





Se muestran los artículos pertenecientes al tema Historia Moderna/ Europa y América.

A finales de 1789, el dr. José Pérez Calama, obispo electo de Quito, se dirigía hacia su nuevo destino, en su camino hacia el puerto de Acapulco se detuvo en la ciudad de México, donde asistió a la jura de Carlos IV y convivió con el arzobispo y el virrey de la Nueva España. Quedaban atrás los proyectos y problemas de la diócesis de Michoacán; se marchaba satisfecho de haber logrado una de sus finalidades, convertirse en prelado. El viaje no resultó muy agradable y su estado de salud se agravó; pero aún conservaba el anhelo por llegar a su nuevo destino y llevar a cabo los planes y proyectos que no pudo desarrollar en Michoacán.
Más tardó Pérez Calama en enterarse que había sido nombrado obispo, que en preparar su renuncia en cuanto conoció su nuevo destino. La pobreza de su obispado y la ignorancia de los curas eran su principal desilusión; además moralmente se sentía inhabilitado para reprender a los clérigos, debido a que en Quito conocían la Representación de 1786, en la que le acusaban de abuso de poder y mala conducta, prepotencia, soberbia y altivez, dominación sobre los eclesiásticos y sobre el mismo obispo, así como de las “locuras y atentados cometidas durante la crisis de 1785-1786”.[1] En el escrito que contenía su renuncia al obispado de Quito, después de 25 años en América, lo único que pedía era volver a España; se sentía burlado y engañado con su destinación a Quito, igual que los familiares que le acompañaban.[2] José Mariano Beristáin de Souza señala que, aceptada la renuncia, a Calama lo esperaban en España para darle la Abadía mitrada de la Real Colegiata de San Ildefonso de la Granja

Gloria Cristina Flórez
Universidad Nacional Mayor de San Marcos/ Perú
Consideramos necesario, en primer lugar, definir al sermón como “el discurso oral que se realiza dentro de un marco litúrgico o en una reunión de tipo religioso”.[1] Asimismo, reconocer que ha cumplido dos funciones fundamentales denominadas por Hervé Martin[2]: ortodoxia y ortopraxis. Esa palabra "de la boca de Dios", pronunciada en ámbitos variados a través del tiempo, sea en la iglesia - espacio sagrado- o en la plaza pública - espacio profano- agregó otra especificidad desde fines de la Edad Media: estar íntimamente ligada a funciones represivas y sobre todo "controladoras" del Estado Moderno.
El sermón es importante como texto escrito, aspecto fundamental para todo medievalista pero además es pronunciado por un predicador quien se dirige a una audiencia con el objeto de instruirla y exhortarla. El tema que trata está relacionado con la fe y emplea por lo general pero no necesariamente, un texto sagrado- no siempre bíblico- para explicar o desarrollar tópicos que pueden ser relevantes para quienes lo escuchan[3] como lo afirma Beverly Kienzle en su trabajo,
El sermón es un discurso desde el púlpito caracterizado por su solemnidad y por elaborarse siguiendo las normas de oratoria y retórica. Sirve de ayuda para la educación religiosa puesto que trata de temas, en muchos casos, como explicaremos de temas relevantes para los asistentes, y las variedades provienen gran parte del predicador.
Nuestro trabajo se interesa en los sermones predicados en los autos de Fe realizados en Lima los años 1605, 1625 y 1639. Sus autores son respectivamente Pedro Gutiérrez Flórez, Luis de Bilbao y José de Cisneros y su análisis nos permite completar la lectura de los procesos de los penitenciados de la época. Así, es posible insertar el mensaje de dichos predicadores dentro de lo que podríamos denominar "el espectáculo del sufrimiento" [4] ofrecido por el Santo Oficio a la sociedad limeña.
No obstante, es interesante también tener en cuenta que estos sermones cumplen plenamente con los requisitos señalados por Kienzle en la obra antes cit

Carlos Barros
Universidad de Santiago de Compostela/ España
¿Por qué una revuelta social estalla en determinado momento y lugar?
