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¡A la plaza! Regocijos taurinos en el Valladolid de los siglos XVII y XVIII

 

Lourdes Amigo Vázquez


¡A LA PLAZA! REGOCIJOS TAURINOS EN EL VALLADOLID DE LOS SIGLOS XVII Y XVIII

Sevilla, Fundación Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, Universidad de Sevilla, 2010.

ISBN: 978-84-472-1315-3 / 498 páginas (incluidas 49 ilustraciones)

Prólogo de Carlos Martínez Shaw

 

 

 

 


Prólogo de la autora

 

El 21 de septiembre de 1738, “víspera de los toros [por el casamiento de los reyes de Sicilia], murió el venerable siervo de Dios don Francisco Muñoz, capellán de San Felipe Neri (...). Le enterraron al otro día de mañana, por ser día de toros”. Valga esta anécdota, acaecida en el Valladolid del XVIII y recogida en su Diario por el humilde ensamblador Ventura Pérez, para ilustrar el auténtico furor taurino de la Época Moderna (siglos XVI-XVIII), que no entendía de estamentos ni grupos sociales, puesto que la celebración de una corrida condicionó la hora del entierro de un eclesiástico.

            He aquí el objeto de mi estudio, el Valladolid taurino de los siglos XVII y XVIII. He combinado la consulta de la documentación en archivos, tanto localizados en Valladolid como en Madrid, con la literatura de la época, en la que destacan las “Relaciones de Fiestas”, para lograr conocer al detalle todos los festejos celebrados en la ciudad desde 1601 hasta 1808. Así, a lo largo de las páginas de este libro, el lector puede adentrarse en las ocasiones y frecuencia de los regocijos taurinos, en el ámbito espacial de los mismos, en sus organizadores y protagonistas, tanto en el coso como en la arena, y en su disposición, desarrollo y coste. No se trata en absoluto de una cuestión baladí, habida cuenta de que aquélla era la sociedad festiva por excelencia, especialmente en el ámbito urbano, y los toros su fiesta predilecta.

Y es que se debe hablar de auténtica pasión taurina en la España Moderna (siglos XVI-XVIII). Si las celebraciones eran un artículo de consumo de primera necesidad para los hombres y mujeres de entonces, los toros se erigían como el más grande, el más esperado y el más deseado regocijo. Los juegos con el toro no eran únicamente una diversión sino uno de los principales elementos de las celebraciones. Es más, constituían toda una fiesta en sí mismos, que podía integrarse en el programa de festejos políticos y religiosos (como en las visitas reales de 1660 y 1690, o en la beatificación y canonización de San Pedro Regalado, en 1683 y 1747, respectivamente) o celebrarse sin ninguna excusa. Cualquier calle o plaza podía ser escenario de funciones taurinas, incluso, en el siglo XVII, el Pisuerga (con la suerte del despeño de toros al río en la Huerta del Rey). De esta forma, los diferentes espectáculos han sido motivo de atención, pero sobre todo me he detenido en los de mayor importancia y magnificencia, desarrollados en la Plaza Mayor, el símbolo de la vida urbana en la España Moderna.

El tiempo largo me permite ahondar con mayor detalle y grado de exactitud en las características generales de las funciones taurinas, así como en sus permanencias y mutaciones. Me adentro en el esplendor de la fiesta barroca, así como en su crisis y transformaciones, de las que tampoco fueron ajenos los toros. Compruebo las similitudes pero sobre todo las numerosas diferencias que existían entre aquellos regocijos y los actuales, así como también su evolución.

El XVII fue el siglo de los toros como fiesta por antonomasia en el ámbito urbano, en la que confluyeron en el ruedo el toreo popular y el caballeresco. Pero también en el Seiscientos, comenzaron a perfilarse algunas de las grandes transformaciones de la centuria siguiente, como, por ejemplo, la profesionalización del toreo a pie. Ya en el XVIII se asiste a una “revolución taurina”, que dará lugar, en la segunda mitad de la centuria, a la corrida moderna, a la fiesta de toros tal y como hoy la conocemos, protagonizada por toreros profesionales, que desarrollaban una lidia muy cercana a la actual, en un espacio propio, la plaza de toros. Las grandes figuras del momento, Costillares, Pepe-Hillo y Pedro Romero, actuarán en Valladolid, a la vez que la Plaza Mayor tendrá que compartir el protagonismo con la plaza portátil de madera, de forma ya circular, que se montaba cada año en el Campo Grande. Las funciones controladas por la Ciudad y el corregidor en el símbolo urbano por excelencia, para divertir al pueblo, festejar y exaltar el poder de la Monarquía y la Iglesia, así como el de sus representantes locales, se combinaban con otras, en el Campo Grande, donde las preocupaciones anteriores cedían terreno a favor de las meramente lucrativas, en unos momentos en los que la sociedad jerárquica y estamental comenzaba a resquebrajarse.

Se ve cómo los toros son producto de la sociedad de su tiempo, de sus cambios y permanencias. No en vano, el análisis de la fiesta, que es un hecho sociocultural total, resulta fundamental para el conocimiento de toda sociedad y especialmente aquélla de los tiempos modernos. Sólo el centrarse en los toros sirve para este menester, puesto que eran, como he señalado, la celebración por antonomasia. Además, la fiesta, y en este caso concreto los toros, no sólo expresa las características de una comunidad sino que, dados sus efectos emocionales sobre los participantes, cumple un papel activo nada desdeñable en la misma, lo que hace todavía más interesante su análisis. En última instancia, la fiesta antiguorregimental, en aquella sociedad sacralizada y jerárquica, se conformaba en un instrumento idóneo para la representación del poder, pero no sólo de la Monarquía y de la Iglesia. Todos los grupos sociales asumían en las celebraciones, en su organización y desarrollo, un protagonismo acorde al poder que representaban. Por tanto, debían sobresalir las elites urbanas, como se ponía especialmente de manifiesto en las fiestas de toros en la Plaza Mayor.

La ciudad del Pisuerga presenta unas características propias que la hacen a todas luces atractiva para el análisis de los regocijos taurinos. Todavía a principios del Seiscientos volvió a ser durante un breve período de tiempo (1601-1606) capital de la Monarquía Hispánica. Aun abandonada definitivamente por la corte en 1606, seguirá siendo a lo largo de los siglos XVII y XVIII una de las ciudades más importantes de Castilla. Valladolid disponía de un extenso tejido urbano que en aquellas centurias acogía una población de 20.000 almas, lo que no era nada desdeñable. A su vez, posiblemente, con la excepción de Madrid y de Granada, y quizás también de Sevilla, según qué consideraciones, era la ciudad castellana con el mosaico más impresionante de instituciones poderosas.

Así pues, en esta ciudad, el poder da un relieve especial a la fiesta, en este caso a la taurina, que he procurado siempre subrayar. Las fiestas de toros en la Plaza Mayor eran un acontecimiento donde, a excepción del obispo, estaban representados todos los poderes urbanos. Los días de corrida, por la tarde, en los balcones del consistorio, el lugar del monarca cuando se hallaba en la ciudad, se situaban el Ayuntamiento, presidido por el corregidor, y la Chancillería. Por su parte, la Inquisición, el Cabildo Catedralicio, la Universidad y el Colegio de Santa Cruz veían el espectáculo desde balcones primeros en casas de la Plaza Mayor. Tampoco faltaba la nobleza que quedaba en Valladolid, al margen de las instituciones urbanas, tras la definitiva marcha de la corte. Además, algunas comunidades, especialmente el Ayuntamiento (principal organizador de fiestas de toros en la Plaza Mayor) supieron aprovechar el prestigio que confería el ser organizadoras de corridas y ofrecer a los vallisoletanos la diversión que tanto demandaban. Por último, en los siglos XVI y XVII, la nobleza fortalecía su preeminencia social actuando en la arena. Si bien en la mayoría de las ocasiones era gente plebeya, a pie y a veces a caballo, quien medía sus fuerzas con las bravas reses, los nobles protagonizaban las fiestas de toros más importantes, a través del toreo caballeresco y los juegos de cañas, reminiscencia de los antiguos torneos.

Pero, por encima de todo, Valladolid era la residencia de la Real Chancillería. La ciudad también va a experimentar los efectos de ser una corte en miniatura, como sede de la Chancillería, Tribunal Superior de Justicia castellano y custodio del sello mayor del rey. Era la institución más poderosa y prestigiada de la ciudad, ya que era el poder real por excelencia. Así se pondrá de manifiesto en los toros. Los principales afectados fueron, sin duda, la Ciudad y su corregidor. Los regocijos taurinos, celebrados tanto en la Plaza Mayor como en cualquier otro espacio de la urbe, dejaban de ser en exclusiva un asunto de dichas autoridades locales, ante la preeminencia, facultades y continuas interferencias del Tribunal de Justicia en la organización y desarrollo de los mismos.

En definitiva, he tratado de profundizar en los regocijos taurinos y, a través de ellos, en la sociedad vallisoletana de los siglos XVII y XVIII. Pero, al mismo tiempo, ha sido mi intención, a través del estudio integral acometido, atrapar las fiestas de toros en todas sus dimensiones y perfiles, de forma que Valladolid se ofrezca como un modelo aplicable a cualquier otra ciudad de la Monarquía Hispánica.

 

 


 

 

Este libro fue presentado, en la Real Maestranza de Sevilla el 30 de junio de 2011, por Jesús Urrea, profesor titular de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, director del Museo de la Universidad de Valladolid y Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid.

 


 Vídeo presentación de la autora

 

COMENTARIOS SOBRE EL LIBRO

 

El Norte de Castilla “Sin los toros la cultura española no se entiende” (26 de julio de 2011)

 Taurologia.com (7 de septiembre de 2011)

Reseña de Barlomé Bennassar en:  Revue TOROS, Nimes, 21-XII-2011


Recensión de Pedro Romero de Solis, Revista de Estudios Taurinos, nº 31, Fundación de Estudios Taurinos, Sevilla 2012, págs. 239-248


 



 


 

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VIAJERAS AL SERVICIO DE SU MAJESTAD. UN DISCURSO COLONIALISTA DE GÉNERO EN EL SIGLO XVIII

VIAJERAS AL SERVICIO DE SU MAJESTAD. UN DISCURSO COLONIALISTA DE GÉNERO EN EL SIGLO XVIII

María Teresa Díez Martín

Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED. España

 

 

 

Se aborda en este artículo el trazado de un estudio más amplio que tiene por objeto el  análisis de género, por el que se define un sujeto colonialista viajera, a través de las prácticas y representaciones del viaje colonial-militar ultramarino. Necesariamente, pues, prácticas y representaciones que devienen en discursivas. Las actoras de este viaje son las esposas españolas, y secundariamente americanas, de los oficiales militares peninsulares, del Ejército y la Armada, durante la segunda parte del siglo XVIII. Tales prácticas, conformadas por el programa de militarización de la política colonial del reformismo borbónico, tuvieron su razón de ser en el traslado desde España de efectivos militares y su oficialidad, para  el servicio político y militar en los dominios hispanos de América. Estas viajeras son aquí argumentadas en lo que significan a las representaciones coloniales y colonialistas del colectivo social de los mandos militares peninsulares, lo que contribuye, sin duda, al estudio del protagonismo militarista del siglo a ambos lados del Atlántico. Al fin, un contexto colonialista que dota de sentidos a este sujeto viajera, metropolitano y elitista que se proyecta en la sociedad colonial americana y es otra de las piezas en el orden social a mantener por la metrópoli.

Términos clave: viajeras, oficiales militares, prácticas, representaciones, discurso colonialista, discurso de género. 

 Publicado en Sara Beatriz Guardia (ed.), Viajeras entre dos mundos

 

 

Contenido


Imaginarios de un señorío femenino metropolitano en el viaje colonial-militar

De viajeras a ultramar. Migración selectiva en el viaje colonial-militar

Los límites de la naturaleza femenina. Viajar las señoras con la “debida decencia”

Viajeras de cámara alta y los empeños de los viajes

Americanas en viaje desde el afuera metropolitano

Conclusiones


Siglas de archivo

Localización en Internet

Bibliografía

Onomástico 

 

 

Imaginarios de un señorío femenino metropolitano en el viaje colonial-militar

 

Ellas fueron las esposas o las viudas de los oficiales militares de tierra y mar[1], a la vez que madres e hijas de militares en mayor proporción según progresaba durante el siglo la profesionalización de la carrera de las armas y se afianzaban los mecanismos de la reproducción social y corporativa. Son sujetos femeninos analizados dentro del colectivo social de la oficialidad, considerado este así en su proyección social antes que profesional. Mujeres peninsulares, en lo principal aquí tratado, que viajaron con o sin sus maridos, hijos/as u otros familiares en otra forma destinadas al servicio colonial. Aunque no fueron muchas las casadas respecto al elevado porcentaje de militares solteros desplazados, estas viajeras y su viaje se revelan objeto simbólico del dominio metropolitano en la lógica colonialista.

Es decir, que la peninsularidad de estas viajeras, seña de origen, seña del punto de partida del viaje, significada por el imaginario hispanocéntrico y las proyecciones político-sociales del reformismo absolutista, deviene en los territorios ultramarinos en un metropolitanismo señorial que interpretado en clave de género distingue a un sujeto viajera colonialista. Sujeto que se añade a los sentidos creados por el viaje colonial-militar, por definición masculino[2]. Por otra parte, y aunque sólo apuntado en el presente artículo, otro rango de significados sobre el mismo contexto discursivo entra en juego respecto a las esposas criollas de la oficialidad peninsular que realizan la travesía hasta España y viceversa, para identificar a un sujeto viajera colonial, incluso también colonialista, no-metropolitano e, igualmente, elitista.

Cabe formular en esta dirección la interpretación de las experiencias viajeras que dan entidad a estos sujetos femeninos en el marco de un imaginario geopolítico colonial vertebrador de la relación jerárquica centro-periferia[3]. Relación interdependiente en la que el viaje colonial, ultramarino y continental, adquiere su significado más primordial. Pues, el viaje, en cualquier dirección del trayecto y en cualquiera de sus tipologías, afirma siempre el centro metropolitano, diferencialmente, sobre el espacio colonial, espacio externo y periférico, espacio subordinado que justifica la existencia misma de la metrópoli.  Léase en esa afirmación, para lo que aquí interesa y como se ha indicado, el imaginario hispanocentrista legitimador de la autoridad peninsular en todos los órdenes.  

Es una composición, por tanto, de supremacía, cuyos objetos discursivos son conocidos en lo que construyen el orden social colonial: la civilización superior hispana, la raza superior blanca, el género superior masculino y, fuera de su espacio intrasocial, la superioridad de las mujeres peninsulares por oposición a los “otros”, a “las otras” no blancas o no peninsulares. Tal escala de categorías, ya resignificada por el racionalismo europeo del dieciocho, se incorporaba a la metanarrativa eurocéntrica de la modernidad, en la que las europeas tuvieron un capítulo enunciado por el discurso ejemplarizante de civilización, de progreso, frente a la barbarie de lo extraeuropeo[4]. Pero no sin que desde la perspectiva hispana esa posición diferencial se formulara confrontada, y por encima de matices, a la sociedad indígena tanto como a la desnaturalización de lo peninsular en se figuraba a los criollos.

Entonces, encauzado tal imaginario de mujer en el discurso civilizatorio de la milicia se agrega a los atributos de superior calidad, igualados los femeninos y los de la posición social, supuestos a las mujeres de “las primeras clases” peninsulares en las que se encuadraba a las esposas de la oficialidad. La imagen es la de la integridad moral femenina, de mujer de honor, que se correspondía con la masculinidad caballeresca que adornó el honor militar durante el siglo. Nobles y acaudaladas, según la exigencia de la normativa militar, o a falta de lo primero de probada limpieza de sangre y sobradas “proporciones”. Una suficiencia social y económica que las equiparaba al status de nobleza de sus maridos. Nobleza que validaron socialmente cuando no la sostuvieron con su dinero[5]. Matrimonios de ventaja para la oficialidad, sin duda, que fueron pilares del programa de la aristocratización de la milicia que, en definitiva, legitimaba el orden social colonial y la autoridad de lo militar en él.  En especial, y en el marco del reformismo, la autoridad sobre las élites criollas, las que, por otra parte, desde una singular composición de la jerarquía militar validaron su propio status de poder.

La proyección aristocrática de estos matrimonios compartió imagen, sin excesiva fricción, con la de la profesionalidad militar, que a la sazón justificaba la filosofía ilustrada en los méritos de las armas antes que en los privilegios estamentales. Méritos en los que también se entendieron y anunciaron las “señoras coronelas”, “capitanas”, “gobernadoras” u otras tantas militarizadas coloquialmente por el empleo de sus maridos. Era una proyección pública explícita de servidoras de la patria y de los ejércitos del rey en la misma medida que obligadas a sus esposos. Servicio en el que se reivindicaron en variadas situaciones ante la administración real[6] y con especial insistencia sobre lo gravoso de los desplazamientos. Aunque no sin motivo se llamaron viajeras esforzadas, que al igual que sus maridos sufrieron las muchas incomodidades y los peligros de los viajes oceánicos o de las rutas terrestres. Trasiegos más meritorios por lo impropio del ritmo militar impuesto a señoras de privilegio.

Pero, ya fueran estas viajeras las grandes señoras de la aristocracia castrense político-militar o las esposas más o menos acomodadas del grueso de una oficialidad media sin grandes recursos económicos, todas compartían en el ámbito colonial las categorías de la superioridad peninsular. Lo que era un referente potente en la representación del colectivo de la oficialidad de peninsulares que, en último término, revestía la estética militarista del poder metropolitano. Por tanto, no en balde, se puede hablar de unas representaciones colonialistas de género de probada eficacia simbólica y representativa. Y, en efecto, el manifiesto de este poderío señorial femenino peninsular está presente en cualquiera de los registros históricos a los que nos asomemos. Así aparecen las “grandes señoras” españolas, como también se autodenominaban María Josefa Domás y Alba y su madre María Hipólita de Albalá, hija y esposa, respectivamente, del capitán general y gobernador de Guatemala José Domás y Valle[7]. Señoras estas agraviadas por un criollo casado con la primera que ocultó ser “hijo de un mercader, y de una mulata de Lima”. Demasiada ofensa para quien la reina llamaba, cariñosamente, su “Cabrita”. Pero, ante todo, agravio relevante en cuanto dimensionado en la esfera pública. Porque vidas públicas eran las de estas señoras incluso en los apartados territorios de frontera como el de California, donde sufría el señorío de las “señoras gobernadoras” con el exilio urbano al que les obligaba la actividad militar de sus maridos (Nuttall, 1998). Una de ellas, la conocida catalana Eulalia Callis, esposa del gobernador Pedro Fages, es buen ejemplo de ello. Viajera impertinente, remisa a dejar su vida regalada en Ciudad de México por los desiertos sociales del norte. Mujer, también, domeñada por el poder de la apariencia impuesto a las de su posición, y cuyo divulgado intento de separación conyugal hubo de resolverse, al fin, como proyección ejemplarizante del discurso hispano del dominio patriarcal (Beebe y Senkewicz, 2001/ Reyes, 2009).

 

De viajeras a ultramar. Migración selectiva en el viaje colonial-militar

 

Dentro de la política migratoria selectiva de la Corona, el traslado a los territorios coloniales de mujeres peninsulares siempre constituyó un capítulo importante en el programa de población de españoles. En principio, se trataba de promocionar, como es sabido, una emigración peninsular de hombres y mujeres en el Nuevo Mundo sin las tachas de las “personas prohibidas”: judíos, conversos, herejes, esclavos, extranjeros y mujeres de “malas costumbres”. Una quimera colonialista que a todas luces no fue posible imponer, pero que en su simple proyección fijaba un perfil tradicional de género hispano que organizaba la jerarquía de las categorías femeninas en el orden social colonial. Categorías así definidas respecto al imaginario femenino metropolitano de mujeres “limpias de mala sangre”, honradas, temerosas de Dios, “honestas y recogidas”. Una calidad y decencia más engrandecida si eran “principales”. En todo caso, españolas que estuvieron llamadas a mantener la población blanca, ya sin apremio antes de finalizar el siglo XVI (Konetzke, 1945:148), así como a ejemplarizar los modelos femeninos conyugales y familiares católicos o los de la vida religiosa femenina propios del sistema patriarcal europeo. Valores de género, morales y sociales que, por último, respaldaban el discurso de la supremacía peninsular.

En este marco establecido por la elemental lógica colonialista el matrimonio aparece como eje e incentivo de las emigraciones de las casadas y sin marido, solteras o viudas. Con certeza, se puede apuntar el matrimonio como un subyacente en cualquier otro de los factores sociales o económicos de la atracción migratoria. De hecho, se muestra compuesto en el imaginario peninsular de la prosperidad colonial, o de la riqueza y las oportunidades de los reinos de Indias, como la referencia natural de las viajeras[8]. También el matrimonio se constituye en el filtro de una selección femenina encauzada por la protección legal de la Corona a la vida conyugal en peligro con el paso a Indias. Las disposiciones al respecto, que se sucedieron durante todo el período del dominio hispano y fueron ya emitidas con los primeros asentamientos, ordenaban a los casados partir con sus esposas o, si no lo habían hecho, reunirse allí con ellas so pena de ser enviados de vuelta a la península. Además de los apremios a los solteros para que matrimoniaran con las españolas sin marido que pasaban a Indias.

 En el siglo XVIII, la emigración femenina, como la masculina, se resolvía bajo las mayores restricciones a los desplazamientos que impuso el programa colonial del absolutismo reformista. Y aunque, inevitablemente, el rebote de tal política fue un aumento de la emigración ilegal, la administración real lograba imponer su más pleno control sobre el personal que se trasladaba al “real servicio”. Era el grupo de varones provistos, según la tipología tradicional, de un empleo público, civil, militar o eclesiástico en ultramar, en el que se sitúan como acompañantes nuestras viajeras. Empleos que si eran fijos aconsejaban llevar a las familias y si temporales, por lo general, también, pues lo usual era la previsión de alargar las estancias lo necesario para medrar en los empleos (Macías Domínguez, 1999: 21-24) y hacerse con el mayor capital posible para el regreso[9].  Sobre estos colectivos se reiteraban los mandatos para que los casados marcharan acompañados de sus esposas, negándoseles la provisión del empleo si no lo hacían[10]. La disposición estuvo en vigor durante toda la centuria y sólo fue contravenida en las coyunturas de conflictos bélicos que supusieran un peligro para las familias.

Como ya se ha indicado, no fueron muchas las casadas que partieron con sus maridos, en relación el menor número de casados al mayor de oficiales solteros desplazados. Situación que se correspondía con una oficialidad peninsular en su proporción más alta sin matrimoniar (Andújar Castillo, 1991)[11], animada al paso a los reinos de Indias por los alicientes de mayores sueldos y méritos para sus carreras militares, a la vez que por los ventajosos matrimonios en Indias que completaban las oportunidades del mundo colonial.  

No obstante, las esposas viajeras no eran todas las posibles, pues ellas tuvieron más facilidades, legales o acordadas con sus maridos, para eludir el deber de la “vida maridable” y permanecer en la península. Los acuerdos de separación entre cónyuges fue la práctica más generalizada, lo que no obvia los casos de las obligadas para las esposas, aun consentidas formalmente, con ocasión del traslado que terminaron siendo un abandono. Hablan de estas desafecciones conyugales las muchas reclamaciones a los oficiales por incumplimiento de sus deberes maritales de asistencia económica a sus esposas e hijos, y al margen el posible abandono de las reclamaciones motivadas por situaciones de penuria económica de los oficiales en sus destinos coloniales, circunstancia bastante corriente entre el común de la oficialidad. La problemática, en cualquier caso y aun singularizada por la institución militar, se encuadra en el fenómeno social del alto número de mujeres desatendidas y abandonadas en la península por los maridos “ausentes en Indias”. El fenómeno, inherente a la dinámica migratoria, fue de importancia en la península como también en la otra orilla atlántica[12]. En estos casos el derecho que asistía a las esposas de los oficiales estuvo amparado por la ley militar y por la preceptiva religiosa para reunirse con sus maridos. Podían reclamar las mensualidades de asistencia o, en su defecto, interponer requisitoria para reanudar la convivencia matrimonial que le asegurara el sustento. Sin embargo, en razón de ejercer los maridos en el real servicio muy pocas veces se resolvía la reanudación de la vida conyugal con el regreso de los oficiales a España, pues lo común fue que se desplazaran las esposas al encuentro de sus maridos. Viajeras forzadas, así, por variadas circunstancias que, como veremos más adelante, tuvieron la cobertura de la administración real.

 

Los límites de la naturaleza femenina. Viajar las señoras con la “debida decencia”

 

Presentes estaban en este viaje colonial los discursos preventivos que desaconsejaban la travesía ultramarina a las mujeres en función de su frágil y apoquinada naturaleza, y en los que abundaron tanto teólogos como médicos. Aunque poco efecto parece que tuvieron sobre las muchas viajeras que se decidieron a emprender la aventura ultramarina, pero es de suponer que sí fueran limitativos para otras más.  De hecho, no soportar las mujeres el viaje ultramarino o el miedo a cruzar el océano fueron razones asumidas socialmente que disculparon las renuncias femeninas a migrar a los dominios coloniales (Rípodas Ardanaz, 1977: 362; Konetzke, 1945: 129-130). Por su parte, la administración militar contempló en la reglamentación de los viajes familiares toda esta tradición paternalista con la naturaleza femenina. De ahí que la “delicada salud” de las señoras, a veces en peligro de agravarse por los climas adversos de los dominios de ultramar, fuera el motivo alegado más recurrente para no embarcar con sus maridos y permanecer en la península.

  Por supuesto, no faltaron problemas serios de salud y, sobre todo, circunstancias femeninas de peso que dificultaron los viajes de las mujeres y repercutieron en las previsiones del embarco familiar, determinando incluso retrasos en la incorporación de los oficiales a sus empleos coloniales. La más común fue la constancia de un embarazo y la posibilidad de parir en alta mar que planteaba temores a la travesía y la negativa a embarcar. Como era preceptivo en semejantes casos, los matrimonios tuvieron que justificar este impedimento para demorar las esposas el viaje ultramarino que debían emprender con sus maridos o para el aplazamiento del viaje de ambos.  Así lo tuvieron que hacer mediante certificado médico, entre otros más de los sujetos aquí estudiados, el capitán de dragones Filiberto Mahy y su esposa Felipa Branly, encinta de seis y con riesgo de aborto[13], o el coronel Juan Flores y Rosalía de Alcalá, una dama de muchos padecimientos, “efectos todos de una constitución endeble y delicada” que ponía también en peligro su embarazo[14]

…todo lo cual es de suma consideración para aconsejarle dirigirles en lo restante de su preñado, y próximo parto, el modo de manejarse, y de evitar todo lo que puede contribuir a promoverlo antes de tiempo con la pérdida del fruto, y acaso de la madre, siendo el movimiento excesivo, indispensable en el camino, una de las causas que contribuyen eficazmente a causar los abortos, como las pasiones de ánimo. Se halla dicha señora en la precisión de no emprender viaje alguno, hasta haber concluido la carrera de su preñado y parto, todo lo cual debe también con más motivo entenderse de embarcarse; pues concurriendo mayores motivos y menos proporción de auxilios en las graves urgencias, que en estos casos acaecen, era temeridad exponerse a unos peligros probables de perder la vida…[15]

Quizás sin tanto riesgo pero en igual eventualidad, más mujeres pospusieron su viaje sin interferir en la marcha de los oficiales ya urgidos por las obligaciones de sus empleos. Pero siempre aceptadas estas demoras bajo el compromiso de emprender la travesía una vez dieran a luz a sus hijos. Como otras tantas, eso es lo que tuvo que hacer en 1799 Micaela Colante, esposa del brigadier y gobernador de Nicaragua Antonio González Mollinedo de Sarabia. Micaela se había quedado embarazada durante el retraso de varios meses que sufrió la partida del matrimonio, desde La Coruña, debido al peligro de los ataques ingleses y cuando, por fin, se fijó la fecha definitiva para zarpar su gestación ya estaba avanzada en  siete meses[16]

 No era, por otra parte, el embarazo la única circunstancia que obligó a estas señoras a viajar sin sus maridos. También lo hicieron las casadas por poderes que debían reunirse con sus cónyuges, las que cumplían con un requerimiento de reunión conyugal, a instancia propia o del marido, las viudas, americanas y españolas, que regresaban a sus tierras de origen o las que ya instaladas en América realizaron más de un viaje de ida y vuelta para atender cualesquier obligación en la península. Estos últimos casos de repetidas travesías aunque no fueron lo común tampoco resultaron infrecuentes, pocos en todo caso por el alto precio de los viajes y los prejuicios que existían para que las mujeres de cierta condición viajaran sin la custodia de sus esposos u otros familiares varones.  Juana Marres fue una de esas escasas viajeras de varias idas y vueltas por el Atlántico. Realizó su primer viaje a Panamá en 1766, con su esposo Nicolás de Palazuelos, para regresar a la península unos años después y embarcar de nuevo a Panamá en 1770, acompañada de su hija y una criada[17].

Eran viajeras sin sus esposos pero nunca solas, ya que lo usual fue que se acompañaran de familiares además de criados y criadas. Entre estas últimas fue importante el contar con amas de leche cuando había criaturas de pecho. Una práctica, esta del amamantamiento de las criaturas por nodrizas, generalizada en el siglo XVIII entre las familias con posibilidades económicas o pretensiones de cierto status, como eran la situación de buena parte de la oficialidad militar. La presencia de estas servidoras es una constante en las licencias de embarque de los cónyuges que viajaban con bebés y, por supuesto, en las de las madres cuando embarcaban sin sus maridos.  Tal y como aparece en el permiso de una de nuestras viajeras en estudio, Carlina Montero y Timboni y su esposo Félix Martínez Malo, comandante en jefe y gobernador de Portobelo, que pasaron a Indias con dos hijos, de dos años y seis meses, “un criado y un ama de leche”[18]. Es, por tanto, un indicador de cierta posición social que no oculta otras ocasiones de urgente necesidad de las amas de leche por la mala salud de las madres y cuya falta supuso un motivo reconocido para suspender o demorar el viaje ultramarino. Con esta intención lo alegaron los citados Rosalía de Alcalá, de delicada salud, y Juan Flores, imposibilitados para el embarco porque no encontraban un ama de leche que quisiera viajar a América[19].

Sin duda el acompañamiento de las señoras era imprescindible dadas las convenciones de género de la época que así lo imponían. También tenía el reconocimiento de la administración militar, hasta el punto de conceder a los oficiales ya estantes en los territorios coloniales licencia de viaje a España, sin descuento de sueldo, con el objeto de guardar a sus esposas y “conducirlas” en la travesía a los destinos coloniales de sus maridos. Por lo general, requerían las esposas este acompañamiento marital cuando no contaban con familiares acompañantes o no disponían de medios para pagar criados: “sin facultades y proporciones para pasar a aquel destino con la debida decencia”, como sintetizaba su situación María de la Humildad Bermúdez de Castro desde la Coruña y casada por poderes[20]. La mayoría de los oficiales que se acogieron a estas licencias hicieron el viaje de vuelta al servicio colonial con sus esposas. Pero no faltaron los que utilizaron la licencia para el acompañamiento como una artimaña que les facilitaba su regreso a la península y la oportunidad de gestionar en ella un nuevo destino; salvando, claro, los casos en los que la reincorporación se complicó con circunstancias imprevistas[21].

