Poder y saber en la conducta del dr. José Pérez Calama en Valladolid de Michoacán, 1776-1789

 

 

 

 

Ma. Isabel Marín Tello

Doctoranda en Historia de América

Universidad de Sevilla

19 de septiembre de 2000

 

A finales de 1789, el dr. José Pérez Calama, obispo electo de Quito, se dirigía hacia su nuevo destino, en su camino hacia el puerto de Acapulco se detuvo en la ciudad de México, donde asistió a la jura de Carlos IV y convivió con el arzobispo y el virrey de la Nueva España. Quedaban atrás los proyectos y problemas de la diócesis de Michoacán; se marchaba satisfecho de haber logrado una de sus finalidades, convertirse en prelado. El viaje no resultó muy agradable y su estado de salud se agravó; pero aún conservaba el anhelo por llegar a su nuevo destino y llevar a cabo los planes y proyectos que no pudo desarrollar en Michoacán.

            Más tardó Pérez Calama en enterarse que había sido nombrado obispo, que en preparar su renuncia en cuanto conoció su nuevo destino. La pobreza de su obispado y la ignorancia de los curas eran su principal desilusión; además moralmente se sentía inhabilitado para reprender a los clérigos, debido a que en Quito conocían la Representación de 1786, en la que le acusaban de abuso de poder y mala conducta, prepotencia, soberbia y altivez, dominación sobre los eclesiásticos y sobre el mismo obispo, así como de las “locuras y atentados cometidas durante la crisis de 1785-1786”.[1] En el escrito que contenía su renuncia al obispado de Quito, después de 25 años en América, lo único que pedía era volver a España; se sentía burlado y engañado con su destinación a Quito, igual que los familiares que le acompañaban.[2] José Mariano Beristáin de Souza señala que, aceptada la renuncia, a Calama lo esperaban en España para darle la Abadía mitrada de la Real Colegiata de San Ildefonso de la Granja.[3]

            La idea original era valorar los proyectos del dr. Pérez Calama en Valladolid, sin embargo la revisión del material de archivo y de los trabajos que le han dedicado, me hicieron cambiar el planteamiento y centrarme en las relaciones de poder y los conflictos que tuvo con sus compañeros del cabildo. De sus “ideas ilustradas” y sus proyectos “político caritativos” se han ocupado Germán Cardozo Galué y Juvenal Jaramillo, la misma línea siguen David Brading y Oscar Mazín y no le han dado mayor importancia a las relaciones de poder-saber. Afortunadamente en esa línea se encuentran los trabajos de Joseph Pérez y Agueda Rodríguez de la Cruz. Así las cosas, me centrare en un solo aspecto: la carrera hacia el poder.

            Se pretende hacer una interpretación de las relaciones de poder en el cabildo capitular de Valladolid, en torno a la figura del dr. Pérez Calama, considerado por la historiografía una de las mentes renovadoras e ilustradas que pasó por Valladolid de Michoacán. Sin duda se trataba de un hombre inquieto, dispuesto a dominar e imponer su forma de pensar sobre el resto de los capitulares; tuvo que afrontar las acusaciones y la oposición de la mayor parte del cuerpo capitular. A pesar del desencanto que le causó su nuevo destino, no dejó de cumplir con sus obligaciones; sus problemas de salud no impidieron que llevara a cabo la visita episcopal, que trabajara para reformar la Universidad de Santo Tomás en Quito, continuó con la promoción de concursos y publicando sus escritos. En esta ocasión nos ocuparemos de sus problemas en Valladolid de Michoacán, si se hace referencia al obispado de Quito es por que resulta útil para el trabajo. ¿Cuáles fueron las causas que llevaron a nuestro personaje a Ecuador? En esta ponencia se expondrá un balance de la trayectoria de Pérez Calama en Valladolid, utilizando la acusación del cuerpo capitular en forma de Representación al rey, las críticas a sus escritos que se encuentran en el Retrato del dr. Calama, la autodefensa que aparece como Memorial de la conducta del dr. Calama, y su renuncia al obispado de Quito, en su Humilde memorial.

 

Poder y saber: conflicto entre peninsulares y criollos

José Pérez Calama, Juan Antonio de Tapia y Eusebio Ventura Beleñá llegaron a Puebla de los Angeles en 1765, en el selecto grupo de familiares elegidos por el obispo Francisco Fabián y Fuero, quien se rodeó de jóvenes inquietos. Fabián y Fuero regresó a España en 1773 a ocupar el obispado de Valencia y los tres personajes aludidos se quedaron en Nueva España. ¿Por qué no los regresó con él? ¿Qué propició el cambio de Calama y Tapia de la diócesis de Puebla a la de Michoacán? Una explicación que manejan Ernesto de la Torre y Ramiro Navarro[4] es que existía la movilidad en las distintas diócesis para lograr ascensos, y eso ocurrió con Calama y Tapia; por su parte, Ventura Beleña renunció a los votos eclesiásticos y se dedicó a asuntos del gobierno civil, llegó a formar parte de la Audiencia de México.

            José Pérez Calama llegó a México en 1766 (¿), “inmediatamente la piedad y generosidad de jefe tan virtuoso y sabio, me sacó de pobre y me hizo rico… Aun no había cumplido treinta años, cuando ya me hallé con tantos honores y tanta renta, que pasaba de seis mil pesos anuales… Confieso y debo confesar que el mundo alto me dominó mucho, o por mejor decir, me deslumbró con el brillo y oropel de tan cuantiosas rentas y tan distinguidos honores. La vana ciencia y la vanagloria me ofuscaron y dominaron en notable grado”.

            A su llegada a Valladolid de Michoacán, Pérez Calama comenzó a integrarse a su nuevo trabajo y empezó a ganar espacios cerca de los obispos a los que servía. Además también ganó unos cuantos enemigos con los que tendría dificultades más adelante. Sin duda de esa dificultad vino la decadencia del dr. Calama que lo llevaría, con un supuesto ascenso, al obispado de Quito.

            Cuando Calama presenta su renuncia al obispado de Quito señala  “deseoso de ponerme en un estado de quietud espiritual y retiro, en el que olvidado de mi mismo y sepultado para el mundo, pueda llorar como debo, los delitos e ignorancias de mi juventud, y satisfacer de algún modo con oraciones, lágrimas y ayunos y otras penitencias mis enormes [errores] contra la majestad divina”. ¿De qué tenía que arrepentirse el Dr. Calama, acaso los delitos e ignorancia que menciona corresponden a su estancia en obispado de Michoacán? Las acciones de las que se arrepiente en su vejez corresponden a su estancia en Puebla y Valladolid. “Este aumento de honores, y también de renta, aumentó en cierto modo mi mundo, o por mejor decir, mi vanidad, hasta seducirme y empañarme mi amor propio con el concepto y dictamen muy errado de que mi miseria [era] nada y era capaz y muy a propósito para gobernar y ser prelado de una iglesia. ¡O vanidad de vanidades! ¡O mundo mío, cuanto me has engañado!”.

