[I+H=D] Investigación+Humanidades= Desarrollo
****************************
Bienvenida/o al blog de Mayte Díez. Realizo, junto a otros compañeros/as, investigaciones históricas, genealógicas,trabajos de documentación y transcripciones de manuscritos. Para conocer los servicios que ofrecemos pulsar aquí
--------------------------------
LA VISIÓN ÓPTIMA DE ESTE SITIO CON MOZILLA
Firefox IE

Temas

Enlaces

Historia a debate

Enlaces de interés

Difúndenos

Otras Historias/BlogEsfera

CopyLeft

Otros

FIESTAS DE TOROS EN VALLADOLID EN TIEMPOS DE CARLOS III Y CARLOS I. Una pasión reconducida por las Luces

20070927005319-torero.jpg

Lourdes Amigo Vázquez

Universidad de Valladolid/ España

 

 

 

 

Toros, Ilustración y Valladolid. Tres elementos que tienen claras vinculaciones con Teófanes Egido. El siglo XVIII ha ocupado gran parte de su vida como investigador, a veces centrándose en el movimiento ilustrado y más a menudo en las resistencias al cambio, en la mentalidad y la religiosidad colectivas, sobre todo de los vallisoletanos, de las que siempre ha destacado su carácter festivo, por lo que lo taurino tampoco le es ajeno[1]. Además, de todos es conocida su afición por los toros y por su patrono, San Pedro Regalado[2].
Retrocedamos al Valladolid de hace más de dos siglos. En un ambiente perturbado por las continuas prohibiciones del Despotismo Ilustrado, el “frenesí taurómaco”[3] de sus moradores va a poderse saciar en dos escenarios bien diferentes.
En 1777, el barón de Bourgoing tiene la oportunidad de contemplar una de aquellas veces en que la Plaza Mayor se convertía en coso taurino. Llena a rebosar de espectadores, “se asegura pueden acomodarse ochenta mil personas” en ella:

Me asombró la prodigiosa concurrencia de curiosos que acudían atraídos por este festejo desde varias leguas a la redonda. Fue de Madrid el famoso torero Pepe Hillo (...) Brindó al embajador, en cuya compañía me encontraba, varios de los toros que mató, y cada uno de estos tributos sangrientos (...) daba ocasión a que del palco del corregidor en que nosotros estábamos se arrojasen algunas monedas de oro al escenario de las hazañas de Pepe Hillo[4].

 

Diez años después, en 1787, el ilustrado y periodista local José Mariano Beristain anota en su Diario Pinciano la corridas celebradas aquel septiembre en el Campo Grande, a las afueras de la ciudad, en una plaza de madera.

 

En los días 16, 17, 23 y 24 del corriente se han celebrado dos Corridas de Novillos de las concedidas por Real Cédula de S.M. a la Real Sociedad Económica de esta Provincia con aplicación de su producto a los fines de su Instituto (...) Y en una y otra han capeado, puesto parches y vanderillas ligeras, y executado otros juguetes gustosos al Público la Quadrilla de Toreros al cargo de Francisco Garcés, segundo Estoque del famoso Joaquín Costillares su tío; y de Francisco Seco, bien conocido en esta misma Plaza; habiendo también concurrido a Caballo para otras suertes Andrés Martín, Vecino de la Ciudad de Salamanca[5].

 

La Plaza Mayor perdía a finales del XVIII su primacía taurina. Las funciones controladas por la Ciudad en el símbolo urbano por excelencia, para festejar a la monarquía y a la iglesia, para divertir al pueblo y exhibirse los poderes locales del Antiguo Régimen, se combinaban con otras, en el Campo Grande, donde las preocupaciones anteriores cedían terreno a favor de las meramente lucrativas. Dos concepciones de las corridas y, lo que es más importante, dos visiones del mundo y de la sociedad coexistían en el Valladolid de entonces.

Etapa de permanencias y de mutaciones fue la Ilustración. La fiesta, uno de los elementos definidores de la Época Moderna, se convertirá en preocupación básica para los ilustrados y los toros ocuparán un lugar preferente en sus deseos de reformar el país. Empero, las plazas de toros, también el toreo moderno, surgen ahora. Una transformación no totalmente ajena u opuesta al influjo de las Luces[6].

