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Frentes Avanzados de la Historia

LOS FESTEJOS TAURINOS DE LA ALHAMBRA. UN ESTUDIO DE HISTORIA DE LA TAUROMAQUIA EN LA CIUDAD DE GRANADA (SIGLOS XVI-XIX)

LOS FESTEJOS TAURINOS DE LA ALHAMBRA. UN ESTUDIO DE HISTORIA DE LA TAUROMAQUIA EN LA CIUDAD DE GRANADA (SIGLOS XVI-XIX)

 

Jesús Daniel Laguna Reche

Universidad de Granada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Contenido

1. Introducción. La alhambra después de 1492

2. El siglo XVI. Las primeras noticias

3. El siglo XVIII… y unos años más

Corridas fuera del alcázar

La plaza de toros de la Alhambra y su aprovechamiento

Venta de beneficios de las funciones taurinas. Los particulares

Las hermandades y la tauromaquia con fines piadosos

Algunos aspectos de los espectáculos toreros

Las corridas no eran gratuitas

Año 1800. La Alhambra estrena plaza de toros

Los toros y la conservación de la fortaleza. El dilema de la prohibición

Consideraciones finales

5. Fuentes y bibliografía

Fuentes

Bibliografía

 

 

 

         1. Introducción. La alhambra después de 1492

 

Además de tener la carga simbólica derivada de la culminación de la Reconquista, así como suponer un gran paso antes de la consecución de la unidad nacional de España, la Toma de Granada por los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492 dio a Castilla la posesión y el gobierno de la Alhambra, palacio-fortaleza sin igual en el mundo, cuya belleza todos conocían de oídas pero que pocos, muy pocos, habían podido admirar con sus propios ojos; era un misterio que iba a desvelarse, y de qué manera.  

En la Alhambra se instaló la Capitanía General del Reino de Granada, cuyo gobierno fue entregado al conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza. En consecuencia el recinto siguió teniendo función militar, y por ello sus estancias fortificadas se convirtieron en residencia permanente de soldados y sus familias. El resto de edificios y terrenos contiguos al palacio fue poblado progresivamente por gente de baja posición social –artesanos y labradores sobre todo-, y el conjunto se convirtió en una auténtica ciudad dependiente territorialmente del cabildo de Granada pero con una jurisdicción propia que incluía, por ejemplo, a las actuales Puerta de Elvira y alrededores, Plaza de Bib-Rambla y calles Alcaicería, Oficios, Zacatín, Paños y López Rubio, entre otras.

Esta situación se mantuvo hasta que a partir del año 1870 aproximadamente el Estado, a través de los ministerios correspondientes, como Fomento y Bellas Artes, inició los expedientes de expropiación de casas y cuevas situadas en el término y dominio del monumento, a la vez que el gobierno de España dejaba de dar a la Alhambra uso militar.

Todavía en los primeros años de la década de 1960 vivía en la Alhambra, concretamente en la Torre de los Picos, el encargado de vender las entradas a los turistas, de nombre Manuel Garrido, según recuerda la madre del autor de estas líneas, que por amistad con su familia durmió alguna noche en dicha torre y pudo ver detrás del público un espectáculo flamenco en el patio del Palacio de Carlos V.

La reconversión de palacio-fortaleza a ciudad y cuartel que sufrió la Alhambra obligó a realizar transformaciones, como la construcción de la Torre del Cubo –la de fachada semicircular- y el muro que da entrada a la Alcazaba, un aljibe, la ex parroquia de Santa María o el convento de San Francisco, hoy Parador Nacional de Turismo.

A dichas edificaciones se le sumaron en diferentes épocas otras reformas y construcciones que respondían bien a meros caprichos, bien a necesidades determinadas. Entrarían aquí, por ejemplo:

— Palacio de Carlos V, sin cubiertas ni tabiques hasta el siglo XX.  Proyectado en 1526.

— Habitaciones del Emperador. Mandadas construir en 1528.

— Pilar de Carlos V. Siglos XVI-XVII.

— Puerta de las Granadas (hacia 1536) y, unos metros más arriba, una cruz de piedra puesta en 1641.

— Patios de la Reja y de Lindaraja. Transformados en el siglo XVII.

— Capilla de la Puerta de la Justicia. Siglo XVI. Retablo puesto en 1588.

— Reforma del aljibe situado bajo la Torre de la Vela (cuya entrada original fue sustituida por otra nueva).

— Otras intervenciones para añadir un segundo piso a algunas estancias, cerrar mediante galerías con soportales ciertos espacios antes abiertos, abrir nuevos miradores, colocar nuevas balaustradas, rejas, balconadas, puertas y ventanas, subir o bajar la altura de diferentes suelos, crear nuevos jardines, redecorar con nuevas pinturas o repintados, etc. Además muchas de esas intervenciones conllevaron el traslado de materiales de construcción originales para su reutilización, como vigas y columnas.

Hasta que en la segunda mitad del siglo XIX se empezase a plantear su restauración y posterior puesta en valor para su difusión general, la Alhambra sufrió un importante abandono que conocemos a través de fuentes documentales y fotografías. En este sentido son muchos los documentos, sobre todo a partir del siglo XVIII, que hablan del estado “ruinoso” y “deplorable” de muchas estancias, que amenazaban hundimiento inminente. Por su parte las murallas y torres habían padecido ya el derrumbe de parte de sus muros y necesitaban numerosas reparaciones prácticamente todos los años. Así, en las numerosas diligencias efectuadas con el fin de reparar o restaurar determinadas zonas de la Alhambra, hay muchas referencias a tejados hundidos total o parcialmente, techos de madera podridos y encorvados, muros abiertos, etc. Como veremos más adelante, muchas de las obras realizadas eran costeadas con los beneficios reportados por las corridas de toros que al efecto se realizaban.

Las fotografías del siglo XIX y principios del XX conservadas corroboran totalmente lo que dicen los documentos: aparecen las galerías de los Palacios Nazaríes y otras estancias apuntaladas e incluso cegadas con muros en los que se habían embutido las columnas, tejados a punto de caerse –por ejemplo, la galería del Patio de Machuca-, y torres derruidas parcialmente.

La falta de cuidado, interés y recursos, el consecuente abandono, la libertad con la que los gobernadores disponían del monumento y algunos accidentes puntuales, como la explosión del Polvorín en 1590 o el incendio de la Sala de la Barca en 1890, han provocado la pérdida de multitud de yeserías, techos de madera, puertas, ventanas, pinturas, materiales constructivos, objetos decorativos, etc.

La decencia que en el siglo XVIII algunas autoridades pedían para la Alhambra no se ha conseguido hasta el siglo XX, al que ha llegado en pie casi milagrosamente después de siglos de transformaciones y abandonos.

 


                          

                               1770, Puerto de Santa María (http://www.laplazareal.net/index.php?page=409)

 

 

 

2. El siglo XVI. Las primeras noticias

Desconocemos cuándo empezaron a celebrarse en la Alhambra diversiones taurinas, pero no es arriesgado pensar que muy probablemente fuese poco después de conquistarse la ciudad de Granada, y quién sabe si para celebrar tan célebre e importante acontecimiento. Si se hicieron en Roma, ¿por qué no en la Alhambra, sede del poder del derrotado Estado nazarí? Sin embargo los papeles que han sobrevivido del que debió ser inmenso archivo de la Capitanía General del Reino de Granada no aportan ningún dato hasta muy avanzado el siglo XVI.

En el catálogo del Archivo Histórico de la Alhambra, realizado por María Angustias Moreno Olmedo, sólo hay dos documentos fechados en el siglo XVI tocantes a tema taurino.

El primero, referencia más antigua a la celebración de fiestas con toros en el monumento, es del año 1563 y está relacionada con una causa judicial incoada contra uno o varios carpinteros “por hacer en falso un andamio para la fiesta de toros, de la que habían resultado lastimadas varias personas”[1]. Estos datos no son muy explicativos, pero hemos de conformarnos, habida cuenta de que el documento original desapareció antes de realizar la actual catalogación, para la cual se utilizó una regesta anterior que debió estar colocada junto al original.

El otro documento al que nos referimos menciona una queja que el 12 de julio de 1804 realizó el contador veedor don José Antonio Núñez de Prado, que a fines del año 1802 había sido expulsado por don Lorenzo Velasco -uno de los oficiales de la fortaleza- del lugar que tenía reservado para él y su familia “en la plaza de toros de la Alhambra” junto al de la gobernadora. Expuso dicho contador veedor que “desde 1591 y mucho tiempo antes” y hasta fines de 1802 su familia y él ejercían sus oficios sin impedimentos y gozando sus privilegios, entre ellos tener asiento con sus madres y mujeres en las capillas mayores del convento de San Francisco y la iglesia de Santa María, así como en las funciones públicas celebradas en el “patio redondo”, como “titiriteros, toros, comedias y otras diversiones públicas”. En dicho patio tenían primero un balcón, y cuando el año 1800 se construyó una nueva plaza, se les destinó un palco exclusivo[2].

 

 

3. El siglo XVIII… y unos años más

Del siglo XVI nos pasamos al XVIII ante la ausencia total en catálogo de documentos del siglo XVII relativos al tema que aquí estudiamos.

            Realizo ahora una pequeña exposición de los aspectos más importantes de las celebraciones taurinas en la Alhambra y su jurisdicción, prescindiendo de datos irrelevantes, listados de nombres y números, recuentos, estadísticas y porcentajes. Prefiero ejemplificar cada una de las explicaciones, así mismo breves, entresacando las noticias que me han parecido más interesantes para el conocimiento del tema.

            La ambigüedad o la falta de exactitud que pueda encontrar el lector en algunas partes del texto no son caprichosas, sino consecuencia de la ausencia de datos concretos en muchos documentos.

 

                                              

                                                         Joaquín Rodríguez “Costillares” pintado por Juan de la Cruz, siglo XVIII

                                                          (http://www.elartetaurino.com/traje%20de%20torero.html)

 


Corridas fuera del alcázar

Hemos dicho más arriba que la jurisdicción de la Alhambra alcanzaba a varias zonas del casco urbano de la ciudad de Granada; es bueno recordarlo porque allí también había espectáculos toreros, para los que quizá llegase a haber algunas gradas permanentes, si bien no sabemos desde qué fecha. Lo que sí sabemos es que el año 1803 la Gobernación de la Alhambra ordenó realizar unas obras en la “tribunica” de Puerta Elvira[3].

No muy lejos de allí estaba y está la Plaza de Bib-Rambla, también común escenario de corridas y juegos de tauromaquia. Y junto a ella la Alcaicería, importante zona comercial que aglutinaba a multitud de vendedores de paños, cuyas tiendas estaban las más de las veces en muy mal estado y padecían una importante falta de vigilancia por parte de la autoridad competente –la Alcaidía de la Alhambra-. Ante la gran cantidad de robos, muchos tenderos se vieron obligados a poner perros en sus tiendas y dejar algunos más sueltos por el recinto, que quedaba cerrado por las noches y en los días festivos.

Algunos de esos días eran aquellos en que la Plaza de Bib-Rambla se convertía en ruedo, dada la mala intención de algunas personas –sobre todo forasteros- que se dedicaban a robar paños en lugar de ver los toros.

Pero no todos los vendedores de la Alcaicería estaban de acuerdo con cerrar sus establecimientos cuando había toros en Bib-Rambla. Quienes así pensaban en octubre del año 1733 se quejaron por escrito al alcaide de la Alhambra, a quien pedían que en dichas ocasiones ordenase mantener las puertas de la Alcaicería abiertas, argumentando que la gran afluencia de forasteros siempre les ayudaba a vender algo más. Respondió el alcaide que la costumbre de cerrar la Alcaicería los días que había toros en Bib-Rambla, la Carrera y la casa llamada “del Rastro” se debía a los muchos robos que practicaban en los comercios precisamente los forasteros. Tampoco se estuvieron callados aquellos comerciantes que apoyaban al alcaide, al cual pidieron que no diese validez a la queja de sus compañeros de gremio porque no habían dado sus nombres ni firmado, cosa que sí habían hecho ellos. No sabemos cómo se resolvió el asunto[4].

 

 

La plaza de toros de la Alhambra y su aprovechamiento

Respecto a las funciones realizadas dentro de la Alhambra, su Gobernación arrendaba anualmente en pública subasta la plaza de toros, construida entera de madera, a un particular o particulares asociados, o bien sobre la marcha contrataba las corridas que considerase oportunas y vendía los productos de ciertas funciones a personas o instituciones que lo pidiesen. Los beneficios obtenidos eran invertidos generalmente en obras de reparación de tejados, murallas y torres.

Los empresarios podían organizar cualquier espectáculo en la plaza de toros, además de los juegos de tauromaquia, como comedias, danzas y bailes, títeres y otras diversiones, hecho que ha dejado documentos referidos a vestidos, cordones, colgaduras, cintas, espadas, tablados, carteles pintados, etc.[5]

Como ejemplo de contrato para una temporada completa traemos aquí el firmado por don Francisco de Siles y don Luis de Morales para el ejercicio 1803-1804, por el precio de 65000 reales[6]. Sus cláusulas son las siguientes:

— Comienza el contrato el día de Pascua de Resurrección de 1803 y acaba el Miércoles de Ceniza de 1804.

— Los empresarios son dueños de hacer las funciones de muerte o novilladas en días de fiesta o trabajo, por la tarde o por la mañana.

-Si se suspende una función por muerte de un miembro de la Familia Real, peste, incendio, ruina, etc., sólo se hará cargo económico a los empresarios por el tiempo que hayan aprovechado.

— Podrán hacer en la plaza rifas, juegos e “inventivas” para atraer público, pero acabará el contrato en caso de ir contra la libertad de la gente.

— Los empresarios pagarán el ganado de lidia y los vaqueros, y recibirán los toros el Viernes de Dolores, pagando 1000 reales por cabeza, adelantando 10000 en la firma del contrato. El precio de los cabestros será fijado por peritos. Rendirán cuentas el Miércoles de Ceniza y darán de hipoteca fincas de más de 30000 reales y sin ningún cargo ni gravamen.

— La dehesa de la “Casa de las Gallinas” será abrevadero y apartadero del ganado, y el guarda de éste y el de la plaza de toros se pagarán a cuenta del Real Patrimonio.

— La plaza estará siempre en condiciones de uso, para comodidad del público.

— Las sillas de la plaza y demás objetos se entregarán a los empresarios con un inventario para evitar pérdidas. Se guardarán en una estancia de la Alhambra que podrán usar con toda libertad.

— Los empresarios harán los carteles y deberán presentarlos al gobernador para que autorice su impresión. Luego se darán copias a los oficiales reales para que sepan cuándo hay función. Dichos oficiales podrán entrar sin pagar a las funciones, junto a los tres espectadores que salen premiados con función gratis en cada corrida.

— Los empresarios disponen a su voluntad de todos los balcones excepto el de mando y el del gobernador y el asesor.

— Todos los gastos de las funciones de tropa, música, rifa, encierros, toreros, caballos, aseo y riego de la plaza corren por cuenta de los empresarios.

— El contrato se abonará en ocho pagas, la primera el 24 de abril, y el resto los días 24.

— Las funciones se harán en nombre del rey.

— No se hará función de toros cuando la haya en la Real Maestranza de Granada.

 

Fuera del contrato quedaban la carne y el despojo de los toros muertos, que se arrendaban aparte. Al igual que para arrendar la plaza, los contratos eran prácticamente iguales todos los años, por lo que hemos escogido como ejemplo el primero que hemos visto, correspondiente al año 1800. Especificaba que los toros serían pesados una vez desollados, y el pago se haría “a dinero contante y no en vales en el acto mismo de hacer los pesos”. Y prosigue diciendo que “los despojos los ha de satisfacer a precio de treinta y cuatro reales cada uno, y se entienden la cabeza, asadura, tripas, panza, lengua y manos, y se le han de abonar por el desuello de los toros 24 reales cada uno”. Los inconvenientes que pudiesen ocurrir de cortarlos, conducirlos y demás correrían por cuenta de los tomadores del contrato, “y a los oficiales que los desuellen sólo se les ha de consentir que saquen los rabos, soletas, falda y riñones, todo con arreglo y sin el menor desorden”. Y además “las astas no se entienden vendidas en este ajuste”[7].

 

 

                         

                            Goya, grabado. Serie Tauromaquia (1814-1816)

 

Venta de beneficios de las funciones taurinas. Los particulares

            Cuando la plaza de toros de la Alhambra no era arrendada para una temporada completa, la Alcaidía vendía los beneficios de las corridas que se celebrasen en fechas próximas. Para eso quien quisiese aprovecharse debía presentar un escrito solicitando que se le vendiesen los beneficios de cuantas corridas estimase oportunas, incluso proponiendo las fechas adecuadas, si es que no estaban fijadas con anterioridad.

            Muchas veces los solicitantes eran particulares, que buscaban el lucro personal o ayudar a alguna causa.

Como ejemplos de búsqueda del lucro personal podemos mencionar estos dos casos:

— Venta al francés Juan Balp, director de la compañía ecuestre residente en Granada, de los beneficios de las funciones ofrecidas por dicha compañía a partir del 1 de junio de 1804. El contrato es del 29 de mayo de ese año[8].

— Venta hacia noviembre de 1803 de los beneficios de varias corridas a don Nicolás Laín de Guzmán. Perdió dinero en dos corridas debido a que en una de ellas no llegaron los matadores y hubo que echar mano de una media espada de Granada, que no atrajo público, y a que el día de la otra corrida estuvo nublado y la gente había acudido a la feria que se hacía en los Basilios. Pidió y obtuvo licencia para volver a organizar otra corrida con el fin de reducir pérdidas[9].

            Respecto a la organización particular de funciones para fines varios, una muestra es la petición que hacia julio de 1740 realizaron dos hermanas, solteras, vecinas de la Alhambra y mayordomas de la hermandad de María Santísima. de la Hiniesta, en la que pedían licencia para correr un toro y emplear los beneficios en la confección de un vestido y un manto para la imagen de la Virgen, y ayudar a la celebración de su fiesta. Según decían esto era habitual desde hacía años. Quizá por eso se les concedió su deseo[10].

            Para atraer público era habitual que en el transcurso de la corrida se sorteasen entradas gratuitas con asiento para la siguiente función, algún dinero en metálico, o incluso toros, uno por agraciado. Siempre eran varios los espectadores premiados.

Un ejemplo curioso de estos sorteos lo tenemos en el realizado en la función del día 22 de febrero de 1803, celebrada tras concederse a un vecino de Granada la siguiente petición:

“Señor Alcaide Gobernador: Juan Antonio Molina tiene 15 cerdos de varias edades, pesos y señales, y quiere celebrar en la plaza de toros de la Alhambra una corrida de novillos para sortearlos. Se ofrece a pagar 2500 reales. La corrida quiere celebrarla en carnaval y si no el día de san José. Él pagará los gastos de conducción del ganado, cabestraje, toril, plaza, administración; 2 reales la entrada, pudiendo los agraciados, sacados uno a uno, elegir su cerdo. Debe el gobernador autorizar que los cerdos anden libres por la jurisdicción de la Alhambra para que la gente los vea hasta el día del sorteo”.

            Concedida la licencia al día siguiente, se celebra la función el día antes indicado, pero surge un problema: los quince cerdos sorteados no habían tocado a nadie, y la sospecha de fraude se cernía sobre el organizador. Dijo al día siguiente el gobernador que, cumpliendo con lo estipulado, la autoridad de la plaza había solicitado que se hiciese el sorteo mientras se corría el tercer toro, pero el organizador se negó, porque todavía no le habían llevado el arca que contenía los resguardos de las papeletas vendidas, que lo habían sido en Plaza Nueva, la Puerta de las Granadas y Peña Partida, además de en la misma plaza. Según declaración de Ramón Castrillo, subteniente de la Compañía Provincial de Inválidos, la negativa de Molina le enfrentó con el alférez comandante de la guarnición de la plaza, y llegó a decir que él mandaba en la plaza y abriría las puertas y quitaría los centinelas si quisiese. El soldado Cristóbal Romero dijo que fue necesario empezar a correr otro toro para aliviar la desesperación del público.

            Se acusó al organizador de introducir en la plaza “por sí o por medio de algún confidente partida de suerte a su favor”, es decir, había mezclado las papeletas sobrantes con los resguardos de las vendidas, para extraer las sobrantes y no dar ningún cerdo. Éstas, extraídas por “un niño de corta edad puesto al intento”, correspondían a los números 962, 3365, 9730, 15211, 4377, 5799, 11252, 13948, 5796, 13042, 6086, 4798, 9556, 2892 y 3623.     

            Llevada el arca de los boletines ante el alcaide para su reconocimiento, se toma declaración al acusado, quien además de remitirse al contrato reconoce la tardanza del sorteo (que debía hacerse al finalizar el segundo toro), aunque niega que le pidiesen hacer el sorteo corriendo el tercer toro, e insiste en que las puertas de la plaza no se podían cerrar a pesar de finalizar el plazo de admisión de suertes a las tres y media de la tarde. Justifica la tardanza del sorteo por la espera de los boletines vendidos en Granada,  y admite que su comisionado don Antonio Zorrilla había introducido en el saco de la rifa las papeletas sin vender, pero porque no pensaba que podía darse la “casualidad” de que no saliese ninguna con premio. También reconoce que varios ciegos habían vendido papeletas por la calle, pero afirma haber recibido las cuentas de esas ventas en su casa de Plaza Nueva a las tres de la tarde y por medio de su mujer. Respecto al cobro de entradas a quienes veían la corrida desde las galerías porque no tenían silla, dice no saber nada debido a que no había recibido la cuenta de uno de los cobradores -que habían sido Francisco de Prados y “fulano” López-. A esta declaración le responden que miente, ya que habían surgido problemas con un criado del marqués de Villa Alegre y un francés que se negó a pagar si no le daban asiento y al que le habían quitado por ello su capa.

            Una vez reconocidos los boletines guardados en el arca, se hace un inventario de éstos:

— Quince paquetes de cien boletines cada uno.

— Ciento sesenta boletines sólo con el número de la entrada, desde el 9000 hasta el 14000.

— Otras papeletas rotas y enmendadas.

— Veinticuatro paquetes de cien boletines con numeración.

— Veinte manos de ochenta boletines.

— Dos licencias para matar cerdos, con fecha de 24 de febrero de 1803 firmadas por don José Álvarez de Toledo.

            Finalizan las diligencias tras esta inspección y se condena al acusado al pago de una multa de 200 ducados para el reparo de los paseos de las alamedas y las costas del proceso, y que fueron prontamente pagados el día 24 de febrero[11].

 

 

Las hermandades y la tauromaquia con fines piadosos

            Además de particulares, también obtenían la venta de corridas de toros las hermandades religiosas, que en muchas ocasiones recurrían a la Fiesta Nacional para remedio de sus males o consecución de sus pretensiones, materiales o no, quizá porque sus ingresos no fuesen muy abultados; el caso es que las peticiones por parte de las hermandades para hacer toros eran muy comunes, y es muy posible que todos los años se hiciesen. Solían invertir el dinero en el culto a sus imágenes, limpieza, decencia y adorno de iglesias y capillas, y alguna que otra vez para hacer enseres varios. De entre las muchas noticias que hemos podido leer entresacamos las siguientes:  

            En 21 de julio de 1749 solicita la hermandad de Jesús de la Humildad, residente en la parroquial de Santa María de la Alhambra, poder correr varios toros con cuerda en días diferentes, para emplear el dinero obtenido en el culto y decoro de sus imágenes y fiesta. Apoya su solicitud en que desde muchos años atrás se le daba dicha licencia para socorrer sus necesidades. Tras tomar juramento a dos vecinos de la fortaleza, que dicen haber visto corridas celebradas por dicha hermandad desde mucho tiempo atrás, se obedece la Carta Orden enviada desde Málaga el 19 de julio, por la que se concede la celebración por la solicitante de tres funciones de toros con cuerda en los días 25, 26 y 27 de julio de 1749[12].

            El 25 de abril de 1785 el alguacil de la Alhambra hace saber al juez conservador, don Pedro de Fonseca y Montilla, la intención de la hermandad de Ánimas de la parroquial de Santa Escolástica (convento de Santo Domingo, en el barrio del Realejo) de correr en la Alhambra un toro o novillo con cuerda en la Pascua de Espíritu Santo, para obtener dinero mediante el cobro de una limosna consistente en lo que cada espectador pudiese y quisiese dar por ver la función. El juez conservador deniega la petición y prohíbe la entrada del toro en toda la jurisdicción de la Alhambra con el argumento de ser motivo de alborotos y “ofensas a las majestades divina y humana”. No sabemos si al final se celebró la función[13].

            El 16 de agosto de 1803 vende la Gobernación de la Alhambra una corrida de toros o novillos a la hermandad de Ánimas de la iglesia de Santa Ana (Plaza Nueva) para el día 21. Posteriormente volverían a venderle nuevas funciones para los días 4 y 8 de septiembre (día de la Natividad), 25 de septiembre y para el mes de julio de 1804[14].

 

 

Algunos aspectos de los espectáculos toreros

            En los días previos a la celebración de los festejos los toros eran conducidos por los vaqueros a unos terrenos que la jurisdicción de la Alhambra tenía junto a la fortaleza. Allí pacían y comían los animales hasta que eran llevados a la Plaza de los Aljibes para meterlos en el toril. Uno de esos terrenos era la dehesa de la “Casa de las Gallinas”, mencionada más arriba. También se preparaban los caballos, revisando sus herrajes y demás menesteres.

            Antes de cada corrida solía hacerse una inspección de la plaza de toros, por si fuese necesario reparar algo -muchas veces las barreras y el toril-, y se regaba y preparaba el ruedo, alisando la arena y, en caso necesario, echando más. 

El público entraba libremente a la plaza, y una vez ocupados los asientos, los cobradores visitaban a los asistentes para cobrarles la entrada. Quienes podían, como veremos después, aprovechaban los edificios contiguos y las murallas para ver los toros de balde, o incluso intentaban colarse por otras “entradas”.  Para evitar tales picardías estaban los soldados de guardia, que paseaban por los adarves y caminos escondidos. También había una guarnición presenciando las funciones por si había altercados, que los hubo de vez en cuando, y un alguacil, que entraba en acción para practicar alguna detención.

            En las funciones solía haber música (a veces más de diez músicos y al menos dos clarines a comienzos del siglo XIX, en tiempo de la compañía de músicos de Melchor Gaona[15]), y muchas veces se lanzaban cohetes y fuegos artificiales. También era normal intercalar en medio del espectáculo algún baile o representación variada[16].

            Son muchas las noticias que conocemos acerca de lo que acabamos de decir: guardias, cobradores, músicos, vaqueros, etc., y otros datos relacionados con la iluminación y vigilancia nocturna de la plaza, la existencia de zanjas para los caballos; sin embargo resulta un tanto llamativo que junto a las menciones de toreros, banderilleros, picadores, espadas y demás artistas, casi nunca hallemos los nombres de quienes desempeñaban esos oficios. De hecho, sólo hemos encontrado una de esas anotaciones: en una corrida del año 1802 participaron las compañías de Bartolomé Gálvez, Juan Lirela, Francisco García y Miguel de Rojas, lidiadores, banderilleros y picadores de vara larga, vecinos de Granada[17].

 

De la calidad de los toros lidiados y del éxito de las corridas apenas hay referencias. Una de ellas muestra el descontento del público y de la organización del festejo, que manifestaron su protesta:

 

 El 27 de mayo de 1800 Alfonso Pérez Cid, vecino de la jiennense villa de Cazorla, había contratado llevar a Granada 40 toros, de los cuales nada menos que 36 iban a ser lidiados en un único día, el 6 de julio. El retraso en la llegada de las reses, con los toreros de camino a Granada, obligó a la organización a comprar 5 toros a don Juan de Prado, vecino de Antequera, quien aprovechó la urgencia de los compradores para imponerles un precio abusivo (1350 reales, cuando su valor no superaba los 1000). De Cazorla llegaron unos primeros toros muy buenos, pero los organizadores se quejaron de que “con los que quedaron nos dieron chasco, pues eran absolutamente mansos, lo que causó el mayor descrédito de la plaza, en términos que fue necesario ocultar el dueño del ganado por haberse perdido las entradas de la sexta función”. Por si fuera poco, a alguien se le ocurrió colocar en la vía pública falsos anuncios de una corrida para el día 15 de agosto, de modo que “…para evitar un chasco a este respetable público, se le avisa, de orden del señor gobernador de la Alhambra, carece de todo fundamento la voz divulgada y carteles que se han fijado anunciando que el día 15 del corriente hay toro de cuerda en aquella fortaleza, y que el autor de ella y de estos papeles debe haberse propuesto el desacreditar la empresa y retraer la concurrencia a las funciones que se anunciarán en la forma acostumbrada”[18].

