MANIFIESTO DE HISTORIA A DEBATE

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Después de ocho años de contactos, reflexiones y debates, a través de congresos, encuestas y últimamente Internet (www.h-debate.com), hemos sentido la urgencia de explicitar y actualizar nuestra posición en diálogo crítico con otras corrientes historiográficas, asimismo desarrolladas en la última década del siglo XX: (1) el continuismo de los años 60-70, (2) el posmodernismo, y (3) el retorno a la vieja historia, la última “novedad” historiográfica.
Estamos viviendo una transición histórica e historiográfica de resultados todavía inciertos. Historia a Debate como tendencia historiográfica quiere contribuir a la configuración de un paradigma común y plural de los historiadores del siglo XXI que asegure para la historia y su escritura una nueva primavera. A tal fin hemos elaborado 18 propuestas metodológicas, historiográficas y epistemológicas, que presentamos a los historiadores y a las historiadoras del mundo para su debate y, en su caso, adhesión crítica y posterior desarrollo.

METODOLOGÍA
I
Ciencia con sujeto
Ni la historia objetivista de Ranke, ni la historia subjetivista de la posmodernidad: una ciencia con sujeto humano que descubre el pasado conforme lo construye.
Tomar en consideración las dos subjetividades que influyen en nuestro proceso de conocimiento, agentes históricos e historiadores, es la mejor garantía de la objetividad de sus resultados, necesariamente relativos y plurales, por lo tanto rigurosos.
Ha llegado la hora de que la historia ponga al día su concepto de ciencia, abandonando el objetivismo ingenuo heredado del positivismo del siglo XIX, sin caer en el radical subjetivismo resucitado por la corriente posmoderna a finales del siglo XX.
La creciente confluencia entre las “dos culturas”, científica y humanística, facilitará en el siglo que comienza la doble redefinición de la historia, como ciencia social y como parte de las humanidades, que necesitamos.

II
Nueva erudición
Somos partidarios de una nueva erudición que amplíe el concepto de fuente histórica a la documentación no estatal, a los restos no escritos de tipo material, oral o iconográfico, a las no-fuentes: silencios, errores y lagunas que el historiador y la historiadora ha de valorar procurando también la objetividad en la pluralidad de las fuentes.
Una nueva erudición que se apoye con decisión en el conocimiento no basado en fuentes que aporta el investigador. La historia se hace con ideas, hipótesis, explicaciones e interpretaciones, que nos ayudan además a construir/descubrir las fuentes.
Una nueva erudición que vaya más allá de la historiografia renovadora de los años 60 y 70 incorporando la nueva relación con las fuentes aportada por la historia de las mujeres, la historia oral, la historia ecológica, la historia mundial/global y otras novedades productivas surgidas o desarrolladas en los años 80 y 90, así como la “nueva historiografía” que está naciendo en Internet y de la cual formamos parte.
Una nueva erudición que, reconociendo que el necesario trabajo empírico no decide la verdad histórica más que a través de las comunidades de historiadores, desenvuelva el debate y el consenso en ámbitos colectivos.
Una nueva erudición, en suma, que nos permita vencer el “giro positivista” y conservador a que nos ha conducido, recientemente, la crisis de las grandes escuelas historiográficas del pasado siglo, y que amenaza con devolver a nuestra disciplina al siglo XIX.

III
Recuperar la innovación
Urge un nuevo paradigma que recobre el prestigio académico y social de la innovación en los métodos y de los temas, en las preguntas y en las respuestas, en resumen, en la originalidad de las investigaciones históricas. Una nueva historiografía que mire hacia adelante y que devuelva al oficio de historiador el entusiasmo por la renovación y por los compromisos historiográficos.
Brotarán nuevas líneas de investigación si pensamos con nuestra propia cabeza: considerando que nada histórico nos es ajeno; avanzando mediante el mestizaje y la convergencia de los métodos y de los géneros; llenando los odres viejos con vino nuevo, desde la biografía hasta microhistoria; prestando atención a las necesidades científicas y culturales, sociales y políticas, de una sociedad sujeta a una profunda transformación.
La historiografía del siglo XXI precisa de la ilusión y de la realidad de enfoques auténticamente innovadores si no quiere quedar convertida, como la mujer de Lot, en una estatua de sal.

