



Lourdes Amigo Vázquez
Universidad de Valladolid
Aquella mañana de verano del 27 de agosto de 1692, la Plaza Mayor de Valladolid era un hervidero de gente y de pasiones[1]. Sólo dos acontecimientos congregaban tanto público en su contorno, ambos tenían olor a sangre y el dolor como sonido, pero de muy distinto signo: los autos de fe y las fiestas de toros. En esta ocasión, era una corrida la que “servía de descarga a la vez que satisfacía simbólicamente la necesidad de sacrificio”[2] de la sociedad violenta pero también festiva de la Época Moderna.
A las diez había comenzado la primera parte del festejo, la menos estructurada y oficial ya que la fiesta por antonomasia se celebraba por la tarde, cuando las distintas instituciones urbanas, con todo su lustre y dignidad, ocupaban los lugares privilegiados del coso para ver y ser vistos. En estos momentos, excepto el Regimiento, su organizador, los miembros del resto de las corporaciones sólo se hallaban como particulares. Los alcaldes del crimen y algunos oidores se encontraban, así, en los balcones del consistorio.
Pero la diversión iba a ser abruptamente interrumpida. Antes de comenzar la función, debido a los problemas originados el año anterior por los perros, por acuerdo de la Ciudad se había pregonado un auto del corregidor para que “ninguna persona fuese osada echar más que dos perros a cada toro después de aber tocado a desjarrete”, bajo pena de treinta días de cárcel. En el segundo toro de los cuatro que se iban a correr ya no se observó el pregón y en el tercero, antes de la señal, le echaron diez o doce canes que lo mataron.
Con cuyo exceso y las demostraziones de sentimiento que abía echo el pueblo, abía dado el nuestro corregidor horden a sus alguaciles y ministros para que matasen los perros y prendiesen a los dueños que los abían echado; en cuya ejecución, Manuel Rodríguez, alguacil de bagamundos, abía dado una cuchillada a uno de los perros y abía preso a Manuel Calleja; y llebándole preso por medio de la plaça, se le abía atrabesado Manuel Martínez Ysidro, tirando del preso para que no le llebase; y aunque le abía amonestado diferentes bezes el dicho alguazil le dejase ejecutar la horden que tenía, continuando el dicho Manuel Ysidro, se abía allado precisado el dicho alguacil a darle de zintalaços con la espada que tenía en la mano, con que abía dado al perro, de que le abía echo una herida muy lebe con cuya ocasión se abía ausentado el preso.
El desagradable incidente no pasó desapercibido a los alcaldes del crimen de la Chancillería. Ya desde el consistorio uno de ellos había ordenado que no se llevase preso a Manuel Calleja. Bajando a la plaza, don Francisco de Toro mandó que sus ministros detuviesen al alguacil de vagabundos. Los otros alcaldes bajaron al ruedo y don Francisco de Quiroga mandó soltar al alguacil ya que su compañero se había adelantado en su proceder. En aquellos momentos, el corregidor, que había llegado a la arena más tarde, logró que todos volvieran a sus asientos, indicando que terminada la fiesta él mismo averiguaría quién había herido a Manuel Martínez Isidro y le castigaría, como de hecho lo hizo encarcelando a su oficial. Pero concluido el espectáculo, la Ciudad pudo comprobar que el problema no se había terminado. Cuando el escribano del número estaba tomando declaración al herido, los alguaciles de corte se lo llevaron preso a la cárcel de Chancillería, pues la sala del crimen había decidido hacerse cargo de la causa contra el alguacil iniciada por don Francisco de Toro.
Comienza un escandaloso enfrentamiento entre la Ciudad y los alcaldes que va a trascender hasta el Consejo Real. No se tratará solo de un conflicto de competencias entre las dos justicias. Al corregidor y regidores correspondía el gobierno de la ciudad y de la plaza en las fiestas de toros. Por tanto, considerarán que el proceder de la sala mermaba sus atribuciones, pues todo lo acaecido aquella mañana estaba bajo su jurisdicción al derivarse de la aplicación de un auto de gobierno.
