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Frentes Avanzados de la Historia

EDUCANDO AL BELLO SEXO:LA MUJER EN EL DISCURSO ILUSTRADO

EDUCANDO AL BELLO SEXO:LA MUJER EN EL DISCURSO ILUSTRADO

Claudia Rosas Lauro

Pontificia Universidad Católica del Perú

 


“La mujer tiene siempre la forma del sueño que la contiene”.
Juan José Arriola

El discurso ilustrado imagina a la mujer, sueña cómo debe ser, la inventa desde una mirada masculina. Una mirada de hombres de élite, de hombres de cultura que creen tener el poder de crear a la mujer a la imagen y semejanza de su ideal femenino. Médicos, filósofos y demás hombres de ciencia y letras hablan de ella todo el tiempo, incansable y arduamente. La mujer es centro de un encarnizado debate en que se trata de dilucidar su naturaleza misteriosa y normar su rol en la sociedad. Ellos se dirigen, principalmente, a sus esposas y a sus hijas. La mujer de los ilustrados peruanos no es un ser abstracto, adquiere una forma particular, pues se concreta en el estereotipo de la mujer de élite, de la criolla limeña. En este sentido, su discurso expresa el proceso de construcción de una identidad propia manifestada en un nacionalismo criollo consolidado en las postrimerías del período colonial. Se trataba, entonces, de una representación criolla de la mujer[1].

El artículo explora las diversas facetas que adopta la mujer en el discurso ilustrado, que hace de la prensa el medio para ejercer su función pedagógica y docente. Los ilustrados peruanos realmente estaban educando al bello sexo a través de los periódicos. A lo largo de sus páginas podemos percibir los elementos que componen la imagen de mujer que se buscaba proyectar a la sociedad. Un primer aspecto de esta representación es la misteriosa y temible sexualidad femenina, que debía ser regulada mediante el honor y el recato. La belleza y la seducción son vistas como formas de poder que se expresaban en usos y costumbres femeninas como la vestimenta y la cosmética. Otro elemento central en la configuración de la imagen femenina es el matrimonio, que nos permite incursionar en temas como el amor y la fidelidad conyugal. Un tercer punto de análisis es la maternidad, donde se enfocan las prescripciones médicas de higiene y salud durante el embarazo y el parto así como los consejos morales sobre la educación de los niños. Este aspecto se vincula con el siguiente, que trata sobre la mujer y su acceso a la cultura. Finalmente, terminaremos con una mirada fugaz a los espacios femeninos tanto públicos como privados.


1. La educación y el discurso ilustrado

El discurso ilustrado otorga un protagonismo principal a la educación, pues considera que la felicidad de los hombres depende de ella y dicha felicidad es el fin principal de la naturaleza humana, la cual es perfectible y se moldea a través de la educación. Esa ciega confianza ilustrada en la educación como instrumento para perfeccionar y reformar la naturaleza del hombre, evidencia toda una dinámica secularizadora de la sociedad. Si bien la importancia de la educación nunca había sido subestimada, antes del siglo XVIII se consideraba que tenía objetivos específicos y un campo de acción limitado. Con la Ilustración se empieza a vincular la educación con el dominio público, con la sociedad en su conjunto y con el ámbito de decisiones de la autoridad política. La educación permitía, en la perspectiva de los ilustrados, el desarrollo de las potencialidades buenas de la naturaleza humana y la constricción de la exteriorización de las pasiones. Entonces, por medio de la educación, el hombre logra la domesticación de las pasiones naturales y su transformación en virtudes sociales para el interés personal y la utilidad social[2].

En consecuencia, el discurso ilustrado respondía a la voluntad dieciochesca de cambiar la sociedad según los presupuestos ilustrados, siendo la prensa periódica uno más de los diversos medios empleados por el Estado y las élites para educar. Como señala Jean Sarrailh, el proyecto reformista borbónico pretendía modelar y controlar a la sociedad[3], de la cual la mujer formaba parte, por eso el afán normativo y preceptivo también se extendió al ámbito femenino. Se trataba de delimitar claramente un rol para la mujer y que ella debía asumir para la construcción de una nueva sociedad. Este discurso se nutría de tradicionales supuestos sobre la inferioridad de las mujeres y la necesidad de controlarlas y subordinarlas, que se mezclaban con las nuevas ideas y el avance científico de la época. En este período fue importante la producción de discursos, imágenes y representaciones sobre la sociedad peruana, pues lo que empieza a delinearse en esta etapa se perfilará claramente en la centuria siguiente. En este proceso, la mujer no se hallaba ausente, por el contrario, era una pieza angular en el nuevo proyecto[4].

Entonces, el proyecto ilustrado, un proyecto verdaderamente optimista, utilizó un nuevo medio que empezaba a crecer en importancia para difundir sus máximas, sobretodo, entre las mujeres. Por eso, a fines del siglo XVIII los periódicos van a cumplir un rol fundamental en el proceso de construcción de la nueva sociedad. El deseo de modernizar los conocimientos y actualizar la cultura levanta su voz desde los periódicos. Muchas veces son difusores de cosas sorprendentes y otras de experimentos singulares sin ordenarlos en un sistema, pero están siempre al servicio de la ciencia extrauniversitaria, de las ciencias útiles y de la modernidad. Como sostiene Sánchez-Blanco, a falta de una institución educativa que enseñe los nuevos conocimientos, los periódicos se convierten en sucedáneo de la enseñanza superior ocupando un lugar intermedio entre especialistas y la mera divulgación[5].

La prensa se erige como una tribuna de moral laica difundiendo un discurso que, según el editor de un periódico de la época,

... haga patentes a todos los defectos de las costumbres públicas por medio de la crítica... a fin de suavizar la aspereza de las costumbres públicas” (Prospecto, Semanario Crítico). Los agentes que tendrían un papel fundamental para lograr este fin serían las mujeres, pues se consideraba que esa era su misión natural, tal como se expresa en otra de las publicaciones cuando se afirma que eran “Nacidas para suavizar las costumbres del hombre...

(Gaceta de Lima Nº 21, 11 jun. 1794)


Dentro de esta orientación pedagógica y docente es que el discurso ilustrado abordó el tema de la mujer para definir su rol dentro de la sociedad, como se evidencia en los cuatro periódicos editados en Lima durante esta época. Es importante señalar que estos periódicos eran publicados por hombres, pues la prensa femenina y las mujeres periodistas aparecerán recién en la centuria siguiente. Sin embargo, a diferencia de los que postulan la aparición de una prensa orientada a un público femenino recién en el siglo XIX, proponemos que el primer periódico destinado a las mujeres, esencialmente a las madres de la élite, surgió a fines del siglo XVIII. Este fue el Semanario Crítico que, editado por el sacerdote franciscano Juan Antonio de Olavarrieta, aparecía los domingos y fueron dieciséis números en total que trataban, esencialmente, sobre la educación de los hijos. En el prospecto el editor lo manifiesta claramente al afirmar que:



No será pues ultilísima ocupación hacer ver a las Señoras mujeres sus comunes defectos en este ramo tan importante a la sociedad, desde el momento en que una agradable suerte las condecoró con el dulce título y renombre de Madres?

(Prospecto, Semanario Crítico).

 

En efecto, el público lector estaba constituido por las madres, a ellas se dirigían los consejos para la educación de sus hijos y las orientaciones para llevar adelante una adecuada maternidad. En esta misma época circuló el Diario de Lima, que empezó a publicarse en octubre de 1790 y salió durante dos años, bajo la dirección de Jaime Bausate y Mesa. Los temas que abordaba eran diversos: principalmente se trataba de proposiciones morales mediante cartas que exponían casos supuestamente reales o a través de poemas y disertaciones; además se anunciaban compras, ventas y alquileres, generalmente, de amas de leche.

Otro carácter tuvo la Gaceta de Lima, que surgió en 1793 con el objetivo de dar la versión oficial sobre la Revolución Francesa[6]. Su publicación fue una de las medidas adoptadas por las autoridades virreinales para evitar la posible difusión de ideas contrarias al sistema político. Empezó a circular cuando ya habían desaparecido el Diario y el Semanario, pero aún se editaba el Mercurio. Esta publicación es de gran relevancia porque constituye el primer periódico peruano que trató sistemáticamente un tema de carácter internacional, pues casi la totalidad de los ejemplares estaban dedicados a informar sobre el evento político que estremecía al mundo[7]. Se puede entrever en sus páginas la imagen de la mujer en un contexto revolucionario.

El más exitoso y prestigioso de estos periódicos fue, sin lugar a dudas, el Mercurio Peruano. Editado por miembros de la élite organizados en la Sociedad de Amantes del País circuló desde 1791 hasta 1795, contando con el favor de las altas autoridades coloniales[8]. Cabe resaltar que tres mujeres, cuya identidad desconocemos, participaron en las primeras tertulias de la Sociedad pero luego no figuraron. Dedicó sus páginas íntegramente a temas orientados al conocimiento del país, por lo que ha sido considerado por la historiografía el paradigma de la Ilustración peruana de fines del siglo XVIII, llegando a eclipsar en el discurso histórico a las otras publicaciones periódicas de la época.

Estos periódicos, a medida que expresaban una concepción moderna y profesional de la prensa, iban a producir un destinatario al que llamaron público y con el cual mantenían una relación activa por la frecuencia con la que se editaban. De esta manera, el periodismo supuso y a la vez fue constituyendo la opinión pública. Según Jurgen Habermas, esta transformación que llevó al surgimiento de la moderna opinión pública se gestó durante el siglo XVIII en Europa [9], y que en el Perú se hizo palpable a fines de esta centuria.

Estas publicaciones circulaban, principalmente, entre los miembros de los estratos sociales más altos, sin embargo las capas superiores de los sectores populares urbanos no estuvieron al margen del impacto de la prensa en su vida diaria[10]. Los periódicos eran leídos en los espacios de sociabilidad de la ciudad, donde las noticias eran comentadas dando origen a corrientes de opinión, acalorados debates y proliferación de rumores. En las Tertulias, los Cafés, las Fondas, las barberías y otros espacios de encuentro, tanto de la élite como del pueblo, se leían y comentaban los artículos periodísticos. Muchas veces, un ejemplar era conocido por más de una persona, pues la lectura en voz alta era una práctica cotidiana, como lo ha explicado Roger Chartier en sus estudios sobre la Europa moderna[11]. Pero, no sólo era importante que el periódico llegara a manos de los habitantes y que lo leyeran, sino también considerar que el mismo contenido de un ejemplar podía tener múltiples lecturas y disímiles interpretaciones según la persona que lo leyera[12]. A continuación apreciaremos cuál era el contenido de estos periódicos que expresaban una visión dieciochesca e ilustrada de la mujer.


2. La sexualidad femenina: lo prohibido y lo pecaminoso

La mujer era definida en función de su sexo, de su capacidad para engendrar, entonces la medicina y la ciencia se empeñarían en hallar en su cuerpo la explicación última de su naturaleza. Identificadas con sus cuerpos, las mujeres terminaron por ser presas de ellos en el discurso filosófico, religioso y médico. Desde la Edad Media la medicina aparece como prisionera de un mismo discurso en el que el cuerpo de la mujer interesa como ente necesario para la reprucción. Era común apelar al discurso médico para comprender la naturaleza femenina y en base a ello, justificar el rol de la mujer en la sociedad. Los fundamentos históricos de este discurso se habían establecido mucho tiempo atrás, a finales del siglo XIII con el aristotelismo que reducía lo femenino a lo incompleto y el galenismo que lo encerraba en la especificidad del útero[13]. El punto de referencia era la anatomía del hombre y por eso la definición de “úteros andantes” o “varones imperfectos”. Estos presupuestos frenaron el avance ginecológico y sirvieron para explicar el rol de la mujer en la sociedad.

Después del mito de la mujer incompleta se instaura el de la mujer útero a partir del siglo XVI hasta el XIX. Entonces, el órgano que determina la identidad de la mujer es el útero, esto explica las características de una fisiología y psicología muy vulnerables en el sexo femenino. La irascibilidad del útero sustituye al temperamento húmedo, por la teoría de los temperamentos, para explicar la inferioridad natural de la mujer. Entonces, el sexo no define la naturaleza del hombre, pero sí de la mujer. En el discurso ilustrado el recurso a la naturaleza permitió producir una teoría racional de lo femenino en la cual el sexo legitimaba por naturaleza la inferioridad femenina.

A este respecto, es interesante una extensa disertación en que se trataba sobre si una mujer se podía convertir en hombre. Acerca del particular se establecían diferencias físicas de género, y sobre una base científica se negaba la posibilidad de esta transformación. Sobre esta polémica se expresaba un artículo del Mercurio Peruano en 1792 planteando que:



Según nuestros más clásicos autores en el hombre se hallan tres circunstancias, que lo distinguen esencialmente de la mujer, y en esta solamente una: a saber, en el hombre, lo primero, la notoria diferencia que se halla en el Pirineo respecto a la mujer: lo segundo el foramen del Pene llamado uretra por donde sale la orina: lo tercero el escroto en donde se hallan los testículos.

(Mercurio Peruano V, 9-12 ag. 1792)



La teoría de los temperamentos explicada en los textos antiguos y los principios de la fisiología galénica explicaron dimorfismo sexual durante toda la Edad Media, seguían vigentes en el siglo XVII y fueron reformulados en el XVIII. Hasta que los médicos filósofos empiezan a ver el cuerpo femenino como un cuerpo completo y singular. En el siglo XVIII, se llega a la conclusión de que el temperamento era incapaz de producir un cambio de lugar de los órganos y que las partes del hombre no se parecían a las de la mujer. Entonces, el pensamiento ilustrado está convencido de que las historias de trasmutaciones sexuales eran mera fantasía. Según Guibelet y Du Laurence estos relatos indicarían casos de hermafroditismo o de excrecencia monstruosa del clítoris[14]. En el artículo hay alusiones a los hermafroditas, de quienes se decía que “tienen unos ciertos promiscuos caracteres”, porque aparentemente participaban de uno y otro sexo. Sin embargo, los mercuristas señalaban que con el tiempo y el prolijo examen de los peritos, se desvanecían perfectamente las dudas que podían suscitarse entre los teólogos y canonistas, para que bautizaran como hombre al que tuvieron al principio como mujer (Mercurio Peruano, V, 9 ag. 1792).

Sólo se contemplan como naturales dos posibilidades, hombre o mujer, ninguna otra. Dentro de esta explicación, los homosexuales no cabrían, ni hombres ni mujeres según el discurso médico, serían una atroz anomalía, un error de la naturaleza. La transexualidad cuando se la admite como biológicamente posible es siempre considerada como una virilización.

Esta visión se debía también a la dura crítica que recibieron las mujeres en el pensamiento ilustrado. El gran problema siempre había sido la sexualidad femenina, su naturaleza insaciable y lujuriosa. En una pieza literaria, cuyo sugerente título era “Definición de Mujer”, se manifiesta la ambigüedad que existía en la actitud ante el sexo femenino.



Es la mujer del hombre lo más bueno
Es la mujer del hombre lo mas malo ....
Es un Angel, y a veces una Harpia ....
Es la mujer, al fin, como sangría,
Que a veces da salud, y a veces mata

(Diario, 9 jun. 1791)



Había una actitud de desconfianza frente a la mujer. Siguiendo a Macera, podemos afirmar que la ascética cristiana unida a la tradición clásica ofrecieron en el siglo XVIII los mejores argumentos en favor de la superioridad masculina y contra el peligro de los placeres sexuales[15]. En este período, como en los anteriores, la mujer y la tentación del sexo constituían una amenaza para el hombre porque eran contrarios al ejercicio de su razón y a la salvación de su alma, ideales tan caros a la ilustración y al catolicismo respectivamente. Esto explica el cuestionamiento severo que desarrolla la prensa con respecto a la posición femenina en la sociedad y la propaganda que hacía de los ideales de pudor y honor femenino.



Honor y recato


Retrato de Doña Mariana Belsunse y Salasar. Anónimo. Lima, Perú. Siglo XVIII Pintura al óleo. Museo de Arte de Brooklyn. http://www.smith.edu/vistas/vistas_web/espanol/visualculture.htm


La honra femenina y el recato eran principios que toda mujer debía proteger. Uno de los principales consejos dados a las mujeres consistía en que no confiaran plenamente en su belleza y perdieran el honor con un hombre que después las abandonara. Un ejemplo de ello se encuentra en la “Glosa que muestra a la hermosura el evidente riesgo de despreciada después de poseída”, donde el autor advierte:



A ninguno tu beldad entregues,
que es sin razón, que sirva tu perfección,
de triunfo a su vanidad (...) sino serás desgraciada.

(Diario, 4 enero. 1791)

 

Se insiste, entonces, en la preservación del honor de la mujer (Diario, 2 en. 1791), el cual constituía un mecanismo de control de la sexualidad femenina. Se exponen casos edificantes para advertir a hombres y mujeres las graves consecuencias que podía acarrear este tipo de comportamiento. Una joven explicaba su caso diciendo que:



Apenas había cumplido los 16 años, y me hallaba en la flor de mi hermosura, cuando un vil y pérfido traidor vino a galantearme, y con promesa de casamiento me hizo la más infeliz de todas las mujeres.

(Diario, 24 febrero. 1791)

 

En la noticia se muestra a los seductores que fácilmente podían ser presa de la venganza femenina o retados a duelo por algún varón que quisiera limpiar su honra. La apelación al duelo para limpiar el honor femenino es particularmente significativo, pues se convierte en una forma tradicional de control social, comúnmente aceptado, para evitar las relaciones fuera del matrimonio. La prensa buscaba normar de esta manera el comportamiento sexual de hombres y mujeres, orientándolo hacia el matrimonio.

Además, hay que considerar que el honor masculino también se medía en función del honor femenino. Por ello, los hombres no estuvieron al margen de estas enseñanzas, en los periódicos se lanzan constantes advertencias a los seductores de las jóvenes, como la que sigue a continuación:



Que el que trata con doncellas,
logre divertirse con ellas,
bien puede ser.
Mas despues de divertido,
deje de ser marido,
no puede ser.

(Diario, 2 enero. 1791)



Las advertencias a los donjuanes y libertinos continuaban diciendo que “..la falsa maxima recibida de los libertinos, que aquella que fue liberal de sus ultimos favores con uno, puede franquearlos a mil” (Diario, 24 feb. 1791). Esta vocación de normar los comportamientos femeninos y masculinos se extendía a toda la sociedad como se evidencia en la publicación del Bando en el que se ordenaba la separación de los baños públicos de hombres y mujeres (Diario, 16 feb. 1791). Esta disposición se debía a los cotidianos desórdenes que se generaban entre hombres y mujeres, y que se pretendían evitar a través de la diferenciación de los espacios.

En este sentido, son significativas las alusiones a las enfermedades venéreas. En una disertación se mencionaba que: “Del mal venereo en particular sabemos que se comunica, y tenemos demasiados ejemplos de niños, que desde su nacimiento han sido víctimas de la vida licenciosa de sus Padres” (Mercurio Peruano IX, 29 dic. 1793). Tanto es así que se publicó en el Mercurio una receta para enfermedades venéreas (Mercurio Peruano, X, 6 feb. 1794). Desde una esfera laica y pública, el periódico intervenía en la vida privada, en la vida íntima de hombres y mujeres, apelando a su racionalidad, a sus convicciones religiosas; pero también, a sus creencias morales, a sus temores, a su sensibilidad.

La sublimación de la sexualidad en la imagen de la joven limeña iba de la mano con el deseo expreso de normar su recato a través del pudor o la verguenza, que no sólo protegía a la mujer de los asaltos de los hombres, sino también servía para contener los desbordes propios de la naturaleza femenina. En contraste con el recato de la limeña criolla, la mujer negra estaba asociada a la sexualidad, lo cual era debido a sus rasgos físicos según la argumentación racista de la época. Por eso, en más de un pasaje, se la presenta como objeto de deseo sexual[16]. Esta imagen iba acompañada siempre del cuestionamiento que se hacía de su moralidad. Además de la diferenciación socio-racial, esta visión se debía a la importancia que daba el pensamiento ilustrado al factor climático y su influencia sobre el ser humano, que hacía más recatadas a unas mujeres y más liberales a otras.

No sólo a las jóvenes se dedicaron los escritos sobre el cuidado que debían tener de su honor. Las viudas constituyen otro de los personajes a los que se dirigió una prensa con función docente. Se enfatiza en la posibilidad de que la viuda encuentre consuelo en diferentes hombres convirtiéndose en una mujer de mala reputación; frente a este problema los periódicos postulan diversas alternativas. Cuando se refiere que las negras eran inútiles para el servicio doméstico se propone que las viudas se desempeñen como amas de llaves o amas de leche, “por no quedar expuestas a la debilidad del sexo, y asegurar así su reputación y subsistencia” (Diario, 14 abr. 1791). O cuando se comenta que la madre viuda debía dedicarse a sus hijos “sin que la seducción triunfase de su virtud y la desviase de sus oficios” (Mercurio Peruano X, 16 feb. 1794).

Para ejemplificar la máxima expresión de estos principios de castidad y honra, se mostraba la imagen de las santas y monjas. En el Diario de Lima, es patente la imagen de Santa Rosa que se evidencia a través de noticias sobre su canonización, los milagros que realizó y las fiestas llevadas a cabo en su honor. Es así como el periódico limeño expresaba que santa Rosa era “una de las más prodigiosas mujeres que han visto los siglos pasados y verán acaso los venideros” (Diario, 12-15-20 abr. 1791), elevándola al papel de modelo ejemplar de mujer. Además, los criollos encontraban en su figura un elemento para la construcción de una identidad propia.

En oposición a esta imagen, aparece la mujer de mala vida que lleva al extremo la idea de que la mujer es la fuente del pecado, instrumento de la lujuria y de los placeres de la carne. Su aparición en el discurso periodístico es interesante porque permite apreciar cómo el mito de la mujer devoradora cobra realidad a través de la mujer de malas costumbres o de la prostituta, en las que el pudor no habría podido poner freno a la insaciabilidad propia de su sexo. De acuerdo con la visión de la época:



En la sexualidad de la mujer, la naturaleza se permite desbordes. El sexo llamado débil tiene deseos ilimitados, tiene una actividad devoradora que, en determinados climas, se expande tan amenazadoramente que, para tranquilidad y paz de todos, los hombres (...) encierran a sus mujeres.[17]



Es por ello que Ignacio de Lequanda, en el “Discurso sobre el destino que debía darse a la gente vaga en Lima”, afirmaba que “Nadie duda que la reclusión de estas mujeres contribuye a conservar las buenas costumbres” (Mercurio Peruano X, 23 feb. 1794). Este ilustrado señalaba que cuando las mujeres se hallaban en una situación económica lamentable se empleaban en “los oficios más indecorosos” y hacían en la sociedad “el papel más despreciable y criminal” (Mercurio Peruano X, 16 feb. 1794). La prostitución se daba entre las negras, indias, mestizas y mulatas como entre las españolas. Si bien son todas ellas mujeres de mala vida, se remarcan las diferencias por su extracción social y racial. En el caso de las primeras son vistas como un “gremio menos honesto, que estando de ellas más distantes las leyes del pudor, son de genios más libres y desenvueltos”. Mientras que las españolas que pasaban “de la vida inocente a la vida licenciosa: pero aún en ella vive la mayor parte con recato y sin escándalo”. A nivel de las prostitutas se mantenía la jerarquización socio-racial. Asimismo, aparece una clara separación y discriminación de estas mujeres en el conjunto social. En una noticia procedente de la Gaceta de Lima se relataba que se había mandado en Francia que todas las mujeres pidieran cédula de civismo, las que lo merecieran llevarían la escarapela nacional, mientras que a las de mala vida no se les concedería el derecho de portar este distintivo (Gaceta de Lima Nº 13, 19 abr. 1794, p.232).

Como veíamos, el honor femenino constituía un fuerte valor que cohesionaba a la sociedad en su total aceptación. Cuando se describía en la Gaceta la violencia de los revolucionarios franceses, para desprestigiar a la revolución aparecía la mujer ofendida en su pudor, como en la ciudad de Poperinque, donde habían obligado a todas las mujeres del lugar a despojarse de su ropa en medio de la calle, haciéndolas quitarse hasta el calzado y las medias (Gaceta de Lima Nº 22, 14 jun. 1794). Peor aún, cuando las noticias insistían en el ultraje a la reputación de la Reina antes de su muerte, concluyendo el artículo que “no bastando a sus verdugos quitarle la vida, sino también la honra” (Gaceta de Lima Nº 11, 11 abr. 1794), bien tan caro a una mujer hasta después de su muerte. Con el fin de acentuar la naturaleza caótica y violenta de la revolución en el periódico se le presentaba ajusticiada, violada, ofendida en su pudor. De este modo, apreciarían los lectores cómo en un contexto revolucionario donde se había dado la inmersión del orden, no se respetaba ni la vida ni la honra de las mujeres, principios tan caros a toda sociedad civilizada. Este entonces, era un argumento sólido para la propaganda contrarrevolucionaria.


Belleza y seducción

En los periódicos encontramos el énfasis en el tratamiento del tema de la belleza, aspecto central en la configuración de la imagen femenina. En este sentido, resulta significativa la generalizada denominación de “bello sexo” utilizada en esta época y en la centuria siguiente para referirse al género femenino, lo que revela como el atributo de belleza era considerado propio de las mujeres. En efecto, un redactor del periódico expresaba que: “La hermosura es la excelencia como privativa de su sexo, llamado por antonomasia el hermoso” (Mercurio Peruano IV, 19 abr. 1792).

Por ello, el tema de la belleza femenina fue materia a la que no dejó de prestar atención el discurso ilustrado. En el periodismo de la época aparecen numerosos comentarios sobre el tema. Un artículo estaba dedicado a presentar las “Ideas que tienen los diferentes pueblos sobre la hermosura”, donde se ponía de relieve el aspecto cultural de las diversas concepciones de belleza (Diario, 9 en. 1791). De acuerdo con el texto, las groenlandesas gustaban llevar el cabello largo, las mujeres de las Islas Marianas lo blanqueaban y las judías le echaban polvo de oro. Las mujeres de Florida se pintaban los ojos mientras que las griegas y romanas se bruñían como las turcas. Las chinas trataban de mantener pequeños sus ojos y sus pies como señal de belleza.

Al margen de estas reflexiones sobre la naturaleza de la belleza femenina, ésta era percibida como una forma de poder y en ese sentido era reverenciada al mismo tiempo que temida. En principio, la belleza daba a su poseedora un poder inusitado y tremendo sobre el hombre, lo cual es resaltado en el discurso ilustrado a cada instante. Entonces, se considera que “El principal patrimonio que constituye el esplendor y la opulencia de la mujer, estriba en el dominio que disfruta comunmente sobre el varon” y su hermosura la que “forma los grillos con que aprisiona y sujeta la dignidad del varón” (Mercurio Peruano X, 1794). Pero, esta no era la única dimensión del misterioso poder que daba a las mujeres su belleza. En una “Carta dirigida a una mujer hermosa” se le reprueba por comportarse como una tirana que perdía de vista lo justo y lo honesto, pues no iba a la Iglesia para adorar a quien le había dado la belleza, sino para usurparle las adoraciones. Se les tilda a estas mujeres de “heresiarcas que merecen los rayos de la venganza divina” (Diario, 13 jun. 1791). De acuerdo con Veronique Nahowm-Grappe, el poder de la belleza funciona en el breve lapso de la percepción estética y se convierte en el centro de atención que atrae las miradas, por lo que la mujer bella rivaliza entonces con las instancias de poder como el trono y el altar. En este sentido, la belleza corporal amenaza la jerarquía, pero es una amenaza puramente formal que se esfuma con la desaparición del objeto[18]. Sin embargo, formal y momentánea, la belleza femenina seguía siendo una amenaza a otras formas de poder.

Este temor a la belleza femenina no era nuevo, pero se mezcló con otras tradiciones culturales. En efecto, durante la Edad Media se manifestó un temor a la belleza femenina y el poder que ésta daba a las mujeres sobre los hombres, mientras que en el Renacimiento la belleza femenina era concebida como signo exterior de una bondad interior e invisible, por lo que la fealdad era asociada con la inferioridad social y el vicio[19]. El Siglo de la Ilustración va a ser heredero de estas dos tradiciones, exaltando el ideal de belleza femenina y criticando la fealdad de las mujeres que va a ser objeto de burla y de diatriba. Un ejemplo muy claro es el de la “Carta de la Sociedad de los Feos”, en la cual el editor comenta que los asociados han tenido siempre en tanta estimación al otro sexo, que están prontos a admitir a las damas, pero ninguna se ha acercado aunque “en el día abundan más las fealdades y defectos en las mujeres que en los hombres” (Diario, 22 feb. 1791).

La exaltación del ideal de belleza femenino era el de la joven. Por ello, la mujer anciana era mal vista porque había dejado atrás su belleza y su juventud. Se advertía a la muchacha que iba a perder su hermosura cuando envejeciera (Diario, 14 jun. 1791) y que si quedaba soltera iba a ser más cuestionada, pues la anciana soltera fue totalmente descalificada (Diario, 3 en. 1791). En general, existía una imagen negativa de la vejez, pero en particular, de la vejez femenina.

En la prensa ilustrada, destaca en especial la belleza atribuida a la mujer limeña, llegándose a afirmar que las jóvenes limeñas eran de una belleza igual o superior a aquella de las mujeres pertenecientes a otras culturas y razas (Mercurio Peruano I, 6 marz. 1791). Había una intención de propagandizar la belleza limeña, considerada prototipo de la peruana, seguramente con el objetivo de realzar la imagen de la mujer criolla sobretodo frente a la europea. Asimismo, se trataba de difundir en la prensa una imagen criolla de la mujer, donde la limeña reflejaría un estereotipo centralista frente al de las provincias. Se destaca, entonces, la imagen de la excepcional belleza de la limeña con su coquetería característica, orientada a la consecución de un esposo. En efecto, el centro de la vida de esta mujer sería la búsqueda de un marido, para lo cual despliega todas sus habilidades para seducir al hombre, pero sin perder el honor[20]. Este discurso reivindicatorio de la belleza femenina local es comprensible en función del nacionalismo criollo presente en el discurso ilustrado peruano, que buscaba hacer frente a las severas críticas de la realidad americana esgrimidas por los autores europeos.

El deseo de resaltar su hermosura iba de la mano con la propaganda que se hacía de su habilidad para seducir. La mujer era objeto de enfoques ambiguos dentro del pensamiento ilustrado, pues una vez destacada su belleza, su encanto, ese irresistible atractivo que ejerce sobre el otro, los textos insisten sobre su pusilanimidad, su debilidad y su coquetería, todas ellas cualidades que en lo físico y lo moral se confunden[21]. De esta manera, la prensa ofrecía descripciones detalladas de cómo esta mujer se paseaba coquetamente en los lugares públicos como la Alameda (Mercurio Peruano I, 13 en. 1791). La limeña era una mujer que gustaba mantenerse bella, bien vestida y con una agitada vida social que incluía desde los toros, rodeos y fiestas hasta las festividades religiosas. Era una mujer que ejercía su dominio sobre el hombre, sin embargo dependía de él pues está presente la idea de que la mayoría de ellas vivía bajo el asilo y la protección de sus padres, maridos o parientes (Mercurio Peruano X, 16 feb. 1794). La joven casadera resalta en los periódicos limeños por su gran belleza y su destreza para coquetear y seducir al hombre, quien vive bajo el imperio de una constante amenaza.

En este sentido, es que encontramos en los periódicos la recurrencia del tema de la seducción de las mujeres. En efecto, se enfatiza como a través del arte de la seducción las jóvenes limeñas enamoraban a los hombres y se convertían en dueñas de su voluntad. Es más, se cuestiona el hecho de que seducían haciendo “abuso de su belleza” (Diario, 14 jun. 1791). Las limeñas ejercían su poder sobre el hombre por medio de sus atributos físicos, que realzaban a través del vestido y el maquillaje.


Vestimenta y maquillaje

Al lado del ideal de belleza, otro tópico recurrente en la caracterización de la mujer era la vestimenta. Se evidencia una clara diferenciación en el atuendo femenino y el masculino, siendo este campo dominio privilegiado de la mujer, que buscaba verse bella y femenina. Por eso, los intentos de las mujeres por llevar pantalones eran mal vistos porque iban contra el orden natural y por tanto, contra la jerarquía social. Ese era el caso de las revolucionarias francesas que vestían pantalones o calzones largos a semejanza de los sans-cullottes (Gaceta de Lima Nº 22, 11 jun. 1794, p.298). El hecho de que las mujeres vistieran prendas masculinas era otra de las evidencias de la total inversión del orden natural y social provocado por la Revolución Francesa.

Hay un gran interés por la vestimenta que se evidencia a través de los artículos que hablan, en general, del gusto y la moda en el vestir de las mujeres (Semanario Crítico Nº 3,4, 12,13). Asimismo, encontramos noticias dedicadas a describir las piezas del atuendo femenino como el puchero de flores, cuya descripción es ofrecida por los mercuristas a raiz del pedido de un lector interesado.



El fondo principal de puchero de flores es una manzanita al tamaño de la nuez, un palillo, uno o dos capulies, igual número de cerezas, y el azahar de naranja agria: puesto todo sobre una hoja de plátano... salpicadas encima las flores de manzanilla, del alelí amarillo, de las violetas, la aroma, la margarita, sobre lo cual se pone una rama pequeña de albahaca... otra del choclo, que trae una flor entre morada y blanca, tal vez una vara de jacinto, una rama de junco, cuyas flores son amarillas entre hojas blancas, y una frutilla pequeña ... todo lo que roseado con una agua de olor...

(Mercurio Peruano III, 18 septiembre. 1791)



Otra de las piezas más importantes del atuendo utilizado por las limeñas fue el faldellín, que es mencionado en varias oportunidades.



Un faldellín de los ricos
Vale siempre en Bodegones
incluyendo guarniciones
Y los diez pesos de hechura;
Y a pesar de su estructura
Que parece teatral,
Su salero lo hace tal,
Que realza la hermosura.

(Mercurio Peruano I, 6 marzo. 1791)

 

Del mismo modo se mencionan los grandes aros portados por las mujeres de la capital (Diario, 8 feb. 1791). Estas referencias aparecen muchas veces en forma de poemas dedicados a ensalzar las partes del vestuario femenino y se resalta que son prendas de origen local, específicamente limeñas, lo cual estaría reflejando la construcción de una indentidad criolla a través de la vestimenta. Dichos artículos cumplían también el objetivo de propagandizar el uso de estas prendas entre el público femenino ya que se mencionaba dónde eran adquiridas, el precio al que ascendían los modelos que se podían comprar y la forma en que debían ser llevados.

Este interés por hacer propaganda de la vestimenta femenina se debía, entre otras cosas, a que durante el siglo XVIII, el papel de las mujeres como consumidoras se consolida. Los Borbones dan un nuevo cariz a la corte y se difunde la moda francesa al mismo tiempo que los espectáculos públicos para exhibirla. Sin embargo, la importación de productos suntuarios se convierte en una carga demasiado pesada para un país con una economía como la española. Por ello, según Bonie Anderson “uno de los temas predilectos de los ilustrados será precisamente la necesidad de que las mujeres vuelvan al tradicional modelo de austeridad, laboriosidad y recato que se había diseñado para ellas[22].

En el Mercurio un airado esposo se quejaba, a través de una carta, de que su mujer gastaba excesivamente en su vestuario, especialmente en el de tapada



Según mis cuentas ajustadas por un quinquenio son precisos al cabo del año cuatro faldellines de verano, y dos a lo menos de invierno, y aun sobre esto último tenemos mil camorras (de donde provienen las pataletas), porque el faldellín que sirvió para una función no ha de salir en otra así de pronto. ¿ Con qué se paga pues todo esto?

(Mercurio Peruano I, 10 febrero. 1791)

Es necesario señalar que este tipo de cartas, que intentaban exponer casos con la mayor carga verídica, eran inventadas por los editores del periódico para que sirvieran de ejemplo al público lector sobre lo que se debía o no hacer. Es decir, formaban parte de una estrategia desplegada por la prensa para cumplir con su vocación moralizadora. Entonces, las mujeres supuestamente contestaban al esposo enfurecido, argumentando que la vestimenta era una preocupación propia de su género, en la cual no debían inmiscuirse los hombres. Por ello, se muestra a las criollas como mujeres que no permitían que el marido las vista “según su gusto estrafalario”, mostrando independencia en este campo (Mercurio Peruano I, 3 mar. 1791). Sin embargo, este tipo de epístola que representaría la voz femenina, en realidad constituye una palabra doblemente masculina escondida bajo la máscara de la palabra del otro sexo.

El problema que ponía en evidencia esta carta era el del lujo de las mujeres y el excesivo gasto que éste significaba para la economía familiar. Justamente, el lujo en el siglo XVIII fue condenado tanto por moralistas como por economistas. Como vemos a través de la noticia, el lujo significa gasto y es considerado sinónimo de vanidad y ostentación. Para algunos ilustrados, el mal lujo es el de la aristocracia y el buen lujo es el de la burguesía. Lima padecía del primero[23]. Sin embargo, la causa de la crítica a los excesivos gastos de las mujeres no sólo se fundamenta en cuestiones de tipo económico, sino también en el nuevo ideal de mujer laboriosa, recatada y dedicada completamente al hogar.

El aspecto del vestuario se vinculaba con el de la belleza en dos sentidos. Por un lado, se consideraba que el vestuario era un medio que las mujeres utilizaban para verse bellas y distinguirse socialmente de las demás clases. La vestimenta de las mujeres negras y mulatas debía diferenciarse de la utilizada por mujeres de otros grupos sociales. En tal sentido, se recomendaba no vestirlas como las mejores señoritas (Diario, 14 abr. 1791). De esta manera, se remarcaban las diferencias socio-raciales en una sociedad tan compleja como la de las postrimerías de la época colonial. Por otra parte, se enfatizaba que el atuendo y los adornos no eran capaces de dar hermosura a quien no la tenía:



... saben muy bien estas señoritas...que los ricos adornos, superfluas galas, y redundancia de preciosos diges no es capaz de dar nueva y agradable forma a quien no la tuviere.

(Semanario Crítico Nº 12)

 
La cosmética era otro de los aspectos del vestir femenino, pues la pintura era vista como la “vestimenta” de las partes visibles del cuerpo y como un accesorio que completaba el arte de ponerse bella. Para las mujeres el maquillaje era indicador de status social y era parte de la obligación social y moral de aparecer bellas. Pero, tanto en Europa como en América, se difundieron argumentos negativos contra la costumbre femenina de maquillarse. Se incidía sobre los nocivos efectos que a largo plazo tenía esta práctica en el aspecto físico de las mujeres. Asimismo, se pensaba que no era natural pues alteraba “el rostro de Dios” y se le asociaba con el engaño y el adulterio. Al parecer, el ataque a la cosmética se debía, principalmente, a un profundo miedo masculino al engaño[24]. Entonces, el hecho de que las mujeres recurriesen a la cosmética para verse bellas no dejó de ser objeto de reprobación en el discurso ilustrado.

Ejemplo de ello es la protesta de un marido furioso que relataba cómo había sido engañado mediante los artificios de la cosmética, pues descubrió que la belleza de su esposa “era un puro efecto del arte”, por lo cual quería separarse de ella o que el padre entregase una mayor dote (Diario, 17 feb. 1791). En el siguiente ejemplar, el editor respondía realizando una distinción entre las mujeres que conservaban el rostro natural, a las que llamaba puras, y aquellas que lo tomaban prestado del arte, a las que denominaba pintadas. Con afán pedagógico, el redactor narraba el desgraciado caso de un amigo suyo con una pintada y aconsejaba a la pura que debía alejarse de esos engaños, dado que la mujer “libre de todo artificio interior, no necesita el exterior”. Se advertía que esta práctica podía acarrear funestas consecuencias (Diario, 18 feb. 1791).

Estas advertencias tenían su razón de ser dado que, tanto en el Perú como en Europa, la cosmética femenina era desaprobada por sus misteriosos poderes de seducción que, de acuerdo con el pensamiento de la época, inducían a los hombres a su perdición. Este discurso manifestaba la constante preocupación que existía por regular la sexualidad dentro de la esfera matrimonial[25]. Al mismo tiempo, esta prédica se debía a la gestación de una nueva estética femenina a fines del siglo XVIII que auguraba el concepto romántico de feminidad que predominó en la centuria siguiente. Empezaba a aparecer un gusto por la gracia y la simplicidad, las formas delgadas y el rostro natural, pálido, sin maquillaje.


3. El matrimonio: el acto central de la vida de las mujeres

El sentimiento amoroso entre el hombre y la mujer fue objeto de disertaciones científicas y composiciones literarias en el discurso ilustrado, que intentaba caracterizarlo, explicar su naturaleza y hasta establecer sus síntomas y por ende, sus remedios. Así, encontramos una descripción de cómo se empieza a amar, apelando en la argumentación al mundo de las sensaciones así como al encanto y al hábito (Mercurio Peruano I, 23 en. 1791). En la mayoría de alusiones al tema, se destaca cómo “..el amor es una dolencia de un género diferente a las demás” (Diario, 13 jun. 1791).

Son muchos los lamentos de hombres apasionados que se expresan en verso o en cartas. Pareciera que sólo los hombres podían ser presa de un sentimiento tan profundo hacia una mujer por la cantidad de piezas sobre el tema compuestas por varones. En muchos pasajes se describen los padecimientos de un amor no correspondido como en el poema que está a continuación:



Tres lustros que la adoro,
y ella a mi me aborrece,
y al paso que su odio crece,
yo me enciendo y acaloro, ....
O! cuanto un hombre padece,
cuando llega a apasionarse!,
O! quien pudiera librarse,
del tirano Rapacejo;
pero este es un mal muy viejo
e imposible de curarse.

(Diario, 7 enero. 1791)

En otras piezas literarias, se resalta la desdicha de aquel que “nunca bebió el generoso vino con que el amor embriaga” (Diario, 14 feb. 1791). El amor, a pesar de ser visto como una enfermedad, una dolencia o un padecimiento, se presenta como algo positivo, natural y necesario en la vida humana. También se habla de la enorme tristeza que genera la pérdida del amor de la mujer (Mercurio Peruano II, 4 ag. 1791). De ahí que se encuentren consejos, como el de Rossi y Rubi, quien decía a los hombres que estudiasen matemáticas para enfrentar los enamoramientos frustrados y dominar sus pasiones amorosas. El ilustrado afirmaba que:



Yo no hago mas que proponer una conjetura nueva, tal vez arriesgada y atrevida, sobre el modo de moderar las pasiones violentas, con especialidad la del Amor, y sobre el de preservarnos de su contagio. Esta nueva receta, este nuevo remedio es EL ESTUDIO DE LAS MATEMATICAS.

(Mercurio Peruano VIII, 1793)



Esta proposición expresaba el ideal ilustrado de la razón dominando a la pasión y a su vez, la contraposición natural de los dos géneros: la mujer sinónimo de sensualidad, irracionalidad y pasión; al lado del hombre considerándose a si mismo un ser racional, inteligente, cauto. El amor hacia la mujer causaría un desequilibrio en la natural racionalidad del hombre, quien debía dominar esta pasión por medio de la razón y la cultura. Sin embargo, hay otros hombres que no encuentran consuelo en la filosofía que es un vano escudo contra los sentimientos amorosos hacia una esposa ejemplar (Mercurio Peruano IV, 12 feb. 1792).

En otros casos, se presenta al hombre liberado del sentimiento que lo hace esclavo de la mujer como en este pasaje:



Yo he delirado mas que otro cualquiera en la loca adoracion de una belleza que me parecia fuese el centro de toda la sensibilidad y dulzura. Todas mis delicias se cifraban en su conversacion hechicera: no vivia sin verla, y la veia hasta en mis sueños. Le había jurado amor eterno: y mi corazón estaba tenazmente resuelto a cumplir este apasionado y temerario juramento-

(Mercurio Peruano II, 18 agosto. 1791)



Finalmente, el autor del texto dice con gran entusiamo y alegría que consiguió su libertad. Esta era constreñida por el sentimiento amoroso que daba a la mujer el dominio sobre el hombre convirtiéndolo en esclavo de su hermosura.

Esta preocupación por el tema del amor y su representación parecen preludiar el amor romántico del siglo XIX. Pero, al lado de este ideal de amor romántico no se ausentan los preceptos moralizantes y pedagógicos que contienen el desencadenamiento de esa pasión. Asimismo, se enfatiza la importancia del amor conyugal.


Edad y consentimiento

El matrimonio era el objetivo que debía perseguir toda mujer para su realización personal. Sin embargo, se aconsejaba no hacerlo tan pronto y acatar la decisión del padre. Se evidencia por la información periodística que a partir de los quince años el matrimonio es el centro de la vida de la mujer limeña (Diario, 25 en. 1791). En una Carta escrita supuestamente por una señorita de 13 años, ésta relataba cómo el padre se oponía al matrimonio y preguntaba qué debía hacer al respecto. La niña preguntaba a los editores lo siguiente:



Quando el Sr. Leandro me está mirando una hora continua, y me llama niña de sus ojos, no es esta una fuerte prueba de que está enamorado de mi?(...)
Mi edad acaso no es suficiente para dejar enteramente a mi albedrío la elección de un esposo?