En las páginas siguientes trataré de profundizar en cómo esta lucha entre lo nuevo y lo viejo se libró en el ruedo vallisoletano, muy especialmente en torno a su emplazamiento. El tiempo cronológico va a ser el comprendido por los reinados de Carlos III y Carlos IV, el orto y el ocaso de la aventura de las Luces que, pese a su carácter minoritario y su fracaso, abrió el horizonte de la España Contemporánea[7]. Pero comenzaré con un breve bosquejo de las fiestas de toros del Valladolid moderno, pues, sin duda, marcarán en gran medida la etapa ilustrada.



1.- Pasión y Poder: ingredientes de las fiestas de toros en el Valladolid moderno.


En 1715 los regidores plantean al Presidente de la Chancillería “como la Ciudad se halla en obligazión de complazer al pueblo conzediéndole (...) el alivio de una corrida de toros”. El deber de divertir al pueblo que tenían los poderosos, especialmente el Regimiento, adquiría en esta ocasión tintes casi dramáticos. Se temía a una población próxima a amotinarse al ver peligrar la perspectiva de una fiesta

 

...respecto de haverse esparzido la voz de que ha de haver festexo de toros, por cuyo motivo ha concurrido actualmente mucha gente a la plaza y portal de estas casas de ayuntamiento que le piden y en ygual conformidad se ha dibulgado en los pueblos de la comarca”[8].

 

Esta situación la había provocado el Colegio de Santa Cruz. Había pretendido organizar una corrida en la Plaza Mayor ante el nombramiento de un colegial como consejero de la Cámara, pero se había opuesto a que la Ciudad fijase la fecha, por lo que ésta, considerando que las fiestas de toros era una “regalía” suya, no le había permitido celebrarla[9].

Como señala Araceli Guillaume-Alonso, los festejos taurinos son el espectáculo predilecto del español de los siglos XVI y XVII[10]. Y la pasión, lejos de apaciguarse, se intensificará, incluso, en el Setecientos[11]. Constituían el ingrediente indispensable de toda celebración gozosa, tanto de carácter político como religioso[12]. Además, en dos ocasiones a lo largo del año, los vallisoletanos iban a poder disfrutar de esta diversión, sin necesidad de ninguna excusa. Eran las funciones ordinarias por San Juan y Santiago.

La Plaza Mayor era la protagonista espacial de las funciones, supervisadas y gobernadas por la Ciudad, aunque no siempre será su organizadora[13]. Empero, en los siglos XVI y XVII, cualquier calle o plaza se podía convertir en improvisado coso taurino para correr novillos, toros, bueyes o vacas, sueltos o ensogados, en las fiestas de las cofradías o, en el XVI, por la concesión de los grados de doctor de la Universidad.

¿Cómo explicar la fiebre taurina de los españoles de entonces? En palabras de Teófanes Egido “el talante festivo es uno de los caracteres urbanos más destacados, y las fiestas son una necesidad en el Antiguo Régimen”[14]. Una sociedad que precisa olvidar momentáneamente su miseria cotidiana[15], a su vez sacralizada, que tiende a exteriorizar su extremada religiosidad[16], e imbuida de los ideales aristocráticos, más inclinados al ocio que al trabajo[17], convierte a la fiesta en un producto de primera necesidad. Los toros, son, sin duda, la principal diversión de esta “sociedad lúdica” debido a su espectacularidad, emoción, sus altas dosis de peligro y de sangre y los cauces que ofrecen para la participación popular[18], sin olvidarnos de la importancia de este animal en la cultura española desde tiempos pretéritos.

Mas las funciones de toros, sobre todo las de la Plaza Mayor, no agotan su significado en lo festivo. Pues ¿Cómo explicar la disputa de 1715 entre el Colegio y la Ciudad?

En 1582 el Regimiento se queja al Consejo por la actitud de la Audiencia en las fiestas de toros[19]: “agora nuevamente les tomaron la llave del toril y ellos mandavan soltar y desjarretar los toros” y, si bien hasta entonces la Villa se sentaba en el consistorio y la Chancillería en balcones de casas particulares, “agora les toman las dichas ventanas y les dejan tan poco lugar que no caven en él los regidores por ser muchos”. El Consejo resolverá a favor de la Villa respecto a la llave del toril, el símbolo de gobierno de la plaza, pero no sobre los asientos. Estos conflictos en cuanto al papel de cada institución en la organización y desarrollo de las fiestas serán constantes debido al inmenso poder de la Chancillería[20].