 

Los gastos de las corridas eran cubiertos en función de las cláusulas de cada contrato, aunque solían ser los tomadores quienes se hiciesen cargo de pagar a los vaqueros, cobradores, músicos, guardianes, alguacil, coheteros, además, evidentemente, de toreros, titiriteros, bailarines y demás artistas contratados. El alimento de los animales era sufragado a cuenta del Real Patrimonio, al que pertenecían los terrenos de descanso del ganado de lidia. Los gastos anotados como “extraordinarios” no se explican, pero por su denominación debemos pensar en hechos puntuales, como la compra de sogas para embolar toros[19], banderillas, hachones para iluminar la plaza, intervenciones poco importantes del carpintero, etc.

 

Cabe destacar, para finalizar este apartado, una petición del año 1804 a la Gobernación de la Alhambra para el pago de una deuda:

 

“Pegalajar, 18 de julio de 1804.

Señor gobernador y de mi mayor estimación: me alegraré de que Vuestra Señoría esté bueno, en compañía de la señora y familia; yo estoy en una cama malo, y me veo en la premisa de que Vuestra Señoría haga por que se me satisfaga el resto de los novillos que me se deben (sic), pues los segadores han acabado y el trigo que he cogido es muy poco y malo, y por el amor de Dios hágalo Vuestra Señoría, pues de tener que vender trigo es la pérdida de mi casa, que me quedo sin grano para volver a sembrar, y a lo menos cuando no sea el todo de los 6 novillos restantes, que sea algún dinero hasta que yo vaya y ajustemos las cuentas. De Vuestra Señoría su afectísimo servidor que su mano besa. Antonio Ruiz.”[20]

 


                                             

                                                        Vista de la plaza y corrida de toros en Madrid. Antonio Carnicero. 1791

 

 

Las corridas no eran gratuitas

            Pillos ha habido siempre, y en la Alhambra los había que pretendían escaquearse y pasar de balde o pagar menos para ver los toros. Rescatamos sobre esto una curiosa referencia dieciochesca:

            Un expediente del año 1787 nos dice que los domingos se corrían novillos con cuerda en la Plaza de los Aljibes, con la intención de recoger algún dinero para socorrer a las exhaustas arcas de la Alcaidía de la Alhambra. Para cobrar las entradas se colocaban unos guardias en las puertas del cuerpo de guardia y del Carril, pero algunos individuos, sobre todo niños y jovenzuelos, se colaban por las murallas inmediatas a la Puerta del Carril. El día 5 de agosto los soldados de guardia habían pillado en pleno intento a ocho energúmenos, que de inmediato fueron llevados a la cárcel para declarar.

            A uno de los detenidos le incautaron ocho duros en duros, dieciséis reales en “pesetas” y quince cuartos de vellón -cobre-, además de un cuchillo catalán de mesa con puño de palo y punta, escondido entre el ceñidor.

            A otro detenido le cogieron dieciséis cuartos y medio y una navaja “de las largas con punta y puño negro de cuerno con una virola de latón dorado” y cuatro cuartos.

            Otro llevaba una porra y una navaja de hechura de hocino -corvo y acerado, para cortar leña-.

            Uno era albañil y tenía trece años; otro era tejedor de cintas, otro cabrero, que dijo no recordar el apellido de su madre, otro herrero y otro tintorero, y todos dijeron que se habían colado por un agujero que un soldado extranjero “picado de viruelas” había practicado junto a la Puerta del Hierro. El soldado no hizo el agujero por capricho, sino para cobrar también su entrada al que se colase, pero más barata que en taquilla, obviamente, y parece que no le faltaban clientes.

            El dinero confiscado a los detenidos se repartió entre los soldados que hicieron la detención, Juan Lamber y Bartolomé Pedris, la hermandad de la Virgen que se veneraba en la puerta de la guardia, el carcelero, Juan de Molina (por asistir a la prisión), el alguacil (Agustín de Aguirre) y la reparación de las tapias y el agujero.

            Las armas se presentaron al maestro armero Miguel de Olivares para que las reconociese y dijese si eran de uso prohibido. Declaró que el cuchillo figuraba en las Reales Pragmáticas y las navajas no; de la porra no podía hablar por no ser de su oficio.

            Fueron visitadas las casas de los detenidos para reclamar fianzas a sus familias, pero ante la enorme pobreza de todas se desistió del intento y se solicitó al fiscal de la Alhambra que prosiguiese el proceso como considerase oportuno, aunque ignoramos esa parte[21].

 

 

Año 1800. La Alhambra estrena plaza de toros

En cuanto a la plaza, la existencia desde el principio de una construcción específicamente destinada a correr toros es una incógnita. La escasez de referencias antes del siglo XVIII -ya se ha dicho que sólo conocemos dos- y el uso de los términos “patio redondo” o “plaza anfiteatro” nos hacen dudar acerca de si la Plaza de los Aljibes era en los primeros tiempos acondicionada provisionalmente para las corridas y más tarde se hicieron el ruedo y sus gradas, o cualquier otra posibilidad. Suponemos que ya había una plaza de toros hecha al menos desde finales del siglo XVIII, cuyo desmantelamiento el año 1800 marca el inicio de la presencia de importante cantidad de documentación referente a obras y reparos en el ruedo de la Alhambra.

            El deterioro de la antigua plaza y la próxima celebración de funciones taurinas llevaron a la Gobernación de la Alhambra a decidir la construcción de un nuevo ruedo[22], que comenzó a levantarse en mayo de 1800 y se finalizó varios meses después, aunque su estreno se hizo muy pronto, el día 8 de julio. Las obras fueron dirigidas por el profesor de arquitectura Antonio Manuel Molina, quien puntualmente iba tomando nota de los gastos, de los cuales entresacamos, por ser los más destacados, los siguientes:

— 3500 reales por ciertos tramos de empilastrado, sostenientes, quita cimbras, estribos, tendidos, encopete con todo el juego de tacos, zapatas para el segundo cuerpo con sus correspondientes graderíos, y otras faenas (?).

— 1700 rs por hacer la barrera del saltador de toreros que guarece toda la circunferencia, con apertura de hoyos, fijado de pilarcillos, apisonado de éstos, y demás hasta acabarlo.

— 887 rs por un cuadrante de suelo de cuadrado para el piso del segundo cuerpo, que se halla fijado entablado y concluido con su correspondiente enjabalconado a la parte de Poniente.

— 100 rs a Antonio de Checa por dos juegos de escaleras para subir a las gradas de los tendidos.

— 80 rs a Juan de Huertas por el aumento de dos gradas más que hizo en dicho cuadrante.

— 50 rs a Antonio Escalona, Juan Fren y José Matamoros por otra grada en dicho sitio y ochava del Mediodía.

— 263 rs a Sebastián de Viedma por siete arcas medianas, una puerta clavadiza y un escaño.

— 213 rs a Sebastián de Viedma por un carro de madera.

— 220 rs a Francisco García por siete hojas de puerta para jaulas en los toriles.

— 190 rs a José Alguacil por cinco hojas de puerta para el corral y salida del toril.

— 80 rs a José Callejas por los canes, tarimilla y balcón principal de mando.

— 24 rs a Antonio Aceituno por tornar las verjas del balcón.

— 251 rs a José Medina por hacer ciertos tramos de corredorcillo.

— 8 rs por dos quicialeras de hierro para la compuerta del potro.

— 24 rs a José de Toro, maestro tornero, por dos cilindros y dos carretes.

            Aparecen además otros libramientos de dinero para la compra de clavos[23] (muchos de ellos hechos con el hierro de las picas de la Sala de Armas, fundidas al efecto[24]), preparación del suelo con cargas de arena, armado de vayas, sogas, esteras de esparto para los asientos[25], y otros gastos de menor entidad. 

El día 7 de julio se concluyó el tramo de la parte Norte, se sentaron los corredorcillos y se repasaron los sostenientes, puntales y toriles. A partir de la inauguración muchas reparaciones se tuvieron que hacer por las noches, seguramente debido a la duración de las corridas y a que solían hacerse en días seguidos[26].   

            Parece que la nueva plaza de toros de la Alhambra no tenía muy buena fábrica, pues poco después de empezar a usarse ya hay anotaciones de ciertas reparaciones. A ello hemos de sumar las intervenciones realizadas para mejora y embellecimiento. Así, en 1802 se renovó la arena de la plaza (entre octubre y noviembre)[27] y se compraron 24 sillas para el público, realizadas por el maestro sillero Nicolás de Sola, a seis reales y medio cada una, y Luis Manjón encoló las de la galería. También se hizo una silla de brazos forrada para el balcón de mando; la hizo y pintó Miguel Valenciano, para cuyo efecto Antonio Picayo vendió el forro de badana acordobanada, tachuelas de metal y hierro, galón, cinta y lienzo[28].

            Las reparaciones hicieron poco efecto y por ello el 15 de septiembre de 1804 se realizó una tasación para realizar una reparación de urgencia[29].

 

Los toros y la conservación de la fortaleza. El dilema de la prohibición

 

            Independientemente de que el público dispusiese de gradas, era práctica generalizada que en las funciones de toros la gente subiese a los tejados de las casas que rodeaban la Plaza de los Aljibes, con el consiguiente disgusto de la Junta de Obras y Bosques -residente en Madrid-, que en más de una ocasión pidió la prohibición de tal práctica, con el fin de evitar daños materiales y ahorrarse reparaciones innecesarias, aunque nunca se consiguió acabar con la costumbre popular.

            El 11 de febrero del año 1744 se ordena la citada prohibición, debido al mal estado de los tejados y las numerosas goteras. También se prohíbe la cría de palomas, ya que los pichones atraían a las garduñas, que anidaban en los tejados[30].

            El 23 de mayo de ese mismo año solicita la hermandad de Ntra. Sra. de la Hiniesta, sita en el convento de San Francisco, licencia para correr un toro con cuerda en la Plaza de los Aljibes. Se le concede la petición a cambio de que sus mayordomos se hagan cargo de los posibles daños causados por el público en la Casa del Emperador, el lienzo de muralla que va a la Alcazaba, la Torre del Homenaje y las casas contiguas a la plaza. El maestro mayor de obras, Francisco Pérez Orozco, ayudado por el sargento José Marín, el cabo Manuel Pérez Orozco y el soldado Bartolomé del Rincón, inspecciona los espacios por si hay peligro en caso de subir el público. Hecho el reconocimiento, se avisa a los dueños de las casas contiguas a la plaza, doña Margarita Valdivia, Juan de Gójar, Alfonso Sánchez, don José Caicedo y don Francisco Gabí, para que no permitan subir a nadie a sus tejados. Respecto a la Casa del Emperador, sí se permite su uso ya que la solería es de ladrillo y los únicos tejados existentes, “hechos pedazos y las maderas podridas”, miran a la parte trasera del edificio. Pasada la corrida dice el maestro mayor de obras que no ha subido nadie a los tejados y no hay daños[31].

            El deplorable estado de conservación que sufría la Alhambra y el abandono de muchas de sus estancias, que se encontraban en ruina, obligó a la prohibición total o parcial de las corridas de toros para evitar daños mayores.

            Por ejemplo, en julio de 1749 la Junta de Obras y Bosques no permitió a la hermandad de Jesús de la Humildad celebrar tres corridas de maroma debido al peligro derivado del cercano almacenamiento de municiones de guerra; dicha Junta se quejó el 27 de septiembre a la Gobernación de la Alhambra por haber permitido que don Pedro de Ribera, uno de los mayordomos de dicha hermandad -muy posiblemente en nombre de ésta- pudiese organizar dos corridas los días 2 y 3 de agosto, a pesar de que el público fumaba “tabaco de chupar” y había pólvora cerca. Antes de esta queja, el 12 de agosto, se había requerido a don Pedro de Ribera para que pagase los daños causados por el público que presenció los toros desde los tejados[32].

            Veto total a los toros en la Alhambra fue el aconsejado en un memorial del año 1767, en cuyo último apartado se recomienda “no hacer toros en el alcázar, pues es acabar de arruinarlo y destrozarlo”[33].

            Sin embargo la prohibición de las corridas podía ser mala solución, pues la falta de dinero impedía acometer obras y aumentaba el abandono de las edificaciones. Por eso en muchas ocasiones no hubo más remedio que autorizar corridas para emplear la recaudación en obras de reparación de murallas, torres, palacios y estancias varias. Para eso se pedían de vez en cuando permisos puntuales; así, el 8 de abril de 1795 se solicita poder celebrar los días feriados corridas de toros de un novillo embolado en cuerda “para reparar el alcázar”[34]. Finalmente el Gobierno de España autorizó la celebración de seis u ocho corridas anuales (Aranjuez, 18 de abril de 1800)[35].

            También se empleaban los beneficios que reportaban las corridas para costear las necesidades y los caprichos de los gobernadores, que eran incluidos en las obras de conservación. Un ejemplo de ello es la obra realizada en 1802 en la Casa Real para la vivienda del gobernador, y cuya obra de carpintería, bastante destacable, fue realizada por Juan Marín y Velasco y consistía en lo siguiente[36]:

— Cuatro ventanas para el mirador. 934 reales.

— Una ventana sin hojas. 110 reales.

— Cinco pares de puertas de vidrios para las ventanas. 394 reales.

— Tres mamperlanes de tres varas. 65 reales.

— Dos puertas del mirador. 195 reales.

— Una mampara para la puerta de la sala principal. 287 reales.

— Cinco pares de puertas de vidrio de tres varas para balcones y salas de estrado. 684 reales.

— Siete pares de puertas de vidrio para ventanas pequeñas. 453 reales.

— Una portada para la chimenea francesa. 230 reales.

 

En 1803 se arreglaron los adarves y se pintó su puerta, seguramente con el beneficio de las corridas de toros[37].

 

 

                    Picaso, 1934

 

 

Consideraciones finales

            El presente artículo es un breve estudio de los festejos taurinos celebrados en la plaza de toros de la Alhambra desde la conquista de Granada y hasta bien avanzado el siglo XIX, época en la que el conjunto monumental empezó a dejar de ser habitado para ser restaurado y puesto en valor.

            La documentación conservada en el Archivo Histórico de la Alhambra muestra cómo las fiestas de toros fueron muy habituales en el monumento y en diversas partes de la ciudad que pertenecían a su jurisdicción desde la conquista de la ciudad hasta bien entrado el siglo XIX, aunque no se han conservado –o al menos no constan en catálogo- documentos referidos a temática taurina anteriores al siglo XVIII ni posteriores al año 1806[38]. Los que han llegado a nuestros días evidencian la importancia económica que dichos festejos tenían para las siempre vacías arcas de la hacienda pública, que nunca se atrevió a prohibirlos a pesar del daño que provocaban en las estancias cercanas al ruedo: el público subido a los tejados, la entrada y salida del ganado, la cercanía del polvorín al coso, donde el público fumaba y algunas compañías de artistas lanzaban fuegos artificiales, etc.

            Las fiestas con toros, muchas veces unidas a actuaciones de titiriteros, bailarines y músicos, se celebraban en varias ocasiones cada año, organizadas por negociantes particulares, corporaciones religiosas o empresarios que habían adquirido los derechos de una temporada completa, bajo condiciones perfectamente establecidas en un contrato.

 


 

 

 

NOTAS


[1] Archivo Histórico de la Alhambra (A.H.A). Leg. L-Falta, A-64-50.

[2] AHA, Leg. L-209-1 (leg. 226).

[3] AHA, Leg. L-296-1 (leg. 303).

[4] AHA, Leg. L-115-6 (leg. 131).

[5] Sirvan como ejemplos las cuentas de la impresión de carteles y papeletas de toros embolados y de muerte desde agosto de 1801 hasta junio de 1802, y de los gastos en vestidos, cordón, cinta, colgadura, carteles pintados, espadas, etc., de fecha 13 de septiembre de 1803, en AHA, Leg. L-296-1 (leg. 303).

[6] AHA, Leg. L-171-32.

[7] Ibídem.

[8] AHA, Leg. L-296-1 (leg. 303).

[9] Ibídem.

[10] AHA, Leg. L-162-1 (leg. 180).

[11] AHA, Leg. L-171-17 (leg. 189).

[12] AHA, Leg. L-165-32 (leg. 183).

[13] AHA, Leg. L-171-17 (leg. 189).

[14] AHA, Leg. L-296-1 (leg. 303).

[15] Melchor Gaona aparece mencionado el año 1802 como músico y maestro cohetero, en partidas de gasto separadas. El 28 de diciembre recibió junto al maestro cohetero Damián García 8070 maravedíes por quemar 18 castillos de fuego. Ibídem.

[16] El 22 de diciembre de 1802 se pagaron a la compañía de Diego Maldonado 460 reales por salir a bailar y “hacer otras habilidades” en la función del 24 de octubre. Ibídem.

[17] Ibídem.

[18] AHA, Leg. L-171-32.

[19] En julio de 1802 el encargado de embolar y desembolar a los toros era un tal Mateo Nísporo. Ibídem.

[20] AHA, Leg. L-296-1 (76).

[21] AHA, Leg. L-176-7 (leg. 196).

[22] AHA, Leg. L-171-32. Se había dado permiso para celebrar seis u ocho corridas, pero antes era necesario levantar una nueva plaza de toros. Se contrató con Juan Fernández y Rafael Castillo la corta en el Soto de Roma y su traída hasta la Alhambra de la madera necesaria.

[23] AHA, Leg. L-162-10. Como ejemplo, sirva la venta que en junio y julio de 1800 hicieron Francisco Heredia, Antonio Sevilla y Bernardo Pérez Aguirre de 71 arrobas y 4 libras de hierro viejo para hacer clavos para la plaza de toros de la Alhambra. Este último, que era maestro cerrajero, hizo con dos aprendices 64 arrobas de clavos entre el 15 de mayo y el 7 de junio. También fabricó goznes, cerraduras, llaves, armellas, almocafres, un legón, etc.

[24] AHA, Leg. L-177-2 (leg. 198). Documento de 12 de mayo de 1800.

[25] Como ejemplo, la orden dada al sustituto del tesorero pagador de Obras, Bosques y Hacienda de la Alhambra en 20 de diciembre de 1802 para pagar a Francisco Sánchez, maestro espartero, por las esteras que hizo para los palcos y las galerías de la plaza de toros. 1651. AHA, Leg. L-296-1 (15).

[26] AHA, Leg. L-162-4 (leg. 180).

[27] AHA, Leg. L-296-1 (leg. 303). Francisco Medina y Antonio Manzano, cascajeros, llevaron a la plaza de toros de la Alhambra un total de 564 cargas de arena entre el 10 de octubre y el 14 de noviembre de 1802, al precio de 5 cuartos la carga. 

[28] Ibídem.

[29] AHA, Leg. L-171-32. La tasación, que alcanzó los 4600 reales, fue hecha por el maestro mayor de carpintería de la Alhambra, Luis del Águila.

[30] AHA, Leg. L-162-1 (leg. 180).

[31] AHA, Leg. L-293-10 (leg. 300).

[32] AHA, Leg. L-162-1 (leg. 180). La Hermandad quería emplear el beneficio en dorar el retablo de la imagen y comprar alhajas para el culto.

[33] AHA, Leg. L-53-32 (leg. 61). En este memorial, fechado a 10 de febrero de 1767, se recomienda que no pasten ganados en el bosque de la Alhambra fuera del tiempo, porque lo destruyen. Se expresa el pesar por la mala actitud de los soldados que residen en el monumento, porque talan árboles sin permiso y destrozan las viviendas. Se señala “la falta de buena armonía que en este alcaide se encuentra”.

[34] AHA, Leg. L-181-18 (leg. 203).

[35] AHA, Legs. L-162-2 y L-162-8.

[36] AHA, Leg. L-296-1 (leg. 303).

[37] Ibídem.

[38] AHA. Leg. L-176-23.

 

 

5. Fuentes y bibliografía

 

Fuentes

            -Todos los documentos consultados pertenecen a la Sección Histórica del Archivo de la Alhambra. Han sido consultadas las piezas correspondientes a las siguientes signaturas: L-falta, L-209-1 (legajo 226), L-115-6 (legajo 131), L-296-1 (legajo 303), L-162 (legajo 180), L-293-10 (legajo 300), L-165-32 (legajo 183), L-53-32 (legajo 61), L-171-17 (legajo 189), L-171-32, L-176-7, L-181-18 (legajo 203), L-315-1-6, L-176-7 (legajo 196), L-177-2 (legajo 198).

 

 

Bibliografía

MORENO OLMEDO, María Angustias, “Catálogo del Archivo Histórico de la Alhambra”, Granada, Patronato de la Alhambra y el Generalife, 1994. Esta publicación es el único instrumento de descripción de los fondos documentales de este archivo. A pesar de sus defectos es imprescindible su uso para cualquier consulta. 

PATRONATO DE LA ALHAMBRA Y GENERALIFE (textos de Jesús Bermúdez López y Pedro Galera Andreu), “La Alhambra y el Generalife. Guía oficial de visita al conjunto monumental”, Granada, 1998.

En relación directa con la temática de este trabajo esta obra no aporta nada, pero es muy útil para conocer las transformaciones más importantes que desde el siglo XV han sufrido la Alhambra y su entorno, en muchas de las cuales tuvieron mucho que ver las corridas de toros.

VÍLCHEZ VÍLCHEZ, Carlos, “La Alhambra de Leopoldo Torres Balbás (Obras de restauración y conservación. 1923-1936)”, Granada, Comares, 1988.

“Imágenes en el tiempo: un siglo de fotografía en la Alhambra. 1840-1940. Sala de exposiciones del Palacio de Carlos V, conjunto monumental de la Alhambra. 15 de enero al 15 de junio de 2003”, Granada, 2002.

Las fotografías de esta obra ilustran perfectamente el deterioro que sufría el conjunto monumental en el siglo XIX, y dan una idea de lo que pudo cambiar en épocas anteriores.


 


 

 

Curriculum y otro trabajo del autor en este sitio 

POBREZA Y BANDIDAJE EN EL ALTIPLANO GRANADINO EN TIEMPOS DE CARLOS II. LA PESQUISA DE ALONSO DE HERRERA

 

Doce linajes de Soria

Doce linajes de Soria

 

Doce Linajes de Soria/

Casa Troncal de Caballeros Hijosdalgo de los Doce Linajes de Soria


"La Asociación de Hijosdalgos descendientes de aquellas familias que conformaron los Doce Linajes, abre este blog para hacerse eco de cuantas actividades y noticias promuevan y patrocinen, no solo los miembros de esta Casa, sino también todas las Asociaciones, Corporaciones y Órdenes que conforman el rico abanico caballeresco existente en nuestros días."

 

Aportaciones novedosas a la historia del solar de Tejada, por don Antonio de Castro y García de Tejada, El señorío del solar de Tejada

Hispagen. Asociación de Genealogía Hispana

Hispagen. Asociación de Genealogía Hispana

http://www.hispagen.es

Nacimientos bajo control. El parto en las edades Moderna y Contemporánea

Nacimientos bajo control. El parto en las edades Moderna y Contemporánea

 

Sonia García Galán, Silvia Medina Quintana, Carmen Suárez Suárez, Colección: Estudios Históricos La Olmeda, Asturias, 2014

 

Ficha editorial  de Ediciones Trea, más información...

Nacimientos bajo control trata de aproximarnos al momento del parto a lo largo de las edades Moderna y Contemporánea. Entendiendo el acto de dar a luz dentro de la más amplia construcción social y cultural de la maternidad, el libro reúne un total de diez artículos de otras tantas autoras, dos de ellas italianas y una francesa. El control de los nacimientos se presenta como una garantía para la perpetuación de los linajes en la Edad Moderna, a la par que se estudia, para el mismo periodo, el oficio de partear y sus transformaciones, los ritos que debían cumplir las mujeres durante el puerperio y el caso particular del parto fingido.

Llegando a la Edad Contemporánea, el control del parto desde la medicina se convierte en un paradigmático ejemplo de la desvalorización de los saberes y prácticas populares y femeninas. Se analiza, asimismo, la experiencia de dar a luz partiendo de testimonios de mujeres, la transformación de los lugares para el parto, desde la vivienda particular al centro de maternidad, y se estudia, finalmente, el control del embarazo y del alumbramiento desde un régimen dictatorial como el franquista.

El libro concluye con dos visiones desde el feminismo que reflexionan en torno al control de los propios cuerpos, muy pertinentes en el contexto actual de regresión en los derechos de salud sexual y reproductiva en España.

Carmen Suárez Suárez es doctora en Historia por la Universidad de Oviedo y licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Educación a Distancia. Ha publicado los libros El feminismo asturiano en la oposición al Franquismo y en la Transición democrática. Vivencias, conciencia y acción política (2014), Narradoras de la conciencia feminista: la «habitación propia» de Dolores Medio Estrada, Sara Suárez Solís y Carmen Gómez Ojea (2014) y Feministas en la transición asturiana (1975-1983). La Asociación Feminista de Asturias (2003). Es además editora del libro Maternidades. (De) construcciones feministas (2009).

Silvia Medina Quintana es doctora en Historia por la Universidad de Oviedo con la tesis Mujeres y economía en la Hispania romana. Oficios, riqueza y promoción social. Ha publicado, además, numerosos artículos en revistas y obras colectivas.

Sonia García Galán es doctora en Historia por la Universidad de Oviedo y autora de los libros Mujeres modernas, madres conscientes y sufragistas exaltadas. Ideales de feminidad y debates feministas en Asturias (1919-1931) (2009) y Mujeres entre religión y ciencia. Discursos de la inferioridad femenina a través de la prensa asturiana (1900-1931). Ha publicado, además, numerosos artículos en revistas y obras colectivas.

POBREZA Y BANDIDAJE EN EL ALTIPLANO GRANADINO EN TIEMPOS DE CARLOS II. LA PESQUISA DE ALONSO DE HERRERA

POBREZA Y BANDIDAJE EN EL ALTIPLANO GRANADINO EN TIEMPOS DE CARLOS II. LA PESQUISA DE ALONSO DE HERRERA

Jesús Daniel Laguna Reche

Universidad de Granada


En el año 1679 los pueblos del norte de Granada sufrieron las agresiones de una partida de bandidos que obligó a trasladar desde Murcia un cuerpo de ejército para combatirlos.

Veintiún años después, la Real Hacienda ordenó auditar las cuentas de lo que se gastó en dichos soldados, para valorar si se cumplió lo dispuesto por las órdenes reales

Quizá fue un fenómeno meramente delictivo, pero pudo estar causado por la enorme pobreza de la mayor parte de la población, afectada por las malas cosechas y las epidemias de peste.

 

 

 Palabras clave: Huéscar; siglo XVII; bandidaje; pobreza; soldados; auditoría de cuentas; pesquisa.

 Publicado en: Boletín del Centro de Estudios "Pedro Suárez" (Guadix, Granada), nº 25, año 2012.