Capítulo aparte constituye la cuestión de las mujeres que enviudaron en América y tuvieron que regresar a España sin sus maridos. Fue frecuente que estas viudas reclamaran la protección de sus hijos varones, casi siempre niños o adolescentes siguiendo ya la carrera militar. Un hijo de catorce años fue el que acompañó en la vuelta a España desde Cumaná a Josefa Martorell, viuda del teniente coronel Pedro González Moreno, que, según se argumentó en la solicitud para el regreso, “precisa de un sujeto que la acompañe ya que es mujer y con hijos pequeños”[22]. Igual solicitud hizo la viuda Carlina Montero y Timboni, en la que suplicó la protección de su hijo de unos 16 años y con empleo de subteniente en Panamá[23]. Esta mujer manifestó no querer dejar a su hijo en aquellas tierras por su corta edad y porque esperaba de él apoyo y consuelo para sus días de viuda en España[24]. No obstante, se aprecia el objetivo de las viudas de utilizar a su favor estas formalidades de desvalimiento femenino, ya que la intención última era llevar a sus hijos con ellas a España, para lo cual necesitaban conseguir un permiso de acompañamiento que justificara la baja de los hijos en los empleos militares de América.  El segundo paso que, prácticamente, todas daban era solicitar un destino militar en España para sus hijos[25].

Eran estas experiencias de viudedad otros esfuerzos femeninos del viaje colonial para unas mujeres de primera calidad, meritorios, pues, como se señaló, y por los que pidieron compensaciones. El viaje siempre presente, muchas veces la compensación era para toda una vida de andariega. Veinte años de desplazamientos e incomodidades acompañando a su marido por tierras de Indias eran los que expuso la viuda Josefa Lerín, en 1801, ante la administración militar[26]. Un memorial repetido por otras tantas esposas, viudas o huérfanas en los que no faltaron alegaciones de las enfermedades, embarazos difíciles y accidentes sufridos durante los traslados. Tal y como en 1779 lo expresó con claridad la viuda Camila Carbonera y Spinola, cuando decía que su mal estado de salud era consecuencia de las innumerables calamidades pasadas durante los traslados y de las condiciones inhóspitas de los lugares de destino a los que obligaba el empleo militar. Quiso dejar constancia de que padecía muchos males, entre los que no era el menor una mano inutilizada durante la huida de un “huracán terrible” que asoló las tierras de la Luisiana. Situación que destaco de mayor riesgo para ella porque se encontraba embarazada[27].

 

Viajeras de cámara alta y los empeños de los viajes

 

Ya viajaran estas mujeres con sus maridos, como fue lo más común, o sin ellos y siempre con sus hijos cuando los hubo, el capítulo de los gastos fue un determinante de importancia para las condiciones de los viajes, tanto oceánicos como por tierra. Los desembolsos de los traslados entre la metrópoli y los territorios coloniales corrían a cargo de la Real Hacienda para los oficiales y sus familias, para los desplazados “al mando de guarnición” y, en general, por obligación del real servicio; también para soldados y sus familias. La excepción de los viajes pagados se marcaba para los provistos de empleo a instancia propia “para seguir su mérito”, los que, en principio, debían costear el viaje familiar y el del posible séquito de parientes y criados. Un desembolso al que había que sumar los gastos de equipamiento u otras necesidades del viaje. Eran cantidades elevadas para obligados y voluntarios, porque, aun los primeros con el pasaje abonado, los gastos de un traslado familiar a otro continente eran altos. Tocaba, así, resolver los pagos, para lo cual de forma usual, cuando no se disponía del efectivo suficiente, se recurría al crédito de particulares. Aunque, ya terminando el siglo, los créditos terminaron siendo gestionados por la administración como un adelanto sobre el sueldo de los oficiales. En cualquiera de las modalidades estas prácticas crediticias propiciaron una situación de endeudamiento para muchas familias de oficiales.  

 Por supuesto, y atendiendo a su precedencia, a los altos cargos políticos-militares y sus familias se les costeaba siempre “el pasaporte a América y el regreso”, estando en el mismo nivel de consideración para ello arzobispos, virreyes, generales y gobernadores. Como es de imaginar, individualmente o en familia este colectivo encumbrado viajaba con holgura y algunos lujos. Condiciones que en cualquiera de las direcciones del viaje no distaron mucho de lo que ha quedado documentado para el viaje del teniente general Pascual de Cisneros, inspector general del Ejército de Nueva España, y su esposa la cubana María Ana Chacón Duarte. De regreso a la península en 1784, en el navío de guerra Santo Domingo, se alojaron en la cámara alta del barco[28], comieron en la “primera mesa” del capitán y llevaron un séquito de servidores compuesto de “dos criadas, dos criados, dos músicos y una cantora”, a los que se les proporcionaba la comida más corriente del rancho o “ración de Armada”. Como mandaban las ordenanzas, viajaban sin mezclarse con la tropa, atendidos por los mandos de las naves, en los mejores camarotes de los navíos y con comida de calidad. En “12.000 pesos fuertes que hacen 16.000 de España” valoró el capitán de aquella nave el dispendio viajero del gobernador y su esposa. Un precio bastante alto, muy por encima de otros pasajes semejantes con los que se comparó y que hizo difícil la justificación del capitán del navío ante el contencioso que le planteó por ello primero el general Cisneros y después su viuda, más que preocupados por ajustar con la Hacienda el reintegro del pasaje que habían pagado. El capitán alegaba los crecidos gastos de tan numeroso grupo y los debidos a la dignidad de un general, y este ocultaba la presencia de los músicos[29].

Cubrir los gastos de la travesía ultramarina fue, por tanto, un ejercicio difícil para buena parte de la oficialidad que se hacía extensivo a la resolución de los viajes de las señoras sin sus esposos cuando corría por su cuenta el pasaje.  La obligación del pago correspondía en principio al cabeza de familia, aunque no siempre pudo hacerse cargo del mismo. Problema que se solucionaba, en el mejor de los casos, cuando las esposas viajeras eran mujeres solventes como María Cayetana Antonia Folguera y Cuyás, casada por poderes con un capitán de servicio en Cartagena de Indias, quien declaraba que pagaba el pasaje por la imposibilidad de que lo hiciera su marido, oficial que “no poseía más bienes que su sueldo”. Esta catalana sufragó, además, el viaje de una criada y un criado que la acompañaban. Se alojó en la cámara alta del barco y llevó un equipaje de tres “cofres”, dos de ella en los que transportaba “la ropa de su uso” y uno de los criados[30].

Cuando la circunstancia fue la falta de recursos de ambos cónyuges, la administración militar aseguraba el pasaje. Pero, eso sí, con previa demostración de motivo fundado, como el de los matrimonios por poderes o el de las requisitorias falladas que obligaban a la reunión de los esposos. Los gastos iban a cuenta de las correspondientes cajas reales o de las de los mismos regimientos de los maridos y después descontados de los sueldos de los oficiales. La situación abundó y el procedimiento fue, en esencia, igual al seguido en el caso del teniente Francisco Bourman. Oficial de servicio en Nueva España al que por orden real se le descontaba la mitad de su paga para costear el viaje de su esposa Jerónima Pombo. Una medida que al parecer no fue suficiente ya que se precisó de un aporte del hermano de la esposa para completar la parte del pasaje que faltaba[31]. Igual se procedió cuando el viaje partía de los territorios coloniales y así pudo embarcarse la vecina de Puerto Rico Agustina Lami, casada por poderes, desde Nueva España a la península al encuentro de su marido el teniente Andrés Terry. La orden fue que las cajas novohispanas le facilitaran el dinero necesario para ello que posteriormente le sería descontado al oficial en España. No sin la advertencia de que corría de cuenta de la interesada solicitar una cantidad acorde a las posibilidades del sueldo de su marido “para no proporcionarle empeños”[32].

Claro está que fueron muchos los militares sin fortuna personal que bajo este procedimiento quedaron endeudados con sus regimientos, e incluso que no pudieron hacer frente a los descuentos para el viaje de las esposas por arrastrar otras deudas. Una situación que, al margen de las particularidades, estaba en buena parte provocada por la normalizada irregularidad de los pagos de las soldadas y su insuficiencia, como ya era voz pública en el siglo. Condiciones que fueron determinantes para el capitán del Regimiento de Infantería de Buenos Aires Nicolás García, oficial que con su sueldo reducido a un mínimo difícil de soportar a causa de los empeños no podía asumir otra deuda más para costear el viaje de su esposa, Catalina Joel y Barceló, desde la península. Catalina, obligada al traslado por faltarle medios y la regular asistencia económica de su marido en la península, viajó a cargo de los fondos ya descontados del sueldo del oficial para las asignaciones mensuales de manutención. Mensualidades que se retenían en la caja del regimiento, como era preceptivo, para asegurar los pagos de manutención de las esposas separadas de sus maridos[33].

La última opción, cuando faltaban recursos por las dos partes y resultaban imposibles más empeños sobre las soldadas de los oficiales, fue solicitar la subvención real por vía de limosna. En esta forma eran cargados los gastos a la Hacienda y no a las cajas de los ejércitos. Fueron bastantes las mujeres que pudieron embarcar gracias a esta ayuda real cuya resolución siguió el ejemplo del caso de Josefa Puig. A esta señora se le concedió ayuda para reunirse en el Callao con su marido, un oficial de escasa solvencia que no podía enviarle las asistencias mensuales con las que mantenerse en España y menos aún abonarle el pasaje a Perú. En 1790, “Su Magestad” ordenaba que se pagara el embarco de Josefa en el navío de guerra el Peruano. Viaje que al final no pudo ser, porque mientras transcurría el largo tiempo de los trámites su marido murió[34]. Pero sí lo hizo Francisca Camero en 1813, esposa de Juan Aguirre, capitán de caballería destinado en Nueva España, a la que por su extrema situación de necesidad, agravada por  la desasistencia económica de su marido, se le concedió la subvención del viaje por la vía de Hacienda[35]

En estos casos, en los que gestionar y sufragar el pasaje era responsabilidad de la administración real y militar, se facilitaba una nave entre las disponibles y con preferencia la de los menores costos. Por ello, lo más frecuente fue la travesía en navíos de guerra o habilitados para el traslado de tropas. Al igual que el pasaje adjudicado a la anterior Josefa Puig en nave de guerra, otra viajera ya referida, Juana Marres, fue embarcada en 1770 hasta Panamá en la fragata Diana que llevaba una tropa a Cartagena de Indias[36]. Pero, aun viajando con las tropas y por cuenta de la benevolencia real, estas señoras gozaban de las condiciones debidas a los oficiales del Ejército. Sentadas a la mesa de los capitanes o comandantes de los navíos y alojadas en la cámara alta o media, según la disponibilidad, sus viajes tenían las mejores comodidades ofrecidas en los buques de guerra.

Estas condiciones formaban parte de la gestión real que aseguraba los viajes en las naves de la Armada tanto como en las comerciales o de correos cuando se precisó. La autoridad real se hacía sentir en la resolución de estas travesías. Así, por orden real, hubo de resolverse el embarco de la anteriormente citada María Cayetana Antonia Folguera y Cuyás, quien desde el puerto de Barcelona partía al encuentro de su esposo. La intervención fue pedida por la viajera ante las dificultades que encontró para embarcar desde ese puerto “sin otro motivo que el de tener los patrones catalanes resistencia en conducir mujeres”. El viaje se resolvió cuando el juez de arribadas ordenó que se embarcara a María Cayetana en uno de los primero buques que partieran con destino al puerto de Cartagena de Indias o Santa Marta[37].

Otras viajeras también necesitadas de los dineros reales fueron las viudas que regresaban a España obligadas por la difícil problemática que les planteaba la viudez en América. Viudas jóvenes la mayoría, sorprendidas por la muerte prematura de sus maridos, para las que la situación pudo llegar a ser extrema cuando eran unas recién incorporadas a los destinos coloniales o con una estancia corta. Pues, en general, y aun siendo gentes acomodadas, las familias no habían tenido tiempo para pagar las deudas de viaje y asentar su economía. Una gran parte de las que se encontraron en esta situación decidieron emprender el regreso a la península. Como la citada Josefa Martorell, que llegó a Cumaná en 1780 con su marido y tres hijos, y era ya viuda en 1783. Embarazada de un cuarto hijo y sin derecho a pensión de viudedad, se encontró en tal situación de necesidad que hubo de ser auxiliada por la caridad del gobernador y los compañeros de armas del marido. Parece que la situación se le hizo insostenible a Josefa y la vuelta a la península obligada, porque, según argumentó, no podía permanecer en aquellas tierras sin los recursos suficientes para vivir de acuerdo a su calidad, donde incluso carecía de todos los criados que necesitaba. El regreso se imponía, también, por sus “obligaciones de madre y nacimiento” que le urgían a procurar una educación a sus hijos acorde a su posición social y que allí no podía encontrar[38]. Su viaje de regreso a España corrió a cargo de la Hacienda por vía de favor real, ya que a Josefa no le correspondía el abono del pasaje.

En 1801 con parecidas contingencias se encontró María Teresa García, viuda de Juan Antonio Montes, goberdor electo de Chiloé y brigadier de los Reales Ejércitos. La muerte sorpresiva del brigadier, que le impidió llegar a ocupar el cargo, dejó a su esposa e hijos empeñados con los gastos del viaje de ida que la familia no había tenido tiempo de amortizar. La viuda peleó con la administración real para que se le pagará el viaje por tierra y mar hasta España, en una dificultosa negociación acorde al costo del largo y complicado viaje de vuelta[39] que la amenaza inglesa en las costas del Pacifico aconsejó por vía terrestre hasta el punto de embarque para la península en Montevideo. Nos podemos hacer una idea de este itinerario y de los recursos económicos que requirió por el estadillo de los gastos de la viuda de Mariano Pusterla, Josefa Lerín, que siguió con sus hijos el mismo trayecto: 

Relación de lo que necesita la señora para el viaje a Buenos Aires

Desde Santiago a Mendoza 4 peones para el cuidado de mi persona y conducción de mis tres hijos menores a 12 pesos cada uno importan 48 p./ 10 mulas de silla a cinco p. cada una importa 50 p. /15 ídem de carga a 5 p. cada una importa., 75 p. / Para provisiones....75 p. /Desde Mendoza a Buenos Aires 1 coche alquilado.... 75 p./ 2 carretillas ídem, 48 p./ 11 caballos para dicho coche y carretillas a razón de cinco para el coche, y tres para cada una de las carretillas, los quales se deben mudar en las postas cuyo total asciende a 195 p. /para provisiones y varios efectos de reserva. (…) para composición de dicho coche y carretillas, 380 p. /total, 996[40].

A pesar de ser un presupuesto más o menos ajustado por la Hacienda, los medios materiales y los del servicio personal cubrían con suficiencia un viaje de personas de posición. Pero aun con esas facilidades no dejaba de constituir este viaje una odisea cierta y se puede imaginar, sin mucho esfuerzo con el apoyo de las no pocas descripciones durante el siglo de rutas semejantes, el transcurso del arduo y muy largo viaje de esta mujer y sus hijos atravesando toda América del Sur y la impresionante cordillera andina. El ejemplo remite a otros muchos periplos viajeros de estas señoras militaras por el continente americano que terrestres o marítimos dibujan, en definitiva, la geografía del dominio colonial.

 

Americanas en viaje desde el afuera metropolitano

 

Por último, y aunque más brevemente, no puede faltar una secuencia de los trasiegos ultramarinos de las mujeres americanas casadas con oficiales peninsulares que cruzaron el océano en ambas direcciones siguiendo los avatares y las oportunidades de los empleos militares de sus maridos. Vistas aquí, en lo fundamental, en los sentidos que les proporciona el viaje a España. Pero ya en ida o vuelta siempre viajeras de y en viaje desde el afuera peninsular que sin remedio significa la entidad metropolitana, sólo posible sobre la diferencia de la subordinación colonial. Viajeras criollas, élite colonial, que componen en su viaje de ida al centro del imperio un sujeto viajera no-metropolitana. No faltan noticias de ellas, a pesar de constituir una proporción menor en relación a las esposas peninsulares que fueron al dominio colonial.

En general, fueron ejemplo de un sector de señoras “de posibles” por encima de las dudosas noblezas de Indias. En el imaginario peninsular representadas como el colofón social de las carreras militares seguidas en los dominios coloniales. Fueron, sin duda, matrimonios ventajosos que la mayoría de las veces sustentaron la desahogada posición económica que le era propia a la nobleza militar. Y ellas, las esposas, ricas o acomodadas criollas, eran el exponente del éxito de una política colonial que alentó las nupcias de la mayoría de oficiales solteros del Ejército que fueron al servicio colonial con americanas de esta condición (Marchena Fernández, 1983: 155- 163). Un fenómeno masivo el de estos enlaces que caracteriza procesos sociales de importancia en el dieciocho colonial hispano.

Aparte de seguir a sus maridos, algunas de estas criollas bien acomodadas tuvieron como incentivo de los viajes familiares a España, a veces sin sus maridos o ya viudas, las expectativas de promoción social que en la metrópoli abría la carrera militar de esposos e hijos. Entre otras, la condesa de casa Dávalos, natural de Panamá, que se trasladó en 1788 a Sevilla para impulsar, según expresó, la carrera de su hijo[41]. En el mismo año y con igual objetivo, la criolla Mariana Gómez de Parada, nacida en la Guadalajara novohispana, acompañaba a la península a sus hijos admitidos de carabineros distinguidos en la Real Brigada donde sirvió su difunto marido el barón de Ripperdá[42]. En otro caso, la muerte frustró el posible posicionamiento familiar en la península de la encumbrada cubana María de la Luz Espinosa de Contreras y su esposo el barón de Kessel[43], pues fallecidos ambos sus hijos regresaron a La Habana reclamados por su abuela Micaela de Justis, condesa viuda de Gibacoa

Casos trágicos como el anterior aparte, la prosperidad de estas viajeras americanas en la metrópoli, en buena razón, no fue la misma para todas. La siempre difícil situación de la viudez patentiza otros avatares, en parte semejantes a los de las viudas peninsulares en la otra orilla que explica los viajes forzosos o convenientes de regreso a su tierra. Las penurias económicas de muchas, relativas penurias de algunas, todo hay que decirlo, que en poco remediaban las cortas pensiones del Montepío, fueron si no el único sí el determinante principal para la vuelta. Por este mismo motivo en 1788 Rosa Valentín de Urquizu decidió regresar a Puerto Rico, su tierra de origen en la que aún vivían sus padres y “con cuyo abrigo podría pasarlo mejor”[44]. Alrededor del mismo tiempo, Ana María Garzón, natural de Xalapa en la Nueva España, pedía por vía de limosna pasaje a Veracruz para ella, su hijo de tres años y un criado. Era un caso de urgencia, ya que la pensión de la viuda estaba paralizada debido a las deudas del marido con el Ejército[45]. Se les asignó para la marcha el Arrogante con un precio ajustado en 400 pesos sencillos.  Un año más tarde, también Lorenza Fernández Pacheco, natural de La Habana y viuda del capitán de fragata Gabriel Pérez de Alderete, alegaba mala salud y pocos medios para trasladarse a la capital cubana al cuidado de sus hijos que allí pasaban destinados[46].

Por lo general, parece que la saneada situación económica de las familias de estas mujeres en América les continuó ofreciendo un nivel de seguridad y comodidad que no había quedado asegurado a la muerte de sus maridos, con probabilidad, oficiales de ajustado patrimonio. Además de las lógicas querencias familiares y de la tierra propia, no hay duda de que estas mejores condiciones económicas fueron decisivas en los muchos viajes de regreso al hogar americano de las señoras criollas, al igual que constituían un factor de atracción poderoso para el establecimiento en los territorios coloniales de la gran mayoría de los oficiales militares que matrimoniaron allí con criollas acomodadas. Así, no extrañan ciertos empecinamientos por la vuelta en los que confluían las querencias y el interés de algunos matrimonios. Por ejemplo, el de la chilena María de las Mercedes Zañartu, hija de un próspero comerciante, y su marido el teniente de navío Juan Antonio Trujillo, casados durante el destino del oficial de la Armada en la Escuadra del Sur, en 1782, que ya en la península persistieron años en conseguir uempleo fijo en Chile para Juan Antonio. El panorama de sus expectativas lo dejó expresado este oficial cuando ante la larga espera insistía en que “cada día se aumenta la necesidad de regresar a  Concepción de Chile, ya para el recobre de la salud de mi mujer como el de aquellos intereses única subsistencia de mis hijos”[47]. Otros significados en clave femenina al viaje de vuelta desde la metrópoli añadiría esta chilena que, sin embargo, quedan ya fuera del alcance de este trabajo.

 

Conclusiones

 

El estudio de las prácticas viajeras en este artículo expone un cuadro final de los sentidos creados por el viaje colonial-militar, atlántico y continental, durante el siglo XVIII, de las esposas españolas de la oficialidad militar peninsular en los dominios coloniales que entra en la composición de la representación social del colectivo militar peninsular en el dominio colonial. Representación que proyectada como protagonista por el reformismo borbónico ha de tener en cuenta para su explicación histórico-social, como aquí se ha argumentado, la significación de un señorío femenino metropolitano que adquiere máximo sentido en el viaje colonial-militar. Viaje siempre en dirección al centro o desde el centro del imperio al que ellas pertenecen, que subraya la peninsularidad de unas viajeras empoderada por el imaginario hispanocentrista y en el que se empoderan las viajeras. En todo caso, viajeras de cámara alta en los navíos, acomodadas por los privilegios y fueros militares para un viaje colonial que suma sentidos al elitismo de la clase militar peninsular.  

Discurso de fondo, pues, colonialista, que articulado con el de género revela perfiles varios de un sujeto viajera metropolitana que se añade a la identidad social del colectivo de los mandos castrenses peninsulares. Sujetos femeninos, entonces, superiores en la proyección colonial, modelos metropolitanos ejemplares que estructuran el imaginario del orden social colonial. Son las señoras militaras, brigadieras, capitanas u otras, así promocionadas en el proceso de militarización de la política y la vida pública colonial que protagonizaron tanto ellas como sus maridos.

Pero, también, mujeres limitadas por las convenciones de género de la cultura hispano-europea, sujetas a las obligaciones conyugales que, de hecho, las convertía en una suerte de viajeras obligadas a los empleos militares de sus maridos y, por tanto, al servicio del rey de España. Limites en los que se desenvuelven los propios de las señoras de las “primeras clases”, mujeres “decentes” que habían de viajar acompañadas. Y los de la naturaleza femenina, mujeres frágiles ante el tránsito marino, preñadas siempre inoportunamente, que condicionaron sus prácticas viajeras e incidieron, a veces, en el desenvolvimiento de los empleos militares de sus maridos. 

 Por último, queda sólo una breve mirada a las viajeras americanas, esposas de los mandos peninsulares en su viaje a la o desde la metrópoli. Un sujeto viajero no-metropolitano, de condición colonial, que adquiere sentido en un viaje que siempre parte o regresa a la periferia del centro metropolitano al que construye. No por casualidad, estas criollas, sus matrimonios, sustentaron el bienestar de los oficiales del rey desplazados al servicio colonial tanto como acrecentaron las proyecciones de la representación del poder metropolitano.  

 

 

 NOTAS

 


[1] En conjunto del Ejército y la Armada, respecto a que se explora la significación social del colectivo de la oficialidad militar. Por delante, pues, esta consideración de la relevancia que adquieren en este estudio los oficiales de tierra y que se corresponde con los mayores efectivos y prolongado asentamiento del Ejército en los dominios coloniales durante el siglo XVIII. Algunas referencias esenciales sobre la temática del Ejército en América en las que se informa este estudio: L. N. McAlister, 1957; C. I. Archer, 1977, 1993; L. G. Campbell, 1978; J. Marchena Fernández, 1983, 1992, 2005; E. R. Saguier, 1994. En lo referente al Ejército peninsular F. Andújar Castillo, 1991, 1996.

[2] En este sentido es factible sugerir un sentido a este viaje colonial femenino que contribuye a la construcción de las Comunidades Imaginadas que argumentara B. Anderson, 1994, tanto como pueda contribuir al imaginario de la península. Son, en efecto, reflexiones por hacer, pues en el conocido ensayo del autor la significación femenina o familiar en los viajes del funcionariado, peninsular o criollo, brilla por su ausencia. 

[3] Se obvian mayores argumentaciones de lo que es un modelo de interpretación de larga y compleja trayectoria, que en este trabajo se adopta ya entonado en las propuestas más recientes y en la medida que se muestra coherente para el análisis desde sus enunciados elementales.  El desarrollo conceptual del modelo y su proyección actual han sido centrados, con acierto, por F. Beigel, 2006.

[4] Un análisis del argumento femenino en el discurso ilustrado eurocéntrico, como producto civilizado, que propone la favorable situación social y conyugal de las europeas frente a las miserables y abusivas condiciones de vida de las mujeres no europeas, en M. Bolufer Peruga, 2009.

[5] Al menos formalmente debían cumplir con estos requisitos, aunque una buena parte no fueron nobles ni muy acomodadas. Un estudio más amplio sobre ello y una aproximación a la significación social de estos matrimonios y sus representaciones en el espacio colonial en M. T. Díez Martín 2008. Sobre la normativa del matrimonio de la oficialidad militar y los requisitos impuestos a sus esposas véase E. Díez Muñiz, 1969. Una visión de la historia social sobre el mismo tema para el Ejército peninsular en F. Andújar Castillo, 1991. La aplicación en América de las leyes militares matrimoniales en S. G. Suárez, 1976 y D. Rípodas Ardanaz, 1977. La incidencia de estos matrimonios en la estructura militar americana en J. Marchena Fernández, 1983.

[6] En los muchos memoriales o simples peticiones de esposas, hijas y viudas que tramitaba la administración militar para solicitar cualquier favor real para ellas o para sus maridos e hijos; y lo más común, en los expedientes de viudas que solicitaban la formalización de su pensión u otras ayudas en el Montepío Militar. Una documentación que contiene otras muchas informaciones sobre el viaje colonial- militar que son las que fundamentan el presente estudio, para el que se ha acotado una veintena de los expedientes más representativos. En su parte principal proceden de la Secretaría del Despacho de Guerra (SGU) y de la Dirección General del Tesoro (DGT), secciones del Archivo General de Simancas (AGS). Otras informaciones complementarias corresponden al Archivo General de Indias (AGI).

[7] Oficial de la Real Armada y gobernador de Guatemala (1793-1799). Sobre este gobierno y el trasfondo político del caso de María Josefa ha hablado M. Bertrand, 2007. El memorial de la agraviada esposa en A. G. I., Estado, Leg. 50, N.16 (1797).

[8] Un exponente, en verdad, destacado de este imaginario matrimonial, también masculino, son las cartas de particulares que cruzaron los océanos.  Todo un flujo epistolar viajero girando en torno a la problemática conyugal derivada de los desplazamientos o las expectativas matrimoniales que movieron al traslado de continentes a sucesivas generaciones de mujeres.  Entre otras referencias que tratan el siglo XVIII, I. Macías Domínguez y F. Morales Padrón, 1991 y M. C.  Martínez Martínez, 2007.

[9] Para una visión general de las migraciones durante el siglo: C. Martínez Shaw, 1994, R. Márquez Macías, 1995, y I. Macías Domínguez, 1999. Quede como apunte, ante la imposibilidad de aumentar la lista bibliográfica, que otras muchas investigaciones locales han venido a completar y actualizar estos textos, además de ampliar el conocimiento sobre las migraciones atlánticas femeninas. 

[10]Consulta del Consejo de las Indias para que no se provean empleos en hombres casados que no aseguren llevar a sus mujeres” RO. 12-IX-1772.  R. Konetzke, 1962: 394-95. Orden que la administración militar tuvo que aplicar en bastantes ocasiones y, en todo caso, resolver.  Un ejemplo, entre otros muchos,de estas resoluciones en el expediente de Bernardino López, AGS, SGU, Leg. 7227, exp. 72, bloque 2º, 19r, 19v, 20r (1794).

[11] Al menos en lo que respecta al Ejército que estudió este autor. Aunque hay que observar que los registros de casados y solteros se elaboró bajo el criterio normativo de tener o no concedida la licencia real para el matrimonio. Así, un buen número de casados por la Iglesia figuran solteros según la ley militar.  Es difícil de cuantificar a los muchos oficiales que se declararon solteros para no perjudicar su carrera, pero sí se puede afirmar, a juzgar por las continuas amnistías, que fue un problema extenso y de envergadura para la institución militar dieciochesca que conformó unas prácticas harto significativas, tal y como expuse en al artículo anteriormente citado (Díez Martín, 2008: 367-68). El estudio cuantitativo de los oficiales solteros del Ejército que se casaron en América en J. Marchena Fernández, 1992.

[12] Han tratado la cuestión de los maridos ausentes: Martínez Martínez, 1991; M. J. De La Pascua Sánchez, 1993-1994: M. A. Gálvez Ruiz, 2002 y específicamente sobre los militares en América D. Rípodas Ardanaz, 1977: 361-370.

[13] AGS, SGU, Leg. 6957, exp. 17 (1790).

[14] La situación retrasó por tiempo indefinido el viaje previsto a Guatemala, desde donde había viajado el oficial a España para acompañar a Rosalía en su viaje atlántico.  Una vez nacida la criatura el estado delicado de la madre y su imposibilidad para viajar provocaron la renuncia definitiva del marido al empleo americano, AGS, SGU, Leg. 6937, exp. 7 (1785). Nota 19.

[15] Expediente de Rosalía de Alcalá y Juan Flores, Ibídem. 

[16] Antonio González Mollinedo de Sarabia fue designado para ocupar la presidencia de Guatemala en 1799. AGS, SGU, Leg. 6941, exp. 12 (1799). Otras referencias sobre el personaje en M. Bertrand 2007.

[17] Nicolás de Palazuelos era sargento mayor de Milicias, AGS, SGU, Leg. 7060, exp. 41 (1790/1793) / La hija era María de los Dolores Palazuelos, AGI, Contratación, 5514, N.1, R.36 (1770). Nota 36

[18] AGI, Contratación, 5518, N. 1, R. 19 (1773) Nota  24, 25.

[19] Nota 14

[20] Con Ramón de Loya y Frías teniente del Regimiento Provincial de Tlaxcala y Puebla de los Ángeles, en Nueva España, AGS, SGU, Leg. 6989, exp. 12 (1788).

[21] Premeditado o no, por ejemplo, la citada María de la Humildad se quedó embarazada durante la licencia de su marido en España para acompañarla en el viaje ultramarino a América. El embarazo se alegó como razón para retrasar el embarco y ampliar el permiso de estancia en la península del oficial, hasta que, por fin, consiguió un nuevo destino en España. Ibídem. En la misma forma se cerró el caso de la mencionada Rosalía de Alcalá. Notas 14, 19.

