20051104120215-americano-mariano-ceballos10.jpg

Marina Alfonso Mola / Carlos Martínez Shaw
Universidad Nacional de Educación a Distancia.UNED/España


A través del estudio de las proclamaciones de Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, las corridas de toros aparecen en el Quito del siglo XVIII como un ingrediente imprescindible de las fiestas reales y como una diversión profundamente arraigada entre el conjunto de la población. Las corridas parecen pervivir bajo la modalidad del viejo juego caballeresco, con el ritual muy formalizado y el espacio bien definido, sin que haga su aparición la figura del torero profesional, pero sin que pueda descartarse alguna suerte de toreo a pie y algunos otros juegos más populares, modalidades sobre las que las fuentes guardan silencio.


The study of the royal proclamations of Philip V, Louis I, Ferdinand VI, Charles III and Charles IV shows bullfighting in Quito in the XVIIIth century as an essential ingredient of royal feasts and an amusement deeply rooted in the population as a whole. The corridas (bullfights) seem to survive under the form of the old aristocratic game, with a very formalized ritual and a well defined room and without the participation of any professional torero (bullfighter). But we cannot discard some sort of on-foot bullfighting and some other more popular games, forms that are not mentioned by sources.

A nuestros amigos de Quito.

Es bien sabido que en la España del Antiguo Régimen las fiestas reales llevaban normalmente aparejadas corridas de toros. Durante la época de los Austrias, la lidia consistió en un toreo a la jineta practicado por las clases privilegiadas que se celebraba en espacios habilitados en el ámbito urbano y que constituía un espectáculo en el que los grupos populares actuaban como meros espectadores o servidores. El siglo XVIII fue un periodo de transición en que la fiesta caballeresca dio paso a otro tipo de espectáculo, con una mayor participación de las clases populares en el encierro y en la propia lidia, que, tras un momento de desconcierto caracterizado por el "desorden de los ruedos", es decir por las corridas mixtas "sin leyes", terminó desembocando en la imposición de la normativa clásica del toreo a pie, con la formalización del paseíllo, el predominio del matador y su cuadrilla y la muerte final del toro a manos del matador, un ritual sellado por la redacción de las primeras tauromaquias[1].

También es bien sabido que las corridas de toros al estilo de la metrópolis entraron desde fecha temprana en la vida cotidiana de la América colonial. Para el virreinato del Perú, se ha venido señalando tradicionalmente como fecha de la primera fiesta el 29 de marzo de 1540, con ocasión de la consagración de los santos óleos por el obispo de Lima, fray Vicente de Valverde, y con la improbable participación en la lidia nada menos que del ya septuagenario Francisco Pizarro, el marqués de la Conquista. En cualquier caso, dos décadas más tarde, las corridas estaban ya reglamentadas, de modo que tuviesen lugar cuatro veces al año, durante la Epifanía, San Juan, Santiago y la Asunción. Finalmente, hay que añadir que la costumbre estaba ya tan arraigada en Lima en la década de los setenta que ni siquiera los interdictos pontificios dictados con carácter general para todos los territorios de la Monarquía Hispánica fueron capaces de impedir su celebración en la Ciudad de los Reyes[2].

Para el antiguo reino de Quito, sabemos que la práctica se introdujo también ya desde el siglo XVI y conocemos algunas generalidades sobre el desarrollo de los festejos. Como en otros lugares, la organización recaía en el cabildo municipal, que nombraba los correspondientes diputados encargados tanto de la provisión de los toros bravos necesarios como de la designación de los caballeros que habían de participar en la corrida. La fiesta adoptaba por lo tanto la forma de la lidia caballeresca a caballo y se combinaba con otros juegos nobiliarios tan característicos como las cañas, las alcancías o las parejas. Las ocasiones de los regocijos públicos eran al menos las habituales, como las proclamaciones de los soberanos y las bodas o natalicios acaecidos en la familia real, así como las entradas solemnes de las autoridades civiles y eclesiásticas. Finalmente, el espacio reservado a la corrida era la Plaza Mayor, con el toril situado en una esquina, junto al actual Palacio Cardenalicio, entre las calles hoy llamadas de Chile y Venezuela[3].

No es nuestro propósito, sin embargo, reconstruir la historia de la fiesta de toros ni en el virreinato del Perú ni tan sólo en la capital de la Audiencia de Quito. Nuestro objetivo es el de dar a conocer las circunstancias que rodearon la celebración de las fiestas de toros en la ciudad quiteña con ocasión de las proclamaciones de los cinco soberanos de la casa de Borbón del siglo XVIII, desde Felipe V a Carlos IV. Esta aproximación nos permitirá profundizar en el carácter que habían cobrado en el Setecientos las corridas en este lugar de la América virreinal. Para ello, hemos podido utilizar la rica documentación depositada en el Archivo Metropolitano de Historia de Quito, cuya consulta nos fue facilitada por su director, Don Diego Chiriboga Murgueitio, a quien queremos manifestar públicamente nuestro profundo agradecimiento por su ejemplar eficacia y su generosa acogida, la misma que recibimos de parte de Doña Grecia Vasco de Escudero, directora del Archivo Nacional de Ecuador[4].


******

El día 13 de noviembre de 1700 le fueron remitidas al presidente de la Audiencia de Quito diversas comunicaciones relativas a la muerte del rey Carlos II, previniéndole de la necesidad de moderar los lutos a observar con este motivo y advirtiéndole de que los gastos ocasionados correrían de cuenta de los propios ministros de la institución ya que no serían en ningún caso pagados por la Real Caja. Pocos días más tarde, el 27 del mismo mes, una Real Cédula ordenaba al citado presidente alzar pendones en nombre del nuevo monarca, Felipe V. La noticia de la muerte del último de los Austrias llegó a Quito en abril de 1701, mientras que la orden de organizar los actos de levantar el estandarte real por el primero de los Borbones debió arribar no mucho más tarde, aunque no queda constancia de la fecha exacta[5].