La fiesta de toros, la fiesta en general, era un escenario idóneo para la representación del poder, de la Monarquía e Iglesia, cuyos felices acontecimientos daban a menudo el motivo para las funciones, pero sobre todo de las elites urbanas. Su apelación a las emociones la hacían un lugar idóneo para la atracción de los afectos del pueblo hacia sus autoridades que organizaban tal diversión y se exhibían en ella[21]. A su vez, en unos tiempos caracterizados por la desigualdad, la fiesta se va a convertir en la mejor catarsis colectiva[22].

La Plaza Mayor será lugar de ostentación de los poderosos, especialmente tras su reconstrucción a finales del XVI[23]. La nobleza, organizadora en ocasiones y gran protagonista de las fiestas de toros y cañas en los siglos XVI y XVII, una vez marchada la corte a Madrid en 1606, cederá rápidamente su puesto a las instituciones urbanas. La Chancillería y la Ciudad serán las principales protagonistas, sentadas en el consistorio, con el Presidente en el balcón central y la Chancillería a su derecha[24]. Mientras, la Inquisición, el Cabildo de la catedral y el Colegio de Santa Cruz contemplarán el espectáculo desde los balcones primeros de casas propias de la Plaza y la Universidad desde balcones alquilados[25].

Empero las fiestas organizadas por el Regimiento eran caras, más aún a medida que se enriquece el espectáculo. Crece el número de toros en cada corrida, de 4-6 en el siglo XVI a no menos de 16 a mediados del XVIII. Por otra parte, mientras en los dos primeros siglos los caballeros rejoneadores se reservaban para las grandes ocasiones y en la mayoría de las corridas salía gente espontánea a torear a pie, ya a finales del Seiscientos los toreros profesionales se imponen[26]. Su participación en 1705 ascendió a 1.518 reales de vellón[27]. A su vez, el breve reinado de los varilargueros, a principios de siglo XVIII, cuestan por ejemplo 4.214 rs en 1735[28]. Por tanto, el precio de una corrida ordinaria pasa de 11.000 rs a mediados del XVII a más de 32.000 un siglo después[29].

Para costear estos festejos en los siglos XVI y XVII se utilizaban los cada vez más insuficientes efectos de toros, es decir, la contribución anual de reses por los obligados de los abastos: nueve las carnicerías, cinco la pescadería y cuatro la velería, ajustado cada animal a 15.000 mrs.[30], a lo que se añadía lo obtenido por la venta de toros muertos. Si bien, las corridas insertas en grandes fiestas extraordinarias se costeaban con las fuentes utilizadas para su financiación. Pero a medida que avanza el Seiscientos, los festejos de toros disminuyen en frecuencia. La grave crisis de la hacienda municipal estaba dejando su huella[31]. En consecuencia, en 1638 y 1670 los dueños de las casas de la plaza, interesados en las corridas porque alquilaban sus balcones y portadas –para tablados-, logran sendas cartas ejecutorias para obligar a la Ciudad a organizar las dos fiestas ordinarias[32]. Así, en 1670, a los efectos de toros se añaden las sobras de los arbitrios para la paga de las quiebras de millones[33].

En el siglo XVIII, las fuentes de financiación vuelven a ser escasas y no sólo por el aumento del coste de las funciones, pues el endeudamiento municipal obliga a que los efectos de toros se utilicen a menudo para otros fines[34]. A veces será necesario utilizar la cesión de portadas y balcones por parte de los dueños de las casas de la Plaza Mayor[35].

De esta forma, cuando Carlos III ocupa el trono español, en 1759, las fiestas de toros en Valladolid han crecido en espectacularidad pero disminuido en número, hasta el punto que desde 1739 solo se habían celebrado en 10 ocasiones (5 corridas dobles).



La metamorfosis taurina de la Ilustración.


Razones de humanidad y de economía llevaban a abominar los toros a personalidades como Cadalso, Iriarte, Clavijo y Fajardo, Meléndez Valdés, Jovellanos o Vargas Ponce. La crueldad de un espectáculo que provocaba “dureza de corazón” a los espectadores y que además ocasionaba la cría de un animal inútil para la agricultura y gastos y pérdida de días de trabajo para los aficionados, era opuesto a la mentalidad de los ilustrados, obsesionados con el atraso cultural y económico de España. Comenzaba una nueva etapa en las controversias taurinas, que ya no se basaban en criterios teológicos y morales, ni será llevada a la práctica por el Papa sino por el soberano[36].