            Pérez Calama consideraba como una medicina preventiva contra su vanidad las enfermedades y quebrantos en su salud. Sus aflicciones corporales se agudizaron con otras del “espíritu y pundonor, ocasionadas por el espíritu de zelotypia de algunos prójimos que no podían mirar con ojos blancos mis exaltaciones y decorosas confianzas con que me distinguían mis jefes, y también vuestros virreyes y aún vuestro augusto padre por medio de su ministro marqués de sonora”. Señalaba que producto de los celos era la acusación que en su contra se había presentado a finales de 1786 en una representación al rey. “Engañóme el mundo porque me engañó mi astuto amor propio”. [5] 

            Los ataque de los criollos no eran sólo contra Pérez Calama, también involucraban a Tapia, pero éste no le dio mayor importancia a las críticas. Los autores de la Representación… señalaban que Tapia y Calama, “se juzgan superiores a los demás… Se hayan pues tan poseídos de la soberbia que si alguno por escrito, o de palabra no les da el tratamiento de señoría, se les declaran desde entonces por enemigos capitales. Hasta ese punto raya la vanidad de unos eclesiásticos en quienes sentaría mejor algo de humildad y menos de presunción”.[6] 

            La cercanía que nuestro personaje tuvo con los hombres del poder le aseguraron bastantes enemigos, además de apoyos para llevar a cabo sus proyectos. Tal vez lo que más molestaba a los miembros del cabildo de Valladolid era la forma en que Pérez Calama lograba sus objetivos, uno de los cuales era hacerse notar, había desarrollado sus dotes de publicista.

            Cuando Calama se hizo cargo del gobierno de la diócesis, tenía ocho años en Valladolid, intentó reformar los planes de estudio para elevar el nivel cultural del bajo clero. Sin duda las relaciones de trabajo en Valladolid de Michoacán no fueron cordiales, Pérez Calama no logró convencer al cabildo vallisoletano de la utilidad de sus proyectos; sin embargo, su entusiasmo por el trabajo y sus buenas relaciones con los hombres del poder lo respaldaban.

            Uno de los problemas que tuvo con el alto clero de Valladolid fue hacer gala de la superioridad de su formación en la península, actitud que irritó a los criollos, que se convirtieron en oposición para todo cuanto Calama trataba de hacer. Oscar Mazín apunta que “en el ámbito de los estudios, Pérez Calama y Tapia seguían las huellas de renovación que compartieron con su prelado en Puebla. Daban nuevos impulsos a los estudios de latinidad. Hacía a un lado los métodos y se entregaba al estudio de los autores clásicos griegos, latinos y santos padres en sus propias fuentes”.[7] Ambos personajes habían llegado de Puebla con mucha arrogancia debido a que allá sí lograron imponer sus ideas, con el apoyo del obispo, y por allí entraba una de las criticas de los vallisoletanos: en cuanto perdió la protección de Francisco Fabián y Fuero tuvo problemas en el cabildo poblano, según sus opositores; algunos autores consideran que más bien se trataba de obtener ascensos y por ese motivo Calama y su inseparable amigo Juan Antonio de Tapia, se marcharon a Valladolid.

            Tales acusaciones sin duda venían de problemas que se remontaban a la época de la llegada de Calama a Valladolid en 1776. Pues bien, después de que fue nombrado visitador de la diócesis de Michoacán por el obispo Juan Ignacio de la Rocha, y que tuvo que afrontar los problemas con la congregación de San Felipe Neri, en San Miguel el Grande, quedó relegado de la actividad del cabildo, previa acusación de malversación de fondos cuando estuvo como representante del obispo en la corte de México, para solucionar el problema con los filipenses. Pero eso no fue obstáculo para continuar la búsqueda de reconocimiento y honores; dedicó unos años a escribir y, con la ayuda de sus conocidos, publicar algunas obras. Y muy bien. Pero los miembros del cabildo de Valladolid, que también eran inquietos, conocieron las publicaciones y entonces tuvieron elementos suficientes para atacar a ese hombre que calificaban de arrogante, charro, caballo…

            Cabe mencionar que en período que nos ocupa, era muy poca la diferencia en número entre capitulares peninsulares y criollo; estos eran el 52.7 %, de los cuales la mayoría eran del obispado de Michoacán, después estaba el grupo procedente del de México y por último unos cuantos del obispado de Puebla. La mayoría de los miembros del cabildo catedral de Valladolid eran teólogos (48.2%), seguían los canonistas (27.5%), también había un porcentaje de especialistas en derecho civil (8.8%).[8] A pesar de que las críticas eran anónimas, se sabía que eran de sus compañeros del cabildo, de esa fracción que no estaba de acuerdo con él, los que generalmente se oponían a sus propuestas y planes. A pesar de las críticas de los criollos, hay que reconocer que Pérez Calama fue el único de los capitulares de Valladolid que escribió y publicó durante ese período, aunque sus escritos hayan servido a sus opositores para atacarlo y cuestionar sus conocimientos.

            Una de las criticas más fuertes era sobre su formación, en su calidad de peninsular, se sentía mejor preparado que los americanos, a pesar de que reconocía algunas fallas. ¿Entonces, de dónde venía su vanidad? Agueda Rodríguez señala que Pérez Calama conocía el nuevo plan de estudios que se puso en marcha en la Universidad de Salamanca en 1771, que obedecía a las reformas de Carlos III, y agrega que varios de los autores que Calama propuso en su plan de estudios para la Real Universidad de Santo Tomás de Quito, se estudiaban ya en Salamanca desde esa fecha.[9] Nuestro personaje no se educó bajo ese plan. Llevaba a América una gran cantidad de libros, que eran su orgullo, y en opinión de los criollos vallisoletanos, sólo le servían para adornar la librería.