(Diario, 25 enero. 1791)

 

En el texto se pone en evidencia que no sólo el sentimiento amoroso era importante para el matrimonio, lo era aún más el consentimiento del padre. El ideal era que las niñas pasaran de la tutela del padre a la del marido, es decir, reemplazar al padre por el esposo para estar bajo la tutela masculina siempre. Es ilustrativa la publicación de la Real Cédula en que se ordenaba que sólo los hijos de familia eran los que podían pedir consentimiento a sus padres, abuelos, tutores o personas de quienes dependían para contraer matrimonio (Diario, 19 en. 1791). Asimismo, a través de las noticias podemos advertir que el matrimonio se seguía tratando como una transacción social o económica, decidida por los hombres de familia.
En otro artículo dirigido “A las jóvenes en edad competente para el matrimonio”, una muchacha hace una consulta exponiendo que tiene dos amantes: un hombre de juicio y que goza de toda la estimación del sexo masculino y otro necio al que las damas favorecen. La joven termina diciendo que: “Si me caso con el hombre de mérito daré gusto a mis padres...Mas con mi querido galán...seré feliz, aunque no me pueda dotar en nada” (Diario, 22 feb. 1791). Es significativa la respuesta que con tono pedagógico editó el periódico, en la que se exohorta a la joven a que “acepte no al galán sino al cuerdo caballero”. El editor explica que las mujeres juiciosas después de algún tiempo de casadas no tienen la ambición de verse rodeadas de muchos pretendientes y adoradores. Cuando la edad ha sanado su natural vanidad y las ha hecho discretas, entonces su amistad se fija completamente en el esposo. A su vez, los maridos quieren a sus mujeres viejas y feas, pues la pareja casada comparte el mismo espíritu y las mismas ideas (Diario, 23 feb. 1791).

En este sentido, se daban recomendaciones para que las niñas evitaran ser seducidas, lo cual evidencia el despliegue de estrategias empleadas con el fin de controlar la sexualidad de la mujer desde temprana edad y orientarla al matrimonio, preocupación central de la vida de la joven. Hay una severa crítica del concubinato y de las relaciones extramatrinoniales como en la “Sátira de las costumbres de los presentes tiempos” (Diario, 5 en. 1791). Por eso, era necesario convencer a cada mujer de que su felicidad sólo se entendía en función de la consecución de un esposo, si no lo lograba había fracasado. El discurso periodístico era muy claro y tajante en este sentido; entonces, podemos comprender la dura y despiadada crítica dirigida a las solteras de más de treinta años. Clara muestra es el estribillo que aparece en el Diario de Lima: “Que haya con cara arrugada, doncella desesperada, bien puede ser. Mas que no nos diga ella, porque quiero soy doncella, no puede ser” (Diario, 3 en. 1791). Como vemos, las solteras eran objeto de burla o compasión. Estaban condenadas a la marginalidad en una sociedad en la cual el discurso era descalificador frente a quien se alejaba de las normas establecidas, en este caso la mujer que no cumplía con el requisito del matrimonio.

Se puede advertir una fuerte presión en las mujeres para el matrimonio, no sólo amparándose en el discurso moral laico sino en la política del Estado. Los periódicos, como se muestra en un artículo del Semanario, convenían en que el Estado debía “favorecer el matrimonio y poner grillos al celibato” (Semanario Crítico Nº 10). De la misma forma, en un pasaje de la Gaceta se enunciaba que la Junta de Salvación Pública ordenó en Francia que todas las mujeres, so pena de muerte, debían presentarse con marido en el término de tres meses ante un tribunal especial y que cualquier mujer viuda o soltera debía admitir por esposo al primero que la pidiera sin que pudieran servir de obstáculo las costumbres, el empleo, ni otros motivos. Más adelante se explica que la razón de la medida era remediar la pérdida diaria de la población del reino (Gaceta de Lima Nº 22, 14 jun. 1794, p.303). Esto se vincula con la preocupación por la demografía que, de acuerdo con Macera, encuentra una clara expresión en el siglo XVIII. Por eso la importancia de la maternidad y la procreación en este período.


La perfecta casada

Los deberes de la esposa son recordados a cada momento para hacer de ella “La perfecta casada”, parafraseando el título de la obra de Fray Luis de León. Sin embargo, son escasas las alusiones a la mujer casada en contraste con la joven que busca marido. Su imagen no se delinea con nitidez como esposa, sino como ente que sirve, principalmente, para la procreación y ésta se debía dar sólo dentro del matrimonio. Este va a ser un elemento esencial para la comprensión de la imagen de la mujer en la prensa de la época, pues había sólo dos opciones contempladas en el destino de la mujer: convertirse en esposa o en monja, las que no optan por ninguna de estas dos vías son severamente criticadas. Con el matrimonio, la mujer pasaba de la protección del padre a la seguridad que le brindaba el marido. El rol asignado a la mujer casada puede apreciarse en la siguiente frase:



Dar gusto al marido, que sabe sostener el peso de las obligaciones anexas al título de superioridad (...) subordinando con prudencia y razón el resto de sus miembros, es una máxima fundamental, en que reposa el hermoso edificio de la estabilidad y armonía de un matrimonio...

(Semanario Crítico Nº 8)



De esta manera, el discurso ilustrado establecía que en la relación conyugal, el marido disponía y la mujer obedecía. Uno de los principales deberes que debía cumplir la mujer era el de la fidelidad conyugal, por eso el discurso ilustrado enfatiza sobre el tema. Esta era vital dentro del edificio social, por lo cual el adulterio, especialmente femenino, era el acto subversivo por excelencia. La importancia de la fidelidad se remontaba a la época medieval. De acuerdo con Georges Duby desde el siglo X la Iglesia instituyó el matrimonio en Europa para someter la mujer al hombre, siendo durante el feudalismo una copia del acto de investidura por el cual la mujer le debía, principalmente, fidelidad al hombre. De este modo, el hombre se convertía en un señor feudal de su hogar al que la mujer y los niños le debían respeto y sumisión[26]. En el siglo XVIII, ya no sólo el sermón religioso, sino también la prensa trató de apelar a la conciencia individual para evitar este tipo comportamientos que iban contra el orden social. Si se insistía tanto en el discurso periodístico sobre el particular, eso significaba que en la realidad estaba muy difundido. Como señala María Emma Mannarelli para el siglo XVII, las relaciones extraconyugales se hallaban extendidas en la sociedad e involucraron directa o indirectamente a una gama social muy amplia, siendo parte de la vida cotidiana de la población, tanto en ámbito privado como en la esfera pública. Estas prácticas estaban sujetas a sanciones sociales y religiosas, siendo el adulterio el modo más amenazante y conflictivo de la extraconyugalidad; por eso el más criticado[27].

También se intenta normar el comportamiento de los esposos, pues se evidencia que la pareja es un terreno de conflictos. Como señala Michelle Perrot: “la historia de la vida privada es también la historia política de lo cotidiano”[28]. El proyecto ilustrado incursionaba también en este terreno para regular las relaciones políticas y de poder en la vida cotidiana, en un período en el que se estaba estableciendo una clara diferenciación entre lo público y lo privado. El dominio privado era el de la familia, el del hogar, donde la mujer tenía una importante injerencia en la gestión doméstica. Anteriormente vimos como la vestimenta era motivo de discusión entre los cónyuges, del mismo modo que va a ser el tema de la educación de los hijos. En ambos casos se le prescribía su rol a la mujer tanto como al hombre. También se presentan aspectos como el de los celos que generaban los maridos en sus mujeres, actitud que es criticada (Diario, 18 jun. 1791), o como debía ser el cariño prodigado por el marido a su esposa que está ejemplificado en la “Carta de un esposo enamorado” que ante la ausencia de su mujer no encuentra consuelo en la filosofía (Mercurio Peruano IV, 12 feb. 1792).


4. Maternidad: el ideal de mujer

Un aspecto central en la configuración de la imagen femenina es la procreación, que aparece como uno de los objetivos centrales del matrimonio. La naturaleza de la mujer y su razón se delinean en base a su facultad de dar a luz, por eso el discurso ilustrado insiste en la importancia que tiene la madre para la propagación del género humano (Mercurio Peruano X, 1794).


Higiene y salud durante el embarazo y parto

En el discurso ilustrado hay una preocupación recurrente por el embarazo y el parto, que se manifiesta en la cantidad de artículos producidos sobre el tema por médicos y obstetras. Al parecer, la mortalidad femenina por los partos alcanzaba en Europa cifras impresionantes debido a las pésimas condiciones en que éstos se producían[29]. En consecuencia, uno de los aspectos que ocupó las páginas de las publicaciones periódicas fue el cuidado que se debía tener durante la gestación y en el parto. En la “Disertación en la que se proponen las reglas que deben observar las mujeres en tiempo de preñez” se prescribe que “todo el objeto de la Madre debe dirigirse a conservar su feto, precaver el aborto y facilitar un parto natural. Los preceptos de la Higiene favorecen estas intenciones...” (Mercurio Peruano II, 5 jun. 1791).

Como se aprecia en la cita, evitar el aborto era uno de los objetivos del discurso médico, que en varias noticias intenta ofrecer una explicación sobre las causas del mismo. Para los médicos de la época existían, principalmente, tres clases de aborto: uno provocado por una sustancia o medicamento, otro originado en la violencia física o una intervención mecánica y el tercero, motivado por una conmoción psicológica. Es importante destacar que estas tres formas de aborto son descritas con detalle en diferentes artículos periodísticos. En uno de ellos se explica cómo las convulsiones histéricas originan la pérdida del niño.



Entre todas las cosas no naturales, son muy perniciosas las graves pasiones del ánimo, y con particularidad la ira, y el terror: la primera, enrareciendo los líquidos, es la causa mas comun de los abortos: y el segundo turbando los nervios y espíritus, en los primeros meses quita la vida al feto, y en los ultimos lo pone epiléctico

(Mercurio Peruano II, 5 junio. 1791)



En el artículo referido, se mencionan también como causas del aborto, los olores fuertes sean agradables o fétidos, olor de carbones encendidos o velas apagadas. Para evitar los abortos, se le recomienda a la mujer -de acuerdo con su complexión anatómica que las divide en histéricas o débiles y fuertes o robustas - que tenga una dieta especial y lleve una forma de vida saludable. La insistencia del discurso médico en las precauciones que debían tener las madres se vincula con el hecho de que para estos hombres, el embarazo, aun cuando evolucionara sin complicaciones, constituía un estado patógeno que perturbaba el sistema humoral y alteraba el equilibrio psicológico de la mujer. Por eso, encontramos en la prensa local y europea todo un imaginario del embarazo plagado de fantásticas historias sobre los irreprimibles deseos de las embarazadas, sus apetitos depravados y los nacimientos monstruosos a que daban lugar. Entonces, los médicos dan recomendaciones para superar ese estado de turbación muy peligroso para el feto y ofrecen orientaciones para el alumbramiento con la intención de mejorar la comodidad de la parturienta y aliviar tanto sus dolores como sus temores. Junto con este imaginario se encontraban también las descripciones científicas producto de la observación y la experimentación en las que los obstetras describían los males de la madre y el tratamiento al que son sometidas. Al respecto es ilustrativo el artículo titulado “Disertación de cirugía sobre un feto de nueve meses que expulsó una mujer por el conducto de la orina” (Mercurio Peruano V, 31 may. 3-7 jun. 1792). En la noticia se relata un caso médico en el que una mujer



... había tenido la desgracia en tres ocasiones diferentes de parir muertos los hijos a los nueve meses cumplidos; y viéndola en una florida edad, complexión robusta y un temperamento sanguíneo bilioso, entre otros recursos de que me valí para que se lograse ese fetus, fué el que se diera una sangría de brazo ácia el tiempo en que le bajaba la menstruación; y aunque no abrazó este dictamen por el horror que tenía a sangrarse (...) lo hizo en el tercero y quinto mes. Al entrar en el séptimo, tuvo tales ímpetus de ira una tarde que para desahogo de su pasión se arrojó al suelo dándose terribles golpes en el vientre...

(Mercurio Peruano V, 3 junio. 1792)

 

Vemos cómo los fantasmas de la histeria y el aborto en las mujeres recorrían el discurso médico que buscaba ejercer una función docente a través de la prensa. Otro de los temas que preocupó a los médicos fue el de los antojos de la madre y su influencia sobre el niño. Varias son las referencias a este tema en el Mercurio que advierten sobre los males que puede acarrear al feto la satisfacción de los “depravados apetitos” de la madre, que en los inicios del embarazo aún no ha desarrollado un instinto maternal. Esto interesaba porque en muchas ocasiones se intentaba dar una explicación de las deficiencias en la salud o malformaciones del niño a partir de los problemas durante el embarazo, como en el caso de la nota que trataba sobre la desfiguración de una niña (Mercurio Peruano II, 14 jul. 1791).

A este respecto, es interesante el artículo escrito por Cosme Bueno titulado “Disertación sobre los antojos de las mujeres preñadas”, que apareció en El Conocimiento de los tiempos, pequeña publicación que acompañaba a los periódicos. Este médico al igual que sus contemporáneos ilustrados, explica la existencia de antojos debido a la desmesurada imaginación de las madres. El antojo es definido como el apetito vehemente de alguna cosa extraña o usual que no fue satisfecha dentro de cierto tiempo y que puede llevar a las mujeres a realizar cosas extravagantes y hasta poco decentes. Sin embargo, Cosme Bueno afirma que los abortos y las deformaciones no se deben al incumplimiento de lo que dicta el antojo, sino a la descarriada imaginación de las madres, quienes trasmiten al feto las enfermedades y los estados de ánimo. Esta idea tenía su origen en la antigua creencia de que el útero dominaba a la mujer y hacía de ella un ser sensible a ultranza, presa de una imaginación sin límites, un ser exaltado y pasional. Si estaba gestando, peor aún porque estas características se acentuarían mucho más.

Sin embargo, ya en esta época se dejaban oir las voces que argumentaban en contra de esta creencia. En un artículo editado por los mercuristas, el autor afirmaba que: “El objeto de mi argumento no es otro, que el de la prolija y curiosa cuestion tratada por tan buenas plumas en diferentes tiempos, acerca del influjo de la imaginación materna respecto del feto” (Mercurio Peruano IX, 26 dic. 1793). Después de dar una serie de explicaciones médicas, finalmente concluye que esta idea no es cierta. Pero, en general, en el discurso ilustrado se siente un temor de la mujer, de la madre todavía más por su mayor propensión a la irracionalidad, aspecto que siempre buscaba normar la ilustración. La madre aparecía en las disquisiciones como un ser difícil de entender y conceptualizar.

El cuidado que debía tenerse durante el parto también fue motivo de reflexión y orientación pedagógica. En este punto, el discurso médico ilustrado, que busca la comodidad y el menor dolor de la madre, se rebela contra el religioso que manda a la mujer parir con gran sufrimiento. A las justificaciones teológicas se oponen las observaciones científicas que explican el dolor de la parturienta y las dificultades del parto debido a la cabeza del feto que es grande en el ser humano y a que en las sociedades civilizadas la mujer no está acostumbrada a trabajos duros y lleva un régimen de vida bastante sedentario. Por ello, en los artículos periodísticos se encuentran detalladas descripciones de la forma en que se debe dar a luz, siguiendo los principios de higiene y salud de la época. En muchas explicaciones se recurre a la tradición de Galeno e Hipócrates y en otras ocasiones a las autoridades de la ciencia médica moderna. Por eso se criticaba costumbres como el grave error de no lavar a los niños después de que nacían así como el aplicar braseros y aromas a los cuartos de las recién paridas (Semanario Crítico Nº 11). También hay noticias como aquella que refería que el estado de la luna cuando se daba el parto servía como anuncio sobre la calidad o sexo de los fetos (Diario, 31 en. 1791).

Estas disquisiciones involucran al feto también, se intenta explicar su crecimiento y desarrollo. Se pone al tanto al público lector, de los avances en este campo, cómo se observa en esta noticia:



Ultimamente sabemos que a correspondencia que el feto va creciendo, las piezas que componen un hueso se osifican, y constituyen una sola pieza o hueso, y lo que era membranoso se hace cartilaginoso, y esto huesoso...

(Mercurio Peruano V, 3 junio. 1792)



Es más, en otro artículo se refiere que el obstetra Mauriceau planteó que se podía determinar la edad del fetus por el peso de su cuerpo. Asimismo, preocupó a los médicos la relación que existía entre la madre y el niño a través del útero. En uno de los artículos se ofrece la más completa explicación, muy didáctica por cierto, para que sea comprendida por el público lector.



Aunque el Feto no está asido inmediatamente a la matriz, ni ligado a ella sino por unos pesonsillos exteriores de sus túnicas, ni tiene su sangre comunicación alguna con la sangre de la madre, y en una palabra, aunque en cierto modo es tan independiente de la madre que le lleva en su seno, como el huevo es independiente de la gallina que lo empolla: con todo se ha pretendido que todo lo que hacia impresión en la madre, lo hacia también en el Feto: que las impresiones en el cerebro de la una, obraban igualmente en el cuerpo del otro, y a esta influencia imaginaria se han atribuido las semejanzas, mounstruosidades, y principalmente las manchas que se advierten en la piel.

(Mercurio Peruano IX, 29 diciembre. 1793)



No sólo se hablaba del parto natural sino también de la cesárea como en el artículo sobre una practicada en Tucumán. En la noticia se explica cómo se hizo la operación a una difunta madre, a pesar de la oposición de la familia, y como resultado nació un varón que duró poco tiempo después de bautizado. El que informa señala que la criatura hubiera vivido si es que se hubiese hecho la operación luego de sucedida la desgracia y concluye advirtiendo a los lectores sobre la importancia del cuidado de la salud del alma y el cuerpo (Mercurio Peruano XII, 8 en. 1795). Este tema era relativamente nuevo, en “El zelo sacerdotal para con los niños no nacidos...” del Padre Francisco González Laguna, publicada en 1871, se abordaba como punto principal la operación cesárea. El mismo año de edición de la obra, el Virrey Jaúregui ordenó que se practicara en el Perú[30].

La cesárea se había practicado durante mucho tiempo, pero en la madre muerta -cómo se observa en la noticia- y el cirujano cumplía con un deber que no le traía problemas de conciencia. Sin embargo, en la Europa Moderna hubo mucha polémica sobre si debía practicarse cuando la madre estaba viva, pues su vida podía correr peligro, lo cual si constituía un grave dilema moral para el médico. A partir del siglo XVII se demostró que la cesárea era anatómicamente posible y la religión argumentó que era importante salvar el alma del niño para el bautismo. Los obstetras defenderán la autonomía de su arte, que criticaron a los partidarios de esta práctica cruel y bárbara que empleba la religión como pretexto. En realidad, la gran discusión era sobre si era lícito matar al niño o a la madre[31].

En defensa de las madres, salen los ilustrados lanzando diatribas contra las parteras y comadronas. Los mercuristas las denominaban charlatanas y curanderas que tenían “la habilidad de engañar al vulgo inexperto” (Mercurio Peruano II, 5 jun. 1791), mientras que el editor del Semanario las calificaba de “chusma de comadronas o parteras, cuya ignorancia y adulación ha inventado tantos lazos de perdición contra la humanidad” (Semanario Crítico Nº 12). Frente a estas prácticas supersticiosas y poco científicas, el discurso ilustrado ponía de relieve la figura del médico, poseedor de la ciencia y la práctica. Estas críticas evidenciaban la vocación de divulgar los preceptos de higiene y salud, que animaban los presupuestos científicos y médicos de la época. Entonces, se lamentaba la ausencia de mujeres formadas en este rubro en una ciudad tan populosa como Lima y se hablaba de la necesidad de desarrollar la Obstetricia, con el fin de “evitar los frecuentes daños que ocasiona la ignorancia de nuestras parteras”. Un comentario es ilustrativo a este respecto:



... debemos confesar, que esta parte tan útil de la Cirugía, no ha logrado aun entre nosotros aquella perfección que se merece. Las parteras de Lima se apropian este título, sin mas principios ni reglas que una asistencia ciega, y sin mas conocimientos que los que ofrece la experiencia propia...

(Mercurio Peruano III, 25 diciembre. 1791)



Es importante señalar la actualidad de este discurso, porque aún hoy el debate entre la medicina tradicional y la occidental o moderna en lo referente al embarazo y el parto se encuentra vigente en nuestro país.


La lactancia materna y la crítica a las amas de leche

La lactancia materna ocupa un lugar central en el discurso ilustrado dirigido a las mujeres y se realizó una campaña propagandística en contra del hábito de recurrir a las amas de leche. Este era un tema polémico que desde el siglo XVII se discutía en los tratados médicos y filosóficos, cuyos ecos se prolongarían durante la centuria siguiente. Por ello, en el siglo XVIII europeo se evidenció una reducción de esta práctica por la propaganda hostil que la veía como antinatural[32]. En el Semanario Crítico, periódico destinado a las madres, Antonio Olavarrieta resaltaba enfáticamente los perjuicios que ocasionaba esta costumbre. En todos los ejemplares del periódico, el editor criticaba la tradicional y difundida costumbre de emplear a las amas de leche para amamantar a los recién nacidos y, al igual que sus contemporáneos, defendía la necesidad de la leche materna para el normal desarrollo y crecimiento del niño.

Las negras y mulatas eran las que cumplían el rol de amas de leche y se dedicaban a la crianza del niño en sus primeros años. Tal como condenaba el sacerdote, el servicio que prestaban esas mujeres era una práctica generalizada en la Lima de la época. Evidencia de ello eran los anuncios que comúnmente se publicaban en casi todos los números del Diario de Lima, en los que se anunciaba la venta o alquiler de amas de leche. Esta costumbre se va a mantener durante el siglo XIX, incluso después de la desintegración de la esclavitud.

Uno de los principales argumentos esgrimidos contra esta práctica era que a través de la leche, las amas negras y mulatas transmitían las enfermedades y los vicios propios de su raza (Semanario Crítico Nº 6). Esta creencia no era nueva, pues constituyó un prejuicio peninsular arraigado desde el siglo XVI[33]. La madre era considerada la culpable de esta situación por su renuencia a amamantar a sus propios hijos y preferir dárselos a una extraña (Semanario Crítico Nº 2). Por eso, el periódico insiste en la “...culpa letal en las madres la omisión de criar a sus pechos los propios hijos” (Semanario Crítico Nº 6). El amamantar al niño y cuidarlo era considerado un deber “natural” que debían cumplir las mujeres para ser madres en todo el sentido de la palabra. Del mismo modo, se argumentaba que esta práctica no tenía parangón con ninguna otra de la antiguedad o de las naciones cultas o los pueblos más salvajes (Semanario Crítico Nº 3).

El ataque a las madres continúa cuando menciona que al cumplir siete u ocho meses de embarazo, se afanaban por buscar una ama de leche (Semanario Crítico Nº 5). Asimismo, el editor explicaba que las madres no amamantaban a sus hijos para preservar su belleza y agradar así a su marido (Semanario Crítico Nº 7). En contraposición con la actitud frívola de estas mujeres, que se negaban a amamantar a sus niños, Olavarrieta sostenía que el amor materno, fundado en Dios y la naturaleza, podía hacer que las madres cuidaran a sus hijos (Semanario Crítico Nº 9).

Otro argumento de peso en el discurso ilustrado se basó en los preceptos de higiene y salud. Citando a Buffon, Olavarrieta afirma que es nocivo que se le diera al niño un alimento de harina y leche para suplir la escasez de la leche materna, pues ello traía como consecuencia enfermedades y hasta podía originar la muerte de la criatura (Semanario Crítico Nº 6). Es más, en una disertación del doctor Pedro Nolasco acerca de las “Conjeturas sobre las causas de la decadencia de la vida humana”, se consideraba como un motivo fundamental de los problemas de salud, la falta de la lactancia materna en la infancia. Se advertía sobre los peligros y el grave detrimento de los infantes debido a un breve período de lactación y se recurría a la historia y la medicina para persuadir a las madres de lo necesario que era cumplir con esa función natural. La robustez, sinónimo de salud, y la longevidad del hombre iban en relación al tiempo que duraba la lactancia materna. El autor concluía que:



Esta pues visto el orden con que la naturaleza fue descaeciendo a medida que se fue acortando el tiempo de la lactancia de los hijos: pero no han faltado en todas edades, y hasta nuestros días, hombres robustos y de vida longeva que debieron a su mayor lactación su mayor fortaleza.

(Mercurio Peruano II, 14 agosto. 1791)



La crítica a la participación de las negras y mulatas en la educación de los infantes continua en otros aspectos. Por sus creencias y costumbres las negras ponían al niño gran cantidad de ropa, lo asustaban con el “coco” y le hablaban “de toda clase de patrañas” como duendes, diablos y brujas. Asimismo, estas mujeres, por su forma de hablar, influían negativamente en el niño en su aprendizaje del idioma (Semanario Crítico Nº 2). Además, las amas, en vez de hacerle caso al niño cuando lloraba, lo dejaban llorar por mucho tiempo o -peor aún- lo golpeaban, por lo que algunos resultaban con terribles defectos físicos, que seguramente eran exagerados por el editor para impactar al público lector (Semanario Crítico Nº 6).

En un extenso artículo aparecido en sucesivos ejemplares del Diario de Lima que se titulaba “Reflexiones crítico-físicas y económicas por la que se demuestran los perjuicios que se originaron en el Perú con la introducción de los negros”, se reprobaba la moralidad de las mulatas y negras que eran mujeres “corrompidas y llenas de vicios” a las que los padres no debían encargar la educación de sus hijos (Diario, 9 al 15 abr. 1791). Del mismo modo se expresaba el Mercurio en una “Carta sobre las amas de leche” en la que se explicaban los daños que estas mujeres ocasionaban en la educación a través de un caso edificante. En el texto, un marido manifestaba su descontento hacia la conducta del ama que criaba a una de sus hijas, con las siguientes afirmaciones:



Una de las cosas que empezaron a chocarme en María fue el oír que no sólo tuteaba a Clarisa, y esta la llamaba mi mama, sino que también dormia con ella, comía, y jugaba, con preferencia a sus hermanitas, y aun a su misma madre. Yo bien sé que lo mismo sucede con casi todas las amas de leche; pero no por eso dejará de ser verdad, que esto influye mucha bajeza en el modo de pensar de las criaturitas, y engrie aun mucho mas a las nodrizas. En efecto, María es la que manda en la casa...

(Mercurio Peruano I, 27 enero. 1791)



Es así como la salud, una de las más importantes preocupaciones a fines del XVIII, al lado de la moralidad, constituían las sólidas premisas sobre las que se sustentaba la crítica de los periódicos al uso de las amas de leche, quienes resultaban teniendo una participación decisiva en las relaciones cotidianas del hogar de sus patrones.


Educación en la infancia

Otro de los aspectos abordados en las páginas de los periódicos es el relativo a la educación de los hijos, una de las principales funciones de la mujer y, a la vez, uno de los temas de mayor interés para la sociedad de esta época. Se presentaban aspectos tales como la manera en que los hijos debían dirigirse a los padres, reprobando el tratamiento de tu a los progenitores (Mercurio Peruano I, 23 en. 1791). Al mismo tiempo se exhortaba a las madres a que sean ejemplo de recogimiento y recato para sus hijas y que se dedicaran a cultivar en los hijos las cualidades del corazón (Diario, 14 en. 1791).

Para la prensa dieciochesca la participación activa de la mujer en la educación de los hijos era central para el posterior desenvolvimiento de la persona en la sociedad, tanto es así que la homosexualidad era atribuida a los defectos de la educación en los primeros años. El tema de la homosexualidad no estuvo ausente de las páginas de los periódicos limeños. La mujer con rasgos masculinos es aceptada y hasta elogiada como caso excepcional, mientras que el hombre con acentuados rasgos femeninos es rechazado y ridiculizado, excluido y perseguido. En una disertación sobre el tema, los homosexuales son descritos como “una especie de hombres, que parece les pesa la dignidad de su sexo; pues de un modo vergonzoso y ridículo procuran desmentir a la naturaleza”. Producen indignación o risa al verlos “adornados con todos los vestidos y galas del bello sexo” (Mercurio Peruano III, 27 nov. 1791). Esta referencia al travestismo, que es duramente criticada por los editores, más bien nos hace pensar en las leyes emitidas por el gobierno colonial, contrarias a que los hombres se vistieran de mujeres durante las fiestas y diversiones públicas populares. Como nos explica Juan Pedro Viqueira, esta normativa se basaba en los preceptos ilustrados que tenían como objetivo reformar las manifestaciones de la cultura popular[34]. También serían muestra de la crítica que desplegaban los periódicos a los usos y costumbres de las mujeres.

Lo que nos interesa es que para este caso se ofrece una explicación del origen de la anomalía. Entonces, la homosexualidad surgiría a raíz de la educación dada por las madres. Tanto el Mercurio como el Semanario convienen en atribuir la homosexualidad a las deficiencias de la crianza materna (Semanario Crítico Nº 5). Los “maricones” son considerados tan raros como los monstruos, enanos o hermafroditas. La causa de la afeminación, entonces, es “obra de una viciosa educación”, caracterizada por un excesivo amor materno y por desempeñar al principio empleos delicados[35]. Del mismo modo, las mujeres que en sus primeras ocupaciones desarrollaban actividades pesadas adquirían una complexión varonil. El artículo concluye afirmando que con una buena educación se verían menos costumbres afeminadas y habrían menos maricones (Mercurio Peruano IV, 19 feb. 1792).


5. Mujer y cultura

La educación de la niña

La educación femenina es un tema que aparece una y otra vez en la prensa hispanoamericana del período[36]. Esto se debía a que la educación de las niñas era un tema de preocupación en el siglo XVIII, cuando surgen los primeros programas educativos destinados a la mujer[37]. En este período hay un reconocimiento a la mujer de la necesidad de saber leer, escribir y contar, pero sin cuestionar su función social en el ámbito familiar y doméstico. Justamente, su educación se va a dirigir a lograr un buen desempeño como esposa y madre. La mujer es concebida como el ser de la pasión, de la imaginación, no de la razón, no del concepto. Al ser incapaz de una conceptualización sostenida, su razón debe dirigirse hacia lo concreto, hacia la práctica. Entonces, el ejercicio de su razón se dirige a los otros: a su marido y a sus hijos, permitiéndoles garantizar su felicidad y bienestar y, por tanto, cumplir con su función de mujer.

Como las niñas debían ser preparadas para asegurar su rol natural de esposa y madre, los manuales educativos y el discurso ilustrado insisten en el carácter práctico de la formación para mujeres. En consecuencia, las propuestas educativas acentuaban las diferencias de roles sexuales y colocaban al hombre como la causa final de la mujer. Esto se evidencia claramente en la distinción que hace Rousseau en la educación de los dos sexos, en su famosa e influyente novela “Emilio o de la educación” (1762). En la obra, al protagonista masculino, Emilio, se le enseñaba a pensar por sí mismo y a Sophie, su futura esposa, se le educaba para realizar las actividades del hogar y hacer feliz a su marido.

Al ser la mujer esencialmente esposa y madre, el espíritu ilustrado que era de carácter anticlerical, criticó la educación y la vida conventuales por considerarlas contrarias a la naturaleza. Las monjas eran incapaces de comprender lo que era una madre y esposa, a no ser en Cristo, por lo cual no debía encargárseles la formación de las niñas. Entonces, se propagandiza la educación en la casa y no en los conventos, pues el hecho de recluirlas en los monasterios, que son equiparados con “cavernas tenebrosas”, acarreaba malas consecuencias para la salud y constitución de las pequeñas. Por todo ello, el discurso periodístico cuestionaba duramente:



La costumbre de encerrar en los conventos a las niñas proximas a la pubertad, epoca critica de la que depende su buena o mala constitución, y por consiguiente el ser o no felices toda su vida, es muy reprehensible y digna de que se destierre, a pesar de lo introducida que está.

(Diario, 11 enero. 1791)



Más bien se recomendaba llevarlas a campo abierto y darles como primera lección que mejorasen su salud. Este cuestionamiento se enmarcaba en una crítica ilustrada a los conventos, los que encontraba tanto más incontrolables como ingobernables, por su independencia económica y social que desafiaba el proyecto borbónico. Como ha señalado Margarita Suárez, las órdenes femeninas jugaron un rol en el habilitamiento de capitales, constituyendo un sector dinámico dentro de la economía colonial, poco controlable por las autoridades masculinas[38]. En la práctica, los monasterios constituían un espacio femenino que escapaba a la injerencia directa del mundo masculino, era un espacio donde las mujeres establecían sus reglas de juego, podían acceder a la educación y detentar poder; era una huida del mundo masculino. Entonces, el convento de aquella época no sólo debe ser visto como ejemplo de conservadurismo social, sino también como una de las numerosas estrategias utilizadas por las mujeres para hacer frente a una sociedad que las sometía a la tutela del varón. Para ello, la mujer se valió de las propias armas que le facilitaba la sociedad, pues escondidas bajo el prestigio que le brindaban los velos, vivían en un mundo aparte.

El debate sobre el lugar para educar a las niñas era tema de reflexión tanto en Europa como en América. En ambos lados del Atlántico surgía la crítica del convento, lugar donde las jóvenes no aprenderían nada, y el cuestionamiento de las religiosas, mujeres que no gozaban de la experiencia conyugal para formar a las futuras madres y esposas. En este contexto, el empleo pedagógico de la casa evolucionó y la madre desempeñó un rol fundamental en la formación de su hija. Las niñas desde pequeñas debían aprender a ser recatadas, laboriosas y austeras, evitando el ocio y el lujo excesivo. La madre debía ser el ejemplo de estas virtudes según un artículo titulado “La crianza mujeril al uso” (Diario, 10 en. 1791).

La crítica del discurso ilustrado a la educación religiosa se enmarcaba también dentro de un proceso de secularización de la sociedad en su conjunto. Entonces, se prefería una formación laica a una de carácter religioso. Esto no significó que no se elogiaran las instituciones educativas como los Colegios de Niñas Expósitas (Mercurio Peruano 6 marz. 1791). Según Nancy Van Deusen, la creación de espacios de educación femenina respondía a la necesidad de control social masculino de la virginidad de sus doncellas[39].


Los hábitos de lectura

El hábito de leer se difundió durante la Epoca Moderna y en el siglo XVIII, el Siglo de las Luces, aún más. La lectura era símbolo de status, de cultura, y las mujeres no fueron ajenas a este proceso. La lectura del periódico fue un fenómeno importante para el Perú de las postrimerías del período colonial no sólo para los varones. Había mujeres suscriptoras de los periódicos como el Mercurio y otras seguramente los adquirían a número suelto. Un editor llamaba la atención sobre cómo “Un Papel Periódico vuela con facilidad desde la Prensa a manos de una Madama, de un Negociante, de un Artesano” (Prospecto, Semanario Crítico).

Si bien es cierto que la mayoría de mujeres no sabía leer en la Lima de aquella época, el contenido de los periódicos pudo llegar a través de otros medios, el principal pudo haber sido el hombre en la perspectiva de los editores, quienes eran conscientes de esta situación. También la oralidad habría jugado un rol importante a través de las conversaciones en los espacios de sociabilidad. Si bien es cierto que en un artículo se incitaba a las mujeres a que aprendieran a leer y escribir, parece ser que esa no fue la tónica en la prensa peruana, a diferencia del periodismo de otras regiones hispanoamericanas. En el mencionado artículo se refiere cómo una mujer casada, cuyo amado esposo se hallaba ausente, tenía que dar a leer sus cartas y mandar escribir las respuestas. Por eso se reflexiona sobre “...los daños horrorosos que, especialmente en el bello sexo, acarrea su ignorancia” (Diario, 20 abr. 1791). Había, entonces, toda una intención de educar a la mujer para que cumpliera a cabalidad su rol en la sociedad como esposa y madre, con lo cual se la involucraba en la dinámica de los procesos informativos.

La lectura de libros también fue importante. En 1790 fueron procesadas Isabel Orbea, literata limeña, y la Condesa de Fuente Gonzales, una aristócrata, por proposiciones heréticas y lectura de libros vedados. En 1803 también la Baronesa de Nordenflicht, esposa del viajero, fue denunciada por la lectura de obras censuradas; tres años antes su marido había sido procesado por el mismo motivo. En ese mismo año otras dos mujeres fueron denuncidas por lecturas prohibidas como “Le Sopha” de Crébillon y “Cartas de Eloisa y Abelardo. Para los años siguientes también encontramos mujeres a las que la Inquisición enjuició por el mismo motivos[40].

Al parecer, no sólo la lectura fue un medio para que las mujeres de la élite se acercaran a la cultura. En una nota titulada “Nuevos establecimientos de buen gusto, se proponía al público lector el acudir a ellos. A las mujeres se les instaba a tomar clases en una Escuela de Diseño diciéndoles: “Las Madamas que tengan el buen gusto de dedicarse a aprender esta noble arte” (Mercurio Peruano II, 26 may. 1791). Asimismo, se les invitaba a una Academia de baile, en la que un profesor italiano les enseñaría el baile francés.

Sin embargo, estas exohortaciones a la mujer para que se educara no nos debe llevar a creer que se buscaba mujeres eruditas, por el contrario, éstas son severamente enjuiciadas cómo se aprecia en la respuesta de un varón a la erudita carta que escribió una dama sobre el señorismo de las mujeres. En una de las críticas, el autor cita a La Bruyere cuando afirma que “El sexo femenil se llama devoto sexo, y se llama también bello sexo; pero hay tantas hipócritas en el sexo devoto como feas en el bello sexo” (Mercurio Peruano IV, 19 abr. 1792). Al lado de estos ataques, el escritor hace alusión a la pésima comprensión que tiene la mujer de las obras que cita y de los poco lógico y erudito de su argumentación. En definitiva, el discurso ilustrado atribuía a la mujer una gran capacidad de percepción y una viva imaginación. Las mujeres incapaces de una reflexión sostenida y un razonamiento rpofundo debido a su constitución corporal y nerviosa por lo que la racionalidad estaba reservada para el hombre. Se acepta que las mujeres reciban una educación, pero ésta debe ser adecuada para ella que debe tener una influencia moralizante en la familia y debe mentenerse a prudente distancia del conocimiento[41].


6. Espacios femeninos: entre lo público y lo privado

El espacio público era el ámbito donde la mujer desplegaba una agitada vida social en la que el ocio y el disfrute se imponían. Este tema fue centro de atención de los ilustrados que escribieron al respecto resaltando el valor de la diversión en la sociedad. En un artículo titulado “Idea de las diversiones públicas de Lima” se mencionaba la comedia, la corrida de toros así como los paseos a la quebradita de Amancaes y a las lomas, o por la Alameda (Mercurio Peruano I , 13 en. 1791). Las mujeres eran presas del goce de estos espacios de diversión. Además, la mujer limeña vivía preocupada por la asistencia a las fiestas y espectáculos así como a las peregrinaciones y ceremonias religiosas. Los ilustrados ponen en la voz de un marido esta imagen de la mujer, cuando afirma quejoso:



... ella no pierde comedia; ella en los toros ha de tener Galeria; en tiempo de invierno lomas y mas lomas, amancaes y mas amancaes, y por fin de fiesta ha de ir a ver el rodeo de Atocongo, o se viene la casa abajo. En verano todas las tardes a la Piedra-lisa. Regularmente se baña con una camarada, y despues del baño acude a la Picantera, la arrozera, la del zanguito con yuyo, las fruteras, con todas las demas zarandajas que por ahí se van pregonando...De tiempo en tiempo, tenemos las fiestas de Lurín, la de San Pedro del Chorrillo, la de la Victoria en Bellavista, las de San Cristobal, Santiago del Cercado, y las demas peregrinaciones (...) En Fiestas de Purisima, y Misas de Aguinaldo, es increible su devoción: apenas duerme en aquellos dias, por no perder ninguna de estas santas concurrencias.

(Mercurio Peruano I, 10 febrero. 1791)



En este sentido, es importante lo que señala Sánchez-Blanco para la mentalidad española en el Siglo de las Luces sobre detenerse a observar el significado que tuvo en aquel tiempo el descubrimiento de la diversión y cómo se dio la transformación del ocio en diversión. Entonces, es comprensible que tertulias, espectáculos, paseos y bailes ocuparan la atención, especialmente, de las mujeres. La diversión ayudaba a olvidar normas tradicionales y justificaba gastos -como el de la tapada- que hasta entonces no se contemplaban en el presupuesto familiar. La música, el vestuario y la comida permitían desviar la atención del mito de la gloria hacia esferas de acción más mundanas, lo cual estaría reflejando el proceso secularización de la sociedad[42]. Por eso, estos nuevos espacios aparecen en desmedro de la Iglesia, lugar tradicional consagrado a la mujer (Diario, 13 jun. 1791).

Hay que destacar también, que la mujer aparece como protagonista principal en ciertos espacios públicos como la calle de Bodegones, el lugar más importante para el comercio de modas, donde las mujeres acudían a comprar sus variadas y costosas prendas de vestir como el típico faldellín o el puchero de flores. La prensa describe cómo estos espacios asociados a la moda y el vestir son de dominio de las mujeres.



La calle que se forma entre las mujeres que venden esta especie, se divide entre las que venden por mayor, y las que venden por menor. Las primeras tienen espalda a la Iglesia y venden sobre el suelo una o dos especies. Son estas las hortelanas o jardineras: a cuya frente están las que componen el Puchero...

(Mercurio Peruano III, 18 septiembre. 1791)



Pero, la calle aparece también como el espacio de las prostitutas (Mercurio Peruano X, 16 feb. 1791), las revolucionarias francesas o los homosexuales. Entonces, sólo ciertos espacios de la calle son para las mujeres de élite y de buena reputación, aquellos destinados a la moda, los espectáculos o las ceremonias religiosas. El lugar privilegiado de la mujer era el hogar.

La mujer es sirvienta, pero también ama del hogar. Es esposa y madre a la vez. Ella se encarga del gobierno de la casa por lo que debe exhibir las cualidades de modestia, dedicación y economía. En el rol que se les asigna a las mujeres es la de amas de su casa por lo que están obligadas a mantener los secretos de familia; esto entra en contradicción con el hecho de que ellas crean la opinión pública y el rumor. sacan los secretos de familia a la calle y en este caso, a los periódicos a los que mandan, supuestamente, sus cartas quejándose de los hombres. Así, las mujeres desempeñan un importante papel en el ejercicio del control social y con frecuencia en detrimento de ellas mismas ya que son el blanco preferido de ese control convirtiéndose en guardianas del hogar y de la moral familiar[43]. El discurso ilustrado las encierra en la casa en el sentido de que:



... no tienen la fuerza moral ni física que exige el ejercicio de los derechos políticos del ciudadano. Si se entregasen a estas penosas y útiles funciones, tendrían que sacrificar por ellas los cuidados más importantes a que las llama la naturaleza.

(Gaceta de Lima Nº 21, 11 junio. 1794, p.299)



Entonces, por su naturaleza será el hogar, el ámbito privado, su espacio natural.


Reflexión Final

En el Perú durante el Siglo de las Luces no se formuló un audaz discurso sobre la mujer. El discurso racional dominante que versaba sobre la naturaleza femenina emanaba de profundas meditaciones, predominantemente, masculinas. En ellas, la mujer era susceptible de ser definida tanto por su sexo como por su vocación de agradar al hombre mediante el arte supremo de la coquetería. Las mujeres eran seres emocionales, pasivos y delicados que debían seguir los principios de castidad y obediencia; mientras que los hombres eran seres racionales, activos y agresivos iluminados por el valor y el honor. A la mujer estaba destinado el hogar, donde debía desarrollarse como esposa y madre. Su vida debía orientarse a su esposo y a sus hijos, la felicidad de ellos era la suya. En este sentido, los periódicos habrían colaborado en la difusión de los prejuicios acerca de la mujer, muchos de los cuales lamentablemente tienen vigencia hasta nuestros días.