[Imagen de portada: Museo del Bandolero ]

 


1. El bandidaje en el siglo XVII. Marco histórico 

2. Antecedentes y factores. Búsqueda de una explicación 

3. La pesquisa de Alonso de Herrera 

4. La gestión económica de la pesquisa 

Apéndice documental 

Notas 

El autor

 

1. El bandidaje en el siglo XVII. Marco histórico

 

Es de sobra conocido para los historiadores que el siglo XVII fue para España pródigo en desgracias. Múltiples condicionantes de índole política, económica e ideológica se aunaron para proporcionar a los míseros españoles una larga época de padecimientos y estrecheces vitales. En el ámbito político, la entrada de España en la guerra de los Treinta Años en apoyo del Sacro Imperio de los Habsburgo y contra Francia reactivó las reclutas de soldados y supuso un inmenso gasto para el Estado, que suscribía empréstitos a muy alto interés y ahogaba económicamente a los súbditos del rey mediante subidas de impuestos e imposiciones tributarias extraordinarias. En el plano económico, dicha presión fiscal no hacía más que reducir la capacidad adquisitiva del pueblo, que retrajo el gasto corriente y volvió parcialmente al trueque, ante la retirada intencionada de la plata amonedada por parte de los particulares y la masiva circulación de moneda de vellón resellada y devaluada constantemente, produciendo la desarticulación de las redes de intercambio interiores y no digamos exteriores, la caída de la actividad artesanal, y el abandono por falta de rentabilidad o por deudas de muchas tierras de cultivo por parte de multitud de labradores que emigraban a las ciudades sin nada entre las manos, para buscarse la vida de cualquier manera. La naturaleza contribuyó mucho a esta situación con variadas desgracias, que a veces iban juntas; así, a lo largo del siglo XVII se registraron diferentes ciclos climatológicos nefastos, de malas cosechas causadas por la sequía o las lluvias excesivas, más múltiples plagas de langosta, asociadas a la sequía, y algunas epidemias de peste -verdadero terror para el pueblo-, que diezmaban considerablemente el número de efectivos disponibles para el trabajo y la procreación. En el aspecto ideológico, la mentalidad de las clases altas, basada en el código del honor, que rechazaba el trabajo manual y exaltaba la vida dedicada a recaudar las rentas del campo y gastarlas en mantener las apariencias, con gastos muchas veces desorbitados para las economías señoriales, fue por lo improductiva y enemiga del progreso enormemente perjudicial. El deseo de parecerse a los nobles caló en los estratos sociales burgueses, los más preparados económica e intelectualmente para contribuir al progreso del país, y por eso dedicaron más esfuerzos a comprar limpiezas de sangre y colarse entre los hidalgos a cualquier precio, que a llevar a cabo empresas que proporcionasen riqueza a ellos y a la nación.


Tal situación de general pobreza material y cultural fue perfecto caldo de cultivo para la aparición de las temibles partidas de bandidos. Campesinos y artesanos arruinados, mozos de familias rotas o diezmadas por la desgracia y la miseria, soldados desmovilizados o mutilados incapaces de reincorporarse a la vida civil, más los marginados de la sociedad, los delincuentes vocacionales o circunstanciales, los pícaros y demás personas de vil condición, formaban grupos de hombres errantes que vivían echados al monte dedicados al saqueo de cortijos y pueblos pequeños y demás infames actividades propias de los malandrines.


Si bien el fenómeno del bandolerismo del siglo XVII fue especialmente sonado en Cataluña, también está documentado en Andalucía y La Mancha, y un ejemplo es el que vamos a comentar a continuación, a pesar de los escasos datos que tenemos: el ataque a los vecinos de Huéscar y los pueblos de alrededor por parte de un grupo de bandidos en el año 1679.


 


Grabado.  Toletum, Hispanici Orbis Vrbs... 1687. Archivo Histórico Municipal de Huéscar (AHMH)

              

 

 

Imagen del autor. Vista del sector este de Huéscar, hacia levante, desde el campanario de la iglesia de Santa María la Mayor. Destacan a la derecha la iglesia de Santiago, siglo XVI, y, al fondo, la línea recta que marca en la roca de la sierra de La Encantada uno de los tramos del inacabado canal de Carlos III, construido en las décadas de 1760 y 1770.

 

 

 

2. Antecedentes y factores. Búsqueda de una explicación

 

La documentación que hemos podido consultar acerca del caso que nos ocupa no da abundante información sobre los hechos. Aunque fue en 1679 cuando se consiguió expeler al grupo de bandidos que asaltaba las tierras de Huéscar, parece bastante claro que desde años atrás era un fenómeno habitual, si bien no podemos determinar ni el alcance que tuvo ni si existe relación directa con los hechos que vamos a relatar.


Algunas noticias anteriores al año 1679 relacionan el bandidaje con la labor de gobierno ejercida por el doctor don Juan Baltasar Ramos, gobernador de Huéscar desde marzo de 1676.[1] Estuvo rodeado de polémica desde su llegada para tomar posesión del cargo, aunque los problemas por el desempeño de cargos municipales venían de tiempo atrás y ya habían dado ocasión a disturbios callejeros.[2] Cuando quiso reunir la fianza que se le exigía para someterse al juicio de residencia, nadie quería dársela, y algunas personas que él calificaba de enemigos suyos se dedicaban según sus palabras al bandidaje.[3] Además, contra Ramos seguían pleito la viuda y las hijas de Fernando Ramón Rapa por haberlo ejecutado en la horca a pesar de estar la sentencia apelada y el reo libre bajo fianza;[4] y también había condenado a muerte a varios vándalos y se negaba a dejar libres a otros tres.[5]


Pero al margen de estos asuntos, en los que no sabemos distinguir entre buenos y malos por falta de datos, la actividad del gobernador Ramos fue cuestionada en otros campos. Así, cuando en 1677 fue sustituido en el cargo por el licenciado don Pedro de Olivares y Raya, vecino y regidor de Huéscar, reclamó contra su destitución y consiguió de la Chancillería de Granada una provisión a su favor, faltando para ello a la verdad a juicio del cabildo oscense. Por si fuera poco, el oscense Juan de Buendía lo había denunciado por cobrar dinero a los concejos del valle del Almanzora en virtud de una supuesta comisión, lo que le había acarreado pasar un tiempo en prisión y una condena a devolver lo cobrado más seis años de inhabilitación.[6] Al final, a pesar de estar condenado “por estafas y baraterías”, fue restituido en el cargo bajo fianza.[7]


Aunque sea factible creer que algunas personas se habían echado al monte por sus diferencias con el señor Ramos, tenemos que considerar la subjetividad del término “bandido”, que puede ser utilizado para variadas situaciones en función de quién lo pronuncie. Habría que saber, en este sentido, qué hacían los enemigos del gobernador para que él los tratase de bandidos, y qué motivos habían tenido para oponerse a él.


Sería desacertado además pensar que todos los bandidos que rondaban el altiplano granadino lo eran por las maneras del polémico señor Ramos a la hora de ejercer el gobierno municipal. El bandolerismo de la época de los Austrias no fue algo reducido a unos pocos lugares de España, sino un fenómeno que, al margen de haber generado más estudios en unas regiones que en otras, fue generalizado y sufrido a lo largo y ancho del país. Bien pudiera ser el caso aquí referido el de tantas confederaciones de marginados y sinvergüenzas que prefirieron huir permanentemente de la Justicia con la barriga llena a morir honradamente pidiendo a las puertas de una iglesia, y siempre poniendo en riesgo sus vidas, porque por entonces en España todavía se hacía justicia a los criminales y ladrones. 


 En otros casos, algunos hechos violentos aislados que los documentos cuentan no podemos atribuirlos a los bandidos, puesto que si no hay mención expresa a estos, un crimen, un estupro, el asalto a un granero u otro delito cualquiera cometido hace siglos es bastante difícil o imposible de investigar. Es, por ejemplo, el caso de lo ocurrido la noche entre el 25 y el 26 de octubre de 1677, cuando dos forasteros dieron dos carabinazos a Gabriel Hurtado, vecino de Huéscar. Dado que no se supo la autoría de los disparos, y siendo habituales los altercados con los vendimiadores que llegaban de fuera para la campaña, en la sesión capitular del día 26 se decidió que, ante la imposibilidad de expulsar a los vendimiadores forasteros debido a que la uva se estaba pudriendo, estos quedasen recogidos en las posadas cuando no trabajasen, y se vigilasen las puertas del pueblo.[8]


En cuanto a la carestía, acicate para la vida dedicada al saqueo, son muchas las páginas que en los libros capitulares se escribieron en los años finales de la década de 1670, como reflejo de la preocupación de los regidores ante las penalidades que una y otra vez se abatían sobre los vecinos. La falta de pan y la subida de su precio, las plagas de langosta, la mala climatología y las epidemias de peste están muy presentes.


Sin querer rastrear en años muy anteriores a 1679, ya en 1677 son abundantes las referencias a la escasez de cereal y la consecuente subida de su precio, coyuntura que aprovechan los grandes propietarios para almacenar su grano y venderlo en pequeñas cantidades a precios abusivos. La cosecha de 1678 es muy mala en toda Andalucía y Murcia,[9] y a finales del mismo año el Ayuntamiento acuerda solicitar que no se alojen milicias por la “suma necesidad con que se hallan por la carestía y falta de pan y por guardarse como se guarda del achaque contagioso de peste”.[10] El problema del abasto y los precios del pan persiste durante 1679, también año de mala cosecha. La llegada a Huéscar de dos tropas de soldados para repeler a los bandidos que infestaban los campos aumenta los quebraderos de cabeza de gobernantes y gobernados, dado el alto coste del alojamiento y la manutención de soldados y caballos. No es por ello casualidad que sean bastantes los acuerdos municipales que a lo largo del tiempo que duró la pesquisa se tomaron en relación al abasto y los precios del pan, las rogativas públicas por la sequía y la quema de langosta. Veamos, a continuación, algunos de ellos.


En la sesión del 23 de mayo de 1678 el cabildo municipal acuerda pedir la celebración de un novenario a las Santas para implorar lluvias, debido a que la sequía amenaza la cosecha, que puede ser de las mejores que se recuerdan. Terminado el novenario el 4 de junio, se acuerda que tras la procesión general que se hará al día siguiente, queden las Santas depositadas en el convento de la Madre de Dios. El Santo Cristo que está en la iglesia de Santiago quedará expuesto en la iglesia mayor de Santa María para que en los tres días siguientes, que son los que restan hasta el miércoles víspera del Corpus, continúen las oraciones a las Santas y se digan a dicho Cristo nueve misas, tras las cuales será trasladado a su ubicación habitual en la iglesia de Santiago.[11] Parece que el novenario hizo poco efecto, de manera que el 30 de agosto, con la cosecha recogida, la cortedad de la misma obliga al Ayuntamiento a pedir a las monjas del convento de la Madre de Dios dinero prestado a un interés del 5% para pagar el trigo que se está comprando para el Pósito, a causa de que éste no dispone de grano para repartir a los labradores. En la misma sesión se autoriza a la cofradía de Nuestra Señora del Rosario la celebración de regocijos públicos para su festividad, entre ellos un juego de toros, para que “[Nuestra Señora] mejore los tiempos y remedie las aflicciones y necesidades que de presente se padecen”.[12]


           El 26 de abril de 1679 el cabildo prohíbe la saca de pan fuera de la ciudad para evitar el desabastecimiento de los vecinos. [13]           

       

 En la sesión del 16 de junio de 1679 se vuelve a hacer eco el cabildo de la mala cosecha que se avecina a causa “de los inmoderados hielos”, la necesidad de agua y la plaga de langosta. Por ello se acuerda que el Cristo de la iglesia de Santiago sea llevado en procesión a Santa María y se le diga un novenario con la presencia habitual de las hermandades con su cera.[14]


El problema de la peste está presente en esos mismos años y por ello es tema de gobierno en los cabildos, que han dejado bastantes referencias en las actas. Por las fechas que aquí tratamos, en junio de 1678 se comunica que la epidemia ha llegado a Orihuela y, mucho más cerca, Mula, y que la ciudad de Granada se está cercando. Por ello, se da orden para: reparar la muralla de la ciudad; dejar abiertas sólo las puertas de la cuesta de los mesones y San Sebastián; que se ronde por la noche; cerrar los postigos que algunos particulares tienen con salida al campo, extramuros; e impedir la entrada de ropa traída de fuera.[15] Pasado el verano, ha llegado a Baza. Se vuelve a ordenar la reparación de la muralla, se insiste en la prohibición de entrar ropa procedente de Levante, y se suspende la celebración de la feria que cada año se celebra el 21 de noviembre.[16] Ya en 1679, el 10 de mayo se vuelve a insistir en reconocer el estado de conservación de la muralla y cerrar los postigos particulares.[17] El miedo es tal que incluso estando ya iniciada la pesquisa contra los bandidos, el cabildo pide al pesquisidor Alonso de Herrera que elija para alojarse entre el sitio “de las Santas Mártires” y el de “Nuestra Señora de la Victoria”, para que esté lejos del pueblo, porque ha venido desde Granada, donde hay peste, y se prohíbe a los vecinos comerciar con él y su familia para evitar contagio.[18]


La langosta fue localizada en junio de 1679 en el campo de Bugéjar cuando aún no se había extendido pero amenazaba con hacerlo. El cabildo acordó en la sesión del día 14 pedir al licenciado Juan de Robles, presbítero vecino de Huéscar, salir al campo a conjurarla, trabajo para el que parece que tenía gran habilidad, y que acudiesen cien hombres de Huéscar y otros cien de Puebla de Don Fadrique para quemar la langosta:


En este cabildo se discurrió sobre que por nuestros pecados se han reconocido en el campo de Bugéjar considerables manchas de langosta que comenzando a volar pueden hacer notable daño en las mieses que de presente hay en el término de esta villa, y por lo mucho que importa consumirla para que cese el daño que amenaza se acuerda que se ruegue al licenciado Juan de Robles, presbítero, vecino de esta villa, en quien se ha conocido particular gracia para conjurarla, salga a hacerlo con la mayor devoción que pueda.. .[19]

 

(Las transcripciones de este artículo son literales, actualizadas en la grafía y ortografía)

 


               Labrador de la sierra de Sagra, Granada, 1825. AHMH.

 

 

3. La pesquisa de Alonso de Herrera

 

En los primeros meses de 1679 el gobernador de Huéscar había pedido ayuda al corregidor de Murcia para que enviase una compañía de soldados que estaba alojada en aquella ciudad, con el fin de acabar con una partida de bandidos que en Huéscar y sus contornos se dedicaba al robo y cometía actos violentos, e incluso había provocado la muerte de varias personas. Ante la imposibilidad de hacerlo sin orden expresa del Consejo de Guerra, y viendo el daño causado por los salteadores, había encomendado a Francisco Ruiz desplazarse a Huéscar con cuarenta hombres de armas para prenderlos. Llegó a Huéscar el 11 de marzo, atacó y expulsó a los bandidos, y detuvo a uno de ellos, José de Ayala, que estaba preso en Huéscar.[20]


Pero los bandidos volvieron de inmediato, de manera que se decide intervenir militarmente. El elegido para dirigir la misión es el licenciado don Alonso de Herrera y del Águila, oidor y alcalde de hijosdalgo en la Chancillería de Granada. El 12 de abril se presenta en Huéscar y da sus primeras órdenes al gobernador. Le pide que prevenga 24 hombres “con todo género de armas” dispuestos a actuar en cuanto se les ordene, así como 4 arrobas de balas y otras 4 de pólvora, que serán repartidas en casa del gobernador. Se encarga a don José de Barreda Calderón y don José Vázquez Quevedo que entre ese día y el siguiente reúnan la munición y la dividan en tres partes, que quedarán depositadas en las casas del gobernador, del genovés don Juan Bautista Rato y de don José de Barreda, tomando el dinero que sea necesario del efecto de milicias. También manda el pesquisidor que se nombre a dos regidores para que con 24 hombres ronden la ciudad y acudan a su residencia a recibir las órdenes pertinentes. Además, se acuerda proteger la ciudad como se hace cuando hay peste: 


En Huéscar este dicho día, luego incontinenti los señores ciudad arriba referidos acordaron se cerque esta ciudad de la misma forma que lo estaba cuando se guardaba por la peste, y sólo se gobierne por las puertas de la calle de Baza, San Cristóbal, Cuesta de los Mesones y Victoria, y que éstas se cierren de noche por los señores don Juan Bautista Rato la de la carrera de Baza, y la de los Mesones por el señor don José Barreda, y la de la Victoria por el señor José Vázquez, y la de San Cristóbal por el señor don José Muñoz. Y para que la dicha cerca se haga con la puntualidad que se requiere y conviene para el fin a que mira, que es a que esta ciudad se asegure de una invasión de los bandidos, por las que se han experimentado han hecho, se nombran por comisarios a los señores don Pedro Toral y Gabriel López Mendoza, y el gasto que en hacer dicha cerca se hiciere se saque así mismo prestado del efecto de milicias, y lo firmaron.

    Pedro Olivares (rúbrica)
    Don José Barreda Calderón (rúbrica)
    José Vázquez (rúbrica)

     Ante mí, Francisco Jorquera (rúbrica)[21]

                                               

El 21 de abril Alonso de Herrera comunica al cabildo que ha enviado emisarios a Murcia para traer dos compañías de soldados de a caballo, para que la ciudad prepare su alojamiento, teniendo en cuenta que los vecinos “sólo” deben dar alojamiento, cuartel, luz, aceite, vinagre, mesa, manteles y cama, y lo demás para ellos y sus caballos deberá pagarlo cada uno de su sueldo, que se les pagará de lo que se debe al rey en rentas. El Ayuntamiento avisará a los vecinos a quienes se asigne aposento para que se preparen, y los caballos se alojarán en los mesones.[22]


 Sin embargo, poco después, antes de que lleguen los soldados, el cabildo decide que se alojen en los mesones a cambio de una paga diaria de seis reales cada soldado, para evitar a los vecinos los problemas que siempre provocaba aposentar militares en casas particulares (robos, abusos, estupros, etc.). Los comisarios encargados de recoger el dinero necesario para costear el aposentamiento y correr con los gastos serían los citados don José Vázquez Quevedo y don José de Barreda Calderón.[23]

 


                       

Recibo de dos sacas de mil reales cada una del Pósito a favor de don José Vázquez Quevedo, para la paga de los soldados. Huéscar, 26 y 30 de julio de 1679. A.H.M.H. 9-XVII-78.

 

Recibí del señor Gregorio Portillo, depositario del caudal del Pósito de esta ciudad, mil reales, los cuales se toman prestados para pagar los soldados de a caballo que en esta ciudad asisten de orden del señor don Alonso de Herrera, juez pesquisidor para bandidos, y los recibo en virtud de comisión de esta ciudad y como diputado para ello, y firmé en Huéscar en 26 de julio de 1679 años.


Vale 1000 reales.  José Vázquez (rúbrica).

Más recibí otros mil reales para dicho efecto, y lo firmé en Huéscar en 30 de julio de 1679 años.

Vale 1000 reales.   José Vázquez (rúbrica).

 


Las dos tropas, con un total de 60 soldados, entraron en Huéscar el 23 de abril de 1679. Al mando estaba el cabo Pedro Grageras, ayudante del comisario general, acompañado del alférez Miguel de Senosiáin, de la compañía de don Carlos de Gante, y los furrieles Francisco Marida y Andrés Vidal, de la compañía de don Tomás de los Cobos y Luna, capitán de caballos y corazas.


De la labor y las peripecias de estos soldados en su lucha contra el bandidaje no sabemos prácticamente nada porque no conocemos los autos del proceso incoado, si es que lo hubo, ni narración alguna de los hechos, tan sólo que permanecieron en Huéscar 109 días y medio, hasta el 16 de agosto de 1679 en que partieron de regreso a Murcia, y que pagar los 42814,5 reales de su alojamiento y el de sus caballos fue enormemente costoso para la ciudad, que hizo un esfuerzo considerable para evitar a los pobres vecinos más sufrimiento del que ya padecían.  


 

Notificación a don José Vázquez Quevedo acerca de cómo debe pagar a Cristóbal Suárez, recaudador de las centenas del partido de Baza, el dinero correspondiente a Huéscar. Baza, 2 de abril de 1680.A.H.M.H.10-XVII-5

 

.… este dinero ha de entrar en poder de Cristóbal Suárez, y para que lo reciba ha de preceder el ver al señor don Alonso presentando petición para que Cristóbal Suárez lo reciba, porque de otra forma es como si no se hiciera la paga. Y para esto es menester venga persona con poder de esa ciudad y mencionando en él cómo lo así cobrado ahora de los contribuyentes en dicha moneda salta, y esto ha de ser cuanto antes porque a 17 de este se cumplen los 60 días que su majestad tiene concedidos.
Yo estoy siempre para servir a vuestra merced, a quien Nuestro Señor guarde muchos años. Baza, abril 2 de 1680. Besa las manos de vuestra merced S.M.S.B.

Manuel García Villa [roto] (rúbrica).
Señor don José Vázquez Quevedo.

 

Entre la escasa documentación que el Archivo Histórico Municipal de Huéscar conserva acerca de esta pesquisa, apenas se menciona al encargado de llevarla a cabo, don Alonso de Herrera y del Águila. No han quedado cuadernos de cuentas, suministros o partes de sus actuaciones y del desarrollo de los acontecimientos. No han quedado referencias a cómo combatió el bandidaje, tan sólo unas modestas notas relativas a su paso por esta zona del reino de Granada.


             


Registro de una libranza para el pago de la pesquisa de Alonso de Herrera contra bandidos. AHMH. Libro de Propios del año 1679.

 

Gasto del señor don Alonso de Herrera.


Item da en data trescientos y setenta y cuatro reales, que valen doce mil seiscientos y noventa y seis maravedíes, que por libranza consta se gastaron en la venida del señor don Alonso de Herrera a esta ciudad con la pesquisa. 12.696.

 

Debemos imaginarnos que los vecinos se echarían las manos a la cabeza cuando se enterasen de que venían nada menos que 60 soldados, dado que, como es conocido, las prebendas y las ventajas de la vida militar hacían que muchas veces fuesen peores los militares que los huidos de la Justicia. Respecto de los “agraciados” con alojar en su casa a algunos de ellos, el enfado debió ser aún mayor, porque la cosa era lo más parecido a meter el mal en el techo propio: esposas, hermanas o hijas amancilladas, glotonería desmesurada, inclinación notable al vino, altercados nocturnos y otras sorpresas podía deparar el alojamiento de este tipo de gente en las casas de los pobres vecinos.

 

4. La gestión económica de la pesquisa

 

La Administración de la España de los Austrias era muy lenta pero también muy pertinaz, y aunque con retraso, con la falta de recursos que sufría su desbocada Hacienda no escatimaba en atacar allí donde pudiera sacar algún dinero. Y eso tuvo que sufrirlo don José Vázquez Quevedo muchos años después de marcharse a Murcia los soldados del cabo Grageras.


La idea de aposentar a los soldados en los mesones a cambio de una paga diaria era una buena idea, pero iba contra las órdenes que disponían el pago por parte de los vecinos de alojamiento, cuartel, luz, aceite, vinagre, mesa, manteles y cama. Los comisarios encargados del asunto habían costeado todos los gastos de soldadas, leña, paja y cebada mezclando dinero de préstamos con el sacado de las rentas reales y otras partidas, cosa que no gustó a los contadores que revisaron las cuentas para darles el visto bueno.[24]


De este modo, el año 1700 el Tribunal Mayor de Cuentas ordena que los comisarios a quienes se asignó la ardua tarea del aposentamiento de los soldados presenten la cuenta del dinero que recibieron y gastaron en ese tiempo. Don José de Barreda Calderón ya no vivía para entonces, y parece que poco sabían del tema su hija y heredera, doña Salvadora Barreda, monja en el convento oscense de la Madre de Dios, y el depositario de sus bienes, don Domingo Díaz de Corvera. Se les comunicó oportunamente la Real Provisión para dar cuenta, pero no sabemos que la presentasen. Sí la presentó por ambos comisarios don José Vázquez Quevedo, que aún vivía y conservaba el libro de cuentas de lo que él y su fallecido compañero habían gestionado veintiún años atrás.[25]

Recibida la orden de dar cuenta, Vázquez redacta con fecha 28 de agosto de 1700 un primer ajuste de cuentas, acompañado por un escrito del escribano del cabildo, Bernabé de Atienza y Godoy, en el que defiende a Vázquez afirmando que “(...) de todas las cosas que la ciudad le encargó ha dado y dio buena cuenta, con mucha rectitud y legalidad, mirando por el bien público y alivio de los vecinos (...)”. Sin embargo, con fecha 18 de septiembre es rechazada por no estar dada con la pena del tres tanto. Se le dan 30 días de plazo para presentarlas en forma, pero el afectado pide 50 días más porque no ha tenido tiempo de reunir los documentos necesarios, además de que Madrid dista de Huéscar más de setenta leguas y necesita tiempo para desplazarse a la corte. Se le conceden 30 días como último término. Posteriormente serían presentados tres ajustes generales de cuentas diferentes, con fechas 5 y 8 de octubre y 12 de septiembre de 1700, más las partidas de dinero entregadas a los furrieles, con fecha 2 de diciembre de 1701, junto con todos los recibos originales de entrega de cebada para los caballos.

Finalmente, el 26 de abril de 1702 los contadores resolvieron positivamente el expediente, al comprobar que las cuentas presentadas cuadraban exactamente gastos e ingresos; a pesar de que en su día había sido claramente ordenado el alojamiento de los soldados en las viviendas de los vecinos y el coste por los mismos de luz, aceite, vinagre, mesa, manteles y cama, la demostrada honradez de los comisarios a la hora de gestionar el dinero recibido y anotar las diferentes partidas de ingresos y gastos sirvió para que la Real Hacienda no reclamase el pago de dinero alguno.

 

 

A continuación se expresan:

Los diferentes ajustes de cuentas que constan en el expediente incoado en la Contaduría Mayor de Cuentas entre los años 1700 y 1702.

 

I. Cuentas que presenta don José Vázquez Quevedo de lo que entró en su poder y de don José de Barreda Calderón para la lucha contra los bandidos el año de 1679, y de las pagas que se hicieron a los soldados. Huéscar, 28 de agosto de 1700.

Cargo (ingresos):

-13906 reales (r) de Domingo Navarro, fiel nombrado para percibir los cuatro unos por ciento el año 1679.

-1274 r de Salvador Lucas, fiel de centenas el año 1678.

-Total: 15180 r.

Data (gastos):

-16507,5 r por 465 fanegas (f) de cebada para sesenta caballos, con gasto de paja y leña, a razón de 35,5 r cada una, más los portes de las fanegas traídas desde Baza.

-El descargo es de -1327 r, que se pidieron prestados.

-10366 r deben ser considerados descargo de Cristóbal Suárez, depositario de centenas de Baza, porque se le entregaron allí para el gasto de los caballos y no tener que llevar el dinero a Huéscar y luego a Baza.

-26307 r de las pagas a los soldados se tomaron prestados 11650 r a don Juan Bautista Rato, y los demás se repartieron a Puebla de Don Fadrique, Orce, Galera y Cúllar. Sesenta soldados a 6 r durante 109,5 días, a 391 r, con el ayudante a 25 r y los dos alféreces y furriel a 12 r.

-Total: 42814,5 r.

 

 

II. Cuentas que presenta don José Vázquez Quevedo de lo que entró en su poder y de don José de Barreda Calderón para la lucha contra los bandidos el año de 1679, y de las pagas que se hicieron a los soldados. Huéscar, 5 de octubre de 1700.

 Cargo:

-13906 r de Domingo Navarro, fiel para percibir los cuatro unos por ciento el año 1679.

-1274 r de Salvador Lucas, fiel de centenas el año 1678.

-Total: 15180 r.

Data:

-8337,5 r de 333,5 f de cebada, a 25 r cada una.

-1930,5 r de 71 f de cebada, a 27 r.

-1860 r de 60 f compradas en Baza, a 26 r y 5 r de porte.

-686,5 r de leña gastada así: 131 r de 4 carretadas a dos ducados; 6 cargas a 4,5 r; 4 cargas a 4 r; 555,5 r de 101 días a 5,5 r desde el 8 de mayo al 16 de agosto.

-3442,5 r de paja: 662 r de 12 carretadas a 55 r, hasta el 5 de mayo. Desde el 6 de mayo 2781 r a 27 r el día, a 103 días concertados con los furrieles.

