, su deconstrucción, reconstrucción o resignificación. La historiadora Michelle Barret, en esa línea, señala que el feminismo "desestabiliza la división binaria modernismo/postmodernismo".[2]

Entre las nuevas aportaciones de otras disciplinas a la historiografía actual está el estudio de los significados codificados en el lenguaje de los discursos. Esta orientación metodológica, llamada "giro lingüístico",[3] hay que situarla en la crisis de la modernidad y sus instrumentos metodológicos.  Tiene la importancia de proporcionar una mirada distinta a los hechos históricos, que rompe la división dicotómica estructural, el determinismo económico y las separaciones que la historia mantenía con la lingüística y la crítica literaria.

Dentro de la amplitud que abarca el giro lingüístico, quiero recordar la definición que Hayden White hace de la historia como "estructura discursiva simbólica" en dónde se combina forma y contenido, de tal manera "que dice más de lo que dice".[4] Esta es la razón por la que teóricas feministas coinciden en algunas de las herramientas metodológicas que ofrece esta orientación lingüística, pues ayudan a interpretar con mayor profundidad los procesos de construcción y producción en torno al sujeto del feminismo y el género, al poner el énfasis en el discurso y en la significación. Kathleen Canning recuerda, que entre los antecedentes del giro lingüístico, están las primeras historiadoras feministas, que hicieron la crítica a la historia excluyente de las mujeres, rechazaron el esencialismo biológico como explicación de la desigualdad entre los sexos, y descubrieron el poder de los discursos en la construcción social de la diferencia sexual, es decir, el género. Tampoco hay que olvidar, que la descentralización del sujeto masculino y posteriormente la crítica al sujeto unitario "la mujer", han sido logros de la historia de las mujeres coincidentes con el postestructuralismo. Por tanto, era lógico que la investigación del género encontrara en el giro lingüístico una orientación interesante para ser desentrañado como una construcción discursiva y de poder.[5]

 

1.1. La historia discursiva y el feminismo

Miguel Ángel Cabrera ha precisado y recogido los nombres que se están asignando al giro lingüístico en historia: "historia postsocial", "nueva historia" o "historia discursiva", matizando que esta tendencia historiográfica se encuentra en un estadio de desarrollo y que su uso encontrará el término adecuado.[6] Todas estas denominaciones agrupan una serie de investigaciones e interpretaciones teóricas de historiadores e historiadoras anglosajones de las últimas décadas siendo una de ellas la historiadora feminista norteamericana Joan W. Scott, bien conocida y ampliamente citada por Cabrera. Este historiador canario ha llevado a cabo un estudio historiográfico muy afortunado en el que el género encuentra su lugar como "objeto" y el feminismo como "sujeto", ambos construidos significativamente a través del lenguaje.       

La historia discursiva - de ahora en adelante adoptaré esta denominación porque me parece más ajustada a la propuesta que conlleva - ha producido una ruptura historiográfica al pasar de la noción de "causalidad social" o "realidad objetiva", motor de la historia social y de la historia cultural, a la de discurso, y postular que no hay conexión causal entre la condiciones sociales o posición de los individuos, y sus prácticas significativas. Mejor dicho, el contexto social condiciona a aquellos después de que los mismos lo hayan vuelto significativo por medio de un discurso concreto o la combinación de varios. Los discursos forman una "esfera social específica", que tienen su propia lógica histórica y actúan como "matriz categorial", "cuerpo", o "red", que contiene una serie de reglas de significación que existen en cada situación histórica.[7]   

Hasta ahora la historia de las mujeres ha tenido abordajes diferentes de sobra conocidos, y que sólo enunciaré: recuperación de la visibilidad y la contribución histórica, la importancia de la vida privada femenina y de su mundo simbólico y cultural, la explotación material del trabajo de las mujeres, las mujeres en los movimientos sociales, etc. Estos grandes avances han incorporado una historiografía rica y variada desde enfoques o bien descriptivos, o de mayor interpretación.

La historia feminista del género, más concretamente, ha ampliado el campo de la historia social hacia las relaciones de género haciendo hincapié en las condiciones socio-económicas de las mujeres en relación con los hombres en diferentes contextos históricos. La lógica causal de la esfera económica se ha relacionado en ella con la esfera de lo privado, y la dualidad de ambas dobles esferas (estructura y superestructura / privado y público) es el fundamento último de su interpretación. Las relaciones de género se sitúan desde esta perspectiva junto al resto de las relaciones sociales de clase, étnicas, etc. Posiblemente es la historiografía más extendida hoy día y que goza de mayor aceptación, dentro de los estudios históricos.

Menos difundida es la historia feminista discursiva del género, en la que las aportaciones de J. W. Scott han supuesto una ruptura con los anteriores enfoques.[8] Su artículo seminal sobre el género[9] ha sido repetidamente citado en los Estudios de las Mujeres, aunque no tanto aplicado en su esencia teórica, es decir, el género como categoría discursiva y objeto significativo, y no solamente como relación social. Relativamente conocida en España, a pesar de algunas traducciones de sus artículos, su obra está más difundida en algunos países de América Latina como Argentina, Brasil y México, en dónde se han publicado entrevistas y artículos, y se ha traducido su último libro al portugués.[10] Scott, dentro de las historiadoras feministas, es hoy sin duda, la representante de la historia feminista que se preocupa por descifrar y desentrañar las paradojas que encierra la diferencia sexual, desde una perspectiva del discurso, el lenguaje (la significación), y el género. 

  

1.2 Discurso, lenguaje, género y diferencia sexual

El concepto de discurso proviene principalmente de Foucault, para el que procesos, formaciones, y prácticas discursivas son herramientas para el trabajo arqueológico de los saberes y poderes. Foucault trata los discursos como prácticas que forman los objetos de que hablan.[11] La voluntad de poder nietzscheana de las instituciones, más que de los individuos, parece ser la causa que atribuye Foucault a la formación de los discursos.[12] Paúl Veyne, en su interpretación de Foucault dice que el discurso y las prácticas discursivas no se ven, pero es "el hacer en cada momento de la historia". Las prácticas son una instancia unitaria y construyen el objeto histórico, (en nuestro caso diríamos que las prácticas construyen el "género" o "la mujer"). Lo material o contexto social es lo "prediscursivo", lo potencial, en dónde las prácticas diversas construyen objetos y sujetos.[13]

Para Cabrera, discurso, son las categorías por las que se conceptualiza la realidad en una situación histórica concreta, y es a partir del lenguaje que se desarrollan las prácticas significativas. También define el discurso como una "rejilla" de clasificación por la que se dota de significado al contexto social, se conforma el sujeto y el objeto, y se regulan las prácticas. Es decir, el discurso es un componente activo del proceso de formación de los significados, y es una variable independiente.[14]

Según Scott discurso es:

 (...) una estructura histórica, social e institucionalmente específica de enunciados, términos, categorías y creencias.[15]

 O también:

 (...) formas de organizar los modos de vida, las instituciones, las sociedades; formas de materializar y justificar las desigualdades, pero también de negarlas.[16]

 El ejemplo de discurso histórico más estudiado es el de la modernidad, criticado en su pretendida universalidad y reducido su surgimiento a una determinada circunstancia histórica. En esa crítica está el surgimiento de esta historia discursiva, que busca la explicación de mediante qué procesos se crean o transforman los discursos y se forman los conceptos. Toda situación social se conceptualiza con categorías de la situación anterior, categorías que han "interactuado" en esa situación con la realidad otorgando significados, porque las categorías no surgen de la realidad simplemente. En esa interacción la parte activa es la matriz categorial, no la realidad social, y es aquella a través del lenguaje la que le da a los conceptos la posibilidad de significar. La realidad social es el "referente material" de los conceptos, pero no su causa, la causa de los conceptos es el discurso anterior. Los discursos "son entidades de naturaleza ínter textual", forman una cadena que nunca se rompe, se suceden, de ahí que se diga que son una "esfera específica" que puede operar en una situación histórica concreta sin tener como causa ni la realidad social ni la acción racional.[17]

Hay discursos "compartidos", como es el caso del discurso liberal, el discurso socialista y el feminista, todos procedentes del discurso moderno. La "mutación discursiva" se produce por la interacción de las categorías y los cambios en la realidad social. Los cambios discursivos tampoco son el fruto de la creatividad humana, como tampoco son efectos causales de las transformaciones sociales. Y no lo son porque los individuos se transforman en sujetos discursivamente y como tales desarrollan las posibilidades significativas, pero dentro de la matriz categoríal en que alcanzan la subjetividad. Los individuos hacen uso de esas categorías, pero no son ellos los que las transforman. Los cambios discursivos están en la interacción entre la matriz categorial heredada y los nuevos fenómenos sociales, sin que ello quiera decir que entre ambos existe una conexión causal. Lo que sucede es que esos fenómenos sociales son objetivados por el discurso, porque "lo que desafía a los discursos no es el mundo, sino otro discurso".[18]

El estudiar la génesis de los conceptos lo ha ejemplificado Scott en "La Mujer trabajadora en el siglo XIX". En este artículo muestra la construcción de la división sexual del trabajo (un concepto del discurso feminista) a través del lenguaje de los sindicalistas y de los patronos, que hizo significativa la diferencia sexual femenina, de manera que el trabajo de las mujeres se consideró con menos valor que el masculino y se consideró mas beneficiosa la vuelta al hogar de las obreras casadas.[19]

A estas alturas se puede hablar de un discurso feminista, producido intertextualmente con el discurso moderno, de dónde nació - especialmente adoptando la categoría de igualdad que conceptualizó significativamente como opresión la posición de desigualdad y subordinación de las mujeres - y que ha ido cobrando cuerpo categorial conforme las circunstancias históricas fueron cambiando y se produjo una interacción significativa con la realidad de las mujeres y sus cambios. Por ejemplo, que el voto femenino significara solamente una igualdad formal supuso que esa situación de continuidad de la desigualdad se haya conceptualizado surgiendo la "paridad" como nuevo objetivo. Y también se puede hablar de un compartir con el discurso socialista al dar éste significados a las diferentes posiciones de las mujeres y sus condiciones sociales, como por ejemplo, mujeres "pobres", "obreras", etc. El discurso feminista cuenta ya con una red categorial importante: patriarcado, androcentrismo, sexismo, género, derechos sexuales y reproductivos, etc., que han conceptualizado condiciones específicas de invisibilidad, subordinación y discriminación de las mujeres.

El carácter ínter textual de los discursos se puede observar en el hecho social de la ablación. Ésta se ha vuelto significativo como "violencia de género" a través de la mediación discursiva feminista, aliada con el discurso de los Derechos Humanos, ampliado también por el feminismo como "Derechos de las Humanas". La ablación era el "referente material" ya existente, pero hasta no existir un discurso disponible para darle un significado de opresión de género, no se ha objetivado como un atentado contra los derechos humanos y ha comenzado su denuncia por parte de los sujetos construidos en ese discurso.   

Los discursos se valen del lenguaje, y éste es contemplado como la práctica que crea los significados. Pedro Cardim, ha destacado su poder en la historiografía y cómo Foucault le dedicó atención y lo consideró una "construcción social" con "control sobre el modo de razonar y pensar las cosas" y:

 (...) responsable de determinados tipos de efectos, no sólo en la esfera del discurso, sino también en un plano extradiscursivo (...) (Foucault) se interesó profundamente por la articulación entre lenguaje y relaciones de poder.[20]

 Pero según White, Foucault no elaboró un teoría del lenguaje para analizar el discurso, y los historiadores que han deseado acercarse a la historia de otra forma e investigar la significación, han partido de una "concepción semiológica" del texto.[21] La "semiótica feminista" ha participado de esta concepción del lenguaje considerando como un signo tanto a "la mujer"[22] como al "hombre".   En esa línea la historia discursiva adopta el lenguaje, no solo como palabras o vocabulario, sino como "patrón de significados". El lenguaje es un generador activo de los significados de las cosas, de los hechos, y participa en la constitución de "objetos" y de "sujetos". Los significados no son atributos de los fenómenos sociales sino "efectos" de la mediación discursiva por la que estos fenómenos se hacen significativos.[23] Esto no quiere decir que se de un determinismo lingüístico, que el discurso y el lenguaje sean una estructura congelada, estática, por el contrario, el discurso es dinámico, sincrónico y discontinuo, y en él no se crean los significados sino que lo hacen en la mediación discursiva entre referente real o contexto social y la matriz categorial, siendo ambos "imprescindibles".[24] 

Para Scott, el lenguaje es un sistema de signos y una práctica social y política, también "la creación y la comunicación del significado en contextos concretos" a través de la diferenciación.[25] Y sigue diciendo Scott:

Mi tesis por lo tanto es que si prestamos atención a los modos en que el lenguaje construye el significado, estaremos en posición de dar con el camino del género.[26]

El concepto de género es una categoría central de la teoría feminista, que como señala la socióloga venezolana Carolina Coddetta, es una teoría reconocida e incluida por muchos científicos sociales, porque:

  (...) ofrece tanto una descripción del fenómeno estudiado, es decir, la subordinación de la mujer; como una explicación de sus causas y consecuencias y la prescripción de estrategias para su superación, ya que su objetivo es transformar la posición de la mujer en la sociedad.[27] 

 En la aplicación del concepto de género a la historia, Scott ha ofrecido grandes posibilidades renovadoras para la historiografía, poniendo énfasis en la significación binaria de lo masculino y femenino que se establece desde la diferencia sexual, y en las conexiones entre género y poder, definiendo el género como: "una forma primaria de relaciones significantes de poder".[28] El lenguaje proporciona el significado de las operaciones de la diferencia sexual contenidas en los discursos.

Scott define la diferencia sexual como una "estructura social móvil", mientras el género es el "discurso de la diferencia entre los sexos".[29] Esta historiadora tiene una visión de la diferencia sexual articulada al interior de la(s) diferencia(s), y su teoría se inspira en Saussure al decir que:

El significado es construido a través del contraste, implícito o explícito, con la idea de que una definición positiva se apoya en la negación o represión de algo que se representa como antitético de ella.

  Y se inspira en Derrida, al añadir que:

  (...) la tradición filosófica occidental se apoya en oposiciones binarias: unidad diversidad, identidad diferencia, presencia ausencia, y universalidad especificidad.[30]

 Para Scott estas teorías ofrecen:

  (...) un medio de reflexión sobre cómo las personas construyen el significado, cómo la diferencia (y por lo tanto la diferencia sexual) opera en la construcción del significado y cómo las complejidades de los usos contextuales del lenguaje dan lugar a cambios de significado.[31]

 Y sigue diciendo que la diferencia es al mismo tiempo un:

 (...) sistema significador de diferenciación y un sistema históricamente específico de diferencias determinadas por el género.[32]

La primera parte de ésta definición sobre la diferencia como categoría general, es útil para analizar cómo se construyen históricamente las diferentes identidades, por razón de clase, culturales, de raza, etc. Scott, pone el ejemplo de cómo la identidad blanca de las mujeres inglesas en las colonias se construyó en oposición a la identidad india de las otras mujeres, o también cómo ser blanco implica no ser negro, porque las identidades se construyen no solo socialmente sino también conceptualmente. Es decir, la identidad está producida discursivamente y los contrastes de raza, clase o género, son construcciones con una historia, carecen de una esencia inmutable, y pueden cambiar.[33] La segunda parte de la definición se refiere a la diferencia sexual y las operaciones diferenciadoras que establece produciendo significados de género. Estos se construyen de forma binaria, opuesta, interdependiente, inmersos en relaciones de poder y saber, de ahí que históricamente los significados masculinos han sido considerados de mayor valor que los femeninos, por ejemplo: razón intuición; fuerte débil; dureza dulzura; guerrero pacífica, etc. 

Siguiendo con el status teórico del género, en Colombia, Gabriela Castellanos señala que éste está relacionado:

 (...) con una orientación específica en el estudio del lenguaje; me refiero a aquella que se interesa por el discurso, definido como "el intercambio de significados en un contexto social".[34]

 Y respondiendo a la crítica realizada acerca del dualismo entre producción discursiva y realidad, es decir, entre "la mujer" y las mujeres de carne y hueso en el sentido de que no ofrece posibilidades de cambio, Castellanos, siguiendo a Bajtin, que difiere de Saussure en cuanto a la arbitrariedad del signo, mantiene que la ideología está en los significados produciendo sentido y que el lenguaje es "dialógico". Por tanto, el género sería un diálogo de continuo intercambio de signos y significados entre mujeres y hombres, variable históricamente y por tanto con posibilidades de transformación. Igualmente, Castellanos señala que se produce también un entrelazamiento con otros sistemas simbólicos de clase, raza, etc., que igualmente rompen con el dualismo.[35]

La historia discursiva resuelve de otra manera el dualismo entre discurso y realidad social. Las condiciones sociales de las mujeres se vuelven significativas de subordinación u opresión cuando se produce la mediación discursiva feminista, por ejemplo al aplicar la categoría de género. Ésta objetiva la existencia de una desigualdad específica entre hombres y mujeres. El género es un concepto, que categoriza el fenómeno social de la existencia de diferencias masculinas y femeninas, y que también las construye significativamente. Por ejemplo, la mujer es explotada diferencialmente respecto al hombre por el trabajo doméstico que realiza, y es el lenguaje del género el que da significado a esa condición como "femenina" (que encierra desigualdad y discriminación) mediante un régimen discursivo, el feminista, que tiene el género como categoría.

Se puede hablar de otras construcciones discursivas como el sujeto mujer unitario, la mujer moderna, el sujeto maternal, etc., que se han producido en contextos históricos concretos, y se han reconstruido significativamente a través de diferentes discursos. Esas construcciones se establecen desde la diferencia sexual y contienen significados de género, binarios, opuestos y jerarquizados, inmersos en relaciones de poder, que al desentrañar su formación en contextos específicos, revelan también cómo se produjo la exclusión y la subordinación de un sexo por otro.

La dimensión de poder del género es clave para el análisis de la historia política de las mujeres, para la significación del sufragismo, porque éste está presente en los procesos sociales en los que se dan los juegos de poder entre lo masculino y lo femenino, sus estrategias, alianzas múltiples, así como las acciones de resistencia del sujeto feminista

 

2. El sujeto "mujer" construido y el sujeto constructor

     Entre los avances del feminismo coincidentes con el postestructuralismo está la aportación innegable de la pluralidad de sujetos históricos contextualizados, representados por múltiples grupos de mujeres y hombres, frente al sujeto universal abstracto del discurso de la modernidad, que remitía finalmente a un sujeto hegemónico masculino. "La mujer" se ha revelado como una identidad irreal, porque en la realidad existe como un sujeto múltiple. Si nos remontamos a la reivindicación de los derechos de ciudadanía que llevaron a cabo los movimientos sufragistas, encontraremos el comienzo de la puesta en cuestión del sujeto universal y del universalismo de los derechos del hombre, por un nuevo sujeto constructor de la identidad feminista.

 La mujer" de la cultura occidental, fue una construcción de varios discursos con aspiraciones universalistas, desmentidas por la realidad cotidiana que vivían muchas mujeres, y con un carácter esencialísta porque esa "mujer" estaba rodeada de virtudes consideradas naturales, representando un "modelo normativo de heterosexualidad reproductora.[36]

La modernidad alentada por la Ilustración hizo que esa mujer, "ángel del hogar" y buena madre, se consolidara e institucionalizara, imponiéndose en las metrópolis europeas y en sus colonias. Especialmente en el caso hispano, América Latina fue heredera del discurso occidental, marcado fuertemente por el catolicismo. En América Latina se dieron variados contextos en los que se construyó aquel sujeto de mujer, pero fue especialmente el discurso populista con sus aspiraciones modernizadoras el que contribuyó a institucionalizar y politizar la construcción de un sujeto "mujer" sesgado hacia lo maternal. Paralelamente en el tiempo se construía como sujeto el sufragismo, también deudor del discurso moderno liberal, y compartido, como ya veremos en el caso colombiano, con el discurso conservador y populista.

La filósofa Rosa María Rodríguez Magda ha trabajado para la teoría feminista sobre "la mujer", a partir de herramientas foucaultianas, llegando allí dónde no lo hizo el filósofo. Ella propone a la historia de las mujeres hacer la genealogía de la construcción del sujeto mujer a través de los discursos que han participado en su gestación. Su propuesta continúa con la "deconstrucción" de esa subjetividad y su "reconstrucción" desde la acción del sujeto autónomo,[37] activo y "resistente" que hay en la teoría de Foucault, desmintiendo ese sujeto pasivo que se ha atribuido al filósofo.[38] En esa línea me parece útil la dualidad "sujeto normalizado producido / sujeto productor de sí mismo", que Rodríguez Magda toma de Foucault; porque la pregunta es: cómo las mujeres se han construido en la subordinación, sumisas, pacientes y maternalistas como "sujeto normalizado producido", y desde esa situación cómo en determinados contextos democrático liberales o autoritarios, han actuado políticamente como "sujeto productor de sí mismo". Ese sería entre otros, el caso de las sufragistas o las Madres de Plaza de Mayo. En adelante se intentará dar respuesta a esta pregunta, adentrándonos en la cuestión de la construcción de la subjetividad.

 

2.1. El sujeto del feminismo

El feminismo tiene la particularidad de ser un discurso en construcción, como ya se ha apuntado, y producir un sujeto con una identidad, la feminista, que se ha construido históricamente, con cambios, con intermitencias. Es decir, todas las mujeres son sujetos con conciencia formada de ideas, convicciones y creencias, y lo que las clasifica, las diferencia unas de otras, las hace particulares es la identidad. En este sentido, la identidad sufragista, la identidad feminista ha caracterizado a una serie de sujetos mujer históricamente. 

La construcción en los discursos feministas actuales de un sujeto político activo - lo que llama Braidotti el "sujeto femenino del feminismo" - es un tema altamente estratégico de la teoría feminista cara a la acción y la transformación social. El reto del sujeto feminista es la diversidad existente entre las mujeres, manifiesta por las diferentes identidades según la raza, etnia, clase, opción sexual, edad, religión, pasado histórico, etc. Este hecho fue planteado inicialmente por las feministas negras y lesbianas norteamericanas, muy críticas ante un feminismo que se pensaba blanco y heterosexual. El acierto de esta crítica se extendió entre los feminismos del mundo y ha generado un gran avance en la teoría y en las relaciones entre las mujeres. Gabriela Castellanos ha criticado el sujeto moderno femenino esencialista construido en base a la afectividad, y ha señalado el acuerdo que hay en un sujeto polifónico, de "construcción múltiple y cambiante", "performativo", que se construye cuando hablamos y pensamos, pero, y de acuerdo con Judith Butler, "no determinado por los discursos".[39] Aquí, cabe avanzar que los sujetos se constituyen discursivamente en interacción con el contexto, para evitar pensar en un nuevo determinismo, ahora lingüístico. Por tanto, para la investigación y para la acción es importante el hecho mostrado por el debate feminista acerca de un sujeto múltiple y diverso, que desorganiza y descompone las construcciones históricas y discursivas de "la mujer" en contextos concretos.

 

2.2. La construcción de la subjetividad/identidad

En la historia discursiva los sujetos son una "entidad significativa":

 (...) no es que los individuos se reconocen o descubren a sí mismos como sujetos o agentes, sino más bien que se construyen significativamente como tales al aplicar una rejilla clasificatoria de origen discursivo.[40]

 

La subjetividad, se constituye en la "interacción" entre la posición que ocupan los individuos en las relaciones sociales, y la "experiencia" que se tiene de ellas.  Cabrera parafraseando a Judith Butler dice que:

Es el dominio de lo discursivo el que establece por adelantado los criterios mediante los cuales los propios sujetos se constituyen a sí mismos.[41]

Además, la subjetividad se vincula al objeto y no al referente social y material; y objeto y sujeto se constituyen al tiempo en el mismo proceso de articulación del contexto social. Las identidades, que son parte de la subjetividad, no preexisten al objeto, sino que emergen en el espacio de significación en el que se da la articulación de ambos.[42] Por ejemplo, el feminismo como identidad y la significación de la subordinación de las mujeres, como objetivación están vinculados y se producen al mismo tiempo.

Scott utiliza un artilugio categórico, el "eco fantasía", para mostrar cómo la identidad se construye históricamente por "repeticiones" y "discontinuidades":

La identidad como continuidad, coherencia, fenómeno histórico es una fantasía que apaga las divisiones y discontinuidades, elimina las diferencias que separan los sujetos en el tiempo. El eco da un brillo a la fantasía, recordándonos que la identidad es construida en relaciones complejas y distorsionadas, con otros. La identificación (que produce identidad) opera como eco de una fantasía, actualizando el tiempo a través de generaciones, el proceso que forma individuos como actores políticos y sociales.[43]  

Pero este proceso identitario puede estar "enmascarado" por la identidad que se presenta como natural y estable.[44] Así sucede en el caso de "la mujer", considerada como una categoría fija, universal, que opaca la construcción diferenciada y discursiva de diversas identidades de mujeres (obreras, burguesas, blancas, negras, feministas, etc.).

La experiencia aparece formando una parte esencial del  sujeto, pero hay discusión sobre la naturaleza de la experiencia. Para la historia social, experiencia es la forma en que la estructura "aflora a la conciencia".[45] Para Joan W. Scott, la experiencia se construye discursivamente, por lo que el hacerla evidente, el mostrarla, es una acción puramente descriptiva, irrelevante, que no explica cómo actúa en la constitución del sujeto:

No son los individuos los que tienen experiencia, sino que son los sujetos los que se constituyen a través de la experiencia.[46]

Y sigue diciendo: negar el origen discursivo de la experiencia es tanto esencializar las identidades que produce (mujer, hombre, heterosexual, etc), como ocultar las operaciones de la diferencia que actúan en su constitución en lugar de historiarlas, porque se separa la experiencia del lenguaje, que es dónde se construye. Los sujetos se constituyen discursivamente y por tanto la experiencia es un "hecho lingüístico". No obstante, aquellos no están privados de "agencia" (entiendo "agencia" en Scott como poder de actuación), pero este poder de actuación se produce bajo determinadas condiciones, sobre lo que volveremos más abajo.[47]

Junto con la experiencia los intereses son una parte clave en la contracción de la subjetividad. Los intereses se constituyen cuando las condiciones sociales adquieren significado a través de categorías discursivas. De ahí, que las mismas condiciones sociales y materiales generen intereses diferentes; por ejemplo, el caso de los obreros que votan a los conservadores porque han articulado sus intereses según una matriz categorial diferente a la utilizada por los que votan a la izquierda. Es decir, los intereses no carecen de una base social, material, pero ésta no genera los intereses, sino que estos se producen por la mediación de un discurso y en un espacio de significación entre el contexto social y las categorías. Una situación de trabajo en condiciones de máxima injusticia, no se vuelve objeto de resistencia hasta que no media la categoría de explotación, o de justicia social, dándole significado. La cuestión importante es por qué los intereses se activan en unas circunstancias históricas y en otras no, y parece que se activan cuando se produce la mediación discursiva.[48]

Es imprescindible explicar cómo se produce la acción social, cómo actúan los sujetos colectivos, los movimientos sociales. Si descartamos la existencia de una causalidad social, estructural, de las condiciones materiales de vida, se han de buscar los mecanismos de conexión entre el contexto y la acción. Es decir, hay que buscar otra lógica causal  a la acción social; y ésta según la historia discursiva depende de la significación que los sujetos dan a su contexto, a sus condiciones materiales. De nuevo es la mediación discursiva, la matriz categorial la que hace a la acción ser significativa. Los sujetos, articulan su contexto y su posición en él, dando significado a dicha posición según un discurso determinado. Lo que se produce es una objetivación del contexto y a partir de ahí es cuando el contexto influye o determina la acción.[49] Es decir: si las personas construyen sus experiencias, intereses e identidades situándose a sí mismas dentro de un sistema de significados, entonces es este último el que posibilita sus acciones y define un determinado patrón de conducta.[50]

Aunque:

Las acciones son respuestas a la presión del contexto social, pero se trata de respuestas discursivamente mediadas.[51]

Es importante insistir en que no se niega que las condiciones sociales sean un factor condicionante de la práctica social, sino que sean un factor causal. O mejor dicho, son un factor causal cuando se han construido significativamente, cuando se han objetivado. Entonces se produce una interacción entre sujetos y objetos.[52] Por ejemplo, adelantándonos a los siguientes capítulos, las condiciones de desigualdad de derechos en las que Vivian las mujeres, no causaron la acción colectiva del sujeto sufragista hasta el momento histórico en que un discurso, el moderno liberal actúo como mediación significativa de esas condiciones y la posición en que las mujeres Vivian en ellas.  

 

 2.3. El sujeto "mujer" maternal

La construcción de "la mujer", en la cultura occidental ha participado de diversos discursos (clásico, medieval, moderno y católico) y contextos históricos diferentes, que han ido modelando y variando su identidad. Posiblemente es la mujer "moderna" el sujeto más conocido y explorado por la cercanía histórica y porque aún prevalece. Pero, si hay un componente en su subjetividad que ha permanecido a pesar de sus variaciones ha sido la dimensión maternal, hasta el punto de poder hablar de una identidad subjetiva maternalista. Florence Thomas, a propósito dice que:

Sólo cuando lo femenino connota lo materno, cobra evidencia, o por lo menos remedia de alguna manera dicha carencia. Por fuera de lo materno-reproductor no existe posibilidad de llegar a ser sujeto en el mundo.[53]

Victoria Sau en su Diccionario Ideológico Feminista, dice que los Padres del patriarcado "construyeron" la feminidad con aquellas partes en las que ellos no eran aptos, como la maternidad,[54] y recoge el discurso de Apolo en Las Euménides de Esquilo, en donde se define a las madres como:

 "mujeres porteadoras", úteros extracorporales de los hombres, redomas del laboratorio masculino dónde ellos deciden sobre la vida y sobre la muerte.[55]

 La tesis de Sau, en concordancia con la anterior definición, es que la maternidad como opción libre y representativa de lo que es ser mujer, sujeto autónomo, "no existe", porque existe en tanto "función del padre".[56]

En la formación de la identidad maternal occidental participan activamente los discursos religiosos católicos, en los que indiscutiblemente la pieza central es la representación de María virgen, aunque haciendo historia, María Lozano recuerda que:

El reconocimiento oficial de los atributos de María siempre ha ido muy por detrás del reconocimiento popular a través del culto

Pues hasta el II Concilio de Constantinopla (381) no se "proclamó la perpetua virginidad de María".[57] Otras fuentes señalan el Concilio de Efeso (431), como el momento en el que después de un agrio debate, se reconoció a María como Madre de Dios.[58] Pero hasta 1854 no se establece como dogma de fe su Inmaculada Concepción y en 1954  su Ascensión a los cielos.[59] 

María Asunción González de Cháves sitúa a la Virgen María al final de una cadena evolutiva, que comienza en las diosas clásicas de la cultura occidental, lo que muestra que siempre "la mujer ha estado cercana a lo sagrado". Las primeras diosas eran "polifacéticas", "creadoras y destructivas", "benévolas y crueles", sus poderes eran independientes y no estaban vinculados solamente a la fecundidad; hablamos del periodo Paleolítico superior, cuando el hombre no conocía su participación en la procreación. Gea, madre y esposa de Urano, marcó la transición hacia la dominación olímpica masculina, favoreciendo el reinado de Zeus en un juego de complicidad por el que las diosas se volvieron protectoras y al servicio de los dioses. A partir de ahí los dioses adquirieron la preponderancia sobre las deidades, al tiempo que conocieron y engrandecieron su paternidad y se apropiaron de la capacidad biológica femenina. A partir de ahí las imágenes femeninas perdieron aquellos poderes que podían resultar amenazadores y se desexualizaron. Desde entonces representaron a la buena madre protectora que recibía su prestigio a través de la vinculación que tenía con dioses importantes. El último eslabón en la cadena es la Virgen María, venerada en cuanto Madre de Jesús-Dios, pero no como diosa. Ella es "sierva del Señor", "mediadora del Dios Creador", a la que se le niega la sexualidad y se la adora como Mujer-Madre humilde y subordinada al Hijo de Dios. María es el ideal del yo femenino, desprovista de la otra cara iracunda y hostil que tenían las diosas clásicas y que tienen las madres reales.[60]

Catherine Jagoe, que ha investigado los discursos españoles sobre el "ángel del hogar", se detiene en la "pureza" como el "punto supremo de la nueva ortodoxia" de la mujer burguesa del XIX, que viene a ser institucionalizada por la doctrina de la Inmaculada Concepción y reforzada poco después por León XIII al reconocer a la Virgen como "corredentora" de la humanidad.[61] La estimulación al culto mariano, y a María como madre y mujer modelo, sobrevive hasta hoy y es fácil hallarlo en los discursos católicos que circulan dentro y fuera de los ámbitos religiosos. El Papa Wojtila acuñó la consigna de "Totus Tuus", "Todo tuyo", refiriéndose a María,[62] y la Gran Vigilia de la Inmaculada que se celebró en muchos pueblos y ciudades de España y de Latinoamérica en 1995, se hizo bajo el lema "La Virgen María modelo de mujer y madre", exhortando el Papa a ver en María "la expresión más perfecta del genio femenino". En ese mismo año, el portavoz de la Santa Sede, Joaquín Navarro Valls, refiriéndose a la Conferencia de Población de El Cairo (1994) y a la IV Conferencia Mundial de la Mujer (Beijing, 1995), dijo que "intentaron transformar la cultura moral del mundo".[63] Valls aludía a los cambios, que finalmente se aceptaron sobre la separación entre la sexualidad y la reproducción de las mujeres, alejados del modelo reproductivo mariano.      El discurso moderno ilustrado era el llamado a introducir un matiz laico en ese sujeto maternal y mariano, pero es observable que las condiciones discursivas variaron algunos significados de género, produjeron otros nuevos y dejaron permanecer muchos otros. La crítica feminista ha subrayado suficientemente las construcciones binarias ilustradas: razón masculina pasión y/o naturaleza femenina, y el miedo del hombre a la irracionalidad de la mujer, supervivencia del discurso antiguo de los Padres de la Iglesia acerca de la hembra tentadora.[64] En esa línea el discurso moderno liberal configuró lo que se ha llamado desde la teoría feminista "las dos esferas", una de ellas representa el mundo de lo femenino, el hogar, lo privado, el espacio dónde reina "el ángel"; frente a él se conforma el espacio público y político masculino.

La socióloga foucaultiana Julia Varela, que ha investigado la genealogía de la mujer burguesa europea, es la que arroja más luz sobre el momento donde arranca el confinamiento de las mujeres en lo privado y la redefinición del desequilibrio entre los sexos. En su investigación es palpable la pervivencia en el discurso ilustrado de construcciones procedentes de discursos anteriores. Varela sitúa lo que ella denomina la formación del "dispositivo de feminización" (no utiliza la categoría género), en el discurso humanista expresado, por ejemplo, en los textos de Vives y Erasmo. Este dispositivo es el elemento definitorio de la mujer moderna. La autora sitúa en el siglo XII europeo el inicio de una nueva jerarquización entre los sexos relacionado con el cambio en las relaciones de parentesco. El discurso humanista sería la rejilla categorial en la que el matrimonio es uno de los conceptos que dan significado a la nueva relación entre los sexos. En palabras del Varela, el matrimonio monogámico dictado en el Concilio de Trento (1563) será un "anclaje clave" de dicho dispositivo de feminización para la "naturalización del desequilibrio entre los sexos".[65] Los tratados de la época sobre "la perfecta casada cristiana" eran una crítica a la vida amorosa libre e independiente de las mujeres de la nobleza. La perfecta casada es rodeada de las virtudes de la modestia, el silencio, la obediencia, que se construyen en oposición a las virtudes masculinas de mando, elocuencia, etc. Pero los procesos de subjetivación femenina eran diversos según la clase social de las mujeres. Para Varela, hubo una estrategia educacional con "tecnologías blandas" para las mujeres de la nobleza y burguesas, que eran alejadas de la política pero acercadas a la nueva cultura. Estas mujeres escribían poesía, cartas, mientras los hombres escribían teatro y obras épicas, acentuándose así las diferencias sexuales. El contrapunto de la perfecta casada son las mujeres "malas", representadas por las prostitutas y las brujas, todas ellas mujeres populares que se resistían a la iglesia y al matrimonio monógamo. A ellas se aplicaron "tecnologías duras de control" por parte de frailes dominicos y franciscanos, como la Inquisición o las casas de prostitución, encaminadas estas prácticas a la "destrucción de saberes" que las mujeres poseían.[66] En términos de la teoría feminista, en este proceso se percibe de forma evidente la interrelación del género con la clase social, a través de la alianzas y juegos de poder y saber en los que las mujeres de clase noble obtuvieron privilegios de tipo cultural frente a las mujeres de clases inferiores que fueron marginadas y despojadas de sus saberes.        Sobre la conformación de la esfera privada y femenina es oportuna la revisión que Rodríguez Magda hace del modelo de encierro "disciplinario" de Foucault, ampliándolo con la noción de "encierro femenino", que a diferencia de la cárcel, el manicomio o el hospital, tiene características peculiares. La reclusión de las mujeres no es grupal, es en el hogar, y allí se las priva de la solidaridad con las otras marginadas. El hogar es una "prisión camuflada", que se complementa con un encierro "simbólico" en una "ambigua esencia" en la que se subliman una serie de cualidades domésticas y se denostan otras oscuras y maléficas.[67]

Las prácticas educativas en torno al sujeto mujer maternal, son reveladoras a la par que normativas. Pilar Ballarín ha puesto de manifiesto la identificación que se hizo de la maestra con la madre virtuosa en la construcción profesional de las primeras en el siglo XIX español. Las maestras fueron agentes de feminización, transmitiendo los deberes domésticos que configuraban la identidad de las discípulas.[68] Pero como señala Ballarín, muchas veces esas maestras no eran madres y en la realidad no respondían a la "madre burguesa" de los manuales, porque habían encontrado en el magisterio un espacio de libertad para desarrollarse como escritoras e intelectuales, lo que les permitía transgredir la frontera y participar en un nuevo modelo de mujer que se estaba gestando también en otros campos.[69] De esta manera, la maestra se nos muestra como un sujeto complejo construido en los discursos modernos, que condensa las virtudes de la feminidad y el maternalismo y al mismo tiempo se reivindica como ciudadana. No en vano buena parte de las sufragistas eran maestras, fueron sujetos de la modernidad y predecesoras en la formación del nuevo discurso feminista.

Para Scott, la madre es una de las "fantasía eco" de la identidad feminista. La "fantasía materna feminista" está configurada en torno al amor puro que sirve de base común entre las mujeres. La autora la ejemplifica en el caso sufragista francés.[70] Esta tesis la veremos confirmada también en las sufragistas colombianas que coinciden en defender sus derechos de ciudadanía con ser buenas madres. Los derechos reproductivos y sexuales, categorías ambas de este nuevo discurso, vienen a ser la crítica más certera al sujeto unidimensional maternalista, poniendo de relieve su historicidad y por tanto su caducidad. Igualmente la comprensión dentro del feminismo de un sujeto de identidades múltiples, es otro ejemplo de las mutaciones discursivas.

 

 2.4. Buenas madres y resistencias insospechadas

He planteado en otro lugar el "maternalismo" como una construcción discursiva de género en contextos históricos determinados y concretos y formando parte de la identidad femenina.[71] La identificación histórica de la sexualidad con la reproducción, a través de las prácticas discursivas, ha construido el maternalismo en un doble movimiento de afirmación reproductiva y de negación placentera del cuerpo femenino. En el sujeto maternal, la parte oscura, maligna, negada, la sexualidad con el derecho a sentir, al goce, es propio de las mujeres "malas". Ello contrasta con la figura luminosa, pura, humilde y sumisa de "el ángel del hogar", la feminidad ensalzada, que es sobre todas otras cosas, madre fecunda y buena, cuya misión principal es amar y cuidar a sus hijos. En esta dicotomía, las mujeres "buenas" históricamente han construido su identidad, sus intereses y su experiencia conforme a los discursos que las han significado de esta manera, y se han asumido como tales buenas madres, llegando en determinadas circunstancias históricas a realizar resistencias insospechadas. En el caso latinoamericano los discursos populistas de los años cuarenta y cincuenta (versión latinoamericana de una fase de la modernidad en aquella región), reconocieron a las mujeres los derechos de ciudadanía en tanto eran madres de ciudadanos y no por las razones de igualdad que argumentaban las sufragistas desde hacía décadas.

El discurso populista tenía como categoría central la "justicia social", pero con un carácter paternalista y asistencialísta, que lo hacía deficitario en términos de democracia. Hay tesis bien fundamentadas de que la modernidad populista de estos años fue muy limitada y especialmente sesgada hacia un proceso de industrialización.[72] Fue un campo discursivo en el que las mujeres pobres urbanas, únicas responsables en muchos casos de la familia y la economía doméstica, se constituyeron como sujetos maternales identitarios organizados en Movimientos por la Subsistencia[73] en condiciones materiales de falta de alimento, falta de vivienda y de servicios (agua, educación, salud). Este contexto socio económico de pobreza y precariedad no fue exactamente el motor directo del proceso de concienciación de las mujeres, no se produjo la acción social como reflejo de las condiciones sociales, sino que fueron las condiciones discursivas populistas las que hicieron que las condiciones materiales se volvieran significativas. Entonces, las propias mujeres de los barrios populares conceptualizaron su contexto de pobreza injusta al sentirse interpeladas como "pueblo" (otra de las categorías centrales del discurso populista), y consideraron que al estado paternal le correspondía resolver su situación, y conforme a estas condiciones discursivas ellas construyeron sus intereses y su experiencia, y lo hicieron como responsables de la alimentación, la educación y el cuidado de los hijos. Pero no había un discurso en términos de ciudadanía, ni de derechos específicos femeninos (derechos reproductivos y sexuales, como más tarde el feminismo postularía), sino que la "justicia social" procedía de un estado providencial, y sólo de él manaba la solución de sus problemas. La oposición que aquí se establecía era estado paternal / identidad maternal femenina.

Las prácticas sociales que las mujeres populares desarrollaron en los "Clubes de Madres" (Perú, Bolivia, Brasil, etc) no se dio por un determinismo causal de la pobreza, sino porque las circunstancias particulares fueron articuladas por una mediación discursiva que les dio significado e hizo que las mujeres desarrollaran su subjetividad y construyeran su objeto de lucha: la subsistencia. Se construyeron como madres, amas de casa, al ser interpeladas por el discurso populista bajo categorías de responsabilidad familiar, de buenas madres, de buenas reproductoras. El discurso interactuó con el contexto y estas mujeres populares elaboraron sus intereses y experiencia, y en la práctica social accionaron y crearon comedores, organizaron desayunos para los niños ("Vaso de Leche"), y urbanizaron los barrios, construyendo viviendas, escuelas, plantando árboles, etc., con los escasos recursos que les proporcionaba el estado o sociedades filantrópicas en su mayoría religiosas. Se puede decir que el sujeto maternal construido se configuró en un sujeto activo y constructor. 

Esta situación sufrió modificaciones en los setenta y ochenta, dándose cambios discursivos (democracia, socialismo, feminismo, y autoritarismo) con nuevas categorías (opresión, derecho al desarrollo social y humano, derechos ciudadanos, derechos humanos, reproductivos y sexuales, género, etc.) que resignificaron las condiciones sociales y materiales y transformaron la identidad de los sujetos y sus intereses. Uno de los cambios más importante en el contexto fue la crisis económica. En estas nuevas circunstancias las prácticas se volvieron más políticas, el lenguaje de los discursos era otro diferente al populista y el movimiento social era más heterogéneo. La politización en el caso de los Movimientos por la Subsistencia hay que relacionarla con la actuación de otros sujetos como las ONG para el desarrollo, que eran a su vez de diferentes partidos de la izquierda, feministas, o de las iglesias, y que estaban constituidos en nuevos discursos. Y así sucesivamente, en los noventa, se han presentado un nuevo contexto, nuevos discursos, nuevos significados y nuevos sujetos en términos de políticas de ajuste, neoliberalismo y globalización.

Paralelamente, en los contextos autoritarios de los setenta, se visibilizaron sujetos movilizados en contra de la violencia (del estado, de la guerra o de la droga) en acciones políticas de diverso índole. Los he tipologizado como Movimientos de Madres contra la Violencia, especialmente en América Latina,[74] pero se puede hablar de una cadena que se ha continuado hasta Europa oriental, como un caso de sujetos maternales normatizados históricamente pero ahora rebelados, resistentes y constructores de democracia.

Las dictaduras del cono sur latinoamericano crearon una situación diferente de falta de libertades, de personas asesinadas, desaparecidas, presas y exiladas, en donde el discurso de la democracia y de los derechos humanos proporcionó las condiciones necesarias para dar significado a esa situación. Los movimientos de Madres contra la Violencia (Madres de Plaza de Mayo, COMADRES, etc.) construyeron su identidad a partir de elaborar conjuntamente el interés por recuperar a sus hijos y en oposición a la invisible, y en la mayoría de los casos pasiva identidad de los padres. Estas sujetos, son inestables (recordemos que la identidad es "contingente", "inestable, y "diferencial"[75]), que cambia al reelaborar el interés inicial, como sucedió con las Abuelas de Plaza de Mayo argentinas, que se desprendieron de las Madres, al dedicarse a la búsqueda de los nietos. También se puede observar en las Madres de Plaza de Mayo los cambios en su actuación de los últimos años, en que el discurso socialista radical aparece claramente en su lenguaje compartiéndolo con el inicial de los Derechos Humanos.       

Concluyendo, el objetivo de este capítulo ha sido mostrar desde la perspectiva histórica discursiva las herramientas con que se cuenta para abordar las diferentes construcciones discursivas del sujeto mujer y la subjetividad e identidad feminista, como introducción al hecho del sufragismo, que se dio en el contexto colombiano entre las décadas del treinta a cincuenta del siglo XX.

 


  NOTAS

 


[1] Corresponde al título del artículo esta primera nota (nota de la editora). Una primera versión fue publicada en Boletín Americanista, nº 52, Barcelona, 2002, y en la Revista virtual Lybris, de la Universidad de Brasilia. He de agradecer a Tania Navarro, su directora, la traducción al francés. Ahora se ha desarrollado y fundamentado más ampliamente la noción de sujeto. Agradezco los comentarios del alumnado del curso de Doctorado, Historia de las mujeres. Género y contextos discursivos en América Latina, y la lectura y sugerencias de Gabriela Castellanos, Carmen Ramos, Rafaela Vos Obeso, Cris Suaza y María Himelda Ramirez

[2]Barret, Michelle. "Palabras y cosas: materialismo y método en el análisis feminista contemporáneo", La Ventana, nº 4, Guadalajara, (México) 1996, pp. 36-37

[3] El interés por la significación, según Pedro Cardim, se adelantó al giro lingüístico en la sociología, la antropología y la filosofía, no así en la historia. "Entre textos y discursos. La historiografía y el poder del lenguaje", Cuadernos de Historia Moderna, nº 17, Madrid, 1996, p. 126

[4] También Hayden White define la historia como: "un modo de discurso, una manera de hablar, y el producto producido por la adopción de este modo de discurso". White, Hayden. El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, Ed.. Paidós, Barcelona, 1992. p. 71 y 74. Para una discusión sobre "la historia narrativa", como la llama White, y sus tendencias ver páginas 47-50

[5] Canning, Kathleen. "Feminist History after the Linguistic Turn: Historicizing Discourse and Experience", Signs, v. 19, nº 2, New York, 1994, pp. 370-371

[6] Cabrera, Miguel Ángel. Historia, Lenguaje y Teoría de la Sociedad, CátedraFrónesis, Madrid, 2001, p. 18

[7]Ibíd., pp. 48-50

[8]El último libro de Joan W. Scott, La Citoyenne Paradoxale. Les feministes françaises et les droits de l´homme, Albin Michel, Bibliothèque Histoire, París 1998, supone un ejemplo paradigmático de esta forma de hacer historia, habiendo estado precedido de muchos artículos teóricos sobre la diferencia sexual, la experiencia, el lenguaje y el género. Parte de ellos los citaremos a lo largo de este libro     

[9]Scott, Joan W. "El Género: Una categoría útil para el análisis histórico", en J.S. Amelang y M. Nash (ed.) Historia y Género, Alfons el Magnanim, Valencia, 1990

[10]Joan W. Scott. A cidadâ paradoxal: as feministas francesas e os direitos do homen, Editora de Mujeres de Florianápolis, 2002

[11]Foucault, Michael. La arqueología del saber, Siglo XXI ed., México, 1979, p. 81

[12] Apleby, Joyce; Hunt, Lynn; y Jacob, Margared. La verdad sobre la historia, Ed. Andrés Bello, Barcelona, 1998, p. 210

[13]En resumen, dice Paul Veyne: "Toda historia es arqueológica por naturaleza y no por elección: explicar y hacer explícita la historia consiste en percibirla primero en su conjunto, en relacionar los supuestos objetos naturales con las prácticas de fecha concreta y rara que los objetivan y en explicar esas prácticas no a partir de un motor único, sino a partir de todas las prácticas próximas en las que se asientan (...) La historia misma es uno de tantos falsos objetos naturales. La historia no es más que lo que hacemos de ella; no ha dejado de cambiar, pues su horizonte no es eterno", Como se escribe la historia. Foucault revoluciona la Historia, Alianza Editorial, Madrid, 1984, pp. 214-215-226 y 237-238

[14]Cabrera, Miguel Ángel. Op. cit., pp. 51-52

[15] Scott, Joan W. "Igualdad versus diferencia: los usos de la teoría postestructuralista", Debate Feminista, nº 5, México, 1993, p. 87

[16]Ibíd., "Sobre el Lenguaje, el Género y la Historia de la Clase Obrera", Historia Social, nº 4, Valencia, 1989, p. 128

[17] Cabrera, Miguel Ángel. Op. cit. pp. 68-71

[18]Ibíd. p. 73

[19] Scott, Joan W."La Mujer trabajadora en el siglo XIX", en Duby, Georges y Perrot, Michelle, eds. Historia de las mujeres, v. 4, Taurus, Madrid, 1993. También el artículo ya citado: "Sobre el lenguaje...", hace referencias a la construcción del concepto de "clase", perteneciente al discurso socialista

[20] Cardim, Pedro. Op. cit., p. 138

[21] Hayden White, define la significación como: "la tradición del análisis cultural basada en una teoría del lenguaje como sistema de signos (más que de palabras), al estilo de Saussure. White, H. Op. cit., pp. 149 y 201

[22]"(...) la mujer es un constructo cultural e intenta deconstruir este signo para poder distinguir la biología de la cultura y la experiencia de la ideología". Borrás, Laura. "Introducción a la crítica literaria feminista", en: Segarra, Marta y Carabí, Angels (eds.). Feminismo y crítica literaria, Ed. Icaria, Barcelona, 2000, p. 18

[23] Cabrera, Miguel Ángel. Op. cit., pp. 55-57

[24]Ibid. pp. 73-76

[25] Scott, Joan W. "Sobre el Lenguaje...", op. cit., p. 83

[26] Ibíd., p. 84

[27] Coddetta, Carolina. Mujer y participación política en Venezuela, Edición x Demanda, Caracas, 2001, p. 31

[28] Scott, Joan W. "El Género: una categoría ..." op. cit. pp. 44-47

[29] Ibíd. La Citoyenne Paradoxale..., op. cit., p. 15.