 


NOTAS

[1] Agradezco a Scarlett O’Phelan por sus comentarios iluminadores desde el inicio de esta investigación y su paciencia en la espera de este artículo, el que dedico a dos mujeres, una grande y otra pequeña: Anna María, mi madre y Karen, mi prima.
[2] María Carmen Iglesias. “Educación y pensamiento ilustrado”. En: Actas del Congreso Carlos III y la Ilustración. T. III. Madrid: Ministerio de Cultura, 1989.
[3] Jean Sarrailh. La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII. México: FCE, 1992. Es el trabajo clásico sobre la ilustración en España junto con el de Richard Heerr. España y la Revolución del siglo XVIII. Madrid: Aguilar, 1979.
[4] En un importante artículo, Patricia Oliart analiza las imágenes femeninas configuradas a partir de los textos de conocidos escritores peruanos entre la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas de este siglo. A través de su investigación se puede constatar que muchas ideas sobre la mujer guardan una continuidad con las imágenes de la mujer producidas a fines del siglo XVIII en la prensa limeña. Patricia Oliart. “Poniendo a cada quien en su lugar: estereotipos raciales y sexuales en la Lima del siglo XIX”. En: A. Panfichi y F. Portocarrero (eds.) Mundos Interiores: Lima 1850-1950. Lima: Universidad del Pacífico, 1995.
[5] Francisco Sánchez-Blanco. Europa y el pensamiento español del siglo XVIII. Madrid: Alianza, 1991. p. 80.
[6] Nosotros utilizaremos la edición de José Durand -que recoge el prospecto, 35 números y 6 suplementos- que abarca desde setiembre de 1793 hasta junio de 1794. José Durand. La Gazeta de Lima. Lima: Cofide, 1983.
[7] Un análisis de este periódico se encuentra en: Claudia Rosas. “La Imagen de la Revolución Francesa en el Virreinato Peruano a fines del siglo XVIII” Tesis (Lic.) Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 1997.
[8] Un estudio fundamental sobre esta publicación periódica la ofrece: Jean-Pierre Clément. Mercurio Peruano, 1790-1795. Vol. . Estudio. Frankfurt: Vervuert y Madrid: Iberoamericana, 1997.
[9] Jurgen Habermas. Historia y crítica de la opinión pública. Barcelona: Gustavo Gilli, 1981.
[10] Una renovada discusión sobre la estrecha relación entre cultura popular y de élite, que revisa la historiografía peruana sobre el tema, vease en Juan Carlos Estenssoro. “La plebe ilustrada: el pueblo en las fronteras de la razón”. En C. Walker (comp.) Entre la retórica y la insurgencia. Cusco: Centro Bartolomé de las Casas, 1996.
[11] Roger Chartier. Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna. Madrid: Alianza, 1993.
[12] Chartier nos dice que debemos tomar en cuenta las diversas estrategias de lectura, las caracteríticas de la comunidad de lectores y la manera en que el texto llega a sus manos, dejando de lado la idea de que el contenido de los textos era leido y entendido de la misma forma por todo el público lector. Roger Chartier. El Mundo como Representación. Barcelona: Gedisa, 1992.
[13] Evelyn Berriot-Salvadore. “El discurso de la medicina y de la ciencia”. En: G. Duby y M. Perrot. Historia de las Mujeres. Tomo 6. Madrid: Taurus, 1993.
[14]Ibid. p. 119.
[15] Es muy importante para nuestra reflexión el trabajo pionero de Pablo Macera. “Sexo y coloniaje”. En: Trabajos de Historia. Vol. III. Lima: INC, 1974.
[16] La imagen de la mujer negra no varió sustancialmente en el siglo XIX, por el contrario, su figura siguió asociándose al plano sexual y era percibida como mujer escandalosa. Patricia Oliart. “Temidos y despreciados: Raza y género en la representación de las clases populares limeñas en la literatura del siglo XIX”. En: Narda Henríquez y Maruja Barrig (eds.) Otras Pieles. Género, Historia y Cultura. Lima: PUC, 1995.
[17] Michele Crampe-Casnabet. “Las mujeres en las obras filosóficas del siglo XVIII”. En: G. Duby y M. Perrot. Op. Cit. p. 86.
[18] Veronique Nahowm-Grappe. “La estética ?máscara táctica, estrategia o identidad petrificada?”. En: G. Duby y M. Perrot. Op. Cit. p. 123.
[19] Sara F. Matthews. “ El cuerpo, apariencia y sexualidad”. En: G. Duby y M. Perrot. Op. Cit. p. 78.
[20] La imagen de la criolla limeña de los periódicos de fines del XVIII se asemeja, en lo fundamental, al estereotipo de limeña caracterizado por Patricia Oliart. “Poniendo a cada quien en su lugar...”. Op. Cit.
[21] Michele Crampe-Casnabet. “Las mujeres en las obras filosóficas del siglo XVIII”. En: G. Duby y M. Perrot. Op. Cit. p. 85.
[22] Bonnie Anderson. Historia de mujeres: una historia propia. Vol. 2. Barcelona: Crítica, 1992. p. 612.
[23] Jean-Pierre Clément. El Mercurio Peruano 1790-1795. Op. Cit. p. 168-173.
[24] Sara F. Matthews. “El cuerpo, apariencia y sexualidad”. En: G. Duby y M. Perrot. Op. Cit. p. 83.
[25] Ibid.
[26] Georges Duby. El caballero, la mujer y el cura. Madrid: Taurus, 1987.
[27] María Emma Mannarelli. Pecados Públicos. La ilegitimidad en Lima. Siglo XVII. Lima: Flora Tristán, 1993. Los capítulos dedicados el amancebamiento y el adulterio son importantes para una mejor comprensión de la información periodística.
[28] Michelle Perrot. Introducción. G. Duby y P. Aries. Historia de la vida privada. Madrid: Taurus, 1991.
[29] Bonie Anderson. Op. Cit. p. 611.
[30] Pablo Macera. Op. Cit. p. 320-325.
[31] Evelyne Berriot-Salvadore. “El discurso de la medicina y de la ciencia”. En: G. Duby y M. Perrot. Op. Cit. p. 144-145.
[32] Olwen Hufton. “Mujeres, trabajo y familia”. En: G. Duby y M. Perrot. Op. Cit. p. 54-55.
[33] Lavallé afirma que los chapetones y gachupines consideraban que el hecho de que ya desde su nacimiento los criollos fuesen amamantados y criados por sirvientas indias o negras constituían vínculos tan fuertes como los de la misma sangre. Estas mujeres les transmitían sus defectos y costumbres perversas. Bernard Lavallé. Las Promesas ambiguas. Criollismo colonial en los Andes. Lima: PUC e IRA, 1993. p. 48.
[34] Juan Pedro Viqueira. Relajados o reprimidos?. iversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el Siglo de las Luces. México: FCE, 1987.
[35] Se evidencia una voluntad por definir una división del trabajo por géneros, distinguiendo las labores propias de mujeres de aquellas realizadas por hombres. En un discurso sobre el destino de la gente vaga en Lima, Lequanda criticaba el hecho de que muchos trabajos propios de mujeres estaban desempeñados por hombres (Mercurio Peruano X, 20 feb. 1794). Entonces, podemos articular el discurso sobre la homosexualidad, que tenían su origen en el desarrollo de oficios delicados, con el interés por la división del trabajo por géneros.
[36] Johana Mendelson. “La prensa femenina: la opinión de las mujeres en los periódicos de la colonia en la América española: 1790-1810”. En: A. Lavrin (comp.) Las Mujeres Latinoamericanas. Perspectivas históricas. México: Tierra Firme y FCE, 1985.
[37] Martine Sonnet. “La educación de una joven”. En: G. Duby y M. Perrot. Op. Cit. Tomo 5.
[38] Margarita Suárez. “El poder de los velos: monasterios y finanzas en Lima, siglo XVII”. En: P.Portocarrero (comp.) Estrategias de desarrollo: intentando cambiar la vida. Lima: Flora Tristán, 1993.
[39] Nancy Van Deusen. “Los primeros recogimientos para doncellas mestizas en Lima y Cusco, 1550-1580”. En: Allpanchis, Vol. I, Nº 35/36. Cusco, 1990.
[40] Ricardo Palma. Tradiciones Peruanas Completas. Madrid: Aguilar, 1964.
[41] Ulrich Im Hof. La Europa de la Ilustración. Barcelona: Crítica, 1993. p. 210-211.
[42] Francisco Sánchez-Blanco. Europa y el pensamiento español del siglo XVIII. Op. Cit. p.176-181.
[43] P. Aries y G. Duby. Historia de la vida privada. T. 6. Op. Cit. p. 28-29.





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Referencia bibliográfica del artículo:

Claudia Rosas Lauro. “Educando al bello sexo: la mujer en el discurso ilustrado”. En: Scarlett O’Phelan Godoy (comp.) El Perú del Siglo XVIII. La Era Borbónica. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú-Instituto Riva-Agüero, 1999, págs. 349-413.

 



Fotografía de portada: Dos tapadas limeñas. Acuarela de Pancho Fierro Biblioteca de Luis Ángel Arango/Biblioteca digital/Banco de la República de Colombia <http://www.lablaa.org/blaavirtual/todaslasartes/pancho/pancho3.htm>



LA AUTORA


Claudia Rosas Lauro (Lima, Perú 1972) es Historiadora formada en la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde también ha cursado estudios de Maestría y se desempeña como catedrática. Es especialista en el tema de la Imagen de la Revolución Francesa en el Virreinato del Perú, con el que obtuvo el grado de Licenciada en Historia en 1997 y la Segunda Mención Honrosa del Premio María Rostworowski en 1998. Su investigación será publicada por la Universidad Católica del Perú, el Instituto Francés de Estudios Andinos y la Embajada de Francia bajo el título Del trono a la guillotina. El impacto de la Revolución Francesa en el Perú (1789-1808), con el prólogo de Michel Vovelle. Actualmente, cursa estudios de Doctorado en Historia en el Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad de Florencia, Italia.

Ha editado el volumen El miedo en el Perú. Siglos XVI-XX. Lima: PUCP-SIDEA, 2005 y publicado diversos artículos sobre la historia peruana en la época de los Borbones y los primeros tiempos republicanos, abordando aspectos como el impacto de la Revolución Francesa, la prensa y la opinión pública, la imagen de la mujer y el discurso ilustrado. Algunas de sus publicaciones son: “La Revolución Francesa y el imaginario nacional en Juan Pablo Viscardo y Guzmán”, en Juan Pablo Vizcardo y Guzmán: el hombre y su tiempo, Lima: Congreso de la República del Perú, 1999; “Jaque a la Dama. La imagen de la mujer en la prensa limeña de fines del siglo XVIII”, en M. Zegarra (Ed.) Mujer y género en la historia del Perú, Lima: Cendoc-Mujer, 1999; “Educando al bello sexo. La mujer en el discurso ilustrado”, en S. O’Phelan (comp.) El Siglo XVIII en el Perú. La Era Borbónica, Lima: IRA-PUC, 1999; “Loas y diatribas. La Revolución Francesa en la historiografía peruana”, en Félix Denegri Luna Homenaje, Lima: PUC, 2000; “Loas y diatribas. El Obispo Chávez de la Rosa y la campaña contra la Revolución Francesa en Arequipa”, en Sobre el Perú Homenaje a José Agustín de la Puente Candamo, Lima: PUC, 2002; “La imagen de los Incas en la Ilustración peruana del siglo XVIII”, en R. Varón y J. Flores (eds.) Homenaje a Franklin Pease, Lima: PUC, 2002; “Madre solo hay una. Ilustración, maternidad y medicina en el Perú del siglo XVIII”, en Revista de Estudios Americanos 61/1, Sevilla, 2005.

Otros títulos publicados que abordan problemáticas del siglo XIX son: “La inmigración extranjera al Perú, 1850-1930” (coautor L. M. Glave), en B. Fausto (comp.) Fazer a América: A inmigracao em Massa para a América Latina, Sao Paolo: Universidade de Sao Paolo, 1998; ganador del Premio Jabuti 2000; “Los ecos del 48 en el Cuzco”, en Yachaywasi 7, Lima, 2000; “El imaginario político regional en los periódicos cuzqueños entre la Independencia y la República”, en S. O’Phelan (comp.) De los Borbones a Bolívar. La Independencia en el Perú, Lima: IRA-PUC, 2001. y “La reinvención de la memoria. Los Incas en los periódicos de Lima y Cuzco de la colonia a la República”, en L. Millones (ed.) Ensayos de historia andina, Lima: UNMSM, 2005.
Obtuvo una beca para la Universidad de Sevilla por el Programa Intercampus (1996), una beca de estudios del Gobierno Italiano para seguir estudios de Doctorado en la Universidad de Florencia (2003) y una beca de investigación de Fundación Carolina (2005). Ha participado en calidad de ponente y organizadora en eventos académicos a nivel nacional e internacional como el Congreso sobre “Juan Pablo Viscardo y Guzmán: el hombre y su tiempo”, el Congreso Internacional “Al fin de la batalla” y el Coloquio Internacional “Los Jesuitas y la Modernidad en Iberoamérica (1549-1773)”. Se desempeñó como coordinadora del Proyecto Vargas Ugarte de Textos Coloniales de la Universidad Católica del Perú, que consiste en la recuperación y estudio de fuentes filosóficas coloniales. Asimismo, se desempeñó como investigadora en la elaboración del informe El Sistema Nacional de Cultura del Perú, para la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), que se concretó en un CD- ROM. Ha sido profesora de la Universidad San Ignacio de Loyola, la Universidad Ricardo Palma, la Escuela Superior de Pedagogía, Filosofía y Letras Antonio Ruiz de Montoya, el Instituto Superior Yachayhuasi, el Instituto Superior de Estudios Teológicos Juan XXIII y el Instituto Pedagógico Nacional. Es Miembro Ordinario del Instituto Riva-Agüero, Escuela de Altos Estudios de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

ARQUITECTURA DE RECONSTRUCCIÓN EN BRUNETE (MADRID)

<strong>ARQUITECTURA DE RECONSTRUCCIÓN EN BRUNETE (MADRID)</strong>

 

 

Javier García Algarra

Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED, España

 

 

 

El objetivo de este trabajo es estudiar la intervención de la Dirección General de Regiones Devastadas (en adelante, DGRD) en el municipio de Brunete, tras su completa destrucción durante la guerra civil. Pese al intenso crecimiento de este pueblo en los últimos años, se ha respetado en buena medida la reconstrucción llevada a cabo durante los años cuarenta, al contrario de lo que sucede en otras poblaciones próximas como Villanueva de la Cañada, Las Rozas o Majadahonda. Brunete también presenta la ventaja de haber sido una intervención mimada por la DGRD debido a su valor simbólico, por lo que puede tomarse como prototipo de la arquitectura de reconstrucción.

 

 

Introducción 

 

En el verano de 1937, el ejército republicano lanzó una ofensiva a gran escala en el noroeste de Madrid para aliviar la desesperada situación de la guerra en el frente norte. Esta operación, que comenzó el 6 de julio y duró hasta el día 26 de ese mes se conoce como batalla de Brunete, por haber sido esta localidad el centro de los encarnizados combates que causaron treinta y cinco mil muertes.

 


 Brunete después de la batalla

 

El pueblo de Brunete fue muy castigado, tan sólo la iglesia, de entre los edificios significativos, permaneció en pie. La devastación fue también enorme en otras localidades cercanas como Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo o Quijorna.

Para el bando franquista, Brunete se convirtió en un activo propagandístico, como símbolo de la capacidad de resistencia. Franco no dudó en pagar un altísimo precio en vidas humanas para recobrar una población cuyo valor estratégico era muy limitado. Esta misma actitud, que se reprodujo, por ejemplo, en Belchite o Teruel, obedecía a una estrategia calculada de consolidación como líder indiscutible. En consecuencia, la reconstrucción de Brunete tras finalizar la guerra, tuvo mucho más de operación política e ideológica que de recuperación de la situación previa al conflicto.

 

 

Ideología de la reconstrucción 

 

Hasta la posguerra los arquitectos no habían desempeñado nunca, como cuerpo, un papel significativo en la política española. La Falange, por emulación del fascismo italiano, o del nazismo alemán, concedía una gran importancia a la arquitectura, como herramienta útil para la exaltación del régimen y creadora de escenografías para las concentraciones masivas del partido. Tras la finalización de la contienda, se planteó la necesidad de crear un lenguaje arquitectónico imperial, representativo de la nueva España y debelador del estilo internacional, identificado con la república derrotada.

 

El cubismo sovietizante, el ilimitado racionalismo, junto con la industrialización, las oligarquías financieras, el marxismo, la decadencia intelectual, producen los monstruos de hierro, cemento y mármol que convierten las nobles perspectivas de España en campos de alucinación.[1]

 

Entre sus muchos efectos negativos, la guerra civil produjo un éxodo de los arquitectos más valiosos del periodo republicano, cuando no su eliminación física o en el mejor de los casos una inhabilitación profesional. La arquitectura del nuevo régimen, quedó bajo la dirección de la Falange, en la persona de Pedro Muguruza Otaño, auténtico arquitecto de cabecera de Franco, aunque nunca llegó a contar con la influencia de un Albert Speer. Desde la Dirección General de Arquitectura, tuvo a su cargo la organización de la profesión y la definición del nuevo estilo. Junto a Muguruza, desempeñaron un papel fundamental Pedro Bidagor en Urbanismo, López Otero al frente de la escuela de arquitectura y Gutiérrez Soto, que temporalmente renegaba de su sólida trayectoria previa muy próxima a los postulados del GATEPAC.

Muguruza es quien enuncia en la primera Asamblea Nacional de Arquitectos, en abril de 1939, la necesidad de definir un Plan de Reconstrucción que proporcionase unas líneas de actuación unificadas.

Falange nunca tuvo una preocupación por la teoría estética como sus correligionarios europeos. Aunque sintió fascinación por las concentraciones de masas, se trataba de un partido muy minoritario antes de 1936. Por tanto, no necesitaba de las construcciones efímeras que sirvieron de escenario a los congresos del nazismo en Nüremberg o del fascio italiano.  No hubo tampoco un debate arquitectónico como en Italia, las circunstancias políticas no dieron oportunidad para que algo así pudiera producirse antes de la guerra. Cuando ésta terminó, la Falange vencedora se propuso construir un nuevo estado con una nueva arquitectura, pero los falangistas pronto se dieron cuenta de que no controlaban todos los resortes del poder. El decreto de unificación había convertido al partido en un instrumento al servicio del poder personal de Franco. Pese a que se mantuvieron las formas fascistas externas, en la posguerra tendrían mucha más influencia los elementos conservadores que habían apoyado el levantamiento.

La arquitectura de la autarquía se caracteriza por ser profundamente conservadora. Todo el arte contemporáneo y el estilo internacional se identificaron con el bando derrotado. Con el propósito de revivir el espíritu de la España imperial de los siglos XVI y XVII se volvió la vista a Juan de Herrera y al barroco de la Contrarreforma como modelos. En paralelo se produce una revalorización de la arquitectura rural tradicional, que se identifica con el auténtico espíritu español.

La desmesura retórica del primer franquismo unida a la imaginación siempre desbordante de Ernesto Giménez-Caballero podía dar lugar a declaraciones como la siguiente:

La piedra es la tradición de Roma en la arquitectura española. La piedra de los acueductos y puentes cesáreos. La piedra que informó los primeros castillos asturianos y roqueros de la Reconquista. La piedra que sirvió para construir las catedrales [...] y los sillares de El Escorial.

 

Junto a la piedra, la pizarra [...]. La pizarra es el elemento germánico que la Casa de Austria – ese Felipe II soñador de paisajes con nieblas y bosques- aportó a la tradición románica y humanística de la piedra en España.

 

[El ladrillo] Elemento: tierra, barro, marga, polvo, suelo mismo, pueblo mismo e ínfimo de España, en su lucha secular contra la piedra, dominadora y aria. La lucha entre piedra y ladrillo (cristianos e infieles, nacionales y rojos) duró largos siglos medievales sin resolverse en el frente arquitectónico de España, con escaramuzas fronterizas. Hasta que Madrid logró su unificación. Aceptando al ladrillo en su sitio estricto. Encuadrado y vigilado, pero utilizado[2].

 

Gabriel Ureña reproduce un artículo de Rafael Sánchez Mazas en el que la exaltación del monasterio de El Escorial como modelo arquitectónico roza el delirio. Estos dos simples ejemplos nos dan una idea de la importancia que se concedía a la arquitectura, más imaginaria que real, en el discurso de la intelectualidad falangista de los primeros años.

La tendencia al conservadurismo y la recreación del pasado se refuerza con la idealización de la vida rural, frente a la decadencia urbana. Mientras que en Italia o Alemania los fascismos fueron un producto de la crisis industrial y tuvieron en la recuperación del tejido fabril uno de sus objetivos básicos, España era un país de economía agraria. Las escasas zonas industrializadas como Madrid, Cataluña, Vizcaya o Asturias se habían opuesto al 18 de julio y se tenían por viveros del marxismo. Ya antes de la guerra, las JONS habían aportado a Falange un cierto agrarismo utópico. Tras la unificación, este carácter se acentuó por la incorporación del tradicionalismo carlista.  En el esbozo del Plan de Reconstrucción de Muguruza, este afirmaba que para iniciar la tarea era preciso empezar por establecer un inventario de la riqueza agrícola del país.

En estas condiciones, es comprensible que la actividad de la DGRD se centrase, en zonas rurales con los siguientes objetivos:

·         Reconstruir las poblaciones para evitar la emigración de sus habitantes a la ciudad. Se necesitaba poner en producción de nuevo las tierras abandonadas, especialmente en la situación de hambre que se vivía.

·         Crear modelos de pueblo cerrado. El organicismo urbano propugnado por Pedro Bidagor concibe a las poblaciones como entes con una finalidad determinada dentro de la sociedad. Los pueblos de Regiones Devastadas deberían ser unidades de producción agraria autosuficiente, sin necesidad de que su población aumentase más que lo que el crecimiento vegetativo aconseja.

·         Mantener la diferenciación social con la creación de distintos tipos de vivienda (aparcero, labrador acomodado, funcionario).

·         Dotar de servicios en función de la población

·         Edificar en una situación dominante las instituciones que representan la autoridad (ayuntamiento, partido único, guardia civil, iglesia). Para ello se recurre al modelo tradicional de plaza porticada castellana.

·         Difundir una estética uniforme que recalcara la unidad de España, con concesiones decorativas a los estilos regionales.

·         Utilizar los materiales de construcción local. Además de preservar los oficios artesanales se conseguía un ahorro muy importante en costes de transporte. La prensa de la época citará siempre como mérito que la población X (así fue en el caso de Brunete) se había reconstruido con materiales fabricados in situ.

 

La vivienda rural fue el elemento básico de la arquitectura de Regiones Devastadas. Pese a su apariencia repetitiva y tradicional Javier Monclús[3] ha demostrado como los modelos utilizados derivan de los desarrollados en los años 30 bajo supuestos racionalistas de higiene, comodidad y equiparación de la vida campesina a la urbana. Entre 1932 y 1936, José Fonseca que acabaría siendo jefe de los servicios técnicos del Instituto Nacional de la Vivienda, impartió en la escuela de arquitectura un curso sobre vivienda rural al que asistieron buena parte de los futuros arquitectos de la DGRD. Funcionarios poco creativos pero eficaces, mantuvieron así la continuidad con el periodo inmediatamente anterior.

Los edificios singulares de los pueblos reconstruidos como el ayuntamiento, la iglesia, la escuela o cuartel de la guardia civil resultan muy parecidos pese a las diferencias de material o decorativas. Esta homogeneidad se debía tanto a las directrices generales como al efecto de emulación que producía la revista Reconstrucción. La publicación de los proyectos servía de modelo a los arquitectos de las oficinas comarcales, que estaban sujetos a inspecciones periódicas por parte de los servicios centrales para asegurar una arquitectura uniforme.

La arquitectura de la DGRD oscila entre el esfuerzo por adaptarse al estilo del régimen y contribuir a la representación espacial del poder y la adaptación a las difíciles circunstancias en que se tuvo que desarrollar. Cuantitativamente su impacto fue pequeño, Monclús da la cifra de tan sólo 4.000 viviendas construidas a lo largo de su existencia, una cifra muy modesta comparada con las del Instituto de Colonización (unas 25.000) o del Instituto de la Vivienda. Contrasta la elevada calidad constructiva alcanzada, muy superior a la edificación deficiente del desarrollismo. La preocupación de la DGRD no era el beneficio económico, al contrario de lo que sucederá con los promotores privados posteriores, sino la plasmación de un tipo de arquitectura muy marcada por la ideología, y preocupada por el individuo aunque desde una perspectiva paternalista.

 

 

La Dirección General de Regiones Devastadas 

 

En enero de 1938 se creó el Servicio Nacional de Regiones Devastadas[4], encuadrado en el Ministerio del Interior. El 25 de marzo de ese mismo año se publicó el decreto que especificaba la misión del nuevo organismo: dirigir e inspeccionar cualquier proyecto de reconstrucción, tanto de viviendas como de infraestructuras dañadas por la guerra.

En agosto de 1939 pasó a ser Dirección General de Regiones Devastadas, en el Ministerio de la Gobernación y así permanecería hasta 1957, cuando desapareció como tal y parte de sus funciones fueron asumidas por el Ministerio de la Vivienda.

La DGRD se organizaba en una serie de organismos centrales y veinticinco oficinas comarcales que se encargaban del seguimiento y realización de las obras sobre el terreno. La DGRD peritaba los daños, elaboraba los proyectos, se encargaba del aprovisionamiento material, de las expropiaciones de terreno y de la realización de las obras. Para la financiación de los proyectos contó con la colaboración del Instituto de Crédito para la Reconstrucción. En palabras de su director Moreno Torres, LA DGRD se organizaba como una gran empresa privada.

El marco temporal de su existencia coincide con el periodo autárquico del franquismo. Las dificultades económicas fueron un importante obstáculo que la DGRD intentó solventar con los recursos de la época. Dentro del más puro estilo autárquico, la DGRD disponía de talleres y factorías para elaborar sus propios materiales de construcción (ladrillos, tejas, ventanas, etc.) y ante la carencia de combustible recurrió en ocasiones a la tracción animal para el transporte. Un aspecto sombrío, que el reciente estudio de Isaías Lafuente[5] ha contribuido a aclarar, fue la utilización de mano de obra penada, en condiciones extremas. Esta explotación de los prisioneros de guerra se produjo en el caso de la reconstrucción de Brunete.

Junto a su labor puramente técnica, la DGRD tenía un importante cometido político, ejercido por medio de los negociados de prensa y propaganda que dependían directamente del director general. La DGRD editó la revista Reconstrucción, que servía tanto de boletín interno para la difusión de modelos y pensamiento arquitectónico, como de órgano al servicio del régimen. En el ambiente de exaltación ideológica y retórica del bando vencedor, la destrucción provocada por la guerra civil había sido causada por el marxismo, y Franco se presentaba como el Caudillo de la Reconstrucción que repararía tanto daño. En el número 1 de Reconstrucción, publicado en abril de 1940, se dice que la misión de la Dirección es:

Llevar a la práctica directamente la reconstrucción de los daños sufridos en pueblos y ciudades que fueron sangriento escenario de la santa y victoriosa Cruzada de liberación o testigos irrefutables del bárbaro y cruel ensañamiento de las hordas que, aleccionadas por Rusia, mostraron su odio hacia todo lo que significa representación real de los principios básicos y seculares del espíritu cristiano y español.

 

Pérez Escolano reproduce un fragmento de un discurso del general Muñoz Grandes del mismo año, que lo expone de una forma aún más cruda:

 

Lo que más urge es rehacer el suelo patrio, deshecho brutalmente por las hordas marxistas, que, impotentes para contener nuestro avance arrollador, sólo con la destrucción y el crimen pudieron satisfacer el inconcebible espíritu satánico que había de probar bien a las claras lo poco que les importaba España.

 

Un caso revelador es el de la villa vizcaína de Guernica, en la que se produjo una intervención muy importante de Regiones Devastadas. La versión oficial era que su destrucción se produjo por un incendio causado por los defensores intencionadamente. Franco aparecía así como el reconstructor de Guernica, cuando en realidad era el responsable de su devastación.

 

 

 Entrega de llaves en Hita (Guadalajara). 1940

 

La DGRD fue un organismo muy rentable como caja de resonancia propagandística. Las fotografías de Franco entregando las llaves de las nuevas viviendas a los campesinos que saludaban brazo en alto, fueron una imagen repetida durante la década de los cuarenta. Pero incluso antes de llegar a ese momento, se podía aprovechar la colocación de la primera piedra o la divulgación de los proyectos que no pasaban aún de ser planos. Regiones Devastadas organizó exposiciones con las maquetas de las poblaciones tal y como se iban a reconstruir para mostrarlas por toda España. La primera se montó en una fecha tan temprana como 1940, lo que hace preguntarse a Manuel Blanco[6] si el aspecto uniforme de las realizaciones de la DGRD se debe en parte a que se trata de una arquitectura concebida para ser reproducida fácilmente mediante maquetas.

El grado de intervención variaba en función de la destrucción de la localidad, desde la reparación de algún edificio, hasta la construcción de un pueblo de nueva planta. Si la destrucción afectaba a más del 75% de la población, se recurría a la adopción por Franco. El decreto de adopción, publicado en 1939, permitía a Regiones Devastadas una gran libertad de actuación. Podía expropiar los solares necesarios en un plazo reducido y cambiar el parcelario conforme a las necesidades del proyecto, como sucedió en el caso de Brunete. También se podía obligar a los perceptores de indemnizaciones a invertir el dinero en la reconstrucción, con el objeto de evitar que emigrasen, o se obligaba a los propietarios de derechos hipotecarios sobre las viviendas destruidas a compartir los gastos de reparación.

 

 

El nuevo Brunete 

 

El proyecto de reconstrucción de Brunete fue dirigido por los arquitectos Pidal y Quijada. Como ya se ha dicho, la actuación se produjo bajo la figura jurídica de adopción por el Caudillo.

 

 

Antes de la guerra, Brunete contaba con 1451 habitantes, y en 1939 sólo quedaban 230[7]. Todo el caserío se había perdido, incluso el cementerio se encontraba destrozado. La reconstrucción se proyectó sobre la misma ubicación en que se encontraba el pueblo antes de la guerra.  En este aspecto, la actuación de la DGRD no fue uniforme. A veces, el pueblo se reconstruía junto a las ruinas del original, conservadas como monumento al heroísmo de sus defensores, como sucedió en Belchite. En otros casos, se proyectaba un nuevo barrio que se articulaba en mayor o menor medida con lo que quedaba en pie de la población. La solución de trazar una nueva planta sobre el solar original, como en Brunete, resultaba la más costosa en tiempo y dinero por la necesidad de proceder previamente al desescombro, salvo para un caso de destrucción tan masiva como éste en el que los escombros se utilizaron para relleno. La iglesia parroquial, único resto de valor que se mantenía en pie, fue tomada como punto de referencia tanto geométrico como sentimental del nuevo Brunete.

El plano se organiza siguiendo los ejes del templo, en torno a la plaza Mayor, que como es habitual en la arquitectura de la DGRD no se encuentra en el centro geográfico del conjunto. El segundo hito arquitectónico de la localidad debería ser haber sido una ermita en honor de la Virgen de la Victoria, erigida en el centro de una plaza circular. Esta parte del pueblo no llegó a construirse nunca, porque la emigración hizo innecesario acometer la segunda fase.

 

 

  Callejero actual

En este callejero actual, se puede apreciar el rectángulo delimitado por las calles Caridad, Esperanza, Los Arcos y el Paseo de Ronda, que se corresponde con el área de actuación de la DGRD. A unos 200 metros de la Plaza Mayor se encuentra la Casa Cuartel de la Guardia Civil, obra también de la época que se ajusta al modelo repetido por toda la geografía de España, un edificio de cuatro alas organizado en torno a un patio y con baluartes en las esquinas. El aspecto de fortaleza de estos cuarteles forma parte de la puesta en escena del poder.

El proyecto original, que fue presentado ya en la primera exposición de 1940, muestra las características más señaladas de la ideología arquitectónica subyacente. Es el plano de un pueblo cerrado, concebido para ser construido una vez y permanecer indefinidamente con una población estable. La economía sería agraria y la vida se organizaría en torno a la plaza Mayor[8], sede de los poderes de la localidad, el Ayuntamiento y la Casa del Partido. La plaza albergaría también los locales de Acción Católica, Correos y el casino.

 

 

 Vista de Brunete en el proyecto original

 

Los arquitectos querían resaltar la iglesia parroquial, como elemento de nexo con el pasado. Para ello, la típica plaza porticada castellana no se cierra completamente, sino que se interrumpe favoreciendo un eje de perspectiva que dirige la vista hacia el templo. Éste se asienta sobre un solar situado unos metros por encima del nivel de la plaza[9].

 

 

Como hace notar Miguel Blanco, la iglesia no fue restaurada con el aspecto que tenía antes de 1937, sino que se modificó para adaptarla al lenguaje arquitectónico de Regiones Devastadas. El cambio más significativo fue la sustitución de la cúpula peraltada (que como se puede ver en la ilustración inicial de este trabajo, sobrevivió a la guerra) por el característico chapitel con cubierta de pizarra. Esta reconstrucción, al modo de Viollet-Le-Duc, de los edificios tal y como deberían haber sido, y no como habían sido en realidad, no es exclusiva de Brunete, sino que se repitió a menudo en la tarea de la DGRD. También se pueden apreciar entre la fotografía del estado actual y el diseño original algunas diferencias (la linterna que corona el coro o la espadaña sobre la puerta meridional). La ejecución de los proyectos correspondía a las oficinas comarcales (Brunete fue sede de una) y los técnicos encargados de la realización no siempre se atenían al pie de la letra del proyecto original[10].

Sendas placas conmemorativas en la Plaza Mayor recuerdan la batalla y la inauguración por Franco en persona en 1946. En esta segunda se hace alusión a que el pueblo fue reconstruido por la DGRD.

 

 

 Casa del Partido, en Reconstrucción (1946)

 

 

 En la actualidad 

 

En el lado oriental se levanta la casa del partido (en la actualidad sede de los servicios sociales del Ayuntamiento). El edificio se destaca por el balcón y una decoración de inspiración barroca con el yugo y las flechas como motivo central. Unas columnillas adosadas en la fachada del primer piso son un trampantojo que sirve para conseguir la apariencia de retablo. Esta decoración resulta desproporcionada y poco coherente con el juego geométrico austero con el que está construida la fachada. En la parte inferior del edificio se abre una puerta que da salida hacia la calle de Oriente.

 

 

 Ayuntamiento de Brunete en la actualidad 

 

Frente a la casa del partido se erige el ayuntamiento. El edificio destaca sobre el plano de la plaza, al contrario que el anterior. La fachada es mucho más armoniosa, con el remate del reloj y las cuatro buhardillas.

En el centro de la plaza se colocó una fuente ornamental con adornos en hierro forjado, que se conserva tal y como era en 1946.

Como ya se ha apuntado, sólo se construyó aproximadamente el 50% de lo inicialmente previsto. El casco reconstruido de Brunete es de forma rectangular con trazado en damero. Mientras en otras localidades más pequeñas, como la cercana Villanueva de la Cañada, todas las casas presentan un aspecto exterior uniforme, en Brunete hay variedad de estilos decorativos que se pueden encontrar en una misma calle, lo que evita la impresión de falta de originalidad de otras localidades.

 

Vista de la calle la Iglesia

 

En esta vista de la calle la Iglesia, publicada en 1946 en Reconstrucción, podemos ver alineadas una vivienda de dos plantas con fachada encalada (esquina) y a continuación otras dos con decoración de lo consideraba típico pueblo castellano con ladrillo visto y enfoscado. La de una sola planta es una vivienda sencilla de aparcero, la de dos es de labrador acomodado. Se aprecia que los dos pisos son una repetición del módulo de la vivienda de aparcero y se ve también el portón del paso de carros. Todas las casas disponían de patio y corral en la parte posterior y de cubierta de teja a dos aguas (la cubierta plana quedaba descartada por formar parte del desacreditado movimiento racionalista)[11]. La premura por concluir las obras se revela en un detalle que puede pasar inadvertido a primera vista. En esta vivienda de dos plantas falta el balcón.

 

 

 

En esta segunda imagen de la misma publicación se ve en primer término una de las viviendas que a modo de remate visual se levantaron en las esquinas del damero. Se trata del tipo más elaborado de vivienda en Brunete, con una hermosa galería, chaflán y enrejados en las ventanas del piso inferior. Un fenómeno que se puede comprobar es que los tipos de más calidad han sobrevivido en mayor medida y con menos modificaciones que las casas humildes.

 

 

 

Vivienda de dos plantas, igual a la vista en la foto de 1946 en la calle Iglesia. Tiene el aire de pueblo andaluz más característico de la arquitectura de Regiones Devastadas. Está dotada de paso de carros, un amplio patio y balcones tipo. La cornisa decorativa bajo estos, es un elemento muy repetido. Se conserva con su aspecto original

 

 

 Vivienda con chaflán en la entrada desde Villanueva de la Cañada. Se ha cerrado la galería original, el resto se mantiene fiel al diseño de la DGRD.

 

 

 

Vivienda de aparcero en estado ruinoso y deshabitada. La puerta y la única ventana que se mantienen son las originales

 

 

Viviendas de dos plantas en la calle Iglesia. La de la izquierda mantiene el diseño original de la fachada, en la de la derecha se construyó una ampliación sobre el paso de carros

 

El municipio de Brunete se encuentra en lo que se conoce como segunda corona metropolitana de Madrid, una zona que en la actualidad está experimentando un crecimiento demográfico extraordinario, ante los elevados precios de la capital. El trazado de la DGRD no preveía un futuro desarrollo, pero tampoco se respetaron los ejes de desarrollo natural de la primera fase construida. Esto ha hecho que el pueblo haya desbordado ya los límites de la carretera Valdemorillo-Navalcarnero y de la M-501, con una articulación difícil entre las zonas de desarrollo más nuevas y el casco antiguo.

Pese al buen estado de conservación general de la zona nuclear, hay un número importante de viviendas abandonadas o en cuyo solar se han construido edificaciones de estética ajena a los originales. No obstante, existen edificios nuevos que se han proyectado teniendo en cuenta el entorno y es de esperar que el conjunto de Brunete se mantenga como recuerdo de una época histórica difícil pero no carente de interés ni de creatividad, como se ha prejuzgado en ocasiones atendiendo tan sólo a consideraciones ideológicas y no artísticas.

 

 

 

Viviendas en la calle Iglesia. La segunda por la derecha es de construcción reciente y se inspira en el modelo más repetido en dicha calle

 

 

 

Plaza de Oriente. Se trata de una plaza interior en una manzana rectangular que ocupa el lugar aproximado en el que debería haberse construido la ermita de la Virgen de la Victoria. Se inspira en la Plaza Mayor, pero resulta mucho menos armoniosa que el modelo.

 

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Bibliografía 

 

HERNÁNDEZ MATEO, FRANCISCO DANIEL: "La búsqueda de la modernidad en la arquitectura española (1898-1958)", Universidad de Córdoba, 1997.

LAFUENTE, ISAIAS: "Esclavos por la patria", Ed. Temas de Hoy, 2002.

TERÁN, FERNANDO DE: "Planteamiento urbano en la España Contemporánea", Alianza Universidad Textos, Madrid, 1982.

UREÑA, GABRIEL: "Arquitectura y Urbanística Civil y Militar en el periodo de la Autarquía", Ediciones ISTMO, 1979.

URRRUTIA, ÁNGEL: "Arquitectura española del siglo XX", Ed. Cátedra, 1997.

 VV.AA: "Arquitectura en Regiones Devastadas", MOPU, 1987.

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NOTAS

[1] Víctor de la Serna: “La nueva arquitectura española. Un palacio para Falange”, Informaciones, 1943. Citado Daniel Hernández, en “La búsqueda de la modernidad en la arquitectura española...”

[2] Citado por Daniel Hernández, en “La búsqueda de la modernidad en la arquitectura española...”

[3] MONCLÚS, JAVIER; OYÓN, JOSÉ LUIS: “Vivienda rural, regionalismo y tradición agrarista en Regiones Devastadas”, en “Arquitectura en Regiones Devastadas”.

[4] LLANOS, EUGENIA: "La Dirección General de Regiones Devastadas. Su organización administrativa". En "Arquitectura en Regiones Devastadas. PÉREZ ESCOLANO, VÍCTOR: "Guerra Civil y Regiones Devastadas", en la misma obra.

[5] LAFUENTE, ISAIAS: "Esclavos por la patria", Ed. Temas de Hoy, 2002.

[6] BLANCO, MANUEL: "España Una" en "Arquitectura en regiones devastadas".

[7] TERÁN, FERNANDO DE: “Planeamiento urbano en la España contemporánea”, p. 140.

[8] "El centro del pueblo será siempre la tradicional y genuina plaza mayor, con soportales, en la que estén los edificios del Ayuntamiento, del Estado y del Partido". Gonzalo de Cárdenas, arquitecto jefe de la DGRD en la segunda Asamblea Nacional de Arquitectos, 1940. Citado por Terán.

[9]Un segundo centro religioso formado por la plaza de la Iglesia[...] Iglesia con torre, rematada con una cruz, bajo cuyos brazos abiertos se desenvuelva la vida futura del poblado”. Gonzalo de Cárdenas, op. cit.

[10] Daniel Hernández, en La búsqueda de la modernidad en la arquitectura española reproduce este fragmento de conferencia de 1941, del arquitecto de la DGRG Antonio Cámara: “Cuando en la guerra pasada aprendimos a ser eficaces, era frecuente oír la anécdota de una orden de guerra, que, después de detallar instrucciones para una operación, terminaba diciendo: “a falta de medios, súplanlos con su celo”, y después aparecían las dificultades, llevándose a cabo operaciones inverosímiles. Actualmente, al reconstruir, tenemos que suplir también muchos medios con el celo de nuestra buena fe, el entusiasmo y el ingenio.”

[11]De las viviendas se estudian distintos tipos, según la función y la profesión de las familias que deben habitarlas. En esto no hace falta decir que cada comarca tiene su propio tipo de vivienda característico. [...] Las viviendas se componen siempre, como mínimo, de cocina-comedor y de tres dormitorios, para que pueda existir la debida separación de sexos. El tipo de vivienda nos da el de manzana; la agrupación de todas ellas constituye el plan general de ordenación, completándose este con el trazado de las calles, alzados secciones y perfiles; cuidando el aspecto exterior del pueblo para que forme, dentro de la variedad de cada tipo, un todo armónico”. Gonzalo de Cárdenas, Op. Cit.

 


Fotografía de portada: Brunete después de la batalla.

 


EL AUTOR

Javier García Algarra es ingeniero de telecomunicación y licenciado en Geografía e Historia. Profesionalmente se dedica al desarrollo de sistemas. Doctor por la UNED en abril de 2012, con la tesis De Gran Vía al Distrito C. El patrimonio arquitectónico de Telefónica. Disponible en e-spacio UNED

algarra@tid.es / El autor en  Linkedin


 

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DERECHOS POLÍTICOS: UNA VISIÓN DE GÉNERO EN LA HISTORIA DE LAS MUJERES PERUANAS

DERECHOS POLÍTICOS: UNA VISIÓN DE GÉNERO EN LA HISTORIA DE LAS MUJERES PERUANAS

Sara Beatriz Guardia

CEMHAL/ Universidad San Martín de Porres/ Perú



La igualdad de derechos ciudadanos de las mujeres peruanas se logró el 5 de setiembre de 1955, mediante Ley Nº 12391, durante el gobierno del general Odría, que no era precisamente un demócrata. Su gobierno se caracterizó por una total ausencia de libertades políticas y una sistemática represión a sus opositores. Su objetivo no fue otro que reelegirse, para lo cual necesitaba el voto proveniente de sectores populares donde su esposa, María Delgado de Odría, había realizado un intenso trabajo con las mujeres.

 

El derecho al sufragio femenino se empezó a discutir en el Perú desde el debate de la Constitución de 1931, pero encontró una tenaz oposición de los sectores políticos conservadores. Nada extraño si tenemos en cuenta que la primera Constitución Política de la República Peruana de 1826, no menciona en ningún artículo a las mujeres. Simplemente no existen. Las Constituciones de 1828, 1834 y 1839, son aún mucho más explícitas al establecer en el Artículo 4°: “Son ciudadanos peruanos todos los hombres libres nacidos en el territorio de la República”. El registro histórico tampoco las tomó en cuenta, salvo a aquellas que sobresalieron o se negaron a aceptar las reglas de la sociedad tradicional como Flora Tristán y Francisca Zubiaga. Flora Tristán llegó al Perú en 1832, cuatro años después de aprobada la Constitución que otorgaba derechos políticos a los hombres alfabetizados excluyendo así a la gran mayoría de la población de indígenas analfabetos. En su libro: Peregrinaciones de una paria, describe la sociedad feudal, colonial y oligárquica peruana, y con aguda percepción retrata las condiciones de las mujeres de la elite criolla, atacando fuertemente al clero, por lo que su libro fue quemado en la Plaza de Armas de Arequipa. Mientras que Francisca Zubiaga de Gamarra, apodada la Mariscala, suscitó un intenso odio por el liderazgo político que ejerció durante los tres años de gobierno de su esposo, el presidente Agustín Gamarra, entre 1829 y  1832.  Ambas mujeres se conocieron en el barco "William Rousthon", en julio de 1834, cuando Flora Tristán venía de Arequipa desilusionada por no haber obtenido la herencia paterna largo tiempo esperada, y Francisca Zubiaga estaba incomunicada en ese barco que la conduciría al exilio. "Todo en ella, dice Flora, anuncia una mujer excepcional. Posee un don de persuasión que se soporta y no se discute"1. Atacada y criticada con severidad, La Mariscala fue perseguida mucho más que su esposo, quien incluso volvió a ser presidente poco después de que ella muriera deportada en Chile.

 

Posteriormente, en la década de 1870, surgió una singular presencia femenina en la literatura, en revistas dirigidas y escritas por mujeres, y en la apertura de las Veladas Literarias. En el discurso de la época dominado por los hombres, combatieron al clero que simbolizaba la defensa del status de las mujeres, y una educación orientada a su rol de madre y esposa. Las  revistas contenían artículos de literatura, teatro, arte, belleza y cocina. En 1876, Juana Manuela Gorriti, inauguró un salón literario en su casa donde los intelectuales de la época se reunían para intercambiar opiniones sobre cultura, política y acontecimientos locales. Este fue uno de los espacios donde las mujeres fueron construyendo un lenguaje público, y preparando el terreno para la conquista de sus derechos políticos.

 

No fueron pocos los obstáculos que debieron vencer para transitar por oficios "naturalmente masculinos" como la literatura y el periodismo, en el que destacaron: Mercedes Cabello de Carbonera (1845-1909) y Clorinda Matto de Turner (1854-1909). Mercedes Cabello de Carbonera, publicó en 1879, un ensayo titulado: "Perfeccionamiento de la educación de la mujer", donde afirmó que  "la instrucción y la moralidad de las mujeres han sido en todo tiempo el termómetro que ha marcado los progresos y el grado de civilización de las naciones"2. Opositora tenaz del rol que la educación tradicional le asignaba a la mujer, combatió en todos sus escritos la pasividad e inacción a la que estaba condenada: "¡Triste destino el que le deparan a la mujer nuestras sociedades! ¡Convertirla en un instrumento, en un objeto indispensable para la diversión, y la alegría de los demás! ¡Educación bárbara!3 Pero no consideró necesaria la conquista de sus derechos políticos, puesto que no le asignaba a la política una consideración ética y anteponía a la "fuerza bruta del poder de las armas", "la fuerza moral y las leyes de la justicia y la humanidad". Sólo entonces, planteaba, la mujer no tendrá "la vastísima necesidad de conquistar esos derechos"4.

