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Blanca López de Mariscal
Tecnológico de Monterrey/ México


Las primeras denuncias del drama americano, a las que en el siglo XVI dieron voz misioneros como fray Bartolomé de las Casas[1], fray Toribio de Benavente, Motolinía[2] e incluso el mismo fray Bernardino de Sahagún[3], han sido posteriormente corroboradas por estudios de demografía histórica, como los de Dobyns y los de Cook y Borah, que numéricamente demuestran cómo las guerras y las epidemias, la esclavitud, la desesperanza y la pobreza; el verse arrancado de los territorios en los que crecieron y aprendieron a vivir; así como los trabajos forzados en las minas y los obrajes, fueron causantes de la catástrofe demográfica en la población de la Nueva España:

La corriente iniciada por Dobyns [...] afirma que la población indígena americana, de unos 90 a 112 millones antes de la llegada de los españoles, se redujo a 4,500,000 (para toda América) a mediados del siglo XVI. Más mesurados, aunque dentro de esa misma corriente, S. F. Cook y W. Borah proponen, únicamente para el México central, las cifras siguientes: 1519: 25.3 millones; 1523: 16.8; 1548: 2.6; 1595: 1.3; 1605: 1.0 millones[4].

Tanto las estimaciones numéricas contemporáneas, como las crónicas del siglo XVI, escritas por los misioneros testigos de la devastación y la mortandad, nos proporcionan datos reveladores sobre la catástrofe. A través de ellas podemos vislumbrar los múltiples factores que contribuyeron a que, durante la primera centuria, los pueblos se vieran desolados, las familias mermadas y los hogares fragmentados.

Los textos de Las Casas y de Motolinía se encuentran inscritos dentro del debate iniciado por el primero, en el que el dominico, al denunciar el maltrato y la mortandad, pone en tela de juicio la legitimidad de la empresa de conquista y dominación española en América, mientras que fray Toribio escribe con la intención de acotar la postura de Las Casas, ya que teme que la denuncia lascasiana desautorice, a los ojos del Monarca, la obra de los misioneros en el Nuevo Mundo. Aún así no puede pasar por alto la elevada mortandad entre la población indígena y por tanto dedica el tratado primero de su Historia de los indios de la Nueva España[5] a dar cuenta de las persecuciones y las “plagas” con las que “Dios hirió y castigó estas tierras”.[6]

Fray Toribio explica la devastación y la mortandad que se vive en tierras americanas a través de la figura retórica de las diez plagas de Egipto, haciendo con ellas un paralelismo con el que va enumerando los diferentes factores que contribuyeron al drama demográfico del continente recientemente descubierto. Las enfermedades traídas por los españoles; las guerras de conquista; la hambruna provocada por el abandono de de las tierras; el maltrato que se daba a los naturales a raíz de la institución de la encomienda; los grandes tributos; el trabajo forzado en las minas de oro, son sólo algunas de las calamidades enumeradas por Motolinía para explicar la devastación y la mortandad en los territorios mesoamericanos. Aunque han sido profusamente citadas resulta sumamente iluminador retomarlas cuando nos cuestionamos: ¿Cómo se vivió el drama demográfico en el ámbito de lo doméstico?, y sobre todo, ¿qué papel jugó la mujer en el drama demográfico de la Nueva España? Una lectura cuidadosa hace resaltar que los marcadores de género en el recuento de las “plagas” son siempre masculinos, de tal forma que parecería que solo los varones fueron heridos y perseguidos por tales desgracias. Sin embargo sabemos que las mujeres estaban ahí, y que ellas lo mismo que los varones se vieron envueltas en este torbellino de devastación y de muerte. Es mi intención, en este trabajo, retomar como hilo conductor la esfera de lo doméstico para revisar la suerte que corrieron las mujeres en el drama demográfico del Nuevo Mundo.