En cualquier caso, el Cabildo de la ciudad se reunió el 10 de setiembre de 1701 para acordar proceder al inmediato juramento de Felipe V "por Rey y Señor Natural de estos Reinos", así como a levantar pendones en la forma acostumbrada y ordenar "públicos regocijos de repiques de campanas, fuegos y luminarias". Del mismo modo, se mandó hacer una copia en lienzo de uno de los retratos que se habían recibido del nuevo soberano, enmarcarla y colocarla en la Sala Capitular. Por último, se encargó al procurador general que comunicase las decisiones a la Real Audiencia a fin de fijar el día de la proclamación[6].

En las sucesivas sesiones del Cabildo se procedió a la organización de los actos, de acuerdo con una práctica ya bien establecida. Así se nombraron como diputados al alguacil mayor, el maestre de campo Francisco de Sola y Ros, al comisario Juan Sarmiento de Villandrando y a uno de los regidores, el maestre de campo Roque Antonio Dávila. No obstante, todavía se esperaron algunos días más, a fin de recibir noticias de Lima, la capital del virreinato, así como también de otras ciudades donde ya se había celebrado el advenimiento del monarca, como Santa Fe y Cartagena de Indias. Finalmente, la proclamación tuvo lugar el 9 de octubre, aunque la documentación se muestra muy parca en lo referente al contenido de los festejos, a los que sólo se alude en un testimonio redactado por el escribano del cabildo el 2 de noviembre del mismo año. Así, aparte de señalar naturalmente la ejecución de los gestos simbólicos esenciales, es decir, la exposición de los retratos del soberano y el alzamiento del estandarte real mientras se pronunciaban las palabras de rigor ("Castilla, Castilla y las Indias Occidentales por el Rey Católico Nuestro Señor don Felipe Quinto Rey de España que Dios Guarde y Viva, Viva, Viva muchos años"), sólo se hacía mención al bando previo (promulgado al son de cajas, clarines y pífanos), así como a las colgaduras, las luminarias y el castillo de fuegos artificiales. Por tanto, no sólo no hubo corridas de toros, sino que ni siquiera se contempló tal posibilidad (frente a la de celebrar máscaras o montar una comedia) por motivos que las fuentes silencian por completo[7].

Por el contrario, sí hubo toros en el caso de la llegada al trono de Luis I, tras la abdicación de Felipe V. En efecto, el cabildo, reunido el 18 de julio de 1724, resolvió organizar, para conmemorar la coronación del nuevo soberano, unas fiestas que comprenderían comedias, fuegos, luminarias, repique de campanas y, lo que aquí nos importa, tres corridas de toros en la Plaza Mayor, a principiar el día 6 de agosto. A tal fin se nombraron los diputados y se repartieron las funciones para que nada faltara: la "buena disposición del toril y barreras de las esquinas" de la plaza, la distribución de "la plaza para los tablados", "los dulces y colación en las tardes de dichos toros" y "los helados y barquillos". Se dispuso también el orden por el que se había de regir la concurrencia:

"Las tardes de la corrida de toros y para su encierro saldrán a esta Plaza Mayor los señores capitulares con los caballeros vecinos, quienes con tan leales vasallos de Su Majestad concurrirán a esta celebridad como lo han acostumbrado, de lo cual se les dará noticia por parte de este Cabildo, nombrándose por Diputados para este efecto a los señores Alférez Real y Alguacil Mayor, y para la precisión de las entradas de los barrios y de los enhacendados de las cinco leguas de ambos partidos que vengan a celebrar las tardes de toros se nombra por diputado al dicho señor Alcalde de Primer Voto"[8].

Una vez terminadas las fiestas, se pasaron las cuentas de las corridas. Se había gastado un total de 450 pesos entre los toros, los rejones, los caballos, las garrochas y "demás adherentes que se distribuyeron", expresión que no sabemos si hace referencia a los dulces, helados y barquillos[9].

En cualquier caso, tales festejos se habían concebido como un prólogo a la verdadera ceremonia de juramento y proclamación, que el cabildo fijó para principios de 1725 y ejecutó efectivamente el día 4 de enero, varios meses después de la muerte del joven soberano, pero varios meses antes de que llegase a la Audiencia de Quito la noticia de su fallecimiento, cosa que debió ocurrir a primeros de mayo, momento en que el cabildo empezó a ocuparse de la celebración de las exequias. Por ello, no llegaron a celebrarse las corridas programadas como epílogo de la ceremonia del alzamiento del estandarte, las "fiestas reales de toros" previstas por el cabildo en su sesión del 23 de febrero. En efecto, la documentación sólo nos revela la habitual designación de los diputados para las "tres tardes de toros, caballos y rejones", así como para "la colación y demás dulces", helados y barquillos que se distribuían en el transcurso de las diversiones públicas. La falta de otra información al respecto significa que la demora del cabildo dio ocasión a la llegada de la orden de los lutos antes de la celebración de los festejos, como más tarde corroboraría una certificación del escribano del cabildo, dada el 11 de abril de 1747[10].

El cabildo de Quito programó la proclamación de Fernando VI en su sesión del 15 de marzo de 1747, presidida por el marqués de Lises, corregidor de la ciudad. Las previsiones incluían las prácticas habituales en estos casos: el alzamiento del pendón por el alférez real y la organización de las correspondientes "fiestas reales". Las diversiones debían comprender un castillo de fuegos artificales, la representación de dos comedias y tres tardes de toros, las cuales quedaban al cargo del alférez real, que debía ocuparse de todo lo necesario: "rejones, rejoneadores y mulas que saquen los toros muertos de la plaza". Cinco días más tarde, se tomaban nuevas determinaciones sobre las fiestas, descendiendo a los detalles: la colación debía componerse de "cuarenta y cinco arrobas buenas y bien labradas de almendras y canela de Castilla", las salvas para el día de la jura, el anterior y el posterior, se harían con cinco arrobas de pólvora y los toros que se debían comprar para las tres tardes debían ser "cuarenta y no más", lo que significa la lidia de trece o catorce cada tarde[11].