 

Clorinda Matto de Turner, colaboró en diarios de la época como: "El Heraldo", "El Mercurio", "El Ferrocarril" y "El Eco de los Andes". En 1884, desempeñó el cargo de jefe de redacción del diario "La Bolsa", y su primer artículo estuvo orientado a la "Literatura según el Reglamento de Instrucción Pública. Para uso del Bello Sexo". Cinco años después dirigió "El Perú Ilustrado", y abrió su casa a las Veladas Literarias. Combatió el celibato de los sacerdotes y se enfrentó a la Iglesia, pues consideraba que si éstos pudiesen casarse cesarían los abusos sexuales contra las mujeres indígenas. Este es el tema central de su novela: Aves sin nido. Posteriormente, publicó Índole en 1890, y Herencia en 1895. Ambas escritoras fueron duramente criticadas por una sociedad que no les perdonó su anticlericalismo y valentía5. Mercedes Cabello de Carbonera murió sola, recluida en un sanatorio para enfermos mentales, y Clorinda Matto de Turner, exilada en Argentina. Ambas habían enviudado muy jóvenes.  

Antecedentes históricos: La lucha por la igualdad 

El reconocimiento de la igualdad de derechos entre personas de distinto sexo, recién fue posible durante el siglo XX. Hasta entonces, las mujeres no pudieron ejercer su derecho al sufragio ni participar en la política, vista como una actividad de exclusiva competencia masculina, lo que implicó que se las marginara como ciudadanas de la toma de decisiones en asuntos de interés colectivo, y que no estuvieran figuraran en ningún órgano de representación política6.

 

La lucha de las mujeres por conquistar sus derechos políticos ha acompañado la lucha por la democracia, y los cambios de la sociedad, conceptos y principios. En el siglo XVIII, el concepto de ciudadanía7 varió de la  noción clásica que representó el principio universal de igualdad, fraternidad y libertad. También cambio la identificación de valores y normas a partir de la democracia como protección a los ciudadanos del abuso del poder y de la codicia de los gobiernos8, a la par que el sistema político debía crear gobiernos que defendieran una sociedad de libre mercado. La resolución de este doble problema guardaba directa relación en quienes tenían derecho al voto y en el mecanismo de las elecciones. Un sufragio que excluía a los pobres, los analfabetos, las mujeres y las personas dependientes, fue defendido por el filósofo como el inglés, Jeremy Bentham (1748-1832), quien a pesar de que creía que para compensar sus problemas naturales las mujeres debían tener derecho incluso a más votos que los hombres, sostuvo que era imposible sugerirlo por los enfrentamientos y la confusión que la propuesta causaría en la sociedad. Mientras que, James Mill (1773-1836), planteó la necesidad de excluir a personas cuyos intereses estaban comprendidos en los de otras personas, como el de las mujeres incluidos en el de sus padres y maridos.

 

Incluso, la propuesta de Rousseau de una sociedad de productores independientes donde la propiedad privada fuera considerada como un derecho individual, y tal como señala en El contrato social, existiera “la igualdad de todos los ciudadanos en el sentido de que todos deben disfrutar de los mismos derechos”9, excluyó a las mujeres puesto que como no podían poseer propiedades productivas no eran miembros de pleno derecho. Es mas, Rousseau pensaba que era necesario mantenerlas en situación de dependencia, porque sus juicios y opiniones estaban mermados por “pasiones inmoderadas”, por lo que necesitaban de la protección y guía masculina para enfrentarse al reto de la política10. Lógica nada extraña en esa época. Según Macpherson, “un demócrata del siglo XVIII podía concebir una sociedad de una sola clase y excluir a la mujer; igual que un antiguo demócrata ateniense podía concebir una sociedad de una sola clase y excluir a los esclavos”11

 

      Corresponde a este período un notable ensayo titulado: Vindicaciones de los derechos de las mujeres, de Mary Wollstonecraft (1759-1797), quien se opuso al pensamiento político tradicional que negaba a la mujer los derechos políticos, y sostuvo que esta exclusión obedecía a preceptos  humanos e históricos12. Contra la imagen recurrente de la mujer como un ser débil, superficial y pasivo, Wollstonecraft sostuvo que era capaz de asumir el reto político y también el liderazgo, pero que la carencia de educación y el aislamiento doméstico habían frenado su desarrollo como ciudadanas de pleno derecho. La Revolución Francesa (1789), cuyo objetivo central fue la consecución de la igualdad jurídica y los derechos políticos de los seres humanos, puso en evidencia la exclusión de las mujeres. “¿No han violado el principio de igualdad de derechos al privar con tanta irreflexión a la mitad del género humano; es decir, excluyendo a las mujeres del derecho de la ciudadanía?”13, se preguntaba entonces Condorcet. En respuesta, las mujeres realizaron asambleas, editaron periódicos y tomaron las calles para proclamar su derecho a la educación y a la participación política, encontrando una tenaz oposición. Después, el código civil napoleónico se encargó de plasmar legalmente dicha ‘ley natural’14.

 

Nació así el movimiento feminista y sufragista, "una de las manifestaciones históricas más significativas de la lucha emprendida por las mujeres para conseguir sus derechos"15, que congregó a las mujeres sin distinción de clases sociales, ideologías y credos, pero coincidentes en reclamar los derechos que les negaban. La mayoría de estas organizaciones oscilaron entre la tendencia moderada y radical: Millicent Garret Fawcet (1847-1929), fundó en Inglaterra la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino, de tendencia moderada, que impulsó movilizaciones de persuasión. Garret Fawcet, sostenía que era posible lograr el sufragio femenino sin tener que recurrir a “las cosas estúpidas que los hombres han hecho cuando han querido alterar las leyes”16. En cambio, Emmeline Pankhurst, al frente de la radical Unión Social y Política de las Mujeres, recurrió a acciones de violencia: “Nos tiene sin cuidado vuestras leyes, caballeros, nosotras situamos la libertad y la dignidad de la mujer por encima de toda esas consideraciones, y vamos a continuar esta guerra como lo hicimos en el pasado”17.

 

Influyó notablemente en el movimiento feminista, el socialismo utópico18 que surgió como respuesta a la difícil situación de los trabajadores explotados. Fourier (1772-1837), vinculó la opresión económica a la opresión sexual, y  sostuvo que el status de la mujer permitía medir el nivel de progreso social de una determinada sociedad19. En ese período, Flora Tristán propugnó la reivindicación de las mujeres desde una perspectiva feminista20, política, y social en su condición de obrera21, con lo cual "se adelantó a Marx"22. Según la tesis marxista, que significó un aporte sustancial, la emancipación de las mujeres sólo era posible con la transformación de las estructuras socio-económicas. La liberación femenina pasaba a formar parte así, de la teoría y práctica de la lucha por la liberación de la sociedad en su conjunto. La primera  interpretación marxista de la subordinación de la mujer y que mayor influencia tuvo, fue El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Federico Engels (1844). Para Engels, el desarrollo de la agricultura y la propiedad privada ocasionaron la derrota histórica del sexo femenino23.

 

El debate  intelectual y las acciones emprendidas por las mujeres, permitieron que a finales del siglo XIX el ámbito público no fuera más propiedad masculina24; también que las reivindicaciones políticas, sociales y económicas de las mujeres cobraran un mayor impulso. La primera petición formal en favor del sufragio femenino fue presentada por John Stuart Mill en la Cámara de los Comunes en 1866. En su libro, Sobre la esclavitud de las Mujeres (1869), comparó el sometimiento de las mujeres en el ámbito doméstico con una suerte de esclavos legales. Discurso que afianzó el cambio que produjo la llamada Segunda Revolución Industrial a partir  de la década de 1870, y que se refleja en el libro de August Bebel, La mujer y el socialismo (1879). Bebel destaca tres factores para lograr la emancipación femenina: Incorporación al trabajo productivo; activa participación social, política en la dirección y orientación de la sociedad socialista; y socialización de las tareas domésticas25. Coincidente con este discurso, Clara Zetkin sostuvo al inaugurar el Congreso de Constitución de la II Internacional en París, en 1889, que así “como el capitalista sojuzga al obrero, así sojuzga el hombre a la mujer, y ella quedará sojuzgada mientras no sea económicamente independiente"26. Zetkin dirigió en 1890 el periódico "La Igualdad”27, y el 8 de marzo de 1911, convocó al Segundo Congreso de Mujeres Socialistas en homenaje a las trabajadoras textiles norteamericanas reprimidas por la policía el 8 de marzo de 1897, fecha que fue designada como Día Internacional de las Mujeres. Tres años después, estalló la Primera Guerra Mundial, y las mujeres tuvieron que incorporarse al trabajo en tareas que hasta ese momento habían sido consideradas masculinas. Entonces fue posible que sus demandas fueran más comprendidas y asumidas por la sociedad. Prueba de ello es que varios países les otorgaron el derecho al sufragio28.   

 


Derechos políticos: una visión de género en el Perú

 

   En la primera y segunda década del siglo XX, los primeros núcleos de mujeres que lucharon por sus derechos surgieron en el movimiento anarcosindicalista. Aunque ya existían grupos femeninos impulsados por la corriente mutualista que desarrollaban actividades educativas y de apoyo a las familias tales como: la Sociedad Labor Femenina, Sociedad de Empleados del Comercio Bien del Hogar, Sociedad Progreso Femenino, Sección Femenina del Comité Obrero de Lima, y la Sección Femenina del Centro de Confraternidad y Defensa Obrera. Las mismas que cobraron mayor importancia bajo la influencia del anarquismo, al incluir entre sus objetivos la presencia de las mujeres en la estructura sindical. La apertura de un espacio de participación de las mujeres posibilitó la publicación de "La Crítica",  periódico dirigido por Miguelina Acosta Cárdenas y Dora Mayer, hecho que influyó en la huelga de los sindicatos textiles de Vitarte entre 1914 y 1915, en el que hubo una mayor presencia de las mujeres en tareas de abastecimiento y sostenimiento de la huelga. Pero es en setiembre de 1916, en la huelga general de jornaleros de Huara y Sayán, que las mujeres pasaron a la acción muriendo en el enfrentamiento con la policía: Inés Salvador y Manuela Chaflajo, mártires de la jornada de las ocho  horas29.

 

En 1914, María Jesús Alvarado, fundó “Evolución Femenina”, la primera organización feminista orientada a lograr la igualdad jurídica y el acceso de las mujeres a cargos públicos. Mediante una persistente y tenaz lucha lograron que la Cámara de Diputados aprobara su incorporación al trabajo en las Sociedades de Beneficencia Pública; pero la conquista de los derechos políticos no tuvo ninguna repercusión en una sociedad regida por un Código Civil promulgado en 1851, influenciado por la tradicional hegemonía masculina que establecía que las mujeres dependían de sus maridos, y que estaban impedidas de celebrar contratos de ley al igual que los menores de edad, los hijos no declarados y los locos30.

 

No eran tiempos fáciles para el desarrollo de estas ideas. Las primeras feministas fueron tildadas de locas, y María Jesús Alvarado vivió once años deportada en Argentina. Incluso, hombres de la talla de José Carlos Mariátegui no eran entonces permeables a las nuevas corrientes femeninas. Varios artículos firmados con el nombre de Juan Croniqueur, reflejan la imagen que se tenia de las mujeres, y el grado de exaltación de los valores burgueses, tradicionales y feudales de la sociedad limeña31. Para un "espíritu cultivado y sentimental", dice Mariátegui en 1914, el ideal de mujer está más acorde con la "sugestiva figura de una "midinette parisina" que con la de una sufragista "desgreñada, rabiosa, de aquellas que se lanzan a la conquista del voto femenino por los medios más inverosímiles y violentos"32.  Y se felicita que "aquellas teorías del sufragismo y del feminismo" sean en Lima "cosas exóticas", incapaces de entusiasmar a las mujeres. No era distinta la situación en los demás países de América Latina. Un feminismo anticlerical y combativo está representado por la española, Belén de Sárraga, radicada en Chile, directora de “La presencia libre”, y  autora del libro: “El clericalismo en América”, quien visitó varios países dictando conferencias. Signo de una época en la que se advertía una mayor influencia proveniente del exterior. 

 

En este contexto, la Revolución Rusa en 1917, abrió nuevas perspectivas históricas para las mujeres, y tuvo una notable influencia en el pensamiento filosófico. La Constitución Soviética de 1918, estableció la igualdad de todos los ciudadanos independientemente de su sexo, raza y nacionalidad, y en el artículo 64, se consignó la igualdad de los derechos de la mujer y el hombre. Mientras que ideólogos como Lenin afirmaban el principio que la emancipación femenina sólo era posible en la sociedad socialista. En el Perú, el impacto de la Revolución rusa, el indigenismo como movimiento que intentó incorporar elementos de la tradición andina en el arte y la cultura, y la cuestión nacional como consecuencia de la influencia norteamericana, impulsaron en la década del veinte, nuevas corrientes políticas, literarias y artísticas. Mayor independencia y autonomía política, y una cultura popular abierta a las nuevas corrientes. Sin embargo, esto no se reflejó en la Constitución de 1920, que siguió negándoles a las mujeres su condición de ciudadanas con derechos. Pero lo tiempos habían cambiado. Las mujeres irrumpieron en el campo literario, proclamaron su derecho a ser escuchadas y desafiaron a la sociedad: cambiaron el suave vals por el charlestón, se cortaron los cabellos y se despojaron de sus largos trajes.

 

A su retorno de Italia, José Carlos Mariátegui perfiló un proyecto que incluía en su propuesta la socialización del poder político, la participación de los ciudadanos, y “la transformación del mundo de las relaciones intersubjetivas en el sentido de la afirmación de la solidaridad"33. En varios escritos se pronunció a favor de la emancipación femenina, y en "La mujer y la política" (1924), celebró que la mujer adquiera los mismos derechos políticos que el hombre, y destacó este hecho como  "uno de los acontecimientos sustantivos del siglo veinte". La Revista Amauta, que fundara en 1926, representó un movimiento ideológico, político y cultural en el que estuvieron incorporados los problemas fundamentales del país, cuando “había terminado una época signada por el predominio de una democracia señorial; (y) crecían los movimientos reivindicativos de los trabajadores”34. Congregó a los intelectuales más importantes de la época, y a un destacado grupo de mujeres que escribieron y desarrollaron una intensa actividad política. No hay un solo número de la revista en que no aparezcan artículos, poemas, cuentos y comentarios de libros escritos por Dora Mayer de Zulen, Carmen Saco, Julia Codesido, María Wiesse, Blanca del Prado, Ángela Ramos y Alicia del Prado35. Además de la presencia de poetisas de la talla de Magda Portal, Gabriela Mistral, Ada Negri, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Blanca Luz Brum36. Mujeres que expresaron un mundo interior pleno de intensidad lírica sin temor ni vergüenza de ser mujeres, de sentirse artistas, "de sentirse superiores a la época, a la vulgaridad, al medio", y no dependientes "como las demás de su tiempo, de su sociedad y de su educación"37.

 

La presencia política de los partidos comunista y aprista, marcó los años treinta regido por gobiernos militares. El comandante Luis Sánchez Cerro depuso al Presidente Leguía en 1930, y tres años después fue asesinado; lo sustituyó el general Oscar R. Benavides, como Presidente de la República, hasta 1939. ¿Cómo podía articularse un movimiento en favor de los derechos políticos para las mujeres en ese contexto? “Feminismo Peruano”, fundado por Zoila Aurora Cáceres en 1924, realizó una serie de acciones para conquistar el sufragio y la igualdad de salarios durante catorce años sin ningún éxito, pues la Constitución Política de 1933, en su Artículo 86°, le otorgó a las mujeres alfabetizadas mayores de edad el voto en elecciones municipales, que no pudieron ejercer hasta 1963 debido a las permanentes interrupciones del proceso democrático.

 

Fue en la acción política que las mujeres ganaron terreno en la militancia partidaria y en la organización de comités de lucha y grupos de apoyo. Varias fueron apresadas como Alicia del Prado, que al salir en libertad en 1936, fundó “Acción Femenina”, organización del Partido Comunista orientada a la formación y educación política de las mujeres en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. En ese entonces, las mujeres en Europa se agruparon en el Comité Internacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, mientras que en el Perú, “Acción Femenina”, amplió sus fronteras de trabajo convirtiéndose en un frente amplio en el que confluyeron mujeres de distinta filiación política, lo que a su vez hizo posible la constitución del Comité de Ayuda a las Víctimas de la Segunda Guerra Mundial Alas Blancas, que al finalizar la guerra se disolvió, pero “Acción Femenina” prosiguió su labor hasta 1952, año en que la dictadura de Odría cerró su local y les prohibió reunirse.

 

La derrota del  fascismo produjo la polarización entre el sistema capitalista y socialista, y la debacle de las potencias coloniales hostigadas por la ola nacionalista que recorrió el continente africano y asiático. También trajo abajo la vieja teoría de la ineficiencia de las mujeres en trabajos técnicos o científicos, y obligó a las empresas a pagar un salario más justo a las mujeres que realizaban el mismo trabajo que los hombres y con igual eficacia38. En 1945, del Congreso Femenino de París, nació la Federación Democrática de Mujeres, después la Federación Mundial de la Mujer; mientras que en América Latina, entre 1946 y 1949, se conformaron organizaciones y federaciones de mujeres en Argentina, Chile, Cuba, México, Brasil y República Dominicana; en la década del 50 en Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Colombia, Uruguay, Ecuador y Paraguay; y posteriormente en Haití, Honduras, Perú y Panamá.

 

La posición conservadora de la sociedad peruana frente a los derechos de las mujeres, no solo fue defendida por partidos de la derecha, sino por aquellos con un discurso progresista como el Apra. En 1948, Magda Portal renunció al Partido Aprista porque las conclusiones del Segundo Congreso contenían el siguiente enunciado: Las mujeres no son miembros activos del Partido Aprista porque no son ciudadanas en ejercicio. “Me levanté y pedí la palabra - recuerda Magda Portal - Haya dio un golpe en la mesa y dijo: No hay nada en cuestión. Insistí con energía que quería hablar y él volvió a repetir lo mismo. Ante esto, me levanté con un grupo de mujeres y dije en voz alta: ¡Esto es fascismo! Después me eligieron Segunda Secretaria General de Partido, pero me quitaron la dirección del Comando de Mujeres. No volví nunca más al Partido"39.

 

Sin embargo, en la década del 50, existía un clima más propicio para el reconocimiento de los derechos de las mujeres, a partir del principio de la igualdad de derechos humanos de la Carta de las Naciones Unidas. En la Convención Interamericana de Mujeres, realizada en Bogotá el 30 de marzo de 1948, los gobiernos americanos representados en la Novena Conferencia Internacional Americana, señalaron que era aspiración de la comunidad americana equilibrar a hombres y mujeres en el goce y ejercicio de los derechos políticos, y acordaron “que el derecho al voto y a ser elegido para un cargo nacional no deberá negarse o restringirse por razones de sexo”. Es en este período que la mayoría de gobiernos latinoamericanos otorgaron a las mujeres el derecho al sufragio40.

 

En el Perú, la década del 50 también representó profundos cambios signados por una migración masiva del campo a la ciudad y el incremento de zonas marginales. Data de aquellos años, la publicación de El segundo sexo de Simone de Beauvoir (1949), libro que influyó notablemente en el pensamiento de la época. "Todo lo que se ha escrito después en el campo de la teoría feminista ha tenido que contar con esta obra, bien para continuarla en sus planteamientos y seguir desarrollándolos, bien para criticar oponiéndose a ellos”41.

 

De esta manera, el discurso de las mujeres en la década del setenta logró una mayor influencia, y su participación política no estuvo ya circunscrita a un reducido grupo de vanguardia. El impulso del feminismo en Europa y Estados Unidos marcó este proceso en el contexto de una América Latina signada por un clima de agitación social, dictaduras militares, y una fuerte presencia del pensamiento de izquierda y marxista. Posteriormente, en los años ochenta los procesos de transición y consolidación democrática en el Perú y América Latina, posibilitaron el desarrollo de nuevos movimientos políticos y plantearon nuevos escenarios y retos. La incorporación de las mujeres al mercado del trabajo transformó un ámbito predominantemente masculino: De 1961 a 1981, la tasa de crecimiento de la Población Económicamente Activa Femenina alcanzó el 70%, superando significativamente la tasa de crecimiento masculina. Sin embargo, se trataba de un trabajo mal remunerado y de escasa calificación.

 

En esos años surgieron organizaciones de mujeres de los sectores urbano-populares, que no se definieron como feministas, aunque en la práctica cuestionaron el orden establecido al convertirse en soporte económico de sus hogares, y movilizarse en pro de conquistas sociales ante la carencia de una política de Estado favorable a las mujeres, la ausencia de reivindicaciones en los partidos, y en la institucionalidad política. Estas organizaciones se empezaron a desarrollar a partir de 1978, con la creación de las ‘cocinas familiares’, que posteriormente en 1985 se llamaron ‘comedores del pueblo’. En ambos casos fueron promovidos desde el Estado como mecanismos compensatorios a la crisis económica; pero después se organizaron por iniciativa de las mujeres incluyendo reivindicaciones de género, educación y promoción. De 500 comedores populares que había en Lima en 1984, actualmente ascienden a 5,000 en todo el país. Mientras que los Comités del Vaso de Leche fueron creados a iniciativa del gobierno municipal de Izquierda Unida entre 1984 y 1986.

 

Pero el hecho de enfrentar la sobrevivencia de manera colectiva en la distribución y preparación de alimentos, significa algo más que un esfuerzo común en espacios cotidianos. El hecho de concurrir a asambleas, pertenecer a comisiones, y recibir capacitación, dio lugar a la aparición de lideresas mujeres al frente de estos movimientos, cuya fuerza política ha querido ser manipulada por más de un gobierno. Las organizaciones populares de mujeres constituyen hoy “un espacio privilegiado a partir del cual se pueden plantear y analizar los problemas más gravitantes del país: la crisis económica y su impacto en la alimentación popular; el desarrollo de organizaciones de base alrededor de estrategias de subsistencia, así como la participación protagónica y organizada de las mujeres en dichas estrategias”42. Sin embargo, persisten las limitaciones para articularse como movimiento en relación con otras organizaciones comunales. Expresan, además, la ausencia de las mujeres en las esferas de decisión política, comunal o municipal, la opresión de una sociedad sexista y patriarcal, y un sistema económico que las excluye. 

 

La valentía de estas mujeres quedó demostrada durante los años del terrorismo de Sendero Luminoso, que en su demencial análisis consideró que las organizaciones populares apoyaban de manera indirecta la viabilidad del gobierno, y por lo tanto eran “enemigas del pueblo”. Intentaron controlarlas y, al no poder hacerlo, asesinaron a varias de sus dirigentas. En 1991, asesinaron a Doraliza Díaz, del Vaso de Leche; y el 20 de diciembre del mismo año, intentaron asesinar a Enma Hilario, dirigenta de la Comisión Nacional de Comedores Populares. “En febrero de 1992, mataron a María Elena Moyano, y siguieron haciendo lo mismo durante los meses siguientes en otros lugares del país”43. Sendero Luminoso debilitó las organizaciones populares de mujeres, hasta que en 1993 se inició una lenta recuperación en aras de canalizar sus demandas y lograr una mayor presencia en la escena pública.

 

 

Legitimación de derechos políticos y sociales

 

La incorporación a la vida política y a cargos de representación política de las mujeres ha sido progresiva, pero lenta desde que obtuviéramos hace casi cincuenta años el derecho al sufragio. En 1956 fueron elegidas 7 mujeres al Congreso; luego de varios gobiernos militares para el período presidencial de 1980-1985: 15 mujeres representaron el 6.3% de participación. Entre 1985-1990: 13 mujeres (5.4%); 1990-1992: 16 mujeres (6.7%); entre 1993-1995: 7 mujeres (8.8%); 1995-2000: 13 mujeres (10.8%), período en el que por primera vez una mujer presidió el Congreso, y también fueron mujeres las integrantes de la mesa directiva. En el gobierno de transición 2000-2001, se produjo un significativo aumento al elegirse 26 mujeres al Congreso (25%). En la actualidad, para el período del 2001-2006, han sido electas 20 mujeres (24%). En estas elecciones se presentó por primera vez una mujer como candidata a la Presidencia de la República, y recientemente ha sido elegida una mujer Presidenta del Consejo de Ministros.

 

Logros conseguidos gracias a una permanente presión de las organizaciones feministas y de los movimientos de mujeres: En 1991, se formó un Grupo Parlamentario de Mujeres con el fin de impulsar tres propuestas: Coeducación, Prevención de la violencia contra la mujer, y una Ley de Comisarías para las Mujeres. El Congreso Constituyente de 1993, aprobó una Ley Contra la Violencia Familiar, y la creación del Ministerio de la Mujer y Desarrollo Social.  En 1994, se creo la Comisión de la Mujer en el Congreso; y en 1998, la Ley General de Elecciones estableció que los partidos políticos incluyeran en sus listas candidatas mujeres en un porcentaje mínimo del 30%, tanto para las elecciones internas de los partidos como para los procesos de elecciones generales, municipales y regionales.

 

Esto no quiere decir que las candidaturas de mujeres tengan la posibilidad de traducirse en forma proporcional. Ni en los partidos ni en las organizaciones independientes la elaboración de listas parlamentarias es democrática, y su designación obedece a cuestiones determinadas por la cúpula partidaria; incluso, como se ha visto en las recientes elecciones, por el aporte económico que los candidatos ofrecen. Además, se puede cumplir la norma colocando a las mujeres al final de las listas de candidatos, o donde tienen reducidas posibilidades de ocupar el cargo. Esto explica por qué en los países donde existen cuotas los niveles de representación de las mujeres en sus respectivos órganos legislativos alcanzan un promedio general menor al 18.1%. Mientras que en países donde las listas de candidatos para ocupar escaños parlamentarios son abiertas, como en el Perú, Ecuador, Panamá y Brasil, la elección de las mujeres depende de los electores que generalmente favorecen a los candidatos hombres. Por ello, la efectiva aplicación de las cuotas depende de que las mujeres logren presencia en las estructuras partidarias, pero no en la base como siempre ocurre sino en niveles de mando superior, y que su presencia en la toma de decisiones sea permanente y significativa.

 

Actualmente, si bien es cierto que las mujeres han logrado la igualdad política formal, y que la sociedad percibe como necesaria su participación en cargos de gobierno, así como en otras responsabilidades sociales y políticas, no existen mecanismos que reconozcan la diferencia y la desigualdad de género. Por ello, las mujeres no estamos representadas en el Estado ni en las políticas sociales y públicas; tampoco existe una legislación laboral que atienda las necesidades específicas de las mujeres como trabajadoras. Ni tiene representación la transformación de los espacios institucionales en relación a la mujer y el tránsito del ámbito doméstico al mundo laboral, que implica la elaboración de una nueva concepción de lo femenino al igual que nuevos deberes y derechos44.

La obtención de los derechos políticos de las mujeres, además, no puede verse como un hecho aislado de las luchas que la precedieron, de sus antecedentes, y de un sistema del que fueron excluidas. La misma sociedad se mueve signada por elementos de cambio en contraposición con la continuidad de viejas herencias, saturada de contradicciones, y donde la cuestión femenina se mantiene en un nivel de permanente confrontación. Por ello, es necesario que la práctica democrática abarque más que la existencia de los partidos, su lógica competencia y elecciones periódicas. Una democracia que asegure la participación directa de la sociedad civil, y que apunte a la transformación de su estructura organizativa donde el principio de autonomía, que significa la capacidad de todos los seres humanos, hombres y mujeres a participar en la vida pública y forjarse como seres libres, posibilite la transformación interdependiente tanto del Estado como de la sociedad. Lo cual implica asumir las relaciones de género desde una perspectiva que afirme la presencia de las mujeres en las estructuras formales, en la toma de decisiones, y en la formulación de políticas públicas. Porque no basta con ser reconocido como sujeto de derecho, se requiere la legitimación de los derechos civiles, políticos y sociales45. 

 

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LA AUTORA


Sara Beatriz Guardia es escritora y periodista, Directora del Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL, e Investigadora de la Universidad de San Martín de Porres. Ha publicado artículos, entrevistas y ensayos sobre cultura, género y política internacional en diarios y revistas del Perú y México.

También:

**Coordinadora General de la Comisión Nacional del Centenario de Mariátegui

**Coordinadora del Comité Ejecutivo del Simposio Internacional Amauta y su Época **Secretaria Ejecutiva del Primer Foro Latinoamericano: Estado, Sociedad Civil y Fuerzas Políticas Emergentes, que se realizó en México

**Presidenta de la Comisión Organizadora del Simposio Internacional La Mujer en la Historia de América Latina, en 1997

**Presidenta del Segundo Simposio Internacional La Mujer en la Historia de América Latina, que tuvo lugar en Lima en el 2000

Como ponente ha participado en congresos y simposios realizados en Perú, Francia, España, Italia, Austria, México, Brasil, Argentina, Cuba, Colombia, Venezuela, Ecuador, Chile.

PUBLICACIONES

Voces y cantos de las mujeres, CEMHAL, Lima 1999

Mujeres Peruanas. El otro lado de la Historia ,Sara Beatriz Guardia, Lima,2002(4ª Edición)

Historia de las Mujeres en América Latina, Compilación y edición con Juan Andreo, Universidad de Murcia, Murcia, 2002

Escritura de la Historia de las Mujeres en América Latina. El retorno de las diosas. Compilación y edición, Lima, 2005"

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Otro artículo de la autora en este blog: La querella de las mujeres y el discurso de Marcela en don Quijote

Proyecto de CEMHAL dirigido por Sara Beatriz Guardia: compilación Viajeras entre dos mundos

“LAS CONSTITUCIONES DEL ‘HOSPITAL DEL OBISPO’ DE TORO: UNA APORTACIÓN DOCUMENTAL PARA EL ESTUDIO DE LA BENEFICENCIA EN EL SIGLO XVI”

“LAS CONSTITUCIONES DEL ‘HOSPITAL DEL OBISPO’ DE TORO: UNA APORTACIÓN DOCUMENTAL PARA EL ESTUDIO DE LA BENEFICENCIA EN EL SIGLO XVI”

Ángel J. Moreno Prieto

 



En los últimos siglos de la Edad Media el número de casas de hospital aumentó considerablemente dentro y fuera de las ciudades, villas y aldeas del occidente europeo, a la vez que comenzaron a distinguirse los primeros hospitales especializados que acogían, por lo general, a enfermos de gravedad con el objeto de aislarles físicamente por temor al contagio del resto de los mortales[1]. Sin embargo, la realidad hospitalaria era otra en cuanto a la eficacia de tales establecimientos de caridad. Refiriéndonos a la Corona de Castilla, era frecuente que estos centros dejaran mucho que desear en todo lo concerniente a las condiciones y prestaciones materiales que ofrecían a los muchos necesitados que en ellos debían alojarse[2]. Creados en su gran mayoría por la iniciativa de los particulares, estaban bajo la jurisdicción eclesiástica y tenían la misión de remediar a los pobres y desvalidos en aquella sociedad ininterrumpidamente castigada por las penurias derivadas de la indigencia, las epidemias, la inmundicia, la ausencia de medidas profilácticas y atención sanitaria, la hambruna, el pillaje, los conflictos bélicos y la elevada mortalidad. Difícil cometido pues. Y si además una buena parte de las rentas que percibían se empleaba en el sostenimiento de las cargas litúrgicas impuestas por los fundadores en provecho de su salud espiritual - causa determinante en la creación de centros benéficos [3] -, el remedio material de los pobres podría resultar insostenible.

Ciertamente, en los albores de la Edad Moderna, el problema generado como consecuencia del incremento del número de hospitales escasamente funcionales fue contemplado desde los ámbitos de poder, llegándose a considerar su reducción con la concentración de las rentas que los sostenían y sin afectar en gran medida al servicio de las voluntades piadosas, como solución factible que posibilitaría el cuidado de los enfermos en unas mínimas condiciones asistenciales. En este sentido, los Reyes Católicos llegaron a promover la creación de los hospitales reales de Compostela y Granada. Las pretensiones de los monarcas marcaron un hito que explica en cierta medida el comportamiento de determinados miembros de la aristocracia eclesiástica encarando iniciativas similares en Segovia, Alcalá de Henares, Toledo, Illescas, Granada, así como en la ciudad de Toro con la creación del Hospital de la Asunción y de los Santos Juanes a expensas del obispo de Burgos Juan Rodríguez de Fonseca[4], de ahí que a lo largo del tiempo la denominación de este centro benéfico haya sido comúnmente identificada con el cargo del fundador[5].

La realidad del panorama hospitalario a comienzos de la Edad Moderna la confirma la docena de hospitales existentes en la ciudad de Toro en el primer cuarto del siglo XVI[6], adoleciendo de escasa capacidad para la acogida de los menesterosos y de una administración deficiente a causa de los múltiples desfalcos perpetrados por las cofradías encargadas de su gestión, según ha constatado Navarro Talegón.[7]. Ante semejantes circunstancias, la respuesta al problema va a venir de la mano del mencionado obispo quien, con cierto criterio moderno, proyecta la creación de un hospital con capacidad para sostener el mantenimiento de la función asistencial en Toro. Para ello intentará dotarlo de un gobierno y una organización estables que se encargarían de administrar convenientemente los recursos y seleccionar a los posibles beneficiarios en función del grado de necesidad - con el objeto de evitar la entrada de falsos pobres - y del tipo de enfermedad; en definitiva, de excluir de la administración hospitalaria a las cofradías.

Es preciso destacar aquí algunos datos en relación con la fundación del Hospital de la Asunción y de los Santos Juanes. Para ello seguiremos lo expuesto por el citado autor. Los antecedentes más remotos del Hospital datan de 1508, año en el cual la voluntad del frenero y relojero Juan Dorado, vecino de Toro, de dotar y levantar un modesto hospital que habría de regir y administrar una cofradía, recibe autorización eclesiástica mediante expedición de bula pontificia[8]; aprobación que surtirá efectos en años sucesivos, hasta la intromisión del obispo de Burgos Juan Rodríguez de Fonseca en el plan de Dorado. El objetivo que se marca el prelado es - ya lo hemos señalado - el de crear un centro con capacidad suficiente para atender a los pobres y enfermos que acogían los restantes hospitales toresanos[9], lo cual equivaldría a decir que desea terminar con el viejo modelo de hospital medieval vigente en dichos centros y, en consecuencia, unir a su fundación la que el relojero había dotado. En tales circunstancias, parece que éste llega, de una u otra manera, a congeniar con el magnate quien va a ampliar considerablemente el soporte económico de la fundación adscribiéndole cuantiosos bienes. Y por ello, a partir de este momento el obispo y Dorado vendrán a compartir el patronato, aunque como es obvio[10], no en la misma medida.

Finalmente, debemos señalar que en la práctica la fundación del Hospital no trajo consigo los efectos deseados, pues frente a la presión realizada por las cofradías toresanas, el obispo y, posteriormente, su familia nada pudieron hacer en la concentración de los hospitales toresanos. Y con el mismo propósito, la ciudad tampoco logró resultados favorables en la segunda mitad del siglo XVI, retrasándose hasta 1618 la reducción de los hospitales, de la cual fue apartado el Hospital del Obispo[11].

En 1562, en unión de los priores de los monasterios de San Ildefonso y Montamarta, Francisco de Fonseca, señor de Coca y Alaejos, sobrino y albacea testamentario del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, otorga las constituciones para el gobierno del Hospital, sustituyendo así el instrumento por el que hasta esa fecha se había venido rigiendo la institución, según la voluntad del fundador; nos referimos precisamente a las constituciones del hospital sevillano fundado por el tío del obispo, el Cardenal Juan de Cervantes[12], que además se tomaron como modelo[13].

Se puede afirmar que el contenido de las constituciones de la fundación toresana supone una aportación de primer orden para abordar el estudio de las distintas vertientes de la beneficencia en el siglo XVI - y, por extensión, dada su continua vigencia, durante el Antiguo Régimen -, particularmente en lo que concierne al conocimiento de la institución a la que se refieren, al recoger los aspectos básicos de la organización interna y el funcionamiento del servicio del Hospital. Por lo demás, apuntamos la existencia de datos relacionados con temas de la historia de las mentalidades y la historia local[14].

 

ORGANIZACIÓN Y ADMINISTRACIÓN

En la composición y funciones de los órganos encargados del gobierno y administración se sigue fielmente el modelo del hospital de Cervantes[15]. Así, por lo que respecta al órgano ejecutivo del Patronato, Don Juan Rodríguez de Fonseca designó, en una cláusula de su testamento recogida en las constituciones, para las funciones de gobierno y administración del Hospital, al Señor de la Casa de Coca y Alaejos, concediéndole el título de patrono, y a los priores de los monasterios de San Ildefonso y Montamarta y a un miembro del Cabildo Mayor de la Clerecía de Toro elegido anualmente por éste, a quienes conjuntamente consideró administradores y visitadores. Estas personas constituían una especie de consejo de gobierno de la fundación que marcaba las directrices a seguir por el Hospital, reservándose en caso necesario la reforma de las constituciones de acuerdo con los fines perseguidos por el fundador; tenían potestad para nombrar mayordomo tenedor de los bienes, médico y capellanes, asignarles sus retribuciones y aplicarles, en caso de desacato, las oportunas sanciones; aprobaban la admisión de enfermos así como las nuevas aportaciones a la dotación fundacional, y autorizaban todas las operaciones que afectaran al patrimonio. Asimismo, eran de su competencia el control y la fiscalización de las funciones del mayordomo clérigo y del mayordomo tenedor de bienes en el servicio y la administración del Hospital mediante visitas periódicas y el control de la contabilidad.

En nombre del Patronato, se ocupaba de la hospitalidad un mayordomo que debía ser un clérigo presbítero elegido anualmente por el Cabildo Mayor de la Clerecía de Toro de entre sus miembros. Actuaba como el auténtico rector del Hospital y tenía la obligación de residir aquí para mejor cumplir con el cuidado y, sobre todo, la atención espiritual de los enfermos; estaba auxiliado por la servidumbre y por la Cofradía; su retribución procedía de los bienes y rentas del Hospital. En cambio, la gestión económica corría a cargo de otro mayordomo, en este caso un lego, el llamado tenedor de los bienes. A fin de cumplir con algo tan sustancial como la oración por las almas del fundador, de los bienhechores y de los enfermos del Hospital, se adscriben a la capellanía dos clérigos presbíteros, pudiendo ser uno de ellos el mayordomo, de modo que en ningún momento faltara lo esencial para oficiar misas, aniversarios, responsos y avemarías.

Las constituciones prevén la creación de una cofradía con unas competencias muy definidas. A la Cofradía del Hospital le correspondían, además de las obligaciones de estar presente en los entierros de los pobres con velas encendidas y acudir a las fiestas, el apoyo de la actividad hospitalaria[16] así como el ejercicio de su control: uno de los miembros acudía semanalmente al Hospital con la finalidad de acompañar a los convalecientes y de dar cuenta al Patronato de las condiciones del cumplimiento de la práctica asistencial. En contraprestación por tales acciones, la Cofradía percibía anualmente del Hospital un montante de 3.750 maravedíes para sufragar, entre otros gastos, el consumo de cera; también se beneficiaba de las gracias conseguidas mediante indulgencia plenaria en las fiestas de los santos titulares. Todas estas cuestiones tendrían particular reflejo en sus propias ordenanzas.

El Hospital estaba lo suficientemente dotado como para mantener a diario una mínima atención sanitaria a cargo de un médico que además tenía la obligación de reconocer a los enfermos antes de ingresar, con la finalidad de detectar los casos “de dolencia o llaga incurable u otro mal contagioso”, puesto que estas afecciones causaban la negación de la entrada por parte del Patronato. También las constituciones hacen mención de un notario ante el que pasaban las escrituras del Hospital.

En lo que respecta al régimen económico, la financiación del Hospital se apoya básicamente en las rentas del patrimonio de la fundación. Juan Dorado constituyó la dotación inicial, la cual acrecentó con posterioridad el obispo Fonseca. Éste, por su parte, adscribió al cumplimiento de los fines del Hospital varias rentas procedentes de juros situados en las alcabalas de Toro, Malva y Zamora, censos y heredades de pan en Bustillo, Malva, Fuentesecas y Toro, ordenando, además, la entrega de un millón de maravedíes en plata, así como ropas y camas procedentes de su servicio doméstico con destino al equipamiento del Hospital[17]. Por otra parte, las constituciones dejan la puerta abierta a la obtención de otros ingresos de carácter extraordinario, de modo significativo las donaciones y legados “post mortem”, con lo cual se prevé la ampliación de la dotación fundacional; las limosnas, y la labor asistencial de la cofradía. En cuanto a los gastos, éstos ocupaban un capítulo muy importante en el mantenimiento de pobres y enfermos, así como en el gasto relativo al personal, el pago de salarios al administrador de los bienes, al mayordomo, a los capellanes, al médico, a los sirvientes, y el gasto de la cera a consumir en los entierros por los miembros de la Cofradía. Otros gastos los causarían las reparaciones de los inmuebles y la renovación del equipamiento necesario para el cumplimiento de los fines asistenciales.

Los procesos desamortizadores de la época contemporánea que afectaron a la fundación originaron la ruina para el mantenimiento del Hospital, ingresando a finales del siglo XIX unas cantidades ínfimas que apenas superaban el coste necesario para la atención de cuatro personas[18].

 

EDIFICIO

El edificio construido para albergar las instalaciones del Hospital se levantó en un solar situado entre la rúa de Roncesvalles y la calle de Rejadorada; tras haber sufrido diversos avatares a lo largo del tiempo, hoy subsiste como centro de Educación Infantil y Primaria del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes. Abrió sus puertas como hospital en 1528. En cuanto a la distribución interior, se documenta en las constituciones la existencia de enfermería mixta (dormitorios de hombres y mujeres), botica, capilla y cementerio, si bien, aunque no se mencionan otras dependencias fundamentales para la prestación de funciones asistenciales como cocina, comedor, lavandería, letrina, bodega, panera y oficinas, es obvio que hubo de contar con ellas. Podemos añadir por lo que se refiere a sus excelentes características arquitectónicas - éstas ya han sido definidas por Navarro y Vasallo - la referencia general que a principios del siglo XX ofrecía Calvo Alaguero: “El edificio es hermoso, bien ventilado y los enfermos se encuentran perfectamente asistidos. Está situado a la entrada de la calle Rejadorada, tiene este vasto edificio espaciosos patios y una ancha galería superior, sostenido por altas y esbeltas columnas, que da paso a las salas de los enfermos. Lo más notable de este hospital es la techumbre de madera que forma la cúpula de su capilla compuesta de pequeños rosetones y complicados dibujos, además de este primoroso artesonado, hay que admirar el retablo del altar mayor, compuesto por buenas pinturas en tabla, de la escuela flamenca.Tanto por la capilla como por el resto de las dependencias se ve profusamente esculpido el escudo de armas de los Fonsecas”[19].

 

BENEFICIARIOS

En general, la pobreza y la enfermedad formaban en aquel tiempo una compañía inseparable como se dice en las constituciones aludiendo a los potenciales beneficiarios, los cuales suelen ser los pobres que padezcan enfermedades no contagiosas susceptibles de ser tratadas con medidas terapéuticas, con la excepción de reos y delincuentes. Tales condiciones expresan el bajo grado de especialización del Hospital, diferenciándose abiertamente del hospital sevillano de Cervantes que acogía tan sólo a heridos. Aunque la mayor parte de los acogidos sufría la pobreza y la enfermedad, el Patronato podía admitir, en determinadas circunstancias, a otros individuos.

En cuanto a la capacidad asistencial es preciso señalar que, si bien, en el testamento de Don Juan Rodríguez de Fonseca se establece un número de cien pobres, las constituciones permitirán al Patronato fijar libremente un cupo anual, dependiendo de la suficiencia de las rentas del Hospital para mantenerlo.

Las constituciones prescriben todo un conjunto de prestaciones que han de recibir los enfermos. El Hospital daba cobertura a las necesidades materiales de los enfermos durante el tiempo de convalecencia, incluyendo la atención médica que era diaria. Pero de mayor importancia eran los cuidados espirituales. La asistencia espiritual tenía un interés prioritario debido a que una gran mayoría de los pobres enfermos morían en los hospitales. La administración de los sacramentos, la vela de los enfermos, la ayuda a bien morir, la sepultura, las oraciones propias de difuntos y los demás recursos para la salvación, aparecen reguladas en las constituciones. La absolución y el perdón de pecados reservados a la Sede de Roma en el artículo de la muerte era otro rasgo que el Hospital poseía en común con el Hospital de Cervantes.

Tan ponderada era la oración de los pobres que éstos tenían la obligación de acudir a los entierros de sus compañeros fallecidos en el Hospital y de rezar por ellos y por el alma del fundador todos los días del año.

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CONSTITUCIONES DEL HOSPITAL DE LA ASUNCIÓN Y DE LOS SANTOS JUANES[20]/[21] 

AÑO 1562

En el nombre de Dios Nuestro Señor, amén.

Por cuanto el Ilustrísimo Señor Don Juan Rodríguez de Fonseca, arzobispo de Rossano y obispo de Burgos, de loable memoria, instituyó y fundó el Hospital de Nuestra Señora de la Asunción y de los dos San Juanes en la ciudad de Toro, y para su conservación, y porque Nuestro Señor se sirviese en él y las obras de piedad se hiciesen santa y cumplidamente, en su testamento manda que se hagan constituciones y ordenaciones por donde la hacienda del dicho Hospital sea gobernada y regida, y los pobres apiadados. Y particularmente ordenó que estas constituciones se hiciesen por el Señor de la Casa de Coca y Alaejos, a quien dejó por patrón del dicho Hospital, y por los Padres Priores del Monasterio de Montamarta, que es extramuros de la ciudad de Zamora, y Prior del Monasterio de Santo Ildefonso de la ciudad de Toro; a los cuales asimismo hizo visitadores del dicho Hospital, declarando asimismo que se viesen las constituciones del Hospital de Cervantes de Sevilla, que fundó el Reverendísimo Señor Cardenal su tío en la ciudad de Sevilla, y conforme a ellas se hiciesen otras por donde este su Hospital se gobernase y rigiese.

