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FIESTAS EN HONOR DE UN REY LEJANO. LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE V EN AMÉRICA

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Marina Alfonso Mola

Universidad Nacional de Educación a Distancia.UNED/España

 

En estos últimos años del fin del milenio ha arraigado con fuerza la moda de centrar cada año las corrientes de investigación en la celebración de los centenarios ya sea para conmemorar el descubrimiento de América o la pérdida del imperio de Ultramar, el desastre de la Invencible, la emancipación de las Provincias Unidas, la muerte o el nacimiento de un monarca (Felipe II, Carlos V), de un pintor (Velázquez), de un literato (Calderón) ... Y así, en este año 2000, no me he podido mantener al margen de la intoxicación de esta fiebre de fechas míticas y con motivo de la instauración de la dinastía de los Borbones me he dejado seducir por la figura de Felipe V, de modo que al ser invitada a participar en un Congreso que expandía sus horizontes hasta América no tuve dudas para elegir la temática, que debía girar en torno a las celebraciones festivas por la entronización del nuevo monarca, de modo que pudiese plantear el poder de la representación y la representación del poder del rey distante en la América virreinal a través de las fiestas de proclamación llevadas a cabo en algunos de los principales núcleos urbanos de los reinos de Indias, así como las semejanzas con el cortejo, ritual y programa iconográfico de los festejos organizados en los otros reinos de la Monarquía hispánica sin olvidar los rasgos distintivos americanos[1].

Si bien la oportunidad del tema se justificaría por la sola conmemoración de la efemérides, una rápida ojeada a la bibliografía sobre esta cuestión muestra, primero, que es una parcela de la historia por la que se ha manifestado un interés relativamente reciente y que hay muy pocos trabajos que se centren específicamente en las proclamaciones reales[2] y aún menos en las que tuvieron lugar en la otra orilla del Atlántico. Y, segundo, que son los especialistas en la historia del arte y de la literatura los que lideran los estudios sobre la fiesta barroca[3], las arquitecturas efímeras[4] y la literatura emblemática[5].

En efecto, aunque existen alusiones a las aclamaciones reales entre las fiestas coloniales[6], parece como si la muerte ejerciera más fascinación que la vida, de manera que las honras fúnebres han sido más estudiadas[7] que las proclamaciones reales, las cuales han quedado relegadas a un segundo plano[8], tal vez porque generan menos arquitectura efímera y los pioneros en el estudio de estos temas proceden del ámbito de la historia del arte o quizás porque las aclamaciones reales quedaran oscurecidas por las entradas de los virreyes ("espejos del remitente"[9] rey lejano), sufriendo la competencia de los ostentosos cortejos virreinales a lo largo del camino denominado de los virreyes[10] entre Veracruz y ciudad de México o entre El Callao y Lima, donde en un alarde de esplendidez los notables peruleros gustaban de empedrar las calles con barras de plata para el paso de la comitiva virreinal[11].

El ámbito analizado incluye los virreinatos de Nueva España y del Perú, ya que hasta 1739 (bajo el propio Felipe V) no se crea el virreinato de Nueva Granada y se ha de esperar a 1776 (con Carlos III) para que se instituya el del Río de la Plata, desgajados ambos del amplio territorio del peruano. Dada la extensión de ambos macroterritorios y la práctica de organizar festejos en todos los núcleos urbanos que se preciaran, ya que la epifanía del poder mayestático era una ocasión para mostrar la fidelidad a la Corona al tiempo que la importancia de la ciudad y sus regidores, la proliferación de los relatos festivos con motivo de la proclamación de Felipe V es de magnitud similar a la del territorio en el que se redactaron. De ahí que se haya optado por dejar para un estudio más extenso las numerosas relaciones que se conservan manuscritas en el Archivo General de Indias[12] y se hayan seleccionado para su análisis y comentario algunas de las crónicas festivas impresas menos conocidas o más relevantes dado el carácter de las poblaciones que las generaron[13].

Finalmente, para completar la introducción sólo queda decir que las proclamaciones reales son, junto con las honras fúnebres a la muerte del soberano, las jornadas y las entradas reales, ocasiones paradigmáticas para exteriorizar los símbolos del poder y la respuesta social y que, si bien tienen su epicentro en la Corte, desde ella se irradian como las ondas sísmicas y se reproducen con mayor o menor intensidad en todos los reinos de la Monarquía, implicando en diversos grados a todos los estamentos de la sociedad[14]. Como bien resalta Juan Antonio Sánchez Belén[15], cada sociedad establece unos sistemas de comunicación para trasmitir sus patrones ideológicos en un tiempo y en un marco físico concretos, siendo necesaria la creación de una serie de escenarios adecuados para que se lleve a cabo tal comunicación, según la definición clásica de Goffman[16]. Y lo que es más, siguiendo a Fogel, la transmisión de ideas e información durante la Edad Moderna se encuentra mediatizada por la precariedad de medios técnicos para su divulgación, siendo las vías orales y visuales los vehículos informativos principales, adquiriendo la escenografía del espectáculo una enorme importancia para la proyección del mensaje que se desea difundir: la legitimidad de la realeza tras el refrendo popular, ya que era el pueblo, representado en la multitud congregada, quien proclamaba al soberano[17].

En efecto, el monarca, que heredaba el trono en virtud de las tradicionales leyes sucesorias, recibía el solemne reconocimiento público en el acto de la proclamación y, a modo de rito iniciático, el rey era invocado para hacerlo presente, con todo su poder y majestad, en medio de su pueblo[18]. El alférez mayor lanzaba (con ligeras variantes) el triple grito de "Castilla y las Indias por el rey católico don Felipe, Quinto de este nombre, Nuestro Señor, que Dios guarde muchos años", propuesta a la que se respondía por tres veces “todos a una voz: viva, viva, viva, desde la ínfima plebe hasta lo regio de los tribunales”[19].

Era toda una ceremonia pautada, un espectáculo que recurría a mecanismos alegóricos, los cuales servían para reconocer más que para conocer por primera vez la coherencia de un reino. La forma de entender la comunidad (rey/reino) se expresaba por medio de los símbolos de la propia fiesta, cuyos protagonistas eran el retrato del soberano y el pendón real (emblemas de la monarquía que representaban ante los súbditos el papel de la majestad) y la muchedumbre de espectadores (emblemas vivientes del cuerpo de la monarquía). La misma condición efímera de la fiesta era capaz de dejar un recuerdo indeleble en la memoria de los espectadores, puesto que el aparato escénico y gestual materializaba ideas y tópicos ya conocidos, un referente previo que se entreveraba con las percepciones físicas que se dirigían a estimular los cinco sentidos[20] a través del ruido, el fuego, el olor, el color, los confites, las monedas ... En suma, una catarsis colectiva, que el asistente al evento grababa en su mente, ajustando en su realidad lo que ya existía en su imaginación y de cuyo recuerdo viviría en las jornadas anodinas de su cotidianeidad[21].

Si en los reinos metropolitanos de la Monarquía Hispánica es importante y magnificente el acto de la proclamación real, en los virreinatos americanos lo es aún más, ya que se trata de la exaltación solemne al trono del "rey ausente", pues en Indias no hay Cortes que juren el compromiso recíproco de lealtad y acatamiento de leyes y fueros, de modo que la imagen del rey sólo se percibe a través del retrato que preside el estrado, que obviamente, no existiendo la posibilidad de ver al soberano en persona y aclamarlo durante el desfile en pompa, previo al ceremonial de la jura, manifiesta de forma plástica y material el poder de la monarquía absoluta[22].

Tras la muerte de Carlos II, y la consiguiente apertura del testamento regio con la designación de don Felipe, duque de Anjou, como sucesor a la corona, doña Mariana de Neoburgo y la Junta de Regencia se encargaron de despachar sendas reales cédulas comunicando respectivamente el óbito del soberano y el programa para las exequias[23], así como la entronización del nuevo monarca y las instrucciones para la ceremonia de proclamación (R.C. de 27 de noviembre de 1700) a los reinos, señoríos, ciudades con voto en Cortes y demás con corregimiento. Aunque en Madrid se había procecido a la aclamación real tres días antes de que se despacharan rumbo a América las órdenes para "levantar pendones en nombre del rey", a Nueva España no llegó la comunicación oficial de la muerte del Austria y la exaltación al trono del Borbón (a bordo de un buque empavesado de negro) hasta el 6 de marzo de 1701[24]. Y aún se demoró más, hasta el 14 de junio, la llegada de la noticia a Portobelo, de donde se transmitió a Lima de forma extraoficial más rápidamente que por la vía ordinaria, hasta el punto de recibir el virrey, conde de la Monclova, la noticia oficial el 9 de octubre, cinco días después de haberse proclamado con toda solemnidad el ascenso al trono del nuevo monarca (5 de octubre del mismo año de 1701). Si estas fechas parecen desfasadas con respecto a los mismos eventos celebrados en la metrópoli, más tardías aún fueron las celebraciones llevadas a cabo en Cuzco, donde la entronización se solemnizó el 8 de enero de 1702.