Sin embargo, cuando ya parecía todo decidido, el marqués de Lises, en la sesión del cabildo del 11 de abril, introdujo un debate sobre la oportunidad de las corridas de toros tan inesperado como interesante. A fin de analizar los motivos, merece la pena citar por extenso la propuesta del corregidor:

"A vista de la deplorable ruina de la ciudad de los Reyes, cabeza de este reino, en que hay tanta materia de asombro como avisos para el desengaño y justo temor, hallándonos juntamente con la reciente voz de las misiones, en que se ha anunciado la palabra de Dios, con las amenazas de su justicia y el copioso fruto que se experimenta en el común movimiento de piedad, no parece oportuno el tiempo para promover el común regocijo de corridas de toros, en que ciertamente se pervierten mucho los ánimos y se desenfrena el vulgo; y así por estas poderosas razones como por el miserable estado de esta ciudad, atraso de sus propios y la nueva circunstancia de desistirse el señor alférez real, Don Juan José de Chiriboga y Luna, de la diputaría de dichas corridas de toros (con lo que parece que aun Dios las quiere impedir), por lo que no es razón que quien tiene la obligación de ver por el bien de la República le cause su mayor mal y que con razón se atribuya que se ha pervertido a los convertidos y derribado el fruto que han plantado y cultivado los ministros de Dios, y que se provocará su ira a mayor castigo que el que llora la ciudad de Lima; y para que no falten demostraciones festivas, se pueden añadir sucesivamente a la jura máscaras, marchas y otros regocijos en que no hay el peligro que en el de toros y lo que en éstos había de gastarse se emplee en misas públicas, solemnes y generales por los buenos sucesos de nuestro soberano y para que Dios le dé feliz acierto en todos sus designios..."[12].

El texto es excepcionalmente explícito. Por un lado, hay que situarse en la atmósfera espiritual de los meses que siguieron al famoso terremoto de Lima del 28 de octubre de 1746, cosa fácil después de la publicación del magistral libro firmado por Pablo Emilio Pérez-Mallaína. Después hay que imaginarse el contenido de la predicación de los misioneros aludidos en el texto, de esos profesionales de lo sobrenatural (según los califica el citado autor) que insistirían sin lugar a dudas en los tópicos del castigo divino por los pecados cometidos y de la posible repetición del correctivo en caso de perseverancia en la mala conducta. A partir de ahí se comprende la moción del escrupuloso corregidor, que añade a la razón principal otras también reales como la penuria económica del municipio, aunque sin que sirva de argumento de peso, ya que las sumas ahorradas con la supresión de los toros se emplearían, por un lado, en la ampliación de los festejos con el añadido de máscaras y marchas y, por otro, en la celebración de misas solemnes a la intención del monarca[13].

Ahora bien, ¿por qué para el marqués de Lises debían ser las corridas las únicas diversiones suprimidas a la hora de congraciarse con la divinidad? Parece que la explicación más plausible sea la vieja enemiga de la Iglesia contra los toros, considerados como un espectáculo poco edificante que propiciaba la exaltación de las pasiones y el desenfreno de las clases populares y era ocasión de accidentes peligrosos e incluso de pérdidas de vidas humanas. Las restantes piezas de la discusión suscitada en el cabildo por la iniciativa del corregidor tampoco aportan nuevos datos para dirimir la cuestión, aunque nunca debe descartarse la existencia entre algunas de las autoridades de un sentimiento antitaurino de raíz ilustrada, al que en cualquier caso nunca se hace la menor alusión.

La propuesta del marqués de Lises suscitó la oposición rotunda de los dos alcaldes, el de primero y el de segundo voto, que exigieron el cumplimiento de lo acordado, que además iba en favor de la costumbre. Por el contrario, se sumaron al corregidor el fiel ejecutor, los regidores Sebastián Salcedo y Pedro Ignacio de Larrea y el regidor decano, que puso como argumento "los graves inconvenientes que sucesivamente se han experimentado así en muertes como en infinidad de pecados que se cometen en semejantes funciones". Finalmente, se adoptó el acuerdo de solicitar al escribano una certificación sobre lo ejecutado con ocasión de las proclamaciones de Felipe V y Luis V (a la que ya nos referimos más arriba) y de enviar las actuaciones al presidente de la Audiencia.

Al día siguiente el presidente de la Audiencia dictó un auto que no ofrecía dudas. Había que observar lo mandado en la Real Cédula otorgada por Fernando VI y organizar las fiestas del modo acostumbrado. Ante tal pronunciamiento, el Cabildo hubo de volver al acuerdo del 15 de marzo e iniciar los preparativos para las tres corridas previstas. Sin embargo, todavía se produjo una última tentativa por parte de los enemigos de la lidia, que tomaron como pretexto las dificultades económicas del cabildo. El alguacil mayor, el regidor decano y Sebastián de Salcedo se avinieron con la opinión del primero, que proponía solicitar al presidente de la Audiencia "la ayuda de costa de los cuatro mil pesos del ramo de los aguardientes" y en caso de no conseguirse, suprimir los toros: "no se hagan las corridas de toros, sino lo que se pudiera de otros regocijos, porque primero es cumplir con la justicia de pagar". La iniciativa encontró la oposición de los dos alcaldes y del fiel ejecutor, que se mantuvieron firmes en las tres tardes programadas. El corregidor hizo valer su voto para decidir en favor del alguacil mayor, pero no sin antes recurrir a la opinión del asesor general, cuyo dictamen zanjó definitivamente la cuestión. Había que cumplir con el auto del presidente de la Audiencia y, por tanto, comisionar a los dos alcaldes para que exigieran el inmediato pago de dos mil quinientos pesos que se le debían al municipio, organizasen las fiestas con dicha suma y, si no era suficiente, buscasen el dinero restante[14].