IV
Interdisciplina
La nueva historiografía que proponemos ha de acrecentar la interdisciplinariedad de la historia, pero de manera equilibrada: hacia adentro de la amplia y diversa comunidad de historiadores, reforzando la unidad disciplinar y científica de la historia profesional; y hacia afuera, extendiendo el campo de las alianzas más acá y más allá de las ciencias sociales clásicas.
Es menester tender puentes que comuniquen el vasto archipiélago en que se ha convertido nuestra disciplina en las últimas décadas. Al mismo tiempo, la historia ha de intercambiar métodos, técnicas y enfoques, además de con las ciencias sociales, con la literatura y con la filosofía (de la historia y de la ciencia, sobre todo), por el lado de las humanidades, y con las ciencias de la naturaleza, por el lado de las ciencias. Sin olvidar las disciplinas emergentes que tratan de las nuevas tecnologías y de su impacto transformador en la sociedad, la cultura, la política y la comunicación.
Aprendiendo de experiencias pasadas, tres son los caminos que hay que eludir, en nuestra opinión, para que la interdisciplinariedad enriquezca a la historia: 1) perseguir una imposible “ciencia social unificada” alrededor de cualquiera otra disciplina, sin menoscabo del máximo desarrollo interdisciplinar tanto individual como colectivo; 2) hacer del diálogo historia-ciencias sociales la receta mágica de la “crisis de la historia”, que nosotros entendemos como cambio de paradigmas; 3) diluir la historia en tal o cual disciplina exitosa, como nos proponen hoy en día los narrativistas extremos en relación con la literatura.


V
Contra la fragmentación
El fracaso de la “historia total” de los años 60 y 70 abrió la vía a una fulgurante fragmentación de temas, métodos y escuelas, acompañada de crecimiento y caos epistemológico, que pareció detenerse en los años 90 y resulta cada vez más anacrónica en el mundo que viene, basado en la interrelación y la comunicación global.
Nuestra alternativa es avanzar, en la práctica historiográfica, nuevas formas de globalidad que hagan converger la investigación histórica atravesando espacios, géneros y niveles de análisis.
Para hacer posible una historia a secas, integral, hay que experimentar, pues, iniciativas de investigación que adopten lo global como punto de partida, y no como “horizonte utópico”: líneas mixtas de estudio en cuanto a fuentes y temas, métodos y especialidades; incorporación a la historia general de los paradigmas especializados más innovadores; combinar enfoques cualitativos y cuantitativos; articular temporalidades (que engloben presente y futuro) y escalas diversas; escrutar la globalidad a través de conceptos y métodos, aún potencialmente abarcantes, como mentalidad y civilización, sociedad, red y cambio social, narración y comparación, y crear otros nuevos; indagar la historia mundial como un nuevo frente de la historia global; servirse de las nuevas tecnologías para trabajar a la vez con escritos, voces e imágenes, juntando investigación y divulgación; impulsar la reflexión y el debate, la metodología y la historiografía, como terreno común a todas las especialidades históricas y punto de contacto con otras disciplinas.

HISTORIOGRAFÍA
VI
Tarea historiográfica
Sabiendo como sabemos que el sujeto influye en los resultados de la investigación, se plantea la necesidad de indagar al propio historiador en aras de la objetividad histórica. ¿Cómo? Procurando integrar los individuos en grupos, escuelas y tendencias historiográficas, implícitas y explícitas, que condicionan, se quiera o no, la evolución interna de la historia escrita. Estudiando a los historiadores y a las historiadoras por lo que hacen, no sólo por lo que dicen; por su producción, no sólo por su discurso. Aplicando, con matices, tres conceptos clave de la historia de la ciencia pospositivista: el ‘paradigma’ como conjunto de valores compartidos; la “revolución científica” como ruptura y continuidad disciplinar; la ‘comunidad de especialistas’ por su poder decisorio, a su vez condicionada por el entorno social, mental y político. Practicando, en conclusión, una historiografía inmediata que procure ir por delante de los acontecimientos históricos que inciden en los cambios historiográficos que estamos viviendo.

VII
Historiografía global
El agotamiento de los focos nacionales de renovación del siglo XX ha dado paso a una descentralización historiográfica inédita, impulsada por la globalización de la información y del saber académico y superadora del viejo eurocentrismo. La iniciativa historiográfica está hoy más al alcance de todos. El auge, por ejemplo, de una historiografía latina crítica y de una historiografía poscolonial, lo demuestran. Las comunidades transnacionales de historiadores, organizadas en Internet, juegan ya un papel importante en la formación de nuevos consensos en detrimento del anterior sistema de dependencia de unas historiografías nacionales de otras y de intercambios académicos elitistas, jerárquicos y lentos.
No entendemos la globalización historiográfica como un proceso uniformador, pensamos y ejercemos la historia, y la historia de la historia, como docentes e investigadores, en diferentes ámbitos superpuestos e interrelacionados: local, regional, nacional, continental e internacional/global.