Las fiestas en honor de Felipe V tuvieron lugar en la capital del virreinato novohispano el 4 de abril[25]. Aunque el virrey, conde de Moctezuma, era sospechoso de habsburguismo, antes de presentar su dimisión no dejó de cumplir estrictamente con los deberes de su cargo, por lo que, tras serle comunicado el contenido de las reales cédulas, conmemoró la muerte de Carlos II y no dudó en organizar en la capital novohispana la proclamación, jura y acatamiento del nuevo monarca con todo el boato pertinente en estos casos, como asimismo lo hicieron la mayor parte de los centros urbanos del virreinato, que se apresuraron a emular a la capital celebrando sus proclamaciones particulares (sobre todo Puebla de los Ángeles -la rica capital comercial beneficiaria del tránsito de las mercancías del Galeón del Manila-, que la realizó el 9 de abril). La dilación entre la llegada de la noticia y su puesta en práctica se debió (en ambos virreinatos) al deseo de realizar la proclamación con toda la pompa que la ocasión requería, ya que pese a lo efímero del evento, "cada cual estudiaba el modo de salir más lucido y de ocultar su gala, porque otro no la compitiese, y fue ardiendo en todos la emulación noble"[26], aprovechando así las élites la oportunidad de mostrar su prestigio y su poder, pese a las disposiciones de austeridad de la reina viuda, que restaron cierta vistosidad a las fiestas en honor del Borbón[27]. Y es que el objetivo de estas festividades era la élite criolla, aunque los demás grupos sociales eran instados a participar de forma corporativa[28], de tal modo que, las fiestas se realizaron siguiendo los modelos europeos, pero sin renunciar a la capacidad integradora de los elementos propios de la estructura social colonial (desfile de caciques y de cofradías de negros, aunque no hay constancia explícita de la participación de este colectivo en la jura del primer Borbón).

La consulta a la ciclópea obra de José Toribio Medina[29] muestra que, tanto en los grandes centros virreinales como en otras áreas ultramarinas de entidad (Filipinas o Guatemala), durante el reinado de Felipe V se imprimieron numerosos opúsculos y sermones de campanillas con motivo de diversas victorias militares[30], así como otras muchas obritas, aparte de las dedicadas a las exequias por Carlos II, haciéndose eco de las efemérides más variadas[31]: onomásticas[32], cumpleaños, embarazos y felices partos de las reinas, nacimiento del príncipe de Asturias[33] y de los infantes, matrimonio[34], ascenso al trono y muerte de Luis I, muerte de María Luisa Gabriela de Saboya, así como del Delfín y Luis XIV, padre y abuelo respectivamente del rey. No obstante, menudean las proclamaciones de Felipe V impresas, manteniéndose manuscritas la mayoría, con la excepción de los grandes núcleos urbanos (Ciudad de México, Lima, Puebla, Texcoco, Guadalajara y Cuzco), que son precisamente las recogidas por Medina en su ingente obra, aparte de una mención a una posible impresión en Yucatán[35]. Aunque este escueto número de relaciones, que es el que ha servido de base para este trabajo, puede verse ampliado si la suerte favorece a los investigadores y se encuentran nuevos ejemplares en los archivos y bibliotecas. En todo caso, se pueden utilizar para tener una visión más completa las relaciones manuscritas ya mencionadas, conservadas en los archivos locales y en el General de Indias.

Esta ausencia de impresos pudo deberse a la circunstancia especial que conllevaba el cambio de dinastía y a las simpatías de ciertos sectores por el candidato austríaco[36], aunque no hay constancia de que hubiese una oposición austracista abierta en el territorio hispanoamericano ni en los momentos cercanos al conocimiento de la designación del Borbón ni más tarde, durante la guerra de Sucesión. De ahí que me muestre bastante reticente a aceptar la proclamación del archiduque Carlos en Caracas, máxime cuando la lectura atenta a la obra de referencia sobre el particular, debida a Analola Borges, es vaga e imprecisa incluso a la hora de dar una fecha en la que se produjera la cabalgata y alzamiento de pendones[37]. Nos sorprende que habiendo publicado ella misma la proclamación de Felipe V en Caracas[38] no percibiera la diferencia entre ambos documentos. Incluso tratándose en el caso de Carlos (III) de un acto de oposición y en el de Felipe V de un trámite oficial, las proclamaciones tienen unas pautas fijas que no existen en la supuesta jura del candidato habsburgués, ya que se limita a una algarada y tremolar de pendones sin más entidad, aunque es cierto que holandeses e ingleses desde sus bases insulares hicieron una agresiva campaña en pro del Habsburgo.

También difiero de las consideraciones efectuadas por la musicóloga norteamericana Louise K. Stein[39] en la introducción al libreto de la ópera La púrpura de la rosa[40], que se estrenó (con motivo del cumpleaños real, 19 de diciembre) tan sólo dos meses después de la jura limeña del primer Borbón, en una representación patrocinada por el propio virrey, hecho muy a tener en cuenta a la hora de admitir que la filiación austracista de Monclova le llevó a prohibir la impresión de la jura. Si bien la omisión del nombre del autor en la relación de la proclamación limeña[41] (igual que en la Loa), así como de la alusión a las arquitecturas efímeras, pinturas, esculturas, retratos, alegorías, emblemas, jeroglíficos, empresas, divisas y epigramas[42], que acompañan a toda cabalgata, es un hecho que pudiera ir en la línea de L. K. Stein, la confesión de "amante lealtad" del virrey en el primer párrafo, asumiendo todo el protagonismo, incluso dejando al alférez real en un obvio segundo plano (sólo aparece en el cuerpo del texto, no en la presentación), además del comportamiento del virrey y de su primogénito, no dejan lugar a dudas sobre la magnificencia con que se realizó este acto oficial de reconocimiento de soberanía y de dinastía[43].

En cualquier caso, podría estar de acuerdo en que, si bien la propia publicación del opúsculo con los actos llevados a cabo contradice la prohibición, las circunstancias de ausencia de engalanamiento especial de la ciudad (en oposición a los detallados ornatos que luce la catedral) o la permanencia del retrato real en la sala de audiencias sin ser mostrado al público o la inexistencia de un ejemplar de la relación en la Biblioteca Nacional de Lima (donde sí existe la del Cuzco), son detalles todos ellos anómicos (según se desprende de las relaciones novohispanas) que pudieran estar relacionados con las tendencias filoaustríacas de Monclova y no ser un simple olvido del anónimo autor. De hecho, la narración de la proclamación en San Francisco de Quito, capital de la Audiencia, muestra también una gran austeridad, que pudo deberse a su posición secundaria dentro del virreinato pero también al hecho de seguir las pautas de Lima[44]. Sin embargo, mientras que el virrey Moctezuma fue sustituido pronto (en el mismo año de 1701 hizo su entrada triunfal Francisco Fernández de la Cueva y Enríquez, duque de Alburquerque), Monclova, pese a su prolongada estancia en tierras americanas (desde 1685), no fue relevado de su cargo hasta 1707 por Manuel Oms de Santa Pau, marqués de Castelldosrius (el mismo que había comunicado al duque de Anjou su designación como rey de España en presencia de Luis XIV). No se sentiría la Corona muy amenazada por la posible deslealtad del virrey del Perú.