Por tanto, hubo que adoptar sin más dilación las providencias necesarias para garantizar la celebración de las fiestas. Así, en primer lugar, se nombraron los capitanes de barrio: el alcalde primero para el barrio de San Blas, el alcalde segundo para el de Santa Bárbara, el alguacil mayor para el de San Roque, el regidor decano para el de San Sebastián, el regidor segundo para el de la Loma y el hijo del alférez real para el de San Marcos. Por su parte, el propio alférez real, Juan José de Chiriboga y Luna, debía atender a la ceremonia del alzamiento del pendón y a la organización de las tres corridas de toros[15].

Tenemos una relación, fechada el 27 de mayo de 1747, de las fiestas de proclamación celebradas el sábado 20 del mismo mes y año, que, pese al detalle con que describe las ceremonias de la jura, no contiene por desgracia ninguna alusión significativa a las corridas de toros. Una nota posterior sobre la distribución de los puestos en la Plaza Mayor para asistir a los distintos espectáculos, con particular mención a las corridas, tampoco ofrece la menor información al respecto. Condenados por tanto a seguir adelante para obtener detalles sobre el desarrollo de la lidia durante las fiestas reales quiteñas, las relaciones de las realizadas en honor de Carlos III y Carlos IV nos darán finalmente cumplida satisfacción[16].

La organización de la ceremonia de la proclamación de Carlos III exigió, como era habitual por lo que hemos observado, más de una reunión del cabildo. Así, el 4 de julio de 1760 se adoptó el acuerdo de solicitar al escribano un informe sobre lo practicado en ocasión de la llegada al trono de Carlos II, Felipe V y Fernando VI para ajustar los actos a la costumbre. En cualquier caso, las celebraciones debían incluir lógicamente el alzamiento del estandarte y una función solemne en la catedral con el canto del Te Deum. En cuanto al ciclo propiamente festivo, la sesión se dedicó a discutir los pormenores del obligado castillo de fuegos artificiales, comprometido por la permanente penuria del municipio. La sesión del día 9 fue más breve y se dedicó íntegramente a la cuestión de las corridas de toros. En este sentido, resulta interesante transcribir el razonamiento del corregidor, a la sazón el capitán de granaderos Manuel Sánchez Osorio:

"En este cabildo propuso el señor corregidor que en atención a que ha sido costumbre que a los señores presidentes y obispos que han venido a esta ciudad se les ha hecho las fiestas con tres días de toros y que ahora siendo las que están para hacer en regocijo de la gloriosa exaltación de nuestro soberano monarca el rey Don Carlos Tercero (que Dios guarde) se necesitan de mayor especialidad por ser en celebridad y júbilo de nuestro rey y señor natural, manifestando este Ilustre Cabildo su más leal vasallaje con alguna más demostración en obsequio y gusto de la coronación de Su Majestad, parecía muy regular para el mayor completo de la presente función que se costease otro día más de toros, para que sean cuatro, a cuya propuesta los señores de este ayuntamiento, unánimes y conformes, dijeron que se lidien los cuatro días de toros, para lo cual se ofreció el señor alférez real, Don Juan Francisco de Borja, a dar diez toros que faltan para el último día al precio de nueve pesos, y ordenaron que el mayordomo de propios le acuda al regidor Don José de Herrera con el dinero necesario para el refresco de la última tarde"[17].

El párrafo resulta jugoso por varios extremos. Por una parte, vuelve a confirmar el papel central de las corridas de toros en las celebraciones más relevantes, como eran las recepciones a obispos y arzobispos, las entradas de las principales autoridades civiles de los distintos territorios y, obviamente, las juras y proclamaciones reales. Segundo, se especifica la costumbre de organizar tres corridas para cada una de estas solemnidades, aquí ampliadas excepcionalmente a cuatro, una disposición que puede responder a una mayor afición a los toros entre la población, aunque el ofrecimiento, no del todo desinteresado, del alférez real arroje ciertas dudas al respecto. Finalmente, las corridas, que constituían obviamente un momento de gran participación ciudadana, conllevaban siempre la distribución de suculentas meriendas, al menos entre los asistentes más distinguidos.

Disponemos finalmente de una extensa descripción de las fiestas (que tuvieron lugar el 15 de julio), debida a la pluma de Juan Crisóstomo de León, el escribano del cabildo. De ella solamente entresacamos el largo párrafo dedicado a las corridas, por su valor ilustrativo:

"Y después de lo referido prosiguieron las fiestas con cuatro días de corridas de toros, que los vieron a juicio prudente más de quince mil personas en los tablados que se hicieron a este fin, en las cuatro aceras de dicha Plaza Mayor. Antes de que se lidiasen dichos toros, iban entrando por sus esquinas unidos a los barrios a dos por día, a la hora acostumbrada de las dos de la tarde, que llegarían al parecer a más de seiscientos hombres, galanamente vestidos de máscara, con sus capitanes, alféreces, sargentos y demás ayudantes y cabos de milicia, y habiéndose dado vuelta a dicha plaza con varias invenciones de agradable idea, terminando los escuadrones con sus carros en que se conducían las regias imágenes en estatuas majestuosamente adornadas bajo de sus doseles, acabada la marcha y retirado el carro para afuera, se dio principio a las corridas de los feroces animales, que se trajeron de los más retirados montes para esta función, que siendo todos los que estaban en la plaza los que los sorteaban, sin que ninguno se pusiese a cubierto, fue mucho lo que hubo que ver, y mucho más el cuarto día en que juntos dichos cinco barrios, y de ellos cerca de tres mil hombres, pudo haber sido digno del real agrado de Su Majestad, porque estuvo en extremo vistosísima la plaza por su variedad en los trajes y por lo galano en sus vestuarios, acompañando a estos festejos muchos y espléndidos refrescos que se llevaban en nombre del Ilustre Cabildo al Tribunal de la Real Audiencia y Cabildo Eclesiástico, con que se dio fin a dichas corridas de toros"[18].