Epidemias y pestilencias

Uno de los primeros desastres que devastaron a la población indígena fueron las enfermedades traídas por los españoles. Las viruelas, el sarampión, las enfermedades venéreas, e inclusive el virus de la gripe, eran males para los que los indígenas mesoamericanos no habían desarrollado anticuerpos y para los cuales se encontraban totalmente indefensos:

Siendo capitán y gobernador Hernando Cortés, al tiempo que el capitán |Pánfilo de Narváez desembarcó en esta tierra, en uno de sus navíos vino un negro herido de viruelas, la cual enfermedad nunca en esta tierra se había visto, y a esta sazón estaba esta Nueva España en extremo muy llena de gente; y como las viruelas se comenzasen a pegar a los indios, fue entre ellos tan grande enfermedad y pestilencia en toda la tierra, que en las más provincias murió más de la mitad de la gente y en otras poca menos.

Después desde ha once años vino un español herido de sarampión, y de él saltó en los indios, y si no fuera por el mucho cuidado que hubo en que no se bañasen, y en otros remedios, fuera otra tan gran plaga y pestilencia como la pasada, y aún con todo esto murieron muchos. Llamaron también a éste el año de la pequeña lepra[7].

Las crónicas del siglo XVI, tanto las de los españoles como las de los indígenas, dan cuenta de esta serie de epidemias y pestes que diezmaron a la población. Fue, nos dice Georges Baudot:

... un choque microbiano de amplitud inusitada, debido a las enfermedades del Viejo Mundo importadas por los españoles [...] En la actualidad se puede afirmar que en una proporción del 75 por ciento son esas enfermedades europeas las que diezmaron la población de América después de la conquista, porque los indígenas del Nuevo Mundo, aislados del resto del mundo, no habían desarrollado ninguna inmunidad protectora contra los gérmenes patógenos que no conocían.[8]

En el Códice florentino encontramos diversos pasajes en los que un informante de Tlaltelolco narra la devastación provocada por los virus llegados del Viejo Mundo:

Y los españoles todavía no se habían levantado contra nosotros cuando, de entrada, se produjo una gran enfermedad, una enfermedad pustulosa. Fue en Tepeíhuitl donde empezó. Ella extendió sobre nosotros una gran devastación. A algunos los cubrió completamente; por todas partes se extendió, por el rostro de las gentes, por la cabeza de las gentes, por el pecho de las gentes, etc. fue una gran ruina, muchas personas murieron de ella. Ya no podían pasearse, únicamente se mantenían en sus estrados, en su cama. Ya no podían moverse, ya no podían menearse, ya no podían agitarse, ya no podían volverse de lado, ya no podían tumbarse sobre el vientre, ya no podían acostarse sobre la espalda. Y cuando se movían, gritaban mucho. Fue una gran ruina. Estaban recubiertos, como envueltos en lepra pustulosa.

Basta pasar los ojos por las frases con las que el informante de Tlaltelolco da cuenta de la epidemia, para que, inmediatamente, se haga presente en nuestra mente la lámina del mismo Códice que apoya el pasaje anterior, en la que una mujer presta sus cuidados a varios indígenas postrados por la viruela: la voluta de la palabra sale de su boca como si estuviese dando consuelo al enfermo.

Entre los antiguos mexicanos, las enfermedades y las prácticas curativas se encontraban asociadas a sus creencias religiosas y a su cosmovisión. Ellos consideraban que las enfermedades se instalaban en sus cuerpos, ya fuera como producto de una acción mágica, ya como la voluntad expresa de alguna deidad asociada a la misma. “El doctor, hombre o mujer, era ante todo un hechicero, pero un hechicero benévolo, admitido y aprobado por la sociedad...”[9] Las mujeres que se ocupaban de hacer curaciones y de aliviar a los enfermos, eran buenas conocedoras de las propiedades de las yerbas, de las raíces, de los árboles y de las piedras. “La que es buena médica – nos dice Sahagún – sabe bien curar a los enfermos...; sabe sangrar, dar la purga, echar medicina y untar el cuerpo..., concertar los huesos, sajar y curar bien las llagas y la gota, y el mal de ojo...” El proceso de curación, entonces, no era un proceso sencillo, ya que implicaba por un lado una serie de conocimientos propios de la medicina tradicional y por el otro el tratamiento y la invocación de los dioses relacionados, ya con la enfermedad, ya con su curación.