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La ceremonia de proclamación, que inauguraba cada nuevo reinado, gozaba en la Corona de Castilla de una gran tradición. De origen militar, pues derivaba de la exaltación por el ejército de un nuevo rey, había evolucionado hasta adquirir un carácter cívico, siendo la ciudad la encargada de organizarla y patrocinarla. Vestigio de aquel origen es el papel principal representado por el alférez mayor (siempre de nobleza titulada) de cada municipio, que es el encargado de oficiar la ceremonia junto con el cabildo municipal en pleno, encabezado por el corregidor decano. Era, pues, una fiesta oficial, pero con una dimensión popular fundamental, ya que en última instancia era el pueblo congregado quien proclamaba al soberano. Una vez consolidado el asentamiento de los españoles en el Nuevo Mundo se importó el ceremonial castellano de la proclamación en el ámbito americano. Del mismo modo que en la metrópoli, en ambos virreinatos la aclamación y jura no se limitaba a las capitales, sino que se producían manifestaciones similares en los grandes centros urbanos. Así ocurrió en la jura de Felipe V, al igual que había sucedido en las de los soberanos que le habían precedido.

El proceso de la proclamación de don Felipe siempre se inició siguiendo las pautas tradicionales, que imponían la convocatoria de varias sesiones. En líneas generales, el protocolo se desarrollaba siempre de la misma manera. Tras recibirse los reales despachos y carta del secretario del Consejo de Indias con la noticia dirigida a los presidentes y oidores de las reales audiencias, en las capitales virreinales eran convocados el corregidor y los capitulares por el contador mayor del Tribunal y Real Audiencia de Cuentas a una sesión plenaria del cabildo en la que se les comunicaba el contenido de las cédulas, mientras que en el resto de las ciudades era el procurador general el encargado de transmitir al cabildo reunido en pleno la noticia que le había sido entregada por el presidente de la Real Audiencia. Recibida la notificación, los representantes de las ciudades acordaban hacer los regocijos públicos pertinentes, encargaban al procurador general que comunicase a la Real Audiencia que les había sido participada la real orden (que "estaban prontos a ejecutar") y que se pusiese en conocimiento de los alféreces reales la decisión de proceder a la proclamación real. En sesiones posteriores, tanto el cabildo municipal como otras instituciones ciudadanas (Audiencia y cabildo catedralicio) designaban comisarios especiales para organizar las fiestas y administrar el presupuesto necesario tanto para preparar el recorrido del cortejo y exornar las plazas donde debía tener lugar la aclamación, como para adquirir la lujosa vestimenta que debían lucir corporativamente en el desfile[45]. Tampoco se olvidaban los munícipes de convidar a participar en el lucimiento de la cabalgata tanto a los comerciantes más destacados como al pueblo, para lo cual unos días antes de la función dos alcaldes ordinarios y dos regidores diputados salían por las calles acostumbradas a pregonar en todas las esquinas ("al son de tímpanos, atambores, clarines y demás músicos instrumentos") la fecha del desfile y la colaboración que se esperaba de los vecinos para contribuir al adecentamiento y adorno de las calles e iluminar sus viviendas por las noches durante el tiempo de los festejos.

Pese a resultar, en general, austeras las fiestas en honor del primer Borbón si se comparan con las anteriores y posteriores, las relaciones estudiadas de la jura de Felipe V muestran de forma unánime que no se escatimaron gastos para costear los fuegos artificiales y los hachones de cera de Venecia, erigir los tablados recubiertos de ricas alfombras turcas, levantar las arquitecturas efímeras y los arcos de triunfo (aunque fueron escasos), componer los versos, jeroglíficos y acrósticos, adornar las fachadas de las casas con vistosas colgaduras y tapetes de seda y las azoteas con banderolas y gallardetes, ataviar a los criados con lujosas libreas, organizar la cabalgata incluidos los carros de los "salvajes" y las danzas y bailes de los indígenas[46], así como encargar los cuadros con la imagen del rey. Todas las ciudades resplandecieron entre alegres repiques de campanas en las iglesias y periódicas salvas. Los vecinos de todas ellas se dispusieron a contemplar la comitiva por el largo itinerario previsto (veinticuatro cuadras en la capital limeña) desde los balcones, galerías, ventanas y tejados. Las calles se poblaron de un gran gentío, que, atraído por la curiosidad, acudió desde las comarcas vecinas y desde los pueblos más distantes y no quedó defraudado, pues la vistosidad fue extraordinariamente colorista en joyas, galas, plumas, flores y frutos ("que bien parecía la selva, los Campos Elíseos o los pensiles de Chipre", como señalaba el cronista poblano).

Como los hitos fundamentales de la ceremonia son muy parecidos en todos los núcleos urbanos estudiados, vamos a seguir las pautas de la jura correspondiente a la capital de Nueva España. Comenzó ésta con la reunión en el Ayuntamiento del corregidor, los alcaldes ordinarios, el maestre de campo del reino, el correo mayor, los regidores y muchos caballeros. Desde allí arrancó el desfile abierto por los ministriles, timbales, tambores, tímpanos, chirimías, dulzainas, trompetas y clarines, vestidos de lana encarnada con encajes de plata sobre azul. Seguían los ministros de vara de la Audiencia, los tenientes de alguacil mayor de la ciudad, los dos maceros almotacenes, los escuadrones de infantería, la caballería unida al Ayuntamiento, marchando luego los militares con graduación y la nobleza (todos ellos jinetes sobre corceles enjaezados con vistosos encintados y estribos de oro y plata).

Se dirigieron a la casa del Alférez Real, que salió a incorporarse a la comitiva, que le acompañó a las Casas Reales, marchando el Alférez al lado derecho del primer alcalde. Los capitulares subieron entonces a su sala de juntas, donde previamente se había colocado el pendón real entre cuatro reyes de armas vestidos con coletos de ante ornamentados con cordoncillos de plata, siendo el resto de su atuendo de plata y oro.

Se dispusieron entonces el Alférez a la derecha y el corregidor a la izquierda del pendón y volvió a formarse el anterior cortejo para encaminarse al Palacio y subir al salón en que se encontraba el virrey congregado con la Audiencia, los ministros del Tribunal de Cuentas y los oficiales reales. Todos juntos bajaron al tablado de antemano dispuesto delante del Palacio[47]. La tribuna principal de la ciudad de México tenía treinta varas de largo por quince de ancho, estando la mitad cubierta en previsión de posibles inclemencias meteorológicas (más modesta fue la de Lima, ya que las cuatro erigidas tenían las mismas proporciones, ocho varas de largo por seis de ancho y tres y media de alto). En ella, “el retrato de Su Majestad se puso aparte en lo alto, hacia los balcones de Palacio, con el mayor adorno, primor y riqueza que se pudo, donde se hizo el acatamiento debido"[48].

Al palco subieron los secretarios del ayuntamiento, los cuatro reyes de armas, el regidor decano, el corregidor, el alférez y el virrey. Los maceros se situaron en las gradas. Tras el protocolario saludo de cortesía, consistente en descubrirse y volverse a cubrir, puestos todos de pie y destocados, el rey de armas más antiguo demandó la atención de los presentes con las palabras de ritual: "¡Silencio, Silencio, Silencio; Oid, Oid, Oid!". A continuación el virrey, poniendo la mano en el pendón real que tenía el alférez real, dijo con voz alta y clara: "Castilla, Nueva España; Castilla, Nueva España; Castilla, Nueva España por el Católico Rey D. Phelipe Quinto, nuestro señor, rey de Castilla y de León, que Dios guarde muchos y felices años", respondiendo todos: "Amén, amén, amén, viva, viva, viva". Luego el virrey entregó el estandarte al alférez real, el cual, enarbolando el pendón proclamó de nuevo la adhesión de la ciudad (acción que se repitió por tres veces, ubicándose el alférez en el centro del estrado, luego a la derecha y finalmente en el flanco de la izquierda), tras lo cual se hicieron salvas de arcabucería, se voltearon las campanas de la catedral (repique que fue coreado por los demás campanarios), se echaron al aire los sombreros, desde los balcones (por señoras y monjas) fueron arrojadas flores, pastillas de boca y de olor, así como (gracias a la munificencia de las autoridades) se echaron divisas y monedas[49] acuñadas para la ocasión con la efigie del nuevo rey[50]. La algarabía y confusión entre el pueblo (europeo e indígena, convocado por los nobles caciques) fue notable en su afán de recoger los reales de plata que se les ofrecían con liberalidad como llovidos del cielo[51].