[22] El marido de Josefa Martorell había sido comandante de las tropas de Cumaná, AGS, SGU, Leg. 7171, exp.18 (1783/1790)/ AGI, Contratación, 5525, N. 3, R. 1. Nota 25, 38.

[23] Nota 18

[24]  Nota 18, AGS, SGU, Leg. 7052, exp. 59 (1787/1788).  Nota 18.

[25] Josefa Martorell pidió para su hijo primogénito una bandera en España. Carlina Montero y Timboni intercedió por su hijo, Francisco Martínez Malo, para el que pidió destino en la península, en el Regimiento de la Princesa. Y Josefa Lerín, AGS, SGU, Leg. 6895, exp. 11 (1793/1794)/ AGS, SGU, Leg. 6885, exp. 57 (1792) / AGS, SGU, Leg. 6895, exp. 08 (1801/1802), viuda de Mariano Pusterla, teniente coronel ingeniero y gobernador de Valdivia, fallecido en 1791, dirigió una solicitud para que se le concediera a su hijo de ocho años, Juan Nepomuceno Pusterla, el grado de capitán, al igual que se le había concedido a su primogénito, Juan María Pusterla, de catorce años, en España.  Para las dos hijas, María Josefa y María del Carmen Pusterla, solicitó una pensión sobre las obras pías de las vacantes mayores y menores de Indias.

[26] Ibídem.

[27] Viuda, en este momento de la reclamación, del teniente coronel Juan Rodulfo barón de Browner, AGS, SGU, Leg. 6916, exp. 15 (1799).

[28] Aunque hay dudas sobre si la ocuparon entera o, en otro caso, se alojaron en la cámara media, debido a que en el mismo navío viajaba el consejero de Indias y visitador del Perú José Antonio de Areche, quien tenía mayores precedencias para ocupar la cámara alta, AGS, SGU, Leg. 6953, exp. 26 (1783/1788).

[29] Cuando los navíos eran de la Armada las condiciones de los pasajes y gastos de manutención estaban regulados por las ordenanzas, también existían acuerdos con los patrones de los buques o compañías comerciales, y en ambos casos la Hacienda reintegraba el gasto que hubieran generado, y por lo general abonado previamente, los oficiales y sus familias que tuvieran derecho al pasaje pagado. Aunque las disposiciones al respecto fueron demasiado generales y dieron lugar a numerosos conflictos y reclamaciones, tanto por parte de los viajeros como de los patrones o comandantes de las naves. Un registro de estos abonos, que abarca casi todo el siglo XVIII, figura en las cuentas de Marina y Guerra de la DGT del AGS. Para este artículo se han tenido en cuenta: AGS, DGT, Inventario 16, Guión 21, Leg. 48, 49,50 y 51 (1741-1798).

[30] El militar era Anastasio Casani, capitán graduado y ayudante del Regimiento de Milicias Blancas de Cartagena. AGS, SGU, Leg. 7053, exp. 50(1789). Nota 37.

[31] AGS, SGU, Leg. 6963, exp. 52 (1791/1792)

[32] AGS, SGU, Leg. 7140, exp. 4 (1798). Era el final del contencioso que planteó Agustina Lami cuando denunció al, entonces, subteniente por incumplimiento de promesa de esponsales, y que se resolvió con la orden de casamiento y obligación de que viviera con ella, AGS, SGU, Leg. 7139, exp. 8 (1797).

[33] Catalina Joel y Barceló, natural de Palma de Mallorca, era sobrina del famoso corsario y después teniente general de la Armada Antonio Barceló. AGS, SGU, Leg. 6803, exp. 45 (1777/1790).

[34] El fallecido era el teniente Ramón Buffil del Batallón Fijo del Callao. AGS, SGU, Leg. 7092, exp. 49 (1787) / SGU, Leg. 7224, exp. 48 (1790).   

[35] AGS, DGT, Inventario. 45- Leg. 15 (1813).

[36]  AGI, Contratación, 5514, N. 1, R. 36 (1770). Nota 17

[37] Nota 30.

[38]  Nota 22.

[39] A María Teresa se le negó en principio el pago del viaje, ateniéndose a que las órdenes referidas al desembolso de los pasajes por la Hacienda solo cubría a las viudas de oficiales enviados de guarnición, quedando excluidas las de los oficiales que voluntariamente pedían destino en los dominios coloniales. Finalmente, y después de sutiles matizaciones a su caso, se le concedió la ayuda para el viaje por tierra y mar. El pasaje del barco se estipuló ateniéndose a lo dicho en la ordenanza para estos casos: “que a los capitanes de los buques en que se transporten las referidas viudas se abone solamente por ellas y sus hijos la gratificación de mesa que se considera a los oficiales del ejército, y por sus criados la ración de Armada”. AGS, SGU, Leg. 6895, exp. 08 (1801/1802).AGS, SGU, Leg. 6895, exp. 08 (1801/1802).

[40] Ibídem y Nota 25.

[41]  Una estrategia de promoción planificada con su marido, Fernando de Rojas y Marres, teniente coronel de dragones en Lima. Grado que parece fue más honorífico que militar para este sevillano comerciante y hacendado. La condesa era María del Castillo y Castañeda, condesa de casa Dávalos, marquesa de Casa Castillo, AGS, SGU, Leg 7093, exp.11 (1788).

[42] AGS, SGU, Leg. 6942, exp. 1 (1787/1790).

[43] El barón después de su paso por América había obtenido empleo en el Ejército de Barcelona. Falleció poco tiempo después que su esposa y los huérfanos que dejaban eran de corta edad, AGI, Estado, 18, N. 13 (1795).

[44] Viuda del teniente coronel Baltasar de Villaba, AGS, SGU, Leg. 7222, exp. 7 (1788).

[45] El esposo era José María Chaves, capitán del Regimiento de Infantería de Granada, AGI, Contratación, 5530, N. 3, R. 55 (1786) / AGS, SGU, Leg. 7222, exp. 67 (1788).

[46] AGS, SGU, Leg. 7223, exp. 42 (1789).  En contraste con el nivel de la oficialidad, son muy escasas las noticias de situaciones semejantes de esposas americanas de soldados españoles. Si bien no falta alguna información, como la que aparece en el expediente de permiso de embarco y ayuda de costa que tramitó la mexicana María Ortigosa, viuda del soldado Juan Bautista Monteveche. Fallecido el soldado, después de 22 años de matrimonio, sólo le dejaba a la viuda “una herencia de penas y miserias para sus dos hijos”. Su única opción fue volver a la protección de su familia americana, AGS, SGU, Leg. 6956, exp. 15

[47] Pasó, al fin, provisto como capitán del Ejército, en el Batallón de Infantería de Chile, AGS, S.M., Leg. 56 (1783) /SGU, Leg. 6890, exp. 34 (1789/1791).   

 

Siglas de archivo

Ø  AGS: Archivo General Simancas

·         SGU: Secretaría del Despacho de Guerra, AGS

·         DGT: Dirección General del Tesoro, AGS

Ø  AGI: Archivo General de Indias

Localización en Internet

Portal de Archivos Españoles, PARES  http://pares.mcu.es/

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ONOMÁSTICO

 

Aguirre, Juan,

Albalá, María Hipólita de,

Alcalá, Rosalía de, ,

Areche, José Antonio de,

Barceló, Antonio,

Rodulfo, Juan,

Bermúdez de Castro, María de la Humildad,

Bourman, Francisco,

Branly, Felipa,

Buffil, Ramón,

Callis, Eulalia, ,

Camero, Francisca,

Carbonera y Spinola, Camila,

Casani, Anastasio,

Castillo y Castañeda, María del/ condesa de casa Dávalos,

Cisneros, Pascual de,

Colante, Micaela,

Domás y Alba, María Josefa,

Domás y Valle, José,

Espinosa de Contreras, María de la Luz,

Fages, Pedro,

Fernández Pacheco, Lorenza,

Flores, Juan, ,

Folguera y Cuyás, María Cayetana Antonia, ,

García, María Teresa,

García, Nicolás,

Garzón, Ana María,

Gómez de Parada Gallo y Villavicencio, Mariana,

González Mollinedo de Sarabia, Antonio,

González Moreno, Pedro,

Joel y Barceló, Catalina,

Justis, Micaela de/ condesa viuda de Gibacoa,

Kessel, barón de,

Lami, Agustina,

Lerín, Josefa, ,

López, Bernardino,

Loya y Frías, Ramón de,

Mahy, Filiberto,

Marres, Juana,

Martínez Malo, Félix,

Martorell, Josefa, ,

Montero y Timboni, Carlina, ,

Montes, Juan Antonio,

Monteveche, Juan Bautista,

Ortigosa, María,

Palazuelos, María de los Dolores, ,

Palazuelos, Nicolás de,

Pérez de Alderete, Gabriel,

Pombo, Jerónima,

Puig, Josefa, ,

Pusterla, Manuel,

Pusterla, María Josefa y María del Carmen,

Rojas y Marres, Fernando de,

Terry, Andrés,

Trujillo, Juan Antonio,

Urquizu, Rosa Valentín de,

Ripperdá, barón de,

Zañartu, María de las Mercedes,

 


 

Curriculum y enlaces a atros artículos de la autora (al final del articulo perspectivas historiográficas...)

OTRA PERSPECTIVA URBANA PARA LA HISTORIA LITERARIA DEL PERÚ: la ‘tapada’ como símbolo de la Lima colonial

OTRA PERSPECTIVA URBANA PARA LA HISTORIA LITERARIA DEL PERÚ:  la ‘tapada’ como símbolo de la Lima colonial

Eva Mª Valero Juan

Universidad de Alicante

 

 

¡Oh ciudad milagrosa

de raro hechizo y de lisura fina,

que esconde con rebozo de neblina

su gracia recatada y misteriosa,

como lueñe Tapada,

que deja apenas entrever la rosa

y el pálido jazmín de una mejilla,

ya la embrujada y dulce maravilla

de una sola mirada!


José Gálvez

 

Si una ciudad puede identificarse a través de una imagen cultural que defina su esencia espiritual e histórica, sin duda la figura de la “tapada” es un ejemplo paradigmático para definir la ciudad de Lima durante su historia colonial. Y si esto es así, el motivo de dicha conjunción hay que buscarlo en los textos –literarios e históricos– que construyeron a través de los siglos esa alianza indisoluble. Durante los siglos XVI y XVII, la capital peruana –la Ciudad de los Reyes que inicialmente fuera aldea de caña y barro–, adquirió paulatinamente su particular fisonomía urbana. Y en el mismo devenir de la transformación de aquella aldea en capital virreinal, la ciudad recién fundada a orillas del Pacífico comenzó a construir su leyenda a través de fragmentos literarios, en Crónicas de Indias o en incipientes versos, en los que se trataba de crear una imagen que imprimiera a la ciudad una dimensión espiritual. En este proceso, la mujer limeña tuvo una importancia cardinal, tanto por su coincidencia con las esencias de la ciudad, como por su utilización para identificar y cohesionar un discurso identitario que fluctuaba del ámbito histórico al literario. A la evolución de ese discurso dedico estas páginas, en las que habrá que reflexionar, finalmente, sobre los modos con que fue construido por la predominante voz masculina. Como veremos, dicho discurso opacó o desintegró otras voces que no convergían con la hegemónica –masculina–, con la construcción de una leyenda urbana en la que el papel otorgado a la mujer no escapaba al estereotipo femenino que a continuación trataré de explicar.



Contenido


 

 

 

 

Lima tras el manto encubridor: Alonso Carrió de la Vandera, Ventura García Calderón, Raúl Porras Barrenechea y Luis Alberto Sánchez

 

 

Para empezar, hay que recordar que desde fines del siglo de la conquista, el espíritu criollo impuso su anhelo fastuoso a la primitiva sencillez de la aldea fundada por los primeros pobladores, anunciando así el nacimiento de la ciudad barroca: el plano cuadriculado de las calles se vio compensado con el ornamento exterior de casas y palacios, sin olvidar esos campanarios y cúpulas que, como recuerda Raúl Porras Barrenechea, conferían a la ciudad desde la distancia “esa gracia musulmana que ha de sorprender a los viajeros”[1] (1994, p. 95). En esta ciudad de boato, la limeña adquirió un protagonismo indiscutible desde los orígenes, que comenzó a aparecer en los textos derrochando gracia y belleza tras el insinuante y a la vez recatado ropaje de la saya y el manto; una imagen que se construía al mismo tiempo que la capital virreinal continuaba creciendo a lo largo de aquellos primeros siglos de vida en arcos y bóvedas de iglesias, marcando los caminos de avance y crecimiento urbano, y que, por otra parte, le imprimían un aspecto monacal[2]. Algunos historiadores del siglo XX plantearon el contraste de esta imagen con el sensualismo de la que fue considerada ciudad-mujer por excelencia; por ejemplo, el mismo Porras Barrenechea, al hacer una equiparación implícita entre la figura de la “tapada” y la instantánea de una ciudad que, tras la austeridad de sus muros, escondía la fiesta de sus patios:


…ese ideal de recato y clausura se contagia y se extiende, porque la casa familiar es ascética, reprimida por fuera y alegre y expansiva por dentro, porque la arquitectura adopta esa misma actitud de atisbo y de recato en las celosías moriscas de los balcones, porque las mujeres se tapan el rostro para salir a la calle, y, por último, porque la ciudad misma, ungida de místico recogimiento aprendido en el lírico regazo de las letanías, decide convertirse toda ella, en un inmenso huerto cerrado –hortus clausum– y encerrarse dentro de unas murallas simbólicas que nada defienden, porque los limeños confían, más que en ellas, en la ayuda de Dios. (1965, pp. 381-382)

 


                                 En la Alameda nueva del Rimac. Luis Siabala Valer. Oleo 1843

 

Esta imagen urbana de huerto cerrado –que venía a coincidir en su esencia con la figura de esa mujer tapada que, lejos del recato de su indumentaria, escondía picardía, coquetería y sensualidad– alcanzó el siglo XVIII, cuando, en palabras del mismo historiador, el aspecto de Lima

…sigue siendo austero y sombrío como el de un claustro. Los viejos solares, de portalones solemnes, los zaguanes oscuros y las altas cercas de los monasterios, prestan sombra y silencio a las calles. [...] Pero tras la apariencia grave, el alma de la ciudad se sonreía, como el rostro de la tapada bajo el manto encubridor. [...] Tras de los muros de los conventos surgía la alegre fiesta de los jardines y de los azulejos, y en los claustros propicios el libertinaje triunfaba ya sobre la oración. (1994, p. 97)

En este mismo siglo, un andaluz llegó a Lima, concretamente en 1787. Se trata de Esteban de Terralla y Landa, poeta que escribió versos mordaces y satíricos, que le valieron su consideración como discípulo o continuador de la tradición inaugurada por el conocido como “el Quevedo peruano”, Juan del Valle y Caviedes[3]. Nos interesa sobre todo aquí su panfleto Lima por dentro y fuera, uno de los testimonios literarios de aquellos primeros siglos en los que Lima penetra en los espacios de la escritura. La obra es un gran cuadro costumbrista salpicado de localismos peruanos, donde caben todos los tipos sociales de la Lima colonial y, entre ellos, la limeña ocupa un lugar de especial relevancia e interés. Terralla, cáustico y socarrón, denuncia en el extenso poema el materialismo imperante en las relaciones humanas y satiriza la frivolidad de las mujeres, descargando todo su sarcasmo en una diatriba contra la ciudad de los virreyes, sus grandezas y miserias.


Max Radiguet

 

La sal criolla que caracterizará más tarde a los costumbristas peruanos decimonónicos ya comenzó a derrocharse en cada una de las descripciones de Terralla, pero también en las de otro conocidísimo autor dieciochesco, Alonso Carrió de la Vandera (Concolorcorvo), en su Lazarillo de ciegos caminantes. En las obras de ambos autores la limeña ocupa un lugar preferente, reflejo y prueba del especial protagonismo de la mujer en la Lima del momento. De hecho, tanto Concolorcorvo como Terralla y Landa construyeron las primeras manifestaciones literarias en las que la limeña se sitúa en el centro de la escena. Concolorcorvo describe su vestimenta, la saya que ceñía las caderas y el manto que dejaba un solo ojo al descubierto:

…las limeñas ocultan este esplendor con un velo nada transparente en tiempo de calores, y en el de fríos se tapan hasta la cintura con doble embozo, que en realidad es muy extravagante. Toda su bizarría la fundan en los vaxos, desde la liga hasta la planta del pie. (1980, p. 414).

Sobre esta misma imagen merece recordarse también la descripción que ofrecería dos siglos después Luis Alberto Sánchez de la original vestimenta de las “tapadas” en la obra que dedicó al principal icono limeño del siglo XVIII, La Perricholi, figura a la que más adelante me referiré:

La vida limeña continuaba su crescendo de inquietudes y provocaciones. [...] Las tapadas circulaban luciendo ese invento del Demonio llamado saya, la cual falda, de tan ceñida, modelaba hasta la transparencia las formas de las mujeres, de nalga a tobillo como un guante. Cubierto el rostro, menos un ojo, con la manta finísima, las muy ladinas compensaban a maravilla la poca exposición de sus rostros con la mucha de sus talles y aledaños. (1971, p. 106).

También Porras Barrenechea señaló esta importancia de la limeña en el Siglo de las Luces, como imagen dominante que resume la esencia misma de la Lima dieciochesca, convirtiéndose de este modo en símbolo principal de la ciudad en este momento:

La hegemonía no la ejercen los emperifollados doctores ni los monstruos de erudición que entonces albergaba la Universidad, sino que la atención, el orgullo y el mimo de la ciudad estuvieron concentrados alrededor del más grácil de los personajes: la limeña. Ella resume lo más típico del setecientos limeño, en el alma, en las costumbres y hasta en el traje. Nadie como ella encarna el ingenio, la agilidad incesante, la malicia y la agudeza de la inteligencia criolla. [...] Coqueta, supersticiosa, derrochadora, amante del lujo, del perfume y de las flores, ella domina en el hogar, atrae en los portales y en los estrados de los salones, edifica por su piedad en la iglesia, y en los conflictos del amor, de la honra y de la política es el más cuerdo consejero, cuando no el actor más decidido, que obliga a algún desleal a cumplir su palabra o pone en jaque al mismo Virrey del Perú. (1994, p. 98)

 


                            Tapada. Rugendas.Acuarela.1843

 

Esta última alusión hace referencia al personaje mítico de la historia limeña dieciochesca: Micaela Villegas, apodada “la Perricholi”, que se transformó en paradigma de la descripción realizada por Porras Barrenechea[4]. Esta comedianta, amante del famoso virrey catalán Manuel Amat y Junyent, fue con el tiempo una de las figuras principales de la leyenda de la ciudad, pasando a engrosar no sólo las páginas de la literatura limeña posterior, sino también las de la literatura y la ópera francesas. De hecho, la fascinación de este personaje encandiló a escritores como Prosper Mérimée, quien en 1829 relató algunas de sus aventuras en Le Carrosse du Saint-Sacrement (obra que inspiró una ópera de 1948 a Henry Busser y en 1953 el film de Jean Renoir Le Carrosse d’or), y a compositores como Jacques Offenbach, que dedicó a este personaje legendario la opereta titulada, precisamente, La Périchole, de 1868. Como observa Mario Castro Arenas, la Lima del siglo XVIII, afrancesada, sensual y licenciosa, tuvo como protagonista de excepción el espectáculo escénico, y Micaela Villegas, en el candelero de este escenario, “es la espuma de un proceso social que tipifica o, si se quiere, pervierte, a las mujeres criollas y mestizas de las clases populares. La influencia francesa ha refinado la cualidad carismática de la malicia y coquetería de la mujer limeña” (1965, p. 27).

En cuanto a la literatura de tema limeño que dedicó sus páginas a esta protagonista de la Lima del Virrey Amat, hay que recordar en primer lugar a Ricardo Palma, que escribió la tradición titulada “Genialidades de la ‘Perricholi’” (1894, pp. 299-307). Construida en las páginas del tradicionista como emblema de la Lima del setecientos, resulta de especial interés recordar el apunte de otro escritor principal de comienos del siglo XX, Ventura García Calderón, que escribió una novela en francés titulada La Périchole (1959). Pero la referencia que quiero destacar se encuentra en otra de sus obras, Vale un Perú (1939), donde apuntó que la Perricholi resumía la esencia frívola, pícara y poderosa de las tapadas para convertirse no sólo en icono principal de la Lima dieciochesca, sino en símbolo de la peruanidad integral:

Toda la fama ambulante de las tapadas, durante un siglo de boato y galantería, iba a polarizarse en torno de una mujer venida de provincia. La más famosa limeña, la más típica es una serrana –y debemos bendecir estos aciertos de la casualidad. [...] Sin mucha sutileza podemos ver en ella una armoniosa y viable síntesis de Perú cuando reúne la energía de nuestras altiplanicies a esa sonrisa frívola de Lima, peligrosa porque no toma nada en serio. (1939, p. 121) (La cursiva es mía)

Otro libro emblemático sobre la vida de la actriz es el ya citado de Luis Alberto Sánchez titulado La Perricholi, donde el crítico e historiador nos ofrece, junto a la biografía de la que él llamó “la Cenicienta limeña” (1971, p. 116), el cuadro suntuoso de esta Lima afrancesada, el empaque y el lujo de sus mujeres:

Ellas, españolas o mestizas, usaban riquísimas telas y abundantes encajes: cuajaban sus dedos de sortijas; hacían tintinear las pesadas pulseras a cada movimiento de sus brazos; deslumbraban con el brillo de sus diademas y collares de perlas, brillantes y piedras preciosas [...]

En 1745, Lima lucía cierto empaque de ciudad grande. La vía pública, poblada de cafés y con notoria vida galante, había roto el dique conventual del siglo anterior. Se hablaba de los tiempos idos con cierto desdén y arrogancia (p. 16).

En definitiva, la limeña imprime el sello característico a la Lima del XVIII –y entre ellas, “la Villegas irremediablemente constituía algo característico de Lima y de una época” (Sánchez, 1971, p. 148)–. Así se refleja en la literatura del siglo ilustrado, pues cuando la urbe emerge en los textos del período, la mujer amanece con una omnipresencia insólita, como figura inseparable de la fisonomía de la ciudad, no sólo de su ambiente sino, lo que resulta no menos interesante, de su misma arquitectura, tal y como vio Porras Barrenechea:

La picardía del embozo, las jugarretas que con él realizaban las limeñas, daban a las calles el aspecto de un baile de máscaras. Y fue tal ese amable absolutismo, durante el siglo XVIII, que la villa misma pareció construida por el capricho tiránico de la mujer y bajo el dictado de su implacable coquetería.

Hay una íntima correspondencia entre el ambiente de la ciudad, entre la arquitectura misma de ésta y el alma de la limeña. La severidad y aridez de afuera contrastaban con la alegría y desenvoltura de adentro. Muros severos y portalones oscuros resguardaban la andaluza fiesta de los jardines, como la picaresca sonrisa de la limeña se escondía bajo el manto encubridor. (1994, pp. 98-99)

Esta Lima, en cierta medida secreta y misteriosa, se construyó por tanto no sólo en textos del siglo XVIII sino en obras de recuperación de la memoria histórica que se desarrollarían con la necesidad de definición de una identidad para la nación independiente, fundamentalmente hacia finales del siglo XIX, tras la Guerra del Pacífico (1879); tendencia que persistiría en dicho empeño a lo largo del siglo XX en obras citadas como las de Ventura García Calderón, Raúl Porras Barrenechea o Luis Alberto Sánchez.

 

 

El último florecer de las ‘tapadas’: Max Radiguet, Flora Tristán, Ricardo Palma y Luis Alayza y Paz Soldán

 

 

Llegamos por este camino hasta el siglo XIX para descubrir en la imagen de la ciudad la prueba más contundente de la pervivencia del antiguo estatus colonial en la nueva república independiente, es decir, para adivinar en dicha imagen los problemas de una independencia insuficiente y epidérmica. Efectivamente, cuando el fervor revolucionario se disipó tras la guerra emancipadora, Lima recobró la antigua idiosincrasia de la apacible Ciudad de los Reyes y, con ella, sus costumbres coloniales. Así, el viajero francés Max Radiguet –escritor y dibujante– se sorprendería por esa permanencia de hábitos arcaicos, que dejó impresos en su obra Souveniers de l’Amerique Espagnole, publicada en 1856. En sus descripciones y en sus dibujos de nuevo las protagonistas siguen siendo las limeñas, que mantenían su imagen de “tapadas”, con la pervivencia de la saya y el manto, del mismo modo que las formas arquitectónicas continuaban fieles a la tradición colonial y, sobre todo, de la misma forma en que los privilegios de clase se mantenían inalterables: “Nada parecía advertirnos –observa Radiguet–, en medio de esta población retozona y radiosa, que nos hallábamos en el corazón de una ciudad atormentada y empobrecida por treinta años de luchas anárquicas” (1965, p. 288)[5]. Y cuando se centra en las tapadas señala la exclusividad de la saya y el manto:

Después del chocolate espumante y de las dos tostadas, desayuno frugal de los países españoles, mi jornada se abría y comenzaba cada mañana con un paseo en la Plaza Mayor. El movimiento diario se coloreaba de infinitos matices. Gracias a las tapadas se volvía a encontrar ahí, a pleno sol, el atractivo picante y el encanto misterioso de un salón de baile de máscaras. No nos cansábamos de admirar esos trajes raros, en medio de los cuales el vestido europeo, hay que confesarlo, hacía una muy triste figura. Ese vestido en el Perú no es sino el índice de una condición elevada, y el limeño se siente feliz cuando puede dejar el poncho para seguir las modas francesas. Las mujeres se resisten felizmente a esa influencia extranjera y se las ve ostentar con una encantadora coquetería, en medio de todos esos peruanos vestidos a la europea, las irresistibles seducciones del traje nacional. (Radiguet, 1971)

También la mítica Flora Tristán, cuando llegó desde París a Lima en 1833, se admiró del atuendo de las limeñas. Y a pesar de haber sufrido los ataques del arraigado conservadurismo de la sociedad peruana (que la rechazaba por sus ideas progresistas hasta el punto de condenar a la quema en la plaza pública de Arequipa su obra principal) hubiera querido conservar esa indumentaria que pronto desaparecería. Gracias a ella, y en concreto a sus Peregrinaciones de una paria (1837), Europa pudo conocer la gracia y el misterio de las “tapadas”, descritos en el capítulo “Lima y sus costumbres”, del que podemos recordar las siguientes líneas:

No hay lugar sobre la tierra en donde las mujeres sean más libres y ejerzan mayor imperio que en Lima. Reinan allí exclusivamente. Es de ellas de quien procede cualquier impulso. [...] Su vestido es único. Lima es la única ciudad del mundo en donde ha aparecido. (2000, pp. 420-421)

Como vemos, el tono de Flora Tristán incide, en su línea feminista, en el carácter dominante de las mujeres en la dimensión global de la sociedad limeña, así como en la exclusividad que su vestido consigue imprimir a la ciudad. Sin embargo, tras una prolija descripción de la saya y el manto en la que vuelven a reiterarse los atributos de seducción y malicia de esta vestimenta, añade finalmente que a pesar de que en Lima “la mujer tiene sobre el hombre una superioridad incontestable”, es apremiante la necesidad de la educación; idea que en su desarrollo hace surgir una visión de superficialidad de la limeña que viene a coincidir con las manifestaciones masculinas citadas en estas páginas, pero con una derivación crítica que marca una clara diferencia:

...cuando esas limeñas encantadoras que no han puesto ningún ideal elevado en las actitudes de su vida, después de haber electrizado las imaginación de los jóvenes extranjeros, llegan a mostrarse tales como son, con el corazón hastiado, el espíritu sin cultura, el alma sin nobleza y gustando solo del dinero... destruyen al instante el brillante prestigio de fascinación que sus encantos produjeron. (p. 424)

Ahora bien, esta crítica referida fundamentalmente al destierro de la mujer de los ámbitos educativos, fue minimizada por autores posteriores para hacer prevalecer la visión encandilada de Flora Tristán ante la imagen de las “tapadas”; por ejemplo cuando Ventura García Calderón escribe lo siguiente:

Al regresar prepara el libro en que Europa va a conocer, pintadas por una mano magistral, la gracia y donosura de las limeñas. Quizá nadie ha hablado en francés con más pertinencia y gentil entusiasmo de sus paisanas de la saya y el manto. Si las encuentra menos letradas de lo que había presumido, en cambio su natural despejo, así como la libertad que han recobrado en la vida de relación, la seduce por entero. Precisamente Flora se ha acercado a ellas en el minuto mismo en que van a despojarse de su crisálida fastuosa. Por una casualidad feliz ella es testigo fraternal de una Lima en vías de transformarse y desde el tinglado de París le cuenta al mundo, antes de su eclipse, aquel resplandor de la gracia. Los que leyeron el libro de París se entusiasmaron y, si hemos de creer lo que dice el Sr. Pompery en un artículo de l’Artiste publicado en 1838, algunas parisienses empezaron a llevar la saya y el manto. (1914, pp. 156-157)

Unas décadas más tarde, tras la Guerra del Pacífico en 1879, la ciudad se convirtió en el escenario de la derrota, y los primeros avances urbanísticos impulsados desde mediados de siglo, durante los gobiernos de Castilla y Balta, quedaron truncados ante esta dura debacle. Así, la protohistoria de la modernidad en Lima quedaría sepultada por la guerra. Aurelio Miró Quesada nos presenta aquella Lima enlutada, cuya desgracia la despojó de sus galas coloniales, entre las más preciadas, la de las “tapadas”, que emergen en los textos convertidas definitivamente en icono de la Lima colonial:

La guerra del Pacífico, cargada para el Perú a un mismo tiempo de infortunio y de gloria, vino no sólo a golpear duramente los ánimos, sino –en un campo más modesto– a detener los avances de Lima. Hubo pobreza, desasosiego íntimo, dolor callado; y en lo que se refiere a los aspectos urbanos, desdén por lo ornamental y lo superfluo y gusto severo por lo práctico. Lima perdió u olvidó sus viejas galas; y como antes se había encubierto con el manto sutil de las “tapadas”, ahora mostró solemnemente sus vestiduras austeras de duelo. (1946, p. 87)

Esta derrota generó una literatura pasatista en la que una generación de escritores lloraron en sus páginas la pérdida del pasado de la Lima colonial. Algunos críticos sitúan el origen de esta tendencia en las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma –a pesar de que sus cultores reemplazaron las irónicas sonrisas del tradicionista por el tono quejumbroso y pesimista–, entre las que encontramos, para el caso que nos ocupa, la titulada “La tradición de la saya y el manto”, narración más cercana en este caso al costumbrismo que al relato. Palma pretendió en sus páginas hacer memoria de esta moda femenina remontándose al año 1560 hasta llegar al siglo XIX, para darnos el testimonio directo de su desaparición. Pero lo que más nos interesa es la manera en que el tradicionista describe dicha moda como una de las características principales y exclusivas que identifican, diferencian y confieren personalidad propia a la Lima de la Colonia:

Tratándose de la saya y el manto, no figuró jamás en la indumentaria de provincia alguna de España ni en ninguno de los reinos europeos. Brotó en Lima tan espontáneamente como los hongos en un jardín.

