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Lourdes Amigo Vázquez
Universidad de Valladolid

 

 

Todo estaba preparado en la Plaza Mayor vallisoletana, la mañana del 29 de diciembre de 1802, para ser escenario de uno de los espectáculos multitudinarios del Antiguo Régimen: una ejecución pública. El soldado Mariano Coronado había sido condenado a la horca por la autoridad militar. El capellán del Regimiento de Voluntarios fue el encargado de reconfortar su alma. Tampoco faltaron los cofrades de la Pasión, que acompañaron al reo hasta el suplicio y dispondrían su sepultura.

 Ya en la Plaza, pusieron al reo bajo la bandera y le leyeron la sentencia. Después llegó al pie del suplicio donde se reconcilió. Subió al cadalso, el ejecutor le echó dos dogales y el condenado le dijo que esperara un poco, que tenía que hablar. Mandó que le rezaran dos Salves y un Credo. Cuando rezaba el capellán el Credo, el verdugo, siguiendo su oficio, se arrojó con el reo e inmediatamente su hijo le agarró por los pies. Al cuarto de hora, el clérigo mandó que se le bajara del cadalso y se lo entregó a la cofradía, para que organizase el entierro. Entonces tuvo lugar un hecho extraordinario:

“Cojió la caridad a el reo y le puso en el sitio que acostumbra para desde allí formar su entierro. Y a corto rato que allí se allaba quando enpezó la gente que el aorcado estaba bibo, a lo que fue tanto el concurso de gente que se juntó, que tuvo por pronta providencia la cofradía meterle en su sala”.

 

 Refugiado en la iglesia de la cofradía, ésta le asistió hasta su restablecimiento, a la vez que envió dos comisionados para dar la noticia de lo acaecido al Capitán General que se encontraba en La Espina. Nada menos que lograrían el perdón del reo[1].

 Un lúgubre ceremonial que se repetía con demasiada frecuencia, había sido abruptamente interrumpido. La cofradía de la Pasión, acostumbrada a amortajar y dar sepultura a aquellos marginados, esta vez había cambiado su cometido.

 El auxilio prestado por esta cofradía a los condenados a muerte, incluidos los relajados de la Inquisición, es el objeto del presente trabajo. El Antiguo Régimen constituirá nuestro ámbito cronológico, aunque por las “tiranía” de las fuentes nos detenernos principalmente en el siglo XVIII y principios del XIX[2]. Aquella sociedad regida por lo sacro llenaba de contenido tanto el fenómeno cofrade, como las prácticas de caridad. Los condenados a la pena máxima no podían quedar desasistidos en el momento más trascendental de la vida, el de su fin.

 La muerte, la obsesión por la salvación, la caridad y las cofradías, fruto de una sociedad sacralizada, conformarán parte de los parámetros de este estudio. La Justicia, el pecado, el crimen y su represión, así como los condenados a muerte, serán sus otros ingredientes, propios de aquella sociedad, también violenta, jerárquica y desigual, que encontraba gran parte de su justificación en el Más Allá.



No todo era Semana Santa para los cofrades de la Pasión


 El informe elaborado sobre las cofradías vallisoletanas por el intendente Ángel Bustamante en 1773, es fiel reflejo del pensamiento ilustrado, crítico con estas asociaciones de carácter religioso[3]. Sobre todo arremete contra “estos cinco cuerpos tan monstruosos” que eran las penitenciales. Ataca los “excesos” en las procesiones de Semana Santa, que “se han cometido en pública escena de escándalo y abominazión”, así como los dispendios de los cofrades. A su vez, “aunque fueron fundadas en calidad de hospitales (...) y que sus cofrades se empleaban en obras de caridad con los próximos”, todas menos una habían abandonado tales actividades.

“Sólo la cofradía de Nuestra Señora de la Pasión se exercita en pedir limosnas por los difuntos ajusticiados, hacer bien y decir misas por sus almas, acompañar procesionalmente hasta el suplicio a estos reos y darles sepultura sagrada (...); y cada un año celebra en la dominica de Ramos, en el convento de San Francisco, una función general de ánimas por los dichos difuntos ajusticiados[4]”.

 

 Pese a reconocer la labor benéfico-asistencial de la Pasión, defiende sobre todo la pervivencia de la cofradía de la Cruz, que debería celebrar una procesión en la Semana Santa y otra en la Invención de la Cruz. Esta cofradía era la más antigua y posiblemente la que realizara mayores actividades de culto. Además, de acuerdo a los parámetros ilustrados, es de suponer que abogaba por una beneficencia controlada por el Estado. No en balde, en 1785 tendría lugar en Valladolid la supresión de 70 cofradías, en su mayoría gremiales y asistenciales, para ayudar a financiar la recién creada Casa de Misericordia. Sobrevivirían al menos 51, entre ellas las denostadas penitenciales[5].

En definitiva, las procesiones de Semana Santa continuarían sumergidas en su larga etapa de decadencia iniciada a mediados del XVIII[6]. También la cofradía de la Pasión seguiría desplegando sus actividades de piedad con los condenados a muerte, hasta las primeras décadas del pasado siglo. Sin embargo, a medida que avance el XVIII y principios del XIX se incrementarán sus problemas para hacer frente a esta obra de caridad. La crisis de la propia cofradía sería una de las causas, pero también incidirían el aumento de los ajusticiamientos y las dificultades para encontrar un lugar donde enterrar sus cadáveres debido a los nuevos parámetros ilustrados sobre los cementerios.

Desde nuestra mentalidad del siglo XXI no podemos dejar de sorprendernos del tremendo contraste entre las dos principales facetas de la cofradía, que respondían a un mismo principio: la religiosidad colectiva. Por un lado se esmeraba en sus actividades asistenciales. Por otro, en sus fiestas religiosas, tanto la Semana Santa, sus celebraciones el día de San Juan Degollado (29 de agosto) y extraordinarias, como en 1707, cuando se colocó el Santísimo Sacramento en su iglesia, para ayuda de la parroquia de San Lorenzo a la que pertenecía[7].

Como señala en 1833, “el principal instituto de esta cofradía se a reducido por el vien del alma de los pobres que desgraciadamente son sentenciados a sufrir la última pena”[8]. En sus comienzos, en el siglo XVI, sus funciones asistenciales para con los otros, la llamada “caridad externa” que superaba el círculo de los cofrades, había sido más variada[9]. Así, disponía entonces de un hospital.

En su primera regla, confirmada por el ordinario eclesiástico en 1540, se señala el año de su creación, en 1531, “por ciertos buenos hombres de la collación de Señor Santiago de esta noble villa de Valladolid”. Se trataba de la segunda cofradía penitencial en antigüedad, con una importante presencia de los artistas, pintores y escultores, en sus comienzos. Su principal finalidad era celebrar la pasión de Cristo, saliendo en procesión con disciplinantes la noche del Viernes Santo y desde finales del siglo XVI-principios del XVII el Jueves de la Cena. Para sus labores de culto disponía del humilladero del Cristo de la Pasión, fuera del Puente Mayor. A su vez, contaba con una iglesia inaugurada en 1581, que todavía se conserva aunque ya no propiedad de la cofradía, donde se veneraba a su imagen titular, Nuestra Señora de la Pasión[10] (Imagen nº 1).

 No conservamos la primera regla de la cofradía, pero sí conocemos algunos de sus capítulos, que hacen referencia a estas funciones asistenciales:

“Yten, que el Jueves de la Cena se bistan doce niños y una niña (...). Yten hordenamos y mandamos que dende el día de San Miguel hasta el día de Pascua de Flores, dos cofrades cada noche tengan cargo de buscar los niños que andan perdidos por las calles y tabernas y bodegones y los traigan a dormir a las casas de nuestro ospital”[11].

 

 Ángel Bustamante se refiere a su Regla aprobada en 1575. El número de cofrades debía de ser de sesenta y cincuenta mujeres, ya viudas ya casadas, aunque se multiplicaría posteriormente. Menciona las labores de caridad ya señaladas y recoge la obligación de sus cofrades “a andar los cuatro meses del año, noviembre, diciembre, enero y febrero, buscando los pobres enfermos por las calles y recojiéndoles en su casa hospital”. También sus compromisos con los condenados a muerte:

“Que quando se huviese de sacar algún hombre o muger condenado a muerte de las cárzeles de esta ciudad, asistiese la referida cofradía en prozesión con quatro clérigos y cirios encendidos, acompañando al reo hasta su suplicio, poniéndole antes vestidura negra y en ella las insignias de la Pasión”.

 

 Como apunta Manuel Canesi, “historiador” local del XVIII, también se ocupaba de recoger a los muertos en los caminos y a los ahogados en el río[12]. A su vez, se dedicaba a los presos en general. En sus comienzos eran frecuentes los presos pobres que enterraba y cumplía una memoria, fundada por Juana de Ochoa, para decir una misa en la cárcel real el día de San Pedro y sacar presos pobres que estuvieran por deudas[13].