            Otra crítica fuerte era su calidad de provinciano, le llamaban doctor de las Batuecas, en clara alusión a su lugar de origen. Los criollos no aceptaban que un extraño fuera a desplazarlos de su territorio. Este era un problema que no solamente se presentaba en el cabildo eclesiástico, sino en todas las áreas de gobierno. Hay que recordar que una medida tomada desde la metrópoli en el último tercio del setecientos era poner a los peninsulares en los puestos claves, lo que implicaba relegar a los criollos. Se trataba de una pugna recurrente a finales del período colonial. Pero volvamos a la crítica sobre su formación. Los criollos, o mejor dicho, el personaje del cabildo que escribió su Retrato… que posiblemente era Vicente Antonio de los Ríos, le acusaba de plagio, de falta de originalidad en sus obras, de su afán por trascender. La persona que hacía la crítica seguramente había estudiado con los jesuitas y en la Universidad de México. Cabe recordar que en Nueva España fue la Compañía de Jesús la que comenzó a introducir los textos modernos para la formación de sus alumnos, combinando la enseñanza tradicional con las nuevas corrientes. “En oposición a las ideas tradicionales manejadas en la década de 1780, los jesuitas, a la vez que invocaban a Aristóteles introducían muchas ideas nuevas; ellos innovaban pero sin decirlo, de alguna manera clandestinamente. Por su parte los oratorianos, por más que se proclamaban abiertamente modernos no abandonan sino lentamente la enseñanza tradicional”.[10]

            Como hombre de acción, en cuanto ocupó el gobierno de la diócesis trató de llevar a cabo sus proyectos, como la creación de una sociedad Económica de Amigos del País. Se hizo cargo del gobierno de la diócesis el 29 de junio de 1784 y a los pocos días, el 5 de julio, hizo la propuesta para la sociedad económica; para esas fechas ya había varios funcionarios del cabildo civil de Valladolid, del cabildo eclesiástico y del ayuntamiento de Pátzcuaro que formaban parte de la Sociedad Vascongada de Amigos del País, de hecho, Pérez Calama fue de los últimos en apuntarse a dicha sociedad. En 1785 había 54 miembros y en 1792 sólo 48.[11] Otro de sus proyectos era la creación de una Academia de Bellas Letras, que tampoco se llevó a cabo. Los principales argumentos de Vicente Antonio de los Ríos y Miguel José de Moche, encargados del Seminario Tridentino, para que no se estableciera la academia eran la escasez de rentas, el bajo número de estudiantes, que había disminuido considerablemente, también había escasez de maestros, otro era que “los estudios de nuestro seminario y los demás de las provincias que llamamos de tierra adentro en lo general solo se cursan por jóvenes pobres”, pues los que tenían mejores condiciones económicas preferían estudiar en México “por la más general instrucción que allí pueden adquirir y mayor utilidad que pueda producirles la que adquieran”.[12] Dadas las condiciones del Seminario Tridentino de Valladolid, la academia estaría casi desierta. Además de lo que queda anotado, Mazín menciona que “Pérez Calama destacaba asimismo la incapacidad de los estudiantes, cuya mayoría era sumamente pobre. Contaban además los problemas derivados de una creciente complejidad social. No había en Valladolid plantel alguno donde poder cultivar nuevas disciplinas tales como filosofía moral, historia y ciencia política y económica. De cualquier manera, Pérez Calama decidió promover su estudio por medio de tertulias literarias que acentuaron aún más las diferencias entre las facciones en el cabildo, así como entre la elite criolla-peninsular del clero y el mar profundo de su mayoría mestiza”.[13]

            Volvamos otra vez a la educación, la pregunta es ¿hasta qué punto había una formación moderna en Pérez Calama? Joseph Pérez afirma que no había tal modernidad, ni en sus planteamientos ni en sus lecturas, y pone como ejemplo de sus ideas tradicionales el concurso que convocó en 1784 y en el que resultó ganador el joven teólogo Miguel Hidalgo. Entonces Joseph Pérez aprovecha para agregar que, hasta esa fecha Miguel Hidalgo no tenía ideas modernas.[14] Entonces, qué tenían de modernidad los planteamientos de Calama. En el concurso aludido, no aparecía ningún autor moderno en la bibliografía que recomendó. Sus sugerencias eran San Gregorio Nacianzo y Melchor Cano. Joseph Pérez señala que hasta en el vocabulario empleado por el ganador de tal concurso, nos encontramos en el siglo XVI y a años luz de los autores del setecientos. Hidalgo no era un adepto a la filosofía de las luces, por lo menos en 1784, en esa fecha él no puede ser más tradicionalista.[15] La gran innovación de Calama era una nueva forma de enseñar la escolástica: volver a los clásicos, leer directamente a Santo Tomás y a los padres de la Iglesia. En realidad esa medida había sido dictada desde arriba, pues con la expulsión de los jesuitas se prohibió una serie de libros y manuales utilizados por ellos, para cortar de raíz a la orden. Creo que de todo eso eran conscientes los miembros del alto clero de Valladolid. De ahí que se mofaran de Calama a quién veían como un oportunista.

            Los tiempos difíciles comenzaron para Calama cuando se conoció la publicación de su Política Christiana (1782). Pero él no se daba cuenta, la arrogancia y el deseo de poder le volvieron a embargar cuando fue nombrado gobernador interino de la diócesis por fr. Antonio de San Miguel. Una vez más, volvió al primer plano y la soberbia pudo más; haciendo uso del poder comenzó a tomar decisiones: propuso llevar a cabo la renovación del clero michoacano, del bajo clero, por supuesto. Se dedicó a escribir sermones, que dieron más argumentos a sus adversarios para atacarlo. Juvenal Jaramillo señala que “esa animadversión surgió, probablemente, desde los primeros años de la estancia de Pérez Calama en Valladolid. La absoluta confianza que el obispo Juan Ignacio de la Rocha depositó en él… debió ser factor que levantó la envidia entre algunos miembros del cabildo catedralicio”.[16]

            Durante el tiempo que fue gobernador de la diócesis, trató de prohibir las tradicionales corridas de toros que se celebraban en noviembre de cada año. Seguramente compartía con otros peninsulares el rechazo por esa diversión; como gobernador de la diócesis, hizo la petición al virrey de Nueva España para que prohibiera tal diversión argumentando las faltas a la moral…[completar y precisar si realmente se prohibieron los toros ese año, que por cierto las organizaría el cabildo civil.] Curiosamente, ese año ningún particular se había comprometido a organizar tales diversiones y el cabildo civil era el encargado de las fiestas de noviembre.