El suceso de 1692, que retomaré posteriormente, era otra intromisión más de la Chancillería en los asuntos de la Ciudad, avalada por una autoridad que excedía lo judicial y que buscaba manifestar y fortalecer. La fiesta, dada sus virtudes emocionales y su frecuencia en la Época Moderna, va a ser un marco privilegiado para la representación del poder y, por tanto, escenario frecuente de conflictos entre estas dos instituciones políticas presentes en Valladolid[3]. Muy especialmente las funciones de toros, la diversión por excelencia de la España barroca junto con el teatro, como pone de manifiesto el Padre Mariana[4].
La “dramaturgia del poder”[5], la imagen construida de sí mismo y de toda la sociedad, alcanzaba una de sus cumbres más soberbias en los regocijos taurinos del Valladolid barroco. Mas allá de los poderes por antonomasia, la monarquía y la iglesia, cuyos felices hechos proporcionaban frecuentes motivos para las fiestas, las corridas públicas en la Plaza Mayor mostraban a las instancias de poder urbanas. Sus protagonistas eran numerosos así como diversos los papeles que representaban, tanto en el escenario –la celebración de la fiesta– como entre bastidores –en su organización–. En las páginas siguientes voy a tratar de desentrañar esta compleja telaraña de poder que se tejía en torno a las funciones de toros en una ciudad como Valladolid con demasiadas instituciones ilustres. Por mi relato desfilarán el Regimiento y la Chancillería, pero también otros personajes colectivos como la nobleza, el Cabildo de la catedral, el Tribunal del Santo Oficio, el Claustro universitario y el Colegio de Santa Cruz, incluso pequeñas corporaciones como los gremios y las cofradías. Precisamente estas cofradías eran las protagonistas indiscutibles de los juegos con el toro que se desarrollaban en cualquier plaza con la “excusa” de celebraciones religiosas y en las que también voy a detenerme.
Comenzaré este estudio trazando un breve cuadro sobre las fiestas de toros del Valladolid del XVII para, a continuación, centrarme en sus más directos beneficiarios: los poderes urbanos.
1.- LA PASIÓN DEL ESPECTÁCULO TAURINO EN EL VALLADOLID BARROCO[6]
La atmósfera eminentemente lúdica que envolvía los festejos taurinos queda reflejada en el hecho de que para su celebración no se necesitasen grandes pretextos religiosos o políticos. Estos regocijos fueron la parte esencial del programa festivo de la canonización de Santa Teresa (1622), de la inauguración de la nueva catedral (1668) o de la beatificación del hijo de la ciudad, fray Pedro Regalado (1683), así como del nacimiento del príncipe Felipe (1605), de su entrada en la ciudad siendo Felipe IV (1660) o de los casamientos de Carlos II (1679 y 1690)[7]. También deleitaban fiestas “menores”, como las celebraciones anuales de las cofradías. Más aún, a menudo se presentaban de forma autónoma. Sólo era necesario ser consciente de la necesidad de “regocijar el lugar”, de “festejar y regocijar al pueblo”[8], para que el Regimiento, de quien dependía el gobierno político de la ciudad, decidiera organizar una función taurina. También la nobleza o la Chancillería entendían que una de las obligaciones de los poderosos era divertir al pueblo[9]. La existencia del cargo de “comisario de toros”, elegido anualmente por el Ayuntamiento entre sus capitulares, y de fuentes de ingresos fijas para costear estos espectáculos ordinarios constituyen muestras más que evidentes del deber con que se hallaba la Ciudad de celebrarlos. Todos los años, los obligados de los abastos tenían que contribuir con cierto número de toros convertidos en dinero: las carnicerías con nueve, la pescadería con cinco y la velería con cuatro, ajustado cada animal a 15.000 mrs.[10]
Sin adentrarnos en sus significaciones profundas, mágicas o religiosas[11], hay que remarcar que en la Época Moderna, en palabras de Bartolomé Bennassar, “la corrida caballeresca y la tauromaquia popular se conciben siempre como espectáculos, en un marco festivo”[12]. La utilización que el poder hiciera de éstos, como de la fiesta en general, es otra cuestión que trataré más adelante. Los juegos con el toro se constituían en la fiesta por antonomasia y en el elemento imprescindible de casi toda celebración gozosa. Eran “el plato más delicioso, y de más regalado gusto, que el paladar de la lozana juventud, y aun de toda la Nación Española, puede desear”[13], tal como se recoge en la descripción de las fiestas por la colocación del Cristo de la cofradía penitencial de la Cruz en 1681, en las que tuvieron lugar dos funciones taurinas.