[...] Nadie disputa a Lima la primacía, o mejor dicho la exclusiva, en moda que no cundió en el resto de América...

En el Perú mismo, la saya y el manto fue tan exclusiva de Lima, que nunca salió del radio de la ciudad. Ni siquiera se la antojó ir de paseo al Callao, puerto que dista dos leguas castellanas de la capital. (1994, pp. 625-626)

 

 

 Salida de misa. Max Radiguet 

 

En este ejemplo comprobamos el afán de Palma por la captación de lo autóctono limeño, así como la cerrazón de una Lima exclusiva cuya costumbre en la vestimenta femenina “nunca salió del radio de la ciudad”; exclusividad que hemos visto destacada también por Radiguet y por Flora Tristán. El anhelo de distinción es equiparable a la esencia de la “tradición”, que se instauró como género propio y, por primera vez en la historia de la literatura del Perú, como una literatura diferente; al igual que la saya y el manto, la “tradición” “nunca figuró en provincia alguna de España ni en ninguno de los reinos europeos”, y fue fundamental para el nacimiento de una literatura nacional. De este modo, la imagen de la “tapada” es utilizada como un recurso identitario esencial para el proyecto americanista de Palma.

Un penúltimo ejemplo, que sí debe encuadrarse dentro de la literatura pasatista que penetró hasta bien entrado el siglo XX, lo encontramos en las crónicas de Luis Alayza y Paz Soldán, recogidas bajo el título Mi país (4ª serie: ciudades, valles y playas de la costa del Perú) (1945), donde este escritor dedicó un apartado a “Lima: Evocaciones de la urbe y sus alrededores”. Aquí, Alayza rememora historias y costumbres de la antigua “urbe religiosa y galante” (1945, p. 8) y, asimismo, registra la evolución de “una Lima que se va” (título de la obra de José Gálvez que inauguró este tópico de la literatura peruana en el año 1921). En sus páginas palpita “el corazón insepulto de la Lima colonial”, “el fantasma de la Colonia” (p. 23), cuando reescribe el tópico de la Lima que desaparece y se transforma, una imagen urbana que nuevamente es femenina, como la tapada que protagonizó su historia dieciochesca:

Las ciudades tienen sexo. [...] nadie confundirá la marcial arrogancia de Buenos Aires [...] con la devoción y donaire de Lima, que en las mañanas reza y comulga, y en las noches, disfrazada bajo la saya y el manto, escapa por la puerta secreta, para urdir intrigas de política y travesuras amorosas. (p. 36)

Lima y la tapada vuelven a aparecer en esta imagen en la que la fusión entre ambas –a través de sus tenaces vasos comunicantes– adquiere una especial relevancia, pues la ciudad, por fin, se ha personificado en la figura de la limeña. Cubierta con tan misterioso ropaje, Lima –intrigante y caprichosa– adquiere definitivamente las mismas cualidades que la tapada, protagonista indiscutible de su escenario callejero durante los tiempos del virreinato.

 

 

La serenata ante los balcones del virreinato: José Carlos Mariátegui y Abraham Valdelomar

 

 

La última referencia a las tapadas que he seleccionado para este recorrido, se encuentra en una curiosa obra teatral que fue escrita por dos jovencísimas promesas de la literatura y la cultura del Perú, Abraham Valdelomar y José Carlos Mariátegui. Bajo los pseudónimos de Julio de la Paz y Juan Croniqueur, respectivamente, la obra, titulada precisamente Las tapadas, fue publicada en 1915 y se presenta, sin duda irónicamente –tanto por el subtítulo como por el argumento y la forma en que está escrita–, como “Poema colonial en un acto y cuatro cuadros, en prosa y verso original”, y más adelante como “ensayo” o “poema sentimental o galante” evocador de una “época caballeresca”. La dedicatoria a Ricardo Palma –a quien Mariátegui trataría de desvincular de la tradición hispanista-pasatista que intentó anexarse su figura a través principalmente de la reivindicación de José de la Riva-Agüero– resulta también curiosa por la imitación que en ella se encuentra de la retórica de la denominada literatura pasatista contra la que ambos intelectuales se posicionaron, con especial beligerancia en el caso de Mariátegui: “A través de vuestras historias –escriben dirigiéndose a Palma– […] llegó hasta nuestras almas, sensibles a la intensa sugestión del pasado, la visión de una poética edad lejana, no por romancesca menos real” (Mariátegui, 1994, p. 2233)[6]; un sentimiento de deuda con el gran tradicionista sobre el que abundan a continuación con el reconocimiento a una literatura –las Tradiciones peruanas– de la que se enorgullecen.

 

 

                                   

José Carlos Mariátegui                                                                   Abraham Valdelomar

 

“Romanticismo y trovadorismo mal trasegados” –utilizando las palabras del propio Mariátegui, más de una década después, en su “Proceso de la literatura” (Mariátegui, 1996, p. 215)–, que serían el principal caballo de batalla del “Amauta”, son curiosamente en Las tapadas la tonalidad principal. Desde mi punto de vista, ello evidencia la más que probable perspectiva irónica de esta obra, no sólo por ser una recreación de la literatura pasatista que Mariátegui criticó con dureza, sino también por el especial humorismo que, por otra parte, definió la literatura de Valdelomar; humorismo que el propio Mariátegui señaló y analizó en el capítulo de los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana que dedicó a su compañero[7].

Resumiendo el argumento, la obra relata con mucho sarcasmo la lucha de dos caballeros por el amor de una dama, uno de ellos peruano y el otro, ya en la decrepitud de su vida, español. No por casualidad el vencedor será el joven caballero peruano, que primero es derrotado por la fuerza (al recibir una herida de la espada toledana de don Fernando en el primer duelo) y que sin embargo después consigue vencer al español, y quedarse con el amor de doña Isabel, en una partida de ajedrez, es decir, a través de la inteligencia. Un argumento como este bien puede leerse como sátira sobre la historia de la conquista de América, vencida por las armas, pero vencedora finalmente con su Independencia.

En cuanto a la imagen de “la tapada” en la obra, desde la misma dedicatoria aparece ya una primera definición en la que se añade un matiz que hasta el momento no había tenido: “hetaira criolla, apasionada y voluptuosa”. Además, la definición como hetaira no es ocasional, pues se ratifica después en la caracterización de los siguientes versos del prólogo:

Criollas recatadas bajo de saya y manto,

barraganas de un fraile austero e inquisidor,

en cuyos ojos negros se leía el quebranto

de fogosas pasiones y vigilias de amor. (p. 2234)

 Como hetaira, o barragana, aparecerá después un personaje de la obra, doña Mercedes, con el atuendo de tapada, que no lucirá sin embargo la protagonista, doña Isabel, caracterizada, según el estereotipo tradicional de la amada, por la pureza, el recato y la honra.

Por otro lado, la imagen de la tapada se utiliza además, nuevamente, como símbolo de la Lima del coloniaje (con “perspectiva de ciudad española: campanarios, minaretes, miradores, etc.”) (p. 2234) que permite a los autores recrear poéticamente lo que Mariátegui denominaría en sus Siete ensayos, la “serenata ante los balcones del virreinato”, en referencia a la mediocre poesía colonial de sello español. La recreación es clara desde el comienzo del Cuadro Primero, cuando el Coro da inicio a la función:

Bajo del balcón florido

aguarda tu caballero

viene a ofrecerte tendido

su corazón de trovero” (p. 2234)

Esta escena se repite a lo largo de la obra en diversas serenatas bajo el balcón de la señora, Isabel. Pero como ya he adelantado, no es ésta la representante de la tapada, sino doña Mercedes, que aparece vestida de saya y manto y ante cuya imagen don Fernando exclama:

Mercedes, vuestro manto

no sabe disfrazaros a mis ojos.

Adivino tras él, el vuestro encanto

que enciende tan fanáticos antojos. (p. 2238)

 

Y más adelante:

La que luce mejor la saya y manto

porque aumenta con ellos el encanto

divino y misterioso de sus ojos. (p. 2241)

 

Esta figura de la tapada, en otros momentos ligada a la hermosura, el capricho y la sensualidad, se construye efectivamente en conjunción con la ciudad levítica, que ejerce una irresistible atracción con su “quietud sonora”. Pero lo interesante es que esta conjunción se realiza en el contexto de una obra que, en su línea argumental, estaba prefigurando el ideario posterior de Mariátegui en su “Proceso de la literatura” (el séptimo de sus Siete ensayos), cuando plantea el mencionado motivo de “la serenata ante los balcones del virreinato” como metáfora de la poesía colonial (que desde su punto de vista es española) y cuya supervivencia cultural –la del colonialismo, vinculado al españolismo, al aristocratismo y al espíritu reaccionario– trató de prolongarse con la tendencia al pasatismo sustentada por José de la Riva-Agüero (Vid. Rovira, 1995, p. 112). El motivo se encuentra en el capítulo de su “Proceso de la Literatura” titulado “El colonialismo supérstite”:

En un país dominado por los descendientes de los “encomenderos” y los oidores del virreinato, nada era más natural, por consiguiente, que la serenata bajo sus balcones. […] Los mediocres literatos de una república que se sentía heredera de la Conquista no podían hacer otra cosa que trabajar por el lustre y brillo de los blasones coloniales”. (Mariátegui, 1996, pp. 214-215)

 Y en esta obra los jóvenes Mariátegui y Valdelomar encontraron un ángulo humorístico para ridiculizar ese colonialismo tan de moda en las primeras décadas del siglo XX que ellos, finalmente, consiguieron relegar, tanto a través del movimiento “Colónida” encabezado por Valdelomar en torno a la revista de título homónimo iniciada en 1916, como desde el vanguardismo indigenista abanderado por Mariátegui en la revista Amauta a partir de 1926; movimientos desde los que, como es bien sabido, se dio entrada a un período de modernización inaplazable en la literatura del Perú.

 



 

 

En todo caso, al realizar la humorada de Las tapadas en 1915, cuando aquella revolución literaria estaba a punto de eclosionar, ambos dieron nueva vida a aquellas legendarias tapadas a las que, sin embargo, decidieron desligar de la aureola mítica que tal literatura pasatista les había conferido. Por lo que esta primeriza obra teatral de Valdelomar y Mariátegui resulta ser un punto de llegada idóneo en estas páginas para visualizar la evolución literaria de la tapada limeña, desde su conversión en icono de la capital virreinal, hasta su desmitificación a comienzos de un siglo XX en el que ese colonialismo del que la saya y el manto fueron insignia principal ya no debía tener cabida en el proyecto nacional de futuro.

Por todo ello, como hemos podido comprobar en las obras recorridas –todas ellas pertenecientes a voces masculinas a excepción de la de Flora Tristán–, nos encontramos ante fragmentos literarios o de reconstrucción histórica que permiten adivinar los trayectos de la historia literaria del Perú; y que por otro lado ofrecen un claro perfil de la posición de la mujer en la Lima colonial, ceñida en principio a un papel meramente decorativo, aunque influyendo en ocasiones en la vida pública, pero siempre desde la retaguardia social. En dichos fragmentos se constata un protagonismo de las mujeres que las convierte en símbolo principal de la Lima colonial, pero los atributos con los que se las define constantemente –coquetería, malicia, capricho, tiranía, picardía–, hacen que ese protagonismo contenga una evidente, aunque solapada, carga peyorativa. Así definida, la mujer viene a metaforizar la idea de una ciudad que se caracteriza en su historia por dichos atributos: elitista, frívola y encerrada por las legendarias murallas que, en la historia de Lima durante los siglos del coloniaje, la mantuvieron como reducto urbano que vivió de espaldas y a expensas del Perú real. Ahora bien, más allá de esta cuestión, marcada evidentemente por la tradicional visión hegemónica masculina, resulta de especial interés constatar cómo se construye en los textos la identificación entre Lima y las “tapadas”, convirtiendo a la capital peruana en esa ciudad-mujer cuyos muros y mantos encubrieron, en la mayor parte de los textos, la vida real de la historia limeña virreinal y republicana.

 

 

 NOTAS


[1] También Aurelio Miró Quesada, en Lima, tierra y mar, reparó en la elegancia de los prominentes balcones artísticamente labrados y en el ornato exterior de una ciudad americana de abolengo moruno: “Al lado de los balcones fueron multiplicándose, como otra de las características arquitectónicas de Lima, los vivaces azulejos. Los conventos primero, los templos luego y las casas después, se fueron engalanando con esos barros vidriados de colores, en que se unía la gracia de la ciudad con el refulgente sol de Andalucía y el abolengo artístico de las tierras morunas” (1958, pp. 42-43).

[2] Raúl Porras Barrenechea nos facilita los datos que muestran la fervorosa religiosidad de la Lima colonial: “El censo del marqués de Montesclaros arrojará sobre un total de 26.441 habitantes, un 10 por 100 de clérigos, canónigos, frailes y monjas”. Juan María Gutiérrez podrá decir de Lima que era ‘un inmenso monasterio de ambos sexos’” (1994, p. 95).

[3] “Para hallar, sin embargo, un discípulo notorio de esta vena es menester traspasar un siglo. [...] Terralla y Landa oyó seguramente las sátiras de Caviedes. No estaban impresas pero corrían por las calles. El mundo descrito por ambos es el mismo” (García Calderón, 1914, p. 35).

[4] Sobre el protagonismo de las mujeres en la Lima del siglo XVIII, véase Aurelio Miró Quesada, “La ‘Perricholi’ y las limeñas”, en Lima, Ciudad de los Reyes, pp. 68-72.

[5] Entre los viajeros que visitan Lima en esta época hay que destacar también a otro francés, el cónsul A. de Botmiliau, quien retrata en sus escritos la decadencia de la ciudad tras la Independencia: “Restos de damasco rojo, último testimonio de la prosperidad perdida, y algunas pinturas al fresco, reemplazan, sobre las paredes agrietadas por los temblores, las ricas tapicerías... Nada más modesto que esas mansiones, últimos santuarios de la sociedad limeña anterior a la Independencia. Y sin embargo, el orgullo de los antiguos conquistadores aparece todavía en la fría dignidad con que sus moradores soportan la miseria”. Cit. en Ugarte Elespuru (1967, p. 23).

[6] Cito siempre Las tapadas a partir de su edición en Mariátegui total (1994).

[7] “Uno de los elementos esenciales del arte de Valdelomar es su humorismo. La egolatría de Valdelomar era en gran parte humorística. Valdelomar decía en broma casi todas las cosas que el público tomaba en serio”. (Mariátegui, 1996, p. 257).

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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Carrió de la Vandera, Alonso “Concolorcorvo” (1980), El Lazarillo de ciegos caminantes (1773), ed. de A. Lorente Medina, Madrid, Editora Nacional.

Castro Arenas, Mario (1965), La novela peruana y la evolución social, Lima, Cultura y Libertad.

García Calderón, Ventura (1914), La literatura peruana (1535-1914), en la Revue Hispanique, tomo XXXI, New York, París.

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Mariátgegui, José Carlos y Abraham Valdelomar (Julio de la Paz y Juan Croniqueur) (1994), Las tapadas (1915), en José Carlos Mariátegui, Mariátegui total, Tomo II, Lima, Empresa Editora Amauta, pp. 2233-2250.

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Palma, Ricardo (1894), Tradiciones peruanas, tomo II, Barcelona, Montaner y Simón.

_____ (1994), Tradiciones peruanas (selección), Madrid, Cátedra.

Porras Barrenechea, Raúl (1965), Pequeña antología de Lima. El río, el puente y la alameda, Lima, Instituto Raúl Porras Barrenechea.

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Radiguet, Max (1965), “Lima en 1844”, en Raúl Porras Barrenechea, Pequeña antología de Lima, Lima, Instituto Raúl Porras Barrenechea.

_____ (1971), Lima y la sociedad peruana, Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001. Edición basada en la de Lima, Biblioteca Nacional del Perú. URL: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/90253950982392717243457/p0000001.htm#4. Consulta realizada el 24 de julio de 2010.

Rovira, José Carlos (1995), Entre dos culturas. Voces de identidad hispanoamericana, Alicante, Universidad de Alicante, Servicio de Publicaciones.

Sánchez, Luis Alberto (1971), La perricholi, Buenos Aires-Santiago de Chile, Editorial Francisco de Aguirre.

Tristán, Flora (2000), Peregrinaciones de una paria, Lima, Biblioteca Nacional del Perú.

Ugarte Elespuru, Juan Manuel (1967), Lima y lo limeño, Lima, Editorial Universitaria.

Valero Juan, Eva Mª, Lima en la tradición literaria del Perú. Entre la leyenda urbana y la disolución del mito, Lleida, Universitat de Lleida, 2003.


Publicación original de este artículo


“Otra perspectiva urbana para la historia literaria del Perú: la ‘tapada’ como símbolo de la Lima colonial”, América sin nombre, nº 15, 2010, pp. 69-78 [en línea] RUA, Repositorio Institucional de la Universidad de Alicante     /Portal de la Asociación Cultural La Mirada Malva 


 

LA AUTORA

 

Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante y profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la misma. Es autora de:


Lima en la tradición literaria del Perú. De la leyenda urbana a la disolución del mito (Lleida, Univeersitat de Lleida, 2003). Introducción en línea, Ciberayllu 

-- La ciudad en la obra de Julio Ramón Ribeyro (Alicante, Universidad de Alicante, 2003).  Introducción en línea, Ciberayllu  

-- Rafael Altamira y la “reconquista espiritual” de América (Cuadernos de América sin nombre, nº 8, 2003). Texto completo en línea:  RUA, Repositorio Institucional de la Universidad de Alicante

-- Tras las huellas del Quijote en la América virreinal. Estudio y edición de textos (Roma, Bulzoni, 2010). Comentario, Portal del Hispanismo

 

Así como de numerosos artículos publicados en revistas nacionales e internacionales especializadas en literatura española e hispanoamericana. Es editora de las antologías El Quijote en Perú y El Quijote en México en el Centro Virtual del Instituto Cervantes, y de La casa de cartón de Martín Adán (Huerga y Fierro, 2006).


Además del presente artículo ha realizado otras incursiones en los Estudios de Género y de las Mujeres respecto al espacio colonial americano en:


-- “De Micaela Bastidas a Magda Portal: recuperaciones literarias de las independentistas del Perú” América sin Nombre. N. 13-14 (dic. 2009), pp. 64-72. Texto completo en línea:  RUA, Repositorio Institucional de la Universidad de Alicante

 

E-mail: Eva.Valero@ua.es

 


 

Enlaces que referencian las imágenes

En portada: Acuarela.  Anuncio para la pelea de gallos. Angrand

Tapadas limeñas en Sede de Abanca y de la Biblioteca Nacional del Perú


http://farm6.static.flickr.com/5252/5454041770_565816ef39_z.jpg


FUENTES DOCUMENTALES PARA EL ESTUDIO DEL CONTRABANDO EN ZAMORA DURANTE EL ANTIGUO RÉGIMEN

FUENTES DOCUMENTALES PARA EL ESTUDIO DEL CONTRABANDO EN ZAMORA DURANTE EL ANTIGUO RÉGIMEN

Ángel-J. Moreno Prieto

Archivero e historiador

 

 

 

 


 Una investigación de carácter histórico que se proyecte sobre las fuentes documentales que aquí vamos a referir deberá, en todo caso, tener presentes las condiciones que implica el término Contrabando y el contexto económico, político y social en donde ha de situarse su significado. 


Contenido

 

En el territorio de la actual provincia de Zamora se ha venido desarrollando hasta el siglo pasado un intercambio de productos basado en el trato ilícito con súbditos del país luso. Si bien la situación limítrofe con Portugal parece estar aquí definida de forma oficial desde la plena Edad Media, siendo por tanto una de las fronteras más antiguas del viejo continente, conforma una línea divisoria de más de un centenar y medio de kilómetros, y es obvio que ello ha supuesto históricamente un incentivo seguro para la transgresión -en mayor o menor medida asociada a las coyunturas políticas y económicas- de la legalidad vigente en materia comercial y aduanera por parte de individuos de ambos lados de la raya. Este intercambio comercial, que ha concluido finalmente con la reciente eliminación de las fronteras físicas, la supresión de los controles al tráfico de mercancías y las formalidades de aduana, la desaparición de las fronteras técnicas y administrativas a las operaciones mercantiles y el establecimiento progresivo de una armonización fiscal, en definitiva, con la integración económica de los estados ibéricos en el marco de la Unión Europea, no ha merecido la suficiente atención por la historiografía reciente1, posiblemente porque, a pesar de no ser especialmente significativo en el conjunto del territorio nacional2, nadie se haya propuesto el enfrentarse al estudio de un fenómeno que por su propia naturaleza queda al margen de los registros informativos oficiales de cualquier época, cuestión ésta que no se justifica, precisamente por la existencia de fuentes documentales en los archivos portugueses y españoles, para quien desee abordarlo desde una perspectiva dirigida hacia el análisis cualitativo3.

Una investigación de carácter histórico que se proyecte sobre las fuentes documentales que aquí vamos a referir deberá, en todo caso, tener presentes las condiciones que implica el término Contrabando y el contexto económico, político y social en donde ha de situarse su significado. Efectivamente, el Diccionario de Hacienda de Canga Argüelles4 define la voz contrabando como todo comercio de géneros cuya venta se halla prohibida por las leyes "por reputarse dañosa a la industria propia o con efectos cuyo tráfico está concentrado en manos del soberano"; definición ésta perfectamente válida para las sociedades estamentales del Antiguo Régimen caracterizadas como la zamorana por la inexistencia de libertad económica. Asimismo deberá considerar una serie de aspectos como la organización y administración del sistema de aduanas, el control y vigilancia de las fronteras, las restricciones legales a la exportación, la tipología de productos comercializados, las condiciones en las que se desarrolla el intercambio (trajinantes, medios que utilizan, rutas que siguen), o la intervención de las autoridades en su represión.

Pues bien, la referida carencia de libertad comercial se veía plasmada en la coexistencia de estancos (exclusividad del Estado en las labores y distribución de determinados productos como el tabaco, la sal, la pólvora, el plomo, el aguardiente...) y aduanas. Éstas estaban situadas en puntos de paso obligatorio, con la finalidad de gravar el tránsito de las mercancías enviadas de un reino a otro, por medio del cobro del diezmo o el tributo que estuviese estipulado en función del lugar5; de suerte que todos los géneros que escapasen a tales controles corrían el riesgo de ser confiscados. Las aduanas de esta raya fueron establecidas muy tardíamente, concretamente el 30 de enero de 1559, en Puebla de Sanabria y Alcañices, y las tablas en Figueruela de Arriba, Fonfría, Torregamones y Fermoselle, siendo agregadas al distrito de Galicia6; pocos años después7 aparecerá la aduana de Zamora. Configuración que se mantuvo más o menos estable durante el período que nos ocupa.

Por otra parte habrá que establecer una tipología de los productos con que se trafica ilegalmente, que ingresan o se exportan, en los que se basa el negocio que supone para algunos el contrabando. Por productos introducidos, tendremos en primer lugar y señaladamente el tabaco, género que constituía un estanco cuya producción y distribución se reservaba el Estado; al tener una altísima demanda -no hay que olvidar que constituyó uno de los principales ingresos a la Hacienda- solía ser el género más defraudado y el mayormente introducido, sobre todo en el siglo XVIII8. A continuación, le seguían en un grado muy importante otros productos como los coloniales y las manufacturas textiles, sobre todo en épocas de coyuntura exterior desfavorable para determinados géneros procedentes de naciones con las que no se tenía comercio como Francia, Inglaterra y Provincias Unidas. A menor escala entraban armas, pertrechos y municiones, mercaderías vedadas en Castilla al igual que las sacas, sin autorización real, de productos básicos como el vino, los cereales, la lana, los équidos y el ganado en general, prohibiciones que solían ser habituales en estados cuyas sociedades al igual que la zamorana se inclinaban a la autosuficiencia9. Debemos señalar que el aumento de las prohibiciones tiene lugar en el siglo XVIII, extendiéndose, sobre todo, a un buen número de textiles, con el consabido propósito de la dinastía borbónica al tratar de favorecer la producción manufacturera para el aumento del mercado interior.

 

Otro factor a tener en cuenta sería la actividad de los trajinantes, las rutas por donde discurren, los medios que utilizan, los intermediarios de los que se sirven. Además habría que apuntar otro elemento: el de los mecanismos de represión, esto es, el dispositivo con que cuenta el Estado para vigilar, perseguir y reprimir ese comercio ilegal. Formado por el soporte normativo; el aparato institucional donde ejercían sus competencias las autoridades ordinarias -corregidores, alcaldes ordinarios, alcaldes de sacas-, dependientes de la administración central por los ramos de Guerra y Hacienda, y auxiliadas por un cuerpo especializado en la represión, denominado resguardo10; los procedimientos que utilizan las autoridades y los tribunales a la hora de aplicar, en los distintos ámbitos jurisdiccionales, la vara de justicia a la medida de los delitos, sirviéndose de la fijación de una serie de penas que iban desde el comiso de las mercancías, pasando por el pago de multas y costas judiciales, al presidio de los trajinantes, todo con sus atenuantes y agravantes en función de las circunstancias que rodeaban los hechos y el estatuto personal de los inculpados, como es obvio en toda sociedad estamental.

Las fuentes documentales que aquí ofrecemos abarcan en buena medida todos estos extremos, localizándose del lado español, en el Archivo General de Simancas, archivo, como se sabe, de la administración de gobierno de la Corona de Castilla durante la Edad Moderna. Dada la gran magnitud de este depósito documental, nos ha resultado imposible ofrecerlas todas, por lo que deberían complementarse con otras del propio centro11 así como de los Archivos Histórico Nacional, Real Chancillería de Valladolid, Histórico Provincial de Zamora y, también, con la documentación que pueda ser conservada en los centros archivísticos portugueses. No obstante, las consideramos hoy por hoy de gran utilidad por lo que pueden suponer como primera aportación sobre el particular a la historia del comercio zamorano, a pesar de su variedad, su dispersión, su discontinuidad y su sincronía dentro de los fondos del Archivo. Presentamos esta documentación agrupándola por organismos productores, y éstos los listamos por orden de creación. De manera que usando la metodología adecuada empleada por autores cualificados en otros trabajos sobre fuentes, definiremos los organismos, daremos cuenta de los tipos documentales que los caracterizan, y señalaremos, en nuestro caso, los documentos y la información que nos interesan12.

 

Consejo Real y de la Cámara

En el ámbito de la función gubernativa, el Consejo Real13 tenía atribuida la fiscalización de oficiales públicos, a los cuales tomaba cuenta de la conducta observada durante el desempeño de sus cargos mediante residencias. De modo que para conocer el grado de corrupción administrativa, las posibles transgresiones practicadas por alcaldes de sacas y corregidores ante quienes pasan en primera instancia pleitos por causas de contrabando, los juicios de residencia tendrán una importancia sustancial. Éstos conforman individualmente un tipo documental en forma de expediente aunque por la complejidad formularia y lo desmesurado de su volumen se asemeja bastante al procedimiento judicial. Por lo que se refiere a la Zamora del siglo XVI, en la serie correspondiente a la Escribanía de Juan Gallo (abuelo, padre e hijo), consta que en el legajo 310 existen varias residencias, las practicadas a los corregidores de Toro y Zamora y otra a los alcaldes de sacas de ésta última ciudad14.

Dado el amplio abanico competencial y la facultad discrecional de que gozaba este organismo tendríamos documentación abundante si no fuera porque de su producción documental solamente resta en el Archivo una pequeñísima porción distribuida en tres de sus escribanías de cámara y una serie de procesos sueltos15. No obstante, podemos acudir al Registro del Sello de Corte, donde se conserva copia fiel de las provisiones validadas con el sello grande o de placa, que pusieron fin a los asuntos iniciados en el propio Consejo, bien de oficio, bien a instancia de parte. Aquí, al igual que en los libros de relación y cedularios de la Cámara de Castilla donde se asientan provisiones y cédulas que se despachan por distinta vía - la llamada "vía de cámara" -, podrán encontrarse, entre otros documentos: órdenes dirigidas a los alcaldes de sacas, guardas de la frontera y corregidores; comisiones a otros funcionarios nombrados específicamente para entender en cuestiones tocantes a pasos fronterizos y aduanas, tales como la realización de pesquisas, detención de trajinantes acusados de evadir el pago del diezmo, calas de existencias, o la prohibición de sacar determinadas mercancías; o también licencias y autorizaciones a colectividades y particulares para introducir o sacar mercancías por la frontera, así como concesiones de mercedes pagadas en bienes confiscados por causa del contrabando.

Consejo de Hacienda

Este organismo creado en época austriaca tenía funciones directivas, de gobierno y judiciales sobre toda la Hacienda, de manera que generó una amplia masa documental, distribuida hoy en varias secciones del Archivo16. En las Secretarías de Hacienda de la sección denominada Consejo y Juntas de Hacienda17 , existen, manifestándose en distintos tipos documentales varias referencias al tema que nos ocupa. Por poner algunos ejemplos el legajo 404 guarda el testimonio de los pregones dados en Fermoselle, Carbajales, Puebla de Sanabria y Torregamones acerca de "la condición 23 del arrendamiento de las aduanas de puertos secos" (1599), que eximía del pago de derechos de aduana a los objetos de uso personal, hecho que puede ser indicativo de los abusos que cometían los administradores de aduanas gravando el paso de impedimenta y bagajes personales18. En este mismo legajo tenemos exenciones y demandas por abusos y descaminos (1604) en Fermoselle19. También se encuentra aquí un proceso sobre puertos secos contra Juan Martínez, vecino de Braganza, por denuncia de Francisco Álvarez, "guardia de a caballo del partido entre Castilla y Portugal" por pasar seda a aquel reino (1600)20. En lo que se refiere al tráfico de la sal existe documentación de la primera década del siglo XVII en los legajos 439, 440, 447 referente a abastecimiento, abusos, fraudes, prohibición de sacas a Portugal y procesos a los administradores de la raya en el partido de Zamora.

 

Contaduría del Sueldo21

Integrada en la Contaduría Mayor de Hacienda, constituyó una oficina destinada a los asuntos militares por lo que sus contadores estaban encargados de la cuenta y razón de todos los sueldos de la gente de guerra, mar, ejército, presidios, fronteras, tenencias de fortalezas y acostamientos.

Por real cédula de 18 de mayo 1643 la competencia relativa al contrabando pasa a depender del Consejo de Guerra, por lo que todos los negocios, en las áreas de gobierno y justicia, correrán enteramente por las dependencias de este organismo, dando lugar a la supresión del oficio de receptor y a la sumisión de veedores y ministros de comercio y contrabando al citado organismo22.

Precisamente por ello se localiza entre los papeles producidos por esta Contaduría el mayor volumen documental conocido sobre esta materia en el Archivo, instalado en 53 legajos situados bajo el concepto Contrabando, su contenido nos sorprende con una valiosa información sobre la recaudación y administración y destino de los bienes aprehendidos -las haciendas del contrabando– cubriendo un arco temporal que va desde 1626 a 1706. La documentación aparece en formato de libro cuyas tapas cubren pliegos de papel horadado sirviendo de soporte a distintas tipologías (cuentas, finiquitos, libranzas, hojas de cargo y data, cartas de pago, escrituras, fianzas, cédulas, provisiones, ejecutorias) y ofrece la particularidad, de cara a la consulta, de estar, en su mayor parte, ordenada alfabéticamente por personas y poblaciones.