[30] Ibíd. "Igualdad versus ...", op. cit. pp. 89 y 90.

[31] Ibíd. "Sobre el Lenguaje...", op. cit., p. 81     

[32] Ibíd., p. 90.

[33]Scott, Joan W. "Feminismo e Historia", Hojas de Warmi, nº 8, Barcelona, 1997, p. 116

[34] Castellanos, Gabriela. "Introducción. Género, discursos sociales y discursos científicos", en: Castellanos, Gabriela; Accorsi, Simone y Velasco, Gloria (comps.). Discurso, Género y Mujer, Centro de Estudios de Género / La Manzana de la Discordia, Universidad del Valle, Cali, 1994, p. 12

[35] Castellanos, Gabriela. "Desarrollo del concepto de género en la teoría feminista", en: Castellanos, Gabriela; Accorsi, Simone (comps.). Ibíd., p. 37-45

[36]Braidotti, Rosi. Citando a Monique Wittig, Sujetos Nómades, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2000, p. 226

[37]Rodríguez Magda, Rosa María. Foucault y la genealogía de los sexos, Anthropos, Barcelona, 1999, pp. 52 a 67

[38]Ibíd., p. 119 a 133

[39]Castellanos, Gabriela. "Introducción. Nuevas concepciones de la subjetividad como transfondo teórico de los estudios de género", en: Castellanos, Gabriela y Accorsi, Simone. Sujetos femeninos y masculinos, Centro de Estudios de Género / La Manzana de la Discordia, Universidad del Valle, Cali, 2001, pp. 17-19

[40]Cabrera, Miguel Ángel. Op. cit. p. 115

[41]Ibíd.

[42]Ibíd.

[43]Scott, J. W. ""Eco fantasía"": historia y construcción de identidad", Labrys, Estudos Feministas, nº 1-2, 2002, p. 1

www.unb.br/ih/his/gefemscott1.html, (La traducción es mía)

[44]Cabrera, Miguel Ángel. Op. cit. p. 116, citando a Scott, Joan W. 

[45]Ibíd. p. 83

[46]Scott, Joan W. "La Experiencia como prueba", en: Carbonell, Neus y Torras, Meri (comps.) Feminismos literarios, Arcolibros, Madrid, 1999, p. 86

[47]Ibíd., p. 106

[48]Cabrera, Miguel Ángel. Op. cit.., pp. 102-108

[49]Ibid., pp. 145-146

[50]Ibid., p. 146

[51]Ibid., p. 147

[52]Ibid., p. 149

[53]Thomas, Florence. "Mujer y código simbólico", Las mujeres en la historia de Colombia, v. 3, Norma, Bogotá 1992, pp. 12-13

[54]Sau, Victoria. Diccionario Ideológico Feminista, v. II, Icaria, Barcelona, 2001, pp. 100-101

[55]Ibíd., p. 169

[56]Ibíd. El vacío de la maternidad, Icaria, Barcelona, 1995, también: "Del vacío de la maternidad, la igualdad y la diferencia", Hojas de Warmi, nº 9, Barcelona, 1998

[57] Lozano Estívalis, María. Las Imágenes de la Maternidad, Ayuntamiento de Alcalá de Henares, 2000, pp. 109. La autora hace un recorrido histórico abundante sobre figuras de la virgen en relación a la maternidad

[58] "María esa mujer misteriosa", Crónica, El Mundo, 22.12.96, p. 10.

[59] Lozano, María Estíbaliz. Op. cit.

[60]González de Chaves. Asunción. "Las imágenes de la feminidad en los mitos y las religiones. De las grandes Diosas a la Virgen María", en: Monzón, María Eugenia y Perdomo, Inmaculada (eds.). Discursos de las mujeres, discursos sobre las mujeres, Centro de Estudios de la Mujer, Universidad de La Laguna, 1999

[61]Jagoe, Catherine. "La Misión de la Mujer", en: Jagoe, Catherine; Alda, Blanco; y Enriquez de Salamanca, Cristina. La mujer en los discursos de género, Icaria, Barcelona, 1998, p. 32

[62]Ibíd.

[63]Navarro Valls, Joaquín. "El Papa dice que María es el "genio femenino", El Mundo, Madrid, 8.12.95, p. 55

[64]Entre otras, Molina Petit, Cristina. Dialéctica feminista de la Ilustración, Anthropos, Barcelona, 1994, pp. 33-34

[65]Varela, Julia. Nacimiento de la mujer burguesa, Ed. de La Piqueta, Madrid, 1997, pp. 166-193

[66]Ibíd., pp. 192-211

[67]Rodríguez Magda, Rosa María. M. Op. cit., p. 101

[68]Ballarín, Pilar. "Dulce, buena, cariñosa... En torno al modelo de maestra / madre del siglo XIX", en: Calero Secall, Inés y Fernández de la Torre Madueño, María Dolores (eds.). El modelo femenino: ¿una alternativa al modelo patriarcal?, Atenea, Málaga, 1996, p. 75

[69]Ibíd. pp. 79-88

[70]Scott, Joan W. ""Eco fantasía"": historia y ...", op. cit., pp. 30-31

[71]Defino el maternalismo - para diferenciarlo de la maternidad como una opción libremente elegida por las mujeres tal como lo hace el discurso feminista - como una construcción de género a través de diferentes discursos históricos, en proceso actualmente de desconstrucción. Para algunos ejemplos históricos ver: Luna, Lola G. "Populismo, nacionalismo y maternalismo: casos peronista y gaitanista", Boletín Americanista, nº 50, Barcelona, 2000. El mismo artículo también en: Bárbara Potthast y Eugenia Scarzanella (eds.). Mujeres y Naciones en América Latina. Problemas de inclusión y exclusión, Vervuert, Frankfurt am Main, 2001. También, Luna, Lola G. Los Movimientos de mujeres en América Latina y la renovación de la historia política, Centro de Estudios de Género / La Manzana de la Discordia, Universidad del Valle, Cali, 2003, pp. 85-100

[72] Los países que llevaron a cabo este proceso entre las décadas treinta y cincuenta fueron: Argentina, Brasil, Uruguay, México, Colombia, aunque fueron muchos otros los que aplicaron "políticas populistas", como Perú, Bolivia, Ecuador. En realidad, la tendencia populista y las prácticas populistas no ha cesado en América Latina, pero aquí me refiero a esas décadas en que el estado, por ciertas circunstancias favorables como la bonanza de las exportaciones pudo desarrollar, junto a un proceso industrial de sustitución de la importaciones, cierta redistribución de la riqueza mediante reparto de alimentos, vivienda, etc., entre la población urbana popular   

[73]Luna, Lola G. Los Movimientos de mujeres en América Latina...", op. cit., pp. 75-77

[74]Ibíd., pp. 77-82

[75] Cabrera, Miguel Ángel. Op. cit., p. 121

 


 

LA AUTORA

 Currículum abreviado 

Maria Dolores González Luna, Lola G. Luna, nació en Valdepeñas de Jaén y se licenció y doctoró en la especialidad de Historia de América, en la Universidad Complutense. Comenzó su actividad docente en la Universidad Pedagógica de Tunja, y en la Universidad Javeriana de Bogotá (Colombia) entre 1970-73

Y es Profesora Titular de historia de América en la Universidad de Barcelona , dónde imparte clases desde 1977, de Historia de América latina, siglo XX,  Movimientos sociales, e Historia de las Mujeres en América Latina en el nivel de Doctorado

Fue directora del Departamento de América en los años 80

Su línea de investigación desde hace treinta años se ha ido definiendo como la historia feminista del género en América Latina, especialmente sobre movimientos de mujeres, y en Colombia. Fue fundadora, y es directora del Seminario Interdisciplinar Mujeres y Sociedad SIMS (1989) en la Universidad de Barcelona, desde dónde se han publicado libros y  se han realizados los primeros Programas de Doctorado sobre las mujeres a principios de los años 90, y 5 Cruïllas del Género. Actualmente dirige en el Seminario un Grupo de Investigación sobre Historia Discursiva de las Mujeres, formado por doctorandas

Ha sido Fundadora y directora de la Revista Hojas de Warmi,, también del SIMS, dedicada a publicaciones sobre mujeres latinoamericanas.

Fue Investigadora Principal del Proyecto de Investigación “Movimientos de Mujeres y Participación política en Colombia y Argentina “, financiado por la CICYT, que reunió investigadoras de Universidades latinoamericanas.

Fue Fundadora y Coordinadora del Aula de Video de la Facultad de Geografía e Historia y ha realizado Documentación Videográfica sobre el tema de los movimientos de mujeres en América Latina en varios países, aplicada a la docencia, y apoyada por el Dpto. de Renovación Docente de la Universidad de Barcelona

Ha dirigido varias Tesis Doctorales y Tesis de Maestría en Universidades latinoamericanas, todas ellas sobre historia de las mujeres latinoamericanas. Ha participado en Cursos de doctorado de otras Universidades, Cursos de especialización, Conferencias y como Ponente en Congresos Internacionales en España y América Latina.

Publicaciones

1993 Resguardos coloniales de Santa Marta y Cartagena y Resistencia indígena. Edit. Fondo de Promoción de la Cultura, Bogotá, Colombia, que fue su Tesis Doctoral

1994 Historia, Género y Política. Movimientos de Mujeres y Participación Política en Colombia, 1930-1991. (coautoría con Norma Villarreal). Ed. Seminario Interdisciplinar Mujeres y Sociedad, SIMS, Universidad de Barcelona

2003 Los movimientos de mujeres en América Latina y la renovación de la historia política, Centro de Estudios de Género, Universidad del Valle / La Manzana de la Discordia, Cali,

2004 El Sujeto Sufragista. Feminismo y Feminidad en Colombia, 1930-1957, Centro de Estudios de Género, Universidad del Valle / La Manzana de la Discordia, Cali,

Y ha compilado y coeditado

1991 Mujeres y Sociedad. Nuevos Enfoques Teóricos y metodológicos (compilación e Introducción), Ed. Seminario Interdisciplinar Mujeres y Sociedad, SIMS, Universidad de Barcelona.

1992 Género, Clase y Raza en América Latina. Algunas aportaciones (compilación e Introducción) Ed. Seminario Interdisciplinar Mujeres y Sociedad, SIMS, Universidad de Barcelona.

1996 Desde las orillas de la política. Género y poder en América Latina (Comp. con Mercedes Vilanova) Ed. Seminario Interdisciplinar Mujeres y Sociedad, SIMS Universidad de Barcelona

"Las Raíces de la Memoria (coeditora., García y Otras), Universitat de Barcelona

2004 Relaciones Sociales e Identidades en América, (coeditora, Dalla Corte y Otros),Publicacions e Edicions, Universitat de Barcelona

2006 Homogeneidad, diferencia y exclusión en América (coeditora y Otras), Publicacions e Edicions, Universitat de Barcelona

Ha publicado numerosos artículos en Revistas americanistas de España y América, en Revistas de Mujeres de España y América, especialmente Colombia.

En línea:

"La nación Chimila: Un caso de resistencia indígena en la gobernación de Santa Marta" en Pilar García y Jordán, Miquel Izard, Conquista y resistencia en la historia de América,  Edicions Universitat Barcelona, Barcelona 1992

 

La feminidad y el sufragio colombiano durante el período 1944-481  Otras Miradas, Revista de la Universidad de los Andes, Vol. 1 Nº 1. Junio 2001. Pp. 108 - 125/ Web Universidad de los Andes [pdf]  

 También, otros muchos artículos cortos sobre historia del feminismo en Catalunya, España y América Latina, en consonancia con su feminismo militante en varios grupos del movimiento feminista catalán independiente, y su participación en diversos eventos del movimiento feminista Latinoamericano. Pertenece a varios comités de redacción de revistas americanistas y de mujeres, y asociaciones americanistas nacionales e internacionales. Algunos de estos trabajos en la Red:

 "Para una historia política con actores reales", en revista Historia y Crítica, Universidad de los Andes, nº 12, junio 1996, págs.69-76. Web Universidad de los Andes

"De la emancipación a la insubordinación: de la igualdad a la diferencia", web Mujeres en Red

"Sobre historia, género y política" en FEMPRESS

Este mismo artículo "La historia feminista del género y la cuestión del sujeto" se ha publicado en varios espacios de la red, entre ellos LabrysRevista digital de investigación feminista, Universidad de Brasilia, nº 1-2, julio-diciembre 2002

“Entre Discursos y Significados. Apuntes sobre el Discurso Feminista en América Latina” en Labrys, Revista digital de investigación feminista, Universidad de Brasilia, julio-diciembre 2008.

 

Otros artículos y curriculum de la autora en este blog:  

Introducción a la discusión del género en la historia política

Apuntes sobre el Discurso Feminista en América Latina 

Presentación y reseñas de libros:

Los movimientos de mujeres en América Latina y la renovación de la historia política

El sujeto sufragista, feminismo y feminidad en Colombia, 1930-1957



 

 

EL TRÁFICO MARÍTIMO Y EL COMERCIO DE INDIAS EN EL SIGLO XVIII

EL TRÁFICO MARÍTIMO Y EL COMERCIO DE INDIAS EN EL SIGLO XVIII

Marina Alfonso Mola

Universidad Nacional de Educación a Distancia.UNED/España

 

 

La política reformista del Despotismo Ilustrado vinculó la recuperación de la economía española a la reactivación del comercio ultramarino, tal y como preconizaban los teóricos del mercantilismo tardío que le sirvieron de inspiración. De ahí que apenas acabada la Guerra de Sucesión, los ministros de Felipe V adoptaran una serie de medidas para reorganizar un sector profundamente deprimido y desarticulado.

Ahora bien, por esta misma razón, antes de abordar la política reformista llevada a cabo en el ámbito del tráfico colonial, es conveniente trazar un somero panorama de la situación de partida. Una vez realizado el descubrimiento de América y comenzado el asentamiento de españoles en los primeros enclaves caribeños y centroamericanos como consecuencia de los viajes de exploración y la constatación de la existencia de oro y plata en las tierras recién halladas, los Reyes Católicos se vieron en la necesidad de organizar una línea comercial que uniera los reinos hispanos con el Nuevo Mundo: la Carrera de Indias[1]. Después de un período de vacilaciones, se adoptaron una serie de decisiones inspiradas por el naciente mercantilismo, que incluían la reserva del monopolio del comercio con las Indias a los súbditos españoles de los monarcas (fundamentado en las bulas alejandrinas de 1493 y el tratado de Tordesillas de 1494, que declaraban los derechos de la Monarquía Hispánica a la explotación del Nuevo Mundo)[2], la constitución de un organismo de control de todo lo relacionado con dicho tráfico (la Casa de la Contratación) y la designación del puerto de Sevilla (“puerto y puerta de las Indias”) como única cabecera de la ruta que debía unir la Península con las tierras americanas.

En el plano de la navegación, tras un período presidido por los “registros sueltos” que navegaron en solitario o en pequeños convoyes espontáneos hasta las Antillas primero y hasta el continente más tarde, sin fecha predeterminada para zarpar mas que por la oportunidad de los vientos y corrientes (corredor de los alisios en verano y corriente de Canarias en invierno), sin restricciones en las cargas (hasta 1543, en que se crea el Consulado y se estipula el valor mínimo de cada partida en 1.000 pesos), con el concurso de numerosos barcos (carabelas, naos, urcas, tipos de escaso tonelaje, entre 40 y 100 toneladas) propiedad de armadores procedentes de todo el litoral español y fabricados en su totalidad en astilleros nacionales, se fue dando paso, en un principio por razones de defensa para preservar la seguridad de las rutas atlánticas de los ataques de los corsarios isabelinos, a un sistema comercial regulado de un modo más estricto, que culminó con la promulgación del famoso Proyecto de Flotas y Galeones (1564, con algunas disposiciones complementarias posteriores), que establecía la salida anual de dos grandes flotas convoyadas al amparo de navíos de guerra fuertemente artillados[3]. Las flotas se componían de barcos de muy diversos tipos (galeones, naos, urcas, filibotes, pingues, fragatas, zabras, pataches), aunque desde el último tercio del siglo acabaron predominando los galeones, grandes bastimentos que fueron aumentando las doscientas toneladas de arqueo de media de la segunda mitad del Quinientos hasta las quinientas o más de la segunda mitad del Seiscientos[4].

A medida que se iba acentuando el gigantismo de las embarcaciones, se va degradando la operatividad del sistema de flotas y galeones al entrar en juego un poderoso oligopolio de intereses privados no coincidentes con el “bien de la nación”. Nos referimos a que emerge dentro de este sistema un implícito negocio de especulación comercial en los mercados americanos; de ahí que los flotistas intenten retrasar de forma deliberada la partida de los convoyes comerciales para que la carestía de productos incida en el aumento de los precios de los mismos. Los buques son cada vez menos y más grandes (costosas estadías en la metrópoli y en América para llenar y vaciar las enormes bodegas), con el consiguiente encarecimiento del costo de construcción y la imposibilidad de poder obtener un bastimento por un precio módico, por lo que los propios flotistas se erigen en los dueños de los buques, ya que son los únicos que disponen de capitales lo suficientemente fuertes para invertir en barcos y afrontar no sólo la improductividad de los tiempos muertos durante el fondeo, sino también los gastos consiguientes a la estadía (impuestos de puerto, sustento de tripulaciones de mantenimiento y vigía, deterioro de los cascos, etc.), con lo que el sector del transporte deja de diferenciarse del sector comercial y se inicia una larga etapa de supeditación del sector naviero a los intereses del comercio. A esto hay que añadir que los flotistas estaban fuertemente respaldados por las autoridades de la Casa de la Contratación que, pese a una detallada normativa sobre la prelación y orden para la formación del buque de cada convoy, eran las que tenían la última palabra para designar los barcos que habían de integrar cada expedición.

Si bien es cierto que no existió una normativa que impidiera directamente la participación en la Carrera de los armadores de cualquier punto del litoral español, la práctica indujo a la autoexclusión de los mismos, cuando al amparo del ologopolio del Consulado sevillano se produjo el cambio en las estructuras de la propiedad de los mercantes al servicio de la Carrera, que hacía prácticamente inviable el negocio de los fletes en el puerto hispalense y cortaba la posibilidad de la participación en las rutas americanas, las que daban mayores beneficios y podían ofrecer la oportunidad de la acumulación de capital previa para la inversión en nuevas unidades. Consecuencia de este cambio paulatino en la estructura de la flota fue la disminución del potencial numérico de la flota mercante, la primacía de los intereses del comercio especulativo sobre el sostenimiento de líneas comerciales dinámicas, la muerte por inanición del sueño de maestres y pilotos de la Carrera de convertirse en dueños de los barcos que patroneaban o pilotaban (como fruto de la inversión de los beneficios obtenidos en la realización de su tarea profesional), la autoexclusión de las rutas ultramarinas de los pequeños armadores y el surgimiento del puerto de Cádiz como alternativa a la plaza sevillana, dadas las crecientes dificultades que entrañaba el gran calado de los buques para superar la barra de Sanlúcar de Barrameda[5].

Por otra parte, los intercambios no pudieron tener una base más sencilla a lo largo de todo el siglo. Consistieron en la exportación de productos agrícolas (vino y aceite, los llamados "frutos" por antonomasia) y productos manufacturados (sobre todo, las llamadas "ropas" por antonomasia: paños, bayetas, lienzos, sedas, terciopelos, brocados, encajes), además de hierro y clavazón y de los cargamentos de mercurio destinados al procedimiento de beneficio de la plata llamado amalgama (embarcados en una flota separada de galeones conocidos con el nombre de "los azogues") y en la importación de metales preciosos (al principio oro, pero después fundamentalmente plata), que se complementaban con algunos otros productos, entre los cuales destacaban los colorantes (grana, añil y palos tintóreos). Artículos de menor consideración eran en el caso de las remesas metropolitanas algunos derivados de los principales productos agrarios (vinagre, aguardiente, aceitunas, alcaparras, harina) y algunos otros frutos secos (almendras, avellanas, pasas), así como otras manufacturas (peletería, jabón, papel, calzados, sombreros, medias, cintas, quincallería, cordelería, herramientas, cerámica), medicinas y algunos objetos de devoción (rosarios) y también culturales, como libros, obras de arte (especialmente pinturas) e instrumentos de música. En el caso de las importaciones, junto a los metales preciosos y los colorantes, hay que mencionar algunas otras materias primas (singularmente los cueros), algunos productos medicinales (jenjigre, zarzaparrilla, guayaco, cañafístula, jalapa), algún objeto suntuario (perlas, carey) y algunos otros géneros, entre los que merecen lugar aparte los productos de plantación como el tabaco (cuya elaboración y distribución se convertiría en un monopolio de la Real Hacienda a partir del siglo XVII), el azúcar o el cacao, que también hacen en el siglo XVII sus primeras y tímidas apariciones y, en menor medida, el algodón (ya en el XVIII). El cuadro no quedaría completo sin tener en cuenta que si los "frutos" eran fundamentalmente andaluces, el hierro era vizcaíno y el mercurio provenía de las minas de Almadén, el conjunto de las "ropas" estaba constituido masivamente por reexportaciones de tejidos procedentes de la Europa del Norte. Y que fue precisamente el valor muy superior de estas manufacturas textiles el que desató las críticas de los tratadistas coetáneos (que hablaron del avasallamiento de la plaza sevillana por la producción extranjera y que llegaron a imaginar a España como "las Indias de Europa"), así como el que permite caracterizar en gran medida el comercio sevillano como un comercio de intermediación, en el que muchos agentes españoles actuaban tan sólo como comisionistas, mientras los beneficios de las exportaciones industriales iban a parar a los proveedores extranjeros.

Como la plata indiana servía naturalmente para pagar las remesas metropolitanas, una parte importante pasaba a manos de los mercaderes (españoles y también extranjeros) que hacían de intermediarios con los proveedores del norte de Europa, que se convertía así en el destino final de un porcentaje difícil de calcular del metal precioso, lo que hizo pensar en la economía española como mero "puente de plata" entre América y Europa. Sin embargo, tampoco debe desdeñarse la plata retenida en las arcas hispanas, tanto a través de la propia actividad comercial (avituallamiento de los buques, venta de licencias de embarque, producto de los fletes, beneficios del comercio a comisión, retribución de las exportaciones nacionales y participación en los seguros y en los riesgos de mar, el sistema crediticio fundamental para el funcionmiento de la Carrera), como a través de los ingresos propios de la Corona (esencialmente los derechos de aduana y el quinto real sobre los metales preciosos). En cualquier caso, la investigación no ha resuelto aún la contradicción entre el proceso inflacionario vivido por España y la huida del metal precioso allende las fronteras peninsulares[6].

Un lugar aparte hay que conceder al tráfico de esclavos. La existencia de mano de obra indígena no propició la entrada de esclavos africanos en América en los primeros tiempos del asentamiento hispano, al tiempo que la falta de bases en las costas occidentales de Africa (como consecuencia del tratado de Tordesillas) impedía la actuación directa de los mercaderes españoles en este ramo. De ahí que se recurriese a la suscripción de contratos para la introducción de esclavos, es decir a un sistema de asientos que no tenía paralelo en el modo general de funcionamiento de la Carrera de Indias[7].

Finalmente, una variable queda siempre fuera del cuadro, el fraude y el comercio de contrabando, imposible de evaluar, aunque debió ser mayor en términos relativos durante los momentos de mayor decadencia del tráfico y de mayor descontrol de la Casa de la Contratación, en las décadas finales del siglo XVII. Aunque hubo otras razones (la centralización del tráfico en el puerto sevillano, la exclusión de los extranjeros, la obligación de superar un determinado monto en la inversión), fue sin duda la presión fiscal (avería, almojarifazgo de Indias y derechos de toneladas, que venían a representar aproximadamente el 35% del valor de las mercancías intercambiadas) uno de los mayores incentivos del fraude, que se vio potenciado además, en el caso de los metales preciosos, por la práctica viciosa de la incautación de los caudales en caso de necesidad de la Corona y por la demora en la entrega de los caudales a los particulares por parte de la Casa de la Contratación. Sumar este 35% a los beneficios obtenidos en las operaciones de exportación e importación resultó un incentivo muy apetecible para muchos comerciantes, que buscaron las formas de burlar a los agentes del fisco, la mayoría de las veces con la colaboración de las propias autoridades o de los propios capitanes de los barcos de las flotas, que participaban directamente del fraude[8]. Y, finalmente, hay que sumar a este fraude generalizado el contrabando abierto, practicado por los extranjeros y sus agentes españoles y que alcanzaba su máxima expresión en la escala de las Canarias o en el comercio directo realizado por agentes no autorizados completamente al margen de las normas de la Carrera de Indias. Un rosario de puertos onubenses y gaditanos supieron rentabilizar su situación y, al tiempo que ayudaban a completar los cargamentos y a proveer de bastimentos a las naves, se dedicaron a atender las arribadas forzosas y a ejercer un activo contrabando, especialmente intenso en las localidades de la bahía gaditana.

Según los cálculos de las expediciones y los tonelajes, las décadas finales del siglo XVII marcan una progresión en la caída, que no se detiene ni siquiera con el cambio de centuria, sino que llega hasta 1715, con la abrupta sima de 1709, la más profunda desde la inauguración del comercio ultramarino. Las razones de este largo periodo de contracción no parecen depender de causas vinculadas con la evolución de las colonias, es decir de una presunta "era de depresión" de la América hispana[9], sino que se derivan más bien de la crisis general de la metrópoli (crisis demográfica, económica, social y política, que tiene su trasunto en las continuas dificultades de la Real Hacienda y en el retroceso militar y territorial en Europa y fuera de Europa), con sus repercusiones en la Carrera de Indias.

La situación a fines del siglo XVII señalaba el fin de una época: la Casa de la Contratación había declinado en sus funciones de control, el monopolio sevillano se había desplazado a otros puertos andaluces (y singularmente al puerto gaditano), las remesas de metal precioso se habían reducido a su mínima expresión, los efectivos navales era insuficientes, las flotas no salían anualmente, las rutas americanas durante la Guerra de Sucesión habían sido atendidas por buques franceses y había aumentado la presión fiscal y por ende el contrabando, de modo que los barcos extranjeros visitaban abiertamente los puertos americanos y se producía el auge del comercio directo entre los países europeos y las colonias americanas. Ante semejante estado de cosas, se imponía una reforma profunda de la Carrera de Indias, que sería abordada por los ministros de la nueva dinastía borbónica apenas concluida la Guerra de Sucesión.

En efecto, la Carrera de Indias presentaba un panorama desolador al final de la guerra de Sucesión a la Corona de España. Por un lado, el comercio oficial había descendido durante la primera década de la centuria a cotas aún más bajas que las registradas en la segunda mitad del siglo XVII, al tiempo que aparecía más que nunca enteramente en manos de los fabricantes y mercaderes extranjeros. Por otro lado, la alianza con Francia, necesaria para sostener la causa de Felipe V, había supuesto la concesión de toda una serie de privilegios a los comerciantes de aquella nación, que habían consolidado sus posiciones en la bahía de Cádiz, habían obtenido a través de la Compagnie de Guinée el asiento para la introducción de esclavos en América y habían aprovechado su posición para irrumpir en el área del Pacífico, en el virreinato del Perú, convertido poco menos que en un coto reservado de los armadores galos a través sobre todo de los cap-horniens radicados en Saint-Malo. Finalmente, el propio tratado de Utrecht había dado carta de naturaleza legal a la penetración comercial inglesa en la América hispana, mediante la concesión del privilegio exclusivo de la introducción de mano de obra esclava a la South Sea Company (en detrimento de la compañía francesa) y del llamado "navío de permiso", que permitía la negociación de 500 toneladas anuales de mercancías en las ferias de Veracruz y Portobelo[10].

Ante esta comprometida situación, y partiendo de la consideración del comercio con América como el principal motor para facilitar la rápida recuperación de la economía española, los sucesivos gobiernos de Felipe V llevaron a cabo una política de constante intervención en la organización de la Carrera de Indias, encauzando su actuación por una doble vía. Así, por un lado, adoptaron una actitud revisionista respecto de los privilegios obtenidos por franceses e ingleses como consecuencia de la guerra de Sucesión y la paz de Utrecht, es decir mantuvieron con tenacidad una política que miraba a la anulación por todos los medios posibles de las ventajas que habían pasado a disfrutar los extranjeros en el ámbito americano. Y, por otro, desplegaron un sistemático programa de reformas con el propósito de recuperar el control del comercio colonial, incrementar los niveles del tráfico de exportación e importación y promover una suerte de nacionalización de la Carrera de Indias[11].

Siguiendo un orden estrictamente cronológico, las primeras medidas (las decididas durante los años 1717-1725) consistieron en la aplicación al ámbito del tráfico ultramarino de los principios de racionalización y de uniformización que estaban presidiendo las etapas iniciales del reinado de Felipe V en todos los órdenes de la vida española. Así, la primera iniciativa fue la de ordenar el traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz (1717), en realidad un acto legislativo que daba mera carta de naturaleza a un hecho consumado, el progresivo desplazamiento del negocio colonial desde Sevilla a la bahía gaditana, que ya había generado una acalorada polémica desde finales del siglo anterior y cuya solución consagraba la decadencia definitiva de la ciudad hispalense, en favor de la plaza gaditana, cuyo triunfo se vio sancionado por la construcción de toda una serie de fortalezas para la defensa del puerto y de las flotas. El decreto de 8 de mayo de 1717 introducía además algunas modificaciones en la estructura interna de la institución, cuya presidencia quedaba unida a la titularidad de la Intendencia General de la Marina, creada al mismo tiempo, aunque ambos cargos volverían a quedar separados a mediados de siglo por un decreto de 22 de octubre de 1754. Sin embargo, esta renovación institucional, al igual que el traslado simultáneo del Consulado, no tendrían verdadera trascendencia para la organización inmediata del tráfico[12].

La segunda disposición reformista consistió en la introducción de una serie de mejoras de carácter administrativo dentro de un sistema que seguía asentado en los principios mercantilistas. Así, el nuevo instrumento concebido para la revitalización de la Carrera fue la publicación del llamado Proyecto de Flotas y Galeones de 1720. Al mismo tiempo piedra fundacional del nuevo orden y confirmación del sistema imperante desde 1564, el proyecto establecía una mejor reglamentación de las expediciones (flotas, navíos, cargamentos, fechas, habilitaciones, formalidades administrativas), lo que tuvo su reflejo en un considerable progreso en la rapidez de la tramitación de los registros, en la simplificación contable y en la prevención del fraude. A este último fin se orientó uno de los capítulos básicos de la ordenanza, estableciendo un nuevo sistema arancelario que rebajaba los impuestos sobre los frutos y gravaba las manufacturas por el procedimiento del palmeo, es decir según los palmos cúbicos de los envases, privilegiando así los productos de más valor en relación a su volumen. En cualquier caso, la buscada claridad impositiva se vería comprometida por la permanencia del almojarifazgo de Indias y la aparición, pocos años más tarde, de nuevos derechos, como el de avisos, el de guardacostas o el de almirantazgo, poniendo de relieve las limitaciones del proyecto de renovación así como la excepción de la hacienda en el reformismo borbónico. Es decir, los redactores de la ordenanza se proponían promover el trafico introduciendo mejoras técnicas, pero no querían en absoluto renunciar a los fáciles ingresos que la Hacienda pública obtenía de una presión fiscal poco indulgente para con los cargadores a Indias[13].

En la segunda línea de actuación, atendida simultáneamente, las autoridades borbónicas se propusieron la liquidación del avasallamiento legal del tráfico ultramarino por los comerciantes extranjeros que habían operado en América al socaire de la guerra de Sucesión y ahora lo hacían al amparo del tratado de Utrecht. La expulsión de los franceses del Mar del Sur se llevó a cabo durante el virreinato del marqués de Castelfuerte, que a partir de 1724 fue cercenando todos los privilegios obtenidos por los navíos de aquella nación bajo la capa protectora de la actitud condescendiente mantenida por el virrey marqués de Castelldosrius, hasta el punto de que la ruta de los cap-horniens pudo considerarse cerrada en torno a 1730[14].

Mayores dificultades presentó la denuncia de las cláusulas del tratado de Utrecht favorables al comercio británico. El privilegio del "navío de permiso" era un puñal hundido en el costado de la Carrera de Indias. Por ello, si ya en 1725 las autoridades de Veracruz procedieron a confiscar el buque británico de aquel año, en 1729 el ministro José Patiño, aprovechando la prolongación de las negociaciones del tratado de Sevilla, negó la autorización para enviar el registro a América. Tal actitud por parte española no podía conducir sino a la ruptura de hostilidades, a una guerra que enfrentaría a ambos países durante diez años (1739-1748). La paz de Aquisgrán (1748) permitiría finalmente al gobierno español, ya bajo el reinado de Fernando VI, liquidar mediante la firma del tratado comercial de Madrid (1750) la espinosa cuestión de la South Sea Company y sus derechos al asiento de negros y al "navío de permiso", que eran abolidos mediante una compensación en metálico de cien mil libras esterlinas[15].

En cualquier caso, esta mera reestructuración de un sistema plenamente mercantilista, en su fundamento y en su práctica, no satisfacía plenamente a los legisladores ilustrados, que pronto se manifestaron a favor de introducir nuevas piezas que corrigieran la excesiva rigidez de la Carrera de Indias. Al control del tráfico por los funcionarios de la Corona debía unirse la participación de los agentes españoles en el comercio de exportación. Agentes que no eran sólo los cargadores, sino también los cosecheros y los fabricantes, y que no eran sólo los andaluces, sino también los del resto de las provincias hispanas[16].

Ahora bien, ni el enunciado del principio ni la incitación formal por parte de los intendentes podían bastar para conseguir los resultados apetecidos, sino que era necesario articular los mecanismos que permitiesen promover la producción de las diversas regiones y canalizarla hacia América. La primera vía que se creyó hallar para tal fin fue la aplicación de una fórmula que no dejaba de ser también estrictamente mercantilista, la creación de compañías a las que se otorgaba el privilegio del tráfico exclusivo con las áreas que se les designasen para el ejercicio de sus actividades comerciales. Tal iniciativa tenía la doble ventaja de la incorporación de los agentes españoles que quisiesen insertarse en unas sociedades que tenían una marcada implantación territorial (San Sebastián, Granada, Sevilla, Barcelona, etc.) y la potenciación de aquellas áreas deprimidas que en América habían quedado al margen de los grandes circuitos servidos por las flotas[17].

La primera de estas sociedades fue la Compañía Guipuzcoana de Caracas (1728), cuyos objetivos fueron los de garantizar las relaciones entre San Sebastián y Venezuela, el intercambio del hierro vascongado contra el cacao venezolano y la persecución del contrabando en el área (fundamentalmente el mantenido por los holandeses desde Aruba y Curaçao y por los ingleses desde Jamaica, bases fundadas en ámbitos territoriales desdeñados por los españoles por su escaso interés comercial). Aunque hubo de enfrentarse a diversas dificultades (el elevado precio del hierro o el conflicto entre los mercaderes y los cultivadores del cacao), alcanzaría una cierta longevidad, tras superar los perjuicios sufridos por las sucesivas medidas liberalizadoras de 1765 y 1778, para finalmente fundirse con la Compañía de Filipinas (1785)[18].

Le seguiría la Compañía de La Habana (1740), cuya actividad principal debía ser la compra y envío de tabaco y azúcar cubanos a España, pero que pronto diversificó sus negocios de manera irregular, dedicándose a la introducción fraudulenta de esclavos y a la exportación de tabaco a las colonias británicas, al tiempo que sus administradores se entregaban a la manipulación de los balances y a la práctica de la doble contabilidad. Tras deshacerse de la pesada obligación de fabricar una serie de navíos para la Corona en el arsenal de La Habana, la ocupación de la ciudad por los ingleses (1762-1763) cerró la primera etapa de la trayectoria de la sociedad, que sobrevivió sin embargo a la crisis, gracias a la autorización a introducir esclavos legalmente y a la adquisición de ingenios azucareros, que le permitieron comerciar con productos de su propiedad[19].

La fundación de la Real Compañía de Barcelona (1756) fue resultado de la progresiva incorporación de Cataluña a la Carrera de Indias, un fenómeno que venía produciéndose de forma significativa desde más de una década atrás. La nueva sociedad, cuyo establecimiento se justificaba por su misión de revitalizar las deprimidas economías de las islas de Santo Domingo, Puerto Rico y Margarita, pronto se enfrentó a las dificultades derivadas de sus insuficiencias financieras y de los bajos rendimientos de las inversiones de sus participantes. No obstante, el funcionamiento regular de su factoría de Santo Domingo y la ampliación de sus negocios, singularmente a la remisión eventual del añil de Honduras pero, sobre todo, a la continuada exportación del cacao de Cumaná, su renglón más rentable, le permitieron mantenerse en activo hasta que los decretos de 1765 y 1778 la condenaron a una lenta pero insoslayable decadencia[20].

Las rutas ultramarinas estuvieron abiertas también a otras sociedades, como algunas de las compañías de Comercio y Fábricas (las de Granada y San Fernando de Sevilla)[21], del mismo modo que todavía en la tardía fecha de 1785 se recurriría a este instrumento para fomentar el tráfico directo entre la metrópoli y las islas Filipinas, hasta ahora sólo garantizado mediante el galeón de Manila. No obstante, mucho antes de que se fundara la Real Compañía de Filipinas[22], las compañías privilegiadas habían pasado a convertirse en una fórmula obsoleta, criticada desde muchas instancias oficiales, donde se abría paso la idea de la libertad comercial como única vía para un verdadero progreso del tráfico colonial, como ya había predicado el equipo dirigido por Campillo en el seno de la secretaría de Marina e Indias desde antes de mediados del siglo.

En efecto, había que abolir el sistema de Flotas y Galeones. La incidencia negativa del sistema, culpable del anquilosamiento de la marina mercante y de la perpetuación del verdadero monopolio, el consular, que entorpecía la extracción de géneros y frutos y daba preferencia al comercio ilícito sobre el comercio legal, comenzó a ser enfatizada durante la época del monopolio gaditano en las opiniones y comentarios de los proyectistas (conde de Torrehermosa, Legarra, Campillo, Ward y Campomanes), que expusieron claramente los efectos nocivos del sistema: las flotas no salían con regularidad ni en uno ni en otro continente y así las desabastecidas áreas americanas eran campo abonado para el surtimiento a través del contrabando. Los buques españoles que podían haberse dedicado a llevar los frutos y manufactiras desde la metrópoli no se construyeron jamás y el relevo lo tomaron los extranjeros, que hicieron su negocio a costa de un sistema de comercio y transporte que los favorecía, es decir que contribuía al desarrollo de las flotas nacionales de sus competidores. Como muestra, la opinión de Bernardo Ward, que en su Proyecto económico (1762) dice taxativamente: “En una palabra, es tal el desorden en todo y en cada parte de nuestros intereses en América, que si los enemigos de España [...] se juntasen para discurrir el modo de inutilizarnosla, creo que no pudieran idear un medio más eficaz que la coordinación de un sistema [el de galeones y flotas], que ha producido los efectos que acabamos de reconocer”.[23]

La objeción al sistema imperante es clara y no hay que olvidar que este escrito es posterior al ensayo de la navegación en “registros sueltos”, propiciada por un hecho fortuito (la guerra del asiento, más que las compañías privilegiadas, salvo quizás para el caso de Guipúzcoa), no calculado por los ministros borbónicos, el que terminaría potenciando la participación provincial, especialmente en el caso de Cataluña, sin duda la región más preparada para aceptar el reto. En efecto, la ya mencionada guerra contra Inglaterra (1739-1748) obligó a las autoridades españolas a imaginar una excepción a la regla que evitase el riesgo del bloqueo británico contra las flotas de la Carrera de Indias y al mismo tiempo garantizase tanto el abastecimiento de las colonias americanas como las remesas de plata y otros productos ultramarinos a la metrópoli. Se autorizaron así los registros sueltos, que ofrecían la ventaja de su flexibilidad, tanto para sortear con mayor facilidad el acecho de los buques ingleses como para zarpar con rapidez sin la servidumbre de la espera para constituir el convoy habitual. Sus resultados superaron las expectativas, incrementando el tráfico (no sólo con las plazas que servían de desembocadura a las flotas sino con las regiones marginales tradicionalmente mal abastecidas) y ofreciendo nuevas oportunidades a las empresas mercantiles de otras regiones metropolitanas apartadas del comercio directo en virtud de las exigencias del sistema de flotas y galeones. El caso de Cataluña, cuya marina mercante pudo volver a las aguas atlánticas casi dos siglos después de una renuncia impuesta por una práctica desfavorable para sus intereses, ilustra a la perfección esta influencia decisiva de un cambio en el sistema de navegación sobre la transformación del sistema comercial. Los registros sueltos de 1739 (que además se autorizaban utilizando la vía reservada de Indias al margen de la Casa de la Contratación) significaron el reverso y el fin del sistema implantado por el Proyecto de Flotas y Galeones de 1564 y abrieron así una nueva época en la Carrera de Indias[24].

El final de la guerra con Inglaterra planteó la alternativa de mantener el sistema de registros sueltos o volver a la situación anterior. La exigencia de los Consulados de Cádiz, México y Lima, principales interesados en retornar al régimen primitivo, permitieron al conservador Julián de Arriaga (que había sustituido al marqués de la Ensenada en la secretaría de Marina e Indias) proceder al restablecimiento de las flotas detinadas a Veracruz en 1754 (por real orden de 11 de octubre), pero por el contrario los restantes destinos fueron atendidos ya por los registros sueltos que tan buenos resultados habían proporcionado, de tal modo que, pese a la concesión a los flotistas mexicanos y a sus aliados gaditanos, el tráfico al margen de las flotas vino a representar, entre 1754 y 1778, el 87% del comercio total entre la metrópoli y sus colonias americanas. De este modo, la exigencia de una particular coyuntura cobraba carta de naturaleza en la Carrera de Indias y preparaba el camino para asumir otras innovaciones más radicales sugeridas por los ministros ilustrados de ideas más avanzadas[25].

La primera medida descentralizadora fue de alcance limitado. Se trató de la designación de un segundo puerto como sede de un monopolio secundario, la creación de un servicio de Correos Marítimos en la ciudad de La Coruña, que en realidad vino a constituir un apoyo a la exportación ultramarina de todas las regiones litorales del Cantábrico. Durante sus años de funcionamiento normalizado, los destinos más frecuentados por sus barcos fueron los de Buenos Aires (que concentró el 61% de las expediciones) y el complejo de las Islas de Barlovento, Tierra Firme y Nueva España, que absorbieron el 39% restante[26]. Instaurado en 1764, su vigencia fue también corta, puesto que el decreto de 1778 le asestó el golpe de gracia, perdiendo La Coruña (lo mismo que Cádiz, que de todas formas centralizó un poco más del 75% del tráfico ultramarino[27]) su condición de puerto privilegiado frente a las restantes plazas peninsulares.

Ahora bien, por muy limitadas que fueran las cuñas introducidas en el sistema monopolístico gaditano por las compañías privilegiadas y por los correos marítimos, su importancia radica en la experimentación práctica del principio de liberalización comercial con la participación de otros puertos en el registro de los cargamentos destinados a América. Al año siguiente se entraba ya en una etapa diferente, que sin contrariar frontalmente la hegemonía de Cádiz significaba el abandono del sistema de puerto único y su sustitución por un sistema de contactos multitalerales entre diversos puertos metropolitanos y diversos puertos americanos, que de hecho dejaba expedito el camino para la instauración del Libre Comercio. El primer paso en esta vía, que tuvo todavía un alcance reducido, fue la promulgación del llamado Decreto de Comercio Libre de Barlovento (1765). Consistió en la autorización del tráfico directo a nueve puertos peninsulares (Barcelona, Alicante, Cartagena, Málaga, Cádiz, Sevilla, Gijón, Santander y La Coruña) con diversas islas antillanas (Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Margarita y Trinidad), a las que se sumaron, en ampliaciones sucesivas, otras diversas áreas, como fueron Luisiana (1768), Campeche y Yucatán (1770), Canarias (1772) y Santa Marta y Riohacha (1776). Aunque se trataba en general de áreas secundarias e incluso deprimidas, fueron muy numerosos los barcos que utilizaron los registros de Barlovento. Además, hay que decir que los efectos se vieron ampliados por la disposición que permitía la visita de diversos puertos caribeños en el transcurso de la misma expedición, lo cual facilitaba el comercio intercolonial, que también se estaba liberalizando paralelamente por las mismas fechas. En cualquier caso, la consecuencia más importante fue crear la conciencia entre las autoridades y los implicados del progresivo estado de disolución del monopolio gaditano, del abigarramiento producido por la coexistencia de los regímenes diferentes de flotas, registros sueltos, compañías privilegiadas y correos marítimos y, en resumidas cuentas, de la necesidad de una profunda transformación y simplificación del tráfico colonial, de una reforma completa de la Carrera de Indias[28].

El Decreto de Libre Comercio de 2 de febrero de 1778, que incorporaba al ámbito liberalizado las regiones de Perú, Chile y Río de la Plata, apenas si tuvo trascendencia en razón de su breve periodo de funcionamiento, pues a los pocos meses dejaba paso al más completo Decreto de Libre Comercio de 12 de octubre de 1778, que establecía el tráfico directo entre trece puertos españoles (los nueve ya citados, más los de Palma de Mallorca, Los Alfaques de Tortosa, Almería y Santa Cruz de Tenerife, a los que se sumarían algunos otros a lo largo del periodo de vigencia del sistema) con numerosos puertos de toda América (los nueve puertos mayores de La Habana, Cartagena de Indias, Buenos Aires, Montevideo, Valparaíso, Concepción, Arica, El Callao y Guayaquil, más los trece puertos menores de Puerto Rico, Santo Domingo, Monte Christi en La Española, Santiago de Cuba, Trinidad, Margarita, Campeche, Santo Tomás de Castilla, Omoa, Riohacha, Portobelo, Chagres y Santa Marta), con la excepción de las áreas de Nueva España y Venezuela, que no se incorporarían a la nueva situación hasta 1789[29]. Entre las novedades más importantes introducidas destacaba un sistema arancelario menos gravoso y más flexible con una discriminación proteccionista en favor de los productos nacionales, una serie de medidas en favor de la nacionalización del transporte (barcos exclusivamente de propiedad nacional y tarifas proteccionistas para los de fabricación española o hispanoamericana)[30], lastradas bien es verdad por toda una serie de excepciones debidas a la insuficiencia del armamento nacional, y la creación de una serie de "consulados nuevos" para defender los intereses de todos los agentes implicados en el comercio colonial. El año de 1778 se convirtió en un año de transición, en un momento especial durante el cual convivieron registros realizados por todos los sistemas imaginables (1720, 1764, 1765, febrero de 1778, octubre de 1778)[31], y finalmente en un gozne que abría la puerta a la expansión del sistema ya radicalmente nuevo del Libre Comercio por antonomasia[32].

¿Qué balance cabe hacer de la política reformista ilustrada en relación con la Carrera de Indias? Desgraciadamente no es posible dar una respuesta definitiva a todas las preguntas, especialmente porque carecemos de suficientes evidencias cuantificables homogéneas sobre el valor del comercio antes y después de 1717 y a lo largo de los períodos de 1717-1778 y 1779-1828 (más bien 1818, año en torno al cual se debe establecer, aunque sea con reservas, el principio de la concienciación de la situación crítica a que debía enfrentarse España en las colonias y año en que se abrió la posibilidad de realizar expediciones desde los puertos metropolitanos a los buques extranjeros, gravados con un recargo del 4% en la habilitación de registros en concepto de bandera extranjera). Además, se debe tener presente, a la hora de la valoración de la etapa del Libre Comercio, que los preliminares de la crisis colonial se han de fijar en 1808 (cuando los representantes americanos en las Cortes de Bayona formularon una serie de peticiones tendentes a poner fin al pacto colonial), que las Juntas Americanas entre 1810 y 1814 iniciaron con carácter soberano relaciones con Gran Bretaña y Estados Unidos y que, si bien el triunfo de los movimientos revolucionarios pioneros fue efímero y al finalizar la guerra de la Independencia en el territorio peninsular la metrópoli logró restaurar el régimen colonial (salvo en gran parte del Río de la Plata y Venezuela), las bases para el restablecimiento de la soberanía eran tan frágiles que entre 1818 y 1821 se produjeron una serie de declaraciones independentistas en cadena, quedando la resistencia de los grupos realistas reducida a algunos enclaves aislados, que tan sólo se pudieron mantener hasta 1824 ó 1826, fecha en que el derrumbe del dominio colonial fue claro y manifiesto[33]. En cualquier caso, si seguimos los datos disponibles sobre los caudales procedentes de las colonias, el número de expediciones a América, la naturaleza de los géneros exportados y la participación regional, se puede obtener una idea aproximada de los efectos de las medidas del reformismo borbónico.

En efecto, una magnitud significativa es el valor de los caudales recibidos de América, especialmente los que vienen por cuenta de particulares y que pueden por tanto suponerse en líneas generales equivalentes al producto de la venta de las mercancías exportadas. La posibilidad de contrastar las cifras correspondientes a tres momentos diferentes (1717-1738, 1747-1778 y 1782-1796), permite comprobar la evolución interna seguida durante los períodos aquí analizados. Mientras la primera etapa arroja un total de casi 131 millones de pesos, la segunda alcanza los 401 millones, lo que significa (por encima de la desigual duración de ambas etapas) un aumento más que considerable de las remesas metálicas entre las fechas consideradas, que se incrementan durante la primera etapa del Libre Comercio hasta alcanzar 448 millones (sólo para Cádiz y Barcelona en una época jalonada de conflictos bélicos)[34].