En el fondo subyacía la incomprensión de las Luces por las manifestaciones populares, especialmente por su carácter festivo. No sólo los toros, la vertiente festiva de la religiosidad colectiva (danzas y gigantes del Corpus, procesiones de Semana Santa...), el carnaval..., serán duramente atacados, con argumentos de “buenas maneras”, “productividad” y de “pureza de la devoción” en las fiestas religiosas. El reformismo oficial también tenía otras razones. El motín de Esquilache, acaecido el domingo de Ramos, provocará que toda aglomeración festiva sea sinónimo de tumulto potencial que podía poner en peligro el régimen absolutista[37]. A su vez, el carácter propagandístico de las fiestas monárquicas favorecerá su supervivencia, aunque adaptadas a los nuevos moldes, es decir, sin toros, ni fuegos de artificio, ni alborotos, ni grandes derroches económicos[38].

Pero la fiesta no moría, sólo se atacaban sus excesos desde aquella óptica demasiado elitista. Se potencian ahora las “diversiones públicas”, que suponen un entretenimiento moderado y sano, son rentables económicamente y cumplen una labor pedagógica. El teatro era su abanderado[39], pero también formaban parte los paseos públicos, los bailes y... los toros.

Valladolid también comenzó a transformarse gracias a la minoría ilustrada[40]. Es la época de esplendor del teatro que desde 1767 ya no es gestionado por la cofradía de Niños Expósitos sino por el Ayuntamiento[41]. Surgen los paseos de las Moreras, Campo Grande y se remodela el Prado de la Magdalena. También se organizan bailes públicos, como veremos al hablar de las fiestas de toros, que, por supuesto, siguen celebrándose.

En 1796, los alcaldes del crimen temen la posibilidad de algún motín y fuga en la cárcel real y ordenan a su alcaide que extreme las medidas de vigilancia ¿Cual era el motivo?

 

En atención a que en el día exhisten en la real cárcel de esta corte un crecido número de presos de la mayor grabedad, los quales con motivo de las próximas funciones de toros en que todos los vecinos abandonan para disfrutarlas las casas de su avitación pueden intentar algún insulto o escalo de dicha real cárcel”[42].

 

Los ministros de la Chancillería eran conscientes de la pasión de los vallisoletanos por los toros, también de las posibilidades de la fiesta para tornarse en escenario de tumulto, un miedo propio de la Ilustración que presentaba un matiz diferente al ordinario en esta ocasión.

Pese a las prohibiciones de 1754, 1778, 1785 y 1791, hasta la más rigurosa pero momentánea de 1805[43], el entusiasmo que despertaban estos espectáculos parecía irrefrenable[44]. Jovellanos, que visita la ciudad en 1791, coincidiendo con las fiestas de novillos de la Sociedad Económica, dice lamentándose que “hay mucha afición a estas bullas aquí como en todas partes; el pueblo gasta, se disipa, y sería mejor divertirlo de otro modo”[45].

Cuando se trata de organizar una corrida, junto con argumentaciones más acordes con el espíritu de las Luces, en el Ayuntamiento se seguirá indicando “la extraordinaria afición de este pueblo a las fiestas de toros”[46]. Es más, se incluye como una de las razones para la petición de licencias. Hasta tal punto que en 1789 la Ciudad intenta echar por tierra la consideración de que sean perjudiciales para el pueblo, más en una ciudad que el año anterior había sufrido una terrible inundación y en éste un motín por la crisis de subsistencia. Esta distracción, dice, “dándole el nombre de desahogo puede importar mucho para el alivio de un vulgo agitado por miserias y que en tantos años no ha disfrutado desta diversión”[47].

Todos, independientemente de su condición social, seguían atrapados por el embrujo de los toros. En 1768, una institución tan “seria” como la Inquisición se enfrenta a la Ciudad por fijar la fiesta la víspera de San Pedro Arbúes, cuando asistía al convento de San Pablo. Pero la Ciudad no accederá a cambiar la fecha, avalada por el conde de Aranda[48]. Ya a finales de siglo, en 1796, el Cabildo no sólo sigue adelantando los oficios litúrgicos para asistir, sino que vuelve a amenizar la tarde de toros con dulces –suprimidos en 1766– y lo más sorprendente, convida al obispo, que nunca había asistido a función taurina[49].