Todos los estamentos sociales se veían atrapados por el embrujo de los toros. La Chancillería va a dejar oír su voz cuando la diversión del pueblo y de sí misma haya sido defraudada. Así, en 1641, ante el estrepitoso fracaso que fue la corrida celebrada el 4 de septiembre, el Real Acuerdo obliga al Regimiento a la celebración de una nueva fiesta[14]. Incluso, en 1614, se atrasan ocho días los regocijos de toros y cañas a petición del Presidente que estaba enfermo, aunque finalmente no las podría presenciar debido a su fallecimiento[15]. Se trataba de un acontecimiento donde ninguna institución faltaba, ni siquiera el clero, pese a las grandes controversias religiosas de la centuria anterior que de vez en cuando volvían a surgir en torno a la fiesta taurina. La Audiencia disponía de un lugar reservado en el consistorio junto a la Ciudad; ésta además repartía entre sus regidores las ventanas de las casas viejas de ayuntamiento –en frente del consistorio, al lado del convento de San Francisco– y las bocacalles de la Plaza. La Inquisición, el Cabildo y el Colegio de Santa Cruz, así como algunos nobles, poseían casas en propiedad en la Plaza Mayor, situándose en sus balcones principales –los del primer piso– para disfrutar del espectáculo[16], mientras el resto de los poderosos, entre ellos el Claustro universitario, los alquilaban. Se procuraba que los toros no fuesen en días de Acuerdo General y en estos casos las reuniones del Presidente y oidores se adelantaban y acortaban, al igual que se anticipaban los oficios en la catedral para poder asistir. También, la disposición de bebidas y dulces era una preocupación que se observa en los libros del Cabildo, la Universidad, la Chancillería y la Ciudad, nombrando cada institución su comisario[17]. En estas dos últimas corporaciones las colaciones se hacían extensibles a sus mujeres e iban acompañadas de una propina a cada miembro de 50 reales de vellón[18].
La Edad Moderna era el prototipo de “sociedad lúdica”. La fiesta se había convertido en un artículo de consumo de primera necesidad irrenunciable para todos, independientemente de su categoría social. Circunstancias mentales y materiales confluían en su génesis. El carácter estamental de la sociedad, en la que el grupo dominante había transmitido sus actitudes y comportamientos al resto, la empapaba de los ideales nobiliarios y, por tanto, de una mentalidad muy distinta a la burguesa caracterizada por el trabajo y el ahorro. “En el fondo todos los vallisoletanos salvo excepciones, tenían dentro de sí un hidalgo en potencia”, subraya Adriano Gutiérrez Alonso para el XVII[19]. Empero, el recurso a la alegría en común, con su capacidad de desahogo de tensiones individuales y colectivas[20], encuentra también un terreno abonado en una sociedad hundida en la miseria y la desigualdad. La fiesta era, como afirma Soubeyroux para el Setecientos, “una necesidad psicológica e incluso fisiológica que se hacia mas imperiosa a medida que las necesidades materiales aumentaban”[21]. De esta forma, el Regimiento organiza funciones taurinas para “divertir” pero también para que “el pueblo tubiese este alibio”[22]. A su vez, el ambiente sacralizado del Antiguo Régimen parecía ser animador y vertiente de expresión de aquel gusto por lo lúdico[23]. La explosión a lo festivo es algo consustancial a todo sentimiento religioso y más cuando se halla desarrollado hasta la exageración, sin entender de fronteras entre lo divino y lo humano y dominado por la ceremonia y el rito, como era aquella religiosidad barroca. Y cómo no, los toros no faltarán en las grandes celebraciones religiosas de carácter extraordinario, pero tampoco en fiestas más modestas celebradas por las cofradías. Incluso, en 1627, Martín Barrueta señala al Ayuntamiento “que una hija suya está próxima a profesar en el monesterio (sic) de San Nicolás, para cuya fiesta quería correr seis toros en la placeta que está enfrente del convento”, función para la que se le concede licencia[24]. Tampoco nos debemos olvidar de vinculaciones más específicas entre los toros y la fe, como era la caridad practicada con la carne de las reses muertas y las múltiples fiestas que tenían su origen en votos religiosos.