VIII
Autonomía del historiador
Conforme los proyectos colectivos del siglo XX fueron entrando en decadencia, sin ser todavía reemplazados por un nuevo paradigma común, ha crecido de manera exagerada la influencia del mercado editorial, de los grandes medios de comunicación y de las instituciones políticas, en la escritura de la historia, en la elección de temas y métodos, en la formulación de hipótesis y conclusiones, con un sentido cada vez más evidente de promoción de la vieja historia de los “grandes hombres”.
Recuperar la autonomía crítica de los historiadores y de las historiadoras respecto de los poderes establecidos para decidir el cómo, el qué y el por qué de la investigación histórica nos exige: reconstruir tendencias, asociaciones y comunidades que giren sobre proyectos historiográficos, más allá de las convencionales áreas académicas; utilizar Internet como medio democrático y alternativo de comunicación, publicación y difusión de propuestas e investigaciones; observar la evolución de la historia inmediata, sin caer en el presentismo, para captar las necesidades historiográficas, presentes y futuras, de la sociedad civil local y global.

IX
Reconocer tendencias
La vía más nociva para imponer la propia tendencia historiográfica, normalmente conservadora, es negar que existan o que deban existir tendencias historiográficas. El imaginario individualista, los compartimentos académicos y las fronteras nacionales, ocultan lo que tenemos de común, muchas veces sin saberlo o sin decirlo: por formación, lecturas, filiaciones y actitudes. Somos partidarios y partidarias, en consecuencia, de sacar a la luz las tendencias actuantes, más o menos latentes, más o menos organizadas, para clarificar posiciones, delimitar debates y facilitar consensos. Una disciplina académica sin tendencias, discusión y autoreflexión, está sujeta a presiones extra-académicas, con frecuencia negativas para su desarrollo. El compromiso historiográfico consciente nos hace, por lo tanto, libres frente a terceros, rompe el aislamiento personal, corporativo y local, favorece el reconocimiento público y la utilidad científica y social de nuestro trabajo profesional.

X
Herencia recibida
Nos oponemos a hacer tabla rasa de la historia y de la historiografía del siglo XX. El reciente retorno de la historia del siglo XIX hace útil y conveniente rememorar la crítica de que fue objeto por parte de Annales, el marxismo y el neopositivismo, aunque justo es reconocer también que dicho “gran retorno” pone en evidencia el fracaso parcial de la revolución historiográfica del siglo XX que dichas tendencias protagonizaron. El imprescindible balance, crítico y autocrítico, de las vanguardias historiográficas no anula, por consiguiente, su actualidad como tradiciones necesarias para la construcción del nuevo paradigma. Porque simbolizan el “espíritu de escuela” y la militancia historiográfica, así como el ejemplo de una historia profesional abierta a lo nuevo y al compromiso social, rasgos primordiales que habremos de recuperar ahora en otro contexto académico, social y político, con unos medios de comunicación muy superiores a los existentes en los años 60 y 70 del ya pasado siglo.

XI
Historiografía digital

Las nuevas tecnologías están revolucionando el acceso a la bibliografía y a las fuentes de la historia; desbordando las limitaciones del papel para la investigación y la publicación; posibilitando nuevas comunidades globales de historiadores. Internet es una poderosa herramienta contra la fragmentación del saber histórico si se utiliza de acuerdo con su identidad y posibilidades, esto es, como un forma interactiva de transmitir información instantánea de manera horizontal a una gran parte del mundo.
Según nuestro criterio, la historiografía digital ha de seguir siendo complementada con libros y demás formas convencionales de investigación, difusión e intercambio académicos, y viceversa. Este nuevo paradigma de la comunicación social no va a reemplazar, en consecuencia, las actividades presenciales y sus instituciones seculares, pero formará parte de una manera creciente de la vida académica y social real.
La generalización de Internet en el mundo universitario, y en el conjunto de la sociedad, así como la educación informática de los más jóvenes irán imponiendo esta nueva historiografía como factor relevante de la inacabada transición paradigmática entre el siglo XX y el siglo XXI.