De este modo, sin pretender deducir más conclusiones de las permitidas, no cabe duda de la espectacular progresión de los indicadores disponibles, aunque no respondan exactamente a las preguntas formuladas. El comercio creció sin duda a lo largo del periodo del monopolio gaditano, si bien este crecimiento no debe imputarse exclusivamente a la bondad de la política reformista en el terreno específico del tráfico ultramarino, sino al desarrollo general de la economía española a todo lo largo del Setecientos. En cualquier caso, el sistema de Libre Comercio representó un nuevo paso adelante en el crecimiento del comercio colonial, ya que, si volvemos a emplear los mismos indicadores (partiendo de la base de las 930 expediciones efectuadas en los últimos cincuenta años del monopolio sevillano), obtenemos los siguientes resultados: 1.188 expediciones (o viajes de ida), en los sesenta y dos años de vigencia del monopolio gaditano, frente a 3.949 expediciones durante los cuarenta años del libre comercio, acerca de los cuales existen cifras procedentes del cómputo de las fuentes oficiales (aunque se debe tener en cuenta que los buques empleados en la Carrera durante esta última etapa eran de menor tonelaje)[35]. El proyecto de dinamización del ritmo del tráfico se cumplió incluso más allá del desideratum expresado por Campomanes de tener cuarenta buques navegando anualmente en viaje redondo, ya que de 19 unidades anuales de media durante el monopolio gaditano se pasa a 87 expediciones de media durante el período de libertad comercial.

Ahora bien, incluso si consideramos que el número de expediciones en la ruta atlántica puede tener un correlato adecuado en las cifras de las exportaciones a América, faltarían otras variables para juzgar del éxito o el fracaso de la política borbónica. En efecto, tan interesante como el crecimiento general del tráfico resulta el grado de nacionalización obtenido a partir de la incorporación de las distintas regiones al comercio de exportación. En este sentido, los escasos datos disponibles para el período del monopolio gaditano no predisponen al optimismo, ya que durante dicho espacio la producción española podría haber representado tan sólo un 16% del valor total de las exportaciones, calculado a partir de la manipulación de los registros de la flota de 1757 y su extrapolación al conjunto de los años 1717-1778. Aunque carecemos de cifras para comprobar un posible progreso a lo largo de dicha etapa, en cualquier caso también aquí el Libre Comercio se reveló como el verdadero sistema rupturista, ya que la cifra del 52% para la exportación española en relación al total durante el periodo 1782-1796 permite constatar cómo, quizás por primera vez en la historia de la Carrera de Indias, las reexportaciones extranjeras se ven superadas por los géneros de la producción nacional[36]. Tendencia que se mantiene e incluso se acentúa si llegamos hasta 1818 (62%), y hasta 1828, según los primeros datos de una investigación aún en curso[37].

Si la producción nacional se va haciendo poco a poco su hueco en las bodegas de los buques de la Carrera, éstos también se incorporan a un proceso de nacionalización en su fábrica (114.600 toneladas de construcción española frente a las 38.000 toneladas del monopolio gaditano)[38]. Ahora bien, no todo el litoral contribuyó en igual medida al progreso de la construcción naval. La construcción nacional se distribuyó de forma desigual por la geografía tanto española como americana, siendo Cataluña y Vascongadas las que más toneladas aportaron y Andalucía la que incluyó mayor número de bastimentos en la composición de la flota del Libre Comercio, lo cual no fue óbice para que los astilleros de Valencia y Baleares mostraran su vitalidad constructiva como beneficiarias de los cambios producidos en el tonelaje de los barcos a partir del cambio en el sistema de navegación y de las repetidas crisis bélicas que incidieron en el tráfico ultramarino (barcos de escaso porte por conveniencias de seguridad y división de riesgos)[39]. Por otra parte, la misma disparidad en la participación regional mostrada por las distintas áreas metropolitanas es exportable a los diferentes ámbitos hispanoamericanos involucrados en la construcción naval con representación en la Carrera, pudiéndose detectar un ritmo de crecimiento, siempre en progresión, a medida que se va consolidando el Libre Comercio y las distintas áreas americanas van progresando al beneficiarse de los efectos positivos de la libre circulación entre los puertos habilitados[40].

Continuando con el sector naval, los otros dos indicadores que sirven para mostrar el posible éxito de las medidas reformistas son el fomento del número de bastimentos mercantes para el mantenimiento de unas líneas regulares con las colonias ultramarinas y la modernización de los tipos de buques para adecuarse a las necesidades de mayor velocidad de rotación y de crucero. En ambos aspectos se puede convenir que se logró una mejora notable. En primer lugar, la flota mercante se incrementó con respecto al monopolio gaditano, de modo que de 598 barcos se pasó a 1.720 unidades, teniendo en cuenta que a esta cifra se han de añadir las embarcaciones del Libre Comercio que zarparon de los otros puertos habilitados al margen del tráfico gaditano. En segundo lugar, al tiempo que la velocidad de rotación se incrementó (son numerosos los barcos que habilitan en Cádiz dos veces en el mismo año)[41], la velocidad de crucero se vio potenciada por la reducción del porte de los buques (el 62,75% de las expediciones se hicieron en buques de porte inferior a las 200 toneladas, mientras que en el monopolio gaditano sólo se realizaron el 32%, predominando las efectuadas en barcos de mayor tonelaje) y la modernización de sus perfiles y arboladuras. Los navíos, paquebotes, saetías y urcas del monopolio fueron desplazados por fragatas, bergantines, polacras y goletas, mientras se incorporan toda una serie de tipos de tradición mediterránea de velas latinas (jabeques, jabeques-místicos, jabeques-polacra), que progresivamente se van adecuando a las necesidades atlánticas a través de la adopción de aparejos mixtos, idóneos para barloventear ciñendo el viento de bolina[42]. Y los cascos no sólo se estilizan por el procedimiento de de alargar la quilla con relación a la manga, sino que también comienzan a recubrirse con forros de cobre, contribuyendo a aumentar la velocidad, la maniobrabilidad y a disminuir los costos de estadía para las reparaciones inherentes a los forros de madera agredidos por la broma en las cálidas aguas de la costa americana[43].

Resumiendo, la progresiva incorporación regional se vio favorecida desde el primer momento por la política reformista, tanto por la promoción de las compañías privilegiadas, como por la implantación de los registros sueltos o por la progresiva quiebra del sistema de puerto único permitiendo al menos la "multiplicación del monopolio". La reserva de espacios exclusivos en América para sociedades de base provincial, la posibilidad de navegar en barcos de modesto porte al margen del control de las flotas por parte de la oligarquía de los cargadores gaditanos y la utilización de los puertos más cercanos para el embarque de los géneros dejando para realizar en Cádiz tan sólo el trámite del registro de los cargamentos, fueron otras tantas bazas en el activo de las burguesías locales de las diversas regiones, incluso antes de la promulgación del Decreto de Libre Comercio de 1778. También en este terreno puede decirse que el reformismo cosechó indudables éxitos, aunque con una indudable diferenciación regional[44].

Así, la respuesta regional fue inexistente en los casos de los puertos de los Alfaques de Tortosa, Cartagena, Almeria y Sevilla y extremadamente tímida en Alicante, Palma de Mallorca, Gijón y Santa Cruz de Tenerife. En mayor medida comparecieron las plazas de Santander, La Coruña y Málaga, mientras Cádiz retenía la mayor parte del tráfico por su ventaja inercial y Barcelona se revelaba como la gran beneficiaria del sistema gracias al proceso de crecimiento económico protagonizado por Cataluña a lo largo del Setecientos[45].

En suma, el reformismo borbónico no supuso una alteración de las bases mercantilistas que fundamentaron el funcionamiento de la Carrera de Indias desde sus primeros momentos. En este sentido, la política llevada a cabo por los Borbones se mantuvo dentro de la lógica del absolutismo ilustrado, que buscaba en todos los campos soluciones para el apuntalamiento del Antiguo Régimen, nunca para su subversión. Ahora bien, dicho esto, la Carrera de Indias se benefició de la aplicación de principios de racionalización para conseguir un mejor rendimiento que se reflejase en el crecimiento del tráfico y en la nacionalización de las exportaciones. En este contexto, los métodos aplicados fueron cada vez más avanzados, en una secuencia que va desde la mera reordenación de comienzos de siglo hasta la adopción de medidas tendentes a erosionar la doctrina del puerto único y la amplia liberalización posterior a 1778. Naturalmente, nada en esta política lesionaba el dogma del control estatal y la reserva del espacio americano a los súbditos de la Monarquía Hispánica, incluso cuando impelidos por la cruda realidad se autorizó, por real decreto de 9 de febrero de 1824, el comercio directo con los extranjeros en los dominios de América, gravado con un recargo del 6% de habilitación por derecho de extranjería, para dificultar que los foráneos pudiesen participar de los beneficios reservados a los naturales. La modernización del sistema debía ser justamente la garantía de la perpetuación del propio sistema, por lo que la administración se mostró renuente a publicar el decreto de 21 de febrero de 1828, acta de defunción del Libre Comercio y, en definitiva, de la Carrera de Indias[46]. Sin embargo, del mismo modo que la mayor racionalidad y eficacia del Despotismo Ilustrado permitió a la larga la aparición de una ideología independentista y la efectiva emancipación de América, el mejor funcionamiento de la Carrera de Indias contribuyó a la denuncia de los principios del pacto colonial favorable a la metrópoli en que tenía su fundamento. La independencia de América acabó con el sistema de intercambios establecido a raíz del descubrimiento justamente cuando el reformismo borbónico estaba empezando a producir sus mejores frutos en el sector del comercio ultramarino.

 

 NOTAS


[1] Una panorámica bien argumentada en A. García-Baquero González, La Carrera de Indias: suma de la contratación y océano de negocios, Sevilla, 1992; y para otros aspectos vinculados a las partidas invisibles, A. M. Bernal, La financiaciación de la Carrera de Indias (1492-1824). Dinero y crédito en el comercio colonial español con América, Sevilla, 1993.

[2] Esta opción descartaba la implantación de un monopolio de tipo estatal: la Corona sólo retuvo un tanto por ciento del producto de las minas (el llamado quinto real, o sea el 20% de los metales extraídos) y los derechos de aduana cobrados tanto en la metrópoli como en los puertos coloniales.

[3] Ambos convoyes zarpaban de Sevilla y se dirigían respectivamente, el denominado la “flota” al puerto mexicano de Veracruz (después de tocar por lo regular en Santo Domingo y La Habana) y el llamado los “galeones” a Tierra Firme (puertos de Nombre de Dios, primero, y Portobelo más tarde, con un ramal a Cartagena de Indias y otros puertos cercanos del mismo litoral), donde descargaban sus productos, que eran internados hasta la ciudad de México, en el primer caso, y, en el segundo, hasta la ciudad de Panamá, ya en el Pacífico, donde eran embarcados con destino al puerto del Callao para su distribución por el inmenso territorio del virreinato del Perú. Naturalmente, el viaje de regreso seguía el camino inverso, con una escala obligada en La Habana, donde se unían ambas flotas en torno al mes de marzo antes de partir para la metrópoli. Al margen de las flotas, hay que decir que también prestaron un servicio regular los llamados navíos de aviso, destinados a anunciar las fechas de salida y llegada de los convoyes y a transportar las órdenes y los restantes documentos oficiales emanados de las autoridades reales, así como la correspondencia mercantil de los particulares. Además, en la segunda mitad de siglo (1571) se puso en funcionamiento una línea de prolongación que se consolidaría igualmente por varios siglos (hasta 1815): el llamado galeón de Manila, que partía de Acapulco para alcanzar las islas Filipinas, donde intercambiaba sus cargamentos de plata (y otros artículos mexicanos) contra las sederías y las porcelanas de China (y otros géneros, filipinos, japoneses y de más lejana procedencia). Para mayor información puede consultarse un clásico: C. H. Haring, Comercio y navegación entre España y las Indias en la época de los Habsburgos, México, 1939 (1ª edición, Cambridge, Mass., 1918); así como E. Lorenzo Sanz, Comercio de España con América en la época de Felipe II, 2 vols., Valladolid, 1980. Para la prolongación ultramarina asiática: W. L. Schurz, El Galeón de Manila, Madrid, 1992 (1ª ed. inglesa, 1939); C. Yuste López, El comercio de Nueva España con Filipinas, 1590-1785, México, 1984; y M. Alfonso Mola y C. Martínez Shaw (eds.), El galeón de Manila, Madrid, 2000.

 [4] Aunque la normativa exigió desde el principio que los barcos de la Carrera de Indias se construyesen exclusivamente en astilleros españoles, la fábrica varió sin duda con el transcurso de los años, de modo que a finales del siglo XVI la participación extranjera comenzó a aparecer tímidamente para en la segunda mitad de la centuria siguiente arraigarse con más entidad (30%, como consecuencia de la inflación, que había triplicado el valor de la tonelada contruida en los astilleros nacionales y el recurso a la compra de barcos extranjeros en el mercado de segunda mano, que eran más baratos), aunque aún en proporción inferior a las naves españolas (construidas en Vizcaya, Guipúzcoa, Andalucía, Canarias, Galicia y Asturias) y las americanas (fabricadas en Cuba, Campeche, Santo Domingo y Maracaibo, fundamentalmente). Las extranjeras procedían singularmente de los astilleros portugueses, flamencos, holandeses y napolitanos, más franceses, ingleses, hanseáticos y genoveses. Los datos proceden de H. y P. Chaunu, Séville et l’Atlantique (1504-1650), París, 1955-60, t. VI (1), pp. 116-157; y L.. García Fuentes, El comercio entre España y América, 1650-1700, Sevilla, 1980, pp. 203-205.

 [5] Cf. M. Alfonso Mola, “La flota colonial española en la Edad Moderna. Una visión panorámica”, XIII Encuentros de Historia y Arqueología. Economía Marítima, San Fernando, 1998, pp. 13-49 (la referencia en pp. 14-15). También resultan interesantes para documentar los buques de esta época: F. Serrano Mangas, Los galeones de la Carrera de Indias, 1650-1700, Sevilla, 1985, y del mismo autor, Armadas y flotas de la plata (1620-1648), Madrid, 1989.

 [6] La llegada de la plata americana produjo la llamada revolución de los precios. Se trata del proceso de potenciación del crecimiento europeo gracias, entre otras causas, a la disposición de abundantes medios metálicos de pago, los cuales evitan el estrangulamiento de los intercambios y propician la inversión en todos los sectores a partir de una inflación moderada y por tanto estimulante. En el caso español, sin embargo, la riada de plata produjo una inflación excesiva en una economía caracterizada por la escasa flexibilidad de la demanda y por el bajo nivel tecnológico que impedía aumentar la producción al ritmo de la inversión. Estos factores provocaron el aumento de los precios españoles en relación con los europeos al tiempo que la circulación de dinero barato, lo que llevó a los empresarios a desinteresarse por la inversión en una economía cada vez menos competitiva y empujó a los consumidores a adquirir los productos importados a mejor precio. De este modo, como señalaban los contemporáneos, la riqueza de España fue la causa de su pobreza. Cf. E. J. Hamilton, El tesoro americano y la revolución de los precios en España, 1501-1650, Barcelona, 1975.

 [7] Dichos asientos fueron firmados en buena parte con mercaderes portugueses, que mantienen un verdadero monopolio hasta la segunda mitad del siglo XVII, cuando se suscriben contratos con los genoveses Grillo y Lomelin (1663-1674), que marcan la transición a la aparición de las dos compañías (francesa e inglesa respectivamente) que se alzarán con el monopolio desde los primeros años del siglo XVIII.

 [8] Las fórmulas para evitar el pago de los derechos fueron muy numerosas, destacando en primer lugar la manipulación de los registros: la falsedad de las anotaciones (unas mercancías por otras, unos valores por otros), los registros extraordinarios (partidas adicionadas, registros rezagados), los registros aplazados (partidas sin registrar y partidas por registrar). A continuación venían las ocultaciones de las mercancías, que también adoptaban modalidades diversas, como las arribadas maliciosas (es decir el desembarco en puertos alejados de las miradas de los jueces de la Casa), el alijo nocturno de caudales desde los galeones de la Carrera a otros barcos menores excluidos de toda inspección, la acción de los llamados "metedores" o especialistas en introducir mercancías sin registrar dentro de las murallas.

 [9] El hundimiento se referiría al tráfico controlado desde la Casa de la Contratación, siendo posible, de acuerdo con las afirmaciones de Michel Morineau basadas en el análisis de los datos ofrecidos por las gacetas holandesas (muy distintos de los registrados por los funcionarios sevillanos), que las remesas hayan proseguido a buen ritmo aunque en beneficio de ese comercio directo con las diversas potencias europeas sin la intermediación sevillana. Cf. M. Morineau, Incroyables gazettes et fabuleaux métaux, París, 1985.

 [10] Para las cifras del comercio oficial en estos años, cf. A. García-Baquero, Andalucía y la Carrera de Indias (1492-1824), Sevilla, 1986, pp. 87-124. Sobre el comercio francés en el Pacífico, sigue siendo necesaria la consulta de las obras clásicas de E. W. Dahlgren, Les relations commerciales et maritimes entre France et les côtes de l’Océan Pacifique (commencement du XVIIIe siècle), París, 1909; L. Vignols, “Le commerce interlope français à la Mer du Sud, au début du XVIIIe siècle”, Revue d’Histoire Economique et Sociale, nº 13 (1925), pp. 240-299; y G. Scelle, La Traite negrière aux Indes de Castille, París, 1906; además de los libros más recientes de F. Campos Harriet, Veleros franceses en el Mar del Sur 1700-1800), Santiago de Chile, 1964; S. Villalobos, Comercio y contrabando en el Río de la Plata y Chile, 1700-1811, Buenos Aires, 1965; y C. D. Malamud Rikles, Cádiz y Saint Malo en el comercio colonial peruano (1698-1725), Cádiz, 1976. Para las confrontaciones hispano-británicas y sus implicaciones económicas en América, cf. las obras clásicas de J. O. McLachlan, Trade and Peace with Old Spain, 1667-1750, Cambridge, 1940; y G. H. Nelson, Contraband and Peace with Old Spain, 1667-1750, Cambridge, 1940.

 [11] Para las reformas impulsadas en el ámbito del tráfico ultramarino por los ministros de los primeros Borbones, cf. la obra de G. J. Walker, Política española y comercio colonial, 1700-1789, Barcelona, 1979; y, más recientemente, el trabajo de A. J. Kuethe, “El fin del monopolio: los Borbones y el Consulado andaluz”, en E. Vila y A. Kuethe (eds.), Relaciones de poder y comercio colonial, Sevilla, 1999, pp. 35-66.

 [12] Sobre el conflicto entre Sevilla y Cádiz, sigue siendo imprescindible el trabajo clásico de A. Girard, La rivalité commerciale et maritime entre Séville et Cadix, París-Burdeos, 1932. La cuestión del traslado de las instituciones sevillanas del comercio colonial a la plaza gaditana ha sido revisada por A. Crespo Solana, La Casa de Contratación y la Intendencia General de la Marina en Cádiz (1717-1730), Cádiz, 1996; y por A. J. Kuethe, “Traslado del Consulado de Sevilla a Cádiz: nuevas perspectivas”, en E. Vila y A. Kuethe (eds.), Relaciones ..., pp. 67-82.

 [13] Para la valoración del Proyecto de 1720, cf. A. García-Baquero, Cádiz y el Atlántico, 1717-1778, Sevilla, 1976, especialmente, t. I, pp. 197-210; así como G. J. Walker, Política ..., pp. 140-146.

 [14] Sobre esta cuestión, cf. el trabajo clásico de L. Vignols y H. Sée, “La fin du commerce français dans l’Amérique espagnole”, Revue d’Histoire Economique et Sociale, nº 13 (1925), pp. 300-313; así como el de C. D. Malamud Rikles, “Els negocis d’un virrei català al Perú: el marqués de Castelldosrius (1707-1710)”, II Jornades d’Estudis Catalano-Americans, Barcelona, 1987, pp. 83-97.

 [15] Cf. G. J. Walker, Política ..., especialmente pp. 258-259.

 [16] Esta fórmula para la nacionalización del tráfico ultramarino fue ya expuesta con claridad en la circular remitida en 1720 a los nuevos intendentes repartidos por todo el territorio español: “[...] Y considerando Su Majestad que este u otro cualquier comercio, para poder enriquecer mucho a sus vasallos y aumentar la Real Hacienda, es conveniente que se haga, a lo menos la mayor parte, con géneros y frutos de estos reinos [...] me manda Su Majestad decir a V.S. que teniendo presentes estos motivos y reconviniendo con ellos a los fabricantes y negociantes de ese reino, procure V.S. alentarlos y disponerlos a que envíen a Cádiz la mayor cantidad que pudieren de frutos, tejidos y demás géneros de España a fin de embarcarlos para Indias, ya sea con factores propios, o encargándolos a los de la Carrera de Indias, o vendiéndolos a los negociantes que residen en Andalucía [...]” (la cita es recogida por J. de Uztáriz, Theórica y Práctica de Comercio, 3ª ed. 1757, pp. 110-111). Para el pensamiento del prestigioso economista, cf. R. Fernández Durán, Gerónimo de Uztáriz (1670-1732). Una política económica para Felipe V, Madrid, 1999.

 [17] Sobre estas sociedades en general, cf. M. J. Matilla Quiza, “Las compañías privilegiadas en la España del Antiguo Régimen”, La economía española al final del Antiguo Régimen, Madrid, 1982, t. IV, pp. 269-401.

 [18] Cf. R. D. Hussey, The Caracas Company, 1728-1748, Cambridge, Mass., 1934; y M. Gárate Ojanguren, La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, 1728-1785, San Sebastián, 1990.

 [19] Cf. M. Gárate Ojanguren, Comercio ultramarino e Ilustración. La Real Compañía de La Habana, San Sebastián, 1993.

 [20] Cf. J. M. Oliva Melgar, Cataluña y el comercio privilegiado con América. La Real Compañía de Comercio de Barcelona a Indias, Barcelona, 1987.

 [21] C. A. González Sánchez, La Real Compañía de Comercio y Fábricas de San Fernando de Sevilla (1747-1787), Sevilla, 1994; y M. Molina Martínez, “La Real Compañía de Granada para el comercio con América”, Andalucía y América en el siglo XVIII, Sevilla 1985, t. I, pp. 235-249.

 [22] Sobre el galeón de Manila, sigue siendo esencial la lectura del libro ya clásico de W. L. Schurz, El galeón ..., pero hay que consultar obligadamente los trabajos de J. Cosano Moyano, Las relaciones comerciales entre Filipinas y Nueva España: el permiso en el monopolio del Galeón de Manila, Córdoba, 1980; y de C. Yuste López, El comercio .... Sobre la Compañía de Filipinas, el estudio básico sigue siendo el de M. L. Díaz-Trechuelo, La Real Compañía de Filipinas, Sevilla, 1965.

 [23] B. Ward, Proyecto económico en que se proponen varias providenciasdirigidas a promover los intereses de España con los medios y fondos necesarios para su planificación. Escrito en el año 1762 por B. W., ed. de J. L. Castellano, Madrid, 1982.

 [24] La influencia del sistema de navegación sobre el sistema mercantil se argumenta en M. Alfonso Mola, “La flota ...”. Para el caso catalán, cf. C. Martínez Shaw, Cataluña en la Carrera de Indias, 1680-1756, Barcelona, 1981; y M. Alfonso Mola y C. Martínez Shaw, “La expansión catalana en la Andalucía Occidental”, Els catalans a Espanya, Barcelona, 1996, pp. 213-221.

 [25] Aunque es nutrida la bibliografía sobre la dialéctica entre los consulados y la vida económica en el transcurso de la centuria, cf. la excelente panorámica de M. A. Lahmeyer Lobo, Aspectos da actuaçâo dos Consulados de Sevilha, Cádiz e da América Hispánica na evoluçâo económica do século XVIII, Río de Janeiro, 1965. Además, para los consulados de México y Lima en el Setecientos, cf. las obras básicas de D. A. Brading, Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810), México, 1975; C. Borchart de Moreno, Los mercaderes y el capitalismo en México (1759-1778), México, 1984; y C. Parrón Salas, De las Reformas borbónicas a la República. El Consulado y el comercio marítimo de Lima, 1778-1821, Murcia, 1995.

 [26] Cf. F. Garay Unibaso, Correos Marítimos Españoles a la América Española, 2 vols., Bilbao, 1987; y M. Lelo Belloto, Correio Marítimo Hispano-Americano. A Carreira de Buenos Aires (1767-1779), Sâo Paulo, 1975.

 [27] Cf. J. R. Fisher, El comercio entre España e Hispanoamérica (1797-1820), Madrid, 1993, pp. 20 y 77.

 [28] No disponemos de un estudio completo del sistema de comercio libre de Barlovento, aunque sí de los sustanciales trabajos de J. M. Oliva Melgar, “La burguesía barcelonesa ante el Decreto e Instrucción de Libre Comercio de Barlovento”, I Congrés d’Història Moderna de Catalunya, Barcelona, 1984, t. II, pp. 601-609; y “Reflexiones en torno al comercio libre de Barlovento. El caso catalán”, El comercio libre entre España y América Latina, 1765-1824, Madrid, 1984, pp. 71-94. Cf. asimismo, G. Douglas Inglis y A. J. Kuethe, “El Consulado de Cádiz y el Reglamento de Comercio Libre de 1765”, Andalucía y América en el siglo XVIII, Sevilla, 1985, pp. 79-95.

 [29] El Libre Comercio se mantuvo vigente hasta el 21 de febrero de 1828, en que fue derogado, casi cuatro años después de haberse independizado la mayor parte de las colonias americanas y haber quedado el imperio ultramarino reducido a los enclaves de Cuba, Puerto Rico y Filipinas (M. Alfonso Mola, “1828: el fin del Libre Comercio”, XII Congreso Internacional A.H.I.L.A., Oporto, 1999, en prensa).

 [30] La nacionalización de los bastimentos se explicita en el artículo 2º del Reglamento para el Comercio Libre mediante dos líneas de actuación: prohibición del uso de buques de construcción extranjera y ventajas fiscales para los constructores de nuevos buques.

 [31] Un estudio detallado se encuentra en M. Alfonso Mola, La flota gaditana del Libre Comercio, 1778-1828, Sevilla, 1996 (tesis doctoral inédita).

 [32] Cf. J. Muñoz Pérez, “La publicación del Reglamento de Comercio Libre a Indias de 1778”, Anuario de Estudios Americanos, t. IV (1947), pp. 615-664. No siendo pertinente dar cuenta aquí de la nutrida bibliografía existente sobre el libre comercio, cf., para una amplia discusión de su significado, C. Martínez Shaw, “Comercio colonial ilustrado y periferia metropolitana”, Rábida nº 11 (1992), pp. 58-72; y A. M. Bernal y J. Fontana (eds.), El comercio Libre entre España y América, 1765-1824, Madrid, 1987.

 [33] Cf. A. García-Baquero González, Comercio colonial y guerras revolucionarias, Sevilla, 1972.

 [34] Las cifras están tomadas de A. García-Baquero, Cádiz ..., t. I, pp. 323-330, para los dos períodos del monopolio gaditano, y de J. R. Fisher, Commercial relations between Spain and Spanish America in the era of Free Trade, 1778-1796, Manchester, 1985, p. 67, para las remesas del Libre Comercio.

 [35] Las cifras del monopolio sevillano proceden de L. García Fuentes, El comercio ..., pp. 180 y 225; las del monopolio gaditano de A. García-Baquero, Cádiz ..., t. I, p. 255; y las del Libre Comercio M. Alfonso Mola, “La flota ...”, p. 20.

 [36] Para los datos del monopolio gaditano, cf. A. García-Baquero, Cádiz ..., especialmente t. I, pp. 329-330. Para el Libre Comercio, cf. J.R. Fisher, El comercio entre España e Hispanoamérica (1797-1820), Madrid, 1993, especialmente pp. 18-19.

 [37] La apreciación se desprende del análisis que estoy realizando de la última década de vigencia del Libre Comercio, empleando como fuente alternativa el Diario Marítimo de la Vigía de Cádiz, dado que las fuentes oficiales se extinguen en 1818.

 [38] Las 114.600 toneladas suponen el 44% de la totalidad de las toneladas puestas al servicio del transporte durante la libertad comercial y las 38.000 toneladas de construcción nacional del monopolio gaditano corresponden al 21,75%. El espectacular aumento con respecto al final del monopolio sevillano (recuérdese que era del 70%) se debe a la política de fomento de la marina mercante emprendida por Patiño y Ensenada, pero al ser el ritmo de crecimiento del comercio exportador superior a la capacidad constructiva de los astilleros nacionales casi desmantelados (a lo que habría que añadir la competencia de materias primas y de mano de obra especializada empleada en el desarrollo de la Armada, línea prioritaria dentro de la política naval), la demanda de bodega se suplió con la compra de embarcaciones extranjeras en un mercado de segunda mano bien abastecido tanto en la Bahía como en los puertos coloniales.

 [39] Hay que tener en cuenta que la cifra del monopolio gaditano corresponde a la totalidad de la flota colonial mientras que el número de toneladas de construcción nacional señaladas para el Libre Comercio se refiere únicamente al puerto de Cádiz. Por tanto habría que sumar las toneladas nacionales registradas en los restantes puertos habilitados procedentes de los buques que viajaron directamente sin hacer escala en la Bahía. Para una información más por extenso, cf. M. Alfonso Mola, “La flota ...”, pp. 23-31.

 [40] Aunque parezca paradójico, el papel de los buques de construcción criolla se refuerza en el primer cuarto del siglo XIX, en vísperas y durante el proceso de emancipación de las provincias americanas. Su presencia ya no está vinculada al encargo de las unidades por los comerciantes metropolitanos, sino a la participación directa en la matrícula gaditana de los navieros ‘españoles-americanos’, cuyos buques han de pasar por el trámite del doble asiento para poder insertarse en las líneas comerciales Cádiz-América. Los centros productores se hallan en el área venezolana (Maracaibo, Puerto Cabello, Cumaná y Pertigalete), en la peruana (Guayaquil), en la mexicana (Campeche, Tlacotalpan, Huatulco y Puerto Alvarado), en la paragüaya (Angostura y Neembuesí), así como en La Habana, Nueva Orleáns (previo a su venta a Estados Unidos en 1803), Riachuelo (Buenos Aires), Nueva Guayana y Filipinas (Cavite y Sual). Un estudio más exhaustivo en M. Alfonso Mola, La flota .... 

 [41] El esfuerzo por lograr la modernización del tráfico mercantil quedó reflejado en el artículo 7º del Reglamento a través de medidas conducentes a realizar un comercio más dinámico y a disminuir las estadías en puerto. En relación a los elementos matriales y humanos del transporte marítimo (navieros, tripulaciones, matrículas, buques, patentes, etc.) se busca la simplicación de los trámites burocráticos previos a la apertura de registro, la abolición de las visitas y las demandas de licencias o permiso para navegar (ahora sólo se manifiesta el propósito de viajar a los jueces de arribadas y la comunicación del puerto de destino al administrador de Aduanas).

 [42] M. Alfonso Mola, “La flota ...”, pp. 31-37.

 [43] M. Alfonso Mola, “Técnica y economía. El forro del casco en las embarcaciones del Libre Comercio”, Ciencia, Vida y Espacio en Iberoamérica, Madrid, 1989, vol. II, pp. 73-102.

 [44] Para una visión de conjunto sobre esta cuestión, cf. C. Martínez Shaw, “Los comportamientos regionales ante el Libre Comercio”, Manuscrits, nº 6 (1987), pp. 75-89.

 [45] Otros estudios regionales son: J. M. Delgado Ribas, Cataluña y el sistema de Libre Comercio (1778-1818), Barcelona, 1981 (tesis doctoral inédita, cuyos resultados han aparecido en diversos artículos); V. Ribes Iborra, Los valencianos y América: el comercio valenciano con Indias en el siglo XVIII, Valencia, 1985; L. Alonso Álvarez, Comercio colonial y crisis del Antiguo Régimen en Galicia (1778-1818), La Coruña, 1986; C. Manera Erbina, Comerç i capital mercantil a Mallorca, 1720-1800, Palma de Mallorca, 1988; C. Parrón Salas, “Cartagena y el Comercio Libre, 1765-1796”, Anales de Historia Contemporánea, nº 8 (1990-1991), pp. 215-224; J. Varela Marcos, El inicio del comercio castellano con América a través del puerto de Santander (1765-1785), Valladolid, 1991; I. Miguel López, El comercio hispanoamericano a través de Pasajes, 1778-1795, San Sebastián, 1990, de la misma autora, El comercio hispanoamericano a través de Gijón, Santander y Pasajes, 1778-1795, Valladolid, 1992, “Relaciones comerciales guipuzcoano-americanas. 1796-1818”, Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián, nº 26 (1992), pp. 563-590, “Gijón y América: la continuidad del intercambio comercial, 1796-1818”, Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, nº 140 (1992), pp. 581-605 y “Flujo comercial Santander-América. 1796-1828), Anales de Estudios Económicos y Empresariales, nº 8 (1993), pp. 187-217; D. Peribáñez Caveda, Comunicaciones y comercio marítimo en la Asturias pre-industrial (1750-1850), Gijón, 1992; y A. Gámez Amián, Málaga y el comercio colonial con América (1765-1820), Málaga, 1994. El impacto del Libre Comercio en el ámbito ultramarino en J. Ortiz de la Tabla, Comercio exterior de Veracruz, 1778-1821, Sevilla, 1978; P. E. Pérez-Mallaína, Comercio y autonomía en la Intendencia de Yucatán (1797-1814), Sevilla, 1978; C. Parrón Salas, De las Reformas ...; y J. R. Fisher, “El impacto del comercio libre en el Perú, 1778-1796”, Revista de Indias, vol. XLVIII, nº 182-183 (1988), pp. 401-420.

 [46] Si bien España seguiría manteniendo hasta 1898 un comercio privilegiado con Cuba, Puerto Rico y Filipinas, puesto que el “imperio insular” continuaba estando bajo la soberanía hispana, por lo cual los comerciantes de uno y otro lado gozaban de las correspondientes ventajas arancelarias frente a terceros y el tráfico metropolitano un trato preferente frente a las colonias, el monopolio se había quebrado irremisiblemente, tanto en el terreno del comercio como en el del transporte, donde los buques metropolitanos tendrían que coexistir con los barcos coloniales, especialmente con los de la marina cubana, especializados en el comercio de cabotaje al tiempo que garantizaban el aprovisionamiento de los coloniales de la América continental (incluídas las ex-colonias españolas, Brasil y Estados Unidos). Una clara síntesis en J. M. Fradera, “El comerç americà durant el segle XIX”, El comerç entre Catalunya i Amèrica segles XVIII i XIX, Barcelona, 1986, pp. 111-121.

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Publicado en: Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval. XXVI Jornadas de Historia Marítima:”Arsenales y construcción naval en el siglo de la Ilustración”, vol. 41, Madrid, 2002, pp. 105-129

 

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Otros artículos y curriculum de la autora en este blog:

FIESTAS REALES Y TOROS EN EL QUITO DEL SIGLO XVIII

FIESTAS EN HONOR DE UN REY LEJANO. LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE V EN AMÉRICA

 

RECUERDOS DEL SIGLO XX

RECUERDOS DEL SIGLO XX

Asunción Lavrin

Arizona State University, Tempe, Arizona

 

 

 

Como historiadora me gustan los recuerdos. De hecho, los recuerdos son la materia viva de mi profesión que tiene el empeño de que sigamos siempre en busca de voces dadas por perdidas, de escritos e imágenes que esperan pacientes en archivos y bibliotecas para darnos ese placer enorme de dialogar con el pasado, de hallar el significado que tuvieron para quienes nos dejaron huellas de su presencia a través de ellos, con la esperanza de que un día nos reuniéramos de nuevo con sus vidas.

La reunión que propongo hoy será breve pero llena de respeto y afecto. Será con aquellas mujeres y hombres que a través del siglo XX, pusieron gran parte de sus energías en la construcción de un programa educativo para la mujer. Hoy en día hay muchas preocupaciones sobre la creación de materiales que no discriminen contra ellas y que presenten opciones educativas amplias par ambos sexos. Aquellas voces que lamentaban la carencia de educación superior o de, simplemente, educación para las niñas y las jóvenes suenan ya muy lejanas. Pero esa percepción no deja de ser engañosa. Aún no tenemos equidad educativa en muchos países, o acceso no sólo para las niñas sino para todos los niños y jóvenes que desean y necesitan una educación completa. En realidad, si bien hoy, en teoría, muchas de las opiniones que les referiré no son exactamente aplicables a nuestra realidad, los principios de justicia educativa en los que se basaron ni han pasado de moda ni son irrelevantes. De hecho, son la base para nuevos planteamientos

Es difícil decir cuando se acaba un siglo y cuando comienza otro. Los números no significan mucho; las prácticas, las ideologías, los sentimientos que nos guían no cambian simplemente porque de la noche a la mañana ya estemos en otro siglo. Así ocurrió con respecto a la educación de la mujer cuando terminó el siglo XIX y comenzó el XX. Poco cambió, porque los procesos que se habían iniciado en el XIX siguieron en marcha; los ministerios y secretarías de educación a través de nuestra América siguieron operando más o menos bien de acuerdo con los presupuestos, la visión de los educadores, y la capacidad de gobernar de quienes tenían las riendas de las naciones en sus manos. También se prolongaron por varias décadas algunas nociones sobre el carácter y finalidad de esa educación.

Este siglo XX de nuestros recuerdos se inicia con diversos esfuerzos para crear una nueva concepción de “género” adecuada a la marcha de los tiempos. Se trataba en casi todos nuestros países de re-evaluar el rol de la mujer dentro del hogar, la familia, y el estado, a través una educación que se definió comúnmente como la piedra de toque para el cambio social y económico de muchas naciones. Así lo entendieron educadores, economistas, y hombres de estado de visión amplia. Muchos de ellos tuvieron un concepto idealista y generoso de la educación como una acto de justicia que se debía a las mujeres, a quienes se había marginal izado por centurias si no milenios. Otros y otras lo vieron como una necesidad económica imperativa para unirse al elenco de naciones en vías de industrialización. Empíricamente, la mano de obra femenina educada era un elemento imprescindible para el avance del “progreso”. También hubo otra posición intermedia que demandaba la educación para que la mujer pudiera valerse por sí misma, no ya en función de la nación, sino en lo que, acertadamente, se vio como la lucha por la vida, en la medida que el analfabetismo y la carencia de entrenamiento contribuían a la depresión económica de las mujeres pobres. De todo hubo.

Aún así, es fascinante comprobar como el concepto "biológico" de la mujer dejó huellas profundas en la construcción de su educación. Aunque el concepto “género” se supone moderno, ya en los planes e ideas sobre la educación en el siglo XX se empleaba una fuerte división sexual del trabajo y la noción de que existía un rol social apropiado para cada sexo. El concepto fundamental de las “aptitudes propias del sexo” raramente dejó de figurar en las propuestas de aún las personalidades más dispuestas a remodelar el papel de la mujer a través de la educación. Las y los feministas más dedicados y convencidos arguyeron a favor de la equiparación legal de la mujer, del sufragio femenino, de la plena igualdad educativa y laboral de ambos sexos, pero bajo la óptica ideológica del “maternalismo”. Esto es, el concepto de que el bien que la mujer tiene le pertenece en función de las virtudes morales, de administración, de sensitividad, de responsabilidad, que le confería su papel de madre y su sexo biológico. Estas sensibilidades especiales debían ponerse al servicio de la familia y la nación a través de la educación.

Oigamos el testimonio profundamente espiritualizado de Amanda Labarca, la más notable educadora chilena de la primera mitad del siglo XX:

“Nosotras tenemos que forjar otra [ciencia]: la del mejor conocimiento de las capacidades espirituales femeninas, que no sabemos ni valorizar ni usar rectamente.” “A las mujeres nos falta buscar en nosotras mismas; ignoramos todavía cuál es nuestra verdadera función en la armonía de los nuevos conjuntos humanos.” “Somos fuente de calor espiritual para el mundo...” “ Así como es imposible que crezca la semilla sin el calor del sol, así también es imposible que aliente la raza del hombre, sin el calor de los sentimientos y de los afectos.” “Nuestra cultura ha de servirnos para realzar los valores espirituales, para propender al triunfo de la hermandad entre los hombres y...los países...”[1]

 

 

 

Amanda Labarca

 

 

 

 

 

Son pensamientos destilados en 1927 en ocasión de la celebración del cincuentenario del acceso de las mujeres al bachillerato que les abrió las puertas de la universidad (Ley Amunátegui). Labarca inyecta una fuerte dosis de idealismo y también de conformación con valores atribuibles a la mujer como sexo y como género. Aquí, ella comparte con Tancredo Pinochet Le Brun, su coetáneo, ideas que aunque vertidas por éste en 1908, todavía tenían vigencia en los años 30. Pinochet LeBrun estableció una diferencia entre “educación” e instrucción que las mujeres debían tener en cuenta. “Educar es dar prendas de carácter” La educación trae virtudes, honores, salud, riqueza y alegría, “y es la primera fuerza de mundo,” decía Pinochet LeBrun”[2] La instrucción puede carecer de “educación” pero la segunda era, a sus ojos, mucho más importante. Labarca y Pinochet LeBrun desean la educación del espíritu y del carácter enfatizando virtudes atribuibles al sexo femenino y que inculcadas en la escuela o en la vida se presentan como una visión ideal del género que apenas cambia entre muchos educadores y aún reformistas de la primera parte del siglo. Así, Ermila Galindo, mujer fuerte y práctica de la revolución mexicana, podía ver panaceas espirituales en la educación de la mujer, que naturalmente iría siempre hacia el bien. La mujer nunca puede ser mala:

“Si se le ilustrase y educase debidamente...por sí sola se dirigirá siempre hacia el bien como brújula hacia el norte y con la ecuanimidad de las almas que aman el bien por el bien mismo, irá hacia él, subiendo con las alas del pensamiento hacia las regiones del infinito...llenará su corazón de sentimientos nobles, esparcirá en el hogar el perfume delicado de sus virtudes...”[3] 

La otra vertiente, ya señalada, es la que justifica la educación de la mujer como una necesidad basada en la equidad que debe existir entre los sexos (que es un asunto moral y legal), pero que considera fundamental el resultado práctico de la educación. Otra mexicana, Paula Alegría, en su tesis para la Escuela Nacional de Maestros, en 1930, establece que:

“hemos demostrado la conveniencia social y la necesidad de que a la mujer se le otorguen todos los beneficios que proporciona la educación, pues siendo la ley reinante en la sociedad actual la del trabajo, sustrayéndola de dicha educación quedará incapacitada y relegada a la situación de los seres inútiles, perjudicándose con esto, grande y simultáneamente: la mujer, la familia y la sociedad.”[4] 

Ahora bien, ¿qué clase de educación necesitaban las mujeres para iniciarse en la vida nacional como trabajadores eficientes, como creadoras de ciudadanos probos, y como ciudadanas responsables y buenas? La educación superior que abriría las puertas de las universidades para aquellas mujeres de inteligencia superior fue el objetivo de muchos. Para ellas, la clave de la igualdad intelectual radicaba en el acceso al espacio prohibido de estudios superiores. Otros y otras, asumieron que no todas las mujeres tenían la misma aptitud, y propusieron la educación de carácter técnico. Si bien la segunda no tuvo mucha oposición, la primera (la universitaria) tuvo antagonistas de calibre en algunos países hasta casi mediados del siglo XX. La educación técnica se apoyaba en especificidades femeninas, prolongaba la condición de mujer en una educación que celebraba las características que las sociedades le habían adscrito como sexo. La educación superior, según algunas opiniones. atentaba contra la concepción de la existencia de un meollo biológicamente femenino en cada mujer que sufriría si se destruía con el ejercicio del intelecto.

Deseo ilustrar estas ideas con algunos ejemplos. La visión de la educación no sexuada y basada en un concepto de derecho y justicia estuvo ejemplificada por la uruguaya María Abella de Ramírez, incansable librepensadora y defensora de cambios sociales y jurídicos que elevaran a la mujer a una situación de equidad con el hombre. Antes de 1910, escribió una satírica descripción de la educación de la mujer vista por diversos prismas masculinos:

“El analfabeto desea que su mujer sepa leer y escribir para que lo palanquée en lo más indispensable... el ignorante que sabe leer prefiere que la mujer no sepa...y entiende la educación de la mujer en el sentido de que sea buena cocinera, mucama etc... El (sic) hombre de sociedad que desea figurar, le gusta que sus hijas aprendan piano, dibujo, idiomas, para que luzcan más y puedan hacer un buen partido... Los clericales opinan que la mujer no necesita más ciencia que rezar y saber de memoria el catecismo...Al escritor le gusta que haya mujeres que mediten y estudien profundamente para que sepan interpretar sus obras... pero otra cosa distinta es que a una mujer se le ocurra ser literata.... Finalmente hay algunos hombres justos que reclaman la educación de la mujer como un derecho que le corresponde para que pueda bastarse a sí misma ... .para que pueda ser libre y feliz como su compañero, y éstos reclaman igual educación, igual instrucción para la mujer que para el hombre. A nuestro juicio, hay que desconfiar de todo el que al hablar de educación de la mujer, quiere un programa distinto del que para el varón se haga...”[5]

Abella y Ramírez encarna el tipo de mujer de avance. A pesar de elogiar la maternidad escribía que “la mujer no ha nacido solamente para ser madre, como no ha nacido el hombre sólo para ser padre...”[6] Tampoco perdió de vista el lado práctico de la educación. Elogió la escuela de masajistas y enfermeras fundada por Cecilia Grierson en la Argentina porque “el día que la mayoría de las mujeres tengan oficio o profesión, el país podrá hacer de cuenta que ha duplicado sus habitantes porque habrá doble número de brazos e inteligencias ...” para su desarrollo.[7] 

No todos pensaban de igual modo. La Cecilia Grierson, elogiada por María Abella, fue médica graduada en 1889, fundadora de la Sociedad Argentina de Primeros Auxilios, de la escuela de obstetras, enfermeras y masajista, y promotora de la enseñanza de Ciencias Domésticas. Nada le valió cuando le fue denegada una cátedra en la escuela de Medicina en su sección de enseñanza para las mujeres.[8]

 

 

 

 

En el centro Cecilia Grierson. Fuente: Web, Biblioteca.Academia Nacional de Medicina. Buenos Aires

 

 

 

La oposición a la educación universitaria no logró detener el lento pero notable incremento de graduadas en Educación, Filosofía y Letras, Medicina, Farmacia y Odontología, en casi todos nuestros países, de modo que ya para 1920 habían representantes mujeres entre la élite profesional. Pero la oposición fue descarnada y se extendió hasta mediados de siglo. Recordemos, para empezar, al mexicano Félix Palavacini, quien escribiendo para las maestras en 1910, les ofrece todo su respeto, pero les ruega “No seáis universitarias, no seáis académicas” Quienes cayeran en la tentación de seguir una carrera universitaria podrían llegar “al pedantismo ridículo o a una brillante miseria académica [que] acaba por hacerla madre de una prole enfermiza, débil y degenerada.” Su consejo era seguir una educación para la vida del hogar, y allegar “la verdadera misión de su sexo, que debe ambicionar como supremo fin hacer noble y buena a la vida.” Este ideal estético era aplicable a la mujer de clase media y para la mujer que necesitaba trabajar, recomendaba aprender ocupaciones como recamarera, cocineras, cuidadora de niños, etc.[9] 

El calibre de la oposición a la educación superior de la mujer se aprecia en grado extremo en Colombia. Se abre en 1872 la Escuela Normal y en 1927 se abre un Instituto Pedagógico para una preparación más completa. También se abre en 1933 la Universidad de Antioquia abre la Odontología como carrera. En el Cuarto Congreso Internacional Femenino que se celebró en Bogotá en 1930, varias oradoras propusieron reformas educativas que incluían la renovación de los métodos pedagógicos en las escuelas normales así como la admisión de las mujeres a la Universidad. Las mujeres que en años subsiguientes siguieron pidiendo apoyo para sus demandas promovían una educación adaptada a las necesidades de la mujer colombiana. Aceptaban la diferencia biológica entre hombres y mujeres y creían que “los múltiples oficios y profesiones” para la mujer debían armonizar “con su idiosincrasia a y con la misión que le ha confiado la naturaleza.”[10] Cuando finalmente se abren las puertas de la educación superior en 1936 la iglesia se expresa contra la co-educación. El obispo de Pasto lanzó la excomunión contra la Universidad de Nariño por estar en sus aulas algunas mujeres. Pero no eran sólo los conservadores de la iglesia. Hasta mediados de los años 40 el destacado ensayista Germán Arciniegas mantuvo una lucha constante contra la coeducación y la educación universitaria de la mujer aduciendo que ciertos menesteres y profesiones pertenecían a los hombres. En 1945, desde el Ministerio de Educación creó universidades femeninas para que se educaran en ocupaciones propias de su sexo como secretariado, servicio social, etc. En 1944 el Ministro de Educación, Antonio Rocha, se declara contra la educación universitaria. En un discurso de graduación de las bachilleras del Gimnasio Moderno, llamaba a las jóvenes a reflexionar sobre si su título era un triunfo o una equivocación lamentable que marchitaba su sensibilidad. Las llamaba a dejar al hombre la construcción de la historia mientras ellas siguieran reinando en el hogar.[11] La respuesta de las mujeres activistas entonces involucradas en una campaña por el voto, fue de burla, enardeciéndolas a seguir su campaña porque “si el hombre es un gigante ciego” como había dicho el Ministro, para que el país pudiera ser gobernado necesitaba a la mujer como lazarillo.[12]

Ahora bien, ni la enseñaza técnica ni la enseñaza normal levantaron críticas tan enconadas como la universitaria. La razón en esta diferencia de actitudes es que en ambos casos se trataba de cultivar esas virtudes femeninas que biológicamente se suponía tenía la mujer, y que le permitirían lograr la plenitud cívica, social y económica. O sea, que la educación técnica servía para remachar las características biológicas. A través de esa educación se creaba un concepto de “género” perfectamente tradicional. Ya desde el último cuarto del siglo XIX quedó firmemente establecido que la mujer tenía capacidades idóneas para la educación de la niñez y su labor en la pedagogía era muy aceptable. Cuando se abre la Normal para profesoras de Mexico en 1890, se informa en la Memoria de Justicia e Instrucción se dice que : “Este siglo [el siglo XX] dará a la mujer por medio de la instrucción: la igualdad.... la Escuela Normal para Profesoras ha dado al hombre la antorcha y hoy pone en la frente de la mujer la flama; ha creído que es necesario allanar el camino, nutrir su cerebro con todos los conocimientos, cultivar sus aptitudes, educar sus facultades, desarrollar su delicada inventiva..”[13] El lenguaje asienta que es el designio del hombre alumbrar el cerebro de la mujer, cera moldeable pero esencialmente inteligente que sólo necesita el toque de la llama de la educación para encender las facultades idóneas de su sexo. Dar luz al cerebro femenino fue un concepto muy frecuente antes de la primera guerra mundial.