Pues bien, los documentos que tratan de las continuas aprehensiones de mercancías prohibidas y descaminos que tienen lugar en la tierra de Zamora, su frontera, Toro y el partido y frontera de Puebla de Sanabria entre 1643 y 1703 son las denominadas ejecutorias despachadas por el Consejo de Guerra a los corregidores, jueces, veedores o gobernadores de armas de las citadas poblaciones. Este documento suponía el final de un largo proceso iniciado en los ámbitos jurisdiccionales de dichas autoridades donde existía juzgado de contrabando; se abría de oficio, en cabeza de proceso, o a instancia de parte mediante denuncia de un particular, y pasaba ante el escribano de dicho juzgado, que solía ser uno de los del número de la población, dando lugar a una investigación sobre los inculpados y las mercancías que intentaban colocar en los mercados. Identificados los sujetos y examinadas a primera vista las mercancías, si éstas no estaban suficientemente acreditadas con despachos o guías se efectuaba la requisa que llegaba en ocasiones a afectar a las cabalgaduras; el reo iba a prisión o se le dejaba en libertad bajo fianza si encontraba fiadores, y se procedía, ante el administrador general del partido, al inventario y depósito de las mercancías en la aduana; seguidamente se nombraban peritos para reconocerlas. Transcurridos varios días tenían lugar la práctica y la proposición de pruebas, las alegaciones de las partes y la intervención del fiscal; fallaba la autoridad sin que hubiera lugar a otras acciones por parte de los condenados. Las mercancías caían en comiso, eran tasadas y posteriormente vendidas en pública subasta. Los autos se remitían al Consejo de Guerra. Allí entraban, por la Secretaría de la Parte del Mar, abriéndose en segunda instancia el proceso, que pasaría ante uno de los escribanos de cámara, en la Sala del Contrabando (integrada por cuatro individuos) . Oídas las partes y tras la intervención del fiscal, por el presidente de dicha sala se dictaba sentencia. Vista por el fiscal, se pedía carta ejecutoria, volviendo dicha sentencia a la sala, donde, por su presidente, se reiteraba y se pedía a la autoridad del juzgado de contrabando que dictó el auto resolutorio, la guardase y la hiciese cumplir, y además se ordenaba al contador del sueldo que tomase razón de ella. Éste lo hacía, obviamente, después de haberla recibido y una vez sacada una copia fiel que cotejaba y rubricaba, registrando la ejecutoria en una hoja de cargo anual a nombre de la citada autoridad, que a partir de ese momento tenía la obligación de ingresar a la tesorería del contrabando las cantidades resultantes de la venta de los géneros aprehendidos23, la tercia o la cuarta reales, una vez hecha deducción de las partes correspondientes por derecho a la autoridad que los condenó y al posible denunciante, ya que el fisco siempre retenía para sí dos partes.

Por tanto, se comprueba que los citados documentos son, en puridad, traslados de ejecutorias o copias de los originales, sacados en la propia contaduría con la finalidad de acreditar el acto que supone la toma de razón llevada a cabo por parte de los contadores. Éste es pues el origen funcional de dichos documentos y la lógica de que se conserven dentro del fondo de éste órgano contabilizador.

Indudablemente, esta documentación tiene gran valor informativo por cuanto revela de manera especial el diseño del aparato encargado de encausar tales delitos a través de un procedimiento ordenado y da a conocer el sistema punitivo aplicado a los que delinquen. También es importante porque nos descubre aspectos como la geografía del contrabando, las rutas que siguen determinados productos, los mercados de destino, la procedencia de los traficantes, la condición social de éstos y sus posibles enlaces; las relaciones de productos aprehendidos en cada momento y su cantidad, información toda ella que por otras vías será imposible obtener hasta este momento.

 

Secretaría de Guerra24

Con el reformismo borbónico la Secretaría del Despacho de Guerra hereda las funciones que en época de los Austrias habían pertenecido a la competencia del Consejo de Guerra, a excepción de las facultades jurisdiccionales, protocolo y asesoramiento, por lo que pasará a ocuparse de la planificación, ejecución y desarrollo de la política defensiva de la monarquía en el ámbito terrestre; competencia que arrastra para la administración del ejército la vigilancia y persecución del contrabando de frontera, especialmente en épocas de beligerancia con Portugal y sus aliados.

De los documentos producidos por el citado organismo son importantes las comunicaciones y la correspondencia con jefes militares y políticos, encontrándose entre las series que a ello se dedican algunas informaciones sobre sacas de granos realizadas en la década de 1740 por súbditos portugueses. Junto a estos papeles se hallan además distintos expedientes sobre todo tipo de asuntos, entre los que aparecen sucesos ocurridos en la aduana de Torregamones, en relación con el ejército luso, así como otros hechos no menos notorios que acontecen a lo largo y ancho de la raya fronteriza (legajo 1269) . Además en el legajo 1305, encontramos para el año 1745 el expediente suscitado por la liberación de un portugués preso en Villardiegua, por soldados procedentes de la plaza de Miranda. Dicho portugués había matado al aduanero de Torregamones y herido al alcalde de Villardiegua en una riña en la feria de San Mamede por defender éstos a una mujer.

Aparecen nuevas series como el registro de decretos para causas por este delito, presidiarios y otros asuntos, cubriendo el arco temporal de 1717 a 1730, además del concepto Ladrones, malhechores y contrabandistas, que contiene expedientes sobre persecución y capturas de contrabandistas, cuadrillas de Andalucía, comisiones para La Mancha y asuntos conexos, entre 1749 y 1788; series que dan cuenta de la competencia del organismo y del interés por erradicar el tráfico ilegal. Sin embargo, aquí ninguna información relacionada con Zamora se ha encontrado.

 

Superintendencia de Hacienda

Se trata de un órgano directivo que llegó a entender en la recaudación de toda clase de rentas, impuestos e incluso contribuciones especiales, es decir, todos los ramos de la Real Hacienda, por lo que su ámbito de actuación fue amplísimo. Desde 1759 acumuló competencias jurisdiccionales en materia de contrabando (más tarde lo haría en las de tabaco y millones), haciendo de los intendentes sus delegados en las provincias, de manera que pudieran conocer de las causas en primera instancia25. Al igual que la Secretaría del Despacho de Hacienda -a la que estaba unida26-, su producción documental se manifiesta físicamente en forma de expediente completo, y casi toda ella se refiere al establecimiento o cobranza de las rentas, es decir, al ingreso. De esta manera se hace imprescindible la consulta de los legajos 1387 a 1390 para obtener información sobre el funcionamiento de las aduanas de Zamora. Especialmente importante es la documentación instalada en el legajo 2282 referente a resguardos; abarca un ámbito cronológico comprendido entre 1760 y 1799, faltando varios años, contiene la reorganización o arreglo del cuerpo del resguardo de unión de rentas con expedientes sobre los siguientes asuntos: control de efectivos mediante el giro de visitas e inspecciones a los puestos, reasignación de efectivos, plantillas, nóminas, traslados, promociones y ascensos, salarios, suplidos, pensiones, causas de cohecho, o reclamaciones por razón de aprehensiones donde se incluyen testimonios de lances y escopeteos en Villardeciervos, Figueruela, Samir de los Caños y otras localidades de la raya. Por lo que se refiere a la documentación resultante de comisiones desarrolladas en servicio del resguardo y para entender en la persecución de delitos es interesante la consulta de los legajos 2039 a 2312 donde existen varias causas de asuntos relativos a las localidades de Puebla de Sanabria y Villardeciervos correspondientes a la comisión llevada a cabo por Antonio Alarcón.

 

Dirección General de Rentas27

Dependiente de la Superintendencia de Hacienda, es un órgano contabilizador heredero en parte de las Contadurías Generales de época austriaca; está encargado de la recaudación de las rentas reales y por esto tiene en sus series abundantes referencias al tema objeto de nuestra atención. En primer lugar constatamos las comunicaciones de los directores generales con los administradores de aduanas de Zamora en el período comprendido entre 1781 y 1799, en los legajos 1218 y 1224, siendo extraordinariamente significativas para el conocimiento de las prácticas fraudulentas en esos establecimientos así como de la aplicación de las medidas de control que se adoptan por parte de la Superintendencia. De otra parte debemos señalar la documentación comprendida bajo el concepto Contrabando refiriéndose al expediente de géneros vendidos a la Real Compañía de Filipinas, iniciado en 1786, que trata sobre la remesa de mercancías aprehendidas en las distintas aduanas del reino, encontrándose entre ellas las de Puebla de Sanabria y Zamora. Este hecho, que da prueba de la operatividad con que se actuaba en materia de aduanas y resguardo después de las reformas emprendidas por los ilustrados, generó una voluminosa documentación, con toda suerte de papeles entre los que se encuentran cuentas, relaciones, tasaciones, hojas de liquidación, correspondencia, conservándose todos ellos en los legajos 581 a 584.

 


 

NOTAS

1 Tan sólo se han hecho someras referencias al mismo al tratar del comercio y la industria en Zamora la Edad Moderna. Vid. J C. ALBA LÓPEZ y J C RUEDA FERNÁNDEZ.: "La industria y el comercio en la Edad Moderna", en Historia de Zamora, t II, La Edad Moderna. Zamora IEZ "Florián de Ocampo", 1995.

2 Lo cierto es que la mayor parte de mercancías de contrabando procedentes de Portugal o de sus Indias entraban vía marítima por el puerto de Cádiz.

3 Así lo ha hecho Rafael Escobedo para el caso de Navarra al final del Antiguo Régimen. Vid. R. ESCOBEDO ROMERO: "El contrabando y la crisis del antiguo Régimen en Navarra (1778-1808)", en Boletín de la Institución Príncipe de Viana, nº 23 (2000), pp. 696-729.

4 J. CANGA ARGÜELLES: Diccionario de Hacienda con aplicación a España, I. Madrid: 1883, pp. 261-262.

5 M. ULLOA: La Hacienda Real de Castilla en el reinado de Felipe II. Madrid: FUE, 1977, p 238.

6 Idem, p 254.

7 H. LAPEYRE: El comercio exterior de Castilla a través de las aduanas de Felipe II. Valladolid: Universidad, 1981, p 254.

8 A. GONZÁLEZ ENCISO: "Organización y valores de la renta del Tabaco en la primera mitad del siglo XVIII", en: Estado y Fiscalidad en el Antiguo Régimen. Murcia: Universidad, 1988, p 276.

9 Evidentemente en un estudio como el del tema que nos ocupa se haría necesaria la contemplación de otras cuestiones como el alto grado de pobreza que pueda darse en las poblaciones situadas a ambos lados de la raya, lo que facilitaría la existencia de individuos dedicados al contrabando; el agravamiento de esa más que probable situación de pobreza en épocas de crisis de subsistencias -tan frecuentes en el Antiguo Régimen; la coyuntura internacional derivada de la política exterior de la monarquía por razón del enfrentamiento bélico con las potencias europeas incluido el propio Portugal, con todo lo que ello conllevaba; y, ulteriormente, las diferencias de precios entre los productos estancados y los ilegales. J M. RODRÍGUEZ GORDILLO: "El fraude del estanco del Tabaco (siglos XVII-XVIII)", en Hacienda Pública Española, 1/1994, pp. 65.

10 A. MATILLA TASCÓN: "La represión del Contrabando: origen del Cuerpo de Carabineros", en Comercio, Marzo 1959, pp 68-69.

11 Evidentemente faltaría el vaciado de la información que puedan contener los fondos de los Consejos de Estado y Guerra, así como de las Contadurías y el Tribunal Mayor de Cuentas.

12 Un ejemplo elocuente en una de las colaboraciones presentadas en el anterior Congreso por mi colega José-Luis Rodríguez de Diego. J L. RODRÍGUEZ DE DIEGO: “Fondos documentales zamoranos en el Archivo General de Simancas: El Consejo de Hacienda”, en Actas del primer congreso de Historia de Zamora, t I, Fuentes documentales. Zamora: Diputación, 1989, p. 121.

13 Instrumentos de descripción AGS: F. ARRIBAS ARRANZ: El Consejo Real de Castilla, vols. I-II.; M. CUARTAS RIVERO: El Consejo Real de Castilla, vols. III-IV.

14 M L. SÁNCHEZ RIVERA: Fuentes documentales zamoranas en el Archivo de Simancas. Zamora: IEZ. "Florián de Ocampo", 1990, pp. 26-27.

15 A. DE LA PLAZA BORES: Archivo General de Simancas: guía del investigador. Madrid: Ministerio de Cultura, 1992, p 147.

16 F J. ÁLVAREZ y J L. RODRÍGUEZ DE DIEGO: Los archivos españoles: Simancas. Madrid: Ministerio de Cultura, 1993, p 94.

17 Instrumentos de descripción AGS: M. CUARTAS RIVERO: Consejo y Juntas de Hacienda, vol. I, legs. 1-55. Madrid: Ministerio de Cultura, 1987; M. CUARTAS RIVERO y M T. TRIGUERO: Consejo y Juntas de Hacienda, vol. II, legs. 56-481 .

18 M L. SÁNCHEZ RIVERA: Ob. cit. , p 175

19 Idem, p 179.

20 Idem, p 187.

21 Instrumento de descripción AGS: Inventario de la Contaduría del sueldo.- primera y Segunda Series (Inventario nº 35) .

22 AGS. Guerra Antigua.-Legs. Extraordinarios 3218.

Debo esta información a mi colega José-María Burrieza Mateos, archivero que fue jefe de la sección de Guerra y Marina del citado archivo.

23 En caso de salir el reo absuelto, se le abonaría el valor de las mercancías confiscadas.

24 Instrumento de descripción AGS: "Inventario manual de Papeles del Archivo de la Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra...". Fols. 1-217; "Inventario de papeles del Ministerio de la Guerra...". Fols. 218-381.

25 T. GARCÍA-CUENCA ARIATI: "El Consejo de Hacienda (1476-1803)", en La economía española al final del Antiguo Régimen, IV, Instituciones. Madrid: Alianza Editorial, 1982, p 477.

26 Instrumento de descripción AGS: M. GARCÍA GONZÁLEZ: Secretaría y Superintendencia de Hacienda. Siglo XVIII (Invent. nº 50) .

27 Instrumento de descripción AGS: Invent nº 41 y nº 42. 


Fotografía de portada: composición sobre mapa de 1549 (Fuente: blog de Bruno Alcaráz Masáts)



Otro artículo del autor y su curriculum en este blog 

“Las constituciones del ‘Hospital del Obispo’ de Toro: una aportación documental para el estudio de la beneficencia en el siglo XVI” 

EL “PUNTO DE VISTA” O LA REVISIÓN DE DOS VIAJES A EXTREMO ORIENTE: EL HÉRCULES, DE LA COMPAÑÍA GADITANA “USTÁRIZ Y SAN GINÉS”

EL “PUNTO DE VISTA” O LA REVISIÓN DE DOS VIAJES A EXTREMO ORIENTE: EL HÉRCULES, DE LA COMPAÑÍA GADITANA “USTÁRIZ Y SAN GINÉS”

María Dolores Herrero Gil

Universidad de Sevilla


Sobre el título1

“La aventura del San Francisco de Paula (a) el Hércules no constituye en sí una mera anécdota, sino que tiene, ante todo, el valor de constituir una anticipación (aunque fuese por la vía excepcional de una autorización individualizada del gobernador del archipiélago frente al rechazo del Consulado de Manila) del sistema comercial que terminará estableciendo progresivamente la Real Compañía de Filipinas a partir de 1785”2

 

Índice de contenido

TABLAS

Tabla 1 - Aseguradores del Hércules, viaje de 1779

Tabla 2 - Interesados en la expedición

Tabla 3 - Liquidación en Macao

Tabla 4 - Liquidación retorno 1785 a precios de Asia

Tabla 5 - Valoración con precios de América

Tabla 6 - Anexo I

Tabla 7 - Anexo II

 

I- La importancia de los antecedentes

El comercio con Filipinas en 1779

La comunicación entre el puerto de Cavite, en Filipinas, y el de Acapulco, en Nueva España, tuvo sus comienzos en 1565 y se prolongó hasta principios del siglo XIX. Perfectamente regulado, el Galeón de Manila, o Nao de la China, llegaba en diciembre a su destino después de una travesía de cuatro o cinco meses. El regreso comenzaba en marzo para alcanzar en julio las islas. Tras la promulgación del Reglamento de Comercio Libre, y por iniciativa de poderosos comerciantes gaditanos, tal vez alentados por el secretario de Estado y ministro de Indias José de Gálvez3, se intentaría establecer un nuevo y más rápido circuito a través del cabo de Buena Esperanza.

El 15 de enero de 1779 la compañía “Ustáriz y San Ginés” exponía al monarca que se encontraba “trazando un proyecto” de comercio directo a las islas Filipinas, Indias Orientales y costas de África por la ruta que desde 1765 utilizaban los navíos de la Real Armada. Conociendo los promotores el fracaso de tentativas similares, que no llegaron a materializarse efectivamente, enfrentaban a su temor una resolución decidida y manifestaban la necesidad de dar destino adecuado a sus embarcaciones, proponiendo, en tanto maduraban su idea, realizar un ensayo con dos navíos, uno en el mismo año de 1779 y otro en el inmediato siguiente. Exigían que, además de cumplirse la reciente normativa de 12 de octubre de 1778, se les concediesen algunas gracias especiales que compensasen las dificultades a las que deberían enfrentarse4.

Quince días antes de redactarse el anterior escrito se habían fechado en Cantón las Reflexiones de un comisionado en Asia de los Cinco Gremios Mayores de Madrid sobre un meditado establecimiento de comercio directo con Filipinas5. Indicaba que dicho informe era consecuencia del ofrecimiento efectuado en una carta anterior y de la obligación en que se había constituido. Por tanto, puesto que se alude explícitamente a comunicados previos, puesto que se hace referencia a la utilización del puerto gaditano y puesto que venía de antiguo la íntima relación en el mismo de ambas compañías, es posible que los socios de Ustáriz y San Ginés tuvieran noticias de las intenciones que barajaban sus competidores e intentaran anticiparse en la solicitud del novedoso giro, acuciados por las necesidades de la coyuntura. Aunque también resulta plausible que se vieran empujados a ello en el ámbito de otras negociaciones y reconocimientos, entre ellos la concesión del título de conde de Torrealegre a San Ginés en diciembre de 1779, relacionándola con diversos servicios a la Corona6.

El 11 de octubre de 1784 Íñigo de Abad remitía desde El Escorial una copia de dicho escrito de Reflexiones con el nombre de “cuaderno segundo”. Desconocemos la identidad de su destinatario, pero estaba próxima la creación de la Compañía de Filipinas y podía haber muchos interesados en recibirlo7. En cuanto al “cuaderno primero” era fruto de sus propias elucubraciones, y posiblemente ambos fuesen dirigidos al mismo receptor que el de un tercer escrito, enviado desde San Ildefonso el 2 de septiembre del mismo año8. Abad se permitía una breve crítica sobre las exigencias que estimaban necesarias los Cinco Gremios para iniciar el comercio con aquella parte del mundo: “...los 22 artículos de los privilegios que proponen se pidan al rey para establecerlo son ambiciosos, destructivos del comercio en general, y sin otro objeto que el interés particular de su cuerpo, que debe ser inseparable de el de el Estado”9. Nada comparable con las exiguas exigencias de la sociedad de Juan Agustín de Ustáriz y Francisco de Llano San Ginés.

La Real Orden de 21 de febrero de 1779, que aceptaba el ensayo propuesto por dicha Compañía, se iniciaba con una exposición del motivo que la generaba: el deseo del rey de promover el comercio directo desde los puertos de la península con los citados por los solicitantes. Deseo que se fundamentaba, principalmente, en frenar las salidas de las inmensas sumas de dinero que extraían las potencias del norte a través del abastecimiento de los géneros y frutos de Oriente. Seguidamente se tenía en consideración el temor y la desconfianza que inspiraban a los comerciantes lo incómodo y peligroso del viaje y la demora en los retornos, valorando muy positivamente el ofrecimiento de la Casa de Ustáriz y San Ginés, que debería servir de estímulo a expediciones futuras.

Se admitió que la carga de ambos navíos fuese de cuenta de la Compañía, como solicitaban, dejando a su arbitrio la posibilidad de admitir partidas a flete. Se estableció exención de derechos para las sedas, especiería y algodones, excluidas las muselinas.10 Se aceptó la propuesta de utilizar las expediciones para transportar a los misioneros de las diferentes órdenes percibiendo 750 pesos fuertes por cada uno de ellos en concepto de pasaje.11 Se consideró habitual la exigencia de exclusividad en tanto se verificaba el ensayo y, condición de extrema importancia, se les concedió preferencia en el futuro por su calidad de iniciadores. Por último, se les agradecía la propuesta de conducir efectos del rey sin coste alguno para la Real Hacienda y se prevenía al gobernador de Filipinas de que a los interesados no se les pusiera el menor reparo para la ejecución de lo concedido12. Recibida la comunicación el 26 de febrero, prepararon la salida inmediata haciendo constar que entendían disponer de libertad de franquicia desde el puerto de Manila a cualquiera del continente asiático, aunque no se especificaba en el Real Decreto. Pretensión que resultó aceptada el 8 de marzo13.

Los antecedentes inmediatos a la propuesta de la Casa “Ustáriz y San Ginés” se remontaban a 1742, cuando Jerónimo de Ustáriz sugería la ruta de Buena Esperanza recogiendo anteriores proyectos. Durante un largo periodo de tiempo se sucedieron ofertas alternativas que intentaban irrumpir en el espacio largamente vedado por el Tratado de Tordesillas y modificar el flujo mercantil español del Pacífico. Proceso que se aceleró a partir de 1764, pues tras la toma de Manila por los ingleses se hacía evidente la necesidad de acometer cambios estructurales14.

En el año 1766 Francisco de Aguirre, Lorenzo del Arco y Antonio Rodríguez de Alburquerque habían hecho la oferta de formación de una compañía comercial a Filipinas con navegación directa por el cabo africano, oferta que fue analizada en el Consejo de Indias dentro de la Junta Especial creada para tratar temas relacionados con la mejora de comercio con el archipiélago. Elevada consulta al rey, Arriaga transmitía al marqués de Piedras Albas, Presidente del Consejo, la resolución acordada, fechada el 6 de diciembre de 1769. Recogía varias conformidades, pero especificaba que se entendía todo lo acordado: “...ínterin no determina S. M. el comercio directo desde estos Reynos a aquellas Islas”15. Tal determinación tardaría unos años en manifestarse.

Resulta curioso el expediente, al parecer paralelo, seguido por la gaditana firma de Francisco Melgarejo en nombre de Bernardo Van Dahl16 y otros sujetos, entre los que aparecen los anteriormente reseñados que, por lo tanto, duplicaban su intento17. Bernardo, de ascendencia rusa y vecino y del comercio de Cádiz desde hacía años18, propuso en varias ocasiones la posibilidad del comercio directo recibiendo advertencias en cuanto a la necesidad de presentar sólidas firmas españolas que le apoyaran y demandándosele capitales en consonancia al proyecto, en el que aseguraba tener interesados a personajes muy importantes que no querían hacerse “sonar” hasta conocer que contaban con el beneplácito del rey. Debió mostrar tanta insistencia que Arriaga ordenó el 22 de diciembre de 1768 que se repasaran los memoriales de Van Dahl, añadiendo una drástica nota personal: “...que ante todas las cosas presente firmas de casas acreditadas que afiancen sus proyectos, y que sin esta circunstancia excusase él u otro presentar por su mano papelones”.19

Durante un tiempo Bernardo se movió en la Corte, argumentando que en 1766 se habían aprobado en Cádiz sus iniciativas y que tenía encargo de Esquilache para desarrollarlas, llegando incluso a reclamar gastos por su estancia y gestiones. La Junta resolvió en su contra considerando la inexistencia de dicho encargo y la falta de afianzamiento por casas acreditadas en el comercio. Además, su calidad de extranjero llevaba a considerar la posibilidad de que operase en nombre de comerciantes holandeses, amén de que resultaba impensable llegase a dirigir una empresa integrada por españoles, por “violenta y poca airosa” situación20. En diciembre de 1769 se desestimaba en su totalidad el proyecto y se comunicaba al demandante la imposición de perpetuo silencio en el asunto, para evitar la molesta continuación de sus instancias21.

Cuando diez años más tarde se produjo el ofrecimiento de la sólida “Ustáriz y San Ginés” parece que quedaban resueltos los anteriores imponderables: la empresa contaba con una larga trayectoria comercial en la Carrera de Indias, estaba integrada por dos reputados hombres de negocios súbditos de Su Majestad y era sumamente conocida en Cádiz.

 

                           Rutas interoceánicas del comercio con Filipinas (Fuente: Exploramex 2.0)

 

                         Ruta por el Pacífico del galeón de Manila (Fuente: Asociación Cultural Galeón de Manila) 

 

La compañía “Ustáriz y San Ginés” en 1779

Los Ustáriz asentados en Cádiz durante el siglo XVIII provenían del valle de Vertizana y eran descendientes de Miguel de Ustáriz y Vertiz22, casado con María de Vertiz y Varverena. Se diferenciaban en dos ramas, una de la casa de Reparazea, la otra de la casa de Echandía23.

A la primera de ellas pertenecían los hermanos Juan Miguel24, Juan Bautista, Juan Felipe y Juan Francisco Ustáriz Gaztelu, que formaron compañía mercantil, así como José Joaquín, sacerdote, y otro Juan Miguel, denominado “menor”, que parece se mantenía al margen de las principales actividades del resto25. En la segunda estaba integrado Juan Agustín Ustáriz Micheo, marqués de Echandía desde 1763, que sería, a partir de 1772, compañero de Francisco de Llano San Ginés. La relación entre ambas ramas familiares se manifiesta muy intensa desde fecha temprana, aunque Juan Agustín solía actuar de forma independiente y al margen de los negocios de sus primos26, constando que, al menos desde 1750, ejercía en calidad de apoderado de los Cinco Gremios Mayores de Madrid27.

Cuando el 4 de diciembre de 1752 surgía la primera compañía mercantil de los Cinco Gremios, concertaron inmediatamente compañía con los Ustáriz, que ya se encontraban situados en la ciudad de Cádiz28, empezando su andadura conjunta el primer día del año de 1753 bajo el nombre de “Ustáriz y Compañía”29, actuando en Madrid Juan Miguel y en Cádiz Juan Agustín y Juan Bautista. Se estipuló una vigencia de la compañía de seis años, renovándose en términos de mayor grado de independencia para los respectivos socios30. En 1761 se iniciaban operaciones al margen de la actividad conjunta, que culminaron con la formación, por parte de los Cinco Gremios, de una nueva sociedad en 1764, explícitamente al margen de los Ustáriz31. Por parte de los hermanos aparecen fechados en 1762 los primeros síntomas de que también se preparan para trabajar de forma independiente, tanto de su socios madrileños como de su primo gaditano, y lo hacen acometiendo una doble actividad: la explotación de las fábricas textiles de Talavera de la Reina y el transporte de mercaderías propias y ajenas en los navíos que comienzan a incorporar a su patrimonio32.

Desconocemos la fecha exacta de formación de la sociedad “Hermanos Ustáriz y Compañía”, pero debió de producirse con anterioridad a la del 30 de marzo de 1762, pues en ésta ya habían firmado como tal empresa y con la citada denominación la proposición para mantener todas las fábricas de Talavera33. Sus primeras dificultades intentaron solventarlas con la creación, el 21 de junio de 1766 y por un plazo inicial de cuatro años, de la compañía”San Juan Evangelista”, formada por cuarenta y seis interesados34. No obstante, la sociedad tuvo una corta existencia35 y no solucionó los problemas económicos de los Hermanos Ustáriz, agravados por los recelos de guerra, las pérdidas económicas de las fábricas de Talavera y, más tarde, por el naufragio del Oriflame en la costa de Chile36. Por fin, el 23 de abril de 1772 se convocó el concurso de acreedores ante la imposibilidad de atenderlos37. Los de la plaza gaditana sumaban un total de 3.205.563 pesos y los de otras plazas alcanzaban 443.230 pesos, resultando un total de 3.648.793 pesos de 128 cuartos. La evidencia de la situación les llevó a aceptar un calendario de pagos dentro de la proposición que realizaron Francisco de Llano San Ginés y Juan Agustín de Ustáriz para seguir el giro de la sociedad por término de ocho años, con la denominación de “Juan Agustín de Uztáriz, San Ginés y Compañía” y bajo la dirección de ambos, asumiendo los activos y los débitos de los concursados hermanos38.

En cuanto a Francisco y José de Llano y San Ginés procedían del Concejo de San Pedro de Galdames, en Vizcaya. José, el primogénito, fue bautizado el 20 de marzo de 1720, y Francisco Antonio, el menor de la familia, el 4 de octubre de 1732. Eran hijos de Lucas de Llano y Arce y de Catalina San Ginés Somiano39.

Ambos hermanos pasaron unos años en América. Francisco, que contrajo matrimonio el día 7 de junio de 1753 con Doña Francisca Fernández Justiniano en la ciudad de Buenos Aires, había ejercido en el Río de la Plata varios puestos de importancia, entre ellos el de Administrador General de los treinta pueblos guaraníes, habiendo contribuido económicamente a la expulsión de los jesuitas40. Tras su retorno a Cádiz en 1770 y una vez afianzada su posición en la ciudad41, acometió en 1772 la gestión de la Compañía Ustáriz y San Ginés asociado con Juan Agustín de Ustáriz, tras el descalabro de la empresa antecedente42. Según Pedro de Cevallos, acérrimo crítico del gobernador Bucarelli, Francisco estuvo involucrado en las actividades del mismo durante su estancia en Buenos Aires, acusando a ambos de enriquecerse con medios ilícitos. Afirmaba que San Ginés se había visto obligado a invertir en la Casa de Ustáriz aceptando el chantaje al que le había sometido Vertiz, sucesor de Bucarelli, a cambio de ignorar sus actividades delictivas:

Las cosas de esta provincia están en malísimo estado desde que el bueno de Bucarelli sirvió de azote y lo puso todo en un desorden imponderable. Sus robos y maldades carecen de ejemplo [... ]Y no se hace increíble a los que saben, haber registrado Don Francisco San Ginés, que a mi salida de Buenos Aires era un pobrete, y que fue en su compañía, y le sirvió para sus robos, quinientos mil pesos.

[…] se metió en la Casa de Ustáriz, aunque hundida, para que Vertiz, que es pariente y acérrimo apasionado de la misma Casa, no le descubriese sus cacas, antes le apoyase, y favoreciese, como en virtud de las fuertes recomendaciones de sus parientes lo ha practicado.43

Entre la fecha en que asumieron el giro de la empresa y la que posteriormente pasará a ocuparnos, en relación al viaje a Filipinas, habían transcurrido siete años. Los nuevos socios habían realizado 25 expediciones a Indias y se habían distinguido por una conducta agresivamente innovadora dentro del sector naviero gaditano. Afectados por la legislación de febrero de 1778, que ampliaba las primeras disposiciones liberalizadoras de Barlovento a las zonas del Río de la Plata y Callao, donde disponían de permisos de registros anuales que quedaban sin sentido, la promulgación del Real Decreto de Comercio Libre de 12 de octubre de 1778, y posiblemente alguna instrucción desde altas instancias, abrió nuevos cauces muy acordes con su marcada iniciativa empresarial.