La relación de la fiesta añade algunos datos de interés a los ya sabidos. Primero, se detalla el orden del festejo, en el que se suceden la procesión de los barrios con el carro portando el retrato del soberano, la lidia propiamente dicha y el reparto de refrescos. Segundo, la lidia parece ser un juego en que un elevado número de jinetes se ejercitan en esquivar ("sortear") a los toros que corretean por la plaza, en cualquier caso una variante de la corrida caballeresca de los primeros tiempos modernos. Tercero, los animales dan la impresión de haber sido capturados para la ocasión en "los más retirados montes", lo que parece excluir el recurso a ganaderías organizadas. Y cuarto, resulta muy numerosa la concurrencia de público, esos quince mil personas presentes en los tablados que, distribuidas entre la cuatro tardes, dan casi cuatro mil espectadores por corrida, una cifra realmente considerable para una población que debía contar entonces con unos veinticuatro mil habitantes, lo que demuestra que la fiesta de toros era sin duda una diversión muy popular[19].

Para la proclamación de Carlos IV, el cabildo, presidido por el alcalde ordinario de primer voto, José Posse Pardo, se reunió el día 18 de agosto de 1789. En el transcurso de la sesión se dio cuenta de la carta remitida a Santa Fe, la capital del virreinato de Nueva Granada (donde ahora se integraba el territorio del antiguo reino quiteño, antes dependiente del virreinato de Perú), a fin de recabar información sobre los actos programados para la ocasión con vistas a aplicar a Quito lo allí actuado. Falto de una respuesta, el cabildo acordó organizar la jura siguiendo el modelo acostumbrado y fijar la proclamación para el día 21 de setiembre, rectificando la fecha previa adelantada al alférez real del día 11 del mismo mes[20].

Tenemos una relación muy pormenorizada de todos los actos celebrados con ocasión de la jura. La víspera de la jura se procedió a la iluminación de la Plaza Mayor, mientras una orquesta tocaba música, para posteriormente encenderse el castillo de fuegos artificiales, que fue acompañado de salvas de artillería y repique de campanas. Al día siguiente se alzó el pendón real y por la tarde dieron comienzo las fiestas, que incluyeron escaramuzas, otros diversos juegos a caballo (cañas, sortijas), desfiles de máscaras, mojigangas, bailes y fuegos artificiales, además de las consabidas corridas de toros, a las que dedicaremos nuestra atención[21].

El día 22 por la tarde una cuadrilla de la nobleza quiteña ejecutó una escaramuza, jugó una partida de sortijas y finalmente procedió a lidiar algunos toros. El día 23 tuvo lugar el desfile del barrio de Santa Bárbara, el más antiguo de la ciudad, que terminó también con una corrida de toros que duró hasta el anochecer. El día 24 los nobles protagonizaron una nueva escaramuza, que fue seguida de "estafermo y toros". El día 25 desfiló el barrio de San Blas, que culminó su actuación con "corridas de toros y mojigangas". El día 26 la nobleza ofreció otra escaramuza, seguida esta vez de "corrida de toros y cañas". El día 28 hicieron su entrada los barrios de San Sebastián y San Marcos, concluyendo la función con la corrida de toros del Ayuntamiento, que duró toda la tarde "para divertir al público". El día 29 le correspondió desfilar al barrio de San Roque, mientras que al final "para llenar el complemento de esta celebridad se corrieron veinte toros, que dio el Ilustre Cabildo, y por la noche el cuarto refresco y baile, también a su costa". Finalmente, las fiestas concluyeron con las diversiones costeadas los dos últimos días por los mercaderes de la ciudad:

"El treinta y primero de octubre, demostró el Comercio su siempre acreditado amor y lealtad, costeando innumerables fuegos artificiales y treinta toros que en ambos días se corrieron, unos con pesos fuertes por toda la piel y cornamenta, otros encintados y los restantes con banderillas de pañuelos dobles de seda, a cuyo lucimiento concurrieron los barrios de por mitad, haciendo sus entradas con sus respectivos padrinos y sacando de nuevo diversas invenciones de máscaras y trajes de mucho valor"[22].

Sabemos que en los diez días que duraron los festejos de la proclamación se lidiaron un total de ciento quince toros, lo que significa que el número de toros por corrida osciló entre diez y quince, cifra de las dos últimas. También sabemos que las corridas debieron adoptar la forma del toreo caballeresco y que normalmente estuvieron ligadas a otros juegos nobiliarios practicados también a caballo, como las escaramuzas, las cañas, las sortijas o el estafermo. Los toros salían adornados de diversas maneras, lo que sin duda confería mayor brillantez al espectáculo. Finalmente la documentación nos señala el destino final de las reses lidiadas:

"Estos toros (los treinta de los comerciantes) y ochenta y cinco que fueron los corridos por cuenta del cabildo, se repartieron por el señor presidente y regidores diputados de plaza a las cárceles, hospitales, recolecciones, monasterios, hospicio, viudas y señoras pobres, que remediaron con su producto sus necesidades"[23].