Igualmente deseable era que se educara a las mujeres de las clases populares en alguna artesanía o profesión práctica para que tuviera un arma con que competir en los crecientes mercados de trabajo. Así mismo deseable era una educación que la preparara para administrar su propio hogar y cuidar de la salud y bienestar de sus hijos era recomendable. En la Escuela Normal para Profesoras de Mexico los planes de estudio de 1902 y 1908 estipulaban instrucción militar para los hombres y artes domésticas para las jóvenes.[14] Las escuelas de Artes y Oficios y las clases en Puericultura se pusieron de moda en la segunda y tercera década del siglo. La alta mortalidad infantil en nuestras naciones, aún en las más urbanizadas e industrializadas, demandaba que las madres fueran informadas de como cuidar a sus hijos de forma científica. En Chile, la Dra. Cora Meyers crea una “escuela de madrecitas” para que las niñas adolescentes pudieran ayudar a sus mamás en el cuidado de sus hermanitos y prepararse ellas para su futro rol de madres. En Mexico se incorpora la enseñanza de la Economía Doméstica como asignatura de rigor en los niveles primarios y secundarios. Esta división de los conocimientos prácticos persistía aún en las escuelas socialistas de los años 30.[15] Todavía el programa de los Once Años que inaugura Adolfo López Mateos, tenía especialidades domésticas paras niñas. [16] 

La revolución mexicana fue conservadora en cuanto a la educación de la mujer. No rompió prototipos. El ilustre Secretario de educación, José Vasconcelos llama a una colaboración plena de la mujer maestra a romper el analfabetismo, a unirse a la fuerza sagrada de la educación, como vestales consagradas por una ideología nacionalista para a dar su esfuerzo por el bien de la patria y sin esperar retribución otra que la propia satisfacción.[17] Las maestras se hermanarían en una tarea de evangelización por la alfabetización que aspiraba a hacer de la coeducación un medio de equiparar intelectualmente a la mujer al hombre para entonces comenzar un lento cambio de opinión en cuanto a la posibilidad de mezclar lo masculino y femenino en la consecución de un objetivo noble: la nueva patria. El estado usaría a la mujer como vehículo y arma de cambio sin cambiar la esencia misma de la relación entre hombres y mujeres.

 

 

 

 

Campesinas andinas. Fuente: http://www.cenda.org/educacion.htm

 

 

 

 

Aquí me pregunto si no pudiéramos ver lo positivo que hubo entonces para la mujer dentro de lo que a nuestra distancia puede parecer “sexista”. No niego el sexismo implícito y obvio de la educación que se la da a la mujer hasta hace poco, pero, ¿será posible hacer un reverso interpretativo de los postulados de la época y ver más allá del encasillamiento de las mujeres dentro de ciertos parámetros educativos? Después de todo, hubo en Mexico, como en toda Hispanoamérica mujeres de altísimo intelecto y de gran capacidad administrativa que supieron escapar del cuadrado en las que se las quería mantener. Todos los grandes pensadores de la estética pedagógica utilizaban adjetivos que implicaban el patrón hombre como universal, y al mismo tiempo confiaban a las maestras labores y actividades que se reconocían como esenciales en la construcción de una nueva nación y que las elevaban a ellas y sus educandas a la categoría del hombre de un modo u otro. Esto significaba una ampliación de lo masculino, que recogía dentro de sí lo femenino. Aunque desde antaño se ha visto la inclusión de mujeres notables dentro de un patrón hombre, no se puede negar que esta acción implica, hasta cierto punto, una flexibilización del concepto hombre, del mismo modo que la historiadora Carolyn Bynum ha comprobado un aspecto femenino y maternal en la concepción de Jesucristo en la Edad Media europea[18]. Con esto quiero decir que lo masculino no es necesariamente exclusivamente “machista” y que lo femenino puede contener “virilidad” en algunos momentos de la historia.

La pintura de la maestra tanto rural como urbana que nos trasmiten algunos pensadores e historiadores de la educación es la de una líder, un ser humano capaz, eficiente y dedicado. Aunque esta visión esté coloreada por un lenguaje tradicionalmente romántico, en el fondo la vestidura no puede ocultar la labor protagónica en que estaba envuelta la mujer.[19] Comprobamos en Costa Rica que las maestras prepararon literatura subversiva y eventualmente se fueron a la calle a protestar la dictadura de Federico Tinoco en los años 20.[20] Mary K. Vaughn destaca la vibrante labor organizativa que llevaron a cabo las maestras rurales de Sonora durante la administración de Rodolfo Elías Calles y llama su labor “crucial para la movilización de los pueblos,” subrayando como ejemplo la labor de María Valenzuela en La Cebolla, Álamos.[21] Lamentablemente, esta literatura inicial se vio recortada en los años cardenistas después de los repartimientos ejidatales.[22] El hecho de que para la mitad del siglo la enseñanza femenina estaba ya en mano de mujeres en todos los países hispanoamericanos evidencia que la mujer se adueñó del territorio que se le asignó a principios de siglo. Por otra parte, cuando se desgranan las estadísticas de su participación en la enseñanza secundaria, o universitarias como alumnas y maestras se comprueba que a pesar del progreso en un área, las inhibiciones contenidas dentro de la cultura de la pedagogía femenina aún surtían efecto. Este cuadro tiene sombras y luces.Es dentro de este marco que va hasta mediados de siglo, que quisiera poner la figura de Gabriela Mistral en su intervención pedagógica en Mexico sobre el tapete para darnos la oportunidad de analizar algunos matices en la historia de la educación de la mujer en Hispanoamérica. En su labor como maestra Gabriela Mistral formó una estética pedagógica femenina que respondía al llamado de inspirar y educar en el sentido que lo proponían otros educadores de su tiempo.

La presencia de educadoras extranjeras en Hispanoamérica fue relativamente común. En vías de re-estructuraciones de importancia, los líderes políticos que se esforzaron por renovar la educación recurrieron a pedagogos extranjeros. Recordemos las reformas introducidas por Juan Domingo Sarmiento en la Argentina con un grupo de educadoras norteamericanas tras de su recorrido en los Estados Unidos. Igualmente importante fueron las educadoras alemanas en Chile y Colombia. En 1907 una pedagoga chilena educada en esa escuela alemana, Bertina L. Pérez, llega a Panamá a renovar la recién creada Escuela nacional de Institutoras.[23] Pestalozzi, Montesori, Froebel y Dewey inspiran a educadores nacionales que leen ávidamente teorías europeas.

Mistral llega a Mexico en 1922 invitada por José Vasconcelos. Era la primera visita de Gabriela a Mexico y de la lectura de los artículos que envió a El Mercurio de Santiago, se deduce que quedó fascinada por la tierra y sus habitantes. De entonces en adelante siempre califico a Mexico como “mi” Mexico. Fue una fascinación que, sin embargo, tuvo mucho de espejismo alucinante y embriagador. Gabriela idealizo lo que vio tanto en la política como en la educación. Sus bosquejos de la figura del presidente Obregón y más tarde, del presidente Alemán, pueden ser leídos hoy con una sonrisa un poco escéptica. Los políticos son espejos de bonhomía que los mexicanos del siglo XXI encontrarían muy alejadas de la cruenta realidad política que ellos encarnaron.

Pero lo que nos interesa aquí es repasar sus escritos sobre la educación en Mexico y su selección de lecturas para mujeres. Escribió a Santiago sobre las escuelas granjas, las bibliotecas y la mujer. Sus impresiones sobre la escuela mexicana son predecibles dentro de su propio ambiente afectivo. Gabriela estuvo siempre orientada hacia la tierra y quienes la cultivaban como símbolos de una esencialidad humana cristiana. En su poesía, la maestra rural fue objeto de uno de sus más tristes poemas. Le dolía la misión noble pero casi despreciada de la mujer que enseña en una especie de holocausto cristiano. Mexico le dio la oportunidad de reverdecer su confianza y su fe en esa maestría rural

 

 

Le fascinó la transformación de la pupa en mariposa: el proyecto de una escuela abandonada en un barrio de obreros (Peralvillo) donde el ideal que según ella había visto tanto en León Trostki y Rabindranath Tagore, se había hecho realidad: un maestro no formado en ninguna Escuela Normal, sino en la experiencia de la vida y que, desencantado de los dogmatismos de la formación académica, se dedica a sembrar el suelo, a enseñar a sus alumnos el amor a la tierra con el azadón (“No les di lecciones previas de la agricultura porque no creo en la enseñanza teórica”[24]) y una lección pragmática de la convivencia social. Un pequeño terreno árido en el medio de la población se va convirtiendo en huerto fructífero, bajo la vigilancia, pero sin la intervención directa del maestro. La intuición de los niños va creando de modo socrático no solo una huerta, sino que van aprendiendo por sí mismos los peligros del mercado al por menor, llegando a la comprensión de la necesidad de una cooperativa y de apelar a los políticos de Ministerio para obtener semillas, más tierra, y apoyo. Ese maestro Arturo Oropeza (“oscuro maestro del arrabal”), se convirtió en una personificación de cómo responder al “sistema” de la oficialidad de la enseñanza que no respondía a las necesidades de la ciudadanía. Esa experiencia le dio a Mistral alas para una utopía del futuro en la cual esperaba que esos niños llegarían a ser ciudadanos no en busca de riquezas, sino de dignidad personal y protagonistas de “una democracia menos convulsionada y menos discurseadora” (p. 43) A Gabriela le fascinó el periodismo infantil de la escuela, la dicción de los niños y los mexicanos en general (p 40), y la ilusión compartida con Elena Torres, de que la labor ejemplar y evangélica de los humildes serviría para reformar tanto la vida de los niños como el ambiente moral de la ciudad de Mexico. Palma Guillén describe magistralmente las actividades en las cuales se enfrascó: visitas a escuelas, turismo, trato con gente de todas las clases sociales, conferencias y pláticas con maestros y alumnos. Como dice: “Amó a Mexico, con un amor hecho de conocimiento y de esperanza: mejor propagandista y mejor defensor no ha tenido Mexico ni de dentro ni de fuera.” (xi)

Esa Gabriela romántica e idealista se vierte en la preparación de Lectura para Mujeres, que se hace entre 1923 y 1924.[25] Palma Guillén, quien con Jaime Torres Bodet la fue a recibir a Veracruz en 1922, introduce esta obra en un esquema mistraliano inolvidable, y la propia Gabriela hace su Introducción. Entre ambas se explica un poco el ambiente en el cual se gestó esta selección de lecturas. Gabriela viene en medio de un hervor cultural “dirigido” desde varios ministerios a servir como punta de lanza en un gran experimento de educación nacional, parte del reinicio del concepto de estado docente tras la convulsión militar de la revolucion. Vasconcelos la había invitado porque era “mujer de provincia, casi del campo, y sabe lo que necesita la gente del campo. Es una gran maestra y una gran poetisa.”[26] Así que realmente no la trajo para que escribiera para las mujeres, sino para que viviera el aspecto campesino de la educación en su papel de maestra, para que conociera a Mexico tal cual era, y diera “su opinión acerca de todo lo que estamos haciendo y que nos ayude con su experiencia.”[27] 

 

 

 

 

 

Gabriela Mistral pagó con creces la invitación, pero ese aspecto de su visita no cabe aquí. Me oriento hacia ese libro de lecturas, tarea que se le asignó por la Secretaría de Educación. De entrada, y a un año más o menos de su estancia, el proyecto recibió una crítica acerca de aquellos que veían en Mistral “una extranjera.” Ese nacionalismo le dolió, y aceptó hacer la selección sólo para la lectura de una escuela de mujeres que llevaba su nombre, una escuela de educación técnica que se describía como dedicada a enseñarle a la mujer lo que necesitaba para el hogar; y ponerla en condiciones de que por sí sola tuviera un medio de subsistencia independiente y decoroso, procurando su mejoramiento por el desarrollo intelectual y la elevación de su carácter.

Escribir un libro de lecturas adecuado a esos fines fue un verdadero desafío político y cultural. Asegura repetidamente su falta de pretensión para competir con otros textos nacionales que deberían quedar a cargo de mexicanos.[28] Se cubría humildemente de la crítica aunque le quedaba un sabor amargo en la boca, ya que no sólo había dedicado muchas horas al campo y la cultura mexicana, sino le había cobrado un amor intenso al país. La Introducción de las lecturas arroja mucha luz sobre el espíritu que la guió y sobre Gabriela Mistral. De entrada reafirma el maternalismo que siempre fue su nota característica y que era muy congruente con las ideas del momento y los fines de la escuela. Reconoce que las lecturas para mujeres recibían poca atención, resultando que lo que específicamente le debía pertenecer como género, se quedaba corto y defraudaba a las jóvenes. La “índole femenina” demandaba, a su juicio, la maternidad espiritual y biológica, dos caras de la misma realidad. Le importaba que no se perdiera la importancia del hogar, dentro del cual se fortalecía el espíritu de familia. Veía la emergencia de una “mujer nueva”, esto es, moderna, pero la creía diluyente del espíritu de la familia y de la maternidad. Y, para reforzar esa necesidad de revalorizar lo cotidiano y lo doméstico, donde a su ver, se llegaba a la mayor espiritualidad femenina, crea una sección HOGAR en su libro.

Recordemos que Mistral escribía no para una élite, sino para un grupo de mujeres de humildes, y dado su afición a idealizar al hombre y mujer campesinos o pobres, su esperanza no era allegarse un público de futuras literatas, sino al ama de casa que se gestaba en la escuela–hogar que llevaba su nombre. Contradicción quizás en una mujer de tan amplia cultura, que a pesar de vivir entre profesionales, vio con recelos la liberación de la mujer en el campo económico e intelectual porque éstas la podrían llevara a abandonar su feminidad. En esto Gabriela no era muy diferente de muchas mujeres que, como hemos señalado, escribían entonces en el resto de Hispanoamérica. Algunas eran más abiertamente feministas que otras, pero aún esas que luchaban por avances jurídicos y sociales no se desprendían del concepto de maternidad como vía y fin de sus propuestas reivindicativas.[29] Gabriela, permaneció tradicionalmente fiel al concepto del destino maternal de la mujer, infundiéndole un carácter espiritual, casi religioso, a pesar de no declararse abiertamente a favor de ninguna religión. Esto la protegió dentro del contexto mexicano de aquel momento. Si su acérrimo maternalismo luce anacrónico hoy en día, recordemos que en su tiempo le sirvió para centrar atención sobre la mujer, sus vivencias, su ausencia en la atención intelectual y política del hombre de entonces. Su propio auspiciador, Vasconcelos, nunca tuvo vocación para tratar sobre los asuntos de la mujer.

Gabriela Mistral profundiza el esquema vasconceliano. En una forma elíptica hace aceptable un nicho especial para la mujer. En la sección HOGAR incluyo pasajes sobre la misión de la mujer---decimonónicas en su orientación-- elogiando la madre y la paz y refugio que para las mujeres representaba el hogar. Su decidido apoyo a fortalecer la espiritualidad afectiva de la mujer le llevó a incluir una sección sobre “MOTIVOS ESPIRITUALES, en los cuales introdujo temas abstractos como la caridad, la voluntad y la alegría, junto a secciones sobre el valor de la literatura y las artes y lo que ella llamó La Vida Superior que fueron pasajes en los cuales se exaltaban vidas heroicas, o vidas de artistas, el heroísmo, el sacrificio, las virtudes morales de un cristianismo básico, y la belleza de la libertad. Considerando la historia como disciplina educadora por excelencia, Mistral trata de concertar en una sección Mexico y América Española la historia de Mexico con la del resto de América. Deseaba que la difusión de la historia fuera “amena” más que académica, porque le preocupaba la calidad “literaria” de los textos históricos. Sin embargo, dada su construcción eminentemente genérica retorna al concepto afectivo de un patriotismo que define como “femenino” y que hermana a la maternidad. Prefiere despertar ese patriotismo a través del cultivo sentimental de la geografía y la historia patria, de lo americano frente a lo europeo. Siempre preocupada por no herir el nacionalismo mexicano que se suponía servir, incluyó un numero de pasajes sobre Mexico “equiparable al que contienen los textos de lecturas nacionales.” (xviii) Allí se encuentran José Vasconcelos, Antonio Caso, Alfonso Reyes y Genaro Estrada. En esta sección, Gabriela se adjudicó el derecho de incluir una serie de sus propios ensayos que reflejan su admiración y afecto por “lo mexicano”..

Como su percepción de la feminidad demandaba una construcción de la sensitividad por la naturaleza y los animales, en una larga sección titulada NATURALEZA, la última de sus grandes divisiones, sus selecciones incluyó temas como “La Tierra”, los “Motivos del Mar”, La “Vegetación” y los “Animales.” Aquí, visiones de paisajes marinos y campestres se unen a pasajes sobre flores, árboles, nidos, aves e insectos. Creo que esta sección es una de las más originales temáticamente, y quizás el avatar de un sentido ecológico que comienza por la apreciación de la belleza y valor de los reinos animal y vegetal de nuestro mundo.

Un repaso de los autores seleccionados por Mistral para la educación de la joven mexicana nos revela un amplio abanico estético. Entre los europeos, Ruskin, Ada Negri, Victor Hugo, Eduardo Marquina Romain Rolland y Charles Wagner. Entre los hispanomaericanos, Leopoldo Lugones, Rubén Darío, Constancio C. Vigil, José Martí, José Enrique Rodó y José Santos Chocano. Entre los mexicanos, los antes mencionados y Amado Nervo, Luis G. Urbina y Enrique González Martínez. En conjunto, los románticos y los modernistas, unidos a varios costumbristas. Los hombres predominan sobre las mujeres, pero explicó esa ausencia femenina por la escasa educación literaria de la mujer, que sólo acierta a emerger en la segunda mitad del siglo XIX. Mistral se descubre como pedagoga estableciendo que sus criterios fueron los de crear una elevación moral, un aprecio de la belleza y un módico de amenidad. Las lecturas debían proporcionar alegría y no ahogar la curiosidad infantil en retóricas secas. O sea que la moral no estorbara con pesadez. En suma, “la juventud, esa agua viva, no puede amar al que tiene, sobre la lengua viva, la palabra muerta”(xix), una felicísima descripción de su estética pedagógica. Y, el maestro (y añadiría yo, la maestra) que guía a esa juventud, como debe ser? “El maestro, dice, tendrá siempre algo de artista, no podemos aceptar esa especie de “jefe de faenas” o de “capataz de hacienda” en que algunos quieren convertir al conductor de los espíritus.” (xix).

Gabriela cierra su propia presentación con palabras de gratitud para José Vasconcelos, y si al comienzo de la misma trataba de defender su figura de “extranjera” en su despedida trastoca los términos. Se llama entonces plenamente “maestra chilena” honrada de servir a un “gobierno extranjero.” Recobra su identidad y ubica su yo frente al “otro” que ha servido con amor, y a quien agradece la “ocasión de escribir para las mujeres de mi sangre en el único período de descanso que he tenido en mi vida” (xx). Al finalizar retorna cariñosamente al género femenino, vuelve a ser la mujer, por encima de todo, hermanada con otras a través de ese vínculo fisiológico y espiritual –la raza-- que le ha concedido la gracia de encontrar reposo intelectual en la búsqueda de una estética de la educación diseñada específicamente para su sexo. Pero, en la educación de esa joven mexicana, había algo conflictivo y que quizás encaja dentro del ambiente de redefinición de la mujer dentro de la construcción de un Mexico nuevo en la década de los veinte.[30] En el abanico de opciones sobre el papel de la mujer que entonces se ofrecía, Mistral trató de mantener calidades tradicionales dentro de la modernización que implicaba la expansión de la educación femenina. Comparada esa selección con otras que se usaban a principios de siglo, no cabe duda que le puso alas al intelecto de la mujer. También es de creer que tuvo influencia en el diseño de Lecturas clásicas para niños, en las cuales colaboró con Palma Guillén, Salvador Novo, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet y otros.

No se si se ha estudiado la influencia, si es que tuvo alguna, de la Mistral sobre la institucionalización de la educación de la mujer mexicana a través de las décadas siguientes. ¿Fueron sus lecturas olvidadas o transformadas en algo distinto a medida que pasó el tiempo? . Dejando de lado ciertos anacronismos estéticos, yo veo en esta selección de lecturas numerosas y defensibles valores humanísticos y culturales. Quizás sea porque en mi propia educación me aventuré a leer, no bajo la influencia de este libro, cabe aclarar, a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Rubén Darío, Amado Nervo y la propia Gabriela, que cuando apenas tenía trece años, se convirtió en mi escritora favorita. Pasaron, desde luego, esos años y mis inclinaciones literarias dejaron algunos de estos nombres atrás. De hecho, me decidí por la historia pero, precisamente, la iniciación estética que me dieron algunos de esos escritores seleccionados por Gabriela Mistral, fue esencial en mi propia formación. En una historia de la pedagogía del género y del género en la pedagogía en el siglo XX la re-lectura de Gabriela Mistral es indispensable. También lo son las de otras innumerables mujeres pedagogas que han trabajado sin pretensión de gloria histórica y, lamentablemente sin reconocimiento alguno, pero que representaron los valores culturales de su época.

Lo sorprendente para mí fue constatar que a una generación de distancia, una mexicana que fue extraordinariamente sensitiva a la problemática de la mujer en su tiempo, Rosario Castellanos, encontró en Gabriela Mistral una fuente de inspiración. En la cabalgata por los territorios de numerosas lecturas que realizó para encontrar su propia personalidad, Rosario Castellanos recurre a Gabriela. Tratando de salvarse de un vocabulario poético abstracto, y en busca de otro “que hiciera referencia a los objetos próximos” o sea los cotidianos y reales, encuentra el ejemplo de la Gabriela Mistral de las “materias” de las “criaturas” y lectora de la Biblia. La consideró buen árbol del que disfrutó buena sombra.[31] Pero veamos en que difiere Castellanos de Mistral. En Mujer que sabe Latín, una de las más sentidas construcciones feministas de su época, escrita alrededor de 1970, Rosario Castellanos lanzó su guante intelectual a los estereotipos femeninos construidos por tradiciones patriarcales que reducían a la mujer a una ineptitud bajo capa de adoración, que la constreñían ética, estéticamente e intelectualmente. No vio la maternidad como carta de ciudadanía, como la vio Gabriela. Al contrario, la analiza y le parece que se la idealiza y se la convierte en una enfermedad cuyo desenlance, dice” es catastrófico para quien la padece” ¿Por qué? Porque paga la mujer con su propio desgarramiento y se hace a su hijo, deudor implacable que demanda la completa abnegación de la madre. “La maternidad no es, de ninguna manera, la vía rápida para la santificación. Es un fenómeno que podemos regir a voluntad.” Nada más lejos que la idealización de Gabriela.

 

 

Gabriela Mistral. Fuente: http://www.poetseers.org/nobel_prize_for_literature/gab/gabp

 

 

En cuanto a la educación de la mujer, también sus comentarios están llenos de cierto amargor resultado de las negaciones ilógicas que vio tan frecuentemente. A Rosario le dolía ver que la mujer no alcanzaba aún a tener una personalidad reconocida, siendo convertida en musa, tiranizada por la moda y girando entre los polos de Eva o María. Aunque en 1970 se vio rodeada de estadísticas que le hablaban del creciente número de mujeres educadas y trabajadoras, intuyó que aún esas mujeres tenían que pretender que eran quien no era, tratando de ocultar su propia personalidad. “Nos movemos [en Mexico] en un círculo vicioso. Me figuro que muchas mujeres profesionistas se preguntaran a la hora del balance, si habrá valido la pena afrontar tantas hostilidades, correr tantos riesgos, soportar tantas humillaciones para recoger tan exigua cosecha.” (p. 36)Le parecía a Rosario que en 1970, era necesario acabar con muchas costumbres tradicionales “de que el hombre tenga que ser muy macho y la mujer muy abnegada.” (p.8) Y, palabras que auguran el futuro:

“De nada vale aferrarse a las tablas de un navío que naufragó hace muchos años. El nuevo mundo, en el que hemos de habitar y que legaremos a las generaciones que nos sucedan, exigirá el esfuerzo y la colaboración de todos. Y entre esos todos está la mujer que posee una potencialidad de energía para el trabajo con la que ya cuentan los sociólogos que saben lo que traen entre manos y que planifican nuestro desarrollo. Y a quienes, naturalmente, no vamos a hacer quedar mal.” (p. 41)

Y, para sentar su colaboración en la construcción de una nueva visión de la mujer, Rosario dedica el resto de su libro al análisis de mujeres escritoras contemporáneas con un sentido muy global: Virginia Wolf, Lillian Hellman, Clarice Lispector, Silvina Ocampo, Maria Luisa Bombal. Ya no había que quejarse, como lo hacía Gabriela, que había poco escrito para la mujer. Rosario no fue educadora como Gabriela, ni maternalista, ni creyó en la santificación de un hogar donde hipotéticamente reinara una mujer dulce arrullando a un hijo que era su única gloria. Hablaron con voces diferentes para dos generaciones diferentes.¿Cómo entonces, pudo haber en Rosario, espacio para Gabriela? Ambas creyeron muy firmemente, dentro de sus propios espacios, en valores femeninos esenciales para la sociedad, en la necesidad de la definición de una personalidad suya propia para la mujer. Rosario buscó, esa unión directa y casi mística de la mujer con su ambiente que Gabriela esencializó. Por eso pudo encontrarse con ella alguna vez. Pero Rosario Castellanos abrió la puerta de la rebelión de los años 70 y vio un futuro distinto para la mujer mexicana y la mujer en general. Supo criticar la ficción “mujer” que la educación, la ley, y las costumbres le entregaron durante su formación como ser humano. Se atrevió a criticar lo que después se definiría como la construcción social del poder masculino y buscó horizontes más amplios para la coexistencia equitativa de ambos sexos.

Menciono a Rosario Castellanos como preconizadora de cambios que se han comenzado a definir, si bien aún estamos un poco distantes de alcanzar. Desde adentro de la profesión ha ido creciendo una sensitividad por las consecuencias de una educación en la cual el concepto de género se use para seguir prototipos tradicionales que cada vez resultan más antitéticos a la rápida evolución de actividades de las mujeres en el mundo de hoy. Se ha definido claramente lo que es sexismo, como mecanismo de preferencia al prototipo hombre. Y se ha comenzado a pensar si las diferencias en las orientaciones no sólo de los programas educativos, sino del comportamiento de educandos y educadores no están basadas en ese prejuicio de base que hace de las diferencias biológicas todo un canon de socialización. El siglo XX se heredó una pedagogía creada por educadores positivistas que jugaron con ambos conceptos con gran agilidad intelectual, convenciendo a todos, hombres y mujeres, que cada cual tenía el mejor destino posible. Desde este punto de vista, la creación de un sistema ideológico para la docencia en masa --pública y privada--fue un éxito completo. Se le otorgó a la mujer un rol protagonístico, pero se definió el mismo muy cuidadosamente para que no transgrediera los límites de su "naturaleza" porque en general, los hombres aún no estaban preparados para privarse de ser primeros actores del drama social.

Los historiadores han rebasado pocas veces la mitad del siglo 20 en sus análisis, pero quienes están estudiando ese período ya ven claramente como persistió un substrato tradicional detrás de planes de movilización política y de inclusión de la mujer en campañas de salud, de educación, y de política.[32] Pero también han subrayado como la pedagogía dio a la mujer un espacio propio dentro del cual pudieron definir los objetivos de la enseñanza con su propia voz, participar en la política, saltar a la creatividad literaria. La memoria histórica no ofrece una evolución ascendente o de rotura con el pasado. La actividad educativa se desarrolló en el siglo XX bajo muchas presiones personales y políticas. Las secretarías o ministerios de educación siguieron siendo, en su mayoría dirigidos por hombres con visiones en muchos casos de conservatismo patriarcal, o en los mejores casos, de deferencia a presiones sociales y culturales que aceptaban evolución, pero nunca revolución, en la concepción de una verdadera redefinición de equidad entre los géneros.

Hoy en día se ha logrado la definición oficial de la igualación de la educación de los dos sexos y ha desaparecido la segregación sexual en las escuelas primarias y secundarias. Sin embargo, no ha desaparecido el sexismo en la educación ni los dobles estándares de valores en todos los niveles de comportamiento social. Las escuelas primaria y secundaria siguen impartiendo modelos de género y relaciones de género en los cuales quedan aún muchos resabios de antaño en cuanto a recrear estereotipos androcéntricos. Ni siquiera la educación superior lleva necesariamente a la creación igualitaria de oportunidades para la mujer a los niveles superiores administrativos y de toma de decisiones.[33] Por fortuna, creo que hay ya una conciencia del problema que urge se fortalezca. y esta nueva conciencia ha surgido dentro de las mismas filas de las y los pedagogos, sociólogos y psicólogos interesados en un verdadero cambio social que incluya tanto a l educadora/o como a la educanda/o. Estudios culturales y sociológicos, en conjunción con la psicología pedagógica, nos están entregando una nueva versión de la educación como medio de socialización y creación de identidades Deseo citar algunas historiadoras y educadoras como Graciela Morgade en la Argentina, Lucy Cohen para Colombia y Oresta López en Mexico. Tomo como ejemplo de una búsqueda de cambios al Programa Nacional de Promoción de la Igualdad de Oportunidades para la Mujer en el Área Educativa, dirigido por la Lic. Gloria Bonder en la Argentina, que ha puesto en el mercado un manual dedicado a sensitivizar a los maestros al problema de crear estereotipos en el proceso educativo.[34] En su presentación se dice que "históricamente la escuela fue creada por y para varones; y en este sentido, las mujeres fueron, y aún siguen siendo un "agregado" en el modelo cultural vigente." (p. 7) También en Chile se ha cuestionado la existencia de un sexismo implícito en la educación preparatoria y universitaria tanto pública como privada, que tiene aún rasgos sexistas en cuanto a su orientación y, además, que la educación de las mujeres no les resulta en igualdad salarial.[35] Para Mexico he consultado la publicación coordinada por Rosa María González Jiménez, Construyendo la Diversidad. Nuevas Orientaciones en Género y Educación en la cual de modo interdisciplinario se plantan necesidades de cambio en la pedagogía. Curiosamente el feminismo iberoamericano contemporáneo no se ha preocupado mucho por explorar la filosofía y la política de la educación femenina y la masculina, y ha hecho poco por la rectificación de estereotipos promovidos al nivel escolar y de educación secundaria.[36] 

Cuantitativamente, se puede decir al final del siglo XX que la educación de la mujer ha sido un éxito en cuanto a que hoy en día el número de mujeres analfabetas se ha reducido considerablemente en nuestros países. Pero aún queda una importante tarea: terminar con el sexismo en la enseñanza. Las formas sutiles, o aún burdas de privilegiar al hombre en su instrucción, y la representación de poder y autoridad masculina que se proyecta a través de los diferentes niveles de educación en Latinoamérica permanecen incrustadas dentro de la educación pública y privada. Es necesario comenzar una tarea de educación social que construya un modelo de respeto para la mujer sin denigración de su naturaleza biológica, pero tampoco basado únicamente en esa naturaleza, y que apoye la accesibilidad a todas las oportunidades que se han construido como masculinas, destruyendo la concepción binaria de roles exclusivamente masculinos o femeninos. Ni el liberalismo, ni el positivismo, ni el anarquismo, ni el socialismo, ni el feminismo han logrado romper los conceptos de género que usan la biología como base. ¿Seguiremos cargando ese peso? ¿Sabremos al fin liberarnos de la impotencia de representar los géneros atendiendo menos a las tradiciones culturales del pasado que a los retos que nos presenta el porvenir? Es necesario educar al hombre en afectividad para devolverle la humanidad que se le niega con percepciones excluyentes de masculinidad tradicional. Es necesario reemplazar el imperio de la voluntad masculina sobre la femenina y aceptar la autoridad femenina cuando ésta se manifiesta como resultado de capacidad adquirida y reconocida por todos los medios válidos de la educación. Se educa dentro de la escuela, pero se educa también a través de los medios de comunicación y de la fijación de normas de comportamiento dentro de entidades políticas y empresariales. Se educa cuando se admite que una mujer puede ser decana universitaria; o ser capataz o superior de un grupo de hombres, o presidenta de una empresa. Pero esa educación requiere más que una admisión de principios. Demanda una adhesión ética a esos principios y una dedicación a hacerlos funcionar hoy y ahora, no mañana o quizás en algunos años. ¿Seguimos diseminando definiciones de género basadas en aptitudes biológicamente definidas rememorativas de la educación del siglo XIX?. Hagamos una introspección en nuestros currículos y nuestras interpretaciones de la historia. Si aún enseñamos más historia de hombres que de mujeres o incluimos a algunas mujeres “notables” para contemporizar; si preferimos privilegiar la historia política y militar, o utilizar formas de analizar la sociedad que asumen la preponderancia del hombre, estamos fallando el reto de superar la ambigüedad intelectual de la educación de los géneros de los dos últimos siglos. Entonces aún muchos dudaban que la mujer fuera capaz de pensar nociones abstractas de física y química, o de desarrollar una cátedra en filosofía. Se han superado esas ideas con la realidad de mujeres intelectuales capacitadas y activas, pero creo que aún quedan muchos problemas sin resolver en la definición y eliminación de actitudes mentales a veces no declaradas, pero que se transparentan en formas de comportamientos, en la definición de objetivos, en los medios de implementación de políticas educativas y sociales. Cada una de nosotras debe pensar en el significado de los conceptos de género en el pasado y evaluar cual ha sido el costo de la asimetría establecida entre hombre y mujer para la economía, la política, las relaciones sociales y el contenido ético de nuestras vidas. Para este siglo XXI la historia nos dice que ha llegado la hora de hacer de la relación de géneros una tarea educativa de armonía, de equidad, de creación de nuevos modelos de comportamiento sin rémoras de construcciones de género anticuados. Ha llegado la hora de pensar más en el futuro de los géneros que en el futuro de los sexos, abriendo la posibilidad de renovación a través de la redefinición de nuestros modelos de hombre y de mujer.


NOTAS

[1]Amanda Labarca Hubertson, ¿A donde vá la mujer?: Santiago de Chile: Ediciones Extra, 1934), p. 189-90. dentro del ensayo “Cincuenta años de Cultura femenina” (1927).

[2] Tancredo Pinochet LeBrun, La Educación de la mujer (Santiago de Chile: Imprenta, Litografía y Encuadernación Francia, 1908), 4-8.

[3] Hermila Galindo, “Soy un mujer de mi tiempo” en Ana Lau y Carmen Ramos, Mujeres y Revolución, 1900-1917 (Mexico: Instituto Nacional de estudios Históricos de la Revolución Mexicana/ Secretaría de Gobernación/ INAH/ CONACULTA, 1993), 257.

[4] Paula Alegría, La educación de la mujer en Mexico (Escuela Nacional de Maestros. Tesis) Mexico: Editorial “Cultura,” 1930), 23.

[5] María Abella de Ramírez, Ensayos feministas (Montevideo: El siglo Ilustrado, 1965). Esta obra es una reedición de escritos en las revistas “Nosotras”( 1901) y “la Mujer Nueva” (1910), 39-42.

[6] Abella de Ramírez, Ensayos feministas, p 53

[7] Abella y Ramírez, Ensayos feministas, 94.

[8] Cecilia Grierson, Instituciones de enfermeras y masagistas en Europa y en la Argentina (Buenos Aires: Imprenta Litografía y Encuadernación de J. Penser, 1901); Educación Técnica de la Mujer. Informe presentado al Sr. Ministro de Instrucción Pública de la República Argentina (Buenos Aires: Tipografía de la Penitenciaría Nacional, 1902); Cecilia Grierson, Homenaje Póstumo (Buenos Aires: Imp. López, 1937). Murió en 1934 a los 75 años

[9] Félix F. Palavacini, “El Ideal femenino en el mundo moderno,” en Lau-Ramos, Mujeres y revolución, p. 128-134.

[10] Lucy Cohen, Colombianas en la Vanguardia, (Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 2001) Capítulos, 2-5 y 7. Para la cita, ver p. 135.

[11] Magdala Velásquez Toro, “Condición jurídica y social de la mujer.” en Nueva Historia de Colombia (Bogotá: Planeta, 1989), Vol. 4, pp. 26-30.

[12] Alcira Solano, “Triunfantes o derrotadas seguiremos luchando,” Acción Femenina (Colombia) (Diciembre 1944), 11.

[13] Citado por Milada Bazant en Historia de la educación durante el Porfiriato (Mexico: El Colegio de Mexico 1993), 133.

[14] Alicia Civera Cereceda,. Entre surcos y letras. Educación para campesinos en los años treinta. (Zinacantepec: El Colegio Mexiquense, 1997); Oresta López, Alfabeto y enseñanzas. El Arte de ser maestra rural en el Valle del Mezquital (Mexico: CIESAS/Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, 2001).

 

[15] Milada Bazant, Historia de la educación, 133-34; Civera Cereceda, Entre surcos y letras, p. 68 y siguientes.

[16] Ernesto Meneses, Tendencias educativas oficiales en México (México : Editorial Porrúa, 1983) Vol. 3 , La problemática de la educación mexicana durante el régimen cardenista y los cuatro regímenes subsiguientes , con la colaboración de Margarita Arzac Riquelme ... [et al.] .

[17] José Vasconcelos, Textos sobre educación. (Mexico: SEP/80 1981), 209-10.

[18] Carolyn Bynum, Jesus as Mother. Studies in the Spirituality of the High Middle Ages (Berkeley: University of California Press, 1982).

[19] Oresta López, Alfabeto, p. 87.

[20] Virginia Mora Carvajal, “Redefiniendo la política. La participación de las reformistas en la campaña electoral de 1923, ” en Eugenia Rodríguez Sáenz, Un siglo de luchas femeninas en América Latina (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2002), 112. Muchas de estas maestras se unen después a campañas por el logro del sufragio femenino.

[21] Mary K. Vaughn, Cultural Politics in Revolution (Tucson: The University of Arizona Press, 1997), 59.

[22] Vaughn, Cultural Politics, 181.

[23]Yolanda Marco, “Mujeres y política educativa en Panamá a inicios del siglo XX,” en Eugenia Rodríguez Saénz, Mujeres, Género e Historia en América Central durante los siglos XVIII, XIX y XX (San José: UNIFEM/Plumsock Mesoamerican Studies, 2002), 62.

[24]. Gabriela Mistral, Croquis Mexicanos (Santiago: Editorial Nascimento, 1979), 35.

[25]. Gabriela Mistral, Lecturas para Mujeres (Mexico, Editorial Porrúa, 1969). Introducción de Palma Guillén de Nicolau. Ver también, para el ambiente cultural femenino de esa época, Gabriela Cano, “A la sombra del Ateneo: Un Público de Mujeres,” Solo Historia, 8 (Abril-Junio 2000), 15-23.

[26]. Gabriela Mistral, Lectura, ix.

[27]. Ibid.

[28]. Mistral, Lectura, xv.

[29]. Asuncion Lavrin, Women, Feminism and Social Change: Chile, Argentina and Uruguay, 1890-1940. (Lincoln: University of Nebraska Press, 1995).

[30]. Apen Ruiz Martínez, “Nación y género en el Mexico revolucionario. La India Bonita y Manuel Gamio, Signos Históricos, 5 (enero-junio) 2001, pp. 55-86.

[31] Rosario Castellanos, Mujer que sabe Latín, (Mexico: Sepsetentas,1974), 205-06

[32] Dentro de una variedad de trabajos que no puedo citar, tomo como ejemplos, Graciela Morgade, comp. Mujeres en la educación: Género y docencia en Argentina 1879-1930 (Buenos Aires: Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación, 1998); Gabriela Cano, Las maestras en la fundación de la Secretaría de Educación Pública. (Foro Universitario de la Mujer en Mexico, UNAM, 1985); Laura M. Méndez, “Género, historia y escuela. Apuntes para una historia no sexista.” La Aljaba. Revista de Estudios de la Mujer, Segunda Época, Vol. 6 (2001), 171- 188. (Argentina)

[33] Ver, Eulalia Donoso, "Educación y empleo de alto nivel: El caso de las mujeres latinoamericanas," Boletín Estadístico de la OEA, 8:1 (Enero-Junio 1986). 1-31. Versión inglesa y española en el mismo número. La autora establece que "la discriminación contra las mujeres en las posiciones altas es parte de la cultura de la región," (p. 16) y prueba su tesis de que "la educación superior no deriva en las ocupaciones de alto nivel en lo que concierne a las mujeres," utilizando estadísticas en ocho países. Este estudio corrobora la información ofrecida por Tiramonti y García Franciboy, citadas en la nota 34.

[34] Ver, Gloria Bonder, Educando a Mujeres y Varones para el Siglo XXI (Buenos Aires: UNICEF, 1993); Guillermina Tiramonti, "Mujer y educación," en Haydée Birgin, comp. Acción pública y sociedad. Las mujeres en el cambio estructural (Buenos Aires: CELADEFeminaria, 1992), 102-141; Mónica García Franciboy, "Mujer y educación,"en Diana H. Maffia y Clara Kuschnir, comp., Capacitación política para mujeres: género y cambio social en la Argentina actual (Buenos Aires: Feminaria Editora, 1994), 253-288.

[35] Educación y género: Una propuesta pedagógica (Santiago:” Ediciones La Morada/Ministerio de Educación, 1993). Específicamente, ver los trabajos de María de la Luz Silva Donoso, Gloria Bonder, y Eliana Ortega en la sección “Políticas Educacionales en Relación al Género.” pp. 109-166.

[36] Las feministas de fines del siglo XX se interesaron, y siguen interesándose por asuntos de política de géneros dentro del hogar, la economía, y la política, pero no han escrito mucho sobre la educación.

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Publicado en Revista de Historia Social y de la Mentalidades, (Santiago de Chile) Año VIII, Vol.1-2, (2004), 11-33. Aparecio en el 2006, a pesar de eque el volumen esta fechado 2004.

Publicado en la Red anteriormente por Sara Beatriz Guardia, en CEMHAL: http://webserver.rcp.net.pe/cemhal/cemhal.html / Lima, Año VIII No. 81, agosto 2006

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Fotografía de portada: Educación y escuela en la II República. http://blog.iespana.es/escuelarepublicana/5


Otras producciones de la autora en este sitio

Intimidades

Los hombres de Díos. Aproximación a un estudio de la masculinidad en Nueva España

MUJERES, FEMINISMO Y CAMBIO SOCIAL, en Argentina, Chile y Uruguay 1890-1940

"De su puño y letra: epístolas conventuales", en M. Ramos Medina (coord.), El monacato femenino en el Imperio español. Memoria del III Congreso Internacional sobre monjas, beaterios, recogimientos y colegios. Centro de Estudios de Historia de México Condumex. México, 1995. Documento PDF

 "Espiritualidad en el claustro novohispano del siglo XVIII". América colonial American Review, 1466-1802, Vol. 4, Nº  2, 1995, págs 155-180. Documento PDF

"Creating bonds respecting differences among feminists" , Latino(a) Research Review,5:`1 (Spring 2002), 37-50. Documento PDF 

"Spanish American Women, 1790-1850: The Challenge or Remenbering",Hispanic Research Journal: Iberian and Latin American Studies, Vol. 7, Nº 1, 2006 , págs. 71-84 (ISSN  1468-2737).  Documento PDF

"Cambiando actitudes sobre el rol de la mujer: experiencia de los países del Cono Sur a principios de siglo" en European Review of Latin American and Caribbean Studies 62, june 1997, págs. 71-92. Documento PDF

 

POBREZA, TRABAJO Y CONTROL SOCIAL: LAS HILANDERAS DE LAS REALES FÁBRICAS DE GUADALAJARA (1780-1800)

POBREZA, TRABAJO Y CONTROL SOCIAL: LAS HILANDERAS DE LAS REALES FÁBRICAS DE GUADALAJARA (1780-1800)

Victoria López Barahona
Universidad Autónoma de Madrid, UAM

 

 

 

A veces elegimos un tema de estudio porque se desconoce; otras veces justamente porque se conoce pero sus explicaciones resultan insatisfactorias y dejan a un lado interrogantes imprescindibles. En estos casos resulta obligado volver a las fuentes conocidas y recabar información nueva. Esta comunicación se aborda desde ambas perspectivas, ya que no estamos ante un simple episodio o la manifestación de un problema aislado. Por el contrario, en nuestro tema, las hilanderas de las Reales Fábricas de Guadalajara, se cruzan diversas motivaciones de índole económica, política y social, en un extenso territorio, la región de Castilla-La Mancha incluida Madrid.

Fundado en 1717, el complejo industrial alcarreño, el más vasto de la península, constituye también uno de los más importantes aparatos de imagen de la dinastía borbónica. Nace con el propósito de aumentar la producción textil nacional para equilibrar la balanza comercial, y con todo un elenco de privilegios: no tiene que pagar portazgos, aduanas, alcabalas o cientos por la compra de materias primas y otros útiles, ni tampoco por la venta de los paños. Para surtirse de lana no acude al derecho de tanteo como el resto de fabricantes, pues adquiere la mejor directamente de los dueños de las cabañas. El director de la fábrica es también intendente y corregidor de la ciudad de Guadalajara y juez privativo en todos los delitos e infracciones que cometan sus empleados. Éstos, a su vez, gozan de un fuero especial que les exime de quintas y levas, alojamientos, bagajes y todo tipo de repartimientos.

La vida de la fábrica dura más de un siglo, concretamente hasta 1822. Tras unas primeras décadas de fracasos reiterados, a partir de 1750 el Estado decide trasladar parte de la producción al Real Sitio de San Fernando, a la villa de Brihuega y a la misma ciudad de Guadalajara donde, junto a la fábrica matriz, se construye la sucursal de San Carlos. En 1791 los empleados del complejo fabril ascienden a 23.590, de los cuales 18.394 –casi el 78 por ciento- son hilanderas e hilanderos de 168 escuelas de hilar dispersas por las provincias de Guadalajara, Toledo, Madrid, Ciudad Real, Cuenca y Soria. Ahora bien, la única monografía que disponemos sobre la fábrica sólo aborda las vicisitudes de los talleres y las condiciones laborales del 22 por ciento de la plantilla que trabajaba intramuros.[1] Del resto, ese 78 por ciento extramuros y disperso, compuesto de mujeres y niños, lo desconocemos todo, salvo algunas cifras y lugares comunes que a continuación señalamos.

Las hilanderas representan la gran parte sumergida del iceberg de la manufactura estatal. Es un extenso colectivo mal conocido y peor interpretado, ya que los autores actuales siguen las opiniones de los proyectistas del XVIII. Así, sin mayores ni mejores explicaciones, elogian la labor del reformismo borbónico atribuyéndole nada menos que “la inclusión de la mujer de las clases humildes en el trabajo productivo”, o afirmando que gracias a las escuelas de hilar “muchos pueblos vieron disminuir su decadencia y ociosidad”.[2] Estas maneras de divulgar dejan que el lector considere que aquellas gentes holgaban de manera voluntaria o que las mujeres no estuvieron implicadas en la producción antes de la llegada de los Borbones.[3]

Adelanto que ni el discurso ilustrado ni los autores actuales han cotejado estos planteamientos ideológicos con la realidad económica y social del período.[4] Si las fuentes estatales contemporáneas fueron desconsideradas con las hilanderas de la factoría alcarreña, como, en general, con todas las trabajadoras, hay aún quien considera que las hilanderas dispersas por las escuelas “ofrecen menos interés desde la perspectiva social”.[5] Dependerá, por supuesto, del concepto de sociedad que manejemos. Nosotros sostenemos lo contrario: el trabajo disperso de las hilanderas entronca directamente con la realidad socioeconómica en que se ancló el gigante alcarreño. Estas trabajadoras procedían de las unidades domésticas más empobrecidas de las zonas rurales y urbanas, es decir, del grueso de la población “marginal”; y forman parte de “esa masa desorganizada de mano de obra explotada” que a lo ancho de Europa no sólo fue el sostén de la industria textil sino también del proceso de acumulación de capital que se produjo en su seno, antes de que la mecanización de la hilatura escribiera el último capítulo de una trayectoria milenaria.[6]

Con la presente comunicación esperamos avanzar en la incorporación de estas trabajadoras al relato de la historia económica y social, así como llamar la atención sobre el error metodológico en que incurren algunos estudios históricos sobre la marginación al desvincular ésta de la realidad laboral del período, pues la pobreza, la beneficencia y la regulación del trabajo fueron factores indisociables de los cambios que facilitaron la transición al capitalismo industrial.[7]

 

 

Escuelas de hilazas: la fatiga de un torno.*

 

Telar del siglo XVIII. Fuente: Brihuega plaza del coso.

 


En la industria textil del XVIII, sustentada en una amplia base de producción doméstica, la hilatura es el oficio femenino por excelencia y, además, el cuello de botella del proceso de transformación: suministrar hilo a un solo telar exige, en la pañería, el trabajo de un mínimo de 6 y un máximo de 20 personas, dependiendo del tipo y ancho de la tela.[8] En Castilla-La Mancha y otras regiones españolas, el huso y la rueca componen la principal herramienta de la hilandera. La única innovación técnica, el torno de hilar, no está al alcance de la mayor parte de productoras domésticas. Su mayor tamaño, coste y facilidad para averiarse lo hacen desaconsejable. Estos ingenios sólo se generalizan en las fábricas privilegiadas que pueden permitirse grandes inversiones en capital fijo, a la cabeza de las cuales se hallan, por supuesto, las Reales Fábricas de Guadalajara.