            Con todas estas acciones, lo que provocaba era que le odiaran más; las criticas con argumentos salían del cabildo, pero el pueblo se mofaba de él. Y a pesar de que Calama se presentaba como un hombre caritativo y benefactor de los pobres, en su discurso se percibe un rechazo absoluto hacia ellos y, por supuesto también hacia las mujeres. [incluía a las mujeres entre los enemigos del buen gobierno, también criticaba su forma de vestir, de peinarse, y generalizaba que eran disolutas]

            Los problemas seguían y llegó la crisis agrícola de 1785-86. Es incuestionable el papel del dr. Calama para poner en marcha medidas de apoyo a la población. “Durante la crisis agrícola de 1785, fiel a la antigua costumbre de abasto de cereales y prevención de la emigración campesina hacia los centros urbanos, el clero de la catedral volvió a movilizarse. Solo que esta vez su programa de acción estuvo marcado por el predominio político y la mentalidad del deán y vicario general Pérez Calama”.[17] Y haciendo gala de sus dotes de publicista, no perdió la oportunidad de mandar a la Gaceta de México un escrito sobre los logros obtenidos para aliviar el problema de la crisis. Años más tarde un fiscal de la Audiencia de México señalaba que se permitió la publicación de dicho texto en la Gaceta porque, aunque su contenido no fuera del todo cierto, tampoco perjudicaba a la sociedad, por el contrario, ayudaba a calmar los desesperados ánimos de la población.[18]

            Parece que las relaciones entre Pérez Calama y sus enemigos del cabildo se volvieron más ríspidas con los problemas de la crísis agrícola. Pero él no se enteró de las acusaciones que le hicieron en 1786, hasta dos años más tarde; en ese momento emprendió su defensa, pero la distancia entre España y Nueva España era enorme y la burocracia española lenta.

            A pesar de la enérgica actuación del deán Pérez Calama ante la crisis agraria en beneficio del bien común, la facción contraria del cabildo siguió atacándolo. Se le tenía por tiránico, “antinacional” y, en una palabra, por enemigo capital de los provincianos y nativos de este reino.[19] El proyecto caritativo desarrollado por Pérez Calama consistió en otorgar crédito a un año y sin intereses a terratenientes, grandes y pequeños, para que sembrasen maíz en tierra de regadío. Asimismo entre octubre de 1785 y enero de 1786 la catedral efectuó préstamos y donativos a diversos ayuntamientos del obispado para financiar la compra de maíz y su reventa a 28 reales en lugar de a 48 reales por fanega. El cabildo catedral contribuyó además con dinero para la construcción de caminos y de puentes, y el obispo San Miguel contribuyó para hacer reconstruir el viejo acueducto de la ciudad. Mediante estas dos últimas acciones se proporcionaron fuentes de empleo a la población. Respecto al programa político caritativo se aseguraba que Pérez Calama había distribuido miles de pesos a “vagos y jugadores y más viciosos de Valladolid y su comarca”. Como resultado, la ciudad se había llenado de limosneros y muchos habían muerto víctimas de la epidemia.[20]

            Un año antes de la acusación, el obispo de Michoacán le había pedido al rey que nombrara un obispo auxiliar para la diócesis y, por supuesto, recomendaba a Calama para ocupar ese cargo. “En diciembre de 1785 San Miguel escribió a Madrid proponiendo que se nombrara obispo auxiliar al deán, pues su enfermedad le impedía hacer visitas o atender a sus asuntos. Lo recomendó por ‘su ejemplar conducta y virtud, profunda literatura, mucho tino, prudencia y experiencia en el manejo de negocios eclesiásticos y políticos y mucha caridad con los pobres’”.[21] Sin duda la recomendación fue escrita por el mismo Pérez Calama.

            En Valladolid se sabía que Calama tenía dominados los ánimos del obispo y que él era el que realmente gobernaba. La finalidad de Pérez Calama era llegar a ser prelado y que mejor lugar que Michoacán, que representaría el triunfo sobre sus enemigos. Pero no fue así. La estrategia que se siguió en la metrópoli fue mover a los capitulares que estaban provocando los problemas dentro del cabildo. La manera de llevar a cabo el movimiento fue a través de “ascensos”. Como uno de los personajes más conflictivos era Vicente Antonio de los Ríos, fue el primero en cambiar de destino, pasó a Puebla de los Ángeles como arcediano. A otro canónigo que Cardozo menciona como no identificado, a quién se supone también cambiaron de Valladolir, y a Pérez Calama lo nombraron obispo de Quito. El triunfo había llegado para Calama. No logró la mitra de Michoacán, pero había conseguido su objetivo de convertirse en prelado. El lugar era lo de menos, de momento… El 7 de diciembre de 1788 se ordenó al consejo de Indias hacer pública su presentación en la mitra de Quito. Aun sin ser declarado libre de los cargos presentados dos años antes por el fiscal de la iglesia, Pérez Calama fue consagrado por el obispo San Miguel en agosto de 1789.[22]

            Uno de sus principales objetivos en Michoacán era la reformar el clero, se quejaba constantemente de la ignorancia de los párrocos y se empeñó en lograr que elevaran su nivel académico. Percibió el problema cuando fue visitador de la diócesis en 1780 y fue hasta que ocupó el cargo de gobernador, cuatro años más tarde, cuando propuso las medidas de renovación del clero. En general, como bien lo apunta Joseph Pérez, las acciones de Calama se orientaban a los problemas prácticos. Sin embargo sus planteamientos no eran todo modernidad, conservaban elementos tradicionales, a pesar de su hostilidad hacia la escolástica. “El elemento que hay que combatir es, pues, claramente señalado: es el aristotelismo ya superado; es la escolástica en su forma más rutinaria, condenada en nombre de la razón y de la experiencia”.[23] El mismo autor agrega que el problema no era de orden filosófico, sino político. Al volver a Santo Tomás y Melchor Cano se pretendía reanudar vínculos con la sana teología y con una gran tradición nacionalista, pero no se sale del campo de la escolástica; solamente se tiene la ilusión de innovar sin grandes esfuerzos.[24]

            En opinión de Joseph Pérez, Calama continuó siendo profundamente tradicional por su fidelidad al sistema filosófico tomista, el cual, según él, había demostrado sus aptitudes. El reformismo de los “ilustrados” hispanoamericanos no llegó a poner en tela de juicio de una manera radical el sistema establecido.

            Sin duda su estancia en el obispado de Michoacán no fue fácil, a pesar de contar con el apoyo de los obispos. Por ejemplo Ignacio de la Rocha lo nombró visitador general de la diócesis; después de tal cargo, quedó relegado y se dedicó a escribir y publicar algunas obras, que serían motivo de fuertes criticas por parte de sus compañeros del cabildo eclesiástico. En 1779 publicó Carta instructiva…, en 1780 la Carta apologética… y en 1782 su Política cristiana… La critica de sus compañeros no se hizo esperar y alguno de ellos escribió un Retrato del dr. Calama…en 1783 o 1784.

 

Acusaciones y críticas

Dentro de las acusaciones contra el dr. Pérez Calama está la prepotencia, vanidad, soberbia y altivez intolerable, absoluta dominación sobre el obispo y los eclesiásticoa, las locuras y atentados cometidos durante la crisis de 1785, se juzgaba superior a los demás, por haber llegado de España. Es posible que sus opositores consideraran que había abuso de autoridad por tener dominado al obispo, sin duda les molestaba su protagonismo y la obstinación por el prestigio social y la distinción. Contra los vicios o pecados que sacaban a la luz, Pérez Calama se describía como un hombre caritativo, desprendido del dinero, humilde y moralista,[25] todo lo contrario de lo que señalaban sus compañeros del cabildo. ¿Cómo encontrar un punto medio entre ambas posturas? A través de la opinión de sus superiores.