La historiografía de las revoluciones y los movimientos sociales de los años 60 y 70 fue incapaz de responder a esta pregunta, que muchas veces ni siquiera se planteó. La subordinación de la coyuntura a la estructura, de la mentalidad a la economía, de la lucha de clases al desarrollo de las fuerzas productivas, condujeron a una grave incomprensión del papel del sujeto histórico y de sus complejas relaciones con los procesos materiales de la historia. Por lo cual, una gran parte de aquellos trabajos, adquirieron un carácter puramente descriptivo, renunciando de antemano a relacionar el acontecimiento de la revuelta con las instancias más objetivas de la evolución histórica.
La historia social inglesa de Past and Present -así como la importante historiografía francesa de la revolución de 1789- sentó algunas bases para superar este grave déficit de investigación e interpretación, pero su irradiación fue débil y llegó demasiado tarde -a finales de los años 70[1]- cuando ya la historiografía occidental más innovadora se alejaba de los conflictos y las revueltas sociales como temas de investigación.
Desde los años 90 se recuperan[2], con perspectivas metodológicas diversas, los movimientos sociales como objeto de investigación a consecuencia, junto con otros factores, del retorno del sujeto histórico desde 1989 en Europa y América. Este nuevo y acelerado ciclo de grandes movilizaciones sociales ha cambiado de signo, a lo largo de la última década del siglo XX. Entre la caída del muro de Berlín en favor de la democracia y la economía de mercado, y la manifestación de Seattle contra el neoliberalismo en diciembre de 1999, muchas cosas han cambiado.

Marina Alfonso Mola / Carlos Martínez Shaw
Universidad Nacional de Educación a Distancia.UNED/España
A través del estudio de las proclamaciones de Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, las corridas de toros aparecen en el Quito del siglo XVIII como un ingrediente imprescindible de las fiestas reales y como una diversión profundamente arraigada entre el conjunto de la población. Las corridas parecen pervivir bajo la modalidad del viejo juego caballeresco, con el ritual muy formalizado y el espacio bien definido, sin que haga su aparición la figura del torero profesional, pero sin que pueda descartarse alguna suerte de toreo a pie y algunos otros juegos más populares, modalidades sobre las que las fuentes guardan silencio.
The study of the royal proclamations of Philip V, Louis I, Ferdinand VI, Charles III and Charles IV shows bullfighting in Quito in the XVIIIth century as an essential ingredient of royal feasts and an amusement deeply rooted in the population as a whole. The corridas (bullfights) seem to survive under the form of the old aristocratic game, with a very formalized ritual and a well defined room and without the participation of any professional torero (bullfighter). But we cannot discard some sort of on-foot bullfighting and some other more popular games, forms that are not mentioned by sources.
A nuestros amigos de Quito.
Es bien sabido que en la España del Antiguo Régimen las fiestas reales llevaban normalmente aparejadas corridas de toros. Durante la época de los Austrias, la lidia consistió en un toreo a la jineta practicado por las clases privilegiadas que se celebraba en espacios habilitados en el ámbito urbano y que constituía un espectáculo en el que los grupos populares actuaban como meros espectadores o servidores. El siglo XVIII fue un periodo de transición en que la fiesta caballeresca dio paso a otro tipo de espectáculo, con una mayor participación de las clases populares en el encierro y en la propia lidia, que, tras un momento de desconcierto caracterizado por el "desord

Richard Chuhue Huaman
Universidad de San Marcos/ Perú
La Pobreza así como su natural consecuencia: los desamparados, han estado presentes en todo momento histórico y en toda sociedad. En esta ocasión nos toca hacer referencia a una institución que fue establecida en Lima a fines del siglo XVI y cuyo funcionamiento y desarrollo asistencial hacia uno de los sectores por lo general mas propensos a sentir los efectos del abandono y desprotección, se vio marcado por los diversos vaivenes económicos, sociales y culturales a través de su devenir histórico. La experiencia que se acumulo en dicho centro a través de todo el proceso virreinal fue desechada y su ejemplo prácticamente quedo nulo al llegar la Republica. Una muestra de lo que no debe suceder con programas que son descartados por los gobernantes de turno por el solo hecho de haber sido efectuados por administraciones o regímenes contrarios en ideologías o en manejo político a los suyos. Pasemos a observar el desarrollo de esta institución.