Poco a poco la cofradía se fue especializando en los ajusticiados y dejando sus otras labores[14]. A falta de la regla primitiva y de los primeros libros de la cofradía, la primera noticia que tenemos sobre su atención a estos marginados es de junio de 1553, cuando figura la entrega al mayordomo de “ropas de los ajusticiados”[15]. En 1576 tuvo lugar un hecho que confirmaba y fortalecía su labor con los reos: la agregación a la cofradía de San Juan Degollado, sita en Roma, y especialmente dedicada a la asistencia a los ajusticiados. Dispuso desde entonces de sus mismas bulas e indulgencias y también como su patrono a San Juan Degollado[16]. Años antes, en 1568 el Santo Oficio concedió permiso a la cofradía para asistir a los autos de fe[17]. De 1578 es la primera noticia sobre el entierro de los cuartos de los ajusticiados puestos en los caminos[18]. Ese mismo año se estipula cómo se ha de pedir limosna por los reos condenados a muerte[19].

 Para la llevar a cabo sus labores de culto y beneficencia, como señala Ángel Bustamante, la Pasión no tenía “rentas algunas”. Su financiación era fundamentalmente a través de la contribución de los cofrades, la petición de limosnas y los entierros de particulares a los que asistía. La especialización en los ajusticiados provocaría, al menos desde fines del XVIII, que sus cuentas se llevaran aparte y ya en 1812 disponemos de la primera noticia sobre comisarios de reos, encargados de su entierro[20].

Durante la Edad Moderna, una de las vivencias claves de la religiosidad popular era la cofradía, el cauce asociativo más generalizado, con multitud de implicaciones también en el ámbito asistencial, laboral y festivo. En esta ocasión nos interesa subrayar su carácter benéfico-asistencial. “Las cofradías constituían una respuesta defensiva no sólo contra los ataques de la fe (...) sino también contra el hambre, la enfermedad y la muerte, personajes demasiado familiares para las gentes de aquellas centurias pero no por ello menos temidos”, ha señalado Alberto Marcos Martín[21].

Siguiendo a este autor, no fue la Iglesia, como institución, la principal fuente de la caridad, más bien los particulares, a través de las limosnas y mandas testamentarias o las instituciones de caridad. Entre éstas últimas, jugaron un papel fundamental las cofradías. No obstante, la Iglesia sí tuvo un protagonismo esencial en la creación y reproducción de una determinada concepción de la pobreza y la asistencia social: el pobre como imagen de Cristo, a quien se debía de socorrer a cambio de su intercesión para alcanzar la salvación. También a la hora de justificar la desigual distribución de la riqueza y el dominio de los privilegiados, en una sociedad jerárquica y desigual[22].

La caridad era un mecanismo para tratar de contrarrestar aquella terrible y extendida realidad que era la miseria, pero también, sin duda, una práctica que permitía a los poderosos no sólo lograr la salvación, sino la contención de las masas hambrientas y un afianzamiento de su dominio social por su carácter paternalista para con el pueblo[23]. Pese a estas dos caras, en este trabajo no podemos dejar de inclinarnos por la más amable, especialmente respecto a la labor de la cofradía con los condenados por la justicia real. Durante siglos, como otras cofradías en distintos lugares, la de la Pasión se esmeró por dar consuelo material y espiritual a aquellos pobres marginados, a la vez que procurar su entierro digno y la salvación de su alma[24]. Prácticas que se encuadraban dentro de la mentalidad de la época y que servían para “fijar esa deseable tranquilidad de conciencia social”[25], pero que no resta mérito a quienes se encargaron de realizarlas.

 

 

 

La vertiente piadosa de una muerte sentenciada. La asistencia del reo hasta su fallecimiento

 

 

                                                          

 

 

La ejecución de la pena de muerte en el Antiguo Régimen estaba definida en gran medida por su carácter de ceremonia pública. “La teatralización y solemnidad en su administración no eran sino elementos reforzadores de la imagen triunfante de la justicia, vencedora de los transgresores del orden establecido”[26].

“Existía una preocupación colectiva por la muerte, y más por la espectacular (...) Muchos espectadores eran atraídos por la “diversión y la fiesta”, pero también movidos por la caridad cristiana”[27]. Se trataba de un espectáculo que adquiría tintes festivos, en una sociedad acostumbrada a la muerte e inclinada al regocijo y a la violencia[28].

 La Justicia Penal de la Monarquía Absoluta se definía por su carácter desigual, como jerárquica era la sociedad, condenatorio, no existía la presunción de inocencia, y práctico en cuanto a las sentencias. Junto a las penas pecuniarias y de cárcel menor, había sentencias mucho más severas y crueles, a través de la privación de libertad, en forma de trabajo forzado o de servicio militar, en el caso de los hombres, y reclusión en la cárcel –la Galera-, para las mujeres, acompañadas ocasionalmente con penas de tipo corporal –azotes, vergüenza pública... La pena capital, que restaba brazos para las galeras, los arsenales o las minas, se reservaba a unos pocos, en rituales que buscaban subrayar el carácter ejemplificante e intimidatorio del castigo. Delitos de lesa majestad, homicidios, homosexualidad, bestialidad y algunos delitos contra la propiedad, como robos sacrílegos, en caminos y el bandidaje eran castigados con la muerte[29]. Similares parámetros regían para el Tribunal de la Inquisición, de naturaleza mixta –jurisdicción real y eclesiástica-, que restringía los relajados a las herejías más graves[30].

 En estos términos, los alcaldes del crimen ordenaban al alguacil mayor, alguaciles de corte y de ciudad, la ejecución con garrote de Juan Celestino Cortés, de Moratilla (Guadalajara), por robo y asesinato, en 1793:

“Atado de pies y manos, cavallero en mula enlutada, bestido con túnica negra, capud y soga de esparto a la garganta, le lleveis con pregonero delante que publique su delito por las calles públicas y acostumbradas de esta ciudad, hasta llegar a la Plaza Mayor de ella, en donde y sitio acostumbrado, estará puesto un tabladillo, y en él por el executor de la justicia se le será dado garrote hasta que naturalmente muera, y hecho, ninguna persona sea osada a bajarle de dicho sitio sin nuestra licencia, pena de muerte”[31].

 

 La liturgia de la pena capital se repetía con demasiada frecuencia en Valladolid, lo que puede ayudar a explicar que la cofradía de la Pasión tuviera que dejar sus otros menesteres asistenciales. Valladolid era sede de los tribunales de la Inquisición y de la Chancillería, con sus alcaldes del crimen, con amplios distritos de acción y con la capacidad de imponer y ejecutar la pena de muerte[32].

Centrándonos en el XVIII, los datos hablan por sí mismos. En su primera mitad, la Inquisición recuperó parte de su antiguo vigor, sobre todo por la persecución de los judíos portugueses. Fueron 48 los relajados (8 de ellos en estatua), todos por judaizantes, excepto 2 alumbrados (uno en estatua)[33].

Desde 1725 hasta 1800, la Justicia real ordinaria ejecutó, preferentemente en la horca, al menos a 142 personas (Gráficos nº 1 y 2), entre ellas sólo seis mujeres. Parece que a medida que avanzó el siglo tendió a aumentar el número de ejecuciones[34]. Las noticias aportadas por la cofradía reflejan esta misma realidad. El 20 de julio de 1767 debían ser enterrados dos hombres y una mujer en la parroquia de San Nicolás y la cofradía solicitó al sacerdote la reducción de los derechos parroquiales, “representando la poca limosna que ya se sacaba, por razón de lo frequente que avía sido de algunos tiempos a esta parte el sacar reos a público castigo, y que la cofradía se hallaba bastante atrasada y muchos los gastos que se la ofrezían en semejantes ocasiones”[35].

 Tres era los escenarios de las ejecuciones en el Valladolid del XVIII. Los parricidas –asesinos de un familiar directo-, condenados al garrote y a ser encubados en el río eran ajusticiados en el capillo de San Nicolás, al lado del Pisuerga[36]. Los nobles e hidalgos recibían garrote en la Plaza Mayor, aunque fueran parricidas. En el mismo escenario eran ahorcados, muerte mucho más vil, los del pueblo llano. Estos últimos, en numerosas ocasiones eran descuartizados, colocándose los “trozos” del cadáver en las cuatro puertas de la ciudad, para dejar testimonio del delito y de su represión. Por último, en el Campo Grande, a las afueras de la urbe, ardían las hogueras de la Inquisición desde su establecimiento en la ciudad del Pisuerga, que se apagarían definitivamente en 1745 (Mapa nº 1).

Las cifras de ejecuciones se dispararían en los 33 primeros años del siglo XIX (Gráfico nº 1). La asunción de la Presidencia de la Chancillería por el Capitán General de Castilla la Vieja, a finales de 1800, incrementaría los sentenciados, con los reos militares. La crisis del Antiguo Régimen y su inestabilidad social y política, con la Invasión Francesa, la represión subsiguiente a los colaboracionistas, el Trienio Liberal y la vuelta al Absolutismo, también provocaría su aumento, por delitos comunes pero especialmente por motivos políticos, siendo muchos reos fusilados[37]. Así, nos encontramos al menos con 181 ajusticiados (siete mujeres) a los que asistió la cofradía.