Concluidos los actos de rigor, las autoridades se sentaron y vieron desfilar las compañías de comercio, que no se deslucieron pese a la lluvia[52]. Después los representantes de la ciudad se despidieron del virrey, hicieron acatamiento al retrato del monarca y, montando a caballo, marcharon a repetir la proclamación, con idéntica ceremonia en las dos plazas del trazado urbano en las que se habían dispuesto tablados para la ocasión. El fin de fiesta en el virreinato de Nueva España se completó con la acción de gracias en la catedral, donde se entonó un Te Deum ("pasando del teatro de sus plazas al ara de su templo")[53].

Esta descripción, a grandes rasgos (con detalle se puede ver en el apéndice documental, en que se recogen extractos de las proclamaciones de Lima y Texcoco), muestra bien a las claras que el diseño de las celebraciones en honor de Felipe V fue una tarea que requirió una gran inversión de trabajo y recursos para construir todo el aparato de la puesta en escena, ya que la posibilidad de mostrar el espectáculo era motivo de honra para la ciudad y sus habitantes. Además de los tablados para los espectadores y el estrado como escenario de la representación, se engalanaron las fachadas, se alumbraron azoteas y balconadas, se adecentó la pavimentación, se limpiaron y adornaron las calles por donde pasó el cortejo, lo cual supuso un dispendio para las familias propietarias de las viviendas, que en algunos casos solventaron parte de la inversión en los gastos suntuarios alquilando los balcones[54]. Es fácil imaginarse que la misma actividad constructiva y la fiebre de los preparativos fue un espectáculo para el pueblo y que serían multitud los curiosos que inspeccionaron la erección de los tablados y otros exornos construidos para el evento.

Si en las proclamaciones anteriores a Felipe V la ceremonia no había sido una simple apariencia, sino un elemento sustancial en la sociedad virreinal que se encargaba de hacer presente al rey entre su pueblo al mismo tiempo que se ponía de relieve el poder mayestático de quien estaba por encima de sus súbditos, gracias a la dimensión sacralizada de una monarquía de derecho divino[55], la trascendencia de la jura del Borbón (y de la imagen del rey, aunque ésta sea ideal), a través de los gestos y rituales consuetudinarios, se revaloriza al tratarse de la instauración de una nueva dinastía[56]. En efecto, en el caso de Felipe V hay un componente particular, ya que el nuevo soberano encarna el paso de la dinastía de los Austrias a la de los Borbones. Por ello, en primer lugar, se pone gran énfasis en señalar la continuidad dinástica (fenómeno común al esfuerzo realizado en la propia metrópoli durante los primeros tiempos del reinado) popularizándose, por ejemplo, a través de las décimas compuestas para la jura la conjunción de la sangre española y francesa en la persona del Delfín, padre del monarca ("una Rosa de Castilla, unida a una Flor de Lis, produjo un Lirio en París", reza uno de los poemas). De más enjundia simbólica es la glosa que precede a la relación tetzcucana (APÉNDICE III), que une a su belleza e ingenio la incardinación dinástica de Austrias y Borbones en la persona de don Felipe, que aparece vinculado metafóricamente a la flor de lis como estrella de la mañana de la nueva dinastía, así como al león, símbolo de los Borbones y al mismo tiempo del león coronado de Castilla-León, del mismo modo que la carta astral del rey con ascendientes en Leo y Aries[57]sirve para aludir a la legitimidad a lucir el Toisón (vellocino de cordero como la representación del signo zodiacal), de estirpe borgoñona, que pasa a los Austrias a través de Felipe el Hermoso y a don Felipe a través de su abuela, María Teresa de Austria. Imagen que se vuelve a retomar en las páginas siguientes de la introducción a la proclamación en sí, jugando en este caso con el cordero asimilado a Carlos II y el león al propio don Felipe (“... En su Regio Gobierno / Carlos Segundo fue Cordero tierno / y Rey León coronado / Philippo Quinto Heroyco fue aclamado. / Siendo por eminencia / de la Imperial Austriaca descendencia ...”).

Poca originalidad muestran las relaciones de la jura de Felipe V a la hora de elegir sus símbolos, ya sea por el recurso a la obvia flor de lis (“flor de las estrellas, estrella de las flores” como descendiente del gran Clodoveo), como a los ya empleados con los Austrias, así el emblema 117 de Juan Kyeihing como rey al que veneran dos mundos y sustenta su trono en el empíreo asentando sus pies entre las nubes, la caracterización como “luminar mayor de dos esferas” (que tanto pueden referirse a España y las Indias como a los dos virreinatos americanos) y, sobre todo, a la referencia al sol (“vayan a gozar del mejor Sol las luces, que como Rey Grande esparce”), uniendo la simbología del Rey Sol, abuelo del homenajeado, a la metáfora solar también empleada por los Austrias en alusión a la universalidad benéfica del sol que ilumina y alimenta la vida en todos los lugares del planeta, de la misma manera que el buen príncipe vela por el bienestar y la salvación de sus súbditos en los diferentes hemisferios de sus dominios.

Abundando en esta línea, prosigamos con los símbolos. Como es bien sabido, para estas actividades festivas en torno a la proclamación del monarca, los practicantes de la alta cultura ponían sus conocimientos del bagaje histórico, mitológico y clásico al alcance de los elementos plebeyos o iletrados para constituir universos de referencias políticas comunes. Sin embargo, en las representaciones iconográficas y en la literatura emblemática, a través de las que se plasman los diversos roles que un monarca debe encarnar, los artistas encargados de llevar a cabo la escenografía para la proclamación del primer Borbón anduvieron escasos de ideas[58], tal vez por lo sorprendente de su ascenso al trono.

Si el opúsculo correspondiente a Lima resulta particularmente parco por las razones analizadas, el de Texcoco es el más rico de todos. Así, en esta proclamación aparece Felipe V caracterizado como "imperial águila tetzcucana", rasgo a destacar, ya que el emblema mexicano es el águila sobre el nopal, aunque el autor se extiende en explicar la importancia de este símbolo tanto desde el punto de vista clásico recurriendo a Plinio y al águila imperial romana, metáfora de los imperios, como desde la óptica pragmática del comercio de la Carrera de Indias, jugando con la ambivalencia de la imagen aquilina para caracterizar al rey, al tiempo que la traspone a la propia ciudad, permitiéndole su vuelo hacer el tornaviaje para en el cielo metropolitano penetrarse de la magnificencia del monarca[59]. Tampoco se olvida de hacer un parangón entre el ordinal que le corresponde y el valor del quinto real, tan interiorizado en una sociedad colonial productora de grandes remesas metálicas[60]. En las licencias para la impresión, los censores tampoco se quedan cortos a la hora de comparar a don Felipe con los héroes clásicos, aunque no sea más que un cliché al que se recurre con harta frecuencia[61].

Como uno de los objetivos primordiales de la proclamación era manifestar la aceptación por parte de los súbditos de la continuidad de la monarquía y garantizar la adhesión al nuevo soberano, la distancia existente entre ambos continentes era un factor determinante en la elaboración de la imagen real oficial y a ello contribuía la fiesta barroca convirtiéndose en un aparato para generar y explicitar la cohesión política imperial en las regiones más remotas. Y aquí surge uno de los elementos originales de la jura de Felipe V en América. Por un lado, hay una respuesta unánime de aceptación de la persona del rey y acatamiento de la nueva dinastía y, por otro, hay dificultades para plasmar la imagen, aunque sea ideal, del nuevo monarca. Al ser el heredero legítimo un candidato no previsto (el archiduque Carlos tenía más visos entre un amplio grupo de la nobleza española de alzarse con la Corona), el caso de don Felipe se convierte en una excepción, ya que su retrato no preside siempre el estrado en la Plaza Mayor donde ha de ser aclamado, sino que en Lima[62] se sabe de la existencia del cuadro, pero permanece oculto (aunque en lugar de honor), como si fuera la imagen de una divinidad mistérica, que sólo se manifiesta a unos pocos privilegiados, quizás debido a una causa bien sencilla[63], el desconocimiento de la fisonomía real. Y es que las distancias que separaban el Viejo y el Nuevo Mundo se solían cubrir con la imaginación de los artistas locales que hacían unos retratos idealizados sobre los clichés del parecido de familia y la adecuación a la edad y a los comentarios que habían circulado sobre el heredero, ya procedieran de aristócratas que habían conocido al Príncipe de Asturias personalmente ya de meros trasmisores de las señas de identidad del retratado haciéndose eco de las percepciones de los que sí le habían visto. En cualquier caso, el desconocimiento de los rasgos físicos no arredró a los jalicenses, que mostraron al monarca en la plaza de Guadalajara, representado de cuerpo entero, vestido de brocado, posando para un lienzo que con su efigie pintaba la diosa Palas.