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Lourdes Amigo Vázquez
Universidad de Valladolid
Aquella mañana de verano del 27 de agosto de 1692, la Plaza Mayor de Valladolid era un hervidero de gente y de pasiones[1]. Sólo dos acontecimientos congregaban tanto público en su contorno, ambos tenían olor a sangre y el dolor como sonido, pero de muy distinto signo: los autos de fe y las fiestas de toros. En esta ocasión, era una corrida la que “servía de descarga a la vez que satisfacía simbólicamente la necesidad de sacrificio”[2] de la sociedad violenta pero también festiva de la Época Moderna.
A las diez había comenzado la primera parte del festejo, la menos estructurada y oficial ya que la fiesta por antonomasia se celebraba por la tarde, cuando las distintas instituciones urbanas, con todo su lustre y dignidad, ocupaban los lugares privilegiados del coso para ver y ser vistos. En estos momentos, excepto el Regimiento, su organizador, los miembros del resto de las corporaciones sólo se hallaban como particulares. Los alcaldes del crimen y algunos oidores se encontraban, así, en los balcones del consistorio.
Pero la diversión iba a ser abruptamente interrumpida. Antes de comenzar la función, debido a lo
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En el verano de 1748 cuando el embajador español en la corte francesa, Jaime Masones de Lima[1], todavía estaba negociando los últimos flecos de la Paz de Aquisgrán, tras la firma de los preliminares en junio, arreciaron los ataques de los corsarios argelinos contra los mercantes españoles, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico. Era un momento en que, con el tratado de paz que finalmente se firmó en octubre de ese mismo año, España iniciaba un periodo de neutralidad declarada con las potencias europeas que le iba a permitir llevar a cabo el objetivo prioritario de recuperación nacional, según el proyecto pacifista del secretario de Estado José de Carvajal[2], que Fernando VI apoyó de forma decidida[3]. Carvajal pretendió mantener la paz con las potencias europeas por encima de todo, basándose en unas ilusorias buenas relaciones familiares entre las casas reinantes y una activa y conciliadora diplomacia. Tras la decepción sufrida por la indefensión de los intereses españoles, que había hecho Francia en las negociaciones del Tratado de Paz, esperaba con optimismo, que mediante la neutralidad declarada, España pudiera distanciarse políticamente de Francia, al tiempo que llevaba a cabo un acercamiento a Inglaterra, Portugal y Austria.
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Lourdes Amigo Vázquez
Universidad de Valladolid/España
En el Acuerdo General celebrado el 20 de abril de 1671, por el Presidente y oidores de la Real Chancillería de Valladolid, fue preciso dar un auto respecto a lo sucedido cuatro días antes[1]. La tarde del 16, día de Santo Toribio, la ciudad había sido azotada por una terrible tempestad. Poco después de concluido el Acuerdo
... (... continúa)...se oyó el último trueno, que fue tremendísimo, y, a un tiempo, se entró, en la sala donde asisten los días de Acuerdo los relatores y escribanos de cámara, una zentella o rayo y maltrató a tres relatores y un scribano de cámara; y, al mismo tiempo, en la sala donde están los papeles del rexistro, se bio un resplandor; y, en ambas las dichas salas, pasado lo referido, quedó un muy mal olor como de azufre. Y, ansimismo, a el dicho tiempo, se vio como entró, por la puerta de la galería que mira al corredor de fuera, un globo de fuego, de que se vio el resplandor en la sala del Acuerdo, y, en el aposento donde asiste la barrendera de Chancillería, teniendo en dicho aposento dos criaturas pequeñas y estando tamvién con dicha barrendera una muger que ayudaba en su ministerio, se entró dicha zentella en dicho aposento, de que r

Marina Alfonso Mola
Universidad Nacional de Educación a Distancia.UNED/España
En estos últimos años del fin del milenio ha arraigado con fuerza la moda de centrar cada año las corrientes de investigación en la celebración de los centenarios ya sea para conmemorar el descubrimiento de América o la pérdida del imperio de Ultramar, el desastre de la Invencible, la emancipación de las Provincias Unidas, la muerte o el nacimiento de un monarca (Felipe II, Carlos V), de un pintor (Velázquez), de un literato (Calderón) ... Y así, en este año 2000, no me he podido mantener al margen de la intoxicación de esta fiebre de fechas míticas y con motivo de la instauración de la dinastía de los Borbones me he dejado seducir por la figura de Felipe V, de modo que al ser invitada a participar en un Congreso que expandía sus horizontes hasta América no tuve dudas para elegir la temática, que debía girar en torno a las celebraciones festivas por la entronización del nuevo monarca, de modo que pudiese plantear el poder de la representación y la representación del poder del rey distante en la América virreinal a través de las fiestas de proclamación llevadas a cabo en algunos de los principales núcleos urbanos de los reinos de Indias, así como las semejanzas con el cortejo, ritual y programa iconográfico de los festejos organizados en los otros reinos de la Monarquía hispánica sin olvidar los rasgos distintivos americanos[1].