 Durante la Invasión Francesa, la horca sería sustituida por el garrote, método más “humanitario”, a la vez que las ejecuciones perderían parte de su publicidad, al celebrarse muchas en el Campo Grande. Lo mismo sucedería en el Trienio Liberal[38]. En 1832 tuvo lugar la ansiada abolición de la pena de horca[39]. Por último, las ejecuciones como espectáculo público desaparecerían con el avance de la centuria decimonónica así como el descuartizamiento.

 En palabras de Máximo García, “la muerte con mayúsculas y sobre todo la propia, se convertía en la preocupación permanente del castellano, en el fin último de su existencia, en la guía rectora de sus pautas de conducta y en el condicionante de su vida”. Lo importante no era tanto la muerte en sí como el mundo que se abría a continuación “para el que fue creado”[40]. Si los ideales religiosos marcaban los comportamientos cotidianos en el Antiguo Régimen, todo era mucho más claro cuando la muerte anunciaba su llegada. Más que el bien vivir importaba el bien morir: en la cama, acompañado, asistido por el sacerdote y con el testamento hecho. La situación del sentenciado a la pena capital no era la más idónea, pero también debía prepararse para este trance. En Valladolid, la obsesión por tratar de lograr su salvación procedería tanto del reo, de los eclesiásticos que le asistían y de los cofrades de la Pasión.

 El 4 de octubre de 1824, Francisco Longedo, de 55 años, natural de Asturias, hizo testamento. No en vano estaba seguro de su fin. Se encontraba “en la Real Cárcel de esta ciudad y puesto en capilla, para sufrir en el día de mañana la pena de horca a que e sido condenado por la Comisión Militar Egecutiva Permanente de Castilla la Vieja”, como “reo de ambas magestades”[41]. Veamos las últimas voluntades por su alma:

“Creyendo como firmemente creo en el Misterio de la Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espíritu Santo, y en todo lo demás que tiene, cree y confiesa Nuestra Santa Madre Yglesia, Católica, Apostólica, Romana, vajo cuia fe y creencia e vivido y protesto vibir y morir como católico cristiano, deseando tener arreglados mis asuntos para quando llegue la muerte, tomando como tomo por mi intercesora y abogada a la serenísima Reyna del Cielo, Ángel de mi Guarda, Santo de mi nombre y demás de la Corte Celestial para que intercedan con su Dibina Magestad a fin de que me perdome mis culpas y pecados y ponga mi alma en carrera de salbación, hago y ordeno mi testamento en esta forma. Primeramente encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor, que la redimió con el precioso tesoro de su sangre, y el cuerpo a la tierra, de que fue formado. Es mi voluntad que luego que fallezca, mi cuerpo se le sepulte en la forma que disponga la cofradía de Nuestra Señora de la Pasión. Mando a las pías forzosas, redención de cautibos y hospital de la villa y corte de Madrid, los derechos acostumbrados y quiero se pague qualquiera derechos que por reales órdenes se impusiesen a estas disposiciones (...)”[42].

 

 La cofradía de la Pasión cumplió con su cometido. El 3 de octubre recibió la noticia de la sentencia de muerte. De esta forma, los cofrades se organizaron para la petición de limosnas con las que hacer los sufragios por su alma[43]. Como fue descuartizado, hubo de encargarse posteriormente de recoger sus restos[44].

 “El día cinco se le quitó la vida [a Francisco Longedo] dando pocas muestras de arrepentimiento”, pese a su testamento y el haber recibido “los santos sacramentos de penitencia y comunión de que únicamente era capad”[45]. Debían de ser escasos estos episodios entre los condenados por la justicia real, dada la ideología religiosa dominante, si bien existieron y posiblemente por su extrañeza, fueron recogidos y ampliamente comentados por los cronistas de la época. No fue menos el ilustrado local Mariano Beristain, ante la actitud del ladrón José García, natural de Tabera de Abajo, arrastrado, ahorcado y puesto en cuartos, el 15 de diciembre de 1787 en la Plaza Mayor. La poca religión que mostró en capilla, camino al suplicio y en la horca, “han dejado desconsoladas a las almas piadosas” y “parece que acreditaron la ferocidad de aquel corazón, y el desarreglo de su vida perniciosa”[46].

Las últimas horas en la vida de Agustín de Barrio, natural de Matapozuelos, condenado por la Sala del Crimen a ser ahorcado y descuartizado el 9 de abril de 1712, nos sirven para describir las labores de caridad de la Pasión.

El 8 de abril, la cofradía recibió la noticia de que un reo había sido sentenciado a muerte. Determinó por tanto ir como era costumbre “a ejercitar su piedad”. Desde la iglesia de la Pasión, los alcaldes, los mayordomos de cuerpos, el cura de la Parroquia de San Lorenzo -su capellán-, y el escribano se dirigieron en un coche al anochecer a la cárcel real, yendo detrás en otro coche algunos diputados y oficiales. Llegados a su destino, se formó una procesión, llevando un Santísimo Cristo, seis hachas encendidas y los alcaldes sus cetros. En la capilla, por don Manuel Carretero, cura de San Lorenzo, “se le hizo [al reo] una plática muy espiritual, absolviéndole por la bula y ynsinuándole las ynduljenzias que se ganaban”. Por uno de los mayordomos se le puso la túnica y soga. Por último, el reo tomó el refresco llevado por la cofradía. Éste le dio “las grazias por el sumo zelo con que se aplicaba al cumplimiento de su ynstituto y cumpliría con hazerle su entierro, y que así lo esperaba, por lo qual rogaría a nuestro Señor por los aumentos de dicha cofradía y sus yndividuos”. Concluida la visita, los cofrades volvieron a su iglesia. Esta función, con la que se buscaba dar consuelo material y sobre todo espiritual al sentenciado, de las que ya hay constancia para el siglo XVI[47], fue realizada sin interrupción por la cofradía al menos hasta principios del XIX[48].

De 1578 procede la primera noticia sobre la petición de limosnas para sufragar el entierro y sufragios por el alma de un reo[49]. En el cabildo del 30 de junio, puesto que al día siguiente salía un ajusticiado de Chancillería, “se mandó por el ornato de la cofradía que tomen los platos para pedir” ocho cofrades, cuyos nombres se indican. Se determinó “que de aquí adelante para siempre jamás”, cuando hubiera un ajusticiado, los oficiales de la cofradía decidieran los cofrades que habían de salir a pedir.

Nada más conocerse la noticia de que un reo estaba en capilla, se disponía la petición de limosnas. De esta forma se lograba involucrar a la comunidad en la salvación del reo, pues todos los vallisoletanos podían ejercer su caridad, y la cofradía lograba hacer frente a los gastos que se le avecinaban, incluso obtener algún ingreso, como se indica en las cuentas de 1584-1592[50].

En 1712, “los alcaldes nombraron diputados que salgan a pedir por azer bien por el ajustiziado, tocando sus campanillas por las calles”, que fueron doce en esta ocasion. Al menos ya a finales del XVIII y en el XIX, el alistamiento de cofrades era voluntario, repartiéndose en cuatro veredas: Santa Clara, San Andrés, Puente y Casco de la ciudad[51]. Sólo durante la Invasión Francesa hubo cambios, exigiendo la Junta Criminal Extraordinaria que las demandas se hicieran en lugares fijos y sin el alboroto de las campanillas. Una medida que parecía provocar que las limosnas fueran más cortas[52].

El día 9 de abril de 1712, a las 10 de la mañana, salió la Pasión en forma desde su casa, llevando un Cristo grande, los alcaldes sus cetros y los demás hachas encendidas, y fueron a la cárcel. Acompañaron a Agustín hasta la horca, dispuesta en la Plaza Mayor, donde estuvo hasta que éste murió. A continuación volvió la cofradía a su casa, dejando dos hachas encendidas junto al cuerpo y continuando los diputados pidiendo limosnas. Aquí terminó su trabajo, de momento, puesto que el ajusticiado fue descuartizado. De lo contrario, a continuación dispondría su entierro[53].

En todo momento la cofradía de la Pasión trataba de devolver un poco de dignidad a aquellos pobres condenados a la última pena. No es de extrañar que el 12 de septiembre de 1801, tras la ejecución del día 7 celebrada en la Plaza Mayor, acudieran al presidente de la Chancillería, quejándose de la forma de actuar del verdugo:

“a cuio cadáver, después de haberlo quitado, según acostumbra, del garrote que se le dio, lo desnudó enteramente en el suplicio a presencia de innumerables personas, que escandalizadas de semejante acción la afearon y hasta los mismos yndividuos de las tropas auxiliares la detestaron, como impropia de la caridad cristiana”[54].