Nos los sobredichos visitadores, juntándonos en las casas del Muy Ilustre Señor Don Francisco de Fonseca y Acevedo, señor de las villas de Coca y Alaejos, y teniendo presentes la cláusula del testamento del dicho Señor Obispo y constituciones del dicho Señor Cardenal, con el parecer y autoridad que por el dicho fundador tenemos, y asimismo el dicho señor patrono, en cuya presencia se hicieron, ordenamos para el bien y aumento del dicho Hospital y buena gobernación de él, en el nombre de Dios y de la Sacratísima Virgen Nuestra Señora, parti‑ / 13v cular patrona y abogada del dicho Hospital, los estatutos y ordenaciones siguientes; para las cuales, además de la autoridad que del dicho fundador tenemos desde luego, se ordenó y ordenamos se pidiese a Su Santidad confirmación para que con su bendición y autoridad perpetuamente valgan y tengan su valor y efecto.

Archivo

Ante todas cosas ordenamos y mandamos que en el dicho Hospital haya siempre un arca con dos llaves, o se haga un archivo en que estén a buen recaudo todas las indulgencias y privilegios y escrituras y recaudos que este Hospital tiene; y las llaves de la dicha arca y archivo tengan la una el tenedor de los bienes del Hospital, y la otra el clérigo que fuere veedor y curare de los pobres de él.

Inventario de escrituras

Y allende de esto haya un libro en que en relación se escriban y declaren todas las escrituras que estando en el dicho archivo o arca y los bienes y rentas y censos que tiene el Hospital, señalando y declarando cada cosa por sí muy claramente.

Tenedor de bienes del Hospital

Ítem, ordenamos y mandamos que para cobrar los frutos y rentas y censos y otras cualesquiera cosas debidas y pertenecientes al dicho Hospital haya un tenedor de los bienes de dicho Hospital y mayordomo que sea lego, el cual ha de ser nombrado y elegido por nos el dicho don Francisco de Fonseca, como patrono de este Hospital, y por nos los dichos Priores y administradores de él; al cual por nos le sea señalado la quitación y partido que hubiere de haber por razón de lo susodicho.

Fianzas

El cual dicho tenedor de bienes, durante el tiempo que / 14r fuere nuestra voluntad, ha de hacer lo susodicho y ha de ser obligado ante todas las cosas de dar fianzas legas, llanas y abonadas a nuestro contentamiento para que cobrará y recaudará en cada un año todo lo debido y perteneciente al dicho Hospital [y de ello dará buena cuenta con paga leal y verdadera al dicho Hospital] y a nos en su nombre, o a quien por el dicho Hospital lo hubieren de haber; y pagará los alcances que le fueren hechos, según que de las cuentas que le fueren tomadas resultaren en poca o en mucha cuantía.

Juramento del tenedor

Ítem, ordenamos que, dadas las dichas fianzas, el tal mayordomo y tenedor de bienes jure "solepniter" que bien y fielmente, sin fraude ni engaño alguno tratará y regirá los bienes y cosas del dicho Hospital, así las que por nos y nuestros sucesores le fueren entregadas como las limosnas que se hicieren de ahí adelante u otras cualesquiera cosas que sean y pertenezcan al dicho Hospital.

Que el tenedor no haga arrendamientos solo

Ítem, ordenamos y mandamos que el dicho tenedor y mayordomo de los bienes del dicho Hospital no pueda hacer arrendamiento ni arrendamientos de ningunos bienes ni heredades del dicho Hospital sin ante todas cosas comunicarlo y tomar pareceres de los susodichos, o a lo menos de dos de nos los visitadores y administradores que más a la continua estamos y residimos en esta ciudad de Toro.

Que el tenedor no venda trigo sin cédula

Ítem, ordenamos que el tenedor de los bienes del Hospital no pueda vender ni venda trigo ni cebada ni otras cosas del dicho Hospital sin que ante todas cosas lo comuniquen con nos los dichos administradores, o a lo menos con dos de nos que más a la continua estamos en esta dicha ciudad; / 14v y de ello le sea dada cédula y mandato en qué cuantía de pan haya de vender; y de lo que le fuere mandado vender tome testimonio ante escribano del día en que lo vendió y precio; y esto se ejecute rigurosamente porque no haya fraude en los bienes del dicho Hospital.

Que el tenedor de los bienes entre año si le fuere pedida cuenta la dé

Ítem, ordenamos que cada y cuando que nos los dichos administradores y visitadores que ahora somos y después de nos sucediéremos, quisiéremos o quisieren en cualquier tiempo del año averiguar con el dicho mayordomo y tenedor de los bienes del dicho Hospital de lo que es a su cargo recibido y gastado para ver lo que tiene, sea obligado a nos dar cuenta y razón de ello sin que pueda poner ni ponga excusa ni dilación alguna, aunque no sea llegado el día que por nos adelante en estas constituciones será declarado se ha de hacer la visitación y toma de cuentas del dicho Hospital.

Cláusula del testamento del Señor Obispo

Otrosí, ordenamos y mandamos que desde ahora y para siempre jamás el dicho Hospital sea administrado y regido al tenor de una cláusula que el dicho Señor Obispo dejó en su testamento y postrimera voluntad, que dice así:

"Queremos y mandamos que nuestro Hospital sea regido y administrado perpetuamente en esta manera:

Que el Cabildo Mayor que llaman de la Clerecía de la ciudad de Toro en cada un año nombre un clérigo de entre ellos que sea de buena conciencia y [h]u[e]so, para que tenga cargo de regir y administrar el dicho Hospital y visitar los pobres de él y hacerlos proveer de las cosas necesarias; al cual clérigo se le den por su trabajo tres mil maravedís en cada un año / 15r de las rentas del dicho Hospital; y éste se llame mayordomo".

Nombrar la Clerecía mayordomo para el Hospital

Y conformándonos con la primera constitución del dicho Hospital de Cervantes, ordenamos que la dicha Clerecía y Cabildo Mayor de esta ciudad de Toro, para el día que se ha de hacer en cada un año la visitación del dicho Hospital, se junten en su congregación como lo han de costumbre y nombren y elijan un clérigo presbítero de buena fama y conciencia, conforme a la voluntad del dicho Señor Obispo de Burgos, que sea desocupado de cosas que le impidan para que esté presente cotidianamente a la comida y cena de pobres, y para que éste resida en el dicho Hospital y duerma dentro [de él] para mejor poder usar de las obras de caridad con los pobres y enfermos del dicho Hospital. El cual dicho clérigo que así fuere elegido por los dichos Clerecía y Cabildo Mayor, tenga cargo de curar los pobres y enfermos que en el dicho Hospital se vinieren a curar y reparar los edificios de él; y le sean dadas y entregadas todas las cosas del Hospital, así ornamentos de la capilla como ropa de camas y otras alhajas de cualquier nombre que sean; y esto se le dé y entregue por ante el escribano o notario por ante quien se hiciere la visita del Hospital.

Nombrar visitador

Y este día nombre visitador para la visita y cuentas del Hospital que sirva solamente de visita a visita y no más.

Que el clérigo dé fianzas legas

Otrosí, ordenamos y mandamos que el clérigo que así fuere nombrado para curar los pobres y enfermos del dicho Hospital y repararlo sin poner en ello excusa ni impedimento alguno se obligue y dé fianzas legas, llanas y abonadas a nuestro contentamiento o de los sucesores de la administración del dicho Hospital para que dará cuenta / 15v con paga leal y verdadera de todo lo que fuere entregado del dicho Hospital y de los maravedís y trigo y cebada y otras cualesquiera cosas que le fueren entregadas por el tenedor de los bienes del Hospital, y pagará los alcances que le fueren hechos.

Que el clérigo nombrado por la Clerecía jure

Ítem, ordenamos y mandamos que así como el tal clérigo fuere nombrado y elegido por mayordomo veedor del dicho Hospital y hecho el cargo de lo que a su cargo es de hacer y administrar, haga juramento solemne de fiel y lealmente administrar y procurar las cosas y bienes del dicho Hospital, así las que en él hallare y recibiere como las que de ahí adelante vinieren a su poder que pertenezcan al dicho Hospital, y que de ello dará buena y leal cuenta con pago.

Que el clérigo ha de administrar los Santos Sacramentos

Ítem, ordenamos que el clérigo que fuere nombrado por la dicha Clerecía de Cabildo Mayor, durante el tiempo que fuere veedor y mayordomo del dicho Hospital, sea obligado a administrar los Santos Sacramentos a los pobres y enfermos del dicho Hospital con todo cuidado, solicitud y diligencia, de tal manera que por su falta algún pobre y enfermo no vaya ni parta de esta miserable vida sin serle administrados los Santos Sacramentos. Por lo cual, por nos y nuestros sucesores le será señalado lo que por ello hubieran de haber en cada un año. Lo cual reservamos en nos y en nuestros sucesores y administradores del dicho Hospital pagárselo y gratificárselo según la relación que de su servicio y caridad y cuidado hallaremos en la visitación que por nos ha de ser hecha en cada un año en el dicho Hospital.

Lo que ha de ser pagado al clérigo nombrado con reservación

Ítem, ordenamos y mandamos que el clérigo que fuere / 16r nombrado por la dicha Clerecía para mayordomo y veedor del dicho Hospital le sean dados y pagados de los bienes y rentas del dicho Hospital en cada un año tres mil maravedíes, conforme a la cláusula del testamento del dicho Señor Obispo; y atento a que conforme a los tiempos y a las personas que para el dicho cargo y administración del dicho Hospital y curar los pobres y enfermos de él fueren nombrados, y la caridad y cuidado que por relación hallaremos nos y nuestros sucesores; así les convendrá señalarles más salario y emolumento por su trabajo de curar los pobres y enfermos del dicho Hospital. No obstante que el dicho Señor Obispo les señaló los dichos tres mil maravedís en cada un año, reservamos en nos y en nuestros sucesores de se lo pagar y gratificar del dicho Hospital según su buen servicio y caridad que hubiere usado con los pobres y enfermos del dicho Hospital.

Que la visitación se haga [el] día de San Bernabé, que es once de junio
Y porque las cosas y bienes del dicho Hospital tanto mejor serán guardadas y administradas y los pobres mejor servidos y curados y alimentados cuanto con mayor diligencia por nos y por los que después de nos sucedieren se visitaren y requirieren, ordenamos que de aquí adelante en cada un año personalmente por nos y por nuestros sucesores personalmente, sea visitado y visitemos y visiten el dicho Hospital y todos sus bienes y hacienda y el servicio y tratamiento de los pobres; y tomar cuentas al tenor de los bienes y mayordomo del dicho Hospital por el día de San Bernabé de cada un año, que es a once días del mes de junio; y en la dicha visita y cuentas reformemos y reformen lo que para la buena gobernación, regimiento y administración del dicho Hospital pareciere que se deba reformar, proveer y enmendar. Y si por algún / 16v caso entre nos hubiere concierto, lo podamos anteponer o posponer quince días a lo más largo.

Tres visitas por año

Y porque cuanto con mayor cuidado por nos y por nuestros sucesores fuere visitado el dicho Hospital y pobres de él por entre año sin el día de la visita general por nos declarada y señalada tanto con mayor cuidado estará el tenedor de los bienes del Hospital y clérigo mayordomo que haya tenido cargo de los pobres enfermos que en él se curaren, ordenamos y queremos que de cuatro en cuatro meses ‑si todos pudiéremos hallarnos presentes, o a lo menos dos de nos de los que estamos y residimos en esta ciudad‑, visitemos y visiten el dicho Hospital y pobres y enfermos y servidores y bienes de él, informándonos cómo se ha hecho después de la visita general por nos hecha y cómo se ha hecho y cumplido lo por nos y por ellos en la visita proveído y mandado; para que, si de las dichas visitas particulares o de alguna de ellas halláramos o hallaren algún caso notable digno de enmendar, que el tenedor de los bienes del Hospital, clérigo mayordomo de él, o servidoras o servidores del Hospital, lo podamos y puedan remediar como más convenga al Hospital. Y tenga mano en esto el Señor de la Casa de Coca y Alaejos como patrono del dicho Hospital, constándole de cualquier agravio que en él se haga. Y si se hallare alguna cosa grave, se comunique con el dicho Señor Patrono y se le dé cuenta de ello para que con su parecer ordenemos lo que en ello se debe hacer.

Que si en el mayordomo clérigo hubiere falta, nombren otro

Y si por caso en las dichas tres visitas particulares o en alguna de ellas se hallare que el clérigo nombrado por el Cabildo Mayor para mayordomo y veedor del dicho Hospital no usa y ejerce bien su oficio por algunas faltas / 17r o defecto que en el haya, que nos o los dos que estuviéremos o residiéremos en esta ciudad podamos y puedan, por el notario y escribano del Hospital, mandar notificar a los dichos Clerecía y Cabildo Mayor nombren de entre sí otro clérigo para que sirva el dicho Hospital y cure los pobres y enfermos de él; y si no lo nombraren, y en ello pusieren impedimento o excusa alguna, podamos y puedan nombrar un clérigo presbítero que sirva al dicho Hospital y curen los pobres de él cual nos pareciere y bien visto fuere.

Que no se dé plazo de alcances sino que lo paguen luego

Ítem, ordenamos y mandamos que en las cuentas que por nos o nuestros sucesores fueren tomadas al tenedor de los bienes del Hospital o al mayordomo veedor del Hospital de cualesquier alcances que en las cuentas se les hicieren así de trigo como de cebada y dineros o otras cualesquiera cosas, no se les dé plazo ni espera alguna sino que lo paguen luego, de tal manera que la cuenta sea cuenta con pago; y de esto se tenga gran cuenta como cosa que hemos visto que importa al bien del dicho Hospital.

Capellanía

Ítem, ordenamos que en el dicho Hospital haya una capellanía la que sirvan dos clérigos presbíteros elegidos por nos y nuestros sucesores, que el uno de ellos podrá ser cuando nos pareciere el clérigo elegido para mayordomo y veedor del Hospital por la Clerecía y Cabildo Mayor de esta ciudad; los cuales han de decir misa y servir la dicha capellanía entre ellos, de tal manera que ningún día falte misa en el dicho Hospital; las cuales dichas misas de la capellanía se digan y celebren por el fundador del Hospital y bienhechores vivos y difuntos y por los pobres que en él están sepultados. Y el salario que han de haber en cada un año / 17v por el servicio de la dicha capellanía quede a nuestro albedrío y de nuestros sucesores según el servicio y los tiempos.

Que la capilla se dé a dos clérigos

Ítem, ordenamos que cuando nos pareciere que el mayordomo y clérigo del Hospital no sea uno de los capellanes de la dicha capellanía porque haya más servicio y comodidad habiendo más clérigos para apiadar y servir a los pobres, podamos elegir otro capellán de manera que siempre haya dos capellanes y no se dé la capellanía a uno solo.

La orden que se ha de tener en recibir y curar los pobres

Ítem, ordenamos que en el recibir y curar los pobres y enfermos que al dicho Hospital vinieren y servirles y alimentarles se tenga la forma y manera siguiente:

Que luego como el pobre y enfermo llegare al Hospital para ser curado en él, el mayordomo y veedor del dicho Hospital lo reciba con toda caridad y buena gracia, y luego haga llamar y llame al médico del Hospital; el cual dicho médico le vea y le examine su dolencia, y si curable fuere su enfermedad y no contagiosa para ser curado en el Hospital, dé el médico su cédula firmada de su nombre, la cual el dicho mayordomo veedor del dicho Hospital haga que uno o dos de los visitadores que están en Toro la firmen. Y de esta manera sea recibido y no de otra manera.

Que oiga de penitencia al pobre

Y ante todas cosas, el clérigo mayordomo y veedor del Hospital le oiga de penitencia y desnúdenle toda su ropa y lávensela, lo cual todo con lo que más llevare se escriba luego en un libro y se ponga a recaudo, y vístanle luego una camisa limpia y acuéstenle en su cama y pónganle una caperucilla en la cabeza y denle una ropa con que salga cubierto a hacer sus necesidades y muestren su orina al médico y séale administrado / 18r todo lo que el médico dijere que para su salud conviene hasta que el médico diga que está sano, y, entonces, graciosamente le despidan, tornándole su ropa con todo lo que hubiere traído.

Los Santos Sacramentos al pobre

Y si por caso la enfermedad se le esforzase, séanle con tiempo administrados los santos sacramentos de la Eucaristía y Extremaunción y sea absuelto a culpa y a pena plenariamente por virtud de la bula apostólica que el Hospital tiene; y mientras estuviere en su agonía sea acompañado y consolado de espirituales consolaciones; y si finare luego, el clérigo mayordomo y veedor del Hospital encomiende el ánima y encomiende a cada enfermo que lo pudiere hacer rece por el ánima del dicho difunto, el cual sea sepultado en el cementerio que para ello tiene el dicho Hospital; y si finare a tiempo de ser enterrado con misa, se entierre con su misa de réquiem y diga un responso por el ánima del dicho difunto y otro por el ánima del dicho Señor Obispo y difuntos bienhechores del [dicho] Hospital, a lo cual se hallen presentes todos los pobres y enfermos del dicho Hospital que buenamente se pudieren hallar presentes con sus candelas de cera encendidas y vayan con el cuerpo a la sepultura, y diga cada uno por el ánima del tal difunto y del dicho Señor Obispo y de los que están sepultados en el dicho cementerio la oración del Paternóster con el Avemaría.

Comida de pobres y bendición

Ítem, que el clérigo mayordomo y veedor del Hospital se halle siempre presente a la mesa de los pobres que pudieren venir a comer y cenar, y en el principio les eche la bendición y en el fin les haga dar gracias a Nuestro Señor, y les haga que estén honestamente a la mesa, y les haga decir la oración del Paternóster con el Avemaría por el / 18v ánima del dicho Señor Obispo fundador y difuntos y bienhechores; y haga el dicho mayordomo que para el tiempo de comer y cenar se taña una campana que el Hospital tiene para que los pobres y enfermos que pudieren venir a comer y cenar, vengan; y el que pudiere venir y no viniere al tiempo de cenar y viniere después que hayan comido o cenado, no se le dé cosa alguna porque tengan cuidado.

Tañer a la Avemaría

Y asimismo se taña la campana cada noche al Avemaría.

La Salve

Y si el clérigo mayordomo y veedor del Hospital, si tuviere quien le ayude, cante la Salve u otra antífona de Nuestra Señora con su oración según el tiempo, y su oración de difuntos con dos colectas, a la una por el dicho Señor Obispo y la otra "pro benefactoribus et difuntis Hospitalibus".

Que el pobre no salga del Hospital sin licencia del médico

Y si por caso algún enfermo o pobre que se curare en el dicho Hospital sin licencia del médico saliere fuera del Hospital por las calles, el clérigo mayordomo del Hospital le dé la ropa y otras cualesquiera cosas que hubiere traído y despídalo graciosamente y no quede más ahí. Y esto se entienda si el tal pobre o enfermo no estuviere frenético o fuera de seso.

Número de pobres

Ítem, si sin número se recibiesen los pobres en el dicho Hospital, las rentas que ahora tiene no bastarían hasta que el hervor de la caridad más creciese y con la ayuda de Nuestro Señor y de buenos cristianos se aumenten sus rentas, mandamos que en cada un año se curen en el dicho Hospital los pobres y enfermos que por nos y por nuestros sucesores fuere mandado curar en las visitas por nos hechas en cada un año; y estos que / 19r según dicho es no se cuide enfermedades contagiosas, para lo cual tenga siempre aparejadas sus camas y ropa como más convenga la buena hospitalidad y cura de los pobres en el número de los cuales podamos y puedan crecer o menguar según pareciere a nos y a los que después de nos sucedieren en el dicho cargo según fueren creciendo o menguando los bienes y rentas del dicho Hospital, conformándonos con la necesidad de los tiempos.

Que haya un cepo para las limosnas

Ítem, ordenamos y mandamos que en el dicho Hospital se ponga un cepo con su llave en que las personas que de caridad usar quisieren echen sus limosnas, el cual no se abra hasta el día de la visitación general y en presencia de nos los dichos administradores que al presente son o fueren y del escribano del Hospital.

Que a las mujeres pobres las curen mujeres

Ítem, porque las mujeres y enfermos que en el dicho Hospital se recibieren y curaren no es cosa decente que estén en el dormitorio donde están los hombres, y así lo ordenamos que no entren a las servir hombre alguno, mas que se diputen o pongan una o dos mujeres y más, honestas y caritativas, para el servicio de las dichas enfermas.

Que los servidores sean limpios

Ítem, si por ventura alguno y algunos de los servidores y servidoras del Hospital se hallaren ser deshonestos o haber cometido algún pecado de adulterio o fornicación, o fueren en consejo o causa por donde otro lo cometa por donde al dicho Hospital se siga infamia, que por el mismo hecho sean expelidos del Hospital.

Lo que se ha de hacer con el que quisiere dar algunos bienes al Hospital

Y porque podría ser por tiempo que algunas personas / 19v movidas con celo de caridad y pías causas querrán hacer donación y limosna de sus bienes o parte de ellos al Hospital, con convención que querrían les fuere hecha caución de les dar perpetuo mantenimiento en el Hospital, de lo cual se podría seguir servicio a Nuestro Señor y provecho al dicho Hospital para que más pobres y miserables personas "in futurum" en él pudiesen ser recibidos y curados, ordenamos que cuando lo tal acaeciere se halle información de la persona y bienes que la tal persona quiere dar al dicho Hospital, que el tenedor de los bienes del Hospital y clérigo mayordomo y veedor del Hospital hagan de ello relación al Señor de Coca y Alaejos como a patrono del dicho Hospital, y a nos los dichos administradores y visitadores que ahora somos o fuerémos por tiempo, para que veamos y vean si la tal limosna y petición cumple se reciba; lo cual se haga por todos juntamente y no el uno sin el otro y otros, para lo cual, si fuere necesario, podamos y puedan obligar los bienes y rentas de dicho Hospital.

Médico para curar pobres

Ítem, porque los pobres y enfermos que en el dicho Hospital fueren recibidos mejor puedan ser curados de sus enfermedades, ordenamos que para la cura de los dichos enfermos haya siempre un médico escogido y de buena fama y conciencia, el cual se tome y elija para el dicho efecto por nos y por nuestros sucesores que por tiempo fueren y le sea señalado el salario que a nos y a ellos bien visto fuere, conforme al trabajo que en la dicha casa ha de tener, lo cual se le ha de pagar en cada un año de los bienes y rentas del Hospital.

Que el médico jure

Ítem, ordenamos que el dicho médico después que / 20r por nos sea recibido y asignado su quitación y partido antes y primero que comience a ejercitar su oficio en la dicha casa, haga juramento en forma que bien y fiel y diligentemente a todo su poder y conocimiento hará las curas de los pobres y enfermos que en el dicho Hospital ocurrieren y que si algún enfermo de dolencia o llaga incurable u otro mal contagioso allí viniere no consentirá que sea recibido, y si por caso los hallare y pareciere después de recibido en el dicho Hospital, que cada y cuando que a su noticia venga avisará luego de ello al mayordomo y clérigo que estuviere y residiere en la cura de los pobres del dicho Hospital para que lo despida y no lo deje estar con los otros enfermos.

Que el médico visite cada día

Ítem, ordenamos y mandamos que el dicho médico visite cada día los pobres y enfermos del dicho Hospital una vez y más si más fuere menester, y vea las orinas para dar orden en las curas que a cada uno de ellos incumbe [hacer], so pena de dos reales por cada vez que lo dejare de hacer.

Penas

Para la ejecución de lo cual encargamos la conciencia al clérigo veedor [del dicho Hospital] que tenga cuenta y razón de las faltas que el médico hiciere por año para que le sea descontado de su salario al tiempo de la visitación.

Pobres curados a costa de los que los trajeren

Ítem, ordenamos que si allende del número de los pobres que por nos y nuestros sucesores fueren señalados, se curen en el dicho Hospital alguna o algunas personas con devoción y caridad, por las necesidades de los tiempos y necesidades de las gentes, quisieren meter y mantener a su costa algunos pobres y enfermos y personas miserables en el dicho Hospital, que, pues en él hay ropa y camas y a‑ / 20v posentos para que Nuestro Señor sea servido y se haga caridad, mandamos que sean recibidos los tales pobres, dándoles cama, servicio y aposentos y médico y sirvientes, y no otra cosa alguna de mantenimiento ni botica, con tanto que los pobres y enfermos que así fueren recibidos guarden estas nuestras constituciones [y mandatos].

Que en el Hospital no se reciban delincuentes

Y porque en el dicho Hospital no haya inquietud ni desasosiego, como conviene para la buena cura, descanso y recogimiento de los pobres, mandamos que en el dicho Hospital no reciban delincuentes ni a huidos de la Justicia, y si por si acaso alguno con necesidad forzosa se acogiese en el dicho Hospital, no pueda estar en él más de dos días o tres a lo más largo, y el clérigo mayordomo y veedor del dicho Hospital que en él ha de residir y dormir, tenga especial cuidado de lo despedir dentro del dicho término.

Que las puertas estén cerradas

Ítem, ordenamos y mandamos que las puertas del dicho Hospital se cierren en todo tiempo luego en anocheciendo, las cuales no se abran hasta que sea de día claro si no fuere por cosas muy necesarias a los pobres y a los enfermos que en él se curaren.

Que no duerman personas de fuera en el Hospital

Ítem, ordenamos y mandamos que dentro del dicho Hospital no duerman otras personas algunas sino el dicho clérigo veedor del Hospital y sirvientes y servidoras de él que por tiempo hubieren; y en esto hayan gran cuenta porque será gravemente castigado la falta que en esto se hallare, remitiendo como remitimos la pena de esto a lo que en nuestras visitas ordenaremos.

/ 21r Que se saquen cinco traslados y se den

Ítem, mandamos que de estas nuestras constituciones y mandatos se saquen cinco traslados: que el uno se dé al Señor de Coca y Alaejos, patrono de este Hospital, y otro al Prior de Montamarta de Zamora, y otro al Prior de San Ildefonso de Toro, y otro a la Clerecía del Cabildo Mayor de esta ciudad, y otro al clérigo mayordomo veedor que está en el Hospital, para que así cada uno sabrá lo que es a su cargo de hacer guardar y cumplir.

Tabla en el dormitorio

Ítem, ordenamos y mandamos que en el dormitorio de los hombres en parte que se pueda ver [en] una tabla se saque a la letra la orden que se ha de tener en el recibir y curar los pobres y enfermos del Hospital y lo que el médico ha de hacer para que venga a noticia de todos y sepan como se hace y cumple lo por nos ordenado y mandado.

Cofradía.

Ítem, atento que las cosas de caridad se deben comunicar y ayudar de todos, y en otros hospitales sabemos que con ser ayudados de la visitación y comunicación de cofrades se han aumentado los hospitales y se guardan y cumplen mejor las obras de piedad para que fueron instituidos, ordenamos que en este Hospital haya número de cincuenta cofrades.

Enterrar los pobres

Los cuales, además del merecimiento que tendrán en servir a Nuestro Señor en tan buena obra como es apiadar y ver curar a los enfermos, tendrán cargo de hallarse al enterramiento de los pobres con su cera, conforme a lo que más particularmente entre ellos en sus ordenanzas se declarará y ordenará.

 

Visitar los cofrades el Hospital

Ítem, ha de ser cargo de los tales cofrades visitar por semanas el dicho Hospital y ver el regalo y piedad que se hace con los pobres y cómo se cumple con ellos / 21v lo que los médicos ordenan y los fundadores desearon, para que por su relación los administradores de este Hospital provean y enmienden y manden lo que más convenga al servicio de Nuestro Señor y bien de los dichos pobres de él. Y señaladamente serán cincuenta para que cada uno tenga cargo de visitar una semana en cada año el dicho Hospital y pobres [de él].

Fiestas de los dos San Juanes

Ítem, se hará en el dicho Hospital una fiesta en cada un año de sus vísperas y misa solemne a la cual se han de hallar todos los cofrades con su cera; un año se ha de hacer la fiesta de Señor San Juan Bautista, que cae a veinticuatro de junio, y otro año se ha de hacer la fiesta de Señor San Juan Evangelista, que cae en veintiséis de diciembre en las octavas de Navidad, por cuanto los fundadores ordenaron que este Hospital se llamase de los dos San Juanes.

Bula

Ítem, para dar más calor y favor a esta buena obra el Señor Don Francisco de Fonseca, señor de Coca y Alaejos, patrono de este Hospital, dice que a su costa alcanzará de Su Santidad una indulgencia plenaria para el día que celebraren sus fiestas los dichos cofrades.

Lo que se ha de dar en cada año a los cofrades

Ítem, parece a Su Merced el dicho Señor Patrono y a nos como visitadores y administradores que de los bienes del dicho Hospital se den en cada un año a los cofrades de la dicha cofradía para la cera y gastos que en ella se hicieren tres mil setecientos cincuenta maravedíes, lo cual por no estar declarado en las constituciones de Cervantes, si fuere menester, se traerá particular cláusula en el breve que de Su Santidad se ha de traer para confirmación de las constituciones y ordenaciones.

[Reservación para adelante]

Y porque según las variedades de los tiempos así con‑ / 22r vendrá las constituciones humanas se varíen y miden, reservamos en nos y en nuestros sucesores que después de nos fueren, para que si a servicio de Dios Nuestro Señor y provecho del dicho Hospital y sus rentas y facultades pareciere ser cumplidero, podamos y puedan corregir y mudar estas sobredichas constituciones y allende de ellas hacer y añadir otras cualesquiera, con tanto que por ellas ni alguna de ellas no se vaya en cosa alguna contra la voluntad del dicho Señor Obispo fundador del dicho Hospital, y guardando la sustancia de las constituciones de Cervantes como el dicho Señor Obispo fundador en su testamento quiere.

Ítem, ordenamos que cada y cuando que el Señor de Coca y Alaejos que al presente es vivo y después de él sucediese en la dicha casa como patrono de este Hospital, quisiere o quisieren meter la mano en remediar cualquiera cosa o agravio de las contenidas en estas constituciones y otras cualesquiera que acaezcan, lo pueda y puedan hacer juntamente con los dichos visitadores y administradores.

Otorgamiento de estas constituciones y ordenanzas por el señor de Coca y Alaejos, su patrono

En la villa de Medina del Campo, a veinticuatro días del mes de julio del año del Señor y Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos sesenta y dos años; en presencia de mí Pedro de Pedraza, escribano público de Su Majestad en la su corte, reinos y señoríos, y de los testigos de yuso expresados, pareció presente el Muy Ilustre Señor Don Francisco de Fonseca y Acevedo, señor de Coca y Alaejos, como patrono que se dice ser del Hospital que en la ciudad de Toro fundó y dotó el Obispo de Burgos que gloria haya, y dijo: Que, habiendo oído y entendido las constituciones y ordenaciones de suso / 22v escritas y siéndole leídas por mí el presente escribano "de verbo ad verbum", otorgaba y otorgó las dichas constituciones y ordenaciones en todo y por todo como en ellas se contiene y entre él y los dichos administradores fueron ordenadas; y mandaba y mandó que por ellas fuese guardado, regido y administrado y gobernado el dicho Hospital ahora y en todo tiempo.

Y lo otorgó así ante mí el dicho escribano y testigos de yuso escritos.

Testigos que fueron presentes a lo que dicho es: Martín Francés y el capitán Francisco de Hoyos y Francisco de Ribera, criados del dicho señor otorgante, el cual lo firmó de su nombre.

Don Francisco de Fonseca y Acevedo

Pasó ante mí: Pedro de Pedraza

Otorgamiento de estas constituciones por el Padre Prior de Santo Ildefonso de Toro

En la noble ciudad de Toro, a veintiocho días del mes de julio, año del Señor de mil quinientos sesenta y dos, en presencia de mi Pedro de Pedraza, escribano público sobredicho y de los testigos de yuso escritos, pareció presente el Muy Magnífico y Muy Reverendo Señor Fray Cristóbal de Salamanca, prior del monasterio de Santo Ildefonso de la Orden de Predicadores de esta dicha ciudad de Toro, como visitador y administrador del Hospital del Obispo de Burgos, que está sito en esta dicha ciudad de Toro, y dijo: Que, habiendo visto y leído y entendido las ordenaciones y constituciones de suso escritas, y visto que están otorgadas por el Señor de Coca y Alaejos, patrono del dicho Hospital, que otorgaba y otorgó las dichas constituciones en todo y por todo como en ellas se contiene; y mandaba y mandó, como tal visitador y administrador, que por ellas y por cada una de ellas fuese regido y administrado y gobernado el dicho Hospital, según y por la forma y manera que en ellas se contiene / 23r y declara, y por el Señor de Coca y Alaejos y por el Prior de Montamarta fueron ordenadas.

Y lo firmó de su nombre, lo cual otorgó día, mes y año susodichos, estando [presentes] dentro del dicho monasterio de Santo Ildefonso.

Testigos que fueron presentes a lo que dicho es: Fray Alonso del Castillo y Fray Martín del Lunar, frailes del dicho monasterio, y Gaspar González, estante en esta ciudad.

Fray Cristóbal de Salamanca, Prior

Pasó ante mí: Pedro de Pedraza

Otorgamiento de estas constituciones por el Padre Prior de Montamarta

Estando dentro del monasterio de Montamarta, que es de la Orden del Señor San Jerónimo, extramuros de la ciudad de Zamora, a veintinueve días del mes de julio, año del Señor Nuestro Salvador Jesucristo de mil quinientos sesenta y dos años, en presencia de mí el dicho escribano y de los testigos de yuso escritos, pareció presente el Muy Reverendo y Muy Magnífico Señor Fray Juan de Huete, prior del dicho monasterio, visitador y administrador del Hospital del Obispo de Burgos, que está sito en la ciudad de Toro, y dijo: Que, habiendo visto y leído y entendido las ordenaciones y constituciones de suso escritas y visto que están otorgadas por el Señor de Coca y Alaejos, patrono del dicho Hospital, y por el Prior del Monasterio de Santo Ildefonso de Toro, visitador y administrador del dicho Hospital, que otorgaba y otorgó [lo susodicho] y las dichas constituciones en todo y por todo como en ellas se contiene, y mandaba y mandó que por ella y cada una de ellas fuese servido y administrado y gobernado el dicho Hospital, según y por la forma y manera que por ellas se contiene y declara, y por ellos han sido ordenadas.

Y lo firmó de su nombre, siendo presentes por testigos a lo que dicho es: Fray Francisco de [la] Puebla y Fray Cristóbal / 23v de Ortega y Fray Bernabé de Madrigal, frailes en la dicha Orden de San Jerónimo.

Fray Juan de Huete, prior de Montamarta

Pasó ante mí: Pedro de Pedraza

Y porque yo el dicho Pedro de Pedraza, escribano público sobredicho, fui presente al otorgamiento de todo lo susodicho en uno con los dichos testigos, estas constituciones hice escribir para Su Paternidad el Prior de Montamarta, y por ende puse aquí este mi acostumbrado signo que es a tal (Signo Notarial). En testimonio de verdad.

Pedro de Pedraza, escribano (Rubricado).

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NOTAS

1-- Vid. Ch. Dyer: Niveles de vida en la Edad Media. Barcelona: Crítica, 1991, pág. 308.

2--Vid. M. Jiménez Salas: Historia de la Asistencia Social en España en la Edad Moderna. Madrid: 1958, pág. 136.

3--El ejercicio de las obras de caridad justifica la creación de numerosos hospitales. Cf. A. Marcos Martín: “San Juan de la Cruz y su ambiente de pobreza”, en Actas del Congreso Internacional Sanjuanista, 3, Historia. Valladolid: Junta de Castilla y León, 1993, pág. 164.

4-- El obispo D. Juan Rodríguez de Fonseca nació en Toro en 1451. Era hijo del segundo matrimonio de D. Fernando de Fonseca y Ulloa, señor de Coca y Alaejos y vástago del consejero Juan Alonso de Ulloa, con Doña Teresa de Ayala. Pertenecía a una familia de titulados originaria de Portugal, arraigada en Toro y ligada desde el siglo XIV a la dinastía reinante, que a la muerte de Enrique IV aparece inscrita en las filas del partido isabelino (Cf. A. Sagarra Gamazo: “El protagonismo de la familia Fonseca, oriunda de Portugal y asentada en Toro, en la política castellana hasta el descubrimiento de América”, en Anuario del Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo, 1994. Zamora: Diputación Provincial, 1995, págs. 421-427.), y de la que uno de sus miembros fue protagonista destacado en el episodio del asedio y toma de Toro (1476). Vid. G. Calvo Alaguero: Historia de la Muy Noble, Muy Leal y Antigua Ciudad de Toro. Valladolid: Tip. Cuesta, 1909, págs. 216 y ss.
Fue educado en Salamanca, donde realizó el bachillerato en Artes bajo la dirección de Nebrija, y preparado para el sacerdocio por Fray Hernando de Talavera. Ostentó, a partir de 1484, distintas prebendas eclesiásticas: recibió el título de capellán de la reina Isabel la Católica, ocupó una canonjía en Alfaro, fue arcediano de Ávila, provisor de Granada y arcediano y deán de Sevilla. Accedió al presbiterado en Barcelona, en 1493 (Cf. A. Sagarra Gamazo: La otra versión de la historia indiana: Colón y Fonseca. Valladolid: Secretariado de Publicaciones e Intercambio científico, Universidad de Valladolid, 1997, págs. 11-15). Al año siguiente era ya obispo de Badajoz, donde permaneció hasta 1499, y en la treintena siguiente lo sería también de las diócesis de Córdoba (1499-1505), Palencia (1506-1513) y Burgos, además de alcanzar el metropolitano de Rossano, en el reino de Nápoles, si bien aquí sólo figuró nominalmente al permanecer en la sede anterior hasta su muerte acaecida en 1524. Los Reyes Católicos le honraron con las abadías de Parraces, San Isidoro de León y San Zoilo de Carrión, de las cuales extrajo importantes sumas dinerarias.
Evidentemente, esta abultada nómina de dignidades eclesiásticas se explica esencialmente por su procedencia social y familiar y también por el ejercicio de la que constituyó su principal ocupación: el servicio a los monarcas. Se distinguió sobremanera en la esfera de actividad política merced a sus grandes dotes de organizador, burócrata y estadista, habilidades que llegó a ejercitar apoyado en el manejo de sus grandes influencias personales. Gozó de la confianza de los Reyes Católicos, fue miembro del Consejo de Castilla, comisario general de la Bula de Cruzada y actuó como delegado regio desde 1493 en la dirección de los asuntos del Nuevo Mundo. Su principal cometido en la empresa americana consistió en el apuntalamiento y en la consolidación de las estructuras político-administrativas para la integración de los nuevos territorios en el proyecto político de la monarquía, estando al frente de la creación de instituciones tan importantes como la Casa de Contratación y el Consejo de Indias. Hizo las armadas en algunos viajes de Colón y acudió a las Juntas de navegantes (Toro, 1505) y de teólogos (Burgos, 1508). Cf. E. Lorenzo Sanz: “Los zamoranos en la colonización de América”, en Anuario del Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo, 1993. Zamora: Diputación Provincial, 1994, pág. 460-462. Fue incómodo para Colón, molesto para Las Casas e incompatible con Hernán Cortés. Asimismo, su persona no gozó del favor de Felipe el Hermoso, pero sí del de su hijo el Emperador Carlos V, a quien tuvo el honor de preparar la armada que le acompañó en su coronación imperial. Aprobó los propósitos de Magallanes debido al interés político de abrir la ruta de la Especería por occidente y sin contar con Colón, adelántandose a Portugal. Cf. A. Sagarra Gamazo: Burgos y el gobierno indiano: la clientela del Obispo Fonseca. Burgos: Caja de Burgos, 1998, págs 181-192. También llegó a intervenir como agente real en importantes asuntos diplomáticos.
Al igual que sucede con otros de sus coetáneos eclesiásticos, cabe decir que su persona constituye en lo político una figura de indiscutible importancia para la historia de España y de América en los inicios de la Modernidad. Sin embargo, bien distinta es la valoración que algunos han realizado de sus calidades morales y de su forma de vida. Ha sido considerado como un individuo de pocos escrúpulos que vivió en medio del lujo y de la ostentación, imitando en su casa los hábitos de los grandes príncipes gracias a las riquezas acumuladas. Como hombre de tan alto rango y posición, asumió la protección de las artes y las letras, de lo cual fue dejando buena huella por donde pasó. Vid. J. Navarro Talegón: Catálogo monumental de Toro y su alfoz. Zamora: Caja de Ahorros Provincial de Zamora, 1980, pág. 77. Como persona de su tiempo, tampoco descuidó otros negocios, entre ellos uno muy importante, la salvación de su alma, uno de los fines perseguidos al dotar el hospital toresano; otorgó testamento en Burgos el 22 de diciembre de 1523, y al año siguiente falleció.

5-- Cf. L. Vasallo Toranzo: Arquitectura en Toro. Zamora: Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo, Diputación Provincial, 1994, pág. 165.

6-- Vid. A. Gómez de la Torre: Corografía de la provincia de Toro, T. 1º, Del partido de Toro. Madrid: Imprenta Real, 1802, págs. 86-87; G. Calvo Alaguero: Historia de la Muy Noble, Muy Leal y Antigua Ciudad de Toro: noticias biográficas de sus más ilustres hijos. Valladolid: Tipografía de Cuesta, 1909, págs. 216 y ss.

7-- Vid. J. Navarro Talegón: Op. cit., pág. 71.

8-- Vid. J. Navarro Talegón: Ibídem, pág. 75.

9-- Vid. L. Vasallo Toranzo: Op. cit., pág. 163.

10-- En 1529, transcurridos cuatro años de la muerte del prelado y uno de abrir las puertas el Hospital, esta situación se quiebra. Los herederos de Fonseca inician un contencioso con Dorado a quien, pese a haber ampliado el patrimonio de la fundación en 73 cargas de pan y 2.000 maravedíes anuales y haber sido el encargado de vigilar las obras del edificio, desean apartar del patronato. En esta ocasión no lo consiguen, si bien continuarán litigando durante toda la centuria con la misma finalidad de despojar a Dorado y su progenie de los derechos inherentes al patronato del Hospital, sin que se sepa a ciencia cierta si lo lograron obteniendo fallo favorable al respecto, o bien fuera la desaparición de tales descendientes lo que hizo que se establecieran de hecho como patronos únicos ya en el XVII. Vid. L. Vasallo Toranzo: Op. cit., pág. 164.

11-- A pesar de todo, la institución pudo sobrevivir manteniéndose en pie hasta la época contemporánea. Cf. A. Gómez de la Torre: Corografía de la provincia de Toro, T. I, Del partido de Toro. Madrid: Imprenta Real, 1802, págs. 86-87; J. A. Rodríguez Puertas: “Historia del Hospital General de Toro, hoy Residencia de Ancianos Virgen del Canto”, en Residencia de Ancianos Virgen del Canto. Zamora: Diputación Provincial, 1997, pág. 13.

12-- Archivo de la Casa Ducal de Alba. Caja 342-5. Cf. L. Vasallo Toranzo: Op. cit., pág. 164.

13-- Del documento y de su localización tuvo buen conocimiento el fundador, como lo acredita una cláusula de su testamento: “... las cuales están entre mis escrituras y envío por ellas a Coca, y si allí no se hallaren, se envíe por ellas a Sevilla ...”. Archivo de la Casa Ducal de Alba. Caja 342-7. Estas constituciones fechadas el 15 de noviembre de 1455 fueron autorizadas por Alonso I de Fonseca, arzobispo de Sevilla y tío carnal de Juan Rodríguez de Fonseca; se hallan actualmente en el Archivo de la Diputación Provincial de Sevilla. Cf. A. Heredia Herrera: Hospitales y centros benéficos Sevillanos: inventario de sus fondos. Sevilla: Diputación Provincial, 1997, pág. 243.

14-- El fondo documental de la propia institución se conserva en el en el Archivo de la Casa Ducal de Alba, donde se incorporó en 1943, en virtud del derecho de patronato que asiste a los Duques de Berwick. Cf. J. Navarro Talegón, Ob. cit., pág. 78. Alguna documentación complementaria puede encontrarse en el Archivo de la Diputación Provincial (Vid. A. Matilla Tascón: Guía-Inventario de los Archivos de Zamora y su Provincia. Madrid: Dirección General de Archivos y Bibliotecas, Diputación de Zamora, Ayuntamiento de Zamora, 1964, págs. 308 y 314) y en el Archivo Histórico Diocesano de Zamora (Vid. L. Vasallo Toranzo: Ibid., pág. 164).

15-- Vid. F. Collantes de Terán: Memorias históricas de los establecimientos de caridad de Sevilla: descripción artística de los mismos. Sevilla: 1884, pág 70; D. Ortíz de Zúñiga: Anales eclesiásticos de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla. Madrid: Imprenta Real, 1795, pág. 448.

16-- Cf. M. Jiménez Salas: Ob. cit., pág. 178.

17-- Archivo de la Casa Ducal de Alba. Caja 342-7.

18-- G. Calvo Alaguero: Ob. cit., pág. 49.

19-- G. Calvo Alaguero: Ibídem., pág. 49.

20-- Archivo Histórico Nacional. Clero. Lib. 18352. Fols. 13r.- 23v. Este libro corresponde al cajón nº 30 del archivo del desaparecido monasterio de San Jerónimo extramuros de Zamora, donde se incorporó el monasterio de Montamarta en el segundo tercio del siglo XVI; guarnecido en pergamino de cantoral, contiene en papel el original y una copia simple del siglo XVIII, entre los cuales se han introducido varios documentos que se extienden cronológicamente hasta el siglo XIX, en especial los que testimonian la defensa por parte del Prior de dicho monasterio de los derechos de visita y elección del mayordomo del Hospital frente a los patronos, los señores de Coca y Alaejos. Existen, además, otros originales y copias de las constituciones en el Archivo de la Casa Ducal de Alba, caja. 342, así como en el Archivo de la Diputación Provincial de Zamora. Vid. L. Vasallo Toranzo: Ob. cit., pág. 164.