XII
Relevo generacional
En la segunda década de este siglo tendrá lugar un considerable relevo generacional en el cuadro de profesores e investigadores a causa de la jubilación de los nacidos después de la II Guerra Mundial. ¿Supondrá esta transición demográfica la consolidación de un cambio avanzado de paradigmas? No lo podemos asegurar.
La generación del 68 fue más bien una excepción. Entre los estudiantes universitarios actuales contemplamos parecida heterogeneidad historiográfica e ideológica que el resto de la academia y de la sociedad. Podemos encontrarnos con historiadores e historiadoras mayores que siguen siendo renovadores, y jóvenes con conceptos decimonónicos del oficio de historiador y de su relación con la sociedad. Nuestra responsabilidad como formadores de estudiantes que serán mañana profesores e investigadores es, a este respecto, capital. Nunca fue tan crucial continuar explicando la historia con enfoques avanzados -también por su autocrítica- desde la enseñanza primaria y secundaria hasta los cursos de posgrado. La historia futura estará condicionada por la educación que reciben aquí y ahora los historiadores futuros: nuestros alumnos.

TEORÍA
XIII
Historia pensada
Es esencial para el historiador pensar el tema, las fuentes y los métodos, las preguntas y las respuestas, el interés social y las implicaciones teóricas, las conclusiones y las consecuencias, de una investigación.
Somos contrarios a una “división del trabajo” según la cual la historia provee de datos y otras disciplinas reflexionan sobre ellos (o escriben relatos de amplia difusión). Las comunidades de historiadores profesionales tienen que asumir su responsabilidad intelectual tratando de completar el ciclo de los estudios históricos, desde el trabajo de archivo hasta la valoración y reivindicación de su impacto en las ciencias sociales y humanas, en la sociedad y en la política.
El aprendizaje de los estudiantes universitarios de historia en cuestiones de metodología, historiografía, filosofía de la historia y otras disciplinas con base teórica, es el camino para elevar la creatividad futura de las investigaciones históricas, subrayar el lugar de la historia en el sistema científico y cultural y fomentar nuevas y buenas vocaciones historiográficas.
Nuestra meta es que el historiador que reflexione intelectualmente haga trabajo empírico, y que el historiador que investiga con datos concretos piense con alguna profundidad sobre lo que hace, obviando así la fatal disyuntiva de una práctica (positivista) sin teoría o de una teoría (especulativa) sin práctica. Una mayor unidad de la teoría y la práctica hará factible, por lo demás, una mayor coherencia de los historiadores y de las historiadoras, individual y colectivamente, entre lo que se dice, historiográficamente, y lo que se hace, empíricamente.

XIV
Fines de la historia
La aceleración histórica de la última década ha reemplazado el debate sobre el “fin de la historia” por el debate sobre los “fines de la historia”.
Asumiendo que la historia no tiene metas pre-establecidas y que, en 1989, dio comienzo un profundo viraje histórico, cabe preguntarse, también desde la historia académica, adónde nos lleva éste, quién lo conduce, en favor de qué intereses y cuáles son las alternativas.
El futuro está abierto. Es responsabilidad de los historiadores y de las historiadoras ayudar a que los sujetos de la historia construyan mundos futuros que garanticen una vida libre y pacífica, plena y creativa, a los hombres y mujeres de todas las razas y naciones.
Las comunidades de historiadores han de contribuir pues a construir una “nueva Ilustración” que, aprendiendo de los errores de la historia y de la filosofía, piense teóricamente sobre el sentido del progreso que hoy demanda la sociedad, asegurando a las grandes mayorías del Norte y del Sur, del Este y Oeste, el disfrute humano y ecológico de los avances revolucionarios de la medicina, la biología, la tecnología y las comunicaciones.

SOCIEDAD
XV
Reivindicar la historia
El primer compromiso político de los historiadores debería ser reivindicar, ante la sociedad y el poder, la función ética de la historia, de las humanidades y de las ciencias sociales, en la educación de los ciudadanos y en la formación de las conciencias comunitarias.
La historia profesional ha de combatir aquellas concepciones provincianas y neoliberales que todavía pretenden confrontar técnica con cultura, economía con sociedad, presente con pasado, pasado con futuro.
Los efectos más notorios de las políticas públicas de desvaloración social de la historia son la falta de salidas profesionales, el descenso de las vocaciones y los obstáculos a la continuidad generacional. Las comunidades de historiadores debemos aceptar como propios los problemas laborales de los jóvenes que estudian y quieren ser historiadores, cooperando en la búsqueda de unas soluciones que pasan por la revalorización del oficio de historiador y de sus condiciones de trabajo y de vida, en el marco de la defensa y desarrollo de la función pública de la educación, la universidad y la investigación.