La labor de la cofradía con los condenados a relajación por el Santo Oficio también iba dirigida, al igual que la de los religiosos que les asistían, a tratar de lograr su arrepentimiento y evitar su condena eterna[55]. Además, su presencia en la ceremonia, era un símbolo más, de los muchos que allí se daban cita, del catolicismo triunfante. Fue en 1568 cuando la Inquisición concedió merced a la cofradía de la Pasión para asistir a los autos públicos de fe, en los términos siguientes:

“Quando huviere algún auto que los señores zelebraren públicamente, salgan acompañar con su zera y un crufifixo; y luego por la mañana, antes que los penitentes estén subidos en el tablado, tengan puesto los cofrades un cruzifixo con dos achas en el dicho cadaalso, con tanto que no suban en el dicho tablado más de dos oficiales con sus varas, acompañando el cruzifizo”.

En el cabildo en que se hizo presente esta gracia, el 28 de septiembre, se acordó que cada vez asistiera un alcalde y un mayordomo. A su vez, se señaló cómo había de ser el acompañamiento a los relajados desde el cadalso hasta donde eran quemados:

“Después de acabado el auto an de yr con los relaxados los dichos quatro oficiales y cofrades con su zera, con el Xpto. que estubiere en el tablado, en procesión y lleven el pendón negro asta el brasero, y a la Puerta del Campo, pasado el umilladero de la Cruz, an de tener una Cruz de palo con un altar questé muy devoto”[56].

En octubre de 1569 tuvo lugar su primera asistencia. Terminado el auto de fe, la mitad de los cofrades, con el Cristo, se fue con los relajados, y la otra con los penitentes que regresaban al Tribunal[57]. Desde entonces nunca faltarían[58].

Estas ceremonias también eran aprovechados para sacar limosnas. Así tuvo lugar en 1745, en el último auto en el que hubo un relajado, y por tanto, en que actuó la cofradía. En la víspera y día de la Santísima Trinidad se sacaron 253 rs., de los que sobraron 45 rs. y medio[59]. Sin embargo, este auto de fe poco tenía que ver con aquellos solemnes y multitudinarios de las centurias pasadas.

En 1667 se celebró en Valladolid el último auto general de fe en la Plaza Mayor. A partir de entonces sólo tendrían lugar en diversas iglesias, en los que también comenzarían a salir relajados[60]. En la propia ceremonia no había sitio para la cofradía, ni para otra comunidad, pero aquella debía acompañar a los relajados. De esta forma, el 30 de mayo de 1691 en que se celebraba auto de fe en la iglesia del convento dominico de San Pablo, se llevó el Santo Cristo enlutado hasta el tribunal y desde allí al convento donde se iban a leer las sentencias y después a la Puerta del Campo, donde estaba hecho el suplicio, hasta que llegaron los reos. Entre éste y el humilladero de la Cruz se hizo un trono enlutado donde se colocó el Cristo con velas y hachas encendidas. Allí “se pararon todos los ajustiziados y delante de su Dibina Magestad fueron exsortados por los relijiosos que les asistían; donde estuvo con mucha decencia, causando mucha debozión a toda la jente que asistió a dicha funzión”[61].

 

 

El ritual funerario. Cambios y permanencias a lo largo del Antiguo Régimen


Mariano Beristain nos relata la ejecución de Pedro Rodríguez, capitán de la cuadrilla de los Corcheros, celebrada el 12 de febrero de 1787, quien fue ahorcado y descuartizado. El “periodista” destaca “la caridad de los vecinos de Valladolid, que han contribuido con 749 rs. (sic) para los sufragios espirituales de aquel próximo; los que ha distribuido en misas y otras obras de piedad la venerable cofradía de la Pasión”[62].

La principal labor de la cofradía era ofrecer sepultura a los ajusticiados[63]. En aquella extremada religiosidad de la Contrarreforma, dominada por la exteriorización y teatralización de la piedad, los entierros estaban revestidos de un ceremonial y un ritual minuciosos. Veamos cómo se desarrollaban con los reos (Mapa nº 2).

El entierro de los huesos de los descuartizados se realizaba en el desaparecido convento de San Francisco, en la Plaza Mayor. En un primer momento tuvo lugar en el patio situado entre la portada principal y la iglesia, a la derecha, según se entraba. Allí enterró los huesos la cofradía por primera vez, con gran solemnidad, el 23 de enero de 1578, tras lograr licencia de los alcaldes del crimen, “porque en este pueblo no los solían enterrar y se los comían los perros”. En tiempos del Padre Sobremonte, a mediados del XVII, ya disponía de una capilla, situada “entre la puerta de la iglesia o nave de Santa Juana y la pared de la casa de Baltasar de Paredes”[64]. El entierro se celebraba entonces el Domingo de San Lázaro, aunque no siempre parecía ser público.

El 13 de marzo de 1701, se enterraron los huesos de Pedro Tornero, que habían sido recogidos el día antes[65]. Desde el sábado por la tarde hasta que se acabó la función se tocaron las campanas de las parroquias por donde pasaría el entierro, por licencia del obispo, quien concedió los 40 días de indulgencia acostumbrados a los cofrades y personas que asistiesen a esta función. Fuera del humilladero del Cristo de la Pasión se construyó un magnífico túmulo donde se colocaron los huesos recogidos con licencia de los alcaldes del crimen. Toda la mañana del domingo se dijeron misas por el ajusticiado. A las once, concurrió la cofradía en forma y tuvo misa de cuerpo presente, celebrada por el párroco de San Nicolás[66], con la música de la catedral y sermón, por el predicador mayor San Francisco, y al responso se encendieron las hachas de la cofradía.

A las siete de la noche se dispuso el entierro. Vino la cruz de la parroquia de San Nicolás, a cuyo distrito pertenecía el humilladero, con 12 sacerdotes revestidos y cantó otro responso. Se colocaron los huesos en una caja ricamente engalanada llevada por dos acémilas cubiertas de luto. Delante iba el estandarte negro de la cofradía que llevaban los dos diputados actuales. Acompañaban el entierro gran cantidad de diputados, cofrades y otras personas que serían hasta ochenta, todas a caballo. Delante de la litera iban los mayordomos de cuerpos con sus cetros y en medio de ellos el capellán de la cofradía y detrás los alcaldes. Cerraba el entierro 12 sacerdotes[67]. El magnífico cortejo fúnebre recorrió las calles de la ciudad, realizando paradas en distintas iglesias donde se cantaron responsos, hasta llegar a la Plaza Mayor[68]. Allí fue recibido por la parroquia de Santiago, con su cruz. Entró en el convento, donde el guardián y religiosos salieron a recibir los huesos, cantaron diferentes responsos y les dieron tierra[69]. “Fue gran concurso de jente la que concurrió a la puente y calles, todos dando grazias a su Magestad y vendiziones a esta cofradía por sufraxio tan de su agrado”. Al día siguiente, en la capilla se construyó un pequeño túmulo y concurrieron los cofrades a la misa de honras y responso oficiados por los frailes.

El aniversario por los difuntos ajusticiados se hacía todos los años en el convento de San Francisco el domingo de San Lázaro, hubiera o no entierro de huesos[70]. Ya en la década de los treinta del siglo XIX tenemos noticias de una función similar el Viernes de Dolores, puede que por traslado de la celebración anterior[71].

El 24 de marzo de 1765 tuvo lugar el último entierro público de cuartos[72]. El 12 de marzo de 1769, los huesos de Antolín Pabón ya fueron colocados en la iglesia de la Pasión. Al día siguiente, celebró el cura de San Lorenzo misa y vigilia y por la tarde, la cofradía sacó la litera con los huesos a los límites de la parroquia de Santiago, a donde salió la cruz, el cura y asistentes y se hizo el entierro en el convento de San Francisco[73]. A principios del siglo XIX, como veremos, no se celebraría el entierro de huesos en San Francisco. Por primera vez en 1816, “por ebitar más gastos se acordó que el sávado por la noche se les diese sepultura con la formación de entierro desde el Puente Mayor hasta el cementerio de la calle del Sacramento”[74]. Desde entonces esta ceremonia tendría lugar el Sábado de San Lázaro, si bien esta práctica, nada higiénica, del descuartizamiento y exposición de los cadáveres de los condenados tenderá a ir desapareciendo.

En el siglo XVIII los reos dados garrote en el campillo de San Nicolás y encubados en el río recibían sepultura en la vecina parroquia de San Nicolás, con asistencia de su cruz parroquial y clerecía[75]. En un principio se tendían a enterrar en la iglesia, pero a medida que avanza el siglo se generaliza su sepultura en el cementerio, posiblemente por ser más barato[76]. El 11 de febrero de 1784 se enterró a Antonia García, natural de Atienza, quien había asesinado a su marido.

“Y habiéndola sacado a el anochezer del río por la cofradía de la Pasión, se la puso a la esquina del puente, de donde se formó el entierro alrededor de la plazuela, con asistencia de dicha cofradía, como es costumbre, cantando tres responsos. Y habiendo entrado en la yglesia se hizo el oficio de sepultura y cantó otro responso, y luego se la conduxo a la sepultura. Y al día siguiente se la dixo la misa de cuerpo presente y cantó la vigilia”[77].