            Hay que reconocer que fue elegido por Francisco Fabián y Fuero por que era un joven inquieto y destacado en sus estudios, llevó esa energía e inquietudes a su trabajo y así, a pesar de la arrogancia que le caracterizaba, cumplía con las encomiendas de los superiores. Ya en su vejez, Pérez Calama reconocía que se había dejado deslumbrar por el dinero y la cercanía con el poder. En esas condiciones personales llegó a su nuevo trabajo en el obispado de Michoacán.

            Nuestro personaje, en un principio fue nombrado teólogo consultor del obispo de Puebla. Después, Fabián y Fuero lo nombró rector del Colegio Palafoxiano. “Y él mismo dictó las cátedras de teología moral y prima, y desempeñó el cargo de regente de estudios”.[26] Cuando Fabián y Fuero regresó a España, Calama perdió su apoyo en Puebla, sin embargo permaneció allí tres años más. Parece que su cambio a Valladolid obedecía a la búsqueda de ascensos en su carrera, como ya se ha mencionado. Comenzó a escalar en los puestos y sus ingresos se incrementaron, así como la vanidad por los éxitos obtenidos. Cuando llegó a Valladolid fue con el cargo de chantre y, al año siguiente se convirtió en secretario del obispo; poco después lo nombró visitador de la diócesis. Evidentemente, a los canónigos que ya se encontraban en Valladolid, no les agradó el cambio, se quejaban tanto de Calama como de su gran amigo Tapia. “Aquí vinieron a parar por desgracia de esta ciudad, y de todo su obispado, pues no reservan de los ultrajes, ni aún a los propios curas párrocos que reciben de continuo con extraña soberbia y altivez intolerable, deponiendo a muchos de sus ministerios sin motivo”.[27]

            En noviembre de 1786 iniciaron los verdaderos problemas de Pérez Calama, llegó la Representación al rey en su contra. Debido a la tardanza natural de la burocracia española, se enteró cuando había pasado más de un año de la acusación, entonces comenzó a preparar su defensa.

            Si recordamos los problemas que se habían presentado desde años antes en la diócesis de Michoacán, resulta comprensible que Carlos III le nombrara obispo de Quito en octubre de 1788. ¿Cómo es posible que se diera un asenso a un funcionario real cuando existían acusaciones sobre sus acciones? Aquí es necesario apuntar dos posibles causas para tal nombramiento: la recomendación que había hecho el obispo de San Miguel para obispo adjunto en Michoacán, debido a que era prácticamente el dr. Calama el que gobernaba el obispado, y segundo, que fue una forma de castigo indirecto, alejándolo del escenario de los conflictos y enviándolo a un lugar que económica y culturalmente estaba en peores condiciones que Michoacán, según la opinión del dr. Calama. Recibió la noticia de su nuevo cargo el 25 de enero de 1789 y el fiscal de la audiencia de México dictaminó sobre su inocencia el 15 de marzo de 1789, el fiscal señalaba que era posible la inocencia de Calama y que todo proviniera de la envidia; estaba casi convencido de que en la acusación estaban involucrados el dr. Vicente Antonio de los Ríos y su hermano, lic. Matías Antonio de los Ríos, quién había cometido un desfalco en los diezmos, pues era el arrendatario de los diezmos de Taximaroa.[28] Faltaba enviar ese dictamen a España.

            Su nombramiento como prelado fue dado en octubre de 1788. Por eso cabe preguntarnos si tal nombramiento era una recompensa o castigo. En mi opinión se trataba de lo segundo, se fortalece la hipótesis de que se hacía el nombramiento para alejarlo de Valladolid, con un supuesto ascenso, pues en realidad resultó un castigo para Pérez Calama. ¿Cuál era su situación económica en Valladolid, y cuál en Quito? Calama describe a Quito como una ciudad muy cara en vestir y nada barata en comer. Señalaba que muchos capellanes de coro en Nueva España ganaban más que el Deán de Quito. “Esta miseria y suma pobreza general que experimenta, gime y sufre mi infeliz obispado, es sin duda la causa principalísima ocasional de tanto pleito, tanta discordia y tanto chisme. Aquí todos riñen porque todos tienen hambre”. Humilde memorial p. 53     

            “En Nueva España el obispado de Quito, (que todo es miseria) era y me lo describían muy feliz y abundante en todo”. Humilde m 71

            Su objetivo o intencionalidad, era llegar a ser obispo, se sentía preparado para ocupar tal cargo, así que cuando fue gobernador interino de la diócesis de Michoacán se sentía “el prelado”; tal cargo coincide con los principales enfrentamientos con sus compañeros del cabildo. Es posible que de aquí se desprendan sus principales problemas y la posterior representación en su contra. ¿Cómo fue su desempeño antes de 1784? Este es un año clave para el análisis porque llega a la cumbre, controla el cabildo, dirige, manda, reprime, se opone a… y por supuesto, se desatan las críticas y burlas contra él. Se desata un clima de hostilidad en el que las buenas acciones se confunden con la arrogancia y prepotencia, comienzan los años difíciles, pero de lucha por el poder y el control. Así hasta 1788. Después viene el nombramiento como obispo de Quito y la vanidad se consuma. La arrogancia por haber obtenido los honores anhelados. El triunfo sería gobernar una diócesis.

            En su Humilde memorial… pedía que le conservaran la real gracia, protección y amparo que hasta entonces había tenido. Pérez Calama se definía como un hombre a quien el oro y la planta no le interesaba, repetía ese argumento con tanta insistencia que invita a la duda. También señala que era generoso y caritativo, a diferencia de la gente en Nueva España que “pecaba de avaricia”, él no, por supuesto. En su opinión, la gente le tenía envidia por su integridad y repulsa del dinero, y porque desde que llegó a Indias había estado muy ligado a las altas jerarquías: virreyes, arzobispos, obispos y otros funcionarios. Aseguraba que combatía, de obra y palabra, a los cuatro enemigos del buen gobierno: la ignorancia, el juego, la mujer y el dinero. Se oponía a que se celebraran diversiones públicas, por los inconvenientes morales y políticos. Cuando ocupó de manera interina el gobierno de la diócesis, intentó reformar al clero, habían pasado ocho años de su llegada a Valladolid y tenía el poder en sus manos. Su actitud de disciplina y moralidad fueron motivo de sorna en la población. Tapia y Calama eran castellanos viejos. Ambos habían atacado las cuatro pasiones cardinales: ignorancia, juego, mujer y dinero mal habido.