El trabajo enorme que requiere la hilatura obliga a las unidades productoras, privadas o públicas, grandes o pequeñas, a externalizar parte o la totalidad de esta manufactura en el propio vecindario y en las localidades del entorno. Las Reales Fábricas, cuya producción a gran escala requiere mayores cantidades de hilo, desarrollan una red de suministro a través de intermediarios subcontratistas de diverso tipo. Las hilanderas son, de este modo, objeto de competencia en una región con larga tradición de industria pañera, sobre la cual el gigante alcarreño proyecta una sombra muy alargada.[9]

Por un lado, los responsables de la factoría estatal compran el hilo directamente a fabricantes y mercaderes de la industria doméstica local. Por ejemplo, en 1784, entre los fabricantes de Sigüenza (Guadalajara), hay un individuo que mantiene a tres oficiales con el encargo de surtir de hilos gordos y delgados a la fábrica alcarreña y su sucursal de Brihuega.[10] En 1789, la sucursal de San Fernando entrega a un tratante de la villa de Lillo (Toledo) 6.771 reales por 366 libras de estambre hilado, a 18,5 reales la libra. Obviamente, tras estos proveedores se halla el trabajo de hilanderas domiciliarias en régimen de Kaufsystem o de Verlagsystem. La fábrica, además, reparte lana directamente a hilanderas de la propia Guadalajara y localidades circundantes y, por supuesto, al reducido número que trabaja intramuros de la factoría, como es el caso de las esposas e hijas de los maestros traídos de fuera.

Por otro lado, para asegurar un aporte regular y constante de hilo que permita mantener un stock de seguridad, y para abaratar los costes de producción, los directivos de la fábrica, desde sus inicios, optan por la creación ex novo de un ejército de hilanderas de torno, que ha de reclutarse del gran contingente de familias pauperizadas de la región, especialmente mujeres, niños y adolescentes. Para ello se crean las “escuelas de hilazas”; nominalmente escuelas, y no talleres, porque se basan en los mismos principios de “caridad bien entendida” que inspiran las escuelas patrióticas o gratuitas de las Sociedades Económicas, Juntas de Caridad y Diputaciones de Barrio: instruir a las niñas de las clases populares en el catecismo y el orden moral dominante así como en las “labores propias de su sexo”. Con una diferencia: en las escuelas de hilazas no se da esta enseñanza religiosa, sino lana para hilar, cardar y otras tareas ocasionales. En la práctica, las escuelas son talleres donde las hilanderas trabajan a destajo durante largas jornadas bajo la vigilancia de un patrón; pero en su calidad de “escuelas” el trabajo intensivo se subsume en la “enseñanza”, lo que a su vez justifica la escasa o nula remuneración y el hecho de considerarse ésta como una “ayuda”, un “premio” o simplemente una “limosna”.[11]

Al frente de estas escuelas hay un “maestro de hilazas”, generalmente artesano del oficio examinado por la fábrica, con el que entabla contrata formal. Ésta otorga al maestro el estatuto de empleado con las exenciones, regalías y franquicias correspondientes, recibiendo lana, tornos y anticipos de dinero para pagar las hilazas, que él debe afianzar con sus bienes raíces. En realidad, casi todos los maestros delegan en su esposas o hijas la dirección del trabajo en las escuelas, aunque hay también una minoría de maestras titulares. Entre los cometidos de su magisterio está preparar la lana y cardarla convenientemente para que las discípulas puedan sacar el hilo fino. Los maestros no reciben un sueldo de la fábrica, sino que ésta le paga el hilo que entrega a razón de un tanto por libra según la finura, por lo que les conviene que las discípulas produzcan la mayor cantidad y calidad posible. Pero no siempre estos maestros están al frente de una escuela dado que, en ocasiones y lugares concretos, se limitan a repartir la lana entre las mujeres adultas del vecindario, como veremos más adelante.

La fábrica alcarreña es, sin embargo, un coloso con pies de barro, pues la red de escuelas de la que en buena medida depende no es una estructura homogénea y estable, ni exenta de una problemática que posee varios niveles. Por un lado, los directores se enfrentan a la falta de colaboración de las justicias locales, generalmente por cuestiones de competencia jurisdiccional; por otro lado, a la resistencia de los fabricantes locales contra los privilegios de la factoría y el monopolio que pretende sobre las hilanderas; y por último, a la deserción de hilanderas por la renuencia de las familias pobres a enviar a sus jóvenes a las escuelas de hilazas, hasta el punto de que algunas se ven precisadas a cerrar. En este último problema, sobre el que aquí nos centraremos, se mezclan tres aspectos: el reclutamiento de las hilanderas, sus remuneraciones y sus condiciones de trabajo.

 


Reclutamiento


Las autoridades del Consejo de Estado reconocen que “la perfección y economía de las labores de hilaza constituyen el fundamento de la prosperidad de las Reales Fábricas”.[12] Después veremos el alcance de dicha “economía”. Lo que interesa resaltar ahora es que ésta dependía, en buena medida, del tamaño de la oferta de mano de obra –lo más amplia posible- y de su calidad –femenina e infantil preferentemente-; criterios de género y edad utilizados para rebajar la remuneración del trabajo. Para este fin económico, la recluta de hilanderas adquiere un carácter marcadamente político. Es el propio Estado, dueño de las manufacturas reales, quien la reglamenta y ordena movilizando las redes de control sobre la población trabajadora pauperizada: hospicios y cárceles, juntas de caridad, sociedades patrióticas, diputaciones de barrio, gremios y compañías mercantiles y, por supuesto, justicias y párrocos locales. Algunos funcionarios de las Reales Fábricas asumen la recluta de pobres como parte de su meritoriaje. En 1785 el director de la fábrica, Juan de Torres, elogia el “amor patriótico” de uno de ellos por “instruir, amonestar y obligar” a las hilanderas a permanecer en la fatiga. Aparte de meritoria, la recogida de pobres se vuelve también lucrativa: en 1789 el alguacil mayor de la Real Sociedad Económica de Aranjuez recibe de la fábrica 300 reales por “recoger” a más de 90 niñas y niños.

Ya hemos dicho que la manufactura real con sus escuelas viene a instalarse a una región con experiencia y conocimiento acumulado en los distintos oficios que componen la industria textil, incluida la hilatura. Comarcas como la Sisla, la Sagra, la Mancha Baja y la Mesa de Ocaña tienen una larga tradición en la manufactura de la lana y de las fibras vegetales (lino, cáñamo y esparto), manifestada en una gran variedad de artículos y extensas redes de trabajo y comercio. Como en otras regiones, buena parte de estos productos se logran a través del Kaufsystem o producción artesanal de las unidades domésticas campesinas, especialmente de sus miembros femeninos, compatible con el trabajo del campo u otras dedicaciones. Sin embargo, este tipo de industria no se ejerce de manera continuada a lo largo del año, no sólo por la injerencia de las tareas agrarias sino también por la generalizada descapitalización que afecta a estas fábricas domésticas y que, de algún modo, allana sus diferencias internas. Así vemos que el endeudamiento con proveedores de lana afecta tanto a los “fabricantes y tratantes” de paños bastos de Horche (Guadalajara), que mueven un modesto volumen de producción, como al “gremio de fabricantes de bayetas y paños” de Novés (Toledo), que abastece los mercados de Andalucía, Extremadura, Galicia y las dos Castillas, y cuyas redes de trabajo se extienden por 22 localidades del contorno dando ocupación a unas 1.700 personas.[13]

Unos y otros padecen los efectos de la carestía de la lana debido a la exportación de la misma pero también a las prácticas especulativas de unos cuantos acaparadores, problema que viene, en efecto, de muy atrás. Ya en 1699 más de una centena de hilanderas de Colmenar Viejo protestan por la salida de la lana basta en detrimento de sus fábricas. A lo largo del XVIII la situación se agrava. Los telares de Getafe y Fuenlabrada (Madrid), los de Alcaraz (Albacete) o los de la misma ciudad de Toledo, que mantienen a 3.000 operarios de ambos sexos en el hilado, acusan la imposibilidad de hacer acopio de lana para todo el año.[14] En estas circunstancias, en las que se añade una pesada carga fiscal, la teórica independencia de las unidades productoras del Kaufsystem se ve gravemente erosionada y allana el camino a la penetración del capital mercantil con el aumento de las relaciones de Velagssytem, especialmente en la hilatura pero también en otras manufacturas como el tejido de cintas, medias y encajes.[15]

En este contexto industrial, entre 1767 y 1797, la fábrica de Guadalajara, tras casi 70 años de inyección de grandes sumas y eyección de mayores pérdidas, parece que vive su época de mayor esplendor. En 1754 el número de escuelas es ya considerable: 91 trabajan para la fábrica de Guadalajara, 14 para la de San Fernando y 21 para la de Brihuega. La mayoría están en las respectivas poblaciones y lugares inmediatos, y las de Villacañas y Quero son las más importantes en estos años. En 1767, las tres fábricas y sus escuelas suman 1.438 tornos de hilar y 2.140 ruecas. Dos años después, los tornos ascienden a 1.850 y las ruecas a 3.440. Y en 1791 son ya 168 las escuelas de hilazas dispersas por todo el parcelario castellano-manchego, con un total de 18.394 hilanderas. A medida que la fábrica aumenta la producción, la proporción de estas últimas crece también pero en forma relativamente mayor, pues cada telar requiere una media de 20 hilanderas. Por tanto, el crecimiento que experimenta el personal de la fábrica entre 1791 y 1795 se hace a expensas de esta mano de obra mientras el resto de empleos disminuye. [16]

¿Cómo se capta a las hilanderas? Nominalmente, las juntas de caridad, las justicias y los notables locales son, como hemos dicho, los encargados de la recluta de pobres para las escuelas. En 1785, cuando la región sufre una virulenta epidemia de tercianas acompañada de crisis de subsistencias, el entonces director de la fábrica, Miguel Vallejo, acusa un descenso en la entrega de hilazas. Al año siguiente se expiden Reales Cédulas recordando a las justicias y párrocos su obligación de promover y proteger la “industria popular”, pero no se obtiene la respuesta deseada. En su informe de 1787, Vallejo atribuye la menor afluencia de hilaza a las consecuencias catastróficas de la epidemia y no menos a la inobediencia por parte de las justicias locales de la Real Cédula de 21 de mayo de 1786. Tras ésta se halla, sin embargo, el elevado coste de oportunidad que para las familias pobres representa prescindir de sus miembros más jóvenes enviándolos a unos establecimientos donde trabajan largas jornadas a cambio de apenas nada.[17]

En el referido informe de 1787, figuran los pueblos a cuyas justicias se ordena reconvenir. Entre ellos se hallan Lominchar, Cedillo, Almonacid de Toledo, Alameda de la Sagra, Añover de Tajo, Yepes, Huerta, Ciruelos, Ocaña, Dos Barrios e Illescas. Tampoco en Ciudad Real se logra abrir la proyectada escuela; Torrejón de Ardoz, apenas ofrece una veintena de hilanderas, entre sus 500 vecinos, a pesar de la mala cosecha; la escuela de Corral de Almaguer, que lleva funcionando unos años, tiene que cerrar por falta de trabajadoras; y en Torrelaguna las justicias informan de que “no hay niñas que enseñar por tenerlas sus madres destinadas a otras labores”. En las respuestas que sucesivamente llegan a la dirección de la fábrica, los representantes locales coinciden en pedir aumentos en las remuneraciones o “premios” para estimular la permanencia de las hilanderas. Así, por ejemplo, las autoridades de Aranjuez son explícitas al afirmar que no pueden sujetar a “los muchachos” por el poco estipendio que reciben, ni convencer a sus padres de que les obliguen a asistir. En los mismos términos se pronuncian las autoridades de Dos Barrios, Ocaña y Añover de Tajo, donde los padres sacan a las niñas de las escuelas “para los trabajos del campo en que interesan más”.

Las escasas remuneraciones y las duras condiciones de trabajo entorpecen el reclutamiento y mantenimiento de la mano de obra en las escuelas de hilazas. Sin embargo, para las autoridades de la fábrica, los trabajos alternativos de “ir a rebuscar uva y aceituna en sus respectivas temporadas, y a espigar en la recolección de granos” son simple y llanamente “ociosidad”.[18] En la opinión oficial, son razones de orden moral, como la holgazanería, o ideológico, como el estigma de vileza que recae sobre los oficios mecánicos, lo que previene a las familias contra el empleo de sus jóvenes en las escuelas. Las respuestas de los poderes locales nada dicen al respecto; pero, si alguna vez las familias esgrimieron el argumento de la vileza, no hacían sino repetir el mensaje machaconamente difundido por las clases privilegiadas durante más de siglo y medio. Reprobado ahora por los nuevos mandamientos del mercantilismo, aquéllas se desprenden de toda responsabilidad en su génesis atribuyéndosela al “vulgo”.

 

 

Remuneraciones


La petición unánime de aumento salarial a las trabajadoras de las escuelas no obtiene respuesta favorable de la dirección de la fábrica. Ceder hubiera sentado un precedente, además de suponer “un gasto excesivo”, un “sacrificio para la hacienda real” y una contravención del reglamento de las hilazas. Cuando excepcionalmente se accede a alguna petición de pequeñas pagas extra, ropa o dote, se intenta que sea sufragada por la caridad privada, por el arzobispo de Toledo o por el propio rey, es decir, que se entienda que se recibe en concepto de “limosna” y no del presupuesto de la fábrica. Así es como las 60 hilanderas de Aranjuez, “pobres miserables”, solicitan “alguna limosna” para ayudar a sus padres. La dirección –al revés de lo que hace con las hilanderas de Alameda de la Sagra- accede a entregar 30 reales a cada una, pero dejando claro que es en atención a que los comestibles son más caros en el Real Sitio y que los dineros no salen de la fábrica.

Según el mencionado reglamento, las hilanderas no deben percibir más de 3’5 reales por cada libra de estambre hilado. El propio director Juan de Torres dice que este “estipendio del pobre está tasado por arancel”, para añadir que la hilandera que hila media libra al día gana más de un real. Sin embargo, otros datos recogidos apuntan que en la década de 1780 es rara la hilandera que alcanza el real diario por su trabajo en la escuela. En Aranjuez, las jóvenes abandonan porque sólo perciben de 12 a 16 maravedíes “trabajando todo el día en la fatiga de un torno”. En Ocaña, un real es el salario del “que más gana, estando todo el día al pie del torno”. Alguna vez el pago se efectúa en especie, aunque no faltan las ocasiones en que la dirección incumple la promesa de “vestir a todas las muchachas” de Aranjuez y Añover de Tajo. Incluso hay niñas de 7 u 8 años que aprenden a hilar, pero la hilaza no se desperdicia sino que va a la fábrica, sin que ellas perciban un maravedí. Sólo en casos excepcionales se aprueban ligeros aumentos en las remuneraciones: en 1789 el veedor general advierte de lo difícil que resulta hacer que las hilanderas “se apliquen a las hilazas azules cuya labor les es muy repugnante”, y aconseja que se les pague a real de vellón por madeja de berbí. En esta ocasión el director no duda en aprobar la subida, aunque vaya contra lo reglamentado, pues está en juego su prestigio de suministrar uniformes al ejército.

En otras fábricas privilegiadas de la región la remuneración del trabajo se mantiene asimismo en niveles ínfimos y el descontento de las familias es similar. La de lana y algodón, que instala José March en Morata de Tajuña hacia 1792, asigna un real diario a las hilanderas de la escuela local, pero algunas madres no sólo no le dan las gracias por estos “oficios patrióticos”, sino que le insultan por el escaso jornal que paga a sus hijas.[19] Nos movemos, en efecto, en remuneraciones raquíticas que no llegan para cubrir el sustento, sobre todo en una coyuntura de inflación galopante como es la de la segunda mitad del XVIII.[20] Meterse en comprar un equipo de ropa sencillo son palabras mayores. Se requeriría prácticamente un año de trabajo para hacerse con un conjunto de mantilla, dos pañuelos, dos camisas, jubón de paño o estameña, un delantal de algodón, un guardapiés de bayeta, un par de medias y otro de zapatos. Este equipo, valorado en 150 reales, es lo que piden las autoridades de Añover de Tajo para cada una de las 50 niñas de su escuela. Ya se ha dicho que la petición fue rechazada.

Fuera de las escuelas, la remuneración de la hilatura para la fábrica alcarreña es algo más elevada, aunque todavía escasa. En 1789 la sucursal de San Fernando, trasladada a Guadalajara, paga a las “hilanderas del sitio”, mujeres adultas que hilan en sus casas, de 1’5 a 2 reales diarios, mientras que el aprendiz de hacer canillas gana 3 reales. La cosa cambia radicalmente cuando hablamos de otros empleos y empleados: los maestros de los distintos oficios reciben 20 reales diarios y 10 reales uno de los aprendices; una maestra devanadora –valga la comparación- sale por 10 reales y una maestra de hilar 6 reales. En todos los casos, nada tienen que ver con los 90 reales diarios, incluidos días no laborables, que gana el superintendente de Guadalajara.

La depreciación del trabajo de hilatura es, como hemos dicho, un fenómeno generalizado en la industria castellano-manchega. En 1778, las que trabajan en sus casas para los fabricantes de Novés reciben una remuneración máxima de casi real y medio por libra, si se trata de estambre de bayetas, y sólo 18 maravedíes por el hilo de trama para el mismo tejido.[21] Una década después, Larruga señala que “en los pueblos industriosos”, hilar una libra de lana fina cuesta, a lo sumo, en torno a un real y medio.[22] En la fábrica de Astudillo (Tierra de Campos) por las mismas fechas, el jornal de las hilanderas no llega a los 20 maravedíes.[23] En España y el resto de Europa las hilanderas siguen estando invariablemente entre los obreros peor remunerados. No obstante, sus salarios son importantísimos para sus familias.[24] Ello nos induce a pensar que, aparte de las remuneraciones, hay otras condiciones de trabajo que inciden en el escaso interés de las familias pobres por las escuelas de hilazas.

 

 

 

 

 

Disciplina


Las escuelas locales, que son mayoría, se diferencian de aquellas otras situadas en los centros de reclusión. Comencemos por estas últimas. Ya se ha dicho que las Reales Fábricas tenían el privilegio de utilizar en los tornos la mano de obra reclusa, principalmente niños y mujeres. Se trata, obviamente, de trabajo forzado y de remuneraciones que se inscriben en la manutención de los internos. En los comienzos de la factoría alcarreña se establece en Guadalajara un “seminario de muchachos” conducidos desde el Refugio de Madrid, con la intención de enseñarles todas las maniobras de la fábrica, aunque en realidad se les mantiene de cinco a siete años hilando en los tornos bajo una férrea disciplina. Las fugas proliferan a pesar de que se exponen al encierro y los grilletes.[25] En la Galera de Madrid también funciona hasta 1796 una escuela de hilar para la fábrica de Guadalajara, y otra probablemente en la casa de corrección de San Fernando.

Para las víctimas de las levas de “vagos” y “ociosos”, el Hospicio es una cárcel y el trabajo un castigo, valoraciones que casan con la apreciación popular que equipara los tornos de hilar a los cepos. El mismo Larruga ratifica este sentimiento cuando advierte que los hospicios “no deben tener resabios de cárcel, ni cosa que haga odiosas unas casas que han de ser universalmente recibidas como escuelas de educación e industria y plantel de vecinos útiles y laboriosos”.[26] El principio de utilidad que preside el discurso mercantilista se dirige a hacer de los pobres una fuerza útil; y para ello sus cuerpos han de ser productivos y sometidos. El trabajo, como relación de poder, implica sumisión individual y ajuste a un aparato de producción, tanto en las instituciones de reclusión como en las escuelas y establecimientos “patrióticos”.[27] Sistema de beneficencia y sistema penal, difíciles de deslindar, se inscriben en la reordenación de las fuerzas del trabajo.

En las escuelas locales, a diferencia de los internados referidos, el trabajo pierde ese carácter compulsivo, aunque el pobre no goza de libertad ni derecho ante la sociedad; tiene que aceptar el trabajo que se le ofrece y el orden moral que éste implica.[28] Tampoco entraría en contradicción el que una parte de las familias enviasen voluntariamente a sus hijos a las escuelas, en tanto que las juntas de caridad deben “recoger” a los pobres desocupados y “obligarlos” a trabajar en dichos establecimientos.

Obviamente, el trato recibido por las muchachas del maestro o maestra incide también en el grado de aceptación de estos establecimientos entre las familias pobres. La historiografía del siglo XVIII asume, en general, que dicho trato era bastante benigno, muy lejos de las sweat-shops inglesas. Sin embargo, estas afirmaciones no están basadas en ninguna evidencia empírica sino en el discurso oficial. Aunque los niveles de producción textil en España no alcanzaban los de otros países europeos, y aunque a los talleres se los llamara escuelas, no quiere decir que la disciplina no rebasara a veces el nivel de tolerancia de las familias. Veamos un ejemplo.

En 1795, las justicias de Tamajón (Guadalajara), desafiando el fuero que gozan los empleados de la fábrica, arrestan al maestro de la escuela local, Luis Juaranz, por haber agredido a la niña de nueve años, Matilde Borlaz, hija del alguacil de la villa. El médico certifica que la niña no deja de vomitar y no puede tenerse en pie; horas después vuelve a certificar un empeoramiento con calentura, delirios y convulsiones. Mientras se efectúan las diligencias, se manda que la mujer de Juaranz se encargue de dirigir la escuela “como lo ha hecho en ausencia de su marido”, pero ésta se niega alegando que en las circunstancias actuales no puede sujetar a las hilanderas porque “la perdían el respeto y no llevaban buena la labor”. Pero la niña mejora y declara que aquel día, sobre las nueve de la mañana, paró para abrocharse el jubón y el maestro le dio “un cachetazo en lo alto de la cabeza” derribándola al suelo. Esta explicación difiere de las testigos, para quienes la niña y el maestro discutieron porque ésta no había acabado su tarea del día anterior, “llevaba el hilo gordo” y dio un peso “escaso”. La versión del propio Juaranz, aunque suaviza la agresión, ratifica el motivo de llevar gorda la hilaza.

En la carta en que el maestro pide amparo al director de la fábrica, confiesa su violencia pero culpa a las hilanderas, ya que “necesitan de bastante rigor (...) lo uno por la mala crianza que han adquirido, lo otro por mirar la hacienda que tanto interesa”. Mientras tanto, algunas madres expresan sus quejas por el severo trato que este maestro y su mujer daban a las niñas “denostando a las discípulas y sus padres con varios dicterios”. Por eso las madres no quieren enviar a sus hijas y otras “las sacan y separan de la asistencia a la escuela”.

Cabe preguntarse si se trata de una excepción o más bien de la norma. Sólo cuando avancemos en la investigación podremos confirmarlo. De momento, el asunto revela que las niñas no podían distraerse en su trabajo, debían rendir una cantidad fija de hilo al día y de la mayor finura, y recibían un trato vejatorio, muy lejos de la imagen de condescendencia y paternal comprensión que los estudios apologéticos del reformismo borbónico nos han legado. Pero revela también otro problema de las escuelas que a las hilanderas les afecta especialmente, la incompetencia de algunos maestros no sólo en cuanto a sus “métodos pedagógicos”, sino también a su impericia a la hora de suministrar la lana debidamente cardada, factor del que depende la facilidad para sacar fino el hilo.

El maestro de Tamajón, según los testigos, no puede ni con la ayuda de su mujer dar preparada de carda la lana, aunque ocupa en esta labor a alguna que otra discípula, atribuyendo después a éstas el no hilarla bien. Un problema similar ocurre en 1776 en Villanueva de Alcardete, del partido de Ocaña, donde no hay escuela propiamente dicha sino que el maestro, Manuel Morollón, reparte la lana entre las mujeres adultas del vecindario. El alcalde mayor instruye contra él una causa tras repetidas quejas de las hilanderas de que mezcla lana basta con fina, da la lana mal cardada y les descuenta un real por cada onza de lana que, pesada en una balanza trucada, alega que le entregan de menos. Además, los 3’5 reales que debe pagar por cada libra de estambre no los abona en efectivo sino en géneros de lienzo dándolos en cuenta de pago a precio excesivo. Muchas hilanderas, de este modo, “se ven tan apuradas que dejan la hilaza y se dedican a hacer medias y otros ejercicios”. Las 18 hilanderas que testifican coinciden en estas declaraciones. [29]

Las mujeres de Villanueva de Alcardete, expertas hilanderas, no abandonaron la hilatura. En 1817 las vemos trabajando para la fábrica de estameñas de Manuel Sánchez Comendador, radicada en Toledo, y para otra de estambre de la propia villa al cargo de Clemente Canalejas. Ambos se disputan su “gremio de hilanderas”, pero ni con ellos dos, según expresa Sánchez Comendador, “se llena el crecido número de hilanderas que continuamente claman se les reparta las estameñas para la subsistencia de tantas familias pobres”.[30] Por esos años, los últimos de la vida de las Reales Fábricas de Guadalajara, su director, Juan López Peñalver, protesta porque los fabricantes locales violan el privilegio de su establecimiento abriendo ellos mismos escuelas de hilar, y anuncia la inminente disminución de dichos establecimientos “con la planificación sucesiva de las máquinas de hilar”.[31] Con éstas, en efecto, terminan las hilanderas artesanas y comienza otra historia.

 

 

Conclusiones


Este acercamiento a las condiciones sociolaborales de las hilanderas de las Reales Fábricas de Guadalajara nos ha permitido arrojar algo de luz sobre un colectivo cuyo trabajo fue fundamental para el desenvolvimiento de la manufactura estatal, pero que hasta ahora no ha gozado del merecido reconocimiento de la historiografía, al igual que sucede en gran medida con el ejército de hilanderas domiciliarias que sostuvieron la industria textil castellano-manchega. Quedan aún cuestiones por resolver en cuanto al impacto de la instalación de la fábrica real sobre el tejido industrial de la región y cómo afectó a la estructura y composición de sus mercados de trabajo, especialmente en la hilatura.

Hemos destacado asimismo algunas de las causas de los obstáculos al crecimiento de las escuelas de hilar dependientes de Guadalajara, así como también los dispositivos ideológicos –el discurso de la ociosidad- y políticos –la policía de pobres-, que el reformismo borbónico conjugó en pos del aumento de la producción, la ampliación de la oferta de trabajo y la rebaja salarial. Estos dispositivos hicieron diana especialmente en las mujeres pobres, cuya mano de obra sufrió una mayor desvalorización material y simbólica. En última instancia, la extracción del excedente se fundamentó en estos referidos aspectos políticos e ideológicos.

Las escuelas de hilar se crearon para asegurar a las Reales Fábricas un superávit de hilo, en previsión de posibles crisis, no para “fomentar el trabajo entre los sectores más populares”, como se ha afirmado, pues éstos se hallaban entre los únicos que trabajaban en la España del XVIII.[32] Lo que subyace en el discurso ilustrado de la “ociosidad” es la transformación de la cultura del trabajo de las clases populares demandada por la política mercantilista, en pos de una mayor acumulación de capital y la implantación de formas más depuradas de control de dicha población mediante una extremada disciplina laboral. En otro lugar ya he señalado que fue el descubrimiento por parte de los ilustrados del trabajo abundante, versátil, dócil y barato de las mujeres y niños de los sectores pauperizados lo que inspiró las medidas liberalizadoras del mercado de trabajo femenino puestas en vigor durante este período y la creación de los establecimientos “patrióticos”; no las consideraciones de orden moral y filantrópicas que los justificaron.[33]

La investigación debe continuar abriendo interrogantes, por ejemplo, sobre las causas de que una gran parte de las escuelas dependientes de Guadalajara se abrieran en las zonas de influencia de las nebulosas industriales o en sus cercanías: ¿Hasta qué punto las hilanderas procedían de familias involucradas en la producción textil local? ¿Qué grado de competencia por la mano de obra hilandera estableció la factoría respecto del resto de fabricantes? ¿Cómo organizaban las productoras del Kaufsystem las redes de trabajo extradoméstico para la hilatura entre las mujeres de sus vecindarios y los circundantes? Responder a estas y otras preguntas contribuirá a reflotar el gran iceberg del trabajo femenino en la industria textil de Castilla-La Mancha, y a establecer comparaciones con otras regiones protoindustriales de dentro y fuera de la Península.



NOTAS

[1] González Enciso, A.: Estado e industria en el siglo XVIII: la Fábrica de Guadalajara, Madrid, 1980. En los apartados sobre jornada de trabajo, sueldos y sistemas de contratación no incluye a las hilanderas.

[2] Negrín Fajardo, O.: Educación popular en la España de la segunda mitad del siglo XVIII, Madrid, 1987, p. 119; y González Enciso, A.: Estado e industria..., p. 708.

[3] Sobre las falacias que encierran estas interpretaciones, Carbonell Esteller, M.: “Hecho y representación sobre la desvalorización del trabajo de las mujeres (siglos XVI-XVIII)”, Actas de las III Jornadas de Investigación Interdisciplinar. Mujeres y hombres en la formación del pensamiento occidental, vol. II, pp. 157-171.

[4] Por fortuna, la industria textil de Castilla-La Mancha comienza a aflorar. Los logros más recientes son: García Ruiperez, M.: “La industria textil en Castilla-La Mancha durante el siglo XVIII”, I Congreso de Historia de Castilla-La Mancha. Tomo VIII, Talavera (Toledo), 1988, pp. 351-397; Nieto Sánchez, J.A.: La Protoindustrialización en Castilla, 1350-1850, Tesis doctoral inédita, UAM, 1999; y del mismo autor, “Nebulosas industriales y capital mercantil urbano. Castilla la Nueva y Madrid, 1750-1850”, Revista de Sociología del Trabajo nº 39, Madrid, 2000, pp. 85-108.

[5] Luis Enciso Recio en la introducción a González Enciso, Estado e Industria... , p. 27.

[6] Así lo señalan los estudios de la protoindustrialización y las revisiones de la revolución industrial. Entre la extensa bibliografía destacamos el estudio pionero de Medick, H, Kriedte, P. Y Schlumbohm, J.: Industrialización antes de la Industrialización, Barcelona, 1986 (original 1977), y la valiosa aportación para el caso inglés de M. Berg: La era de las manufacturas, Barcelona, 1987, de donde procede la cita (p. 156).

[7] Lis, C. y Soly, H.: Pobreza y capitalismo en la Europa preindustrial (1350-1850), Madrid, 1984.

* Salvo expresa indicación, la información de este apartado proviene de A.G.S., Secretaría y Superintendencia de Hacienda, legajos 774, 776, 777, 778, 779, 780, 781, 782, 784 y 785.

[8] Por ello es la mecanización de la hilatura a partir de la década de 1770 lo que en Inglaterra favorece la “revolución industrial” .Véase Berg, M.: “Women’s Work, mechanisation and the early phases of industrialisation in England”, Joyce. P. (ed.): The Historical Meaning of Work, Cambridge, 1989, pp. 64-100.

[9] Véase Nieto Sánchez, J.A. y López Barahona, V.: “Women’s Work and Proto-industrialization: Madrid and New Castile (1750-1850)”, Blondé, B. et al (eds.): Labour and Labour Markets between Town and Countryside (Middle Ages-19th century), Turnhout (Bélgica), 2001, pp. 254-266.

[10] Larruga y Boneta, E.: Memorias políticas y económicas sobre los frutos, comercios, fábricas y minas de España, Madrid, 1792, tomo XVI, pp. 217-219.

[11] La rebaja de las remuneraciones en la hilatura durante la última parte del XVIII se da también en otras regiones europeas. Véase Berg, M.: La Era ... , pp. 156-157.

[12] A.H.N. Estado, leg. 3.182/2, exp. 150.

[13] Las fabricantes de Orche, en A.H.N. Consejos, leg. 895, exp. 39; las de Novés, Ibid. leg. 1.240, exp. 2.

[14] Para Colmenar, Larruga: Memorias..., tomo XVI, pp. 149-175; para Alcaraz, Ibid., tomo XVII, p. 264; para Getafe y Fuenlabrada, Ibid., tomo II, pp. 300-305; para Toledo, A.G.S. Consejo Supremo de Hacienda. Junta de Comercio y Moneda, leg. 359, exp. 12.

[15] En la década de 1780, el ejército de encajeras de Almagro y localidades aledañas produce para la Compañía de Mercaderes de la Puerta del Sol de Madrid. Sobre la penetración del capital mercantil de la Corte en la industria castellano-manchega, Nieto Sánchez, J.A.: “Nebulosas industriales y capital mercantil urbano...” op. cit.

[16] González Enciso, Estado e industria..., pp. 321-338, 395 y 471.

[17] Sobre la crisis palúdica de mediados de 1780 en Castilla-La Mancha, véase Pérez Moreda, V.: Las crisis de mortalidad en la España interior. Siglos XVI-XIX, Madrid, 1980, pp. 336-374.

[18] Sobre el binomio trabajo/ociosidad en el discurso ilustrado, véase Carbonell Esteller, M.: “Hecho y representación ...”, pp. 164-166.

[19] A.G.S. Secretaría y Superintendencia de Hacienda, leg. 791. Sobre la experiencia de Morata, Corella Suárez, M.P.: “Coyuntura económica e ilustración. La fábrica de tejidos e hilados de Morata de Tajuña (Madrid) a fines del siglo XVIII”, Jornadas sobre el Real Sitio de San Fernando y la Industria en el siglo XVIII. San Fernando de Henares, 1997, pp. 243-259.

[20] Reher, David S. y Ballesteros, E.: “Precios y salarios en Castilla La Nueva: La construcción de un índice de salarios reales, 1501-1991”, Revista de Historia Económica, 1991, XI, pp. 101-141.

[21] A.H.N. Consejos, leg. 1.240, exp. 2.

[22] Larruga, Memorias ... , tomo II, p. 276.

[23] Hernández García, R.: “El factor trabajo en la industria textil de Tierra de Campos a mediados del siglo XVIII: la fábrica de Astudillo”, www.unizar.es/eueez/cahe/hernandezgarcia.pdf.

[24] Aparte de las obras de Maxine Berg para Inglaterra, el caso francés durante la segunda mitad del XVIII se puede consultar en Gullickson, G.L.: “Amor y poder en la familia protoindustrial”, en Berg, M. (ed.): Mercados y manufacturas en Europa, Barcelona, 1995, pp. 184-209.

[25] Larruga, Memorias... , tomo XIV, pp. 224-25.

[26] Larruga, Memorias..., tomo II, p. 242.

[27] Foucault, M.: Vigilar y Castigar. Nacimiento de la prisión, Madrid, edición de 1990, p. 33.

[28] Soubeyroux, J.: “Pauperismo y relaciones sociales en el Madrid del siglo XVIII” (1), Estudios de Historia Social, nº 12-13, (1989), p. 190.

[29] A.H.N. Consejos, leg. 949, exp. 6.

[30] A.G.S. Consejo Supremo de Hacienda, Junta de Comercio y Moneda, leg. 360, exp. 13.

[31] Ibid., leg. 311, exps. 8 y 15.

[32] Cita de A. González Enciso: Estado e industria... p. 473.

[33] López Barahona, V.: Las trabajadoras madrileñas de la Edad Moderna, D.E.A. inédito, Universidad Autónoma de Madrid, 2004.

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Este artículo ha sido publicado en: Actas del V Congreso de Historia Social de España. Las figuras del desorden: heterodoxos, proscritos y marginados, Madrid, 2006
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Fotografía de Portada: Francisco de Goya. Alegoría de la industria, Museo del Prado, Madrid.

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LA AUTORA


Victoria López Barahona es Licenciada en Antropología social y cultural por la Universidad Complutense de Madrid, U. C. M., Experta en traducción de lengua inglesa, por el Instituto de Lenguas Modernas y Traductores de la U. C. M. Y, habiendo obtenido el Diploma de Estudios Avanzados en Historia Moderna por la U. C. M., ultima su doctorado en U. A. M.

 

Publicaciones:

-- López Barahona, V. & Nieto Sánchez, J. A. eds. (1996) El trabajo en la encrucijada. Artesanos urbanos en la Europa de la Edad Moderna, Madrid.

-- Nieto Sánchez, J.A. & López Barahona, V. (2001) “Zapatero a tus zapatos: el radicalismo de los zapateros madrileños en la Edad Moderna”, en Castillo, S. & Fernández, R. (coord.) Actas del IV Congreso de Historia Social de España. Campesinos, Artesanos y Trabajadores, Lleida, pp. 343-355.

-- López Barahona, V. & Nieto Sánchez, J.A. (2001) “Women’s Work and proto-industrialization: Madrid and New Castile (1750-1850)”, en Blondé, B., Vanhaute, E. y Galand, M. (eds.) Labour and Labour Markets between Town and Countrisyde (Middle Ages-19th century), Turnhout (Bélgica), pp. 254-266.

-- López Barahona, V. (2004) Las Trabajadoras madrileñas en la Edad Moderna, DEA inédito, UAM.

-- López Barahona, V. (2006) “Pobreza, trabajo y control social: las hilanderas de la Real Fábrica e Guadalajara (1780-1800)”, en Castillo, S. y Oliver, P. (coords) Actas del V Congreso de Historia Social de España. Las figuras del desorden: heterodoxos, proscritos y marginados, Madrid.

 

LOS DEBATES EN TORNO A LA HISTORIA DE MUJERES Y LA HISTORIA DE GÉNERO

LOS DEBATES EN TORNO A LA HISTORIA DE MUJERES Y LA HISTORIA DE GÉNERO

 

María Teresa Fernández Aceves*, Carmen Ramos Escandón** y Susie Porter***

 Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social. CIESAS . México

 

 

(Capítulo introductorio de la compilación coordinada por las mismas autoras: Orden social e identidad de género. México, siglos XIX y XX, CIESAS, Universidad de Guadalajara, México, 2006)

 

 

 

Orden social e identidad de género. México siglos XIX y XX es un libro colectivo que analiza y reinterpreta varios aspectos y periodos de esos siglos para integrar a las mujeres y las relaciones de poder desiguales entre hombres y mujeres en la historia mexicana. Esta obra contribuye a entender las distintas construcciones de feminidad y masculinidad, sus variaciones a través del tiempo y sus complejas relaciones entre clase, género, raza y etnicidad. Hace hincapié en las experiencias, prácticas y representaciones de las mujeres y los hombres para descifrar cómo diferentes ideas sobre género han sido elementos importantes en la construcción de la ciudadanía, el nacionalismo y en ideologías en romo a la política, el trabajo y la belleza. Los(as) autores(as) utilizan diferentes perspectivas históricas -historia social, laboral, cultural y vida privada- pero su eje central es el análisis de género. Por tanto, son representativos de la nueva historia social y cultural en México y muestran la riqueza y los matices que puede brindar la perspectiva de género al análisis histórico.


Este volumen es fruto de una interlocución e influencia de diferentes historiografías teóricas y empíricas en torno a la historia social, cultural, laboral, de mujeres y de género. Refleja los avances en los estudios de mujeres y de género en México y en Estados Unidos; así como los distintos caminos que se han tomado en cada país en estas perspectivas. Se enmarca dentro de la crítica feminista anglosajona, francesa y latinoamericana. El caso anglosajón sobresale porque obedece en buena parte a un movimiento feminista que llamó la atención acerca de la necesidad de los estudios históricos de la mujer. La profundización en los problemas que este nuevo enfoque histórico planteaba dio origen a la creación del concepto de género2 El punto de partida inicial fue la invisibilidad de las mujeres como actores sociales e históricos, y que "mujer", "hombre", "feminidad" y "masculinidad" son construcciones históricas y culturales3 Esta idea es la que resultó central para la conceptualización de "género" como relación de poder desigual entre hombres y mujeres.


El feminismo de la década de 1980 señaló, con ciertos riesgos, cómo un enfoque desde la mujer desestabilizaba los paradigmas de las ciencias sociales. La historia se planteó como el gran laboratorio en donde se demostraba la génesis, la maduración y la estructuración de la subordinación femenina, de la desigualdad entre los sexos, es decir, el proceso de formación de género propiamente dicho. El feminismo emergió así como una metodología que corregía las suposiciones aceptadas en la historia y en otras ciencias sociales. La difusión de estas ideas fue mayoritariamente desde la academia estadounidense, pues fueron las historiadoras de esa nación quienes, paralelamente al cambiar el enfoque de sus investigaciones, abrieron espacios políticos dentro de la profesión histórica para propiciar las investigaciones, los cursos, los programas que destacan la historia de la mujer.4 Probablemente el producto conceptual más acabado de este proceso es el concepto de género, cuya historiografía reconoce hoy varias vertientes; entre otras, el concepto de género como poder5 (Scott), como representación (Butler), o bien como opción (Wittig)7


La historia de mujeres y la historia de género han sido producto de una construcción trasnacional en las últimas décadas8 pero ha dominado la cultura académica, los estilos de escribir los avances teóricos y empíricos que han creado un marco de referencia lingüístico y analítico estadounidense, que hace visibles a las mujeres como sujetos sociales históricos en tanto agentes de cambio y revela las relaciones implícitas o explícitas de poder; pero que silencia otras perspectivas que no son parte de la cultura y lengua anglosajonas9


Este acertado señalamiento ayuda a ubicar el desarrollo distinto de los estudios sobre la historia de mujeres y de género en México desde la década de 1970. En México se han entretejido las propuestas anglosajonas. francesas y latinoamericana sobre la historia de mujeres. En contraposición a Estados Unidos. En México ha habido movimientos de mujeres, pero no ha habido un fuerte movimiento feminista que haya transformado la cultura académica. Algunos(as) antropólogos(as) y sociólogos(os) que se interesaron por el desarrollo intentaron integrar a la mujer en sus estudios, en sus cursos de docencia, en sus reuniones académicas; formaron redes y establecieron centros de investigación10, mientras que en la disciplina de la historia se integró una perspectiva feminista de un modo más lento. Sin embargo, han sido las académicas feministas quienes han propiciado los estudios de la mujer, a veces aun contra la corriente predominante en las instituciones11.


Gracias a esos esfuerzos. muchas veces individuales, se han logrado establecer centros de investigación enfocados en estos temas, a veces con financiamiento externo inicial como es el caso del Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer (PIEM) de El Colegio de México; el área de investigación mujer. identidad y poder, de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco; el Centro de Estudios de la Mujer de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que desapareció y después continuó esta línea de investigación ya como el Programa Universitario de Estudios de Género de esa casa de estudios. A pesar de esos esfuerzos aún no existe una revista académica especializada exclusivamente en los estudios históricos de las mujeres y del género12. La teoría feminista más reciente se conoce a través de publicaciones como Debate Feminista y Revista de estudios de género y La Ventana de la Universidad de Guadalajara, GenEros de la Universidad de Colima y algunos números monográficos de la Revista política y cultural de la UNAM-X y Signos Históricos de la UNAM-I, la primera ya con más de 15 años de publicación continua.13 Estas realidades culturales y financieras han condicionado la producción de la investigación sobre la historia de mujeres y la historia de género; además de la fuerte influencia de la academia anglosajona.


A pesar de estas condiciones no muy favorables, las ideas de las historiadoras Joan Scottl4 y Michelle Perrot15 han ejercido fuerte influencia en México. La propuesta de Scott de utilizar el género como una categoría de análisis que remarque las relaciones de poder ha sido fructífera en México y en otros sitios de América Latina, precisamente por el carácter de urgencia, de inmediatez y de compromiso político que ha caracterizado a los intelectuales de la región desde, por lo menos, la Independencia. Las historiadoras feministas siguieron, en buena medida, esta tradición. El interés especial puesto en los estudios sobre la participación política de la mujer, sobre el movimiento feminista mismo, obedece a esta perspectiva, a la necesidad de explicar históricamente fenómenos políticos contemporáneos desde la mirada de la mujer. Por su parte, la propuesta de Perrot de resaltar la vida cotidiana, la importancia de las mujeres en ésta y, sobre todo, la voz de las mujeres, ha tenido importancia y ha producido una obra colectiva en donde el foco de análisis es la vida cotidiana, pero en donde aparecen también mujeres16 Por otro lado, a diferencia de Estados Unidos, donde las ideas de Scott han suscitado un enorme debate, porque se han enmarcado dentro de la crítica feminista y postestructuralista a los paradigmas de las escuelas marxista y de los anales, por sus nociones en tomo a los conceptos de clase, ciudadanía, trabajo y poder,17 estas críticas han contribuido a la nueva historia cultural por el acento en las diferencias culturales y de género, por la extensión de la concepción de cultura y poder para comprender los cambios económicos y políticos en la vida cotidiana, por su atención detallada al discurso y al lenguaje, y por la influencia de la antropología en los estudios históricos.18 En México la historia de la mujer y la perspectiva de género siguen siendo novedosas y ha prevalecido la ignorancia sobre el tema, antes que la polémica académica. En los últimos diez años, estas perspectivas se han hecho más visibles en la historiografía mexicana.


En términos generales, las historiadoras mexicanas han mostrado que las mujeres han sido actores históricos sociales y han cuestionado la periodización tradicional que las deja fuera.19 En 1987, como producto colectivo de un seminario del PIEM, Carmen Ramos Escandón y Julia Muñón, en un esfuerzo personal, en editorial Planeta publicaron las dos primeras obras que presentaban una perspectiva general de las mujeres en la historia de México, sus diferentes roles asignados y las cambiantes representaciones y prácticas femeninas desde el mundo prehispánico hasta el siglo XX20 En esta década aparecieron más estudios sobre conventos,21 sexualidad y los conflictos en tomo a la elección matrimonial,22 y educación23 en el periodo colonial; la cultura de mujeres, representaciones, la participación laboral femenina,24 mujeres y el derecho en los siglos XIX y XX,25 mujeres y la revolución mexicana,26 y el sufragio femenino en las décadas de 1920 a 1950.27


A mediados la década de 1990, como en Estados Unidos, aquí hubo un cambio de historia de mujeres a historia de género.28 Es decir, la descripción y el rescate de la presencia femenina en la historia, se sustituyó por la reflexión sobre la historicidad de las categorías de "hombre", "mujer",29 se empezó a dar prioridad al estudio de las relaciones de poder desigual entre ellos y ellas y al examen sobre cómo las instituciones sociales, políticas y educativas reproducen y perpetúan esas relaciones. Precisamente, al analizar las relaciones de poder desiguales de ellos y ellas, la masculinidad se problematizó también como una construcción social cuyas raíces y modalidades pueden encontrarse en la historia.30 Se trató de superar el rescate de lo que hicieron las mujeres, un proyecto basado en una suposición de actores concretos que realmente podemos conocer, y generar, en su lugar un enfoque que resalta cómo las estructuras sociales crean el espacio en el cual es posible identificarse como masculino o femenino y cómo se construye a los hombres y a las mujeres.


A finales de ese decenio y a principios del nuevo milenio se han incrementado los estudios históricos de género31 que han abordado nuevos temas sobre los lineamientos de comportamiento social,32 la violencia, la criminalidad y la sexualidad,33la relación entre la construcción de la nación y el género,34 las construcciones y prácticas masculinas,35 las manifestaciones queer36 y las representaciones de las mujeres en el cine.37 Se ha avanzado en otros temas que ya se habían trabajado en las décadas anteriores, pero ahora con hincapié en la categoría de género y se ha combinado el análisis con las perspectivas de poder, vida privada y cotidiana, y cultura. Estos estudios han mostrado las complejidades que se les han atribuido a las mujeres y hombres en lo público y lo privado y han de construido los estereotipos sobre "la mujer", "el hombre", "la familia", "la obrera" y "la política". Se ha avanzado en dilucidar sobre las relaciones entre los modelos dominantes normativos propuestos por la Iglesia y el Estado y las prácticas de las mujeres y los hombres en diversos periodos y regiones. Las temáticas estudiadas han sido las interconexiones entre la ley y el género,38 las relaciones entre la familia y el género,39 educación,40 la revolución mexicana y el proceso revolucionario,41 la campaña del sufragio femenino42 y la participación laboral femenina.43 Se ha profundizado en las formas y los contenidos que asume la construcción del género en la vida política.44 Estos estudios han resaltado los aspectos culturales y han recuperado diferentes miradas, experiencias y representaciones de diversas mujeres y hombres para mostrar cómo influyeron en la construcción de la nación, en el proceso revolucionario, en la construcción del nuevo Estado y en la participación en distintas agencias gubernamentales.


En concreto, este libro es producto de un diálogo entre historiadoras mexicanas, estadounidenses y alemanas interesadas en la historia de México. Desde el año 2000 este diálogo se ha llevado a cabo en una serie de conferencias internacionales y en el establecimiento de una red académica interesada en la historia de mujeres y de género. Los capítulos editados en esta obra fueron presentados en el Segundo Coloquio Internacional de Historia de Mujeres y de Género que se llevó a cabo en el CIESAS-Occidente del 3 al 6 septiembre de 2003.45

 

El libro está dividido en cinco secciones. La primera "Los debates en tomo a la historia de mujeres y de género" incluye un trabajo de Joan Scott sobre "La historia del feminismo" en donde evalúa cuál ha sido el desarrollo y qué efecto tuvo la historia de mujeres en el campo de la historia. Puntualiza los diferentes momentos en que se ha debatido en la academia estadounidense lo que debe ser la historia de mujeres, su futuro y sus logros e innovaciones y cómo esta línea de investigación se volvió más sofisticada.