En la Plaza Mayor, la cofradía debía pedir licencia a la Sala del Crimen para que, “después de executada la justicia y puesto que sea el sol, puedan vajar al cadáver del suplicio a efecto de darle tierra y lugar sagrado” [78]. Se trataba de un entierro solemne, ante la presencia de “una multitud de gentes”, en el que correspondía llevar la cruz a la parrquia de Santiago, puesto que tanto la Plaza Mayor, como el lugar de enterramiento se encontraban en su distrito. En 1746, cuenta Ventura Pérez que al entierro de Don Diego de Obregón y Ayala, que dieron garrote en la Plaza Mayor, por haber muerto a su mujer y otros motivos, asistieron convidadas las cofradías de la Cruz y Jesús Nazareno, que hicieron sus túmulos. Esta práctica debía de ser común, puesto que en 1783, a Francisco Liorres, a quien habían ahorcado por ladrón y homicida “no le pusieron en su entierro tumba en el consistorio ni en la calle, a causa de haberlo estorbado el señor corregidor con cuatro ducados de multa”[79].

En la parroquia de Santiago se enterraban en un principio los cuerpos no descuartizados, dándoles sepultura en el atrio, fuera de la puerta principal que está bajo el coro[80]. Los problemas surgieron en 1752. El 29 de mayo, el párroco trató de impedir el entierro de tres ajusticiados, aunque al final hubo de consentirlo[81]. La cofradía, con el apoyo del oidor don Nicolás Blasco de Orozco, “protector muy compasivo de los reos encarcelados”, decidió trasladar estos enterramientos al convento de San Francisco, donde ya se celebraba el de los descuartizados y parece que también el de los nobles dados garrote en la Plaza[82]. Se construyó una capilla para los nobles, en frente de la que ya se disponía para los huesos de los ajusticiados. En el intermedio de ambas se dispuso el cementerio, estrenado por dos hombres ahorcados el 16 de octubre de 1753.

La convivencia de vivos y difuntos era una de las características más notorias de la religiosidad del Antiguo Régimen, sin fronteras entre lo natural y lo sobrenatural. Los ilustrados se empeñaron en deslindar campos, atacando también a los cementerios dentro de la urbe, en lo que incidía la preocupación por la salud pública[83]. La cofradía de la Pasión iba a sufrir duramente los ataques por sus enterramientos en San Francisco.

Los problemas comenzaron a principios del XIX por la queja de Francisco Fernández Santos, propietario de una casa en la acera de San Francisco y dos inquilinos del mismo lugar[84]. Comenzaron pleito en Chancillería, alegando “causarles enormes perjuicios en su salud la proximidad y emanaciones pútridas que de la corrupción de los cadáveres figuran resultar a su habitaciones”.

En la preocupación que por este asunto tomó la autoridad también hubo mucho de discriminación hacia los enterrados allí. La cofradía se defiende señalando que es “notorio el cuidado que tiene (...) de hacerlos cubrir de cal viva para cuanto antes se consuman y a más de eso, de que los entierros se hagan a la mayor profundidad”. Compara este cementerio con los del Hospital General y el Hospital de Santa María de Esgueva. “Y en medio de ser mucho más frecuentes y casi diarios los entierros, jamás se ha quejado ningún vecino de que le sean perjudiciales los olores, con todo lo que no dejan de tener sus habitaciones casi a igual inmediación”. De tal forma, que si los facultativos habían aconsejado sacar fuera de la ciudad el cementerio de los ajusticiados, debieran también haberlo con los de estos dos hospitales “y otro qualquiera parroquial o conventual que se halle a proximidad de las habitaciones”.

Una Real Carta Ejecutoria daría la razón a Francisco Fernández Santos. En 1804 comenzaría el largo peregrinaje de la cofradía con sus muertos, aunque de momento no se plantearían problemas con los del Campillo de San Nicolás, lejos del casco urbano[85]. También de 1804 data un real auto de las Salas del Crimen dando instrucciones sobre cómo enterrar los ajusticiados. No va a permitir más de dos a un tiempo en la misma sepultura, “observando en todo caso las reglas que les están prescritas de hacerlo en línea recta, con bastante profundidad y la cal y agua necesaria para la más pronta consunción (sic), en oviación de los perjuicios y daños que acaso pueden sobrevenir”[86].

En septiembre de 1833 abriría sus puertas el cementerio general de Valladolid, regido por la municipalidad, fuera de la ciudad, en los terrenos del poco después desamortizado convento de carmelitas descalzos. El 2 de diciembre de 1833 se enterrarían allí los primeros cuatro ajusticiados. Puesto que todavía no se hallaba bendecido el cementero que iba a ser destinado para los reos, se enterraron en el general. El 4 de enero de 1834, don Lorenzo Martínez Capellán, de la villa de Espejo, en la provincia de Álava inauguraría “el cementerio destinado a los reos que se halla a la derecha del carmen calzado”. Este sería su lugar de enterramiento hasta muy avanzado el siglo XX.

Por fortuna, prácticas de caridad como las que durante siglos realizó la cofradía de la Pasión con los condenados a muerte, ya no son necesarias en nuestro país.



[1] Archivo de la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo (ACP), Libro V, ff. 45r.-45v.

[2] La documentación del archivo de la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo, actualmente sita en la Iglesia del Real Convento Cisterciense de San Quirce y Santa Julita, ha sido básica para este estudio. Toda la que se conserva del Antiguo Régimen ha sido consultada, gracias a la amabilidad de la cofradía y especialmente de su archivero, José Ángel Carreño: Libro I (Acuerdos y Registros de Cofrades, 1561-79); II (Cuentas, 1584-92); III (Actas y Acuerdos, 1675-1715); IV (Cuentas, 1794-1841); V (Actas y Acuerdos, 1795-1804); VI (Actas y Acuerdos, 1804-56); Documentación Miscelánea Leg. I.

[3] Archivo Histórico Nacional, Consejos, Leg. 7.098, nº 27. vid., Arias de Saavedra Alías, I. y López-Guadalupe Muñoz, M. L., La represión de la religiosidad popular. Crítica y acción contra las cofradías en la España del siglo XVIII, Granada, 2002.

[4] No hace mención en su labor con los ajusticiados, la desempeñada con los relajados de la Inquisición, puesto que el último quemado había sido en 1745.

Las otras cofradías se titulaban de la Vera Cruz, de Nuestra Señora de las Angustias, de Nuestra Señora de la Piedad y de Jesús Nazareno, la más moderna. Las cuatro más antiguas dispusieron en sus comienzos de hospitales. Agapito y Revilla, J., Las cofradías, las procesiones y los pasos en Valladolid, Valladolid, 1926, pp. 3-5. Vid., también: Orduña Rebollo, E. y Millaruelo Aparicio, J., Cofradías y Sociedad Urbana, Buenos Aires-Madrid, 2003 (cofradía de las Angustias); Burrieza Sánchez, J., Cinco siglos de cofradías y procesiones. Historia de la Semana Santa de Valladolid, Valladolid, 2004.

[5] Maza Zorrilla, E., Valladolid: sus pobres y la respuesta institucional (1750-1900), Valladolid, 1985, pp. 57-65.

[6] El ataque de la Ilustración a las cofradías penitenciales incidió, aunque no fue la única causa, en la decadencia de las procesiones de Semana Santa en nuestro país.

[7] Egido, T., “La religiosidad colectiva de los vallisoletanos”, en Valladolid en el siglo XVIII, Valladolid, 1984, pp.157-260. Se trataba de una sociedad festiva, en gran medida debido a su mentalidad sacralizada.

Canesi Acebedo, M., Historia de Valladolid (1750), Tomo II, Valladolid, 1996, p. 21, “en aquel siglo [XVII] andaban las cinco cofradías penitenciales en regocijadas competencias, sin excederse, por quien más divertía al pueblo”. Desde 1647 hasta 1670 las cofradías de la Cruz y de la Pasión se hicieron cargo de las dos fiestas ordinarias de toros que organizaba la Ciudad. Vid., Amigo Vázquez, L., “Fiestas de toros en el Valladolid del XVII. Un teatro del honor para las elites de poder urbanas”, en Studia Historica, Historia Moderna, 26 (2004) 293-294.

[8] ACP, Libro VI, f. 179r.

[9] También existía la solidaridad con los cofrades, especialmente en la muerte. En los capítulos 14 y 15 de la regla se disponía “que muriendo qualquier cofrade o su muger se dixesen treinta misas rezadas el día de su entierro y el domingo siguiente misa cantada de réquien, con su responso, en la yglesia de Santiago o donde estubiese la avocación de la cofradía, a la qual tuviesen obligación de asistir todos los cofrades y confradas con sus candelas enzendidas”. En 1684, se señala que esto no se ejecutaba desde hacía mucho tiempo, por falta de medios y por el incremento del número de cofrades. A su vez, todos los años se hacía sufragio general por las ánimas de los cofrades y desde hacía poco se celebraba el entierro y las honras por los diputados difuntos y sus mujeres. ACP, Libro III, ff. 168r.-169v .

[10] Debido a esto, sobre todo en el XVIII la cofradía tenderá a ser denominada de Nª Sª de la Pasión.