La espectacularidad, la emoción, lo carnavalesco[25], las altas dosis de peligro y de sangre y los cauces que ofrecían para la participación popular estos festejos[26] sirven para explicar, junto con la presencia de este animal en la cultura española desde tiempos pretéritos, el “frenesí taurómaco”[27] de los españoles del Antiguo Régimen. Era, sin duda, un “espectáculo total”, en mayor medida que el teatro, la otra diversión por excelencia de la España barroca.
La Plaza Mayor de Valladolid, construida tras el incendio de 1561[28], la que sirvió de prototipo para toda España, era, pese a la importancia de las calles y otros espacios abiertos, la protagonista espacial de las fiestas. Luminarias, fuegos de artificio, el primer levantamiento del pendón por el nuevo monarca o los autos de fe tendrán como marco de celebración este lugar y, sobre todo, los toros, muy a menudo unidos al juego de cañas. Las funciones taurinas que se celebren aquí serán las de mayor boato y estarán bajo la supervisión y gobierno del Regimiento, aunque no siempre será su organizador. Sólo durante la estancia de la Corte (1601-1606) su preeminencia fue puesta en entredicho por las plazas situadas delante y detrás del Palacio Real y la huerta del duque de Lerma –junto al Pisuerga– donde frecuentemente se corrieron toros y jugaron cañas para regocijo de los reyes y de su valido[29].
Al margen de acontecimientos políticos y religiosos, los vallisoletanos disfrutaban de los toros en dos ocasiones a lo largo del año, por San Juan y Santiago. El origen de estas dos corridas pudo estar en un voto de carácter religioso[30], pero en el XVII se había quedado sólo en una costumbre y hasta en una obligación demandada por los dueños de las casas de la Plaza, los principales interesados económicamente en estas funciones al alquilar para verlas sus ventanas y portadas donde se construían tablados.
En el coso vallisoletano se alternaron y coincidieron el toreo caballeresco, como no podía ser de otra forma en una de las ciudades principales de Castilla que todavía fue Corte a principios del XVII, y el popular. El 10 de junio de 1605, cuando Valladolid era capital de la monarquía hispánica, tuvo lugar la fiesta de toros y cañas más brillante celebrada en esta ciudad, para festejar el nacimiento del príncipe Felipe. Como recoge el portugués Pinheiro da Veiga, testigo de excepción de aquellas fastos, los nobles no sólo se exhibieron en las cañas, en las que participó Felipe III; el duque de Alba, el marqués de Cerralbo, el de Barcarrota, el de Coruña, el de Ayala, don Antonio de Toledo, el de Tábara, y el conde de Salinas, junto con otros caballeros, salieron también a la plaza a alancear toros y quebrar rejones[31]. Décadas después, fueron don Juan de Rojas y Contreras, regidor de esta ciudad y don Juan Lisón de Tejada, caballero de la orden de Santiago, los que demostraron su valor con ocasión de las fiestas por la beatificación de Pedro Regalado[32].

La recreación del ambiente caballeresco del torneo medieval y renacentista, sobrecargado de aparatosidad y ostentación, que se producía con los lidiadores ecuestres y los juegos de cañas, sólo tenía lugar en las fiestas más importantes. En la mayoría de las ocasiones, era la gente plebeya, a pie y a veces a caballo, quien medía sus fuerzas con los bravas reses. Los espontáneos, como en el XVI, seguirían saliendo al ruedo, convirtiendo a los toros en la fiesta más popular, pero ya va a aparecer la figura del torero. Las primeras noticias sobre estos toreros a pie, actuando no como auxiliares de los caballeros sino de forma independiente, las encontramos a mediados del Seiscientos. El 7 de septiembre de 1635, el Ayuntamiento acordó pagar cinco ducados “a un moço que dicen es de Olmedo y toreó por la mañana a pie con rexones (...) por aver regocixado la fiesta y la axilidad con que toreava”[33]. Lidiadores evidentemente profesionales figuran en 1659, en la fiesta celebrada por la cofradía de la Pasión en la Plaza Mayor, o en 1661, por el nacimiento de Carlos II, cuando actuaron dos toreros de Segovia[34]. A partir de la década de los setenta serán los auténticos protagonistas de la fiesta y así, en 1674, se pagaron 2.300 reales a “los toreadores de a pie que se trajeron de Nabarra y otras partes”[35]. Posiblemente, su presencia en el ruedo vallisoletano se remonte a fechas anteriores, al igual que acontece en otros lugares del Norte de España como León o Pamplona[36], pero la escasez documental del archivo municipal en la primera mitad del XVII, especialmente la inexistencia de cuentas completas de fiestas de toros, hace que de momento no pueda contrastar tal hipótesis.