21-- Con el objeto de facilitar la comprensión del contenido de las constituciones, hemos optado por hacer desaparecer del texto la ortografía y puntuación originales sustituyéndolas por las actuales. Asimismo hemos recurrido al empleo de corchetes para incorporar las partes del texto registradas en el original conservado en el Archivo de la Casa Ducal de Alba que en el nuestro se omiten.

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PUBLICADO EN: Boletín de la Asociación Benito Pellitero.Año XIV, 2001 Nº 9,pp. 7-41, Edit.: Asociación de Jóvenes Investigadores en Ciencias Humanas “Benito Pellitero”

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FOTOGRAFÍA: Escena del hospital Jacopo Pontormo. Anónimo siglo XV-XVI. Museo del Prado

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EL AUTOR


Ángel J. Moreno Prieto es licenciado en Geografía e Historia, especialidad en Historia Medieval, por la Universidad de Salamanca. Desde 1998 forma parte del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos de la Administración General del Estado. Ha trabajado realizando funciones de asistencia en la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Educación y Cultura. Desde el año 2000 ejerce como Jefe de Sección de Archivos en el Archivo General de Simancas, centro dependiente del Ministerio de Cultura, donde ha dedicado buena parte de su actividad profesional a la descripción de documentación producida por instituciones del Antiguo Régimen como la Cámara de Castilla o la Cancillería Real de Castilla. Asimismo, en su calidad de técnico en Patrimonio Documental ha compatibilizado ejerciendo como asesor de la Sociedad Estatal para la Celebración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V.

 Ha publicado artículos y colaboraciones en revistas especializadas en Historia y Archivística, e  impartido cursos y conferencias en distintas instituciones académicas.

 Es miembro del Instituto de Historia “Simancas” (Universidad de Valladolid) y pertenece a la Asociación de Archiveros de la Comunidad de Madrid (AAM-ANABAD).


 


 

 

Otro artículo del autor en este blog:
Fuentes documentales para el estudio del contrabando en Zamora durante el Antiguo Régimen

 

 


 

Para dirigirse al autor: angeljmoreno@hotmail.com

LA MENTALIDAD JUSTICIERA EN LAS REVUELTAS SOCIALES (EDADES MEDIA Y MODERNA)

LA MENTALIDAD JUSTICIERA EN LAS REVUELTAS SOCIALES  (EDADES MEDIA  Y MODERNA)

 

 

 

 

 Carlos Barros

Universidad de Santiago de Compostela         

 

            ¿Por qué una revuelta social estalla en determinado momento y lugar?  *

             La historiografía de las revoluciones y los movimientos sociales de los años 60 y 70 fue incapaz de responder a esta pregunta, que muchas veces ni siquiera se planteó. La subordinación de la coyuntura a la estructura, de la mentalidad a la economía, de la lucha de clases al desarrollo de las fuerzas productivas, condujeron a una grave incomprensión del papel del sujeto histórico y de sus complejas relaciones con los procesos materiales de la historia. Por lo cual, una gran parte de aquellos trabajos, adquirieron un carácter puramente descriptivo, renunciando de antemano a relacionar el acontecimiento de la revuelta con las instancias más objetivas de la evolución histórica.

 

            La historia social inglesa de Past and Present -así como la importante historiografía francesa de la revolución de 1789- sentó algunas bases para superar este grave déficit de investigación e interpretación, pero su irradiación fue débil y llegó demasiado tarde -a finales de los años 70[1] cuando ya la historiografía occidental más innovadora se alejaba de los conflictos y las revueltas sociales como temas de investigación.

 

            Desde los años 90 se recuperan[2], con perspectivas metodológicas diversas, los movimientos sociales como objeto de investigación a consecuencia, junto con otros factores, del retorno del sujeto histórico desde 1989 en Europa y América. Este nuevo y acelerado ciclo de grandes movilizaciones sociales ha cambiado de signo, a lo largo de la última década del siglo XX. Entre la caída del muro de Berlín en favor de la democracia y la economía de mercado, y la manifestación de Seattle contra el neoliberalismo en diciembre de 1999, muchas cosas han cambiado. El punto de inflexión estuvo en la rebelión neozapatista del 1 de enero de 1994, y en los movimientos sociales franceses de diciembre de 1995. La observación de las revueltas que están acompañando este cambio de siglo, de sus causas y motivaciones que ya no son reductibles a esquemas deterministas simples, ha de contribuir a un análisis más complejo de las revueltas del pasado, a una nueva historiografía de los movimientos sociales, y viceversa: un estudio renovado de los conflictos y revueltas históricas ha de contribuir a la comprensión del porqué de la pasividad o de la actividad, hoy, de los viejos y nuevos sujetos sociales.

            En lo que respecta a las grandes revoluciones contemporáneas, ¿el revisionismo historiográfico no evidencia la necesidad de síntesis más complejas que las proporcionadas por la historiografía del siglo XX?

 

            La incapacidad de las ciencias sociales -y del marxismo de la época- para preveer el derrumbe de los países del Este de Europa, y la transición al capitalismo, está ligada al paradigma economicista, estructuralista y objetivista, que dominó aquéllas desde el final de la II Guerra Mundial. A la infravaloración de la dimensión subjetiva de la historia, se ha venido a sumar, después, la fragmentación del estudio de la historia en múltiples objetos y métodos, de manera que la economía, la sociedad, la política y la mentalidad tendieron a investigarse por separado, perdiendo estos enfoques parciales y aislados toda capacidad explicativa de los hechos históricos. Concretamente, la explicación del origen, auge y decadencia de las revueltas y las revoluciones.

 

La primera instancia 

 

            Volviendo a la pregunta inicial: ¿por qué una revuelta social estalla en determinado momento y lugar? En mi opinión la respuesta está más en la “primera instancia” que en la “última instancia”, siempre mediatizada por niveles intermedios que, en ocasiones, hacen irrelevante su papel. La economía no suele  intervenir directamente en las acciones de masas sino a través de la lucha política y de la mentalidad colectiva, donde coexisten elementos racionales con irracionales, reales con imaginarios, conscientes con inconscientes. Hemos verificado esta tesis investigando un revuelta social, en plena crisis del feudalismo medieval, que estalla  cuando un sentimiento colectivo de agravio deviene en mentalidad justiciera y acción revolucionaria. Son factores psico-sociales los que deciden “en primera instancia” el momento, el lugar y la forma de la acción de las masas en la Edad Media y la Edad Moderna[3]. La mentalidad de revuelta tiene más importancia, en la corta duración, que las causas estructurales en los cambios históricos caracterizados por la participación activa de gran número de personas. Las pre-condiciones estructurales son -y no siempre- condiciones necesarias pero nunca suficientes para el estallido de una revuelta. Sin embargo, la mentalidad de revuelta puede ser en sí misma condición necesaria y suficiente para la realización de la acción y el acontecimiento, estableciendo una relación con frecuencia paradójica con los datos económico-sociales. Es el caso del protagonismo colectivo y/o individual de los sectores acomodados de la sociedad en revueltas y revoluciones de todas las épocas, o el incremento de la conflictividad social contemporánea en épocas de bonanza económica y su repliegue en épocas de crisis.

 

            El peso en la historia de la otrora denostada “superestructura” se manifiesta, si cabe con mayor claridad, en los períodos históricos pre-capitalistas, donde lo mental y lo jurídico juegan un rol decisivo en la cohesión económica de las sociedades. De ahí la importancia del análisis de las revueltas medievales y del Antiguo Régimen para comprender algunos de los mecanismos del estallido de revueltas y revoluciones que se manifiestan también en el tiempo presente.

 

Mentalidad justiciera gallega 

 

            El entorno mental y político que rodea a la justicia es particularmente relevante en la Edad Media, por constituir la administración de la justicia la principal función de gobierno, delegada por el Rey a los señores feudales. La percepción de lo que es o no es justo, transcendental en cualquier revuelta social, se puede estudiar así con más claridad y con mayor transcendencia en el medievo europeo.

 

            Nuestra investigación se centró  en la revuelta de los irmandiños[4], diminutivo afectivo en lengua gallega con el que se designa actualmente  a los campesinos, artesanos, pescadores, mercaderes, clérigos e hidalgos que, organizados como Santa Hermandad del reino de Galicia, se levantaron exitosamente, entre 1467 y 1469, contra los señores feudales y sus fortalezas, las cuales derrocaron prácticamente en su totalidad, con cierto apoyo por parte de la monarquía castellana y de la Iglesia.

 

            Gracias a testimonios orales de supervivientes y descendientes de los participantes, conocemos la preeminencia de la justicia en las motivaciones de los protagonistas y en la legitimación del levantamiento. Decían que los señores y sus representantes les hacían agravios y males desde las fortalezas, y que por ello se sublevaron y las derrocaron. El derecho de resistencia de los vasallos se fundamentaba en el incumplimiento, por parte de los señores, del pacto feudal que obligaba a los primeros a satisfacer las rentas y los servicios jurisdiccionales mientras los feudales habían de protegerlos de terceros y administrar justicia en sus señoríos. Cuando los caballeros se metamorfosean de jueces en malhechores, acusación transmitida por la tradición oral y dirigida sin demasiados matices contra toda la clase señorial, los campesinos y demás vasallos se insurreccionan para restablecer “la paz, la justicia y la seguridad en el Reino”, rompiendo durante la revolución el vínculo vasallático y negando, en consecuencia, el pago de tributos o los servicios debidos a los señores[5], incluyendo aquellos que simpatizaban con la Hermandad. La quiebra de sistema mental de los “tres órdenes” (los caballeros defienden, los clérigos rezan y los campesinos trabajan para mantenerlos), provoca un inversión de valores -y de poder- en los años 1467, 1468 y 1469 que tendrá efectos duraderos. Dejará el terreno libre para la implantación de la justicia pública por parte del naciente Estado moderno, el cual va a recuperar muchas de las atribuciones políticas cedidas a los señores feudales en la Alta y Plena Edad Media: la justicia en primer lugar. Será la forma de resolver, “desde arriba”, la crisis de hegemonía señorial que tiene lugar en toda Europa entre el siglo XV y XVI, y cuya resolución, en el reino de Galicia, se caracteriza por una fuerte intervención “desde abajo”.

 

            ¿Cómo se entrelazan consiguientemente la economía, la sociedad, la política y la mentalidad en la revuelta irmandiña? La crisis del feudalismo en la Baja Edad Media, desde la peste negra de 1348 en adelante, induce en toda la Corona de Castilla, con la victoria trastámara en la guerra civil 1366-1369, un cambio cualitativo en la clase dirigente, que transita de la “vieja nobleza” a una  “nueva nobleza” que desplaza a la Iglesia del poder social, antes hegemónica en el sistema feudal gallego. La “nueva nobleza” trastamarista impone así una segunda feudalización del reino que concluyó en 1467, cuando, después de una serie de revueltas locales que sirvieron de ensayos, una sublevación justiciera y antiseñorial de gran envergadura que inicia, sin duda alguna, los tiempos modernos en Galicia.

 

            Hemos comprobado en Mentalidad justiciera de los irmandiños que, en efecto, en los años anteriores al levantamiento tiene lugar un incremento notable de las denuncias de agravios y daños cometidos por los señores y sus servidores. La disminución de los ingresos señoriales,  y la continua guerra de los señores por el control de la tierra y los hombres, generalizan la delincuencia directa e indirecta de los caballeros del reino. La crisis económica bajomedieval mengua, pues, la renta feudal al tiempo que incrementa los costes señoriales de mantenimiento de los séquitos militares y de las fortalezas, así como los gastos suntuarios. Los señores gallegos precisan de la violencia para obtener más ingresos, y más tierras y vasallos que generen ingresos. Roban ganado para mantener soldados y fortalezas, secuestran mercaderes y campesinos acomodados para obtener dinero, ocupan por la fuerza la jurisdicciones de la Iglesia, del Rey y de otros señores... Las guerras feudales y las revueltas sociales, engendradas por la violencia expropiadora e ilegal de los caballeros, agravan a su vez la situación de éstos al incrementar sus pérdidas y mermar sus ganancias. Finalmente, la cadena se rompe por el eslabón más débil: la relación señor/vasallos, en una coyuntura de agudización de las contradicciones tanto en el interior de la gran nobleza laica como entre ésta y la baja nobleza, las ciudades, la Iglesia o el Rey legítimo. Por lo cual no es extraño que, cuando los campesinos y artesanos indignados comienzan las insurrección contra las fortalezas y sus dueños, a quienes derrotan militarmente, nadie se mueve en su apoyo porque todos se sentían víctimas de los señores de las fortalezas. 

 

            Este levantamiento armado de los vasallos contra las fortalezas, que transforma la santa hermandad concedida por el Rey para mantener la justicia, la paz y la seguridad en el reino de Galicia, en un movimiento anti-señorial de gran radicalidad, no se desencadena contra los tributos feudales sino contra los crecientes delitos comunes que venían cometiendo los señores y su gente contra los vecinos del Reino. Son los actos señoriales contra derecho, según la percepción popular, los que convierten en insoportable, en la primavera de 1467, el dominio señorial a través del sistema de fortalezas. Las rentas y los servicios jurisdiccionales, pese a que también se habían incrementado, no hacen detonar la gran rebelión antiseñorial. La legitimidad de los tributos que cobraban los caballeros formaba parte de la mentalidad medieval. El consenso feudal se interrumpe realmente cuando fallan las contrapartidas que reciben los vasallos por pagar sus tributos: un régimen de justicia, es decir, buen gobierno y protección contra terceros. Para la mentalidad medieval, vasallática/señorial, resulta inconcebible que el señor que debería proteger a sus vasallos de los malhechores, se transforme el mismo, a ojos del pueblo,  en un malhechor. Una delincuencia señorial que es percibida como general,  es la gota que desborda el vaso y hace intervenir en la historia a la gente común. Esta metamorfosis del sentimiento acumulado de agravio en acción justiciera desata, a renglón seguido, la rebelión anti-señorial pura y dura.

 

            ¿Cómo aparecen los tributos feudales en los memoriales de agravios? Algún impuesto es denunciado por los vasallos rebeldes como si fuese un atraco[6]. Las más de las veces, los tributos señoriales aparecen en la lista de quejas a continuación de los agravios, siempre en un lugar subalterno respecto a robos y rescates con su correlato de homicidios y violaciones, porque en la acción directa antiseñorial cuentan más los hechos que las palabras. La quiebra de la relación social señores/vasallos, la derrota militar de los caballeros y la ocupación por parte de la Santa Hermandad de sus tierras y bienes, tienen como efecto inmediato el impago de rentas jurisdiccionales. La ruptura vasallática no es la causa primera de la revuelta sino su consecuencia más inmediata.  Viven sin señores dos años por la inculpación universal de éstos en hechos delictivos, indudablemente la conciencia antiseñorial de los rebeldes trabajadores no podía estar más satisfecha. Se habían adelantado, por un tiempo breve, tres siglos a la emancipación feudal campesina. Los señores retornarán en 1469, pero ya jamás las cosas volverán a ser como antes: perdida su hegemonía moral en Galicia los Reyes Católicos aprovecharán para “exiliarlos” en la Corte de España.

 

            En conclusión, ¿por qué estalla la revuelta en el reino de Galicia en abril de 1467? El primer factor es, sin duda, la mentalidad popular de revuelta, fundamentada en el uso alternativo de la justicia[7]. El segundo factor es la coyuntura política de guerra civil y vacío de poder en la Corona de Castilla entre 1465-1468, que los sectores políticamente informados, sobre todo urbanos, aprovechan para arrancar de Enrique IV el permiso para formar hermandades y, meses después, el apoyo legal a los masivos derrocamientos de fortalezas. El tercer factor es el aumento, a lo largo del siglo XV, de la presión tributaria de los nuevos señores sobre los vasallos propios, de la Iglesia o de las ciudades de realengo, sin ahorrar violencia. El cuarto factor es la evolución crítica  de la demografía y la economía gallegas desde mediados del siglo XIV, que incide -y se expresa- sobre todo lo anterior.

 

            La explicación de un fenómeno complejo como una revuelta sólo puede ser global, resultado por consiguiente de la conjunción de dichos cuatro factores, que no funcionan por separado, lo cual no excusa una jerarquización, que va a depender de cada caso concreto y del arco temporal que consideremos. El peso de lo mental, lo político, lo social o lo económico, va de mayor a menor en la corta duración y de menor a mayor conforme el intervalo temporal se amplia. Al menos en el caso de las revueltas sociales, acontecimientos vinculados al cambio histórico por definición.

 

            Por supuesto que las revueltas sociales de los siglos XIV y XV son consecuencia de la crisis del feudalismo, pero no se dice mucho con ello. En muchos sitios no hubo revueltas. Y no es lo mismo el ciclo de revueltas de la segunda mitad de siglo XIV en Francia, Países Bajos e Inglaterra, a continuación de la peste negra, que las revueltas  de la segunda mitad del siglo XV en España (Galicia y Cataluña), vinculadas a una segunda servidumbre y a los prolegómenos del Estado moderno, fenómenos que en otras partes de la Península Ibérica y Europa no han venido acompañados, sin embargo, de grandes revueltas. Tampoco una coyuntura política favorable es determinante para la explicación de porqué estalla la revuelta: en ningún otro lugar de la Corona de Castilla se repitió una revuelta como la irmandiña durante la guerra de Enrique IV con la nobleza; ni tampoco en otras zonas de la Corona de Aragón tuvo lugar una revuelta como la remença de Cataluñadurante el reinado de Fernando el Católico[8] . En la muy corta duración, lo decisivo es pues la formación de la mentalidad popular de revuelta, donde la justicia suele jugar un papel central: cuando la gente se siente agraviada, injustamente tratada, se rebela. La mentalidad del instante con su carga de emotividad suele ser tan importante que sin ella, sencillamente, no hay revuelta, y si no se produce el acontecimiento, no tendríamos objeto de estudio.

 

Mentalidad justiciera en otras revueltas 

 

            Otros estudiosos de las revueltas medievales y modernas han detectado, naturalmente, el papel de la mentalidad justiciera en su desencadenamiento, pero sin concederle demasiada importancia por razones de tipo metodológico, historiográfico y epistemológico.

 

            Así los levantamientos del Flandes marítimo (1323-1328) se inician -resume Hilton- cuando el conde de Flandes trata de cobrar un nuevo tributo, impuesto por Francia, a los campesinos y artesanos, siendo “el encargado de protegerlos”[9].  150 años antes de los irmandiños el sentimiento de agravio rompe asimismo en Flandes el consenso feudal cuando el señor hace todo lo contrario de lo que le correspondería según el sistema de los “tres órdenes”como “defensor” de sus vasallos. La ideología trifuncional no es sólo una construcción intelectual, es una mentalidad extendida que guía las acciones individuales y colectivas de los hombres medievales.

 

            La paradigmática jacquerie de 1358, ¿no fue provocada por “las requisas para el avituallamiento de los castillos de la nobleza de la región de París”[10]? Se trata, precisamente, de uno de los agravios señoriales más citados por los irmandiños. Desde finales de 1357,  los campesinos de Ile-de-France sufrían el pillaje de hombres armados que -escribe Froissart- “robaban día tras día todo el territorio entre el río Loira y el Sena”[11]. A lo cual hay que añadir la coyuntura política: después de la derrota de Poitiers, la monarquía incrementa los tributos reales, agravio que se sumará a los robos de nobles y soldados entre los factores justicieros desencadenantes. El Estado feudal está con los señores contra los campesinos, a diferencia de lo que pasará a finales del siglo XV en Galicia[12] y en Cataluña, a las puertas de la modernidad. En sus prolegómenos bajomedievales (más en el siglo XV que en el siglo XIV) el Estado moderno precisa de una base popular para imponerse a los caballeros feudales.

 

            Otro caso es el de  los campesinos y artesanos tuchins de Auvergne y Langedoc se rebelan, en 1360, contra el duque de Berry porque les subió los tributos al tiempo que fue incapaz de protegerlos de los ingleses y sus mercenarios routiers[13]. La motivación justiciera se repite una vez más, está presente en las revueltas campesinas medievales más importantes.

 

            El desencadenamiento en mayo-junio de 1381 del levantamiento campesino inglés, responde al mismo esquema. Tributos agraviantes, indignación por acciones de la justicia real y señorial -persiguen en Londres a todo aquel que tuviera que ver con el sistema judicial-, provocan la rebelión armada, que se transforma de inmediato en acción antiseñorial pura[14]. Sin la inversión de valores sobre la justicia no  ha lugar al movimiento directo, clasista, contra los señores. Ciertamente la indignación colectiva contra la (in)justicia señorial -o contra los “traidores” consejeros del Rey- está teñida de una conciencia antiseñorial, que, al principio, se esconde tras la mentalidad justiciera. Sólo cuando la armonía de la tripartición campesinos/caballeros/prelados se quiebra en las mentalidades por causa de la traición colectiva de los caballeros a su función defensora, o de los clérigos a su función eclesial[15], sale a la superficie la confrontación bipartita campesinos/señores y la mentalidad se manifiesta sin tapujos.

            El mecanismo justiciero de las revueltas medievales suele estar presente, asimismo, en bastantes rebeliones sociales del Antiguo Régimen[16], dirigidas, en mayor grado que en el medioevo, contra el Estado monárquico. El primer resorte de la revuelta de las Comunidades de Castilla, en junio de 1520, fue un alza, no demasiado elevada, de los impuestos reales que levantó una “ola de indignación”[17] contra la monarquía y los procuradores realistas que la aprobaron. En este sentimiento de agravio comunero incurrían dos circunstancias especiales que lo agrandan. El rumor falso pero efectivo, y resistente a los desmentidos del gobierno, de una subida de impuestos mucho mayor de la real[18]; y la traición a Castilla del rey Carlos, nacido y educado en Flandes, en favor del extranjero, porque  “no es justo que su Majestad gaste las rentas de estos reinos en otros” (comuneros de Segovia)[19], y porque entregó el gobierno al señor de  Chièvres y a Adriano de Utrech, como regente, antes de marcharse para Alemania, rompiendo la promesa escrita hecha ante las Cortes de reservar los cargos públicos a los castellanos[20]. Sentimiento general de agravio, que impugna al Rey y a sus malos consejeros por traicionar funciones de justicia y protección del reino, se refuerza con las revueltas locales que están teniendo lugar, paralelamente, contra agravios perpetrados representantes reales de rango inferior. En Segovia el levantamiento surge el 29 de mayo de 1520 (nueve días después de la marcha del Rey) cuando los vecinos denuncian, en una asamblea parroquial, a un cruel aguacil del Rey que hacía las detenciones con un perro de presa[21]. Tres meses después, será la toma de Medina del Campo por  el ejército realista, “de forma más cruel que la empleada por los turcos” , lo que provoque la entrada de las ciudades castellanas en el embrión de Junta revolucionaria[22].

 

            La Junta de las Comunidades una vez en el poder, consecuentemente, controlará los impuestos, expulsará a los extranjeros y velará porque los funcionarios  públicos sean honestos, con el fin proclamado de restablecer la confianza pueblo/gobierno[23]. La dimensión política -constitucionalista, protoliberal y protonacional[24] — y social -antiseñorial[25]— del movimiento comunero, será posterior a los estallidos violentos de la voluntad popular agraviada. Veamos, si no, como argumentan la toma justiciera del poder los propios comuneros de Valladolid en setiembre de 1520: “reparar los males echos en el Reyno y resistir los que cada día se aparejan de nuevo, no se podía conseguir estando el poder e fuerças en manos de los mismos autores y fabricadores de los dichos males que son los que hasta aquí an estado en el consejo Real”[26], esto es, consejeros extranjeros y grandes señores. Es la misma motivación-legitimación de las hermandades de Galicia cincuenta años antes, salvo que éstas eran partidarias del Rey de Castilla, lo cual impidió la manifestación de un sentimiento protonacional. El medio siglo que separan los dos acontecimientos explica el diferente papel de la monarquía, y lo acelerado de los cambios históricos entre los siglos XV y XVI.

 

            En La grand peur de 1789 (1932), Georges Lefebvre explica claramente como el miedo a los bandidos impulsa la revuelta antiseñorial y el armamento de  los campesinos franceses, inmediatamente después de la toma de la Bastilla. Insurrección general del campo que manifiesta, por vez primera, “el ardor guerrero de la Revolución y permitió que la unidad nacional se expresara y fortificara”[27].  Salto cualitativo del proceso revolucionario provocado también por un enorme agravio imaginario, virtual, pero tanto o más efectivo, por su carácter preventivo y desproporcionado, que los agravios reales, presentes en las revueltas locales que precedieron a la revolución de julio. Así tenemos, en marzo del 89, la revuelta del hambre de Manusque contra el obispo de Senez, a quien lapidan los campesinos indignados acusándole de haber favorecido a los acaparadores de grano[28]. Buena parte de los motines pre-revolucionarios contra la escasez en Francia tienen, como es habitual también en el Antiguo Régimen, una motivación ética,  justiciera[29]. Lo nuevo de julio de 1789 es el ámbito nacional-moderno del sentimiento de agravio antiseñorial, que en abril de 1467 vimos ya como alcanzó el ámbito nacional-medieval del reino de Galicia.

 

            El temor provinciano a los bandidos expulsados de París por la Asamblea Nacional, se juntó con la tradición antifeudal campesina y el miedo de la elite revolucionaria a la reacción de la aristocracia después del 14 de julio. Se creía firmemente que el “complot aristocrático” había hecho correr el gran rumor, después del triunfo revolucionario parisino, de la llegada de los bandidos para derrotar, sembrando el desorden y la anarquía, al nuevo poder revolucionario, que, a su vez, era acusado por los nobles de haber instigando la falsa noticia para que el “pueblo se armara” en toda Francia[30]. El rumor que atravesó Francia de manera fulgurante, en la segunda quincena de julio, fue fundamentalmente espontáneo, fruto de la coyuntura política y, sobre todo, mental, causado por la exigencia ética-justiciera que tienen todas las revueltas y revoluciones. La revolución antes que un hecho económico, social o político, es un hecho moral: pretende inaugurar una nueva justicia impugnando a la vieja clase dirigente como “traidora” a su función social por su alianza con los malhechores. La revolución de 1789 sólo se hace “francesa” cuando engendra una mentalidad justiciera de ámbito nacional contra la aristocracia feudal, surgida de un movimiento espontaneo de opinión, multi-focal, que “inventa” el complot de la aristocracia con la delincuencia de París, de la misma forma que los intelectuales ilustrados “inventaran” antes de 1789 la idea de nación, libertad, soberanía y ciudadano, que los revolucionarios ponen en práctica. El hecho de que detrás del gran rumor -como muy bien demuestra Lefebvre- no hubiese realmente conspiración “infernal” alguna de la nobleza derrotada en la capital y deseosa de retomar el poder desde las provincias, muestra la autenticidad y espontaneidad de un proceso revolucionario que, cuando le falta una pieza, sencillamente la “fabrica” desde su base social. Para que la aristocracia fuese la total encarnación del mal no bastaba con la denuncia del carácter explotador de los tributos feudales, que se pagaban desde hacía siglos, se precisaba una representación imaginaria de la nobleza que la vinculase a los hacedores de delitos comunes, y la cultura campesina y popular, de manera más inconsciente que consciente, exagerando datos reales, la reconstruye al instante.

 

            Se trata de una reconstrucción, de una representación social, porque los datos concretos son locales, y la dominación contestada es, en 1789 y en todas las grandes revueltas medievales y modernas, de ámbito supra local. La mentalidad irmandiña extiende en 1467 a todas las fortalezas, y a todos los “señores, caballeros y prelados del reino de Galicia”, la función malhechora atribuida localmente a determinadas fortalezas y señores (en un número elevado, ciertamente).  La mentalidad comunera consigue en 1520 el efecto agraviante abultando la subida de impuestos aprobada verdaderamente en las Cortes. Finalmente, la mentalidad revolucionaria funda la nación moderna en Francia con un imaginario antifeudal resultado de la amplificación y, además, de la convergencia, desde el campo y desde la ciudad, de algunos hechos contrastados de la llegada a provincias de los facinerosos echados de París, con el ambiente conspirativo y contrarrevolucionario que rodeaba la nobleza derrotada, mucho más impotente para actuar de lo que imaginaban sus adversarios. En todos los casos, vemos que la transmisión oral es decisiva y explica el efecto “bola de nieve”: ¿no es propio de la tradición oral la continua alteración, y frecuente exageración, del mensaje mezclando elementos reales con imaginarios? Los medios de comunicación audiovisuales de hoy hacen más fácil e instantánea esta comunicación, y también la manipulación. Es el ejemplo de la escena de televisión mostrando falsos cadáveres de ciudadanos masacrados en Timisoara que expandió y multiplicó el sentimiento de agravio, nacional e internacional, contra el régimen de Ceausescu, impulsando decisivamente la revolución democrática en Rumania en 1989.

 

¿Por qué se ocultó la “primera instancia”? 

 

            Volviendo a las paradigmáticas revueltas medievales, nos encontramos, en la historiografía social de los años 60 y 70, planteamientos latentes que impidieron ver el papel primordial de la “primera instancia” en el desencadenamiento de estos acontecimientos capitales.

 

            En primer lugar, la “teoría conspirativa de la historia” que, si bien se corresponde con una historiografía tradicional, resistente a la renovación historiográfica de esos años, tuvo cierta continuidad entre los nuevos historiadores sociales. En general, la pertenencia al medio académico, parte esencial de la cultura de elite, ¿no dificulta objetiva y subjetivamente la comprensión de la creatividad y espontaneidad histórica de la cultura popular? Salvo, naturalmente, aquellas disciplinas y científicos sociales más vinculados al trabajo de campo. Enfoques historiográficos más recientes crean condiciones para superar esta visión jerárquica, “desde arriba”, en el campo de la historia: historia de las mentalidades, historia “desde abajo”, historia oral, antropología histórica, nueva historia cultural, microhistoria.

 

            Un buen ejemplo es la interpretación de Mollat y Wolff de la revuelta urbana de Saint-Malo, en la Bretaña francesa, en el año 1308: “la sedición de Saint-Malo  se desarrolló según un esquema clásico: conjuración, desórdenes, elección de un alcalde y jurados, realización de asambleas”[31].  No es cierto que éste sea un esquema de aplicación general: en la mayor parte de las revueltas sociales pre-contemporáneas el grupo que dirige no existe como tal antes del estallido,  se constituye conforme el movimiento avanza,. Por lo demás, la relación entre el grupo de “dirige”  y la gente que “sigue” es generalmente compleja. Aún en el caso más contemporáneo de un levantamiento planificado previamente por una minoría ilustrada, el estado de ánimo y las motivaciones justicieras[32] de la masa de la población que participa, arriesgando la vida, es lo decisivo[33].

 

            La interpretación más conservadora de las revueltas medievales defiende su carácter asimismo conservador, incluso reaccionario, en base precisamente a su carácter originariamente justiciero y no puramente antiseñorial. Para una mentalidad tradicional no es fácil entender que el criterio de lo que es justo pase de las clases dirigentes a las clases populares. Y tampoco para un marxista tradicional es aceptable que la ética, aun colectiva, decida si una revuelta tiene lugar o no en determinado momento y lugar. De ahí la caracterización de las jacqueries medievales como movimientos efímeros, por emocionales y  violentos, y, en último extremo, conservadores, porque no “cuestionan” las bases estructurales de la economía y la sociedad. Con lo cual estamos en total desacuerdo.

 

            Guy Fourquin defendió, en 1972, que los levantamientos medievales “no ponen en tela de juicio la sociedad y sus fundamentos”, que no querían una “transformación social completa”, que estallan cuando “se ve de pronto como algo se hace inaceptable, insoportable”. Imaginario justiciero debido al cual los protagonistas “se convertían en sublevados, no en revolucionarios”[34].  Aquí hay dos problemas de fondo que invalidan, en nuestra opinión, dicha interpretación: la minusvaloración tanto de las causas primeras como de las consecuencias últimas de las revueltas, del uso alternativo de la justicia por parte de campesinos y artesanos como de los efectos políticos y económicos de la ruptura violenta y generalizada del consenso social. La justicia es un fundamento clave de la sociedad, el sentimiento colectivo de agravio y sus consecuencias subvierten frontalmente el orden social y, obviamente, los sublevados medievales pretendían transformaciones sociales, no las mismas, ni del mismo modo, que los revolucionarios liberales del siglo XIX o los revolucionarios marxistas del siglo XX, pero asimismo completas y radicales, y, además, consiguieron no pocos éxitos. La transición de la Edad Media a la Edad Moderna, del feudalismo medieval de la caballería al feudalismo moderno de la nobleza cortesana, hace desaparecer gran parte de las reivindicaciones de las revueltas medievales, que el historiador social de hace dos o tres décadas, prisionero de categorías conceptuales como los “cinco estadios” (comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo y socialismo), tenía dificultades para comprender en su contexto histórico, entre otras cosas porque no se planteaba oír a sus protagonistas por temor a caer en el “psicologismo”, el “idealismo” y el “humanismo”.

 

            La defensa de la costumbre por parte de los rebeldes campesinos en bastantes ocasiones es lo que hace afirmar, interesadamente, a Fourquin que eran “reaccionarios’, porque tenían la vista puesta en el pasado, en la vuelta a un estado antiguo, considerado como menos difícil, soportable[35]. Hilton mismo denomina a esta defensa de la costumbre por parte de los campesinos en algunos conflictos[36] como una  “perspectiva aparentemente conservadora”[37], cuando en realidad era profundamente subversiva en su contexto, intencionalidad y consecuencias. Si, manteniendo la costumbre, la presión señorial se hacía “soportable”, ello quiere decir que los campesinos ganaban y los señores perdían, ¿dónde está entonces el conservadurismo?

 

            El derecho consuetudinario es una forma de resistencia de la cultura popular a la cultura savante en los tiempos modernos y contemporáneos. Pero en la Edad Media es más que eso: la costumbre constituye la base principal del derecho y  un obstáculo enorme para la implantación “desde arriba” del derecho escrito y común, romano y canónico, lo que sólo ocurrirá de una manera efectiva en el Antiguo Régimen. Cuando los señores feudales enfrentan en la Baja Edad Media su crisis de ingresos agravando las condiciones de trabajo y existencia de los campesinos, fracturan unilateralmente el pacto feudal, institucionalizado en usos y costumbres. Lo “conservador” sería aquí alinearse con la ofensiva señorial que va contra la costumbre, esto es, del derecho, cayendo en lugares como Galicia en el bandolerismo. El fallo básico que lleva a esta confusión es la aplicación anacrónica, sin considerar la especificidad del contexto, de la antinomia contemporánea conservador/progresista.

 

            La cuestión no es dilucidar para analizar conflictos y revueltas lo que es o no derecho consuetudinario, tema sujeto a cambios en la Baja Edad Media, sino lo que es o no simplemente justo, según los participantes en los levantamientos, que unas veces se oponen a una “nueva costumbre” que intenta forzar el señor, y otras veces demandan el fin de la costumbre antigua calificada ahora de agraviante, verbigracia el derecho de pernada (ius primae noctis) y otros “malos usos” impugnados ejemplarmente por el sindicatos de los campesinos catalanes en la segunda mitad del siglo XV.

 

            La incomprensión de las revueltas medievales, de sus causas y de sus efectos, en la historiografía de los 60 y 70 remiten, por último, al desinterés de los “nuevos historiadores” por los acontecimientos como factores de cambio histórico. La vinculación del acontecimiento en historia social a la coyuntura, a lo episódico, a la mentalidad, condenaba las revueltas sociales a la marginalidad de una historia entendida, por aquellos tiempos, desde unos enfoques estructuralistas, economicista y objetivistas, que nos obligan hoy a una lectura más compleja de sus causas, sus desarrollos y sus consecuencias.

 

Uso alternativo del derecho 

 

            Siendo la justicia un valor dominante en la mentalidad, la política, la sociedad y la economía medievales, ¿cómo puede ser utilizado por las clases dominadas para subvertir el orden? Porque la dominación social duradera está basada no sólo en la fuerza sino también en el consenso[38], sobre todo en los siglos medievales, en contra de la caricatura ampliamente difundida de una Edad Media bárbara y salvaje. El precio a pagar por la hegemonía (fuerza más consenso) de los señores en la Edad Media es, justamente, su imperiosa necesidad del consentimiento por parte de los vasallos para sostenerse económicamente, de ahí el peso de la costumbre en las relaciones sociales, que les obliga constantemente y se vuelve contra ellos en situaciones de crisis. El sociedad civil es más pactista en el medievo que en el Antiguo Régimen, cuando se desarrolla una sociedad política fuerte “por encima” de las clases, o más allá, que  en el primer capitalismo, donde la pura necesidad económica es fundamental para mantener la cohesión social. El campesino medieval, o moderno, si no paga sus tributos al señor, o al Estado, mejora sustancialmente su nivel de vida; y el trabajador asalariado si hace huelga no come. En las sociedades pre-capitalistas, con una economía de mercado inexistente o marginal, adquieren especial relevancia las relaciones de mentalidad, los modelos de comportamiento de los grupos dirigentes y las contrapartidas no materiales de éstos a las clases trabajadoras, que siempre tienen la opción legal de negar rentas y servicios si consideran que no obtienen sus contrapartidas de justicia, protección o mediación con el más allá. Claro que, una vez desaparecido el consenso, sólo queda el uso de la fuerza por ambas partes para hacerse valer, para transitar hacia un nuevo pacto social, que, a finales del siglo XV y principios del siglo XVI, sólo puede garantizar el nuevo Estado.

 

            Es decir, que si hay consenso entre señores y vasallos en la Edad Media es porque comparten valores y creencias que pueden ser utilizadas por unos contra otros cuando sobreviene la crisis de hegemonía, es decir, si falla la representación social del intercambio de derechos y deberes. El consenso es, pues, la fuerza y la debilidad de la jerarquía feudal. Las ideas hegemónicas se vuelven contra la clase dirigente -o su fracción más poderosa- cuando ésta, a juicio del resto de la sociedad, “traiciona” su deberes y, pese a ello, trata de exigir sus derechos (feudales). Nos referimos no sólo a la justicia (prolongada en las ideas de paz y seguridad), sino también a la imagen y la creencia en el Rey y en Dios. El imaginario de un Rey justiciero que apoya a los vasallos contra los nobles “traidores” es uno de los componentes más frecuentes de la mentalidad medieval de revuelta[39], y está presente inclusive, paradójicamente, en los inicios de grandes revueltas de la modernidad como las Comunidades de Castilla o la Revolución Francesa. La creencia en el apoyo divino a la causa antiseñorial es también habitual en la Edad Media, y no sólo en aquellas revueltas sociales que se desarrollan como movimientos heréticos. Utilización de las ideas dominantes contra la oligarquía dirigente que gira casi siempre alrededor de la gran dicotomía justo / injusto. La imagen de la justicia de la revuelta vertebra, por consiguiente, en la Edad Media el uso alternativo de los conceptos, imágenes y valores hegemónicos.

 

            El modelo caballeresco que rige, o debería regir, en la Edad Media el comportamiento de los señores feudales extiende pronto sus valores al conjunto de la sociedad. Es el caso del derecho legítimo de un agraviado a vengar violentamente su afrenta sobre el cuerpo y los bienes de quien o de quienes le han ofendido. Derecho que, en las mentalidades de la época, tienen asimismo colectivamente los familiares del agraviado, los vasallos del señor contra los enemigos de éste, los súbditos del Rey contra reinos extranjeros..., y que el sentido comunitario de campesinos y artesanos aplica una y otra vez a las relaciones entre señores y vasallos. Por su carácter fundacional, el pacto feudal entre el señor y sus vasallos trabajadores es fundamental para la buena marcha de la sociedad y la economía feudal. Si falla gravemente este consenso entre caballeros y campesinos el sistema se hunde, al menos momentáneamente. Por eso es tan importante el sentimiento de agravio y la mentalidad justiciera como parte primordial de las causas y de las consecuencias de las revueltas medievales y modernas.

 

            Con todo, la violencia desnuda, sea de los señores sea de los vasallos, no tiene capacidad para conservar la cohesión social, aunque puede sentar las bases de una reestructuración de las mentalidades, del poder y de las relaciones económico-sociales, que no dudamos en calificar de revolución -aunque no se adapte al esquema dogmático de los cinco estadios- en el caso de la transición de la Edad Media y la Edad Moderna bajo la impulso de las revueltas y las guerras sociales que tuvieron lugar desde finales del siglo XIV hasta comienzos del siglo XVI.

 

            La constitución del Estado moderno, ¿no es una revolución política? El humanismo y el Renacimiento, ¿no son una revolución intelectual? La reforma y la contrarreforma, ¿no son una revolución religiosa?

 

            ¿Pueden producirse estas revoluciones en la “superestructura” permaneciendo esencialmente incólume la “infraestructura” económica y social?

 

            La desaparición de la caballería señorial y de las fortalezas medievales[40], elementos constituyentes en origen de la mutación feudal del año 1000, ¿no anuncian un cambio radical de las relaciones sociales y de mentalidad entre las clases y estamentos principales de la sociedad medieval?

 

            No hay mejor síntoma, causa y consecuencia, de la “transformación social completa” que tienen lugar entre los siglos XV y XVI que las revueltas populares bajomedievales y altomodernas. Urge una nueva historiografía social que aborde su estudio desde la “primera instancia” mental hasta la “última instancia” económica, con renovados enfoques globales que nos permitan superar las limitaciones teóricas, historiográficas y metodológicas de la vieja-nueva historia social, y avanzar hacia un nuevo paradigma de la historia que no haga tabla rasa de nuestro pasado historiográfico más reciente.

 

 



NOTAS


N* Ponencia presentada en la International Conference “Justice / Violence / Hegemony”, organizada por The Berlin Institute of Critical Theory y la Freien Universität Berlin el 1-4 de junio de 2000. 

[1] E. P. THOMPSON, The poverty of theory and other essays, Londres, 1978.

[2] Carlos BARROS, “El retorno del sujeto social en la historiografía española”, Estado, protesta y movimientos sociales, Zarautz, 1998, pp. 191-214;  “Spanisch Historiography”, Swiat historii, Poznan, 1998, pp. 35-62.

[3] La intervención de “vanguardias” organizadas, sobre todo en el siglo XX, altera en cierta medida lo dicho pero no totalmente: los grupos organizados condicionan sus decisiones al estado de  ánimo colectivo, del cual depende el éxito o fracaso de la revuelta, y, a menudo, su propia realización.

[4]  Carlos BARROS, Mentalidad justiciera de los irmandiños, siglo XV, Madrid, 1990 (Vigo, 1988). 

[5] Carlos BARROS, "Vivir sin señores. La conciencia antiseñorial en la Baja Edad Media gallega", Señorío y feudalismo en la Península Ibérica, IV, Zaragoza,  1993, pp. 11-49

[6] Por ejemplo, el peaje en el puente de La Rocha (Santiago de Compostela).

[7] Carlos BARROS, "Vasallos y señores: uso alternativo del poder de la justicia en la Galicia bajomedieval", Arqueologia do Estado. Iª Jornadas sobre formas de organiçâo e exercício dos poderes na Europa do Sul, séculos XIII- XVIII, Lisboa, 1988, pp. 345-354.

[8] Ni siquiera en Aragón, que vivía también en esos años un endurecimiento de las condiciones de dependencia de la clase servil, Esteban SARASA, Sociedad y conflictos sociales en Aragón. Siglos XIII-XV. Estructuras de poder y conflictos de clase, Madrid, 1981, p. 175.

[9] Rodney HILTON, Siervos liberados. Los movimientos campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381, Madrid, 1984, (1ª ed. ing., 1973), p. 49.

[10] Siervos liberados, pp. 149-150.

[11] Guy FOURQUIN, Los movimientos populares de la Edad Media, Madrid, 1973, pp. 222-223.

[12] En 1431, la primera revuelta organizada como hermandad en Galicia, también la monarquía tomó partido por los señores contra los campesinos rebeldes.

[13] Siervos liberados, p. 150.

[14] Ídem, pp. 180 ss.

[15] Por ejemplo, los rebeldes  cátaros que negaban el diezmo a la Iglesia por el comportamiento inmoral de los clérigos católicos.

[16] Véanse referencias a las revueltas francesas de los siglos XVI-XVII en Hugues NEVEUX, Les révoltes paysannes enEurope, XIVe-XVIIe siècle, París, 1997.

[17] Joseph PEREZ, La revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521), Madrid, 1977, p. 163

[18] Ídem, pp. 163-164.

[19] Stephen HALICZER, Los comuneros de Castilla. La forja de una revolución, 1475-1521, Valladolid, 1987, p. 203.

[20] Idem, p. 205

[21] Idem, p. 206.

[22] Idem, pp. 210 ss

[23] Idem, pp. 225-226

[24] José Antonio MARAVALL. Las Comunidades de Castilla, Madrid, 1979. 

[25] Juan Ignacio GUTIÉRREZ NIETO, Las comunidades como movimiento antiseñorial.  Barcelona, 1973.

[26] Ídem, p. 232.

[27] Georges LEFEBVRE, El gran pánico de 1789. La Revolución Francesa y los campesinos, Barcelona, 1986, p. 293.

[28]  Ídem, p. 57.  

[29] Véase E. P. THOMPSON, "La «economía moral» de la multitud en la Inglaterra del siglo XVIII", Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial, Barcelona, 1979.

[30] Georges LEFEBVRE, El gran pánico de 1789. La Revolución Francesa y los campesinos, Barcelona, 1986, p. 194.

[31] Michel MOLLAT, y Philippe WOLFF, Uñas azules. Jacques y Ciompi. Las revoluciones populares en Europa en los siglos XIV y XV, Madrid, 1976 (1ª ed. fr., 1970), p. 47.