XVI
Compromiso
En tiempos de paradójicos “retornos”, queremos constatar y alentar la “vuelta al compromiso” de numerosos académicos, también historiadores, en diversos lugares del mundo con las causas sociales y políticas vinculadas a la defensa de valores universales de educación y salud, justicia e igualdad, paz y democracia. Actitudes solidarias indispensables para contrarrestar otros compromisos académicos con los grandes poderes económicos y políticos, mediáticos y editoriales. Contrapeso vital, por lo tanto, para conjurar una virtual escisión de la escritura académica de la historia respecto de las mayorías sociales que financian con sus impuestos nuestra actividad docente e investigadora.
El nuevo compromiso que preconizamos es diverso, crítico y con anhelos de futuro. El historiador y la historiadora han de combatir, desde la verdad que conocemos, aquellos mitos que manipulan la historia y fomentan el racismo, la intolerancia y la explotación de clase, género, etnia. Resistiendo, desde el conocimiento del pasado, los futuros indeseables. Cooperando, y rivalizando, con otros científicos sociales y humanistas, en la construcción de mundos históricamente mejores, como profesionales de la historia, pero también como ciudadanos.
La relación del historiador con la realidad que nos rodea pasa por su análisis en un contexto temporal continuo. Si se acepta que la objetividad de la ciencia de la historia es inseparable de la subjetividad (plural) del historiador, debemos concluir que no existen grandes diferencias cualitativas entre una historia inmediata y una historia mediata, entre una historia más contemporánea y una historia más antigua. Todo es historia, si bien cuando más nos distanciamos de lo actual mayor es la carga que recae sobre nosotros, historiadores, por ausencia de las disciplinas más presentistas.

XVII
Presente y futuro
Nuestro objeto de estudio (hombres, mujeres y medio natural humanizado) está evidentemente en el pasado, pero nosotros estamos en el presente, y estos presentes están preñados de futuros. El historiador no puede escribir con rigor la historia al margen del tiempo vivido, y de su fluir permanente.
Contemplamos varios niveles en la relación del historiador con la inmediatez histórica: compromiso social y político, tema de investigación, historiografía de intervención o criterio metodológico general para la investigación. Hace medio siglo que los fundadores de la escuela de Annales lo formularon: “comprender el pasado por el presente, comprender el presente por el pasado”. Hoy es preciso, además, poner el mismo énfasis en la interrelación pasado/futuro.
La caída de la filosofías finalistas de la historia, sean socialistas sean capitalistas, ha puesto de relieve un futuro más abierto que nunca. El historiador ha de asumir un papel en su definición con sus experiencias y argumentos históricos, con hipótesis y apuestas desde la historia. Edificar el futuro sin contar con la historia nos condenaría a repetir sus errores, a resignarnos con el mal menor o a edificar castillos en el aire.

XVIII
Nuevo paradigma
La historiografía depende de los historiadores y de la historia inmediata. El cambio de paradigmas historiográficos que venimos proponiendo, desde 1993, cabalga sobre los cambios históricos acelerados iniciados en 1989. Entre diciembre de 1999 (Seattle) y julio de 2001 (Génova) hemos observado los comienzos de un movimiento global sin precedentes, contra los estragos de la globalización, que busca ya alternativas de sociedad: el pensamiento único es ahora menos único. Son muchos los que califican de cambio de civilización la globalización y sus críticos, la sociedad de la información, la nueva revolución científico-tecnológica y el movimiento social global: no es fácil entrever lo que nos depara el mañana pero hay razones para la esperanza. Todos debemos colaborar.
Historia a Debate es parte activa de este proceso transformador: queremos cambiar la historia que se escribe y coadyuvar a cambiar la historia humana. Según evolucione el debate historiográfico, y la historia más inmediata, nuestras propuestas recibirán más o menos consenso académico, las variaremos o no según interese, si bien hay planteamientos que, aun siendo por el momento minoritarios, nos parecen ineludibles para condicionar críticamente el nuevo paradigma en formación: el conjunto plural de valores y creencias que va a regular nuestra profesión de historiador en el nuevo siglo. Por todo ello, la historia nos absolverá, esperemos.