El despliegue artístico y festivo que acompañaba y decoraba el fenómeno completaba la apoteosis del ritual del encuentro entre el rey y su pueblo, aunque fuera simbólico y efímero. De la importancia que se concedía al momento en que entraban en comunicación poder y sociedad es una buena prueba el esfuerzo realizado en cada una de las ciudades en las que tenía efecto la proclamación por los más reputados arquitectos, pintores, escultores, vates y eruditos de la época, que contribuían a crear un espacio nuevo, distinto, digno escenario para la representación (arcos de triunfo, decoraciones de fachadas, adornos múltiples mediante símbolos y alegorías extraídos de la mitología, de la geografía, de la historia sagrada y profana, especialmente del mundo clásico), a través del cual se ponían de manifiesto principios, ideales, deseos y esperanzas. Ahora bien, pese a la ampulosidad de las relaciones escritas, se ha de convenir que los festejos y la escenografía desplegada para la jura de Felipe V fueron mucho menos aparatosos y más austeros que los organizados para sus antecesores, volviéndose a la suntuosidad acostumbrada sólo con sus sucesores. En el recorte de presupuestos hasta se suprimieron las habituales corridas de toros. No todas las relaciones aluden a la participación del comercio en la organización de los carros triunfales y mojigangas, actos paralelos a la ceremonia en sí de la proclamación, ni tampoco se hacen eco (con la excepción de Texcoco) de otra práctica común, la de dar la libertad a los presos con motivo de la aclamación y es bien seguro que no se omitió la amnistía entre el programa de los festejos.

Del mismo modo que ocurre con la simbología, pese al carácter integrador de todos los sectores sociales que presentaban las ceremonias de proclamación, en las fiestas de Felipe V se puede observar una menor presencia de los elementos autóctonos americanos en comparación con otras celebraciones anteriores. Por ejemplo, en la jura de lealtad a Felipe IV en México (1623), las autoridades indígenas hicieron el juramento en náhuatl como parte de una política deliberada de comprometer al conglomerado indígena con la estructura de poder existente[64]. Del mismo modo, en la aclamación limeña de Carlos II (1666) se colocó a los pies del trono que debía recibir el retrato del rey la representación de un inca y una coya en actitud de ofrecer una corona imperial y otra de laurel al nuevo soberano[65]. Pues bien, este importante elemento, que los cronistas de estos acontecimientos solían destacar como prueba irrefutable de la lealtad de los reinos americanos a la Corona, sólo aparece en la relación de Tetzcuco[66]. En primer lugar figuraba el carro de los "salvajes", que iniciaba el desfile, integrado por más de una treintena de indios desnudos y representando el triunfo de la cruz sobre las costumbres idólatras; en segundo término, el grupo de chichimecos, que ejecutaba danzas y bailes al son de los instrumentos autóctonos, ataviados a la propia usanza y, aunque se incluían los personajes de su propia tradición, desde Moctezuma coronado de rosas al rey tetzcucano Netzahualcoyotzin con los siete reyes que sometió a su distrito, la asimilación cultural de los Gigantones también está presente; y tercero, el cortejo de los "naturales", cuya marcha era abierta por su propio conjunto de músicos provistos de los instrumentos coloniales empleados en los desfiles. Entre los denominados naturales hay que destacar dos grupos según su status. Uno, el de los indios gobernadores, nobles caciques, todos jinetes sobre caballos de raza enjaezados a la española, armados de bellas pistolas, tocados con sombreros (como cualquier hidalgo español, aunque incluyeran plumas en los mismos) y ataviados con las prendas autóctonas (tilma o capa, manta, calzón, armador o jubón, almilla o jubón ajustado, primavera de seda floreada), pero confeccionadas con ricos paños, cambrais, tafetanes, rasos, sedas bordadas de la China y guarniciones de oro y plata. El otro, el de los setenta elegidos para representar a la comunidad, que aunque tampoco iban a pie desfilaron a lomos de "humildes jumentos enramados" y que como símbolo de bravura domeñada llevaban las cabezas ceñidas de coronas de rosas.

Otros dos rasgos son dignos de destacarse. Primero, el abarrocado cronista, al describir las danzas de los indios, dice: "Va el Netzahualcoyotzin Tetzcucano / con otros siete Reyes, que brioso / rindió por armas a su Imperio Indiano, / hoy sujeto a Philippo más glorioso". Versos que no dejan lugar a dudas sobre la intención de Isla, natural de Texcoco, de subrayar el sometimiento de los naturales a la soberanía del monarca ausente. Y segundo, cuando versifica explicando el sentido del jeroglífico compuesto para la ocasión, describe el significado de dos imágenes en las que está presente la inserción del Nuevo Mundo bajo la órbita de la monarquía hispana y el inicio de la Nueva España tras la conquista de Hernán Cortés en tiempos de Carlos V, jugando, como en otros lugares con el ordinal del homenajeado:

"Sobre florido matiz / el Magno Carlos Francés / a un lado está en un telliz /

Regio a Philippo esta ves / dándole la flor de Lis.

Carlos V a quien se humilla / primero este Nuevo Mundo, / en imperial dosel brilla / dando al Quinto sin

Segundo / una Rosa de Castilla.

El Cid, cuyo pecho encierra / todo el valor castellano / y aquel que a galana guerra /

de todo el Imperio Indiano / Cortés le ofrece la tierra.

Los demás no ofuscan calmas / porque diestros los pinceles / les sustituyen las almas, / con que a Philippo,

laureles / rendidos, le traen en palmas".

Pese a lo rebuscado de las imágenes, el cronista quiere dejar constancia de la legitimidad, no sólo de la continuidad dinástica, sino de la soberanía sobre el virreinato novohispano, al hacer a Felipe V heredero de las tierras puestas bajo el amparo del emperador Carlos, y al recurrir una vez más a la idea de que el rey de los dos mundos no necesita de un "segundo" monarca para gobernar sobre las Indias, bastándose el sólo para regir los destinos de todos sus reinos.

A la vista de los datos documentales manejados, se puede concluir que las ceremonias de aclamación de Felipe V en América no difirieron sustancialmente de las realizadas en los reinos europeos en cuanto a escenario y participación de las élites civiles, militares y religiosas, así como del pueblo. Los estereotipos se respetan en sus más mínimos detalles, aunque se asimilan (sin alterar sus principios fundamentales) los elementos propios de la estructura social colonial. Por otra parte, dentro del propio ámbito americano, los elementos autóctonos son menos evidentes en las capitales de los virreinatos (Lima y México) que en las grandes ciudades de los mismos. Tal vez porque el sector criollo está más presente en las segundas y en torno a la corte virreinal se pone mayor énfasis en perpetuar y remarcar los esquemas de la metrópoli.

En suma, aunque existen unas similitudes palpables entre las analizadas y las ya estudiadas, las proclamaciones del primer Borbón en Indias muestran ciertas peculiaridades. En efecto, no fueron tan brillantes como era habitual o porque los dirigentes fueran austracistas o porque influyera el recorte de gastos aconsejado por doña Mariana o porque la sorpresa del cambio de dinastía dejara a los artistas locales faltos de ideas para identificar al nuevo monarca. Con todo, se cumplió con la obligación de jurar al rey y pese a la mayor austeridad observada se pudo asistir al espectáculo de la epifanía de la realeza, exponente de que los ecos de la trompeta de la Fama habían cruzado el océano para legitimar en el Nuevo Mundo el ascenso al trono de Felipe V, tal y como refrendan estos versos tetzcucanos:

"A la voz, que festiva / clama, Phelipe Quinto viva, viva.

Desde su Regio Oriente, / a donde raya Sol más excelente,

apresurando el paso, / hasta el Americano nuevo Ocaso,

la vocinglera fama / repitiendo la voz su nombre aclama,

de tanta Magestad Regia grandeza / heroicos timbres de cantar no cesa

Llegó pues a la Indiana / ardiente esfera, donde yace ufana ..."