[32] Una variante de la visión”elitista” y  “conspirativa” de las revueltas sociales consiste en reducir su dimensión justiciera a pretexto legitimador, desconociendo su esencial función motriz.

[33] Véase si no cómo se tomó la decisión del levantamiento campesino en Chiapas el 1 de enero de 1994 en Adolfo GILLY, Sub. MARCOS, Carlo GINZBURG, Discusión sobre la historia, México, 1995, pp. 140-142.

 

[34] Guy FOURQUIN, Los movimientos populares de la Edad Media, Madrid, 1973, pp. 211-212..  

[35] Ídem, p. 212.

[36]] Rodney HILTON, Siervos liberados. Los movimientos campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381, Madrid, 1984, pp. 83, 149.

[37] Ídem, p. 155.

[38]  Carlos BARROS, "Vivir sin señores. La conciencia antiseñorial en la Baja Edad Media gallega", Señorío y feudalismo en la Península Ibérica, IV, Zaragoza,  1993, pp. 11-49

[39] Carlos BARROS, ¡Viva El-Rei! Ensaios medievais, Vigo, 1996.

[40] Las fortalezas medievales pierden entre los siglos XV y XVI su función coactiva e imaginaria para  quedar reducidas, las que continúan en pié y habitadas,  a una función residencial y simbólica, que con el tiempo también desaparecerá.

 

 

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* PONENCIA PRESENTADA en la International Conference “Justice / Violence / Hegemony”, organizada por The Berlin Institute of Critical Theory y la Freien Universität Berlin el 1-4 de junio de 2000.
**Publicada en http://www.cbarros.com/


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EL AUTOR

 
Carlos Barros es profesor titular de Historia Medieval de la Universidad de Santiago de Compostela y coordinador de la red académica internacional Historia a Debate (www.h-debate.com).

Como autor ha publicado:

* Mentalidad y revuelta en la Galicia irmandiña: favorables y contrarios,Universidad de Santiago de Compostela, Tesis doctoral en microficha, 1989.
* Mentalidad justiciera de los irmandiños, siglo XV, Madrid, Ed. Siglo XXI, 1990.
* ¡Viva el-Rei! Ensaios medievais, Vigo, Edicións Xerais, 1996
* Historiografía fin de siglo, Santiago, Ed. Tórculo, 1996

Como organizador de Congresos y editor de sus Actas figura en:

Congreso Internacional "Judíos y Conversos en la Historia" (Ribadavia, octubre de 1991) (3 vol., 1993)
I Congreso Internacional Historia a Debate (Santiago, julio de 1993) (6 vol., 1995-1996)
II Congreso Internacional Historia a Debate (Santiago, julio de 1999) (3 vol., 2000)

Investigador Principal de los proyectos de investigación Encuesta Internacional "El estado de la historia" (1996-1998) y "El cambio de paradigmas historiográficos" (1999-2001) , con historiadores de las universidades de Zaragoza, Cádiz, País Vasco, La Laguna, Las Palmas de Gran Canaria y Murcia.

Estancias de investigación y conferencias: Centro de Estudios Históricos (CSIC, Madrid), École des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto José María Luis Mora (méxico), Universidad de Cagliari, Universidad de Klaguenfurt, Universidad de La Habana, Universidad Autónoma de Chiapas, Universidad de Buenos Aires, Universidad de Rosario, Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca), Universidad de la República (Montevideo), l=Université Catholique Louvain-la-Neuve, The Berlin Institute of Critical Theory (INKRIT)-Freien Universität Berlin, Università degli Studi di Parma, University of Rutgers, (Newark, New Jersey), Universidades del Mar del Plata, Torcuato di Tella y Autónoma de Entre Ríos de la República Argentina, Universidades Ricardo Palma y San Marcos de Lima (Perú).

Publicaciones académicas (incluyendo reediciones y traducciones):
* 27 contribuciones a monografías colectivas entre 1985 y 2003.
* 55 artículos en revistas científicas entre 1990 y 2003
* 88 conferencias y seminarios sobre historia medieval, metodología histórica e historiografía impartidos en diversas universidades españolas y extranjeras entre 1989 y 2003.

Investigador Principal de los proyectos de investigación Encuesta Internacional “El estado de la historia” (1996-1998) y “El cambio de paradigmas historiográficos” (1999-2001), con historiadores de las universidades de Zaragoza, Cádiz, País Vasco, La Laguna, Las Palmas de Gran Canaria y Murcia.

EL BALDUQUE (Sección Apócrifa)

EL BALDUQUE (Sección Apócrifa)

Lula

Dentro de mi frenética actividad en la promoción de la Sociedad de la Información, con una tendencia antinatural a digitalizarlo todo, siempre me han sorprendido los Expedientes Administrativos, archivados en sus carpetas de cartón verde oscuro y atados y bien atados con balduque -para el que no esté familiarizado con la Administración, aclararé que es una cinta de tela roja con la que se hace un lacito para cerrar la carpeta que contiene el expediente-. Este nombre me pareció tan sugerente que lo entregué a la iniciativa la palabra del día[i] para buscar su etimología. Y resultó provenir de Bois-le-Duc, que es la traducción al francés de Hertogenbosch[ii] , ciudad holandesa donde se tejían estas cintas. Una vez conocido el dato y ajustándome más a mi intuición femenina que al rigor histórico, paso a describir el origen de esta cinta carmesí.

El origen del balduque data de cuando reinaba Felipe II -en cuyos dominios no se ponía el sol-, el cual inició el esplendor de la actividad funcionarial al anotar escrupulosamente todas sus decisiones de gobierno, lo que dio lugar a la intocable casta de los funcionarios, vigente hasta nuestros días. Por ello nunca he comprendido por qué es más popular el Sr. Moscoso que este monarca, que debiera ser patrón y luz de todo funcionario que se precie de conocer la Historia.

Nuestro monarca -no en vano llamado El Prudente- se tomaba su tiempo en adoptar resoluciones, que a veces tardaban varios lustros en ver la luz. Pero las idas y venidas hasta que esa luz llegaba eran escrupulosamente anotadas por los muchos y muy aplicados escribientes; de esta manera, los expedientes empezaron a adquirir un volumen inmanejable por lo que se hacía necesario archivarlos entre cartones y atarlos con una cinta. Naturalmente, este hecho disparó la demanda de cintas, por lo que se convocó un Concurso Administrativo para proveer material burocrático. Una vez examinadas las distintas plicas, resultó agraciada la ciudad de Hertogenbosch que ofertó una cinta roja, arriesgándose con tan atrevido color ya que de todos era conocido el gusto del monarca por la sobriedad del negro. Con esta concesión, se dio lugar a un nuevo monopolio dentro de un mercado global como era en aquel momento el Imperio Español[iii] . Mucho se habló en la corte de si el secretario del rey, Antonio Pérez, se había hecho una casita[iv](4) con cierta comisión por interceder a favor de los flamencos. Finalmente, duró tanto la concesión o fueron de tanta calidad estas cintas que adquirieron el nombre de la localidad de la que procedían, pero en su acepción francesa que queda como más elegante. Ni que decir tiene que el nombre se mantiene hasta nuestros días.

Hasta la fecha los informáticos no hemos sido capaces de digitalizar el balduque. Lo más parecido es la función de abrir y cerrar fichero, pero se tiene que perfeccionar más. Por eso, cuando vayáis a cualquier ventanilla de la Administración a solicitar un expediente, exigid que esté debidamente archivado en una carpeta verde oscuro y atado con una hermosa cinta roja de balduque.

Si no es así, rechazadlo por apócrifo.
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NOTAS
[i] La palabra del día fue una iniciativa culta y cuajada de humor que consistía en encontrar palabras de poco uso, buscar su significado y aplicarlo a un hecho cotidiano mediante una cultísima y barroca frase. Esta actividad era, más que digna de elogio, encomiable, ya que estaba encuadrada en un ambiente eminentemente técnico de ingenieros un poco rudos en cuestión de Humanidades. Pero como siempre hay excepciones, algunos gozaban de una prosa digna del Siglo de Oro.



[ii] En esta ciudad nació, vivió y murió uno de los pintores más grandes de todos los tiempos: El Bosco. Las malas lenguas dicen que nunca salió de esta urbe ni para ir a Amberes, que queda bastante cerca.



[iii] Como se puede observar, se confiaba más en el monopolio que en la libre incompetencia. Perdón, competencia.

[iv] La Casa de Antonio Pérez estaba situada en la calle Santa Isabel, detrás del antiguo hospital de San Carlos, actual sede del Colegio de Médicos de Madrid.
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Este artículo ha sido publicado por lula en: http://www.infonegocio.com/seccionfemenina/html/elbalduque.htm
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LA AUTORA
Lula es licenciada en informática y actual doctoranda de la misma disciplina. Buscarle las cosquillas a la Historia es vocacional.

REALES CARTAS EJECUTORIAS DEL ARCHIVO DE LA REAL CHANCILLERÍA DE VALLADOLID. Fuentes para la historia

REALES CARTAS EJECUTORIAS DEL ARCHIVO DE LA REAL CHANCILLERÍA DE VALLADOLID. Fuentes para la historia

 

María Inés Martínez Guerra

          Universidad de Valladolid

 

 

 Las cartas ejecutorias de la Chancillería de Valladolid en el siglo XV. Los conflictos judiciales en la sociedad bajomedieval castellana

El presente artículo es un resumen de una parte fundamental de mi tesis doctoral, en la que se aborda, como parte sustancial de la misma, la catalogación de las cartas ejecutorias entre 1491 y 1494. Una tarea cargada de subjetivismo, es obligado decirlo, puesto que un catálogo no describe grupos documentales completos (y al decir completos me refiero a la totalidad de los documentos resultantes de una actividad o de una función) sino sólo la parte de ellos que al encargado de la descripción le interesa, por razones gráficas, materiales o cronológicas, como es el caso. Pero aun así, los documentos que se describen precisan, para entenderse, ser vinculados al productor. Por tal razón, y para una mejor comprensión de los resultados del trabajo, expongo brevemente los aspectos que entiendo son esenciales, comenzando por las referencias a la Audiencia y sus orígenes que permite exponer el nuevo modo de resolver los negocios jurídicos iniciado el siglo XV, a lo cual siguen unas notas sobre el registro y la carta ejecutoria, como manifestación fidedigna del ejercicio de la justicia y la preservación su memoria. Y, por fin, concluyo con cierta muestra de los asuntos motivo de litigio, que suponen una vía inestimable para la interpretación social en las postrimerías del Medievo, período de transición ya con un pie en la Edad Moderna, a través de sus conflictos judiciales.


 

(Un resumen del presente artículo se publicó en este sito en 2005, con el título de REALES CARTAS EJECUTORIAS DEL ARCHIVO DE LA REAL CHANCILLERÍA DE VALLADOLID. Fuentes para la historia. El texto ampliado que aquí figura subió a la red el 09-02-2012 retitulado como figura en el inicio)

 

Contenido

Origen y composición de la audiencia

El registro de las cartas ejecutorias y las cartas ejecutorias 

Regesto y estructura formal de las cartas ejecutorias 

Temática de las ejecutorias 

Índice de términos y onomástico 

Origen y composición de la audiencia

En los siglos alto y pleno medievales, la administración de justicia era asunto regio. Administrar era fundamentalmente impartir justicia. Y el rey, asesorado por la curia, entendía no sólo en litigios y negocios de instancias primeras, sino que proveía también las apelaciones de sentencias dadas por las justicias menores. Pero a medida que se avanza en los siglos medievales, se acrecienta la imposibilidad de impartir directamente la justicia, por lo que el soberano irá delegando esa función primordial en determinados oficiales que la ejercerán en su nombre[1].

No es fácil precisar el momento exacto en que se creó la Audiencia Real. Los trabajos del difunto Luis Vicente Díaz Martín[2], y en menor medida los del profesor David Torres Sanz, evidencian la existencia de oidores ya en el reinado de Pedro I. Y para el doctor Torres el germen de la institución puede incluso remontarse al reinado de Alfonso X creador de los alcaldes de Corte, que llevaban los pleitos que se trataban en ella en primera instancia; así como de los alcaldes de las alzadas, que sustanciaban las apelaciones pronunciadas por las justicias ordinarias del reino.

Sin embargo, será en las Cortes de Toro de 1371, cuando Enrique II, establezca la organización y competencias de la Audiencia Real. La colegialidad y el principio de mayoría serán los fundamentos que caractericen sus actuaciones. De hecho, en estas Cortes se estipuló la configuración de dos tribunales de justicia bien diferenciados: la Audiencia, integrada por oidores que actúan colegiadamente y los alcaldes de Corte, que juzgan individualmente. Eran tribunales itinerantes que seguían al rey en sus desplazamientos, celebrando sus reuniones donde se asentara la Corte.

La vinculación de la Audiencia con la Chancillería regia dio lugar a que en el reinado de Juan I, la primera tomara el nombre de Chancillería[3]. Su función iba a ser doble, por un lado era un tribunal de justicia y por otro custodiaba el sello de plomo[4] mayor, elemento de gran importancia que validaba con el conforme real los documentos. Durante el reinado de Juan I se crea, en las Cortes de Valladolid de 1385, el Consejo Real, cuya función principal sería la de gobierno. Aunque, también desempeñaba algunas funciones de justicia en su calidad de tribunal superior de la Corona, lo que limitaría de alguna manera las competencias de la Audiencia.

Los oidores, tras un período de suspensión en el reinado de Enrique III, pasarían a ocuparse de los pleitos civiles durante el reinado de Juan II, mientras que los alcaldes de Casa, Corte y Chancillería se encargaban de los criminales. Será Juan II el que fije, en las Cortes celebradas en Valladolid en 1442, la residencia definitiva de la Real Chancillería en la entonces villa del Pisuerga, donde permanecerá hasta 1834, año en que se reforma la administración de justicia y se crean las Audiencias Territoriales. Su establecimiento definitivo en la citada villa dio lugar a una diferenciación de los sellos reales y, por tanto, del registro. Un registro permaneció en la Audiencia, donde eran depositados los sellos de plomo junto a los de placa, con los que se sellaban los documentos reales; a su cargo quedaba el canciller mayor. La Audiencia tenía su propio sello de placa con el que se validaban los documentos judiciales emanados de esta institución. La Corte contaba con su registro específico. En ella permanecieron el sello de placa, propio del Consejo Real, junto con el sello de la poridad, dependientes ambos del canciller de la poridad.

Pero va a ser en el reinado de los Reyes Católicos[5] cuando la Audiencia y Chancillería afiance su personalidad. Sus atribuciones y composición, el número de oficiales y el tiempo del desempeño del oficio, quedarían fijadas en las Ordenanzas de Córdoba de 1485, así como también se confirma su residencia en Valladolid. Al poco tiempo, en 1486, ciertos capítulos serían modificados en las Ordenanzas de Piedrahita, de la que cabe citar, y entre otras disposiciones destacadas, la que establece el modo en que se había de sentenciar. Los Católicos aún promulgarán sobre el tribunal una tercera vez en las Ordenanzas de Medina del Campo de 24 de marzo de 1489[7], que son una reproducción de las de Piedrahita, aunque con una serie de novedades administrativas entre las que se ha de apuntar la regulación de la votación de las sentencias.

 

       

 Imagen 1: Fachada principal de la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid que fue ubicada en el palacio de los Vivero. Dibujo de Ventura Pérez en su obra manuscrita Libro primero de la historia de la mui noble y mui leal ciudad de Valladolid, Recojida de Varios autores en este año de 1759. Madrid. Biblioteca Nacional. El dibujo ilustra el texto de la Historia de Valladolid, escrita por Antolínez de Burgos en el siglo XVII que recoge el autor en su obra. Se aprecia la falta del balcón central que se abrió en el siglo XVIII.  /  Imagen 2: La misma fachada en la actualidad, cuyo edificio ocupa el Archivo Histórico Provincial.

 

                                                             

Fachada y patio actual del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, en la calle Chancillería.

Hasta fin del siglo XV la Audiencia y Chancillería de Valladolid era el único tribunal de apelación de la monarquía. Le siguió la creación de la Audiencia de Galicia, por Isabel y Fernando, y a lo largo del siglo XVI la de Audiencia de Canarias y la de Grados de Sevilla. Establecieron también los Reyes Católicos, la Audiencia y Chancillería en Ciudad Real, en 1494, creación de importancia en la medida que pasaría en 1505 a Granada[8], por orden anterior de Isabel y Fernando. Las funciones de la Chancillería granadina se estipularon idénticas a las de la institución de Valladolid. Es, entonces, en 1494, el momento en que, como se dijo, la jurisdicción del alto tribunal vallisoletano se limitó al territorio de Castilla localizado al norte del río Tajo. Fecha y límite, pues, que se consideró atinado y coherente para acotar el volumen del catálogo de ejecutorias que se consideraron en la investigación expuesta. 

La Chancillería de Valladolid atendía diferentes causas, que de acuerdo a su carácter se veían en distintas Salas: las de lo Civil, de lo Criminal, de Hijosdalgo y de Vizcaya.

Salas de lo Civil, donde los pleitos civiles eran atendidos por los oidores en cuatro salas, siendo presidente de ellas un oidor cada semana. Se juzgaban en primera instancia los casos de corte: de muerte segura, mujer forzada, tregua quebrantada, casa quemada, camino quebrantado, traición “alieve”, reto o duelo “riepto”, pleito de viuda y huérfanos, contra corregidor o alcalde ordinario, y en grado de apelación las sentencias pronunciadas por las justicias inferiores. Sentencias que podían suplicarse ante estos mismos oidores en grado de revista. A su vez, estos fallos de revista podían ser suplicados “recurso de segunda suplicación” ante el Consejo Real y previo depósito del recurrente de la fianza de las “mil y quinientas doblas”[9].

Salas de lo criminal, donde los alcaldes del crimen juzgaban los pleitos criminales, en primera instancia en los casos de corte y en apelación de las demás justicias del reino[10] . Eran, además, jueces ordinarios en todo el distrito alrededor de la Chancillería de Valladolid, donde podían instruir diligencias tanto civiles como criminales.

Sala de Hijosdalgo[11], en este caso solo una sala, estaba formada por los alcaldes de los hijosdalgo y los notarios mayores, notarios de los reinos. En este tribunal se trataban los pleitos de hidalguía en primera instancia, cuya sentencia se podía apelar ante el presidente y oidores.

Sala de Vizcaya[12], en la que se veían las apelaciones del señorío y sobre la que se ha de apuntar la singularidad de que sólo había la que se alojaba en la Chancillería de Valladolid. Su jurisdicción abarcaba los casos, específicamente, de vizcaínos, tanto civiles como criminales y de hidalguía, cuya resolución era competencia del juez mayor de Vizcaya[13], viéndose sus apelaciones en las Salas de lo Civil.

Los pleitos referidos a los problemas derivados del cobro de alcabalas y otras rentas eran vistos ante los notarios de los reinos[14], a los que en primera instancia les competían los litigios iniciados por los vecinos del lugar donde residía la Chancillería y cinco leguas alrededor. De esta primera sentencia que emitían los notarios podían apelar los interesados ante los oidores de la Audiencia o ante los contadores mayores, e, igualmente, los pleitos que hubieran sido juzgados por justicias inferiores. Si los notarios confirmaban la sentencia dada en primera instancia no cabía más apelación, pero si la revocaban quedaba abierta la vía legar para apelar ante los oidores de la Audiencia.

      

Carta ejecutoria de la hidalguía de Pedro y Rodrigo de Luz, 1579/ Imagen 1: dibujo retocado de un tribunal de la Chancillería; fuente: 12 Linajes de Soria / Imagen 2: hoja completa del manuscrito en el que figura el dibujo; fuente: Web JCCM. Villalgordo del Marquesado

 El registro de las cartas ejecutorias y las cartas ejecutorias

Tradicionalmente el registro ha sido definido como un libro manuscrito en el que se copiaban los documentos expedidos por una persona o institución, a diferencia de un cartulario donde se copiaban los documentos recibidos por los destinatarios de los documentos que se copiaban en ellos. En afortunada expresión de Borja de Aguinagalde, “son los archivos de expedición frente a los de recepción que son los cartularios”[15].

En el reino de Castilla la primera normativa conocida sobre el registro se dio en el reinado de Alfonso X el Sabio, en Las Partidas. En la ley 8 del título 19 de la Partida III se define el registro y a los registradores: al primero como un libro para copiar las cartas y privilegios fielmente, a los segundos como los escribas que copian dichas cartas en los registros.

La preocupación de los monarcas[16] para que ningún documento fuera sellado sin antes ser registrado, así como por evitar el excesivo cobro de derechos por dicho registro, dio lugar a que se emitieran diferentes normas legales para su buen funcionamiento.

Sería en el reinado de los Reyes Católicos, en el capítulo veinte de las Ordenanzas de Córdoba de 1485, cuando se fijaban las obligaciones del registrador y se establecían los derechos y la manera de consultar los registros. Dicho capítulo fue reproducido en las Ordenanzas de Piedrahita de 1486, pero se omitió en las de Medina del Campo de 1489, tal vez, como propone Arribas Arranz, porque el registrador mayor trataría de percibir sus aranceles con absoluta independencia del presidente y oidores de la Audiencia, y porque el registro, junto al sello[17], eran independientes de los tribunales de justicia.

Más allá de las interpretaciones, lo cierto es que, a pesar de la reiterada prevención real, apenas se cumplieron las disposiciones sobre el registro.

La Chancillería de Valladolid expidió en el ejercicio de sus funciones tanto los documentos que generaba, producto de su organización y administración interna y de las relaciones con otras instituciones, como los resultantes del ejercicio de sus funciones judiciales, principalmente los documentos originados por los cuatro tribunales que componían la institución judicial. Documentos entre los que destaca el de la fórmula de la Real Provisión que, expedida en nombre del rey por la Chancillería, contenía la sentencia o sentencias definitivas que los correspondientes jueces pronunciaban en los respectivos pleitos. Este trámite legal es el que se conoce como cartas ejecutorias, documentos expedidos a petición de los litigantes, por lo general, cuando la sentencia era a su favor.

La carta ejecutoria va expedida en papel, formando folios en forma de cuaderno, y sallada con sello de placa. En ocasiones, a petición del interesado, se despachaba en pergamino, como era frecuente en las cartas ejecutorias libradas por los alcaldes de hijosdalgo, las hidalguías. Documentos estos, por lo general, de cuidado y preciosista formato, en los que se utilizaba la escritura llamada excelente gótica redonda y eran validados con sello de plomo pendiente.

Cartas ejecutorias originales se conservan muy pocas. En el Archivo de la Chancillería de Valladolid se guardan algunas que llegaron como pruebas aportadas en pleitos posteriores y que una vez finalizados no fueron recogidas por sus propietarios. Sin embargo, lo usual es que se conserven copiadas en el Registro de Ejecutorias, en el que la primera carta registrada está fechada en 1395 y las seis restantes en 1474, 1477, 1478, 1480, 1481 y 1485. Es a partir de 1486 cuando se registran las series más completas y hasta 1834, año en que desapareció el tribunal. Los registros de ejecutorias conforman en el actual Archivo de la Real Chancillería la sección del Registro de Reales Ejecutorias, con 3.931 cajas, que corresponden a 2.069 legajos. 

Los registros están escritos en folios de papel formando fascículos. La parte izquierda del folio aparece perforada, a efectos de utilizar el agujero para pasar una cuerda y atar los folios de las cartas ejecutorias y las cartas entres sí. En la parte superior de cada ejecutoria suele figurar el nombre de la persona que la solicitó y el del escribano. Las escrituras utilizadas son diversas: cortesana cursiva, procesal y humanística, si bien en lo que se refiere a la serie documental aquí expuesta la escritura es cortesana.


 

Impronta del sello de los Reyes Católicos. Fuente: María Luisa Cabanes Catalá. "Sellos de placa, monedas y signos rodados de los Reyes Católicos". Revista Bienes Culturales. IPHE, nº 4. Guadalupe y la Reina Isabel (2004) [en línea] pdf Secretaría de Estado de Cultura

 

Regesto y estructura formal de las cartas ejecutorias

Los documentos estudiados aparecen fechados por el estilo de la Natividad, o del nacimiento de Cristo, annus Nativitate Domini, que señala una de las dataciones de la era cristiana e inicia el año el 25 de diciembre, supuesta fecha del nacimiento de Cristo y antigua fiesta romana del Sol Invicto. Es por ello que en las ejecutorias, entre otros documentos, fechadas entre el 25 y 31 de diciembre, ambos incluidos, se le resta a la data cronológica un año para adaptarla al cómputo anual de la actualidad.  

La estructura formal de la carta ejecutoria es bastante uniforme y las variaciones obedecen fundamentalmente al tipo de proceso de que se trate: civil, criminal, de hijosdalgo o de Vizcaya[18]. Para ello valga como ejemplo una ejecutoria datada en agosto de 1493, cuyo regesto es el que sigue, acompañado por la transcripción de las partes formales del documento:

(Citas destacadas: en cursiva regestos de la autora; en formato normal cita de la transcripción literal de los manuscritos)

1493, agosto. Valladolid

María de Ortega demanda a Diego Hortelano, vecino de la Valladolid, por violar a su hija Francisca, menor de edad, que trabajaba a soldada para el demandado.

Sentencia de vista de los alcaldes del crimen por la que declaran culpable a Diego Hortelano. Se le condena, en su ausencia y declarado en rebeldía, a la pena del "desprez"[19] y y a morir en la picota. También, a perder todos sus bienes que serán entregados como dote a Francisca y al pago de las costas.

Sentencia de revista que confirma la dada en vista. No se hace condenación de costas.

ARChVa., Reales Ejecutorias, caja 58–12 (Archivo de la Real Chancillería de

Valladolid, en adelante ARChVa.)

Comienza la carta ejecutoria con la Intitulación, limitada al nombre de los Reyes, seguido de un etcétera. “Don Fernando e doña Ysabel, etcétera”. No aparece la fórmula de derecho divino “por la gracia de Dios”, ni se menciona los reinos, señoríos y propiedades de la Corona, porque son sustituidos por el etcétera.

Dirección: informa del tribunal que sentenció el pleito, en general, los alcaldes del crimen y los oficiales con cargos judiciales que deben hacer cumplir la sentencia. En este caso se dirige un juez determinado, el justicia mayor, y a los alcaldes del crimen de la Audiencia, así como también a las justicias de la villa de Valladolid.

…al nuestro justiçia mayor e a los allcaldes de la nuestra Casa e Corte e Chancillería, e a los corregidores e allcaldes e merinos e alguaziles de la noble villa de Valladolid… (Véase en notas, al final, normas de transcripción)

Salutación: queda reducida al normalmente usado “Salud e gracia”.

Notificación: expresada con un sencillo “Sepades”.

Exposición: es la parte esencial de la carta ejecutoria y lo que la diferencia de la Real Provisión. Contiene la relación completa del proceso. En primer lugar se hace mención de la existencia de un litigio en la Chancillería y ante qué tribunal se sustanció “…que pleyto pasó e se trató en la nuestra Corte e Chancillería ante los nuestros allcaldes della…”. Por tanto deducimos que el pleito llegó a la Audiencia en primera instancia ante los alcaldes del crimen, pues no se menciona que llegó en apelación de una justicia inferior.

Se continúa la exposición con la mención de las partes implicadas en el pleito:

…commo acusadora de la vna parte María de Ortega, asý commo madre legítyma, administradora de Francisca, su hija, e de la otra rreo acusado, Diego Hortelano, vezino de la dicha villa de Valladolid…

Le sigue el motivo y relación completa del mismo:

…el qual dicho pleyto hera sobre rrazón que la dicha María Hortega, en nombre de la dicha su fija, paresçió ante el[20] de la dicha nuestra Corte e Chancillería, e dyó vna querella e acusaçión del dicho Diego Hortelano, por la qual en efeto, entre otras cosas, dixo que teniendo ella puesta a soldada la dicha su fija con el dicho Diego Hortelano, e estando en la casa de la dicha huerta solos, diz que con poco themor de Dyos y en menospreçio de la nuestra justiçia, en vn dýa del mes de jullio del año que pasó de mill e quatrocientos e noventa e dos años, diz que por fuerça e contra voluntad de la dicha moça, la estrupara e corronpiera su virginidad estando la dicha moça fazyendo una cama. Pidyó fuese proçedido, condenado a las mayores penas çebiles e creminales que fallasemos por fuero e por derecho, las quales fuesen esecutadas en su persona e byenes, porque a él fuese pena e castigo e a otros en exemplo, e jurara en forma que la dicha acusaçión no la dava maliçiosamente, saluo por que el fecho fuera e pasara asý e por alcançar conplimiento de justicia…

Después de esta relación el licenciado Diego Martínez de Álava, alcalde de Corte y Chancillería, ordena la presentación de pruebas:

 …la qual dicha acusaçión ante el dicho allcalde dada fue mandada dar ynformaçión, e para la dicha ynformaçión mostrara ante el dicho allcalde mostrara la dicha moça la camisa, la qual estaua sangrienta en el llogar donde otros virgos suelen caher. E el dicho allcalde mandó dar su mandamiento para prender al dicho Diego Hortelano, e para que le secuestrase todos su bienes el alguazil de la dicha nuestra Corte, el qual con Pedro de Aguilera, nuestro escriuano, fueron a catar al dicho Diego Ortelano, e no lo fallaron; más antes se auía llevado todo lo más mueble de su fazienda, lo qual fue noteficado al dicho allcalde. E el dicho allcalde lo mandó apregonar, e fue apregonado por tres pregones, segúnd estilo e costumbre de la dicha nuestra Corte e Chancillería…

A continuación, en ausencia y rebeldía del dicho Diego Hortelano, los alcaldes recibieron a Francisca, hija de María de Ortega, la cual presentó sus probanzas. Entonces, concluido el pleito con esta diligencia, los alcaldes del crimen dictaron sentencia de vista contra Diego Hortelano:

…en que dixeron que fallauan que commo quier que el dicho Diego Ortelano fuera mandado prender sobre la acusaçión que  la dicha Francisca e su curador en su nombre dél dyeron por el delito e estrupo que fiziera a la dicha Francisca, menor, e el alguzil desta dicha nuestra Corte dyera fee que no lo podía fallar para lo prender, por lo qual fuera apregonado por tres pregones dados en nueve dýas por aver cometido el dicho delito dentro[21] < de la> dicha nuestra Corte e Chancillería, e le fuera acusada su rrebeldía. Por ende que por no aver venido nin paresçido en el [22] primer plazo e pregón, que lo devýan condepnar y condepnaron en la pena del desprez; e por no aver benido ni paresçido en el segundo e terçeros plazos e pregones….que lo devýan dar e dieron por fechor e perpetrador del dicho delito e estrupo… que lo devýan condepnar e condepnaron a pena de muerte natural, la qual le fuese dada en esta manera: a que en qualquier çiudad, villa o lugar destos nuestros rreynos e señorýos donde fuere fallado, e la justiçia de la tal çiudad, villa o lugar fuese rrequeryda con la carta secutorya desta su sentencia, lo prendyesen el cuerpo , e así preso lo fysiesen cabalgar en vn asno e fuese llevado por las calles acostunbradas de la çiudad, villa o lugar fasta la pycota o rrollo a donde se suelen e acostunbran fazer las dichas justiçias; e con vna soga de esparto a la garganta lo fizyesen en forcar, altos los pies del suelo, e esté allí enforcado fasta tanto que se le saliese el ánima de las carnes… E condepnáronle más a perdimiento de todos sus bienes,… e asymismo que le devýan condepnar e condepnaron en las costas derechamente fechas en el dicho pleyto por parte de la dicha Francisca, menor...

Tras la sentencia Francisca solicitaba la revocación del fallo, en razón de que el mismo no incluía la orden de que se le entregasen los bienes de Diego Hortelano, por lo menos 20.000 maravedís para su dote y casamiento. Vista la suplicación los alcaldes emiten sentencia de revista:

…que devýan declarar e declararon la sentencia definytiva por ellos en el dicho pleyto çerca de los bienes del dicho Diego Ortelano, en que todos ellos que los devýan adjudicar e adjudicaron para la dicha Francisca, menor, e para su dote e casamiento por el estupro que el dicho Diego Hortelano fiziera a la dicha Françisca, menor. E mandaron que gelos diesen e pagasen desde el dýa con la carta executorya desta su sentencia fuesen rrequerydas las personas en cuyo poder estouiesen fasta nueve dýas primeros siguientes. E por algunas cabsas e rrazones que a ello les movieron no fisyeron condenaçión de costas contra ninguna de las dichas partes…

El expositivo finaliza con una petición en la que la parte en cuyo favor se han dado las sentencias solicita la expedición de la Carta Ejecutoria, en este caso la mencionada Francisca:

 …e después de lo qual la parte de la dicha Francisca, menor, paresca menor, paresçió ante los dichos nuestros allcaldes e les pidió le mandasen dar e diesen nuestra carta esecutorya de las dichas sentencias en vista e en grado de rreuista...

Dispositivo: suele ser amplio, y en el mismo se escribe la “vista” por parte de las justicias que intervinieron en el proceso:

 E lo qual por los dichos nuestro allcaldes visto por ellos mandado dar e dieron esta nuestra carta esecutorya para vos las dichas justiçias e para cada vna de vos en la dicha rrazón...

          Sigue el “asentimiento” de los Reyes a la petición de la Carta Ejecutoria y el mandato a las justicias para que hagan cumplir y ejecutar la sentencia en ella contenida:

E nos touímoslo por bien. Porque vos mandamos a vos el dicho nuestro justiçia mayor e a vos los dichos corregidores, e alcaldes, e alguazyles, e merinos, e otras justiçias qualesquier destos nuestros rreynos e señoríos, e a cada vno e a qualquier de vos en vuestros lugares e jurediçiones que luego con esta dicha nuestra carta o con el dicho su traslado signado commo dicho es, fueredes rrequeridos por parte de la dicha Francisca, menor, veades las dichas sentencias difinitivas en vista e en grado de rreuista por los dichos nuestros allcaldes en el dicho pleyto dadas e pronunçiadas que de yuso van encorporadas. E atento el thenor e forma dellas las guardedes e cumplades, e esecutedes e fagades guardar e cumplir e esecutar e llevar apura e devyda esecuçión en todo e por todo, según que en ellas e en cada vna dellas se contiene. E contra el thenor e forma dellas, ni de alguna dellas, no vayades nin pasedes nin consintades nin pasar agora en algún tiempo que sea...

Cláusulas sancionales: en primer lugar presenta una cláusula conminatoria que supone la pérdida de la merced real y el pago de una pena monetaria:

E los unos nin los otros non fagades ni fagan ende al so pena de la mi merçed e de diez mill maravedís para la nuestra Cámara...

Data: se compone de la data cronológica, día, mes y año, y de la data geográfica o lugar de expedición del documento judicial.

La carta finaliza con la Validación, que contiene las firmas de los jueces que intervinieron en el proceso, en este caso los alcaldes del crimen.

A continuación, el escribano encargado de redactar la Ejecutoria acudía con el original y una copia al registro situado en la Chancillería; ambos documentos eran cotejados por el registrador, quien entregaba el original al interesado, y registraba la copia, que de esa manera quedaba en el Archivo. En el registro se anotaba que ésta había sido registrada, junto con la firma completa y rúbrica del registrador.

En el registro de la Carta Ejecutoria no aparece la mención del sello, aunque sí se han encontrado en algunas originales: si van expedidas en pergamino se anota: “sellada con nuestro sello de plomo pendiente en filos de seda a colores”; si era expedida en papel con sello de placa aparece ocasionalmente la expresión: “sellada con nuestro sello”.

Las cartas ejecutorias, y con ello concluyo, no sólo permiten el estudio de los pleitos desde el punto de vista judicial y el funcionamiento de los tribunales de justicia, sino que nos ayudan a conocer la forma de vida y de pensamiento de la sociedad castellana bajomedieval; en definitiva, conocer los tipos de personas que pleiteaban y las causas más usuales de litigio.

Temática de las ejecutorias

La gran cantidad de cartas ejecutorias expedidas en estos cuatro años revalida la afirmación, hecha en su día por Kagan[23] y Gabriel de Monterroso y Alvarado[24], de que la sociedad castellana de la Baja Edad Media era una sociedad pleiteadora. Más aun si tenemos en cuenta lo gravoso que resultaba cualquiera de los procesos de la justicia, aunque, a pesar de ello, al tribunal superior de la Chancillería acudían tanto pleiteantes pudientes y poderosos como otros del común con menos recursos económicos. En este caso la justicia real facilitaba la asistencia de un abogado y un procurador de los pobres que prestaban sus servicios gratuitamente a estos litigantes.

El individuo agraviado iniciaba el pleito, confiando en la objetividad de los jueces, en prosecución de una sentencia justa o, en la medida de lo posible, lo más favorable a su causa. Sin embargo, en la sociedad bajomedieval, con su estructura estamental excluyente, cerrada y jerarquizada, la justicia no era igual para todos. Pues, en efecto, los grupos sociales privilegiados, la nobleza en sus diversos niveles y el clero, gozaban de una justicia privativa que los exoneraba de muchas penas sólo aplicables al estado llano. En consecuencia las penas a las que eran condenados los individuos que eran hallados culpables del delito imputado resultaban diferentes si eran nobles o plebeyos.

La tramitación de los pleitos comenzaba con la interposición de la demanda por una de las partes, representada por un procurador, ante uno de los escribanos de la Audiencia. Los escribanos presentaban las nuevas causas ante el presidente y oidores, y estos se encargaban de distribuirlas por juzgados. Una vez admitida la demanda era comunicada a la parte contraria, estableciéndose un período de plazos para que ambas partes presentaran pruebas tanto documentales como de testificales. Si los pleitos llegaban en apelación se otorgaba una Real Provisión de emplazamiento, para que los procesos fueran trasladados a la Chancillería desde el lugar donde se hubiera dictado la sentencia primera. Finalizado el período de pruebas, el pleito era ordenado por el escribano de la causa y llevado ante el presidente y oidores, quienes lo transferían al relator.

Después de oída la relación por los oidores, el pleito quedaba resuelto, listo para dictar sentencia. Se emitía una primera sentencia, de vista, la que se podía apelar ante los oidores dentro de los veinte días siguientes a su pronunciamiento. En este caso se dictaba la sentencia de revista que confirmaba o revocar la sentencia dada en vista (esta sentencia requería tanto la presencia como la firma del presidente). El proceso quedaba fenecido, terminado, cuando se expide la carta ejecutoria, documento que, en lo esencial, recoge la sentencia definitiva y un resumen del pleito. En algunas ocasiones, aunque el pleito estuviera sentenciado definitivamente se dilataba su ejecución y, pendiente de la Carta Ejecutoria o de algún otro trámite, terminaba en la categoría de olvidado o depositado,

Los motivos de litigio y por ende las materias de las cartas ejecutorias son muy diversos y no es factible tratarlos todos en el espacio de un artículo. No obstante, cabe el apunte de las temáticas judiciales más destacadas que se expone a continuación con algunos ejemplos.

Las deudas. En estas demandas por el impago de un dinero comprometido entre partes, lo usual era la reclamación al deudor del pago o, en su defecto, el embargo de sus bienes por el valor de la deuda. El impago de préstamos monetarios fue una de las razones más usuales por la que se pudo iniciar un pleito, pero, también, por deudas de mercancías acudieron los mercaderes a la Chancillería, por el impago de materias primas como el hierro, el fletamento de barcos o el impago de salarios por servicios prestados.

 1491, julio, 26. Valladolid

Francisco de San Esteban, procurador del provincial de la Orden de Santa María de la Merced, demanda a Bernardino de Lezcano y sus hermanos, hijos de Juan de Lezcano, difunto, por impago del préstamo realizado por fray Miguel de Aguirre, comendador de Burceña, quien en nombre de la Orden de Santa María de la Merced había entregado a Leonor de Zúñiga, viuda de Juan Lezcano y madre de los demandados, difunta, veinte florines de oro, cien doblas de oro castellanas y veinticuatro mil maravedís.

Sentencia de vista condenando a Bernardino de Lezcano y sus hermanos, "en su ausencia y rebeldía", a pagar lo adeudado por Leonor de Zúñiga con sus bienes raíces, según la ley de Alcalá. Se condena a los demandados al pago de costas que ascienden a 2.000 maravedís.

ARChVa, Reales Ejecutorias, caja 38–17

A la Chancillería llegaron un destacado número de pleitos sobre términos. Los límites entre las ciudades, pero sobre todo villas y lugares no estaban muy bien determinados o se alteraban con el paso del tiempo, lo que provocaba desavenencias entre los vecinos por la primacía de los derechos del agua, pastos, aprovechamiento de montes, etc. También encontramos la ocupación ilegal de términos pertenecientes a la Corona.

1491, febrero, 10. Valladolid

Fernando Gómez de Ágreda, procurador fiscal en la Chancillería de Valladolid, en nombre de los vecinos de Villangómez (Burgos), acusa a Alfonso Barahona, vecino de la ciudad de Burgos, de hacerse llamar señor de Villangómez sin corresponderle tal titulación por ser dicho término behetría de mar a mar y pertenecer a la Corona, así como por causar daños y perjuicios a los vecinos en lo que tomó de frutos y rentas.

Sentencia de vista declarando a la villa de Villangómez behetría de la Corona y orden a Alfonso Barahona de que no vuelva a intitularse señor de dicha villa. No se hace condenación de costas.

Sentencia de revista que confirma la dada en la de vista. No obstante, se absuelve a Alfonso de Barahona del mandamiento de restituir los frutos y rentas tomados a los vecinos de Villangómez. Asimimo, se reafirma su legítima posesión sobre las heredades de las que es titular en la villa. No se hace condenación de costas.

Se adjunta:

 ― Cláusula del libro del Becerro de Behetrías, donde se dice que la villa de Villangómez es lugar de behetría de la Corona. Presentada el 25 de enero de 1490, en la villa de Valladolid.

ARChVa, Reales Ejecutorias, caja 34–31

       Igual porcentaje representan las querellas sobre bienes varios. Así, se pueden señalar los pleitos motivados por las disputas sobre la propiedad de casas u otros bienes inmuebles, por secuestro de ganado o por las peticiones de devolución de bienes embargados y subastados.

1493, febrero, 8. Valladolid

El bachiller Alonso Pérez de Miranda, vecino de la villa de Miranda de Ebro (Burgos), acusa a Juan Sánchez de Puelles, vecino de la misma, y a Juan Díaz de Guivela, alcalde de la villa, de agresión y toma de bienes de su casa, situada en dicha localidad.

El alcalde alega en su defensa haber entrado en la casa del bachiller en busca de un malhechor.

Sentencia de vista de los alcaldes del crimen por la que se absuelve al alcalde y a Juan Sánchez de Puelles de la demanda. Se condena al demanddante, bachiller Alonso Pérez de Miranda, al pago de las costas que ascienden a 2.400 maravedís.

ARChVa., Reales Ejecutorias, caja 52–24

         Otros son los casos de herencia, que solventados en pleito enfrentaban a hermanos en disputa por las herencias de los padres, o a los hijos con sus padres, cuando los primeros reclamaban la parte de la herencia que les correspondía de alguno de los progenitores fallecidos al que sobrevivía. Herencias estas que, en bastantes ocasiones, gozaban ilícitamente el viudo o la viuda en perjuicio de sus hijos y herederos legítimos. En este mismo orden de reclamación de herencias, se registran muchos pleitos por la demanda de los huérfanos, al alcanzar la mayoría de edad, de los bienes de los padres, contra los tutores que administraban sus bienes. Y otros tantos de la Iglesia reclamando la propiedad de los bienes que le eran dejados en herencia por particulares.

1494, enero, 20. Valladolid

Los hijos y herederos de Andrés Martínez Trasquilado, difunto, demandan a Sancho Martínez Trasquilado, vecino de Toledo, tenedor, testamentario y heredero de Andrés Martínez Trasquilado, por apropiación de su herencia y piden que se les den los bienes que les corresponden, con mayor razón "por ser pobres y miserables". Solicitan la entrega a cuenta de treinta mil maravedís para alimentos mientras dure el pleito.

Sentencia de vista por la que se condena a Sancho Martínez Trasquilado a entregar a los demandantes cinco mil maravedís para alimentos. No se hace condenación de costas.

ARChVa., Reales Ejecutorias, caja 64–26

Los tributos son otro argumento importante en los litigios. La mayoría de los que tratan de ello se inician por los impagos de alcabalas al recaudador y le siguen los de impago de diezmos o martiniegas, así como los provocados por la apropiación de la recaudación de los tributos por parte de algún antiguo arrendador, denunciado por su sucesor.  

1494, julio, 2. Valladolid

 Blas Nieto, Pedro Domínguez y otros consortes, vecinos de Sardón de Duero y de Traspinedo (Valladolid), demandan al concejo de Cuéllar por aumentarles el tributo de martiniega de ciertas tierras que poseen en Cuéllar, por las que pagaban cada uno de los demandantes medio real al año.

Sentencia de vista por la que se condena a los demandantes a pagar los veinte maravedís de martiniega que establece el concejo de Cuéllar, y a este a que no les cobren mayores tributos. No se hace condenación de costas.

ARChVa., Reales Ejecutorias, caja 72–2

Las demandas por delitos de sangre, o por la compensación a las familias de las víctimas, conforman una tipología específica que proporciona las claves jurídicas y las de la proyección social de estos delitos. Así, en principio, los reos condenados eran expuestos a la vergüenza pública. Un público que era convocado por el pregón que anunciaba al reo, el delito y la pena. El castigo en el mejor de los casos era el azotamiento y en el peor la pena capital. Aunque era muy frecuente que el procesado hubiera huido antes de dictarse la sentencia y, entonces, esta se emitía en ausencia del acusado que era declarado en rebeldía.