En la Red a 11 de septiembre de 2001

Trescientos noventa y siete (397) firmantes (31/5/2005):

Carlos Barros (coordinador), Universidad de Santiago de Compostela, España. Jérôme Baschet, École des Hautes Études en Sciences Sociales, París, Francia, y Universidad Autónoma de Chiapas, San Cristóbal de las Casas, México. Boris Berenzon, Universidad Nacional Autónoma de México, México D. F. Micheline Cariño, Universidad Autónoma de Baja California Sur La Paz, México. Francisca Colomer, Centro de Profesores y Recursos, Murcia, España. Amelia Galetti, Instituto de Enseñanza Superior, Paraná, Argentina. Sergio Guerra, Universidad de La Habana, Cuba. Elpidio Laguna, University of Rutgers, Newark, New Jersey, USA. Germán Navarro, Universidad de Zaragoza, España. Gonzalo Pasamar, Universidad de Zaragoza, España. Juan Paz y Miño, Pontificia Universidad Católica, Quito, Ecuador. Eugenio Piñero, University of Wisconsin, Eau Claire, USA. Norma de los Ríos, Universidad Nacional Autónoma de México México D. F. Reinaldo Rojas, Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Barquisimento, Venezuela. José Javier Ruiz Ibáñez, Universidad de Murcia, España. Israel Sanmartín, Instituto Padre Sarmiento, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Santiago, España. Juan Manuel Santana, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, España.Cristina Segura, Universidad Complutense, Madrid, España. Miguel Somoza, Universidad Nacional de Educación a Distancia Madrid, España. Guillermo Turner, Dirección de Estudios Históricos, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México D. F. Luz Varela, Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. Francisco Vázquez, Universidad de Cádiz, España. José Giraldo Vinci de Morais, Universidade Estadual Paulista, Sâo Paulo, Brasil. José Polo Acuña, Universidad del Atlántico Colombia. Germán Yépez Colmenares, Instituto de Estudios Hispanoamericanos, Universidad Central de Venezuela, Caracas, Venezuela. Bernardino Herrera, Instituto de Investigaciones de la Comunicación, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela, Caracas, Venezuela. Florencio Dimas Balsalobre, Centro de Documentación de la Guerra Civil, Lorca, Murcia, España. Antonio Dupla, Dpto. de Estudios Clasicos, Universidad del País Vasco/EHU, Vitoria-Gasteiz, España. Juan Eduardo Romero, Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. Javier Fernández Palacios, Universidad de Málaga, España. Roberto López, Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. José Gabriel Zurbano Melero, Universidad de Extremadura, Cáceres, España. Pablo Serrano Álvarez, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México. Arsenio Dacosta, Gestión de Patrimonio Histórico, Salamanca, España. Carmen Leal, Profesora de Secundaria, Aranjuez, Madrid. Johhny Alarcón Puentes, Departamento de Ciencias Humanas, Facultad Experimental de Ciencias, Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. José L. Monzant Gavidia, Universidad Católica Cecilio Acosta, Maracaibo, Venezuela. Norberto Olivar, Facultad de Humanidades de La Universidad del Zulia y Universidad Católica Cecilio Acosta, Venezuela. Antonio Soto Avila, Departamento de Historia, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. Luis A. Alarcón Meneses, Universidad del Atlántico, Barranquilla, Colombia. Rigoberto Rodríguez Benitez, Universidad Autonoma de Sinaloa, Culiacan, México. Dario A Vispe Viñuela, Escuela Normal Superior República de México, San Justo, Argentina. Raúl Dargoltz, Universidad de Santiago de Estero y CONICET, Argentina. Julio Pérez Serrano Universidad de Cádiz, Asociación Historia Actual, España. Antonio Padilla Arroyo, Universidad Autónoma del Estado de Morelos, México. Waldo Ansaldi, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Hilda N. Agostino, Universidad Nacional de La Matanza, Argentina. Domingo Garí Hayek, Universidad de La Laguna, Islas Canarias, España. Jorge Saab, Universidad Nacional de La Pampa, Santa Rosa, Argentina. Gabriel M. Santos, Universidad Nacional Autónoma de México, México. Marina Sánchez, Universidad de Alicante, España. Juan P. Rivera Pizano, Universidad Nacional Autónoma de México, México. Susana H. Gutierrez, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Río Cuarto, Argentina. Miguel Beas, Universidad de Granada, España. Belin Vázquez de Ferrer, Centro de Estudios Históricos, Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. Ariel Arnal, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, México. Jorge Maiz Chacón, Universidad de las