A partir de la información que nos presenta Sahagún en su libro primero, sabemos que las enfermedades que se manifiestan a través de granos y escoriaciones en la piel, como las bubas, las úlceras y la lepra, estaban relacionadas con el dios Tlaloc, y con la diosa Tzapotlatena. Esta última “fue la primera que inventó una resina que se llama úxitl, y es un aceite sacado por artificio de la resina del pino que aprovechan para sanar muchas enfermedades”. Se curaban también, nos informa Sahagún en su libro X, bebiendo agua de la hierba nombrada tletlémaitl y tomando baños y echando encima polvos de la hierba nombrada tlaquequétzal, o las limaduras del cobre. Se trata en todos los casos de remedios de compleja elaboración sustentada en un saber ancestral que era trasmitido de generación en generación, y en muchos de los casos por vía femenina. Sahagún se declara conscacado por artificio de la resina del pino que aprovechan para sanar muchas enfermedades”[10]. Se curaban también, nos informa Sahagún en su libro X, bebiendo agua de la hierba nombrada tletlémaitl y tomando baños y echando encima polvos de la hierba nombrada tlaquequétzal, o las limaduras del cobre. Se trata en todos los casos de remedios de compleja elaboración sustentada en un saber ancestral que era trasmitido de generación en generación, y en muchos de los casos por vía femenina. Sahagún se declara conscacado por artificio de la resina del pino que aprovechan para sanar muchas enfermedades”[12]. Se curaban también, nos informa Sahagún en su libro X, bebiendo agua de la hierba nombrada tletlémaitl y tomando baños y echando encima polvos de la hierba nombrada tlaquequétzal, o las limaduras del cobre. Se trata en todos los casos de remedios de compleja elaboración sustentada en un saber ancestral que e a trasmitido de generación en generación, y en muchos de los casos por vía femenina.

Fray Diego de Durán describió la forma como los cadáveres se iban apilando en los canales de la ciudad de México Tenochtitlan:

...quedaron aquellas acequias llenas de hombres muertos y de caballos y de indios y indias que no tenían número."[13]. Imágenes como ésta las encontramos también reflejadas en los códices postconquista, justamente en el libro XII del Códice Florentino podemos ver una lámina en la que algunos indígenas recogen de entre los juncos los cadáveres que van apilando en las márgenes de las acequias, el tlacuilo o pintor ha tenido buen cuidado de consignar no sólo cuerpos de varones y caballos, sino también la presencia de mujeres que han muerto como resultado de la batalla.

Uno de los pasajes que seguramente resulta más ilustrativo de la participación femenina en la batalla lo encontramos en las descripciones de la ciudad sitiada, cuando, a punto de agotar todos los recursos, Cuauhtémoc pertrecha, en las azoteas de las casas de Tlaltelolco, a las mujeres ataviadas como guerreros:

Cuauhtémoc determinó de no mostrar su flaqueza ni cobardía, antes queriendo dar a entender que no le faltaba gente y fuerza para se defender; hizo vestir a todas las mugeres de la ciudad con sus armas y rodelas y espadas en las manos y que luego de mañana se subiesen en las azoteas de todas las casas...[14]

Las voces de los informantes de Tlaltelolco dan cuenta también del valor y la forma como se comportaron las mujeres en la lucha, ya que este enfrentamiento será el decisivo y marcará la suerte de la ciudad sitiada, y en última instancia, la suerte de todo el territorio mexicano: “Fue entonces cuando arremetieron, cuando pelearon las mujeres de los tlaltelolcas. Golpearon al enemigo, portaron armas de guerra, se arremangaron las faldas, se las levantaron para perseguir duro al enemigo”[15]. Esta escena que nos permite visualizar el papel activo que tomaron las mujeres durante los enfrentamientos y las batallas, y cómo su labor, cuando fue necesario, trascendió el ámbito de lo doméstico.