[11] Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (ARChV), Pleitos Civiles, La Puerta, Leg. 1501, Exp. 1.

[12] Historia de Valladolid..., p. 27. Desde el 29 de noviembre de 1584 hasta el día de Todos los Santos de 1585, fueron enterrados 17 pobres (ACP, Libro II, ff. 42v.-43r.)

[13] Disponemos de noticias para 1709 (ACP, Libro III, f. 589) y 1797 (Ibid., Libro IV, f. 13v.)

[14] A finales del XVII y en la primera mitad de la centuria siguiente eran ya pocos los pobres, preferentemente ahogados, que enterraba en la vecina parroquia de Santiago. Archivo General Diocesano de Valladolid (AGDV), Archivo de Parroquias, Libro de Difuntos de Santiago en Valladolid, nº 3, f. 186v (entierro el 28 de abril de 1686 de un forastero hallado muerto a puñaladas) Ibid., f. 743 (entierro el 24 de julio de 1726 de un forastero ahogado en el río).

[15] Martí y Monsó, J., Estudios Histórico-Artísticos relativos principalmente a Valladolid, Valladolid-Madrid, 1898-1901, p. 498. Noticia extraída de un libro de la cofradía que no se conserva actualmente.

La cofradía hace mención a que antiguamente se dedicaba a estos menesteres la cofradía de la Misericordia, que enterraba a los ajusticiados en la entonces ermita de San Andrés, como hizo con don Álvaro de Luna, decapitado el 4 de junio de 1453. Ibarra, P. R., Noticias de la fundación, historia y condiciones del cementerio de la Real Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de la Pasión y San Juan Degollado, llamado de los Ajusticiados, en el convento de San Francisco, cuya traslación se pretendía, (1801), recogido por Marcilla Sapella, G., Datos para la historia de Valladolid, siglo XVIII (manuscrito conservado en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid).

[16] Canesi Acebedo, M., Historia de Valladolid..., pp. 27-31.

[17] ACP, Libro I, ff. 75r.-75v. Cabildo del 28 de septiembre de 1568. Menciona esta concesión García González, R., “La cofradía y la Inquisición”, en Pasión Cofrade, 1996 (10), pp. 15-17.

[18] ACP, Libro I, ff. 114r.-114v. Cabildo del 3 de enero de 1578.

[19] ACP, Libro I, ff. 118r.-118v. Cabildo del 1 de julio de 1578.

[20] ACP, Libro VI, f. 41r.-41v. Con los datos que aportan las fuentes no podemos saber hasta qué punto resultaba gravosa o no esta actividad asistencial para la cofradía, puesto que indudablemente también sacaban limosnas. Sólo en el Libro II (cuentas 1584-1592), figuran el cargo y la data de los condenados por la justicia real y da la sensación que entonces se obtenían beneficios. Disponemos también del Libro IV (cuentas 1794-1841), pero entonces las cuentas de los reos iban aparte, por lo que sólo señalan los 50 rs. que se abonaba a la cofradía por cada ajusticiamiento, así como los 33 rs que por cada ejecución los comisarios de los reos dejan a favor de la cofradía y que deberían ser para los mozos de andas que llevaban el cadáver, así como en el caso de haber algún sobrante en limosnas o alguna falta. De todas formas, en los siglos XVIII y XIX la cofradía tenderá a quejarse de lo gravoso de esta actividad benéfica.

[21] “La Iglesia y la beneficencia en la Corona de Castilla durante la época moderna. Mitos y realidades”, en Abreu, L. (ed.), Igreja, caridade e assistência na península Ibérica (sécs. XVI-XVIII), Lisboa, 2004, pp. 103. Nos remitimos a esta obra en cuanto a la bibliografía sobre pobreza y caridad en la España Moderna. El estudio de las cofradías ha tenido en las últimas décadas un importante desarrollo en nuestro país, de mano de la Historia Social y de las Mentalidades: López Muñoz, M. L., La labor benéfico-social de las cofradías en la Granada Moderna, Granada, 1994; Sánchez de Madariaga, E., Cofradías y sociabilidad en el Madrid del Antiguo Régimen, Tesis doctoral de la UAM, 1996; Sabe Andreu, A. M., Las cofradías de Ávila en la Edad Moderna, Ávila, 2000.

[22] Marcos Martín, A., “La Iglesia...”, pp. 97-131.

[23] La caridad se convertía “en una especie de contrato social entre las clases privilegiadas y una población susceptible a cualquier momento de sufrir la miseria”, tal como ha señalado Callahan, W. J., “Caridad, sociedad y economía en el siglo XVIII”, en Moneda y Crédito, 46 (1978), p. 67.

[24] La Hermandad de la Sangre de Cristo de Zaragoza, también de carácter Penitencial, cumplía funciones similares de asistencia a los reos condenados a muerte y entierro de sus cadáveres y cuartos (Gómez Urdáñez, J. L., La Hermandad de la Sangre de Cristo de Zaragoza, Zaragoza, 1981); En Cáceres se encargaba la cofradía de Nuestra Señora de la Caridad (Rodríguez Sánchez, A., Morir en Extremadura. La muerte en la horca a finales del Antiguo Régimen (1792-1909), Cáceres, 1980); En Cádiz, la Hermandad de la Caridad (Pascua Sánchez, M. J. de la, “Regulación de transgresiones y rituales de penalización en el contexto normativo de una sociedad de Antiguo Régimen”, en González Cruz, D. (ed.), Ritos y ceremonias en el Mundo Hispano durante la Edad Moderna, Huelva, 2002, pp. 199-226); En Granada se ocupaban del entierro de ajusticiados tanto el Hospital de la Caridad, regentado por su cofradía, como la Cofradía del Corpus Christi, que también se encargaba de enterrar los cuartos de los ajusticiados (López Muñoz, M. L., La labor benéfico-social..., pp. 64 y 133-134). Debieron de existir también en otros lugares cofradías que, como en Valladolid, se ocuparan de los relajados por el Santo Oficio, pero no hemos logrado constancia de ellas.

[25] Rodríguez Sánchez, A., Morir en Extremadura..., p. 39. En “La soga y el fuego. La pena de muerte en la España de los siglos XVI y XVII”, en Cuadernos de Historia Moderna, 15 (1994) 24 señala: “Los únicos gestos de humanidad los encontramos en la conexión que eclesiásticos y laicos de buena voluntad tratan de establecer entre el reo y la divinidad, y aun este encuentro se halla forzado por la violencia. La búsqueda del arrepentimiento ante Dios y de la formalización del bien morir utiliza recursos que, ante todo, pretenden hallar la paz de conciencia del ejecutor”.

[26] Heras Santos, J. L. de las, La justicia penal de los Austrias en la Corona de Castilla, Salamanca, 1994 (1ª reimpresión), p. 317.

[27] García Fernández, M., Los castellanos y la muerte. Religiosidad y comportamientos colectivos en el Antiguo Régimen, Valladolid, 1996, p. 66.

[28] El Diario escrito en el siglo XVIII por el humilde ensamblador Ventura Pérez se puede considerar en gran medida una crónica festiva, ya que son los acontecimientos que inundan sus páginas; pero también una crónica de la muerte, tanto natural, como accidental, violenta y ejecutada en la horca, el garrote y la hoguera. De forma prácticamente serial retrata con una naturalidad pasmosa las ejecuciones celebradas en Valladolid en un período que abarca desde 1719 hasta 1783. Pérez, V., Diario de Valladolid (1885), Valladolid, 1983.

[29] Palop Ramos, J. M., “Delitos y penas en la España del siglo XVIII”, en Estudis, 22 (1996), p. 103, a través de la información remitida al Consejo de Castilla por las salas del crimen de las distintas audiencias en la década 80 del siglo XVIII, calcula que un 3% de los condenados lo fueron a la pena de muerte.

[30] Sobre la Justicia Penal de la Monarquía Absoluta.: Tomás y Valiente, F., El derecho penal de la Monarquía Absoluta (siglos XVI-XVII-XVIII), Madrid, 1969; Alonso Romero, M. P., El proceso penal en Castilla (siglos XIII-XVIII), Salamanca, 1982; Heras Santos, J. L., La justicia penal..... Sobre la Inquisición, Prado Moura, A. de, Las hogueras de la intolerancia. La actividad represora del Tribunal Inquisitorial de Valladolid (1700-1834), Valladolid, 1996. También la pena de muerte es objeto de investigación por la Historia del Derecho, de las Mentalidades y del Crimen: Sueiro, D., La pena de muerte. Ceremonial, historia, procedimientos, Madrid, 1974; Rodríguez Sánchez, A., Morir en Extremadura...; Bermejo Cabrero, J. L., “Tormentos, apremios, cárceles y patíbulos a finales del Antiguo Régimen”, en Anuario de Historia del Derecho Español, 1986 (56) 683-727; Eslava, J., Verdugos y torturadores, Madrid, 1993; Rodríguez Sánchez, A., “La soga y el fuego...”.

[31] ARChV, Pleitos Criminales, Caja 373, Exp. 1.