 

El Hércules en 1779

El navío San Francisco de Paula, alias el Hércules, se había construido en 1766 a expensas de Manuel Prudencio de Molviedro44 en el paraje nombrado Roqueta, en la bahía de Puntales, en la costa de camino de Cádiz a la Isla de León. Su construcción, que fue dirigida por Matheo Mullan, había sido diseñada para utilizarlo como buque mercante. Según la evaluación efectuada en el viaje que efectuó en 1776, tenía una eslora de 62 metros, 54 de quilla, 16 de manga y 8 de plan, con un tonelaje de 505 3/8 de bodega y 50 de entrepuentes, y estaba armado con 22 cañones de calibre de 6.

En su primer viaje partió hacia El Callao el 19 de marzo de 1768, actuando como maestre Matías Manuel de la Peña. Hubo de vencer dificultades en la travesía al haberse estropeado parte de la alimentación, y llegó a su destino el 18 de noviembre de 177045. Tras su regreso a Cádiz realizó su segundo viaje, todavía bajo la propiedad de Molviedro, integrado en la Flota capitaneada por Luis de Córdoba, que se dirigía a Veracruz, volviendo a Cádiz en 177446.

Su adquisición por la compañía Ustáriz y San Ginés se efectuó de forma tan forzada que incluso requirió investigación demandada por el monarca47. Las dimensiones de los barcos propiedad de la compañía habían levantado protestas entre los navieros, que se dirigieron al monarca exponiendo los problemas que atravesaba la plaza. Argumentaban que aplicando los precios de fletes usuales las expediciones solían ser deficitarias y que la limitación del tamaño de la nave impedía las ventajas de la economía de escala proporcionada por la utilización de los grandes barcos propiedad de Ustáriz y San Ginés, que optaban por competir con bajada de fletes de forma reiterada y agresiva:

...acaba de avisar por medio de Cartas circulares, firmadas de su puño, a todos los Individuos Cargadores de este Comercio, que se obliga a llevar voluntariamente a los dichos Puertos del Sur, todas las ropas que se le cargasen en su Navío San Nicolás, por sólo el flete de nueve dozavos... este paso tan extraordinario, como hasta ahora no visto en este Comercio, así por la sustancia de él, como por el modo con que se ha dado, no parece conspirar menos, que a la ruina general del Ramo de Navieros.48

Y no obstante todas las consideraciones que se le han hecho presente al Don Francisco de San Ginés, socio de dicha Compañía, no han sido suficientes a persuadirle siga con el arreglo a que los demás estamos sujetos; mediante del último de S. M. de fletar a doce dozavos, haciéndole conocer que de lo contrario, es pretender su sacrificio, y el nuestro…49

...hallándose prontos a recibir carga el navío El Buen Consejo, El Hércules, y las Fragatas Astuto y Jesús María y Joseph, con el propio destino, a imitación del año antecedente, con cartas circulares, ofrecieron la misma bajada de fletes los citados Ustáriz, San Ginés y Compañía, dueños del Buen Consejo, que es el navío marchante de mayor buque que se conoce…50

Según los firmantes, dicha política de rebajas había conseguido que ni el navío el Hércules ni la fragata Jesús, María y José pudiesen conseguir habilitación de carga y que los dueños del primero se vieran obligados a vender su barco a la empresa que tan duramente les agredía51. Estimaban que conseguirían arruinar a todos los demás dueños de embarcaciones si no se tomaban urgentes medidas al respecto, y recordaban que en los últimos 10 o 20 años eran muchos los empresarios declarados en quiebra, entre ellos la misma Casa (aunque con distinto nombre) que era objeto de sus encendidas denuncias: “...habiendo suspendido el pagamento de 3.648.000 pesos en el año próximo pasado de 1772, descubierto de la mayor cantidad que hasta el presente se haya visto en España en ninguna Casa de Comercio”52.

La compraventa de la nave, por un precio de 24.500 pesos de a quince reales de vellón53, no se documentó formalmente hasta el 17 de mayo de 1776, aunque el viaje de 1774, tercero en la historia de la nave, en que el registro se iniciaba a nombre de su anterior propietario, ya se efectuó por cuenta de la compañía “Ustáriz y San Ginés”. Salió de Cádiz el 18 de enero de 1774, actuando como maestre Manuel Martínez Romo, y volvió el 13 de septiembre del siguiente año54.

Admitido el Hércules para la realización de un viaje a Buenos Aires en 1776, resultó incautado por Pedro Cevallos para su segunda expedición al Río de la Plata, que partió de Cádiz el 13 de noviembre de 177655. La vuelta, en febrero de 1778, lo hizo por cuenta de la Compañía por permiso especial y con cargamento de cueros, actuando como maestre Juan Ángel Calvo56.

En el año 1779 se encontraba preparado para iniciar un nuevo viaje, pero esta vez en dirección a Extremo Oriente a través del cabo de Buena Esperanza.

 

             Galeón. Pintura de Rafael Monleón. Museo Naval de Madrid. (Fuente: Foro Xerbar)

 

II- Los proyectos de José de Gálvez y la colaboración de Francisco de Llano San Ginés: Málaga, Annobón, Fernando Poo y... Filipinas

Tal vez la primera relación conocida de José de Gálvez con las remotas tierras de Filipinas sea su nombramiento en 1750 como gobernador de Zamboanga durante un período de cinco años, empleo por el que tuvo que pagar un total de 1.500 pesos fuertes57. Al parecer no llegó a ejercer el cargo, tal vez porque su matrimonio con Lucía Romet posibilitó su integración en determinados círculos económicos58, pero sus actuaciones posteriores demostraron que no había perdido el interés por las islas.

En 1764 era Alcalde de Casa y Corte y entre los años 1765 y 1772 ejerció el cargo de Visitador de Nueva España donde, en la expedición fronteriza de 1768, cedió el mando de las tropas al coronel de Dragones Domingo Elizondo59. En nuestro intento de buscar explicaciones a las manifiestas relaciones entre Gálvez y los hermanos Llano San Ginés anotamos la circunstancia de que José de Llano estaba casado con María Elisa de Elizondo, desconociendo si existía entre los citados la relación familiar que insinúa el apellido. Otra característica común que hemos considerado era la de que tanto Gálvez como Francisco de Llano se habían distinguido en las expulsiones jesuíticas del virreinato de Nueva España y de la gobernación del Río de la Plata respectivamente, pero desconocemos igualmente si esa circunstancia pudo establecer algún tipo de vinculación entre ellos. De cualquier forma, es frecuente la alusión bibliográfica a la amistad que los citados personajes se profesaban60 y resulta evidente, por los hechos que protagonizan, que las relaciones entre ellos debían ser, cuanto menos, cordiales.

A partir de 1776, en que Gálvez asumía la Secretaría de Estado del Despacho Universal de Indias, comienza su implicación en numerosos proyectos innovadores. Precisamente en ese año se creaba el Virreinato del Río de la Plata de forma provisional, esperándose al siguiente para la ratificación definitiva por Carlos III, a propuesta de Gálvez, en su calidad de ministro de Indias. Y también precisamente en ese año había partido el navío Hércules en la expedición de Casa Tilly, incautado para transportar las tropas de Cevallos, necesarias en dicha zona a causa de las desavenencias que venían sucediéndose con los portugueses61. Uno de los oficiales enviados en esa expedición era el coronel Felipe de los Santos Toro, conde de Argelejo62.

Por el tratado de San Ildefonso, fechado en 1777, y su ratificación en El Pardo en 1778, España recuperaba la colonia de Sacramento y las misiones orientales del Uruguay. Pero de forma secreta se le cedían, además, las islas de Fernando Poo y Annobón. El 2 de febrero de 1778 la fragata Santa Catalina llegaba a Montevideo con el nombramiento de Argelejo, firmado por José de Gálvez, para capitanear la expedición que debería tomar posesión de aquellas islas. En abril partían de Montevideo hacia las mismas las fragatas Soledad y Santa Catalina y el bergantín Santiago63. La expedición se había clasificado de secreta64.

Es cierto que la posesión de las islas africanas podría aportar alguna solución a las necesidades atendidas principalmente por negreros holandeses65. Pero, sobre todo, no podía escapar a Gálvez la importancia de la colonización mercantil de la costa de Guinea para ser utilizada como escala en la posible ruta a Filipinas por el cabo de Buena Esperanza66. Ello explicaría su intervención en el tratado del Pardo y su atención entusiasta a la expedición de Argelejo67, conductas que entendemos se encuadraban en su proyecto de navegación a Asia por una ruta alternativa. Años más adelante los apoderados de Ustáriz y San Ginés recordaban su implicación cuando se referían al viaje entre Cádiz y Manila: “Y aunque esta expedición, hecha a impulsos de V. E. y en crédito y beneficio de la nación...68

En ambas expectativas, relacionadas con los continentes africano y asiático, así como en su deseo de integrar el puerto malacitano en el libre comercio a América, contó Gálvez con el decidido apoyo de Francisco de Llano San Ginés a través de las dos sociedades en las que participaba: “Ustáriz y San Ginés” en Cádiz y “José de Llano San Ginés y Compañía” en Málaga.

En los primeros días del año 1779 se comenzaron a manifestar los importantes proyectos de José de Gálvez, relacionados con el nuevo marco jurídico definido en el Reglamento de Comercio Libre. En la península destacaba su interés por la provincia de Málaga, de donde era oriunda su familia, y más concretamente por la villa de Macharaviaya, cuna de la misma, donde se implantó una fábrica de naipes. En la citada localidad pensaba Francisco de Llano San Ginés establecer una fábrica de toda clase de sombreros y en sus inmediaciones otra de medias a la genovesa69. De esta forma completaba su vinculación a la provincia tras el ofrecimiento de establecer una Casa de Giro en Málaga con el nombre de “José de Llano San Ginés y Compañía”, con participación de ambos hermanos y la incorporación como delegado en la plaza del yerno de Francisco, Juan Felipe de Madariaga Arzueta. La aprobación de tal iniciativa llegaba el 22 de febrero, siete días más tarde de la solicitud inicial.

En principio tenían previsto matricular dos barcos, la Divina Pastora, alias el Brillante, y el San Pedro, al que nos referiremos posteriormente. Ambos pertenecían a José de Llano que, a partir de ese momento, cambia documentalmente su titularidad personal por la de la razón social que constituye con su hermano para volver, tras la muerte de Francisco, a su denominación particular. Desistimos de enumerar las condiciones en que se realizaría el tráfico de la sociedad, pues ha sido suficientemente reseñado en anteriores trabajos70. El 15 de abril partía la Divina Pastora de Cádiz a Málaga para proceder a su carga y el 15 de junio lo hacía desde este último puerto con rumbo a Veracruz portando, entre otras mercaderías, barajas de naipes de Macharaviaya por cuenta de la Real Hacienda71. Resulta interesante conocer la importante financiación de los Cinco Gremios Mayores de Madrid que se elevaba, en una única escritura, a 208.053 pesos y cuatro reales de plata72, prácticamente la totalidad de la que requirió la expedición73, corriendo riesgo sobre 9.700 barriles de aguardiente y con la obligación mancomunada de los hermanos Llano. La Casa de Giro malagueña, como el resto de los proyectos a los que venimos aludiendo, tuvo una existencia efímera por la temprana muerte de Francisco.

Como indicamos anteriormente, un mes antes de iniciar la negociación malagueña, concretamente el 15 de enero, la empresa “Ustáriz y San Ginés”, formada por Francisco de Llano San Ginés y Juan Agustín de Ustáriz, había propuesto acometer una ruta directa a Filipinas. La concesión se fecha el día anterior al que se otorgaba el comercio con Málaga a la otra sociedad participada por Francisco. Pero, además, tres días antes se emitía una Real Orden con instrucciones de enviar socorros urgentes a las islas y costa de África, donde la expedición de Argelejo llevaba meses afrontando serias dificultades, a pesar de haberse visto reforzada con la fragata Nuestra Señora de Gracia74. El día primero del agitado mes de febrero -en que tantas decisiones importantes se tomaban en relación a Francisco de Llano y sus sociedades- se había firmado un extenso contrato con Larrea, capitán del navío San Pedro, para dirigirse a Fernando Poo, Annobón, o cualquier otro destino donde pudiese encontrarse Argedelos. De esta forma dos proyectos de Gálvez se vinculaban en un cortísimo espacio de tiempo a la sociedad formada por los hermanos Llano con sede en Málaga. Y nos consta su particular implicación: “... nos constituye en el más sublime reconocimiento, por la dignación que merecemos en haber sido de la Real aprobación; conociendo desde luego deberla a la protección de V. E...”75.Tal vez la decisión de que el comercio a Filipinas tuviese la titularidad de la gaditana “Ustáriz y San Ginés” y no la de “Llano y San Ginés”, con la que se acometían los anteriores proyectos, podría deberse a que aquélla se trataba de una sólida empresa con diecisiete años de antigüedad y propietaria de una importante flota, reuniendo las características que se habían exigido a los anteriores ofrecimientos de tráfico con las islas, según explicamos en la primera parte de nuestro relato. No sucedía así con la empresa malagueña, de reciente creación y con un limitado número de barcos. El segundo de ellos, el San Pedro, de porte de 588 toneladas, debía dirigirse en auxilio de los expedicionarios de África76.

En enero había vuelto el paquebote77 Santiago portando notas de las tropas de Argelejo e indicando las dificultades que estaban encontrando78. Inmediatamente se ordenó la salida de un buque de apoyo, y con este objeto se contrató en su totalidad el San Pedro, exceptuando el alojamiento de la tripulación y el sitio necesario para rancho, aguada y pertrechos79. El fletamento a cobrar sería, como mínimo, de ocho meses a partir del primero de febrero de 1779, correspondiente a 400 de las toneladas del buque a razón de 8 pesos por cada una, incrementándose si se alargase en el tiempo, y se pagaría, además, Mesa de oficiales. Si quedase el barco libre, una vez cumplido su cometido, se le autorizaba para partir a Montevideo u otro puerto por cuenta de los contratantes80.

Argelejo murió a bordo de la fragata Santa Catalina el 14 de noviembre de 177881, aunque la noticia no llegó a Cádiz hasta el 12 de marzo siguiente82. Dado que el San Pedro retrasó su salida, esperando un vestuario que debía llegarle desde Sevilla, y que el 16 de marzo aún no había podido zarpar, por tenerse noticias de que habían pasado al océano seis embarcaciones argelinas83, partirían hacia África conociendo el fallecimiento de Argelejo y la dramática situación de los expedicionarios, cuyos escasos supervivientes, tras numerosas peripecias, abandonaron África de regreso a Montevideo el 30 de diciembre de 178184.

Paralelamente a la ejecución de los movimientos reseñados, de Málaga a América, de Cádiz a las islas y costas de África, se desarrollaba el importante proyecto en dirección a Extremo Oriente: el comercio directo de Cádiz a Filipinas por la ruta de Buena Esperanza.

 

III- Primer viaje a Extremo Oriente de El Hércules. Cádiz, Filipinas, Macao, Acapulco, Guayaquil, Callao (1779- 1782): un proyecto de “Ustáriz, San Ginés y Compañía”

Entre los variados informes que Francisco Leandro de Viana, conde de Tepa, elaboró sobre variados aspectos de las Islas Filipinas, destacamos, por su temática y fecha, el dirigido el 23 de agosto de 1778 al Consejo de Indias, referente a la suma importancia del comercio de las islas.85 La evidencia de tal realidad, las posibilidades que brindaba el Reglamento del Comercio Libre de octubre del mismo año y, como hemos puesto de manifiesto, el apoyo de Gálvez y la iniciativa empresarial de la compañía gaditana Ustáriz y San Ginés se plasmaron en la realización de un primer viaje comercial directo desde la Península a Filipinas, que daba comienzo el 2 de abril de 1779: “...en la mañana de hoy se hizo a la vela el navío El Hércules... con arreglo a la Real Instrucción de 12 de octubre del año próximo pasado y la Real Orden del 21 de febrero del presente...”86.

 Actuaba en calidad de maestre Domingo de Gorosarri, que debía entregar las mercancías y plata amonedada enviadas por la Compañía a los apoderados Domingo Francisco de Acevedo, José de Muguerza y Domingo Bautista de Olavarrieta.

Tabla 1

Las cuentas de habilitación del navío ascendieron a 84.316 pesos de 128 quartos por lo que se autorizó asegurarla en esa cantidad, haciéndose una primera póliza de 70.000 pesos el día 2 de abril, donde se explicita la salida de la nave, y una ampliación hasta 81.000 pesos, fechada el 10 de junio de 1779, cuando llevaba dos meses de navegación87.

La mercancía se valoró en el puerto de Cádiz en 3.896.955 reales de vellón de géneros españoles, sobre los que no se pagaron impuestos, y 397.336 reales de vellón de géneros extranjeros, que pagaron el 7%, 27.812 reales de vellón. En total 4.294.291 reales de vellón, es decir, 286.286 pesos. Anteriores trabajos no localizaron su carga88, pero nosotros hemos tenido ocasión de comprobar el detalle de sus 50 registros y conocer que los socios Ustáriz y San Ginés actuaban en 37 de ellos en calidad de cargadores, ascendiendo a 41 aquellos en que la mercancía viajaba de su cuenta y riesgo. No cabe duda que era una expedición gestada y asumida por la empresa que regentaban, correspondiéndoles carga por un valor de 3.821.274 reales de vellón. De ellos, 3.300.000 reales se referían a 164.000 pesos fuertes amonedados, destinados a la adquisición de mercadería del Extremo Oriente, y 316.020 reales correspondían al género extranjero, que les pertenecía en su totalidad exceptuando el registro número 27, a nombre de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, valorado en 81.316 reales de vellón89, marcado con las siglas 5G y destinado a ser entregados a Francisco Antonio del Campo o a Pedro Antonio de Escuza. Los efectos del antiguo palmeo originaron en el registro elaborado según el nuevo sistema de Comercio Libre listas interminables de productos: hilos de oro, encajes, marcos, espejos, naipes, papeles o libros, cuya descripción hemos obviado por su excesivo detalle90.

No podemos olvidar la financiación del evento, para el que se formalizaron 36 operaciones por un total de 272.989 pesos de 128 quartos y 22.980 pesos fuertes. Los deudores más significativos fueron los propios socios de la empresa que asumía el proyecto, resultando obligados en un total de 21 operaciones por un total de 241.301 pesos de 128 quartos La mayoría de ellas se firmaron el día 17 de marzo, en la notaría de Fernández de Otaz. Teniendo en cuenta que ninguna se emitía sobre casco y quilla, puesto que habían asegurado el barco por el máximo permitido, podemos afirmar que la empresa financiaba la totalidad del coste de habilitación y una pequeña porción de mercadería, sumando entre ambos conceptos una inversión aproximada de 97.766 pesos de 128 quartos, un 26% de la operación.

Otros deudores significativos eran el maestre, que suscribía un total de 20.260 pesos fuertes y 26.398 pesos de 128 quartos, y el cirujano José de los Reyes, titular de operaciones por importe de 4.420 de esta última moneda91. El fallecimiento de éste último originó la tramitación de la liquidación de sus bienes, circunstancia que nos ha proporcionado datos de gran interés sobre el devenir de los expedicionarios, a los que haremos alusión en su momento.

Al mes de partir la nave se había enviado una carta reservada al gobernador de Filipinas afirmándole que el rey estaba resuelto a declarar la guerra a la Gran Bretaña. Se le indicaba que, durante la guerra, se permitiría el aprovisionamiento de las dos Américas con géneros de la China y el resto de Asia a través de Nueva España y el Perú, para mantener el nivel del comercio y de los ingresos de la Hacienda Pública92. Esta misiva influiría en el posterior equívoco del gobernador de Manila, que posibilitó el cambio del circuito previsto a la salida de Cádiz. Llegada a Filipinas la noticia de la declaración de la guerra, se alteraron los planes del Hércules, que veía impedida su vuelta por el camino previsto, provocando la petición de los apoderados de la Casa para despachar la expedición a Acapulco, después de tocar Cantón o Macao, para continuar a Lima, Guayaquil u otro de los puertos del Sur93. Parece que los expedicionarios conocieron el inicio de la contienda en camino, más allá de la bahía de Las Tablas, en el cabo de Buena Esperanza, continuando su navegación hasta Manila, donde llegaron con éxito94. El 8 de agosto el conde de Tepa escribía a Gálvez desde Manila haciéndole el halago de considerar que tal vez le había reservado Dios la gloria de dar a conocer el valor de las Filipinas, equiparable al vasto Imperio de las Indias Occidentales95. Tal misiva afianza nuestra sospecha del empeño personal del Secretario de Estado.

Nos consta que en los primeros días de 1780 se mantuvo el inicial objetivo. Así se manifiesta en la operación de riesgo de 33.000 reales de vellón que formalizó el cirujano José de los Reyes el 31 de diciembre de 1779 con el capellán de la fragata Juno, destinada a financiar la adquisición de mercancías en Cantón, donde tenían previsto dirigirse a primeros de marzo96. Igualmente en la primera carta que enviaba a su mancomunado, Don Francisco Gómez, el 8 de enero de 1780, describiéndole la abundancia de género existente en el mercado, la imposibilidad de colocar sus mercancías y la necesidad de demorar un año el retorno por haber llegado tarde a Manila y precisar de un tiempo prudente para comprar en Cantón y partir desde allí el mes de diciembre. Por tanto, el calendario fijado en ese momento comprendía salir de Manila en abril de 1780 (como al parecer lo hicieron el día 22)97, cargar en Cantón durante unos meses, largar velas a finales del año y llegar a Cádiz en junio o julio de 178198. La carta segunda es de muy distinto signo: fechada en Macao el 15 de enero de 1781, comunicaba que habían llegado a dicho puerto el 18 de mayo de 1780 y que tenían previsto dirigirse a Acapulco en los primeros días de abril de 1781: “...el viaje puede sernos de utilidad y ya tengo empleado nuestro dinero en género de costa...”99.

Llegados a este punto, debemos detenernos ante la evidencia del cambio de planes. Puesto que el 10 de mayo de 1780 había remitido el gobernador de Filipinas a José de Gálvez el oficio en que comunicaba el permiso concedido al navío Hércules para navegar a Acapulco, sabemos que dicho viaje se propone y se concede durante la vida de Francisco de Llano San Ginés, aunque por la fecha de la carta reseñada anteriormente conocemos que después de su fallecimiento (del que obviamente no tendrían noticias, por acabar de producirse) aún no se había iniciado la travesía que rompía el monopolio transpacífico. Además, según las noticias de que dispone el cirujano, el viaje se proyecta con el mismo circuito del Galeón: “De Acapulco es regular que volvamos a Manila”100.

Estimamos que entre el 16 de junio de 1779, en que se declaró la guerra, y el 10 de mayo de 1780, en que tenemos la primera constancia del cambio de planes, pudo producirse la llegada de instrucciones a los apoderados en Filipinas, pues creemos que difícilmente se debería a su iniciativa decisión tan importante. Más bien pensamos que San Ginés y Ustáriz verían en la declaración de la contienda un inmejorable pretexto para competir con el centenario Galeón.

En la tercera de las misivas, fechada en Macao el 6 de febrero de 1781, muestra José de los Reyes su preocupación por la respuesta de sus acreedores ante el cambio de ruta101. Preocupación que, en mayor escala, también afectaba a los nuevos responsables de la empresa tras la muerte de ambos socios, Francisco en los últimos días del año1780 y Juan Agustín en los primeros de 1781102. Según Juan Felipe de Madariaga, yerno y albacea de San Ginés, dada la nueva ruta que seguiría la nave resultaba imposible cumplir los plazos de retorno y los titulares de los préstamos se negaban a anular la cláusula que penalizaba con medio punto al mes, por todos los que corriesen después de pasados veinte de la salida de Cádiz. Por ello, solicitaba el arbitrio del rey, proponiendo que los acreedores y la compañía formasen una masa común y se repartiese en proporción a cada uno el resultado del viaje a la vuelta del navío. Como alternativa sugería que se liquidasen los préstamos en Acapulco, de forma que se conmutase el segundo riesgo, de Manila a España, por el de Macao a dicho puerto, según el importe de las escrituras, pero entregando peso doble de plata de aquel reino por sencillo que debía satisfacerse en Cádiz. La solicitud está fechada en esta ciudad el 23 de abril de 1781, y se afianzó con el memorial que el 2 de mayo dirigió a José de Gálvez Miguel José de Ustáriz, hijo de Juan Agustín. Le recordaba que la expedición se hizo “a sus impulsos” y en “crédito y beneficio de la nación”, y justificaba el cambio de circuito poniendo de manifiesto el peligro de permanecer en Filipinas, amenazada por los ingleses. Cifraba el importe de los préstamos en 330.000 pesos de 128 quartos (cantidad que excede en un 36% del montante registrado al que nos hemos referido anteriormente103) e indicaba que los acreedores no aceptaban las propuestas de la Casa y se consideraban libres de correr el segundo riesgo, alegando cambio de destino, ya que en las escrituras se estipulaba retorno a algún puerto europeo. Valoraba el viaje desde Manila a Acapulco en 400.000 pesos, entre el navío y la carga, y exponía que en caso de pérdida habría que añadir los 330.000 pesos de las obligaciones reseñadas, llegando a un descubierto de 700.000 a 800.000 pesos, que supondría la ruina de la Compañía104.

El 15 de mayo se encontraba el barco navegando y la Casa corriendo el riesgo total, por falta de acuerdo, por lo que se decidió imponer el arbitraje del presidente de la Casa de la Contratación al tener en cuenta que el motivo principal de lo ocurrido había sido la guerra, unida a las disposiciones del Monarca en cuanto a la retención preventiva de naves, que no deberían navegar sin conserva105. Instrucciones que habían sido mal interpretadas por el gobernador de Manila, tal vez agobiado por la mala disposición que el comercio local dispensaba a los nuevos competidores:

...en una palabra, si yo no estoy aquí, crea V. E. firmísimamente que estos honrados sujetos (bien diferentes de los de Manila) ya habrían levantado la casa, y tomado la resolución de volverse por donde pudieran, viendo doblegadas por este comercio las especies más contrarias a las sabias máximas de la corte, haciendo creer al público que la casa de Ustáriz y los Gremios de Madrid han venido a perder el Comercio de las Islas.106

Por esa predisposición a favor de los recién llegados o porque, efectivamente, la normativa se prestaba a interpretaciones, el gobernador José de Basco y Vargas autorizó el viaje directo desde China a Acapulco siendo desautorizado, de orden del rey, en misiva fechada en Aranjuez el 11 de junio de 1781 y previniéndole de la necesidad de realizar un escrupuloso fondeo en Acapulco para cobrar los derechos pertinentes, tanto los correspondientes al reglamento particular de Filipinas, como los que hubiera debido pagar en Manila si hubiese formalizado el registro de su carga, volviendo de Cantón antes de partir a América. Dicha prevención se enviaba también directamente al virrey de Nueva España en la misma fecha107.

Paralelamente a dichas disposiciones, y también en esa misma fecha de 11 de junio de 1781, se firmaba en Cádiz el acuerdo de los escriturarios, y Gálvez quedaba puntualmente informado:

Los riesgos desde Manila, a Acapulco, o otra cualquiera parte por donde haya emprendido viaje el navío Hércules, son por convenio enteramente de cuenta de la Casa de Ustáriz y San Ginés; y a consecuencia se asegura por sí, según tenga por conveniente, sin que los escriturarios tengan que ver con nada adverso en este asunto.

Los escriturarios, en obsequio de la alta inmediación intervenida en este particular y en logro de evitar todas cuestiones y complacer a la Casa en el caso ocurrido, admiten la proposición de ser pagados en México con solo la mitad del premio y sobre premio de sus escrituras, de modo que siendo el todo un 60%, con solo el 30% deben cobrar sus principales y premios, en igual cantidad de pesos de aquella moneda, para lo que habrán de darse libranzas de un tenor por la Casa en toda forma, a satisfacción de los escriturarios y otorgarse escritura de este acuerdo.

Que en el caso de no ser pagadas en el todo o parte y por tanto protestadas las libranzas a su presentación de vuelta, debe pagar aquí la casa el equivalente, a menos que se halle sin fondos suficientes en aquel día en cuyo caso se pacta por condición que se acordarán los plazos que se tengan por regulares para el pago.

Que el medio punto acordado en la escritura por la demora desde los últimos meses de la salida, se transige en que solo sea un cuarto, hasta el tiempo de haberse de pagar las libranzas, desde el cual, sino se verificase será medio punto al mes por la más demora que se concede.

Que en el caso de perderse el navío antes de llegar a Acapulco, como que sus fondos se imposibilitan para el pago allí, que este se habrá de hacer del principal y el 30% del premio y del cuarto % desde los veinte meses luego que se tenga la noticia en Cádiz, con las esperas o plazos que si fueren precisos se acuerden entonces.

Que el pago del principal y 30% que se ha de hacer en México ha de ser en pesos de aquella especie por peso de acá, y si la paga fuese aquí en otros tantos pesos de 128 quartos108.

 El 13 de diciembre de 1781 llegaba el Hércules a Acapulco valorándose su carga en 224.384 pesos, aunque aplicándole precios de compra en Filipinas quedaba reducida a 206.212 pesos109. Cifras ambas bastante alejadas de los 400.000 pesos en que las habían evaluado en sus escritos Madariaga y el joven Ustáriz. El registro de su carga, fechado en Acapulco el 2 de enero de 1782, ha sido publicado en anterior estudio, al que remitimos110. El virrey de Nueva España, al informar de la liquidación de los correspondientes derechos, indicaba a Gálvez que el 5 de enero de 1782 le habían ofrecido el navío para lo que se le ofreciera en caso de volver a Manila y que había autorizado dicha vuelta, condicionándola a que tenían que hacerla de vacío.

Sin embargo, el 25 del mismo mes continuaba el navío en Acapulco esperando se celebrase la feria, para lo que ya habían llegado los comerciantes mejicanos. Las expectativas eran buenas, hasta para el cirujano Reyes que, enfermo y cansado, había decidido no volver a Manila en el barco, cuya salida era inminente, y quedarse en México111. Tampoco el Hércules volvió a Manila, a pesar de lo previsto. Partió a Guayaquil para carenar y posteriormente llegó a Lima. En este puerto se iniciaba una aventura de muy distinto signo112.

 

IV- Segundo viaje a Extremo Oriente de El Hércules. Callao, Paita, Macao, San Blas, Callao (1783- 1785): un ardid de los comerciantes de Lima

Los autos de la liquidación post mortem que correspondían a Francisco de Llano San Ginés fueron iniciados el 3 de abril de 1782. Los bienes se encontraban afectos a los créditos de la compañía Ustáriz y San Ginés, de la que había sido socio, existiendo gran dificultad de segregación por la existencia de otro socio, igualmente fallecido: “...no pudiendo liquidarse las cuentas...sufriendo ínterin la común masa el mantenimiento de ambas familias, sin aquella independencia que a cada uno pertenece,...”113. El 12 de febrero de 1790, nueve años después del fallecimiento de Francisco, sus herederos decidieron poner solución a la compleja situación testamentaria, aun manteniéndose el interés particular de cada uno de los interesados.