Las mujeres y el hambre

Son muchos los factores que propician la falta de alimentos y por lo tanto el hambre como su consecuencia inmediata. Por un lado tenemos el abandono de las tierras, ya que, dado el estado de desconcierto en la que se encontraban los indígenas por la llegada de los españoles y la continua amenaza que ello significaba, resultaba prácticamente imposible dedicarse a la labranza de las tierras o a la recolección de sus frutos. Fray Bartolomé de las Casas, en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, denuncia el maltrato al que se han visto sometidos los indígenas y el abandono de los campos como consecuencia del mismo: “Es tanto que, desde el año dicho de mil e quinientos y veinte y nueve a la fecha han despoblado por aquella parte más de cuatrocientas leguas de tierra que estaban así pobladas como las otras”[16]. Es por esto que en su afán por denunciar la devastación y el maltrato, Fray Bartolomé reproduce escenas extremas de mujeres que, desesperadas, cometen actos inimaginables antes de permitir que sus hijos se enfrenten al abandono y al hambre:

...Salió una mujer, con un niño chiquito en los brazos dando voces, diciendo que no le llevasen a su marido, porque tenía tres niños chiquitos y que ella no los podría criar y que se le morirían de hambre, [...] e tornó a segundar con mayores voces, diciendo que sus hijos se la habían de morir de hambre; e visto que la mandaban echar por ahí e que no le quiso dar a su marido, dio con el niño en unas piedras y lo mató...[17]

Escenas como ésta se reproducen con demasiada frecuencia cuando las mujeres indígenas se ven ante situaciones extremas en las que no pueden ya controlar su futuro y el de su familia. También los varones llegan a estos actos en los que queda de manifiesto la extrema desesperación, como aquel indígena que a su regreso de las minas del Potosí “encontró a su mujer muerta y a sus hijos abandonados y hambrientos”, por lo que “desesperado ahorcó a sus hijos y se suicidó antes de tener que regresar al infierno de las minas.”[18].

Además, en la organización social prehispánica, una parte muy importante de las labores agrícolas descansaban en las mujeres, y ellas con la nueva forma de vida habían tenido que recluirse o dispersarse. Era responsabilidad de las mujeres también la venta de los víveres en los tianguiz o mercados, a los que se acudía de diversos pueblos para comprar las mercancías que las mujeres presentaban bien dispuestas en el suelo, como se sigue haciendo en los mercados indígenas del México de hoy: “...debajo de unos tendejones o sombras que hacen para la defensa del sol y cada una conoce y tiene su asunto y lugar”[19] Esta escena de mercado, perfectamente dispuesto, en la que cada mercancía tiene su lugar para la comercialización, ha sido descrita con profusión por la mayoría de los cronistas, pero lógicamente pertenece a una organización social que en los primeros años de la conquista se vio violentada por el caos y las calamidades que la guerra propició, de tal forma que durante la etapa de devastación, de la que hablan Las Casas y Motolinía, en la que el hambre era una calamidad generalizada, una gran cantidad de indígenas vivían desamparados presos de la confusión y de la miseria, entre ellos: “...millares de huérfanos, víctimas de la guerra, que “andan por los tianguis a buscar de comer lo que dejan los puercos y los perros.”[20]

A esto tendríamos que agregar que el equilibrio en la producción de alimentos, que era propio del mundo prehispánico, se ve también violentado por los cambios que se propiciaron en la ecología americana. Con la introducción del ganado europeo, los nuevos productos y las nuevas formas de cultivo se introducen también nuevas tecnologías que dan cabida a nuevos roles sociales; los pesados aparatos de cultivo europeo implican que sean los hombres quienes se encargan del manejo de los arados, pero lo hombres habían sido desplazados a las producciones de las minas o a las actividades de construcción de las ciudades españolas.

Los calpixques, el sistema de encomiendas y la esclavitud

Los calpixques, mayordomos, o por mejor decir el sistema de encomienda fue seguramente una de las grandes calamidades a las que se vio sometida la población indígena. Los autores de la época, cuando se habla del drama demográfico de la Nueva España, suelen clasificar como la segunda en orden de importancia, sólo precedida por las enfermedades y las epidemias.