Cada uno de los ensayos representa una combinación de historia de mujeres, o sea el proyecto de rescate y, a la vez, historia de género que investiga la arqueología de la creación de identidades de género. La segunda sección "Ciudadanía, organización y movilización de mujeres" incluye el capítulo de Kif Agustine-Adams acerca de "El construir a la nación mexicana: matrimonio, derecho y la nacionalidad dependiente de la mujer casada en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del siglo XX" donde examina el complejo contexto legal y social de por qué al casarse una mujer mexicana con un extranjero ésta perdía su nacionalidad. Este capítulo refiere que la ley establece derechos y obligaciones diferentes a sus ciudadanos en razón de que sean hombres o mujeres, idea que incide en la de Scott acerca de las relaciones primarias de poder, pero también en el señalamiento de que la ciudadanía es vicaria, dependiente y, en todo caso, sexuada. El capítulo "Expresiones políticas femeninas en el México del siglo XIX: el Ateneo Mexicano de Mujeres y la Alianza de Mujeres de México", de Ana Lau, examina la relación entre la posición de las mujeres dentro de la sociedad y cómo ésta influyó en sus luchas para el reconocimiento de un aspecto de la ciudadanía: el voto. En su ensayo, Lau se enfoca en el estudio de dos organizaciones de mujeres de clase media que buscaron el reconocimiento del voto, otra forma de ciudadanía por medio del uso de una ideología tradicional de género. Analiza a sus integrantes, pero se concentra en sus publicaciones y, sucintamente, puntualiza su alianza con el Estado para obtener legitimidad y credibilidad. El capítulo rescata unas formas organizativas de mujeres poco conocidas y las compara, por lo que ahonda en la variedad de formas de expresión política femenina, independientemente de sus logros concretos. En el último capítulo de esta sección, Miriam Lang en "Políticas públicas, violencia de género y feminismo en México durante los últimos sexenios priistas" examina los cambios que se dieron de 1988 a 2000 para combatir la violencia así como la participación de organizaciones de mujeres para que cambiara la legislación y se crearan nuevas instancias gubernamentales.


En la tercera sección "Etnicidad, clases sociales y trabajo", Adriana Zavala en "De santa a india bonita. Género, raza y modernidad en la ciudad de México, 1921" analiza el concurso de la india bonita organizado por El Universal en 1921. Zavala va más allá de los estudios que ven este concurso como el surgimiento del indigenismo revolucionario, para argumentar desde una perspectiva feminista, que éste fue una continuidad de la ideología porfirista en torno a las ideologías sociales, culturales, políticas y de género. Por su parte, Susie S. Porter en "Empleadas públicas: normas de feminidad, espacios burocráticos e identidad de la clase media en México durante la década de 1930" puntualiza que el debate sobre el papel de la mujer en la administración pública no se limitaba al tipo de trabajo sino a la naturaleza misma de la clase media y de la mujer. Este análisis desentraña cómo los esquemas de construcción de conductas genéricas inciden en el momento económico que se trate, y cómo el esquema de feminidad está construido aun en espacios tan supuestamente objetivos como el trabajo. En esta última sección, Mary Goldsmith en "Política, trabajo y género: la sindicalización de las y los trabajadores domésticos y el Estado mexicano" analiza los factores que contribuyeron a la creación de estos sindicatos durante las décadas de 1920 y 1930 en Tampico y en Veracruz. Revisa la discusión en tomo a la conceptualización de trabajadores domésticos en la legislación laboral y cómo ésta fue usada por los sindicatos y trabajadores.


En la cuarta sección "Ideales de masculinidad y procesos de masculinización", Ana María Kapelusz-Poppi, en "Las nociones de género y la construcción de un discurso científico: la Escuela de Medicina de Morelia y la regulación del trabajo de obstetras" explora las ideas y actividades de un grupo de médicos de Morelia entre 1820 y 1880. Afirma que estos médicos no sólo utilizaron los conceptos de jerarquías epistemológicas y de clase, sino también las imágenes basadas en las diferencias de género para legitimar la superioridad intelectual de los hombres. Víctor M. Macías-González, en "Hombres de mundo: la masculinidad y los manuales de urbanidad y buenas maneras" examina los manuales y libros sobre las buenas costumbres durante el siglo XIX, los cuales fueron leídos principalmente por la incipiente clase media mexicana. Ilustra la construcción de la masculinidad en relación con las conductas individuales dentro de los esquemas de conductas genéricas de la moral porfiriana victoriana. Finalmente, Roberto Miranda en "La vida de un obrero y la construcción de la masculinidad, 1890-1940" escudriña la correspondencia entre un obrero calificado y su esposa de 1890 y 1940, para explorar el modelo de masculinidad expresada en estos documentos. Concluye que la masculinidad es un proceso histórico y no una construcción acabada, debido a los ciclos de vida de los individuos y las relaciones sociales y de género que establecen.


Este libro muestra una riqueza de temas que se cruzan a lo largo de la obra: ciudadanía, sufragio femenino, movilización política, trabajo, clases sociales, nacionalismo y masculinidades. Orden social e identidad de género. México siglos XIX y XX va más allá de mostrar que las mujeres han sido sujetos sociales e históricos al "añadidas" al análisis histórico, porque utiliza la perspectiva de género y la entreteje con otras categorías de análisis como clase social, etnicidad, ciudadanía, nacionalismo y trabajo. Esta mirada permite plantear nuevas preguntas y proponer interpretaciones más matizadas en tomo a las ideologías culturales sobre el género y ver cómo han influenciado la experiencia histórica de hombres y mujeres. Por tanto, este análisis de género contribuye en el cuestionamiento de narrativas tradicionales acerca de la construcción de la nación mexicana.



 

Notas

 

1. Para una discusión más a fondo véase Joan Kelly Gadol, "La relación social entre los sexos, implicaciones metodológicas de la historia de las mujeres", en Carmen Ramos Escandón (ed.), Género e historia, México, Instituto Mora, UAM, 1992, pp. 123-141; Joan Wallach Scott, "El problema de la invisibilidad", en Carmen Ramos Escandón (ed.), Género e historia, México, Instituto Mora/UAM, 1992, pp. 38-65.

2. Joan Scott, "El género una categoría útil para el análisis histórico", en Marta Lamas (ed.), El género, la construcción cultural de la diferencia sexual, México, Porrúa/UNAM, 1996, pp. 265-302.

3. Robert Connell, Masculinidades. México, UNAM, 2003, 329 p.; Denise Riley, "Am 1 that Name?" Feminism and the Category of "Women" en History, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1988, 126 p.

4. Véase Scott, "El problema de la invisibilidad".

5. Joan Wallach Scott, Gender and the Politics of History, Nueva York, Columbia University Press, 1988,242 p.

6. Judith Butler, Excitable Speech, A Politics of the Performative, Nueva York, Routledge, 1997, 185 p.; Judith Butler, The Psychic Life of Power, Theories in Subjection, Stanford, Stanford University Press, 1997,218 p.; Judith Butler, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, México, Paidós/UNAM/PUEG, 2001; Judith Butler, Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del "sexo", Buenos Aires, Paidós, 2002, 345 p.; Judith Butler, Undoing Gender, Boca Raton, Routledge, 2004.

7. Judith Butler, "Variaciones sobre sexo y género, Beauvoir, Witrig y Foucault", en Martha Lamas (ed.) El género, la construcción cultural de la diferencia sexual, México, PUEG/UNAM, Porrúa, 2000, pp. 303-326; Namascar Shaktini, On Monique Wittig, Theoretical, Political, and Literary Essays, Urbana, University of Illinois Press, 2005, 230 p.; Monique Wittig, The Lesbian Body, Nueva York, Morrow, 1975, 165 p.; Monique Wittig, Across the Acheron, Londres, Dufour Editions, 1987, 119 p.

8. Cheryl Johnson-Odim y Margaret Strobel, Expanding the Boundaries of Women’s History, Essays on Women in the Third World, Bloomington, Indiana University Press, 1992,333 p.

9. Karen Hagemann, "Gendering Trans/National Historiographies, Similarities and Differences in Comparison", ponencia presentada en la 2005 Berkshire Conference on the History of Women, Sin Fronteras, Women’s Histories, Global Conversations, Claremont, California, junio 2-5, 2005.

10. Lourdes Arizpe, Indígenas en la ciudad de México, el caso de las Marías, México, Secretaría de Educación Pública, 1975; Lourdes Arizpe, La mujer en el desarrollo de México y de América Latina, México, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, 1989; Lourdes Benería y Gita Sen, "Accumulation, Reproduction and Women’s Role in Economic Development, Boserup Revisited", Signs 7, núm. 2, 1981, pp. 279-298; Ana Buquet Codeto, "Panorama actual de centros, programas, y áreas de estudio de la mujer y de género en instituciones de educación superior de México", en Eli Bartra, Gloria Careaga, Mary Goldsmith, (compiladoras), Estudios feministas en América Latina y el Caribe, México, UAM, PUEG, 2004, 265-278. Para una discusión actualizada y amplia del desarrollo de la perspectiva de género en México véase Salvador Cruz y. Patricia Ravelo, "Introducción. Los retos actuales en los estudios de género", en Sara Elena Pérez-Gil Romo y Patricia Ravelo Blancas (coordinadoras), Voces disidentes. Debates contemporáneos en los estudios de género en México, México, CIESAS, Porrúa, Cámara de Diputados, 2004, 5-28.

11. Aquí estamos hablando explícitamente de historia y género, y no nos referimos a cómo otras disciplinas enriquecieron la perspectiva de género. Para una discusión de cómo se ha incorporado la perspectiva de género en la historia, véase, Carmen Ramos Escandón, "Quinientos años de olvido, historiografía e historia de la mujer en México", Secuencia, nueva época, núm. 36, 1996, pp. 121-150; Gabriela Cano, "Más de un siglo de feminismo en México", Debate Feminista, vol. 14, oct. 1996,345-360; Gabriela Cano y Georgette José Valenzuela (ed.) , Cuatro estudios de género en el México urbano del siglo XIX, México PUEGUNAM, Porrúa, 2001; Carmen Ramos Escandón, "Prólogo a la segunda edición", en Carmen Ramos Escandón (coord.), Presencia y transparencia: la mujer en la historia de México, México, El Colegio de México, 2006, 15-20.

12. Mary Goldsmith, "Feminismo e investigación social. Nadando en aguas revueltas", en Eli Bartra (ed.), Debates en tomo a una metodología feminista, México, UNAM- PUEG, UAM, 2002, 35-62; Hagemann, "Gendering Trans/National Historiographies, Similarities and Differences in Comparison".

13. Véase Revista política y cultural, "Mujeres y política", otoño de 1992, núm. 1; Revista políticay cultura, "Raza/etnia y género", otof.o del 2000, núm. 14; Eli Bartra (comp.) Debates en tomo a una metodología feminista, México, segunda edición UNAM/PUEG, 2002; Eli Bartra, Ana Lau, Ana María Fernández Poncela, Feminismo en México, Ayer y Hoy, prol. Ángeles Mastreta, México, UAM, 2000, núm. 130.

14. Scott, "El género una categoría útil para el análisis histórico"; Joan Scott, "Experiencia", Revista de Estudios de Género. La Ventana, núm. 13, 2001, 42-73; Scott, Gender and the Politics of History; Scott, "El problema de la invisibilidad"; Joan Wallach Scott, Feminism and History, Oxford, Oxford University Press, 1996, 611 p.; Joan Wallach Scott, Only Paradoxes to Offer, French Feminists and the Rights of Man , Cambridge, Harvard University Press, 1996,229 p.

15. Georges Duby y Michelle Perrot, "Escribir la historia de las mujeres", en Georges Duby y Michelle Perrot (eds.), Historia de las mujeres en occidente, Madrid, Taurus, 1993; Michelle Perrot, Workers on Strike, France, 1871-1890, Nueva York, Berg, 1987,321 p.; Michelle Perrot, "Haciendo historia, las mujeres en Francia", en Carmen Ramos Escandón (ed.), Género e historia, México, Instituto Mora, 1992, pp. 66-85.

16. Pilar Gonzalbo, Introducción a la historia de la vida cotidiana, México, El Colegio de México, 2005; Pilar Gonzalbo y Pablo Escalante (eds.), Historia de la vida cotidiana en México, México, El Colegio de México, Fondo de Cultura Económica, 2004. Carmen Ramos Escandón, "Género e historia, la historiografía sobre la mujer", en Carmen Ramos Escandón (ed.), Género e historia, México, Instituto Mora, 1992, pp. 23-37.

17. Linda Alcoff, "Cultural Feminism versus Structuralism, The Identity Crisis in Feminist Theory", en Nicolas B. Dinks, Eley Goof y Sherry Oter (eds.), Culture, Power and History, New Jersey, Princeton University Press, 1994, pp. 92-122; Kathleen Canning, "Feminist History After the Linguistic Turn, Historicizing Discourse and Experience", Signs, ]ournal of Culture and Society 19, núm. 2, 1994, pp. 416-445; Laura Frader, "Dissent over Discourse, Labor History, Gender, and the Linguistic Turn", History and Theory 34, núm. 3, 1995, pp. 213-230.

18. Victoria E. Bonnell y Lynn Hunt (ed.), Beyond the Cultural Tum, Berkeley, Univesity of California Press, 1999,350 p.; Peter Burke (ed.), Formas de hacer historia, Madrid, Alianza Editorial, 1991; Lynn Hunt (ed.), The New Cultural History, Berkeley, University of California Press, 1989,244 p.

19. Ramos Escandón, "Género e historia, la historiografía sobre la mujer".

20. Carmen Ramos Escandón (ed.), Presencia y transparencia, la mujer en la historia de México, México, El Colegio de México, Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer, 1987; Julia Tuñón Pablos, Mujeres en México; una historia olvidada, México, Planeta, 1987.

21. Asuncion Lavrin, "Women in Latín American History", The History Teacher 14, núm. 3, 1981, pp. 87-99, Asunción Lavrin, (ed.), Las mujeres latinoamericanas, perspectivas históricas, México, FCE, 1983; Asunción Lavrin, "Investigación sobre la mujer en la colonia en México", en Asunción Lavrin (ed.) , Mujeres latinoamericanas, perspectivas históricas, México, FCE, 1984, pp. 23-40.

22. Carmen Castañeda García, Violación, estupro y sexualidad, Guadalajara, Exágono, 1989; Asunción Lavrin, "Unlike Sor Juana? The Model Nun in the Religious Literature of Colonial Mexico", The University of Dayto Review 16, núm. 2, 1983, pp. 75-92, Asunción Lavrin, Sexualidad y matrimonio en la América hispánica, siglos XVI-XVIII, México, Grijalbo, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1991; Patricia Seed, Amar, honrar y obedecer en el México colonial. Conflictos en torno a la elección matrimonial, 1574-1821, México, CONACULTA, Alianza Editorial, 1991,296 p.

23. Pilar Gonzalbo, La educación de la mujer en la Nueva España. Antología, la. ed., México, Ediciones El Caballito, Secretaría de Educación Pública, 1985; John E. Kicza, "La mujer y la vida comercial en la ciudad de México a finales de la colonia", Revista de Ciencias Sociales y Humanidades 2, núm. 4, 1981, pp. 39-59; Mary Kay Vaughan, "Women, Class, and Education in Mexico, 1880-1928", Latin American Perspectives 4, núm. 1-2, 1977, pp. 135152, Mary Kay Vaughan, Estado, educación ’J clases sociales en México, 2 vols., México, SEP, FCE, 1982.

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43. Sarah Bak-Geller Corona, "El espacio doméstico femenino, el caso de dos cocinas", Estudios del Hombre, vol. 16 ,2002, 121-146; María Teresa Fernández Aceves, "Once We Were Com Grinders, Women and Labor in the Tortilla Industry of Guadalajara, 1920-1940", International Labor and Working-Class History, vol. 63, 2003, pp. 81-101; María Teresa Fernández Aceves, "Engendering Caciquismo. Guadalupe Martínez and Heliodoro Hernández Loza and the Politics of Organized Labor in Jalisco", en Alan Knight y Wil Pansters (eds.), Caudillo and Cacique in Twentieth-Century Mexico, Londres, ILAS, 2005; María Teresa Fernández Aceves, "El trabajo femenino en México, 1920-1940", en Gabriela Cano, Dora Barrancos y Pilar Canto (eds.), Historia de las mujeres. España y América Latina, Madrid, Cátedra, en prensa; Heather Fowler-Salamini, "La revolución y la obrera, nuevos actores sociales en la agroindustria cafetalera de Veracruz", en Jaime Bailón Corres, Carlos Martínez Assad y Pablo Serrano Álvarez (eds.), El siglo de la Revolución Mexicana, México, INEHRM, Secretaría de Gobernación, 2000, pp. 269-274; Heather Fowler-Salamini, "Gender, Work, and Working-Class Women’s Culture in the Veracruz Coffee Export Industry, 1920-1945", International Labor and Working-Class History, vol. 63, 2003, pp. 102-121; María García Acosta, "Las mujeres propietarias en la ciudad de Guanajuato a fines de la colonia y principios de la vida republicana", Estudios del Hombre, núm. 16, 2002, pp.15-40; Susan Gauss, "Masculine Bonds and Modern Mothers, the Rationalization of Gender in the Textile Industry in Puebla, 1940-1952", International Labor and Worldng-Class History, vol. 63, 2003, pp.63-80; Coralia Gutiérrez Álvarez, "Las mujeres en las fabricas textiles de Puebla y Tlaxcala", Estudios del Hombre, núm. 16, 2002, pp. 67-92; Jocelyn Olcott, "Miracle Workers, Gender and State Mediation among Textile and Garment Workers in Mexico’s Transition to Industrial Development", International Labor and Working-Class History, vol. 63, 2003, pp. 45-62; Susie S. Porter, Workidng Women in Mexico City, Public Discourses and Material Conditions, 1879-1931, Tuscon, University of Arizona Press, 2003, 250 p.; Carmen Ramos Escandón, Industrialización, género y trabajo femenino en el sector textil mexicano, el obraje, la fábrica y la compañía industrial, México, CIESAS, 2004, 404 p.; Carmen Ramos Escandón, La diferenciaci6n de género en el trabajo textil en México, San Luis Potosí, El Colegio de San Luis, 2004.

44. Nikki Craske, "Mexican Women’s Inclusion into Political Life, A Latin American Perspective", en Victoria Elizabeth Rodríguez (ed.) , Women’s Participation in Mexican Political Life, Boulder, Westview Press, 1998, pp. 41-62; Nikki Craske, Womenand Polidcs inLatin America, New Brunswick, N. J., Rutgers University Press, 1999, 242 p.; Nikki Craske, "Ambiguities and Ambivalences in Making the Nation, Women and Politics in 20th Century Mexico", Feminist Review, núm. 79, 2005, pp. 116-133; Anna M. Fernández Poncela, Mujeres, revolución y cambio cultural, transformaciones sociales versus modelos culturales persistentes, México, Anthropos, UAM, 2000,92 p.; Will Fowler, "All the President’s Women, The Wives of General Antonio López de Santa Anna in 19th Century Mexico", Feminist Review, núm. 79, 2005, pp. 52-68; Alejandra Massolo, Los medios y los modos, participación política y acción colectiva de las mujeres, México, El Colegio de México, 1994, 212 p.; Carmen Ramos Escandón, "Women’s Movements, Feminism, and Mexican Politics", en Jane S. Jaquette (ed.), The Women’s Movement in Latin América, Participation and Democracy, Boulder, Westview Press, 1994, pp. 199-221; Victoria Elizabeth Rodríguez, Women in Contemporary Mexican Politics, Austin, University ofTexas Press, 2003,322 p.; Elisa Servín, "Perspectivas de medio siglo, dos diputadas por la revolución", en Jaime Bailón Corres, Carlos Martínez Assad y Pablo Serrano Álvarez (eds.), El siglo de la Revolución Mexicana, México, INEHRM, Secretaría de Gobernación, 2000, pp. 287-296; Luz de Lourdes Silva, "Las mujeres en la elite política de México, 1954-1984", en Orlandina de Oliveira (ed.), Trabajo, poder y sexualidad, México, El Colegio de México, 1989, pp. 269-302; María Luisa Tarrés, "Más allá de lo público y lo privado, reflexiones sobre la participación social y política de las mujeres de clase media en Ciudad Satélite", en Orlandina de Oliveira (ed.), Trabajo, poder y sexualidad, México, El Colegio de México, 1989, pp. 197 -218; María Luisa Tarrés, Género y cultura en América Latina, cultura y participación política, 2 vols., México, El Colegio de México, CES, PIEM, UNESCO, 1998, 354 p¡ Lilia Venegas, "Mujeres en la oposición, construyendo espacios de participación política", en Jaime Bailón Corres, Carlos Martínez Assad y Pablo Serrano Álvarez (eds.) El siglo de la Revolución Mexicana, México, INEHRM, Secretaría de Gobernación, 2000, pp. 345-356.

45. Las .siguientes instituciones y programas financiaron esta conferencia: CIESAS, El Colegio de Michoacán, Gender & History, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa¡ merecen una especial mención los apoyos que nos otorgaron CONACYT-National Science Foundation con el acuerdo Ref. J200 563/2003 y UC-MEXUS.


 

 Otro artículo de autoría invidual de Carmen Ramos Escandón, curriculum y enlaces bibliográficos en este blog: Espacios viajeros e identidad femenina en el méxico de fin de siecle: el álbum de la mujer de Concepción Gimeno 1883 1890 

 


 

FIESTAS DE TOROS EN VALLADOLID EN TIEMPOS DE CARLOS III Y CARLOS IV. Una pasión reconducida por las Luces

FIESTAS DE TOROS EN VALLADOLID EN TIEMPOS DE CARLOS III Y CARLOS IV. Una pasión reconducida por las Luces

Lourdes Amigo Vázquez

Universidad de Valladolid/ España

 

 

Toros, Ilustración y Valladolid. Tres elementos que tienen claras vinculaciones con Teófanes Egido. El siglo XVIII ha ocupado gran parte de su vida como investigador, a veces centrándose en el movimiento ilustrado y más a menudo en las resistencias al cambio, en la mentalidad y la religiosidad colectivas, sobre todo de los vallisoletanos, de las que siempre ha destacado su carácter festivo, por lo que lo taurino tampoco le es ajeno[1]. Además, de todos es conocida su afición por los toros y por su patrono, San Pedro Regalado[2].

Retrocedamos al Valladolid de hace más de dos siglos. En un ambiente perturbado por las continuas prohibiciones del Despotismo Ilustrado, el “frenesí taurómaco”[3] de sus moradores va a poderse saciar en dos escenarios bien diferentes.

En 1777, el barón de Bourgoing tiene la oportunidad de contemplar una de aquellas veces en que la Plaza Mayor se convertía en coso taurino. Llena a rebosar de espectadores, “se asegura pueden acomodarse ochenta mil personas” en ella.

 Me asombró la prodigiosa concurrencia de curiosos que acudían atraídos por este festejo desde varias leguas a la redonda. Fue de Madrid el famoso torero Pepe Hillo (...) Brindó al embajador, en cuya compañía me encontraba, varios de los toros que mató, y cada uno de estos tributos sangrientos (...) daba ocasión a que del palco del corregidor en que nosotros estábamos se arrojasen algunas monedas de oro al escenario de las hazañas de Pepe Hillo.[4].

 

Diez años después, en 1787, el ilustrado y periodista local José Mariano Beristain anota en su Diario Pinciano la corridas celebradas aquel septiembre en el Campo Grande, a las afueras de la ciudad, en una plaza de madera.

 En los días 16, 17, 23 y 24 del corriente se han celebrado dos Corridas de Novillos de las concedidas por Real Cédula de S.M. a la Real Sociedad Económica de esta Provincia con aplicación de su producto a los fines de su Instituto (...) Y en una y otra han capeado, puesto parches y vanderillas ligeras, y executado otros juguetes gustosos al Público la Quadrilla de Toreros al cargo de Francisco Garcés, segundo Estoque del famoso Joaquín Costillares su tío; y de Francisco Seco, bien conocido en esta misma Plaza; habiendo también concurrido a Caballo para otras suertes Andrés Martín, Vecino de la Ciudad de Salamanca.[5].

 

La Plaza Mayor perdía a finales del XVIII su primacía taurina. Las funciones controladas por la Ciudad en el símbolo urbano por excelencia, para festejar a la monarquía y a la iglesia, para divertir al pueblo y exhibirse los poderes locales del Antiguo Régimen, se combinaban con otras, en el Campo Grande, donde las preocupaciones anteriores cedían terreno a favor de las meramente lucrativas. Dos concepciones de las corridas y, lo que es más importante, dos visiones del mundo y de la sociedad coexistían en el Valladolid de entonces.

Etapa de permanencias y de mutaciones fue la Ilustración. La fiesta, uno de los elementos definidores de la Época Moderna, se convertirá en preocupación básica para los ilustrados y los toros ocuparán un lugar preferente en sus deseos de reformar el país. Empero, las plazas de toros, también el toreo moderno, surgen ahora. Una transformación no totalmente ajena u opuesta al influjo de las Luces[6].

En las páginas siguientes trataré de profundizar en cómo esta lucha entre lo nuevo y lo viejo se libró en el ruedo vallisoletano, muy especialmente en torno a su emplazamiento. El tiempo cronológico va a ser el comprendido por los reinados de Carlos III y Carlos IV, el orto y el ocaso de la aventura de las Luces que, pese a su carácter minoritario y su fracaso, abrió el horizonte de la España Contemporánea[7]. Pero comenzaré con un breve bosquejo de las fiestas de toros del Valladolid moderno, pues, sin duda, marcarán en gran medida la etapa ilustrada.

 


 

1.- Pasión y Poder: ingredientes de las fiestas de toros en el Valladolid moderno


En 1715 los regidores plantean al Presidente de la Chancillería “como la Ciudad se halla en obligazión de complazer al pueblo conzediéndole (...) el alivio de una corrida de toros”. El deber de divertir al pueblo que tenían los poderosos, especialmente el Regimiento, adquiría en esta ocasión tintes casi dramáticos. Se temía a una población próxima a amotinarse al ver peligrar la perspectiva de una fiesta

...respecto de haverse esparzido la voz de que ha de haver festexo de toros, por cuyo motivo ha concurrido actualmente mucha gente a la plaza y portal de estas casas de ayuntamiento que le piden y en ygual conformidad se ha dibulgado en los pueblos de la comarca[8].

 

Esta situación la había provocado el Colegio de Santa Cruz. Había pretendido organizar una corrida en la Plaza Mayor ante el nombramiento de un colegial como consejero de la Cámara, pero se había opuesto a que la Ciudad fijase la fecha, por lo que ésta, considerando que las fiestas de toros era una “regalía” suya, no le había permitido celebrarla[9].

Como señala Araceli Guillaume-Alonso, los festejos taurinos son el espectáculo predilecto del español de los siglos XVI y XVII[10]. Y la pasión, lejos de apaciguarse, se intensificará, incluso, en el Setecientos[11]. Constituían el ingrediente indispensable de toda celebración gozosa, tanto de carácter político como religioso[12]. Además, en dos ocasiones a lo largo del año, los vallisoletanos iban a poder disfrutar de esta diversión, sin necesidad de ninguna excusa. Eran las funciones ordinarias por San Juan y Santiago.

La Plaza Mayor era la protagonista espacial de las funciones, supervisadas y gobernadas por la Ciudad, aunque no siempre será su organizadora[13]. Empero, en los siglos XVI y XVII, cualquier calle o plaza se podía convertir en improvisado coso taurino para correr novillos, toros, bueyes o vacas, sueltos o ensogados, en las fiestas de las cofradías o, en el XVI, por la concesión de los grados de doctor de la Universidad.

¿Cómo explicar la fiebre taurina de los españoles de entonces? En palabras de Teófanes Egido “el talante festivo es uno de los caracteres urbanos más destacados, y las fiestas son una necesidad en el Antiguo Régimen”[14]. Una sociedad que precisa olvidar momentáneamente su miseria cotidiana[15], a su vez sacralizada, que tiende a exteriorizar su extremada religiosidad[16], e imbuida de los ideales aristocráticos, más inclinados al ocio que al trabajo[17], convierte a la fiesta en un producto de primera necesidad. Los toros, son, sin duda, la principal diversión de esta “sociedad lúdica” debido a su espectacularidad, emoción, sus altas dosis de peligro y de sangre y los cauces que ofrecen para la participación popular[18], sin olvidarnos de la importancia de este animal en la cultura española desde tiempos pretéritos.

Mas las funciones de toros, sobre todo las de la Plaza Mayor, no agotan su significado en lo festivo. Pues ¿Cómo explicar la disputa de 1715 entre el Colegio y la Ciudad?

En 1582 el Regimiento se queja al Consejo por la actitud de la Audiencia en las fiestas de toros[19]: “agora nuevamente les tomaron la llave del toril y ellos mandavan soltar y desjarretar los toros” y, si bien hasta entonces la Villa se sentaba en el consistorio y la Chancillería en balcones de casas particulares, “agora les toman las dichas ventanas y les dejan tan poco lugar que no caven en él los regidores por ser muchos”. El Consejo resolverá a favor de la Villa respecto a la llave del toril, el símbolo de gobierno de la plaza, pero no sobre los asientos. Estos conflictos en cuanto al papel de cada institución en la organización y desarrollo de las fiestas serán constantes debido al inmenso poder de la Chancillería[20].

La fiesta de toros, la fiesta en general, era un escenario idóneo para la representación del poder, de la Monarquía e Iglesia, cuyos felices acontecimientos daban a menudo el motivo para las funciones, pero sobre todo de las elites urbanas. Su apelación a las emociones la hacían un lugar idóneo para la atracción de los afectos del pueblo hacia sus autoridades que organizaban tal diversión y se exhibían en ella[21]. A su vez, en unos tiempos caracterizados por la desigualdad, la fiesta se va a convertir en la mejor catarsis colectiva[22].

            La Plaza Mayor será lugar de ostentación de los poderosos, especialmente tras su reconstrucción a finales del XVI[23]. La nobleza, organizadora en ocasiones y gran protagonista de las fiestas de toros y cañas en los siglos XVI y XVII, una vez marchada la corte a Madrid en 1606, cederá rápidamente su puesto a las instituciones urbanas. La Chancillería y la Ciudad serán las principales protagonistas, sentadas en el consistorio, con el Presidente en el balcón central y la Chancillería a su derecha[24]. Mientras, la Inquisición, el Cabildo de la catedral y el Colegio de Santa Cruz contemplarán el espectáculo desde los balcones primeros de casas propias de la Plaza y la Universidad desde balcones alquilados[25].

Empero las fiestas organizadas por el Regimiento eran caras, más aún a medida que se enriquece el espectáculo. Crece el número de toros en cada corrida, de 4-6 en el siglo XVI  a no menos de 16 a mediados del XVIII. Por otra parte, mientras en los dos primeros siglos los caballeros rejoneadores se reservaban para las grandes ocasiones y en la mayoría de las corridas salía gente espontánea a torear a pie, ya a finales del Seiscientos los toreros profesionales se imponen[26]. Su participación en 1705 ascendió a 1.518 reales de vellón[27]. A su vez, el breve reinado de los varilargueros, a principios de siglo XVIII, cuestan por ejemplo 4.214 rs en 1735[28]. Por tanto, el precio de una corrida ordinaria pasa de 11.000 rs a mediados del XVII a más de 32.000 un siglo después[29].

            Para costear estos festejos en los siglos XVI y XVII se utilizaban los cada vez más insuficientes efectos de toros, es decir, la contribución anual de reses por los obligados de los abastos: nueve las carnicerías, cinco la pescadería y cuatro la velería, ajustado cada animal a 15.000 mrs.[30], a lo que se añadía lo obtenido por la venta de toros muertos. Si bien, las corridas insertas en grandes fiestas extraordinarias se costeaban con las fuentes utilizadas para su financiación. Pero a medida que avanza el Seiscientos, los festejos de toros disminuyen en frecuencia. La grave crisis de la hacienda municipal estaba dejando su huella[31]. En consecuencia, en 1638 y 1670 los dueños de las casas de la plaza, interesados en las corridas porque alquilaban sus balcones y portadas –para tablados-, logran sendas cartas ejecutorias para obligar a la Ciudad a organizar las dos fiestas ordinarias[32]. Así, en 1670, a los efectos de toros se añaden las sobras de los arbitrios para la paga de las quiebras de millones[33].

En el siglo XVIII, las fuentes de financiación vuelven a ser escasas y no sólo por el aumento del coste de las funciones, pues el endeudamiento municipal obliga a que los efectos de toros se utilicen a menudo para otros fines[34]. A veces será necesario utilizar la cesión de portadas y balcones por parte de los dueños de las casas de la Plaza Mayor[35].

            De esta forma, cuando Carlos III ocupa el trono español, en 1759, las fiestas de toros en Valladolid han crecido en espectacularidad pero disminuido en número, hasta el punto que desde 1739 solo se habían celebrado en 10 ocasiones (5 corridas dobles).

 


 

La metamorfosis taurina de la Ilustración


            Razones de humanidad y de economía llevaban a abominar los toros a personalidades como Cadalso, Iriarte, Clavijo y Fajardo, Meléndez Valdés, Jovellanos o Vargas Ponce. La crueldad de un espectáculo que provocaba “dureza de corazón” a los espectadores y que además ocasionaba la cría de un animal inútil para la agricultura y gastos y pérdida de días de trabajo para los aficionados, era opuesto a la mentalidad de los ilustrados, obsesionados con el atraso cultural y económico de España. Comenzaba una nueva etapa en las controversias taurinas, que ya no se basaban en criterios teológicos y morales, ni será llevada a la práctica por el Papa sino por el soberano[36].

En el fondo subyacía la incomprensión de las Luces por las manifestaciones populares, especialmente por su carácter festivo. No sólo los toros, la vertiente festiva de la religiosidad colectiva (danzas y gigantes del Corpus, procesiones de Semana Santa...), el carnaval..., serán duramente atacados, con argumentos de “buenas maneras”, “productividad” y de “pureza de la devoción” en las fiestas religiosas. El reformismo oficial también tenía otras razones. El motín de Esquilache, acaecido el domingo de Ramos, provocará que toda aglomeración festiva sea sinónimo de tumulto potencial que podía poner en peligro el régimen absolutista[37]. A su vez, el carácter propagandístico de las fiestas monárquicas favorecerá su supervivencia, aunque adaptadas a los nuevos moldes, es decir, sin toros, ni fuegos de artificio, ni alborotos, ni grandes derroches económicos[38].

Pero la fiesta no moría, sólo se atacaban sus excesos desde aquella óptica demasiado elitista. Se potencian ahora las “diversiones públicas”, que suponen un entretenimiento moderado y sano, son rentables económicamente y cumplen una labor pedagógica. El teatro era su abanderado[39], pero también formaban parte los paseos públicos, los bailes y... los toros.

Valladolid también comenzó a transformarse gracias a la minoría ilustrada[40]. Es la época de esplendor del teatro que desde 1767 ya no es gestionado por la cofradía de Niños Expósitos sino por el Ayuntamiento[41]. Surgen los paseos de las Moreras, Campo Grande y se remodela el Prado de la Magdalena. También se organizan bailes públicos, como veremos al hablar de las fiestas de toros, que, por supuesto, siguen celebrándose.

En 1796, los alcaldes del crimen temen la posibilidad de algún motín y fuga en la cárcel real y ordenan a su alcaide que extreme las medidas de vigilancia ¿Cual era el motivo?

En atención a que en el día exhisten en la real cárcel de esta corte un crecido número de presos de la mayor grabedad, los quales con motivo de las próximas funciones de toros en que todos los vecinos abandonan para disfrutarlas las casas de su avitación pueden intentar algún insulto o escalo de dicha real cárcel[42].

 

            Los ministros de la Chancillería eran conscientes de la pasión de los vallisoletanos por los toros, también de las posibilidades de la fiesta para tornarse en escenario de tumulto, un miedo propio de la Ilustración que  presentaba un matiz diferente al ordinario en esta ocasión.

Pese a las prohibiciones de 1754, 1778, 1785 y 1791, hasta la más rigurosa pero momentánea de 1805[43], el entusiasmo que despertaban estos espectáculos parecía irrefrenable[44]. Jovellanos, que visita la ciudad en 1791, coincidiendo con las fiestas de novillos de la Sociedad Económica, dice lamentándose que “hay mucha afición a estas bullas aquí como en todas partes; el pueblo gasta, se disipa, y sería mejor divertirlo de otro modo”[45].

Cuando se trata de organizar una corrida, junto con argumentaciones más acordes con el espíritu de las Luces, en el Ayuntamiento se seguirá indicando “la extraordinaria afición de este pueblo a las fiestas de toros”[46]. Es más, se incluye como una de las razones para la petición de licencias. Hasta tal punto que en 1789 la Ciudad intenta echar por tierra la consideración de que sean perjudiciales para el pueblo, más en una ciudad que el año anterior había sufrido una terrible inundación y en éste un motín por la crisis de subsistencia. Esta distracción, dice, “dándole el nombre de desahogo puede importar mucho para el alivio de un vulgo agitado por miserias y que en tantos años no ha disfrutado desta diversión”[47].

Todos, independientemente de su condición social, seguían atrapados por el embrujo de los toros. En 1768, una institución tan “seria” como la Inquisición se enfrenta a la Ciudad por fijar la fiesta la víspera de San Pedro Arbúes, cuando asistía al convento de San Pablo. Pero la Ciudad no accederá a cambiar la fecha, avalada por el conde de Aranda[48]. Ya a finales de siglo, en 1796, el Cabildo no sólo sigue adelantando los oficios litúrgicos para asistir, sino que vuelve a amenizar la tarde de toros con dulces –suprimidos en 1766– y lo más sorprendente, convida al obispo, que nunca había asistido a función taurina[49].

            Al menos, si no se podía acabar con los toros se podía tratar de reconducir la pasión taurina, adaptarla a los principios enciclopedistas de “razón” y “utilidad”. Además, tampoco parecía conveniente eliminar esta fiesta, dados sus efectos apaciguadores tan útiles para un régimen absolutista[50].

El 1 de agosto de 1784 la recién creada Sociedad Económica de Amigo del País envía un memorial al Consejo sobre la fuente de financiación que ha discurrido para sus actividades “por ser sin grabamen forzoso del público ni de particular alguno” . Se trata “de celebrar quatro corridas de novillos en el resto de este verano y tardes de días de fiesta de segunda clase en un sitio que llaman Campo Grande, fuera de esta ciudad pero inmediato a ella”. El Consejo concede dicha licencia, con “las reglas y precauciones que deben obserbarse para ebitar escesos y desgracias”, entre las que se reitera una:

 Que el corregidor o su alcalde mayor ha de presidir la plaza, a cuio cargo ha de estar el reconocimiento y examen de la seguridad de los tendidos, despejo de plaza y conserbación del sosiego y tranquilidad pública, poniendo algunos piquetes de tropa de las banderas o milicias que hay en la ciudad de trecho en trecho”[51].

 

Nacía la primera plaza de toros vallisoletana, si bien se trataba de una plaza provisional de madera que se montaba y desmantelaba cada año. El lugar elegido era uno de los más emblemáticos de Valladolid: el Campo Grande. Un gran descampado, a la entrada de la ciudad, donde momentáneamente se habían celebrado toros tras el incendio de 1561 y ya en la primera mitad del XVIII se habían tratado de tener en alguna ocasión pero no habían contado con el beneplácito de la Ciudad que los prefería en la Plaza Mayor[52].

Todas las prohibiciones taurinas – con excepción de la de 1805- permitían que continuasen aquellas funciones con fines benéficos. La Ilustración favorece que las corridas de toros se trasladen desde el espacio urbano a un edificio hecho a medida para un espectáculo cuya “intencionalidad era ayudar a una obra pía, pero en la que subyace la puramente mercantil por la intervención de arrendadores, asentistas o empresarios”[53]. Por otra parte, la obsesión por evitar accidentes, pero sobre todo por la urbanidad y el orden público, incide en la aparición de estos recintos cerrados y aislados de la población[54]. Además, el interés por el desarrollo económico obliga a dejar libre la Plaza Mayor para el comercio[55]. Vemos, por tanto, como el nacimiento de la plaza de toros no es debido únicamente al creciente éxito social de la fiesta.

La Plaza Mayor perdía una de sus funciones básicas en la Época Moderna: la de espacio festivo por excelencia. Sucedió en las dos ciudades que tenían el predominio taurino, Madrid y Cádiz, incluso antes de las prohibiciones ilustradas[56]. Las primeras plazas eran de madera pero ya en la Corte en 1749 se hace de materiales resistentes. Otro ejemplo es Málaga, donde las fiestas se celebraron en la Plaza Mayor hasta 1791 cuando se construye una plaza independiente propiedad del Ayuntamiento[57].

La Sociedad Económica celebró fiestas de novillos en el Campo Grande entre 1784 y 1792. En 1799, el hospital de San Juan de Dios consiguió licencia para varias funciones de toros y novillos cuyo producto se destinaría para la reparación del convento y fomentar su hospitalidad. Sin embargo, la Plaza Mayor seguirá siendo escenario taurino[58], pero sus fiestas también deberán responder a fines de “utilidad pública”[59]. Sólo en 1807, el Regimiento no cumplirá las órdenes reales. Escudándose en la facultad del intendente para conceder permiso festejará con una función de novillos el nombramiento como regidor de Manuel Godoy[60].

Desde la prohibición de 1754 la Ciudad debe pedir licencia para las fiestas de toros y, ya sea por obligación, mimetismo o convencimiento ante la cercanía de la Corte y la Chancillería, las ideas ilustradas se imponen antes. Desde 1772 se dan argumentos “sólidos” para su celebración y no sólo en las solicitudes de licencia sino en las propias discusiones del Ayuntamiento (Cuadro nº 1)[61]. Se remarcan los beneficios económicos para los vecinos,  pues “atrahída las jentes de sus inmediaciones proporcionaban con su numerosa concurrencia un fomento el más cierto a comerciantes, artesanos y menestrales”[62]. También para los Arbitrios de la ciudad, por el aumento del consumo, y sobre todo para los Propios, a los que pertenecían las bocacalles y algunas casas de la Plaza Mayor que se arrendaban para ver las corridas. La fiesta pasaba de ser una carga a fuente de ingresos para el erario municipal. 


 

Más sorprendente es que la propia Corona considerase beneficiosos estos festejos. Las dificultades que tenía la Ciudad para pagar los 200.000 rs. que le había prestado la Casa de Expósitos en 1790 para el acopio de trigo le llevó a recurrir al Consejo, quien no aceptó los medios propuestos, sino que dio facultad para dos funciones de toros en 1793[63]. Estas corridas sí obedecieron a motivaciones estrictamente económicas, como las dos anuales durante seis años que se pidieron y concedieron en 1799 para acabar de pagar la deuda[64]. Pues, la hacienda municipal y la población vallisoletana se hallaban en tal precariedad por la inundación de 1788, malas cosechas, epidemias... que no había otros medios menos gravosos[65].

Las Luces impulsan la aparición de la corrida como espectáculo comercial, ordenado –opuesto al caos que reinaba hasta entonces en el coso- y controlado por la autoridad, especialmente por el poder central, que precisa de un espacio propio, la plaza de toros. Pero en el siglo XVIII nace también el toreo moderno[66].

La aristocracia no sólo se aleja de los ruedos por mimetismo con la sensibilidad antitaurina de los Borbones, también pudo influir la nueva opinión sobre las corridas. Pero sobre todo, en el surgimiento del majismo, que exalta los toros, tuvo mucho que ver la oposición a los cambios de costumbres auspiciados por los ilustrados[67].

La Ilustración también tuvo una influencia positiva en la corrida moderna. El fenómeno del prestigio profesional del torero debe encuadrarse en el clima de revalorización social a través del trabajo que propugnaba el nuevo movimiento cultural[68]. Asimismo, en la codificación y racionalización del toreo, muy vinculado a la necesidad de orden público en la plaza demandado por la autoridad y por los propios toreros que ahora se convierten en únicos protagonistas de la lidia, puede verse el influjo de las Luces[69]. Pero el público comienza a aceptar su nuevo papel de mero espectador –y de juez-, en aquel espectáculo ordenado. ¿No comenzaba el cambio de sensibilidad que tanto abogaba la Ilustración?[70]

            En 1760 la Chancillería se queja a la Ciudad de que las fiestas celebradas “fueron sumamente desluzidas por falta de toreros de a pie que lidiasen con los toros sin serlos capaces de poderlos matar”[71], poniendo de manifiesto la importancia que habían adquirido los diestros en el espectáculo taurino. Así, en la Plaza Mayor actuarán Pedro Romero, Costillares, Pepe-Hillo, José Cándido o Mariano Ceballos, el indio (Cuadro nº 1). Y sus honorarios serán altísimos, como los 14.000 rs. que cobra en 1777 la cuadrilla de Costillares por cuatro días de trabajo, muy lejos de los 2-4 rs. diarios de un artesano. Su contratación se convertirá en motivo de grandes preocupaciones, debido al monopolio de Madrid y Cádiz. En 1774, desde Madrid se señala que “los mejores están empeñados en varias ciudades pero que podrá venir alguna quadrilla de los que no han tomado partido”[72]. Será la de Sebastián Jorge, acompañada por el famoso picador Sebastián Varo (Documentos nº 1 y 2). Mientras, el Campo Grande, con fiestas más modestas, contará con toreros famosos pero no estrellas, como Francisco Garcés y Francisco Seco[73].

Un nuevo héroe, salido de las capas sociales más bajas, irrumpía, paralelamente a otro: la actriz. La sociedad tradicional se resquebrajaba[74]. Además, las nuevas fiestas ya no eran lugar de exhibición de las elites tradicionales. No estaban controladas por el Regimiento, ni se celebraban para divertir al pueblo y para festejar hechos de la monarquía y de la Iglesia, ni tenían lugar en la Plaza Mayor.

A las funciones en el Campo Grande ya no asisten las instituciones en forma de corporación. Sólo hay una parte del recinto llamado consistorio donde están los palcos del corregidor y Presidente, reservado para sus convidados y las personas que  pudieran pagarlo. Eran los integrantes de “la buena sociedad”, lo que Beristain llama “la nobleza y personas más distinguidas de esta ciudad”, al relatar sus fiestas privadas que abundan ahora[75].

También en la fiesta pública y tradicional comienza a percibirse el cambio social[76]. En 1796, después de diecinueve años sin toros en la Plaza Mayor, hay una gran preocupación por mantener el protocolo por la Ciudad y la Chancillería[77]; si bien en 1774 ya se había alterado uno de los componentes de este ceremonial: el salir los alcaldes del crimen a caballo a realizar el despeje de la plaza junto con el corregidor y su teniente[78], al ser las dos justicias ordinarias y garantes del orden público que actuaban en Valladolid. Igualmente, provocará grandes reticencias en el Ayuntamiento la intervención de dos miembros de la Junta de Policía en la Junta de Gobierno de las fiestas, que se crea por orden del rey, y su asiento en el consistorio[79]. Pero ya en 1807, a la fiesta de novillos no asisten las corporaciones y se permitirá subir al consistorio “a todos los señores ministros, canónigos, militares, cavalleros e individuos del ayuntamiento guardándose sólo el valcón del señor correxidor y el de la señora generala”[80].

En definitiva, si las fiestas de toros habían sido reflejo de la sociedad antiguorregimental, ahora lo eran de la nueva sociedad que se estaba gestando a finales del XVIII y principios del XIX.

            Veamos ahora, con un poco más de detenimiento, las fiestas desarrolladas en cada uno de los escenarios: La Plaza Mayor y el Campo Grande.

 


 

El canto de cisne de las grandes fiestas de toros en la Plaza Mayor


En 1759, 60, 61, 66, 68, 74, 77 y 96, se celebraron las últimas grandes fiestas de la Plaza Mayor (Cuadro nº 1). Llama la atención su escaso número, sobre todo desde 1768, en lo que podemos ver la influencia de la Ilustración desde múltiples frentes.

Valladolid no logró vencer la postura de la Corona contraria a las fiestas de toros en 1783, 1789 y 1791[81], lo que, asimismo, desanimaría al Regimiento a solicitar nuevas licencias. Los inconvenientes de estas fiestas debían de ser superiores a sus beneficios y de hecho las primeras que se solicitaron con argumentos económicos, las de 1774, fueron deficitarias[82]. A su vez, en las dos últimas ocasiones pudo influir el perjuicio que ocasionarían a las corridas de novillos concedidas a la Sociedad Económica, en las que disminuiría el público, pese a que en 1789 se llegó a un acuerdo con ésta para darle de los beneficios de las fiestas lo que solía obtener de sus funciones que aquel año no celebraría[83]. Por otra parte, desde el propio Regimiento se elevaron voces al monarca contra los toros. En 1777, cuando en el Ayuntamiento se acordó celebrarlos, el intendente, don Bernardo Pablo de Estrada, ya manifestó “los prejuicios que juzgaba se seguían a el público de las funziones de toros no sólo por la mucha pobreza del pueblo, sino por los gastos que se orijinan, la olgazanería del público y el poco benefizio que recibieron los propios en las húltimas”. Sus protestas llegaron hasta el Consejo, pese a lo cual se concedió la licencia[84]. Pocos años después, en 1783, el procurador del común que estuvo en Madrid tratando de lograr la autorización regia se queja  de la dificultad de lograrla cuando “por quatro yndividuos de este ayuntamiento se había secretamente representado no convenía semejante festejo”[85].

Pero no podemos hablar de una postura netamente antitaurina en el Ayuntamiento vallisoletano. Sólo de vez en cuando hay alguna voz como la del intendente en 1777 o la de don Francisco de Villegas en 1783 en términos similares[86]. Lo que sí se percibe es una cierta desidia en organizar estas funciones. No en vano, la iniciativa siempre parte de los procuradores (sin voto en el Ayuntamiento) y de los diputados del común (creado el puesto por Carlos III en 1766 y con voto). Elementos advenedizos pero los más activos y en parte renovadores de un Ayuntamiento en crisis institucional. Incluso en 1774 los procuradores han de elevar la solicitud al monarca[87] y en 1777 dos diputados se han de comprometer a organizar las funciones y obtener de beneficio al menos 10.000 rs.[88]. Las fiestas requerían mucho trabajo para una Ciudad en plena decadencia en el Setecientos[89], acentuada por la propia Ilustración, con el Reglamento de Propios y Arbitrios de 1768[90]. Desde entonces, el Regimiento pierde autonomía al estar rígidamente controlados los ingresos y gastos; el número de regidores queda reducido al que realmente había desde tiempo atrás, nueve, por lo que el salario a repartir disminuye; desaparecen las propinas y sobresueldos[91]; y lo más importante para los toros, dejan de disfrutar del reparto de bocacalles y de los balcones y portadas de las casas antiguas de ayuntamiento –siete- que pasan a ser ingresos de Propios[92].

