¡A la plaza! Regocijos taurinos en el Valladolid de los siglos XVII y XVIII

 

Lourdes Amigo Vázquez


¡A LA PLAZA! REGOCIJOS TAURINOS EN EL VALLADOLID DE LOS SIGLOS XVII Y XVIII

Sevilla, Fundación Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, Universidad de Sevilla, 2010.

ISBN: 978-84-472-1315-3 / 498 páginas (incluidas 49 ilustraciones)

Prólogo de Carlos Martínez Shaw

 

 

 

 


Prólogo de la autora

 

El 21 de septiembre de 1738, “víspera de los toros [por el casamiento de los reyes de Sicilia], murió el venerable siervo de Dios don Francisco Muñoz, capellán de San Felipe Neri (...). Le enterraron al otro día de mañana, por ser día de toros”. Valga esta anécdota, acaecida en el Valladolid del XVIII y recogida en su Diario por el humilde ensamblador Ventura Pérez, para ilustrar el auténtico furor taurino de la Época Moderna (siglos XVI-XVIII), que no entendía de estamentos ni grupos sociales, puesto que la celebración de una corrida condicionó la hora del entierro de un eclesiástico.

            He aquí el objeto de mi estudio, el Valladolid taurino de los siglos XVII y XVIII. He combinado la consulta de la documentación en archivos, tanto localizados en Valladolid como en Madrid, con la literatura de la época, en la que destacan las “Relaciones de Fiestas”, para lograr conocer al detalle todos los festejos celebrados en la ciudad desde 1601 hasta 1808. Así, a lo largo de las páginas de este libro, el lector puede adentrarse en las ocasiones y frecuencia de los regocijos taurinos, en el ámbito espacial de los mismos, en sus organizadores y protagonistas, tanto en el coso como en la arena, y en su disposición, desarrollo y coste. No se trata en absoluto de una cuestión baladí, habida cuenta de que aquélla era la sociedad festiva por excelencia, especialmente en el ámbito urbano, y los toros su fiesta predilecta.

Y es que se debe hablar de auténtica pasión taurina en la España Moderna (siglos XVI-XVIII). Si las celebraciones eran un artículo de consumo de primera necesidad para los hombres y mujeres de entonces, los toros se erigían como el más grande, el más esperado y el más deseado regocijo. Los juegos con el toro no eran únicamente una diversión sino uno de los principales elementos de las celebraciones. Es más, constituían toda una fiesta en sí mismos, que podía integrarse en el programa de festejos políticos y religiosos (como en las visitas reales de 1660 y 1690, o en la beatificación y canonización de San Pedro Regalado, en 1683 y 1747, respectivamente) o celebrarse sin ninguna excusa. Cualquier calle o plaza podía ser escenario de funciones taurinas, incluso, en el siglo XVII, el Pisuerga (con la suerte del despeño de toros al río en la Huerta del Rey). De esta forma, los diferentes espectáculos han sido motivo de atención, pero sobre todo me he detenido en los de mayor importancia y magnificencia, desarrollados en la Plaza Mayor, el símbolo de la vida urbana en la España Moderna.

El tiempo largo me permite ahondar con mayor detalle y grado de exactitud en las características generales de las funciones taurinas, así como en sus permanencias y mutaciones. Me adentro en el esplendor de la fiesta barroca, así como en su crisis y transformaciones, de las que tampoco fueron ajenos los toros. Compruebo las similitudes pero sobre todo las numerosas diferencias que existían entre aquellos regocijos y los actuales, así como también su evolución.

El XVII fue el siglo de los toros como fiesta por antonomasia en el ámbito urbano, en la que confluyeron en el ruedo el toreo popular y el caballeresco. Pero también en el Seiscientos, comenzaron a perfilarse algunas de las grandes transformaciones de la centuria siguiente, como, por ejemplo, la profesionalización del toreo a pie. Ya en el XVIII se asiste a una “revolución taurina”, que dará lugar, en la segunda mitad de la centuria, a la corrida moderna, a la fiesta de toros tal y como hoy la conocemos, protagonizada por toreros profesionales, que desarrollaban una lidia muy cercana a la actual, en un espacio propio, la plaza de toros. Las grandes figuras del momento, Costillares, Pepe-Hillo y Pedro Romero, actuarán en Valladolid, a la vez que la Plaza Mayor tendrá que compartir el protagonismo con la plaza portátil de madera, de forma ya circular, que se montaba cada año en el Campo Grande. Las funciones controladas por la Ciudad y el corregidor en el símbolo urbano por excelencia, para divertir al pueblo, festejar y exaltar el poder de la Monarquía y la Iglesia, así como el de sus representantes locales, se combinaban con otras, en el Campo Grande, donde las preocupaciones anteriores cedían terreno a favor de las meramente lucrativas, en unos momentos en los que la sociedad jerárquica y estamental comenzaba a resquebrajarse.