Si bien la oportunidad del tema se justificaría por la sola conmemoración de la efemérides, una rápida ojeada
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En la historia de México el mar y sus costas han jugado un papel importante en la vinculación de este territorio con el resto del mundo. Hombres, mercancías, conocimientos, enfermedades y hasta guerras ingresaron a tierras americanas través de sus playas a partir del periodo colonial. Son abundantes los estudios que se refieren a transacciones comerciales transoceánicas, pero los trabajos relativos a faenas marítimas y costeras de la Nueva España no lo son.[1]
Los temas marítimos y navieros generalmente han sido estudiados de manera parcial y como complemento de la historia nacional; los trabajos que llegan a referirse a ellos, llegan a relacionar a los litorales con aspectos que afectaron al interior del territorio como el comercio, las epidemias, los movimientos migratorios o las invasiones.[2] También se ha estudiado mucho la historia social de los grandes comerciantes marítimos, pero poco se ha hecho por los temas que se refieren a los trabajadores de los puertos como los marineros, estibadores, grumetes, calafates, herreros, etc.[3]
Para conocer la vida laboral en los puertos novohispanos son útiles las narraciones hechas por algunos viajeros que transitaron por el reino. Ya fuera con fines religiosos, exploratorios, científicos, administrativos, accidentales o culturales, las crónicas de viajeros recrean y describen la vida que se llevaba en esos lugares y muestran las transformaciones sufridas a lo largo del periodo colonial. Su
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Margarita Álvarez MartínLa legendaria espada del Cid, la de ese mítico y excepcional personaje histórico, fue el regalo otorgado por el rey don Fernando a Pierres de Peralta, condestable de Navarra, por su contribución en el casamiento con Isabel.
Una boda que puede parecernos una historia romántica, pero en aquella época el amor no se contemplaba en el casamiento de futuros herederos de reinos, la clave era ver lo que podía aportar el elegido en beneficio propio. Isabel era la sucesora al trono de Castilla, así lo habían estipulado tras el acuerdo llevado a cabo en la Venta de los Toros de Guisando, donde ella reconocía la autoridad real de su hermanastro el rey y él, fuera por temor o presión de una facción de la nobleza descontenta, la reconoce a ella como su heredera, anteponiéndola a su hija Juana.
Por lo tanto, era de vital importancia buscarle un ventajoso marido que sirviera para engrandecer el reino castellano. Los pretendientes elegidos por el rey fueron: el duque de Gloucester, un hermano del rey de Inglaterra y futuro Ricardo III. Alfonso V, rey de Portugal. Y Don Carlos, duque de Berri y de Guyena, hermano del rey de Francia y de momento su heredero. En la sombra un cuarto reino estaba interesado en unirse al castellano era el vecino aragonés, con su heredero al trono el príncipe don Fernando. Quién le iba a decir entonces a la princesa que el primer pretendiente que le buscaron siendo ella todavía infanta iba a ser el que se convertiría después de tantos avatares en el elegido.