Total: 16257 r.

Hay un alcance de 1077 r que la ciudad pagó pidiéndolos prestados.

-Los 15180 r de las centenas se entregaron en Baza a Cristóbal Suárez como depositario, por lo que es gasto de su cuenta 10366 r contenidos en la Real Provisión (no tenemos el texto de la misma).

-Los 26557 r de las pagas de soldados fueron prestados, 11907 r de don Juan Bautista Rato, y 14650 r que dieron Puebla de Don Fadrique, Orce, Galera y Cúllar.  

 

 

III. Cuenta que da don José Vázquez Quevedo de diferentes partidas del dinero gastado en los soldados que lucharon contra los bandidos en 1679. Huéscar, 8 de octubre de 1700.

-Se tomaron de Domingo Navarro, fiel de los cuatro unos por ciento, 5508 r de 220 fs y 4 celemines de cebada, a 25 r.

-Se trajeron de Baza 60 f de cebada, a 27 r y 4 r de porte. (1860 r).

-De las cuentas de Alejandro Vázquez, patrón del patronato que fundó el licenciado Melchor Sánchez de Mora para casar doncellas de su linaje, consta se pagó a Cristóbal Fernández 360 r en 12 f de cebada a 30 r.

-De las cuentas de Salvador Lucas, mayordomo de propios el año 1679, se hizo cargo en ellas de 18 f de cebada procedentes de las suertes de la ciudad, entregadas a Francisco Jorquera, escribano de cabildo, por cuenta de su salario y propinas, a 25 r.

-Por la cuenta de Alejandro Vázquez, se vendieron a Juan de Alcolea, mesonero, 14 f de cebada a 25 r.

-En cabildo de 26 de abril de 1679 se puso precio de 68 r y 28 maravedís a cada fanega de trigo del Pósito que se deshiciese en pan cocido.

-Se pagaron doce carretadas de paja a 55 r, total 660 r, desde el 23 de abril al 5 de mayo. Y desde el 6 de mayo se dio a los soldados 27 r al día, total 2781 r, y total 3441 r.

-Hasta el 8 de mayo se compraron 4 carretadas de leña de carrasca a 22 r, más 6 cargas a 4,5 r y 4 cargas a 4 r, total 131 r.

-Desde el 8 de mayo hasta el 16 de agosto se dio a los soldados 5,5 r por día de leña, total 101 días, 555,5 r. Total de leña 686,5 r, total paja y leña 4129 r.

 

IV. Cuenta que Bernabé de Atienza y Godoy, escribano del cabildo de Huéscar, da del dinero que entró en manos de don José Vázquez Quevedo y don José de Barreda Calderón para el alojamiento de los soldados que lucharon contra los bandidos en 1679, y del gasto que se hizo de ellos. Huéscar, 12 de septiembre de 1701.

Se sacaron estas cantidades:

-13906 r de Domingo Navarro, fiel de los cuatro unos por ciento el año 1679.

-1274 r de Salvador Lucas, fiel de centenas el año 1678.

-1077,5 r del efecto de milicias. (Dinero no contabilizado por Vázquez por no proceder de ninguna renta real).

Todo se distribuyó en comprar:

-465 f de cebada, 333,5 a 25 r, 71,5 f a 27 r, y 60 f traídas de Baza a 31 r (5 de porte), total 12128 r.

-4129 r, de ellos 3441 de 12 carretadas de paja a 55 r para trece días (23-4; 5-V), total 660 r.

-2781 r de paja de 103 días (6 de mayo a 16 de agosto), a 27 r día. Total en paja 3441 r.

-688,5 r de leña. Hasta el 8 de mayo 4 carretadas y diez cargas, a 22 r la carretada y 4,5 la carga, total 133 r. Desde el 8 de mayo al 16 de agosto, 5,5 r de leña al día, total 555,5 r. Total paja y leña 4129, más 12128 de cebada, que hacen 16257,5 r, por lo que no hay alcance.

-Los sesenta soldados importaron a 6 r 391 r al día, por 109,5 días 42814,5 r. De este dinero, 16257,5 se gastaron en cebada, paja y leña, y los demás 26557 se pagaron en dinero a los furrieles, 14650 dados por los concejos de Puebla de Don Fadrique, Orce, Galera y Cúllar, y 11899 prestados por Juan Bautista Rato, genovés, devueltos de los Propios.

 

 

V. Recibos dados en las diferentes entregas de cebada a los furrieles en 1679.

-Alférez Miguel de Senosiáin: 71 f el 10 de mayo.

-Furriel Francisco Marida: 228,5 f entre el 25 de abril y el 27 de junio. Recibo de fecha 1 de julio de 1679.

-Furriel Andrés Vidal: 16,5 f el 6 de julio; 15 f, el 14 de julio; 17,5 f, el 18 de julio; 12,5 f, el 22 de julio; 13 f, el 26 de julio; 26,5 f el 30 de julio; 8,5 f, el 1 de agosto; 17 f, el 6 de agosto; 11,5 f, el 7 de agosto; 2 f, el 10 de agosto; 12 f, el 12 de agosto, y 8,5 f, el 15 de agosto.

-Francisco Moyano (desconocemos quién era): 4,5 f, el 30 de julio.

 

 

VI. Cantidades de dinero que los comisarios don José Vázquez Quevedo y don José de Barreda Calderón entregaron a los furrieles el año 1679, con las fechas correspondientes. Huéscar, 2 de diciembre de 1701.

-A Francisco Marida: 30 de abril, 1416 r. 1 de mayo, 1392 r. 4 de mayo, 1716 r. 8 de mayo, 1516 r. 10 de mayo, 510 r. 12 de mayo, 836 r. 16 de mayo, 836 r. 20 de mayo, 836 r. 24 de mayo, 966 r. 28 de mayo, 966 r. 1 de junio, 866 r. 4 de junio, 1601,5 r. 17 de junio, 672 r. 19 de junio, 911 r. 22 de junio, 649,5 r. 28 de junio, 1299 r. 2 de julio, 766 r.

-A don Andrés Vidal: 6 de julio, 866 r. 6 de julio, 425 r. 10 de julio, 966 r. 14 de julio, 966 r. 19 de julio, 240 r. 23 de julio, 1788 r. 23 de julio, 54 r. 26 de julio, 390 r. 30 de julio, 280 r. 2 de agosto, 108 r. 2 de agosto, 129 r. 6 de agosto, 230 r. 6 de agosto, 264 r. 7 de agosto, 534 r. 10 de agosto, 510 r. 13 de agosto, 154 r. 13 de agosto, 180 r. 15 de agosto, 682 r. 15 de agosto, 36 r.

Total 26557 r dados sin recibo por no estar sacados de bolsas reales.  

 


 

 

 

Apéndice documental

 

 

 

Documento 1. El cabildo municipal de Huéscar acuerda pedir dinero prestado a la Iglesia y al convento de la Madre de Dios, con el que pagar el grano que se está comprando para el abasto del Pósito, y autoriza la celebración de las fiestas de Nuestra Señora del Rosario.        

Archivo Histórico Municipal de Huéscar. Libro de actas capitulares, años 1673-1678, folios 269 r-271 r. Sesión del 30 de agosto de 1678.      

                                                                                        

 

En la ciudad de Huéscar en treinta días del mes de agosto de mil y seiscientos y setenta y ocho años, estando juntos por ciudad y en nombre de ella como lo acostumbran el señor licenciado don Pedro Olivares, gobernador y justicia mayor, y los señores don Alfonso Muñoz, don Pedro Toral, don Juan Bautista Rato, don Diego Ruiz, José Vázquez, Gabriel López, don José Muñoz, don Bartolomé Muñoz, Baltasar Ruiz, regidores, y don Juan de Buendía, procurador síndico, acordaron lo siguiente:

En este cabildo el señor gobernador significó a la ciudad que el corto caudal con que el Pósito se halla de presente no basta para satisfacer y pagar a los vecinos y labradores las cantidades de trigo que por la ciudad se les ha repartido, y que por su mucha pobreza y corta cosecha sienten esperar la cobranza por los tercios del año como la ciudad tiene acordado que se pague, y que sobre ello se le han dado y representado diferentes quejas, y en casi todos los labradores y vecinos, por los informes que le han hecho de su corto posible y ningunos medios para este suplemento, ha reconocido ser muy justificadas, y que algunos con la deferencia de la paga huyen de cumplir y pagar su repartimiento, y que no lo hicieran si su dinero lo hallaran pronto para buscar en otra parte el pan que se les reparte o comprar centeno o cebada con que suplir lo que se les precisa pagar, todo lo cual es de grande inconveniente y embarazo para lograr la ciudad la provisión que está haciendo y espera hacer, y así le suplica que para facilitarla y que se haga con gusto y sin queja de los vecinos, repare todo lo referido y sobre ello discurra los medios que puedan aliviar tanto inconveniente, pasando por esta vez [sin ser sano][26] fuere a buscar dinero prestado con intereses o de la forma que se pudiere hallar, que tiene por cierto que con el dinero en la mano se conseguirá sin queja ni daño de los vecinos la provisión que tanto importa hacer en el tiempo presente por la mala consecuencia que se puede seguir de no hacerla muy luego, por las noticias que hay del demasiado valor que el pan va tomando en todos estos contornos, y entendida esta proposición por la ciudad y habiendo discurrido sobre ella y su justificación lo conveniente, proveyendo de remedio para el mejor logro de la provisión se acuerda que el señor gobernador y el señor don Juan Bautista Rato, a quienes para ello se les da comisión, soliciten con la Iglesia y el convento de monjas de Madre de Dios, que se tiene noticia tienen dinero pronto que dar a censo, y con las demás personas que tuvieren noticia lo tienen, lo presten o den con el interés de cinco por ciento al Pósito para la cómpreda de trigo que se está haciendo, por tiempo de un año, haciendo para seguridad de las personas que así lo dieren y prestaren los seguros necesarios, y todos los aprobará esta ciudad, y de las obligaciones que en esta razón hicieren por ciudad y por particulares se obligan a sacarlos a paz y a salvo de tal manera que las obligaciones que hicieren se entienda ser la misma así por ciudad como por particulares, y a la paga de todo se obligan en forma y a esta ciudad sus Propios y rentas y al caudal del dicho Pósito, renunciando cualquiera excusión que por derecho se conceda, por ser su ánimo y voluntad de obligarse y quedar obligados de mancomún desde ahora para cuando llegue el caso de tomar el dicho dinero prestado o con intereses, y en la conformidad referida los dichos gobernador y señor don Juan Bautista Rato aceptaron la dicha comisión y en ella ofrecieron servir a la ciudad.

En este cabildo el señor gobernador significó a la ciudad que por parte de la cofradía de Nuestra Señora del Rosario se ha dado recado para la ciudad en que le hace saber cómo para celebrar la fiesta de Nuestra Señora tiene acordado hacer algunas fiestas de regocijos y entre ellos un juego de toros que sin licencia de la ciudad no pasará a ejecutar su resolución, y así le suplica la dé para que a Nuestra Señora se haga este servicio y por su intercesión nos alcance de su precioso hijo, mejore los tiempos y remedie las aflicciones y necesidades que de presente se padecen, que si la ciudad toma resolución para que a dicha cofradía se dé respuesta al recado que ha hecho, y entendida la ciudad de lo referido acuerda se estime a la cofradía el celo y servicio de Nuestra Señora, que para que se continúe se da licencia para dichos regocijos, y así mismo se acuerda para que la ciudad asista con la solemnidad que acostumbra que el mayordomo prevenga la clavazón necesaria para dicho regocijo y se encarga al señor don Pedro Toral reconozca el balcón donde la ciudad acostumbra ver estas fiestas y haga hacer el reparo de que necesitare y de todo lo que se gastare se despache libranza. 

 

 

Documento 2. Acuerdo del cabildo municipal de Huéscar para celebrar un novenario en honor de las Santas Alodía y Nunilón en el que implorar las lluvias.

Archivo Histórico Municipal de Huéscar. Libro de actas capitulares, años 1673-1679, folios 255 v-256 r. Sesión del 23 de mayo de 1678.

 

En este cabildo el señor gobernador dijo así mismo que por los grandes soles que ha hecho y hace se halla la tierra con conocida necesidad de agua, de que se hallan los vecinos con gran sentimiento por tener a la vista los mayores panes que en esta tierra por este tiempo se han conocido, y atendiendo a la necesidad pública y a lo mucho que importará que con las oraciones públicas Su Divina Majestad se digne de enviar el rocío de que tanto se necesita, suplica a la ciudad que sobre esta materia discurra con la piedad que acostumbra y pide la necesidad que se padece, resolviéndose para conseguir el remedio de ella, se ha de pedir a la iglesia se haga novenario de misas a Nuestra Señora o si convendrá hacerlo y que se traigan para ello las Santas Mártires, patronas de esta ciudad, y habiéndose discurrido esta proposición se votó y por la mayor parte de los caballeros capitulares se ha acordado se pida a la Iglesia se haga un novenario a las Santas y que para ello se traigan a esta ciudad con la solemnidad que siempre se ha acostumbrado y con más si más se puede adelantar para que Ella mediante sean intercesoras con Su Divina Majestad para que remedie la necesidad que se padece, y para que desde luego todo lo referido tenga cumplido efecto se acuerda que los caballeros diputados del mes den recado de parte de la ciudad al señor visitador y vicario de esta ciudad para que junte la Iglesia, y junta de parte de la ciudad le den el mismo en la forma que siempre se ha hecho, y que para traer las Santas los caballeros a quien por turno tocan se prevengan, y para el [...][27]

 

 

Documento 3. Acuerdo del cabildo municipal de Huéscar para continuar las oraciones a las Santas Alodía y Nunilón en el convento de la Madre de Dios, y hacer rogativas al Santo Cristo de Santiago en la iglesia mayor.

Archivo Histórico Municipal de Huéscar. Libro de actas capitulares, años 1673-1679, folios 257 r-259 r. Sesión de 4 de junio de 1678.

 

En la ciudad de Huéscar en cuatro días del mes de junio de mil y seiscientos y setenta y ocho años, estando juntos por ciudad y en nombre de ella como lo acostumbran el señor licenciado don Pedro Olivares, gobernador y justicia mayor, y los señores don Alfonso Muñoz, don Pedro Toral, don Bartolomé Muñoz, don José Barreda, Miguel Jiménez, don Sebastián Muñoz, don Diego Ruiz y José Vázquez, regidores, acordaron lo siguiente: en este cabildo se ha conferido sobre que habiéndose a petición de esta ciudad traído las Santas Mártires, sus patronas, y hécholes su novenario de misas como siempre se ha acostumbrado por la necesidad del agua, el cual hoy se ha fenecido y acabado, y para que las Santas gloriosas se vuelvan a su casa y ermita con la decencia y veneración que se debe, después de la procesión general que mañana se ha de hacer, se acuerda queden depositadas en la iglesia del convento de Madre de Dios de esta ciudad, y por cuanto nuestros muchos pecados Su Divina Majestad, sin embargo de la intercesión de las Santas gloriosas, no se ha dignado de socorrer y remediar la necesidad que se padece, confiando como fieles y verdaderos cristianos en su misericordia y bondad infinita, conviene instar en la petición que se ha comenzado a hacer, para que su ira se aplaque, valernos de la intercesión de su Hijo Santísimo, se acuerda que por tiempo y espacio de tres días, que son los que quedan hasta el miércoles, víspera del Corpus, se pida a la Iglesia continúe sus oraciones y depositadas que sean las dichas Santas gloriosas en el dicho convento, en la misma procesión se traiga al Santo Cristo que está en la parroquia del Señor Santiago, y que en dichos tres días se le digan nueve misas, tres por la Iglesia y tres por cada uno de los conventos de esta ciudad, y que para ello los caballeros diputados a quien toca den recado al señor vicario y visitador para que junte a la Iglesia, y a la Iglesia para que venga en la súplica que la ciudad hace por consuelo del pueblo y remedio de la necesidad pública, y así resuelto se acuerda así mismo que traído que sea a la iglesia el Santo Cristo se continúe en poner las lámparas y cera según y en la forma que se ha puesto y hecho en el novenario hecho a las gloriosas Santas, y que todos los caballeros regidores asistan a las dichas misas y dos de los dichos caballeros regidores a recibir las comunidades al tiempo y hora que vengan a dicha hora decir sus misas, y que por los tres días desde la hora que se trajere el Santo Cristo se pida así mismo a la Iglesia que por horas desde el señor vicario hasta los beneficiados se vele al Santo Cristo y que para ello con cada uno de dichos señores asistirá el señor gobernador y caballeros regidores, y que al fin de dichos tres días se vuelva a su casa y capilla el Santo Cristo en procesión general para la cual y para la que se ha de hacer mañana se convoque el pueblo y los porteros lo hagan saber a los veedores de los oficios para que se saquen los pendones. (...)

 

 

Documento 4. Acuerdo del cabildo municipal de Huéscar para conjurar y quemar la langosta en el campo de Bugéjar.

Archivo Histórico Municipal de Huéscar. Libro de actas capitulares, años 1679-1687, folio 14 v. Sesión del 14 de junio de 1679.

 

En la ciudad de Huéscar en catorce días del mes de junio de mil y seiscientos y setenta y nueve años, estando juntos por ciudad y en nombre de ella el señor licenciado don Pedro Olivares, gobernador y justicia mayor, y los señores don Blas de Baena, don Pedro Toral, José Vázquez, don José Muñoz, don Miguel de Molina y José de Toral, regidores, estando así juntos acordaron lo siguiente:

En este cabildo se discurrió sobre que por nuestros pecados se han reconocido en el campo de Bugéjar considerables manchas de langosta, que comenzando a volar pueden hacer notable daño en las mieses que de presente hay en el término de esta ciudad, y por lo mucho que importa consumirla para que se [...][28] el daño que amenaza, se acuerda que se ruegue al licenciado Juan de Robles, presbítero vecino de esta ciudad, en quien se ha conocido particular gracia para conjurarla, salga a hacerlo con la mayor devoción que pueda, y para que le asista en esta función se nombra por comisario al señor don Pedro Toral, y para que a este mismo tiempo se ayude a la consunción por todos los medios posibles, se acuerda así mismo que salgan los señores don Miguel de Molina, Baltasar Ruiz, José de Toral y que lleven consigo cuatro carros y hasta cien hombres para que se queme toda la que se pudiere quemar, y siendo necesario para que con efecto más bien se consuma, convocar a los vecinos del lugar de la Puebla, de esta jurisdicción, desde ahora para cuando lo referido se reconozca se haga despacho para que dos regidores del dicho lugar bajen con otros cien hombres a ayudar a esta operación, respecto de seguirse a todos conocida utilidad en su mejor logro, y para que a los vecinos que en lo referido se han de ocupar tengan algún socorro, se acuerda se saque de Propios para ahora y hasta tanto que se reparte lo necesario a disposición de dichos caballeros, con cuyo papel el mayordomo de Propios lo pague, y firmaron conforme al estilo.

 

 

Documento 5. Acuerdo del cabildo municipal de Huéscar para hacer rogativas pidiendo el cese de la plaga de langosta y la llegada de las lluvias.

Archivo Histórico Municipal de Huéscar. Libro de actas capitulares, años 1679-1687, folios 19 v-20 r. Sesión del 16 de junio de 1679.

 

En la ciudad de Huéscar en diez y seis días del mes de junio de mil y seiscientos y setenta y nueve años, estando juntos por ciudad y en nombre de ella el señor licenciado don Pedro Olivares, gobernador y justicia mayor, y los señores don Juan Bautista Rato, don Blas de Baena, Antonio Arnao, José Vázquez, Baltasar Ruiz, regidores, y Juan de Viana, procurador síndico, acordaron lo siguiente:

En este cabildo se confirió sobre que los panes, con la continuación de los inmoderados hielos, se hallan muy tardíos y a esta causa con necesidad de agua, y aunque Su Divina Majestad, por intercesión de Nuestra Señora de la Victoria en el novenario de misas que se le ha hecho, fue servido de enviarnos alguna, todavía por la dicha ocasión necesita de más la tierra y el pueblo la pide y que se continúen las intercesiones con Nuestro Señor para que se remedie la aflicción y necesidad como también la plaga de la langosta que por nuestros pecados se ha reconocido en este término, y atendiendo la ciudad al consuelo del pueblo acuerda que el domingo después de haber dejado la imagen de Nuestra Señora de la Victoria en su casa y ermita, se traiga en procesión al Santísimo Cristo de Señor Santiago de la iglesia de Señora Santa María, y que en ella se le diga otro novenario de misas por las iglesias y los conventos a quienes para lo referido y al señor visitador se haga recado por la ciudad y que así mismo se hable a las hermandades para que acudan con la cera como se acostumbra en semejantes novenarios, y para lo referido se nombran por comisarios a los señores don Blas de Baena y Baltasar Ruiz. Se acuerda así mismo que por ciudad se dé la bienvenida al señor don Luis Portocarrero, cardenal arzobispo de Toledo, y que se le represente el gran juicio, cristiano celo y muchas prendas del señor doctor don Francisco de Yepes, vicario y visitador de esta ciudad, en el servicio de esta vicaría, y que se le suplique premie con mayores conveniencias por haberlo así suplicado a la ciudad, y lo firmaron conforme al estilo.

 

Notas



[1] Archivo Histórico Municipal de Huéscar (AHMH). Actas capitulares (1673-1679), f. 91 r. 22 de abril de 1676.

[2] Ibídem, f. 146 v. Real Provisión de fecha Madrid, 8 de junio de 1673.

[3] Ibídem, f. 162 r. 17 de marzo de 1677.

[4] Ibídem, f. 187 y ss. Año 1677.

[5] Ibídem, f. 193 r. 7 de junio de 1677.

[6] Ibídem, f. 181 r. 27 de mayo de 1677.

[7] Ibídem, f. 210 r. 9 de julio de 1677.

[8] Ibídem, f. 230 v. 26 de octubre de 1677.

[9] Ibídem, f. 264 r-267 v. 9 de agosto de 1678.

[10] Ibídem, f. 284 v. 30 de diciembre de 1678.

[11] Ibídem, f. 254 v. 23 de mayo de 1678.

[12] Ibídem, f. 269 r. 30 de agosto de 1678.

[13]AHMH. Actas capitulares (1679-1687), f. 10 v. 26 de abril de 1679.

[14] Ibídem, f. 19 v-20 r. 16 de junio de 1679.

[15] AHMH. Actas capitulares (1673-1679), f. 259 r-260 v. 8 de junio de 1678.

[16] Ibídem, f. 278 r-279 r. 19 de octubre de 1678.

[17] AHMH. Actas capitulares (1679-1687), f. 11 v-13 r. 10 de mayo de 1679.

[18] Ibídem, f. 25 r-26 r. 18 de julio de 1679.

[19] Ibídem, f. 18 v. 14 de junio de 1679.

[20] Ibídem, f. 5 r. 6 de abril de 1679.

[21] Ibídem, f. 7 r-8v. 12 de abril de 1679.

[22] Ibídem, f. 9 r. 21 de abril de 1679.

[23] Archivo General de Simancas. Tribunal Mayor de Cuentas, legajo 853. Todo lo relativo a los gastos e ingresos y detalles de la estancia de los soldados está en este expediente. No será necesario en adelante la referencia a esta pieza.

[24] Ibídem.

[25] No se conserva en el Archivo Histórico Municipal de Huéscar el libro de registro que José Vázquez Quevedo y José de Barreda Calderón elaboraron para gestionar el aposentamiento de los soldados.

[26] Ponemos entre corchetes estas palabras porque no hemos conseguido hacer una lectura segura de la expresión, a pesar de que la escritura es perfectamente visible y el papel está bien conservado. Proponemos una posible lectura atendiendo al contenido del texto, cuya enrevesada redacción dificulta aún más darle sentido a esas palabras.

[27] El acuerdo finaliza repentinamente aquí, sin acabar de redactarse, y en la página siguiente comienza otro asunto, con otra caligrafía. Según la numeración de las páginas no faltan folios en el libro.

[28] Falta aquí una palabra que el escribano debió olvidar en un despiste en el momento de redactar el acta.

 

 


 

 El autor


-Licenciado en Historia por la Universidad de Granada (1999-2004)
-Beca de prácticas de archivística en el Archivo de la Alhambra (marzo-septiembre de 2004)
-Proyecto de la Fundación Caja Madrid para la Catalogación de la Sección Registro General del Sello del Archivo General de Simancas, 1500-1520 (noviembre de 2006-septiembre de 2008).
-Miembro del Centro de Estudios "Pedro Suárez" de Guadix.
-Profesor de Enseñanza Secundaria.

PUBLICACIONES

 

 Libro

 Antología de un poeta olvidado. Bruno Portillo y Portillo (1855-1935), Huéscar, Fundación Colegio Nuestra Señora del Carmen y Fundación Portillo, 2012.

 

Artículos

“Apuntes históricos acerca de la cofradía del Santísimo Cristo de la Expiración, de Huéscar”, en Boletín del Centro de Estudios «Pedro Suárez», Guadix (Granada), año XVII, nº 17 (2004).

 “Seis documentos del Archivo Histórico Municipal de Huéscar (Granada) del siglo XVI”, en Alonso Cano, revista andaluza de arte,  nº 5 (1º trimestre de 2005).

 “Recuerdo de un literato granadino en el 150 aniversario de su nacimiento. Bruno Portillo y Portillo (1855-1935)”, en Alonso Cano, revista andaluza de arte, nº 6 (1º trimestre de 2005).

 “Los festejos taurinos de la Alhambra. Un estudio de historia de la tauromaquia en la ciudad de Granada”, en Alonso Cano, revista andaluza de arte, nº 7 (2º trimestre de 2005). Este artículo puede encontrarse, junto a los dos anteriores en  www.alonsocano.tk.

 “Una fundación cofrade en el contexto religioso de Huéscar en el siglo XVII. La hermandad de San José (1632)”, en Campesinos, nobles y mercaderes. Huéscar y el Reino de Granada en los siglos XVI y XVII, Huéscar, 2005 (actas del congreso celebrado en Huéscar (Granada) los días 8 a 10 de octubre de 2004).

 “La construcción del convento e iglesia de Santo Domingo de la ciudad de Huéscar (Granada)”, en Boletín del Centro de Estudios «Pedro Suárez», Guadix (Granada), año XVIII, nº 18 (2005).

 “La fundación de las procesiones del Santo Entierro y Resurrección en la ciudad de Huéscar (Granada). Año 1658”, en Boletín del Centro de Estudios «Pedro Suárez», Guadix (Granada), año XIX, nº 19 (2006).

 “Censura inquisitorial en Huéscar en las postrimerías del siglo XVIII. El sumario de indulgencias de la Orden Tercera de Nuestra Señora del Carmen”, en Boletín del Centro de Estudios «Pedro Suárez», Guadix (Granada), año XX, nº 20, (2007).

“La villa granadina de Castilléjar a finales del siglo XVI a través de sus ordenanzas municipales”, en las actas del congreso Los señoríos en la Andalucía Moderna. El Marquesado de Los Vélez, Instituto de Estudios Almerienses, Almería (2007).

“El convento de la Orden de Predicadores de Santo Domingo de la ciudad de Huéscar”, en Contemplación. El convento de la Madre de Dios de Huéscar, (catálogo de la exposición de arte sacro celebrada en Huéscar entre mayo y octubre de 2007).

Pobreza y bandidaje en el altiplano granadino en tiempos de Carlos II. La pesquisa de Alonso de Herrera”, en Boletín del Centro de Estudios «Pedro Suárez», Guadix (Granada), año XXV (2012).