Se ve cómo los toros son producto de la sociedad de su tiempo, de sus cambios y permanencias. No en vano, el análisis de la fiesta, que es un hecho sociocultural total, resulta fundamental para el conocimiento de toda sociedad y especialmente aquélla de los tiempos modernos. Sólo el centrarse en los toros sirve para este menester, puesto que eran, como he señalado, la celebración por antonomasia. Además, la fiesta, y en este caso concreto los toros, no sólo expresa las características de una comunidad sino que, dados sus efectos emocionales sobre los participantes, cumple un papel activo nada desdeñable en la misma, lo que hace todavía más interesante su análisis. En última instancia, la fiesta antiguorregimental, en aquella sociedad sacralizada y jerárquica, se conformaba en un instrumento idóneo para la representación del poder, pero no sólo de la Monarquía y de la Iglesia. Todos los grupos sociales asumían en las celebraciones, en su organización y desarrollo, un protagonismo acorde al poder que representaban. Por tanto, debían sobresalir las elites urbanas, como se ponía especialmente de manifiesto en las fiestas de toros en la Plaza Mayor.

La ciudad del Pisuerga presenta unas características propias que la hacen a todas luces atractiva para el análisis de los regocijos taurinos. Todavía a principios del Seiscientos volvió a ser durante un breve período de tiempo (1601-1606) capital de la Monarquía Hispánica. Aun abandonada definitivamente por la corte en 1606, seguirá siendo a lo largo de los siglos XVII y XVIII una de las ciudades más importantes de Castilla. Valladolid disponía de un extenso tejido urbano que en aquellas centurias acogía una población de 20.000 almas, lo que no era nada desdeñable. A su vez, posiblemente, con la excepción de Madrid y de Granada, y quizás también de Sevilla, según qué consideraciones, era la ciudad castellana con el mosaico más impresionante de instituciones poderosas.

Así pues, en esta ciudad, el poder da un relieve especial a la fiesta, en este caso a la taurina, que he procurado siempre subrayar. Las fiestas de toros en la Plaza Mayor eran un acontecimiento donde, a excepción del obispo, estaban representados todos los poderes urbanos. Los días de corrida, por la tarde, en los balcones del consistorio, el lugar del monarca cuando se hallaba en la ciudad, se situaban el Ayuntamiento, presidido por el corregidor, y la Chancillería. Por su parte, la Inquisición, el Cabildo Catedralicio, la Universidad y el Colegio de Santa Cruz veían el espectáculo desde balcones primeros en casas de la Plaza Mayor. Tampoco faltaba la nobleza que quedaba en Valladolid, al margen de las instituciones urbanas, tras la definitiva marcha de la corte. Además, algunas comunidades, especialmente el Ayuntamiento (principal organizador de fiestas de toros en la Plaza Mayor) supieron aprovechar el prestigio que confería el ser organizadoras de corridas y ofrecer a los vallisoletanos la diversión que tanto demandaban. Por último, en los siglos XVI y XVII, la nobleza fortalecía su preeminencia social actuando en la arena. Si bien en la mayoría de las ocasiones era gente plebeya, a pie y a veces a caballo, quien medía sus fuerzas con las bravas reses, los nobles protagonizaban las fiestas de toros más importantes, a través del toreo caballeresco y los juegos de cañas, reminiscencia de los antiguos torneos.

Pero, por encima de todo, Valladolid era la residencia de la Real Chancillería. La ciudad también va a experimentar los efectos de ser una corte en miniatura, como sede de la Chancillería, Tribunal Superior de Justicia castellano y custodio del sello mayor del rey. Era la institución más poderosa y prestigiada de la ciudad, ya que era el poder real por excelencia. Así se pondrá de manifiesto en los toros. Los principales afectados fueron, sin duda, la Ciudad y su corregidor. Los regocijos taurinos, celebrados tanto en la Plaza Mayor como en cualquier otro espacio de la urbe, dejaban de ser en exclusiva un asunto de dichas autoridades locales, ante la preeminencia, facultades y continuas interferencias del Tribunal de Justicia en la organización y desarrollo de los mismos.

En definitiva, he tratado de profundizar en los regocijos taurinos y, a través de ellos, en la sociedad vallisoletana de los siglos XVII y XVIII. Pero, al mismo tiempo, ha sido mi intención, a través del estudio integral acometido, atrapar las fiestas de toros en todas sus dimensiones y perfiles, de forma que Valladolid se ofrezca como un modelo aplicable a cualquier otra ciudad de la Monarquía Hispánica.

 

 


 

 

Este libro fue presentado, en la Real Maestranza de Sevilla el 30 de junio de 2011, por Jesús Urrea, profesor titular de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, director del Museo de la Universidad de Valladolid y Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid.

 


 Vídeo presentación de la autora

 

COMENTARIOS SOBRE EL LIBRO

 

El Norte de Castilla “Sin los toros la cultura española no se entiende” (26 de julio de 2011)

 Taurologia.com (7 de septiembre de 2011)

Reseña de Barlomé Bennassar en:  Revue TOROS, Nimes, 21-XII-2011


Recensión de Pedro Romero de Solis, Revista de Estudios Taurinos, nº 31, Fundación de Estudios Taurinos, Sevilla 2012, págs. 239-248


 



 


 

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