Islas Baleares, Palma de Mallorca, España. Ernesto Pajares Rivera, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, Perú. David Igual, Facultad de Humanidades de Albacete, Universidad de Castilla-La Mancha, Albacete, España. Jorge Oriola, Universidad de la Patagonia, Esquel, Argentina. Marta I. Barbieri Brunet, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, Argentina. Joselias Sánchez, Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí, Manta, Ecuador. Liliana Regalado, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, Perú. Wilfredo Kapsoli, Universidad Ricardo Palma, Lima, Perú. Cristina Flórez, Universidad de San Marcos, Universidad de Lima, Lima, Perú. César Espinosa Claudio, Universidad de San Marcos, Lima, Perú. Pedro Jacinto Pazos, Universidad Ricardo Palma, Universidad de San Marcos, Lima, Perú. Daniel C. Argemi, Escuelas E.G.B. y Polimodal, Tandil, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Xavier Señarís, Universidade de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, España. Hebert Mourigán, Profesor de Secundaria, Montevideo, Uruguay. Teodoro Hampe Martínez, Universidad Nacional de San Marcos, Lima, Perú. Milton A. Zambrano Pérez, Universidad del Atlántico, Barranquilla, Colombia. Beatriz Rivas, Patronato da Cultura Galega Montevideo, Uruguay. Sergio Maydeu, Universitat Rovira i Virgili, Tarragona. España. Ana C. Ramos Martínez, Historiadora, San José, Costa Rica. Georgina Calderón, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México. Arlindo Fa Fernandes, Universidad de Coimbra, Coimbra, Portugal. Fernando Chavarría Múgica, Instituto Universitario Europeo, Florencia, Italia. Gloria Chavez, Universidad Francisco Marroquín, Ciudad Guatemala, Guatemala. Gerardo Mora, Escuela Normal Superior de México, México D.F. Jorge Castañeda Zavala, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México D. F. Daniel Jaremchuk, Universidad Nacional de la Patagonia Austral, Río Gallegos, Argentina. María Mercedes Tenti, Universidad Católica de Santiago del Estero, Universidad Nacional de Santiago del Estero, Argentina. Diana Rengifo de Briceño, Núcleo Universitario "Rafael Rangel", Universidad de Los Andes, Trujillo, Venezuela. María Alvarez-Solar , Universidad de Bergen, Bergen, Noruega. Joan Corbalán, Associació d’Historiadors Independents, Barcelona, España. Ricardo León García, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Chihuahua, México. Adriana Mónica Mori, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Lohania Aruca, Sección de Historia, Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, Cuba. Manuel Ortiz Heras, Universidad de Castilla La Mancha-UCLM, Albacete, España. Luis A. López Rojas, Universidad de Puerto Rico, Humacao, Puerto Rico. Aaron Flores Ramírez, Universidad Nacional Autónoma de México, México D. F. Jose A. Fiallo Billini, Universidad Autonoma de Santo Domingo e Instituto Tecnológico, Santo Domingo, República Dominicana; María G. Silva, Universidad Nacional de La Matanza, Buenos Aires, Argentina. Amalio Venegas, IES Ramón Carande, Jerez de los Caballeros, España. Carlos Alberto Suárez, Inst.Superior del Profesorado, "Dr. Joaquín V. González", Buenos Aires, Argentina. Gerardo Médica, profesor de historia, Isidro Casanova, Buenos Aires, Argentina. Rubén Pachari, Universidad Nacional de San Agustín, Arequipa, Perú. Luis O. Cortese, revista “Historias de la Ciudad”, Buenos Aires, Argentina. Flocel Sabaté, Universitat de Lleida, España. Eric Eduardo Palma, Universidad de Chile, Santiago de Chile, Chile. Gustavo Zapata, Liceo Juan de Dios, Andes, Colombia. Luciano Alonso, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina. Jesús Fernández García, Universidad de Cádiz, España. Alejandro Estrella, Universidad de Cádiz, España. Angel Soto, Universidad de los Andes, Chile. Marcos Correa, Universidad de Cádiz, España. Rafael Valls, Universidad de Valencia, España. Alejandro Sainz Zamora, Instituto Mexicano de Tecnología del Agua, Jiutepec, Morelos, México. Ignacio Navarro, profesor de secundaria, Las Palmas de Gran Canaria, España. Victor González Ozuna, Universidad Autónoma de Chiapas, San Cristóbal de las Casas, México. Carlos Contreras, Pontificia Universidad Católica, Lima, Perú. Ángel Martínez Alarcón, Escuela Normal Superior, Xalapa, México. María Jesús Castro, Universitat de les Illes Balears, Palma de Mallorca, España. Virgilio Candela, Universidad de Alicante, España. Ramón Gabarrós, revista Anthropos, Barcelona, España. Crisanto Gómez, Centro de Documentación de Ciencias