 




 Otro trabajo del autor en este sitio

LOS FESTEJOS TAURINOS DE LA ALHAMBRA. UN ESTUDIO DE HISTORIA DE LA TAUROMAQUIA EN LA CIUDAD DE GRANADA (SIGLOS XVI-XIX)


 

Aullagas

JUSTICIA PARA LOS INDIOS: LOS AULLAGAS DEL PERÚ CONTRA SU ENCOMENDERO

 Margarita Álvarez Martín

 

                                          Este artículo ya no se aloja en FAH

LA CUEVA DE ZAMPOÑA EN SORIA. UN SUCESO REAL TRANSFORMADO EN LEYENDA

LA CUEVA DE ZAMPOÑA EN SORIA. UN SUCESO REAL TRANSFORMADO EN LEYENDA

Manuel García de Leániz Salete

 

 

 

 

 

 

 


 "... y les dixo que fueran con él a la peña que dizen de Chavarría y cueba que en ella havía, y que les enseñaría lo que allí había, que hera un obispo, dos ángeles y un perro, todo de alabastro y que havía también una mina o thesoro..."

(Auto. Marzo de 1748. Soria. Archivo privado García de Leániz)

 


Índice de contenido

Preámbulo: hacia la cueva de Zampoña

Las leyendas de Soria

La leyenda de la cueva de Zampoña

La cueva de Zampoña y su localización

Los hechos reales del suceso

Notas del texto

Apéndice: transcripción literal del documento

El autor

Copyright

 

     Dedicatoria:

 Para mis antepasados sorianos, que amaron mucho a esta tierra y, especialmente, para mi padre Manuel, que puso todo su entusiasmo en querer conocer todo lo referente al pasado familiar de sus ancestros.

Para mi tía paterna, Carmen, que me hizo entrega del documento original, conservado por mi familia durante más de dos siglos y medio, en el que se narran todos los pormenores acaecidos en torno a este suceso. Para mi esposa, Pilar, por la paciencia y comprensión que tiene que soportar para que mis investigaciones y estudios puedan ver la luz.

Para mis hijos César y David, y para mi nieto, Diego, porque ellos son el futuro y la continuación de la saga de los “García de Leániz”.

Para Mayte Díez Martín que, desde el primer momento, me animó y apoyó para dar a conocer este suceso real transformado en leyenda.

      Zaragoza, Enero de 2014

 


La peña Chavarría, a orillas del Duero, que alberga en su interior la cueva de Zampoña; al fondo la ciudad de Soria fotografía del autor.

 

Primera página del documento judicial original de 1748, en el que se relata el extraño y macabro suceso (Archivo privado García de Leániz).


Preámbulo: hacia la cueva de Zampoña

 

      En una tarde calurosa de agosto de 1955, me disponía a experimentar, en mis inocentes fantasías infantiles, una formidable aventura que era incapaz de valorar justamente, porque excedía de los límites conocidos de mi párvula imaginación: Me dirigía hacia la llamada cueva de Zampoña.

      Durante los días anteriores, mi abuelo paterno, Rafael, gran conocedor de las tierras y acontecimientos sorianos, me había advertido: Te llevaré, para que la puedas contemplar, a una cueva misteriosa, a una caverna que se tragó a un hombre, a la cueva de Zampoña y “el que en esta cueva entrare, ni vivo ni muerto sale, Juan Zampoña aquí entró y ni vivo ni muerto salió”.

      Es fácil de imaginar que, con tales manifestaciones y argumentos, mis pensamientos divagaran hacia una gran aventura, hacia un cuento fantasioso del que yo, de alguna manera, podía ser protagonista; pero de lo que no estaba del todo seguro era de si aquello iba a ser de mi agrado o, por el contrario, me iba a infundir cierto miedo o respeto hacia lo desconocido.

      Con estos pensamientos en mi infantil cerebro, aconteció que, por fin, había llegado el día de dar el paso definitivo, el momento de hallarme, cara a cara, en la entrada de la tenebrosa caverna. De esta manera, en esa veraniega tarde, a cierta distancia de la ciudad de Soria y bordeando las refrescantes orillas del Duero, me encontraba salvando los matorrales crecidos junto al río, formando parte de una curiosa comitiva familiar, compuesta por mis padres, abuelo, tías y hermano pequeño, que, en rigurosa fila india, marchaba en solemne formación hacia un imponente peñascal, del que yo, entonces,    desconocía su nombre: la peña Chavarría.

 

 

                      Fotografía propiedad de mi padre, Manuel García (de Leániz) Segura.

 

      A medida que nos íbamos acercando al misterioso lugar, aunque intentaba hacerme el valiente, encabezando y dirigiendo la particular expedición, como si de la mismísima selva se tratara, seguía teniendo mis dudas sobre el feliz final de aquella portentosa experiencia.

       A través de los cañaverales de la orilla, pude divisar una enorme y majestuosa peña que, como en las narraciones y cuentos infantiles, parecía predestinada a ser la formación rocosa que estábamos buscando, la peña Chavarría.

 


                       Fotografía propiedad de mi abuelo Rafael García (de Leániz) de Diego

 

       Los amenazadores peñascos ya estaban muy cercanos y proyectaban sus formas y sombras fantasmales hacia la frondosa vegetación de la orilla del río; sorteando los últimos obstáculos del camino, llegamos a un pequeño claro al pie de la gran roca, éste era el lugar.

      Por encima de nuestras cabezas, a unos 3 ó 4 metros, ascendía un estrecho y empinado paso que conducía a una abertura oscura que parecía dispuesta a engullirnos a todos: La cueva de Zampoña, una negra oquedad, que como el mismísimo infierno, se había tragado al tal Juan Zampoña y que, en mi imaginación, también podía hacer lo mismo con todos nosotros al menor descuido.

     Por si todo lo anterior fuera poco, el ambiente estaba cargado de incertidumbre y miedo, por la sobrecogedora advertencia, en forma de cruz, que pude divisar en lo alto de aquella entrada a la gruta, y que mi abuelo se encargó de leer en voz alta para que todos pudiéramos enterarnos: “Jesús, María y José, el que en esta cueva entrare, ni vivo ni muerto sale, año de 1748”.

       Esta vez, la cosa iba en serio, había que tener mucho cuidado para no tener la misma suerte, mejor dicho desdicha, que el desgraciado Juan Zampoña.

 

 

                Fotografía propiedad de mi abuelo Rafael García (de Leániz) de Diego

      Allí estaba la peligrosa entrada a la cueva y mi abuelo aprovechó para contarnos, a grandes rasgos, lo que había sucedido muchos años atrás: El tal Juan Zampoña, o tal vez fuera otro de nombre menos sonoro -Antonio Serón-, en compañía de otros amigos, pensando que en el interior de la caverna había un tesoro, entró en el oscuro agujero, a pesar de las advertencias de sus compañeros de que no lo hiciese.

     Pero, al poco de entrar, cayó en una sima, quedando encajado entre las rocas, aprisionado y sin poder moverse. Sus compañeros, muy asustados, corrieron a pedir ayuda para sacarlo de allí, pero nadie pudo lograrlo. Durante dos días, estuvo el desgraciado Juan Zampoña –Antonio Serón- alimentándose de vino, galletas y carne, que le bajaron en una cesta atada a una cuerda. Después de ser confesado allí mismo, al fin dejaron de oírse sus lamentos y le dieron por muerto a los tres días.

     Ante tan sorprendente y sobrecogedor relato, me dispuse a escudriñar el peligroso y oscuro boquete de la entrada de la cueva, como tal vez lo hubiera hecho el propio Juan Zampoña en su fatídico día en que se le ocurrió semejante despropósito.

     Ascendí los últimos pasos hacia la misma entrada, de lo que a mí me pareció el negro infierno, que se había tragado al infeliz buscador de tesoros y, con cierto asombro y precaución, eché una ojeada al atrayente y fatídico oscuro pasadizo por el que se aventuró, muchos años atrás, el desdichado Zampoña.

 

                                     Fotografía propiedad de mi padre Manuel García (de Leániz) Segura

      Ahora mi mente, como en un sueño o en un estado de ensimismamiento después de haber escuchado un cuento o relato estremecedor, se puso a fantasear con lo realmente sucedido al desgraciado que osó traspasar el peligroso y amenazante umbral de la gruta.

     Mis pensamientos me trasladaron a un tiempo atrás y me pareció que una sombra, desafiando el peligro, se adentraba imprudentemente en el interior de la caverna

 

Las leyendas de Soria

 

Pero, ¿todo aquello había sucedido realmente alguna vez?

Es la tierra de Soria, en la Edad Media, solar de cantares de gesta, de leyendas heroicas y de fronterizas serranillas, y, saltando al Renacimiento, en el que Numancia es el único motivo poético, es la ciudad, en la época contemporánea, tema de leyendas románticas y de líricos poemas[1].

      Así, a lo largo de los tiempos han surgido en estas tierras castellanas diversos relatos, poemas y leyendas que tienen un glorioso precedente: el Cantar del Mío Cid. La vida del héroe español por antonomasia, tal como nos la presenta el autor del poema, a fuerza de relatar hechos que hoy nos parecen fantásticos, produce en su lectura una primera impresión de inverosimilitud, pero si se profundiza y se investiga sobre nombres de personas y lugares que en el mismo aparecen, tal como lo ha venido haciendo don Ramón Menéndez Pidal, se llega a la conclusión de que muchos episodios del poema tienen que ser forzosamente ciertos[2].

      La leyenda de los infantes de Lara[3], por algunos fragmentos que conocemos del conocido romance, es también una mezcla de hechos ciertos que sucedieron y de fantasías disparatadas, buscadas intencionadamente por los juglares para ensombrecer, aún más, el trágico episodio.

En el Renacimiento no es tema literario la tierra de Soria, sino Numancia. Los hechos heroicos ocurridos en la ciudad numantina fueron plasmados más tarde, primero en el Romancero que recoge y publica, en 1864, Antonio Pérez Rioja[4], y luego, en el teatro, sobre todo con la tragedia cervantina El cerco de Numancia[5]. José Antonio Pérez Rioja, sobrino nieto de Antonio, publicó un documentadísimo trabajo sobre Numancia en la poesía[6].

      Pero es, quizás, en épocas más recientes cuando surgen las leyendas más conocidas. Gustavo Adolfo Bécquer, nacido en Sevilla y casado en 1861 con la hija de un médico soriano, se acercó algunos veranos hasta Soria y allí localizó dos de sus románticas leyendas: la de “El monte de las ánimas”[7], haciendo referencia concreta a la calle de Los Caballeros, al monasterio de San Juan de Duero y al monte de las ánimas, contiguo al monasterio, aún denominado así y también conocido como la Sierra de Santa Ana y la de “El rayo de luna”, que tiene como escena otro monasterio, el de San Polo, y la orilla del Duero hasta San Saturio; este recorrido, el camino entre álamos –en las riberas del río Duero- hasta la ermita de San Saturio, fue objeto de los versos magistrales de Antonio Machado[8].


La leyenda de la cueva de Zampoña

      Algunos sorianos conocen otro episodio que, alejado absolutamente de la epopeya, ha interesado siempre, hasta el extremo de que en la vida local no se desconoce del todo, aun habiendo transcurrido más de dos siglos y medio desde su origen: la cueva de Zampoña.

      Una vez más se confirma que la tradición que llega a nosotros, verdad en el fondo, lo hace rodeada de detalles inexactos.

      Es muy cierto que un vecino de Soria, de imaginación desbordada y amigo de aventuras, intentó explorar una cueva que existe en la margen derecha del Duero, cerca de esta ciudad, el día 1 de marzo de 1748, y que caído en una sima, que en ella debe de haber, no hubo posibilidad de sacarlo. Allí murió y quedó el día 3 del mismo mes, después de recibir los auxilios espirituales, y es muy presumible que todavía se conserven allí sus despojos.

      Que este acontecimiento impresionó vivamente a los habitantes de la ciudad, es fácil de presumir, ya que la imaginación, no iniciada aún la ciencia de la espeleología, veía en antros y cavernas espíritus maléficos que se oponían a los que pretendían escudriñar sus secretos. Cuando no eran estos espíritus, con frecuencia se atribuía a las cuevas un sino aciago, creyéndolas mansión obligada de bandoleros y enemigos, y así, de los siglos de la Reconquista quedaron para muchas en la provincia el apelativo “de los moros”, pesadilla de la cristiandad durante muchos siglos y generaciones. Barcones, Beratón, Bocigas, Calatañazor, Chaorna, Somaén, etc., tienen cuevas que todavía hoy se cree fueron habitadas por aquéllos y así las llaman, porque dada la aversión que siempre han producido, solamente gente perversa, enemiga, es decir “los moros” (dicho en sentido no peyorativo), eran capaces de ocuparlas.

      Tras de esta verdad, surgió la fantasía al ser transmitido el relato a posteriores generaciones y así, ni el desgraciado aventurero se llamó Juan Zampoña, como se nos ha dicho, sino Antonio Serón, ni la cueva tuvo aquel nombre, sino peña y cueva de Chavarría[9] .

       Una de las primeras publicaciones en la que aparece citado el nombre de la cueva de Zampoña contiene un extraño y fantasioso relato, bajo el título La oreja del diablo, narración antigua[10]. La única referencia coherente del citado cuento o relato es la alusiva a “la cueva de Zampoña, la cual está cerca del santuario de San Saturio, en la margen del Duero, cerca de Soria”.

 

  Publicación de La oreja del diablo.... 1891.

      Otro autor que narra la leyenda de la cueva de Zampoña es Manuel del Palacio (1831-1906), periodista y poeta satírico español, cuya infancia transcurrió en Soria. Está considerado como uno de los grandes poetas burlones y satíricos del siglo XIX y colaboró en la revista El Museo Universal. Durante el Romanticismo, la mayoría de las publicaciones que vieron la luz entre 1830 y 1868 no duraron más allá de su primer año de salida. El Museo Universal fue una de las pocas que logró sobrevivir. "Periódico de ciencias, literatura, artes, industria y conocimientos útiles", estaba ilustrado con multitud de láminas y grabados de los mejores artistas españoles, tal y como proclamaban sus propios redactores.

      Esta publicación cubre prácticamente todo el segundo período del reinado de Isabel II. En el Museo Universal, las narraciones fantásticas constituyen un grupo homogéneo que recoge todos los elementos característicos del género fantástico en cuanto a temas y motivos (apariciones, pactos diabólicos, objetos con poderes, premoniciones), personajes arquetípicos (el astrólogo, el judío, la doncella inocente, el malvado, la bruja, los seres diabólicos), la localización espacio-temporal (ambiente rural; preferentemente una lejana Edad Media), la estructura del relato (historias enmarcadas), la figura del narrador (alguien cuenta una historia que a su vez otro le ha contado) y la irrupción de lo fantástico como una fuerza justiciera que premia o castiga[11].

      Pues bien, en esta publicación escribió Manuel de Palacio un artículo titulado “La cueva de Zampoña”, que, a su vez, fue insertado en el Noticiero de Soria en 1903, en el que se puede leer:

 … a poca distancia de Soria, y en el centro de una pequeña eminencia, á cuyo pié se desliza mansamente el Duero, existe una profunda sima abierta sin duda en la roca por la mano del tiempo, y á la cual no se acerca ningún habitante de la comarca sin esperimentar un vago sentimiento de terror. 

Sobre la entrada de aquella caverna y labrada con groseros caracteres se lee, ó se leia hace algunos años, la siguiente inscripción:

       EL QUE EN ESTA CUEVA ENTRARE, NI VIVO NI MUERTO SAI.E[12].

 

      Publicación de El Museo Universal, de 31 de marzo de 1857: La cueva de Zampoña.

 

      En este cuento o relato, publicado algo más de 100 años después de que ocurriera el suceso real, que más adelante examinaremos detenidamente, ya se dan unos detalles más precisos de la ubicación de la cueva y de la inscripción que figura en la misma: El que en esta cueva entrare, ni vivo ni muerto sale. Pero el resto de la narración es fantasiosa y no se corresponde a lo ocurrido en 1748; al contrario, en este artículo, al que se califica como de tradición, se sitúan los hechos narrados en el año de 1328, si bien uno de sus protagonistas era el zapatero Zampoña.

      El mismo autor, Manuel del Palacio, volvió a echar mano de la leyenda de la cueva de Zampoña en una publicación posterior, 1864, titulada Doce reales de prosa y algunos versos gratis[13], que consta de diversos cuentos, artículos, poesías y novelas, que describen, de manera burlesca, las costumbres de la época y sus ideales políticos, reproduciendo íntegramente el anterior artículo recogido en el Museo Universal.

 


                                    Doce reales de prosa y algunos versos libres gratis, de Manuel del Palacio, de 1864.

 

      El 29 de agosto de 1970, el trabajo de Manuel Palacio en relación a la cueva de Zampoña quedó reflejado en el periódico La Vanguardia Española, en una reseña alusiva a la ruta becqueriana en Soria, en el centenario de la muerte del poeta.

 


                            Reseña en La Vanguardia Española, de 29 de agosto de 1970

 

      Finalmente, Fernando Sánchez Dragó, en el Diccionario Espasa. España mágica, 1997, narra, con todos los detalles, el hecho sucedido en la cueva de Zampoña[14].

 


La España mágica, de Fernando Sánchez Dragó, 1997.


            El suceso narrado en el Diccionario…, respecto a la cueva de Zampoña, se relata así:

Aguas abajo de la ciudad de Soria se encuentra la entrada de una cueva, hoy sumergida por las aguas de un pantano, sobre la que existe una terrible leyenda. En tiempos pasados podía leerse junto a la cueva esta leyenda:

El que en esta cueva entrare, ni vivo ni muerto sale

Juan Zampoña, aquí entró, ni vivo ni muerto salió

Aunque es cierto que el tal Juan Zampoña parece ser que nunca existió, sí que lo es, en cambio, que en esta cueva de tan enigmático nombre sucedió, en el siglo XVIII, un extraño suceso que dio pie a la leyenda. El nombre de la cueva en el pasado no era el de Zampoña, sino el de Chavarri y que el individuo que, efectivamente, entró y ni vivo ni muerto salió, no se llamaba Juan Zampoña, sino Antonio Serón.

Zampoña o zanfonia es un conocido instrumento de cuerda con el que solían acompañarse los ciegos y músicos ambulantes en tiempos pasados. Zampar equivale a tragar y, si bien se mira, la cueva se tragó a Antonio Serón, así que era una zampona o zampoña. Por fin, una acepción de zampoña eran los expósitos o huérfanos que se educaban en los hospicios. ¿Lo fue Antonio Serón?

El caso es que el tal Antonio acude con otros amigos a las llamadas Rocas de Chavarri a fin de cazar los abundantes ansarones o patos que por allí solían anidar. Una vez en las cercanías de la cueva, Antonio Serón les propone investigar dentro de la misma, donde dice estar seguro de que hay tesoros, varias figuras de oro, concreta. No sin cierto escepticismo le acompañan, y Serón se desnuda para mejor deslizarse por los interiores de la cueva. Pronto pide auxilio. Al parecer ha caído a un embudo o cavidad donde se ha encajado de cintura para abajo y no puede salir de allí. Sus gritos son angustiosos. Los dos compañeros, tras intentar ayudarle regresan a la ciudad y, aterrorizados, pensando en que puede achacárseles su muerte, se acogen a sagrado en una iglesia. Desde allí avisan a las autoridades de lo sucedido, las cuales toman cartas en el asunto.

En efecto, estas intervienen y se hacen varios intentos de sacar al cuitado con cuerdas, a la vez que se le alimenta para que no muera en el ínterin. Juan Martínez Salcedo, primogénito de los condes de Gómara es una de las personas que, sinceramente conmovida por la desgracia del prisionero, acude e intenta ayudar a Antonio Serón. Sin resultado.

Transcurren hasta cuarenta y ocho horas sin que se haya podido hacer nada por sacarle. Antonio Serón está francamente asustado, a quienes se acercan a ayudarle les cuenta, estremecido, que alguien tira desde debajo de sus piernas, y le sujeta para que no escape. Por si acaso estas palabras no fueran delirios de enfermo y estuvieran ante un caso de posesión o intervención diabólica, y en todo caso por pura y simple intención piadosa, dos franciscanos le han asperjado con agua bendita desde la boca de la sima. Tras esto le llaman con grandes voces, pero Antonio –por primera vez- no contesta, con lo que algunos comienzan a pensar si habría muerto.

Baja entonces, con una soga, otro testigo y depondrá luego ante el corregidor de la ciudad que le ve inmóvil, sin atender a sus llamadas, por lo que cree que está muerto. El corregidor, implacable, envía a otro emisario acompañado de testigos para que pasen incontinente a dicha cueva y llamen por su nombre al dicho Antonio Serón repetidas veces, poniendo por fe y diligencia lo que respondiera o no. Así lo hacen a las cuatro de la tarde, y llamaron hasta 20 veces, y no respondió, por lo que pensaron que estaría muerto.

Entretanto se toma declaración a los dos acompañantes que estaban en el templo refugiados, los cuales pasan a la cárcel, de donde se supone que saldrían en breve. En sus deposiciones ya en la cárcel añaden algunos detalles, como que Serón entró dos veces en la cueva, que salió la primera vez diciendo que había visto unas grandes esculturas de alabastro y entregándoles una piedrecita pulida de buen parecer y que luego volvió a entrar, y ya no pudo salir. La muerte de Serón continuó siendo un enigma, ya que durante los casi tres días que estuvo en la cueva se le dio de comer y beber regularmente. Sabemos eso sí, que estaba muerto de miedo, aunque durante todo ese tiempo, por orden del corregidor, no le faltó compañía ni de noche ni de día, y que afirmaba sentir como le sujetaban desde abajo. Pudo morir de puro terror. En cualquier caso la cueva quedó maldita hasta nuestros días”[15]

      Hasta aquí el relato inserto en el Diccionario Espasa. España mágica que recoge los detalles de lo sucedido en la cueva, sita junto al Duero, en el siglo XVIII, sobre la que existe una terrible leyenda.

      De todo lo leído hasta estas líneas, parece desprenderse un halo de misterio o de fantasía proyectado sobre la cueva. Realmente, ¿existe la cueva? Y si es así ¿dónde se encuentra?, ¿cómo se han conocido los hechos y detalles narrados en España mágica?

      Mi abuelo paterno, Rafael, escribió en 1954 un artículo publicado en Celtiberia, ya señalado anteriormente, en el que descubre la existencia de un documento del archivo de la familia que detalla el lamentable percance, y procede a su transcripción parcial. Este documento nunca ha sido publicado ni reproducido, y por vez primera se puede observar la portada del manuscrito en el presente trabajo.

 

          

                                                  Mi abuelo paterno Rafael García (de Leániz) de Diego, su publicación en Celtiberia.

 

La cueva de Zampoña y su localización

 

      Lo que sucedió en 1748 es un macabro y desgraciado accidente; un terrible percance que debió conmocionar profundamente a la sociedad soriana de la época, y que sirvió de inspiración para tejer una fantasía que ha perdurado hasta nuestros días: Un suceso real transformado en leyenda, una tradición que a nosotros llega, verdad en el fondo, pero rodeada siempre de detalles inexactos.

        El tramo senonense del cretáceo, dentro del que queda comprendido el gran manchón de la sierra de Santa Ana, es muy propicio a la formación de cuevas u oquedades que abundan en las márgenes del río Duero. La ermita del santo patrón de Soria, San Saturio, se asienta sobre estas calizas cavernosas.

 

                                    Ubicación actual de la cueva de Zampoña. Plano del autor.

 

      La cueva que se llamó de Chavarría, y que por el episodio que se relata se hizo famosa entre los sorianos, es realmente la grieta producida por la dislocación de un gran peñasco del resto del macizo y en el que, la dirección de los planos de estratificación casi verticales, facilitaban aquélla. Es muy posible que, este deslizamiento de la piedra hacia el río por mengua de su base, tuviera como causa lo fuertemente que ella fue afectada por la corriente impetuosa del Duero, que, como puede verse en la fotografía de la página siguiente, ha dejado en la roca muestra bien patente de su enérgica acción. Es casi seguro que la grieta o sima en que cayó el desgraciado Serón alcanza una profundidad igual al lecho del río, y es probable que las aguas cubran su fondo[16].

 


    Fotografía tomada por Rafael García (de Leániz) de Diego /    Fotografía tomada por el autor.

 

      En 1963 se construyó, un poco más aguas abajo del Duero, una presa cercana a la localidad de los Rábanos, tomando su nombre: Presa de los Rábanos. Por esta razón el nivel de las aguas del río se elevó unos cuantos metros, circunstancia esta que dificulta, en la actualidad, el acceso directo a la cueva de Zampoña, porque se ha inundado el estrecho camino, a orillas del Duero, que permitía llegar hasta la misma entrada de la caverna.

 

En esta fotografía del autor, tomada 60 años después de la anterior de mi abuelo Rafael (arriba a la izquierda), puede observarse el aumento del nivel de las aguas del río Duero, debido al cercano embalse de los Rábanos, por lo que la entrada a la cueva de Zampoña está prácticamente inundada.

                                       Fotografía tomada por mi abuelo, Rafael García (de Leániz) de Diego, 1954.

 

 

 

Fotografía actual tomada por el autor. En el centro de la fotografía se puede divisar la peña Chavarría. Un poco más abajo se encuentra el embalse de los Rábanos.

 

 Los hechos reales del suceso

      Los hechos reales de lo sucedido en la cueva de Zampoña, la peña Chavarría, en 1748, están acreditados en un documento original del archivo de mi familia, cuyo primer custodio fue mi antepasado Bernardo García de Leániz y García de las Vegas, nacido en Soria en 1721; desconozco por qué razones le fue entregado, pero desde entonces el manuscrito ha pasado de mano en mano y de generación a generación, hasta llegar a mí.

      El documento consta de 30 páginas escritas y en su encabezamiento se puede leer: “Sobre intentar sacar a Antonio Serón, Vezino de esta Ziudad de una Cueba en que se metió”.

 

Detalle del documento

      El manuscrito es excepcional porque relata, con todo lujo de detalles, por medio de diversos autos, diligencias, informaciones, declaración de testigos y confesiones, todos los hechos acaecidos desde el día 1 de marzo de 1748, viernes, hasta la finalización del proceso respecto a los dos encausados, el día 18 de marzo.

      El documento, sobre papel apergaminado con sello del rey Fernando VI, está desarrollado como un proceso, en el que se van narrando, con una minuciosidad y prolijidad increíbles, todos los hechos sucedidos en la cueva de Zampoña, acreditados -al pie de cada una de sus fases- por el señor corregidor, alcalde de Soria y justicia mayor, el señor Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos y por el escribano Juan del Abad.

 

Otro detalle del documento

 

      Viernes, 1 de marzo de 1748, sobre las 9 horas de la mañana: El vecino de Soria Antonio Serón, casado con Antonia, se halla en la margen derecha del río Duero; este ciudadano, al parecer un tanto ingenuo y fantasioso, se encuentra casualmente en ese lugar –situado como a un cuarto de legua de Soria, aguas abajo del río- con otros dos vecinos, Esteban de Alicante y Antonio Gallardo.

      El primero de ellos, Esteban de Alicante, de 25 años, albañil y carpintero, había marchado hacia el Duero, con una escopeta, con ánimo de cazar anadones -pollitos del ánade, patitos- ; el otro, Antonio Gallardo, de 19 años y menor de edad, aprendiz de escultor, también se encontraba junto al Duero.

      Así, reunidos los tres, Antonio Serón, Esteban de Alicante y Antonio Gallardo, llegan hasta la llamada peña de Chavarría, momento en que Antonio dice a sus otros dos compañeros que les quiere mostrar un tesoro, asegurando que está en el interior de una cueva allí situada; en concreto, el supuesto tesoro está formado por “un obispo, dos ángeles y un perro, todo de alabastro”.

      Seguidamente, el ingenuo Antonio Serón pretende entrar en la cueva él solo, probablemente para asegurarse la propiedad del botín; se desnuda para poder deslizarse mejor, quedándose en “armadorcillo y calzones”, se adentra en la oscura gruta una primera vez y aparece con “una piedrecita pulida de buen parecer”, animado por este descubrimiento, pretende adentrarse una segunda vez en la cueva, ante los gritos de sus dos compañeros de que no lo haga porque la caverna no les inspira la menor confianza.