1491, junio, 24. Valladolid

Toribio de Santillana, vecino de la villa de Valladolid, acusa a Pedro de Lera, vecino de la villa de Valladolid, de matar a su prima Sancha Gutiérrez, vecina de dicha villa.

Sentencia de vista de los alcaldes del crimen condenando por homicidio a Pedro de Lera, en su ausencia y rebeldía, a la pena del "desprez" y a la de muerte, además, al pago de las costas.

ARChVa, Reales Ejecutorias, caja 38–7

          Las causas de dotes matrimoniales y arras, que eran emprendidas en la gran mayoría de los casos por mujeres viudas en defensa o reclamación de los bienes dotales que aportaron al matrimonio. También puestas a iniciativa de los maridos reclamando la dotes prometidas por las familias de sus esposas que no terminan de abonarse o, viceversa, por padres que al morir sus hijos/as solicitaban a los viudos/as la devolución de la dote que aportaron sus proles al matrimonio. Así, y a modo de ejemplo:

1492, febrero, 22. Valladolid

 Alfonso Garrido, carnicero, interpone demanda contra Pedro de Toledo, borceguinero, viudo de su hija Elvira Núñez, y contra sus fiadores: Lorenzo, borceguinero, Lope Sánchez, carretero y Francisco, tintorero; por negarse a entregarle los treinta mil maravedís y doscientos florines que entregó a su hija en dote y arras de casamiento, los que esta dejó a su padre como heredero de sus bienes en un primer testamento que hizo.

Sentencia de Diego de Hita, alcalde mayor de la ciudad de Toledo, en la que falla que el segundo testamento realizado por Elvira Núñez se realizó contra su voluntad y, por tanto, declarando valedero el primer testamento en el que se nombraba por heredero a su padre. Se condena a Pedro de Toledo y sus fiadores al pago de costas.

Sentencia de Pedro de Castilla, corregidor y justicia mayor de la ciudad de Toledo, confirmando la sentencia dada por el alcalde mayor de la ciudad de Toledo, Diego de Hita. No hace condenación de costas.

Sentencia de vista que confirma la dada en primera instancia, con condena de costas a los demandados por la cantidad de 3.044 maravedís.

ARChVa., Reales Ejecutorias, caja 43–17

Lo expuesto, como ya se dijo, es una sistematización breve de las más importantes temáticas, que no recoge un sinfín de casos heterogéneos sobre los que son factibles otras clasificaciones. Al respecto, procede una breve relación de estos motivos de litigio: denuncias por agresiones físicas, intentos de asesinato, robos, injurias verbales, que en el caso de las blasfemias o injurias contra Dios se penaban severamente; por la propiedad de beneficios eclesiásticos; las derivadas de conflictos motivados por los grupos que pretendían alcanzar el poder de una villa o un lugar; delitos de cohecho o prevaricación imputados a los oficiales con cargos de gobierno territoriales o en villas y ciudades; por los derechos de mayorazgo entre herederos o pretendientes a serlo[25]; demandas por adulterio, puestas, en la mayoría de los casos, por los maridos que denunciaban por tal delito a las esposas y sus amantes, los que eran condenados, cuando prosperaba la denuncia, a ser castigados por el esposo ultrajado, a su voluntad y criterio, o en ocasiones a la pena de muerte; por violaciones, denunciadas por padres, tutores o madres de las víctimas cuando era viudas[26], y que se resolvían,  de forma usual, con la condena a una compensación económica a la víctima o a sus progenitores, a veces concretada en que la indemnización se destinara a la dote si la mujer era soltera o viuda; denuncias de falsificación, que en el caso de ser de moneda la condena para el delincuente era la pena de muerte; pleitos derivados de los conflictos por el uso de agua, así por el derecho de riego o la construcción de molinos que perjudicaban el funcionamiento de otros situados ribera arriba; demandas por desavenencias vecinales a causa de construcciones, reparaciones de obras, utilización de caminos que atravesaban tierras particulares causando un grave perjuicio a sus dueños o incumplimiento de ordenanzas concejiles; por último, y obligado que figuren, estarían los litigios por usura.

1493, marzo, 23. Valladolid

El doctor Fernando Gómez Ágreda, procurador fiscal en la Chancillería de Valladolid, acusa a don Íñigo de Guevara, conde de Oñate, de ocupar la villa de Salinas de Léniz (Guipúzcoa), cuando es lugar que pertenece a la jurisdicción real.

Sentencia de vista por la que falla que la villa de Salinas de Léniz pertenece a la jurisdicción de la Corona. No se hace condenación de costas.

Sentencia de revista que confirma la dada en la de vista. Se ordena remitir el pleito ante el Consejo Real, para que se dicte sentencia en cuanto a la torre y fortaleza construida por el conde de Oñate en la villa de Salinas de Léniz. No se hace condenación de costas.

ARChVa., Reales Ejecutorias, caja 53–2

 


NOTAS


[1] D. Torres Sanz, La administración central Castellana en la Baja Edad Media, Universidad de Valladolid, Valladolid, 1982.

[2] L. V. Díaz Martín, Los orígenes de la Audiencia Real Castellana. Secretariado de publicaciones de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 1997.

[3] G. Marcilla Sapela, Origen y memorias de la Chancillería de Valladolid, págs. 59-63.

[4] "Sellos mayores" del monarca, unos sellos que se han identificado como los de plomo usados para sellar en pendiente los documentos en pergamino, pero también con el sello de placa, propio y exclusivo de la Audiencia y el Consejo para validad todas las cartas y provisiones que se libraran en papel. Eran, en cualquier caso, el elemento de autentificación unido al documento. El sello de plomo, también denominado bula, fue el sello característico de la cancillería pontificia. En Castilla lo utilizaron los reyes desde el último cuarto del siglo XII y algo después los de León y Aragón. Sin embargo, no se utilizaban en la cancillería navarra. Los sellos reales tienen forma circular y con una iconografía que subraya el poderío de la Monarquía, así, figuran emperadores o los reyes con todos sus atributos de majestad y no faltan los escudos reales.  Cabe distinguir, respecto a la forma generalizado de la validación en la Chancillería en siglos ya más cercanos, el sello de plomo o troquel que estampaba o dejaba su impronta en cera roja, así, cita María de la Soterraña Martín Postigo: “…con el sello de placa e cera colorada las de papel e con los de fierro acuñe el sello de plomo para las cartas e (...) mi Chanciller mayor de los sellos de plomo y cera colorada de las mis Avdiencias y Chancillerías ...”. Hay sobre el asunto abundante bibliografía especializada de la que se cita aquí tan sólo la considerada para estas breves notas: María de la Soterraña Martín Postigo. Historia del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. 1979; María Luisa Cabanes Catalá. "Sellos de placa, monedas y signos rodados de los Reyes Católicos".  Revista Bienes Culturales. IPHE, nº 4. Guadalupe y la Reina Isabel (2004) [en línea] Secretaría de Estado de Cultura http://www.mcu.es/patrimonio/docs/MC/IPHE/BienesCulturales/N4/09-Sellos_placa.pdf.Una buena entrada enciclopédica se puede encontrar en Wikipedia http://es.wikipedia.org/wiki/Sello_%28cu%C3%B1o%29

[5]Véase Mª. A. Varona García, La chancillería de Valladolid en el reinado de los Reyes Católicos.

[6]Las ordenanzas de 1485 y 1486 incluyen un capítulo referente al sello, donde se ordena al chanciller “que no sellase las provisiones escritas con mala letra y que “tuviese la cera colorada e bien adovada de guisa que no se pueda quitar el sello”. En las ordenanzas de 1489 no aparece ningún capítulo referente al sello ni al registro. Filemón Arribas, Los registros de la cancillería de Castilla, pág. 38, trató de explicar esta omisión afirmando que quizá “el chanciller mayor o el registrador mayor, a quienes por muchas razones convenía percibir sus aranceles con absoluta independencia y sin intervención del presidente y oidores de la Audiencia, haría notar que el registro unido y relacionado con el sello, era ajeno a los tribunales de justicia, y que al reformar la organización de éstos convendría separar de su reglamento lo relativo a aquellos oficios

[7] Mª S. Martín Postigo, Historia del Archivo de la Chancillería de Valladolid, pág. 10. Se conservan de las Ordenanzas de 1489 dos ejemplares manuscritos, ambos en el Archivo General de Simancas, en Diversos de Castilla, leg. 1, núm. 66, y Registro General del Sello, con fecha 1489, marzo, 24, fol. 27 del legajo.

[8] Mª. A. Varona García, La chancillería de Valladolid en el reinado de los Reyes Católicos, pág. 92, donde escribe: “la orden fue dada por orden de doña Juana, pero el documento hace referencia a que fueron los Reyes Católicos quienes con posterioridad a su estancia en esta ciudad en 1501 habían dado un privilegio en el que mandaban que pasase a ella la Chancillería de Ciudad Real”.

[9] Para poder presentar apelación ante el Tribunal de las Mil Quinientas Doblas se requería que la sentencia de revista hubiera revocado alguna de las anteriores sentencias y que la parte que apelaba depositara una fianza de 1.500 doblas, que perdía en caso de abandonar la suplicación o que la sentencia le fuera perjudicial.

[10] Véase C. Domínguez Rodríguez, Los Alcaldes de lo criminal en la Chancillería Castellana, Valladolid, 1993; C. Garriga, Las Audiencia y las Chancillerías Castellanas (1371-1527). Historia política, régimen jurídico y práctica institucional, pág. 359.

[11] Véase Mª S. Martín Postigo, Sala de Hijosdalgo de la Real Chancillería de Valladolid: las escribanías, en “XV Congreso Internacional de las Ciencias genealógica y heráldica”, Madrid, 19-25 de septiembre de 1982; 1990; Mª S. Martín Postigo-C. Domínguez Rodríguez, La Sala de Hijosdalgo de la Real Chancillería de Valladolid, Valladolid, 1990; M. Asenjo Escudero, Funcionamiento y organización de la Real Chancillería de Valladolid, en “Hidalguía”, núm. IX (1961), pág. 397-674; F. Mendizábal, La Real Chancillería de Valladolid y su Archivo, página eterna de la hidalguía española. Derecho y genealogía, en “Hidalguía”, núm. 2 (1953), págs. 305-336; núm. 2 (1953), págs. 305-336; Mª A. Varona García, La Chancillería de Valladolid en el reinado de los Reyes Católicos, 1981, págs. 236-237.

[12] Véase: Guía del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Secretariado de Publicaciones e Intercambio Científico, Universidad de Valladolid, 1998, F. Mendizábal, La Sala de Vizcaya en la Chancillería de Valladolid, en “Hidalguía”, núm. 38 (1960), págs. 111-128; Mª A. Varona García, La Sala de Vizcaya en la Real Chancillería de Valladolid, en “Hidalguía”, núm. 64 (1964), págs. 237-256; Id., La Chancillería de Valladolid en el reinado de los Reyes Católicos, pág. 235.

[13] Sobre el Juez Mayor de Vizcaya puede consultarse el artículo de J. Martín Rodríguez, Figura histórico-jurídica del Juez Mayor de Vizcaya, en “Anuario de Historia del Derecho Español”, núm. 38 (1968), págs. 641-669.

[14]  Mª Antonia Varona García, La Chancillería de Valladolid en el reinado de los Reyes Católicos, págs. 156-162.

[15] F. Borja de Aguinagalde, Elementos para una historia de los archivos y la Archivística desde una perspectiva interdisciplinar, en “Irargi”, núm. 1 (1988), págs. 63-109.

[16] Véase Mª S. Martín Postigo, La Cancillería Castellana de los Reyes Católicos. F. Arribas Arranz, Los registros de la cancillería de Castilla, en “Boletín de la Real Academia de la Historia”, CLXII-II y CLXIII.

[17] Los Reyes Católicos al iniciar su reinado confirmaron todos sus privilegios a la Chancillería, y en lo referente al sello declararon: “queremos e mandamos que en la dicha nuestra Corte e Chançellería estén e residan continuamente nuestros sellos de plomo e de çera e que sellen nuestros privillejos e cartas e provisiones e lieven los derechos de los sellos segund e por la manera que antiguamente se acostumbraron llevar”. R.G.S. 15-IV-1475, fol. 444 y 9-I- 1478, fol.34.

[18] Mª Antonia Varona García, Cartas ejecutorias. Aportación a la Diplomática judicial, en Estudis Castellonencs núm. 6 (1994-1995),

[19] Cuando el responsable del delito no era localizado, se pregonaba la infracción de la que era acusado, concediéndole tres plazos para su presentación ante la justicia. Si durante el primer plazo no aparecía, era condenado a la pena del desprez, que consistía en el pago de cierta cantidad de dinero.

[20] Ante el] sigue tachado los dichos nuestros, e dyó.

[21] dentro] sigue tachado en esta.

[22] Paresçido en el] sigue tachado segundo e terçero plasos.

[23] R. L KAGAN, Pleitos y pleiteantes en Castilla. 1500-1700, Junta de Castilla y León. Consejería de Cultura y Turismo, Valladolid, 1991.

[24] Gabriel de Monterroso y Alvarado fue un escribano de la Chancillería de Valladolid, autor de la obra Práctica criminal y civil.

[25] Institución que establecía los bienes patrimoniales de una familia o saga familiar como no enajenables y traspasados durante generaciones a un solo heredero, generalmente, salvo excepciones, los primogénitos varones de las familias.

[26] Ya que la mujeres solteras o casadas no tenían derecho a interponer pleitos. En su nombre lo hacían tutores, padres o maridos, bajo cuya autoridad y tutela se hallaban.


 

Normas de la transcripción, según la cátedra de Paleografía de la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid.

  • Se respeta la grafía original del texto, aunque sea defectuosa.
  • Se desarrollan las palabras abreviadas con todas sus letras.
  •  En la separación de palabras se sigue el sistema actual, uniendo letras o sílabas de una palabra que aparezcan escritas por separado
  • En el uso de mayúsculas y minúsculas, acentuación de palabras y puntación se sigue el sistema actual.
  • Se mantiene la “y” griega cuando aparece con valor vocálico
  • La erre mayúscula que tiene valor de doble r se transcribe en esta misma forma “rr”
  • Se respeta el uso original de “u” y “v”. Para una lectura actual, considérense los fonemas de / u / y / v / indistintamente como vocal o consonante cuando proceda.
  • La “s” con valor de “z” se transcribe por “z”
  • La “x” mantiene su grafía como tal. Para una lectura actual, considérese como el fonema / j /
  • -La “ç” mantiene su grafía como tal. Para una lectura actual, considérese como el fonema / z /

Índice de términos y onomástico

Aguirre, fray Miguel de

Alfonso X

Barahona, Alfonso

Burceña

Castilla, Pedro de

Cortes de Toro, 1371

Cortes de Valladolid, 1442

Cuéllar (Segovia)

Díaz de Guivela, Juan

Domínguez, Pedro

Enrique II

Garrido, Alfonso

Gómez Ágreda, Fernando

Gómez de Ágreda, Fernando

Guevara, Íñigo de/conde de Oñate

Gutiérrez, Sancha

Hita, Diego de

Hortelano, Diego/vecino de Valladolid

Juan I

Juan II

Lera, Pedro de

Lezcano, Bernardino de

Lezcano, Juan de

Martínez de Álava, Diego, alcalde de Corte y Chancillería

Martínez Trasquilado, Andrés, 21

Martínez Trasquilado, Sancho

Miranda de Ebro (Burgos)

Nieto, Blas

Núñez, Elvira

Orden de Santa María de la Merced

Ordenanzas de Córdoba, 1485

Ordenanzas de Córdoba, 1485

Ordenanzas de Medina del Campo, 1489

Ordenanzas de Piedrahita, 1486

Ortega, María de

Ortega, María de/ vecina de Valladolid

Ortega, María de/vecina de Valladolid

Pedro I

Pérez de Miranda, bachiller Alonso

Reyes Católicos

San Esteban, Francisco de

Sánchez de Puelles, Juan

Sánchez, Lope

Santillana, Toribio de

Sardón de Duero (Valladolid)

Toledo

Toledo, Pedro de

Traspinedo (Valladolid)

Francisca/ hija de María Ortega

Villangómez

Villangómez (Burgos)


 

LA AUTORA

María Inés Martínez Guerra es doctora en Historia por la universidad de Valladolid, España. Su tesis ha versado sobre las Reales Ejecutorias conservadas en la Chancillería de Valladolid. Es profesional técnica de archivos, investigadora y paleógrafa.

 


Este artículo ha sido parcialmente republicado por:

Doce Linajes de Soria/ Blog de la Casa Troncal. 

"La Asociación de Hijosdalgos descendientes de aquellas familias que conformaron los Doce Linajes, abre este blog para hacerse eco de cuantas actividades y noticias promuevan y patrocinen, no solo los miembros de esta Casa, sino también todas las Asociaciones, Corporaciones y Órdenes que conforman el rico abanico caballeresco existente en nuestros días."

 


 

Otros trabajos profesionales de la autora en línea:

Las mercedes otorgadas a Jorge Manrique... que acabaron en Antonio Machado y su Guiomar. Archivo General de Simancas. Mercedes y Privilegios.


Transcripción conjunta: Yolanda de Pedro, Patricia Rodríguez Rebollo, Raquel Camarero Pascual, Marta Molero Serantes, Marta Isabel García Rodríguez, Yolanda Miguel García. Revisión de la transcripción y de la puntuación: Mª Inés Martínez Guerra.

 Publicación de Vicente Pérez Díaz y Alfonso Pérez Escudero. Valladolid. España. 

 


 

Otras publicaciones de interés sobre el tema, en línea:


 

Los orígenes de la Audiencia Real castellana

LVD Martín - 1997 - books.google.com

Al acercarse a la historia de la Castilla bajomedieval parece que el panorama
historiográfico se amplía, y con ello que nuestra información comienza a caminar por
sendas más seguras. El anhelo de conocer nuestro pasado está marcado siempre por la ...

Cartas ejecutorias: aportación a la diplomática judicial

MAV García - Estudis castellonencs, 1994 - dialnet.unirioja.es

Información del artículo Cartas ejecutorias: aportación a la diplomática judicial.

Ordenanzas de la Real Audiencia de Sevilla

B Clavero - 1995 - books.google.com

La Sevilla medieval se constituya históricamente en el crisol donde se irían fundiendo los
diversos elementos de todo orden-sociales, políticos, económicos, religiosos-que iban a
definir la Edad Moderna española, y ello porque la capital sevillana, por su situación ... [PDF] de us.es

[PDF] Para la guarda de la poridad, del cuerpo y de la tierra del Rey: los oficiales reales y la organización de la corte de Alfonso X

M Kleine - Historia. Instituciones. Documentos, 2008 - institucional.us.es

La corte de los reyes castellanos y la organización de los oficios públicos en la Baja Edad
Media han sido objeto de numerosos estudios, muchos de los cuales reflejan la
preocupación de los historiadores del derecho y de las instituciones por comprender el ...  [PDF] de pucp.edu.pe

[PDF] Justicia e intereses particulares: el caso de un oidor del siglo XVII

J de la Puente Brunke - Boletin IRA, 2014 - revistas.pucp.edu.pe

Desde hace algún tiempo venimos investigando acerca del papel que cumplieron en la vida
de la Lima virreinal los magistrados de la Real Audiencia. No nos referimos tan sólo a su
desempeño como personas encargadas de la administración de j usticia: no interesa ... [PDF] de secforestales.org

PDF] Los fondos de la Real Chancillería de Valladolid. Un valioso instrumento para el acercamiento al estudio de los usos y aprovechamientos tradicionales de los …

JMR Santos - Cuadernos de la Sociedad Española de Ciencias …, 2003 - secforestales.org

Resumen La presencia del monte en la Edad Moderna va estrechamente unida a una
continuada conflictividad social, prueba del notable interés que para la economía de la
época tenía el monte. Los intereses contrapuestos entre conservación y roturación del ... [PDF] de usal.es

La dimensión territorial del Consejo Real en tiempo de Felipe III: el cuerpo de los Treinta Jueces

IE REVILLA - Studia Historica: Historia Moderna, 2009 - revistas.usal.es

RESUMEN: Generalmente, la administración hispana en tiempo de Felipe III se ha
considerado como una expresión más de un estado general de decadencia. Tal
interpretación es común a testigos de la época e historiadores del presente. Sin embargo, ... [PDF] de uam.es

La invención de la corte: la creación de la sala de alcaldes y el proceso de modernización institucional en el reinado de Felipe II (1561-1598)

P de Gafas - 1998 - repositorio.uam.es

La Corte moderna se apoya sobre la tradición de su homónima medieval, pero, vinculada a
la práctica del absolutismo, se caracteriza por constituir un centro de poder que cumple
funciones políticas, sociológicas y económicas. Por otra parte, la Corte de Felipe II, tras su ... [PDF] de ugr.es

Los pleitos declarativos en apelación en el Archivo de la Real Chancillería de Granada.

S Ariztondo Akarregui, E Martín López… - 1999 - digibug.ugr.es

Este artículo analiza la serie de pleitos declarativos en apelación del ARCHGR que
constituye una de las más voluminosas del fondo Chancillería. El análisis se encuadra en la
metodología aplicada para la reorganización de los fondos de dicho Archivo. Esta serie ...

El archivo de la Real Chancilleria de Valladolid y la Sala de Vizcaya: fondos documentales producidos por una sala de justicia en el Antiguo Régimen

C Emperador - Clío & Crímen: Revista del Centro de Historia del …, 2013 - dialnet.unirioja.es

Resumen La Sala de Vizcaya es una de las salas de justicia que componían la Real
Audiencia y Chancillería de Valladolid, máximo tribunal de la Corona de Castilla desde el
siglo XIV hasta 1834. Se trata de una sala de jurisdicción especial, en atención al ... [PDF] de unirioja.es

 


 

MANIFIESTO DE HISTORIA A DEBATE

MANIFIESTO DE HISTORIA A DEBATE

Después de ocho años de contactos, reflexiones y debates, a través de congresos, encuestas y últimamente Internet (www.h-debate.com), hemos sentido la urgencia de explicitar y actualizar nuestra posición en diálogo crítico con otras corrientes historiográficas, asimismo desarrolladas en la última década del siglo XX: (1) el continuismo de los años 60-70, (2) el posmodernismo, y (3) el retorno a la vieja historia, la última “novedad” historiográfica.
Estamos viviendo una transición histórica e historiográfica de resultados todavía inciertos. Historia a Debate como tendencia historiográfica quiere contribuir a la configuración de un paradigma común y plural de los historiadores del siglo XXI que asegure para la historia y su escritura una nueva primavera. A tal fin hemos elaborado 18 propuestas metodológicas, historiográficas y epistemológicas, que presentamos a los historiadores y a las historiadoras del mundo para su debate y, en su caso, adhesión crítica y posterior desarrollo.

METODOLOGÍA
I
Ciencia con sujeto
Ni la historia objetivista de Ranke, ni la historia subjetivista de la posmodernidad: una ciencia con sujeto humano que descubre el pasado conforme lo construye.
Tomar en consideración las dos subjetividades que influyen en nuestro proceso de conocimiento, agentes históricos e historiadores, es la mejor garantía de la objetividad de sus resultados, necesariamente relativos y plurales, por lo tanto rigurosos.
Ha llegado la hora de que la historia ponga al día su concepto de ciencia, abandonando el objetivismo ingenuo heredado del positivismo del siglo XIX, sin caer en el radical subjetivismo resucitado por la corriente posmoderna a finales del siglo XX.
La creciente confluencia entre las “dos culturas”, científica y humanística, facilitará en el siglo que comienza la doble redefinición de la historia, como ciencia social y como parte de las humanidades, que necesitamos.

II
Nueva erudición
Somos partidarios de una nueva erudición que amplíe el concepto de fuente histórica a la documentación no estatal, a los restos no escritos de tipo material, oral o iconográfico, a las no-fuentes: silencios, errores y lagunas que el historiador y la historiadora ha de valorar procurando también la objetividad en la pluralidad de las fuentes.
Una nueva erudición que se apoye con decisión en el conocimiento no basado en fuentes que aporta el investigador. La historia se hace con ideas, hipótesis, explicaciones e interpretaciones, que nos ayudan además a construir/descubrir las fuentes.
Una nueva erudición que vaya más allá de la historiografia renovadora de los años 60 y 70 incorporando la nueva relación con las fuentes aportada por la historia de las mujeres, la historia oral, la historia ecológica, la historia mundial/global y otras novedades productivas surgidas o desarrolladas en los años 80 y 90, así como la “nueva historiografía” que está naciendo en Internet y de la cual formamos parte.
Una nueva erudición que, reconociendo que el necesario trabajo empírico no decide la verdad histórica más que a través de las comunidades de historiadores, desenvuelva el debate y el consenso en ámbitos colectivos.
Una nueva erudición, en suma, que nos permita vencer el “giro positivista” y conservador a que nos ha conducido, recientemente, la crisis de las grandes escuelas historiográficas del pasado siglo, y que amenaza con devolver a nuestra disciplina al siglo XIX.

III
Recuperar la innovación
Urge un nuevo paradigma que recobre el prestigio académico y social de la innovación en los métodos y de los temas, en las preguntas y en las respuestas, en resumen, en la originalidad de las investigaciones históricas. Una nueva historiografía que mire hacia adelante y que devuelva al oficio de historiador el entusiasmo por la renovación y por los compromisos historiográficos.
Brotarán nuevas líneas de investigación si pensamos con nuestra propia cabeza: considerando que nada histórico nos es ajeno; avanzando mediante el mestizaje y la convergencia de los métodos y de los géneros; llenando los odres viejos con vino nuevo, desde la biografía hasta microhistoria; prestando atención a las necesidades científicas y culturales, sociales y políticas, de una sociedad sujeta a una profunda transformación.
La historiografía del siglo XXI precisa de la ilusión y de la realidad de enfoques auténticamente innovadores si no quiere quedar convertida, como la mujer de Lot, en una estatua de sal.

IV
Interdisciplina
La nueva historiografía que proponemos ha de acrecentar la interdisciplinariedad de la historia, pero de manera equilibrada: hacia adentro de la amplia y diversa comunidad de historiadores, reforzando la unidad disciplinar y científica de la historia profesional; y hacia afuera, extendiendo el campo de las alianzas más acá y más allá de las ciencias sociales clásicas.
Es menester tender puentes que comuniquen el vasto archipiélago en que se ha convertido nuestra disciplina en las últimas décadas. Al mismo tiempo, la historia ha de intercambiar métodos, técnicas y enfoques, además de con las ciencias sociales, con la literatura y con la filosofía (de la historia y de la ciencia, sobre todo), por el lado de las humanidades, y con las ciencias de la naturaleza, por el lado de las ciencias. Sin olvidar las disciplinas emergentes que tratan de las nuevas tecnologías y de su impacto transformador en la sociedad, la cultura, la política y la comunicación.
Aprendiendo de experiencias pasadas, tres son los caminos que hay que eludir, en nuestra opinión, para que la interdisciplinariedad enriquezca a la historia: 1) perseguir una imposible “ciencia social unificada” alrededor de cualquiera otra disciplina, sin menoscabo del máximo desarrollo interdisciplinar tanto individual como colectivo; 2) hacer del diálogo historia-ciencias sociales la receta mágica de la “crisis de la historia”, que nosotros entendemos como cambio de paradigmas; 3) diluir la historia en tal o cual disciplina exitosa, como nos proponen hoy en día los narrativistas extremos en relación con la literatura.


V
Contra la fragmentación
El fracaso de la “historia total” de los años 60 y 70 abrió la vía a una fulgurante fragmentación de temas, métodos y escuelas, acompañada de crecimiento y caos epistemológico, que pareció detenerse en los años 90 y resulta cada vez más anacrónica en el mundo que viene, basado en la interrelación y la comunicación global.
Nuestra alternativa es avanzar, en la práctica historiográfica, nuevas formas de globalidad que hagan converger la investigación histórica atravesando espacios, géneros y niveles de análisis.
Para hacer posible una historia a secas, integral, hay que experimentar, pues, iniciativas de investigación que adopten lo global como punto de partida, y no como “horizonte utópico”: líneas mixtas de estudio en cuanto a fuentes y temas, métodos y especialidades; incorporación a la historia general de los paradigmas especializados más innovadores; combinar enfoques cualitativos y cuantitativos; articular temporalidades (que engloben presente y futuro) y escalas diversas; escrutar la globalidad a través de conceptos y métodos, aún potencialmente abarcantes, como mentalidad y civilización, sociedad, red y cambio social, narración y comparación, y crear otros nuevos; indagar la historia mundial como un nuevo frente de la historia global; servirse de las nuevas tecnologías para trabajar a la vez con escritos, voces e imágenes, juntando investigación y divulgación; impulsar la reflexión y el debate, la metodología y la historiografía, como terreno común a todas las especialidades históricas y punto de contacto con otras disciplinas.

HISTORIOGRAFÍA
VI
Tarea historiográfica
Sabiendo como sabemos que el sujeto influye en los resultados de la investigación, se plantea la necesidad de indagar al propio historiador en aras de la objetividad histórica. ¿Cómo? Procurando integrar los individuos en grupos, escuelas y tendencias historiográficas, implícitas y explícitas, que condicionan, se quiera o no, la evolución interna de la historia escrita. Estudiando a los historiadores y a las historiadoras por lo que hacen, no sólo por lo que dicen; por su producción, no sólo por su discurso. Aplicando, con matices, tres conceptos clave de la historia de la ciencia pospositivista: el ‘paradigma’ como conjunto de valores compartidos; la “revolución científica” como ruptura y continuidad disciplinar; la ‘comunidad de especialistas’ por su poder decisorio, a su vez condicionada por el entorno social, mental y político. Practicando, en conclusión, una historiografía inmediata que procure ir por delante de los acontecimientos históricos que inciden en los cambios historiográficos que estamos viviendo.

VII
Historiografía global
El agotamiento de los focos nacionales de renovación del siglo XX ha dado paso a una descentralización historiográfica inédita, impulsada por la globalización de la información y del saber académico y superadora del viejo eurocentrismo. La iniciativa historiográfica está hoy más al alcance de todos. El auge, por ejemplo, de una historiografía latina crítica y de una historiografía poscolonial, lo demuestran. Las comunidades transnacionales de historiadores, organizadas en Internet, juegan ya un papel importante en la formación de nuevos consensos en detrimento del anterior sistema de dependencia de unas historiografías nacionales de otras y de intercambios académicos elitistas, jerárquicos y lentos.
No entendemos la globalización historiográfica como un proceso uniformador, pensamos y ejercemos la historia, y la historia de la historia, como docentes e investigadores, en diferentes ámbitos superpuestos e interrelacionados: local, regional, nacional, continental e internacional/global.

VIII
Autonomía del historiador
Conforme los proyectos colectivos del siglo XX fueron entrando en decadencia, sin ser todavía reemplazados por un nuevo paradigma común, ha crecido de manera exagerada la influencia del mercado editorial, de los grandes medios de comunicación y de las instituciones políticas, en la escritura de la historia, en la elección de temas y métodos, en la formulación de hipótesis y conclusiones, con un sentido cada vez más evidente de promoción de la vieja historia de los “grandes hombres”.
Recuperar la autonomía crítica de los historiadores y de las historiadoras respecto de los poderes establecidos para decidir el cómo, el qué y el por qué de la investigación histórica nos exige: reconstruir tendencias, asociaciones y comunidades que giren sobre proyectos historiográficos, más allá de las convencionales áreas académicas; utilizar Internet como medio democrático y alternativo de comunicación, publicación y difusión de propuestas e investigaciones; observar la evolución de la historia inmediata, sin caer en el presentismo, para captar las necesidades historiográficas, presentes y futuras, de la sociedad civil local y global.

IX
Reconocer tendencias
La vía más nociva para imponer la propia tendencia historiográfica, normalmente conservadora, es negar que existan o que deban existir tendencias historiográficas. El imaginario individualista, los compartimentos académicos y las fronteras nacionales, ocultan lo que tenemos de común, muchas veces sin saberlo o sin decirlo: por formación, lecturas, filiaciones y actitudes. Somos partidarios y partidarias, en consecuencia, de sacar a la luz las tendencias actuantes, más o menos latentes, más o menos organizadas, para clarificar posiciones, delimitar debates y facilitar consensos. Una disciplina académica sin tendencias, discusión y autoreflexión, está sujeta a presiones extra-académicas, con frecuencia negativas para su desarrollo. El compromiso historiográfico consciente nos hace, por lo tanto, libres frente a terceros, rompe el aislamiento personal, corporativo y local, favorece el reconocimiento público y la utilidad científica y social de nuestro trabajo profesional.

X
Herencia recibida
Nos oponemos a hacer tabla rasa de la historia y de la historiografía del siglo XX. El reciente retorno de la historia del siglo XIX hace útil y conveniente rememorar la crítica de que fue objeto por parte de Annales, el marxismo y el neopositivismo, aunque justo es reconocer también que dicho “gran retorno” pone en evidencia el fracaso parcial de la revolución historiográfica del siglo XX que dichas tendencias protagonizaron. El imprescindible balance, crítico y autocrítico, de las vanguardias historiográficas no anula, por consiguiente, su actualidad como tradiciones necesarias para la construcción del nuevo paradigma. Porque simbolizan el “espíritu de escuela” y la militancia historiográfica, así como el ejemplo de una historia profesional abierta a lo nuevo y al compromiso social, rasgos primordiales que habremos de recuperar ahora en otro contexto académico, social y político, con unos medios de comunicación muy superiores a los existentes en los años 60 y 70 del ya pasado siglo.

XI
Historiografía digital

Las nuevas tecnologías están revolucionando el acceso a la bibliografía y a las fuentes de la historia; desbordando las limitaciones del papel para la investigación y la publicación; posibilitando nuevas comunidades globales de historiadores. Internet es una poderosa herramienta contra la fragmentación del saber histórico si se utiliza de acuerdo con su identidad y posibilidades, esto es, como un forma interactiva de transmitir información instantánea de manera horizontal a una gran parte del mundo.
Según nuestro criterio, la historiografía digital ha de seguir siendo complementada con libros y demás formas convencionales de investigación, difusión e intercambio académicos, y viceversa. Este nuevo paradigma de la comunicación social no va a reemplazar, en consecuencia, las actividades presenciales y sus instituciones seculares, pero formará parte de una manera creciente de la vida académica y social real.
La generalización de Internet en el mundo universitario, y en el conjunto de la sociedad, así como la educación informática de los más jóvenes irán imponiendo esta nueva historiografía como factor relevante de la inacabada transición paradigmática entre el siglo XX y el siglo XXI.

XII
Relevo generacional
En la segunda década de este siglo tendrá lugar un considerable relevo generacional en el cuadro de profesores e investigadores a causa de la jubilación de los nacidos después de la II Guerra Mundial. ¿Supondrá esta transición demográfica la consolidación de un cambio avanzado de paradigmas? No lo podemos asegurar.
La generación del 68 fue más bien una excepción. Entre los estudiantes universitarios actuales contemplamos parecida heterogeneidad historiográfica e ideológica que el resto de la academia y de la sociedad. Podemos encontrarnos con historiadores e historiadoras mayores que siguen siendo renovadores, y jóvenes con conceptos decimonónicos del oficio de historiador y de su relación con la sociedad. Nuestra responsabilidad como formadores de estudiantes que serán mañana profesores e investigadores es, a este respecto, capital. Nunca fue tan crucial continuar explicando la historia con enfoques avanzados -también por su autocrítica- desde la enseñanza primaria y secundaria hasta los cursos de posgrado. La historia futura estará condicionada por la educación que reciben aquí y ahora los historiadores futuros: nuestros alumnos.

TEORÍA
XIII
Historia pensada
Es esencial para el historiador pensar el tema, las fuentes y los métodos, las preguntas y las respuestas, el interés social y las implicaciones teóricas, las conclusiones y las consecuencias, de una investigación.
Somos contrarios a una “división del trabajo” según la cual la historia provee de datos y otras disciplinas reflexionan sobre ellos (o escriben relatos de amplia difusión). Las comunidades de historiadores profesionales tienen que asumir su responsabilidad intelectual tratando de completar el ciclo de los estudios históricos, desde el trabajo de archivo hasta la valoración y reivindicación de su impacto en las ciencias sociales y humanas, en la sociedad y en la política.
El aprendizaje de los estudiantes universitarios de historia en cuestiones de metodología, historiografía, filosofía de la historia y otras disciplinas con base teórica, es el camino para elevar la creatividad futura de las investigaciones históricas, subrayar el lugar de la historia en el sistema científico y cultural y fomentar nuevas y buenas vocaciones historiográficas.
Nuestra meta es que el historiador que reflexione intelectualmente haga trabajo empírico, y que el historiador que investiga con datos concretos piense con alguna profundidad sobre lo que hace, obviando así la fatal disyuntiva de una práctica (positivista) sin teoría o de una teoría (especulativa) sin práctica. Una mayor unidad de la teoría y la práctica hará factible, por lo demás, una mayor coherencia de los historiadores y de las historiadoras, individual y colectivamente, entre lo que se dice, historiográficamente, y lo que se hace, empíricamente.

XIV
Fines de la historia
La aceleración histórica de la última década ha reemplazado el debate sobre el “fin de la historia” por el debate sobre los “fines de la historia”.
Asumiendo que la historia no tiene metas pre-establecidas y que, en 1989, dio comienzo un profundo viraje histórico, cabe preguntarse, también desde la historia académica, adónde nos lleva éste, quién lo conduce, en favor de qué intereses y cuáles son las alternativas.
El futuro está abierto. Es responsabilidad de los historiadores y de las historiadoras ayudar a que los sujetos de la historia construyan mundos futuros que garanticen una vida libre y pacífica, plena y creativa, a los hombres y mujeres de todas las razas y naciones.
Las comunidades de historiadores han de contribuir pues a construir una “nueva Ilustración” que, aprendiendo de los errores de la historia y de la filosofía, piense teóricamente sobre el sentido del progreso que hoy demanda la sociedad, asegurando a las grandes mayorías del Norte y del Sur, del Este y Oeste, el disfrute humano y ecológico de los avances revolucionarios de la medicina, la biología, la tecnología y las comunicaciones.

SOCIEDAD
XV
Reivindicar la historia
El primer compromiso político de los historiadores debería ser reivindicar, ante la sociedad y el poder, la función ética de la historia, de las humanidades y de las ciencias sociales, en la educación de los ciudadanos y en la formación de las conciencias comunitarias.
La historia profesional ha de combatir aquellas concepciones provincianas y neoliberales que todavía pretenden confrontar técnica con cultura, economía con sociedad, presente con pasado, pasado con futuro.
Los efectos más notorios de las políticas públicas de desvaloración social de la historia son la falta de salidas profesionales, el descenso de las vocaciones y los obstáculos a la continuidad generacional. Las comunidades de historiadores debemos aceptar como propios los problemas laborales de los jóvenes que estudian y quieren ser historiadores, cooperando en la búsqueda de unas soluciones que pasan por la revalorización del oficio de historiador y de sus condiciones de trabajo y de vida, en el marco de la defensa y desarrollo de la función pública de la educación, la universidad y la investigación.

XVI
Compromiso
En tiempos de paradójicos “retornos”, queremos constatar y alentar la “vuelta al compromiso” de numerosos académicos, también historiadores, en diversos lugares del mundo con las causas sociales y políticas vinculadas a la defensa de valores universales de educación y salud, justicia e igualdad, paz y democracia. Actitudes solidarias indispensables para contrarrestar otros compromisos académicos con los grandes poderes económicos y políticos, mediáticos y editoriales. Contrapeso vital, por lo tanto, para conjurar una virtual escisión de la escritura académica de la historia respecto de las mayorías sociales que financian con sus impuestos nuestra actividad docente e investigadora.
El nuevo compromiso que preconizamos es diverso, crítico y con anhelos de futuro. El historiador y la historiadora han de combatir, desde la verdad que conocemos, aquellos mitos que manipulan la historia y fomentan el racismo, la intolerancia y la explotación de clase, género, etnia. Resistiendo, desde el conocimiento del pasado, los futuros indeseables. Cooperando, y rivalizando, con otros científicos sociales y humanistas, en la construcción de mundos históricamente mejores, como profesionales de la historia, pero también como ciudadanos.
La relación del historiador con la realidad que nos rodea pasa por su análisis en un contexto temporal continuo. Si se acepta que la objetividad de la ciencia de la historia es inseparable de la subjetividad (plural) del historiador, debemos concluir que no existen grandes diferencias cualitativas entre una historia inmediata y una historia mediata, entre una historia más contemporánea y una historia más antigua. Todo es historia, si bien cuando más nos distanciamos de lo actual mayor es la carga que recae sobre nosotros, historiadores, por ausencia de las disciplinas más presentistas.

XVII
Presente y futuro
Nuestro objeto de estudio (hombres, mujeres y medio natural humanizado) está evidentemente en el pasado, pero nosotros estamos en el presente, y estos presentes están preñados de futuros. El historiador no puede escribir con rigor la historia al margen del tiempo vivido, y de su fluir permanente.
Contemplamos varios niveles en la relación del historiador con la inmediatez histórica: compromiso social y político, tema de investigación, historiografía de intervención o criterio metodológico general para la investigación. Hace medio siglo que los fundadores de la escuela de Annales lo formularon: “comprender el pasado por el presente, comprender el presente por el pasado”. Hoy es preciso, además, poner el mismo énfasis en la interrelación pasado/futuro.
La caída de la filosofías finalistas de la historia, sean socialistas sean capitalistas, ha puesto de relieve un futuro más abierto que nunca. El historiador ha de asumir un papel en su definición con sus experiencias y argumentos históricos, con hipótesis y apuestas desde la historia. Edificar el futuro sin contar con la historia nos condenaría a repetir sus errores, a resignarnos con el mal menor o a edificar castillos en el aire.

XVIII
Nuevo paradigma
La historiografía depende de los historiadores y de la historia inmediata. El cambio de paradigmas historiográficos que venimos proponiendo, desde 1993, cabalga sobre los cambios históricos acelerados iniciados en 1989. Entre diciembre de 1999 (Seattle) y julio de 2001 (Génova) hemos observado los comienzos de un movimiento global sin precedentes, contra los estragos de la globalización, que busca ya alternativas de sociedad: el pensamiento único es ahora menos único. Son muchos los que califican de cambio de civilización la globalización y sus críticos, la sociedad de la información, la nueva revolución científico-tecnológica y el movimiento social global: no es fácil entrever lo que nos depara el mañana pero hay razones para la esperanza. Todos debemos colaborar.
Historia a Debate es parte activa de este proceso transformador: queremos cambiar la historia que se escribe y coadyuvar a cambiar la historia humana. Según evolucione el debate historiográfico, y la historia más inmediata, nuestras propuestas recibirán más o menos consenso académico, las variaremos o no según interese, si bien hay planteamientos que, aun siendo por el momento minoritarios, nos parecen ineludibles para condicionar críticamente el nuevo paradigma en formación: el conjunto plural de valores y creencias que va a regular nuestra profesión de historiador en el nuevo siglo. Por todo ello, la historia nos absolverá, esperemos.

En la Red a 11 de septiembre de 2001

Trescientos noventa y siete (397) firmantes (31/5/2005):

Carlos Barros (coordinador), Universidad de Santiago de Compostela, España. Jérôme Baschet, École des Hautes Études en Sciences Sociales, París, Francia, y Universidad Autónoma de Chiapas, San Cristóbal de las Casas, México. Boris Berenzon, Universidad Nacional Autónoma de México, México D. F. Micheline Cariño, Universidad Autónoma de Baja California Sur La Paz, México. Francisca Colomer, Centro de Profesores y Recursos, Murcia, España. Amelia Galetti, Instituto de Enseñanza Superior, Paraná, Argentina. Sergio Guerra, Universidad de La Habana, Cuba. Elpidio Laguna, University of Rutgers, Newark, New Jersey, USA. Germán Navarro, Universidad de Zaragoza, España. Gonzalo Pasamar, Universidad de Zaragoza, España. Juan Paz y Miño, Pontificia Universidad Católica, Quito, Ecuador. Eugenio Piñero, University of Wisconsin, Eau Claire, USA. Norma de los Ríos, Universidad Nacional Autónoma de México México D. F. Reinaldo Rojas, Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Barquisimento, Venezuela. José Javier Ruiz Ibáñez, Universidad de Murcia, España. Israel Sanmartín, Instituto Padre Sarmiento, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Santiago, España. Juan Manuel Santana, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, España.Cristina Segura, Universidad Complutense, Madrid, España. Miguel Somoza, Universidad Nacional de Educación a Distancia Madrid, España. Guillermo Turner, Dirección de Estudios Históricos, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México D. F. Luz Varela, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. Francisco Vázquez, Universidad de Cádiz, España. José Giraldo Vinci de Morais, Universidade Estadual Paulista, Sâo Paulo, Brasil. José Polo Acuña, Universidad del Atlántico Colombia. Germán Yépez Colmenares, Instituto de Estudios Hispanoamericanos, Universidad Central de Venezuela, Caracas, Venezuela. Bernardino Herrera, Instituto de Investigaciones de la Comunicación, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela, Caracas, Venezuela. Florencio Dimas Balsalobre, Centro de Documentación de la Guerra Civil, Lorca, Murcia, España. Antonio Dupla, Dpto. de Estudios Clasicos, Universidad del País Vasco/EHU, Vitoria-Gasteiz, España. Juan Eduardo Romero, Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. Javier Fernández Palacios, Universidad de Málaga, España. Roberto López, Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. José Gabriel Zurbano Melero, Universidad de Extremadura, Cáceres, España. Pablo Serrano Álvarez, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México. Arsenio Dacosta, Gestión de Patrimonio Histórico, Salamanca, España. Carmen Leal, Profesora de Secundaria, Aranjuez, Madrid. Johhny Alarcón Puentes, Departamento de Ciencias Humanas, Facultad Experimental de Ciencias, Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. José L. 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