Los años de estancia de la Corte, con los numerosos y sorprendentes festejos taurinos con los que el Regimiento deleitó a sus majestades tratando de lograr su permanencia en la ciudad del Pisuerga, dotó a la fiesta de una espectacularidad que sobre todo se perpetuó en un aspecto: el número de reses bravas de cada celebración. De los 4-6 toros de finales del XVI pasamos, una vez vuelta la Corte a Madrid, a no menos de 10, número que se irá incrementando hasta los 16 de finales la centuria. Se compraban en los alrededores, especialmente en Medina del Campo y Tordesillas, pero también en Zamora y Salamanca, a ganaderos ya especializados en su cría, pues eran capaces de abastecer a la Ciudad con los astados necesarios para las corridas de un año. De esta forma, Pedro Sánchez de Acebes, vecino de Salamanca, en una fecha tan temprana como 1614, vendió al Concejo nada menos que 21 toros para los festejos por la beatificación de Teresa de Jesús[37]. Como ya he señalado, 2-4 toros se corrían por la mañana y el resto por la tarde y este noble animal siempre moría en la plaza a través de la técnica del desjarrete.
Empero, las fiestas de toros organizadas por el Regimiento eran caras y lo serán cada vez más al irse enriqueciendo el espectáculo, de forma que el coste de una corrida ordinaria pasará de unos 11.000 reales a mediados del XVII[38] a no menos de 15.000 a finales de siglo[39] (CUADRO Nº 1). Es lógico que la grave crisis de la hacienda municipal, detalladamente estudiada por Adriano Gutiérrez Alonso[40], dejara también su huella en este terreno. A medida que avanza la centuria, en efecto, los festejos de toros disminuyen en frecuencia, los extraordinarios ya no se suman a los ordinarios, sino que los sustituyen y abundan los años en que se celebra una o ninguna corrida, argumentándose constantemente “la gran necesidad y empeño en que esta Ciudad se alla”[41]. Esta circunstancia tiene dos consecuencias. Por una parte, los dueños de las casas de la Plaza Mayor logran obtener en 1638 y 1670 sendas cartas ejecutorias en la Chancillería vallisoletana para obligar a la Ciudad a la celebración de las dos fiestas ordinarias anuales[42]. De esta manera, el Ayuntamiento se ve obligado a buscar nuevas fuentes de financiación en 1670: las sobras de los arbitrios establecidos para la paga de las quiebras de millones[43]. La segunda consecuencia será que dos cofradías penitenciales, la de la Pasión y la Cruz, durante un período de tiempo bastante largo, se harán cargo de las corridas ordinarias de la Ciudad.