       Pero Antonio Serón está decidido a probar fortuna, y aunque sus dos compañeros le agarran del “caneson” para impedir que entre, él se deshace de ellos y penetra en el interior de la gruta, marchando por el estrecho de la entrada de la cueva, “que tendrá de distancia más de 16 pasos y sólo de medio lado se puede ir entrando yendo siempre en disminución”.

       Inmediatamente, se oye un ruido y comprenden, los dos que se han quedado a la entrada, que Antonio Serón ha caído en una sima. El desgraciado Serón, efectivamente, ha quedado atrapado -al caer- en el interior de la cueva, y no pude mover ni las manos ni los pies y “comienza a implorar a San Saturio y a San Antonio, clamando que le llamaran a un confesor”.

      La situación es desesperada, porque Antonio ha caído unos 4 estados (1 estado es, aproximadamente, 1,6718 m.), con lo que se encuentra a algo más de seis metros y medio en un hondo, en el interior de la cueva. Sus dos compañeros, angustiados, no pueden hacer nada por sacarlo y se alejan para pedir ayuda.

      Provistos de una soga y con el auxilio de Sebastián Martínez, vecino de Soria que iba a pescar al río, con gran miedo y angustia entran en la cueva y le echan la maroma a Antonio; éste se la ata y tiran para sacarlo, pero sólo logran moverlo un poco.

      En vista de que nada pueden hacer, se retiran todos a Soria para avisar a la mujer de Serón, Antonia, y para dar cuenta de lo sucedido. A partir de este momento, se organiza un operativo de ayuda, muy bien organizado y que nos es descrito detalladamente, cuyo cerebro parece ser el del corregidor y alcalde de Soria, Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos.

       Viernes, 1 de marzo de 1748, sobre las 5 horas de la tarde: Ya se han enterado, de lo ocurrido en la cueva, las fuerzas vivas de la ciudad; en consecuencia, se envía a un alguacil y otro miembro del juzgado a la peña Chavarría para tratar de salvar al imprudente Serón, asimismo se intenta localizar a un confesor para que le asista espiritualmente.

     Viernes, 1 de marzo de 1748, sobre las 6 horas de la tarde: Se persona en la gruta el padre Joseph Nieto para confesar a Serón, cuando en la peña ya hay reunidas unas seis u ocho personas tratando de socorrerle. El escribano, que también se ha trasladado a la gruta, sigue informando que, junto a un representante del juzgado y en unión de Francisco de Lucía, Saturio de Calzas y Miguel de Riaza, se adentran en la cueva y que oyen hablar a Antonio Serón.

      A continuación, el Padre Joseph Nieto, habiéndose retirado un poco los demás presentes, confesó y absolvió al desgraciado Serón, dejándolo “muy conforme y bien dispuesto”, y diciendo éste que, si le sucedía algo irremediable, dejaba al arbitrio de su mujer la celebración de misas y sufragios por su alma. Es de imaginar la lúgubre y macabra escena que parece sacada de un film de terror.

      Viernes, 1 de marzo de 1748, sobre las 9 horas de la noche: El escribano y el representante del juzgado vuelven a la capital para informar al corregidor y alcalde; éste ordena que se trasladen —inmediatamente-- a la cueva, Josep de Oñiderra, maestro cantero, Manuel García y Manuel de Ejea, albañiles, para ver si pueden sacar a Serón.

      Sábado, 2 de marzo de 1748: Comparecen Josep de Oñiderra, maestro cantero, y Manuel de Ejea, albañil, para informar que habiéndose trasladado a la peña Chavarría, provistos de picos y otros útiles, han tratado de desmontar y abrir brecha en la roca, pero no han podido efectuar progreso alguno porque se desprenden piedras y guijarros que podrían matar a Serón, siguiendo con el intento de arrojar sogas para rescatarlo, sin éxito.

      También comparece Francisco Garganta, maestro de cantería, que ha entrado en la cueva o cóncavo, logrando bajar unos dos estados (unos 3,34 m), pero Antonio Serón quedaba otros dos estados más abajo, y aunque logró echarle una escala de cuerdas y subirlo un poco, atándole un cinto, no pudo acabar de alzarlo debido a lo estrechísimo del lugar, quedando completamente encajado en la roca el tal Serón.

      El citado Francisco Garganta, con los codos totalmente desollados por la fricción y rozamiento con los peñascos, aún tuvo valor para alargarle a Serón una cestilla, pendiente de un cordel, con alimento de caldo, carne, vino rancio y bizcochos.

      Manuel García, albañil y carpintero, refiere lo mismo que el anterior, reconociendo la imposibilidad de ensanchar la boca de la entrada, porque se necesitaría pólvora y otros instrumentos, pero se desprenderían rocas y peñascos que matarían al infeliz Serón.

      Domingo, 3 de marzo de 1748: Entretanto, los dos acompañantes de Antonio Serón, Esteban de Alicante y Antonio Gallardo, se han refugiado en el convento de religiosos Nuestra Señora de la Merced, acogiéndose a sagrado, ante el temor de verse involucrados involuntariamente, de alguna manera, en el desgraciado suceso, temiendo ser acusados de violencia contra Serón o de intentar apropiarse indebidamente de algún tesoro. Por ello, el corregidor ordena que, sin faltar a la inmunidad eclesiástica, se les tome declaración, haciéndolo en el sentido de narrar cómo ocurrieron los hechos.


 

Convento de Ntra. Sra. de la Merced, donde se refugiaron Esteban de Alicante y Antonio Gallardo

 

       Al mismo tiempo, el corregidor manda que se prosigan todas las actuaciones necesarias para sacar a Serón y que se le siga suministrando alimento. A la cueva acuden gran número de personas que, trabajando día y noche, tratan desesperadamente de socorrer al cautivo Serón; entre los personajes que se encuentran en la peña están Juan Manuel de Salcedo, hijo primogénito del conde de Gómara, y don Vicente de Ozes, caballero principal de la ciudad.

      También acuden dos religiosos del convento de Nuestro Señor Padre San Francisco, exhortando a Antonio Serón para que se ponga a bien con Dios y bendiciendo con agua bendita la peligrosa cueva.

      Pero, desgraciadamente, han transcurrido más de 48 horas desde que el infortunado Antonio Serón cayera en la sima y quedara encajado, y a pesar de los infructuosos trabajos para liberarlo y del suministro de alimentos y bebidas, el desdichado prisionero de la cueva ha debido morir de puro terror y desesperación.

      Después de las actuaciones de los dos religiosos, hacia el mediodía, se llama por su nombre a Antonio Serón, pero éste ya no contesta; se intenta que responda pero todo es inútil. Se ordena al vecino Juan Casado que intente bajar para cerciorarse del fatal desenlace, y comprueba que Antonio Serón no hace movimiento alguno, que no respira y sigue atravesado en el mismo lugar donde le dejara Francisco Garganta.

     Tampoco es factible sacar el cadáver de Antonio, porque aunque se lograra subirlo, se rompería en pedazos, por la suma estrechez de la sima, al intentar extraerlo de las profundidades de la cueva. La peña Chavarría, la llamada cueva de Zampoña se ha cobrado un gran tributo, una preciosa vida humana, en la persona del desdichado Antonio Serón.

      Lunes, 4 de marzo de 1748: Hacia las cuatro de la tarde, se personan en la cueva el representante del juzgado, el escribano y otros vecinos para verificar el fallecimiento de Antonio Serón. Se acercan a la entrada y llamando por su nombre a Serón más de veinte veces, no se obtiene respuesta alguna: El infeliz Antonio Serón ha sido declarado oficialmente muerto.

      El terrible suceso, que ha conmocionado a la sociedad soriana, ha terminado, de forma irremediable, para el desgraciado Serón, pero queda por resolver la situación jurídica de sus dos compañeros, Esteban de Alicante y Antonio Gallardo. En el ínterin, los dos citados vecinos de Soria, han sido presos, hasta comprobar su total o no inocencia, en la Cárcel Real de Soria.

       Sábado, 16 de marzo de 1748: Se ordena, por el corregidor, que se reciban las confesiones de los dos presos para comprobar que la entrada en la cueva, por el difunto Serón, tuvo lugar por la sola voluntad de éste, sin que interviniera violencia alguna por parte de Esteban de Alicante y Antonio Gallardo, y de que éstos no tuvieran intención de apropiarse indebidamente de ningún tesoro.

      Domingo, 17 de marzo de 1748: Recibidas las confesiones de ambos, en el sentido ya conocido de los hechos realmente sucedidos, se nombra curador ad litem[17]  del menor Antonio Gallardo a Manuel Evaristo de Encabo.

      El curador ad litem, Manuel Evaristo de Encabo que, finalmente, representa a los dos presos solicita, a la vista de los hechos y confesiones recibidas, la libertad de ambos, sin costas.

      Lunes, 18 de marzo de 1748: El corregidor, Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos, da por concluido el expediente, mediante un Auto en el que ordena, a la vista de todo lo actuado, que se sobresea esta causa, se dé libertad a Esteban de Alicante y Antonio Gallardo y se les condene a pagar las costas y tasas del mismo.

      Finalmente, manda que se cierre la cueva que hay en la peña Chavarría con mampostería, poniéndose encima una cruz, a modo de aviso para evitar sucesos similares ocasionados por otros posibles incautos.

 

 

 Fotografía tomada por mi abuelo Rafael, 1954.

 

      Este es el triste final del relato contenido en el documento original de marzo de 1748, ordenado y conciso; su lectura produce la sensación de haber asistido a la narración de un poema o cuento de terror, al estilo de las novelas contadas por el clásico Edgar Allan Poe o por el moderno Stephen King, pero hoy sabemos que los hechos ocurrieron tal y como se ha manifestado. La descripción minuciosa y detallada de todo lo ocurrido puede consultarse a continuación, con la transcripción completa del documento original, en el apéndice final.

       Por esta razón, no me resisto a terminar este trabajo de investigación sin la cita expresada por mi abuelo Rafael García (de Leániz) de Diego:

Yo brindo a los sorianos aficionados a la espeleología, hoy tan en boga, el relato veraz de este episodio, y resultaría altamente interesante e incluso piadoso que un día pudieran rescatarse los restos de un pobre hombre que allí permanecen desde hace más de dos siglos (y medio).

      Y yo añado: Siempre y cuando no se ponga en peligro ni una vida más.

 

Apéndice: transcripción literal del documento

 

 Auto. Marzo de 1748. Soria. 31 páginas. Archivo privado García de Leániz.

 

Tanto la muestra del manuscrito como su transcripción completa constituyen un material inédito, que se muestra al público por primera vez en este artículo.

Transcriptores: Rafael García (de Leániz) de Diego y Manuel García de Leániz Salete

Normas de la transcripción[18]

 

Sobre yntentar sacar a Antonio Serón, vezino desta ziudad, de una cueba en que se metió

[Sello: Ferdinandus VI D. G. Hispaniar. Rex]

[Impreso] Para despachos de oficio quatro maravedís. Sello quarto, año de mil setecientos quarenta y ocho (el mismo sello e impreso en todos los rectos de los folios.)

 

 [Margen izquierdo] Auto

En la ziudad de Soria, a primero día del mes de marzo de mill setezientos y quarenta y ocho años, el doctor don Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos, del Consejo de su magestad, su alcalde de Cassa y Corte, corregidor y justicia mayor desta  dicha ziudad y su jurisdicción, superintendente general de rentas reales della y su provincia; por ante mí, el escribano, dixo que aora que son las zinco oras dadas de la tarde se ha dado noticia a su señoría que en una cueba o gruta que ay en unas peñas y peñascones eminentes, que llaman la peña de Chavarría, que están a orillas del río Duero, un quarto de legua distante desta ciudad, hacia el mediodía, se oye una persona que está pidiendo confesión, y para aberiguación y justificación dello mandó formar este auto de oficio y que el presente escribano don Thomás de Curruchaga, alguacil mayor de esta ziudad y Francisco Xavier Fernández Carrascosa, ministro de este Juzgado, a quienes dio su señoría comisión en forma, pasen a dicho sitio y lleven un religioso de nuestro Señor Padre San Francisco, confesor que elixiese el reverendo padre guardián del convento desta ciudad y las demás personas que sean necesarias, y según se hallase y justificase y diligencias que obraren y providenciaren que sean más conbenientes den quenta a su señoría para proceder a lo demás que aya lugar, y por este su auto así lo proveyó y firmó su señoría de que yo el escribano doy fe.

Don Joseph de Cuenca Garzón [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

Doy fe yo el escribano que, oy dicho día siendo como zerca de las seis de la tarde, Francisco Xavier Fernández Carrascosa, ministro de este Juzgado, en compañía de mí el escribano y de otras personas, haviendo hido ya delante el padre fray Joseph Nietto, religioso confesor de la orden de nuestro Padre San Francisco que ha embiado el reverendo padre guardián del //

combento desta dicha ziudad, salimos de ella y llegamos a la peña grande y peñascos que llaman de Chavarría que está a orillas del río Duero, distante como un quarto de legua de dicha ziudad, donde havía seis u ocho hombres que se havían embiado delante para lo que se ofreciese y también estaría ya allí dicho religioso, siendo ya al anochezer y no concurrió allí el alguazil mayor desta ciudad por no haver parezido á la sazón y hallarse, según se dijo, ocupado en otra parte; y para que conste, lo pongo yo el escribano para fe y diligencia y lo firmé.

Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Diligencia

E luego incontinenti, en el dicho sitio que llaman la peña de Chavarría, que es muy grande con los peñascones altos que tiene, que está a orillas de dicho río Duero, a distancia de él como más de treinta pasos, que se sube por paraje agrio y bastante pendiente para entrar en la cueba que hay en dicha peña, a presencia de dicho Francisco Xavier Fernández Carrascosa, numerario en vista de la comisión que tiene y de Francisco de Lucía, Saturio de Calzas, Miguel de Riaza, menor en días, vezino desta ziudad y otras personas, el referido Luzía y otros de los presentes, con el dicho ministro, y yo el escribano, entraron en dicha cueba y cóncabo, yendo por el estrecho que haze la entrada de ella, que tendrá de distancia más de diez y seis pasos el estrecho y sólo de medio lado se puede hir entrando, yendo siempre en disminución y se reconoció que al fin del mismo estrecho haze una rebuelta la estancia, y allí se siente y oye hablar, como en un cóncabo o pozo ondo, a un hombre, que por la voz se conozió es Antonio Serón, vezino de Soria, cuyo cóncavo se considera tener quatro estados de hondo, poco más ó menos, y a presencia de los zircustantes del dicho ministro y del referido religioso, que también estava allí para confesarlo, se le preguntó por mí el escribano, al dicho Antonio Serón (y por otros) que cómo havía entrado allí y con qué motivo, y si alguno le metió a fuerza o que es lo que suzedió, a lo cual respondió que oy, dicho día primero deste mes, entre nuebe y diez de la mañana, vino a este sitio en compañía de Estevan de Alicante,vezino de dicha ciudad de Soria, y Antonio Gallardo, mozo soltero, natural de ella, con ánimo de ver si aquí havía una mina o tesoro y que el mismo Antonio Serón se quitó la capa y dos coletillos que tenía, y se quedó en un armadorcillo y calzones, y todos tres fueron a entrar en esta cueba y estancia, y que entonces les dixo, a los otros dos referidos, que él entraría pri-//

 -mero y que con efecto, el dicho Antonio Serón fue y entró por dicho estrecho y rebuelta y que se cayó en el sitio y cóncabo donde está, que es ondo y que no se podía mober ni los pies ni las manos, qué estava como en una prensa metido y que él de su voluntad entró, sin que los dichos Estevan de Alicante y Antonio Gallardo le hubiesen ynduzido ni apremiado a ello, quienes viendo el peligro parecían haverse hido. Lo qual dixo y expresó claramente así dicho Antonio Serón, y aunque se echó una soga grande y fuerte al sitio donde está, para que se asiese de ella como para sacarlo, dixo que no la podía coxer y preguntándole si veía una luz de una zerilla, que havía enzendida que se puso zerca del cóncavo donde se sentía, respondió que no la veía, por cuyas razones y no atreverse persona alguna de los presentes a entrar ni vajar donde estava, se consideró por casi imposible, por aora, el poderlo sacar.

En fuerza de lo qual, por el dicho padre fray Joseph Nietto, se pasó a confesar, como con efecto confesó, al dicho Antonio Serón y lo absolvió a presencia de mí el escribano y los zircunstantes, haviéndonos apartado la distancia suficiente para dar lugar a ello, haviendo asegurado dicho religioso que lo dexava muy conforme y bien dispuesto. Y para que así conste todo lo referido, lo pongo yo el escribano por fe y dilixencia y lo firmé, y también el expresado ministro.

 Francisco Xavier Fernández Carrascosa [rúbrica]

Juan del Abad [rúbrica]

 

Asimismo doy fe, yo el escribano, que haviendo preguntado a dicho Antonio Serón que si suzedía no poder salir de donde estava y se lo llevare Dios nuestro señor, si quería se le zelebrasen algunas missas y sufragios por su ánima y si tenía con qué, respondió que aunque se hallava con cortísimos medios y pobre, que lo dexava al arbitrio y voluntad de su muger Antonia [blanco] para que ejecutase lo que quisiese, y respecto de [que se decía][19] tener un hixo lexítimo con la susodicha, no se le prebino dexase heredero de sus vienes, y para que conste, lo pongo por dilixencia y lo firmé en dicho sitio, siendo entre las siete y las ocho oras de la noche, según se considera. Entre renglones: que se decía.

Juan del Abad [rúbrica]//

 

 [Margen izquierdo] Auto

En la ziudad de Soria, siendo como a las nuebe oras de la noche de dicho día primero de marzo y año referido, el dicho Francisco Xavier Fernández Carrascosa, ministro de este juzgado, y yo el escribano, pasamos a dar noticia del suzesso acaezido con el dicho Antonio Serón y del estado en que se halla, según y cómo se contiene en las dilixencias antezedentes al doctor don Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos, corregidor desta dicha ciudad, y vistas por su señoría, dixo que mandava y mandó se notifique y haga saver a Josep de Oñiderra, maestro de cantería, Manuel García y Manuel de Ejea, maestros vedores de alvañilería de esta ziudad y vezinos de ella que, con sus oficiales y picos pasen a la cueba y sitio, donde se halla Antonio Serón, y hagan por reconozer y ver si se puede sacar a este de donde está, haziendo para ello las dilixencias que combengan y echo comparezcan a declarar lo que resultase, y por este su auto así lo proveió y firmó su señoría, de que yo el escribano doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Información

En 1a dicha ziudad de Soria, a dos días del dicho mes de marzo del dicho año, ante el doctor don Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos, corregidor desta ziudad y de mí el escribano, pareció Joseph de Oñiderra, maestro de cantería, residente en ella, a declarar en razón de lo que contiene el auto de arriba que se le ha echo saber, al que su señoría recivió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad y siendo preguntado al thenor de dicho auto: dixo que oy, dicho día, se ha pasado a la peña, que llaman de Chavarría, y cueba que ay en ella y también dos oficiales que tiene, con sus picos y varrones, y haviendo entrado en dicha //

cueba, a fin de hazer dilixencia si se podía desmontar o abrir la brecha o cóncavo, donde se halla Antonio Serón, metido como para que saliese, vio y reconoció que hera ymposible el hazer dicho desmonte y abertura, por el grandor insuperable de dicha peña y riscos, como de guijarros y por la estrechez suma de la entrada, y que si se hacía alguna dilixencia en la voca del dicho cóncavo ondo, podrían caer precisamente las piedras encima de dicho Antonio Serón y matarlo, por lo que no se hizo ni pudo hazer dilixencia alguna sobre ello, y sólo sí se hizieron algunas por otros circunstantes, hombres delgados de cuerpo que entraron en mucha parte de dicho cóncavo y se pusieron sogas para sacarlo y no lo pudieron conseguir, y que lo que lleva dicho es la verdad y en ello so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó y lo firmó, y que es de hedad de quarenta y nuebe años, poco mas ó menos, firmólo su señoría, de que yo el escribano doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Joseph de Oñiderra [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Ítem

En la dicha ziudad de Soria, dicho día mes y año, ante dicho señor corregidor, y de mí el escribano, pareció Manuel de Exea, vezino desta ziudad y maestro vehedor de albañilería y carpintería de ella, a declarar en razón de lo que contiene dicho auto, que se hizo saber, de quien su señoría recivió juramento en forma debida, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad y siendo preguntado al thenor de dicho auto: dixo que haviendo pasado oy, dicho día, a la peña grande que llaman de Chavarría y cueba que en ella ay, con otros maestros y oficiales de dicho oficio y de cantería, entró dentro de ella y del estrecho que haze, y reconoció que hera ymposible, al parezer, desmontar ni quitar cosa alguna de las peñas y solapas tan fuertes e incontratables, que tiene //

dicha cueba y estrechez que hace, ni en la voca estrechísima del cóncavo ondo donde pareze se halla metido Antonio Serón, porque si ha mucha dilixencia se quitase algo para ensancharla, que hera muy dificultuoso, las piedras que se desmontasen podrían caer sobre el susodicho y matarlo, por lo cual no se ha echo desmonte alguno y sólo sí alguna dilixencia con maromas y sogas que se le echaron para que se asiese a fin de sacarlo, y no se pudo lograr porque decía dicho Antonio que no podía asirse, no obstante los esfuerzos grandes que para ello se hicieron por los zircunstantes que allí concurrieron y por el testigo, y que lo que lleva dicho es la verdad, y en ello so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó y lo firmó, y que es de hedad de quarenta y siete años, poco más o menos. Firmólo su señoría, de que yo el escribano doy fe.

Manuel Ejea [rúbrica]

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Testigo

E luego yncontinenti, dicho señor corregidor hizo parezer ante sí y de mí, el escribano, a Francisco Garganta, vezino desta dicha ziudad, maestro de cantería, para efecto de recivirle su declaración al thenor de dicho auto, del que su señoría recivió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad en lo que supiere y le fuere preguntado, y siéndolo al thenor de dicho auto.

Dixo que oy, presente día, fue al sitio donde está la peña que llaman de Chavarría y peñascones que tiene, a ver si podía servir de algo para sacar de el cóncabo ondo en que estaba, en la cueba que allí ay, a Antonio Serón, vezino desta ziudad, reconociendo hera dificultosísimo y casi ymposible desmontar ni ensanchar lo estrecho de la cueba, por donde se entra al dicho cóncavo, ni este por el grandor y pedernal de las peñas y solapas que ay, y haviéndole dicho los ministros de su señoría, y otras personas de la primera authoridad desta ciudad que estavan allí que, si podía, hiciese dilixencia de entrar en dicho cóncabo lo que pudiese para ser auxilio, se resolvió a entrar, como con efecto entró, el testigo como dos es- //

-tados o más dentro de dicho cóncavo, donde se hallava dicho Antonio Serón, queste estava otros dos estados mas avajo de donde se quedó hirmado en dos piedras, el que depone, habiéndose desollado los codos al vajar y haviéndole echado una escala de cuerdas a dicho Antonio, para que subiese, se asió de ella y subió hasta el sitio donde se hallava el testigo, quien le ayudó, cuando hiva, subiendo zerca para ello y lo ató con un zinto, para que con mayor seguridad subiese, y dexándolo allí para que descansase y porque los dos a un tiempo no podían acavar de subir, por lo estrechísimo del cóncabo, se subió más arriba el testigo y desde allí le alargó, en una zestilla pendiente de un cordel, alimento de caldo, carne y vino, y lo tomó y se sorbió el caldo y vevió el vino, y luego se acavó de subir el que depone con gran travajo a gatas, hasta salir como salió de dicho cóncavo, y haviendo tirado de la escala y cuerdas, en que quedó asido dicho Antonio Serón, los de arriba, no se pudo acavar de subir, diziendo el susodicho que no podía y se quedó en el mismo sitio en que estubo el testigo, travesado en unas piedras grandes que allí havía; y que lo que lleva dicho es la verdad, y en ello so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó y lo firmó, y que es de hedad de treinta años, poco mas ó menos. Firmólo su señoría, de que yo el escribano doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Francisco Garganta [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Testigo

En la dicha ziudad de Soria, dicho día mes y año, ante dicho señor corregidor y de mí, el escribano, pareció Manuel García, maestro vedor de alvañilería y carpintería, desta ziudad y vezino de ella, a declarar en razón de lo que contiene el auto que se le hizo saber, para lo cual su señoría le rezivió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad en lo que supiere y le fuere preguntado, y siéndolo al thenor de dicho auto.

Dixo que oy, presente día, en virtud del mandato de su señoría, pasó el testigo al sitio donde está la peña que llaman de Chavarría, con otros maestros y oficiales de dicho oficio y de //

cantería, subió a la cueba que ay en ella, y por el estrecho que haze la entrada, fue de medio lado hasta la voca del cóncavo ondo donde está Antonio Serón, y reconoció que es casi ymposible desmontar ni ensanchar dicho estrecho y voca, por el mucho grandor y dureza de las peñas y solapas, pues para conseguirlo hera necesario mucho tiempo y gran porción de pólvora, y si se lograse resultaría el poder matar las piedras a dicho Antonio Serón, por lo que no se ha echo dilixencia alguna sobre ello, sí sólo echar algunas sogas y maromas al cóncabo y sitio donde se halla el susodicho, que estará como quatro estados de hondo, y no se ha podido sacar a dicho Antonio por más esfuerzos que se han echo, siendo zierto que se le ha dado alimento, y ay y (ha) havido personas, puestas por su señoría, para que travajen en cuanto puedan para sacarlo, consistiendo todo en lo estrechísimo del cóncabo, pues aun haviéndole vajado vino rancio y vizcochos en una zestilIa, de más de una quarta, no cupo esta a entrar avajo, y se sacó la cincha en que hiva, y se le vajó atada a un cordel, y que lo que lleva dicho es la verdad y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó y lo firmó, y que es de hedad de zinquenta años, poco mas ó menos.

Firmólo su señoría, de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Manuel García [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Auto

En la dicha ziudad de Soria, a tres días de dicho mes de marzo y año, de mill setecientos quarenta y ocho, el doctor don Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos, corregidor desta dicha ciudad, por ante mí, el escribano, haviendo visto estos autos y lo que ha expresado y manifestado Antonio Serón, vezino de ella, que se halla metido en un cóncabo o gruta de la cueba que ay en la peña que llaman de Chavarría, de que le acompañaron para hir a ella Esteban de Alicante y Antonio Gallardo, vezino y natural desta dicha ziudad, quienes se dize hallarse refugiados en el convento de religiosos de Nuestra Señora //

de la Merced de ella; dixo que don Thomás de Curruchaga, alguacil mayor de esta ciudad, pase en compañía del presente escribano a dicho combento, y de parte de su señoría dé recado cortesano al reverendo padre comendador de él, para que permita que, estando en él los dichos Estevan de Alicante y Antonio Gallardo, se les reziva allí sus declaraciones, al thenor de lo que resulta de estos autos y del fin que les llevó para hir con el dicho Antonio Serón a dicha cueba, sin que por esto y por dicho permiso se falte a la ynmunidad eclesiástica que aora gozan, por no yntentarse al presente sacar de dicho sagrado. Y dado que sea dicho permiso, se da comisión para dichas declaraciones a dicho alguacil mayor, y por este su auto así lo proveyó y firmó, de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

E luego yncontinenti, el dicho don Thomás de Curruchaga, alguacil mayor, en compañía de mí, el escribano, pasó al dicho convento de nuestra Señora de la Merced, desta ciudad, a ejecutar lo que contiene el auto de arriba, y haviendo dado el recado cortesano que refiere al reverendo padre Francisco Diego Arteta, comendador de el dicho combento, respondió que, sin perjuicio de la ynmunidad que gozan y del sagrado en que están en él, los dichos Esteban de Alicante y Antonio Gallardo, y con la calidad de no sacarlos de él, permite que se les tome sus declaraciones en este combento, y para que así conste, lo pongo por dilixencia y lo firmó dicho alguacil mayor, de que yo, el escribano doy fe.