Al menos, si no se podía acabar con los toros se podía tratar de reconducir la pasión taurina, adaptarla a los principios enciclopedistas de “razón” y “utilidad”. Además, tampoco parecía conveniente eliminar esta fiesta, dados sus efectos apaciguadores tan útiles para un régimen absolutista[50].

El 1 de agosto de 1784 la recién creada Sociedad Económica de Amigo del País envía un memorial al Consejo sobre la fuente de financiación que ha discurrido para sus actividades “por ser sin grabamen forzoso del público ni de particular alguno” . Se trata “de celebrar quatro corridas de novillos en el resto de este verano y tardes de días de fiesta de segunda clase en un sitio que llaman Campo Grande, fuera de esta ciudad pero inmediato a ella”. El Consejo concede dicha licencia, con “las reglas y precauciones que deben obserbarse para ebitar escesos y desgracias”, entre las que se reitera una:

 

Que el corregidor o su alcalde mayor ha de presidir la plaza, a cuio cargo ha de estar el reconocimiento y examen de la seguridad de los tendidos, despejo de plaza y conserbación del sosiego y tranquilidad pública, poniendo algunos piquetes de tropa de las banderas o milicias que hay en la ciudad de trecho en trecho[51].

 

Nacía la primera plaza de toros vallisoletana, si bien se trataba de una plaza provisional de madera que se montaba y desmantelaba cada año. El lugar elegido era uno de los más emblemáticos de Valladolid: el Campo Grande. Un gran descampado, a la entrada de la ciudad, donde momentáneamente se habían celebrado toros tras el incendio de 1561 y ya en la primera mitad del XVIII se habían tratado de tener en alguna ocasión pero no habían contado con el beneplácito de la Ciudad que los prefería en la Plaza Mayor[52].

Todas las prohibiciones taurinas – con excepción de la de 1805- permitían que continuasen aquellas funciones con fines benéficos. La Ilustración favorece que las corridas de toros se trasladen desde el espacio urbano a un edificio hecho a medida para un espectáculo cuya “intencionalidad era ayudar a una obra pía, pero en la que subyace la puramente mercantil por la intervención de arrendadores, asentistas o empresarios”[53]. Por otra parte, la obsesión por evitar accidentes, pero sobre todo por la urbanidad y el orden público, incide en la aparición de estos recintos cerrados y aislados de la población[54]. Además, el interés por el desarrollo económico obliga a dejar libre la Plaza Mayor para el comercio[55]. Vemos, por tanto, como el nacimiento de la plaza de toros no es debido únicamente al creciente éxito social de la fiesta.

La Plaza Mayor perdía una de sus funciones básicas en la Época Moderna: la de espacio festivo por excelencia. Sucedió en las dos ciudades que tenían el predominio taurino, Madrid y Cádiz, incluso antes de las prohibiciones ilustradas[56]. Las primeras plazas eran de madera pero ya en la Corte en 1749 se hace de materiales resistentes. Otro ejemplo es Málaga, donde las fiestas se celebraron en la Plaza Mayor hasta 1791 cuando se construye una plaza independiente propiedad del Ayuntamiento[57].

La Sociedad Económica celebró fiestas de novillos en el Campo Grande entre 1784 y 1792. En 1799, el hospital de San Juan de Dios consiguió licencia para varias funciones de toros y novillos cuyo producto se destinaría para la reparación del convento y fomentar su hospitalidad. Sin embargo, la Plaza Mayor seguirá siendo escenario taurino[58], pero sus fiestas también deberán responder a fines de “utilidad pública”[59]. Sólo en 1807, el Regimiento no cumplirá las órdenes reales.

Escudándose en la facultad del intendente para conceder permiso festejará con una función de novillos el nombramiento como regidor de Manuel Godoy[60].