[32] La Sala del Crimen actuaba como Alto Tribunal de Justicia Castellano en los asuntos criminales para el Norte del Tajo. Así, la mayoría de los reos ajusticiados en Valladolid en el período 1725-1833 eran forasteros. El 6 de diciembre de 1762 ahorcaron a Luis Rodríguez, por homicida en caso pensado. Vino sentenciado de su tierra y la Sala pidió autos y reo (Pérez, V., Diario de Valladolid..., p. 361). A su vez, actuaba como justicia en primera instancia en Valladolid y las cinco leguas, como los alcaldes de corte en Madrid. También esta jurisdicción correspondía al corregidor, pero en materia criminal, las causas y sentencias más graves, como eran las de muerte, normalmente serían apeladas o consultadas a la Sala, como fue el caso de Ciriaco Sánchez, condenado a la horca en 1763, sentencia confirmada por la Sala (Ibid., p. 363). Es el único reo que sabemos con seguridad que fue procesado y condenado al menos en primer término por el alcalde mayor en el XVIII y principios del XIX, aunque en parte puede deberse a las limitaciones de las fuentes, mientras para finales del XVI tenemos noticias de ejecutados que salen de la cárcel de la villa (ACP, Libro III). Las funciones judiciales del corregidor se recortaron en 1769 a favor de la Sala, con los alcaldes de cuartel y de barrio. También en la Chancillería estaba el juez mayor de Vizcaya, para las causas civiles y criminales de los vizcaínos originarios, del que se podía suplicar al Presidente y oidores. Algunos de los ajusticiados en el Valladolid moderno –los menos- podrían proceder de esta justicia, aunque no hemos localizado ninguno. Vid., Varona, M. A., La Chancillería de Valladolid en el reinado de los Reyes Católicos, Valladolid, 1981; Garriga, C., La Audiencia y Chancillerías castellanas (1371-1525), Madrid, 1994; Gómez González, I, La Justicia, el Gobierno y sus Hacedores. La Real Chancillería de Granada en el Antiguo Régimen, Granada, 2003. Por la similitud entre alcaldes del crimen y los de casa y corte, Alloza, A., La vara quebrada de la justicia. Un estudio histórico sobre la delincuencia entre los siglos XVI y XVIII, Madrid, 2000. Por último, tampoco tenemos indicios de la actividad desarrollada en este aspecto por la jurisdicción universitaria en Valladolid, si bien sus sentencia solían ser más laxas que la jurisdicción ordinaria.

[33] 1701.- 12 (1 en estatua); 1702.- 2; 1704.- 2; 1705.- 1; 1706.- 2; 1708.- 4; 1710.- 2; 1722.- 3 judaizantes (1 en estatua) y 2 alumbrados (1 en estatua); 1724.- 4; 1727.- 2; 1729.- 2 (1 en estatua); 1730.- 2; 1740.- 5 (4 en estatua); 1742.- 2; 1745.- 1. Prado Moura, A. de, Las hogueras..., pp. 92 y 127.

[34] Hubo épocas anteriores en las que las ejecuciones fueron también numerosas, como demuestran los datos para 1583-1592. ACV, Libro II. Desde noviembre de 1583 hasta noviembre de 1584.- 6 ajusticiados; Idem. 1584-1585.- 6; 1585-1586.- 6; 1586-1587.- 6; 1587-1588.- 5; 1588-1589.- No lo sabemos; 1589-1590.- 4; 1590-1591.- 6; 1591-1592.- 6.

[35] AGDV, Archivo de Parroquias, Libro de Difuntos de San Nicolás en Valladolid, nº 6, f. 35v.

[36] Este lugar ya había sido escenario de ejecuciones con anterioridad. Por ejemplo, el 3 de diciembre de 1583 se ahorcó a un reo en el Barrio Nuevo. ACP, Libro II, ff. 14r. y 173r.

[37] Sobre la actividad represora durante la Guerra de Independencia, Sánchez Fernández, J., Valladolid durante la Guerra de la Independencia Española, 1808-1814, Valladolid, 2002, pp. 253-294.

[38] El famoso “Rojo de Valderas”, sufrió el garrote a las afueras de la ciudad, en el Campo de San Isidro, donde también fue enterrado por la cofradía el 12 de febrero de 1823. ACP, Libro VI, f. 93v.-94r.

[39] Bermejo Cabrero, J. L., “Tormentos, apremios...”, pp. 117-119.

[40] García Fernández, M., Los castellanos..., p. 68. El tema de la muerte ha sido uno de los preferidos en las últimas décadas y que mejores frutos ha dado de la Historia de las Mentalidades. Vid., además: Pascua Sánchez, M. J. de la, Vivir la muerte en el Cádiz del setecientos (1675-1801), Cádiz, 1990; Lara Ródenas, M. J., La muerte barroca. Ceremonia y sociabilidad funeral en Huelva durante el siglo XVII, Huelva, 1999; Martínez Gil, F., Muerte y sociedad en la España de los Austrias, Cuenca, 2000.

[41] ACP, Libro VI, f. 104v.

[42] Archivo Histórico Provincial de Valladolid (AHPV), Protocolos Notariales, Caja 4.368, f. 198r. Estos testamentos no debían de ser frecuentes. La mayoría de los ajusticiados pertenecían a las capas más bajas de la sociedad, añadiendo a su condición de “criminales” una más para su marginalidad, la miseria, que en gran número de casos les había arrastrado al delito. Mientras, Francisco Longedo, si bien totalmente endeudado, daba muestras de haber disfrutado de cierta posición social en la corte.

[43] ACP, Libro VI, f. 104v.

[44] Por orden del corregidor, los cuartos colocados en los caminos de Madrid y de Santa Clara fueron quitados el 22 de noviembre y enterrados en el patio de San Francisco. Los dispuestos en los caminos de Tudela y Zaratán fueron retirados el 19 de marzo de 1825, Sábado de San Lázaro, y sepultados en el mismo lugar. ACP, Libro VI, f. 105r.

[45] AGDV, Archivo de Parroquias, Libro de Difuntos de Santiago, nº 6, f. 7r. Eran los dos únicos sacramentos que podían recibir estos ajusticiados, nunca la extremaunción.

[46] Beristain, J. M., Diario Pinciano. Primer Periódico de Valladolid (1787-1788), Valladolid, 1978, p. 452 (ed. facsímil).

[47] ACP, Libro I, f. 236r. Colación a un ajusticiado y a los frailes que le asistieron en capilla en 1590.

[48] En 1810 se reprende al capellán de la cofradía por haberse ausentado de Valladolid sin permiso, por lo que tuvieron que valerse de otro presbítero para que les acompañase a llevar la cena a varios reos y asistirles hasta el suplicio. ACP, Libro VI, f. 26r, cabildo de 25 de marzo de 1810.

[49] ACP, Libro I, ff. 118r.-188v.

[50] En 11 de octubre de 1592 ahorcaron a un hombre, se sacaron de limosna 62 rs., y se gastaron en misas, clérigos que acompañaron al reo, ganapanes que el enterraron, mortaja y demás, 39 rs. y 32 mrs. (ACP, Libro II, f. 275r.). En el otro Libro de cuentas que se conserva, el libro IV (1794-1841) a veces se recogen sobrantes, y otras débitos. Así, en la ejecución de dos reos el 21 de junio de 1828 faltaron 153 rs., mientras que en la del 8 de octubre de 1832 sobraron 156 rs.

[51] ACP, Libro V y Libro VI.

[52] ACP, Libro VI, ff. 27r.-28r. (año 1810)

[53] No disponemos de noticias sobre si con los sentenciados a muerte en el Campillo de San Nicolás, la cofradía también los asistían en capilla y acompañaba hasta el suplicio, como es probable. Sí figura la petición de limosnas, como sucedió en el cabildo del 14 de enero de 1797, para pedir por tres reos que iban a ser ajusticiados en dicho lugar (ACP, Libro IV, f. 9r.-9v). La misma escasez de noticias tenemos para el siglo XIX, con excepción de las ya aportadas.

[54] El Presidente pasó el expediente a las Salas del Crimen, que determinaron que el verdugo recogiese las ropas del reo, que le pertenecían, en lugar retirado. En un principio la cofradía está de acuerdo, permitiendo al verdugo desnudar el cadáver en la sala de la cofradía donde se preparaba a éste para el entierro. En 1802 la cofradía decide pagar al verdugo 2 ducados por cada reo para evitar este acto. Poco duraría el convenio, puesto que en 1803 solicitaría a la Salas del Crimen su revocación, debido a “que esta penitencial se allaba sumamente alcanzada sin fondos algunos ni otros arbitrios para ejerzer la caridad que tiene por ynstituto con los reos, más que las cortas limosnas que sacan por las calles que a causa de las continuas xusticias que abido y los tiempo tan calamitosos como los que se esprimentan son mui cortas las limosnas que se sacan”. No tuvo efecto, y la cofradía de momento debería seguir contribuyendo, por lo que todavía en 1805 seguía litigando por este motivo. ARChV, Causas Secretas, Caja 32, Exp. 13. ACP, Libro IV, ff. 36v.-37r., 38r.-38v., 53v.-54v.