Don Thomás Antonio Curruchaga [rúbrica]

Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Declaración de Esteban de Alicante

En la dicha ziudad de Soria, y dentro del dicho convento de nuestra Señora de la Merced de ella, dicho día mes y año, en presencia del dicho don Thomás de Curruchaga, al- //

-guacil mayor, y de mí el, escribano, pareció Esteban de Alicante, vezino desta dicha ciudad, quien se halla refugiado en este convento, para efecto de recibirle su declaración sobre lo contenido en estos autos, del cual dicho alguacil mayor recibió juramento por Dios nuestro señor y una señal de la cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad en lo que supiere y le fuere preguntado, y siéndolo por lo que resulta de estos autos.

Dixo que, el día primero del presente mes y año, yendo el declarante junto con Antonio Gallardo, mozo soltero natural desta ziudad, a las nueve oras de la mañana, con una escopeta a tirar a los anadones al río Duero, que va por devajo de la hermita de San Saturio, se encontraron pasada la huerta que llaman de doña Ana de Santa Cruz, a Antonio Serón, vezino desta dicha ciudad, y les dixo que fueran con él a la peña que dizen de Chavarría y cueba que en ella havía, y que les enseñaría lo que allí había, que hera un obispo, dos ángeles y un perro, todo de alabastro y que havía también una mina o thesoro, que quería probar fortuna, a lo qual ambos dixeron, pues vamos a ver, y con efecto fueron los tres y subieron a la dicha peña y cueba, y el dicho Antonio Serón se desnudó, quedándose en un armadorcillo y calzones y dixo, yo entraré, que no quiero que vosotros entréis, y con efecto entró a pie llano por el estrecho de la gruta, y luego sintieron que cayó avajo en el cóncabo o sima que allí ay, y comenzó a llamar a San Saturio y San Antonio, clamando y diziendo que le llamaran un confesor, por lo que fueron los dos a la dicha huerta, y llevaron una soga y volvieron a la cueba, a cuya sazón llamaron a Sebastián Martínez, votero vezino desta ciudad, que hiva a pescar y los tres entraron en dicha cueba, y arrimados a dicho cóncavo, le echaron a dicho Antonio Serón la referida soga, y el mismo se la ató diziendo tiren, como verdaderamente tiraron de ella los tres como para  sacarlo, y lo mobieron un poco y entonces dijo dicho Antonio Serón que no podía subir ni moberse adelante ni atrás, que allí dava fin su vida y que aquel hera su signo, que le llamaran un confesor, y con esto, viendo que no lo podían remediar, se volvieron a esta ziudad y dieron quenta de //

lo referido a la muger del susodicho para que hiziese la dilixencia conveniente.

Preguntado, declare por qué se ha retirado a este convento y sagrado. Dixo que por si los culpavan o querían poner presos, por no haver dando quenta al señor corregidor desta ciudad, y que lo que lleva dicho es la verdad, y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó y lo firmó, y que es de hedad de veinte y zinco años, poco mas ó menos. Firmólo dicho alguacil mayor, de que yo, el escribano, doy fe. Enmendado: quien se-

Curruchaga [rúbrica]

Esteban Alicante [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen Izquierdo] Declaración de Antonio Gallardo

E luego yncontinenti, ante dicho alguacil mayor y de mí, el escribano, pareció Antonio Gallardo, mozo soltero natural desta dicha ciudad, retraído en este dicho combento, para efecto de recivirle su declaración sobre lo contenido en estos autos, del que dicho alguacil mayor, en virtud de la comisión que tiene, recivió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció dezir verdad en lo que supiere y fuere preguntado, y siéndolo por lo que resulta de estos autos.

Dixo, el día primero, deste presente mes y año, salió el declarante desta ciudad, en compañía de Estevan de Alicante, vezino de ella, con una escopeta, siendo como las nuebe de la mañana, con corta diferencia, a tirar anadones al río Duero que va por debajo de la hermita de San Saturio, y luego que pasaron de la huerta que llaman de doña Ana de Santa Cruz, se encontraron a Antonio Serón, vezino desta ciudad, y les dixo que fueran con él a la peña grande, que dicen de Chavarría, y que en la cueba que en ella ay, les enseñaría un obispo, dos ángeles y un perro, todo de alabastro, y que había, así bien, una mina o thesoro, que quería probar fortuna, a lo cual respondieron ambos, pues vamos a ver, y con efecto fueron los tres y subieron a la referida peña y cueba donde entraron, y el expresado Antonio Serón se desnudó, quedándose en un armadorcillo y calzones, y dixo adelantándose, yo entraré, que no quiero que vosotros entréis, y con efecto fue entrando a pie llano por el estrecho de la cueba, y luego sintieron que había //

caído en el cóncavo o sima que allí ay, y comenzó a llamar a San Saturio y San Antonio, clamando que le llamaran un confesor, por cuyo motibo fueron, el que declara y dicho Estevan de Alicante, a la dicha huerta y llevaron una soga y volvieron a dicha cueba, a cuyo tiempo llamaron a Sebastián Martínez, votero, vezino desta ciudad, que hiva a pescar, para que les ayudase y los tres entraron en dicha cueba, y arrimándose a dicho cóncavo, le echaron a dicho Antonio Serón la dicha soga, el qual se la ató, y dixo tiren, y con efecto tiraron de ella como para sacarlo y lo mobieron un poco, y entonces dixo el referido Serón que no podía subir ni hir adelante ni atrás, que allí dava fin su vida, que aquel hera su signo, que le llamaran un confesor, con lo qual, viendo que no podían remediarIo, se volvieron a esta ziudad a las dos de la tarde, y dieron quenta de este suceso a la muger del mismo Antonio Serón, para que hiziese la diligencia que combiniese para sacarlo.

Preguntado, diga y declare por qué causa se refugió a este convento, con el dicho Estevan de Alicante. Dixo que por el motibo de si los querían culpar y poner presos, por no haver dado quenta de lo referido al señor corregidor desta ziudad, se vinieron a sagrado. Y que todo lo que lleva dicho es la verdad, y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó y no firmó, porque dijo no saver y que es de edad de diez y nueve años, poco más o menos. Firmólo dicho alguacil mayor, de que yo, el escribano, doy fe.

 Curruchaga [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Auto

En la dicha ziudad de Soria, dicho día mes y año, el doctor don Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos, corregidor desta dicha ciudad, por ante mí el escribano, en vista de las dilixencias antecedentes, mandó se prosiga, en todas las precisas y que sean conducentes, para sacar de la cueba, cóncabo y estancia donde se// 

 halla Antonio Serón, vezino desta ziudad, sin perder tiempo, continuando también en subministrarle el alimento necesario en la forma que se pueda, hasta ponerlo en salvo, a cuyo fin tiene dada su señoría la providencia conveniente, como asimismo para que no se zese en ello, de día ni de noche, a cuyo fin se mantengan en aquel sitio don Thomás de Curruchaga, alguacil mayor desta ziudad, Francisco Xavier Fernández Carrascosa, ministro de este juzgado, con las demás personas necesarias, quienes comparezcan a declarar lo que resultare y sea ejecutado, con lo demás que combenga, previniendo también que esta mañana ha pasado su señoría personalmente, con asistencia de mí el escribano (de que doy fe), a estar con el reverendo padre Francisco Antonio Velasco, guardián del convento de nuestro Padre San Francisco, desta ciudad, a fin de que embíe dos religiosos confesores, para que exorten y asistan, en lo que puedan, a dicho Antonio Serón, para en qualquier acontecimiento, como con efecto han pasado, a ponerlo en execución. Así lo dijo, proveyó y firmó su señoría, de que yo, el escribano, doy fe. 

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Testigo

En la dicha ziudad de Soria, dicho día mes y año, dicho señor corregidor hizo parezer ante sí y de mí, el escribano, a Joseh Martínez, vezino desta dicha ciudad, para efecto de que declare el estado en que se halla Antonio Serón, vezino de ella, del // 

qual su señoría recivió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció dezir verdad en lo que supiere y le fuere preguntado, y siéndolo al thenor del auto de esta dicha parte, dixo que haviendo estado ayer y oy en la peña que llaman de Chavarría y cueba que en ella ay, de orden de su señoría, para ayudar, con otras muchas personas que han concurrido allí, a sacar del cóncavo o sima donde se halla Antonio Serón, vezino desta ziudad, ha visto se han hecho grandes dilixencias por los maestros de obras y cantería y otras personas ábiles y de esfuerzo, que su señoría ha embiado para sacarlo, echando maromas y escalas, a este fin, a dicho cóncavo y no se ha podido lograr, aunque han vajado algunos dos estados, dentro de dicho cóncavo, porque siempre decía dicho Antonio que no podía suvir, haviendo tanvién concurrido a dicha cueba don Juan Manuel de Salcedo, hijo primogénito del Conde de Gómara, y don Vizente de Ozes, cavalleros y vezinos de dicha ciudad, a hacer todos los esfuerzos posibles y animar a la gente para ello, con gran deseo de que saliera y estando siempre allí don Thomás de Curruchaga, alguacil mayor desta ciudad, y Xavier Fernández Carrascosa, ministro de este juzgado, dando las providencias necesarias desde el día primero que cayó en dicha estancia, haviéndole dado a dicho paziente el alimento preciso y quando lo pedía, el que le alargaron metido en una zesta y puchero, los que estavan a la voca de dicho cóncabo y los que entraron dentro bastante distancia; y también estubieron oy, dos religiosos de San Francisco en dicha cueba, exortando a dicho Antonio Serón a que se pusiera bien con Dios, y asimismo conjuraron dicha estancia y hecharon agua vendita, y, luego que hizieron estas dilixencias, volvieron a llamar por su nombre a dicho Antonio repetidas vezes y no respondió más, por lo qual hizieron juicio que se habría muerto, siendo asimismo zierto que es ympracticab1e e imposible, al parecer del testigo, el sacarlo aunque se halle difunto, porque aunque asiesen al cadáver, se haría pedazos al salir por la grande estrechez, rodeos y peñas del dicho cóncabo y otras zircunstancias, y que lo que lleva dicho es la verdad, y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado se afirmó y ratificó y lo firmó, y que es de hedad de veinte y tres años, poco más o menos. Firmólo su señoría, de que yo, el escribano doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Joseph Martínez [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Testigo

En la dicha ziudad de Soria, a quatro de dicho mes de marzo y año referido, //

para la justificación de lo contenido en estos autos, dicho señor corregidor hizo parecer ante sí y de mí, el escribano, a Juan Casado, vezino desta dicha ciudad, de quien su señoría recivió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad en lo que supiere y le fuere preguntado, y siéndolo por el thenor del auto de la foxa antes desta y por ver que resulta destas dilixencias.

Dixo, que de orden de su señoría y desde el día dos del presente mes y año, a las seis de la mañana hasta ayer domingo tres del corriente, casi todo el día estubo y asistió el testigo, en la peña que llaman de Chavarría y cueba que en ella ay, sin quitarse de allí, de día y de noche, a travaxar, con otros muchos, para sacar del cóncavo o sima de dicha estancia en que se halla Antonio Serón, vezino desta ciudad, que cayó como cuatro estados de ondo, a cuyo fin entró Francisco Garganta, cantero vezino de ella, como dos estados dentro, con grandísimo trabajo, el día dos de este mes, y haviendo echado los que estavan a la voca del cóncabo una escala al dicho Antonio Serón, para que subiese, se asió de ella y subió zerca y arrimado al sitio donde estava dicho Garganta, y luego que salió este de allí, porque los dos a un tiempo no podían subir, tiraron de la escala y sogas, y dixo dicho Antonio que no podía pasar de allí, y habiendo entrado también el testigo en dicho cóncavo, más de estado y medio zerca de donde se hallava, le dio y alargó un puchero pendiente de una soga en donde havía caldo de gallina, carnero y pichón y vino rancio con vizcochos, lo que executó por dos veces y siempre que pedía se le dava alimento, y aunque se hizieron grandes dilixencias para sacarlo, animando a este fin don Vicente de Hoces y don Juan Manuel Salcedo, cavalleros principales de esta ziudad que allí concurrieron, a la gente, no se pudo conseguir, siendo también zierto que el dicho Francisco Garganta le alargó en una zestilla alimento de caldo, carnero y vino, lo que tomó dicho Antonio Serón, subiendo entonces destrozado el dicho Garganta y muy maltratados los codos con mucha pena; y el día siguiente, ayer tres del corriente, fueron a dicho sitio y cueba, tres o quatro religiosos de San Francisco y exortaron a dicho paciente, conjuraron la cueba y cóncavo donde este se hallaba, y echaron agua vendita y luego continuaron en llamarlo por su nombre, y no respondió más dicho Antonio Serón, y por esto se hizo juicio que abría muerto, siendo esto como al mediodía de ayer domingo, tres de este mes; y el dicho don Vicente de Hoces, que estava allí, le encargó al testigo vajase a vista de dicho Antonio, a ver si respirava y estava vivo, y con efecto vaxó bastante adentro y le vozeó y tam-// 

-poco respondió, y entonces lo vio travesado en el sitio estrecho donde lo dexó dicho Francisco Garganta, ynclinada la caveza a la peña y consideró el que depone que estava muerto, pues no respondió ni hizo acción ni movimiento de estar vivo, ni respirava; siendo evidente que, de orden de su señoría, asistieron muchas personas de noche y de día, y su alguacil mayor y Xavier Fernández Carrascosa, ministro de este juzgado y los criados de su señoría, travajando y haziendo los mayores esfuerzos que era posible para que se sacase a dicho Antonio Serón, y fue imposible, como asimismo lo es, el sacar el cadáver de dicho sitio a no hazerlo pedazos y aun de esta forma no podrá ser a su parezer, por lo riscoso y desigual de la gruta y por otras razones; y también es cierto, según vio el que depone, no faltó siempre alimento para darlo a dicho Serón, ni la prebención necesaria, de orden de la justicia, para que comiesen y vebiesen los que allí han asistido; y que lo que lleva dicho es la verdad, y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó, no firmó porque dixo no saber, y que es de hedad de cuarenta y dos años, poco más o menos. Firmólo su señoría de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Testigo

En la dicha ziudad de Soria, dicho día, mes y año, para la referida justificación, dicho señor corregidor hizo parezer ante sí y de mí, el escribano, a Ignacio del Campo, vezino desta dicha ziudad, de quien su señoría recibió juramento por Dios nuestro señor y una señal de la cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad en lo que supiese y le fuese preguntado, y siéndolo por lo que resulta de estos autos.

Dixo que, desde el día dos del presente mes y año, como a cosa de las seis oras de la mañana hasta ayer domingo, tres del corriente, y a buena tarde, estubo el testigo, de orden de su señoría, asistiendo en la peña que llaman //

de Chavarría y en la cueba que en ella ay, sin apartarse de allí, de día y de noche, a trabajar con otras muchas personas para sacar a Antonio Serón, vezino desta ciudad, del cóncavo estrechísimo que en la cueva ay, que tendrá quatro estados de hondo, en que estaría, para cuyo efecto entraron dentro de dicho cóncavo con mucho trabajo, Francisco Garganta, cantero, y Juan Casado, vezino desta ziudad, bajando como dos estados en estrechez de dicha garganta, y hasta zerca donde estaría este, se subió a dicho Antonio con escalas y sogas que le echaron, y no pudo pasar de allí, por grandes diligencias que se hizieron, diciendo el mismo que no podía subir y en que lo impedían las piedras que havía en lo más estrecho, que con las sogas se mobían y caían sobre la caveza de dicho Serón, que lo hirieron en la cabeza en dicho Antonio, y Francisco Garganta salió destrozado y los codos acardenalados, quien le alargó alimento en una zesta, pendiente de un cordel y estubo dentro del cóncabo más de quatro oras por ver si le podía ayudar a subir, y que no pudo y también le alargó, dicho Juan Casado, alimento de caldos de sustancia, vino rancio y vizcochos, que tomó dicho Antonio, como lo vio el testigo que entró asimismo dentro de la estancia, aunque no tanto como los dos referidos, y siempre que pedía alimento se le dava; y dicho Vizente de Hozes y don Juan Manuel de Salzedo, cavalleros principales desta ciudad, que allí concurrieron, animaron mucho a la gente para que se sacase y por más esfuerzos que se hizieron, no se pudo lograr; y ayer domingo, tres del corriente, fueron a dicha cueba y sitio, tres o quatro religiosos de San Francisco desta ciudad, ha exortar, como exortaron, a dicho Antonio Serón y conjuraron la cueba y cóncabo donde estaría y echaron agua vendita, y luego que hizieron estas diligencias, continuaron en llamar por su nombre a dicho Antonio, quien no respondió más, por lo que se consideró que se abría muerto, suzediendo esto como al mediodía de ayer, y aunque después vajó dicho Juan Casado a dicho cóncavo, bastante dentro, a ver si estava vivo dicho Antonio Serón y le vozeó, tampoco respondió y subió dicho Casado, diziendo que no respirava ni hacía acción ni movimiento alguno, y que tenía ynclinada la caveza a la peña, y que por ello hacia juicio que estaría muerto; siendo cierto, con evidencia, que de orden de sus señorías han asistido muchas perso-// 

-nas, de día y de noche, como también don Thomás de Curruchaga, alguacil mayor desta ziudad, don Francisco Xavier Fernández Carrascosa, ministro de este juzgado, y los criados de sus señorías, haviendo echo lo que fue dable para libertar y sacar a dicho Antonio Serón y no fue posible; siendo por dichas razones ymposible a subrayar, el sacar el cadáver que ya se contempló, de dicho sitio, a no hazerle pedazos y a ver esta forma es ympracticable porque el riesgo a que se expondrían los que lo intentasen; y también vio el que depone que no faltó alimento para darlo a dicho Serón, y la prebención necesaria para que comiesen y vebiesen los que asistían, todo de orden de la justicia, y que lo que lleva dicho es la verdad, y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó, no firmó porque dixo no saver, y que es de hedad de treinta y seis años, poco más o menos. Firmólo su señoría, de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Testigo

En la dicha ziudad de Soria, dicho día, mes y año, dicho señor corregidor, para más justificación, hizo parezer ante sí y de mí, el escribano, a Pedro del Campo, vezino desta dicha ziudad, a quien su señoría recibió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad en lo que supiese y le fuese preguntado, y siéndolo por lo que resulta de estos autos.

Dixo que, de orden de sus señorías, ha estado asistiendo con muchos vezinos desta ciudad y maestros de cantería y albañilería, con sus oficiales, en la peña grande de Chavarría y cueba que ay en ella, desde el sábado, dos del corriente, muy de mañana, hasta ayer domingo, casi todo el día, haciendo todos grandes diligencias para sacar a Antonio Serón, del cóncabo o gruta honda y muy estrecha en que está, haviendo echado sogas y escalas a este fin, para que se asiese, y no se ha podido conseguir y vajando Francisco Garganta, Juan Casado y Ignacio del Campo, vezinos desta ziudad, hombres de valor y ágiles, a dicho cóncavo algunos estados, diziendo siempre dicho Antonio Serón que no podía subir, y aunque animaron mucho a la gente don Antonio de Hozes y don Juan Manuel de Salzedo, cavalleros principales desta ziudad, que allí concurrieron, y dieron arbitrios para que ellos, esforzando a los dichos Francisco Garganta y consortes a este fin, no se pudo lo- //

-grar, estando siempre allí don Thomás de Curruchaga, alguacil mayor de esta ciudad, y Francisco Xavier Fernández Carrascosa, ministro de este juzgado, dando las providencias previas desde el día primero que cayó dicho Antonio, a quien se ha dado el alimento necesario y quando lo pedía, el qual le alargavan metido en una zesta y puchero, con los cordeles que como tales entraron en dicho cóncavo, y asimismo asistieron a hazer dichas dilixencias los criados de sus señorías; y también fueron ayer unos religiosos del convento de San Francisco, desta ciudad, a dicha cueba y exortaron al referido Antonio Serón para que se pusiera bien con Dios nuestro señor, y conjuraron la cueba y cóncavo donde se halla y hecharon dentro agua vendita, y luego que hicieron estas dilixencias, volvieron a llamar por su nombre a dicho Antonio, y no respondió más a dichos religiosos ni a otros, por cuyo motibo hizieron juicio que se abría ,muerto; siendo asimismo zierto que es ymposible e impracticable, al parecer del testigo, el sacarlo de donde está, aunque se halle difunto, porque aunque se pudiese asir al cadáver, que hera dificultosísimo, se haría pedazos al salir, porque la suma estrechez, peñas y vadeos del dicho cóncavo y por otras muchas razones; y que lo que lleva dicho es la verdad y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó, no firmó, porque dixo no saber y que es de hedad de treinta , a poco más o menos. Firmólo su señoría, de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Auto

En la dicha ziudad de Soria, dicho día quatro de marzo y año susodicho, el doctor don Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos, corregidor desta dicha ciudad, por ante mí, el escribano, haviendo visto estos autos, dixo que, para más verificación de si se halla vivo o muerto el referido Antonio Serón, en el sitio en que está, mandó su señoría que el dicho Francisco Xavier Fernández Carrascosa, ministro de este juzgado, con mí, el escribano, acompañados de dos o tres personas vezinos desta ziudad, pasen yncontinenti, a dicha cueba y llamen por su nombre al dicho An- //

-tonio Serón repetidas veces, poniendo por fe y dilixencia lo que respondiese o no, para que conste y para los efectos que aya lugar. Así lo proveyó y firmó su señoría, de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Fe y dilixencia

En la peña que llaman de Chavarría, que dista como un quarto de legua de la ziudad de Soria, dicho día quatro de marzo y año de mill setecientos y quarenta y ocho, en cumplimiento del auto antecedente, Francisco Xavier Fernández Carrascosa, ministro del juzgado de dicha ciudad, acompañado de Juan Cassado, Ignacio del Campo y Joaquín Sanz, vezinos de ella, a presencia de mí, el escribano, y otras personas, entraron en la cueba que ay en dicha peña, siendo como las quatro oras de la tarde, poco más o menos, y haviéndosen arrimado al cóncavo ondo y estancia, donde antes se oyó y sintió al dicho Antonio Serón, por los dichos Juan Casado y Ignacio del Campo, y cada vez de por sí, se llamó en voz alta al referido Antonio Serón por su nombre, repetidas vezes, pues pasaron de veinte las que se le llamó, haciendo pausas para ello, y no respondió en manera alguna dicho Antonio, ni se sintió rumor ni otra cosa en dicho cóncabo y distrito, ni en la cueba, por lo cual se consideró por todos los zircunstantes que estaría ya muerto el susodicho: Y para que así conste se pone por fe y di1ixencia, y lo firmó dicho ministro con mí, el escribano.

Francisco Xavier Fernández Carrascosa [rúbrica]

Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Testigo

En la ziudad de Soria, a zinco de dicho mes de marzo del zitado año, dicho señor corregidor, para más aberiguación de lo contenido en estos autos, hizo pa- //

-rezer ante sí y de mí, el escribano, a Sevastián Martínez, maestro votero vezino desta dicha ciudad, de quien su señoría rezivió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad en lo que supiere y le fuese preguntado, y siéndolo al thenor de la zita que le hazen en sus declaraciones, Estevan de Alicante y Antonio Gallardo, en estos autos.

Dixo que el día primero de este presente mes y año, fue por la mañana el testigo a pescar al río Duero y, pasando por zerca de la peña grande que llaman de Chavarría, lo llamó el dicho Estevan de Alicante, diziéndole que se llegase allí para que le ayudase a sacar de un cóncabo en que estava metido, en la cueba de dicha peña, Antonio Serón, vezino desta ziudad, a que le respondió el que depone que no podía, y continuó en hir a pescar con Pedro Martínez, que también hiva al mismo fin, y habiendo echo esta dilixencia, volvieron por zerca de dicha peña, porno haver otro camino, y dicho Estevan volvió a gritar al testigo, con muchos ruegos, para que subiese a ayudarle a él y Antonio Gallardo, que también estava allí, para ver si podían sacar al dicho Antonio Serón, y a sus muchas súplicas subió el que depone y les ayudó a tirar de una soga que havían echado al dicho Serón, para que se asiese de ella para sacarlo, la que se havía atado este y luego que tiraron de ella, dixo el referido Antonio Serón que no podía subir, ni hazer yncapié, que antes se vajaba avajo, y viendo que no se podía conseguir el sacarlo, por lo estrechísimo del cóncavo donde se hallava, lo dexaron y el testigo se vino a esta ciudad, y luego vio que se vinieron los dichos Estevan de Alicante y Antonio Gallardo, y el dicho Pedro Martínez no se metió ni hizo en ello cosa alguna; y que lo que lleva dicho es la verdad y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó y no firmó porque dixo no saber, y que es de hedad de treinta y zinco años, poco más o menos. Firmólo su señoría, de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica] //

 

Manuel Evaristo de Encabo, en representación de Esteban de Alicante y de Antonio Gallardo, naturales desta ziudad y presos en la cárcel real de ella; de orden de su señoría, a causa de la fatal desgracia que le acaeció, en el día primero del corriente, a Antonio Serón, vezino que fue desta dicha ziudad, queriendo entrar en la peña y cueba que llaman de Chabarría, orillas del río Duero; con cuya verdad parezco ante vuestra señoría y digo que, siendo lo zierto el que el nominado Antonio buscó a los dichos mis partes, y les dixo que se fuesen con él a pasear acia el río, y llebándolos como a muchachos de otra edad, los introduxo en las averturas de dicha peña, en la que invitándoles entrasen con él, por averse entrado dicho Antonio muchas vezes; allarían mucho que ver, y no aviendo querido condescender y diciéndoles que eran cobardes, atropelló y entró, quedándose ellos afuera y, a corto tiempo, comenzó a dar gritos, diciendo que se avía caydo donde no podía salir, y reconociendo dichos mis poderdantes que ellos no le podían favorecer, atemorizados del susto que percivieron; echaron a uyr, dando quenta a la mujer de dicho Antonio; mediante lo que y ser zierta esta narratiba, a vuestra señoría pido y suplico que en esta atención, y la de ser unos pobres jornaleros dichos mis poderdantes, sea servido mandar se les conceda soltura libremente, y quando a ello no aya lugar con cauzión juratoria, por ser de justicia que pido y juro.

Manuel Evaristo de Encabo [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Auto

Por presentados, y contando estar presos en la cárce1 real desta ciudad, se les reziva //

sus confesiones; proveyólo el señor corregidor desta ziudad de Soria, en ella a diez y seis de marzo de mill setezientos quarenta y ocho años.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Confesión de Esteban de Alicante

En la ziudad de Soria, a diez y siete días de dicho mes de marzo y año referido, el doctor don Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos, del Consejo de su magestad, su alcalde de Cassa y Corte; corregidor desta dicha ziudad y su jurisdicción, estando en la cárcel real de ella, hizo parezer ante sí y de mí, el escribano, a un hombre, preso en dicha cárcel, para efecto de recivirle su confesión sobre lo contenido en estos autos, del qual recivió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad en lo que supiere y le fuere preguntado, y por su señoría se le hicieron las preguntas siguientes:

Preguntado, diga y confiese cómo se llama, de dónde es vecino, qué oficio y hedad tiene. Dixo se llama Estevan de Alicante, que es vecino desta dicha ziudad, su oficio el de alvañilería y carpintería y que es de hedad de veinte y zinco años, poco más o menos, y responde.

Preguntado, diga y confiese qué es lo que pasó el día primero de este presente mes y año, que el confesante en compañía de Antonio Gallardo y Antonio Serón, vezinos y natural desta ziudad, fueron a la peña que llaman de Chavarría, sita a orillas del río Duero y entraron en la cueba que en ella ay, y qué es lo que allí ejecutaron. Dixo que, en razón de lo que se le pregunta, tiene hecha el confesante su declaración en estos autos, la qual pidió se le lea y muestre, y haviéndosele leydo y mostrado por mí, el escribano, de verbo ad verbum, que está al folio zinco y pasa al folio seis de ellos, de que doy fe.

El dicho Estevan de Alicante dixo que todo lo contenido en la referida su declaración es //

zierto y verdadero, y lo mismo que entonces dixo y declaró, y siendo necesario, lo buelve a dezir de nuebo, sin tener que quitar ni enmendar cosa alguna, y a ella se remite, en quanto a lo que se le pregunta, y en ello por ser la verdad, se afirma y ratifica en toda forma, y responde.