La fuerza de trabajo que representaba la población indígena era seguramente una de las mayores riquezas que España encontró en el Nuevo Mundo, riqueza que seguramente superó a la proporcionada por los yacimientos de oro y de plata, pero que muy pronto se vio mermada ya que por el maltrato y la sobreexplotación la población indígena llegó a estar muy cerca del exterminio, o fue exterminada por completo como lo demuestra el caso de las islas caribeñas y de las zonas costeras en donde la devastación fue total.

Las mujeres no se vieron ajenas a esta calamidad; ellas también fueron tomadas prisioneras, erradas como esclavas y explotadas hasta la muerte como queda consignado en esta carta del 8 de noviembre de 1558, dirigida por el Virrey y la Audiencia de México al Consejo de Indias:

... que en estas provincias se van acabando los yndios y naturales dellas por los malos tratamientos que sus encomenderos les hazen, peor que esclavos, y que se venden y compran de uhnos encomenderos a otros, y que algunos han muerto a zotes, y que a las mugeres con cargas pesadas que las cargan las hazen rebentar, y que se sirven de sus hijos en sus granjerías y les hazen otras crueldades...[21]

Es evidente que la esclavitud –que en teoría estaba prohibida en los reinos que formaban el imperio español– era una práctica generalizada. En muchas ocasiones estos desplazamientos tomaban la forma de franco tráfico de esclavos; es así como lo denuncia Las Casas en diversos pasajes de su Brevísima relación, cuando da cuenta de lo acaecido en el reino de Yucatán, en el año de 1526:

Daba a escoger entre cincuenta y cien doncellas, una de mejor parecer que otra, cada uno la que escogese, por una arroba de vino, o de aceite, o vinagre, o por un tocino, e lo mesmo un muchacho bien dispuesto, entre ciento o doscientos escogido por otro tanto. (p.p. 103)

Como podemos observar en este pasaje, las mujeres y los niños son uno más de los productos a comercializar y su precio no excede al valor de una arroba de vino o de vinagre o una buena pieza de tocino.

Con referencia a los atropellos perpetuados en el reino de Yucatán, encontramos, también en Las Casas, casos documentados en los que una especie de genocidio genético se encuentra íntimamente ligado a la venta de mujeres como esclavas:

Este hombre perdido se loó e jactó delante de un venerable religioso, desvergonzadamente, diciendo que trabajaba cuanto podía por empreñar muchas mujeres indias, para que, vendiéndolas preñadas por esclavas, le diesen más precio de dinero por ellas.[22]

No solo Las Casas y Motolinía se detienen a reflexionar en lo que el tráfico humano significó para los indígenas. Fray Gerónimo de Mendieta en su Historia Eclesiástica Indiana dedica varios capítulos a reflexionar sobre el daño que se hace a los indígenas a partir de los repartimientos y de la forma como se les obliga a “que sirvan contra su voluntad y por fuerza” a los españoles. El franciscano considera que es un pésimo ejemplo de parte de los cristianos y uno de los mayores obstáculos para lograr la conversión de los indígenas. Es de tal magnitud el genocidio perpetrado en la población indígena que Mendieta llega a considerar que la muerte es para la población indígena una forma de liberación, es un camino de escape y de salvación frente a la crueldad de los españoles: “a nosotros nos castiga Dios llevándoselos porque si los conserváramos con buena proximidad y compañía, la suya nos sería utilísima...”[23]

Las mujeres y los tributos

Los tributos, que se aplicaban a los pueblos indígenas que permanecieron en libertad, fueron también una de las fuentes de devastación y de muerte ya que estos sobrepasaban por mucho la capacidad de producción de un pueblo, el cual se encontraba ya debilitado por el hambre, las enfermedades y la guerra. Se impusieron tributos de diversos tipos, lógicamente todos en especie, como era la costumbre en las tierras mesoamericanas. Con frecuencia no eran capaces de reunir la cuota de maíz, de oro o de mantas que les había sido impuesta por lo cual se veían sometidos a la destrucción de sus hogares, al maltrato y, en ocasiones, a la esclavitud:

...y porque no traían tanto maíz como él quería, mandó ir a muchos españoles con sus indios e indias que fuesen por maíz, y donde quiera que lo hallasen que lo trujesen; [...] e hallaron a los indios e indias en sus casas de paz, e los dichos españoles e los que con ellos fueron les tomaron y robaron el maíz e oro y mantas e todo lo que los indios tenían, e ataron muchos dello.[24]

Los tributos en oro se controlaban mediante cédulas en las que se marcaba la cantidad de oro que el poseedor de la cédula había entregado. Para aquéllos que no cumplían con sus cuotas de oro el castigo era morir aperreados, una práctica muy común que los españoles infringían a los naturales, pues “al indio que no traía dicha cédula lo echaría a los perros porque no les daba oro.”[25]

Sin embargo, el más preciado de los tributos era aquel que se exigía en vidas humanas, los padres y las madres, los caciques y los principales tenían que entregar a sus jóvenes como esclavos para ser destinados a las minas, a los trabajos de construcción de las ciudades coloniales o para el servicio de los españoles. Las Casas describe “...los clamores y llantos que los padres y las madres hacían por el pueblo de ver llevar sus hijos a vender y donde sabían que poco habían de durar.[26]

Las mujeres y el autoexterminio

Se trata de un tema que ya he tratado con cierta extensión en trabajos anteriores[27], pero aún así es un asunto que no quiero pasar por alto en este texto en el que estamos revisando el papel de la mujer en el drama demográfico mesoamericano. Como la amenaza del maltrato y la explotación era una realidad innegable, en muchos de los casos era preferible dejarse morir y aniquilar a los hijos antes de permitir que se les tomara como prisioneros. Es, no cabe duda, un recurso extremo de seres que se encuentran desesperados ante la realidad que están viviendo:

... mas de cuarenta mil hombres y mugeres, que huyendo de la refriega y de la muerte cruel que los españoles y índios amigos les daban, se echaban en las acequias, á sí mesmos como á sus hijos é hijas, por no verse en poder de los españoles.[28]

El pasaje refleja la angustia por la que los indígenas estaban pasando; ante ella la única perspectiva posible parecía ser la muerte: ven el fin de la vida como una posibilidad de mitigar los sufrimientos que los rodean. El suicidio empieza a presentarse como una opción, al grado que se atestiguan casos en los que los padres terminaban con la vida de los hijos para después segar la propia.

... una india enferma, viendo que no podía huir de los perros que no la hiciesen pedazos como hacían a los otros, tomó una soga y atóse al pie un niño que tenía de un año y ahorcóse de una viga...[29]

Es común encontrar en los textos de Landa, de Motolinía y de Las Casas, a madres que prefieren terminar con las vidas de sus hijos antes de enfrentarlos al hambre y a la esclavitud. En la misma forma, los cronistas atestiguan las decisiones de pueblos enteros, de no traer más hijos al mundo como una forma extrema de defensa frente al conquistador: “...las mujeres, si se empreñaban, tomaban hierbas para echar las criaturas muertas, y desta manera, perecieron en esta isla muchas gentes.”[30]

La sensación de derrota y pérdida total no es privativa de una sola región; lo mismo la vemos en los textos de los indígenas del altiplano que en la zona maya. Es claro que lo han perdido todo: sus familias, sus hogares, sus tierras. Un informante anónimo de Tlaltelolco lamenta la triste suerte de su pueblo:

Y todo esto nos sucedió.

Lo vimos,

Lo admiramos.

Con esta lamentable, lastimosa suerte

Soportamos la angustia.

...............................................