Por último, las reticencias aumentan a finales de siglo. La difícil situación que vive la ciudad hace, desde una perspectiva ilustrada, desaconsejable las funciones taurinas. Veamos los ejemplos más característicos. En 1793 la Corona da permiso para dos fiestas, pero los diputados del común y un procurador piden a la Chancillería que se suspendan, a lo que ésta acepta y también el Consejo, por lo que no se celebrarán hasta 1796. Los motivos son “respecto de ser mui importunas en las actuales circunstanzias ya por hallarse empeñada la nación en la guerra con los franzes (sic) y ya por los escesibos precios a que en el actual tiempo de cosecha se benderá el pan en esa ciudad”. De nuevo, en 1800, la Ciudad pide no tener de momento las funciones que se habían concedido, por la situación de guerra y las malas cosechas que impedirían que la plaza produjera los beneficios esperados[93]. Razones que posiblemente inhibirían a la Ciudad a la celebración de estas corridas y a la solicitud de nuevas licencias a principios del siglo XIX.

Disminuyen las fiestas, pero no decrece su magnificencia y brillantez, más bien ocurre lo contrario, lo que provoca el aumento de su coste, como en 1777, cuando dos corridas ascendieron a 68.661 5/7 rs. (Cuadros nº 1 y 2). En cada función se disponen los mejores toreros y dieciocho toros procedentes fundamentalmente del campo de Salamanca y algunos de Portillo. Sigue celebrándose el encierro, desde la Puerta del Campo, y el toro de la “bigarrada” para los aficionados. Las fiestas por excelencia, con la actuación de los toreros a pie ante todas las instituciones urbanas, se desarrolla por la tarde. Mientras, por la mañana se corren cinco toros con la intervención también de los picadores, como al día siguiente con las reses sobrantes. Es más, elementos como fuegos de artificio o luminarias que sólo aparecían hasta entonces en fiestas extraordinarias, figuran ahora en todas.



 


 

Pero la Ilustración va a dejar su huella. “En los días 12 y 14 de Setiembre de 1774 hubo dos corridas de toros en esta ciudad y en las dos noches vísperas de los toros hubo en las gorgueras del consistorio orquesta de música en lugar de fuegos y se iluminó la plaza”, señala el ensamblador Ventura Pérez[94]. Los fuegos, causa de numerosos accidentes y prohibidos en 1771, han sido sustituidos por el baile popular, pero también elitista en 1777, cuando se celebrará uno en el interior de las casas consistoriales.

Con diferencia, los de 1796 fueron los regocijos taurinos del siglo[95]. Sólo hay que ver la preocupación que despiertan en el Regimiento –es el tema por antonomasia de sus reuniones–, el programa de toreros, con Pedro Romero, y la estimación que se hace de los gastos: ¡122.612 rs.![96] Como si se intuyese que iban a ser las últimas grandes fiestas de toros del Antiguo Régimen. Pues en 1799 se concedió nueva licencia, y no sólo no se celebraron sino que en la Real Cédula ya se señala que debían ser “con el posible ahorro y como un arbitrio para hacer fondo con que pagar los atrasos y ocurrir a las urgencias, sin refrescos, luminarias, músicas ni otros gastos de mero lujo”[97].

¿Cómo se pagaban estas fiestas? La escasez de los efectos de toros había obligado antes de 1759 a que se consolidase la cesión de terceros balcones y portadas. Un medio de financiación que contó con grandes problemas ya que particulares e instituciones como el Cabildo, Inquisición y Colegio de Santa Cruz se negaban a contribuir, por lo que desde 1756 la Ciudad litigará en la Chancillería por la posesión de las portadas que logrará en 1781[98]. Desde el Reglamento de 1768 desaparece la posibilidad de utilizar los efectos de toros, ahora consignados como ingresos de Propios y Arbitrios. En consecuencia, se seguirán financiando con portadas y balcones (sólo los 3º en 1774 y 1777 y ampliados a 2º, 3º y buhardillas en 1796) y bocacalles. Hay que señalar también que sólo en 1760 aparece en Valladolid una figura esencial en otros lugares como es la del asentista[99].

La Plaza Mayor no perdería totalmente su dedicación taurina tras 1796. En 1807, fue escenario de una corrida de novillos para festejar la toma de posesión de Godoy como regidor. Fiestas de este tipo, sobre todo con reses ensogadas, tuvieron lugar hasta bien entrado el XIX[100]. Se trataba de funciones que no requerían de un espacio especializado como las plazas de toros y que permitían al Regimiento seguir manteniendo, aunque ya de forma muy mermada, el escaparate de ostentación que eran las fiestas de toros en la Plaza Mayor.

 


 

Los precedentes de la primera plaza de toros vallisoletana


            Retomemos la descripción de Beristain de las corridas de 1787 en el Campo Grande: “En los quatro días ha sido el tiempo a propósito, la concurrencia grande y lucida, el gusto vario y general, el orden mucho y constante, las ganancias considerables, y las desgracias ningunas”. Resume magistralmente los ideales ilustrados sobre los toros. Se podrían citar otras ventajas sobre las funciones de la Plaza Mayor, como que tenían lugar en días festivos, domingos y lunes[101], y se corrían novillos, con menor riesgo para los toreros y no eran de muerte.  En consecuencia, como la Corona no se iba a mostrar favorable a estas fiestas, cuya iniciativa partió de la Sociedad Económica, una institución nacida en 1784 al amparo de las Luces[102].  No en vano, las novilladas alcanzarían entonces un gran desarrollo en otros lugares como Madrid[103].

La Ciudad, en cambio, sólo veía inconvenientes en estas funciones. El principal, aunque no lo dice, es fácil de intuir: suplantaban a las fiestas de la Plaza Mayor, uno de sus principales escenarios de reputación. Sólo en 1791 acuerda pedir licencia para dos corridas en la Plaza Mayor o seis en el Campo Grande[104], aunque en la correspondencia con el agente en Madrid sólo se habla de las primeras, que son las preferidas o las únicas que se solicitan.

También tiende a oponerse a su celebración por otras instituciones. Constantemente se queja de los desperfectos en los útiles que presta a la Sociedad Económica –toril, puertas para los encierros...–, de lo mal que queda el Campo Grande tras desmantelar la plaza y de que se corren novillos destinados para las carnicerías contra los acuerdos de la Ciudad[105]. Pero el Ayuntamiento va más allá. En 1786, la Sociedad Económica protesta que los diputados han elevado representación al Consejo para que no se les concediese licencia[106]. Dos años después, cuando la Ciudad solicita al monarca celebrar toros critica estas funciones de novillos.

 Cuando la Ciudad de Valladolid no consiguiese vuestra real licencia la Real Sociedad egercitaría su privilegio y en estas mezquinas funciones no hallaría el público por ningún respeto aquel alivio que se promete de las otras, sin embargo que entonces serían los desembolsos del propio vecindario...[107].

 

            Ya en 1781, el procurador del común, parece que con anuencia del resto de la Ciudad, se opuso a la concesión de licencia del corregidor a la cofradía de la Pasión para celebrar dos fiestas de novillos en el Campo Grande[108]. Señala “los perjuicios que yndispensablemente se an de seguir a su común”, que no figuraban cuando se solicitaban por el Ayuntamiento.

            De estas funciones, la Sociedad Económica obtiene entre 16.000 y 20.000 rs. anuales[109]. Logra su primera licencia en 1784 para cuatro corridas, que repite los dos años siguientes[110]. En 1787 se le concede celebrar durante seis años las funciones que considerase oportunas[111]. Hay noticias de que las tuvo en 1787 –3 corridas-, 1788, 1791 y 1792 –4 corridas cada año-[112]. La cuarta función de 1787 la cedió a la Junta de Policía para destinar sus fondos a obras públicas, que utilizó para la construcción de cien faroles para alumbrar las principales calles de la ciudad[113]. Al año siguiente le vuelve a ceder las corridas de ese año para los reparos de la inundación[114], pero la Junta prefiere que las organice la Sociedad Económica que cuenta con más experiencia, además de “evitar el reparo  que acaso se haría en esta cesión”, “destinando el producto de estas fiestas (...) a la obra pública, o de particulares, que estime conveniente”[115]. Por último, el hospital de San Juan de Dios celebra fiestas de toros y de novillos en 1799 aunque no sabemos su número[116].

Estas fiestas tenían lugar en una plaza portátil de madera de forma circular. Se levantaba en un ángulo del Campo, el llamado Campo de la Feria, entre el hospital de San Juan de Dios y el Colegio de Niñas Huérfanas, donde se habían colocado las hogueras de la Inquisición y posteriormente se levantará la Academia de Caballería[117]. La armadura de la plaza correspondía a la Sociedad y las distintas portadas se arrendaban a particulares[118] que las construían y vendían sus localidades. No existía, por tanto, la figura del asentista.

            La descripción de esta plaza la conocemos por el Diario Pinciano.

... se compone de 60 Portadas de a diez pies [=2,8 m], que con el arco que ocupan los balcones para los Señores Presidente e Intendente Corregidor, y el del espacio de los Toriles, forman un círculo de 230 pies de diámetro [=64,4 m].

 

            Pero en la documentación de la fiesta de la Junta de Policía figuran 66 portadas, más las 3 del consistorio y las 2 que dominan los toriles. En el sector llamado consistorio era donde estaban los balcones presidenciales, que ocupaban 30 pies de longitud y 18 de latitud.

 



 

 

 

            En esta plaza cabían al menos 4.500 espectadores[119]. Muy lejos de los 15.000 a 80.000 que los contemporáneos estimaban se acomodaban en la Plaza Mayor[120], o de los 12.000 de la primera plaza estable de Madrid[121], pero considerable para una población de 20.000 almas. En cuanto a los precios de los asientos, sólo tenemos los del consistorio, de primera categoría, y oscilaban entre los 3 rs. del tendido y 4 de la grada por tarde y 2 por mañana.

            Las fiestas se celebraban por septiembre y octubre y cada función duraba al menos dos días (Cuadro nº 3). Disponían de un encierro, desde la Puerta del Carmen[122] y también actuaban picadores y toreros. Eran espectáculos más modestos que los de la Plaza Mayor, como se observa en su coste, unos 17.000 rs., en los toreros, de segunda fila, y las reses, novillos con los que no se podía practicar “la suerte suprema”, aunque muchos “se desgracian” en el ruedo[123]. Primaba lo lúdico, los “juguetes”, como estradillos[124] o dominguillos que iban desapareciendo en las funciones de la Plaza Mayor, más cercanas a la ordenación que exigía la corrida moderna. Eran, por tanto, funciones menos evolucionadas desde el punto de vista del toreo, pero en las que ya no tenían cabida otros elementos ajenos a lo taurino, como luminarias, bailes..., pues ya no se trataba de una fiesta urbana sino de un espectáculo con espacio propio.

            Estas corridas de novillos permitieron a los vallisoletanos disfrutar de fiestas de toros con una regularidad sólo comparable a los mejores tiempos de los siglos XVI y XVII. Pues, como ya he señalado, la Ilustración no se limitó a prohibir, sino que trató de reconducir aquel fervor desbordado de los españoles por los espectáculos taurinos. Funciones de este tipo en el Campo Grande se desarrollarán hasta 1833 en que se construirá la Plaza de Fabio Nelli. Para su emplazamiento se elegirá otro lugar, dentro de la población y no será de forma circular sino octogonal[125], pero sus precedentes estaban en aquellas primeras plazas de madera levantadas en tiempos de las Luces. Unas plazas de toros que bien pueden simbolizar el inicio de la crisis del Antiguo Régimen, de su mentalidad, pero sobre todo de sus poderes locales tradicionales, que eran los principales beneficiados por las fiestas taurinas de antaño.

No obstante, no nos engañemos, la corrida moderna seguirá siendo manipulada por el poder, especialmente por el Estado, quien la amparará, controlará y monopolizará, para, reprocesando sus elementos populares, convertirla en “la fiesta nacional”, en referencia simbólica de homogeneización del país tan necesaria en aquel nuevo Estado centralizado que surge en el XIX[126]. Un proceso que tiene sus inicios a finales de la centuria anterior, cuando se dieron los primeros pasos en la metamorfosis taurina, en la comercialización y regularización de la corrida, en la salida de su espacio original, la Plaza Mayor, e incluso en su institucionalización, al aumentar el control por la Corona[127]. Y nada de esto tuvo lugar de espaldas, como hemos visto, a la Ilustración.


 


 

 


DOCUMENTO Nº 1

 

Escritura de obligación de la cuadrilla de toreros de Sebastián Jorge para venir a Valladolid a torear en las dos funciones de 1774 en la Plaza Mayor.

 

1774, 18, agosto, Madrid.

A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 541.

 

En la Villa de Madrid, a diez de agosto de mil setecientos setenta y quatro, ante mí el escribano del número de ella y testigos, el señor don Joachín del Barco Godínez de Paz, marqués de Campollano, señor de Tamames y Mayordomo de Semana de S.M., de la una parte, y de la otra Sebatián Jorge (alias “el Chano”), Antonio Campo, Vizente Sánchez, Bartholomé Bustos, Gerónimo de Luna y Thomás del Rey, residentes en esta corte, lidiadores y toreros de a pie, los quales, juntos y de mancomuna voz de uno y cada uno de por sí y por el todo insolidum. Dixeron que, en virtud de las facultades con que el ylustre señor marqués de Campollano se halla de los caballeros capitulares que componen el ylustre Ayuntamiento de la ciudad de Valladolid (...) tienen tratado, ajustado y concertado de que han de pasar y hallarse en la referida ciudad los días doze, treze, catorze y quinze del próximo mes venidero de septiembre de este año de la fecha, para lidiar y matar treinta y ocho toros que la nominada ciudad tiene determinado correr en los expresados días, vajo de los pactos y condiciones siguientes:

1ª Primeramente, que por matar dichos treinta y ocho toros se les ha de dar y pagar a los expresados lidiadores onze mil y quatrocientos reales, que es a razón de trescientos reales de vellón cada uno, los que se han de correr en dichos quatro días, siendo en dos de ellos por mañana y tarde y los otros dos sólo por la mañana, distribuyéndolos en el modo y forma que mejor les pareciese a los señores capitulares e ylustre Ayuntamiento.

2ª Que, además de dicha paga, ha de satisfacer la nominada ciudad a los prenotados lidiadores el alquiler de nuebe mulas de paso que para dicho viaje necesitan; las seis para los mismos que van expresados arriba, dos para los dos chulos o volantes que también se obligan a llebar consigo para correr y alcanzar las vanderillas y la otra para conducir los estoques, ropa y otras cosas; satisfaciendo igualmente dicha ciudad, como ha de satisfacer además, la manutención y gasto del camino en la hida, estada y buelta a esta corte, así de las ocho personas como de las cavallerías, para lo que dará su cuenta formal el expresado Sebastián Jorge.

3ª Que desde luego se obligan a estar en la referida ciudad el día onze del citado mes de septiembre; y que para los quatro días siguientes se les han de dar encerrados los treinta y ocho toros y si así no se hiciese por algún acontecimiento no ha de dejar de pagárseles lo que va estipulado, a razón de dichos trescientos reales; y que el todo de su cantidad, que son onze mil y quatrocientos reales, se les ha de entregar en todo el día quinze, sin demora ni tardanza alguna, en moneda usual y corriente, y el importe de los gastos y manutención de hida y buelta, para que puedan hallarse en esta corte el diez y nuebe del mismo mes de septiembre y los daños y perjuicios que se les originase han de ser de cuenta y riesgo de la Ciudad.

4ª Que, asimismo, se obligan dichos lidiadores otorgantes a llebar consigo los dos chulos o volantes para alcanzar vanderillas, según queda dicho en la condición segunda.

Vajo las quales dichas condiciones se obligaron a cumplir cada uno por lo que así toca lo que va estipulado; el ylustre señor marqués de Campollano, en virtud de las facultades que tiene de la relacionada ciudad, a que les será cierta y segura la nominada paga (...)

Yo Miguel Sauguillo de Frías escribano de el rey nuestro señor del número de esta villa de Madrid y su jurisdicción presente fui a lo que dicho es y en fe de ello lo signo y firmo día de su otorgamiento.

En testimonio de verdad

(firma) Miguel Sauguillo de Frías.


 

 

 

DOCUMENTO Nº 2

 

 Escritura de obligación de Sebastián Varo y sus compañeros picadores para actuar en Valladolid en las funciones de toros de 1774 en la Plaza Mayor.

 

1774, 10, agosto, Madrid.

A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 541.

 

Digo yo Sebastián Varo, Juan Martín de Triana y Francisco de Torres que por ésta nos obligamos a ir a la ciudad de Valladolid a torear y picar de vara larga de detener en las quatro mañanas de los días doze, treze, catorze y quinze del próximo mes de septiembre de este año de la fecha, a cinco o seis toros cada una, con los pactos y condiciones siguientes:

1º Que la expresada ciudad de Valladolid me ha de pagar a mí, Sebastián Varo, por cada una de las referidas quatro mañanas que pique mil y quinientos reales de vellón y si saliese por la  tarde de los días de dichas fiestas se me ha de pagar por parte de la referida Ciudad otros mil y quinientos reales de vellón por cada tarde.

2ª Que a mí, Juan Martín de Triana, que he de salir en compañía de dicho Sebastián Varo a picar igualmente de vara de detener, las quatro referidas mañanas se me ha de pagar por parte de la nominada ciudad de Valladolid mil reales de vellón por cada una y en caso que salga alguna de las tardes de los días de las fiestas se me ha de pagar la misma cantidad por cada tarde.

3ª Que a mí, Francisco de Torres, que asimismo me obligo a yr a la expresada ciudad a estar de sobresaliente para picar de vara de detener en caso que alguno de los dos arriba expresados saliese herido o caiese enfermo, si saliese a picar seiscientos reales de vellón cada mañana y si no saliese trescientos reales de vellón e ygualmente si saliese alguna de las referidas tardes me se ha de pagar ygualmente seiscientos reales y sino saliese y estubiese de sobresaliente los trescientos reales.

4ª Asimismo, ha de ser de cuenta de dicha ciudad de Valladolid darnos a todos tres cavallos y demás peltrechos para torear en las referidas quatro fiestas a nuestra satisfacción y seguridad.

5ª Últimamente, ha de ser de cuenta de la nominada ciudad la paga de los alquileres de las tres mulas de ida estancia y buelta y asimismo su manutención y la nuestra en las referidas tres estancias; y que concluida la fiesta última del día quince se nos han de abonar y pagar a cada uno la cantidad en que quedamos ajustados y convenidos para que de esta suerte no hagamos falta en esta corte para la corrida del día 19 del referido mes de septiembre.

Y cada uno por nuestra parte nos obligamos a cumplir lo que por nuestra parte toca y asimismo el estar en la nominada ciudad de Valladolid para el día onze del dicho mes de septiembre (...) en esta villa de Madrid, a 10 de agosto de 1774.

(firmas) Sebastián Baro. Juan de Triana. Testigo a ruego por Francisco de Torres, Joseph de Toledo.


 


 

NOTAS


[1] Ilustración: “La religiosidad de los ilustrados”, en Historia de España de Menéndez Pidal, Tomo XXXI, Madrid, 1987, pp. 396-435; “Los antiilustrados españoles”, en Investigaciones Históricas, 8 (1988) pp. 121-141; “La Ilustración en Castilla. Acogida, resistencias y fracaso”, en Agustín GARCÍA SIMÓN (ed.), Historia de una cultura, tomo III, Valladolid, 1995, pp. 273-321. Comportamientos colectivos: “Mentalidades y perspectivas colectivas”, en Mentalidades e ideología en el Antiguo Régimen, Murcia, 1993, pp. 57-71; “Comportamientos de los castellanos en los tiempos modernos”, en Agustín GARCÍA SIMÓN (ed.), Historia de..., pp. 613-657. Religiosidad colectiva: “La religiosidad de los españoles (siglo XVIII)”, en Actas del Coloquio internacional Carlos III y su siglo, tomo I, Madrid, 1990, pp. 767-792; “La religiosidad colectiva de los vallisoletanos”, en Historia de Valladolid, tomo V, Valladolid en el siglo XVIII, Valladolid, 1984, pp. 157-260; “Formas de religiosidad en la época moderna”, en Valladolid. Historia de una ciudad, tomo II, Valladolid, 1999, pp. 511-523.

[2]San Pedro Regalado”, en Vallisoletanos, nº 7, 1983.

[3] José DELEITO Y PIÑUELA, ...También se divierte el pueblo, Madrid, 1988 (2ª ed.), p. 132.

[4] J. GARCÍA MERCADAL, Viajes de extranjeros por España y Portugal, tomo V, Valladolid, 1999,  pp. 451-452.

[5] José Mariano Beristain, Diario Pinciano, Valladolid, 1978 (ed. facsímil), I, p. 350 (abreviatura D.P.)

[6] Como ya señalaba José ORTEGA Y GASSET, La caza y los toros, Madrid, 1962, p. 138: “La historia de las corridas de toros revela algunos de los secretos más recónditos de la vida nacional española durante casi tres siglos. Y no se trata de vagas apreciaciones, sino que de otro modo no se puede definir con precisión la peculiar estructura social de nuestro pueblo”. En términos similares, aunque con mayor prudencia, hablan historiadores como Antonio GARCÍA-BAQUERO GONZÁLEZ, “De la fiesta de toros caballeresca al moderno espectáculo taurino: la metamorfosis de la corrida en el siglo XVIII”, en Margarita TORRIONE (ed.), España festejante. El siglo XVIII, Málaga, 2000, p. 75 y Bartolomé BENNASSAR, Historia de la tauromaquia, Valencia, 2000, p. 16. Según éste último autor: “la corrida es un producto social cuya evolución no puede comprenderse sin relacionarla, aunque sea de manera superficial, con los avatares generales de la sociedad”.

[7] Como Teófanes EGIDO, Antonio ELORZA, La ideología liberal de la Ilustración española, Madrid, 1970 y José Antonio MARAVALL, Estudios de historia del pensamiento español. Siglo XVIII, Madrid, 1991, parto de una visión optimista de la Ilustración. Frente a otros autores que han destacado sus componentes tradicionales: Richard HERR, España y la revolución del siglo XVIII, Madrid, 1964; EQUIPO DE MADRID, Carlos III, Madrid y la Ilustración, Madrid, 1988; Francisco SÁNCHEZ BLANCO PARODY, Europa y el pensamiento español del siglo XVIII, Madrid, 1991; El Absolutismo y las Luces en el reinado de Carlos III, Madrid, 2002.

[8] A(rchivo) M(unicipal) V(alladolid), Actas, nº 76, 7-VIII-1715, ff. 169r.-169v.

[9] Ibid., 1-VIII-1715, ff. 164r.-165v. y sesiones siguientes. Para todo el artículo pero sobre todo este capítulo, vid.: Ventura PEREZ, Diario de Valladolid (1885), Valladolid, 1983 (ed. facsímil); Juan AGAPITO REVILLA, Cosas Taurinas de Valladolid, Valladolid, 1990 (ed. de sus artículos de 1941-42); María Jesús IZQUIERDO GARCÍA y Marco Antonio MILÁN SARMENTERO, Los toros en Valladolid en el siglo XVI, Valladolid, 1996; Emilio CASARES HERRERO, Valladolid en la historia taurina (1152-1890), Valladolid, 1999; Margarita TORREMOCHA HERNÁNDEZ, “Diversiones y fiestas en Valladolid durante el Antiguo Régimen”, en Valladolid. Historia..., pp. 491-510.

[10] La tauromaquia y su génesis, Bilbao, 1994, p. 33.

[11] Jean-Pierre ALMARIC y Lucienne DOMERGUE, La España de la Ilustración, Barcelona, 2001, pp. 86-90?

[12] El nacimiento de Felipe (IV), en 1605, se celebró con toros y cañas, con la participación de los Grandes (Tomé PIÑEIRO DA VEIGA, Fastiginia, Valladolid, 1989, pp. 127-128). Ya en el XVIII, dos funciones taurinas amenizaron las fiestas por la canonización de San Pedro Regalado (Ventura PÉREZ, Diario de..., pp. 255-256).

[13] Como sucedió en 1662 ó 1681 cuando, respectivamente, se celebraron corridas de toros por la colocación de Nuestra Señora de la Piedad y el Cristo de la Cruz en sus nuevos templos a cargo de sus cofradías penitenciales. A.M.V., nº 59, 17-VII-1662, f. 1147r.-1147v.; Ibid., nº 66, 20-VI-1681, ff. 751r.-752v.

[14] Teófanes EGIDO, “La religiosidad colectiva...”, p. 174.

[15]  Jacques SOUBEYROUX, “Pauperismo y relaciones sociales en el Madrid del siglo XVIII”, en Estudios de Historia Social, 12-13 (1980) p. 131.

[16] Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ, “Iglesia institucional y religiosidad popular en la España barroca”, en Pierre CÓRDOBA Y Jean-Pierre ETIENVRE (eds.), La fiesta, la ceremonia y el rito, Granada, 1990, pp. 15-16.

[17] Bartolomé BENNASSAR, Los españoles, actitudes y mentalidad, Barcelona, 1976, p. 138.

[18] En Valladolid, todo el pueblo participaba echando garrochas, dardos y perros desde la barrera y corriendo en los encierros. Incluso había la posibilidad de intervenir en el mismo espectáculo taurino, aunque se fue limitando, a medida que se profesionalizaba el toreo a pie, a salir al ruedo tras el toque a desjarrete y en los toros de la mañana y, posteriormente, sólo en el toro de “la bigarrada” que se corría después del encierro.

[19] A(rchivo) R(eal) CH(ancillería) V(alladolid), Doc(umentación) Municipal (en depósito), (Secretaría General), Caja 52, Exp. 28.

[20] Para estos conflictos en el ámbito festivo, vid. Lourdes AMIGO VÁZQUEZ, “La apoteosis de la Monarquía Católica Hispánica. Fiestas por la canonización de San Fernando en Valladolid (1671)”, comunicación defendida en la VIIª Reunión Científica de la F.E.H.M., 2002; “Justicia y piedad en la España moderna. Comportamientos religiosos de la Real Chancillería de Valladolid”, en Hispania Sacra, 55 (2003), pp. 85-107.

[21] José Antonio MARAVALL, La cultura del Barroco, Barcelona, 1986 (4ª ed.). Su interpretación de dicha cultura, como medio de difusión ideológica y de adhesión extrarracional, ha sido aplicada a la fiesta sobre todo desde la historia del arte, Mª José CUESTA GARCÍA DE LEONARDO, Fiesta y arquitectura efímera en la Granada del siglo XVIII, Granda, 1995. Otros autores, si bien rechazando o eludiendo el estudio de la fiesta desde una perspectiva únicamente psicológica, sí aceptan el ser un medio de representación del poder: Roberto J. LÓPEZ, Ceremonia y poder a finales del Antiguo Régimen, Santiago de Compostela, 1995; Mª José del RIO BARREDO, Madrid, Urbs Regia. La capital ceremonial de la Monarquía Católica, Madrid, 2000.

[22] Antonio BONET CORREA, Fiesta, poder y arquitectura, Madrid, 1990.

[23] Alejandro REBOLLO MATÍAS, “La Plaza y Mercado Mayor” de Valladolid, 1561-95, Valladolid, 1988. Sobre la Plaza Mayor como escenario de la fiesta barroca, Antonio BONET CORREA, Fiesta, poder..., p. 20.

[24] A(rchivo) R(eal) CH (ancillería) V(alladolid), (Secretaría del Acuerdo), Libros del Acuerdo, nº 17, 22-VIII-1715, ff. 193r.-193v. (en la descripción de la fiesta de toros celebrada ese día).

[25] Las siete primeras casas de la Plaza Mayor desde la esquina del Bodegón de Viana hasta el Caballo de Troya eran del Cabildo; desde ahí hasta la calle de la Pasión la cuarta y la quinta eran del Colegio de Santa Cruz y la sexta y la séptima de la Inquisición (A.M.V., Cajas Históricas, Caja 54, Expediente 3, nº catálogo 1795. Cuentas de las fiestas de 1759). En cuanto a la Universidad, en 1796 tiene alquilados cinco balcones a la marquesa de Almodóvar (A(rchivo) U(niversitario) V(alladolid), Libros de Claustros, nº 20, 20-IX-1796, f. 400r.).

[26] En otros lugares ya dominaban la lidia a lo largo del XVII. Luis del CAMPO, Pamplona y toros. Siglo XVII, Pamplona, 1975; Mª Isabel VIFORCOS MARINAS, El León barroco: los regocijos taurinos, León, 1992.

[27] A.M.V., Cajas Históricas, Caja 49, Exp. 8, nº catálogo 138 (cuentas de la función taurina).

[28] Ibid., Caja 52, Exp. 1, nº catálogo 1188.

[29] En 1739 se estima el coste de una corrida en 11.000 rs. (A.M.V., Actas, nº 52, 23-IX-1639, f. 425v.), mientras la celebrada en 1735 costó 32.117 1/7 rs. (Ibid., Cajas Históricas, Caja 51, Exp. 6, nº catálogo 1081).

[30] A.M.V., Actas, nº 48, 5-XI-1629, ff. 650v.-651r.

[31] Adriano GUTIÉRREZ ALONSO, Estudios sobre la decadencia en Castilla. La ciudad de Valladolid en el siglo XVII, Valladolid, 1989.

[32] A.M.V., Cajas Históricas, Caja 53, Exp. 7, nº catálogo 1.695 (Carta ejecutoria de 1670).

[33] A.R.CH.V., Doc. Municipal, Caja 75, ff. 471-493.

[34] Por ejemplo, en 1729 la contaduría informa que desde 1718 los efectos del común están debiendo al de toros 3.237.306 mrs. (A.M.V., Actas, nº 80, 8-V-1729, ff. 439v.-440r.). Para la crisis de la hacienda vallisoletana en el XVIII, vid. Carmen GARCÍA GARCÍA, La crisis de las haciendas locales, Valladolid, 1996.

[35] Vid. las dos funciones por la victoria de Orán. A.M.V., Actas, nº 81, 6-VIII-1732, ff. 419v.-420v.

[36] Serán la gran controversia de la época, desplazando al teatro, y también tendrán defensores, como Nicolás Fernández de Moratín y Capmany. José María de COSSÍO, Los toros. Tratado técnico e histórico, tomo II, Madrid, 1995 (13ª edición), pp. 124-150; Francisco J. FLORES ARROYUELO, Correr los toros..., pp. 189-226.

[37] Teófanes EGIDO, “La religiosidad...”, p. 780, resume magistralmente las razones de la ofensiva ilustrada contra la fiesta: “En el siglo XVIII se registra el encuentro de dos mentalidades: la ilustrada, que ha encontrado sentido al trabajo, y la heredada, que vive a su forma la feria, el ocio (...) La preocupación por la productividad, por la pérdida de jornales, explica los intentos reductores de días festivos (...) Todo un complejo de elementos (desde la seriedad y la aversión a lo ridículo, desde el rigorismo, el combate contra la superstición hasta el miedo a la perturbación del orden público) actúa en la enemiga ilustrada a tradicionales festejos y diversiones populares”. Para la opinión de los ilustrados sobre la fiesta: Francisco AGUILAR PIÑAL, “La primera carta cruzada entre Campomanes y Feijoo”, en Boletín del Centro de Estudios del siglo XVIII, 1 (1973), pp. 14-20; una postura más moderada es la de Gaspar Melchor de JOVELLANOS, Espectáculos y diversiones públicas, Madrid, 1997 (ed. de Guillermo Carnero). Sobre su concepción de la religiosidad: Jean SARRAILH, La España de la Ilustración de la segunda mitad del siglo XVIII, México, 1985 (3ª ed. en español) y Teófanes EGIDO, “La religiosidad de los ilustrados...”. Sobre la política festiva: Joan RUAIX I BOMBARDO, “El control de les diversions populars a la Barcelona de Carles III”, Pedralbes, 8-II (1988), pp. 633-640; Mª José del RIO, “Represión y control de fiestas y diversiones en el Madrid de Carlos III”, en EQUIPO DE MADRID, Carlos III..., pp. 299-329. En cuanto a la política religiosa que incide en la fiesta: Antonio DOMÍNGUEZ ORTIZ, Carlos III y la España de la Ilustración, Madrid, 1989 (3ª ed.), pp. 141-160; Jesús PEREIRA PEREIRA, “La religiosidad y la sociabilidad popular como aspecto del conflicto social en el Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII”, en EQUIPO DE MADRID, Carlos III..., pp. 223-254; Inmaculada ARIAS DE SAAVEDRA ALÍAS y Miguel Luis LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ, La represión de la religiosidad popular, Granada, 2002.

[38] Mª Pilar MONTEAGUDO ROBLEDO, El espectáculo del poder. Fiestas reales en la Valencia moderna, Valencia, 1995. Aunque razones propagandísticas permitirán festejar a Carlos IV con toros en muchas ciudades.

[39] René ANDIOC, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Valencia, 1976, pp. 513-539.

[40] Aunque no se ha estudiado de forma sistemática la posible Ilustración vallisoletana, sí existen numerosos indicios sobre ella. A nivel cultural, vid. Celso ALMUIÑA FERNÁNDEZ, Teatro y cultura en el Valladolid de la Ilustración. Los medios de difusión en la segunda mitad del siglo XVIII, Valladolid, 1974; Teófanes EGIDO, “El siglo XVIII”, en Julio VALDEÓN (dir.), Historia de Valladolid, Valladolid, 1997, pp. 182-187; “La Ilustración...”. Otras obras sobre la incidencia de la política ilustrada en nuestra ciudad: Luis M. ENCISO RECIO, “La Valladolid Ilustrada”, en Historia de..., pp. 13-156; Mª Dolores MERINO BEATO, Urbanismo y arquitectura de Valladolid en los siglos XVII y XVIII, tomo II, siglo XVIII, Valladolid, 1990; Elena MAZA ZORRILLA, Valladolid: sus pobres y la respuesta institucional (1750-1990), Valladolid, 1985.

[41] A.M.V., Actas, nº 89, 29-V-1767, ff. 33r.-33v.

[42] A.R.CH.V., Gobierno del Crimen, Envoltorio 1, Inventario 120.

[43] Novíssima Recopilación, Lib. VII, Tít. XXXIII; Francisco J. FLORES ARROYUELO, Correr los toros en España, Madrid, 1999, pp. 189-226.

[44] Gloria A. FRANCO RUBIO, La vida cotidiana en tiempos de Carlos III, Madrid, 2001, pp. 221-228.

[45] Gaspar Melchor de JOVELLANOS, Diarios, Oviedo, 1953, tomo I, p. 198.

[46] Representación de los procuradores del común en 1774 (A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 541). En 1772, en la petición de un diputado y un procurador se señala “conspirando tamvién a la consequción de nuestro fin la boz del pueblo que sin más que haberse estendido un rumor lijero de si celebravan tales festejos está tan declarado por él que ya no dudan de su certeza y aun molestan a los individuos del gobierno llevado de su afecto a esta clase de funciones de que carece años hace” (A.M.V., Cajas Históricas, Caja 56, Exp. 5, nº catálogo 2314).

[47] A.M.V., Cajas Históricas, Caja 63.1, Exp. 3689 (borrador de la petición de licencia).

[48] Ibid., Caja 56, Exp. 1, nº catálogo 2151, 2155 y 2168.

[49] A(rchivo) C(atedralicio) V(alladolid), Libros del Secreto, nº 10, 19-IX-1796, ff. 241v.-242r. y siguientes.

[50] Como señala el preliberal León de Arroyal en su “Discurso apologético en defensa del estado floreciente de España”: “Gobierno ilustrado, pan y toros pide el pueblo. Pan y toros es la comidilla de España. Pan y toros debes proporcionarla para hacer en lo demás cuanto se te antoje in secula seculorum. Amén.” Antonio ELORZA, Pan y toros y otros papeles sediciosos de fines del siglo XVIII, Madrid, 1971, p. 31.

[51] Carta del intendente al Ayuntamiento que transcribe la recibida del secretario del Consejo informándole de la concesión de licencia a la Sociedad. A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 624, Exp. 124.

[52] Mª Antonia FERNÁNDEZ DEL HOYO, Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande de Valladolid, Valladolid, 1981, pp. 47-49.

[53] Cfr. Francisco LÓPEZ IZQUIERDO, Plazas de toros de Madrid, Madrid, 1985, p. 120.

[54] En 1770 el Consejo de Castilla promulgó unas ordenanzas por las que la presidencia de la plaza correspondía a los corregidores, colocando bajo su mando la fuerza armada que se debía encargar tanto del despeje de la plaza, antes de la función, como de impedir que los espectadores bajasen de nuevo o echasen objetos al ruedo. Antonio GARCÍA-BAQUERO GONZÁLEZ y otros, Sevilla y la fiesta de toros, Sevilla, 1994 (2ª ed.), p. 100.

[55] Andrés SARRIÁ MUÑOZ, Religiosidad y política. Celebraciones públicas en la Málaga del siglo XVIII, Málaga, 1996, p. 150. Lo mismo señala ya para el siglo XIX Antonio BONET CORREA, “La antigua Plaza de Toros de Valladolid, hoy cuartel de la Guardia Civil”, en Morfología y ciudad. Urbanismo y arquitectura durante el Antiguo Régimen en España, Barcelona, 1978, p. 145.

[56] Francisco LÓPEZ IZQUIERDO, Plazas de toros..., pp. 97-130; Fernando PÉREZ MULET, “La corrida de toros en Cádiz (1675-1790): Anotación de un arbitrio”, en Trocadero, 6-7 (1994-1995), pp. 347-351; Guillermo BOTO ARNAU, Cádiz, origen del toreo a pie (1661-1858), Cádiz, 2002 (2ª ed.).

[57] Andrés SARRIÁ MUÑOZ, Religiosidad y política..., pp. 137-153. También Cartagena, donde en 1794 se conceden tres corridas para festejar la llegada del infante don Luis y el empedrado de la ciudad y se celebran en una plaza de madera: Carmelo CALÍN APARICIO y Manuel MARTÍNEZ MARTÍNEZ, “las fiestas de toros en Cartagena a fines del siglo XVIII: entre el arraigo popular y el control oficial”, en Alberto ROMERO FERRER (coord.), Juego, fiesta..., pp. 205-217. En otros lugares como Baeza no hubo fiestas en los años de prohibición: José Policarpo CRUZ CABRERA, “Las fiestas de toros en la Baeza del siglo XVIII: entre las pervivencias barrocas y el tránsito al toreo moderno”, en Alberto ROMERO FERRER (coord.), Juego, fiesta..., pp. 219-227.

[58] Sucede en Madrid con las fiestas reales, Francisco LÓPEZ IZQUIERDO, Plazas de toros..., pp. 49-54; pero sobre todo en Pamplona, Luis del CAMPO, Pamplona y toros. Siglo XVIII, Pamplona, 1972, pp. 390-415.

[59] También se observa la preocupación por evitar desgracias, con el reconocimiento de las casas de la Plaza (A.M.V., Actas, nº 99, 7-VIII-1796, ff. 211v.-212r.) y por el abastecimiento de la ciudad durante las fiestas (Ibid., 20-IX-1796, f. 271v.). Asimismo la participación de la tropa en el control del orden público, saliendo en el despejo de la plaza en 1777 (Ventura PÉREZ, Diario de..., p. 492).

[60] Las Actas están incompletas y no sabemos si se celebró otra corrida. Hubo también luminarias, juego de parejas por militares y bailes populares y en el consistorio. Ibid., nº 104, 30-I-1807, ff. 658r.-658v. y siguientes.

[61] En 1772, por un diputado y un procurador del común. A.M.V., Actas, nº 89, 27-VIII-1772, ff. 505r.-505v.

[62] En  1777. A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 622, Exp. 66.

[63] Real Provisión concediendo la licencia. A.M.V., Cajas Históricas, Caja 64. Exp. 3, nº catálogo 4070.

[64] A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 631, Exp. 118.

[65] Carmen GARCÍA GARCÍA, La crisis..., pp. 239-275. Elena MAZA ZORRILLA, Valladolid: sus pobres..., pp. 43-49 y 150-169. Mª Dolores MERINO BEATO, Urbanismo y arquitectura..., pp. 61-77 (inundación).

[66] En cuanto a los cambios por evolución interna del toreo: Antonio GARCÍA-BAQUERO, “El macelo sevillano y los orígenes de la tauromaquia moderna”, en Taurología, 2 (1990), pp. 38-44; Antonio GARCÍA-BAQUERO  y otros, Sevilla y..., pp. 51-114; Francisco J. FLORES ARROYUELO, Correr los toros..., pp. 227-289.

[67] Alberto GONZÁLEZ-TROYANO, El torero héroe literario, Madrid, 1988, pp. 83-102.

[68] Antonio GARCÍA-BAQUERO GONZÁLEZ, “De la fiesta...”, p. 83.

[69] Alberto GONZÁLEZ TROYANO, Prólogo de José DELGADO “PEPE-HILLO”, La tauromaquia o arte de torear, Madrid, 1988. Antonio GARCÍA-BAQUERO, “Fiesta ordenada, fiesta controlada. Las Tauromaquias como intento de conciliación entre razón ilustrada y razón taurina”, en Revista de Estudios Taurinos, 5 (1997).

[70] Ya apunta esta idea Fernando PÉREZ MULET, “La corrida...”, p. 347.

[71] A.R.CH.V., nº 20, 15-IX-1760, f. 246r., en el auto del Acuerdo sobre la mala calidad de las funciones.

[72] A.M.V., Actas, nº 90, 6-VIII-1774, 169r. En 1766 hay problemas para encontrar toreros y picadores y estos últimos serán obligados a venir a Valladolid por el Conde de Aranda (Ibid., nº 88, 30-VIII-1766, ff. 466v.-470r. y siguientes). En 1777, antes de señalar fecha para las fiestas se tiene en cuenta la carta del diputado de la Junta de Hospitales de Madrid, que controlaba su plaza de toros, en la que “absolutamente asegura que quieran o no bendrán los toreros” (A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 622, Exp. 66).

[73] Figuran en la 1ª y 2ª corrida de 1787 (D.P. I, p. 350) y en la 4ª (A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 626, Exp. 6).

[74]El torero no alcanzó su rango social por los valores que llevaba consigo, sino por el debilitamiento de la estructura de la sociedad”, señala Rafael PÉREZ DELGADO, “Sobre las corridas de toros (notas sociológicas)”, en Homenaje a Julio Caro Baroja, Madrid, 1978, p. 865.

[75] En estos términos se refiere con motivo del baile celebrado el día de San Antonio, D.P. I, p. 234.

[76] Ramón MAURI VILLANUEVA, “Fiesta y cambio social: las reales proclamaciones en el Santander del Setecientos”, en Margarita TORRIONE (ed.), España festejante..., pp. 95-103.

[77] El Regimiento manda a los escribanos que informen del protocolo habido hasta entonces y que anoten en libro separado el desarrollo de estas fiestas y siguientes (A.M.V., Actas, nº 99, 29-VIII-1796, f. 247). La Audiencia remite un papel a la Ciudad con el ceremonial que se sigue con ella (Ibid., 27-IX-1799, ff. 280v.-281v.).

[78] En esa corrida los alcaldes del crimen salieron en coches, lo que provocó el disgusto de la Ciudad que acudió al Consejo, que le dio la razón (Ventura PÉREZ, Diario de..., pp. 470-471). Pero en 1777 ya no salieron de ninguna forma (Ibid., p. 491), para lo que tenían el visto bueno del Consejo (A.R.CH.V., Libro de Órdenes del Real Archivo de las Salas del Crimen, envoltorio 7, nº 125, año 1777 –este envoltorio está desaparecido–).

[79] Cuando se estaba pidiendo licencia en 1791, el Consejo ya plateó que participaría la Junta de Policía, lo que no gustó a la Ciudad (A.M.V., Cajas Históricas, Caja 64, Exp. 1, nº catálogo 3808). En las fiestas de 1796, siguiendo la Provisión Real de 1793, intervienen dos comisarios de cada institución. Por orden del Real Acuerdo la Ciudad debe aceptar que se sienten en el consistorio (Ibid., Actas, nº 99, 23-IX-1796, ff. 274v.-275v.).

[80] A.M.V., Actas, nº 104, 8-II-1807, f. 678v. La generala era la mujer del Capitán General de Castilla la Vieja que desde 1800 presidía la Audiencia por Real Decreto de Carlos IV.

[81] En 1783 se recibe carta del gobernador del Consejo informando que no se ha concedido licencia (A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 624, Exp. 41). De 1789 no tenemos ningún documento. La no concesión en 1791 lo sabemos por las cartas del agente en Madrid (A.M.V., Cajas Históricas, Caja 64, Exp. 1, nº catálogo 3808).

[82] Deuda de 58 2/3 rs., aunque algo se logró con el arrendamiento de las casas de Propios (A.M.V., Actas, nº 90, 14-X-1774, ff. 182v.-183r.) En 1777 se sacaron 16.156 1/8 rs.  (A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 622, Exp. 66) y 34.746 rs. en 1796 (A.M.V., Cajas Históricas, Caja 66, Exp.1, nº catálogo 4350).

[83] A.M.V., Cajas Históricas, Caja 63, Exp. 1, nº catálogo 3613 (expediente para solicitud de licencia).

[84] Figura en la Real Cédula de licencia. A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 622, Exp. 66.

[85] No se señalan los nombres. A.M.V., Actas, nº 92, 17-IX-1783, f. 285r.

[86] Ibid., 18-VII-1783, f. 257r.

[87] Los regidores no están conformes y alegan que no se pueden utilizar para su financiación las bocacalles y portadas y balcones de las casas de la Ciudad en la Plaza pues desde el Reglamento de Propios y Arbitrios de 1768 son ingresos de Propios. A.R.CH.V., Doc. Municipal, Legajo 541.

[88] Se señala en la Real Cédula de licencia. A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 622, Exp. 66.

[89] Adriano GUTIÉRREZ ALONSO, “Sociedad y poder. La oligarquía vallisoletana y sus relaciones con otras instancias de poder”, en Valladolid..., p. 395, señala que el precio de un oficio de regidor cae en picado desde 1701 debido al control de los propios por la Junta de la Posada presidida por el Presidente de la Chancillería, creada en 1699, que hace disminuir el interés. Otras causas serían la aparición de la figura del intendente que resta más atribuciones al Ayuntamiento y la grave crisis de la hacienda municipal.

[90] La reforma de las haciendas locales se realiza en 1760 y trata de acabar con su endeudamiento. Se incrementa el control por las instituciones centrales lo que a nivel local provoca la creación de Juntas de Propios (corregidor, dos regidores, personero y diputados del común) y la imposición de Reglamentos de Propios y Arbitrios (Carmen GARCÍA GARCÍA, La crisis..., pp. 187-221). El Reglamento en A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 541. Incluso en 1800 se ordena que, debido a las malversaciones en fondos, se forme una nueva junta en Valladolid sin intervención de los regidores (A.M.V, nº 101, 5-XI-1800, ff. 195v.-198v.)

[91] En los toros, al contrario que en el Corpus, no desaparecen propinas y sobresueldos de regidores y oficiales, sólo las propinas de toros (50 rs cada regidor), pues estos festejos no se incluían en gastos del Reglamento.

[92] El Ayuntamiento tratará sin éxito que no sea así (A.M.V., Cajas Históricas, Caja 56, Exp. 3, nº catálogo 2268).

En la solicitud de licencia de1774, los procuradores ilustran esta falta de interés de los regidores por los toros. Estos señalan dificultades que no hubo hasta 1768 “como que hasta entonces se utilizaban del rendimiento de vocascalles y valcones de la Ciudad destinado aora todo a Propios”. Además, la Junta de Propios era favorable a las fiestas y que en su organización participase un diputado, lo que evitaría los excesos provocados hasta entonces por los comisarios “para que quedase remunerada la comisión”;endrían miedo que comparando las cuentas de 1774 con las anteriores saliesen a la luz tales desfalcos (A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 541)

[93] 1793 (A.M.V., Actas, nº 97, 2-VIII-1793, ff. 444r.-444v. y Sesiones siguientes); 1800 (A.R.CH.V., Doc. Municipal, Legajo 631, Expediente 118); todavía en 1805 no se había pagado la deuda a los niños expósitos para lo que se concedieron estas corridas (A.M.V., Actas, nº 104, 28-VI-1805, ff. 161v.-162v.). Veamos otras ocasiones. En mayo de 1789, si bien se trata sobre celebrar fiestas de toros, se acuerda dejar este tema hasta ver si la cosecha es buena o mala y la población puede o no permitirse los gastos de asistir a las corridas. En agosto se vuelve al tema y se acuerda solicitar licencia aunque bastantes se opondrán y también la Junta de Policía a la que se había pedido ayuda para lograrla (A.M.V., Cajas Históricas, Caja 63, Exp. 1, nº catálogo 3613). En 1798, la Ciudad se muestra contraria a las fiestas de toros para las que el hospital de San Juan está pidiendo licencia y eleva representación al monarca en este sentido. Aunque en este caso se observa también las reticencias a que obtuviese autorización una institución diferente al Regimiento (Ibid., Actas, nº 100, 26-V-1798, ff. 112v.-113r.).

[94] Ventura PÉREZ, Diario de..., p. 470.

[95] Tal importancia concedieron los contemporáneos a estas fiestas que fueron llevadas a la imprenta: Breve noticia de las funciones de toros que la (...) ciudad de Valladolid tiene dispuestas para los días 28, 29 y 30 (...) de septiembre y 1 de octubre (...) de 1796, con las demás inventivas que habrá para divertir al público (s.l. ¿Valladolid?, s.i., s.a.: 1796), citado en Ensayo de bibliografía taurina, B.N.E., Madrid, 1973, 794. No lo he logrado localizar pero su contenido lo recoge Emilio CASARES HERRERO, Valladolid en..., p. 175.

[96] A.M.V., Actas, nº 99, 27-V-1796, f. 139v.

[97] A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 631, Exp. 118.

[98] Ibid., Caja 42, Exp. 6 (Real mandamiento ejecutorio en dicho pleito).

[99] Ibid., Actas, nº 87, 16-VIII-1760, ff. 610r.-611v. En 1774 se trata con dos empresarios pero no se llega a ningún acuerdo (A.R.CH.V., Doc. Municipal, leg. 541).

[100] Emilio CASARES HERRERO, Valladolid en..., pp. 177-199.

[101] A veces se prolongaban al martes. Hay que tener en cuenta que existía la costumbre de “guardar el lunes”.