Desde la prohibición de 1754 la Ciudad debe pedir licencia para las fiestas de toros y, ya sea por obligación, mimetismo o convencimiento ante la cercanía de la Corte y la Chancillería, las ideas ilustradas se imponen antes. Desde 1772 se dan argumentos “sólidos” para su celebración y no sólo en las solicitudes de licencia sino en las propias discusiones del Ayuntamiento (Cuadro nº 1)[61]. Se remarcan los beneficios económicos para los vecinos, pues “atrahída las jentes de sus inmediaciones proporcionaban con su numerosa concurrencia un fomento el más cierto a comerciantes, artesanos y menestrales”[62]. También para los Arbitrios de la ciudad, por el aumento del consumo, y sobre todo para los Propios, a los que pertenecían las bocacalles y algunas casas de la Plaza Mayor que se arrendaban para ver las corridas. La fiesta pasaba de ser una carga a fuente de ingresos para el erario municipal.

 

 

CUADRO Nº 1.- FIESTAS DE TOROS Y DE NOVILLOS EN LA PLAZA MAYOR (1759-1808)

AÑO

MOTIVO

licencia

TOREROS Y PICADORES

COSTE (rs.)

1759

2 corridas. Proclamación de Carlos III.

SI

Vicente Sánchez y toreros (Manuel Palomo). Juan Marchante y compañeros varilargueros.

60792

1760

2 corridas. Coronación de Carlos III.

SI



1761

2 corridas ordinarias (como excusa por los vecinos de la Plaza Mayor se indica el nombramiento de la Concepción como patrona de España).

SI

Diego del Álamo y José Cándido, toreros. Juan de Amisar, Sebastián Vicente y Francisco Muñoz, picadores.

64245 3/4

1766

2 corridas. Beatificación de Simón de Rojas.

SI

Felipe Muñoz y demás toreros. Manuel López, Claudio Parra, Gil García y Juan Díez, picadores.

83202 2/3

1768

2 corridas ordinarias.

SI



1774

2 corridas ordinarias. Aumenta el consumo y con ello el rendimiento de los Arbitrios administrados en las rentas reales, el beneficio de menestrales, artesanos y comerciantes. Derecho de los dueños de las casas de la Plaza. Beneficio para los Propios de la Ciudad (arreglo Puerta del Carmen)

SI

Sebastián Jorge (“El Chano”) y su cuadrilla de toreros: Antonio Campo, Vicente Sánchez, Bartolomé Bustos, Jerónimo de Luna y Tomás del Rey. Sebastián Baro, Juan Martín de Triana, picadores, y como sobresaliente Francisco de Torrres.

84136 1/3

1777

2 corridas ordinarias. Aumenta el consumo y con ello el beneficio de menestrales, artesanos y comerciantes. Derecho de los dueños de las casas de la Plaza. Beneficio para los Propios de la Ciudad.

SI

Costillares y cuadrilla de toreros (Pepe-Hillo). Manuel López, torero supernumerario. Gil García, picador de rejoncillo. Luis Parra y compañeros picadores de vara larga. Manuel Ceballos, el Indio.

68661 5/7

1783

2 corridas ordinarias. Necesidad de dinero para sufragar gastos públicos, debido al endeudamiento ocasionado por la “Contribución Extraordinaria”: camino de los Mártires, empedrado de calles y devolver a Propios gastos de los tránsitos del Conde de Artois y Duque de Danmartín (1783). Beneficio para Arbitrios y comerciantes y herederos de viñas. Necesidad de desahogo para el pueblo que desea estas fiestas.

NO



1789

2 corridas (ordinarias). Coronación de Carlos IV. Los vecinos de la Plaza Mayor con sus beneficios particulares tendrán obligación de revocar y pintar sus casas. El sobrante se invertirá en la reconstrucción tras la inundación de 1788. Beneficio a los Arbitrios y menestrales y artesanos. Necesidad de distracción para el pueblo. Mostrar el amor y lealtad al rey.

NO



1791

2 corridas ordinarias o 6 en el Campo Grande. Invertir beneficios en gastos públicos.

NO



1793

celeb.

1796

2 corridas ordinarias. Concedidas por la Corona sin solicitarlas para pagar la deuda con la Casa de Expósitos.


Pedro Romero y su cuadrilla de toreros. Manuel Muñoz, Manuel Jiménez y Antonio Ortiz, picadores, y sobresaliente Juan de Rueda.


1799

no celeb

2 corridas ordinarias anuales durante 6 años. Ayuda a la paga de la deuda con la Casa de Expósitos.

SI



1807

1 corrida de novillos. Nombramiento de regidor al Príncipe de la Paz. No se pide licencia.