El oro, el jade, las mantas de algodón,

Las plumas de quetzal,

todo lo que es precioso,

no valía para nada...[31]

Las anteriores son la primera y la última estrofa de un iconcuícatl o canto de huérfano, canto de angustia. Se trata de composiciones elegíacas escritas por los cuicapicque o poetas que narraron la desolación de su pueblo después de la conquista. El mundo se ha venido abajo, el orden preestablecido se ha esfumado, todo aquello por lo que se ha vivido ya no tiene vigencia, todo aquello que era preciado en el antiguo régimen, en el nuevo orden ya no tiene ningún valor. Cuando la conquista se ha consumado, lo único que queda al poeta es expresar la angustia generalizada por la “lamentosa y triste suerte” de su pueblo; a partir de este momento, los valientes y viriles guerreros no llevan más que harapos y: “... de la misma manera, las mujeres-amadas llevaban faldas deshilachadas, como cabellos, llevaban camisas de tela parchadas. Entonces los señores se afligieron y se consultaron a este respecto. ¡Nos han destruido una vez más! .”[32]

A los orgullosos guerreros aztecas y tlaltelolcas no les queda más remedio que lamentar su suerte, y las mujeres se ven obligadas a escapar ya que “por todas partes los cristianos, las esculcaban, las despojaban de sus faldas [...] de esta manera fue como se escaparon las gentes del pueblo. Se repartieron por todas partes, en las ciudades, en los rincones, cerca de las casas de los otros, en escondites”[33]. La invasión ha penetrado hasta los más íntimos ámbitos de la vida y la familia, y ya no hay nada que pueda detener la desolación. Frente a ellas se levanta un incierto futuro que, como ellas presentían y nosotros sabemos, se verá teñido por uno de los dramas demográficos más violentos que la humanidad ha presenciado.


NOTAS

[1] Casas, Bartolomé de las. Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Consuelo Varela (ed.), Clásicos Castalia, Madrid, 1999, p. 172.

[2] Motolinía, Fray Toribio de Benavente. Historia de los Indios de la Nueva España, Georges Baudot (ed.), Clásicos Castalia, Madrid, 1985.

[3] Sahagún, Bernardino de. Historia general de las cosas de la Nueva España, Editorial Porrúa, México, 1982.

[4] Historia General de México, El Colegio de México Tomo 1, p. 350.

[5] Motolinía, Fray Toribio de Benavente. Historia de los Indios de la Nueva España, Georges Baudot (ed.), Clásicos Castalia, Madrid, 1985.

[6] Relación que aparece también como uno de los capítulos iniciales de los Memoriales, obra que ha sido considerada por Georges Baudot como un texto en proceso de gestación en el que encontramos buena parte de los elementos textuales de la Historia de los Indios de la Nueva España. C.f. Georges Baudot, introducción a la Historia de los Indios de la Nueva España, op.cit., p. 54.

[7] Op. cit., p. 116-117.

[8] Baudot, Georges, La vida cotidiana en la América españols Baudot (ed.), Clásicos Castalia, Madrid, 1985.

[9] Ha sido considerada por Georges Baudot como un texto en proceso de gestación.

[10] Op. cit., p. 116-117.

[12] Baudot, Georges, La vida cotidiana en la América español, peste o epidemia. Matlazahuatl es una variedad mutante de la fiebre tifoidea. La viruela apareció desde el principio de la Conquista; en 1531, el sarampión; en 1541, la tifoidea; entre 1557- 1558, la gripe; en 1576, de nuevo la tifoidea y entre, 1595-96, una combinación de sarampión, paperas y tifus. Cf. Georges Baudot, México en los albores del discurso colonial, México, Ed. Nueva Imagen, 1996, pp.189-190.

[13] Durán, Fray Diego de, Historia de las Indias de la Nueva España, y islas de tierra firme, Imprenta de Ignacio Escalante, México, 1880, p. 49.

[14] Durán, Fray Diego de, op.cit., p. 60

[15] “Anales Históricos de Tlaltelolco”, en Georges Baudot y Tzevetan Todorov, Relatos Aztecas de la Conquista, Editorial Grijalbo, México, 1990, p. 198.

[16] Casas, Fray Bartolomé de las, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en Tratados, México, Fondo de Cultura Económica, 1965, p. 117.

[17] Casas, Fray Bartolomé de las, op. cit., p. 207.