********
Pasando al capítulo de conclusiones, podemos confirmar, en primer lugar, que los toros fueron una pieza imprescindible de los festejos que acompañaban las proclamaciones reales en la capital del antiguo reino de Quito. Normalmente, todas las ocasiones solemnes conllevaban la celebración de tres corridas de toros en tres tardes sucesivas. Esta práctica sólo se quebró en el caso de la jura de Felipe V, sin que estén claros los motivos, aunque cabe pensar en las circunstancias especiales del cambio de dinastía y el estallido de la guerra de Sucesión para esta excepción. Por su parte, las fiestas por la entronización de Luis I tuvieron lugar antes del acto de la jura, celebrándose las tres corridas acostumbradas, aunque posteriormente los actos previstos para conmemorar la proclamación, que incluían más corridas, fueron cancelados ante la llegada de la noticia de la prematura muerte del monarca. Finalmente, en el caso de Fernando VI, la piadosa moción del corregidor de suspender los toros a fin de evitar la ira divina manifestada con ocasión del terremoto de Lima de 1746 no prosperó ante la oposición de parte de los miembros del Cabildo y ante la firme decisión del presidente de la Audiencia de obrar según la tradición, que imponía sin excusa las tres tardes de toros.

Segundo, pensamos que la afición a los festejos taurinos debió ir en aumento a lo largo del siglo XVIII y que desde luego no sufrió de modo manifiesto la enemiga del antitaurinismo ilustrado. Así, después de la excepción de la jura de Felipe V, sin duda debida a la novedad del cambio de la casa reinante, y de las vacilaciones provocadas por la predicación de los misioneros en el caso de Fernando VI, las corridas no sólo no sufrieron menoscabo, sino que aumentaron su presencia en los festejos, como bien acreditan las cuatro tardes acordadas por el cabildo para la proclamación de Carlos III y las nueve corridas lidiadas durante diez días de celebraciones en el caso de la jura de Carlos IV, en cuyo transcurso debieron batirse todas las marcas en el número de toros, con esa cifra monumental de ciento quince reses.

Sobre el carácter de la lidia, las fuentes no ofrecen tantas precisiones. Todo hace suponer que se trataba de la fiesta caballeresca asociada a otros juegos como las cañas o las sortijas, es decir del toreo a la jineta, basado en el dominio del caballo para esquivar la acometida de los toros y en la utilización de garrochas y rejones para herir a las reses y finalmente darles muerte, tal como demuestran las descripciones del utillaje aprestado por los diputados, la previsión de las mulillas para el arrastre y el destino final de la carne de los animales que iban a parar a las instituciones asistenciales y a los individuos necesitados. Por el contrario, no se menciona la presencia de toreros a pie, como los que aparecen en las fiestas limeñas, aunque la cuestión no puede darse por resuelta definitivamente. Por último, la brillantez de la lidia se subrayaba por el exorno de los toros, que aparecían cubiertos de monedas o de banderillas con pañuelos o con los cuernos encintados[24].

A este respecto, resulta interesante comparar las corridas quiteñas con los festejos descritos en los años setenta para el caso de Cuzco por Alonso Carrió de la Vandera, el famoso autor, bajo el seudónimo de Concolorcorvo, del Lazarillo de ciegos caminantes. En efecto, la relación que el funcionario y escritor asturiano hace de las corridas cuzqueñas guarda muchos puntos de contacto con el caso aquí analizado. Las corridas son costeadas entre el cabildo y el alférez real y van acompañadas de refrescos y de "muchas salvillas de helados y grandes fuentes de dulce". La lidia es protagonizada por las cuadrillas formadas por los miembros de la nobleza, sin participación de "toreros de profesión". Los toros salen "vestidos de glasé, de plata y oro, y con muchas estrellas de plata fina clavadas superficialmente en su piel", es decir con un exorno parecido al de los de Quito[25].

Sin embargo, también existen diferencias dignas de mención. Primero, la participación de "algunos mayordomos de haciendas en ligeros caballos y muchos mozos de a pie, que por los regular son indios, que corresponden a los chulos de España", circunstancia por tanto similar a la señalada para el caso de Lima. Segundo, los toros parecen ser perseguidos no sólo por los caballeros, sino también por los componentes de la muchedumbre asistente, ya que, según se afirma, "todos tiran a matarlos para lograr sus despojos". Del mismo modo, se ensayan otros juegos, ya que vemos, al margen de las reses lidiadas en la plaza, toros ensogados sueltos "por las demás calles para diversión del público", toros encohetados "disparando varios artificios de fuego", toros mochos o despuntados que "con su hocico y testa arrojan cholos por el alto con la misma facilidad que un huracán levanta del suelo las pajas" y toros particulares, que son enviados a las personas distinguidas "para que se entretengan y gocen de sus torerías desde los balcones de sus casas". En resumen, una fiesta muy participativa y al mismo tiempo muy variada, en la que pese a la sensación de desorden que el cronista transmite sólo se producían "contusiones y heridas, con pocas muertes".

Las corridas de toros aparecen por tanto en el Quito del siglo XVIII como un ingrediente imprescindible de las fiestas reales y como una diversión profundamente arraigada entre el conjunto de la población. Ahora bien, al margen de su carácter de espectáculo interclasista, no estamos en condiciones de definir el contenido de la lidia ni de deslindar el papel jugado por los distintos grupos sociales en su desarrollo. Las corridas parecen pervivir bajo la modalidad del viejo juego caballeresco, con el ritual muy formalizado y el espacio bien definido, sin que haga su aparición la figura del torero profesional, pero sin que pueda descartarse alguna suerte de toreo a pie y algunos otros juegos más populares, modalidades sobre las que las fuentes guardan silencio. La tauromaquia aparece en Quito en un estadio evolutivo más atrasado que en otros lugares del virreinato del Perú, donde tal vez se haya alcanzado ya el momento de transición del "gran desorden de los ruedos", antes de la introducción de la normativización que estaba dando sus primeros y vacilantes pasos en los lejanos territorios metropolitanos. En todo caso hay que esperar la aportación de nuevos testimonios para contrastar estas conclusiones provisionales.