CUADRO Nº 1.- GASTO APROXIMADO DE UNA FIESTA DE TOROS | |||||||
(1681) EN REALES DE VELLÓN | |||||||
TOROS | 16 toros | 7.200 | |||||
MONTAJE FIESTA | Varas largas para los vaqueros, lanzas para los toreros | ||||||
y papeles de colores para las banderillas | 291 | ||||||
Garrochas y gastos menudos | 58 | ||||||
Vaqueros | 200 | ||||||
Limpiar, enarenar y regar la plaza | 1.747 | ||||||
Abrir y cerrar el toril | 60 | ||||||
Abrir y cerrar las puertas para los encierros | 150 | ||||||
Armar y desarmar el toril | 250 | ||||||
Rocín para la lanzada | 50 | ||||||
Alquiler de los cuatro balcones de las oidoras | 600 | ||||||
Ministriles | 44 | ||||||
OFICIALES AYUNTAMIENTO | Clarines | 44 | |||||
Portero que asiste a sacar los toros muertos | 44 | ||||||
Alguaciles ordinarios | 300 | ||||||
Porteros | 50 | ||||||
TOREROS | Toreros | 500 | |||||
REGIMIENTO | Hierbas para el corredor del consistorio | 14 | |||||
Alquiler balcones de las familias del corregidor y teniente | 300 | ||||||
Refresco | 1.300 | ||||||
TOTAL | 13.202 | ||||||
NOTA: Para valorar esta cifra, así como sus partidas de gasto, hay que tener en cuenta, por ejemplo, que los salarios en la construcción, los más conocidos para el Valladolid del XVII, oscilaban entre los 10 reales diarios de un maestro y los 4,5 de un peón. Gutiérrez Alonso, Adriano: Estudios sobre.., pp. 181. | |||||||
FUENTE: A.R.CH.V., Documentación Municipal, Secretaría General, Caja 164, Exp. 33. El Regimiento hizo este cálculo en 1682 sobre lo ahorrado el año anterior por no haberse celebrado la segunda corrida. | |||||||
Estas poderosas cofradías ya en alguna ocasión habían tenido fiestas de toros con motivo de sus festividades anuales, a veces en la Plaza Mayor. Eran la fiesta de la Cruz (3 de mayo) y la degollación del Bautista (29 de agosto). Desde 1647[44] hasta 1670, las celebraron todos los años, sustituyendo a las fiestas ordinarias de la Ciudad. La ayuda del Municipio se estableció en el precio de cuatro toros, la plaza aderezada, toril y vallas para el encierro y la cesión de las bocacalles -para construir tablados.
No serán las únicas cofradías que organicen juegos taurinos. La de las Angustias, por ejemplo, pidió licencia, en 1628, para “correr toros en la plaça del Almirante”, con motivo de la fiesta de la Ascensión, y la de San Eloy hizo lo propio “para correr dos novillos enmaromados la víspera de su fiesta que es el día de San Juan en la tarde y el día siguiente por la mañana” en las Platerías, en 1638[45]. Toros, novillos, incluso bueyes y vacas, sueltos o ensogados, se corrían prácticamente en todas las plazas con motivo de las funciones ordinarias y extraordinarias de numerosas cofradías, mostrando una vez más la falta de fronteras entre lo natural y lo sobrenatural en aquella sociedad sacralizada.
El Regimiento no se mostraba muy proclive a organizar este tipo de festejos, mucho más populares y menos controlados por la autoridad. A principios de siglo dejó de celebrar una diversión todavía frecuente hasta entonces: el correr bueyes por las calles[46]. En 1629, por decisión del Ayuntamiento, se corrieron toros y novillos enmaromados nada más conocerse la noticia del nacimiento del príncipe Baltasar Carlos y también hubo novillos por la rendición de Lérida de 1647, pero fueron en la Plaza Mayor, su símbolo de poder indiscutible al hallarse el consistorio[47]. El Concejo, en cambio, será el principal organizador de una modalidad taurina que precisaba un escenario muy concreto: el despeño de toros al río Pisuerga en la Huerta del Rey. Felipe IV fue agasajado con este juego, que por primera vez se celebraba en Valladolid, el mismo día de su llegada desde Irún en 1660 [48].
Como hemos podido comprobar, los espectáculos taurinos salpicaban frecuentemente y por muy diversos motivos la vida cotidiana del Valladolid del XVII. Las elites urbanas no serán indiferentes al “fervor” que despertaban. Pondrán en práctica una de sus formas de dominio más efectivas: la persuasión, aplicando a la fiesta la retórica aristotélica: “docere, delectare, movere”.
2.- LA PLAZA COMO ESCENARIO DE REPUTACIÓN
Un importante asunto iba a debatirse en el Claustro universitario del 30 de junio de 1668, en el que se trajo a colación
...la asistencia que esta Universidad avía tenido en ver las fiestas de toros que el insigne Colegio de Santa Cruz hico al dicho señor presidente de Castilla y lo vien que abía parecido dicha asistencia a vista de tan ylustres comunidades, como un Aquerdo, Ciudad, Cavildo y Inquisición y dicho insigne Colegio de Santa Cruz.
Tratado y conferido el asunto se acordó que “la Universidad en todas las ocasios (sic) públicas de fiestas de toros a que vaia el Acuerdo vaia la Universidad”[49].