[102] Jorge DEMERSON, La Sociedad Económica de Valladolid (1784-1808), Valladolid, 1969; Luis Miguel ENCISO RECIO, “La Sociedad Económica de Valladolid a finales del siglo XVIII”, en Homenaje al Dr. D. Juan Reglà Campistol, Vol. II, Valencia, 1975, pp. 155-178. No se conserva su documentación, por lo que tenemos que valernos de las escasas referencias a sus funciones de novillos en el Archivo Municipal y en el Diario Pinciano -hay que tener en cuenta que Beristain era miembro de la Sociedad Económica-, donde, como ya he señalado, se describen la primera y segunda función de 1787, además de algunos aspectos de su organización (D.P. I, pp. 305 y 315). También se imprimieron unas de estas corridas, que no he logrado localizar: Noticia verdadera de las corridas de toros que (...) concedidas a la Real Sociedad Económica de esta ciudad y provincia se han de celebrar el 27 y 28 (...) setiembre y 5 y 6 (...) octubre, disposición de hacerlas y demás particularidades que verá el curioso lector, Valladolid, Imp. de Santarem (s.a.), citado en Ensayo de..., 1079.

[103] José María de COSSÍO, Los toros..., tomo I, pp. 668-660.

[104] A.M.V., Actas, nº 96, 5-V-1791, ff. 386v.-370r.

[105] Ibid., nº 93, 14-X-1786, f. 492; Ibid., 17-IX-1787, ff. 766r.-766v.

[106] Ibid., 7-VIII-1786, f. 430v.

[107] Ibid., Cajas Históricas, Caja 63, Exp. 1, nº catálogo 3689.

[108] Ibid., Actas, nº 91, 26-VIII-1781, ff. 384v.-385v. La cofradía pretendía festejar como antiguamente hacía la fiesta de San Juan degollado y utilizar sus beneficios para los reparos de la iglesia y sus fines piadosos.

[109] Jorge DEMERSON, La Real Sociedad..., p. 29.

[110] A.M.V., Actas, nº 92, 20-IX-1784, f. 505v.; Ibid., nº 93, 29-iV-1785, f. 132r.; Ibid., 22-VII-1786, 426r.

[111] Ibid., Actas, nº 93, 23-VIII-1787, ff. 747r.-747v.

[112] 1787 (D.P. I, pp. 350-351); 1788 (A.M.V., Actas, nº 94, 1-VIII-1788, f. 435v.; Ibid., 19-IX-1788, f. 464r.); 1791 (A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 628, Exp. 13); 1792 (Ibid., Leg. 628, Exp. 69).

[113] A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 626, Exp. 2 (pleito con el arrendador de las portadas del consistorio por negarse a pagar); Ibid., Leg. 626, Exp. 6 (cuentas). Es la función de la que más información existe en el Archivo Municipal y en la que me voy a basar. Por el Diario Pinciano sabemos la finalidad de los 100 faroles que figuran en las cuentas de dicha corrida (D.P. II, p. 12-13). La Junta de Policía fue creada por orden real en 1786 a iniciativa de la Sociedad Económica y su labor fue fundamental para el embellecimiento y limpieza de Valladolid. Sus miembros eran el Presidente de la Chancillería, el corregidor o teniente, un regidor, un diputado del común. y un individuo de la Sociedad. Mª Dolores MERINO BEATO, Urbanismo y arquitectura..., p. 120.

[114] A.R.CH.V., Doc. Municipal, Leg. 626, Exp. 2.

[115] La carta en respuesta de la Junta de Policía a la Sociedad Económica figura en D.P. II, pp. 118-120.

[116] Ibid., Leg. 631, Exp. 122 (solicitud de útiles al Ayuntamiento para las funciones).

[117] Mª Antonia FERNÁNDEZ DEL HOYO, Desarrollo urbano..., Valladolid, 1981, p.

[118] El precio que pagaban los armadores era 315-400 rs. por las portadas a la sombra y 155-200 de las de sol.

[119] En el consistorio se sentaban 62 personas y era donde menos debido a los balcones presidenciales y las puertas de entrada y de salida de la plaza. Contando 71 portadas cabían como mínimo 4.402 espectadores.

[120] 15.000 espectadores lo señalan los procuradores del común en 1774 (A.M.V., Doc. Municipal, Leg. 541). El barón de Bourgoing ya vimos como indica 80.000 personas.

[121] Francisco LÓPEZ IZQUIERDO, Plazas de toros..., p. 118.

[122] A.M.V., Doc. Municipal, Leg. 628, Exp. 69.

[123] Las reses seguían procediendo de vacadas importantes. En 1787, en la primera corrida eran del Raso de Portillo, pertenecientes a D. Mateo Prado y D. Manuel Muñoz; en la segunda de D. Agustín Díaz de Castro, vecino de Benavente; y en la cuarta de D. Vicente Bello, de Palaciosrubios (Salamanca).

[124] Tablados dispuestos en una parte del ruedo y en los que se hacían representaciones escénicas y donde, en un momento determinado irrumpía el toro. En la tercera corrida de 1787 consistió en una mesa llena de manjares y en dos mujeres, pero también figuraban dos caballos de pasta y don Quijote.

[125] Emilio CASARES HERRERO, Valladolid en..., pp. 118-123.

[126] Manuel DELGADO RUIZ, De la muerte de un dios, Barcelona, 1986, pp. 18-33.

[127] Idem, se apunta esta idea. Se ajusta muy bien a la interpretación de la política festiva del Despotismo Ilustrado como eliminación de elementos y apropiación y transformación de aquellos útiles para el mantenimiento del régimen absolutista que hace M. José del RIO BARREDO, “Control y represión...”, y por ello también se refiere a este autor en cuanto a los toros.

 



ARTÍCULO PUBLICADO EN: GARCÍA FERNÁNDEZ,Máximo y SOBALER SECO, Mªde los Ángeles (cood.)Estudios en homenaje al profesor Teófanes Egido,II, Junta de Castilla y León, Valladolid, 2004.

FOTOGRAFÍA Pepe Hillo ( La tauromaquia ó Arte de torear....1796). En GARCÍA BAQUERO,Antonio y otros, Sevilla y la fiesta de toros, Sevilla, 1994 (2ªed.)



 
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LA REFORMA CARCELARIA EN EL PENSAMIENTO ILUSTRADO Y SUS MODELOS ARQUITECTÓNICOS

LA REFORMA CARCELARIA EN EL PENSAMIENTO ILUSTRADO Y SUS MODELOS ARQUITECTÓNICOS

Javier García Algarra

UNED

Per me si va ne la città dolente,
per me si va ne l’eterno dolore,
per me si va fra la perduta gente.
[…]
Lasciate ogni speranza voi ch’entrate.

Dante, "Divina Comedia", Canto III, vv. 1-9


Para que una pena no sea una violencia de uno o muchos contra un ciudadano privado,debe ser esencialmente pública, necesaria, la menor de las posibles en las circunstancias dadas, proporcionada a los delitos, dictada por las leyes.

Cesare Beccaria, "De los delitos y las penas".

Introducción

El objetivo del presente trabajo es exponer el reflejo del pensamiento ilustrado en el desarrollo arquitectónico de la cárcel moderna. Las prisiones son edificios que sirven a un propósito muy concreto. Veremos como a lo largo de los siglos XVIII y XIX, la función de estas instituciones varía, pasando de ser depósitos de acusados en espera de un castigo físico, a recintos concebidos para albergar a condenados que pagan sus delitos con la privación de la libertad. Este cambio de función se reflejó en la arquitectura, con la aparición de nuevas tipologías de cárcel. En esta rama del quehacer humano, como en muchas otras, la reflexión y las ideas preceden a la concreción de la arquitectura, pero ésta, a su vez, suele tomar derroteros propios. La prisión nos revela tanto de la sociedad a la que sirve, como otros edificios de función más agradable o representativa.

El derecho penal en el fin del Antiguo Régimen

En el siglo XVIII, el derecho penal se caracterizaba por la crueldad y el modo arbitrario en que se impartía:

· El delito se asimilaba al pecado, por lo que la pena era el justo castigo que la sociedad imponía al pecador.
· El proceso legal buscaba, ante todo, que el acusado confesase públicamente su culpa. Para ello, se recurría a procedimientos como los testimonios secretos o la tortura, siempre con ánimo de buscar la verdad. La discrecionalidad de los jueces era total, puesto que la tipificación de los delitos era incompleta. En tales condiciones, las posibilidades de defensa resultaban mínimas.
· La actuación de los jueces criminales, abarcaba campos que hoy pertenecen al derecho civil, mercantil o administrativo. El impago de una deuda, por ejemplo, podía suponer una fuerte multa o un largo periodo de encarcelamiento.
· Subsistían los delitos religiosos y contra la moral (herejía, blasfemia, sodomía), penados en general con la muerte.
· No había igualdad ante la ley, ante un mismo delito un noble o un plebeyo eran condenados a penas muy dispares.
· Las penas resultaban, en general, desproporcionadas a la falta. Las leves eran el destierro, multa, vergüeza pública o reclusión. Las graves, azotamiento, mutilación, trabajos forzados, galeras y pena de muerte.

Hay que destacar, en relación con el objeto de este trabajo, que la reclusión como forma de castigo no era el más generalizado, como sucede hoy en día. En la mentalidad del Antiguo Régimen, la pena era ante todo venganza por el delito cometido y castigo del pecado. El maltrato físico o, directamente, la eliminación del acusado solían culminar el proceso penal.

La pena de muerte se aplicaba con una prodigalidad aterradora (1). El robo, la herejía, la magia, el sacrilegio, la falsificación de moneda, la bestialidad, la sodomía y el homicidio se pagaban con la vida, pero la lista de delitos capitales era más extensa en función de cada lugar. Esto se debía a la ausencia de codificación legal de las penas, a la existencia de multitud de jurisdicciones reales, señoriales o religiosas y a la gran libertad del juez a la hora de fijar el castigo.

En tales condiciones, la cárcel no era la institución que hoy conocemos. Aunque, como se ha visto, la pena de reclusión era una más entre las aplicables, por regla general la cárcel era un depósito judicial que albergaba a los acusados en espera de la conclusión de su proceso. En ella se custodiaba de forma totalmente promiscua a hombres y mujeres, ancianos y niños, criminales peligrosos e inofensivos pedigüeños.

Tenemos un ejemplo de este hacinamiento y convivencia de todo tipo de personas y personajes en "La Biblia en España" del viajero romático George Borrow, que fue encerrado en la madrileña Cárcel de Corte (actual Ministerio de Asuntos Exteriores), por vender biblias no autorizadas.

The Carcel de la Corte, where I now was, though the principal prison of Madrid, is one which certainly in no respect does credit to the capital of Spain. Whether it was originally intended for the purpose to which it is at present applied, I have no opportunity of knowing. The chances, however, are, that it was not; indeed it was not till of late years that the practice of building edifices expressly intended and suited for the incarceration of culprits came at all into vogue. Castles,convents, and deserted palaces, have in all countries, at different times, been converted into prisons, which practice still holds good upon the greater part of the continent, and more particularly in Spain and Italy, which accounts, to a certain extent, for the insecurity of the prisons, and the misery, want of cleanliness, and unhealthiness which in general pervade them.
[...]who most particularly attracted my attention, were a father and son; the former was a tall athletic figure of about thirty, by profession a housebreaker, and celebrated throughout Madrid for the peculiar dexterity which he exhibited in his calling. He was now in prison for a rather atrocious murder committed in the dead of night, in a house at Caramanchel, in which his only accomplice was his son, a child under seven years of age. "The apple," as the Danes say, "had not fallen far from the tree"; the imp was in every respect the counterpart of the father, though in miniature. He, too, wore the robber shirt sleeves, the robber waistcoat with the silver buttons, the robber kerchief round his brow, and, ridiculous enough, a long Manchegan knife in the crimson faja. He was evidently the pride of the ruffian father, who took all imaginable care of this chick of the gallows, would dandle him on his knee, and would occasionally take the cigar from his own moustached lips and insert it in the urchin’s mouth. The boy was the pet of the court, for the father was one of the valientes of the prison, and those who feared his prowess, and wished to pay their court to him, were always fondling the child.
La tortura, el maltrato y la enfermedad producían una mortalidad muy elevada.

Para penas mayores, se solía recurrir al encierro en fortalezas (presidios). Los nobles y el clero eran recluidos en cárceles exclusivas.

En tales circunstancias, no resulta extraño que la cárcel, como tipología arquitectónica, fuese un tema poco atractivo para los tratadistas. La reclusión se llevaba a cabo en fortalezas, almacenes o conventos. Los edificios que se construían para este propósito, como la célebre cárcel de Corte de Juan Gómez de Mora en Madrid, se asimilaban a palacios-fortaleza. Los grabados de Giovanni Piranesi (1761), sobre cárceles imaginarias, nos muestran un mundo de mazmorras de dimensiones colosales, poblado por figuras humanas diminutas. Estos trabajos corresponden al género del capriccio, imágenes inventadas por el artista. Los grabados de Piranesi impresionaron a los escritores románticos que nos han trasmitido la imagen de las prisiones como lugares semejantes al infierno de Dante, otro ámbito imaginario en el que el castigo de los condenados estaba inspirado en la realidad de los castigos de origen humano y nada infernal.

Será necesario que se produzca un cambio ideológico muy importante, para que la reclusión se convierta en el medio más humanitario de establecer el castigo penal. Con esta nueva mentalidad, surgirá la necesidad de construir edificios especialmente adaptados al propósito de mantener cautivos a un elevado número de reclusos, de forma higiénica y segura.

La obra de Cesare Beccaria

Los abusos de la justicia fueron objeto de crítica de algunos de los ilustrados más brillantes como Montesquieu o Voltaire, pero fue la obra del italiano Cesare Beccaria (2), De los delitos y las penas (1764), la que marca un hito revolucionario en la filosofía del derecho penal. Beccaria tenía sólo 26 años cuando redactó esta obra y no era jurista de formación. Su pensamiento no era completamente original y algunos de sus contemporáneos le achacaron haberse apoderado de ideas ajenas. Lo que sí resultó innovador fue la forma sistemática, clara y resumida en la que redactó su tratado, que estableció los fundamentos de la ciencia penal moderna. Las conclusiones más notables de su tratado son:

· Legalidad de las penas: los castigos deben estar recogidos en la ley y no quedar al arbitrio de los jueces.
· Justicia pública: las acusaciones, testigos y vista deben ser hechos a la vista de la sociedad.
· Eliminación de la tortura.
· Igualdad ante la ley (25 años antes de la promulgación de la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano)
· La gravedad de un delito es función del daño que causa a la sociedad, no de su consideración moral.
· Las penas no son más eficaces por ser más crueles.
· La pena debe servir para disuadir a futuros delincuentes.
· La pena de muerte es injusta e ineficaz, y debe suprimirse.
· Es preferible evitar que penar.

Desde el punto de vista teórico, lo más novedoso es que Beccaria concibe la pena como un medio para evitar futuros delitos, y no como una venganza social. En su alegato contar la pena capital escribe:

No es el terrible pero pasajero espectáculo de la muerte de un criminal, sino el largo y penoso ejemplo de un hombre privado de libertad, que convertido en bestia de servicio recompensa con sus fatigas a la sociedad que ha ofendido, lo que constituye el freno más fuerte contra los delitos(3).

La reclusión es para el filósofo, el castigo más adecuado, tanto por su carácter humano como por su utilidad ejemplar. Pero para que adquiera tal carácter, la prisión de la época de Beccaria no era la más indicada:

La prisión es una pena que necesariamente debe preceder, a diferencia de cualquier otra, a la declaración del delito; pero este carácter distintivo no le priva de otro también esencial, esto es, que sólo la ley determine los casos en que un hombre es merecedor de pena. La ley, pues, señalará los indicios de un delito que merezcan la custodia del reo.

En el actual sistema criminal, según la opinión de los hombres, prevalece la idea de la fuerza y la prepotencia de la justicia, porque se arroja confusamente en la misma caverna a los acusados y a los convictos; porque la prisión es más bien un suplicio que una custodia del reo(4).

Beccaria no se ocupa de establecer un modelo de prisión alternativo al existente, su interés es la ciencia penal, no la arquitectura. No obstante, señala las carencias de las cárceles contemporáneas e indirectamente está pidiendo un cambio que permita realizar su propuesta de sustituir los castigos físicos por penas de reclusión duraderas.

Desarrollos anteriores a Bentham

Beccaria pertenece al universo cultural de la Ilustración continental, influido por las ideas francesas. En paralelo con esta línea de pensamiento racionalista, se desarrolla otra teoría penal en los estados protestantes, en particular Inglaterra y los Países Bajos, con un notable contenido religioso. Desde el siglo XVII, se establecieron correccionales como instituciones en las que recluir a pequeños delincuentes, vagabundos o prostitutas, con la intención de reformarlos. La idea de reforma estaba asociada a la de pecado; la restitución de la salud moral de los internos se conseguía por medio de la disciplina, el trabajo manual y un continuo adoctrinamiento religioso. El silencio era un elemento fundamental de este programa correccional de inspiración calvinista, puesto que servía de ayuda a la introspección y al reconocimiento del pecado.

Aunque este tipo de correccionales no eran cárceles propiamente dichas, sino que estaban a medio camino entre la prisión y la organización caritativa, su programa de trabajo, silencio y disciplina tendrían una influencia decisiva en el establecimiento del sistema carcelario de los Estados Unidos, como veremos más adelante.

La realidad de las cárceles inglesas en el siglo XVIII no difería mucho de las cavernas denunciadas por Beccaria. La insalubridad y la falta absoluta de control convertían a los presos en víctimas fáciles de las epidemias o el homicidio. Entre quienes contribuyeron a denunciar la situación destaca John Howard(5), un ilustrado preocupado por la salubridad de los edificios comunitarios como cárceles y cuarteles. El pensamiento de Howard estaba muy influido por su religiosidad (pertenecía a la iglesia Congregacionalista), de manera que concebía su labor filantrópica como un servicio a Dios.

En la prisión de Bedfordshire, observó que los carceleros no eran ni siquiera empleados públicos, sino que cobraban de los presos por darles sustento. Cuando un preso no podía pagar esa cantidad no obtenía la libertad aunque su condena hubiese finalizado. Howard consiguió que la Cámara de los Comunes aprobase un proyecto para abolir dicho pago (1774, Gaol Act). Como consecuencia de lo que había visto en Bedford, comenzó una labor sistemática de visitas a prisiones de Inglaterra y de diversos países europeos, entre ellos España. De entre todos los penales que visitó, el que más favorablemente le impresionó fue la Maison de Force, en Gante (Bélgica).

La Maison de Force, obra de los arquitectos Malfaison y Kluchman(6), se construyó entre 1772 y 1775. Consiste en un edificio octogonal, con un cuerpo de vigilancia en el centro, del cual radian hacia los vértices del octógono, ocho brazos. En cada uno de ellos, se ubican cuatro plantas de celdas individuales. La novedad de este correccional es que permitía una fácil clasificación de los internos por sexo y edades, con separación física tanto en las galerías como en los patios que se forman entre estas y el octógono exterior (ver figura). El modelo radial de Gante ejererció una influencia determinante en las prisiones construidas a partir de ese momento.

La prisión celular, es la alternativa ilustrada a la cárcel tradicional. Su antecedente más obvio son los conventos que, como ya hemos visto, en ocasiones se utilizaban como lugares de detención (valga el ejemplo de la prolongada prisión de San Juan de la Cruz en Toledo, en el convento de los Calzados). Con anterioridad a la Maison de Force, se citan dos ejemplos de edificios con carácter de correccional que mandó construir Clemente XI, anejos al Hospicio de San Miguel en Roma. El primero para jóvenes, de 1704, contiene veinte celdas y una zona intermedia para el trabajo comunitario. Fue también visitado y elogiado por Howard. El segundo, de 1735, destinado a mujeres, sigue el mismo patrón.

Volviendo a Howard, como fruto de sus trabajos, publicó en 1777 The State of Prisons in England and Wales, with an Account of some Foreign Prisons. El impacto de su obra fue grande, por las penosas condiciones que relata. Valgan unos ejemplos:

Food: Many criminals are half starved: some come out almost famished, scarce able to move, and for weeks incapable of any labour.

Bedding: In many gaols, and in most bridewells, there is no allowance of bedding or straw for prisoners to sleep on. Some lie upon rags, others upon the bare floor.

Use of Irons: Loading prisoners with heavy irons which make their walking, and even lying down to sleep, difficult and painful, is another custom which I cannot but condemn. Even the women do not escape this severity.

The Insane: It some few gaols are confined idiots and lunatics. Where these are not kept separate, they distract and terrify other prisoners.

Plasmó su idea de reforma penitenciaria en el borrador de la Penitentiary Act, que fue presentado en 1779 a la Cámara de los Comunes. La necesidad de la reforma se convertía en un asunto urgente, al desaparecer la posibilidad de enviar penados a las colonias americanas. La Penitentiary Act recoge las ideas esenciales de lo que se convertiría en el sistema penal de los nacientes Estados Unidos, como se expone más adelante. Su aplicación en la metrópoli no fue tan exitosa.

· Las cárceles deben estar alejadas del centro urbano, al contrario de lo único que dejó escrito Vitrubio sobre el asunto. Así se evita que una posible infección se extienda a todos los habitantes.
· La higiene y la limpieza son fundamentales en su funcionamiento. Para ello hay que prestar máxima atención a la ventilación y calefacción.
· Debe separarse a los presos por sexo, edad y naturaleza del delito cometido.
· La seguridad se consigue si la cárcel permite una vigilancia eficaz de los reclusos.
· Los presos deben estar encerrados en celdas individuales por la noche, y ocuparse en trabajos manuales por el día.
· El propósito de una penitenciaría, como su nombre indica, es la reforma de los internos mediante el fomento de buenos hábitos, la instrucción religiosa y el arrepentimiento.

Desde el punto de vista arquitectónico, la principal contribución de Howard es su defensa del modelo de cárcel celular. Sus demandas de higiene y seguridad se convirtieron en los dos motivos directores de la arquitectura penitenciaria de finales del XVIII y principios del XIX. John Howard tuvo en vida, y sobre todo después de su muerte tras infectarse de tifus durante una visita de trabajo a un hospital, fama de santo laico:

John Howard has visited all Europe - not to survey the sumptuousness of palaces, or the stateliness of temples; or to make accurate measurements of the remains of ancient grandeur, to form a scale of the curiosity of modern art; not to collect medals or collate manuscripts - but to dive into the depths of dungeons and plunge to the infection of hospitals; to survey the mansions of sorrow and pain; to take the gauge and measure of misery, depression and contempt; to remember the forgotten, to attend to the neglected, to visit the forsaken, and compare and collate the miseries of all men in all countries. His plan is original; and it is full of genius as it is of humanity.
Edmund Burke

El Panopticon de Jeremy Bentham

El segundo gran reformador inglés de finales del siglo XVIII fue el filósofo Jeremy Bentham. Si Howard fue un hombre eminentemente práctico, que pasó gran parte de su vida viajando por prisiones, hospitales y cuarteles, Bentham representa la corriente reflexiva y más teórica. No es este el lugar para extenderse sobre su extensa obra filosófica. Bentham propugnaba una reforma radical de las instituciones tradicionales y la aplicación del método científico al buen gobierno de las naciones. Su contribución a la arquitectura penitenciaria es el Panopticon, un modelo ideal de casa de inspección, aplicable a instituciones como cárceles, hospitales, manicomios y escuelas. Fue escrito en 1787 como una serie de cartas y publicado en 1791, con un post scriptum que detalla más la estructura por medio de algunos bocetos.

Morals reformed - health preserved - industry invigorated instruction diffused - public burthens lightened - Economy seated, as it were, upon a rock - the gordian knot of the Poor-Laws are not cut, but untied - all by a simple idea in Architecture!(7)
Bentham no era arquitecto, sino abogado, pero ya en el prefacio de su obra nos descubre los beneficios que pueden obtenerse con una arquitectura inteligente. La idea del Panopticon la elaboró durante una estancia en Rusia, donde su hermano servía como ingeniero en el ejército del zar y estaba encargado del diseño de una factoría para el príncipe Potemkin. Esta factoría iba a servir para que los siervos del prícipe se acostumbrasen al modo de producción industrial occidental y exigiría una constante vigilancia sobre ellos. El edificio no llegó nunca a construirse, pero Bentham llegó a la conclusión de que existían características comunes a cierto tipo de establecimientos en los que sus habitantes deben estar bajo supervisión continuada. La solución para todos ellos es su Panopticon:

To say all in one word, it will be found applicable, I think, without exception, to all establishments whatsoever, in which, within a space not too large to be covered or commanded by buildings, a number of persons are meant to be kept under inspection. No matter how different, or even opposite the purpose: whether it be that of punishing the incorrigible, guarding the insane, reforming the vicious, confining the suspected, employing the idle, maintaining the helpless, curing the sick, instructing the willing in any branch of industry, or training the rising race in the path of education: in a word, whether it be applied to the purposes of perpetual prisons in the room of death, or prisons for confinement before trial, or penitentiary-houses, or houses of correction, or work-houses, or manufactories, or mad-houses, or hospitals, or schools.

El Panopticon no nace pues solamente como una idea de reforma penitenciaria. Al contrario que Howard, Bentham no estaba acuciado por la impresión de las condiciones inhumanas de las cárceles contemporáneas, ni animado por el espíritu de servicio de su compatriota. Su propósito era más práctico, contribuir al debate sobre la reforma penitenciaria, tanto en sus aspectos técnicos como también en los económicos. Sus cartas contienen un análisis del coste de mantenimiento de los penados y aboga por la solución propuesta como una opción más favorable que el envío de convictos a Botany Bay. Esta expedición, prevista para 1788, acabaría dando lugar al nacimiento de la colonia de Nueva Gales del Sur.

El Panopticon es un edificio circular, en el que las celdas ocupan el anillo exterior. En el interior hay otro edificio para los vigilantes y entre éste y las celdas un espacio libre. El principio básico del Panopticon, es la vigilancia perpetua, los internos deben sentir que son vigilados las veinticuatro horas del día:

You will please to observe, that though perhaps it is the most important point, that the persons to be inspected should always feel themselves as if under inspection, at least as standing a great chance of being so, yet it is not by any means the only one. If it were, the same advantage might be given to buildings of almost any form. What is also of importance is, that for the greatest proportion of time possible, each man should actually be under inspection

Para conseguir esta sensación permanente de vigilancia, Bentham recurre a medios ópticos y acústicos. Cada celda tiene una ventana hacia el exterior por la que penetra la luz. En la parte interior, hay tan sólo una reja que permite al vigilante en cualquier momento ver lo que hace el recluso. Este se encuentra además completamente aislado de sus vecinos por los tabiques laterales, que se prolongan unos centímetros más allá de la reja, de manera que no puede verlos ni hablar con ellos.

La luz que penetra por las ventanas exteriores, llega hasta el edificio central que dispone también de unas ventanas y celosías para dejar pasar la luz. De esta forma, el vigilante puede ver a contraluz la figura de cualquiera de los reclusos, mientras que estos no pueden verlo a él, y no pueden saber si están siendo o no observados. Esta relación o, en el caso del preso, falta de relación visual, es la clave de su edificio. Para la comunicación oral, el vigilante dispone de un tubo metálico por el que puede hablar con uno de los reclusos mediante susurros sin que los demás le oigan. El régimen de aislamiento y silencio es total.

Solitude is in its nature subservient to the purpose of reformation, seems to be as little disputed [..]. In the condition of our prisoners (for so I will call them for shortness sake) you may see the student’s paradox, nunquam minus solus quam cum solus, realized in a new way: to the keeper, a multitude, though not a crowd; to themselves, they are solitary and sequestered individuals.

En obras posteriores como The Rationale of Punishment, Bentham abandona la idea de absoluta incomunicación. Las celdas deberían alojar a tres o cuatro presos, porque las relaciones sociales contribuyen a la reeducación del preso. Dos siglos antes de que se describiese el síndrome de privación sensorial, Bentham llegaba a la conclusión de que la soledad y la incomunicación conducen a la locura.

Bentham también estaba muy preocupado por la salud de los internos y los guardianes. Para evitar infecciones previó la existencia de letrinas individuales, con un sistema de evacuación de aguas fecales hacia el exterior, y una calefacción estilo hipocausto, que permitía caldear todo el edificio. Todas las celdas dispondrían de agua corriente. En cuanto a la seguridad, Bentham considera que su Panopticon supone una mejora sustancial puesto que con el sentimiento de vigilancia permanente, los riesgos de intento de fuga o motín se reducen al mínimo, y así pueden ahorrarse los costes de construir muros excesivamente gruesos y aprovechar al máximo el trabajo de los vigilantes. Estos, a su vez, están sometidos al principio de inspección de sus superiores, de manera que no descuidan su tarea. Incluso todos ellos pueden ser vigilados por la sociedad, porque el edificio estaría abierto a las visitas que deseasen comprobar su funcionamiento. El Panopticon es un perfecto engranaje social en el que todos cumplen con su cometido por miedo a ser descubiertos en falta.

En Vigilar y Castigar (1975), Michel Foucault critica al Panopticon como edificio totalitario. La invisibilidad del vigilante es un método disciplinario opresivo, puesto que el recluso vive con la duda permanente de si está siendo o no vigilado. Foucault considera que el Panopticon es una máquina de poder perfecta, como ya había apuntado años antes George Orwell. Así como la Ilustración descubrió las libertades, también inventó la disciplina. El edificio de Bentham es fruto del racionalismo de los tiempos modernos, una construcción para castigar sin estridencias y de modo permanente. También piensa Foucault que el Panopticon es la anti caverna, pues si en el mito platónico la luz representa la libertad del mundo exterior, en el Panopticon sirve de mecanismo para atrapar.

Una buena iluminación y el ojo del supervisor son mejor sujeción que la oscuridad, que al fin y al cabo protege. La visibilidad es una trampa.

Bentham ya había previsto esta capacidad del Panopticon en la primera de las cartas: A way of obtaining power, power of mind over mind, in a quantity hitherto without example. El modelo arquitectónico del Panopticon no es completamente original. Tenía antecedentes ,como por ejemplo el hospital Hôtel-Dieu de 1774, del arquitecto Antoine Petit, un edificio circular con seis galerías radiales que parten de una capilla central. Las formas desnudas de los bocetos de 1791 reflejan la influencia de la arquitectura revolucionaria francesa, inspirada en los trabajos de Ledoux y Boullé. Lo que sí es novedoso es la sensación de vigilancia permanente como principio que ordena la vida en el interior.

Pese a su interés por conseguir que su Panopticon se construyese en Inglaterra, los esfuerzos de Bentham fueron estériles. Más fortuna tuvo en el exterior, donde a lo largo de los siglos XIX y XX, algunas cárceles se adaptaron en mayor o menor medida a su modelo, que nunca llegó a convertirse en una solución universal. Ejemplos son Edinburgh Bridgewelly (1794), Santo Stefano en Sicilia (1795), Virginia State (1790), Western Pennsylvania (1829), Female Prison at Lancaster Castle (1821), Millbank (William Williams, 1812), prisiones de Arnhem y Breda (J.F Metzelaar a finales del XIX), Joliet (1926), Panóptico de Bogotá o Isla de Pinos en Cuba (1932)(8).

En España, la obra de Bentham fue divulgada por J. Villanova Jordán en "Aplicación de la panóptica de Jeremías Bentham a las cárceles y casas de corrección en España" (1834). Este arquitecto había presentado ya en 1819 una propuesta de cárcel de este tipo a Fernando VII(9). Fueron varios los proyectos que se inspiraron en el Panopticon, pero la mayoría no pasó del plano(10). Entre los inspirados por el modelo y construidos, podemos citar la cárcel de Mataró de Elies Rogent. El edificio ha sido declarado monumento histórico en Octubre de 2001(11). El texto de la resolución esteblace que:-

El edificio de la Presó de Mataró, situado en el centro de la ciudad, se alza en la esquina de la riera de Cirera (la Rambla) con la calle de la Muralla, también denominada calle de la Presó.
La construcción de este edificio fue encargada en el año 1851 al arquitecto Elies Rogent y se inauguró en 1863. Fue el primer edificio carcerlario construido en el Estado español según el concepto panóptico. Es un edificio urbano que presenta dos fachadas alineadas a la calle sin foso ni murallas. Consta de dos unidades yuxtapuestas, una de planta rectangular y la otra de planta semicircular. Entre los dos cuerpos existe un tercero que hace de zona de conexión. Presenta planta baja y piso y tiene un patio semicircular inscrito en el segundo cuerpo y que afecta a toda la altura del edificio. La cubierta es de tejado a cuatro vertientes para el primer cuerpo y de 12 tejaditos radiales yuxtapuestos, de doble faldón cada uno, para el segundo cuerpo. Hay un pasadizo de terrado en el tercer cuerpo que se amplía con un pasillo de recorrido semicircular perimetral al patio. Destaca su estructura de grandes muros de cerámica maciza y de mampostería de piedra combinada con ladrillo macizo. Las oberturas se cierran con rejas de forja.
Tanto desde el punto de vista funcional como desde el estructural y compositivo, la Presó es un edificio pionero y único en la tipología de los edificios destinados a prisión. Incorpora, al mismo tiempo, los principios funcionales e innovadores procedentes de los movimientos culturales europeos y las variantes de la arquitectura catalana como son el valor expresivo de las estructuras, la horizontalidad, el predominio de lo lleno sobre lo vacío y la ausencia de ornamentación.
La Presó de Mataró tiene un indudable interés por diversos motivos: Por ser una de las primeras obras del gran arquitecto de la Reinaixença Elies Rogent; por ser el primer edificio carcelario del Estado español concebido en el concepto panóptico; por su ubicación en el centro de la moderna ciudad de Mataró; por su buen estado de conservación; porque, una vez obsoleta la función para la que fue erigido, puede contener otros usos sociales sin perder sus características arquitectónicas y continuar ofreciendo prestaciones en beneficio de la comunidad.

Desarrollo del sistema carcelario norteamericano y de las tipologías arquitectónicas correspondientes

La nueva república del norte de América, era terreno propicio para experimentos sociales y durante los últimos años del siglo XVIII y primeras décadas del XIX arrebató el protagonismo a Europa en la implantación de modelos carcelarios nuevos.

El antecedente de la teoría penitenciaria norteamericana es el código promulgado por William Penn, en Pennsylvania en 1682 (Great Law). Hasta entonces, la colonia se regía por el código impuesto por el duque de York, que era esencialmente el mismo que se aplicaba en la metrópoli. Por influencia del pensamiento religioso cuáquero, el código de Penn establecía que la reforma del delincuente era más importante que el castigo, sustituía la pena de muerte por trabajos forzados para todos los delitos capìtales, a excepción del asesinato, y abolía los delitos religiosos. Esta ley, muy humanitaria para la época, fue suspendida a la muerte de Penn en 1718, implantándose el cruel Anglican Code. No obstante, la colonia de Pennsylvania conservó siempre el ejemplo de Penn y con la independencia de la metrópoli dio lugar a una auténtica revolución penitenciaria.

En 1787 (mismo año en que Bentham escribía su Panopticon), un grupo de ilustrados de Filadelfia se reunió en casa de Benjamin Franklin para fundar la Philadelphia Society for Alleviating the Miseries of Public Prisons. Esta asociación, por boca de Benjamin Rush, expresó su propósito de construir una verdadera penitenciaría, un edificio destinado a la reforma y arrepentimiento del delincuente, que hiciese de Pennsylvania un ejemplo para todo el mundo civilizado. Esta declaración de intenciones no era novedosa, y su realización práctica llevó más de cuarenta años, pero sí resultó importante puesto que marca el nacimiento del llamado modelo Pennsylvania. Este consiste en la reclusión permanente en celdas individuales, el aislamiento completo de los presos y el silencio, según la idea de reforma de los cuáqueros y Howard. El diccionario legal de Bouvier(12)lo define así:

There are two systems of penitentiaries in the United States, each of which is claimed to be the best by its partizans: the Pennsylvauia system and the New York system. By the former, convicts are lodged in separate, well lighted, and well ventilated cells, where they are required to work, during stated hours. During the whole time of their confinement, they are never permitted to see or speak with each other. Their usual employments are shoemaking, weaving, winding yarn, picking wool, and such like business. The only punishments to which convicts are subject, are the privation of food for short periods, and confinement without labor in dark, but well aired cells; this discipline has been found sufficient to keep perfect order; the whip ana all other corporal punishments are prohibited. The advantages of the plan are numerous. Men cannot long remain in solitude without labor; convicts, when deprived of it, ask it as a favor, and in order to retain it, use, generally, their best exertions to do their work well; being entirely secluded, they are of course unknown to their fellow prisoners, and can form no combination to escape while in prison, or associations to prey upon society when they are out; being treated with kindness, and afforded books for their instruction and amusement, they become satisfied that society does not make war upon them, and, more disposed to return to it, which they are not prevented from doing by the exposure of their fellow prisoners, when in a strange place; the labor of the convicts tends greatly to defray the expenses of the prison. The disadvantages which were anticipated have been found, to be groundless.; Among these were, that the prisoners would be unhealthy; experience has proved the contrary; that they would become insane, this has also been found to be otherwise; that solitude is incompatible with the performance of business; that obedience to the discipline of the prison could not be enforced. These and all other objections to this system are, by its friends, believed to be without force

La primera penitenciaría del sistema de Pennsylvania fue la de Walnut Street, en Filadelfia. Se trata de una pequeña prisión con celdas individuales, en las que por primera vez se procedió al confinamiento de los presos como método penitenciario habitual. Una descripción de 1798 se refiere así al interior de la cárcel:

In every cell, there is one small window, placed high up and out of reach of the convict; the window well secured by double iron grating, so that, provided an effort to get to it was successful, the person could perceive neither heaven nor earth, on account of the thickness of the wall. The criminal, while confined here, is permitted no convenience of bench, table, or even bed, or anything else but what is barely necessary to support life, without a risk of endangering his health.

The cells are finished with lime and plaster, white-washed twice a year. In winter, stoves are placed in the passages (corridors)...from which convicts may receive a necessary degree of heat without being able to get at the fire. No communication whatever between the prisoners in the different cells can be effected, the walls being so thick as to render the loudest voice perfectly unintelligible. That the criminal may be prevented from seeing any person as much as possible, his provisions are only brought to him once a day, and that in the morning

En 1826 se construyó la Western State Penitentiary, cerca de Harrisburg, inspirada directamente en el modelo de Bentham, pero sus muros eran muy gruesos y las ventanas demasiado pequeñas para dejar pasar la suficiente luz, de forma que el principio de vigilancia permanente del Panopticon no se consiguió.

Lo que marcó un hito decisivo para el sistema Pennsylvania fue la construcción de la penitenciaría de Cherry Hill, también conocida como Eastern State, ya que debía dar servicio a la parte este del estado y disponer de una capacidad inicial para 250 reclusos. Su construcción se encomendó a John Haviland, arquitecto inglés de nacimiento, y los trabajos duraron desde 1821 hasta 1829.

La prisión de Cherry Hill es un edificio radial(13), con siete crujías en el diseño original, inspirado la Maison de Force de Gante. Se construyó en unos terrenos que en aquel momento estaban bastante alejados del centro urbano, lo que supone una primera novedad. En el centro del complejo, un edificio de vigilancia permitía a los guardianes observar a los presos, separados en galerías diferenciadas según los criterios de Howard. Cada celda disponía de calefacción, agua corriente y letrina. Adyacente a cada celda había un pequeño patio para que el recluso pudiese hacer ejercicio, ya que la mayor parte del tiempo permanecía encerrado y cuando se tenía que trasladar por el interior de la prisión lo hacía encadenado y con una capucha.

El interior, concebido de forma racionalista, contrasta con la amenazadora fachada externa, con aspecto de castillo gótico. En esto, Haviland, no hizo sino seguir la tradición de las cárceles-fortaleza de siglos anteriores.

La prisión de Cherry Hill se convirtió en el paradigma de cárcel de planta radial. Desde los inicios de su funcionamiento recibió numerosas visitas que se interesaron por el novedoso régimen penitenciario. Entre ellos podemos destacar a Alexis de Tocqueville que en 1831 quedó favorablemente impresionado por lo que vio, o a Charles Dickens, quien en 1842 denunció el régimen Pennsylvania por inhumano. El aislamiento total se atenuó levemente hacia finales del siglo XIX, cuando se añadieron nuevos bloques. Ya no había patios individuales, sino que los ejercicios se realizaban de forma comunitaria, y en las capuchas de los presos se permitieron dos agujeros para que pudiesen ver durante los traslados por el interior.

El sistema penitenciario de Pennsylvania duró hasta 1913, y como tal, no fue adoptado por otras naciones, pero el modelo arquitectónico de John Haviland sí tuvo una amplia repercusión internacional. En España, el proceso de reforma penitenciaria se alargó todo el siglo XIX por las difíciles circunstancias históricas. En 1832, Marcial Antonio López realizó un viaje por Europa y América, comisionado por la Corona. En el informe que realizó propuso la creación de cárceles modelo, de grandes dimensiones, en las que experimentar la reforma. Las cárceles modelo españolas tomaron como referente la planta radial de Cherry Hill. La más antigua es la provincial de Vitoria de 1859. Entre 1877 y 1884, se construyó la Modelo de Madrid, obra de Tomás Aranguren y entre 1887 y 1904 la de Barcelona, de Salvador Viñals y Domenech Espada. La prisión de Carabanchel, ya en pleno siglo XX, compartía la planta radial. Las prisiones modelo acabaron sucumbiendo al paso del tiempo. El modelo penitenciario de principios del XIX se volvió obsoleto, el hacinamiento y el crecimiento de las ciudades acabaron englobándolas en la trama urbana y convirtiéndolas en focos de marginación.

El otro régimen penitenciario, con origen en los Estados Unidos, se conoce como sistema Auburn, por el nombre de la prisión del estado de Nueva York en que se desarrolló. En palabras de Bouvier:

The New York system, adopted at Auburn, which was probably copied from the penitentiary at Ghent, in the Netherlands, called La Maison de Force, is founded on the system of isolation and separation, as well as that of Pennsylvania, but with this difference, that in the former the prisoners are confined to their separate cells during the night only; during the working hours in the day time they labor together in work shops appropriated to their use. They cat their meals together, but in such a manner as not to be able to speak with each other. Silence is also imposed upon them at their labor. They perform the labor of carpenters, blacksmiths, weavers, shoemakers, tailors, coopers, gardeners, wood sawyers, &c. The discipline of the prison is enforced by stripes, inflicted by the assistant keepers, on the backs of the prisoners, though this punishment is rarely exercised. The advantages of this plan are, that the convicts are in solitary confinement during the night; that their labor, by being joint, is more productive; that, inasmuch as a clergyman is employed to preach to the prisoners, the system affords an, opportunity for mental and moral improvements. Among the objections made to it are, that the prisoners have opportunities of communicating with each other, and of forming plans of escape, and when they are out of prison, of associating together in consequence of their previous acquaintance, to the detriment of those who wish to return to virtue, and to the danger of the public; that the discipline is degrading, and that it engenders bitter resentment in the mind of the convict.

Inspirado por los mismos principios ideológicos, vemos que el aislamiento no era tan estricto como el del sistema Pennsylvania. El trabajo comunitario durante el día es probablemente la mayor diferencia. La utilización de los penados como fuerza laboral, no sólo tenía como objetivo su reforma, sino también el sostenimiento económico del establecimiento.

Hasta 1821, el estado de Nueva York no había apostado por el sistema de prisión celular. El primer establecimiento penitenciario, Newgate (1797), tenía dormitorios comunitarios, con los consabidos problemas de motines y contagios. En 1821, se decidió adoptar el sistema Pennsylvania, de reclusión y aislamiento permanente, pero en 20 meses se comprobó que era alarmante el porcentaje de reclusos que enfermaban o enloquecían debido a las duras condiciones(14).

La prisión de Auburn, se terminó de construir en 1823. El diseño original fue hecho con celdas para dos reclusos, pero el primer alcaide, William Brtitten, decidió que sería más conveniente que fuesen individuales, de manera que tres años después de terminada la construcción pasó a funcionar en régimen de reclusión individual. Desde el punto de vista arquitectónico, la prisión de Auburn no supuso un modelo equiparable a lo que fue como régimen penitenciario. Más trascendencia y éxito, en el plano arquitectónico, tuvo la prisión de Sing-Sing, que se mandó construir en 1824 para la ciudad de Nueva York, ya que Auburn quedaba muy apartada de la ciudad. Sing-Sing se contruyó bajo la dirección del alcaide de Auburn Elan Lynds, con el trabajo de un centenar de reclusos. El modelo de prisión de Sing-Sing es muy simple, un edificio lineal, de cuatro pisos, con dos hileras de celdas opuestas en el centro de la galería. Los barracones y talleres para trabajos comunitarios se encuentran en edificios anejos.


El modelo de cárcel lineal se impuso en Estados Unidos, al contrario de lo que sucedió en Europa, donde como ya se ha expuesto, la planta radial de Cherry Hill gozó de mejor fortuna y más seguidores. El antecedente de la primera fue el Hospicio de San Miguel de Roma, mientras que el de la segunda fue la Maison de Force de Gante.

Conclusión

El lema de Louis Sullivan form follows function, y la variante de su discípulo Frank Lloyd Wirght form and function are one, se ponen de manifiesto claramente en la evolución de la tipología carcelaria a partir del siglo XVIII. Primero fueron las ideas, la Ilustración y su mirada humanitaria y racional ante el problema manifiesto de la desproporción de las penas a los delitos cometidos. Después, las distintas soluciones sobre una misma variante, la sustitución de los castigos físicos por la reclusión. De este cambio en el pensamiento se pasó a la arquitectura, una disciplina eminentemente práctica que debe dar respuesta a la sociedad en cada momento de su desarrollo.

Hemos visto como la prisión celular, basada en el correccional de Gante y el hospicio de San Miguel de Roma, se fue imponiendo como solución civilizada. En medio del camino, la creativa aportación conceptual de Bentham, que como suele suceder con los filósofos, tuvo mucha más trascendencia como idea que como modelo real. En el otro extremo, el de los resultados prácticos, los modelos de prisión radial y de corredor que desde los Estados Unidos se extendieron a todo el mundo.

La cárcel dejó de ser vista como un lugar en el que esconder el aspecto más terrible de la sociedad y pasó a convertirse en un laboratorio para la reforma y recuperación de los delincuentes. El proceso continúa, nuestro presente es deudor directo de ese puñado de pensadores y arquitectos que imaginaron un mundo en el que la venganza de las instituciones sobre el ciudadano no tuviese cabida.

NOTAS

1. En Inglaterra el número de delitos capitales rondaba los dos centenares, y se calcula que anualmente se llevaban a cabo unas ochocientas ejecuciones públicas. Fuente: Información sobre historia de la prisión en Univeristy of Wisconsin-La Crosse
2. BECCARIA, CESARE: "De los delitos y las penas". Traducción y aparato crítico de Francisco Tomás y Valiente. Ed. Orbis, Madrid, 1984.
3. BECCARIA, CESARE, Op. Cit. p. 72
4. BECCARIA, CESARE, Op. Cit. p. 52
5. La Sociedad John Howard de Canadá, http://www.johnhoward.ca/start.htm, una ONG de apoyo a los presos y sus familiares, proporciona abundante información sobre la vida y obra del pensador inglés.
6. La figura del correccional de Gante reproducida de United States Bureau of Prisons: "Handbook of Correctional Institution Design and Construction",
1949. Disponible en http://www.notfrisco.com/prisonhistory/origins/index.html

7. Se ha utilizado la edición de "The Panopticon Writings", p 29-95 Ed. Miran Bozovic, Londres 1995. Disponible en formato electrónico en http://cartome.org/panopticon2.htm
8. Fuentes: The Bentham Project Frequently Asked Questions; Kaschadt, Katrin: "On the Power of the Gaze",original alemán en "Das Panorama: dies Geschichte eines Massenmediums",Frankfurt 1980. Disponible en http://hosting.zkm.de/ctrlspace/e/texts/06?print-friendly=true. Este artículo explora la interesante relación entre el Panopticon y el Panorama, un invento del inglés Robert Barker de 1787, que consistía en una habitación circular para simular la representación de la vista de un paisaje.
9. FRAILE, PEDRO: "La Cárcel y la Ciudad: Montréal y Barcelona". http://www.ub.es/geocrit/frbcn.htm
10. GARCIA MELERO, JOSE ENRIQUE: "El Panóptico de Bentham en los proyectos de la Academia (1814-1844)". Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII, Hº del Arte, t. 13, 2000, págs 293-328.
11. ACUERDO DE 23 DE OCTUBRE DE 2001, DEL GOBIERNO DE LA GENERALIDAD, DE DECLARACIÓN DE BIEN CULTURAL DE INTERÉS NACIONAL, EN LA CATEGORÍA DE MONUMENTO HISTÓRICO, A FAVOR DE LA PRESÓ DE MATARÓ Y DE DELIMITACIÓN DE SU ENTORNO DE PROTECCIÓN. Disponible en http://noticias.juridicas.com/base_datos/CCAA/ca-r251001.html
12. BOUVIER, JOHN:"A LAW DICTIONARY ADAPTED TO THE CONSTITUTION AND LAWS OF THE UNITED STATES OF AMERICA AND OF THE SEVERAL STATES OF THE AMERICAN UNION", Philadelphia, 1856. Edición electrónica en http://www.jusbelli.com/bouvier1856_intro.html
13. JOHSTON, NORMAN: Pioneers in CriminologyHermann Mannheim (ed.), New Jersey, 1971. Este documento se encuentra en versión electrónica en www.EasternState.org, la fundación que se encarga del mantenimiento del edificio como monumento nacional, tras su cierre en 1971 y su progresiva ruina hasta finales de la década de los noventa.
14. Fuente: New York State Correctional Officer Information Page.

BIBLIOGRAFÍA

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United States Bureau of Prisons: "Handbook of Correctional Institution Design and Construction", 1949.



FOTOGRAFÍA: Grabado de Piranesi de la serie "Carceri d’invenzione



EL AUTOR

 

Javier García Algarra es ingeniero de telecomunicación y Licenciado en Geografía e Historia. Profesionalmente se dedica al desarrollo de sistemas. Doctor por la UNED en abril de 2012, con la tesis De Gran Vía al Distrito C. El patrimonio arquitectónico de Telefónica

algarra@tid.es

Curriculum de publicaciones del autor al final del artículo en FAH: 

ARQUITECTURA DE RECONSTRUCCIÓN EN BRUNETE (MADRID)

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