****************************************************************************
NOTAS

[1] Las líneas generales de esta evolución han sido trazadas por diversos autores. En particular pueden consultarse, entre las más recientes, las obras de Antonio García-Baquero González, Pedro Romero de Solís e Ignacio Vázquez Parladé: Sevilla y la fiesta de toros, Sevilla, 1980; Bartolomé Bennassar: Histoire de la Tauromachie. Une société du spectacle, París, 1993 (traducción castellana de Denise Lavezzi Revel-Chion, bajo el título de Historia de la Tauromaquia. Una sociedad del espectáculo, Ronda, 2000); y Antonio García-Baquero González: "De la fiesta caballeresca al moderno espectáculo taurino: la metamorfosis de la corrida en el siglo XVIII", en Margarita Torrione (ed.): España festejante. El siglo XVIII, Málaga, 2000, pp. 75-84.
[2] Fernando Iwasaki Cauti: "Toros y Sociedad en Lima Colonial", Revista de Estudios Taurinos, nº 12 (2000), pp. 89-120.
[3] Ricardo Descalzi: "La vida social y las diversiones públicas en la colonia", Historia del Ecuador, Quito, Salvat, vol. IV, 1980-1981, pp. 37-51 (pp. 46-47).
[4] Los fondos consultados fueron esencialmente las Actas del Cabildo Municipal para los años correspondientes a los de la entronización de Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV. Nos ayudaron en nuestra labor algunas transcripciones de documentos publicadas en la revista Museo Histórico.
[5] Archivo Nacional del Ecuador. Real Audiencia de Quito. Sección General. Serie Cedularios. Caja nº 6, vol. I, fº 1-5.
[6] Sesión del Cabildo del 10 de setiembre de 1701.
[7] Sesiones del Cabildo del 14, 20 y 22 de setiembre, 5 y 31 de octubre y 2 de noviembre de 1701.
[8] Sesión del Cabildo del 18 de julio de 1724.
[9] Sesión del Cabildo del 9 de agosto de 1724.
[10] Sesiones del Cabildo del 11 diciembre de 1724 y 10 de enero, 23 de febrero y 5 de mayo de 1725. La certificación del 11 de abril de 1747, en fº 191 rº-vº.
[11] Sesiones del Cabildo del 15 y 20 de marzo de 1747.
[12] Sesión del Cabildo del 11 de abril de 1747. La declaración del marqués de Lises, en fº 189 vº.
[13] P. E. Pérez-Mallaína Bueno: Retrato de una ciudad en crisis. La sociedad limeña ante el movimiento sísmico de 1746, Sevilla, 2001, especialmente pp. 389-410.
[14] Sesión del Cabildo del 15 de abril de 1747.
[15] Sesión del Cabildo del 12 de mayo de 1747.
[16] "Relación de la proclamación del rey Don Fernando Sexto hecha en la ciudad de Quito el día sábado 20 de mayo de 1747". Fechada el 27 de mayo de 1747. Inserta en las Actas del Cabildo, fº 198 rº-200 vº. "Sobre el repartimiento de esta Plaza Mayor para las fiestas reales y corridas de toros por el rey Don Fernando Sexto". Fecha del 28 de junio de 1747. Inserta en las Actas del Cabildo, fª 201 rº-201 vº.
[17] Sesión del Cabildo del 9 de julio de 1760.
[18] La descripción de las fiestas consta en las Actas del Cabildo (volumen correspondiente a los años 1756-1761, fº 121 vº). Fue además transcrita dos veces en la revista quiteña Museo Histórico. El nº 1 (1949), pp. 7-15, incluye la relación, más un resumen de la Loa para el primer Carro triunfal ("Interesantes relatos de las Ceremonias realizadas en Quito por la muerte de Fernando Sexto y la exaltación al Trono del Rey Carlos Tercero"). El nº 17 (1953), pp. 126-148, repite la relación, reproduciendo además el contenido íntegro de la citada loa ("Fiestas celebradas en Quito cuando la Católica Majestad de Carlos 3º pasó del Trono de Nápoles al de España, celebradas el año de 1760"). El único punto oscuro del párrafo dedicado a los toros es la cifra de los cinco barrios de la última tarde, ya que si habían entrado dos cada uno de los tres primeros días sumarían un total de seis, que son además los señalados en las fiestas de la proclamación de Fernando VI, pero la relación puede llevar razón por cuanto en las fiestas en honor de Carlos IV sólo participarán cinco barrios, con exclusión del barrio de la Loma.
[19] El padrón de 1784 daba una cifra total de 23.726 habitantes para la ciudad y de unos 70.000 habitantes para el conjunto del corregimiento, integrado por treinta pueblos. Cf. Manuel Lucena Salmoral: "La población del reino de Quito en la época del reformismo borbónico (circa 1784)", Revista de Indias, nº 200 (1994), pp. 33-81.
[20] Sesión del Cabildo del 18 de agosto de 1789. Según lo decidido, la proclamación se celebró efectivamente el día 21 de setiembre, aunque las propias fuentes municipales induzcan a confusión. En efecto, una nota al margen del acta del cabildo citado señala: "Por las razones que se exponen, se acordó que se procediese a la celebración de la jura el día 27 de septiembre próximo". Y, más tarde, la relación de las fiestas señala en su título (como enseguida veremos) la fecha del 29 de setiembre, cuando el mismo documento no deja lugar a dudas sobre el día 21 como fecha de la celebración, por más que los festejos tuvieran un prólogo el día 20 y se alargasen hasta el 1º de octubre.
[21] La transcripción de la crónica de los festejos se halla en la revista Museo Histórico, nº 50 (1971), pp. 189-215: "Relación de las Fiestas Reales que celebró la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Quito. En la Augusta Proclamación del Señor Rey Don Carlos Cuarto el día 29 de Septiembre de 1789". Versión de Judith Paredes Zarama. Como ya dijimos y acabamos de comprobar, la fecha es errónea.
[22] Ibidem.
[23] Ibidem.
[24] Para la participación de toreros a pie en las corridas limeñas, cf. Fernando Iwasaki Cauti: "Toros...", pp. 90-108.
[25] Alonso Carrió de la Vandera: El lazarillo de ciegos caminantes, Caracas, 1965 (ed. de Antonio Lorente Medina). El libro debió ser publicado por primera vez en Lima entre 1775 y 1776. La descripción de las corridas de Cuzco, en pp. 190-191.
*******************************************************************************
PUBLICADO EN:
M. Alfonso Mola / C.Martínez Shaw: Fiestas reales y toros en el Quito del siglo XVIII, García Baquero González, A. / P. Romero de Solis(eds.),en Fiestas de toros y sociedad. Actas del congreso internacional celebrado en Sevilla del 26 de noviembre al 1 de diciembre de 2001-2003, Ed. Fundación Real Maestranza de Caballería de Sevilla/Universidad de Sevilla, Sevilla, 2003.
FOTOGRAFÍA
El famoso americano Mariano Ceballos, montado en un toro, se dispone a alancear otro toro. Goya.