[55] Puso ser conseguido, en principio, en 1639 por el judaizante portugués Manuel Méndez, quien ya en el suplicio, asistido por religiosos, dio muestras de morir “en la fe de Nuestro Señor Jesucristo”, por lo que el verdugo le dio garrote, antes de ser quemado. De lo contrario, hubiera sido quemado vivo. AHPV, Protocolos Notariales, Caja 1243, ff. 176r.-176v.

[56] ACP, Libro I, ff. 75r.-75v.

[57] ACP, Libro I, ff. 79v.-80r.

[58] En la relación del auto de 1623, en la procesión de los penitenciados, desde la Inquisición hasta la Plaza Mayor, se señala que iba delante la cofradía, con cuatro estandartes negros, llevando el Cristo su alcalde. Osorio de Basurto, D., Relación verdadera de la grandiosidad con que se celebró el Auto de la Fe... a quatro de Octubre deste presente año de 1623, Valladolid, 1623. Biblioteca Nacional (BN), Mss. 2.354.

[59] Gastos: 16 rs. a los cocheros cuando fue la cofradía al Tribunal; 15 rs. al capellán de la cofradía por su asistencia; 10 rs. al llamador; 54 rs. de hachas y velas para el Cristo; 37 rs y medio de tafetanes y pago a los mozos; 75 rs. del resto de cera. ACP, Documentación Miscelánea, Legajo 1, Cuenta (1745-1746).

[60] Vid., Maqueda Abreu, C., El auto de fe, Madrid, 1992. En cuanto a Valladolid, Egido, T., “La Inquisición (Autos de Fe)”, en Cuadernos Vallisoletanos, nº 13, Valladolid, 1986

[61] ACP, Libro III, ff. 274v.-275v. Por primera vez, en el auto de fe de 1704 se señala que la imagen que se colocaba en el altar, junto al suplicio, donde los ajusticiados hicieron “actos de contrizión”, era el Cristo del Perdón, imagen todavía conservada y venerada por la cofradía (Ibid., f. 502r.)

[62] Beristain, J., M., Diario Pinciano..., pp. 21-22.

[63] Sólo nos referimos a los condenados a muerte por la justicia real, quedan al margen los relajados por la Inquisición, al ser quemados hasta convertirse en polvo.

[64] En el muro de los pies de la iglesia se abría una puerta que daba acceso a la nave de Santa Juana, construida perpendicularmente a la nave principal, ocupando todo el ancho de ésta. En la capilla de los ajusticiados había un altar, con un Crucifijo, Nª Sª y San Juan Degollado. “Dícense en él, en berano especialmente muchas misas, que encomiendan personas debotas”. Sobremonte, M. de, Noticias chronográphicas del Real y religiosísimo Convento de los frailes menores observantes de San Francisco de Valladolid... año de 1660, ff. 338v-340v. BN, Ms. 12.913. Fernández del Hoyo, M. A., Patrimonio perdido. Conventos desaparecidos de Valladolid, Valladolid, 1998, pp. 53-104.

[65] ACP, Libro III, ff. 430v.-434r.

[66] Le correspondía por estar dentro de su distrito dicho humilladero. AGDV, Archivo de Parroquias, Libro de Difuntos de San Nicolás, nº 5, ff. 3r.-4r. (1670), ff. 84r.-85r. (1685). Ibid., nº 6, ff. 156r.-156v. (1749)

[67] Antiguamente asistían 12 religiosos mínimos de San Francisco de Paula, del convento vecino de Nuestra Señora de la Victoria. Sobremonte, M. de, Noticias chronográphicas..., f. 340v.

[68] El cortejo hizo su primera parada en la iglesia de San Nicolás, donde salió la parroquia y dijo un responso. Fue por la calle Imperial y al llegar al convento de San Pablo, los religiosos también salieron a recibir el entierro y cantar otro responso. Igual se hizo delante de las iglesias de las Angustias y de la Cruz, donde sus cofradías penitenciales habían construido ricos túmulos. En la puerta del Ayuntamiento había otro túmulo de la cofradía de Jesús Nazareno, donde la Parroquia de Santiago cantó un responso.

[69] “La parroquia dice un responso cantado, como en los demás entierros, y el convento haze luego el oficio funeral, y entierra los huesos”. Sobremonte, M. de., Noticias chronográphicas..., f. 411v.

[70] Al menos, desde finales del siglo XVIII, de la financiación de esta función se encargaban los mayordomos de advocación, quienes también se ocupaban del “Plato de los Ajusticiados”, dispuesto en el convento de San Francisco, y de poner un claro en la procesión de Jueves Santo. ACP, Libro IV, f. 21v.

[71] ACP, Libro IV, cuentas de 1 de mayo de 1831 hasta fin de abril de 1832 y en las del año siguiente.

[72] AGDV, Archivo de Parroquias, Libros de Difuntos de San Nicolás, nº 6, f. 28.

[73] AGDV, Archivo de Parroquias, Libros de Difuntos de Santiago, nº 4, f. 302v.

[74] ACP, Libro VI, f. 56v.

[75] Noticias de entierros de ajusticiados en San Nicolás por la cofradía figuran con anterioridad. AGDV, Archivo de Parroquias, Libro de Difuntos de San Nicolás, nº 4, f. 33r. (10 de septiembre de 1652)

[76] AGDV, Archivo de Parroquias, Libros de Difuntos de San Nicolás, nº 5 y 6.

[77] AGDV, Archivo de Parroquias, Libro de Difuntos de San Nicolás, nº 6, f. 140v.

[78] ARChV, Pleitos criminales, Caja 373, Exp. 1. Garrote a Juan Celestino Cortés, en 1793.

[79] Pérez, V., Diario de Valladolid..., pp. 236 y 525.

[80] AGDV, Archivo de Parroquias, Libros de Difuntos de Santiago, nº 3, no se anotan los ajusticiados, como tampoco los párvulos hasta la década de los veinte del siglo XVIII.

[81] El párroco se negaba porque últimamente la cofradía daba a los reos sepultura en las que disponía para los muertos en los caminos y ahogados, que estaban llenas con los que se habían enterrado hacía poco.

[82] Ibarra, P. R., Noticias de la fundación... Según este autor, en Santiago sólo se habían enterrado los ahorcados que no eran descuartizados. En esta obra se ofrece una interesante síntesis sobre los enterramientos de ajusticiados en el convento de San Francisco y en Santiago. Sobre la construcción del cementerio en San Francisco, vid., también, Pérez, V., Historia de Valladolid..., pp. 287-288.

[83] Sobre los intentos en Valladolid por sacar los cementerios de la urbe, que no se lograría hasta 1833, vid., Egido López, T., “La religiosidad colectiva...”, pp. 242-244; García Fernández, M., “Los nuevos cementerios municipales de Valladolid durante el siglo XIX. Su evolución histórica desde el Antiguo Régimen”, Una Arquitectura para la muerte, Sevilla, 1993, pp. 393-392; Los castellanos..., pp. 231-239.

[84] Ibarra, P. R., Noticias de la fundación...

[85] Desde 1804 los ajusticiados en la Plaza Mayor se enterrarían en el Humilladero del Cristo de la Pasión, fuera del Puente Mayor, al igual que los huesos de los descuartizados. Durante la Guerra de Independencia tendría lugar en la calle de Sacramento, parroquia de San Ildefonso, a las afueras de la ciudad, a donde se trasladó también “el cementerio del Santo Hospital General”. No en vano, muchos eran ajusticiados en el vecino Campo Grande. En 1815 se plantea también qué hacer con el entierro de descuartizados, que hacía años que no se celebraba, y que ya no podía realizarse en el Humilladero por estar demolido. Las Salas del Crimen no permiten realizarlo en San Francisco, pese a que la Carta Ejecutoria sólo era para los cuerpos enteros, y deben enterrarse ese año también en el cementerio de la calle del Sacramento. A partir de 1821 nos encontramos los enterramientos de nuevo en el convento de San Francisco, aunque ya no en el antiguo cementerio. Parece que tenían lugar en la iglesia y nave de Santa Juana, puesto que el 4 de febrero de 1824 se señala que el convento no quería recibir más reos. Así, a partir del 18 de mayo se entierran en el “corralón” o “Patio de San Francisco”. En el cabildo del 20 de agosto de 1831 se trata la propuesta del gobernador de las salas del crimen, sobre dónde enterrar los ajusticiados. El Ayuntamiento había señalado un terreno en la Fuente de la Salud que la cofradía debía cercar a su costa, pero el gobernador proponía que ésta hiciera los entierros en su iglesia, para evitar gastos. No hubo acuerdo entre los cofrades. Así, los enterramientos del 8 de octubre de 1832 y el 20 de enero de 1833 serían en el cementerio de San Nicolás. ACP, Libros V y VI; AGDV, Archivo de Parroquias, Libros de Difuntos de Santiago, nº 5 y 6; ARChV, Causas Secretas, Caja 34, Exp. 10.