Y deseando reducirnos a mejor situación, terminar el examen de las cuentas pendientes hasta este día, y hacer la división del caudal que nos corresponde, hemos reflexionado que en nada se perjudican las obligaciones que aún subsisten, pues siendo responsables los bienes del difunto señor Conde, lo es igualmente cualquiera de sus herederos y partícipe en dichos bienes...114.

De esta forma, las actuaciones que en el año 1798 ejerce Manuel Cano, segundo marido de Francisca Fernández Justiniano, viuda de San Ginés, contra la Casa de Aguado y Guruceta de Cádiz, por los productos de tres cargamentos de té remitido desde Cantón, se formalizan a nombre de la referida, aunque existieran otras partes demandantes “...interesados en las reliquias de la compañía de Ustáriz y San Ginés”115. A través del expediente incoado hemos podido completar la información de las peripecias del Hércules después de finiquitar el viaje expuesto con anterioridad.

El día primero de agosto de 1782 Juan Félix de Berindoaga, conde de San Donas, apoderado de la Casa en Lima, solicitó permiso de registro a Filipinas116. Sin embargo, cuatro días después escribía a Juan Felipe de Madariaga para hacerle saber que había procedido a la venta del Hércules al comerciante limeño José González Gutiérrez por el precio de 50.000 pesos fuertes. Era una operación que parecía lógica, puesto que la Casa, fallecidos los socios, estaba liquidando sus negociaciones mercantiles, principalmente las que tenía al otro lado del mar117. Según consta en el expediente referido, el 15 de julio de 1783 recibió Berindoaga aprobación de la venta del navío. Venta que el apoderado aseguraba que se había efectuado de forma sigilosa, puesto que el navío pensaba destinarse a realizar un viaje a nombre de la Compañía pero sin que la misma interviniera. Venta que la viuda de San Ginés alegaba que se había hecho de forma simulada y que en realidad no se había producido.

En 1782 José González Gutiérrez, que luego sería conde de Fuente González, era alcalde de Lima118. Consciente de la importancia económica de la operación que emprendía, incorporó a la misma a sus amigos119y a su yerno120. La licencia del visitador Escobedo otorgada al apoderado Berindoaga para navegar a Cavite y Macao tiene fecha de 5 de septiembre de 1782 y, al parecer, se acababa de denegar similar permiso a los comerciantes limeños121, lo que justificaría el engaño con el que se acometía la nueva operación. Posteriormente se concedió que el viaje partiera de Paita122y se cerrara directamente en Macao, sin pasar por Filipinas, en una evidente vulneración de las normas seculares123. Los asociados firmaron un papel de contrata con 21 disposiciones, previniendo que Berindoaga se embarcase como sobrecargo, para vigilar la expedición, llevando como segundo a Matías de Larreta y percibiendo, además de los beneficios de su participación, un 8% sobre las ventas124.

El 12 de junio de 1783 el rey aprobó este permiso hecho en tiempo de guerra125, advirtiendo que al haber llegado la paz no se permitía en lo sucesivo la introducción de ropas de China en Perú, por lo cual el barco debía navegar de retorno a Nueva España o a la Península, salvo imposibilidad, en cuyo caso deberían pagar los mismos derechos que se cobraban en Acapulco. También se les cobraría por la salida de Manila y por el dinero salido de Lima. Por último, se previno a Manila que si aún permanecían en su puerto cuando llegasen las instrucciones, se retornara a España por el cabo de Buena Esperanza. Las órdenes se cursaron para Perú y Filipinas el 26 de junio de 1783, pero en esa fecha el barco ya había salido de Paita, al parecer un tanto precipitadamente126.

La financiación del viaje, que ascendió a un montante de 600.000 pesos, se repartió entre los implicados127. Berindoaga participaba, a título propio, no sólo en la aportación de los 168.000 pesos que reflejaba el reparto sino, además, por los 31.198 pesos (que quedaron en 28.233 líquidos) que figuraban en la caja de soldadas. Aparecía también en otra partida, de dudosa titularidad, que nominaban “el navío en su particular”, con una aportación inicial de 28.801 pesos, incrementada en los 49.517 percibidos por fletes y minorada por gastos varios, quedando reducida, en la liquidación de Macao a un remanente de 40.402 pesos.

Tabla 2

Dicha liquidación quedaba resumida en tres partidas: negociación, Berindoaga por la caja de Soldadas y “el navío”. El reparto del montante, que ascendía a 612.200 pesos, se distribuía entre la adquisición de ropas, que según las facturas había supuesto una inversión de 455.261 pesos (que posteriormente quedaban reducidos a 450.026 al deducir unos gastos de 5.239 pesos) y una importante partida que, con el nombre de “en riesgo a Europa” y valor de 156.939 pesos, daría lugar a la posterior reclamación de José Manuel Cano, en representación de la viuda de San Ginés, a la que hemos aludido anteriormente. Más adelante nos extenderemos en la explicación de dicha partida128.

Tabla 3

El 10 de mayo de 1785 fue expedida una Real Orden para que el Hércules volviese cuanto antes a España. El conde de Gálvez, virrey de Nueva España, contestaba el 25 de noviembre que, en función de la licencia concedida en Lima a Berindoaga por el Superintendente de Hacienda, Don Jorge Escobedo, y por el virrey del Perú, Agustín de Jáuregui, el barco había salido de Paita el día primero de abril de 1783. Que había fondeado en Macao, en época de paz, el 10 de agosto del mismo año, que había salido de dicho puerto el 26 de junio de 1784 y que, tras graves problemas con la tripulación, afectada por el escorbuto, había llegado a San Blas el 17 de noviembre129,donde no pudo secuestrarse la cargazón ni cumplirse la referida Orden de 10 de mayo de 1785, porque en esa fecha ya había salido para El Callao130. En cuanto a Croix, virrey del Perú, respondió desde Lima que el navío y los sujetos que lo gobernaban regresarían a España atendiendo a los deseos de Su Majestad131.

El 26 de marzo de 1785 había partido el barco de San Blas132. La relación de mercancías ha sido publicada en anterior trabajo, al que remitimos133. Parte de la carga había sido vendida en dicho puerto sin avería, parte se vendió averiada y algunos de los efectos desembarcados quedaron en el puerto sin vender. Todo ello afectó a la liquidación del viaje de retorno, que quedaba, a precios de Asia, como puede apreciarse en el cuadro adjunto134, con un liquido resultante de 410.242 pesos135.

Tabla 4

Tabla 5

Comparando dicha valoración con las efectuadas utilizando precios de Nueva España y Perú podemos apreciar la importancia económica de la expedición, la cuantía de su beneficio, máxime si consideramos que estas cantidades eran aplicables a las mercaderías trasportadas136, sin incluir el montante del “riesgo a Europa”, al que aludimos anteriormente y que explicitamos a continuación.

Matías de Larreta, segundo de Berindoaga, había entregado a riesgo, con un premio del 100%, los 156.939 pesos referenciados a la Casa “Sevire, Lian e Fita”, que enviaba tres cargamentos de té de Cantón a Cádiz, consignados a “Verduc, Kerloguen, Payan y Compañía”. Como garantía, en febrero de 1784 libraron en Cantón ocho letras, por importe total de 313.877 pesos fuertes, que deberían ser pagadas a los cuarenta días de llegados los buques portantes a Cádiz. Los consignatarios contra quienes se giraron las letras no aceptaron fechas ni importes, y el gobernador de la plaza les liberó del pago inmediato, previa consignación judicial y a espera de las resultas de la venta. En tanto se produjo el fin de los negocios de la Casa Verduc y se depositaron escrituras, pagarés y obligaciones de la misma en la Casa gaditana “Aguado y Guruceta”.

El 15 de diciembre de 1785 Larreta había endosado las letras a Don Antonio López Escudero. Fallecido éste, resultó su heredero y albacea Juan Matías de Elizalde. Contra este último sujeto pleiteaba diez años más tarde José Manuel Cano, segundo marido de la viuda de Francisco de Llano San Ginés, que entendía que tanto Larreta como Elizalde eran testaferros de Berindoaga, que la venta del Hércules fue figurada, al no recibir sus propietarios el importe de la venta, y que, por todo ello, la Casa de Ustáriz y San Ginés participaba de la expedición. En la instrucción consta que Cano había encontrado cierta documentación que le había hecho iniciar las pesquisas y que, por otra parte, en el Comercio de Cádiz se levantaban voces que susurraban sobre la venta del Hércules y sobre el viaje a la China137. La primera resolución a favor de Elizalde se produjo el 14 de mayo de 1796 y la apelación de Cano, considerada negativamente, en agosto del mismo año. El 8 de agosto Cano respondía con un recurso de atentado, nulidad, agravio, e injusticia notoria. Además, recordaba que cualquier fraude contra la Casa lo era contra la Real Hacienda, su acreedora. En 1798 se resolvió el recurso y todavía el 17 de mayo se pasaba a consulta, con recomendación en contra, la pretensión del demandante de que no se aplicasen las sentencias. Y eran tan subidas de tono las “poco decorosas y aún indecentes exclamaciones” que hizo Cano en su representación, que se indicaba resolutoriamente:

... se le hará saber mi Real desagrado, por tan indebido proceder, apercibiéndole, que si en lo sucesivo incurriere en igual defecto, se le castigará con todo el rigor de las leyes...138

A lo largo del pleito quedaron patentes varias cosas139. Pero sobre todo, la verificación de que, aunque existiera una posición deudora de Berindoaga, el “riesgo a Europa” se trató de un negocio ajeno a la Casa Ustáriz, y la certeza de que ésta tampoco participó de la compañía que se formó en Lima para acometer el viaje a Extremo Oriente.

Aunque durante un tiempo nos hemos apartado de la suerte seguida por el Hércules, debemos retomar nuestra exposición en el punto dejado. Croix, virrey del Perú, expidió un primer Decreto, fechado de 14 de noviembre de 1785, que no surtió efecto, y un segundo, con fecha 12 de enero de 1786, demandando información sobre las circunstancias del navío, puesto que los permisos emitidos en su momento implicaban su vuelta a España140. En los mismos se involucraban a Berindoaga, como apoderado de “Ustáriz y San Ginés”, y a Ventura Martínez, que era, por esas fechas, capitán del buque. El primero entregó una prolija representación explicando que precisaba de 150.000 pesos para emprender el viaje de regreso y que carecía de fondos para su desembolso. Por tanto, y como única solución, había decidido la venta de la nave aunque, debido a su mal estado, no encontraba comprador141. Es decir, que no confesaba las verdaderas circunstancias de la embarcación y seguía simulando su pertenencia a la compañía que representaba.

Croix resolvió hacer inspeccionar el Hércules por personal cualificado142que cifraron en 120.000 pesos la cantidad necesaria para que la nave pudiese salir hacia España: “...de lo cual di aviso a el Superintendente Subdelegado de la Real Hacienda Don Jorge Escobedo, con cuyo dictamen determiné se les hiciese saber manifestasen si tenían o no proporciones para habilitar dicho buque. Con lo que dijeron reducido a serles imposible la habilitación di vista al Ministerio Fiscal”143.

En tanto, una Real orden de 18 de octubre de 1786 reiteraba la orden de regreso del Hércules a la Península144. Se hicieron nuevamente avalúos y consultas y la instrucción fue poniendo de manifiesto que al buque se le habían efectuado carenas y reparaciones y que había realizado una expedición del Callao a Guayaquil del 7 de octubre de 1786 a 21 de febrero de 1787, que luego había salido hacia Talcahuano el 24 de marzo y que se encontraba en el curso del viaje145. Como sabemos, todas estas actividades eran ya ajenas a los iniciales propietarios, pero Berindoaga seguía sin aclarar la realidad de la situación.

Todavía, un nuevo Decreto de 21 de mayo de 1787, repetía a los implicados la obligación de dirigirse inmediatamente a España. Ventura Martínez, el antiguo capitán, se encontraba en China, embarcado en la Astrea. Matías de Larreta atestiguaba que no había documento alguno que le ligara al barco y que sólo había viajado en calidad de apoderado de sus compañeros en el caudal registrado que había de utilizarse en Cantón y que, una vez concluido el viaje, también quedaba concluido su poder. En cuanto a Berindoaga, se decidía a explicar, ¡por fin!, que el navío se había vendido oportunamente al señor conde de Fuente González con arreglo a las órdenes de sus dueños, que éstos habían aprobado la venta en documento que conservaba para su resguardo y que presentaría en caso necesario, y que después se había vuelto a enajenar hallándose en manos de un tercer poseedor: “...todas las cosas han mudado de semblante...”146.

Le constaba que el conde lo había vendido a Vicente Larriva por la menguada cifra de 20.000 pesos, al encontrarse en estado lamentable. Argumentaba que las dos ventas fueron públicas y se pagaron en ambas los derechos correspondientes, por lo que entendía que existía imposibilidad civil y natural de hacer volver el navío a Cádiz147. El día 7 de junio, un mes antes de las últimas manifestaciones de Berindoaga, había muerto José de Gálvez, que tal vez nunca llegara a enterarse de la verdad del viaje realizado por los comerciantes limeños bajo el engaño y la argucia.

El 16 de enero de 1788 el caballero de Croix enviaba un extenso escrito al bailio frey Antonio Valdés, sucesor de Gálvez. Citaba las diferentes órdenes y decretos que se habían producido en el tiempo, así como el informe definitivo de Berindoaga, e indicaba que el Superintendente Escobedo había sido consultado y que éste se inclinaba a apoyar la solicitud de aquél de no obligar al retorno de la nave, razón por la que él mismo pasaba el asunto a consulta148.

Por real Orden de 22 de agosto de 1788 se aprobaron las providencias adoptadas al respecto de haberse suspendido el retorno del Hércules149.

 

V- Conclusiones

La muerte puso fin a las aspiraciones de Francisco de Llano San Ginés. Conocemos la implicación personal del marqués de Echandía, Juan Agustín de Ustáriz, en el giro habitual de la sociedad, puesto que en los documentos de la misma se alternan la firma de ambos asociados150, pero desconocemos el grado de apoyo que hubiese prestado al proyecto de Extremo Oriente terminada su compañía con el finado. Su inmediato fallecimiento, tres meses después del de Francisco, nos priva de llegar a conocer sus intenciones. El fracaso del empeño filipino ha sido adjudicado a la fuerte oposición del Consulado de Manila151, sin hacer referencia a la desaparición de sus protagonistas, que no sólo estaban acostumbrados a enfrentamientos similares, sino que gozaban del apoyo, y tal vez del empuje, de las más altas instancias.

En otro aspecto, ha sido adjudicado genéricamente a “los Ustáriz” el intento de emprender la aventura a Filipinas. Posiblemente porque un breve primer estudio sobre la Casa, que ha sido referencia profusamente utilizada bibliográficamente, establecía un continuo en la actuación de la misma desde sus comienzos en 1762, reconociendo la existencia de un gran paréntesis de información en que se conocía la incorporación de otro socio, que se identificaba como poseedor de fábricas de estampados y sombreros en la isla de León152. En realidad, en ese “paréntesis” se había producido, como indicamos al comienzo de nuestro relato, el concurso de acreedores de Hermanos Ustáriz y Compañía y la asunción de los activos y pasivos de la empresa por una nueva, que giró durante ocho años con el nombre de Ustáriz San Ginés y Compañía, formada por Juan Agustín de Ustáriz, primo de los anteriores propietarios de la sociedad, y Francisco de Llano San Ginés, que no era propietario de las fábricas aludidas sino hermano de José de Llano, titular de las mismas153. Por tanto, en el momento de producirse el viaje a Filipinas los hermanos Ustáriz llevaban siete largos años distanciados de la dirección de su anterior compañía y eran otros los protagonistas del intento.

Por último, se ha estimado como posible la perentoria necesidad de utilizar los barcos para no seguir cosechando pérdidas de su inactividad como la posible causa inmediata del atrevido paso de la empresa154. Ciertamente que durante el año 1777 sólo prepararon una expedición, pero en el ejercicio de 1778 fueron tres las naves enviadas, cumpliendo la operativa habitual de la compañía, cuyos barcos, a pesar del importante tonelaje, solían presentar problemas de exceso de carga dando lugar, en ocasiones, a la descarga obligada de parte de la misma. Por otra parte, se vivía un periodo de paz y se preveía la posibilidad de nuevos permisos hacia Caracas, que permanecía al margen de los puertos liberados para el comercio155. Por todo ello nos inclinamos más por la hipótesis, puesta de manifiesto en nuestro trabajo y, como hemos indicado, sospechada por otros autores, de que desde el centro del poder, y muy posiblemente a través del Secretario de Estado José de Gálvez, se incitara el desarrollo de semejante proyecto.

El 10 de marzo de 1785, desaparecidos Francisco y Juan Agustín, se creaba la Compañía de Filipinas. Aceptando la crítica del futurible, no nos resistimos a concluir que de haber disfrutado ambos socios de más larga vida, y considerando la aplicación de la cláusula de preferencia del contrato de 1779, tal vez hubiese sido otra la historia de la comunicación comercial con Extremo Oriente.



ANEXO I.- Valor de la carga transportada en el viaje del Hércules a Filipinas en 1779

(AGI, Indiferente General, 2417 A)

Tabla 6

ANEXO II.- Financiación de la expedición del Hércules a Filipinas: Cádiz, 1779

(AGI, Consulados, libro 436)

Tabla 7



 

NOTAS

1 El título de este trabajo pretende ser un homenaje a mi profesor, Antonio García-Baquero. De él aprendí a no aceptar la fuerza y persistencia de los tópicos y a intentar la revisión de los hechos históricos puntuales mediante el análisis riguroso de los documentos y bajo el punto de vista de una explicación global. Ver: GARCÍA-BAQUERO GONZÁLEZ, A.: “Los resultados del libre comercio y el “punto de vista”: una revisión desde la estadística” Manuscrits, 15, 1997, 303-322. Utilizamos la posterior publicación en GARCÍA-BAQUERO GONZÁLEZ, A.: El comercio colonial en la época del Absolutismo Ilustrado problemas y debates, Universidad de Granada, Granada, 2003, 187-216, p. 187.

2 MARTÍNEZ SHAW, C. El sistema comercial español del Pacífico (1765-1820), Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, Madrid, 11 de noviembre de 2007, p. 32.

3 Parece que Gálvez se preocupaba de mover varios hilos con dirección a Filipinas. Como ejemplo, la observación de Capella y Matilla Tascón: “Al propio tiempo, los Cinco Gremios, por insinuación del ministro de Indias, embarcaron en la fragata La Juno, que zarpó de Cádiz, 502.332 reales de vellón en especie de plata...” CAPELLA, M. y MATILLA TASCÓN, C.: Los Cinco Gremios Mayores de Madrid, Madrid, Imprenta Sáez, 1957, p. 303. También Carmen Parrón Salas, aunque no se refiere explícitamente a Gálvez, intuye que la compañía Ustáriz y San Ginés actuó movida por instrucciones de algún superior que quería utilizarla como pionera en un viaje aún desconocido. PARRÓN SALAS, C.: De las reformas borbónicas a la república: el Consulado y el comercio marítimo de Lima 1778-1821, San Javier (Murcia), Academia General del Aire, 1995, cifrado pp. 309-318. Más adelante explicaremos nuestras propias sospechas de la posible implicación de Gálvez.

4 Archivo General de Indias (AGI), Indiferente General, 2.486.

5 Como es sabido, los Cinco Gremios Mayores de Madrid obtuvieron en 1776 licencia oficial para registrar géneros en los navíos de la Real Armada que viajaban a Filipinas, instalando dos factorías en Manila y Cantón. No se descartaba la posibilidad de fletar, en un futuro, sus propios barcos. MARTÍNEZ SHAW, C. El sistema comercial..., p. 31. Los Cinco Gremios también sufrían los delicados momentos que, en general, se atravesaban. En junio de 1778, aprestándose para salir en la expedición de azogues a Veracruz, denunciaban la escasez de cargadores, “a causa de lo abatido del comercio” y recordaban los antiguos naufragios sufridos en la isla de la Anguila, la pérdida de la fragata Nuestra Señora de Guadalupe en el terremoto de Guatemala y las dificultades para vender los géneros portados en las Flotas de Córdoba y Ulloa, provenientes principalmente de las sederías valencianas. AGI, Indiferente General, 2.485.

6 AGI, Títulos de Castilla, 6, R.17.

7 Carmen Yuste especula que algún ministro interesado solicitase sus textos. Ver YUSTE, C.: “La percepción del comercio transpacífico y el giro asiático en el pensamiento económico español del siglo XVIII. Los escritos de fray Iñigo de Abad y Lasierra” Memorias del segundo congreso de Historia Económica. México, 27 al 29 de octubre de 2004. [en línea] Asociación Mexicana de Historia Económica. [Consulta:21/04/200]. La autora centra su trabajo en el análisis de los textos de Abad con una somera alusión a la carta del comisionado.

8 AGI, Estado, 47, expedientes 10 y 11. Entre la información proporcionada por el comisionado de los Cinco Gremios figura la rentabilidad de los préstamos a riesgo, estimando que en 18 o 20 meses se obtenía entre Filipinas y Acapulco un 46% de beneficio, teniendo las operaciones habitualmente dos fiadores y sin comenzar a correr el riesgo hasta la vela. También estimaba que el ramo de seguros podría ser interesante, al no existir oferta y haber sondeado la posibilidad de demanda.

9 AGI, Estado, Expediente 11.

10 AGI, Indiferente General, 2.486. Se mantenía la obligación de depositarlas en los almacenes de la Aduana para su control antes de ser enviadas a América, con arreglo al artículo 51 del Reglamento del Comercio Libre.

11 Ibídem. El coste por el camino tradicional a través de Nueva España ascendía a unos 1.000 pesos fuertes. Varias notas sobre el transporte de 37 frailes entre los navíos Jasón y Hércules pueden analizarse en AGI, Filipinas, 337, L. 19, folios 494R-495R.

12 Ibídem.

13 Ibídem. Del marqués de Echandía al rey. Resolución en el margen.

14 MARTÍNEZ SHAW, C. El sistema comercial..., cifrado 20-23.

15 AGI, Ultramar, 641. Sobre este proyecto ver COSANO MOYANO, José: “Un nuevo intento de comercio directo con Filipinas: la compañía de Aguirre, del Arco y Alburquerque”, Anuario de Estudios Americanos, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1978, tomo XXXV, pp. 261-281. No hemos encontrado referencia del autor al similar proyecto de Van Dahl al que nos referimos seguidamente.

16 En otras ocasiones Van Dhall y Wandahal, según los documentos.

17 AGI, Ultramar, 642. Bibliográficamente, debemos indicar que Lourdes Díaz - Trechuelo cita brevemente un proyecto de Van Dahl, fechándolo en 1764 y remitiendo a fuentes de la Biblioteca del Palacio Real. Estima que las quince condiciones que se consideraban en el mismo revisten cierta importancia porque muchas se reflejan en la erección de la Real Compañía de Filipinas. También pone de manifiesto que 20 años antes de dicha erección resultaba evidente el ambiente favorable a la iniciación del tráfico a las islas. Ver DIAZ- TRECHUELO SPINOLA, María Lourdes: La Real Compañía de Filipinas, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1965, pp. 19-22.

18 Van Dahl llegó a Cádiz en 1726, contando 23 años. Era hermano del barón de Dari y pariente del barón de Osterman, ministro de Rusia, el cual le había colocado en casa de un comerciante de Ámsterdam que, según la afirmación del propio interesado, era director de la “Compañía Oriental”, empleo que argumentaba para probar su experiencia de comercio con Filipinas. AGI, Ultramar, 642.

19 AGI, Ultramar, 642.

20 Ibídem. Resolución de la Junta de Filipinas de 21 de agosto de 1769.

21 Ibídem. Resolución de 12 de diciembre de 1769.

22 Archivo Histórico Nacional (AHN), Órdenes Militares, Santiago, 8.381. Expediente de Juan Bautista de Ustáriz, conde de Reparaz, y de su hermano Juan Felipe, aspirantes conjuntos, fechado en Madrid, 11 de agosto de 1756. En el expediente se incluyen varios testamentos de antecesores que proporcionan variada información familiar.

23 CARO BAROJA, J.: La Hora Navarra del XVIII (personas, familias, negocios e ideas), Pamplona, Comunidad Foral de Navarra, 1969, Capítulo XI, pp. 317-339.

24 Juan Miguel era licenciado en Leyes por la Universidad de Salamanca en 1745. Archivo Histórico Universidad de Salamanca (AHUS), Expediente 795. Permaneció en Salamanca hasta contraer matrimonio en 1749. Ver ROJAS Y CONTRERAS: Historia del Colegio Viejo de San Bartolomé, Madrid, 1767-1770, pp. 845-847. Posteriormente residió en Madrid, donde fue síndico personero del común. CARO BAROJA, J: La Hora... pp. 318-319.

25El testamento de Juan Bautista Ustáriz facilita datos sobre estos dos últimos hermanos. En el año 1810 Juan Miguel se encontraba residiendo en la casa solariega de la familia y José Joaquín era canónigo en Lima, habiendo renunciado a todos sus bienes y derechos. Archivo Municipal de Jerez de la Frontera. (AMJF), legajo, 1.233. Ruiz Rivera afirma que Juan Francisco fue agente de la Casa Ustáriz en Veracruz en 1768 y que José Joaquín actuó como apoderado y agente de la Compañía en Lima en 1770. RUIZ RIVERA, J.: “Rasgos de modernidad en la estrategia comercial de los Ustáriz, 1766-1773” en Temas Americanistas. Sevilla, nº 3, 1983, pp. 12-17.

26 María José Arazola ha identificado a Juan Agustín dentro de los comerciantes navarros asentados en Cádiz que ejercieron el comercio en la ruta de Buenos Aires. Ver ARAZOLA CORVERA, M. J.: Hombres, barcos y comercio en la ruta Cádiz-Buenos Aires (1737-1757), Sevilla, 1998, p.354.

27 CAPELLA, M. y MATILLA TASCÓN, A.: Los Cinco Gremios Mayores de Madrid, Madrid, 1957, p. 285.

28 Las relaciones de matriculados en el Consulado de Comerciantes gaditanos puede servirnos para datar cronológicamente su actividad. Juan Agustín figura en la ampliación de 1739. En cuanto a los hermanos Juan Bautista y Juan Felipe pertenecen a la relación de 1755, cuando éste último tendría escasamente 21 años. La matriculación de Juan Francisco es posterior y se produce en 1760. Juan Miguel no llega a aparecer en las diferentes relaciones, por lo que podemos suponer, avalados por los demás datos que manejamos sobre el personaje, que residió constantemente alejado de Cádiz, muy posiblemente en Madrid. RUIZ RIVERA, J.: El Consulado de Cádiz. Matricula de comerciantes (1730-1823), Cádiz, Diputación Provincial de Cádiz, 1988, pp. 130 y 210.

29 VICENS VIVES, J.: Historia económica de España, Barcelona, 1975, p. 523. Otros autores, que se citan seguidamente, coinciden en dichas dataciones.

30 Ruiz Rivera indica que el primer plazo terminó a finales de 1759. Pensamos que debió ser a finales de 1758, para que se cumplieran los seis años reseñados. RUIZ RIVERA, J.: “La Casa de Ustáriz, San Ginés y Compañía” en La Burguesía mercantil gaditana 1650-1868, Cádiz, 1976, pp. 183-199. Sobre la formación de la compañía ver CAPELLA, M. y MATILLA TASCÓN, A.: Los Cinco Gremios…, p., 117.

31 Archivo Histórico de Protocolos de Madrid (AHPM), legajo 19.103, protocolo de Antonio de Badiola.

32 Más información recopilada sobre los Ustáriz en MARTINEZ DEL CERRO GONZÁLEZ, V. E.: Una comunidad de comerciantes: navarros y vascos en Cádiz (Segunda mitad del Siglo XVIII), Sevilla, Junta de Andalucía, Consejo Económico y Social de Andalucía, 2006. Igualmente en un trabajo anterior de la misma autora: “La integración de los hombres de negocios navarros y vascos en la sociedad gaditana. La familia Ustáriz (Siglo XVIII)” en V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona 2002). 269-282.

33AGI, Indiferente General, 2.485. Copia del contrato de la fábricas firmado por el marqués de Esquilache en el Pardo el 30 de marzo de 1762. Ruiz Rivera reseña todas las cláusulas del contrato, utilizando la documentación existente en el Archivo General de Simancas. Ver RUIZ RIVERA, J.: “La Compañía de Ustáriz, las Reales Fábricas de Talavera y el comercio con Indias” en Anuario de Estudios Americanos XXXVI. (Sevilla 1979), 209-250. Algunos años antes Ramón Carande había realizado idéntico trabajo. CARANDE THOVAR, R.: “Colección de documentos inéditos reproducidos literalmente de los originales que se conservan en el Archivo de Simancas, relacionados con los asuntos que se tratan en los libros III y IV de la presente obra, referentes a la expansión y actividad de los Cinco Gremios Mayores en España, Europa y Ultramar” en CAPELLA, M. y MATILLA, TASCON, A.: Los Cinco Gremios…, anexos.

34 AHPM, Protocolo 19.595 de Don Martín Bazo Ibáñez de Tejada, folio 228.

35 Julian Ruiz, sin citar fuentes, afirma que al año una de las partes solicitó la disolución de la misma. RUIZ RIVERA, J.: “La Compañía..., p. 232.

36 AGI, Indiferente General, 2.486. Informe de 16 de agosto de 1771.

37 AHN, Consejos, 907. Con anterioridad, en un último intento de recuperación, habían puesto al cuidado de Don Francisco de Llano San Ginés y Don Agustín de Ustáriz los barcos de la casa y encomendaron a Don Joaquín de Cester las fábricas de Talavera. Datos de Cester en Archivo General de Simancas (AGS), Secretaría y Superintendencia de Hacienda, Consultas al Consejo de Castilla, legajo 82. Más información en AHN, Consejos, legajo 8.026 y en AGS, Secretaría y Superintendencia de Hacienda, Consultas al Consejo de Castilla, Legajo 80. Cester murió el 25 de octubre de 1776, siendo director de las fábricas del Reino de Galicia y Principado de Asturias.

38 AHN, Consejos, 907.

39 AHPC, San Fernando, 63, folios 449-452. Poder para testar de Francisco. AHPC, Cádiz, 4.529, folios 2.806-2.819. Testamento de José de Llano San Ginés.

40 AGI, Títulos de Castilla, 6, R.17. Actualmente trabajamos en nuestra Tesis Doctoral con la documentación del Archivo de la Nación Argentina relativa a las actividades de Francisco en Buenos Aires.