            Escribió el memorial para defender su honor, pues consideraba una difamación la representación de 1786. En Nueva España, su discurso sobre la humildad que lo caracterizaba, contrasta con la arrogancia que mostraba en las actividades que le encomendaban. Por ejemplo, cuando fue nombrado gobernador interino de la diócesis, organizó un acto con toda la pompa que caracterizaba el recibimiento de un nuevo obispo. Humilde memo. Además discutió con los otros miembros del cabildo sobre quién debía acompañarlo en el coche que le serviría para hacer el recorrido frente a la sociedad vallisoletana. ¿Dónde quedaba la humildad?

            “Subyace a las acciones reformistas de los gobernadores de la diócesis un cierto desprecio por las realidades y gentes novohispanas… las criticas de aquellos eclesiásticos encendieron los ánimos de los criollos”. Mazín 377-378 buscarle acomodo en donde se desarrolle lo de peninsulares y criollos.

 

Prestigio social

La defensa del estatus fue una característica de la sociedad colonial, conservar o lograr una distinción de clase era una necesidad para las personas que deseaban consolidar un lugar en la estratificada sociedad colonial. El dr. Calama mostraba su interés por estar cerca de los hombres más poderosos y consolidar buenas relaciones, que más tarde le servirían en los momentos de llevar a cabo sus proyectos, pero también le sirvieron de apoyo en los tiempos difíciles, en especial en el conflicto con parte del cabildo catedral.

            Es necesario poner sus acciones en el contexto de la monarquía española, caracterizada por la estratificación social, donde uno de los valores fundamentales era el prestigio social, pertenecer a cierta clase. En las actividades de Pérez Calama se percibe la lucha que llevó a cabo a lo largo de su vida por consolidar su posición social y económica. Pero no era suficiente con llegar al objetivo, había que darlo a conocer, y qué mejor lugar para tal finalidad que su lugar de nacimiento, La Alberca, ese pequeño pueblo en el que todos se conocían. Para nuestro personaje era un triunfo haber estudiado, a pesar de su condición de huérfano; contaba con la amistad de sus compañeros de la universidad, que gozaban de una posición social y económica distinta a la suya; su orgullo era que lo habían aceptado. Su dedicación al estudio y los buenos resultados obtenidos en las oposiciones a las que se presentó en Salamanca, Santiago, Palencia y Plasencia,[29] fueron su carta de presentación para ser elegido por el obispo de Puebla de los Angeles y comenzar su carrera en Nueva España.

            Cuáles eran los medios del personaje para llegar a su fin. A Pérez Calama le interesaba formar parte de un cabildo eclesiástico, pues las oposiciones a las que se presentaba eran para obtener una prebenda; por ejemplo en Galicia trató de ocupar el cargo de canónigo magistral. Parece que la finalidad era estar en ese círculo de poder y el medios para conseguirlo era presentarse a las oposiciones y, aunque no consiguió su objetivo en España, sí lo hizo en Nueva España. En las autobiografías de Pérez Calama no se percibe que deseara viajar a América. Tal vez fue la casualidad la que lo llevó a aquellas tierras. Y debido a las buenas condiciones de su traslado comenzó a obtener buenos ingresos y ascensos en su carrera, como él mismo lo reconoce en su Humilde memorial… Pérez Calama afirmaba que era de una familia pobre, pero honrada, que en su condición de niño huérfano estudió en el colegio para huérfanos en Salamanca, y que los pocos bienes que heredó de sus padres los invirtió en su educación. Cuando llegó a Puebla le otorgaron un sueldo de 6000 pesos al año. En 1777, ya en Michoacán, nuestro personaje ganaba 4000 pesos anuales; tenía una casa de dos plantas en Valladolid, contaba con un coche y una enorme biblioteca, que comparaba con otras bibliotecas… Como obispo de Quito, ya al final de su carrera y de su vida, ganaba 15000 pesos anuales.

            Sus estrategias para hacerse notar ante sus superiores fueron su desempeño académico, su persistencia y tenacidad para lograr sus objetivos, sus dotes de publicista para exaltar su trabajo, sus escritos. Los rápidos ascensos en su carrera le sirvieron para obtener el prestigio y llegar hasta los fines tal vez previstos, le aseguraron una posición económica desahogada, pero también le llenaron de enemigos y de envidia, en especial en el círculo de sus compañeros del cabildo eclesiástico.

            El reconocimiento que buscó Pérez Calama no era sólo dentro de su lugar de residencia, también le interesaba hacerse notar en su pueblo natal. Igual que otros de sus paisanos, hizo obras de caridad; por ejemplo, durante doce años pagó a un maestro de Gramática para que enseñara en La Alberca, lo que indica que no perdió contacto con sus paisanos.[30] El pago para la cátedra de Gramática se suspendió con la muerte del personaje, por tanto la fundó cuando ya vivía en el obispado de Michoacán.

            En cuanto Pérez Calama se enteró de su nombramiento como obispo de Quito escribió una carta al cabildo de su “amada patria”, La Alberca, para darles la noticia, mencionaba “bien puede vuestra señoría asegurar a todos esos mis amados señores paisanos, que para hacerles bien, hasta donde alcanzan mis facultades, siempre me encontrarán como obispo…”. La notificación de su nuevo cargo a su pueblo natal le valió que le pusieran un epitafio en la entrada de la iglesia del pueblo.[31] Llama la atención que se apresuró a dar aviso de su nombramiento a su pueblo.

            El mismo año que Calama llegó al obispado de Puebla, el criollo Vicente Antonio de los Ríos tomó posesión como canónigo doctoral en el cabildo catedral de Valladolid.[32]  De los Ríos[33] también estuvo al frente del juzgado de testamentos, capellanías y obras pías; participó en el cuarto concilio provincial mexicano, en representación del obispo de Michoacán, Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, estaba a cargo del Seminario Tridentino cuando Calama pretendía llevar a cabo las reformas, y se convirtió en uno de sus principal opositores.