[18] Casas, Fray Bartolomé de las, op. cit., pp. 223-224.

[19] Torquemada, Fray Juan de, Monarquía indiana... p. 144.

[20] Muriel, Josefina, Hospitales de la Nueva España, Tomo I, México, UNAM, 1990, p. 58.

[21] Archivo General de Indias, Audiencia de México, núm.70, ramo 2. Citado por Georges Baudot, México e los albores del discurso colonial, op. cit., p. 194-195.

[22] Las Casas, Bartolomé, op. cit. p. 107.

[23] Mendieta, Fray Gerónimo de, Historia Eclesiastica Indiana, México, 1945, Chávez Hayhoe, tomo III, libro IV, pp. 174-175.

[24] Las Casas, Tratados, p. 207-209

[25] Las Casas, Tratados, p. 211.

[26] Las Casas, Op. cit., p. 521.

[27] López de Mariscal, Blanca, La figura femenina en los narradores testigos de la conquista, México, El Colegio de México, 1997.

[28] Durán, Fray Diego, op. cit.,p. 62.

[29] Las Casas, Tratados, op. cit., p. 105

[30] Las Casas, Historia de las Indias, Biblioteca Mexicana, José María Vigil, ed, Imprenta de Irineo Paz, México, 1877, p. 93.

[31] “Anales Históricos de Tlaltelolco”, en Georges Baudot, Relatos aztecas de la Conquista, pp. 189 - 200.

[32] “Anales Históricos de Tlaltelolco”, en Georges Baudot, Relatos aztecas de la Conquista, p. 203.

[33] “Anales Históricos de Tlaltelolco”, op. cit., pp. 202-203

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PUBLICACIÓN

El presente trabajo es parte de una investigación más amplia realizada para el Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina (CEHMAL), que se ha publicado bajo el título de: "La mujer en el drama demográfico de la Nueva España. Blanca López Mariscal", en Sara Beatriz Guardia (Comp.Ed.). Escritura de la Historia de las Mujeres en América Latina. El retorno de las diosas. Tomo II. Lima: Editorial Minerva, 2005. Coedición: Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL; Facultad de Ciencias de las Comunicación de la Universidad de San Martín de Porres, Lima, Perú; Centro de Estudos Latino-Americanos, Universidad Fernando Pessoa, Oporto, Portugal; Foro de Estudios Culturales de Latinoamérica, Viena, Austria.

FOTOGRAFÍA. Códice Florentino, Libro XII

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LA AUTORA

Blanca López de Mariscal es: Doctora en Historia (Universidad Iberoamericana);Maestra en Historia (Universidad Iberoamericana); Maestra en Letras Españolas (Facultad de Filosofía y Letras, UANL); Licenciada en Letras Españolas (Universidad Iberoamericana).

Actualmente es profesora titular y ejerce de Coordinadora de la Maestría y Doctorado en Estudios Humanísticos en el Tecnológico de Monterrey. México. Y es la fundadora y editora de la Revista de Humanidades: Tecnológico de Monterrey, publicación académica semestral del Tecnológico de Monterrey, desde otoño de 1996.

LIBROS

Relatos y relaciones de viaje al nuevo mundo en el siglo XVI : un acercamiento a la identificación del género, Madrid, Ediciones Polifemo, 2004.

La figura femenina en los narradores testigos de la conquista. Programa interdisciplinario de Estudios de la Mujer. El Colegio de México, Consejo para la Cultura de Nuevo León, México, 1997

La portentosa vida de la Muerte de Fray Joaquín Bolaños, Edición crítica, Introducción y notas por Blanca L. de Mariscal. Biblioteca Novohispana, El Colegio de México, México, 1992.

Los pájaros de la cosecha, cuento infantil. Children’ s Book Press, Emeryville, California, 1995.

Es también coautora del libro Las aves de Chipinque, CONABIO (Comisión Nacional para el conocimiento y uso de la Biodiversidad), Monterrey, 1995.

Otras referencias de artículos y vida académica en http://www.mty.itesm.mx/dhcs/directorio/b_lopez.htm