Sociales, Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, Colombia. Javier Montoya, Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, Colombia. Elena Borruel, Universidad de Salamanca, España. Juan Iglesias Sanlés, Universidad de Salamanca, España. Massimo Modonesi, Universidad Nacional Autónoma de México, México. María Lourdes Cuevas Leyva, Universidad Pedagógica Nacional, México D.F. Alberto Ribeiro da Silva, Universidade Estácio de Sá, Angra dos Reis, Rio de Janeiro, Brasil. Susana Vázquez, Universidad de la República, Montevideo, Uruguay. José César Fernández Morales, filósofo, BUAP, Puebla, Pue, México. María Cristina Angelini, Universidad Nacional de Río Cuarto, Córdoba, Argentina. Adrián Salas, promotor cultural, Veracruz, México. Gabriel Estela Sánchez, Universidad Nacional de Salta, Argentina. Wilbert Pérez, Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, Aguada, Puerto Rico. Jacobo Contreras, Universidad de Guadalajara, Jalisco, México. Octavio Herrera, Universidad Autónoma de Tamaualipas, Ciudad Victoria, México. Nancy Luna, Universidad Autónoma de Puebla, México. Ignacio Hernández Saldivar, UNAM-CCH Sur, México D.F. Arturo Alonzo, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Tlalpan, México D.F. Daniel Lerín, Universidad de Zaragoza, España. Facundo Talagañis, Universidad Autónoma de Entre Ríos, Paraná, Argentina. Esteban Rafael Ortiz, Centro de Investigaciones .Jurídicas y Sociales, Facultad de Derecho, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Edeliberto Cifuentes Medina, Universidad de San Carlos de Guatemala, Guatemala. Dionila Baldiezo, Escuela Normal Superior, Jujuy, Argentina. Carmen Michelena, Fundación John Bulton, Caracas, Venezuela. Delia Muñoz, Instituto Superior de Formación Docente, Merlo, Buenos Aires, Argentina. Hugo Klappenbach, Historiador de la Psicología, Universidad Nacional de San Luis y CONICET, Argentina. Daniel Campione, historiador, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Moris Vásquez Araya, Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Santiago de Chile. Lorena Soler, socióloga, FOCS, Universidad de Buenos Aires, Argentina. José Luis Castillo, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, México. Dedier Marquiegui, Universidad de Luján, CONICET, Argentina. Arturo Rodríguez Peixoto, Instituto de Historia de las Ideas, Universidad de La República, Montevideo, Uruguay. Ana María Prieto, antropóloga e historiadora, Universidad Pedagógica Nacional, México D.F. Cristina López Albornoz, Universidad de Tucumán, Argentina. Miguel Ángel Urrego, Universidad Central, Bogotá, Colombia. Ernesto Jiménez Olin, U. P. Valle Gómez, Delegación Venustiano Carranza, México D.F. María Caputo, Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Matías Vargas Puga, Doctor en Historia, UNED, España. Jesús Ángel Solórzano Telechea, Asociación Jóvenes Historiadores de Cantabria, Santander, España. Verónica Giordano, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Victoria Robles Sanjuán, Universidad de Granada, España. María Adela Suayter, Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. Martín Romero Pacheco, Taller de Historia del Centro de Estudios Regionales Andinos “Bartolomé de las Casas”, Cuzco, Perú. Mariela Coudannes, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina. Mónica Vázquez Fernández, Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F. Valentina Cantón, Universidad Pedagógica Nacional, México D.F. Mario Aguirre, Universidad Pedagógica Nacional, México D.F. Gustavo Quesada, Universidad Incca, Bogotá, Colombia. Antonio Ibarra, Posgrado de Economía, UNAM, México D.F. Luis Alonso Abarca, Universidad Autónoma de Chiapas, San Cristóbal de las Casas, México. Emilio Gómez Gutiérrez, Universidad Castilla-La Macha, Toledo, España. Luis Balderas, Universidad Autónoma de Puebla, México. Enrique Vegas, Universidad de las Palmas de Gran Canaria, España. Rodolfo Flores, Universidad Nacional Autónoma, México D.F. Carlos Marentes, Universidad de Washington, Seattle, USA. Lucía Sala, Universidad de la República, Montevideo, Uruguay. Antoni Vilà, editor de la web Página de la Historia, España. Teresa Flor, Universidad de las Palmas de Gran Canaria, España. Sofia Giles, Escuela Nacional de Antropología e Historia, México D.F. Miguel Ángel López Trujillo, Universidad de Alcalá de Henares, Madrid, España. María Luz Pintos Peñaranda, Universidad de Santiago de Compostela, España. Patricio Carvajal, Universidad Marítima de Chile, Viña del Mar, Chile. 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