La apuesta de los nobles castellanos sobre el futuro marido de la princesa contaba con posturas opuestas. Pero el bando que apoyaba al aragoné
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Lourdes Amigo Vázquez
Universidad de Valladolid/ España

Marina Alfonso Mola
Universidad Nacional de Educación a Distancia.UNED/España
La política reformista del Despotismo Ilustrado vinculó la recuperación de la economía española a la reactivación del comercio ultramarino, tal y como preconizaban los teóricos del mercantilismo tardío que le sirvieron de inspiración. De ahí que apenas acabada la Guerra de Sucesión, los ministros de Felipe V adoptaran una serie de medidas para reorganizar un sector profundamente deprimido y desarticulado.
Ahora bien, por esta misma razón, antes de abordar la política reformista llevada a cabo en el ámbito del tráfico colonial, es conveniente trazar un somero panorama de la situación de partida. Una vez realizado el descubrimiento de América y comenzado el asentamiento de españoles en los primeros enclaves caribeños y centroamericanos como consecuencia de los viajes de exploración y la constatación de la existencia de oro y plata en las tierras recién halladas, los Reyes Católicos se vieron en la necesidad de organizar una línea comercial que uniera los reinos hispanos con el Nuevo Mundo: la Carrera de Indias[1]. Después de un período de vacilaciones, se adoptaron una serie de decisiones inspiradas por el naciente mercantilismo, que incluían la reserva del monopolio del comercio con las Indias a los súbditos españoles de los monarcas (fundamentado en las bulas alejandrinas de 1493 y el tratado de Tordesillas de 1494, que declaraban los derechos de la Monarquía Hispánica a la explotación del Nuevo Mundo
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María Dolores Herrero Gil
Universidad de Sevilla, España
Algunas notas sobre el personaje
Y en su casa se encuentra un escudo grabado en piedra con quatro cuarteles. El principal de la derecha se compone de una torre puesta sobre peñas y empinantes a cada lado de hellas un tigre contramirándose, por el apellido Llano. En el cuartel de la izquierda cuatro bandas por San Ginés. En el de la derecha abajo, esculpidas cinco flores de lis por Arce y en el bajo a la izquierda un escudo que le atraviesa una banda metida por sus extremos en las bocas de dos cabezas de serpientes por Somiano. El escudo está rodeado por una orla y en ella varios castilletes o jaqueles…[1]
Francisco de Llano San Ginés fue bautizado el 4 de octubre de 1732, en el concejo de San Pedro de Galdames, Vizcaya. Sus padres, Lucas de Llano y Arce y Catalina San Ginés Somiano, tuvieron de su matrimonio tres hijos varones y dos hembras. María Vicenta, de la que no tenemos ninguna noticia, y Micalea, que muri&oac
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Lourdes Amigo Vázquez(*)
Universidad de Valladolid/ España
“Tiene después desto Valladolid muchas processiones devotas (...); señaladamente la del Corpus Christi se haze con tanta solemnidad, con tantos autos y fiestas, con tanto aparato de carros y de las demás cosas, que no se hace mejor ni en Sevilla, ni en Toledo, y no sé también si se considera por parte desta fiesta el lugar y calles por donde anda”[1].
En el último tercio del siglo XVI, el poeta Dámaso de Frías, en su Diálogo en alabança de Valladolid, no podía dejar de destacar, en un tono ciertamente hiperbólico, la magnificencia que por aquel entonces tenía la fiesta del Corpus.
Casi dos siglos después, la semblanza de la festividad del Santísimo es bien diferente. Basta con fijarnos en el Reglamento de Propios y Arbitrios. Se establecen sólo 3.000 rs. para su financiación[2], que contrastan con los no menos de 800 ducados de finales del XVI, después de dos siglos de inflación galopante. Si bien con aires ilustrados de contención de los gastos municipales, el Reglamento de 1768 plasma lo que venía sucediendo en la fiesta del Corpus desde tiempo atrás: su irremediable atonía.
Me voy a detener en la época que constituyó la plenitud efímera de la celebración sacramental en la ciudad del Pisuerga: la primera mitad del XVII. “Valladolid fue u
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