Preguntado, diga y confiese si le ynstó o precisó el confesante, a que entrase el dicho Antonio Serón en dicha cueba y cóncabo donde entró, dijo que de ninguna manera le precisó a que entrase en ella, antes bien, él propio de su voluntad, se metió y haviendo entrado primera vez en aquella gruta o en otra de aquel mismo sitio, porque, con lo oscuro y estrecho, no vio qual fue, salió dicho Antonio Serón y les mostró, al confesante y al dicho Antonio Gallardo, una piedrecita pulida de buen parecer, y queriendo volver a entrar segunda vez, le dijo el confesante que no entrara, por lo orroroso de la gruta, y lo asió del canesón para estorbárselo, y no obstante se desasió diziendo que no les diera cuidado, y volvió a entrar y cayó en el cóncavo, suzediéndole lo demás que tiene declarado en dicha su declaración, en lo que no tubo culpa el confesante, y responde.

Preguntado, diga y confiese por qué motibo acompañó al dicho Antonio Serón en hir a dicha cueba, al parezer para ver y sacar el thesoro o mina, que el susodicho refirió havía en ella, quando no puede ygnorar que no se pueden buscar ni sacar tales thesoros sin licencia de la justicia, y que es delito el ejecutarlo sin este permiso y concurrencia. Dixo que, el haver hido con dicho Antonio Serón a la dicha cueba, fue por curiosidad de ver el obispo y ángel de alabastro que dijo havía en ella, y no llevado de sacar thesoro alguno, pues nunca pudo creer que este se hallase, y por haverle ynstado fuese con él, porque el confesante y dicho Antonio Gallardo hivan sólo a tirar a los anadones hasta que lo encontraron, y responde.

Preguntado por qué no dio quenta a su señoría, de que dicho Antonio Serón le havía suzedido la desgracia de haver caído en dicho cóncabo, y que no pudieran sacarlo. Dijo que le pareció que bastava con dar quenta a la mujer del susodicho, de lo referido, y responde.

Y por aora mandó su señoría Zesar en esta confesión, con protesta de la continuar, siempre que conbenga: y el referido Estevan de Alicante dixo que todo lo que lleva dicho es la verdad y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó //

y lo firmó, y también su señoría, de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Estevan de Alicante [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Confesión de Antonio Gallardo

En la dicha ziudad de Soria, dicho día mes y año, su señoría el dicho señor corregidor, hizo parezer ante sí y de mí, el escribano, a un mozo preso en la cárcel real desta dicha ciudad, para efecto de recivirle su confesión sobre lo contenido en estos autos, del qual su señoría recivió juramento por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, y haviéndolo echo como se requiere, ofreció decir verdad en lo que supiere y le fuere preguntado, y por su señoría se le hicieron las preguntas siguientes:

Preguntado, diga y confiese cómo se llama, de dónde es vecino o natural y qué oficio y hedad tiene. Dixo se llama Antonio Gallardo, natural desta dicha ziudad, que es mozo soltero, su oficio aprendiz de escultor y que es de hedad de diez y nuebe años, poco más o menos, y responde.

Dicho señor corregidor, en vista de ser el dicho Antonio Gallardo menor de veinte y zinco años, mandó que, el susodicho, nombre curador ad litem, para que asista a esta confesión y a todo lo demás que se ofrezca durante esta causa, y que lo defienda en ella. Y el referido Antonio Gallardo dijo que nombra por su curador ad litem, para ello, a Manuel Ebaristo de Encabo, procurador del número desta ciudad, a quien mandó su señoría se notifique, lo hazyese y jure y cumpla con lo que es obligado, y lo firmó y no el dicho Antonio Gallardo, porque dijo no saber, de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Nombramiento y haceptación del curador ad litem

E luego yncontinenti, yo, el escribano, notifiqué e hize saver el nombramiento de curador ad litem, que refiere la diligencia antezedente, a Manuel Ebaristo de Encavo, //

procurador del número desta ziudad, en su persona, y haviéndolo oýdo y entendido, dixo que hazeptava y haceptó el dicho nombramiento de curador ad litem del dicho Antonio Gallardo, y juró por Dios nuestro señor y una señal de cruz en forma, de defenderlo en esta causa y hacer en su nombre todo lo que es obligado; y lo firmó, de que, yo el escribano, doy fe.

Manuel Evaristo de Encabo [rúbrica]

Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Prosigue la confesión

 Y en esta, de la dilixencia de arriba, dicho señor corregidor yncontinenti, hizo volver a comparezer ante sí y de mí, el escribano, al dicho Antonio Gallardo, para efecto de proseguir en recivirle de esta su confesión, y estando presente el dicho Manuel Ebaristo de Encabo, su curador ad litem, se le requirió a dicho menor, por el dicho señor corregidor, dijese la verdad en lo que supiese y le fuese preguntado ¿devajo? de su declaración que tiene echo, lo qual ofreció así dicho Antonio Gallardo, a quien por su señoría, con asistencia de dicho su curador ad litem, se le hicieron las preguntas siguientes:

Preguntado, diga y confiese qué es lo que sucedió el día primero de este presente mes y año, en que el confesante y Estevan de Alicante, desta ziudad, fueron en compañía de Antonio Serón, vezino de ella, a la peña que llaman de Chavarría y cueba que en ella ay, sita a orillas del río Duero, que dista como un quarto de legua desta ciudad, y qué es lo que allí hizieron y pasó. Dixo que, en orden a lo que se le pregunta, tiene el confesante echa su declaración en estos autos, la qual pidió se le lea y muestre, y haviéndosele leydo y mostrado por mí, el escribano, de verbo ad verbum, que está en ellos al folio seis, de que doy fe, oýdo y entendido que el expresado Antonio Gallardo dixo que todo lo contenido en dicha su declaración es cierto y verdadero, y lo mismo que entonzes dixo y declaró, y siendo necesario, lo buelve a decir y repetir de nuebo, sin tener que quitar ni enmendar cosa alguna de lo que refiere, y a ello se remite en razón de lo que se le pregunta, y en ello, por ser la verdad, se afirma //

y ratifica, afirmó y ratificó en toda forma, y responde.

Preguntado, diga y confiese si precisó o ynstó el confesante al dicho Antonio Serón, a que entrase en el cóncavo de dicha cueba donde se metió, o si hubo padecido alguna violencia. Dixo que no le gritó ni precisó, en manera alguna, que el confesante ni el dicho Estevan de Alicante, al referido Antonio Serón a que entrase en dicho cóncabo, ni por ello hubo jamás una violencia, antes bien se metió él de su voluntad en dicho cóncabo, según y como tiene declarado, pues habiendo entrado dicho Serón primera vez en la gruta o en dicho cóncabo de dicho sitio, porque lo estrechísimo y oscuro, no vio el confesante qual fue, salió con una piedrecita en la mano, vistosa y pulida, y la mostró al que confiesa y al dicho Estevan, y queriendo volver a entrar segunda vez, le dixeron los dos que no entrase, por lo orroroso de la gruta que causaba miedo el verla, y ynsistiendo dicho Antonio Serón en que había de entrar, lo asió del canesón el dicho Estevan de Alicante para que no volviese allí, y sin embargo se desasió y entró segunda vez el zitado Antonio Serón, y cayó en el cóncabo, suzediendo lo demás que contiene la dicha declaración del confesante, en lo qual no tubo jamás una culpa, como ni tampoco el dicho Estevan, y responde.

Preguntado, diga y confiese por qué razón acompañó al citado Antonio Serón en hir y pasar a la expresada cueba, con ánimo, al parezer, de ver y sacar el thesoro que refirió el dicho Antonio había en ella, pues no puede ygnorar el confesante que no se pueden buscar ni sacar semejantes thesoros, sin licencia de la justicia y con su ynterbención, y concurrencias: dixo que el motibo de haber hido, con dicho Antonio Serón, a la referida cueba fue por curiosidad de ver si hera zierto el obispo y ángeles que dixo había en ella de alabastro, y no para ver ni sacar thesoro alguno, pues no creyó el confesante que lo abía ni se hallase, y responde.

Preguntado, diga y confiese por qué no participó ni dio quenta a sus señorías, de que a dicho Antonio Serón le havía sucedido la fatalidad de haverse caído en dicho cóncavo, y que no pudieron el confesante y su compañero sacarlo de allí.  Dixo que le parezió que con dar quenta //

de lo referido, a la muger de dicho Antonio Serón, bastaría, y respondió.

Y por aora mandó su señoría zesar en esta confesión, con protesta de la continuar siempre que combenga, y el dicho Manuel Evaristo de Encabo, como tal curador ad litem, protestó no le pare perjuicio, a dicho su menor, esta confesión, y el dicho Antonio Gallardo dixo que todo lo que lleva dicho es la verdad y en ello, so cargo del juramento que tiene prestado, se afirmó y ratificó, no firmó porque dixo no saber; firmólo su señoría, y también el dicho curador ad litem, de que yo, el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Manuel Evaristo de Encabo [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica] //

 

Manuel Evaristo de Encabo, en representación de Esteban de Alicante y de Antonio Gallardo, presos en la cárcel real, en los autos culminados por la muerte que acaeció a Antonio Serón, por aver entrado en la cueba que llaman de Chavarría, parezco ante vuestra señoría y digo que a las dichas mis partes se les recibió sus confesiones, de las que ningún cargo ni culpa puede resultar contra dichas mis partes, en cuya virtud y la de ser unos pobres jornaleros, y sin medios algunos para sus manutenciones y la de su mujer y madre.

 A vuestra señoría pido y suplico que, aciéndose con mis partes con la magnanimidad que acostumbra, sea recivido mandar se les conzeda soltura, libremente y sin costas, que para todo hago el pedimento y representación que más útil y necesario sea en justicia, que pido y juro lo necesario.

Manuel Evaristo de Encabo [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Auto

Autos: Probeydo el señor corregidor, desta ziudad de Soria en ella, a diez y ocho de marzo de mill setezientos y quarenta y ocho años.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

[Margen izquierdo] Auto

En la dicha ziudad de Soria, dicho día diez y ocho de marzo, y año de mill setezientos y quarenta y ocho, el doctor  Joseph de Cuenca Garzón de los Ríos, del Consejo de su magestad, su alcalde de Cassa y Corte, corregidor y justicia mayor desta dicha ciudad y su jurisdicción, superintendente general de rentas reales della y su provincia, por ante mí, el escribano, haviendo visto estos autos, dixo que, atento las zircunstancias que de ellos resultan, mandó su señoría se sobresea, en esta causa, contra los dichos Estevan de Alicante y Antonio Gallardo, presos en la cárcel real desta ziudad, a quien //

se les dé soltura de la prisión, pagando primero las costas de estos autos, en que los condena su señoría, por la justa causa de prozeder con las tasas en su reserba, y se zierre la cueba que ay en la peña de Chavarría, de mampostería, poniéndose encima una cruz como antes está mandado. Y por este su auto, en fuerza de definitivo, así lo proveyó, mandó y firmó su señoría, siendo testigos Manuel Garzón y Saturio de Careñaque, ministros de este juzgado, de que, yo el escribano, doy fe.

Cuenca [rúbrica]

Ante mí, Juan del Abad [rúbrica]

 

 

Notas del texto

 

[1] “Blas Taracena y José Tudela, Guía artística de Soria y su provincia, quinta Ed., 1979, Pág. 137 y ss.

[2] Ramón Menéndez Pidal, Poema del mío Cid, Madrid, 1961 [en línea] Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes <http://www.cervantesvirtual.com/obra/poema-de-mio-cid--0/> Cantar del mío Cid <http://www.cervantesvirtual.com/portales/cantar_de_mio_cid/>[Consulta: 01-2014]

[3]  Ramón Menéndez Pidal, La leyenda de los infantes de Lara, Imprenta de los hijos de José M. Ducazcal, 1896 [en línea] Manuel Fernández y González, Los siete infantes de Lara, Imprenta de C. González, 1853, y otros estudios sobre el tema en Archive. org <https://archive.org/details/lossieteinfante00unkngoog> [Consulta: 12-2013]

[4] Antonio Pérez Rioja, Romancero de Numancia, F.P. Rioja, 1866 [en línea] Biblioteca Digital de Castilla y León <http://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=1005248> [Consulta: 12-2013]

[5] Miguel de Cervantes Saavedra, El cerco de Numancia [en línea] Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes <http://www.cervantesvirtual.com/bib/bib_autor/Cervantes/> ; Google eBook, Ed. Siglo XXI, 1993  [Consulta: 11-2013]

[6] José Antonio Pérez Rioja, Numancia, en la poesía, Centro de Estudios Sorianos, 1954.

[7] Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas y Leyendas, Madrid, Espasa-Calpe, 1941 [en línea] Biblioteca Cervantes Virtual, 31/10/2013 <http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/rimas-y-leyendas--0/html/> ; Google eBook, [Consulta: 12-2013].

[8] Antonio Machado, Campos de Castilla, Renacimiento, Madrid, 1912 [en línea] Archive. org, <https://archive.org/details/camposdecastilla00mach>  [Consulta: 12-2013]

[9] Rafael García (de Leániz) de Diego, “La Cueva de Zampoña”, Celtiberia, nº 8; págs.175-198, Soria, Centro de Estudios Sorianos, 1954.

[10] La oreja del diablo. Narración Antigua (primera y segunda parte), 1891 [en línea] Red de Bibliotecas del CSIC: Biblioteca Tomás Navarro Tomás, <http://biblioteca.cchs.csic.es/digitalizacion_pliegos.php?pg=18 > [Consulta: 12-2013]

[11] María Montserrat Trancón Lagunas, “El puñal de Augusto Ferrán”, Scriptura, nº 16, 2001. (Ejemplar dedicado a: El cuento español en el siglo XIX, Autores raros y olvidados, páginas 47-56).

[12] “La cueva de Zampoña. (Tradición)” Museo Universal,I, nº 6 (31 de marzo de 1857), pág. 46-47 [en línea] Google eBook; Gices XIX, UAB <http://gicesxix.uab.es/showCuento.php?idCuento=882> [Consulta: 12-2013].

[13] Manuel del Palacio, Doce reales de prosa y algunos versos gratis: colección de cuentos, novelas, artículos varios y poesías, Librería de San Martín, 1864, [en línea] Google eBook [Consulta: 11-2013].

[14] Fernando Sánchez Dragó, Diccionario Espasa. España mágica, Espasa Calpe, 1997, págs. 696-697 

[15] Ídem.

[16] Obra citada “La Cueva de Zampoña”, Rafael García (de Leániz) de Diego.

[17] Persona nombrada por un juez para defender los derechos de un acusado incapaz o menor de edad ante la justicia.

[18] Normas de la transcripción:

  • Se ha respetado la grafía original del texto.
  • Se desarrollan las palabras abreviadas con todas sus letras.
  •  En la separación de palabras se sigue el sistema actual, uniendo letras o sílabas de una palabra que aparezcan escritas por separado.
  • Se respetan las contracciones en desuso de palabras, como deste (de este), quel (que el), etcétera.
  • En el uso de mayúsculas y minúsculas, acentuación de palabras y puntación del texto se sigue el sistema actual de ortografía.
  • Las letras dobles en principio de palabra se transcriben como simples. Las letras dobles en medio de palabra se respetan. La la R mayúscula en medio de palabra se transcribe como rr.
  • Se mantiene la “y” griega cuando aparece con valor vocálico
  • Se respeta el uso original de “u” y “v”. Para una lectura actual, considérense los fonemas de / u / y / v / indistintamente como vocal o consonante cuando proceda.
  • La “s” con valor de “z” se transcribe por “z”
  • La “x” mantiene su grafía como tal. Para una lectura actual, considérese como el fonema / j /
  • -La “ç” mantiene su grafía como tal. Para una lectura actual, considérese como el fonema / z / ó /c/, según el caso
  • Entre corchetes: incidencias de la transcripción; notas de situación de texto; […] indica palabras ilegibles y lagunas producidas en el texto por deterioro del soporte o tinta; [con cursiva] indica conjeturas del transcriptor/a de una palabra ilegible por cualquiera de las incidencias dichas; [sic] indica la literalidad de repeticiones inútiles de palabra o palabras en un texto y las incoherencias, productos de la distracción del escriba; [blanco] indica un espacio en blanco dejado conscientemente por el escribano; [?] indica la lectura dudosa de palabras
  • Entre paréntesis con cursiva: anotaciones de los transcriptores.

 [19] Interlineado.

 

El autor

Manuel García de Leániz Salete: nacido en Zaragoza, licenciado en Derecho, Letrado por oposición del IRYDA (Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario), posteriormente transferido a la Diputación General de Aragón y hoy día felizmente jubilado. Ha trabajado y publicado sobre temática jurídica y agraria. Es aficionado a la fotografía y vídeo digital y ahora, con más tiempo, se dedica a la investigación genealógica de su familia "García de Leániz", cuyos resultados está publicados en su propio sitio web Familia García de Leániz.

mangarsa@gmail.com

 

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Para citar este artículo: Manuel García de Leániz Salete "La cueva de Zampoña en Soria. Un suceso real transformado en leyenda" [en línea] Frentes Avanzados de la Historia, febrero 2014.

 



Enlaces a este artículo

Camino de Soria.com



 

CUSTODIA EN BENLLERA DEL LEGADO CULTURAL DE LA CASA DE LOS TUSINOS

CUSTODIA EN BENLLERA DEL LEGADO CULTURAL DE LA CASA DE LOS TUSINOS

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Diario de León.

La señorita de Benllera sí tenía tesoros ( Diario de León - 24/01/2014 )

Fue siempre ‘La Señorita’ incluso durante su vejez, como consta en el panteón ( Diario de León - 24/01/2014 )

Emilio Gancedo.  León 24/01/2014

 

Los tesoros ocultos de la señorita de Benllera

Esteban Álvarez Castañón, joven investigador, administrador y guardián de la poderosa casa señoríal de los Tusinos, pide ayuda para ordenar y mostrar al público el ingente legado de la familia Álvarez de las Cuevas.

Esteban Álvarez Castañón y la señorita de Benllera

 

La señorita de Benllera sí tenía tesoros

Esteban Álvarez Castañón, joven investigador de la poderosa casa señorial de Tusinos, pide ayuda para mostrar un abultado patrimonio que incluye arte, libros, colmillos de mamut y un pleito de tres siglos. Sus dominios se extendían desde la playa del Sardinero hasta la enorme quinta de El Abrojo, en Valladolid, y la última moradora del palacio se enorgullecía de haber dormido, cada noche de su vida, «en terreno de mi propiedad». Se trata de la familia Álvarez de las Cuevas, de múltiples ramas englobadas bajo el nombre de Casa de Tusinos. Hoy, su administrador quiere divulgar un legado de obras dispersas, alguna hasta en el Museo del Prado, y busca crear el museo de esas nobles que en Omaña y Luna llaman ‘las señoritas’.

«Señorita de Benllera/ ¿quién te dio ese don?/ Una cabra rebeca/ en las Peñas del Pradón/ Riqueza llama a riqueza/ de casta le viene al galgo/ Y el rey Pelayo la otorgó».

La tradición oral de los valles de Luna y Omaña abunda en referencias a una poderosa casa señorial ramificada en múltiples ramas y apellidos pero cuyo primer solar puede rastrearse hasta el lugar de Cuevas de Viñayo y su amplio valle, el de Tusinos. La familia de los Álvarez de las Cuevas se extendió por diversos lugares del Norte y el Centro peninsular sembrándolos de obras de arte, libros incunables, muebles antiguos y numerosas sorpresas. Y célebre entre sus muchos miembros fue Manuela Álvarez de Miranda y Cuenllas, conocida como La señorita, hija de doña Bernarda Cuenllas, cuyas posesiones se extendían desde el Sardinero hasta Valladolid y la última moradora de la residencia más señera de esta saga, el palacio de Benllera.


Fue siempre ‘La Señorita’ incluso durante su vejez, como consta en el panteón

Fallecida en 1951, Manuela Álvarez de Miranda y Cuenllas fue conocida en toda la comarca, por su soltería, como ‘La Señorita’, y tan arraigado estaba ese título que así consta en el viejo panteón de Benllera donde comparte rótulo con su madre —ella sí, ‘la señora’— en curioso orden matrilineal. Esteban Álvarez recuerda que fue «una mujer humilde y querida que ayudaba a toda persona necesitada que acudía a su casa». Era hija de doña Bernarda Cuenllas, señora de Benllera, y sobrina de doña Jacoba, señora de Tusinos honorífica; su hijo fue don José Álvarez de Miranda, el último que ostentó tan preciada dignidad». En cuanto al nombre de la casa, la fe de armas y la leyenda popular dictan que el primero del linaje venció en estos valles a los sarracenos sin esperar la llegada del rey Pelayo. Cuando éste se presentó, dijo: «Tú sin Nos has vencido, y ese será tu apellido».

 

Esteban Álvarez Castañón

Entusiasta investigador de todas las cosas de la familia, Esteban Álvarez Castañón, nombrado por doña Rosalía, la última descendiente de la casa, «guardián y dueño del patrimonio de los Tusinos» («por vínculo de estirpe al concurrir en mí los apellidos de Álvarez y Castañon», aclara), está empeñado en divulgar el amplio patrimonio histórico y artístico que esta poderosa casa leonesa fue acumulando. Para ello, plantea a las instituciones varias posibilidades, desde la cesión de determinadas piezas para una exposición «que, quizá, podría tener lugar en el Museo de León» o la más ambiciosa, la creación de un ‘Museo de la Señorita’ con la mayor cantidad posible de obras de arte familiares.

Lugar idóneo para su ubicación sería el palacio de Benllera, aunque hace ya tiempo fue comprado por un particular. «De todas maneras, con una parte de esa casona bastaría, quizá uno de los torreones», propone Álvarez Castañón, quien es capaz de hablar horas y horas de los Tusinos a pesar de su insultante juventud: con sólo 26 años lleva más de tres completamente volcado en la investigación de este asombroso legado. «Todo está perfectamente referenciado y documentado», avisa sobre la gran cantidad de legajos que ha revisado en la Chancillería de Valladolid, en el Archivo Histórico de León... eso sí, con la ayuda profesional de la historiadora María Teresa Díez Martín.

Entre ese patrimonio, Esteban Álvarez destaca piezas «como el escudo de madera de nogal de los Tusinos, tallado hace 200 años; y el enorme trono de doña Bernarda, así como su retrato y el despacho entero; la coleccion de bargueños de los siglos XVII, XVIII y XIX; una acreditada pinacoteca en la cual pueden encontrarse obras de pintores como Eduardo Cano de la Peña, de la escuela de Carreño de Miranda; la famosa arca de los Tusinos, una colección de marfiles de mamut... y la extensa documentación y archivo de la casa». Objetos todos ellos guardados en inmuebles de Omaña y Luna, amén de Madrid, donde reside doña Rosalía, y que se unen a otros en la ‘diáspora’ como una bandeja de plata que expone el Museo de San Isidoro de León y que representa la legendaria batalla de Camposagrado, o el llamado ‘retablo de los Tusinos’ de Carrocera que se encuentra en el Museo del Prado.

En cuanto a documentación, libros y legajos, la cosa daría para varias tesis doctorales, aunque, de tener que quedarse con algunos, Esteban Álvarez Castañón reseñaría «la fe de armas, que data de 1584 y está firmada por Felipe I, y el pleito con el Marqués de Astorga apoyado por los marqueses de Inicio-Villalcampo y la Casa de Alvar, que es con lo que más he trabajado». Un litigio descomunal surgido a causa de determinados préstamos no devueltos que duró más de tres siglos —de 1500 a 1867— y en el que, como recuerda Álvarez, se puso «medio marquesado de Astorga» como garantía. Pero además existe un misal que data de 1696 y un árbol genealógico que se remonta a la época de los primeros reyes asturleoneses... una documentación de la que nunca se separa el joven ‘guardián de la casa’. «Siempre viajan conmigo», asegura.

«La casa solariega de los Álvarez de las Cuevas estuvo originalmente en Cuevas de Viñayo, era la que llamaban ‘la casa blanca de Cuevas en Tusinos’, de la que hoy sólo quedan algunos restos —repasa Esteban— pero después sus moradores y descendientes se trasladaron a la casona de Benllera al casarse María Álvarez de las Cuevas con Domingo Fernández de Colinas y Zúñiga, y también pasaron con ellos los escudos de armas y parte de la capilla». Pero la familia contaba con más residencias y propiedades, «entre ellas el palacio de Folloso, la ‘casona del manco’ de Cuevas, la casona de Sorribos de Alba, el edificio que se alzaba en el número 8 de la calle Cardenal Landázuri de León y que hoy es parte de Nuestra Señora de Regla y del colegio de las Carmelitas, el palacio de los Cuenllas en La Cueta de Babia, barrio de Cacabillo... más 1.734 fincas repartidas por 23 ayuntamientos de la provincia de las que hoy solo quedan en manos de la familia 78, divididas entre los diversos herederos».

De cualquier modo, y al menos a corto plazo, el primer movimiento de Esteban Álvarez Castañón será la puesta en marcha de una página web en la que irá ‘colgando’ documentos, textos e imágenes relacionadas con este formidable linaje. Lo que no sería posible, objeta, son las donaciones, ya que el grueso principal del patrimonio «no se puede vender, donar ni dividir, aunque sí son factibles las cesiones, siempre por un periodo determinado y regresando de nuevo a la familia: ese es el deseo de la firmante del último vínculo, que el legado no se desmembre y quede como parte de la historia leonesa para su estudio y conservación».

«Para mí, no hay duda —conluye el ‘guardián’—: fue la casa más importante de León y parte de Castilla por su entronque con otros célebres linajes como los Castañones de Monroy y los Rodríguez-Castañón, con la casa de Medina-Sidonia y la casa de Alba, con los marqueses de Inicio, con los de Villalcampo, con el Marquesado de Astorga... y hasta con el mismísimo Enrique de Trastámara».

La leyenda popular dice que la riqueza de la familia provenía de un fabuloso tesoro que encontraron en el monte. Al final los Tusinos sí tenían tesoros, pero eran de otra índole.


 

Entrevista televisiva a Esteban Álvarez Castañón sobre su linaje familiar,  Castilla y León Televisión. Leon. 13/02/2014

 

 

Otras publicaciones sobre el tema en la Red:

Asociación Cultural Instituto de Estudios Omañeses (I.E.O)

El desconocido "señorío de Tusinos" y sus tres miembros más reconocidos "las señoritas de Benllera" por esteban Álvarez Castañón (guardián del legado histórico Tusinos)

Foto Retablo de Tusinos Capilla privada de la Familia (Publicada en en este artículo de la Asociación Cultural Instituto de Estudios Omañeses (I.E.O)


2014. ACTOS CELEBRADOS EN LOIS, HOMENAJE FAMILIA CASTAÑÓN (2ª RAMA MAS IMPORTANTE) DE LOS TUSINOS. GRACIAS A ESTEBAN A. CASTAÑON CON RAÍCES FAMILIARES EN RIELLO (OMAÑA).

 


Marta Prieto Sarro y Esteban Álvarez Castañón. Homenaje a los Castañón en Lois y presentación del libro La Cátedra de la Montaña

Asociación Cultural Instituto de Estudios Omañeses (I.E.O)


  
2015... ENCUENTRO DE TUSINOS.

De izquierda a derecha: Gerardo Álvarez de Miranda Torres, Esteban Álvarez Castañón, Fernando Álvarez de Miranda Torres y su hijo Fernando Álvarez de Miranda



2017, mayo, ENCUENTRO EN LEÓN


De izquierda a derecha: Mayte Díez (directora de esta revista, historiadora y genealogista), Esteban Álvarez Castañón (descendiente de la Casa de los Tusinos y custodio de su legado),  doctor Juan José Sánchez Badiola (historiador medievalista), Chelo Fernández (directiva del Instituto de Estudios Omañeses (I.E.O.))