            Se puede creer que una de sus finalidades era llegar a ser obispo, y lo consiguió. “Este aumento de honores, y también de renta, aumentó en cierto modo mi mundo, o por mejor decir, mi vanidad, hasta seducirme y empeñarme mi amor propio con el concepto y dictamen muy errado de que mi miseria [era] nada y era capaz y muy a propósito para gobernar y ser prelado de una iglesia”.[34]

            Si la finalidad imaginada por el actor orienta su acción, se puede suponer, aunque no se pueda asegurar, que nuestro personaje tuviera la intención de convertirse en obispo cuando se encontraba en España, pero tal vez el viaje le hizo cambiar los planes y pensar en los honores y prestigio a través de esa vía. Su principal medio para conseguirlo fue el trabajo; en todas las actividades que le encomendaban ponía su entusiasmo y sus conocimientos. Contrario a su intencinalidad, en sus escritos se describe como un hombre que despreciaba el dinero, la fama y aquello por lo que en realidad parece que luchaba.  José Mariano Beristáin de Sousa, uno de los alumnos de Calama en Puebla, señala que aunque la viveza de su genio no le dejaban madurar sus producciones, fue feliz en concebir las mejores y más sublimes ideas.[35]

 

Consideraciones finales, del extremeño que no es de Extremadura

Se planteó esta ponencia tomando como base las biografías que han dedicado al personaje y en las que se hace referencia a su origen extremeño. El pueblo de La Alberca no forma parte de Extremadura, pero en el siglo XVIII pertenecía al obispado de Coria, de ahí que cuando se habla de su origen le consideren de Extremadura. Esto ocurre en el caso de José Mariano Beristáin de Souza, que afirma que el dr. José Pérez Calama era natural de la Extremadura.

            José Pérez Calama era de Castilla y León, del pueblo de La Alberca “situado al occidente de España, en los confines de los reinos de León y Castilla”. Hoyos, p.11 En 1797 Tomás González de Manuel en su Manifiesto apologético, señalaba que La Alberca estaba “en la raya y confines de los reinos de León y Castilla la Vieja y provincia de Extremadura” se encontraba aproximadamente a 13 leguas de Coria y a 12 de Salamanca. En la década de 1940 La Alberca aún pertenecía a la diócesis extremeña de Coria. De ahí que la mayor parte de los historiadores que se han ocupado de la vida y obra de Pérez Calama le llamen extremeño. De la bibliografía consultada, las excepciones son Agueda Rodríguez de la Cruz y Manuel Ma. De Hoyos, ambos españoles, para ellos el origen castellano del personaje es un hecho. La mayoría de los autores consultados son americanos, algunos afirman el origen extremeño de Pérez Calama, otros no se comprometen y prefieren mencionar únicamente que La Alberca formaba parte del obispado de Coria. Los europeos han seguido los estudios de los americanos y también le llaman extremeño.

            En lo espiritual pertenecía al obispado de Coria. En 1857 Vicente de la Fuente señalaba “es probable que la nueva demarcación eclesiástica desaparezca esta deformidad y se agregue La Alberca al obispado de Salamanca, al que por su topografía corresponde, estando a la parte septentrional de la Sierra de Francia, que es el límite natural de los dos obispados de Coria y Salamanca, como también de las provincias de Castilla la Vieja y Extremadura”.[36]

            El final de su recorrido por América, y también el fin de su vida, estuvo marcado por el desprestigio, un ascenso que más bien le parecía un castigo. Independientemente de la región geográfica de la que forme parte su lugar de nacimiento, considero que lo importante es el papel que José Pérez Calama desempeñó en América, donde pasó la mitad de su vida entre los obispados de Puebla, Michoacán y Quito. Fue en América donde puso en práctica los conocimientos adquiridos en la Península; fue allá donde causó polémicas, de manera especial en Valladolid de Michoacán.

 

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

AGI, Archivo General de Indias, Quito, 588 y 589.

AGI, Mapas y Planos, Libros manuscritos 51 legajo México 1410.

 

BERISTÁIN DE SOUZA, José Mariano

1980        Biblioteca hispanoamericana septentrional. Ed. Faccimilar. Tomo I

México, UNAM.

BRADING, David

1994        Una iglesia asediada. El obispado de Michoacán

1749-1810. México, Fondo de Cultura Económica.

CARDOZO GALUÉ, Germán

1973        Michoacán en el siglo de las Luces. México, El Colegio de México.

HOYOS, Manuel Ma.

1982La Alberca, monumento nacional. Salamanca, Publicaciones de la

Excelentísima Diputación Provincial de Salamanca.

JARAMILLO, Juvenal

1989    José Pérez Calama, un clérigo ilustrado del siglo XVIII en la

antigua Valladolid de Michoacán. Morelia, UMSNH.

1996    La gestión episcopal de fray Antonio de San Miguel en

Michoacán (1784-1804). Zamora, El Colegio de Michoacán.

MADOZ, Pascual

1846Diccionario geográfico, histórico estadístico de España y Ultramar.

Madrid.

MAZÍN GÓMEZ, Oscar

            1987    Entre dos majestades. Zamora, El Colegio de Michoacán.

1996    El cabildo catedral de Valladolid de Michoacán. Zamora,

El Colegio de Michoacán.

PÉREZ, Joseph

1988        “Tradición e innovación en América del siglo XVIII”, en La América española en la Edad de las Luces. Madrid, Instituto de Cooperación

Iberoamericana.

PÉREZ CALAMA, José

1997        Escritos y testimonios. Compilación, prólogo y estudios introductorios

Ernesto de la Torre Villar y Ramiro Navarro de Anda. México, UNAM.

RODRÍGUEZ DE LA CRUZ, Agueda

1989        “La reforma ilustrada de José Pérez Calama en Quito”, en Claustros y

estudiantes. T. 2. Valencia, Universidad de Valencia y Fac. de Derecho.

 


[1]  Archivo General de Indias (en adelante AGI), Quito, 589, Representación al rey… 23 de noviembre de 1786.

[2]  AGI, Quito, 588, Humilde memorial… 14 de noviembre de 1790.

[3]  Beristáin de Souza, José Mariano. Biblioteca hispanoamericana septentrional. México, UNAM, 1980, pág. 238.

[4] De la Torre Ernesto y Ramiro Navarro, “estudios introductorios”, en Pérez Calama, José, Escritos y testimonios. México, UNAM, 1997.

[5]  AGI, Quito 588 Humilde memorial… 1790.

[6]   Archivo General de Indias, Quito, 589. Representación al rey, 23 de noviembre de 1786, Valladolid de Michoacán.

[7]  Mazín, Oscar. El cabildo catedral de Valladolid de Michoacán. Zamora, El Colegio de Michoacán, 1996, pág. 378.

[8]  Los porcentajes que se presentan corresponden al período de 1760 a 1786, fueron tomados de Mazín, Oscar. El Cabildo Catedral de Valladolid de Michoacán, Zamora, El Colegio de Michoacán, 1996, págs. 436-437.

[9]  Rodríguez, Agueda. “La reforma ilustrada de José Pérez Calama en Quito”, en Claustros y estudiantes. T. 2, Valencia, Universidad de Valencia, Facultad de Derecho, pág. 308.

[10] Pérez, Joseph. “Tradición e innovación en América del siglo XVIII”, en La América Española en la Edad de las Luces. Madrid, Instituto de cooperación Iberoamericana, 1988, pág. 276.