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APÉNDICES

I

 

- Biblioteca de la Nación de México: Gabriel Mendieta Rebollo, Sumptuoso, Festivo Real Aparato, en que explica su lealtad la siempre Noble, Ilustre Imperial y Regia ciudad de México, Metrópoli de la América y Corte de su Nueva España. En la aclamación del Muy Alto, Muy Poderoso, Muy Soberano Príncipe D. Philipo Quinto su catholico Dueño, Rey de las Españas, Emperador de las Indias (que Dios guarde, quanto la Christiandad ha menester). Executada lunes 4 de abril del año de 1701. Por D. Miguel de la Cueba Luna y Arellano, Alférez Mayor de turno anual de México. Assistida de su Rl. Audiencia y Tribunales. Autorizada por el Exmo Sr. D. José Sarmiento Valladares, Caballero de la orden de Santiago, Conde de Moctezuma y de Tula, Vizconde de Ylocan, Señor de Monte-Rozano y de la Pessa, Alguacil Mayor propietario de la Inquisición mexicana, Virrey, Gobernador y Capitán General de la Nueva España y Presidente de su Rl. Audiencia. Escribiala D. ____, hijo de esta Imperial Ciudad de México y Escribano Mayor de su Ayuntamiento. Impreso en México en la imprenta de Juan Joseph Guillena Carrascoso. Año de 1701 [portada orlada, 69 páginas con algunos versos en el cuerpo del texto].

- Biblioteca Nacional de Madrid, R-5751: Anónimo, Solemne proclamación y cabalgata real, que el día 5 de octubre de este año de 1701 hizo la muy Noble y Leal ciudad de los Reyes de Lima, levantando Pendones por el Rey Catholico D. Felipe V de este nombre (que Dios guarde) fervorizada del zelo fiel y amante Lealtad del Excelentísimo Señor D. Melchor Portocarrero Conde de la Monclova, Virrey del Perú, &c., con licencia en Lima, por Joseph de Contreras, impresor real. Año de 1701. [portada ornamentada con escudo, 38 páginas de texto sin ilustraciones ni versos].

- Noticia de la Real acclamación, que debió hazer e hizo la muy noble y muy leal Ciudad de los Angeles en la Jura de la Cesarea y Catholica Magestad del Señor D. Philipo V, Rey de ambas Españas, el día nuebe y diez de Abril de este año de 1701, siendo Alférez Mayor el Señor D. Bartolomé Antonio Joseph Ortíz de Casqueta, Cavallero del Orden de Santiago, Marqués de Altamira [13 hojas sin foliar y adornos tipográficos]. Texto publicado por José Toribio Medina en Adiciones a la Imprenta de la Puebla de los Ángeles, 1640-1821, Santiago de Chile, 1908, t. III, pp. 91-97 [Reprint series of J. T. Medina's bibliographical works, Amsterdam, 1965].

- Biblioteca Palafoxiana (Puebla de los Ángeles): José Francisco de Isla, Buelos de la Imperial Águila Tetzcucana, a las radiantes Luces de el Luminar mayor, de dos Espheras, Nuestro Ínclito Monarca, el Catholico Rey N. Sr. D. Phelippe Quinto (que Dios guarde), cuia siempre Augusta Real Magestad aclamó jubilosa la Americana Ciudad de Tetzcuco el día 26 de Junio de este año de 1701, siendo Alférez Real en ella el Capp. Don Andrés de Bengoechea y Anduaga, Alcalde, que fue, de la Santa Hermandad, por los Hijosdalgo de la villa de Oñate, su Patria, en la Noble Provincia de Guipuscua, en la Cantabria. Descrivelos [con una pluma de sobredicha Águila, de su Patrio nido] ___, impreso en México con licencia por los Herederos de la Viuda de Bernardo Calderón. Año de 1701 [51 páginas, escudo de armas de la ciudad, versos, sonetos y laberintos acrósticos en el cuerpo del texto].

- Biblioteca Medina, 4197: Miguel de Amesqua, Ramillete compuesto de las más hermosas fragantes flores, que en varias y diversas estaciones de tiempos llevó la antiguedad en sus más floridos Héroes, y en nuestro tiempo en el Parayso de España, y en los huertos de las Indias se juntaron en las rosas de Castilla y flores de lis, que forman la amenísima persona y floridísima Magestad del suavisimo Señor Rey de Europa y Emperador de la América D. Philipo Quinto (que Dios guarde) a quien con Real aparato y sumptuosa pompa el lunes 25 de Julio de este año de 1701, aclamó por Rey en nombre de todo este Reyno, Don Juan Baptista Panduro nuevamente electo por Alférez Real con asistencia de la Real Audiencia y cabildos ecclesiastico y secular y autorizado del muy ilustre Sr. Dor. D. Alonso de Cevallos y Villagutierre del Orden de Alcántara, del Consejo de S. M., Fiscal que fue del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisisción de Nueva España, Gobernador actual de este Reyno de la Nueva Galicia y Presidente de la Real Audiencia que en él reside. Sacada a la luz por el Capitán D. ____, Thesorero de la Santa Cruzada, quien por sí y en nombre de esta ciudad de Guadalaxara la dedica y consagra como a su dueño y Señor A la Sacra y Real Magestad del Rey nuestro Señor. Con licencia en México, impreso por los Herederos de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, en la puente de Palacio. Año de 1701 [5 páginas con la dedicatoria encabezada por el escudo de armas reales entre viñetas perpendiculares más 43 hojas de texto con algunas poesías intercaladas].

- Biblioteca Nacional de Lima: Pedro José Bermúdez, Relación de la Cavalgata Real y Solemne Aclamación, que el día 8 de Enero de este año de 1702 hizo la muy Noble y Leal Ciudad del Cuzco, celebrando la Jura del Catholico Rey D. Felipe V, de este nombre, Nuestro Señor, Monarca de las Españas y Emperador de las Indias. Por D. D. P. I. B. Con licencia del Real Gobierno. En Lima por Joseph de Contreras, impresor real. Año de 1702 [29 hojas sin versos ni orlas].

 

II

 

 

Ciudad de los Reyes de Lima

 

"El general alborozo y aceptación común, con que esta nobilísima Corte de Lima ha celebrado, (como felicidad la más deseada de estos Reinos) la dichosa nueva de haber sucedido como legítimo Dueño, en los dilatados dominios de la Monarquía Española Nuestro Católico Rey y Señor D. Felipo Quinto (que Dios prospere) se declaró en las demostraciones más finas de su lealtad y amor, previniendo costosísimas galas para hacer más esclarecido el día feliz, en se había de celebrar el público solemne acto de su Real aclamación. Y hallándose el Excelentísimo Señor Virrey con noticia anticipada de haber llegado a Panamá (en aviso de España, que llegó a Portobelo a 14 de Junio de este Año) Cédula de 27 de Noviembre del Año pasado de 1700, en que se mandaba a aquella Real Audiencia que se alzasen Pendones por el Rey D. Felipo V, Nuestro Señor; y que esta Real aclamación se había ejecutado en la Corte de Madrid el día 24 del mismo mes de Noviembre; determinó su Exc. con consulta general de los Tribunales, que el día Miércoles cinco de Octubre se celebrase en esta Ciudad el solemne acto de la Real Aclamación, para cuyo efecto ordenó al Alférez Real de esta Ciudad, D. Pedro Lascano Centeno, avisase, (como lo hizo el día 20 de Setiembre) a todos los Títulos y Caballeros de esta Corte, para que correspondiendo al especial reconocimiento de su fe, llenasen todo el garbo de su nobleza en el desempeño de su obligación. No se esperó llegase a Lima el Aviso de España con el Real Orden para las solemnidades de la Aclamación Real, que en puntos de fineza y buena ley, tiene más de obsequio el culto que se anticipa [...] Buscáronse para la cabalgata y paseo generosos caballos, de airoso movimiento, de los muchos que engendra Chile y remite a Lima, sin tener que envidiar a los del Betis; a quinientos y más ducados se compraron algunos [...] previniéronse ricos jaeces, curiosos encintados de hermosa lacería y variedad de colores, estribos de plata y oro; para el crecido número de Lacayos [...] libreas de preciosas telas, terciopelos escarlatas con franjas de oro y plata o de encajes nevados, tan costosas como se debe discurrir de este Reino, donde los géneros se venden a precios tan subidos que lo que en Europa valiera dos ducados aquí se vende por doce y aun por diez y seis. Por cuya razón se deja creer que en otras partes pudieron en semejante función salir los caballeros más ricos; pero no más costosos que en Lima. [...]