**************************************************************************************
LOS AUTORES


Marina Alfonso Mola es profesora titular de Historia Moderna y de Historia de la América Colo­nial en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED, autora de numerosas investigaciones históricas en solitario y  otras tantas en colaboración con Carlos Martínez Shaw. Entre ellas destacamos las más recientes:
------------,Antonio García-Abásolo, Carlos Martínez Shaw, Ramón María Serrera y Carmen Yuste, El Galeón de Manila, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte : Fundación Focus-Abengoa,ed. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2000.

----------- y Carlos Martínez Shaw, Felipe V,Arlanza Ediciones,Madrid, 2001

-----------"El Comercio Marítimo de Cádiz, 1797-1805", en Trafalgar y el Mundo Atlántico , Guimerá, A., Ramos, A., Butrón, G., 259-297, Madrid, 2004

--------- y Carlos Martínez Shaw, "La era de la plata española en extremo oriente", España y el Pacífico, Legazpi, Cabrero, L., 1, 527-542, Madrid, 2004

--------- y Carlos Martínez Shaw, "Felipe V en tiempos de Carlos III. Un elogio de 1778", Estudios en homenaje al profesor Teófanes Egido , García Fernández, M., Sobarler Seco, M.A., 2, 105-117, Valladolid, 2004

---------- "Gibraltar, tres siglos de conflicto. Los asedios", La aventura de la historia , 70, 75-79, Madrid, 2004

-------- Carlos Martínez Shaw, "Cartagena de Indias. Mudanzas Ultramarinas ", Descubrir el arte, 67, 60-61, Madrid, 2004

------- “1828. El fin del Libre Comercio”, en C. Martínez Shaw y J.M. Oliva (eds.), El sistema atlántico español (siglos XVII-XIX), Madrid, 2005.

--Comisaria de varias exposicio­nes, en colaboración con Carlos Martínez Shaw:

Schittering van Spanje, 1598-1648. Van Cervantes tot Velaz­quez (Amsterdam, 1998)

Arte y Saber. La cultura en tiempos de Felipe III y Felipe IV (Valladolid, 1999)

Esplen­dores de España. De El Greco a Velázquez (Río de Janeiro, 2000)

El galeón de Manila (Sevi­lla, 2000, México DF, 2001)

Oriente en Palacio. Tesoros de arte asiático en las colecciones reales españolas (Madrid, 2003)

La fascinaciò de l’Orient. Tresors asiàtics de les coleccions reials espanyoles (Barcelona, 2003).

--Coordinadora de la revista Espacio, Tiempo y Forma. Serie IV, UNED.

--Colaboradora habitual de las revistas de divulgación histórico-artística La Aventura de la Historia, Descubrir el Arte, Historia16, Clío y Andalucía en la Historia.
***********************************

Carlos Martínez Shaw es catedrático de Historia Moderna de la UNED, y autor de numerosas obras, entre las que se pueden destacar, además de las ya citadas en colaboración con Marina Alfonso:

- Cataluña en la Carrera de Indias, 1680-1756 (1981)

- La emigración española a América, 1492-1824 (1983)

- La Historia Moderna de Asia (1996)

- El Siglo de las Luces. Las bases intelectuales del Reformismo (1996)

- Paisajes de la tierra prometida: el viaje a jerusalén de don Fadrique Enríquez de Ribera, coautores: Pedro García Martín y Manuel González Jiménez, ed. Miraguano, 2001.

- Historia de España: la Edad Contemporánea; vol. 2, coautores: José Luis Martín y Javier Tusell,ed. Taurus,2001.

- Historia de España: de la Prehistoria al fin del Antiguo Régimen; vol. 1, coautores: José Luis Martín, Javier Tusell, ed. Taurus, 2001.

- "La lengua en la España de los austrias. La España moderna (1474-1701)", Historia de la lengua española, Cano, R, 659-680, Barcelona, 2004

- "Gibraltar. Diplomacia", La aventura de la historia, 70, 80-84, Madrid, 2004

- "Napoleón. Europa deslumbrada. El astro ", La aventura de la historia, 74, 60-66, Madrid, 2004

**********************************

Otros artículos de Marina Alfonso Mola en este Blog:

EL TRÁFICO MARÍTIMO Y EL COMERCIO DE INDIAS EN EL SIGLO XVIII

FIESTAS EN HONOR DE UN REY LEJANO. LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE V EN AMÉRICA