[11]  Cardozo. Ob. Cit. Págs. 41 y 131-132.

[12]  Ibídem, pág. 107. cardozo

[13]  Mazín. El cabildo…Ob. Cit. Pág. 379.

[14]  Carlos Herrejón señala que en Hidalgo las ideas modernas se perciben a partir de los 36 años de edad, cuando era profesor de teología en el Colegio de San Nicolás, pero reconoce que se trataba de un joven inquieto y que por esas caractetísticas en que se interesó por leer cuanto tuvo a su mano. Conferencia magistral, 14 de septiembre de 2000, Morelia, Michoacán.

[15]  Pérez, Joseph. “Tradición e innovación en América del siglo XVIII”, en La América Española en la Edad de las Luces. Madrid, Instituto de cooperación Iberoamericana, 1988, pág. 273.

[16]  Jaramillo, Juvenal. José Pérez Calama, un clérigo ilustrado del siglo XVIII en la Antigua Valladolid de Michoacán. Morelia, UMSNH, 1989, pág. 139.

[17]  Mazín, Oscar. El cabildo… Ob. Cit. Pág. 380.

[18]  AGI, Quito, 589, Informe del fiscal, 1789.

[19]  Mazín, Oscar. El cabildo… Ob. Cit. Pág. 387.

[20]  Mazín, Oscar. El cabildo… Ob. Cit. Pág. 381.

[21]  Branding, David. Una Iglesia asediada: el obispado de Michoacán, 1749-1810. México, FCE, 1994, pág. 218.

[22]  Mazín, Oscar. El cabildo… Ob. Cit. Pág. 387.

[23]  Pérez Joseph. “Tradición y modernidad en América del siglo XVIII”, en La América española en la edad de las luces. Madrid, Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1988, pág. 270.

[24]  Pérez, Joseph. Ob. Cit. Págs. 276-277.

[25]  AGI, Quito, 589, Memorial… 1788.

[26]  Cardozo, ob. Cit. Pág.23

[27]  AGI, Quito, 589, Representación al rey.

[28]  AGI, Quito, 589, Respuesta del fiscal de lo civil de la Audiencia de México, 15 de marzo de 1789.

[29]  Mazín, Oscar. El cabildo catedral de Valladolid de Michoacán. Zamora, El colegio de Michoacán, 1996, pág. 372.

[30]  Hoyos, Manuel Ma. La Alberca monumento nacional. Salamanca, Excelentísima Diputación provincial de Salamanca, 1982, págs. 504-505.

[31] Hoyos, Manuel Ma. La Alberca monumento nacional. Salamanca, Excelentísima Diputación Provincial de Salamanca, 1982, págs. 504-505.

[32]  Cardozo Galué, Germán. Michoacán en el siglo de las luces. México, El Colegio de México, 1973, pág. 46.

[33]  Vicente Antonio de los Ríos nació en Guanajuato en 1732, se educó en la ciudad de México, en el Colegio de Todos los Santos y en San Ildefonso. Murió en Puebla en 1789. Mazín, Oscar. Entre dos majestades. Zamora, El Colegio de Michoacán, 1987, pág. 188.

[34]  AGI, Quito, 588, Humilde memorial… 1789.

[35]  Beristáin de Souza, José Mariano. Biblioteca hispanoamericana septentrional. México, UNAM, 1980, pág. 238.

[36] De la Fuente, Vicente. Expedición científica a la Sierra de Francia. En Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo III, cuaderno III, Madrid, 1883, pág. 164.

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Artículo publicado en: IX Congreso Internacional de Historia de América. Badajoz, Junta de Extremadura, 2002, pp. 251-256. (ISBN 84-7671-680-10)

Fotografía: Catedral de Valladolid de Michoacán, siglo XVIII. www.michoacan.gob.mx/ turismo/r_morelia.php

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LA AUTORA

Mª Isabel Marín Tello es doctora en Historia de América por la Universidad de Sevilla. Ejerce como Profesora Investigadora Titular de Historia en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Publicaciones

Artículos en revistas

“’Yo y mi hija gozamos de distinción en nuestra clase…’ La oposición de los padres al matrimonio de sus hijos en Valladolid de Michoacán, 1779-1804”, en Estudios Michoacanos, No. VIII, México, El Colegio de Michoacán, Instituto Michoacano de Cultura, 1999, pp. 201-220

“Alvino Soto, un bandido en Valladolid”, en Estudios Michoacanos, No. IX, México, El Colegio de Michoacán, Instituto Michoacano de Cultura, 2001, pp. 51-74.

“Desorden en la comedia. Las funciones de teatro en Valladolid de Michoacán a finales del setecientos”, en Iberoamericana. América Latina - España - Portugal. No. 5, Marzo de 2002, pp. 137-151.

“Don Manuel Abad y Queipo y las representaciones de los labradores de Valladolid de Michoacán en 1805”, en América a Debate, no. 2, 2002, p. 29-48.

“Reseña” al libro de Jaime Hernández Díaz, Orden y desorden social en Michoacán: El Derecho Penal en la primera República Federal, 1824-1835. Morelia, Universidad Michoacana, 1999. En Anuario de Estuios Americanos, LVII-1, Escuela de Estuios Hispano-Americanos del CSIC, 2002, pp. 341-344.

“Reseña” al libro de Iván Franco Cáceres, La Intendencia de Valladolid de Michoacán: 1786-1809. Reformas administrativas y exacción fiscal en una región de la Nueva España. México, FCE, Instituto Michoacano de Cultura, 2001. En América a Debate, No. 1, 2002, pp.131-134.

Artículos en libros

“Ladronzuelos en Valladolid de Michoacán, 1768-1803”, en Gustavo Aguilar (coor.) Marginados y minorías en el pasado mexicano. Culiacán de Rosales, Universidad Autónoma de Sinaloa, Ayuntamiento de Mocorito, 2000, pp. 171-187. (ISBN, no tiene)

“Poder y saber en la conducta del Dr. José Pérez Calama en Valladolid de Michoacán, 1776-1789”, en IX Congreso Internacional de Historia de América. Badajoz, Junta de Extremadura, 2002, pp. 251-256. (ISBN 84-7671-680-10)

“Los libros jurídicos”, ( en colaboración con Jaime Hernández Díaz) en Nuestros Libros. Encanto de lo Antiguo. Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2002, pp. 177-196. (ISBN 970-703-153-0)

“A importancia dos presídios como lugar de castigo: o caso de Cuba no século XVIII”, en Cenarios Caribenhos. Brasília, Paralelo 15 Editores, 2003, pp.185-191. (ISBN 85-86315-46-X)

 


Domingo, 01 de Marzo de 2015 01:40. Enlace texto completo. sin tema

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