Cada cual estudiaba el modo de salir más lucido y de ocultar su gala, porque otro no se la compitiese. Fue ardiendo en todos la emulación noble. [...] En el ínterin que toda la Ciudad trabajaba en los esmeros de su mayor adorno, se iban levantando en la Plaza Mayor, Plazuela de la Merced, Plaza de la Señora Santa Ana y Plazuela de la Inquisición, cuatro tablados de firme de ocho varas de largo, seis de ancho y tres y medio de alto, en que se había de celebrar la función, con sus escalas tendidas y dilatadas pera subir sin embarazo, guarnecidas a los lados con sus barandas de balaustres y alfombrado el alto con ricos tapetes [...] .

Desde el mediodía de cuatro de Octubre comenzaron los alegres repiques de todas las Iglesias [...] ; la noche se transformó en claro día, con los muchos artificiales fuegos que de varia invención se quemaron en la Plaza Mayor, así esta noche como las dos siguientes, coronados los balcones y galerías de Palacio, casa Arzobispal, corredores de Cabildo y demás ámbito de la Plaza de hachas de blanca cera, las Torres de la Catedral y demás Iglesias de lucidas luminarias; y toda la ciudad parecía una hoguera sin humo y una imagen de Troya, que se abrazaba en llamas hermosas [...].

El día quinto, se consagró la mañana en pública solemne acción de gracias a Dios Nuestro Señor, asistiendo su Exc. con los Señores de la Real Audiencia, Tribunal Mayor de Cuentas, el Cabildo y Ayuntamiento de la Ciudad con otros muchos caballeros en la Iglesia Catedral, donde el Exmo. e Ilmo. Sr. Arzobispo [...] salió acompañado de su ilustrísimo cabildo a recibir con los plácemes a su Exc. y a darle el agua bendita en la puerta de la Iglesia, donde al entrar todos juntos, entonó la música con la armonía de varios instrumentos y a dos órganos el Te Deum laudamus, en reconocimiento agradecido a la Majestad Divina, por el gran beneficio que ha concedido a los Reinos de la Monarquía en darnos un Rey Católico [...]. Había ordenado su Exc. que en la Catedral se dispusiese otro Altar, separado del mayor, donde se colocaron con la mayor decencia tres sagrados bultos, del Apóstol Santiago en medio, como patrón especial de nuestra España, San Hermenegildo martir a la mano derecha; y a la izquierda a San Fernando, como Reyes nuestros, para que como patrones se interpusiesen con Dios por la prosperidad de la salud y felicidad continua de los aciertos de Nuestro Católico Rey y Señor D. Felipe V. A cuyo glorioso fin se dedicó la Misa solemne que cantó el Señor Deán [...]. Concluida tan sagrada y debida función, volvieron los Tribunales con su Exc. a Palacio.

Ya las calles por donde había de pasar el acompañamiento habían amanecido aseadas y limpias y adornadas de vistosas colgaduras y tapetes de seda de vario alegre matiz. Los balcones, galerías, ventanas y tejados se iban poblando de innumerable gentío, previniéndose todos de lugar, porque (según se había mandado) no había de haber carrozas ni calesas en las calles y plazas, por donde había de encaminarse la Real Pompa [...]. Veinte y cuatro cuadras había de discurrir el paseo, y en todas pareció multiplicada la ciudad, pues fue igual en todas el concurso y apremio de la gente, que atraida de la curiosidad acudió de las comarcas vecinas y de pueblos más distantes. A las dos de la tarde comenzaron a entrar en Palacio las Señoras a hacer cortejo y asistencia a la Exma. Sra. Virreina, que las había convidado a su galería, que señorea la Plaza Mayor, para vitorear a Nuestro Rey [...].

Comenzó a entrar en la Plaza Mayor una de las Compañías del número del Batallón de esta Ciudad [...] con más de cien infantes, armados con mosquetes y arcabuces [...]. Seguíale segunda Compañía del Comercio de esta ciudad, también con más de cien infantes, a quienes su ministerio les facilitó el caudal y la elección de la gala para su lucimiento [...]. Marcharon las dos Compañías dando vuelta a los cuatro ángulos o costados de la plaza, haciendo alegres repetidas salvas a galerías y balcones. Seguían después más de veinte trompetas o clarines, de los Capitanes del número de esta Ciudad y sus contornos, del Comisario General y del Teniente General de la Caballería y del General de Mar y Tierra, el señor don Antonio José Portocarrero, primogénito de su Exc. [aquí sigue un listado de todos los militares con graduación con plaza en Lima]. Este cuerpo de caballeria fue el alma de la hermosura, bizarría y gala que ostentaron los militares [...] No salieron más militares por no embarazar el número de los Cortesanos. Seguíalos la compañía de caballos de la guardia de su Exc., con cien hombres vestidos de gala. [...]

A este tiempo, plantados ya los militares, pasó de las casas de Cabildo, la Ciudad en forma con sus nobles Capitulares puestos a caballo con las galas y riquezas, que en general se han dicho, llevando en medio los dos Alcaldes Ordinarios al Alférez Real, don Pedro Lascano Centeno, con el Real Pendón, que de nuevo se hizo (como en iguales ocasiones se acostumbra) de tela rica encarnada con flores de oro, a dos haces, cordones y flocadura correspondiente y bordados de realce dos escudos de las armas de la Ciudad, y había estado con la mayor autoridad y decencia en la Sala Capitular y se encaminaron al Palacio [...] . Precedían veinticuatro instrumentos de atavales, chirimías y trompetas, vestidos de raso a flores de oro con varias listas de hermosos matices, forrados los sombreros de la misma tela [...]. Seguían los diferentes Ministros y Oficiales del Ayuntamiento. [...] A quien seguía la nobleza ilustre de los caballeros de esta Ciudad, procediendo de dos en dos, vestidos de rasos de Florencia a flores, cabos de color en traje de corte. [...]

Tanta gala a un tiempo, tanta riqueza junta fue mucho golpe de luz, que deslumbraba la vista más perspicaz. A este cuerpo de la Nobleza seguía en forma el Cabildo justicia mayor y Regimiento de esta Ciudad de los Reyes, a que precedían dos clarines de su Exc. vestidos de fina grana con guarniciones y alamares de oro. Iba inmediato el teniente de Alguacil Mayor, a quien seguían los dos maceros con ropones y gorras de damasco carmesí y sobre raso azul celeste bordados los escudos de armas de la Ciudad, que traían a los pechos y espaldas, con las dos mazas de plata en las manos; iba después el teniente de Escribano de Cabildo y le sucedían los Capitulares por este orden [...] . Señores de la Real Audiencia [...] . Aquí seguían los cuatro Reyes de Armas, de negro con cabos de oro y plata, con las cotas o gramallas de damasco carmesí con las armas reales de Castilla y León y las columnas del Plus Ultra, que las trarían en los pechos, espaldas y a los lados. Iban los cuatro en fila.

Coronaba tan regio, noble, militar, cortesano acompañamiento el Exmo. Sr. D. Melchor Portocarrero Lasso de la Vega, conde de la Monclova, virrey del Perú, inspirando fervor de lealtad amante a toda la Ciudad, y vertiendo por los ojos el alborozo del corazón, ostentando en las galantes divisas de venera y joya al pecho, guarnición de espada, cintillo y hebillas, la más brillante copia de finísimos diamantes y los esplendores de su fineza y amor, como en la exquisita gala del vestido y cabos y en los ricos jaeces del caballo, ser apasionado galán de la adoración de su Rey. Sacó 25 lacayos con libreas de escarlata guarnecidas con franjones de oro, y le iba guarneciendo la persona su guarda de alabarderos, vestidos de paño de Londres, color canela con franjas y botones de oro, que a uno y otro lado se tendían por todo el espacio que ocupaban los Regios Tribunales. Venía acompañado del Oidor de esta Real Audiencia, a su mano derecha y a la izquierda, del Alférez Real con el Real Pendón. [...] Seguía a su Exc. su nobilísima familia, correspondiendo en aseos, galas y joyas al lucimiento mayor. [...]. Cerraba el acompañamiento y cabalgata Real, la compañía de los Gentiles hombres Lanzas [...]. A lo último, el coche de la persona de su Exc. y los coches de cámara, con los cocheros y lacayos, que iban a los tirantes con la alegre rica librea de escarlata.