41 Ambos hermanos se matricularon en el Consulado en 1771. RUIZ RIVERA, J.: El Consulado..., p. 202.

42 Otros estudios de las dos compañías en HERRERO GIL, M. D.: “Francisco de Llano San Ginés y el comercio con Indias. El socio desconocido de la Compañía gaditana Ustáriz y San Ginés” en Actas del III Congreso de Historia de Andalucía, Córdoba, 2001, pp.369-390, y en HERRERO GIL, M. D. “El crédito de la Mirandola y la Compañía Ustáriz y San Ginés. Historia de un apunte contable y de los hombres que lo generaron y mantuvieron”, trabajo de investigación de Doctorado dirigido por Don Antonio García-Baquero González. Inédito.

43 AGI, Buenos Aires, 57. Carta nº 39 de 9 de mayo de 1777 de Cevallos a José de Gálvez. Dicha carta es citada por José Torres Revello, lo que nos ha permitido localizarla. TORRE REVELLO, J.: La Sociedad Colonial, Buenos Aires, Ediciones Pannedille, 1970, p. 74.

44 Según la documentación del navío que hemos utilizado en el presente trabajo, Molviedro era vecino y del comercio de la ciudad de Sevilla, residente en Cádiz, actuando como asentista general de provisiones para el ejército en los cuatro reinos de Andalucía. Por los datos que barajamos en nuestra Tesis Doctoral en elaboración conocemos que Francisco San Ginés había desarrollado un puesto similar durante su estancia en Argentina.

45 AGI, Contratación 1.768 registro de salida; Contratación, 2.810 liquidación del registro; préstamos en Consulados, libro, 421; Contratación, 5659 bienes de difuntos de los fallecidos Diego Bosque y Fernando Díaz, primer y segundo cocinero; Lima, 652, N.72, remisión de caudales de las Cajas Reales del Perú y en AHN, Consejos 20.220,1 información sobre varias reclamaciones posteriores relacionadas con la expedición.

46 AGI, Contratación, 1.423 a 1.426, registros de salida de la Flota. Regreso del barco en Contratación, 2.580. Préstamos en Consulados, libro 440.

47 AGI, Indiferente General, 2.485. 21 de diciembre de 1773:“El Rey quiere saber los sucesos ocurridos con la Compañía de Ustáriz Hermanos sobre la compra del Navío Hércules, que salió con registro para el Sur, contrato que se hizo con los chilenos, y alijo de ropa del Buen Consejo transbordado a el citado Buque

48 Ibídem. Memorial al rey.

49 Ibídem. Carta de los navieros al Sr. presidente de Contratación. En el mismo legajo se encuentra la misiva de Real Tesoro a Arriaga por si procedía la bajada de fletes al margen del Proyecto de 1730 y la carta de Juan Agustín de Ustáriz a Julián de Arriaga, fechada el 20 de octubre de 1772, explicando que se basaban en la que autorizaron anteriormente a los navíos Jason y Toscano y en el problema de escasez de carga que obligaba a novedosas actitudes: “...se ha formado un duelo extraordinario por los demás navieros del Sur a términos de criminoso, y delincuente, como si el buscarse uno el remedio de su daño, o, ruina fuese delito mercantil.”

50 Ibídem. 21de diciembre de 1773.

51 Ibídem. El presidente de la Casa de la Contratación informaba al rey que el Hércules se había comprado con particular convenio entre las partes, que “Ustáriz y San Ginés” había manifestado debidamente la situación y que todo el asunto se había llevado con legalidad y eficacia. Nos encontramos, de nuevo, con una actuación a favor de la política empresarial de los socios, aunque ello provocase, entre los demás interesados en la Carrera, no pocas situaciones de preocupación por su continuada agresividad.

52 Ibídem. 21de diciembre de 1773.

53 RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano de romper el monopolio comercial novohispano- filipino”, IV Jornadas de Andalucía y América, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1985, volumen I, pp. 147-179, (p. 152)

54 Registro de salida en AGI, Contratación, 1.776 y de llegada en Contratación, 2.821. Ver también información en Indiferente General 2.485 y en Contratación, 4.928. Los préstamos están registrados en Consulados, 430 y el envío de pesos provenientes de las temporalidades en Quito, 239,N.37.

55 El Erario Público pagó de fletamento al Hércules a razón de 120 reales de vellón por tonelada, según contrato firmado por su maestre el 16 de septiembre de 1776, pagaderos con carácter retroactivo desde el 17 de julio. Un importe total de 66.858 reales de vellón al mes, con pago anticipado de cuatro mesadas. A continuación se relacionan las fuentes para el estudio de la expedición.

56 Los datos de salida en AGI, Contratación, 1.383 A y B. En Contratación, 1.734 se encuentra el registro abortado del Hércules que se traspasó a la Victoria, devolviendo los derechos a los interesados. Los registros de vuelta en Contratación 2.761 y en Indiferente General 2.415. También existen relaciones valoradas de cargas en Contratación, 4.937 y los préstamos están registrados en Consulados, libro 433.

57 AGI, Filipinas, 118, N.13 y Filipinas, 343, L.12, F. 59R-65R.

58 PÉREZ DE COLOSÍA RODRÍGUEZ, M. I.: “Rasgos biográficos de una familia ilustrada” en MORALES FOLGUERA, J. M. y ALFAGEME RUANO, P. (coords.): Los Gálvez de Macharaviaya, Málaga, Junta de Andalucía y Benedito Editores, S. L., 1991, 19-131. También ANTOLIN ESPINO, M. del P.: “El virrey Marqués de Cruillas (1760-1766)” en CALDERON QUIJANO, J. A. (director): Los virreyes de Nueva España en el reinado de Carlos III (1759-1779), Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1967, tomo I, 1-157.

59 REDER GADOW, M. “Aspectos militares” en MORALES FOLGUERA, J. M. y ALFAGEME RUANO, P. (coords.): Los Gálvez de Macharaviaya, Málaga, Junta de Andalucía y Benedito Editores, S.L., 1991, 201-249, (p. 243).

60 Aurora Gámez Amián indica que José de Llano era amigo personal de Gálvez y que se comprometió a establecer en la villa natal de éste dos fábricas. Debemos objetar que la carta entre ambos que cita la autora para corroborar su afirmación no era de José, sino de Francisco, por lo que debemos atribuir a éste tanto la amistad con Gálvez como la iniciativa reseñada. Ver GAMEZ AMIAN, A.: Málaga y el comercio colonial con América (1765-1820), Málaga, 1994, p. 39. También María Soledad Santos afirma la existencia de tal amistad con José, pero no cita fuente que avale su consideración. SANTOS ARREBOLA, M. S.: La proyección de un ministro ilustrado en Málaga: José de Gálvez, Málaga, Publicaciones de la Universidad de Málaga y Obra Social y Cultural Cajasur, 1999, pp.22-57.

61 AGI, Contratación, 1.383 A y B. La expedición partió de Cádiz el 13 de noviembre de 1776. Estaba compuesta por 20 barcos de guerra y 96 mercantes, fletados por la Real Hacienda. El Hércules y el Toscano, incautados a la casa “Ustáriz y San Ginés”, navegaban transportando 34 oficiales y 477 soldados de los 9.194 que constituían el total de las fuerzas.

62 Indistintamente se utiliza el nombre Argelejo y Argelejos.

63 CENCILLO DE PINEDA, M.: El Brigadier conde de Argelejo y su expedición militar a Fernando Poo en 1778, Madrid, Instituto de Estudios Africanos, 1948, pp. 58 y siguientes.

64 DE CASTRO, M. y NDONGO, D.: España en Guinea. Construcción del desencuentro: 1778-1968, Toledo, Ediciones Sequitur, 1998, p. 9.

65 España siguió, no obstante, sirviéndose de los esclavos aportados por otras naciones. Ver en CENCILLO DE PINEDA, M.: El Brigadier..., p. 66. También en SOLANO, F. de: “Reformismo y cultura Intelectual. La biblioteca privada de José de Gálvez, Ministro de Indias” en Quinto Centenario, Universidad Complutense de Madrid, 1981, volumen 2, 1-100, (p.15): “Gálvez intentó que el mundo hispano tuviese un punto de abastecimiento negrero independiente”.

66 Carlos Martínez Shaw recuerda que en 1779 esa posibilidad era presentada por el ilustrado Juan Bautista Muñoz. MARTÍNEZ SHAW, C. El sistema comercial..., p. 21.

67 Manuel Cencillo de Pineda informa que en 1785 Gálvez, en calidad de presidente de la recién formada Compañía de Filipinas, exponía en Junta de Gobierno la importancia de dicha colonización en el camino comercial hacia Asia. CENCILLO DE PINEDA, M.: El Brigadier..., pp. 174-175.

68 AGI, Indiferente general 2.485. Miguel José de Ustáriz, hijo del fallecido marques de Echandía, a José de Gálvez. Madrid, 2 de mayo de 1781.

69 AGI, Indiferente General, Carta de Francisco a Gálvez fechada el 28 de mayo de 1779.

70 Ver, por ejemplo, GAMEZ AMIAN, A.: Málaga..., p. 39.

71 Información muy variada sobre la Casa de Giro en AGI, Indiferente General, 2485. Aurora Gámez Amián les adjudica el navío San Pablo (en vez del San Pedro), e indica, a nuestro parecer de forma errónea, que las concesiones del rey se hicieron a la compañía “Ustáriz y San Ginés”. Hemos buscado sus fuentes infructuosamente, puesto que ni en los legajos 2.317 ni 2.140 de Indiferente General del Archivo General de Indias, que ella cita, hemos localizado la información a que alude, no pudiendo por tanto comprobarla. Por el contrario, el legajo 2.485, de la Sección Indiferente General del citado Archivo, contiene los documentos donde se conceden todas las condiciones que ella reseña, incluido el monopolio del transporte de papel y barajas, a la Casa de Giro de los hermanos Llano. Ver GAMEZ AMIAN, A.: Málaga..., p. 39. Por su parte, María Soledad Santos Arrebola indica que la sociedad malagueña era una sucursal de la gaditana del mismo nombre que estaba en expansión y que, por tanto, se regía por la normativa correspondiente a la central. Desgraciadamente no remite a fuentes que pudiésemos comprobar al respecto, pero no hemos encontrado ningún documento que avale dichas afirmaciones. También pone de manifiesto que la casa no se mantuvo en Málaga, pero no se hace eco del fallecimiento de uno de sus socios, circunstancia, a nuestro parecer, determinante para explicar la liquidación de la misma. Ver SANTOS ARREBOLA, M. S.: La proyección..., pp. 22-57. Por nuestra parte, analizando la titularidad de la documentación que conocemos hasta este momento, estimamos que la sociedad de ambos hermanos se formaliza con ocasión del tráfico malagueño, actuando anteriormente en Cádiz José de forma individual y Francisco en sociedad con Juan Agustín de Ustáriz y no existiendo, por tanto, la “expansión” referida.

72 AGI, Consulados, libro 436, folio 921.

73 Antonio Miguel Bernal indica que se formalizaron 5 operaciones por un total de 224.274 pesos. BERNAL, A. M.: La financiación de la Carrera de Indias. Dinero y crédito en el comercio colonial español con América, Sevilla, Fundación el Monte, 1992, p. 733

74 DE CASTRO, M. y NDONGO, D.: España en..., p. 10.

75 AGI, Indiferente General, 2.485 José de Llano San Ginés a José de Gálvez, Cádiz, 2 de marzo de 1779.

76 El día 1 de febrero, en que se firma el contrato del San Pedro, aún no se había producido la aceptación del funcionamiento de la Casa de Giro malagueña y desconocemos si ya se había protocolizado notarialmente la formación de la sociedad “José de Llano San Ginés y Cía”. El contrato del barco lleva la firma de Larrea, capitán, sin indicar el nombre de la sociedad que lo apodera. Un escrito de Reggio, director general de la Armada, a Argelejo dice que el buque es “propio de la casa de Ustáriz, San Ginés y Compañía”. La equivocación es comprensible dada la vinculación entre las compañías y por el hecho de que Larrea emitió instrucciones para que el pago del fletamento con la Real Hacienda se abonase a la cuenta deudora de “Ustáriz y San Ginés” con el Real Erario, actuación frecuente en José de Llano, que solía ceder pagos a su hermano, cuya sociedad con Ustáriz solía financiarle a través de concesiones de préstamos. El enmarañamiento de todas las sociedades fue puesto de manifiesto por los propios interesados. Sirva de ejemplo el testamento del conde de Reparaz, Juan Bautista de Ustáriz: “...yo hice la tontería de dar pago a mi deuda a la testamentaría de Ustáriz y San Ginés...ambas casas están arruinadas, y todo hecho un caos, sirva de aviso esta verdadera maraña...”.

AGI, Arribadas, 97, documentación de la contrata y proyecto; Arribadas, 437, pago de 387.600 reales de vellón de fletamentos; Arribadas, 411, registro de salida de la nave a nombre de “Llano, San Ginés y Cía”; Consulados, libros 429 y 430, operaciones crediticias concedidas a José de Llano por “Ustáriz y San Ginés” e importe de 186.592 pesos; Contratación, 2.585, Cádiz, a 26 de septiembre de 1777, cesión de José de Llano a su hermano Francisco de 40.658 reales y 28 maravedíes de vellón que la Real Hacienda le debía por fletes de 450 quintales de azogue que trasportó en su navío Nª Sª la Divina Pastora, alias El Brillante. Archivo Municipal de Jerez de la Frontera (AMJF), Legajo 1.233, testamento del conde de Reparaz.

77 CENCILLO DE PINEDA, M: El Brigadier..., pp. 109-110. Cencillo aclara que la tipología del barco, bergantín, según citamos con anterioridad, se había armado en paquebote, es decir, para transporte de pasajeros, miembros de la expedición. Ver p. 81.

78 El Santiago fue enviado por decisión de la Junta de Jefes de la expedición en reunión celebrada el 6 de septiembre de 1778. DE CASTRO, M. y NDONGO, D.: España en..., p. 12.

79 AGI, Arribadas, 97. Por parte de la propiedad de la nave se prometía el mantenimiento correcto de la embarcación durante el tiempo que durase el fletamento, se admitían las instrucciones que fuesen ordenadas en cuanto a derrotas y conservas, se prohibían las arribadas (salvo por falta de víveres), se responsabilizaban de los descalabros y averías así como de la carga y descarga de las especies que por los ministros del rey se le indicase, siendo de cuenta de la Real Hacienda los riesgos del cargamento.

80 Ibídem. En AGI, Contratación 5.524, N.2, R.13 autorizaciones para viajar concedidas a Antonio José Riveiro y Cristóbal de Acosta, carpintero y herrero, que parten en el San Pedro.

81 “El día 14, a las nueve de la noche, falleció el Brigadier Conde de Argelejos. Este caballero había sentido el 24 de Octubre en Fernando Póo los primeros accesos de una fiebre catarral, de cuyas resultas se le aumentó unas diarreas inveteradas, que fue la causa de su muerte. En el discurso de su enfermedad recibió dos veces los Santos Sacramentos e hizo un codicilo nombrando por albacea al capellán D. Juan Marciano y al Teniente de Fragata Baltasar Mejías, embarcados uno otro en el “Santa Catalina”. El día siguiente se arrojó el cadáver al agua con toda la decencia que permite la estrechez de una embarcación”. DE LAS BARRAS Y DE ARAGON, F.: Documentos y datos referentes a la expedición del conde de Argelejos al Golfo de Guinea, Madrid, Publicaciones de la real Sociedad Geográfica, Serie B, número 308, S. Aguirre, impresor, 1953, pp. 75-76.

82 CENCILLO DE PINEDA, M: El Brigadier..., p. 111. En la página 39 copia del certificado del capellán de la fragata.

83 AGI, Arribadas, 97. Manjón en contestación a Gálvez el 23 de febrero. El 15 anterior Gálvez le había instruido:”...avivará todas sus providencias para que con toda brevedad, y sin pérdida de tiempo, salga a navegar el citado navío San Pedro...”

84 DE CASTRO, M. y NDONGO, D.: España en..., p. 30. También el regreso a Montevideo en CENCILLO DE PINEDA, M: El Brigadier..., p. 110.

85 AGI, Filipinas, 687.

86 AGI, Indiferente General, 2.417 A. Cádiz, 2 de abril de 1779, de Manjón a Gálvez. Dice acompañar relación de mercancías y pasajeros indicándose, en una relación de la Contaduría Principal de la Real Audiencia de Contratación a Indias, que se autoriza a embarcar a 24 religiosos y 2 legos, de la orden de Descalzos de San Francisco, dirigidos a la provincia de San Gregorio. También se autoriza a Don Cayetano Seiu, alumno del colegio chinés de Nápoles, que se restituía a su patria y no había podido embarcar en El Jason, que ya había partido. En cuanto a las mercancías, adjuntamos como anexo I la relación localizada.

87 AGI, Consulados, libro 436. Ver Tabla I

88 RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano..., p. 153. El autor se refiere al legajo del Archivo General de Indias Contratación, 1.785, donde se encuentra una carpeta del registro vacía.

89 Lourdes Díaz- Trechuelo aporta la cifra de 96.288 reales. Al no citar fuente no hemos podido analizar la discrepancia. DIAZ- TRECHUELO SPINOLA, María Lourdes: La Real Compañía..., p.18.

90 AGI, 2.417 A. Ver anexo I.

91 AGI, Consulados, libro 436, registros de préstamos y seguros. Ver anexo II.

92 AGI, Filipinas, 687. Gálvez, 18 de mayo de 1779.

93 AGI, Indiferente general, 2.485. Juan Felipe de Madariaga, apoderado de la testamentaría de su suegro Francisco de Llano San Ginés, en petición al rey fechada el 23 de abril de 1781.

94 AGI, Contratación, 5.689, N.2.

95 DIAZ- TRECHUELO SPINOLA, María Lourdes: La Real Compañía..., p.23.

96 AGI, Contratación, 5.698, folio 49.

97 AGI, Indiferente general, 2.486. Informe de Basco y Vargas a Gálvez. Fechada el día anterior, es decir, el 21 de abril. Más adelante insistimos en esta “carta aventurera”.

98 AGI, Contratación, 5.689, carta primera del cirujano José de los Reyes.

99 Ibídem, carta segunda de José de los Reyes.

100 Ibídem, carta segunda. Curiosamente en esta misiva indicaba a su mancomunado que iba a escribir a los Gremios: “que les dieron los 4.000 pesos”. No tenemos ninguna constancia de semejante operación que parece poner de manifiesto la existencia de riesgos no registrados.

101 Ibídem, carta tercera de José de los Reyes.

102 AHPC, San Fernando, 635, folios 449-452. Testamento de San Ginés; AGI, Indiferente General, 2.486. Carta de Miguel José de Ustáriz a Gálvez el 22 de marzo de 1781 solicitando que su tío, Juan Bautista de Ustáriz, se entienda de los permisos concedidos a su padre, que acaba de fallecer.

103 Remitimos de nuevo al anexo II.

104 AGI, Indiferente General, 2.485. De Juan Felipe de Madariaga, que firma el 23 de abril de 1781 en virtud de poder de Ustáriz, San Ginés y Cía., a Gálvez, desde Cádiz. Parecida comunicación desde Madrid el 2 de mayo firmada por Miguel José de Ustáriz.

105 AGI, Indiferente General, 2.486, 18 de mayo de 1781. De Gálvez a Manjón.

106 Ibídem. De José Basco y Vargas a Gálvez, 21 de abril de 1780. El 30 de diciembre esta carta, calificada en la documentación de “aventurera”, fue remitida desde Cantón, donde llegó en El Hércules, a través de un barco neutral con bandera sueca hacia Copenhague. Desde allí es de suponer que se enviaría a España, aunque no tenemos constancia de este último tramo.

107 Ibídem.

108 Ibídem.

109 Ibídem. Informe del virrey de Nueva España fechado el 10 de enero de 1782.

110 RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano..., pp. 173-175.

111 AGI, Contratación, 5.689, N.2. Cuarta carta de José de los Reyes. En el expediente figuran, además, variados datos familiares y crediticios. Reyes murió en febrero de 1782 en la venta del Atajo, camino a México, sin haber pagado sus préstamos. Las operaciones se habían emitido con un premio del 40%, más un incremento del 20%, por mayor coste del seguro, si se declaraba la guerra, y medio punto por demora al mes, pasados los 18 primeros.

112 Sobre la salida a Guayaquil aporta Julián Ruiz Rivera algunas consideraciones sobre liquidaciones de derechos pendientes. RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano...”, p. 162

 113AHPC, San Fernando, 97, folio 213.

114 Ibídem.

115 AHN Consejos 20.243, N. 3, 39 verso.

116 RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano...”, p. 165.

117 Otro de los navíos de la Compañía, el Aquiles, que partió de Cádiz el 19 de febrero de 1779, fue destinado al Real Servicio por Orden de 15 de enero de 1780. Según Carmen Parron, dicho documento puede consultarse en AGI, Lima, 1.546. Esta autora califica a “Ustáriz Hermanos”, en 1776, como “empresa semiestatal”. En realidad en dicha fecha la referida sociedad ya había sido sustituida por la compañía “Ustáriz y San Ginés” y no nos consta que tuviese ninguna participación del Estado. Ver PARRON SALAS, Carmen: De las reformas borbónicas a la república: el Consulado y el comercio marítimo de Lima 1778-1821, San Javier (Murcia), Academia General del Aire, 1995, pp. 309-318.

118 MAZZEO, Cristina Ana: El comercio libre en el Perú: las estrategias de un comerciante criollo, Jose Antonio de Lavalle y Cortés (1775-1815), Lima, Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1994, p. 95. Según esta autora en 1785 fue conde de Fuente González al casarse con Rosa de la Fuente González de Argandoña. Sin embargo, hemos podido comprobar que en la concesión del título, solicitado en 1783 y resuelto favorablemente el 4 de octubre de 1785, consta que se consideraron méritos propios: había pertenecido al regimiento de dragones de Carabaillo de 1764 a 1773 y de Lima en 1773 y 1774 y había sido Prior del Tribunal de Consulado en enero 1782 y uno de los alcaldes ordinarios. AGI, Títulos de Castilla, 4, R.14.

119 AHN, 20.243, N. 3, folios 69-70. Repartieron la compañía en 32 participaciones. Don José González y Don Juan Félix de Berindoaga tenían ocho de ellas cada uno, Don Fernando de Rojas y Don Antonio López Escudero disponían de seis, también cada uno, mientras que Don Antonio y Don José Matías de Elizalde suscribían cuatro entre los dos.

120 MAZZEO, Cristina Ana: El comercio libre..., pp. 94-98. Una hija de José González estaba casada con José Matías de Elizalde, que fue socio de su hermano Antonio en la denominada “Compañía General de Comercio”

121 PARRON SALAS, Carmen: De las reformas borbónicas..., p. 376-378. La autora, que desconoce el posterior engaño de los comerciantes a las autoridades limeñas, afirma que a aquellos tuvo que sentarles “como un jarro de agua fría” la autorización otorgada a “Ustáriz y San Ginés”. Opinamos, por el contrario, que debió sentarles muy bien, pues posibilitaba su negocio oculto. Por otra parte, Julián Ruiz Rivera afirma que este segundo viaje, con un aumento considerable de inversión con respecto al primero, patentiza la mayor organización de la Casa de Ustáriz en la capital peruana. Aunque indica que en el mismo participaron otros comerciantes, sin desarrollar tal afirmación, desconoce que dichos comerciantes actuaban al margen de la Casa que figuraba como titular del evento. Ver RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano...”, p. 169.

122 Posiblemente prefirieron este puerto pues, como es sabido, estaba menos controlado que el de Lima.

123 Carmen Parrón se pregunta si Ustáriz era tan poderoso como para conseguir tales excepciones y afirma la existencia de muchos “cabos sueltos” en torno a sus negocios. PARRON SALAS, Carmen: De las reformas borbónicas..., pp.378. Dichos “cabos sueltos” dejan de serlo cuando se cubren las lagunas motivadas por la falta de información global, por el desconocimiento de la sucesión de los hechos que concurrieron y de la personalidad de sus protagonistas.

124 AHN Consejos, 20.243, N 3.

125 No debemos extrañarnos de que a pesar de la muerte de los socios se aprobara el proyecto que ficticiamente se solicitaba a su nombre. La deuda que mantenían con el Erario era muy alta y cualquier ingreso de la Casa vendría bien para su cobro, que resultaba preocupante para el presidente de la Casa de la Contratación: “... con motivo de haber fallecido Don Francisco de San Ginés, conde de Torrealegre, socio, y principal director de la Compañía, me ha parecido interesante a la Real Hacienda, informarme de sus débitos en general, y particular de los socios...” AGI, Indiferente General, 2.485. Carta de Manjón a Gálvez. La relación de deudas que adjunta está fechada el 4 de enero de 1781, a escasos días del fallecimiento de Francisco. Según Julián Ruiz Rivera el permiso resultó desaprobado. Nosotros estimamos que se aprobó aunque con las matizaciones a que nos hemos referido. Ver RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano...”, p. 164.

126 Las respectivas órdenes aparecen firmadas por José de Gálvez. Ver AGI, Indiferente General, 2.485. El 5 de diciembre del referido 1783, Berindoaga escribió a Juan Felipe de Madariaga explicándole que, debido a las presiones de sus compañeros se había visto obligado a partir sin dejar saldadas sus cuentas y si haber entregado el importe de la venta del navío. Esta circunstancia sería esgrimida trece años más tarde por Manuel Cano entendiendo que tras la venta, que él entendía simulada, del navío, Berindoaga había financiado parte de la operación con el saldo, a favor de la Casa, de su cuenta de apoderado. La referencia de tal carta en ANH, Consejos, 20.243, N. 3, 40 dorso.

127 Ver Tabla II. Elaboración propia a partir de los datos obtenidos en AHN, Consejos, 20.243, N.3.

128 Tabla III y restos de datos económicos en AHN, Consejos, 20.243, N. 3.

129 El barco tuvo la desgracia de varar en San José, en el cabo de San Lucas, donde perdió el timón: “...quebrándose tanto que desde allí, sin intermisión ocuparon hasta aquí veinte hombres en la Bomba, con los cuales no podían agotar la mucha agua que hacía...en este deplorable estado con sumo trabajo hicieron su arribada, y consiguieron inmediatamente hacer su descarga, reparar su buque...atumbarlo para carenarlo y hacerle las obras precisas que haya menester.” AGI, Indiferente General, 2.486. Informe fechado el 30 de diciembre de 1784 de José Camacho, responsable del puerto de San Blas, a José de Gálvez

130 Ibídem. Esta carta, dirigida a José de Gálvez, hacía la reflexión de que en un principio la orden del año 83 se había concedido para Cavite, pero Berindoaga había conseguido cambiarla a Cantón: “...todo lo mueve él y consigue los permisos con respecto a la protección Real a favor de la Casa de Ustáriz”.

131 Ibídem. Igualmente la misiva se dirige a José de Gálvez

132 Ibídem. De Gálvez al virrey de Nueva España. Se repite en ella la narración de los hechos ya conocidos.

133 RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano...”, pp. 175-177.

134 Tabla IV. Elaboración propia. Datos en AHN, Consejos, 20.243, N.3.

135 De las cifras de reparto inicial se deducían la avería, los 3.949 pesos de 24 cajones que resultaron estar cargados con ladrillos, los 19.549 pesos de lo vendido en San Blas sin avería y lo dejado en ese puerto pendiente de facturar, todo ello valorado a precios de Asia.

136 Ibídem. Tabla V. Elaboración propia. Datos en AHN, Consejos, 20.243, N.3.

137 Ibídem, folio 42.

138 Ibídem, folio 133 verso.

139 Entre ellas, el descuido, durante tantos años, de los responsables de la Compañía “Ustáriz y San Ginés”, motivado en parte por los sucesos ocurridos a la misma por el fallecimiento de los socios, en parte por las desavenencias domésticas que impedían defender la causa común.

140 AGI, Indiferente General, 2.485.

141 AGI, Indiferente General, 2.485. Fechado en Lima, 24 de marzo de 1786.

142 Por el ingeniero D. Antonio Cazulo y por los maestros mayores de calafates y carpinteros del navío de guerra Santiago de la América.

143 Ibídem. Informe retroactivo de Croix a Antonio Valdés, 16 enero 1788.

144 AGI, Indiferente General, 2.486. En la Orden se hace referencia al permiso del año 1783 para el viaje a Cantón y a la orden de regreso de 1785.

145 Ibídem. Informe fechado en Callao el 7 de mayo de 1787.

146 Ibídem. Declaración fechada en 16 de julio de 1787.

147 Ibídem.

148 Ibídem. Informe de Croix a Valdés. Se nos ocurre pensar que Escobedo, que sufrió aparentemente en su día el engaño de los comerciantes limeños, es posible que tuviese una cierta complicidad.

149 RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano...”, p. 171.

150 Ver, como ejemplo, los documentos de los legajos AGI, Indiferente General 2.485 y 2.486.

151 DIAZ-TRECHUELO SPINOLA, María Lourdes: “Filipinas en el siglo XVIII: la Real Compañía de Filipinas y otras iniciativas de desarrollo” en ELIZALDE PEREZ GRUESO, Dolores (edit.): Las relaciones entre España y Filipinas: siglos XVI-XX, Madrid; Barcelona, Casa Asia; Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2002, pp. 87-122, (p.94): “...la Casa Ustáriz y San Ginés de Cádiz no pudo vencer la fuerte oposición del Consulado de Manila”. En trabajo anterior la misma autora había afirmado que la Casa Ustáriz y San Ginés de Cádiz había conseguido libertad de derechos de entrada y salida, pero que tropezó con la oposición del Consulado de Manila y no llegó a hacer negocios de importancia. DIAZ- TRECHUELO SPINOLA, María Lourdes: La Real Compañía..., p. 19; Ver también MARTÍN PALMA, M. T.: El Consulado de Manila, Granada, Universidad de Granada, 1981, p. 123. En la misma línea se ha especulado con la idoneidad del tráfico naviero malagueño ejercido por Francisco afirmando que no se llegaron a hacer realidad las esperanzas puestas en San Ginés, sin hacerse eco de la muerte del mismo. SANTOS ARREBOLA, M. S.: La proyección ..., pp.22-57.

152 RUIZ RIVERA, J.: “La Casa de Ustáriz ...”, p. 187.

153 Archivo Municipal de San Fernando (AMSF), legajo 1.551.

154 RUIZ RIVERA, J.: “Intento gaditano...”, pp. 148-149.

155 Datos barajados en la elaboración de la Tesis Doctoral que actualmente preparamos.

 


Fotografía de portada: El Galeón de Manila o galeón de Acapulco. Pintura de Nicéforo Rojo, S. XX. Museo Oriental de Valladolid. Fuente: Web del Museo Oriental


Otro artículo de la autora en este blog y su curriculum:
Francisco de Llano San Ginés y el comercio con las Indias: el socio desconocido de la Compañía gaditana “Ustáriz y San Ginés”


Primer premio del concurso Nuestra América 2011, por el trabajo "El mundo de los negocios de Indias: navieros, comerciantes y financieros en el Cádiz del siglo XVIII"
Europapress.es
Agendaempresa.com
Grupo Historia Moderna Universidad de Sevilla



EN IMÁGENES

El galeón de Manila. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México

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