Fue dando vuelta, esta hermosa pompa en contorno de la Plaza, así por ser el principal Teatro de la función, como por pasar por el balcón donde asistía la Exma. Sra. Virreina, con la señora doña Josefa Portocarrero, su hija, asistidas de todas las señoras de la Ciudad. Y lograr también el balcón donde asistió el Exmo. Sr. Arzobispo y merecer su santa bendición [...]. Se dirigió el acompañamiento a rodear el tablado (que estaba en frente de la galería de Palacio). A donde llegando el virrey y desmontando del caballo, subió el primero las escalas a dominar el Teatro, con el señor Oidor decano, el Alférez Real, que llevaba el Real Pendón, los dos Alcaldes ordinarios, el Alguacil mayor de la Ciudad, los cuatro Heraldos o Reyes de Amas, el Caballerizo de su Exc. para asistirle, el teniente de Escribano mayor, para dar fe y testimonio del solemne acto, quedándose a los dos lados de las gradas los dos maceros de la Ciudad. De los Reyes de Armas dos ocuparon el un lado, y dos el otro del tablado, donde el concurso tenía puestos los ojos y atenciones. Entonces, el Rey de Armas señalado, que estaba a mano derecha, dijo y repitió tres veces en alta y sonora voz: Silencio. Silencio. Silencio. Oid. Oid. Oid. Calló al punto la multitud, quedando el innumerable gentío de la plaza en una suspensión admirable. Y su Exc., quitándose el sombrero (a cuya demostración se destocaron todos) y poniendo la mano en el Real Pendón, que tenía el Alférez Real, dijo en altas, claras e inteligibles voces: Castilla y las Indias, Castilla y las Indias, Castilla y las Indias por el Rey Católico D. Felipo V de este nombre, Nuestro Señor, que Dios guarde. Levantando a un tiempo el Real Pendón con el Alférez Real. Aquí se desató el profundo silencio de antes en vítores y aclamaciones, repitiendo todos a una voz Viva, viva, viva desde la ínfima Plebe hasta lo regio de los Tribunales y dosel, donde estaba la Exma. Sra. Virreina, que se levantó en pie con las demás señoras, al tiempo de hacer la aclamación su Excelencia, sacando pañuelos y divisas, correspondiendo al señor Virrey, que con el pañuelo en la mano y el ardor de la voz, volviéndose a todas partes, encendía el alborozo de toda la Ciudad, para que vitoreasen el nombre augusto de su Rey [...]. Al mismo tiempo hicieron salva las Compañías de Infantería y batieron las banderas, sonó el alegrísimo repique de la Catedral, a quien siguieron todas las Iglesias y Capillas de Lima. El Exmo. Sr. Arzobispo arrojó desde sus balcones al Pueblo muchas monedas de plata, galantería, que a su imitación hizo también el venerable Deán y Cabildo. Arrojábanse por el aire los sombreros y de los balcones flores y divisas. [...]

Concluida tan festiva función en la Plaza, comenzaron a desfilar las Compañías de Infantería por la calle de los Mercaderes, con todo el acompañamiento, a la Plazuela de la Merced, donde se había erigido el segundo Tablado y se repitió aquí la Aclamación [...] . De este sitio salió por la calle que llaman de los Guitarreros [...] . Desde aquí se logró más bien la hermosa galante comitiva, porque tiró siete cuadras seguidas subiendo a la plazuela de la Sra. Santa Ana; y al pasar por la calle del Monasterio de la Concepción, de sus altas cercas, quisieron las Religiosas pagar la curiosidad de sus ojos con la liberalidad de sus manos, arrojando sobre el acompañamiento muchas flores, rosas, claveles, azahar, narcisos y jazmines, con gran suma de pastillas de boca y de sahumerio amasado con ámbar. Cortesía que se vio también en los más balcones de la Ciudad, que regaron de flores las calles. [...] La real aclamación se reiteró con el mismo aplauso y regocijadas demostraciones del innumerable gentío[...] . Ya el acompañamiento había llegado a la Plazuela de la Inquisición, donde el tabalado tenía la cara a las casas de los señores Inquisidores, que desde su balcón asistieron en forma de Tribunal [...] . Aquí cuarta vez se repitió con las mismas ceremonias la real proclamación, encendiéndose el pueblo en leales afectos y aplausos reconocidos a su Rey. Los señores del Santo Tribunal contribuyeron al general regocijo arrojando cantidades de plata al crecido concurso. [...]

Fueron entrando los caballeros, militares, cortesanos y tribunales con su Exc. a Palacio, donde estaba en el primer patio tendida la Compañía de Infantería del presidio de El Callao con ochenta soldados vestidos de gala. [...] De Palacio volvió a salir el Cabildo y Regimieto con el Alférez Real, que llevaba el Pendón Real para colocarle en la galería de la Sala de Cabildo debajo de un riquísimo dosel de terciopelo carmesí, con las armas reales de Castilla y León, bordadas de oro de realce y puestas a los dos lados las dos mazas de plata sobre almohadas carmesíes.

Subió luego su Exc. a la galería de la Plaza, en que había asistido a la función su excelentísima consorte, donde al verle le vitoreó el pueblo [...] . Creció más el aplauso cuando vieron que su Exc. comenzó a arrojar fuentes de patacones al crecido concurso y fue tanta la confusión y aprieto (mientras duró tiempo de un cuarto de hora) el esparcir las monedas que se ahogaba la gente. Para este día había mandado su Exc. acuñar nueva moneda corriente de plata con el augusto nombre de N. Rey y Señor Felipo V y la repartió a las principales personas, de suerte que desde este día se ve en los patacones del Perú esta inscripción Philippus V Dei gratia Hispaniarum et Indiarum rex. Anno 1701. A muchos señores togados, contadores y caballeros, que se quedaron en Palacio aquella noche a hacer cortejo y estado a su Exc. y repetirle los plácemes merecidos, los convidó a los fuegos de ingeniosa inventiva, que se quemaron en la Plaza y después los agasajó a todos con fuentes de dulces, bebidas heladas y chocolates, cumplimiento que también hizo la señora virreina con las señoras que la habían asistido. Dijo que todos conservasen la gala de sus vestidos los ocho días que había de estar en público en la galería de Cabildo el Real Pendón, donde se estuvieron tocando instrumentos músicos y de noche alumbrándole muchas hachas de blanca cera. [...]

Había su Exc. hecho sacar un bellísimo retrato del rey N. Señor de varias estampas y lienzos que pudo la actividad de su celo recojer y en su mismo gabinete por asistir personalmente al pintor en la dirección de las líneas, le hizo copiar muy al vivo y ha salido muy agraciado y hermoso. Y el mismo día de su aclamación lo colocó debajo de dosel en el salón en que da audiencia, para que todos desde luego conociesen y adorasen a su rey [...] ".

 

 

III

 

Texcoco

 

GLOSA ALUSIVA A EL ASUNTO, que discurre la Flor de Lis, Estrella del Signo de Aries y León, en que con benigno influjo entra Sol el Rey Nuestro Señor, que ilustra Esferas dos Mundos.

 

 

1. Es la Flor de Liz Estrella

2. Del Signo de Aries y León

3. A la luz de dos Esferas

4. Es Phelippe Quinto, Sol.

Del franco Celeste Polo, En el Castellano Cielo

al Hispano Firmamento se mira el León coronado

pasa con Real lucimiento y está el Aries abrazado

Philippo, mejor Apolo acá en el Indiano suelo.

en su Zenit por Sol, sólo Mas con ardiente desvelo

brillantes rayos destrella, sus influencias, las ligeras

es en su alborada bella, del Sol atrazan carreras

florida Aurora temprana abraza uno y otro mundo,

su luz y de la mañana porque basta sin segundo

1. Es la Flor de Lis Estrella. 3. A la luz de dos Esferas.

Difundiendo resplandores, Brillando Rey en Oriente

Signos los Reinos visita, esparce lucidos rayos,

que benigno solicita y sus vuelos sin desmayos

darles influjos mayores. alza el Ave de Occidente.